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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

la novedad 2/2

LA CRISIS, LA NOVEDAD
EDUARDO DE LA SERNA, sacerdote
QUILMES (BUENOS AIRES, ARGENTINA)

- - -> Segunda parte. (Primera parte publicada en Eclesalia el 8 de septiembre de 2005)

ECLESALIA, 15/09/05.- Queda por tener en cuenta que el análisis de la realidad -tanto “la vieja” cuanto “la nueva”- debe considerar el problema del lenguaje. Repetimos lo dicho más arriba: ¿qué decimos cuando decimos familia? Es probable que en un diálogo, ambos interlocutores estén diciendo cosas diferentes. Otro ejemplo puede entenderse con otros términos: ¿qué decimos cuando decimos “mujer”? Para algunos, se refiere al sexo elegido, hasta el punto que un travesti puede decir que “yo soy la mujer del año en la Argentina”, cosa que otros no aceptarían. Esto se complica cuando lo ampliamos a la llamada “perspectiva de género”. ¿Al decir “mujer” decimos lo que es propio de la mujer o lo que “para una cultura” es propio de la mujer? ¿Cuánto hay de “ser” y cuánto de “construcción cultural” en las categorías que usamos (y no sólo en estas sino en tantas otras)? Otro elemento de lenguaje a tener en cuenta es el de “mayorías” y “minorías”, no sólo por la ironía cruel y real de E. Galeano de señalar que “los derechos de las mujeres están tenidos como derechos de las minorías”, sino que parece que los derechos de las 3/4 partes de la humanidad son tenidos como derechos de las minorías, con lo que entramos en un curioso uso del término “minoría” o “mayoría” (¿los que tienen la mayoría de los recursos y dinero?). Otro término a tener en cuenta es el de “discriminación”, especialmente porque en cierto uso del término “discriminar” es un delito, mientras que en otros órdenes es algo razonable y hasta bueno de hacer. “Discriminar” es distinguir, y si hay una reunión de los egresados de la camada 1980, se “discriminan” a los que no pertenecen a esa camada, lo que no es malo. Quizá sería preferible hablar de “desvalorar” o “rechazar”: si hay una reunión de curas, no se invitará a los laicos, lo que no es malo, a menos que se haga “reunión de curas porque los laicos son tenidos como inferiores”, el criterio de discriminación es el que será grave o razonable. Sin embargo, entra en el lenguaje cotidiano y debemos tenerlo en cuenta, aunque mirando con atención en qué sentido se utiliza. Otro criterio o término es el de “cultura”. ¿Qué entendemos por cultura? Si la cultura es un “sistema organizador”, y ante tantos cambios como se descubren ¿podemos hablar de cultura hoy? si por cultura entendemos un mundo de relación con el Universo (¿o ‘Pluri-verso’?), ¿podemos hablar hoy de esto? ¿Podemos seguir diciendo que algo es cultural hoy? Y veamos un ejemplo: es evidente que el “Universo” religioso es importante culturalmente en la Argentina, pero ¿organiza hoy la vida de la gente ese “Universo religioso” o es un aspecto que no modifica otros aspectos? ¿No hay un triunfo del individualismo (“mis derechos”, por ejemplo frente a los piqueteros que me molestan; “mi salvación” frente a los problemas de los demás) frente a categorías como “pueblo”, “comunidad”, etc. que eran más organizativas hace no mucho tiempo? ¿Se puede, hoy, decir que “el pueblo es...”, “el pueblo dice...”, “la gente cree...”, “la cultura del pueblo es...” como se decía hasta hace poco?

Lo dicho hasta aquí sirve para entender que la crisis parece muy profunda, y por ahora no se descubren “puntas” para empezar a desenredar el “nudo”. Y precisamente porque no se descubren puntas, y lo “organizador” parece estar regido por lo efímero, podemos suponer que hay elementos subterráneos que irán más tarde o más temprano apareciendo como hilos conductores de la época adveniente. ¿Qué debemos hacer como cristianos ante esto? Si todavía no se ven signos firmes de la cultura adveniente, ¿cómo evangelizar esa cultura, esa “nueva era” por venir?

Personalmente creo que esta novedad es de tal magnitud que mucho -muchísimo- de lo “viejo” no sirve para evangelizar “lo nuevo”. Las parábolas de los odres viejos y el vino nuevo, o el vestido viejo y el remiendo nuevo sirven (Mc 2,21-22), al menos visualmente, para entender que lo que se debe mantener es la novedad del reino, no las estructuras en las que pretendemos “encarnarlo”. La imagen del escriba que saca “lo viejo y lo nuevo” del cofre (Mt 13,52), sirve para descubrir la imprescindible sabiduría que nos permita reconocer lo necesario y descartar lo superficial, o lo que no es esencial. Por ejemplo, el Evangelio -que es lo que debemos predicar- se ha ido “encarnando” en culturas, modos de vida, “historias”, “relatos”... y es necesario saber distinguir claramente el Evangelio de sus realizaciones históricas. Un ejemplo que ya es reconocido es la helenización que el cristianismo ha vivido prácticamente desde sus orígenes. Es evidente la importancia que eso significó en muchos aspectos del lenguaje, por ejemplo el trinitario, pero también es cierto que eso significó la pérdida de muchos elementos valiosos del mundo bíblico: el poder y la debilidad, el lugar de la mujer, por ejemplo, o una mirada “fijista” de “la naturaleza”. También eso supuso la “encarnación eclesial” en un modelo organizativo monárquico -e imperial- cuando podría encarnarse en una perspectiva mucho más “trinitaria”. Saber ir a las raíces del Evangelio (de allí la importancia de las ciencias bíblicas, y quizá también de allí el intento de muchos de que estas ciencias sean dejadas de lado o ignoradas) parece fundamental. La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4,27), y otras semillas vegetales como las del grano de mostaza o la de la levadura (Lc 13,18-21) permiten saber que el reino tiene una dinámica que parece lo fundamental que no debe dejarse de lado. Confundir lo accesorio con lo fundamental (el reino) puede significar sembrar cosas puramente circunstanciales en el mundo adveniente, o lo que es peor: cosas efímeras. No será un neo-fundamentalismo católico, una eclesiolatría temerosa, sino la confianza en la fuerza del reino la que me parece central para la siembra de brotes firmes en la nueva cultura que vendrá. Y cuanto más afianzados en Dios, y no en lo accidental sea, más probabilidad de que sean hilos de Ariadna y no retazos de un pasado glorioso que no volverá.

Ahora bien, si el mundo “ya no es lo que era”, si la sociedad parece impermeable a la predicación de la Iglesia, si algo nuevo se está preparando para surgir. ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo debe ser nuestra misión evangelizadora? La sensación que provocan algunas actitudes eclesiásticas es la de encerrarse en una suerte de castillo a la espera que pase el chubasco, o -si se quiere una imagen más contemporánea- atrincherarse en “Kamchatka, el lugar de la resistencia”. Sin embargo, esa actitud, que puede ser muy necesaria en algunos momentos o lugares, ¿es la actitud conveniente en nuestro momento? Cuando pase el chubasco, ¿encontraremos los mismos valores inmutables? ¿habrá el mismo aire? ¿o al salir del refugio -como en ciertas películas de ficción, o en el recordado Eternauta, el aire estará viciado, el ambiente contaminado y el mundo será invivible para “los puros”? Personalmente creo que esa actitud es una actitud marcada por el temor, aferrada a la seguridad que da “lo que siempre hemos hecho” y se aproxima a una actitud sectaria. Personalmente creo, además, que hay un problema muy serio escondido en esta actitud, un problema teológico. Para los católico-romanos la Escritura y la Tradición son los dos pies en los que se asienta y con los que se camina en la fe. Y de ninguna manera discuto esto. Pero sí es evidente que se corre el riesgo de confundir el Evangelio con algunas de sus encarnaciones históricas, o la Tradición con algunas tradiciones concretas.

Una de las características de lo que llamamos “idolatría” en Israel es el intento muy frecuente del Pueblo de Dios de manipular a Yahvé, o de buscar seguridad, poner la confianza en algunas instituciones, muy sagradas, pero que no son Dios. Con frecuencia los profetas critican “el día de Yahvé” (Am 5,18), “el Templo” (Jer 7,10), “el éxodo” (Am 9,7), “el culto” (Is 1,10-17; 58,1-12), “la ciudad de Dios” (Miq 4,10), no porque estos sean malos, sino porque el Pueblo ha puesto allí su confianza, le ha dicho “tú, mi seguridad” (Job 31,24); la frase “búsquenme a mí y vivirán” (Am 5,4) es característica de la respuesta de Dios a esta actitud. Confundir a Dios con sus manifestaciones, por más buenas que estas sean, es un riesgo frecuente. Y no parece que algunas actitudes contemporáneas que parecen nacidas del temor, o de la búsqueda de seguridad sean muy diferentes a las antiguas. Las constantes de miedo, de denuncias por heterodoxia, las sanciones a teólogos y quienes quieren encontrar caminos conscientes que “por aquí ya no hay camino”, recordando a Juan de la Cruz (Avisos, Monte de Perfección), las lluvias de excomuniones, y las trincheras en la moral, los cierres sistemáticos de ventanas, parecen más nacidos del temor que de la audacia evangélica y la libertad del Espíritu, y así estamos muy cerca de la idolatría. Confundir a Dios, o su reino, con la Iglesia, confundir el culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) con el modo litúrgico romano de celebrar, confundir la vida según el espíritu con el Código de Derecho Canónico y el Evangelio con el Catecismo de la Iglesia Católica es cuanto menos un gravísimo error, por no decir una herejía. Y que quede claro -porque podría entenderse así- que no hablamos de un espíritu “desencarnado”, si así puede decirse. El espíritu sopla donde quiere (Jn 3,8; y por eso tantos tratan de extinguirlo -1 Tes 5,19- o “envasarlo”), pero eso no significa “cualquier cosa”. Pablo de Tarso establece criterios a los carismas, precisamente porque en nombre de ellos muchos creen poder actuar según su propio entender: la paz, la edificación de la comunidad son algunos de los criterios que él propone en la asamblea (ekklesía) reunida (1 Cor 14,5.33). Pero también afirma claramente que sólo los “espirituales” pueden reconocer y discernir el soplo del espíritu (1 Cor 14,29). Creo, personalmente, que acá es donde cobra toda su fuerza la magistral palabra del gran K. Rahner: “en el tercer milenio, la Iglesia será mística o no será”. El místico es el que “deja a Dios ser Dios”, el que no confunde a Dios con sus manifestaciones parciales o históricas, el que no se encandila con candiles sino que se atreve a mirar “cara a cara” al sol. Creo, en suma, que sólo los místicos sembrarán hoy semillas firmes y duraderas para el mundo que se aproxima. Las demás estructuras, por más amuralladas que estén, no parece que puedan resistir la novedad. Y acá es donde creo que la era que termina y la que está por venir se asemeja a la caída del imperio romano (y no me refiero, aunque no lo excluyo, a la caída del gigante del Norte, sino a toda una cosmovisión. Acá habrá que pensar, además -y lo místico cobraría nueva importancia- en el surgimiento cada vez más vigoroso de países como la India y especialmente China). El enorme temor de muchos estamentos vaticanos al diálogo interreligioso, y al pluralismo religioso, parece mostrar, particularmente, la incapacidad para descubrir la novedad y el temor paralizante frente a lo desconocido (= Asia).

Creo, en suma, que el testimonio de una Iglesia mística, que la vuelta a las fuentes del Evangelio, que la vida del amor (que no se identifica con la vida según el Código de Derecho Canónico, donde el término “amor” sólo se encuentra siete veces, mientras que “deber” tiene más de 830 apariciones), que saber ir al núcleo de la predicación: el reino, que evitar confundir la Palabra de Dios con algunas de sus consecuencias reales o aparentes, que evitar confundir “evangelizar” con transmitir una cultura, o -recurriendo a imágenes paulinas- sabiendo cómo construye un buen arquitecto y qué cimientos pone (1 Cor 3,10-13), así seremos fieles a nuestro ser cristiano y al hombre (varón-mujer) de nuestro tiempo y del tiempo que vendrá. Creo que si seguimos “como si nada hubiera pasado” un día nos despertaremos encontrando que las paredes se han caído, el techo se ha desmoronado, y sólo quedarán desparramadas por el piso algunas viejas imágenes religiosas ajadas, como recuerdos del pasado. Pero si con audacia evangélica e intrepidez paulina buscamos ir a lo más hondo para que los cimientos sean sólidos y firmes, estaremos un buen tiempo a la intemperie, pero prepararemos “a los que vendrán” un hogar donde podrán compartir la vida con sus hermanos.

la novedad 2/2

LA CRISIS, LA NOVEDAD
EDUARDO DE LA SERNA, sacerdote
QUILMES (BUENOS AIRES, ARGENTINA)

- - -> Segunda parte. (Primera parte publicada en Eclesalia el 8 de septiembre de 2005)

ECLESALIA, 15/09/05.- Queda por tener en cuenta que el análisis de la realidad -tanto “la vieja” cuanto “la nueva”- debe considerar el problema del lenguaje. Repetimos lo dicho más arriba: ¿qué decimos cuando decimos familia? Es probable que en un diálogo, ambos interlocutores estén diciendo cosas diferentes. Otro ejemplo puede entenderse con otros términos: ¿qué decimos cuando decimos “mujer”? Para algunos, se refiere al sexo elegido, hasta el punto que un travesti puede decir que “yo soy la mujer del año en la Argentina”, cosa que otros no aceptarían. Esto se complica cuando lo ampliamos a la llamada “perspectiva de género”. ¿Al decir “mujer” decimos lo que es propio de la mujer o lo que “para una cultura” es propio de la mujer? ¿Cuánto hay de “ser” y cuánto de “construcción cultural” en las categorías que usamos (y no sólo en estas sino en tantas otras)? Otro elemento de lenguaje a tener en cuenta es el de “mayorías” y “minorías”, no sólo por la ironía cruel y real de E. Galeano de señalar que “los derechos de las mujeres están tenidos como derechos de las minorías”, sino que parece que los derechos de las 3/4 partes de la humanidad son tenidos como derechos de las minorías, con lo que entramos en un curioso uso del término “minoría” o “mayoría” (¿los que tienen la mayoría de los recursos y dinero?). Otro término a tener en cuenta es el de “discriminación”, especialmente porque en cierto uso del término “discriminar” es un delito, mientras que en otros órdenes es algo razonable y hasta bueno de hacer. “Discriminar” es distinguir, y si hay una reunión de los egresados de la camada 1980, se “discriminan” a los que no pertenecen a esa camada, lo que no es malo. Quizá sería preferible hablar de “desvalorar” o “rechazar”: si hay una reunión de curas, no se invitará a los laicos, lo que no es malo, a menos que se haga “reunión de curas porque los laicos son tenidos como inferiores”, el criterio de discriminación es el que será grave o razonable. Sin embargo, entra en el lenguaje cotidiano y debemos tenerlo en cuenta, aunque mirando con atención en qué sentido se utiliza. Otro criterio o término es el de “cultura”. ¿Qué entendemos por cultura? Si la cultura es un “sistema organizador”, y ante tantos cambios como se descubren ¿podemos hablar de cultura hoy? si por cultura entendemos un mundo de relación con el Universo (¿o ‘Pluri-verso’?), ¿podemos hablar hoy de esto? ¿Podemos seguir diciendo que algo es cultural hoy? Y veamos un ejemplo: es evidente que el “Universo” religioso es importante culturalmente en la Argentina, pero ¿organiza hoy la vida de la gente ese “Universo religioso” o es un aspecto que no modifica otros aspectos? ¿No hay un triunfo del individualismo (“mis derechos”, por ejemplo frente a los piqueteros que me molestan; “mi salvación” frente a los problemas de los demás) frente a categorías como “pueblo”, “comunidad”, etc. que eran más organizativas hace no mucho tiempo? ¿Se puede, hoy, decir que “el pueblo es...”, “el pueblo dice...”, “la gente cree...”, “la cultura del pueblo es...” como se decía hasta hace poco?

Lo dicho hasta aquí sirve para entender que la crisis parece muy profunda, y por ahora no se descubren “puntas” para empezar a desenredar el “nudo”. Y precisamente porque no se descubren puntas, y lo “organizador” parece estar regido por lo efímero, podemos suponer que hay elementos subterráneos que irán más tarde o más temprano apareciendo como hilos conductores de la época adveniente. ¿Qué debemos hacer como cristianos ante esto? Si todavía no se ven signos firmes de la cultura adveniente, ¿cómo evangelizar esa cultura, esa “nueva era” por venir?

Personalmente creo que esta novedad es de tal magnitud que mucho -muchísimo- de lo “viejo” no sirve para evangelizar “lo nuevo”. Las parábolas de los odres viejos y el vino nuevo, o el vestido viejo y el remiendo nuevo sirven (Mc 2,21-22), al menos visualmente, para entender que lo que se debe mantener es la novedad del reino, no las estructuras en las que pretendemos “encarnarlo”. La imagen del escriba que saca “lo viejo y lo nuevo” del cofre (Mt 13,52), sirve para descubrir la imprescindible sabiduría que nos permita reconocer lo necesario y descartar lo superficial, o lo que no es esencial. Por ejemplo, el Evangelio -que es lo que debemos predicar- se ha ido “encarnando” en culturas, modos de vida, “historias”, “relatos”... y es necesario saber distinguir claramente el Evangelio de sus realizaciones históricas. Un ejemplo que ya es reconocido es la helenización que el cristianismo ha vivido prácticamente desde sus orígenes. Es evidente la importancia que eso significó en muchos aspectos del lenguaje, por ejemplo el trinitario, pero también es cierto que eso significó la pérdida de muchos elementos valiosos del mundo bíblico: el poder y la debilidad, el lugar de la mujer, por ejemplo, o una mirada “fijista” de “la naturaleza”. También eso supuso la “encarnación eclesial” en un modelo organizativo monárquico -e imperial- cuando podría encarnarse en una perspectiva mucho más “trinitaria”. Saber ir a las raíces del Evangelio (de allí la importancia de las ciencias bíblicas, y quizá también de allí el intento de muchos de que estas ciencias sean dejadas de lado o ignoradas) parece fundamental. La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4,27), y otras semillas vegetales como las del grano de mostaza o la de la levadura (Lc 13,18-21) permiten saber que el reino tiene una dinámica que parece lo fundamental que no debe dejarse de lado. Confundir lo accesorio con lo fundamental (el reino) puede significar sembrar cosas puramente circunstanciales en el mundo adveniente, o lo que es peor: cosas efímeras. No será un neo-fundamentalismo católico, una eclesiolatría temerosa, sino la confianza en la fuerza del reino la que me parece central para la siembra de brotes firmes en la nueva cultura que vendrá. Y cuanto más afianzados en Dios, y no en lo accidental sea, más probabilidad de que sean hilos de Ariadna y no retazos de un pasado glorioso que no volverá.

Ahora bien, si el mundo “ya no es lo que era”, si la sociedad parece impermeable a la predicación de la Iglesia, si algo nuevo se está preparando para surgir. ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo debe ser nuestra misión evangelizadora? La sensación que provocan algunas actitudes eclesiásticas es la de encerrarse en una suerte de castillo a la espera que pase el chubasco, o -si se quiere una imagen más contemporánea- atrincherarse en “Kamchatka, el lugar de la resistencia”. Sin embargo, esa actitud, que puede ser muy necesaria en algunos momentos o lugares, ¿es la actitud conveniente en nuestro momento? Cuando pase el chubasco, ¿encontraremos los mismos valores inmutables? ¿habrá el mismo aire? ¿o al salir del refugio -como en ciertas películas de ficción, o en el recordado Eternauta, el aire estará viciado, el ambiente contaminado y el mundo será invivible para “los puros”? Personalmente creo que esa actitud es una actitud marcada por el temor, aferrada a la seguridad que da “lo que siempre hemos hecho” y se aproxima a una actitud sectaria. Personalmente creo, además, que hay un problema muy serio escondido en esta actitud, un problema teológico. Para los católico-romanos la Escritura y la Tradición son los dos pies en los que se asienta y con los que se camina en la fe. Y de ninguna manera discuto esto. Pero sí es evidente que se corre el riesgo de confundir el Evangelio con algunas de sus encarnaciones históricas, o la Tradición con algunas tradiciones concretas.

Una de las características de lo que llamamos “idolatría” en Israel es el intento muy frecuente del Pueblo de Dios de manipular a Yahvé, o de buscar seguridad, poner la confianza en algunas instituciones, muy sagradas, pero que no son Dios. Con frecuencia los profetas critican “el día de Yahvé” (Am 5,18), “el Templo” (Jer 7,10), “el éxodo” (Am 9,7), “el culto” (Is 1,10-17; 58,1-12), “la ciudad de Dios” (Miq 4,10), no porque estos sean malos, sino porque el Pueblo ha puesto allí su confianza, le ha dicho “tú, mi seguridad” (Job 31,24); la frase “búsquenme a mí y vivirán” (Am 5,4) es característica de la respuesta de Dios a esta actitud. Confundir a Dios con sus manifestaciones, por más buenas que estas sean, es un riesgo frecuente. Y no parece que algunas actitudes contemporáneas que parecen nacidas del temor, o de la búsqueda de seguridad sean muy diferentes a las antiguas. Las constantes de miedo, de denuncias por heterodoxia, las sanciones a teólogos y quienes quieren encontrar caminos conscientes que “por aquí ya no hay camino”, recordando a Juan de la Cruz (Avisos, Monte de Perfección), las lluvias de excomuniones, y las trincheras en la moral, los cierres sistemáticos de ventanas, parecen más nacidos del temor que de la audacia evangélica y la libertad del Espíritu, y así estamos muy cerca de la idolatría. Confundir a Dios, o su reino, con la Iglesia, confundir el culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) con el modo litúrgico romano de celebrar, confundir la vida según el espíritu con el Código de Derecho Canónico y el Evangelio con el Catecismo de la Iglesia Católica es cuanto menos un gravísimo error, por no decir una herejía. Y que quede claro -porque podría entenderse así- que no hablamos de un espíritu “desencarnado”, si así puede decirse. El espíritu sopla donde quiere (Jn 3,8; y por eso tantos tratan de extinguirlo -1 Tes 5,19- o “envasarlo”), pero eso no significa “cualquier cosa”. Pablo de Tarso establece criterios a los carismas, precisamente porque en nombre de ellos muchos creen poder actuar según su propio entender: la paz, la edificación de la comunidad son algunos de los criterios que él propone en la asamblea (ekklesía) reunida (1 Cor 14,5.33). Pero también afirma claramente que sólo los “espirituales” pueden reconocer y discernir el soplo del espíritu (1 Cor 14,29). Creo, personalmente, que acá es donde cobra toda su fuerza la magistral palabra del gran K. Rahner: “en el tercer milenio, la Iglesia será mística o no será”. El místico es el que “deja a Dios ser Dios”, el que no confunde a Dios con sus manifestaciones parciales o históricas, el que no se encandila con candiles sino que se atreve a mirar “cara a cara” al sol. Creo, en suma, que sólo los místicos sembrarán hoy semillas firmes y duraderas para el mundo que se aproxima. Las demás estructuras, por más amuralladas que estén, no parece que puedan resistir la novedad. Y acá es donde creo que la era que termina y la que está por venir se asemeja a la caída del imperio romano (y no me refiero, aunque no lo excluyo, a la caída del gigante del Norte, sino a toda una cosmovisión. Acá habrá que pensar, además -y lo místico cobraría nueva importancia- en el surgimiento cada vez más vigoroso de países como la India y especialmente China). El enorme temor de muchos estamentos vaticanos al diálogo interreligioso, y al pluralismo religioso, parece mostrar, particularmente, la incapacidad para descubrir la novedad y el temor paralizante frente a lo desconocido (= Asia).

Creo, en suma, que el testimonio de una Iglesia mística, que la vuelta a las fuentes del Evangelio, que la vida del amor (que no se identifica con la vida según el Código de Derecho Canónico, donde el término “amor” sólo se encuentra siete veces, mientras que “deber” tiene más de 830 apariciones), que saber ir al núcleo de la predicación: el reino, que evitar confundir la Palabra de Dios con algunas de sus consecuencias reales o aparentes, que evitar confundir “evangelizar” con transmitir una cultura, o -recurriendo a imágenes paulinas- sabiendo cómo construye un buen arquitecto y qué cimientos pone (1 Cor 3,10-13), así seremos fieles a nuestro ser cristiano y al hombre (varón-mujer) de nuestro tiempo y del tiempo que vendrá. Creo que si seguimos “como si nada hubiera pasado” un día nos despertaremos encontrando que las paredes se han caído, el techo se ha desmoronado, y sólo quedarán desparramadas por el piso algunas viejas imágenes religiosas ajadas, como recuerdos del pasado. Pero si con audacia evangélica e intrepidez paulina buscamos ir a lo más hondo para que los cimientos sean sólidos y firmes, estaremos un buen tiempo a la intemperie, pero prepararemos “a los que vendrán” un hogar donde podrán compartir la vida con sus hermanos.

diálogo y justicia

MENSAJE DEL XXV CONGRESO DE TEOLOGÍA SOBRE “CRISTIANISMO Y VIOLENCIA”
(Madrid, 8-11 de septiembre de 2005)

ECLESALIA, 12/09/05.- 1. La paz es uno de los bienes más preciados y anhelados por la humanidad, pero, al mismo tiempo, uno de los más frágiles y amenazados. Rastreando las huellas de la historia humana, en vano buscaríamos un estado duradero de paz. La humanidad pareciera seguir la consigna: "Si quieres la paz, prepara la guerra”.

A la causa de la guerra total está contribuyendo hoy el choque de civilizaciones, que constituye el guión de la política internacional y asigna a las religiones la función ideológica de legitimar el enfrentamiento entre civilizaciones y culturas. Otro obstáculo para el logro de la paz en el mundo son los distintos terrorismos: el de Estado y del Imperio, que, en aras de su poder omnímodo, agrede a sociedades enteras; el ecológico, que defiende las hazañas tecnológicas más deslumbrantes generando muerte en derredor, sin resolver el problema de la pobreza; el terrorismo de masas, que, a veces, surge de la miseria y de la marginación; el terrorismo de raíz religiosa, que apela a la imagen de un Dios violento, muy presente en la mayoría de las religiones y en los teísmos políticos, para justificar las acciones terroristas, las agresiones bélicas y las invasiones de otros países.

2. No podemos desconocer otra de las más graves manifestaciones de la violencia: la que genera desigualdad y pobreza: 2.500 millones de seres humanos malviven con menos de dos euros al día; 35.000 niños y niñas mueren de hambre; las 500 personas más ricas del planeta suman más ingresos que los 416 millones de personas más pobres; 18 países, con 460 millones de habitantes, han empeorado su nivel de vida en los últimos 15 años; en España hay más de 8 millones de pobres. Llama la atención, sin embargo, que se condene la violencia del terrorismo y se silencie la violencia que sufren los pobres.

3. Objeto de análisis en el Congreso ha sido la violencia contra las mujeres en la sociedad y en las religiones, que no se llevan bien con las mujeres, y especialmente en la Iglesia católica, cuya jerarquía no suele condenar la violencia de género y, en algunos casos, la fomenta y la ejerce. La violencia está muy presente también en el deporte y en la educación; clama al cielo la que se ejerce contra los niños, como demuestra la terrible situación de los niños esclavos en África.

4. Al actual clima de violencia contribuye el incremento en los gastos militares, que en 2004 ascendió a 1 billón de dólares en todo el mundo, cuyas principales consecuencias son: el sobredimensionamiento de las fuerzas armadas, la potenciación de la industria de armas y de su comercio y la investigación científica con fines militares.

5. Tras el análisis hemos intentado buscar las raíces de las distintas formas de violencia, ya que sólo yendo a las causas se puede poner remedio a sus efectos perversos. Y éstas son las siguientes: antropológica: la agresividad es tan innata en el ser humano como el hambre, el sexo y el miedo; económica: el sistema neoliberal vigente hoy en la mayoría de las sociedades es estructuralmente injusto y generador de pobreza y exclusión; el sistema patriarcal, que ejerce sistemáticamente la violencia de género contra las mujeres; las propias religiones: existe una falta de sintonía entre los mensajes de paz que ofrecen las religiones y algunas de sus manifestaciones históricas violentas a través de las cuales han logrado imponerse por la fuerza de las armas. El cristianismo ha fomentado y practicado la violencia para convertir a los creyentes de otras religiones, conquistar territorios e imponer su fe. Incluso la doctrina social de la Iglesia ha elaborado una teología de la guerra justa sin preocuparse por elaborar una teología de la paz. No fue ése, sin embargo, el espíritu de Jesús de Nazaret, quien continúa las huellas del pacifismo de los profetas, se inscribe en el camino de la sabiduría, trata a Dios con la cariñosa apelación de Abba y fue él mismo víctima de la violencia por denunciar un status político-religioso injusto y violento.

6. Tras el análisis de la violencia y de sus causas, el Congreso quiere ofrecer unas propuestas concretas:

- Creemos necesario transferir recursos del gasto militar a las necesidades sociales, que exigiría entre otras prácticas: la destrucción generalizada de los arsenales nucleares y convencionales, la reconversión de la industria militar hacia las producciones civiles y la desaparición de las alianzas militares, junto con acciones de responsabilidad individual y colectiva como las objeciones fiscal, laboral, científica y financiera.

- Somos partidarios del método de la no-violencia activa liberadora, defendida por la mayoría de los líderes religiosos y morales que trabajan por un mundo reconciliado frente a guerras, dominaciones y terrorismos, aun reconociendo sus importantes limitaciones. En la tradición cristiana nunca han faltado minorías críticas con la violencia y defensoras de la paz, basadas en el Sermón de la Montaña, como Francisco de Asís, los mennonitas (siglo XVI), el Movimiento de los Hermanos (siglo XVII) y los cuáqueros (siglo XVIII). Los teólogos de la liberación han dado importantes pasos en este terreno.

- Es necesario pasar de la actual globalización de la violencia a la mundialización de la paz, que implica la solución de los conflictos a través del diálogo, y sustituir la actual teología de la guerra justa por una teología de la paz. Ello exige comprometerse con la causa de la reconciliación para fomentar una convivencia pacífica y un desarrollo justo y sostenible, y crear una cultura de la paz en todos los ámbitos de la realidad: la educación, la familia, las religiones, el deporte...

En definitiva, la alternativa a la violencia es el diálogo entre culturas y religiones y el trabajo por la justicia. No hay paz social, sin justicia económica y ecológica. Como afirma el salmo “la justicia y la paz se besan”.

Madrid, 11 de septiembre de 2005.

nueva orleans

NUEVA ORLEANS
Joaquín José Martínez Sánchez
MADRID.

ECLESALIA, 07/09/05.- Acabo de leer un mensaje de Bernabé, un compañero keniata de teología, ya ordenado con los misioneros del Espíritu Santo, que está sirviendo a una comunidad en Houston, Texas. Nos cuenta que la ciudad se está llenando de refugiados/as como resultado del huracán y las inundaciones en los estados del Atlántico sur de USA, especialmente en Nueva Orleans.

Perdonad que este desastre humanitario sea motivo para hacernos recordar las causas de las catástrofes que están afectando a la humanidad más vulnerable desde hace décadas.

Las sequías prolongadas en el África subsahariana, actualmente en Mali, no sólo han hecho muy difícil sobrevivir sino que han forzado todavía más el ciclo de la emigración. Precisamente en Mali se reunieron miles de ONGs en un Foro alternativo durante el acontecimiento mediático del G-8, aunque no nos enterásemos. Es bastante probable que esta representación terrena de la sociedad civil sea más eficaz que las nebulosas celestes del G-8.

Los monzones en el Sudeste asiático son asoladores, cada año con más fiereza. En el Caribe y en Centroamérica los huracanes; en el Pacífico latinoamericano, los ciclones relacionados con el Niño; las inundaciones en Centroeuropa; la sequía en España. Algunos de estos fenómenos son explicables por las contingencias del clima local durante centenares de años; en tal medida eran previsibles y de hecho previstos en muchas culturas. Pero sus efectos se han multiplicado a causa del cambio climático, tanto por el calentamiento de la atmósfera, el deshielo de los polos y la subida del nivel del mar, como por el oscurecimiento terrestre, provocado por la contaminación. Todavía son más graves debido a la acción directa de un sistema económico olvidado de la humanidad a quien debería servir: en vez de fortalecer a los más pobres, los hace aún más vulnerables. La prueba de que podría ser de otro modo es que la catástrofe no afecta a todos/as por igual. Los medios para prevenirla y afrontarla deberían estar al alcance de todos/as.

Sorprende que en USA el huracán Katrina (amigas, qué pesadez al calificar con nombre femenino de "mujer fatal" un fenómeno natural que podría llamarse George) haya provocado un desastre de ese tamaño. Supongo que no se pondrán a perder el tiempo y el sentido con ideas estúpidas sobre la condena de Dios y el castigo de los arcángeles, en boca de Pat Robinson o similares. Quizás decidan tomar en serio la constatación de que ni la administración ni las grandes empresas petroleras o turísticas, ni la pena de muerte en el Sur de USA les protegen de un peligro que es resultado directo del cambio climático: las mareas han desbordado los diques de una ciudad centenaria, como otras muchas en todo el planeta. La miseria mueve a la gente a tomar lo que necesitan para subsistir, aunque lo llamen rapiña y, eso sí, a veces se produzca con violencia. Me parece más grave que la policía mate a diestro y siniestro: ayer, a cinco subcontratistas del cuerpo de ingenieros del ejército.

Si la ingente cantidad de recursos que se han empleado en la 4a. guerra mundial (la tercera fue "fría", ésta sólo recalienta el medio ambiente y las relaciones entre los pueblos) se dirigiera en el futuro a aceptar el protocolo de Kioto y trabajar para que descendieran las emisiones de CO2, junto con otras formas de contaminación, además de colaborar en el desarrollo y la prevención en otros países, seguramente se evitarían otras catástrofes en el futuro. Por ahora, se pueden mitigar sus efectos desastrosos si la solidaridad global es efectiva por medio de la sociedad civil globalizada y se deja coordinar por las Naciones Unidas.

Las iglesias tienen mucho que decir y hacer como miembros activos de la sociedad civil y como testigos insustituibles del amor de Dios Madre-Padre, para que no nos dominen los demonios de la violencia y el miedo, la injusticia sacralizada de cualquier forma. Será más fácil cuando las mujeres sean ministras y cuando la participación esté organizada de modo que los/as laicos/as también seamos "visibles" en la estructura: ya véis que la cooperación y la ayuda humanitaria no depende de partidos ni de una democracia basada en la cooptación y la competencia, sino de una toma de conciencia global que bebe y mana en gran medida de la esperanza creyente. La conciencia viva y la democracia efectiva se orientan a facilitar que todos/as participen de hecho según sus capacidades, que puedan dialogar pacíficamente y llegar a acuerdos realizables sobre los medios y sobre los fines.

¿Tiene la humanidad futuro? ¿Puede la Iglesia reducirse a un club de selectos puritanos seguros de su salvación (o de la condenación de los otros, que es peor), otra casta más que ocupe su lugar junto a quienes predicen el declive de la humanidad y el fin de los días, tomando el sol o la sombra en su cueva dorada?

Incluso los Rolling, a sus sesenta años, se atreven a poner en riesgo los privilegios obtenidos en el Olimpo para denunciar el horror de la era Bush: "You call yourself a Christian I think that you're a hypocrite"

A mí me gustaban más los Beatles y los hyppies que sus "satánicas majestades". Pero habrá que admitir que la edad no es impedimento para denunciar con veracidad profética cómo nos están hundiendo en la miseria en medio de una abundancia verificable, escatológica.

Un abrazo y mucho ánimo a Kileu Barnabás (Bernabé).

imaginamos

LA FE DE MACCARONE
LEONARDO BELDERRAIN, sacerdote, diócesis de Quilmas, amigo y admirador de la fe de Monseñor Maccarone
ARGENTINA.

ECLESALIA, 06/09/05.- Una vez, en mi capilla, invitamos a Macca un grupo de sacerdotes amigos que fuimos alumnos suyos. Recién asumía como obispo de Chascomus. Le preguntamos que pensaba acerca de la disciplina del celibato y si el próximo Papa la iba a cambiar. Recuerdo que Macca no apresuro pronósticos y nos dijo: “Miren cuando yo llego a Chascomus y veo las vacas tiradas y aplastadas, eso me anima a decirles a mis sacerdotes: muchachos no sean tibios, ni abúlicos. Den la vida por su gente". Muchos quedamos marcados por aquellas palabras y dudamos tener la valentía y la perseverancia para ser fieles como sabemos que es Macca con el pueblo que se le ha encomendado.

Hoy para algunos las cosas están en crisis. No coincido con los que dicen que Maccarone ha perdido poder moral. Los cristianos de Santiago del Estero, los que creyeron en la iglesia que les presentó Monseñor Sueldo, algunos de los que compartimos con él la Sociedad Argentina de Teología, quisiéramos seguir actuando, rezando y pensando hermanados a esta gran persona. Nos encantaría pensar y servir a Dios en la historia de nuestro pueblo como lo hace este cristiano.

Después de unos días de una sana catarsis, sólo seguirán escandalizados por lo acontecido los homo fóbicos y a lo mejor tenemos la suerte de despegarnos de ellos como la ha hecho la iglesia anglicana.

Es probable que las mafias argentinas estén de fiesta. A lo mejor su sonrisa podrá durar algunos días más pero sin darse cuenta que a Maccarone se lo sigue no por la jerarquía y el poder sino por la fe que tiene (como pocos) en el poder evangelizador de los pobres.

La iglesia argentina pos Maccarone puede ser, al fin, una iglesia disculpada por los pobres, una iglesia menos reaccionaria, que reconoce sus pulsiones, más misericordiosa, probablemente más parecida a la que pensó Jesús. Creo que Macca tiene la luz que el Evangelio da para sobrellevar su noche oscura y nosotros, los que fuimos sus alumnos, en su trago amargo reforzamos el gusto de pertenecer a su amistad. Jesús no vino a proponer al hombre un vanidoso modelo de virtudes, sino a decirnos que podemos amar más allá del dolor y la humillación, y lo manifestó con su vida, que no terminó rodeada del aplauso, ni gozando de los beneficios del poder, sino humillado y abandonado hasta por sus amigos más íntimos. Reconocer nuestras debilidades nos ayuda a creer más en el Dios de Jesucristo y en su iglesia hecha de obispos que, como el Macca o Jerónimo Podestá, supieron renunciar a su jerarquía para servir al pueblo de Dios de otra forma quien sabe con aquella transparencia mas propia de los profetas.

Cuando monseñor Quarraccino aconsejó que los homosexuales se fueran a vivir a una isla, algunos imaginamos que de aquella isla también podrían venir algunos que en serio nos enseñen a ser libres y no esclavos del poder.

del destierro

del destierro LA IGLESIA DEL DESTIERRO
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA, 05/09/05.- Han pasado ya cuarenta años y el espíritu del Concilio Vaticano II aún sigue vivo y virgen en muchos de sus aspectos. Las ventanas que Juan XXIII abrió para recibir aires y brisas nuevas que inundaran un espíritu de renovación y vida poco a poco fueron cerrándose los quicios sin proteger el chirrido de quienes sufrían la paralización de aspiraciones profundas. Cuarenta años necesitó el Pueblo de Israel para que, entre adversidades, encontrara la fidelidad al único Dios. Tal vez ahora, la Iglesia necesite una reflexión pausada y valiente para despojarse y liberarse de adherencias no evangélicas y tomar una actitud profética acorde con las necesidades del siglo XXI.

Es llamativo que el Pueblo de Dios, en sus orígenes, hubiera estado tanto tiempo en el desierto hasta tomar conciencia de su realidad. ¿Será también ahora para la Iglesia un signo de los tiempos pararse a reflexionar y encontrarse a sí misma? Israel intentó salir de prisa y llegar pronto a la Tierra Prometida, pero surgieron dificultades. Unas veces encontrarán fronteras cerradas como Edón, Moab o Palestina y otras la obligación de replegarse de nuevo en el desierto esperando un tiempo más favorable para encontrar una ruta de penetración en la ruta de la Promesa. ¿Era ahora el momento de cambios y renovación de la Iglesia? Hace días me decía un amigo sacerdote que el Espíritu Santo había sido más inteligente aún que los Cardenales. Con alegría y esperanza comentaba: “La Iglesia necesita pasar no solo el desierto sino también el destierro para despojarse de todo lo no evangélico”. “Todos nos hemos de convencer de que así no se puede continuar...el cambio y la renovación están a la puerta de la esquina…”

Probablemente Moisés pensaba llevar a los Israelitas hacia Palestina a través de los Lagos Amargos, por la franja de la parte Norte del Mar Rojo, llegar por Cisjordania para inmediatamente ir hacia Palestina. Pero la caravana tuvo que permanecer un año en el Sinaí, el tiempo suficiente para dar las instituciones necesarias para tomar conciencia de ser Pueblo de Dios. Al año se reanuda la peregrinación. Cuando llega a la frontera sur de Palestina, Moisés envía unos exploradores para ver si está expedito el camino Los exploradores vuelven desanimados. Han visto distorsionada la realidad y cunde el miedo. También en nuestros tiempos se han sacado de quicio hechos vitales para nuestra Iglesia. ¿ Por qué asusta la Teología de la Liberación bajo la visión de Iglesia de los Pobres, de los Excluidos, de la Iglesia de Jesús...?

Son muchos los teólogos, cristianos de base y un puñado de obispos actuales los que han perdido el miedo y se han lanzado, con la fuerza de Espíritu y la desnudez de la pobreza, para abrir caminos que lleven hacia la comunidad de Jesús de Nazaret, único Salvador. Sin embargo, los exploradores enviados desde la institución ven fantasmas y enemigos, ciudades amuralladas y torres que llegan hasta el cielo. La historia se repite. Aunque se ve que otra Iglesia es posible, que la tierra es fértil y traen como recuerdo y prueba de ello el “famoso racimo”- ¿Signo de la Comunidad?- al pueblo sencillo y llano se les considera “enanos”. Lo mismo que entonces cundió en Israel el pánico, el desánimo y el pesimismo, ahora todo lo que signifique cambio y renovación se presenta al pueblo como signo del mal.

Llegar a la Tierra Prometida les era dificilísima. Venían del Desierto sin material de guerra. Habían salido apresuradamente la noche de Pascua. Siendo un Pueblo pobre y oprimido no podían pensar en una penetración armada. La única forma era intentar otra forma de penetración, bordeando el sur. Moisés envía emisarios para pedir permiso de tránsito y negociar el pago del uso de los pozos, pero Edón se negó. Moisés decidió una vez más saber esperar porque Edón era un pueblo emparentado con los Israelitas (provenían de Esaú, hijo de Isaac). Si tenían un mismo tronco, no se debía pelear. El único remedio era esperar nuevamente en el desierto, vagando durante cuarenta años. En esta larga permanencia quedó conformada el alma del Pueblo de Dios. Al negarse Edón y Moab, la única solución era bordear la frontera por una tierra de nadie. Así no se creaba conflicto a nadie.

La permanencia en el desierto durante cuarenta años fue providencial para que la fe penetrara hondamente en el alma de Israel. Un pueblo salido de la opresión de Egipto, con euforia de la liberación escoge a Yavé como su Dios, hace una alianza pero sigue con su mentalidad politeísta de Egipto. Luego, encontrándose frente a los cananeos que tienen unos cultos totalmente politeístas, había un peligro de que la experiencia no tocara sino la superficie del alma de Israel. Sin embargo, permaneciendo en aquel retiro 40 años del mundo civilizado, profundizan en las experiencias del monte Sinaí, en la idea del Dios único que les había liberado, en la alianza contraída con Yavé, en el Decálogo y el Pueblo se compromete y se desposa con su Dios. Al final de esta peregrinación se sitúa la muerte de Moisés y la entrega de poderes a Josué.

¿Qué significa el Vaticano II después de cuarenta años? Jesucristo establece su Reino sobre una base que no se parece en nada a la teocracia de Israel. Afirma que para entrar en el Reino hay que nacer desde arriba, hay que convertirse y hay que hacerse niño. La Iglesia es la institución de Salvación y forma un cuerpo social. La Iglesia es, según el pensamiento de Cristo, la institucionalización del SERVICIO. La Iglesia es la comunidad de los pobres. Una Iglesia de los pobres encuentra tiempo y recursos para aliviar el sufrimiento. Es capaz de trabajar con todos los sectores de la sociedad, incluidos los pobres, en busca de soluciones a los problemas de la pobreza. La Iglesia de los pobres es una Iglesia en la que los pobres son bienvenidos, escuchados y participan activamente para encontrar, dentro de la Iglesia y apoyados por ella, su liberación de la opresión de la injusticia. Los hombres deben reconocer en ella el rostro de Cristo.

El hecho de que Jesús pidiera un “borriquillo prestado para entrar triunfante en Jerusalén” no se ha interpretado bien. Se han aplicado los avances más sofisticados para mostrar, desde el poder, la gran autoridad que se tiene. Sin embargo, la Iglesia de Cristo, como Institución de Salvación, en vez de utilizar su poder en un sentido dominador, debe ser testimonio, en medio de los hombres, de servicio y de pobreza. Jesucristo no sólo habla de la pobreza de bienes materiales, sino también de una renuncia y desnudez de espíritu, en la que no pueden caber la ambición y el deseo de grandeza y poder. A Jesús nunca le interesó conseguir la adhesión de las gentes por medio de procedimientos espectaculares. (Mt.4,5-7). Ni quiso acceder a los deseos de la gente, que quisiera ver “señales espectaculares” para creer (Mt.12, 39-42).Al ver que todos se admiraban de sus obras, anunció su pasión (Lc. 9,43-44). Jesús prefiere pasar desapercibido (Mt. 8,4; Mc.7, 24ss). El lenguaje y el testimonio de Jesús a de marcar siempre el camino de sus seguidores y de su Iglesia, renunciando a toda denominación de poder. La fuerza de la Iglesia no reside en su poderío humano o en la consideración social, sino en la fuerza del Espíritu.

a los sesenta

PREGÓN DE VIDA A LOS SESENTA
Corazonada
ÁLVARO GINEL, salesiano
MADRID.

ECLESALIA, 01/09/05.- Me invade una cierta nostalgia. Parece que no, pero "duele" hacerse viejo. Lo digo de vez en cuando que "soy un viejito ya", es que de verdad "lo soy". Y no me gusta sentirme viejo, o serlo (menos aún). Ser viejo no está de moda hoy. No vende. ¿Cómo es posible? Porque es el momento de frutos hechos... Pero esas ganas de inmortalidad te hacen pensar, mirando a los años, que "queda poco" y quisieras que quedara todo. Queda mucho atrás. Es más el atrás que lo que hay delante. Ya muchas cosas son imposibles. Ya no me puedo comer el mundo... Yo ya... a mis años no puedo comenzar grandes cosas...

Siento todo el peso de una sociedad que presenta todo como nuevo, joven... Es lo que vale... Lo demás, "residuos para residencias"...

No me es indiferente cumplir años. Así de claro. Hay ya imposibles por edad...

Pero quizás esto sea nada más que esa manera de mirar en la que sólo se mira mirando al cuerpo que no responde como respondía, que está más changado, que tiene goteras, que se cansa más..., se arruga... no responde...

Hay otra forma de mirar las cosas, pero, la verdad, no me viene a la primera. El que venga, es fruto de reflexión, de trabajo personal...

Esa manera es:

- Que no me arrepiento de lo vivido, me gusta, lo acepto. Es mío. Es lo que tengo con sombras, con luces, con niebla, con “a tientas”...

- Que creo que de vivir otra vez, cosa imposible, replantearía muchas cosas para llegar a más plenitud.

- Que lo que queda dentro de mí, con los 60 en las manos, es mucho, mucho bonito, mucha gente imborrable dentro. Hay gente que entra y ya no sale. Se queda. Somos como casa de otros, casa para otros. Cada persona es "casa de otros". Creo que esto es fundamental. Somos hogar de alguien o no sé si somos algo. Y Dios es casa de todos. Entiendo que Dios sea casa de todos porque es amor y porque yo me siento casa "de algunos" al menos, que los tengo dentro. También siento que me cuesta borrar a gente que me hizo daño. Están en mí, pero de otra manera, está la huella que me dejaron, no ellos... Miro bien y, la verdad, hay muy pocos, sobran muchos dedos de una mano...

- Que los momentos más plenos son aquellos en los que más me sentí querido y queriendo... (personas concretas, jóvenes a los que me entregué, emigrantes, catequistas, amigos íntimos y hermanos de congregación, destinatarios a los que me di...). En otro plano está la familia. Es distinto. Están dentro, por razón de sangre y de familia. Entiendo la frase de Jesús: "Tu madre y tu familia te buscan". "Mi madre y mi familia son éstos que me escuchan, que buscan a Dios, que hacen su voluntad". En la vida nos vamos haciendo familias y familiares de personas impensadas. A veces, más familia que la propia de sangre... No creo que sea nada malo ni nuevo. Una es la familia que se nos da y nos marca; otra la que elegimos porque nos marcamos mutuamente...

- Que llevo como peso la incoherencia de no ser del todo lo que quiero ser, no amar del todo como soy amado, no sentir el amor de Dios como fuente única y motor único.

- Que la presencia de Dios es radicalmente fundamental para poder existir feliz yo.

- Que Don Bosco en su originalidad de carisma es ¡una pasada! Merece la pena. Y la pena es que nos (me) quedemos (quede) a medias...

Cumplir 60 años es una gracia y doy gracias:

- A Dios.

- A los que son de carne y sangre mía, especialmente a mi padre que con sus casi 93 años ahí está... con SABIDURÍA.

- A los que me mantienen vivo con su amor, cariño, cercanía, necesidad, amistad, acción de gracias...

- A la tarea de reino que me toca construir y que me gusta construir...

- Siento por dentro . que el Señor me pide todavía "algún bombazo", algo que sea ruptura, salir hacia una tierra por mostrar..., que en esa salida encontraré más libertad y salvación y coherencia...

Todo va llegando a su hora. A los 75 se le pidió a Abrahán salir de casa... El tiempo del éxodo no es sólo la juventud ni la adultez. Todo tiempo es tiempo de llamada de Dios. Sospecho que estoy poniendo resistencias a Dios y algún día seré vencido por el amor de Dios, entonces mi sí será más grande.

Habla, Señor, que tu siervo escucha... y todavía tiene mucha palabra tuya que interiorizar... y hacer realidad.

El día de mi entrada en los sesenta... 3.agosto.05

por la unidad

ORACIÓN POR LA UNIDAD
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA, 29/07/05.- Somos muchos los que, amando a la Iglesia, queremos que cambie para cumplir su misión de Servicio al Evangelio y al hombre actual. La Oración por la Unidad es un mandato del Maestro. Sin embargo, si alguien, encerrándose en sí mismo, creyera que lo fundamental es protegerse del mal del mundo y se atreviera a decir: “¡Te doy gracias, Señor, no soy como esos...!” estaría instalando su tienda en una nube de bienestar egoísta. Sería autocomplacencia y no oración La parábola del fariseo y el publicano lo describe bien. Pero, al orar, cualquiera puede caer en algún tipo de oración patológica: rezar con los labios y mantener el corazón cerrado al amor, buscar sólo el reconocimiento público, idolatrar lugares como únicos sitios de oración, practicar el culto y despreciar al prójimo, confundir oración con palabrería sin compromiso, crearse un dios a medida. Ahora se fomentan métodos y maneras de orar que pueden ayudar, siempre que se empleen bien, tenga contenidos coherentes de relación entre lo humano y lo divino y lleve a la conversión personal. Hoy más que nunca, es necesaria la oración que lleve a la conversión interior, paso hacia la unidad exigida por Jesús en Juan 17.

Según Jesús de Nazaret, “Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre quiere. Dios es espíritu y sus adoradores han de adorarlo en espíritu y en verdad” (.Juan 4,23-25). Jesús enseña que la oración, la mortificación y la limosna deben desvestirse de todo aparato exterior: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para que os vean…cuando oréis, no seáis como los hipócritas que prefieren orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para exhibirse entre los hombres... tú, cuando ores entra en tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que ve en lo secreto … no charléis como los gentiles, que se imaginan que serán escuchados por su mucha palabrería…vuestro Padre conoce vuestras necesidades…” (Mt. 6,1-8).

Los seguidores de Jesucristo deben tener como signo exterior que los distinga: la caridad “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os amé, así también os améis mutuamente. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros” (Juan 13,34-35). Y el otro signo nos lo expresa Jesús en Juan 17,21: “Que todos sean una cosa: como tú, Padre en mí y yo en ti, que también ellos sean una cosa en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste… Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad, y así conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste a m텔

A la hora del cambio, la Iglesia tiene dos pilares fundamentales: el rezo común y meditado del Padre Nuestro por parte de los creyentes (Mateo 6,9-14) y el camino de unidad emprendido por Benedicto XVI con la dedicación clarividente del Cardenal Walter Kasper para volver a las fuentes: “Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hechos 2,42). El mundo actual para creer en Dios pide a la Iglesia gestos sinceros de autenticidad que muestren que es la fuerza del Espíritu la que está marcando el camino. “Y todos los creyentes vivían unidos, tenían todo en común... partían el pan en las casas, tomaban juntos el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor ante todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día los que se salvaban” (Hechos 2,44-47).

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Nos seguimos leyendo en septiembre...
La redacción de ECLESALIA se toma un pequeño respiro en este mes de agosto de 2005 durante el cual no enviaremos nuestro informativo, evitando también de este modo la saturación de correos en estas fechas veraniegas de España.
En septiembre volveremos a enviar ECLESALIA y a compartir nuestra apuesta por una Iglesia al aire del Espíritu, renovada y renovadora, con sabor a pueblo, Dios al fondo y Cristo en medio, nunca excluyente y siempre fraterna.

Paz y bien