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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

alcanzada

MARÍA MAGDALENA: APÓSTOL DE LOS APÓSTOLES
EMMA MARTÍNEZ
MADRID.

ECLESALIA, 20/10/05.- Después de la profunda emoción del encuentro con el Resucitado, Él me confiere una misión > era la confirmación de mi misión como apóstol de mis hermanos los apóstoles. Yo, era enviada a proclamar la gran noticia: que Jesús había resucitado de entre los muertos y nos esperaba a todos/as en Galilea.

Se me confiaba la gran misión de ser testigo de lo que había “visto” y “oído” la nueva identidad de Jesús, el Crucificado era el Resucitado.

Parecía que la última palabra sobre la vida era la muerte y el poder de los poderosos. Pero, ahora, sabíamos que eso no era verdad, esas son palabras penúltimas, las últimas se las reserva Dios el Dios de los vivos, el que resucita a los muertos. La última palabra no es muerte sino Vida Plena.

Lo mataron pero Él no está muerto. La asesinaron, pero sigue actuando con su fuerza salvadora, está vivo y nos llama a todos a la Vida.

Con el corazón desbordante de alegría corrí a comunicarle a Pedro y a los demás discípulos que Él había resucitado. Mi corazón desbordaba de alegría de pronto comprendí las palabras de Jesús: ¡Felices los que lloran porque serán consolados! Era verdad, yo había llorado mucho pero su consuelo ahora desbordaba con creces el dolor, mi llanto se había convertido en gozo.

Entré donde ellos estaban y les dije que había visto al Señor y les comuniqué todo lo que Él me había dicho. No podían creerme, era demasiado para ellos y era demasiado para mí. ¿Cómo yo, una mujer, iba a ser la primera depositaria de esa revelación?

De todos modos Pedro y Juan salieron hacia el sepulcro y aunque ven las cosas tal y como les dijimos, no pueden creerlo. Como mucho, como dirán después los discípulos de Emaús, les dimos “un susto”, pero… creer que la revelación de Dios acontece en dónde ellos sólo ven irrelevancia, no poder, no saber… ¡eso no!

Pero eso no les pasó sólo a ellos, ¿no te pasa también a ti lector/a que sigues esperando que las grandes y significativas noticias vengan de “los importantes”, los que tienen autoridad, poder, “sabiduría”? Pues, una vez más, la Vida se estaba revelando a los pequeños, a quienes la sociedad no considera significativos, ni “valiosos”.

No sé si puedes hacerte una idea de lo que esa experiencia supuso para mi vida, quizá si algún día te has sentido como yo, ante una tumba vacía, al límite de tu dolor y de tus fuerzas y alguien te llama por tu nombre y te devuelve la esperanza y la Vida… entonces, si sabrás de que te estoy hablando.

Hoy recordando la mañana de Pascua, te grito: Así como Dios actuó en Cristo, así también actúa en nosotros. “Su” Padre, es “nuestro”, Padre “su” Dios es “nuestro” Dios. Nuestra vida como la suya está en sus manos y nada ni nadie se la va a arrebatar. Esta era la BUENA NOTICIA definitiva, EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE.

No lo olvides nunca ni en los momentos en los que es fácil creerlo, ni en los que resulta duro y difícil.

Me despido de ti querido/a lector/a, deseo que mi experiencia provoque en ti una llamada y buscar y seguir a Jesús con la pasión con la que yo le busqué y le encontré, porque antes yo había sido ya alcanzada por Él.

María Magdalena

- - -> Enma Martínez: EMMAMART@teleline.es

las cosas

EN CASO DE EXTREMA NECESIDAD, ¿DE QUIÉN SON LAS COSAS?
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana
VITORIA (ÁLAVA).

ECLESALIA, 19/10/05.- La mayoría de nosotros estamos viviendo lo de las deportaciones de inmigrantes africanos con verdadero estupor. Es un dolor moral que casi podemos sentir de forma física.

Oímos noticias de destierros que no queremos asumir y vemos unas imágenes que no podemos reconocer. Pero las noticias son ciertas y las imágenes nos inculpan.

Vamos a dejarnos de disculpas. Que si es competencia de Marruecos. Que si tiene unos compromisos internacionales que no cumple. Que si hace la vista gorda y presiona para lograr más ayuda de Europa. Que si aspira a hacerse con Ceuta y Melilla. Bien. Enredos políticos. Interesante.

Pero la gente, la gente que huye de la miseria de África, está ahí, con todos sus derechos de persona y con toda la urgencia de un estado de necesidad. Y en caso de extrema necesidad, todos los bienes de la tierra son comunes, hasta cubrir los mínimos de una vida digna del ser humano.

La tradición moral cristiana, y en esto sólo apela al sentido común de las cosas, enseña que, en caso de extrema necesidad, el derecho al uso común de los bienes de la tierra es anterior a los demás derechos sobre ellos. La propiedad privada y los derechos derivados de la soberanía de los Estados son derechos subordinados. Es antes, por tanto, atender las necesidades extremas de esta gente, que valorar si es legal o ilegal su entrada en España; es antes atender esas necesidades extremas que si nos viene mal o bien que vengan.

Hay derechos de propiedad y de soberanía en nuestras sociedades que representan tanto poder que, en su forma actual, pueden y deben considerarse estructuras de opresión humana. En lenguaje del cristianismo, estructuras de pecado, es decir, pecados que han cristalizado como estructuras de esclavitud contra los pobres.

Se dice que el problema es muy complejo, y es cierto. Pero se están proponiendo medidas, en especial con respecto a África, que no son tan difíciles. Es la hora de exigirlas y pagarlas.

Decimos, “que lo hagan, los políticos”. Pero los políticos son nuestros políticos, alguien los elige, o ¿no? Y si los políticos necesitan más dinero, alguien tiene que ahorrarlo, o ¿no? Y si el comercio internacional es más libre para todos, alguien tiene que permitirlo, ¿o no? Decimos, que ahorren los gobernantes de lo suyo, sobre todo, en festejos y boato. Cierto. Pero en algo nos tocará a nosotros, ¿o no?

Valga decir la verdad: Zapatero y otros hacen, en buena medida, lo que nosotros pedimos, porque, en caso contrario, los echamos. Los echamos nosotros y hacemos así el trabajo sucio de los poderosos. Los echan ellos, pero valiéndose de nosotros y de nuestro miedo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

denario justo

denario justo LA IGUALDAD: DENARIO DE LA JUSTICIA DE DIOS
Mt 20, 1-16

JOSÉ RAFAEL RUZ VILLAMIL, jrrv@sureste.com
YUCATÁN (MÉXICO).


ECLESALIA, 18/10/05.- La situación socioeconómica del sector agrícola de la Galilea del siglo I viene a ser el contexto natural de la parábola que me ocupa, conocida como “los obreros de la viña”; situación que —según la mayor parte de los estudiosos actuales del medio de Jesús de Nazaret— tiene como rasgo característico la desigualdad traducida en “la fuerte polarización entre el rico propietario y el jornalero miserable en una situación realmente precaria. Incluso el pequeño propietario independiente, que explotaba su terruño para alimentar a su familia, no se encontraba al abrigo de la miseria. Los impuestos a pagar eran sin duda pesados: había que llenar las cajas de los romanos y de Herodes, y podemos pensar que a ellos se añadían con frecuencia otras tasas ocasionales. Bastaba una mala cosecha o una enfermedad, para que se degradase el estatus social del campesino; desposeído de sus tierras, podía convertirse en colono de las mismas si tenía suerte; si no, entraba él mismo en la categoría de jornalero agrícola” (así J. Schlosser, Jesús, el profeta de Galilea, Salamanca 2005). Vale añadir que la formación de latifundios es consecuencia directa de haber convertido en papel mojado la Ley del Año Jubilar, ordenada por Yahvé en el Levítico: «La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois forasteros y huéspedes en mi tierra» (25,8-55).

En el mismo orden de cosas, el denario, moneda romana estándar en la cuenca del Mediterráneo en el siglo I y acuñada en plata por el emperador romano, acaba siendo la unidad monetaria corriente usada como referencia para el valor de cambio en el incipiente sistema monetario-capitalista de la Palestina de entonces: un denario es la paga habitual por un día de trabajo a un jornalero. Así, para una familia con cuatro adultos dos denarios suponen 3,000 calorías diarias durante cinco o siete días, o 1,800 durante nueve o doce. Este cálculo se refiere sólo a la alimentación; no tiene en cuenta otras necesidades, como ropa, impuestos, deberes religiosos, etc. (así B. J. Malina, R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).

Dando por sentado que en ésta, como en otras parábolas, Jesús no consagra el statu quo sino que apela a la experiencia inmediata de sus oyentes para estimular la reflexión, no deja de llamar la atención que el terrateniente de la parábola luego de contratar —por, obviamente, un denario— trabajadores al comenzar la jornada, e incluso ya entrado el día, en una segunda vuelta, a eso de la 9 de la mañana y ofreciendo a éstos “lo que sea justo”, regrese, de modo inusual, a la plaza a medio día y a las tres de la tarde con la misma oferta. Más extraño resulta que, faltando una hora para terminar las labores, llame a la viña a quienes encuentra parados en la plaza por que nadie los ha contratado. Esta contratación habla, por un lado, del hecho de que la vendimia requiere rapidez en la cosecha para recoger la uva a punto y aprovechar lo más posible la producción de la viña; pero, por otro, revela también una situación de desempleo, totalmente factible para entonces y que el agricultor en cuestión pudo haber aprovechado para obtener mano de obra por abajo del costo.

De modo sorprendente no resulta así: siendo habitual la paga al término de la jornada (cf. Lv 19,13; Dt 24,14), la orden dada al administrador de cómo pagar a los trabajadores indica que el dueño de la viña tiene alguna intención, que no es por cierto tanto que los últimos reciban su salario en primer lugar, cuanto que a todos se ha de pagar el jornal completo, cosa que produce la irritación consiguiente de quienes han tenido que fastidiarse durante doce horas, a diferencia de quienes lo hicieron solamente una, a más de haber soportado el calor del siroco, mientras los otros lo pasaron en el frescor de la tarde: doble injusticia que provoca la protesta airada en boca de uno del jornaleros agraviados (así J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella 1997).

Es esto, evidentemente, el núcleo de la parábola: con una indudable inversión de valores Jesús de Nazaret rompe la lógica que asocia recompensa con mérito, rendimiento con premio, y que priva tanto en el ámbito económico como en la esfera religiosa —de entonces y de ahora— para proponer que la medida de la retribución es, por una parte, la pura gratuidad que signa el Reino de Dios, y por otra el hombre en sí, la necesidad y el bienestar humanos más allá de la productividad en cualquier orden, siendo la premisa para semejante propuesta la praxis del mismísimo Jesús: “igual que se portó el agricultor con los últimos, se porta Jesús con aquellos que, en una evaluación normal, no tienen derecho a recompensa alguna de Dios: Jesús se dirige en nombre de Dios a los pecadores que no observan la Torá; a las mujeres y a los pobres que no pueden observarla del todo, por diversas razones; a los enfermos que son excluidos de la comunión del pueblo; y al ‘am ha’arets [miserable entre los miserables] inculto que nada sabe de la Torᔠ(así U. Luz, El evangelio según san Mateo, Salamanca 2003).

Ante el resultado evidente de la globalización del modelo económico neoliberal que aumenta, minuto a minuto, la brecha entre países pobres y ricos —y, dentro de ellos mismos, entre segmentos sociales diferenciados por la injusta distribución de la riqueza— no cabe duda que hay que leer esta parábola —de modo perentorio y urgente— como un texto privilegiado que muestra la decisión de Jesús de Nazaret de abrir el horizonte de la igualdad radical como rasgo esencial del Reino de Dios y, correlativamente, de la praxis de sus discípulos orientada, por cierto, a ajustar tanto la vida de la Iglesia como lo la dinámica socioeconómica de la sociedad a la mirada del Padre para quien todas sus criaturas valen lo mismo: el denario de Su justicia.

compartida

HERMANO MÍO, HERMANA MÍA
ROBERTO BORDA DE LA PARRA
MADRID.

ECLESALIA, 06/10/05.- Hermano mío que estas aquí al lado, hermana mía con quien comparto, seguro, la tierra que pisamos, no es mucho pero es lo esencial.

Respetado sea tu nombre; en todas las lenguas del mundo. Hagamos juntos una tierra que no explote a nadie;
que a nadie relegue a los márgenes. Una tierra en la que todo aquello que es un regalo; el agua, el alimento, el viento, el suelo...este en manos de todos; y de esta forma el reino de Aquel al que llamamos Padre vaya viniendo;
a la tierra, al mar, a cada rincón donde un hermano se siente amado y dispuesto a amar.

Que nuestro pan, hermano, sea el de hoy, y si hoy alguno de los dos no tiene pan, llame a la puerta del otro, tal vez nos quedemos con el estomago medio vacío, pero nunca con el corazón reseco; porque mi mesa es tu mesa, y mi casa, no es mi casa, es casa de todos.

Y perdóname si en algún momento todo esto se me olvida; y de repente creo que nuestro Padre no es tan nuestro y es más mío, perdóname y ayúdame. Recuérdame, entonces que el dolor del mundo es también mío y que si yo voy diciendo que mi Padre es nuestro, no puedo volver mis ojos, parar mis manos.

Y no te preocupes, este pacto es mutuo, si yo en algún momento me siento ofendido por ti, te lo haré saber. De esta forma podremos construir de nuevo; que la forma de librar del mal a nuestra tierra es sintiendo sus males, y a partir de la vida compartida con el hermano... construir, caminar, amar.

A si sea. Hermano.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

así son

ASÍ SON LAS COSAS…
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA.- Después de una guerra, los vencedores suelen tener prisa por quitar todos los signos que reflejen el poder anterior. Es difícil mantener el equilibrio para saber valorar las huellas positivas que cada momento histórico. Algo parecido pasa también cuando un partido político gana las elecciones. Les cuesta respetar las acciones y decisiones que se hacían desde otras esferas ideológicas. No obstante, las cosas son ahora como son porque son hijas de una historia y de unos acontecimientos que queramos o no han sucedido. Es difícil imaginar cómo sería el mundo actual, por ejemplo, sin la existencia del cristianismo, en lo negativo y en lo positivo que esta religión ha aportado. El mundo sería distinto sin el cristianismo, pero es imposible saber si mejor o peor. Es evidente que muchas de las culturas y literaturas no habrían llegado a nosotros.

La Iglesia, con sus fallos, sus cismas, sus contradicciones, sigue viva y en pie y aportando mucho positivo a la historia. Por ello, cuando se pretende relegar la religión a la esfera privada se perjudica a la sociedad, ya que muchas instituciones sociales y civiles se empobrecen cuando la legislación, al violar la libertad religiosa, favorecen y promueven la indiferencia religiosa, justificándolo con una comprensión errónea de la tolerancia. Por el contrario, cuando se valoran las tradiciones religiosas con las que muchas personas se identifican, los ciudadanos en general se benefician. El respeto de toda expresión religiosa es un medio eficaz para garantizar la identidad, la seguridad y la estabilidad en el ámbito familiar, en los pueblos y naciones en el siglo XXI.

Jesús de Nazaret rompió muchos tabúes de su tiempo y fue condenado a muerte de cruz por el simple pecado de haber provocado, con sus utopías libertarias, a los dos grandes poderes de su época: el religioso y el político. Se enfrentó a la “institución” y se convirtió en Cristo. Entonces y ahora, la institucionalización es miedo al riesgo, al viento contrario, miedo al fracaso, a perder privilegios, miedo a aceptar a los otros, miedo a la libertad y responsabilidad. Hoy, al menos en ciertos ambientes, resulta difícil aceptar que Jesús, el rostro que nosotros podemos ver de Dios, es un hombre cualquiera, uno de tantos. Quizá sea fácil verle haciendo milagros o andando por encima de las aguas del mar. Pero resulta difícil imaginarlo sudando por los caminos de Palestina, participando de la alegría de una boda o apasionado en la defensa de la justicia y en la denuncia de los abusos de los poderosos y el cinismo de los sumos sacerdotes.

Se mostró firme y enérgico en ocasiones, débil y tierno en otras, sintiendo angustia ante la soledad y miedo ante la muerte, pero siempre dando un paso adelante. Pisó su miedo, hizo que venciera la fuerza del amor. Se mordió los labios para no gritar ante la incomprensión y gritó de dolor cuando lo clavaron en la cruz y enseguida perdonó a los que lo clavaron. Él rompió moldes. En nuestra época, algunos, a quiénes tal vez les gustaría ocupar el puesto de Dios, procuran disimular que se hizo presente en el hombre y en el ser humano sigue presente. Para hacer un mundo nuevo hace falta mucha fe, mucho poder creativo, ilusión y ensueño. No es cuestión de medallas sino de corazón y dolor en las entrañas. A pesar de las dificultades, no tenemos derecho a tirar la toalla; hay que morir con las botas puestas. Así hacemos historia. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

igualdad + justicia

Fe de erratas: El artículo, Matrimonios Homosexuales, fue publicado en el Diario de Teruel el día 1 de mayo, y, por error, en este informativo bajo la autoría de Carlos Lanuza el 1 de julio. El autor, Luis Ignacio Pérez, nos lo envía modificado y mejorado.


MATRIMONIOS HOMOSEXUALES
LUIS IGNACIO PÉREZ NAVARRO
ZARAGOZA.

ECLESALIA, 21/09/05.- Hasta entrado el siglo XVIII se daba por hecho que la esclavitud era algo necesario, e incluso bueno, para el funcionamiento de la sociedad. Ni siquiera el Cristianismo, tan sensible a los temas sociales, puso en tela de juicio su existencia. San Pablo había aconsejado a los esclavos “que sean sumisos a sus amos y que procuren dar satisfacción en todo” (Carta a Tito, 2, 9). El ilustrado Montesquieu, todavía en el siglo XVIII, dijo, para justificar la esclavitud, que “el azúcar sería demasiado caro si no se emplearan esclavos en el trabajo que requiere el cultivo de la planta que lo produce” y “no puede cabernos en la cabeza que siendo Dios un ser infinitamente sabio haya dado un alma, y sobre todo un alma buena, a un cuerpo totalmente negro” (Enciclopedia, Libro 15, cap.5). Durante siglos se habían construido sesudas teorías acerca de la superioridad del hombre blanco sobre el negro. La inmensa mayoría de la gente así lo creía, muchas veces por ignorancia, inercia o pereza intelectual. Sin embargo ya durante ese siglo empezaron a surgir voces que gritaban contra la inhumanidad y terrible injusticia de esa lacra de la civilización. A lo largo del siglo XIX lo impensable se hizo realidad: una tras otra, las naciones occidentales fueron aboliendo la esclavitud en todos sus territorios. Hoy la vemos como algo inaceptable, intolerable, cruel, despiadado, y todos los adjetivos que queramos añadir, pero hace unos siglos era un hecho de lo más común.

Aun después de su abolición en Estados Unidos, y hasta bien entrados los años 60, los afro-americanos siguieron siendo considerados como ciudadanos de segunda clase en ese país. No podían ir a los mismos colegios que los blancos, ni subir en los mismos autobuses, ni optar a ciertos trabajos. La lucha por los derechos civiles de esa minoría fue larga y enconada pero finalmente se consiguió; ahora, muy poca gente pondría en duda la igualdad de derechos de negros y blancos.

Algo similar ha ocurrido con los homosexuales. Durante siglos han sido considerados como enfermos, pervertidos, traidores a su sexo, y la homosexualidad como “inclinación objetivamente desordenada”, “pecado gravemente contrario a la castidad”, “pecado nefando”, etc. Por esas y otras razones han sido insultados, encarcelados, violados, castrados, mutilados, quemados o gaseados.

Hoy, en nuestro país, los homosexuales han conseguido equiparar sus derechos legales a los de los demás ciudadanos. Y, al igual que los negros americanos, no lo han tenido fácil porque ciertos sectores de la población han utilizado y siguen utilizando todos sus recursos materiales y todo su poder para impedirles disfrutar de los mismos derechos que los demás.

En primer lugar, los obispos españoles, a través de documentos, cartas pastorales e incluso en manifestaciones, han hecho todo lo que ha estado en sus manos para paralizar la Ley de matrimonios homosexuales e influir en las conciencias de los católicos. Desde luego ninguno de esos documentos y cartas han sido fruto de un diálogo profundo, sincero y sin prejuicios entre la Iglesia y el colectivo homosexual. Son documentos en los que hay mucha doctrina y poca compasión, mucha Ley y poco corazón. El derecho canónico se ha querido imponer al civil, como en tiempos que todos recordamos. Los obispos han apoyado y participado de manera clara y sin tapujos en la manifestación contra los matrimonios gays, pero han brillado por su ausencia en las manifestaciones contra la Guerra de Iraq (criticada por el mismo Juan Pablo II) o contra la pobreza en el mundo. Filtran mosquitos y se tragan camellos.

En segundo lugar, ciertos grupos de corte conservador han utilizado la defensa de los valores familiares y la estabilidad afectivo-psicológico-sexual del niño como arma arrojadiza contra todo intento de acabar con el monopolio milenario del matrimonio heterosexual, alegando que el matrimonio homosexual acabaría con la familia y asegurando, sin ningún tipo de prueba seria, que los hijos de homosexuales sufrirán mucho psicológicamente al no tener padre y madre. Para ello han recurrido a psicólogos y psiquiatras de conocida intolerancia ante la homosexualidad, para que les apoyen en su cruzada.

No entiendo por qué los matrimonios homosexuales ponen en peligro la institución familiar. No entiendo en qué medida los derechos de unos pueden poner en peligro esos mismos derechos en otros. Nadie ha dicho todavía que los matrimonios homosexuales en Holanda y Bélgica, o en los Estados norteamericanos de British Columbia y Vermont, hayan acabado con la institución familiar en esos lugares ni la hayan debilitado. Nadie que desee el matrimonio puede estar en contra del matrimonio. Y si los homosexuales pagan los mismos impuestos que los demás, ¿por qué el Estado no puede ofrecerles los mismos derechos? No nos engañemos. No hay crisis de la familia; hay crisis del concepto rígido e inflexible que algunos tienen de cómo tiene que ser una familia.

Ha surgido también el sofisma de que si aceptamos los matrimonios homosexuales tendremos también que aceptar los matrimonios entre hermanos, o los matrimonios de un hombre con varias mujeres o viceversa, o los matrimonios con niños, animales, etc., etc. A mí este argumento me haría reír si no fuera porque en él subyacen concepciones dogmáticas de las relaciones humanas, mucha dureza de corazón e incluso mala fe. No sé qué tiene que ver una relación madura entre dos personas adultas del mismo sexo, que tienen capacidad de elegir y tomar decisiones y que se respetan el uno al otro sin causarse ningún daño físico ni psíquico, con la zoofilia, la poligamia, la poliandria, el incesto o la pedofilia.

Otros esgrimen el argumento etimológico. Efectivamente la palabra matrimonio significa etimológicamente “defensa / gravamen de la madre” (matri munire). Sin embargo es absurdo pensar que el problema pueda residir en una palabra. Las lenguas son algo vivo que va evolucionando con el tiempo. Si el significado ha quedado obsoleto se cambia o se amplía, y ya está. Lo que los homosexuales pedían no era que su unión fuera etimológicamente correcta sino que pudieran acogerse a la institución matrimonial, que les ofrece iguales derechos que a los demás.

Y el hecho de que muy pocas culturas hayan visto bien el matrimonio entre homosexuales no me parece una razón de peso para no aceptarlo ahora. Históricamente la mujer estuvo sojuzgada en casi todas las culturas; eso no justifica que hoy siga siendo del mismo modo; de ahí que se entienda como un avance global la progresiva equiparación de derechos entre hombre y mujer. La conciencia y el conocimiento del ser humano están en continua evolución y crecimiento, como muy bien explicaron el psicoanalista Carl Jung y el teólogo Pierre Teilhard de Chardin, y, por ello, lo que en un momento parecía del todo aceptable (la discriminación de la mujer), pasó posteriormente a ser inaceptable para seres humanos más evolucionados; y lo que en un momento pareció inaceptable (el matrimonio homosexual), por falta de conocimientos objetivos, por falsas concepciones religiosas, fisiológicas y psicológicas, y, en resumen, por ignorancia, se ha convertido ahora en aceptable y justo. La Historia es un camino hacia adelante, no una mera repetición.

Surgen también objeciones de tipo bíblico. Es bien sabido que hay ciertos pasajes de la Biblia que, leídos fuera de su contexto, van en contra de la homosexualidad (Libro del Levítico y algunas epístolas de Pablo). Interpretarlos al pie de la letra supondría hacer lo mismo con todo lo demás y aceptar cosas tales como que se pueden poseer esclavos, tanto varones como mujeres, mientras sean adquiridos en naciones vecinas (Levítico 25:44), y que comer marisco es una abominación (Levítico 11:10), y que uno no puede acercarse al altar de Dios si tiene un defecto en la vista (Levítico 21:20), y que "el marido es cabeza de la mujer", y que las mujeres deben ser dóciles a sus maridos en todo (Efesios 5:21-23), y yo todavía no he visto a nadie que se quite un ojo o una mano porque les haga pecar (Mateo 5:29-30). En el pasaje de Sodoma y Gomorra del Génesis, el pecado está en la falta de hospitalidad y en la violencia sexual, no en la práctica homosexual.

No se puede interpretar la Biblia al pie de la letra y criticar después la lectura literal del Corán por los musulmanes o de la Biblia judía por los judíos. Las tres cosas tienen un nombre: fundamentalismo. Parece, a menudo, que, en lo referente a la homosexualidad, siempre hay que tomarlo todo al pie de la letra, mientras que en otros temas se pueden aceptar interpretaciones. Una característica del fundamentalismo cristiano es el juicio y la condena a todo aquel que es un “enemigo de Dios”, olvidando lo central del Cristianismo que es el amor y la compasión.

De todos es conocida la postura condenatoria de la jerarquía de la Iglesia Católica con respecto a la homosexualidad; la consideran como algo tan negativo y perjudicial que si pudieran la harían desaparecer de la faz de la Tierra. Es sorprendente, sin embargo, que muchos sacerdotes y teólogos muy inteligentes, muy progresistas y muy críticos ante temas sociopolíticos e intraeclesiales, cierren filas con la jerarquía en el tema de la homosexualidad o se muestren muy ambiguos. No creo que esa homofobia o esa ambigüedad se deban estrictamente a la Biblia. Durante siglos se ha glorificado el celibato sacerdotal como símbolo de pureza, separación de la comunidad y superioridad sobre el resto de los mortales, muy por encima de las relaciones de pareja que implican la sexualidad y que nos hacen más terrenales. Desde San Agustín, y quizás antes, se vio la sexualidad como algo sucio y pecaminoso, inferior al celibato y a la castidad, con resultados catastróficos que todos conocemos. La sexualidad, y por supuesto la homosexualidad, es una asignatura pendiente en la mayoría de las iglesias; cientos de años de represión y/o devaluación no pueden pasar sin dejar huella. Además no podemos olvidar la falta de libertad de expresión dentro de la Iglesia Católica que lleva a muchos a permanecer continuamente en el terreno de la ambigüedad, no satisfaciendo en realidad a ninguna de las partes.

Otros utilizan argumentos fisiológicos basándose en que una pareja homosexual no puede procrear. Y yo me pregunto: ¿qué pasa con los matrimonios tradicionales que no pueden tener hijos? ¿son por ello menos matrimonios?. La esencia de una relación de pareja, del tipo que sea, es siempre el amor, no la reproducción de la especie; si así fuera, el ser humano seguiría siendo como un animal de la selva. Jesucristo ya nos lo dijo: Amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. (Mc. 12,33); el evangelista San Juan tuvo la intuición genial de que Dios es Amor, y San Agustín supo que si amas puedes hacer lo que quieras. Hay gran cantidad de parejas homosexuales rebosantes de amor el uno por el otro, con una fidelidad y una madurez que muchos matrimonios tradicionales querrían para ellos. Porque la crisis de la familia y del matrimonio nada tienen que ver con los nuevos tipos de familias ni con otros tipos de matrimonios. Hay y ha habido siempre familias muy estables y familias que son un infierno.

Hay también argumentos de tipo pseudomédico que insisten en que la homosexualidad se puede “curar”. En esto contradicen por un lado la evidencia, que les demuestra lo contrario, y por otro lado a una organización tan prestigiosa como la Organización Mundial de la Salud que, hace ya bastantes años, quitó la homosexualidad de su lista de enfermedades (y no por presiones de los grupos homosexuales, como se ha dicho hasta la saciedad).

Conozco unos cuantos casos de personas que, mal asesoradas por sacerdotes, familiares, médicos, o por su miedo terrible a ser rechazados por la sociedad, han desperdiciado décadas de su vida intentando cambiar su orientación sexual con terapias más o menos agresivas, sin conseguir otra cosa que no haya sido destrozar su autoestima o entrar en profundas depresiones. Existe una asociación de corte evangélico, Exodus, que presume de haber cambiado la orientación sexual de muchas personas. También hay y ha habido notables psiquiatras que, con una falta total de escrúpulos, han intentado hacer cambiar de orientación sexual a muchos homosexuales atormentados por la culpa y obsesionados por no ser como los demás. Ese cambio es siempre superficial y fruto de la sugestión y, a menudo, al cabo del tiempo, la persona se da cuenta de que, aunque esté casado con alguien del otro sexo y con hijos, se sigue sintiendo atraído por personas de su mismo sexo. Una cosa es cierta y objetiva, por mucho que algunos lo quieran negar o enmascarar: la homosexualidad no es una opción sino algo que viene dado y que no se puede cambiar, como el color de los ojos o el tamaño del pie. Un homosexual sólo puede hallar complementariedad en una persona del mismo sexo; lo demás no pueden ser más que sucedáneos. La sexualidad no es sólo cuestión de genitalidad; eso sería devaluarla y reducirla a su mínima expresión; es un aspecto que envuelve la totalidad de la persona. Uno se siente atraído y ama a toda la persona, no sólo a un cuerpo. El engañarse y creer que siendo homosexual se puede tener una pareja del sexo contrario lleva en un altísimo porcentaje a la ruptura de la relación y, en prácticamente el 100%, al sufrimiento indecible e inútil de todas las partes. Aquellos que lo han vivido saben que es verdad lo que digo.

Es muy difícil para un rico saber lo que sufre un pobre, o para un blanco conocer el sentimiento de inferioridad de un negro, o para un hombre experimentar lo que es ser mujer en un mundo patriarcal y machista. Igualmente todos esos señores que se dedican a pontificar en largos artículos de prensa o de internet acerca de las maldades de la homosexualidad y del matrimonio homosexual no entienden nada porque lo viven desde la cabeza, juzgando desde fuera, sin aceptar la diferencia, sin respeto por el otro, nada de corazón que les facilitaría una mayor comprensión del prójimo diferente. Quizás por eso Jesucristo bendijo a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que luchan por la justicia, etc., porque ellos han visto y experimentado lo que los privilegiados autocomplacientes de este mundo no ven ni entienden, porque les va todo demasiado bien para querer cambiar nada y no están dispuestos a aceptar un Dios que pondría en peligro su comodidad.

Finalmente está el argumento de que, si dos homosexuales se casan, tendrán derecho a adoptar niños. Muchas personas que ven bien el matrimonio homosexual se niegan a aceptar este punto. Como ya comenté anteriormente es uno de los argumentos que más se han utilizado para impedir el matrimonio homosexual.

Es un mito que dos papás o dos mamás son peores para un niño que un papá y una mamá. Siempre dependerá de qué tipo de padres sean, no del sexo de los progenitores.

Hay quien piensa que si se tienen padres del mismo sexo los hijos serán homosexuales; si así fuera, no habría nada de malo en ello, pero la realidad es que no es así. Si no, nadie nunca sería homosexual porque, hasta el momento, todos hemos tenido un padre y una madre y, sin embargo, sigue habiendo siempre alrededor de un 10% de la población que es homosexual, con lo cual nada tiene que ver con la orientación sexual de los progenitores. Además, conozco varios casos de parejas homosexuales en Estados Unidos que han adoptado hijos, e incluso son hijos biológicos de uno de los miembros de la pareja, y la mayoría de ellos son heterosexuales.

Algunos creen erróneamente que homosexualidad y pederastia están estrechamente unidos, y no hay nada que aterrorice más a nuestra sociedad y que produzca más repulsión que la violencia sexual contra la infancia. Sin embargo, pederastia y homosexualidad no tienen nada que ver; la pederastia es un comportamiento extremadamente inmaduro y enfermizo que puede darse en cualquier persona, independientemente de su tendencia sexual. Pensar que un niño, por el hecho de ser adoptado por homosexuales, tiene más posibilidades de sufrir agresiones sexuales que un hijo adoptado por heterosexuales, es calumnioso, injusto y totalmente falso.

El mayor problema para el hijo de una pareja homosexual no vendrá generalmente de dentro sino de fuera. Es muy probable que se tenga que enfrentar a la homofobia de otros niños, de otros adolescentes o incluso de algunos de sus profesores. Sin embargo, la violencia en las escuelas es algo que está a la orden del día, bien porque el niño es negro, o chino, o bajo, o gordo, o flaco, o feo, o amanerado, o no juega al fútbol, o no fuma porros, o no es como los demás. Castigar a la pareja homosexual a no tener hijos porque la sociedad es intolerante, cruel e insensible me parece un atropello y una hipocresía. A quien hay que castigar no es a los matrimonios gays sino a esas personas que hacen la vida imposible al diferente. La educación de los hijos, y sobre todo de los padres, me parece fundamental.

En resumen, no me parece que haya argumentos serios para no aceptar y respetar el matrimonio de homosexuales con todo lo que ello conlleva, al igual que no encuentro argumentos serios para pensar que los blancos tienen más derechos que los negros o que las mujeres son inferiores al hombre. Es una cuestión de igualdad y justicia.

sabiduría y coraje

‘LA RENOVACIÓN DE LOS MINISTERIOS HOY’
Declaracion final del VI Congreso de la Federación Internacional de Sacerdotes Católicos Casados
WIESBADEN (ALEMANIA).

ECLESALIA, 20/09/05.- Tras veinte años de existencia, la Federación Internacional de Sacerdotes Católicos Casados ha finalizado su VI Congreso Internacional en Wilhelm-Kempf- Haus, Wiesbaden, Alemania, el 19 de septiembre de 2005 con el tema “La renovación de los ministerios hoy”.

Al cerrar esta asamblea queremos declarar nuestro firme compromiso para renovar la Iglesia y sus ministerios por fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II, conscientes de las circunstancias actuales del mundo y de la Iglesia. Esta renovación tiene una nueva urgencia. En este contexto queremos ofrecer a la Iglesia la búsqueda de modelos alternativos de ser Iglesia y de ejercer los ministerios en la Iglesia.

Afirmamos nuestro amor y lealtad a la Iglesia. No queremos de ninguna manera crear una Iglesia paralela y deseamos entrar en un diálogo constructivo con los Obispos.

Afirmamos la importancia de la Iglesia para todos nosotros como una mediación para animarnos y facilitarnos la profundización de nuestra opción por los pobres y marginados.

Al mismo tiempo nos comprometemos a ayudar a la Iglesia para estar al servicio del mundo y no ser un fin en sí misma.

Durante la Asamblea hemos conseguido una apreciación más profunda del tema de la ordenación de las mujeres y del ministerio de las mujeres en la Iglesia.

Esta Asamblea General, con delegados de veinticinco grupos nacionales venidos de cuatro continentes ha decidido reorganizarse como una confederación de federaciones:

1.- Federación Latino-Americana
2.- Federación Filipina
3.- Federación Europea
4.- Federación Nor-Atlántica

Esta Confederación quiere:

a) Fortalecer las relaciones entre sus grupos.
b) Acelerar el movimiento internacional por la renovación de los ministerios en el mundo.
c) Animar el intercambio de experiencias.
d) Apoyar las aspiraciones de todos los miembros a través de sus encuentros, correo electrónico, página web, etc.

Ha sido un largo viaje de solidaridad y gracia. Dado que tomamos nuestro caminar en una nueva dirección, rogamos a Dios nos guíe con sabiduría y coraje a ese amor que vislumbramos desde nuestra juventud.

amor total

El pasado 9 de septiembre, en el marco del XXV congreso de teología, Eclesalia participó en la primera reunión de grupos y colectivos cristianos de talante aperturista de la Iglesia católica española. Acudimos a la invitación que se nos había hecho. Después de las presentaciones de unas veinticinco personas, cristianas y cristianos representantes de casi todas las regiones y de varios colectivos de Iglesia, escuchamos con esperanza los planteamientos que fuimos haciendo en torno a la necesaria coordinación de sentires comunes presentes en numerosos grupos dispersos en nuestro país...

- - -> Sigue la información en www.eclesalia.blogia.com del día 14 de septiembre de 2005.

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CAMBIO DE MONEDA
Mt 20, 1-16
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 16/09/05.- El propietario de aquella viña tenía una extraña forma de organizar su empresa agrícola. Por lo que nos cuentan, no parecía importarle demasiado el dinero que invertía en mano de obra. La relación entre jornal y tiempo trabajado no se ajusta a los cánones empresariales del mundo que entendemos. Posiblemente, no había hecho ningún master en “Racionalización de Recursos Humanos”, “Índices de Productividad” o “Salarios Mínimos, Máximos Beneficios: Introducción a los Contratos-Basura”. Incomprensible su actitud: pagó a todos por igual sin valorar tiempo y trabajo realizado.

Este evangelio es piedra de choque. Nos introduce en un mundo de contradicción, nos revuelve y nos hace clamar por un reparto más equitativo, más justo. La medida del empresario trastoca los esquemas razonables del sistema económico en el que nos movemos que, cuando trata de dinero, no admite frivolidades.

Jesús comienza diciendo: “El reino de los cielos se parece...” y desde este primer momento hemos de esperar que los esquemas salten. Ya nada se parecerá a nada. Debemos prepararnos para las sorpresas y los cambios, porque “mis planes no son vuestros planes” (Is 55, 6-9) y la moneda de pago, tampoco.

Me serenó mucho la comprensión de este evangelio entendiendo que la moneda de curso legal en el reino de los cielos no tiene que ver con el vil dinero sino con el amor total.

El camino de cada persona es saberse hijo de Dios y comprometerse en las tareas del reino siendo este un camino de conocimiento que dura toda la vida. Unos tienen la suerte de comprenderlo al amanecer; otros, a media mañana, se dan cuenta de que están siendo llamados; y todavía al caer la tarde, unos cuantos más entienden que son enviados; por fin, al anochecer, todos recibirán el pago a su entrega, su esfuerzo y su confianza en Dios.

El amor de Dios no se fracciona como el dinero. El amor de Dios es total o no es. Paga sin importarle cuando se dieron cuenta de cómo ama Dios. En el amor de misericordioso de Dios están implícitas la justicia y la alegría.

Si salimos de nuestros esquemas y nos metemos en el esquema de Dios, no tendremos problema en entender la extraña manera de realizar los pagos, pues no desearemos nada que Él no desee con cualquiera de nuestros hermanos, estaremos alegres cuando, a media mañana o por la tarde, se vayan uniendo a las tareas del reino y reciban el único pago posible: su amor total.