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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

la cruz

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LA CRUZ DE JESÚS. UNA ESTRATEGIA DE VIDA, UN CAMINO DE MUERTE
XABIER PIKAZA
BURGOS.

ECLESALIA, 12/04/06.- Como buen israelita, Jesús creía en la llegada del Reino, que empezaría a instaurarse en Jerusalén, para extenderse desde allí al universo entero. Como profeta de los pobres y excluidos de Israel, Jesús estaba convencido de que ese Reino vendría a partir de los más pequeños, los hambrientos y expulsados de la buena sociedad israelita. En nombre de ellos, como enviado del Padre y representante de los pobres, subió a Jerusalén, al acercarse los días de pascua, rodeado de un grupo de discípulos y colaboradores. Esa subida fue un acto de fe en el Dios  de las promesas y en el valor de su mensaje: subió desarmado y sin medios económicos para conseguir sus objetivos, porque el Reino de los pobres no se logra con dinero ni con armas, sino con la trasformación de las personas. Por eso, para trasformar a las personas desde el Reino (para el Reino), subió a Jerusalén, ciudad de la esperanza y las promesas. Esa subida formaba parte de su estrategia mesiánica, una estrategia cuyo final Jesús no podía conocer de antemano, aunque estaba convencido de que le esperaba el Reino de Dios, como vida de de amor ofrecida a los pobres y compartida con ellos. Desde este fondo quiero ofrecer algunas consideraciones, aceptadas por gran parte de la exégesis moderna. Ellas pueden ayudarnos a entender mejor las implicaciones y el sentido de la Semana Santa: 
1. Jesús no subió para morir  en el sentido sacrificial de la palabra. No busco su muerte, sino el Reino de Dios, para los hombres y mujeres de su pueblo, en especial  para los pobres (hambrientos, impuros, expulsados del sistema israelita y romano). No era un profeta de juicio y destrucción, como parecía haber sido Juan Bautista, sino mensajero del Dios de la vida. Como buen judío, subió a Jerusalén para anunciarlo, buscando así la Vida de Dios, aunque conociendo el riesgo que implicaba su actitud, sabiendo  que podían matarle, como recuerdan las palabras de Tomás” “Subamos y muramos con él, si es que hace falta” (cf. Jn 11, 16). 
2. Subió confiando en que podrían escucharle y aceptarle…Tenía la certeza de que Dios hablaría a través de lo que él hiciera (y de lo que hicieran con él) en Jerusalén, pues ésta era la última oportunidad para la ciudad de la promesas y del templo. Sus discípulos y aquellos que le acompañaban desde Galilea apoyaban su proyecto. No llevó consigo a todos sus amigos, ni a todos los itinerantes que le habían seguido, mientras anunciaba el Reino por los campos y pueblos de su tierra, en Galilea; pero vino con un grupo significativo, centrado en sus Doce enviados, que eran un signo y anuncio de las doce tribus Israel que se van a reunir en Jerusalén… No vino para realizar una tarea privada, sino como pionero y representante de aquellos que esperaban la llegada del Reino. Por eso, su venida, en ese tiempo de Pascua, no fue un gesto privado, sino la expresión oficial de sus pretensiones mesiánicas, en Jerusalén capital y principio de su Reino. 
3. Jesús quería la trasformación o “conversión” de Jerusalén… Conforme a los planes de Dios, era posible que los jerarcas de Jerusalén cambiaran y que los sacerdotes del templo abandonarán su poder sagrado, de tal forma que todos formaran un pueblo con los pobres. Ciertamente, Jesús conocía los enfrentamientos de los sacerdotes con otros grupos de judíos (como los esenios de Qumrán) y era consciente de los problemas que su gesto podía plantear al gobernador/procurador romano (Poncio Pilato), que también había venido a Jerusalén con un continente mayor de soldados, para mantener el orden en los días de la fiesta. A pesar de eso (o precisamente por eso), Jesús subió a Jerusalén, porque era tiempo de Dios, tiempo para que los hombres y mujeres pudieran empezar a comunicarse entre sí en gesto de paz, desde los más pobres, sin prepotencia o dominio religioso o militar de unos sobre otros. 
4. ¿Pudo haber pactado con los sacerdotes? Sabemos por la Biblia que el pacto es una señal de Dios y preguntamos: ¿Por qué no buscó Jesús un pacto con los sacerdotes del Templo? ¿Lo habrían éstos aceptado? ¿Con qué condiciones? Pues bien, sabemos que los sacerdotes habían pactado con Roma, que nombraba al Sumo Sacerdote, en el contexto de una estrategia de poder, aceptada tanto por unos y por otros. Lógicamente, ellos no podrían haber aceptado el pacto Jesús, pues ello implicaría el abandono de este tipo de culto y de templo: en caso de aceptar a Jesús, ellos deberían disolverse y abandonar sus poderes, cosa que no parecían querer. Por su parte, Jesús no podía ofrecerles otro pacto que el signo de su vida (el pan compartido) al servicio de los pobres, sin violencia, sin venganza. Ciertamente él ofreció ese signo de pacto, pero los sacerdotes no lo aceptaron (ni Jesús aceptó el pacto que los sacerdotes podían ofrecerle, desde su situación de poder).
5. ¿Pudo haber pactado con Roma? Desde nuestra perspectiva actual podría, y quizá debería, haberlo hecho: podría haber mandado delegados a Pilato, para decirle que venía desarmado, que no podía (ni quería) tomar la ciudad, ni provocar desórdenes externos: que sólo intentaba cambiar la identidad de los judíos, de una forma que no iba directamente en contra de los intereses de Roma. De todas maneras, podemos suponer que Jesús no propuso ese tipo de pacto a Pilato, pues ni él estaba dispuesto a pedir permiso al gobernador, ni el gobernador tenía ningún interés en pactar con judíos de tercera o cuarta categoría, como era Jesús (un gobernador romano sólo pacta con sacerdotes superiores o magnates). Sea como fuere, Jesús no quiso provocar directamente a Roma, de manera que su entrada en Jerusalén, aunque cargada de pretensiones mesiánicas (¡todos los judíos que subían a Jerusalén por pascua soñaban en el Reino de David!), fue radicalmente pacífica. Es evidente que Jesús ofreció a los romanos un pacto implícito de paz, de no violencia externa, pero ellos no quisieron (o no pudieron) aceptarlo.
6. La subida de Jesús a Jerusalén provocó una conmoción en los sacerdotes,  que se sintieron amenazados, porque Jesús no reconocía el valor de su mediación sagrada (¡materializada en el templo!), sino que anunciaba y promovía la caído o final de este templo, para que Dios pueda hablar directamente con los hombres y mujeres de la ciudad y del mundo, empezando por los pobres. Así lo descubrió Caifás, el Sumo Sacerdote, quien, conforme al evangelio, argumentó de esta manera: «Los sacerdotes decían: ¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación. Entonces les dijo Caifás: Vosotros no sabéis nada; es mejor matar a un hombre que dejar que perezca todo el pueblo» (cf. Jn 11, 47-50). Éste puede ser un argumento muy capcioso pues está presuponiendo que el triunfo de Jesús suscitará disturbios que conducirán a la intervención romana y a la destrucción del templo y del pueblo. Pero eso es precisamente lo que habría que demostrar: ¿No hubiera sido posible que Roma se declarara neutral y dijera que el movimiento de Jesús era un asunto privado (como se dice en Occidente ahora)? Pero, en otro sentido, es un argumento verdadero: los sacerdotes y Caifás suponen que el movimiento de Jesús constituye un riesgo público y por eso le acusan a Pilato.
7.  Pilato no necesitaba demasiadas acusaciones y apoyos de los sacerdotes para apresar a Jesús. Posiblemente no tenía gran devoción por el templo de Jerusalén, pero como político tenía que defenderlo, pues se trataba de un templo reconocido y apoyado por la ley de Roma, que se comprometía a mantener su funcionamiento (nombrando incluso a sus Sumos Sacerdotes). Todo lo que pudiera interpretarse como un ataque contra el templo era en el fondo un ataque contra Roma y Pilato tenía que evitarlo. Por eso, aunque quizá hubiera prendido a Jesús por su cuenta (como perturbador político), le prendió y le condenó también porque ponía en riesgo el frágil “statu quo” del templo, que garantizaba las relaciones entre la oligarquía sagrada del judaísmo y el poder de Roma.
8. Imaginemos que Jesús hubiera logrado mantener su pretensión en Jerusalén, rodeado por un grupo de discípulos y amigos ¿Cómo se habría comportado? ¿Habría recibido la corona de rey no militar de los judíos, fundando así una especie de ONG mesiánica, como un tipo de club privado, sin riesgo para el poder militar de Roma? Pero éstas no son más que imaginaciones retóricas. Dentro del organigrama político de Roma se podía hablar de un «Rey de los Judíos»,  pero sólo en clave de pacto político, de sumisión imperial y colaboración militar. De esa forma, Herodes el Grande había sido por muchos años  (del 37 al 4 a. C.) Rey de los judíos y lo será poco después su nieto, Herodes Agripa (39-44 d. C.). Roma podía aceptar a un Rey judío y darle  gran autonomía, pero sólo como rey vasallo (”amigo”) del imperio. Pues bien, el reino de Jesús no iba en la línea de Herodes el Grande o de Agripa, su nieto. En el proyecto de Jesús no cabía un rey político así, en pacto con Roma. Jesús no era rey de esa manera. Posiblemente apeló a las promesas de David, pero no quiso tomar Jerusalén por las armas, ni pactar militarmente con Roma, sino que buscó y creó un espacio distinto de Reino, que en principio no iba contra Roma, pero que, en el fondo, era mucho más peligroso para Roma que los reinos de un posible Herodes levantisco. 
9. A pesar de que humanamente hablando era imposible que triunfara (ni los sacerdotes judíos, ni los soldados romanos podrían aceptarle), Jesús subió a Jerusalén esperando la llegada del Reino de Dios… Subió porque así lo exigía la estrategia de Dios, que había protegido a sus profetas y que le había enviado precisamente para anunciar y preparar el Reino entre los pobres y excluidos de Israel, empezando por Galilea. Subió porque estaba convencido de que su mensaje y su tarea venían de Dios y porque Dios le había confiado la tarea de instaurar con su palabra y con su vida el nuevo Reino de los pobres, que se extendería desde Jerusalén a todos los hombres y mujeres de la tierra. No podía apelar a la violencia externa, porque ese Reino no era de violencia externa. No pudo buscar pactos militares o políticos, porque ese Reino no era de pactos. Por eso vino, desarmado y lleno de esperanza.
10. Subió a Jerusalén e hizo los últimos signos del reino, que son básicamente tres. (a) Un signo social: entró la ciudad como pretendiente mesiánico, en la línea de David; muchos se habían preguntado si era rey, ahora responde de manera afirmativa: es el Mesías, pero en forma pacífica, sin armas, anunciando el Reino de Dios para los pobres. (b) Un signo religioso. Tras subir a la ciudad como rey, Jesús entró en el templo, para declarar, de palabra y obra,  que la función de ese templo había terminado, de manera que ahora empieza un tiempo de relación nueva con Dos y de perdón, desde los pobres, sin necesidad un templo como ése. (3) Un signo personal. Precisamente cuando parece que su empresa ha fracasado, pues ni el templo cesa, ni los habitantes de Jerusalén le acogen, Jesús reúne a sus discípulos y se despide de ellos compartiendo una copa de vino y diciendo: «En verdad os digo, ya no beberé más del fruto de la  vid hasta que lo beba con vosotros en el reino» (Mc 14, 25). Esta promesa se puede entender de forma histórica inmediata (no me matarán, Dios obrará y mañana mismo iniciaremos en Jerusalén su Reino) o de forma retardada, a través de la muerte (podrán matarme, pero Dios me hará volver y tomaremos juntos el vino del Reino). Sea como fuere, Jesús sube a Jerusalén para celebrar su última pascua con los discípulos y amigos, porque es tiempo de Reino.
11. Conforme a lo anterior, Jesús puede esperar dos cosas: una intervención histórica de Dios o una escatológica. (a) Desde la historia de las promesas judías, parecía más lógica una intervención histórica: en algún momento, antes de su muerte, Dios intervendría avalando el camino de Jesús, que era el camino de los pobres. Todo nos permite suponer que esto era lo que Jesús más esperaba, lo mismo que sus discípulos. Pero Pilato le mandó crucificar y Jesús murió gritando «¡Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?», sin que sucediera externamente nada. Lógicamente, los discípulos huyeron. (b) Quedaba abierto el camino de la intervención escatológica, que algunos discípulos de Jesús descubrirán y expandirán en la experiencia de Pascua, retomando con ella el camino del Reino de Dios y de la llamada a los pobres, que Jesús había proclamado.
12. Por su parte, los sacerdotes y Pilato pudieron descansar tranquilos. El problema de Jesús había terminado felizmente, sin grandes sobresaltos. Pilato le condenó a morir en la cruz, pues representaba un riesgo para la paz romana; le crucificó para escarmiento de posibles rebeldes y de otros partidarios mesiánicos, poniendo en la cruz un letrero que decía: ¡Rey de los judíos!. Pilato actuó como representante del imperio (¡por la paz de Roma!), pero lo hizo también como un gesto de buena voluntad en relación con los sacerdotes, a quienes Jesús molestaba. Los dos poderes, el religioso-nacional y el religioso-imperial, colaboraron bien en contra  Jesús. No fue necesario matar o perseguir a los discípulos del pretendiente mesiánico, pues no parecieron peligrosos (en contra de lo que sucedió en otros casos, en los que fue necesario matar con el líder a muchos de sus partidarios). Por eso, Jesús murió sólo Jesús (sin que murieran a su lado algunos de sus partidarios), acompañado probablemente por otros dos “ladrones” (es decir, por otros dos nacionalistas judíos). Al acercarse la noche, fue preciso enterrarles, para que los cuerpos condenados, colgados y expuestos a la luz de la estrellas, no contaminaran la santidad de la tierra judía y de las fiestas de pascua que se seguían celebrando como si nada hubiera pasado (cf. Jn 9, 31-42).

13. Todo parecía terminado,  pero todo estaba abierto. Jesús había escrito con su vida y con su muerte la historia de Dios en la tierra. No le había matado, pues Dios no mata, sino que es vida y da la vida. Pero había muerto en Dios, como enviado suyo, por defender su causa, que es la causa de los pobres. Por eso, todo seguía abierto desde Dios, que quiso seguir contando su historia (la historia de Jesús, que es historia del mismo Dios) en la vida de sus discípulos. Y de esta manera anunciamos la experiencia de la pascua, que nos permite descubrir el sentido y presencia de la muerte de Jesús. De ella trataré el próximo día. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). 

alegres

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LA ALEGRÍA EN EL NUEVO TESTAMENTO
’Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres’
EVARISTO VILLAR
MADRID.

 

ECLESALIA, 10/04/06.- Puede resultar cínico y hasta cruel invitar a la alegría con la que está cayendo. Sin embargo, la alegría es una actitud a la que se impulsa en el NT justamente en tiempos recios; en concreto, durante la persecución. Se reproduce, de este modo, esa situación tensa, paradójica y bipolar en la que la alegría, como la aurora que va robando espacio a la noche, o la pascua que reverdece desde la cruz, acaba imponiéndose sobre la oscuridad y las sombras, el desencanto y la tristeza, sobre el dolor y la muerte. Como se desprende fácilmente de la teología paulina, “la alegría de la condición cristiana sólo se puede poseer en paradójica alternancia con la tristeza, la tribulación y la inquietud que es justamente cuando muestra toda su fuerza” (Diccionario Teológico del Nuevo Testamento I, p.80). El objetivo de estas páginas no es otro que el invitarnos a abandonar ya “el síndrome de plañideras” y entonar “la profecía del canto”. Porque Pascua es “siempre todavía”.
Siguiendo una bella ficción literaria del poeta Ángel González, esta reflexión se va a ajustar, como en las sonatas clásicas, a tres movimientos y una coda. Primero vamos a examinar ese “viejo tapiz -que es la realidad- construido con hilos de tristeza”.Luego. mirando más detenidamente, podremos descubrir algunas “hebras de amor que doran el borde del tapiz”. Buscaremos después algunos hilos “con los que restaurar el viejo tapiz”. Y, finalmente, porque nos quedan aún algunas hebras fuera de esquema, vamos a recurrir, como en la sonata clásica, a una coda para que no se pierdan.
1. EL VIEJO TAPIZ
Todo el mundo era pobre en aquel tiempo,
todos entretejían sin saberlo
los hilos de tristeza que formaban la trama de la vida.
(Ángel González, Otoños y otras luces, p.63)
1.
Hilo de tristeza que entreteje el viejo tapiz es la geopolítica actual. Se trata de una política imperial que se impone sobre el mundo, no por el respeto y la razón, sino a golpe militar (“guía nominar leo”). ¡Y nosotros y nosotras “sin saberlo”!. Un ejemplo vale por mil palabras. Desde 1947 la política exterior de EEUU se regía por la doctrina Truman, basada en la “contención del comunismo”. Con la desaparición de la Unión Soviética y el consiguiente fin de la guerra fría, el comunismo ha dejado de ser una amenaza real y el presidente Bush se ha apresurado a definir una nueva doctrina. Ahora se trata de la “guerra preventiva” (2002) contra el “eje del mal”, responsable del “terrorismo”. Ya desde el 2001 se considera esta lacra organizada por el tanden Saddam Husein/ Bin Laden, aunque, la verdad, nunca se ha llegado a probar apodícticamente esta “verdad”. Desde esta óptica imperial, las guerras de Afganistán y de Irak son emblemáticas, un paradigma para todo el Oriente (Medio y Extremo) de lo que se está dispuesto a hacer para implantar la “paz del imperio”… No es preciso ser un politólogo para percatarse de que esta política está cosechando un rotundo fracaso. Más que adhesiones, esta nueva doctrina, que encubre objetivos más bien económicos, está suscitando miedo y rechazo y está creando una “paranoia colectiva” (síndrome de Vietnam) que es el mejor clima para perder el sentido común y asumir, sin mayor resistencia, el recorte de las libertades ciudadanas. Los resultados están a la vista. Por reducirnos sólo al Oriente Próximo y Medio (América Latina se va distanciando cada día más de las políticas de Washington y África permanece en letargo): en Afganistán el régimen central, impuesto desde el imperio, no logra doblegar a los talibanes, señores de la guerra; la invasión de Irak, recrudecida ahora al cumplirse el tercer aniversario, está generando una guerra civil no declarada entre sunies, chiitas y kurdos con una media de más 20 muertos al día; en Palestina, el mayor foco de este tinglado, tampoco se ha logrado evitar el triunfo de Hamas…
2
. Hilo de tristeza del viejo tapiz es el desequilibrio económico mundial que se va agrandando. Las multinacionales (como las agencias mobiliarias en la ciudad) se están adueñando de las materias primas y energéticas del planeta (singularmente del petróleo de Oriente Próximo donde se concentra en mayor cantidad). Ya antes habían conquistado las reservas petroleras de amplias zonas del África Subsahariana (Angola, Gabón, Nigeria, Guinea). Ahora se han empoderado del Medio Oriente y Asia Central, anteriormente bajo control de la URS. Consecuencia lógica es la inmensa desigualdad que se está agrandando entre ricos y pobres. Cada día los ricos son menos, pero más ricos y los pobres, más y más empobrecidos. En su Carta Circular del 2006 Pedro Casaldáliga recoge del PNUD y de la FAO algunas cifras verdaderamente escalofriantes: 25.000 seres humanos mueren diariamente de hambre; 2.500 millones malviven con menos de 2 € al día; África es ya una “shoá”(holocausto) continental, “el calabozo del mundo”. Para nuestra indignación y vergüenza ahí están las vallas de Ceuta y Melilla (¿dónde pondremos ahora la valla para inmovilizar a Mauritania?). No son los únicos muros que se están levantando contra los empobrecidos: ahí están también los 1.500 kms que levanta EEUU contra América Latina y el muro que Israel, ante el que Occidente vuelve el rostro, sigue erigiendo en terreno palestino. Así las cosas, un hilo de tristeza recorre este tapiz deshilachado del mundo y los objetivos del milenio (reducir la pobreza a la mitad mediante la reducción de la deuda externa y la asistencia técnica suficiente) están muy lejos del 2015.
3.
Hilo de tristeza del viejo tapiz es también la “guerra de civilizaciones” entre el Occidente cristiano y el Oriente musulmán. Siguiendo la interesada tesis política de Samuel Huntington, se está induciendo en el mundo una guerra de imprevisibles consecuencias. Y el foco más sensible de esta creciente tensión se focaliza en la religión. Aún sigue humeando en el mundo árabe la crisis provocada por los “dibujos de Mahoma” (Mohamed). Sin tanto alboroto pero con peores consecuencias, Bush y sus neocons, religiosos conversos, que se consideran cruzados elegidos por Dios para liderar el eje del bien contra el eje del mal, están haciendo de su política “una acción religiosa casi mesiánica”. (Comblin, en Latinoamericana 2005). Como neoconversos son fundamentalistas, pertenecientes a la derecha religiosa del partido republicano y creen haber recibido de Dios la misión de imponer en el mundo la democracia, la libertad y la paz. Sus guerras son, pues, fundamentalmente guerras religiosas. Así lo ve también el mundo musulmán que considera la invasión de sus pueblos como una nueva cruzada del cristianismo contra el Islam. ¿Cómo interpretar de otro modo la prohibición de hacer proselitismo cristiano en Argelia? Pues bien, creado el conflicto por otros motivos más pragmáticos (económicos y políticos), cualquier detalle, por nimio que sea, se convierte, en este ambiente enrarecido, en una provocación. Y cuando se tocan las raíces profundas que sustentan la fe de los pueblos se desencadena una reacción que suele acabar en violencia incontrolada. En este contexto, los partidarios del “encuentro entre civilizaciones” lo vamos a tener cada día más difícil…
4.
Hilos de tristeza del viejo tapiz son, entre otros, la Europa fortaleza y club de la abundancia donde se sigue fortaleciendo el mercado a costa de debilitar otros factores bien determinantes para la Unión como son los políticos, sociales y culturales. Una Europa que, después del descalabro del Proyecto constitucional, marcha “a la deriva, asediada por la globalización, las tensiones interestatales, la rebelión ciudadana y el odio de sus guetos” (R. Fernández Durán). Una Europa que, ante los nuevos vecinos que reclaman su derecho de ciudadanía universal, bloquea sus fronteras con políticas de seguridad propias del neoliberalismo y dictadas desde el Centro y el Norte…
Hilo de tristeza, en nuestro contexto más inmediato, es la crispación política que está despojando a la acción pública de toda su esencial nobleza. Para alcanzar el poder se recurre a todos los medios, aunque sean inmorales, como el insulto y la descalificación, la sospecha, la invención y la mentira. Se trata de una práctica perversa que convierte en doblemente víctima al sufrido ciudadano: primero, en víctima de la verdad que se le usurpa y se le niega; y, luego, víctima de la degradación progresiva de las instituciones que con tanto trabajo y paciencia ha venido levantando…
Hilo de tristeza es, sobre todo, el miedo que, gestionado política y técnicamente (la TV, por ejemplo) con habilidad, llega a doblegar la resistencia de la gente al recorte de sus propias libertades en aras del supremo bien que es la seguridad (el diseño del plan Bush después del 11 S está edificado sobre la “estrategia de la seguridad nacional” que convierte en “culpable” a todo diferente y que llega incluso a justificar la tortura). Esto por una parte. Por otra, nos va “educando” a mirar al diferente (por su etnia, cultura, religión, fragilidad en medios de vida) como un enemigo, como un invasor que viene a robar nuestro bienestar, a cambiar nuestras costumbres, a llenar de violencia nuestras calles…

2. UNAS HEBRAS DE AMOR DORABAN UN EXTREMO DE AQUEL TAPIZ SOMBRÍO, (Ángel G., ibidem, 63)
Al borde de esos hilos de tristeza, que desgarran el viejo tapiz, se encuentran unas “hebras de amor” que, como álamos de oro en los crepúsculos del otoño, tratan de embellecerlo. A esta visión alternativa se apunta decididamente Pedro Casaldáliga, cuando afirma:
Pero la Humanidad se mueve; y está dando un giro hacia la verdad y hacia la justicia. Hay mucha utopía y mucho compromiso en este planeta desencantado.
1.
Hebra de amor es la mundialización de la resistencia contra el neoliberalismo. Los Foros Sociales Mundiales (FSM) son hoy día la mayor réplica y alternativa a los Foros de Davos que organizan las grandes instituciones monetarias (BM, FMI, OMC, etc.). Los FSM denuncian abiertamente y sin paliativos la lógica perversa que en Davos regula las relaciones de poder y rechazan el neoliberalismo por injusto y dogmático. Tanto desde su discurso como sobre todo desde sus prácticas se están ofreciendo ya muchos elementos para la formulación de una alternativa global al neoliberalismo reinante. Presentes en todos los rincones del mundo (sólo en el V FSM, celebrado en Porto Alegre del 26 al 31 de enero de 2005, se concentraron más de 6.000), estos movimientos y organizaciones sociales, cada día mejor y más coordinados en red, apuestan decididamente por “otro mundo posible” frente al “final de la historia” que proclama el liberalismo. Se trata del mayor movimiento altermundialista que hoy cruza el planeta (cfr. Éxodo 78/79).
2.
Hebra de amor es también la emancipación de la sociedad de la tutela religiosa.
Cuando se pierde la riqueza por causa del Reino, uno se enriquece; cuando no se reserva la propia vida por las mismas causas, la vida se recobra… Cuando las religiones y la Iglesia, digamos, pierden el poder que acumulan sobre las sociedades civiles resultan espiritualmente más poderosas. Son las paradojas del Evangelio. Para que la emancipación de la de la sociedad pueda entenderse como hebra de amor o buena noticia no es necesario que la religión se retire de la sociedad y del mundo, sino que, como el fermento, sepa encontrar su lugar en la masa.
A este fenómeno se alude frecuentemente, a veces indistintamente, como los términos secularización y laicidad. No resulta fácil distinguir dos vocablos que se solapan frecuentemente, pero sí se puede advertir el gran esfuerzo filosófico y jurídico que se ha venido desarrollando desde el “siglo de las luces” (s. XVIII) para separar aquellas dimensiones a las que ellos apuntan: la civil y la confesional, el ámbito secular (temporal) y el eterno (sagrado), el espacio político y el espacio religioso. Originados estos vocablos en una cultura de fuerte impregnación cristiana, la laicidad del laico se contrapone, antes que nada, al poder del clérigo y la secularizad del que vive en el siglo (seglar), al espacio sagrado en que vive el religioso.
Si con la Ilustración (consecuencia lógica del racionalismo renacentista) se inició en Occidente la emancipación de lo político de la esfera estrictamente eclesiástica, (secularizad), hoy día se pretende ir más lejos, se intenta identificar aquello que es propio y común a todo ser humano por serlo -como la igual dignidad, los derechos humanos, la libertad- previo a cualquier impregnación religiosa; se pretende reconocerle su propia autonomía y liberarlo de toda hegemonía, tutelaje o sumisión a cualquier institución particular, principalmente aquellas que nacen de una fe o confesión religiosa. Y a todo esto se llama laicidad. Lo que es común, la laicidad, es previo y anterior a cualquier institución privada (que es posterior) y viene a coincidir con otro término hoy día de notoria arraigo, la ciudadanía; lo particular, la fe o las creencias se refieren a lo último y vienen después (Cf. Éxodo 80).
El núcleo de la sociedad civil (asociaciones, organizaciones, y movimientos o fuerzas sociales) que, ante la insuficiencia de lo legal y lo establecido (cfr. Concilum 311, p.54) están en constante revisión e innovación, ya no soporta fácilmente que lo que es común sea tutelado por ninguna institución privada. En este sentido, el reconocimiento y privilegio especial que la Constitución española concede a la Iglesia Católica, por ser mayoritaria en nuestro país, está ya siendo una fuente constante de conflictos que a quién más perjudican es, en último término, a la misma Iglesia. Necesitaría ésta, para estar a la altura de su misión, recobrar cuanto antes la libertad evangélica para renunciar a todo privilegio constitucional y para denunciar los mismos Acuerdos firmados entre el Estado y la Santa Sede en el 1976, antes de la misma Constitución del 1978. En esta línea entiende una buena mayoría de católicos españoles aquel principio evangélico de “Dad al César lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Indudablemente, así entendida, la emancipación de la sociedad es una buena noticia.
3.
¡Quién lo diría!, hebra de amor es también la crisis de la religión. Una crisis que no se explica suficientemente por el desafecto que la involución y restauración, hoy día instaladas en la Iglesia Católica, están causando en un sector importante de fieles católicos. Porque, con los datos en mano, no se trata de una crisis particular que afecte sólo a los católicos (aunque no se pueden ignorar los estragos que en esta familia está causando), el fenómeno es más amplio, abarca al cristianismo en su conjunto. Y, todavía, más al fondo, la crisis llega hasta la misma religión: la religión, salvo en pequeños y aislados reductos, está en crisis. Está suficientemente demostrado que los que abandonan el catolicismo o el cristianismo no suelen pasarse a otra religión, más bien acaban sumándose al creciente masa del indiferentismo o al agnosticismo. Los siguientes datos, afrecidos por La Vanguardia (12.02.06) parecen suficientemente elocuentes:
DIOS SE SIENTE SOLO
SAMIR GHARBI, JEUNE AFRIQUE L´INTELLIGENT - 12/02/2006
“Según dos sondeos realizados en 65 países por el acreditado Instituto Gallup Internacional, el número de personas que afirman estar vinculados a una religión, sea cual sea, o afirman creer en cualquier Dios no cesa de disminuir: eran el 87% en el 2000, y sólo un 66% en el 2005. En todas partes, salvo en África, la práctica religiosa ha retrocedido: menos de un 21% en cinco años. Más de 50.000 personas han sido encuestadas. Según Gallup, son representativas de la opinión de 1.300 millones de habitantes. Pero el instituto no da ninguna explicación que pruebe el fenómeno y se limita a avanzar que el cambio de milenio ha suscitado un efímero empujón de fervor religioso... La regresión es casi general. El número de los que se vinculan a una religión ha pasado del 88% al 60% en Europa Occidental; del 84% al 65% en Europa del Este; del 77% al 50% en Asia-Pacífico; del 91% al 71% en América del Norte, y del 96% al 82% en Sudamérica
.
Sólo en África la situación prácticamente no ha evolucionado. Este continente sigue siendo el más religioso, con una tasa de creyentes del 91%, contra el 1% de ateos y el 8% sin religión. En Asia, que, desde este punto de vista, cierra la marcha, las cifras son respectivamente de 50%, de creyentes, 12% de ateos y 38% sin religión. Los resultados por países colocan a Ghana en primer lugar mundial por el número de creyentes (96%), seguido de otro país africano, Nigeria (94%). El jefe de filas de los ateos es Hong Kong (54%). Y los de sin religión, Tailandia (65%) ante Japón (59%).

El sondeo de 2005 hace aparecer una relación de causa efecto entre el hecho religioso y la situación socioeconómica de la gente: a más nivel de educación, menos fenómeno religioso. Igualmente, el porcentaje de los creyentes baja a medida que los ingresos de un país aumentan... El único consuelo para los prosélitos de toda índole es que el envejecimiento se acompaña con una progresiva vuelta a Dios”.
Como se puede observar, no se trata de un fenómeno exclusivo de la sociedad occidental, europea, sino de un vendaval que afecta a toda la humanidad. Cada día tenemos mayor conciencia de estar asistiendo al abandono de los últimos resquicios de una sociedad agraria e incluso industrial y de estar entrando en un ámbito posindustrial o sociedad del conocimiento (cfr. M. Corbí, Religión sin religión, PPC 1996). En el fondo, más que de un fenómeno religioso, se trata de una crisis de crecimiento humano que con la mundialización se va expandiendo por todo el mundo. Los estragos que este vendaval está causando actualmente en el cristianismo se van a dejar sentir pronto (si es que no están ya presentes) en el resto de las religiones. Pero lo más probable es que este paso no sólo no menguará la espiritualidad del ser humano, sino que la acrecentará. (Recordemos, a este propósito, el pronóstico que hace algún tiempo hizo el teólogo K. Rahner, “el s. XXI será místico o no será”). Pero esto no va a impedir que las “religiones” mayoritarias, como formas históricas originadas en sociedades agrarias, estén en trance de disminuir visiblemente, y hasta de poder desaparecer, en el camino hacia la sociedad más avanzada científica y técnicamente.
En cualquier caso, estamos asistiendo a una “mutación profunda” de toda forma religiosa (Martín Velasco) que, por lo que al catolicismo se refiere, más allá del mismo aggiornamento que impulsó hace 40 años el Vaticano II, le va a exigir cambios mucho más esenciales. “Lo urgente, dirá José María Vigil, ya no es la puesta al día, sino la mutación”. No se trata, podríamos añadir nosotros, de una renovación, sino de una verdadera transformación. Una transformación que ya se está dando en la sociedad del conocimiento y en el mismo ser humano y que está exigiendo una verdadera transformación de las formas religiosas.
En este contesto, ¿cómo interpretar y recibir como “hebra de amor” esta galopante crisis? Los cristianos de base en el librito vamos a recuperar la alegría, p.7, coincidiendo con los teólogos de la revista Concilium 311, p.293, se apuntan a aquella utopía en la que el ser humano se define desde la esperanza. Desde siempre el Dios oculto sigue apostando por el ser humano, sorprendiendo, desde su debilidad, nuestra propia suficiencia. Es la imagen, ya tan conocida, del Siervo de Yahvé de Isaías, o la kénosis o vaciamiento de sí mismo del Dios cristiano que todo lo pone en crisis. Esta apuesta por la esperanza nos invita a mirar la actual crisis de la religión desde el triunfo que el Dios oculto suele hacer desde la humildad y la debilidad. Así sucedió en María de Nazaret o en la resurrección del crucificado. Y mientras llega ese momento, la kénosis del Dios cristiano será una permanente invitación a profundizar la fraternidad y la misericordia con la humanidad y con el mundo. Pues bien, mirada desde esta óptica, la crisis actual es una buena noticia.
4.
Unas hebras de amor son finalmente el pluralismo religioso y los intentos de coordinación en red.
Con el final de la “guerra fría”, la liberalización de los mercados y la consiguiente globalización económica y financiera se han quedado al descubierto inmensas “masas de pobres”. Obligados a emigrar, fundamentalmente por la pobreza o necesidad de trabajo, estas migraciones masivas han puesto de manifiesto “las muchas religiones” que existen en el planeta. Y el contacto con este pluralismo de confesiones religiosas ha obligado a las grandes religiones no sólo a adaptar su pastoral, sino a revisar sus mismos presupuestos y seguridades doctrinales. En la iglesia católica, por ejemplo, se ha ido pasando en poco tiempo desde el eterno exclusivismo en el que ha vivido instalada durante siglos (“fuera de la iglesia no hay salvación), al reciente inclusivismo (“fuera de Cristo no hay salvación”) y finalmente, al menos en sus pastoralistas y teólogos más “dialogantes”, al Pluralismo religioso (“al Dios de los muchos nombres”, John Hick, Casaldáliga). Cada día se va evidenciando con mayor claridad la convicción de que “todas las religiones son verdaderas” (Teología del Pluralismo Religioso, JM. Vigil, El Almendro) y que necesitamos ajustar nuestra praxis ética en este asunto, como hace en diferentes ocasiones el mismo Evangelio, a la regla de oro presente en todas las culturas y religiones: “haz a los demás lo que quieres que hagan contigo”.
 En este sentido, son ciertamente esperanzadoras y muy buenas noticias los diversos intentos de coordinación en red que se están dando entre los cristianos de base. Se trata de procesos, mayormente participativos y horizontales, en los que se da mayor importancia al proceso mismo que a la consecución de los objetivos finales. Estos llegarán como consecuencia lógica de un camino bien trazado y realizado con la máxima aportación y consenso de todos y todas. Se trata de un fenómeno con muchos factores nuevos, fruto de una madurez espiritual que ha descubierto en la unión (“que todos sean uno”) no sólo el objetivo final del mismo evangelio, sino la condición necesaria para una presencia verdaderamente cristiana en la Iglesia y en el mundo. Una unidad que se está abriendo horizontalmente, y cada día con mayor fuerza, hacia el resto de confesiones religiosas que pueblan e planeta. Algunos de estos intentos de coordinación, ya verdaderos logros, rebasan el ámbito cristiano y enlazan con esa preocupación interconfesional a la que aspira al límite el proceso.
Cito solamente tres casos entre los que me son más conocidos: El proceso de coordinación de los cristianos de ámbito estatal en el que participan un gran número de movimientos, comunidades de base y diferentes instituciones (también personas a título individual) que, desde el 9 de septiembre del pasado año, viene reuniéndose periódicamente. La próxima cita, en la que presumiblemente se aprobará definitivamente la “Carta de identidad” y la forma de organizarse a nivel estatal, será el 22 de abril. Y esto supone, al menos como promesa, una doble buena noticia: la recuperación del pueblo como sujeto de la experiencia y la participación horizontal y colectiva como motor del proceso.
No menos importante ha sido el paso dado por algunos colectivos españoles (Iglesia de base de Madrid, Somos Iglesia y Col-lectiu de Dones en l’Esglesia de Catalunya) para coordinarse con la Red Europea de la Iglesia por la Libertad, con sede en Bruselas. A medio plazo y cuidando de que no se burocratice indebidamente el proyecto, podría ser el destino común de una gran parte de los cristianos de base europeos. Dentro del más exquisito espíritu del vaticano II, este movimiento pretende asumir el papel de los seglares en la transformación interna de la Iglesia y la defensa de la justicia y la libertad en el mundo. Es otra buena noticia.
Finalmente, la Asociación para el Diálogo Interreligioso en la Comunidad de Madrid (ADIM), en su configuración actual, supera el marco del catolicismo y del mismo cristianismo. Es una respuesta, desde distintas confesiones religiosas y movimientos de inspiración humanista, a la creciente crisis religiosa y a la actual debilidad que presenta el pluralismo religioso para enfrentar por separado los incontables desafíos que, en todos los órdenes, ofrece la actual sociedad del científico-técnica. Surgió, hace tres años, como respuesta espontánea a la brutal invasión de Irak. Actualmente se ha convertido en asociación de carácter civil con presencia de casi todas las confesiones religiosas que existen en la capital y en contacto con otras organizaciones del mismo estilo que ya están surgiendo en el resto del país. Desde el primer momento ADIM ha estado muy relacionada con el Consejo para un Parlamento de las Religiones del Mundo a través del Centro UNESCO de Madrid y Cataluña, participando en la cuarta edición del Parlamento de la Religiones del Mundo, celebrado en Barcelona durante los días 7 al 13 de julio de 2004. Es otra buena noticia.
3. ¿CON QUÉ LO REDIMIREMOS, AQUEL TIEMPO SOMBRÍO?
(Ángel González, ibidem, p.65):
La experiencia nos obliga a ser cautos y modestos en este paso. No tenemos toda la respuesta, o los medios necesarios para restaurar el viejo tapiz. Tampoco las diferentes aportaciones de la historia, que es maestra de la vida en muchos sentidos, han logrado articular una alternativa sólida y consistente que valga para todos y todas. Quizás no podamos aspirar a otra tarea que a la de continuar tejiendo nuevos hebras doradas hasta que algún día llegue la completa restauración.
Como primera providencia, será cuestión de dejarnos aconsejar de nuevo por la clarividencia del poeta que, en esta encrucijada, nos indica por dónde sí y por dónde no podemos continuar la redención del viejo tapiz: ¿Con qué pagamos la alegría de ahora,/ el envoltorio de bisutería/ que ocupa hoy el lugar/ del amor verdadero forjado/ en el dolor y la esperanza?/ ¿Qué entregamos/ como compensación de tan desigual trueque?/ Las más sucias monedas: la traición, el olvido. Toda redención es fruto de un “amor verdadero, contrapuesto a la bisutería con que hoy lo encubrimos y cuyas más sucias monedas son “la traición y el olvido”. El amor verdadero -las hebras de oro para restaurar el viejo tapiz- está forjado, por el contrario, en “el dolor y la esperanza”. Este es el verdadero amor que redime. Este tipo de amor, concebido en el dolor y la esperanza, parece ser la propuesta básica del poeta.
La psicopedagogía, por su parte, añade algunos elementos que completan esta aportación. Porque, tejiendo con las hebras del amor verdadero, no podemos dejarnos atrapar por el desencanto ni el desaliento, mucho menos por la amargura o por la pérdida de la esperanza. Será cuestión de oír a un especialista en estos temas que, aunque no en todo podamos coincidir con los juicios valorativos que hace sobre algunos acontecimientos de los que hemos sido testigos, ofrece, sin embargo, una fórmula que a buen seguro puede ayudarnos a superar el desaliento que, a veces, acompaña a estas tareas. Me refiero a Eduardo Punset, con su libro “El viaje a la felicidad. Las nuevas claves científicas”.
 Después de “separar lo esencial de lo importante”, como aconsejaba prudentemente el viejo político tunecino Habib Bourguiba, y de analizar los factores que influyen positiva o negativamente en la consecución de la felicidad, Eduardo ofrece una extraña fórmula matemática como receta científica para alcanzar la felicidad, (en nuestro caso traduciríamos “para restaurar con éxito el viejo tapiz”). En dicha fórmula, que es un quebrado, el numerador recoge la suma de los factores positivos y el denominador los negativos que condicionan el disfrute de la felicidad. En el numerador figura, como elemento englobante, la emoción en la se concentran aspectos tan determinantes como el mantenimiento de un propósito y el exquisito cuidado del mismo, la búsqueda constante y la expectativa para superar la ignorancia propia y ajena, y las relaciones interpersonales; en denominador se agrupan los que Punset califica como factores reductores (la ausencia de desaprendizaje de lo que se nos han enseñado, el recurso a la memoria grupal que integra asociaciones infundadas, la interferencia en las procesos automatizados que ya se coordinan por si mismos y el predominio del miedo) y las cargas hereditarias (mutaciones lesivas, envejecimiento, el ejercicio abyecto del poder político –dictaduras, corrupción-, y el estrés imaginado que aumenta los niveles de ansiedad).
Interesante. ¿Por qué no tener en cuenta estas aportaciones “científicas” para que las hebras de amor sean más consistentes y bellas?
La aportación que nos ofrece el librito Vamos a recuperar la alegría (Iglesia de base de Madrid) es enormemente concreta. Con qué pagar la alegría de ahora, se pregunta el poeta. Y él mismo da la clave: no con la traición y el olvido, sino con “el amor verdadero forjado en el dolor y la esperanza”. Y los cristianos de base lo concretan en estas tres prácticas: 1ª Globalizando lo humano desde la opción por los pobres y su justicia; desde la presencia solidaria, próxima, vecinal con los excluidos; desde la articulación en red con la base, las iglesias, las confesiones religiosas; desde el compromiso con los movimientos de liberación social y política. 2ª Manteniendo un diálogo honesto y crítico con el mundo actual y sus distintos saberes autónomos: apostando por un modo cordial de inserción en el mundo y respetando siempre el derecho a la diversidad y a disentir; siendo particularmente sensibles con las nuevas aportaciones de la juventud. 3ª Aprendiendo a tejer con lo diverso lo inter, el mestizaje, rompiendo con la dicotomía varón-hembra, blanco-negro, y asumiendo con respeto y seriedad el diálogo en un contexto de pluralismo cultural y religioso.
4. UNA PEQUEÑA CODA: tres veces la misma melodía
Ante los hilos de tristeza del viejo tapiz y para reforzar las hebras de amor que bordan sus extremos, estamos apostando por una espiritualidad y una mística en el compromiso (contemplativos en la acción) cuyo “fa bordón” o nota dominante sea la alegría. ¿Dice algo la tradición judeocristiana y, en concreto, el evangelio sobre esta importantísima dimensión de la vida?
Con el evangelio de las Buenas Noticias en la mano podemos seguir el hilo de tres variantes de la misma melodía que hilvanan todas sus páginas. Lo decimos en griego que es como mejor sonoridad tienen: Chaíro, euphraíano y agalliáomai. Sólo unas breves notas sobre estas riquísimas e interminables melodías que arrancan desde los albores mismos de la conciencia de la humanidad. La tradición judeocristiana es sólo un testigo.
1. Chaíro
canta la alegría por el bienestar y la comodidad sensibles, lo que nos deseamos en el saludo y despedida: la salud, la felicidad. Chaíro y Chará (la alegría) están muy cerca de cháris (la gracia). En Los LXX es el Shalom que se alarga hasta los bienes escatológicos (porque es Dios quien da la paz); en el judaísmo es la Torah (la Ley) y en la Comunidad del Qumrán es la permanente alegría que proporciona el conocimiento de la verdad.
El Nuevo Testamento, por ser evangelio, es todo él es “alegría permanente”. Como saludo aparece en las cartas y en el encuentro familiar del resucitado (en Sant 1,1: chaírein; chaírete familiar en Mt 28,9). Todo el tiempo de Jesús es un “kairós” de alegría: “no pueden estar de luto los amigos del novio” (Mt 9,15) mientras él esté presente, porque la salvación ya es una realidad: “los ciegos ven, los sordos oyen…”(Mt 11); su predicación es causa de alegría (Zaqueo 19.6), incluso cuando produce escándalo y sufrimiento (“estad alegres y contentos” (Mt 5, 12); se invita a la fiesta (“pasa al gozo de tu Señor”, Mt, 25. 21.23) y el encuentro de las mujeres con el resucitado les causa un “gran gozo”, (Mt 28,8).
No podemos seguir el curso de esta riquísima melodía por todos los lugares del Nuevo Testamento. El evangelio de Mateo que hemos citado es sólo un ejemplo y no su mayor testigo. Una mayor reflexión debería recorrer la páginas de Lucas (evangelio y Hechos de los Apóstoles), cuyo tema central, desde su peculiar “evangelio de la infancia” (Lc 1 y 2) hasta la Ascensión (“se volvieron a Jerusalén con gran gozo” Lc 24, 53), es una contagiosa y penetrante alegría. Juan, por su parte, habla de la “perfecta alegría” (chará pepleroméne) (Jn 14,4). Y Pablo, en sus diferentes cartas, presenta la alegría en paradójica alternancia con la tristeza, la tribulación y la inquietud que es donde muestra toda su fuerza. El teólogo Kart Barth califica esta paradoja de “obstinado sin embargo”. Para cualquier situación o fase de la vida en que nos encontramos siempre será un reto Flpl 4,4: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.
2. Euphraíno
es el sentimiento, la disposición interna de la alegría: estar alegre, estar encantado, estar de buen humor. Euphrosýne es el gozo, alegría. Aparecen destacados dos matices: La dimensión colectiva, contagiosa de la alegría, cuya imagen más cercana es el banquete que rezuma alegría por la convivencia festiva. A esta dimensión alude Lucas en reiteradas ocasiones; la más plástica es la fiesta que prepara el Padre a la vuelta del “hijo pródigo”(Lc 15). Otro aspecto de esta misma alegría colectiva llega por el reconocimiento de lo que Dios hace con la humanidad, como refleja la alegría del hijo pródigo al recibir el abrazo de su padre, como lo expresó antes proféticamente Isaías en 65, 18 y ss.: “Voy a crear a Jerusalén “Regocijo” y a su pueblo “Alegría”: me regocijaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo sin que se oiga allí jamás lloro ni quejido”.
3. Agalliáomai es la expresión externa que produce la autoconciencia y el júbilo de la fiesta. Como cuando decimos: No cabía en sí de contento/a; o el estar alborozado, eufórico, radiante. En el AT la exteriorización esta exteriorización de la alegría por los gestos salvíficos de Dios es frecuente en las Salmos En el judaísmo se exterioriza la alegría por la expectativa escatología. En el Qumrán, por la salvación presente que ya está presente en la comunidad. En el evangelio siempre resultará paradójico el final de la bienaventuranzas ( “alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos”, Mt 5, 12) y la revelación del reino a los pequeños, a los niños (Mt 18, 1.5). La agalíasis, la alegría festiva, jubilosa acompaña en el pasado y guía hacia el futuro a la comunidad neotestamentaria. Su lugar más expresivo en La Cena de Señor (Corinto), Partir el pan (Jerusalén).
En conclusión:
Las tres melodías son variantes que, en el Nuevo Testamento (con raíces el la tradición judía) completan una misma canción que es la alegría (cfr. E. Beyreuther, En Diccionario teológico del NT, I, p.81). Desde esta perspectiva bíblica podemos expresarlo en estas tres notas:
1
ª La alegría es un don gratuito de Dios: te perdona, te espera, te abraza, te introduce en su casa y hace fiesta por ti; se hace una misma realidad contigo: se alegra. La Eucaristía muestra la alegría de la comunidad en y con Dios. Y la alegría es también un anhelo que está en el hombre, “porque Dios ha situado al hombre en la alegría” que la puede acrecentar asomándose al fondo de todos los dones de la naturaleza.
Pero esta alegría se da en tensión con la tribulación de la propia existencia. En medio de este conflicto estamos llamados a experimentar el “gozo anticipado” de “lo que el ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Cor 2,9).
La alegría surge también de la “recuperación del cuerpo” porque “Dios ha situado al hombre y a la naturaleza en la alegría”. El “odio al cuerpo”, tan dominante en la tradición cristiana, ha confundido frecuentemente el cuerpo con el ego, y consiguientemente ha preferido el poder al gozo, el propio interés con la donación, lo erótico con lo sexual. Existen apoyos suficientes en el Nuevo Testamento para la recuperación del cuerpo sin necesidad de centrar la alegría exclusivamente en el solipsismo sino también en el altruismo, no sólo en el antropocentrismo sino también en el cosmocentrismo, en el geocentrismo.

Finalmente, entre el convertir la alegría en “comercio de la diversión” o colocarla “más allá del trabajo de cada día” (porque lo consideramos bajo la maldición divina), está la posibilidad de situarla en el centro de la vida, como la melodía más bella o la flor mejor cuidada de nuestro huerto. Sólo con estas “hebras de amor” es posible restaurar el viejo tapiz y alcanzar algún aspecto de la felicidad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). 

vieja Europa

vieja Europa

SOBRE LA VIEJA EUROPA Y LA FE
LUIS AMOR
REPÚBLICA DOMINICANA.

ECLESALIA, 06/04/06.- Los medios de comunicación, y más los llamados católicos, andan, en los últimos tiempos, muy atareados con la “Vieja Europa”. Dicen ellos que por su falta de fe. Si la fe es un don de Dios y, como tal don, un regalo y, como tal regalo, no tiene precio, la fe ha de ser libre. Depende de cada persona la aceptación de ese regalo, de ese divino don. Y si la fe también puede ser una firme voluntad de creer, llevará consigo la libre aceptación de la propia voluntad.

Pero la fe puede ser sólo un hábito, y en ese caso ni es don, ni es regalo, ni es firme voluntad, es una herencia, y una herencia endeudada. Se llamó fe a la religión. Se confundió la fe -la fe es más que simple creencia, es adhesión, fi-delidad, compromiso- con la “Religión de Estado”. El General Franco se hacía entrar bajo palio, como si de la misma hostia consagrada se tratara, en las Catedrales y en las Iglesias Mayores con motivo de las fiestas y solemnidades. La Iglesia, que no es la fe, se unió al poder político. La religión fue obligada y obligatoria. Europa se llenó de “Religión” y de “pietismo”. ¿Dónde estaba la fe?

La fe, ese movimiento de Dios hacia las personas de este mundo en el que vivimos, tuvo su extraordinaria manifestación en el Concilio Vaticano II: la gran esperanza, la claridad, la luz. La Iglesia institucionalizada, ahogada por sus propias instituciones y jerarquías, por su oficialidad, por su jefatura de estado, no abrió las ventanas para que entrara la claridad, no encendió las luces, metió la lámpara debajo del celemín de la historia. Siguió aferrada a lo ya adquirido. En su aburguesamiento tuvo miedo al cambio, continuó con su poder y con su fasto.

Se preocupa de la vida “antes” y de la vida “después”. Se olvida de la vida aquí y ahora, de los que tienen hambre y sed de comer y de beber, y de justicia. Y a éstas y a éstos, y no a otros, se manifestó el Dios de Israel. Y a éstas y a éstos, y no a otros, les habló su hijo, Jesús de Nazaret, y por eso lo mataron, por venir a dar vida a quienes no la tenían. “La Gloria de Dios es el ser humano vivo…” (S. Ireneo). Cuando la religión pasa de los oprimidos a los opresores, de los hambrientos a los saciados, de los humildes a los soberbios, se traiciona el Evangelio: “…para anunciar a los pobres la Buena Nueva…” (Lc 4, 18b).

Con la llegada de las democracias, la Vieja Europa se ha liberado de sus ataduras. La Religión dejó la oficialidad. Ya no es necesario el certificado de “buena conducta” del párroco del lugar para acceder a un puesto de trabajo. La fe, esos pasos de Dios hacia la humanidad, y la religión, esos pasos de la humanidad hacia Dios, han recuperado la libertad. La Palabra de Dios está viva, no la matemos, utilicémosla, saquémosla a la calle. Resituemos nuestra fe. La fe sin la razón no sería humana. “En lo necesario, unidad. En lo discutible, libertad. Y en todo, caridad”. (S. Agustín). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

silenciada

silenciada
OBSERVACIONES SOBRE LA ENCÍCLICA “DIOS ES AMOR”
‘¿Cómo decir y mostrar a los pobres de este mundo que Dios los ama?’ (Gustavo Gutiérrez)

JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana

VITORIA-GASTEIZ.

I. Observaciones preliminares
ECLESALIA, 04/04/06.- Cuando el 25 de Enero de 2006 conocíamos, al fin, la primera carta encíclica de Benedicto XVI, firmada el 25 de Diciembre del año anterior, y publicada bajo el título de Deus Caritas est, una cierta sensación de sorpresa recorrió el mundo católico. Por mi parte, éste fue el concepto que elegí para referirme en la prensa a la aparición de la encíclica: Sorpresa en Roma  [1]. ¿Qué quería decir con este titular?
Antes de atender a los contenidos sustanciales de la Carta y de explicarme con algunas reflexiones acerca de por dónde debería seguirse el camino abierto por ella, contestaré a esa pregunta y tendremos cumplida la introducción a nuestro tema.
Entiendo que se puede hablar de sorpresa por varias razones. En primer lugar, doy fe de que el mundo intelectual católico, la teología en particular, esperaba que la carta programática de Benedicto XVI versará sobre el Concilio Vaticano II, cuyo cuarenta aniversario de la clausura, (8 de Diciembre de 1965), estamos celebrando. Por tanto, era muy importante saber cómo se pronunciaba el nuevo Papa ante el Concilio y su recepción por la Iglesia, tanto más, cuanto que el Papa, hasta entonces Cardenal Ratzinger, había sido uno de los peritos destacados del Concilio, como teólogo reconocido, y había evolucionado hacia posiciones, llamemos “conservadoras”, presidiendo, además, la siempre discutida Congregación romana para la Doctrina de la Fe. Evidentemente, un lugar o Comisión donde concurren personas, planteamientos y actos que, para guardar la ortodoxia y vigilarla, serán poco dados a la creatividad teológica y al diálogo eclesial. En fin, no hay que ser muy ducho en la materia para comprender que concurrían las circunstancias que hacían del parecer personal de Benedicto XVI como Papa una opinión especialmente esperada y, una vez conocida, analizada al detalle. Pues bien, el Papa publica, entonces, la encíclica que sabemos, deja de lado el acontecimiento del Concilio cuarenta años después, y sorprendiendo a todos elige la cuestión teológica por excelencia, “DIOS”, pero lo hace en clave de teología práctica, es decir, de teología espiritual, pastoral y moral y, al fondo, de eclesiología de la caridad o de la comunidad de amor, la Iglesia, de la que él habla, “la familia de Dios en el mundo”[2]. La sorpresa, por este lado, es tal, que creo haber percibido en muchos teólogos, en los menos próximos a esa teología práctica, o quizá mejor, a esa condición práctica de la teología, una cierta decepción.
En segundo lugar, lo de la sorpresa, viene avalado en mi mente por el hecho de que la encíclica deja de lado el Concilio, como he dicho, pero sólo inmediatamente, pues mediatamente, no hay tal; ella misma, en su hacer, es un sacramento de la valía teológica y pastoral de ese Concilio. De hecho, casi no se puede afirmar con más fuerza que la Gaudium et spes, sobre todo ésta, y la Lumen Gentium, siguen en pie como una guía irrenunciable para la Iglesia del siglo XXI. Yo no he visto hace tiempo en la Iglesia, desde la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, en 1975, afirmar con tanta rotundidad que el compromiso cristiano de la caridad pertenece esencialmente a la misión evangelizadora de la Iglesia, al igual que la celebración de los sacramentos y que el anuncio de la fe. Es verdad, desde ahora lo reconozco, que ese compromiso cristiano de la caridad, allí, en Evangelii Nuntiandi, se expresa sin rodeos como “el compromiso por la justicia”, y, sin embargo aquí, prima claramente un significado de la caridad como “compromiso asistencial” que, eso sí, no renuncia a exigir la justicia como pauta ineludible de la vida social y política en su legítima autonomía. La diferencia es clara pero, como diré, las potencialidades del modo cómo la última encíclica asume la caridad no creo que sea fácil contenerlas sin efecto político.
En tercer lugar, lo de sorpresa, viene a mi mente animado por esta convicción personal. Un cristianismo que coloca en el centro de su fe a Dios como amor o bondad absolutos, como misericordia, compasión y perdón ofrecidos a todos los hombres y, en primer lugar, a los más necesitados, en todos los órdenes de la vida, digo que este cristianismo tiene tantas o más posibilidades de purificarse, y hasta de volverse contra la Iglesia en sus carencias como “familia de Dios en el mundo”, o mejor, a mi juicio, “familia de Cristo en el mundo”, que no un cristianismo que acoja la caridad con un aprecio más claro de su dimensión política, pero que la afirme, eso, como una dimensión de la vida de fe, incluso como una gran consecuencia, pero consecuencia al cabo. El cristianismo de la Deus Caritas est afirma ese compromiso caritativo como una condición de la fe y de la misión de la iglesia y esto son palabras mayores. Como dice la encíclica varias veces, una condición porque pertenece a su esencia, a la estructura fundamental de la fe, a su naturaleza más íntima; tan constitutiva de esa fe y misión evangelizadora, como el anuncio de Jesucristo y la celebración litúrgica de los sacramentos. Este entronque radical de la caridad en lo más constitutivo de la fe y de la vida eclesial es lo que me anima a mantener lo de sorpresa, entendiendo que el cristianismo no podrá acallar las virtualidades también sociales de la caridad. En este sentido, Juan Pablo II, al que no se cita en la encíclica sino como autor de algunos documentos eclesiales, representa en su DSI una posición teológica mucho más social y política que la de Benedicto XVI, hasta el momento, pero el modo de entender por éste el lugar de la caridad en la identidad de Dios y de la fe, y el modo de entender la propia doctrina social de la Iglesia (n 28a), a mi juicio, ofrecen más potencialidades finales.
Pienso finalmente, en cuanto a lo de sorpresa, que este cristianismo tiene más posibilidades de conectar con las necesidades y esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que no otro más abstracto y escolástico. La gente, hoy, tiene sed de sentido y felicidad, como siempre, aunque a menudo se distraiga, nos distraigamos, entre sucedáneos del mercado, pero le ha de ser más fácil reconocerse en el Dios Amor, el de la compasión y el perdón, que no en el de la Verdad y el Juicio. Reconozco el peligro de que el mundo “cristiano”, la cultura secular y laica del mundo occidental, en manos de una neoliberalismo neoconservador, acabe con el crecimiento social de este cristianismo tan rico y, a la par, tan endeble, y que lo manipule y hasta nutra económicamente como encargado de la raquítica compasión del sistema hacia los pobres que antes él mismo provoca y seguirá provocando por necesidad de su lógica íntima. Lo sé, y de ahí que la llamada de atención a este peligro, nunca va a estar de sobra, pero yo, sinceramente, veo en este cristianismo oportunidades ciertas de dar con los anhelos ciertos de nuestra gente, y, por tanto, ser una propuesta religiosa culturalmente significativa por humana y religiosa. Que no se desvirtúe histórica o políticamente, éste es el conflicto en el que nos jugamos el ser o no ser de la identidad cristiana de la Iglesia. Hace muchos años que leí que el poder en la Iglesia, la lucha por el poder en la Iglesia, versa sobre la legitimidad en la interpretación cristiana del evangelio. Aquel texto tenía mucha razón, por más que “el poder” entre nosotros se presente sólo como servicio.
Dicho esto, pasemos, de inmediato, a dar cuenta de los contenidos centrales de la encíclica. Me serviré para ello de una síntesis que ha circulado por ahí con mucha aceptación y que en su momento titulé, Guía de lectura de la DEUS CARITAS EST. Me detendré más en la segunda parte de la encíclica que en la primera, por entender que es más de mi competencia y porque le veo más potencial eclesial y pastoral para el futuro. Más tarde, para concluir, me referiré a aquellos aspectos de la encíclica que, a mi juicio, debemos seguir repensando, pues obedecen a opciones teológicas en discusión, muestran carencias sociales muy evidentes o resuelven con ambigüedad el lugar de la Iglesia y de su DSI en la sociedad civil.
II. Guía de lectura de la DEUS CARITAS EST. Este apartado se refiere a una síntesis de la encíclica que, con el propósito de máxima fidelidad al texto, titulé Guía de lectura de la Deus Caritas est, y que puede verse en http://eclesalia.blogia.com/2006/020701-darnos.php
III. Para continuar profundizando en la encíclica Deus Caritas est.
Voy a referirme a lo que en la introducción calificaba como aspectos de la encíclica que debemos repensar, porque obedecen a opciones teológicas en discusión, muestran carencias sociales muy evidentes o resuelven con ambigüedad el lugar de la Iglesia y de la DSI en la sociedad civil[3].
- En primer lugar, yo me referiría a la carencia más importante de la carta encíclica sobre la caridad. Llama la atención el silencio sobre la denuncia política y, por qué no, el compromiso público amplio, que debe acompañar, a mi juicio, a toda acción caritativa por más concreta y urgente que sea[4]. En realidad, toda la Encíclica padece el olvido de referirse a los condicionamientos sociales y a las consecuencias políticas de la caridad, más allá de las mejores intenciones de los cristianos[5]. De hecho, referirse a la globalización y no introducir un apunte de crítica a su gestión neoliberal, no sólo choca, sino que deja a la caridad en la ignorancia más extrema sobre las causalidades sociales de buena parte de nuestras situaciones de pobreza y exclusión. La globalización no es cualquiera, sino de signo principalmente neoliberal, y no es sólo una oportunidad para llegar con más ayuda y más pronto a más sitios (n 30), sino también, y antes, una estructura de pecado[6], como muy bien percibiera, en este caso, con más radicalidad, Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis. Esta globalización es para pocos y contra la mayoría, y sólo cuestionando el modo de vida de los privilegiados, generalmente en los pueblos “cristianos” y “caritativos”, es posible dar con la lógica mercantil profunda. Lógicamente, detrás hay un largo y profundo debate de teología de las realidades temporales o teología política, que ahora sólo citaré[7]. Tal vez el miedo a un exceso de politización estricta de la fe, o a un cristianismo más mundano que encarnado, ha llevado la reflexión de Benedicto XVI por caminos espirituales y privados, donde la caridad más que purificarse, puede convertirse en ideología y beneficencia. Tenemos mucha experiencia en esto y es lógico que lo advirtamos con claridad.
En consecuencia, un aprecio más nítido del significado cristiano del cambio de estructuras, es decir, de la llamada caridad política, la que busca también el cambio de estructuras sociales, sea mediante el voto y la militancia política de los cristianos particulares, y la denuncia política o protesta de todos, como individuos, asociaciones y como Iglesia, sea mediante la acción caritativa y solidaria, desarrollada como propuesta de acciones, proyectos y campañas con significado público alternativo, habría de ser un camino que la Encíclica debió acoger con verdadero afecto para ser integralmente caridad cristiana, es decir, caridad bajo la Ley de la Encarnación en las condiciones reales del mundo.
Además, en cuanto a esta asunción de la dimensión política de la caridad, el reconocimiento de que nadie se libra enteramente de alguna ideología social y política, tampoco los cristianos como Iglesia, y que por ello es necesario analizar esto y, al cabo, dar cuenta críticamente de la propia concepción de la vida social a la luz del amor, de los pobres y de la democracia, hubiera enriquecido mucho esta teología y pastoral de la caridad. Cuando el cristianismo católico ha hablado de una concepción de la sociedad en los términos que lo hace la DSI, no ha podido concretar más allá de lo que le corresponde, pero tampoco menos de lo que humanamente es inevitable y, así, una concepción de los derechos humanos, de la democracia, de la propiedad y de la libertad de pensamiento, un apunte acerca de las estructuras sociales que facilitan o dificultan todo esto, a partir de los pobres, es irrenunciable en la tradición moral de los cristianos[8]. En este sentido, la encíclica, eligiendo lo mejor, la caridad, no tiene por qué soslayar sus condiciones integrales de historicidad y universalidad. Pensar en el ejercicio de la caridad al margen de ideologías sociales y política, algo así como un salir a los caminos e ir dejando interpelarse por las situaciones concretas de necesidad, es tan hermoso como ingenuo, porque uno puede atender con la mano derecha lo que está haciendo que suceda, o colaborando a que suceda, con la izquierda. Las ideologías sociales y políticas no sólo, ni necesariamente, son supuestos teóricos que manipulan la realidad y el compromiso cristiano, sino necesidades de nuestra mente y de la fe cristiana al concretar los conceptos y pautas morales en una realidad por lo demás compleja y opaca. A mi juicio, la cuestión de las ideologías políticas no se resuelve negándolas para nosotros, sino reconociendo críticamente una asunción inteligente de ellas, pensada en coherencia con la fe, y muy libre. Y, desde luego, sin olvidar que también esas concepciones sociales interpelan a la fe. La diferencia, por tanto, no está en el apoliticismo caritativo de algunos, sino en el sentido crítico de todos hacia los fundamentos, prácticas y efectos de la diaconía cristiana[9]. Las cosas son como son, no siempre como las queremos nosotros, y menos como nos la imaginamos en aras de un cristianismo llevadero y, a la postre, premoderno por no acoger, tras discernir, las conclusiones de los saberes “científicos”.
- El segundo aspecto en esta valoración crítica de la encíclica debiera referirse a la cuestión de la mayoría de edad del mundo o, en otros términos, de la secularidad, algo que en la teología moral social está en discusión y que la encíclica deja poco claro en el uso que hace del concepto “razón práctica”. No lo siento diáfano. Quiero creer que se reconoce la política como realidad autónoma, relativamente desde luego como todo lo humano, como algo que dispone de recursos morales propios antes de su encuentro con la moral de la fe religiosa. Pienso en la política laica inspirada en los derechos humanos. El texto, sin embargo, no es claro al referirse a la “razón práctica” (n 27) o razón política, y cómo se purifica ésta no sólo por la fe, sino también por recursos propios de la razón humana en cuanto tal; en otro lenguaje, falta un reconocimiento expreso del valor moral de “la razón natural” en el ámbito de la política, antes de que llegue a dialogar con la fe cristiana o ésta la concrete. Que la razón política necesite siempre purificarse debido al peligro de “ceguera ética” que la amenaza, es una apreciación muy lógica, pero “ceguera” es un concepto que se presta a interpretaciones demasiado ambiguas en cuanto a la relación de la fe con la política; es un lenguaje que apunta a una dependencia ética total, pues allí se habla de la fe como “fuerza purificadora para la razón misma” (n 27 y 29), y de ninguna otra realidad moral autónoma, que no enemiga; con todo, en el párrafo siguiente, y en referencia a la DSI, que parece la mediación preferente en esta tarea, se trata ya de “simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda...”, teniendo en cuanta que “la DSI, argumenta desde la razón y el derecho natural”, ofreciendo “su contribución específica”, “mediante la purificación de la razón y la formación ética”. Hago, por ello, la interpretación más conforme con la teología del mundo y con la democracia laica y la existencia en ella de una moral civil, también de los cristianos, con sus virtualidades purificadoras autónomas. Reconozco, sin embargo, que la encíclica no deja entrever por ningún lado la cuestión de la ética civil en una democracia. Por qué sucede esto puede responderse con el apartado siguiente.
- El tercer aspecto en esta valoración crítica de la encíclica, partiendo de la cuestión recién entrevista de la secularidad, debiera referirse a su corolario pre-político, la cuestión de la laicidad y, por ende, la de la Iglesia como miembro de la sociedad civil democrática y la moral civil. En cuanto al primero, la secularidad ya está dicho que la encíclica, como no podía ser menos, la reconoce siguiendo lo que Concilio enseñó, “independencia, autonomía y colaboración al bien común” (GS 76), y que los laicos representan claramente en su compromiso con el mundo, “respetando su legítima autonomía” (n 29). La secularidad , o autonomía general de la vida en todas sus expresiones, como hecho social y cultural de la modernidad occidental, el que caracteriza a nuestro modo de organizarnos políticamente y de conocer críticamente, sin embargo, está planteando la cuestión de la laicidad, es decir, la cuestión de cómo facilitar la convivencia de todas las cosmovisiones, “religiosas” u otras, en una sociedad democrática y qué relación ha de guardar el Estado con todas ellas, haciendo posible su neutralidad cosmovisional, que no su indiferencia, con concreciones varias de laicidad, que no de laicismo. Este reconocimiento de la laicidad como dimensión constitutiva del Estado Democrático tiene a su base una sociedad civil de ciudadanos, asociaciones e instituciones, iguales en derechos y en deberes. Por tanto la laicidad, a mi juicio, aparece como un rasgo constitutivo del estado democrático, es un patrimonio moral compartido por todas las ideologías y religiones, los derechos humanos, y opera como un método o fórmula de convivencia ideológica en una democracia. De manera, entonces, que la Iglesia es una más de esas instituciones que en la sociedad civil se empeñan en inspirar y basar la vida social, íntegramente, en una peculiar concepción moral de la existencia, y, en nuestro caso, en los principios y pautas del Evangelio, y hacerlo por los cauces democráticos al uso, como ejercicio de la libertad, y de acuerdo con los principios de participación y de subsidiaridad. Ahora bien, la encíclica, esto lo reconoce en cuanto al ejercicio de la caridad por la Iglesia, que es “una de esas fuerzas vivas”, a las que el Estado debe reconocer y ayudar en cuanto a las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales (n 28), pero no consta en ella un planteamiento a fondo del tema.
La sociedad civil y la laicidad no son objeto de atención por la Deus Caritas est, ni directamente quizá era necesario que lo fueran, pero la resolución de las preguntas sobre la caridad sí deja entrever que la encíclica sigue pensando en una Iglesia con cierta exclusividad en el ámbito de lo moral y con cierta preponderancia en cuanto a su moral en la vida pública, todo lo cual merma el reconocimiento en serio de la secularidad moderna, de la laicidad de las sociedades complejas y plurales donde llevaremos a cabo la evangelización, y más aún, de la posibilidad de una moral civil compartida. Todo ello incide, mucho más de lo que se piensa, sobre la caridad integralmente entendida.
Como es sabido, al referirse Benedicto XVI a la doctrina social de la Iglesia dice que ésta argumenta, “desde la razón y el derecho natural”, sin añadir expresamente “a la luz de la fe”. Precisamente, la doctrina social de la Iglesia anterior venía reclamando su estatuto de teología moral social, lo cual requiere siempre, entre sus fuentes de argumentación, la Revelación, es decir, la fe. A mi juicio, cierto es que lo decía, pero no lograba ser claramente teología[10]. Pero volviendo a esta Carta, si argumenta sólo desde “la razón y el derecho natural”, estamos ante un conocimiento filosófico con hondas raíces en la historia del cristianismo, una especie de “filosofía social cristiana” o, con más pretensión, de “ética social cristiana”, que tiene que aclarar su relación con la ética social de los derechos humanos, es decir, la moral civil de las democracias en cuanto tal. Por este camino se ve que la encíclica no se plantea reconocer en las democracias una moral civil compartida, a cuyo crecimiento ella misma colabora críticamente, y en determinados contextos como sujeto cultural preferente; o reconocer que la dimensión moral de la realidad no es de su exclusiva competencia, dentro y fuera de la comunidad cristiana, lo haga en lenguaje creyente o de fe, o lo haga en términos de razón moral natural, como la encíclica asegura de la DSI (n 28a).
Otras carencias en la encíclica, y pienso, por ejemplo, en lecturas más “críticas” que la presente, como el silencio sobre los movimientos sociales alternativos, en particular, los reunidos en torno a “otro mundo es posible” u “otra globalización”, es cierto, pero podría entenderse citado al fondo del aprecio de la carta por las asociaciones del voluntariado social laico; o el silencio sobre la teología de la liberación tras reclamar el valor de la doctrina social de la iglesia, y ésta en una versión poco política, pues es cierto, pero también cabe decir que no se cita para negarla; o la elección de algunos Santos ejemplares en cuanto a su vida caritativa, sobre todo de Teresa de Calcuta y no de otros con más claro significado político, pues cierto es; o la imagen de María como “sierva del Señor”, sin “magnificat” (Lc1, 46-55), o la preponderancia del lenguaje patriarcal y androcéntrico, también es verdad; y, por fin, en cuanto a la primera parte, la compatibilidad de eros y ágape, y del amor humano y el amor a Dios, si a medida que avanza la argumentación, la compatibilidad se desmorona y el cristianismo vuelve a aparecer como contrario a la corporeidad y el eros como vicio, puede discutirse. Yo creo que hay cierta obscuridad en el vaivén de la argumentación, pero creo que el reconocimiento del amor humano, hecho de eros y ágape, no llega a desaparecer. Salvo esto último, reconozco que la falta de condición política en la teología y fe inspiradoras de la encíclica, merma su potencial para una teología y práctica de la caridad cristiana más significativas, cristianas y evangelizadoras. Con todo, me resisto a que ésta sea la última palabra, y reclamo las virtualidades que conlleva por sí misma la vuelta de este magisterio eclesial a la bondad radical de Dios y a la experiencia de este hecho, en uno mismo y en los pobres, como cuestión mayor para la vida de la iglesia y para la vida cristiana en cuanto tal.

Si este amor no estalla en posibilidades eclesiales, personales y públicas, entonces es que la batalla por la libertad del evangelio está todavía lejos de ser ganada por los pobres y, en consecuencia, la experiencia de Dios y la inteligencia de su amor[11] son mucho más “todavía no” de lo que habíamos previsto. Tenemos tarea, y la principal parafraseando a G. Gutiérrez, ¿cómo decir y mostrar a los pobres de este mundo que Dios los ama? Creo que la Deus Caritas est no acierta claramente, pero, a mi juicio, sí que pone al cristianismo católico en la buena dirección. Creo que no faltarán quienes intenten domesticar esta carta, so capa de darle a la caridad alma “espiritual”. ¿Por qué, si no, este silencio sobre la encíclica? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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[1] Cfr., Diario de Noticias de Álava, 7 de Marzo de 2006. También en Eclesalia 30 de Enero de 2006.
[2] Cfr. Sobre este concepto, véase la intuición de NAVARRO, A. Mª., “Colloquium salutis”. Para una teología del diálogo eclesial. Un dossier, Vitoria-Gasteiz, Eset, 2006, p 300.
[3] Una lectura crítica de la encíclica, sólida, pero a mi juicio, “mezclando” lo que la carta dice con lo que de hecho hace la Iglesia, en Juan José TAMAYO-ACOSTA, Las contradicciones de Benedicto XVI, en El País, 4 de Marzo de 2006, 33.
[4] La literatura en el caso es enorme. Propongo un ejemplo bien fundamentado y, a la vez, claro, en AGUIRRE, R., Reflexiones bíblicas sobre la caridad política, en Corintios XIII 110 (2004) 9-46.
[5] Sobre la importancia de esta sensibilidad pastoral y teológica, véase PLACER UGARTE, F., Remodelación pastoral, renovación eclesial. A los 40 años del Vaticano II, Madrid, Nueva Utopía, 2006.
[6] Cfr., GONZÁLEZ-CARVAJAL, L., Las estructuras de pecado y la caridad política, en AVILA, A. (ed.)., El grito de los excluidos, o. c. nota 11, pp 340-359.
[7] Cfr., mis reflexiones al respecto en Moral Social Samaritana I. Fundamentos y nociones de ética económica cristiana, Madrid, PPC, 2004. Y en Moral Social Samaritana II. Fundamentos y nociones de ética política cristiana, Madrid, PPC, 2005.
[8] Cfr., GONZÁLEZ-CARVAJAL, L., Entre la utopía y la realidad. Curso de Moral Social, Santander, Sal Terrae, 1998. ID., En defensa de los humillados y ofendidos. Los derechos humanos ante la fe cristiana, Santander, Sal Terrae, 2005.
[9] Cfr., ÁVILA, A (ed.)., El grito de los excluidos. Seguimiento de Jesús y teología. Homenaje a Julio Lois Fernández, Estella, Verbo Divino, 2006.
[10] Cfr., CALLEJA, J. I., Moral Social Samaritana. Nociones desde el cristianismo, en Lumen 53 (2004) 43-45.
[11] Cfr., SOBRINO, J., El principio-misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados, Santander, Sal Terrae, 1992, 47-80.

 

pies descalzos

pies descalzos

LA BENDICIÓN DE LOS PIES DESCALZOS
Pequeña reflexión cuaresmal
SALVADOR CASADO BUENDÍA, Comunidad Lucas 7, Red de cristianos en el margen; versodeluz@yahoo.es
GALAPAGAR (MADRID).

ECLESALIA, 31/03/06.- Es tiempo propicio para la bendición. La cuaresma nos bendice ayudándonos a recordar que necesitamos descalzarnos. La vida nos calza con cueros y cinchas que por una parte protegen y aseguran pero por otra aprietan y oprimen. Con una sabiduría milenaria los orantes de muchas tradiciones descalzan sus pies al entrar en oración. Yavé se lo indica a Moisés en el Horeb, “Descálzate porque la tierra que pisas es sagrada”.
En mi labor clínica como médico de a pie me descalzo al entrar en consulta, consciente de lo sagrado del momento. Lavar y curar los pies de los que a mi llegan merece el mayor de los respetos. Son muchas las yagas que veo en forma de dolor y sufrimiento a las que como experto pongo nombres antiguos, depresión mayor, trastorno de angustia, enfermedad de Crohn, fobia social…
La Cuaresma, como decía, me ayuda a hacer consciente al sufriente de su libertad última para descalzarse y dejar a un lado, por un momento o para siempre, aquello que le magulla, oprime o impide crecer.
Por otra parte los árboles del jardín alegran este tiempo con su canto de flores que anuncian la nueva estación. La vida surge con fuerza invitándonos a vivir y unirnos a ella. Eso implica caminar y seguir buscando, dejarse encontrar y hacer preguntas. La samaritana en el pretil del pozo pregunta con nosotros a Jesús: ¿dónde adorar?, ¿en qué templo?, ¿de qué forma? Oigo esa misma pregunta en medios de comunicación, en la calle, en la desazón de muchos creyentes, agnósticos o ateos. La oigo en mis pacientes de Lavapiés, castizos, africanos, sudamericanos o asiáticos, mayores o jóvenes, que necesitan acercarse a lo sagrado y tener experiencia de lo trascendente. Como relata Victor Frankl tras sobrevivir al horror de un campo de concentración, somos un “hombre en busca de sentido”. Sin sentido no se puede vivir.
La samaritana tiene también necesidad de adorar, de encontrar sentido. No termina de entender el ofrecimiento de Jesús de agua viva. Un agua que sacia de verdad nuestra sed interior, nuestro deseo infinito. No llega a comprender, como nosotros tampoco, qué significa adorar con espíritu y con verdad. Tras toda una vida de adoración con intermediarios, sacramentos, liturgias, ritos y catedrales, no es fácil prescindir de la cortina del templo. Jesús rasga ese velo con su vida entregada. Es posible vivir descalzo sabiendo que nuestros pies caminan sobre la palma de la mano de Dios. Es posible vivir descalzo sabiendo que para llegar al corazón del hermano y de la hermana he de acercarme con perdón y sanación no con juicio y castigo.
Atrevámonos a dar unos pasos descalzos sobre la tierra húmeda de primavera. Así comprenderemos la alegría de estar vivos y en camino hacia “el manantial que brota dando vida eterna”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

jóvenes trabajadores

LOS CURAS OBREROS FRANCESES ANTE LA CONVULSIÓN SOCIAL DE FRANCIA
LUIS SANTIAGO DÍEZ y JOSÉ CENTENO, coordinadores del XII encuentro de curas obreros
BURGOS y VALLADOLID.

ECLESALIA, 30/03/06.- Los Curas Obreros que celebramos en Madrid el próximo día 1 y 2 de Abril el XIII Encuentro Estatal sobre «Las nuevas presencias cristianas dentro de un nuevo mundo obrero» queremos difundir el comunicado de nuestros compañeros franceses sobre la agitación social que convulsiona a la sociedad francesa. Las consecuencias pueden afectar a toda la Unión Europea. Este movimiento social ha sacado a la calle a tres millones de personas para manifestarse contra la nueva ley que en la práctica procribe los contratos de trabajo especialmente los de los jóvenes.


¿QUÉ FUTURO TIENEN LOS JÓVENES TRABAJADORES?
Comunicado de los Curas Obreros de Francia

Desde hace varias semanas gran número de jóvenes universitarios y de eneseñanzas medias se manifiestan con contundencia contra el CPE, contrato de trabajo que puede convertirles, en un futuro próximo, en los esclavos del momento actual. Exigen una verdadera formación y un empleo estable. Les apoyan muchos trabajadores.

Nosotros, con nuestras organizaciones sindicales y políticas, nos solidarizamos con los jóvenes. Rechazamos con ellos esta vida de mínimos, esta precariedad impuesta hoy a los jóvenes y mañana a cada hombre o mujer que busque un trabajo.

¿Los trabajadores asalariados estarán condenados en adelante a trabajar sometidos al capricho del patrón y a una mayor precariedad sin una auténtica protección jurídica? ¿Cómo pueden convencernos que este tipo de contrato es bueno para ellos y que va a facilitar la contratación de trabajadores?

¿Qué esperanza puede tener hoy un joven trabajador? ¿Cómo va a hacer un proyecto de vida y tener confianza en el futuro?

En nombre de nuestra concepción del ser humano y de su dignidad nos unimos a esta lucha por un futuro mejor. Frente a un gobierno, que se autoproclama abierto al diálogo, pero en realidad sordo al clamor de la gente, celebramos la unidad sindical y nos alegramos de la fraternidad que se está produciendo entre los jóvenes y los adultos.

«La vida en abundancia» que se nos promete nos invita a no permanecer pasivos y a luchar aún mas por un mundo justo para todos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Montreuil 25 de Marzo 2006


- - -> Para más información: info@curasobreros.com

estimulante

estimulante

DEL PESIMISMO A LA ESPERANZA
Por una pedagogía religiosa más estimulante
JULIÁN RUIZ DÍAZ, profesor de sociología y antropología
MADRID.

1.- La ambigüedad de nuestro mundo

ECLESALIA, 28/03/06.- Provocan estas reflexiones algunos rasgos y algunos ecos procedentes de la cotidiana bronca política, del estilo zafio y, desde luego, indigno de algunos medios de comunicación y teniendo presente el lenguaje pesimista y condenatorio, y no sin algún tremendismo, de parte de cierta jerarquía de la Iglesia cuando ésta se pronuncia, cuando formula juicios y toma medidas disciplinarias no sólo sobre los fieles cristianos sino sobre el estado actual de la sociedad. Todos recordamos todavía cómo, uno meses atrás, el propio Papa Benedicto XVI sentenciaba que Dios está “proscrito” de este mundo y andan sueltos “jabalíes devastando la viña del Señor”.

Sin minusvalorar y sin dejar de expresar la profunda tristeza que produce todo cuanto es indigno, y protestando por el envilecimiento del ambiente por culpa de la baja temperatura moral que se percibe aquí y allá, quiero fijarme de momento en la forma poco estimulante con que la Iglesia se hace presente en nuestra sociedad y trata de orientar a los hombres y mujeres a los que les ha caído en suerte vivir en este tiempo. Sus juicios y recomendaciones y, en general, su lenguaje autoritario, más judicial que místico, más organizativo que sapiencial, malamente ayudan a descubrir los signos de la presencia de Dios que sin duda existen en el devenir de este mundo, que es como es. Estando así las cosas, en medio de tantas ambigüedades y sabiendo que las circunstancias históricas son ineludibles, importa, ante todo, descubrir que la Causa de Dios está en trance de aparecer y desarrollarse. En cuanto a las circunstancias, sin duda las hay negativas y adversas, pero también, ¿cómo no?, existen las favorables. Sólo por esta razón, la situación de la humanidad actual no se merece tanto pesimismo ni necesita recomendaciones tan condenatorias y, a veces, también cicateras.

En la medida que el cristianismo, como, por lo demás, todas las religiones, tiene la función de anunciar el sentido transcendental de la vida y la misión de alentar el desarrollo ético del mundo, está bien que la Iglesia advierta a los cuatro vientos sobre los malhadados pasos con que la humanidad pervierte su devenir y desgracia su existencia. Sin embargo, antes y más que amonestar y condenar, urge excitar las energías y las ganas positivas que anidan en el alma de los humanos; también de nuestros contemporáneos. Esto es lo verdaderamente importante. También lo difícil. Razón por la que, justamente, se hace menos.

Es verdad que en el ancho mundo actual pasan cosas penosas. Sólo los necios no lo ven. Ahora bien, en tanto que realidades históricas son hechos absolutamente contingentes y por lo mismo evitables. Incluso los desastres naturales, tan frecuentes como catastróficos, producidos por una naturaleza desconcertantemente indiferente a los sentimientos y al dolor humanos, podrían ser menores, quizás evitarse, en todo caso, aliviarse, si los hombres, sobre todo los gobernantes y los poderosos, se organizaran de otra manera y tuvieran comportamientos más solidarios y sensatos. En cuanto al poder político, está claro que puede hacerlo manifiestamente mejor; asimismo, los que mandan en la economía, los magnates del dinero, podrían moverse con criterios menos capitalistas y crear una riqueza más participativa. Finalmente, los ciudadanos de a pie podríamos mostrar mayores niveles de civismo, respeto mutuo y solidaridad. Es decir, entre todos podríamos hacer que la sociedad que construimos día a día tuviera un estilo de más calidad sobre la base de valores más altos, más nobles.

Pues bien, a la vista del desarrollo social existente, todavía hoy marcado por tanta injusticia y tanto sufrimiento indebido, en medio de los desatinos y memeces existentes, son más pedagógicos los estímulos que las reprimendas, interesa más crear convicciones sobre lo que ya somos y suscitar ganas sobre lo que podemos ser, y no dedicarse a zaherir con reproches e invectivas y estar amonestando, un día y otro, con discursos más cicateros que sapienciales. Ciertamente no es la mejor manera de incentivar el ánimo y de estimular el deseo de cambiar el que al descarriado mundo se le estén echando en cara permanentemente sus errores y desaciertos, sus pecados. Quiero decir que es hora de sustituir el lenguaje legalista y vertical, es decir, autoritario, por otro más saludable, más sugerente y, a fin de cuentas, más religioso. No queda otra solución para acceder a las profundidades del espíritu que es donde brotan las ganas de ser personas decentes, hombres y mujeres libres, y desde donde los humanos se predisponen para el encuentro con Dios.

2.- Razones para la esperanza

Aunque no son necesarias especiales alturas metafísicas ni imprescindibles sutiles análisis antropológicos, sí que es fundamental saber de qué está hecha nuestra condición humana básica, reconocer, en resumidas cuentas, qué somos naturalmente, pues en lo que somos y no en espejismos ni en ilusiones se fundamenta la esperanza de lo que podemos ser, siempre a partir del estado y de las circunstancias en que nos encontramos unos y otros. Por lo pronto, empezamos aceptando que la condición humana es una maravilla de la naturaleza, sin duda la suprema del planeta tierra. Se trata de la condición sapiens, ese portento salido de la evolución biológica, tras millones de años de ensayos y vicisitudes. Es decir, el proceso evolutivo logró por fin sacar el viviente más equipado y potente que no es otro que el hombre natural, o sea, el hombre común.

Queremos decir, que el hombre está ya inventado y cuenta con un equipamiento que le dota indestructiblemente con capacidades asombrosas, si bien un tanto paradójicas, ya que la humanización necesaria en lo personal y en lo colectivo es algo esencialmente pendiente, al tiempo que no programado. Según esto, al propio hombre le está encomendada su realización, de modo que su vida se asienta simultáneamente en la contingencia, en la ambigüedad y en la incertidumbre. Por tanto, su humanización, su realización positiva, puede fracasar. La espléndida vida que cada individuo humano puede crear, debido a la esencia abierta que le caracteriza, puede terminar en una desgraciada frustración, en un decepcionante fiasco. Ello quiere decir que irremisiblemente los hombres de todos los tiempos y lugares vivimos en estado de incertidumbre y de tensión, bajo la amenaza temible de perdernos. Eso sí, como es lógico, el hecho de desarrollar el tesoro de capacidades que constituyen nuestra condición de personas proporciona el mejor júbilo posible, y, al contrario, desperdiciarlo, pervertirlo, genera decepción y, finalmente, desdicha. Podemos estar seguros que acertar a vivir con dignidad, es decir, a la altura de la libertad, de la justicia, de la verdad, del amor, etc, es la mejor de las fortunas; así como no llegar a unos mínimos en este orden de valores es, sin duda, autoprofanarse, envilecerse, o sea, la peor de las desgracias.

Nuestro singular capital fundacional, que es de suyo indestructible, consta de Libertad, es decir, esa capacidad cuasi divina de ser dueños de nuestra existencia personal. Somos, igualmente, Razón con la que pensar, discernir, opinar, juzgar. También somos Voluntad para deliberar, decidir, querer, elegir, rechazar. Por supuesto, somos Amor para apreciar, respetar, preferir, dar, darnos, acariciar, sentir. Contamos también con Imaginación para soñar, intuir, crear, inventar, ilusionarse, esperar. Finalmente, somos Hambre insaciable de Infinitud para anhelar, aspirar, explorar, insistir, progresar, cambiar. Según esto, la filigrana de nuestra identidad es un núcleo cargado de energías y repujado de posibilidades con vistas a explayarse, a dar de sí, a llegar a ser. Y, finalmente, exultar, ser felices, en la medida que esto es posible en esta tierra en la que crecemos acompañados irremediablemente por el límite, incluso por el dolor.

Suponemos que ningún hombre renuncia así como así a algún tipo de desarrollo y satisfacción de alguna de las capacidades categoriales mencionadas. En realidad nadie es “musicalmente” nulo para su personal humanización. Más aún, cualquiera está a las puertas de alguna de estas experiencias que pueden considerarse de suyo transcendentales. Ahora bien, sólo de lo que es, antes, antropológicamente transcendente puede salir, después, lo teológicamente transcendente. Lo primero es condición indispensable para lo segundo, por este orden. Incluso podemos decir que nuestra apetencia más radical presiona y apunta a culminar en lo transcendental y absoluto humano ya que vivir humanamente es la suprema e indeleble necesidad de todos y cada uno de los hombres. Es ésta la más elemental vocación humana a la que tienden los hombres de todos los tiempos, aun cuando se equivoquen y aun cuando sus aberraciones resulten repugnantes. Tal es, sin duda, una perspectiva radicalmente optimista, puesto que queremos pensar que, aun en el fondo de las miserias y ruindades, late la posibilidad y también el misterioso deseo de ver que se cumple de alguna manera la promesa de llegar a ser humanos, esa insondable promesa que nos habita y nos mueve, cuyo cumplimiento es tan grande que podría ocupar y satisfacer mil vidas que tuviéramos.

3.-La pedagogía indispensable

Desde los remotos orígenes de la aventura de la vida hasta hoy, también hasta el final de los tiempos, los hombres estamos ante un devenir abierto que requiere iluminación permanente así como orientaciones y alicientes oportunos; también, sin duda, correctivos. El proceso de humanización en las biografías personales y en la historia de los pueblos no es uniforme, sino que hay de todo: grados de maduración muy diversos, fracasos y éxitos. También, sin duda, una gama incalculablemente plural de tipos. Por supuesto, en cualquier orden de valores, todos los logros posibles son mejorables, puesto que ni personas ni sociedades en ningún momento dan de sí lo mejor que pueden dar. Ciertamente hay vidas ejemplares y progresos sociales valiosos, pero, asimismo, es innegable que, por doquier, hay torpezas, desaciertos, errores, fracasos. Eso sí, como decíamos antes, los aciertos generan dicha –son algo bueno-, y los despropósitos, provengan de la necedad o bien de la perversión, en lo profundo del alma, causan malestar –son algo malo. Lo primero embellece y gratifica el mundo; lo segundo lo afea y lo entristece ya que, como dijera el perspicaz Baruch Spinoza, la tristeza es un sentimiento, quizás enigmático, que sobreviene cuando se desciende de una perfección mayor a otra menor.

En realidad, ningún ideal se consuma. Nada se cumple del todo, porque ni nada ni nadie alcanza la perfección completa. Esto significa que mejorar es siempre posible. También necesario. Lo preocupante, sin embargo, es que lo peor puede darse, pues, lo mismo que ningún ser humano es tan bueno como puede ser, tampoco están agotadas todas las perversiones. Puede haber aún más de lo uno y también más de lo otro. De aquí que haya que estar despiertos y vigilar, es decir, vivir precavidamente. Ahora bien, para que lo mejor ocurra, para que lo bueno tenga lugar, son imprescindibles personas, instituciones, sistemas, ideologías, recursos que, por una parte, lo estimulen y, por otra, neutralicen, corrijan y superen cuantas aberraciones se cometen y así se curen los indecibles sufrimientos que los desatinos e impertinencias traen a los hombres.

Hay, pues, que recalcar que tanto los individuos como las sociedades, están llamados y son requeridos a promover lo mejor de la especie humana, es decir, lo categorial humano, sin lo cual la vida no sólo se desluce sino que se malogra, fracasa en lo esencial. Me refiero, obviamente, a la Libertad, a la Razón, a la Voluntad, al Amor, a la Imaginación y al Hambre de Infinitud. Sólo desarrollando estos valores se humanizará el propio hombre y, consiguientemente, el mundo. Sólo este tipo de estética moral hará bellas nuestras vidas y hará que la familia humana sea mínimamente armónica, feliz.

Estando las cosas como están, un elemental sentido crítico avisa que los individuos tenemos mucho que enmendar en lo personal. Y si miramos a las instituciones, éstas han de mejorar ostensiblemente su papel. Así, la organización política, la actividad económica, los sistemas educativos y, finalmente, “last but not least”, las Iglesias deben revisarse y reformarse a fondo. Refiriéndonos a lo religioso, el desafío es francamente colosal, pues los déficits son escandalosos. En modo alguno, por tanto, ni en lo personal ni en lo colectivo, procede estar satisfechos. Tampoco vale tirar balones fuera, ni mirar para otro lado, ni buscar chivos expiatorios. Todos los individuos y todas las instituciones, la Jerarquía de la Iglesia también, por supuesto, estamos concernidos. De aquí que las denuncias que la Iglesia lanza hacia fuera habrían de dirigirse, más allá de la simple compunción retórica, ante todo hacia dentro en orden a emprender no pocas enmiendas propias y encabezar la marcha de cuanto es dignificación y embellecimiento.

Insistiendo en el papel de la Iglesia, lo verdaderamente urgente no es denunciar, ni fustigar, ni recriminar. Tampoco lo fundamental es, ni ahora ni nunca, imponer, prescribir, dictar. Lo primero –denunciar, fustigar, recriminar- y lo segundo –imponer, prescribir, dictar- espantan más que atraen, escarnecen más que gustan. No olvidemos que evangelio significa, antes que nada, buena noticia, algo saludable y atractivo para el espíritu, aun siendo exigente. Lo cierto es que cuando los responsables de la religión, en nuestro caso los clérigos, recurren a las invectivas o a las jeremiadas, lo amable del mensaje no se deja ver, ni el corazón humano recibe precisamente ánimos. Por eso son lamentables el juridicismo, el dogmatismo y el absolutismo, tan tediosos, asfixiantes y antipáticos. Igualmente son improcedentes las prisas, a veces tan viscerales, tan nerviosas. Nada, pues, de precipitarse: “la precipitación siempre engendra abortos”, dice Gracián. “Surtout, pas trop de zèle”, recomendaba Talleyrand.

La Iglesia de Jesús sorprenderá el día que no abuse de la norma, de la prescripción, de la rigidez, de la intimidación. Por lo demás, a menudo se excede en atribuciones; por aquí y por allá aparece dueña exclusiva de la verdad y del bien; resulta un tanto arrogante; propende a la uniformidad; recurre demasiado a la amenaza y peca de mal humor. Con frecuencia tiende a la grandilocuencia, al boato, a la superioridad, al poder. Parece olvidar que, más allá de cuanto es indiferencia y tibieza, tanto más atrae cuanto más su teórica fe en Dios se convierta en fe en el hombre; cuanto más la memoria de Jesús se traduzca en más gusto por las Bienaventuranzas. Por mi parte, tengo la impresión de que, con semejante estilo, desgraciadamente tan arraigado en la Iglesia, tan institucional, ni siquiera la hacen mucho caso aquellos que van gritando “vivas” y llevan tan festivamente banderolas del papa y todo tipo de signos confesionales.

Todavía esperamos que un día la Iglesia tenga la belleza incomparable que dan, junto al amor, la libertad y la alegría, ese otro talante hecho de humildad, de modestia, de indulgencia, de paciencia. Desde luego, sobran los “apocalipsis”. Algún día la Iglesia tiene que aprender que nunca el autoritarismo ni el estilo feudal hacen un prosélito que merezca la pena. Sobre todo viviendo en una sociedad que, a pesar de tanta credulidad sospechosa y tantos tópicos, se siente extraña e indiferente a lo religioso; cuando no abiertamente hostil.

Tampoco estaría mal revisar las amistades a las que la Iglesia tiende con especial gusto y frecuencia. Es evidente que, en muchas partes del mundo, a la Iglesia le gusta la derecha política, le gustan los ricos y los bienpensantes, los menores de edad, etc. etc. Es una verdadera desgracia que en la Iglesia del poder haya más Derecho Canónico que sincero amor a la libertad, más disciplina que recia espiritualidad, más formalismo que profundidad mística. Con más frecuencia de lo necesario hay jerarcas y clérigos que recurren más a la Dureza que a la Tolerancia, más a la Inquisición que al Diálogo.

Los azacanados ciudadanos de este mundo trepidante y distraído que es el nuestro difícilmente pueden sentirse atraídos por una Iglesia que aparece más Aparato que Comunidad fraternal, más Ceremonia que Silencio. Afortunadamente hay otras formas de presentarse en el mundo y de estar en medio de la gente. Sin duda, hay otras formas de hablar, otras interpretaciones más profundas y sugerentes. En cuanto a nuestros contemporáneos, seguro que todos conocemos a no pocos que viven deseosos y dispuestos ya mismo a abrir sus almas a los grandes horizontes y a las hermosas ilusiones que todavía puede despertar en el espíritu humano la fe en Jesús. Mucha de esta gente está, hoy por hoy, más bien decepcionada ante tanta falsedad y tanta insipidez, aunque podría, si eventualmente se dieran unas mínimas condiciones, sentir el júbilo incomparable de creer.

Como todos estamos concernidos, los creyentes los primeros, abandonemos unos y otros las falsas apariencias, las importancias impertinentes, los engreimientos infundados. Incluso vivamos un poco más a la intemperie, lo cual es muy estimulante: “tonifica el músculo y aligera la cabeza”, dijo Ortega (O.C. XI, 416)

Sin dejar todavía el cristianismo y sin dejar de amar a la Iglesia de Jesús, creemos que en las complejas entrañas del Sistema, digámoslo así, hay un esperanzador dinamismo de utopía que traerá, aunque no sabemos por qué caminos, los cambios apetecidos. Los gérmenes de la movilidad y del cambio están ahí. Creemos que en orden a los cambios imprescindibles nada mejor que la disconformidad, la critica, la discusión. Esto aparte la debida información y el gusto por la profundidad. La belleza de la verdad y el encanto de la libertad nos llaman. Ante nosotros hay dos horizontes. Por el horizonte del Pasado nos llega el Acicate de Jesús, su Palabra libérrima, su Muerte y Resurrección; por el horizonte del Futuro, está la Promesa del Evangelio liberador y la esperanza en nuestra propia resurrección para incorporarnos a la vida cabe Dios en la Eternidad. Ambos horizontes son ya la mejor gracia dada al mundo.

En fin, mientras vamos de camino, lo dicho: esperanza, paciencia y toda la modestia del mundo. Queremos seguir creyendo, más aún, creemos que creemos, aunque estamos convencidos que, prácticamente en todos, es más lo que no es que lo que es. Es decir, en relación con los grandes valores de la condición humana y del Mensaje de Jesús, tanto en la Iglesia como en cada uno de nosotros, es más lo que nos falta que lo que nos sobra. De aquí que el futuro es inmenso. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

cambiar el eje

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LOS TOLOMEOS DE HOY
ANTONIO ZUGASTI
MADRID.

ECLESALIA, 27/03/06.- Claudio Tolomeo fue un astrónomo y matemático que, allá por el siglo segundo de nuestra era, en Alejandría, meca de la cultura por aquel entonces, redactó un tratado de astronomía conocido como el Almagesto. Durante casi 1.500 años fue la Biblia de todos los astrónomos del mundo conocido. Realmente era una obra muy meritoria. Hizo un derroche de paciente observación del firmamento, de conocimientos matemáticos y de imaginación.

Lo malo es que tenía un fallo, y era decisivo. Partía de un principio radicalmente erróneo; un principio, que parecía muy evidente, pero que no era cierto. Imaginaba que todo el firmamento giraba en torno a la Tierra, inmóvil en el centro del universo. Con el Renacimiento las observaciones astronómicas se fueron haciendo más precisas y evidenciando que la hipótesis de Tolomeo llevaba a predicciones erróneas y problemas sin solución.

Los seguidores de Tolomeo intentaron defender el sistema complicando cada vez más las cosas (como los actuales tratados de economía). Añadían ciclos y epiciclos a las trayectorias de los planetas para tratar de ajustar sus previsiones a la realidad (algo así como las actuales crisis cíclicas de la economía), pero aquello iba cada vez peor.

Hasta que en el siglo XVI Copérnico planteó un cambio revolucionario: el centro de la esfera celeste no era la Tierra, sino que la Tierra y todos los demás planetas giraban en torno al Sol. Con esto se eliminaron de golpe todos los problemas que planteaba un sistema astronómico construido con un centro equivocado.

La vida económica de nuestro mundo está regida por un sistema como el de Tolomeo, gira sobre un centro equivocado. Todo gira en torno al dinero. El beneficio económico es el centro sobre el que pivota toda la actividad económica de los seres humanos. Así son inevitables las crisis cíclicas y los desajustes sociales, ecológicos y humanos que padece nuestro mundo y que amenazan con conflictos cada vez más graves. Porque se hace girar al ser humano en torno a lo que sólo debía ser una herramienta a su servicio. La riqueza, el capital se ha convertido en el Señor, en el ídolo, y los hombres y mujeres de este planeta en esclavos a su servicio. Es necesaria una revolución copernicana que devuelva al ser humano todo su valor y lo ponga como centro de nuestro mundo, también como centro del mundo económico.

Los primeros defensores de la revolución copernicana en astronomía no lo tuvieron fácil. Además de enfrentarse a la Inquisición, tenían que oponerse a la experiencia común de la gente que veía la Tierra quieta y al Sol moverse a su alrededor. Hoy tampoco está fácil la revolución copernicana en economía. Además de los grandes poderes económicos, que no están dispuestos a bajarse de la burra ni a soltar el mango de la sartén, la mentalidad capitalista está tan metida en la sociedad que ya se admite como lo normal el que todo gire en torno al dinero.

Por eso esta revolución económica no puede conseguirse por un simple cambio de partido en el poder político. Es necesario un profundo cambio de mentalidad, de valores, de visión de la vida. Los zapatistas hablan de “la revolución que haga posible la revolución”. Es decir, la primera tarea es conseguir un cambio de la ideología dominante, que en este momento es la ideología del capital. La ideología de los tolomeos de hoy, para los cuales todo gira en torno al beneficio del capital.

Lamentablemente el papel de la Jerarquía católica en las dos revoluciones ha sido bastante penoso. Es de sobra conocida la actitud de la Inquisición frente a Galileo y la teoría heliocéntrica. Algo menos conocido es el caso de Giordano Bruno, que mantenía unas teorías similares y, como no se quiso retractar, murió en la hoguera. Desde luego la postura de la jerarquía fue de un tremendo salvajismo y diametralmente opuesta al espíritu evangélico. Pero, por lo menos, podemos decir en su favor que ni en toda la Sagrada Escritura ni en la Tradición aparece nada en que pueda apoyarse la teoría de Copérnico. Incluso una lectura literal de la Biblia sugiere un sistema geocéntrico. Aunque nos parezca de lo más antievangélico el modo de imponer sus ideas, podemos llegar a comprender su error.

Por el contrario, en el terreno económico el Evangelio de Jesús de Nazaret es radicalmente opuesto, de arriba abajo, a un sistema en que todo, hasta la vida de los seres humanos gira en torno al dinero. Esa fue también la enseñanza de los Santos Padres de la Iglesia, que en el terreno social y económico tenían posiciones muy radicales. La postura de los cristianos tendría que ser, pues, clamorosamente opuesta a ese sistema. Sin embargo la Jerarquía ha vuelto a aferrarse a un sistema tolemaico, también en el terreno social y económico. Además ahora sin la menor justificación en las fuentes de la fe cristiana. La escandalosa oposición que existe entre la vida y la predicación de Jesús, y la estructura económica en que está envuelta la cúpula eclesiástica, trata ésta de disimularla con pomposas declaraciones, pero la realidad de cada día las muestra retóricas y vacías.

Ciertamente no es una tarea fácil cambiar el eje sobre el que gira toda la actividad humana. Es una tarea que hoy no está de moda; en la que se han cometido, y se siguen cometiendo, muchos errores. Pero es una revolución que cada uno podemos empezar a realizar en nuestra propia vida, sin necesidad de esperar a que cambie el mundo. Construyendo una vida que no esté centrada en el dinero, recuperando unos valores humanos, culturales y éticos olvidados por la ideología capitalista; con un modelo de bienestar diferente al que nos presenta la publicidad. Un estilo de vida que, además, nos va a permitir una existencia más relajada y feliz.

Para los cristianos esto no es una opción que más o menos libremente podemos aceptar o rechazar. Es lo que verifica nuestra fe y nos sitúa entre los creyentes en Jesús o no creyentes. Es una tarea que estamos apremiantemente llamados a abordar con decisión y esperanza. Tenemos la imagen luminosa de Jesús, la luz y la fuerza de su Espíritu. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).