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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

la cruz

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LA CRUZ DE JESÚS. UNA ESTRATEGIA DE VIDA, UN CAMINO DE MUERTE
XABIER PIKAZA
BURGOS.

ECLESALIA, 12/04/06.- Como buen israelita, Jesús creía en la llegada del Reino, que empezaría a instaurarse en Jerusalén, para extenderse desde allí al universo entero. Como profeta de los pobres y excluidos de Israel, Jesús estaba convencido de que ese Reino vendría a partir de los más pequeños, los hambrientos y expulsados de la buena sociedad israelita. En nombre de ellos, como enviado del Padre y representante de los pobres, subió a Jerusalén, al acercarse los días de pascua, rodeado de un grupo de discípulos y colaboradores. Esa subida fue un acto de fe en el Dios  de las promesas y en el valor de su mensaje: subió desarmado y sin medios económicos para conseguir sus objetivos, porque el Reino de los pobres no se logra con dinero ni con armas, sino con la trasformación de las personas. Por eso, para trasformar a las personas desde el Reino (para el Reino), subió a Jerusalén, ciudad de la esperanza y las promesas. Esa subida formaba parte de su estrategia mesiánica, una estrategia cuyo final Jesús no podía conocer de antemano, aunque estaba convencido de que le esperaba el Reino de Dios, como vida de de amor ofrecida a los pobres y compartida con ellos. Desde este fondo quiero ofrecer algunas consideraciones, aceptadas por gran parte de la exégesis moderna. Ellas pueden ayudarnos a entender mejor las implicaciones y el sentido de la Semana Santa: 
1. Jesús no subió para morir  en el sentido sacrificial de la palabra. No busco su muerte, sino el Reino de Dios, para los hombres y mujeres de su pueblo, en especial  para los pobres (hambrientos, impuros, expulsados del sistema israelita y romano). No era un profeta de juicio y destrucción, como parecía haber sido Juan Bautista, sino mensajero del Dios de la vida. Como buen judío, subió a Jerusalén para anunciarlo, buscando así la Vida de Dios, aunque conociendo el riesgo que implicaba su actitud, sabiendo  que podían matarle, como recuerdan las palabras de Tomás” “Subamos y muramos con él, si es que hace falta” (cf. Jn 11, 16). 
2. Subió confiando en que podrían escucharle y aceptarle…Tenía la certeza de que Dios hablaría a través de lo que él hiciera (y de lo que hicieran con él) en Jerusalén, pues ésta era la última oportunidad para la ciudad de la promesas y del templo. Sus discípulos y aquellos que le acompañaban desde Galilea apoyaban su proyecto. No llevó consigo a todos sus amigos, ni a todos los itinerantes que le habían seguido, mientras anunciaba el Reino por los campos y pueblos de su tierra, en Galilea; pero vino con un grupo significativo, centrado en sus Doce enviados, que eran un signo y anuncio de las doce tribus Israel que se van a reunir en Jerusalén… No vino para realizar una tarea privada, sino como pionero y representante de aquellos que esperaban la llegada del Reino. Por eso, su venida, en ese tiempo de Pascua, no fue un gesto privado, sino la expresión oficial de sus pretensiones mesiánicas, en Jerusalén capital y principio de su Reino. 
3. Jesús quería la trasformación o “conversión” de Jerusalén… Conforme a los planes de Dios, era posible que los jerarcas de Jerusalén cambiaran y que los sacerdotes del templo abandonarán su poder sagrado, de tal forma que todos formaran un pueblo con los pobres. Ciertamente, Jesús conocía los enfrentamientos de los sacerdotes con otros grupos de judíos (como los esenios de Qumrán) y era consciente de los problemas que su gesto podía plantear al gobernador/procurador romano (Poncio Pilato), que también había venido a Jerusalén con un continente mayor de soldados, para mantener el orden en los días de la fiesta. A pesar de eso (o precisamente por eso), Jesús subió a Jerusalén, porque era tiempo de Dios, tiempo para que los hombres y mujeres pudieran empezar a comunicarse entre sí en gesto de paz, desde los más pobres, sin prepotencia o dominio religioso o militar de unos sobre otros. 
4. ¿Pudo haber pactado con los sacerdotes? Sabemos por la Biblia que el pacto es una señal de Dios y preguntamos: ¿Por qué no buscó Jesús un pacto con los sacerdotes del Templo? ¿Lo habrían éstos aceptado? ¿Con qué condiciones? Pues bien, sabemos que los sacerdotes habían pactado con Roma, que nombraba al Sumo Sacerdote, en el contexto de una estrategia de poder, aceptada tanto por unos y por otros. Lógicamente, ellos no podrían haber aceptado el pacto Jesús, pues ello implicaría el abandono de este tipo de culto y de templo: en caso de aceptar a Jesús, ellos deberían disolverse y abandonar sus poderes, cosa que no parecían querer. Por su parte, Jesús no podía ofrecerles otro pacto que el signo de su vida (el pan compartido) al servicio de los pobres, sin violencia, sin venganza. Ciertamente él ofreció ese signo de pacto, pero los sacerdotes no lo aceptaron (ni Jesús aceptó el pacto que los sacerdotes podían ofrecerle, desde su situación de poder).
5. ¿Pudo haber pactado con Roma? Desde nuestra perspectiva actual podría, y quizá debería, haberlo hecho: podría haber mandado delegados a Pilato, para decirle que venía desarmado, que no podía (ni quería) tomar la ciudad, ni provocar desórdenes externos: que sólo intentaba cambiar la identidad de los judíos, de una forma que no iba directamente en contra de los intereses de Roma. De todas maneras, podemos suponer que Jesús no propuso ese tipo de pacto a Pilato, pues ni él estaba dispuesto a pedir permiso al gobernador, ni el gobernador tenía ningún interés en pactar con judíos de tercera o cuarta categoría, como era Jesús (un gobernador romano sólo pacta con sacerdotes superiores o magnates). Sea como fuere, Jesús no quiso provocar directamente a Roma, de manera que su entrada en Jerusalén, aunque cargada de pretensiones mesiánicas (¡todos los judíos que subían a Jerusalén por pascua soñaban en el Reino de David!), fue radicalmente pacífica. Es evidente que Jesús ofreció a los romanos un pacto implícito de paz, de no violencia externa, pero ellos no quisieron (o no pudieron) aceptarlo.
6. La subida de Jesús a Jerusalén provocó una conmoción en los sacerdotes,  que se sintieron amenazados, porque Jesús no reconocía el valor de su mediación sagrada (¡materializada en el templo!), sino que anunciaba y promovía la caído o final de este templo, para que Dios pueda hablar directamente con los hombres y mujeres de la ciudad y del mundo, empezando por los pobres. Así lo descubrió Caifás, el Sumo Sacerdote, quien, conforme al evangelio, argumentó de esta manera: «Los sacerdotes decían: ¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación. Entonces les dijo Caifás: Vosotros no sabéis nada; es mejor matar a un hombre que dejar que perezca todo el pueblo» (cf. Jn 11, 47-50). Éste puede ser un argumento muy capcioso pues está presuponiendo que el triunfo de Jesús suscitará disturbios que conducirán a la intervención romana y a la destrucción del templo y del pueblo. Pero eso es precisamente lo que habría que demostrar: ¿No hubiera sido posible que Roma se declarara neutral y dijera que el movimiento de Jesús era un asunto privado (como se dice en Occidente ahora)? Pero, en otro sentido, es un argumento verdadero: los sacerdotes y Caifás suponen que el movimiento de Jesús constituye un riesgo público y por eso le acusan a Pilato.
7.  Pilato no necesitaba demasiadas acusaciones y apoyos de los sacerdotes para apresar a Jesús. Posiblemente no tenía gran devoción por el templo de Jerusalén, pero como político tenía que defenderlo, pues se trataba de un templo reconocido y apoyado por la ley de Roma, que se comprometía a mantener su funcionamiento (nombrando incluso a sus Sumos Sacerdotes). Todo lo que pudiera interpretarse como un ataque contra el templo era en el fondo un ataque contra Roma y Pilato tenía que evitarlo. Por eso, aunque quizá hubiera prendido a Jesús por su cuenta (como perturbador político), le prendió y le condenó también porque ponía en riesgo el frágil “statu quo” del templo, que garantizaba las relaciones entre la oligarquía sagrada del judaísmo y el poder de Roma.
8. Imaginemos que Jesús hubiera logrado mantener su pretensión en Jerusalén, rodeado por un grupo de discípulos y amigos ¿Cómo se habría comportado? ¿Habría recibido la corona de rey no militar de los judíos, fundando así una especie de ONG mesiánica, como un tipo de club privado, sin riesgo para el poder militar de Roma? Pero éstas no son más que imaginaciones retóricas. Dentro del organigrama político de Roma se podía hablar de un «Rey de los Judíos»,  pero sólo en clave de pacto político, de sumisión imperial y colaboración militar. De esa forma, Herodes el Grande había sido por muchos años  (del 37 al 4 a. C.) Rey de los judíos y lo será poco después su nieto, Herodes Agripa (39-44 d. C.). Roma podía aceptar a un Rey judío y darle  gran autonomía, pero sólo como rey vasallo (”amigo”) del imperio. Pues bien, el reino de Jesús no iba en la línea de Herodes el Grande o de Agripa, su nieto. En el proyecto de Jesús no cabía un rey político así, en pacto con Roma. Jesús no era rey de esa manera. Posiblemente apeló a las promesas de David, pero no quiso tomar Jerusalén por las armas, ni pactar militarmente con Roma, sino que buscó y creó un espacio distinto de Reino, que en principio no iba contra Roma, pero que, en el fondo, era mucho más peligroso para Roma que los reinos de un posible Herodes levantisco. 
9. A pesar de que humanamente hablando era imposible que triunfara (ni los sacerdotes judíos, ni los soldados romanos podrían aceptarle), Jesús subió a Jerusalén esperando la llegada del Reino de Dios… Subió porque así lo exigía la estrategia de Dios, que había protegido a sus profetas y que le había enviado precisamente para anunciar y preparar el Reino entre los pobres y excluidos de Israel, empezando por Galilea. Subió porque estaba convencido de que su mensaje y su tarea venían de Dios y porque Dios le había confiado la tarea de instaurar con su palabra y con su vida el nuevo Reino de los pobres, que se extendería desde Jerusalén a todos los hombres y mujeres de la tierra. No podía apelar a la violencia externa, porque ese Reino no era de violencia externa. No pudo buscar pactos militares o políticos, porque ese Reino no era de pactos. Por eso vino, desarmado y lleno de esperanza.
10. Subió a Jerusalén e hizo los últimos signos del reino, que son básicamente tres. (a) Un signo social: entró la ciudad como pretendiente mesiánico, en la línea de David; muchos se habían preguntado si era rey, ahora responde de manera afirmativa: es el Mesías, pero en forma pacífica, sin armas, anunciando el Reino de Dios para los pobres. (b) Un signo religioso. Tras subir a la ciudad como rey, Jesús entró en el templo, para declarar, de palabra y obra,  que la función de ese templo había terminado, de manera que ahora empieza un tiempo de relación nueva con Dos y de perdón, desde los pobres, sin necesidad un templo como ése. (3) Un signo personal. Precisamente cuando parece que su empresa ha fracasado, pues ni el templo cesa, ni los habitantes de Jerusalén le acogen, Jesús reúne a sus discípulos y se despide de ellos compartiendo una copa de vino y diciendo: «En verdad os digo, ya no beberé más del fruto de la  vid hasta que lo beba con vosotros en el reino» (Mc 14, 25). Esta promesa se puede entender de forma histórica inmediata (no me matarán, Dios obrará y mañana mismo iniciaremos en Jerusalén su Reino) o de forma retardada, a través de la muerte (podrán matarme, pero Dios me hará volver y tomaremos juntos el vino del Reino). Sea como fuere, Jesús sube a Jerusalén para celebrar su última pascua con los discípulos y amigos, porque es tiempo de Reino.
11. Conforme a lo anterior, Jesús puede esperar dos cosas: una intervención histórica de Dios o una escatológica. (a) Desde la historia de las promesas judías, parecía más lógica una intervención histórica: en algún momento, antes de su muerte, Dios intervendría avalando el camino de Jesús, que era el camino de los pobres. Todo nos permite suponer que esto era lo que Jesús más esperaba, lo mismo que sus discípulos. Pero Pilato le mandó crucificar y Jesús murió gritando «¡Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?», sin que sucediera externamente nada. Lógicamente, los discípulos huyeron. (b) Quedaba abierto el camino de la intervención escatológica, que algunos discípulos de Jesús descubrirán y expandirán en la experiencia de Pascua, retomando con ella el camino del Reino de Dios y de la llamada a los pobres, que Jesús había proclamado.
12. Por su parte, los sacerdotes y Pilato pudieron descansar tranquilos. El problema de Jesús había terminado felizmente, sin grandes sobresaltos. Pilato le condenó a morir en la cruz, pues representaba un riesgo para la paz romana; le crucificó para escarmiento de posibles rebeldes y de otros partidarios mesiánicos, poniendo en la cruz un letrero que decía: ¡Rey de los judíos!. Pilato actuó como representante del imperio (¡por la paz de Roma!), pero lo hizo también como un gesto de buena voluntad en relación con los sacerdotes, a quienes Jesús molestaba. Los dos poderes, el religioso-nacional y el religioso-imperial, colaboraron bien en contra  Jesús. No fue necesario matar o perseguir a los discípulos del pretendiente mesiánico, pues no parecieron peligrosos (en contra de lo que sucedió en otros casos, en los que fue necesario matar con el líder a muchos de sus partidarios). Por eso, Jesús murió sólo Jesús (sin que murieran a su lado algunos de sus partidarios), acompañado probablemente por otros dos “ladrones” (es decir, por otros dos nacionalistas judíos). Al acercarse la noche, fue preciso enterrarles, para que los cuerpos condenados, colgados y expuestos a la luz de la estrellas, no contaminaran la santidad de la tierra judía y de las fiestas de pascua que se seguían celebrando como si nada hubiera pasado (cf. Jn 9, 31-42).

13. Todo parecía terminado,  pero todo estaba abierto. Jesús había escrito con su vida y con su muerte la historia de Dios en la tierra. No le había matado, pues Dios no mata, sino que es vida y da la vida. Pero había muerto en Dios, como enviado suyo, por defender su causa, que es la causa de los pobres. Por eso, todo seguía abierto desde Dios, que quiso seguir contando su historia (la historia de Jesús, que es historia del mismo Dios) en la vida de sus discípulos. Y de esta manera anunciamos la experiencia de la pascua, que nos permite descubrir el sentido y presencia de la muerte de Jesús. De ella trataré el próximo día. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). 

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