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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

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“NO SE OLVIDEN QUE SOMOS HOMBRES”
Carta a Monseñor Romero
JON SOBRINO, 21/03/06
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 23/03/06.- Querido Monseñor: Pocos días antes de tu martirio esto es lo que respondiste a un periodista que te preguntaba cómo ser solidarios con el pueblo salvadoreño: “que no se olviden que somos hombres, y aquí están muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas”. Recuerdo bien estas palabras, porque cada vez me parecen más necesarias.

La ultimidad del sufrimiento

Fueron una genialidad de las que ya no se oyen. Sólo se les ocurre a quienes no se contentan con repetir obviedades, sino a los lúcidos, a los misericordiosos, que se dejan remover en las entrañas por el sufrimiento de estos pueblos, a los creyentes de verdad, que ven en los cuerpos destrozados el cuerpo del mismo Dios.

Monseñor, tocaste fondo. Con buen sentido, también dijiste cosas concretas: “el que tenga fe en la oración, que sepa que es una fuerza que ahora se necesita mucho aquí... Y en el aspecto material, aquí hay mucho dónde emplear dinero”. Pero lo fundamental es que nos remitiste a “lo último”, a aquello más allá de lo cual no se puede ir. Y eso no es frecuente. Lo normal es quedamos en “lo penúltimo”, en aquello que podemos controlar sin ser controlados.

No sé si el periodista quedó satisfecho. Pero sin decir nada, lo dijiste todo; y sin exigir nada, lo exigiste todo. “No se olviden que somos seres humanos. No pasemos de largo ante el sufrimiento de los seres humanos”. A tu modo, y sin saberlo, te adelantabas a la intuición de un gran teólogo de nuestros días, Juan Bautista Metz. Pensando en cómo ha cambiado el cristianismo y cómo hay que volver a lo fundamental suele decir: ”El cristianismo, de una religión sensible al sufrimiento, se convirtió cada vez más en una religión sensible al pecado. Su mirada no se dirigió primero al sufrimiento de la criatura, sino a su culpa. Esto entumecía la sensibilidad por el sufrimiento ajeno y oscurecía la visión bíblica de la justicia de Dios que, después de Jesús, había de valer para toda hambre y sed”. Las palabras pueden extrañar, pero nos recuerdan lo fundamental de Jesús, y recalcan con gran fuerza lo que tú decías: “Una cosa les pido: no se olviden de los hombres y mujeres sufrientes de nuestro pueblo”.

Hoy, años después, te seguimos echando en falta, Monseñor, por muchas cosas. Yo en lo personal, por tu clarividencia y audacia en decir cosas últimas como ésta. Líderes, políticos, profesionales, ideólogos, hablamos y analizamos muchísimas cosas, pero cuesta dar el paso y llegar a lo último: cómo está lo humano entre nosotros, y preguntarnos si vamos bien o vamos mal en lo humano. Parece veleidad superflua dedicar tiempo a pensar y construir ”lo humano” -mientras dedicamos tiempos y recursos infinitos a otras cosas. Menciono algunas que pueden ser necesarias y buenas: cómo producir más y ser competitivos, cómo facilitar diversión y esparcimiento, y otras no tan buenas: cómo acercarnos a las maravillas que vienen del norte, como si esto ya garantizase vivir cada uno y unos con otros “humanamente”. Poner lo humano en el centro de interés no dejaría de ser una cursilería, tolerable en el ámbito de lo privado, pero risible en el ámbito público y del poder.

Y lo peor es que, al desaparecer lo humano, se olvida, como tú decías, Monseñor, a los pobres de este mundo. Y de ninguna manera los ponemos en el centro. No nos preguntamos qué hay que hacer por ellos, y menos aún nos preguntamos qué salvación nos pueden dar ellos a nosotros. La civilización de la pobreza, que decía Ellacuría, tantas veces citada, y otras tantas ignorada y despreciada, es lo que en definitiva nos va a salvar. Pero no hacemos caso. Buscamos salvación en bienes y recursos, pero no en lo humano, y menos en lo humano de los pobres. Y así nos va. Si ignoramos lo humano, tarde o temprano todo se viene abajo, e incluso las cosas buenas degeneran.

Humanizar la humanidad

El periodista, por ejemplo, te preguntaba qué solidaridad podría ayudar, y mencionó la ayuda económica y la oración, cosas buenas, ambas, por supuesto. Pero si nos olvidamos de que son seres humanos sufrientes los que la necesitan, la solidaridad degenera, la ayuda languidece y la cooperación internacional termina siendo pensada y llevada a cabo en provecho propio -cuando no se convierte en instrumento de dominación, tal como ocurre con frecuencia. Sin poner a los “seres humanos en el centro”, la solidaridad no humaniza a los que “dan”. Suele, más bien, deshumanizarlos, haciendo que se sientan buenos, superiores, maestros que vienen del mundo civilizado. Y sin poner a los “seres humanos en el centro” no perciben aquéllos cuánto pueden recibir de los pobres, sus valores, su dolor, su esperanza, hasta su gozo. “Santidad primordial” la hemos llamado. Hablar de ayuda que deshumaniza, puede parecer ingratitud o mal gusto, pero ocurre siempre que se olvida que “son hombres”. Hay que planificarla, sí, pero sobre todo hay que humanizarla.

¿Y la oración de la que habla el periodista y tanto nos repiten desde muchas instancias? Evidentemente es cosa buena, pero puede caer en palabrería, en el fatigare deos de los romanos, y en coartada para no luchar contra los dioses que generan las víctimas a las que la solidaridad debe aliviar. Sin tener en cuenta a esas víctimas, lo del Magnificat, “derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes”, lo cantaremos al son de guitarras o en polifonía exquisita, pero no sale del corazón y no llega al corazón de Dios.

Bien lo sabes y bien nos lo dijiste, Monseñor. También la religiosidad puede pervertirse. Ahora nos lo advierte tu hermano Casaldáliga: “De la misma fe cristiana se está haciendo un recetario de milagros y prosperidades, refugio espiritualista ante el mal y el sufrimiento y un substitutivo de la corresponsabilidad, personal y comunitaria, en la transformación de la sociedad”. Y eso, Monseñor, no se arregla sólo con mejores planes pastorales o clases de teología. Se le pone remedio volviéndonos a los clamores de lo humano, como los que escuchaba Dios en Egipto y le hizo salirse de si mismo para liberar a esclavos. Y volviéndonos a la bondad y la fe de los humanos, como las de la siriofenicia que cautivó a Jesús.

Y quiero mencionar una tercera cosa: la democracia. Es mejor que las dictaduras y la seguridad nacional que hemos padecido, evidentemente. Pero también necesita sanación, y urgentemente. Si es ir a las urnas, y después de las urnas no hay cambios de vida para los pobres de siempre -y nada digamos cuando hay fraude-; si es proclamar derechos humanos, sin que los pobres tengan acceso a justicia y dignidad; si es vanagloriarse de la libertad de expresión, sin que los pobres puedan hacer uso de ella, peor si no va acompañada de voluntad de verdad, y todavía peor si aquélla sirve para encubrir la negación de ésta; si se reduce a soflamas de igualdad ante la ley, sin crear mínimas condiciones materiales para que esto sea posible… Si en el concierto de las naciones veneramos y servimos a imperios -hoy, la democracia de Estados Unidos-, que impone guerras, controla el comercio en provecho propio y en contra de los pobres, gestiona una globalización que no es tal, pues los excluye y los distancia cada vez más de los países de abundancia... Entonces democracia puede ser flatus vocis o sarcasmo. Para las mayorías “igualdad, libertad, fraternidad” son papel mojado. La conclusión es que no basta con democratizar la democracia, sino que hay que humanizarla. Y eso comienza por no otorgar a ella ultimidad última, ciertamente no en la práctica, pero ni siquiera en teoría, sino a los seres humanos.

Ya ves, Monseñor, que hablo de cosas buenas, solidaridad, religiosidad, democracia, pero muchas veces no funcionan y generan males. No hay que sorprenderse, pues son producto de nuestras manos. Pero pienso que no acaba de interesar que funcionen bien, pues no tomamos en serio lo que está detrás de todas esas cosas, lo que las fundamenta y las pone en la dirección correcta: “los seres humanos”, sobre todo “los que están muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas”.

Lo que ocurre, Monseñor, es que ponemos barreras para no enfrentarnos con ellos. A veces las ponemos con malas artes, pero otras veces usamos cosas buenas y necesarias, pero en definitiva para defendemos de ellos. Buena es la economía, la democracia, muchas formas de religión, pero cuántas veces sirven para olvidar y ocultar a millones de hombres y mujeres que son lo realmente último. Ese olvido de lo humano es principio fundamental de deshumanización.

El Dios garante de lo humano

Monseñor, bien sabes cómo lo decía Jesús: “el sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado“. Hoy hay que traducirlo: la democracia y la religión, la solidaridad y la cooperación internacional, los medios de comunicación y las instituciones del saber son para el hombre, y no al revés. Son sobre todo para esos 800 millones que pasan hambre cruel y para los 2,300 millones que tienen que vivir con dos dólares al día. Y no ocurre con facilidad.

No hay que dar por supuesto que nuestros “sábados” no son barreras que nos impiden ver a seres humanos en su realidad concreta. Invertimos cifras que desafían a la imaginación en el buen vivir y el éxito; también invertimos en mentir y encubrir, en armas, guerras, destrucción y muerte. Pero si me permites una palabra que suena a ridiculez, el imperio y “la comunidad internacional” no invierten en bondad, compasión, verdad -aunque dediquen algunos recursos y algunos lo hacen con buena voluntad, a cosas buenas. No invertimos en ética, en esperanza, en el gozo de ser familia humana -y hablo de “invertir” porque es el lenguaje que mejor se entiende hoy. Y lo humano se nos escapa como agua entre las manos.

¿Hay mucho de humano en este mundo, Monseñor? Sí lo hay. No abunda entre los responsables que debieran crear un mundo más humano. Pero, como la semilla del evangelio, vive y crece en mucha gente sencilla, que trabaja y lucha por vivir, que mantiene esperanza y el gozo de la vida. También entre solidarios y voluntarios, intelectuales y profesionales honrados que ponen la ciencia al servicio de la vida, y no al revés. Todos ellos, aun sin saberlo, reproducen muchas de las cosas que nos pedía Pablo, y que tú ejemplificaste: honradez sin componendas, verdad sin acomodos, firmeza sin prepotencia, amor sin fingimiento, y “llevarnos unos a otros”, combatiendo el mal con el bien. Es lo humano.

Monseñor, tú no sólo hablaste de lo humano sino que lo viviste. Por eso, nuestros hermanos anglicanos te han puesto en la fachada de la Catedral de Westminster, en Londres. Al verte muchos pueden encontrar alivio y esperanza, pueden mostrar agradecimiento y pueden tener ánimo para la conversión. Bien estás en Westminster mirándonos a todos. Contigo Cristo volvió a “poner su tienda entre nosotros”.

Y una breve palabra final. Tu invitación y exigencia a “no olvidar a los seres humanos” es como un reverbero de esta otra, que te salió de lo más profundo de tu ser: “Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios... ¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez!”.

Dos ultimidades tuviste Monseñor: los pobres y Dios. Ambas se remitían mutuamente, y lo elevaste a teología. Decía bellamente san Ireneo: “la gloria de Dios es el hombre que vive”. Entre los pobres tú lo dijiste de forma todavía más cristiana: “la gloria de Dios es el pobre que vive”.

Te pedimos, Monseñor, que no olvidemos lo humano, a hombres y mujeres, los pobres sobre todo que son camino a Dios. Y que no olvidemos a Dios, defensa del pobre y garantía de lo humano. Así aportaremos, aunque sea un poco, a humanizar la humanidad. Y termino con unas palabras de Casaldáliga en estos días:

“La más esencial tarea de la Humanidad es la tarea de humanizarse. Humanizar la Humanidad es la misión de todos, de todas, de cada uno y cada una de nosotros. La ciencia, la técnica, el progreso, solamente son dignos de nuestro pensamiento y de nuestras manos si nos humanizan más. Frente a ciertos jactanciosos progresos, las estadísticas anuales de ese profeta laico que es el PNUD deberían provocarnos una indignada vergüenza... No se humaniza la humanidad con máquinas y formulaciones (útiles en su tiempo y a su debido modo), sino con la aproximación humana de cada uno y cada una, de cada persona y de cada pueblo. Humanizar la Humanidad practicando la proximidad”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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HUMANIZAR LA HUMANIDAD PRACTICANDO LA PROXIMIDAD
Comunicación de Pedro Casaldáliga en la recepción del Premi Internacional de Catalunya 2006
PEDRO CASALDÁLIGA, 09/11/06 (traducción de José Mª Concepción)
SÃO FÉLIX DO ARAGUAIA (BRASIL).


ECLESALIA, 20/03/06.- Querido Presidente de la Generalitat, Pascual Maragall, mi presidente. Querida Sra. Diana Garrigosa. Querida comitiva de la Presidencia y del Jurado del Premio Internacional de mi Cataluña. Querido hermano Leonardo. Queridas hermanas y hermanos.

Es mucha deferencia del Gobierno de Cataluña y del jurado venir hasta São Félix do Araguaia para entregarme su Premio Internacional. Me siento abrumado, por eso y porque este Premio está asociado a personalidades extraordinarias de la filosofía, de la ciencia, de las artes, de la promoción social. Y yo continúo siendo un “fill de Cal Lleter”, un “hijo de la casa del lechero”, de Balsareny, a la orilla del Llogregat, un pequeño arroyo puesto al lado de este Araguaia majestuoso.

Esta deferencia de la Generalitat es motivo, a la vez, para mi gratitud, recibiendo el Premio, y para renovar en la vejez la identidad catalana con sus carismas. “Quan més anem, més tornem”: avanzando en la vida, las personas regresa a los orígenes; el arco de las vivencias se cierra en paz. Nuevo motivo también para reasumir las causas por las cuales, dice el jurado, me otorgan, nos otorgan, este galardón singular.

Las causas de los derechos de las personas y de los pueblos, sobre todo de las personas y pueblos marginados y hasta prohibidos. Causas mías, pero causas de todos nosotros, causas de esta pequeña iglesia de São Félix do Araguaia, que por ellas ya dio sudor y hasta sangre. Causas específicamente de Nuestra América: la tierra, el agua, la ecología; las naciones indígenas; el pueblo negro; la solidaridad; la verdadera integración continental; la erradicación de toda marginación, de todo imperialismo, de todo colonialismo; el diálogo interreligioso, e intercultural; la superación de ese estado de esquizofrenia humana que es la existencia de un primer mundo y un tercer mundo (y un cuarto mundo también) cuando somos un solo mundo, la gran familia humana, hija del Dios de la vida.

Siendo la primera vez que se otorga el Premio a alguien que reside en América Latina, yo, abusando de osadía sentimental, hago cuestión de recibirlo también como “representante adoptivo” de Nuestra América. Mi paisano de Verdú, San Pedro Claver, apóstol de los negros en Colombia, y mi paisano de Sallent, San Antonio María Claret, fundador de mi congregación y arzobispo de Santiago de Cuba, aprobarán sin duda esta osadía.

Nosotros, como Iglesia, lógicamente, abrazamos esas causas a la luz de la fe cristiana, en el seguimiento de Jesús y de su Evangelio: el Evangelio de los pobres, el Evangelio de la liberación.

El Premi Internacional de Catalunya 2006 es nuestro, pueblo mío de la Prelatura de São Félix do Araguaia, nuestra es la gratitud a la Generalitat, nuestro debe ser el renovado compromiso. La danza mayor de Cataluña es la sardana, danza en comunión de un pueblo entero dándose las manos. En la Prelatura, la corresponsabilidad es nuestra danza de celebración y de compromiso. Juntos hemos luchado, juntos recibimos el Premio, juntos seguiremos respondiendo.

El objetivo y la mediación de todas esas causas nuestras se pueden formular en este postulado: Humanizar la Humanidad, practicando la proximidad. ¿Es una utopía? ¡El Evangelio es una utopía mayor! Adaptando la palabra del poeta, titulé así mi última circular: “Utopía necesaria como el pan de cada día”. No la utopía quimérica que arribaría a un “no-lugar”, sino un proceso esperanzado que navega hacia un “lugar-otro”, ¡un “buen-lugar”, eu-topia!

Porque no aceptamos la fatalidad de ese sistema de capitalismo neoliberal que nos imponen, hecha mercado la vida, cuadradas las cabezas en un pensamiento único, bajo un macro-imperialismo político, económico, militar, cultural.

“Es preciso reinventar una economía de convivencia”, pedía Edgar Morin, recibiendo este mismo Premio en 1994. El pueblo guaraní habla de la “economía de la reciprocidad”. Y el pequeño pueblo myky, en este Mato Grosso, proclama como uno de sus dogmas básicos que “vivir es convivir”. Sin prepotencias, sin exclusiones. Todas y todos siendo reconocidos como personas en la radical dignidad de la “raza humana”. Los pueblos indígenas, normalmente, en su autodeterminación se clasifican como “gente”, como “humanidad”; después viene el nombre, la designación particular de cada pueblo, de cada cultura, de cada historia. Identidades colectivas que configuran la Humanidad una y plural.

La globalización actual, con todos sus pecados, graves, tiene como contrapartida la virtud de hacer que hoy, como nunca, la Humanidad se sienta “una”. Estamos descubriendo, por necesidad, que navegamos en un mismo barco. “El choque de civilizaciones” o “la alianza de civilizaciones” son la alternativa inevitable. Como ahora nos encontramos todos con todos, debemos optar o por chocar unos contra otros, en la intolerancia y en la agresión, o por abrazarnos en la comprensión y en la complementariedad. “Las naciones son contenido, no fronteras” afirma Baltasar Porcel, en la presentación de los discursos de los galardonados con el Premi Internacional de Catalunya. Muros, “vallas”, cercas, leyes de intolerancia, no son la solución humana. Los “bárbaros del sur” acabarán rompiendo las fronteras de la separación. “El hambre no tiene fronteras”, gritaba el superviviente de una “patera” africana. Esos nuevos bárbaros acabarán invadiendo la tierra, la casa, la mesa, el alma de los privilegiados de un mundo primero: ¿primero en malgastar; primero en insensibilidad?

La más esencial tarea de la Humanidad es la tarea de humanizarse. Humanizar la Humanidad es la misión de todos, de todas, de cada uno y cada una de nosotros. La ciencia, la técnica, el progreso, solamente son dignos de nuestro pensamiento y de nuestras manos si nos humanizan más. Frente a ciertos jactanciosos progresos, las estadísticas anuales de ese profeta laico que es el PNUD deberían provocarnos una indignada vergüenza.

“Otro mundo es posible”, proclaman los foros de la alternatividad. Otro mundo es necesario. “Hacer real lo posible” es el título del último libro del economista y educador Marcos Arruda: “Una reflexión creativa y propositiva sobre economía…, la praxis de otra economía, ya en marcha, fundada en la cooperación y en la solidaridad y la prospectiva de otra globalización, que valoriza cada persona, cada cultura y cada pueblo. Buscando un proyecto común de Humanidad a partir de la valorización y de la complementariedad de las diferencias”. El Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias, Pastor Samuel Kobia, resumía así el tema y el propósito de la IX Asamblea del Consejo, realizada en Porto Alegre, en este mes de febrero: “Transformar el mundo juntos”. El pequeño mundo del propio corazón, del propio hogar, de la vecindad, y el gran mundo de la política y de la economía y de las instituciones internacionales. Otra ONU es posible y necesaria.

Ya es un consenso universal que sólo habrá paz en el mundo si hay paz entre las religiones. Y que sólo habrá paz entre las religiones si hay diálogo entre las religiones. Un diálogo interreligioso, pero que sea generador de Humanidad. Porque no se trata de sentar a las religiones en una tertulia narcisista y aséptica, fuera del mundo de la pobreza, del hambre, de la guerra, del racismo, de la marginación, del miedo. El contenido central de ese diálogo interreligioso ha de ser también humanizar la Humanidad, en nombre de Dios. Nuestro Joan Maragall, el gran poeta humano-humanista de Cataluña, formulaba lúcidamente un principio para toda fe religiosa: “Home sóc i és humana ma mesura / per tot quant pugui creure i esperar” (“Hombre soy y es humana mi medida / para todo cuanto yo pueda creer y esperar”). Para nuestra fe cristiana el propio Dios tomó la dimensión humana del hombre Jesús de Nazaret. Infelizmente, durante siglos, y todavía hoy, las religiones vienen siendo, con demasiada frecuencia, fundamentalismo, división y hasta guerra. Es hora de creer en plural unidad en el Dios de la vida y del amor y de practicar la religión como justicia, servicio y compañía. Un Dios que separa la Humanidad es un ídolo mortífero.

Esa tarea primordial y común de humanizar la Humanidad se hace practicando la proximidad. El Evangelio de Lucas (10, 25-37) nos ofrece la parábola paradigmática para esa praxis humanizadora. El maestro de la ley responde correctamente a la pregunta de Jesús sobre los mandamientos. Sabía el catecismo, por lo menos en su letra. Pero “para justificarse” el doctor en religión pregunta a su vez: “¿Y quién es mi prójimo?” La respuesta de Jesús es desconcertante y provocadora; para el doctor de la ley, para todo el pueblo que escucha “en aquel tiempo” y también para nosotros que la escuchamos hoy, aquí. Prójimo es aquel o aquella a quien yo me aproximo y, en primer lugar, los caídos en el camino, las personas al margen, las mujeres violentadas y sometidas, los emigrantes sospechosos, los extraños de quien no quiero ni saber, ocupado como estoy en mis negocios o tal vez con mi culto…

Yo me debo hacer prójimo descubriendo al prójimo, buscándolo, acogiéndolo, dando y donándome en su servicio. Sin hacer acepción de personas. Sin miedo de contaminarme con un samaritano heterodoxo.

Solamente amo al prójimo en la medida en que salgo, libre, abierto, solidario, al encuentro del prójimo, aproximándome a él, aproximándolo a mí.

No se humaniza la Humanidad con máquinas y formulaciones (útiles en su tiempo y a su debido modo), sino con la aproximación humana de cada uno y cada una, de cada persona y de cada pueblo. Humanizar la Humanidad practicando la proximidad. La Teología de la Liberación nos ha recordado que la verdadera ortodoxia se verifica en la ortopraxis. El propio ser de Dios “consiste en estar amando”, nos dice en el Nuevo Testamento la primera carta de Juan (4, 8-16).

Haber salido de Cataluña, de España, de Europa, pasar por África y venir a vivir definitivamente en este brasileño Mato Graso de esta Nuestra América, me ha universalizado el alma. Y el contacto apasionado con la causa indígena y la causa negra me han ayudado a redescubrir la identidad de las personas y de los pueblos como alteridad y como complementariedad. Aproximarme “al poder de los sin poder” (Václav Havel), en la opción por los pobres, en el movimiento popular, en las comunidades de base y en las pastorales sociales, me despertó definitivamente a la indignación y al compromiso; y también a la esperanza

Agradeciendo de corazón este Premi Internacional, quiero pedir a mi Cataluña que continúe siempre abierta al mar; que, desde el alero de la casa solariega (des de l’eixida pairal), se abra siempre más al infinito mundo. Dentro y fuera de casa; con “els altres catalans” y con los emigrantes que van llegando y con toda la Humanidad. Siendo ella, libre, justa, humanizada y haciéndose proximidad de todos los pueblos de la tierra. “La clau i la lletra” de la escultura del maestro Tàpies es también una parábola de apertura y de comunicación; llave para abrir, letra para hablar. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Humanicémonos siempre más, humanicemos siempre, practicando la proximidad.

Muchas gracias.

Pedro Casaldáliga
São Félix do Araguaia, 9 de marzo de 2006

amoríos

DE LOS AMORÍOS DE DIOS
Al hilo de la encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI
MIKEL SUMPF, teólogo; mikelsumpf@yahoo.es
INNSBRUCK (AUSTRIA).

ECLESALIA, 13/03/06.- Afirmar que Dios es amor puede ser tan teológicamente exacto como existencialmente irrelevante. No es el caso de la primera encíclica de Benedicto XVI, teológicamente impecable y socialmente oportuna. Una lectura atenta descubre una sólida fundamentación bíblica y doctrinal, al tiempo que lanza el reto de la caridad a una sociedad que tiene la tentación de construirse de espaldas a la misericordia. Si toda misiva de amor es siempre bien recibida, la del nuevo Papa no debe ser una excepción: bienvenida su carta sobre el amor.

Los documentos magisteriales deben superar la prueba del algodón de su recepción por parte de la comunidad creyente. No es momento ahora de entrar en la polémica teológica de la necesidad o no de la receptio para determinar la validez de la doctrina trasmitida; en un nivel mucho más prosaico hemos de reconocer que, de un tiempo a esta parte, muchos cristianos y cristianas reciben los documentos romanos con bastante indiferencia. En este caso, tratándose de una carta sobre al amor, la frialdad en la recepción no deja de ser un dato inquietante. ¿Cómo puede una carta de amor dejarnos fríos? ¿La clave no estará en una minúscula preposición que convierte la pasión de una carta “de” amor en la asepsia de una carta “sobre” el amor? ¿No será que los teólogos en su vana pretensión de enseñarnos todo sobre el amor no muestran sino la autopsia de un cadáver diseccionado en eros, ágapes, philias, éxtasis, benevolencias, concupiscencias y alguna víscera más?

El amor no se explica en quince páginas. El amor es servicio, pasión, misericordia, consuelo, trasgresión, hijos, cuerpo, novedad, éxtasis, ... vida. Y la vida, gracias a Dios, siempre nos lleva la delantera.

Afirmar que Dios es amor puede ser tan teológicamente exacto como existencialmente irrelevante. Lo desconcertante no es que Dios sea Amor, ni Bien, ni Bondad -por ponerle tres trajes que le sientan primorosamente-, lo asombroso, lo trasgresor, lo ¿herético?, lo... vivo, es que Dios ande en amoríos con una mujer pecadora pública, que chochee esperando la vuelta de un hijo que le defraudó, que llore amargamente por su amigo muerto, que se le haya visto flirteando con una samaritana junto al brocal de un pozo, que ande en bodas con borrachos, que coma con Zaqueo.

A las encíclicas papales y, por extensión, a los documentos eclesiales, les suelen faltar el nihil obstat de los trenes de cercanías en los que madres de familia, apretujadas como sardinas en lata, mandan cartas de amor a sus hijos mientras se dirigen a limpiar escaleras para que sus retoños tengan un pedazo de futuro que llevarse a la boca. Les faltan cenas en casa de Ana y Maribel que llevan años escondiendo su amor de las miradas inquisidoras de sus familias y que ahora, mientras nos tomamos un poleo menta después de quitar la mesa, me cuentan que por fin se han decidido a adoptar un niño que será infinitamente querido. Les faltan horas de urgencias junto a María y Pedro deseosos que la investigación con células madre libere a su pequeño Javi del dolor de su enfermedad degenerativa. Les faltan noches frías en la Casa de Campo donde las expertas en amor – sí, esas mismas que nos toman la delantera en el camino hacia el Reino- tienen un master en soledades. Les faltan el nihil obstat de la vida.

No es cuestión de esnobismo. No se trata de estar a la última, se trata sencillamente de escuchar la vida y asombrarse con Pedro, el primer Papa papá: Sí, yo he visto el amor de Dios en Ana, Maribel, María, Pedro... y, “¿quién era yo para poder estorbar a Dios?” (cf. Hch 11, 17).

Para entender el amor de los gentiles ya tenemos el Arte de amar de Erich Fromm, para adentrarnos en la locura del Amor crucificado de Dios, puro exceso, absoluta ternura, necesitamos que nos sigan contando que un pastor salió a buscar una oveja, que hubo un hombre malherido al borde del camino o que los pies de Dios fueron bañados con lágrimas, enjuagados con cabellos, cubiertos de besos y ungidos con perfume... por una pecadora pública; ¡qué desvergüenza!, ¡cuánta vida!

¿Para cuándo una encíclica corta, sencilla, que entienda Antonio mi vecino del quinto? Una carta de amor que nos haga vibrar, que incendie el corazón, que nos hable con la autoridad de la seducción, que nos descubra a un Dios cada vez mayor, cada vez más Amor. Mientras llega, bienvenida sea la carta amorosa de Benedicto XVI. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

diez palabras

EN DIEZ PALABRAS
Adaptación de Ex 20, 1-17
ANDRÉS MUÑOZ
GETAFE (MADRID).

ECLESALIA, 10/03/06.- Estas diez palabras dijo Dios:

amarás a Dios y todas las cosas del cielo y de la tierra

tomarás el nombre y la causa de Dios como principal para andar por casa y para echarte a la calle

valorarás el trabajo digno, el descanso y la fiesta, con los que se sacian el hambre de pan y la sed de belleza

honrarás la fecundidad creativa, la maternidad-paternidad que engendra hijos, hijas, familia

defenderás toda la vida: biológica, humana, de esperanza, de sueños

dignificarás el cuerpo humano, la sexualidad, sus pulsiones amorosas

mantendrás la verdad y lo verdadero

respetarás el pan ajeno, los derechos, la dignidad de todo ser humano

mantendrás la mente y el corazón limpios, aseándolo de la basurización

repartirás, compartirás lo poco o mucho que almacenas

En estos síes está la libertad.


(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

en los puentes

ENCONTRARSE EN LOS PUENTES*
RAFAEL CASTELLANO
SEVILLA.

ECLESALIA, 09/03/06.- Educar en la fe a los jóvenes es preparar el terreno para la llamada: es crear el contexto o la textura donde sembrar presencias de trascendencia y cultivar experiencias de Reino de Dios y del Dios del Reino. Y además, acompañar en el crecimiento y maduración de la fe cuando surja, así como compartir la esperanza y gozar fraternalmente de la caridad. Y acompañar mostrando que sabemos por experiencia personal que sabemos lo que le pasa y de lo que estamos hablando.

¿Cómo suscitar la experiencia de Dios - y, por tanto, la experiencia de Dios cristiana - en un mundo de tantas lábiles convicciones, en una cultura que genera muchas personas frágiles y a casi a la deriva, en una sociedad que fragmenta a las personas y las relaciones humanas, en unos tiempos de tanta saturación de experiencias? ¿Cómo ayudar a la madurez humana - psicológica, social, moral, espiritual y religiosa - en una sociedad en la que cuesta mucho trabajo “mantenerte en tus cabales“? ¿Hay posibilidades de creer que Jesús es el Señor sin la experiencia de querer tomarse la vida en serio, a fondo, intensamente y dar pasos autoconstructivos para ello?

Entre tanta variedad y cambio... ¿Hay posibilidad de lugares, tiempos, personas y experiencias teofánicas que seamos capaces de reconocer, de posibilitar, e incluso de intentar implementar de una manera intencional? Creo que sí. Si no los hubiera Dios no sería fiel y el hombre no sería hombre. Dios siempre ama y propone caminos de salvación y el ser humano es capaz de reconocer ese amor, esa presencia y orientar su vida, religiosamente, en esa dirección.

Ahora bien: lo joven es y se expresa de muchas maneras, y más en los tiempos que corren. Cuando se siembran esas presencias de trascendencia, esas experiencias de Reino, esas experiencias de Dios hay muchas calidades de recepción. Además, no perdamos de vista que “ cada uno es cada uno bregando con Dios” y que la historia de salvación personal - nuestros más o menos con Dios en nuestras vidas- es un misterio entre el amor de Dios y la libertad y las posibilidades de cada ser humano.

Detecto unos posibles puentes -latidos, latencias, intuiciones, experiencias- en los que encontrarse como evangelizadores con los jóvenes. Son posibilidades de abrir experiencias profundamente jóvenes -reales, intensas y muy a mano- a la presencia del Evangelio. Son grandes puentes o ámbitos de apertura en los que ayudar a leer, a interpretar y a vivir en profundidad la propia vida. Son posibilidades de educar en la fe, para la fe, desde la fe. Y es que cuando se anhela vivir en profundidad la vida, ya se está en camino, aunque sea incipiente, aunque sea incoado, aunque sea casi latente, hacia Dios. Dios y el hombre somos así.

Además, al adentrarnos en esos puentes, tendremos una magnífica oportunidad de sanear esa compleja y muy arraigada maraña de prejuicios antirreligiosos y anticristianos que desde las redes audiovisuales se inoculan. Y se rompen mostrando que la pasión por la libertad y la felicidad tienen mucho que ver con un tal Jesús de Nazaret, el Señor, el Mesías, el Hijo de Dios. Mostrando que, si la fe no hace feliz en este mundo, no es fe... es otra cosa, patológica... y que si la fe no da libertad, no es fe... es otra cosa, alienante.

Un puente: el deseo de silencio y de encuentro con uno mismo. Hay ya muchos jóvenes conscientes de que no se conocen, de que están desparramados, de que están “troquelados” por tanta “fashion”, que están hartos de tanto ruido... físico, emocional, consumista... y no saben por dónde crecer como seres humanos en lo mejor que hay en ellos. Por tanto, posibilitemos ámbitos de silencio. Acompañemos esas experiencias. Mostremos que sabemos de lo que estamos hablando: Dios habla al corazón de cada uno y posibilita que cada uno seamos únicos e irrepetibles. Además, la Iglesia sabe mucho de silencio: narremos nuestras experiencias de silencio.

Otro puente: la experiencia de la fragilidad personal: la enfermedad, el dolor y la muerte. Las experiencias de fracaso afectivo o de fracaso vital. Las experiencias de desolación. Cuando se toca fondo, uno se pregunta si está solo, aislado, en este duro mundo. Acompañemos esos momentos, mostremos que sabemos de qué estamos hablando: a pesar de la dureza de la vida no estamos solos: hay alguien más, alguien que es un Amor sobre todo Amor. Además, la Iglesia sabe mucho de misericordia: narremos nuestras experiencias de misericordia.

Otro puente: la experiencia del amor. Sea el deseo, sea el dar de sí hacia los demás. Sobre el deseo: existe juventud mientras hay deseo de otro mundo, mientras hay intensidad cuando se vive lo que se vive y se desea vivir humanamente mejor - más justicia, más libertad, más vida.-. Acompañemos esas experiencias mostrando que sabemos de qué hablamos: la pasión por el Reino, por la vida: para que todos tengan vida y vida en abundancia. A esto nos llama el Dios de Jesucristo. Eso es el seguimiento de Jesucristo. Esa es la misión de la Iglesia. Sobre el dar de si hacia los demás: eso es la gratuidad. Hay juventud cuando hay generosidad, Acompañemos esas experiencias. Mostremos que sabemos de qué estamos hablando: el dar gratis lo que gratis hemos recibido, el darse a los demás como signo de que hemos sido creados por amor y de que al amor estamos llamados individual y colectivamente.

Otro puente: la pasión por la verdad. Se es joven cuando se dice no a la impostura, no a la falsedad. Cuando no se pacta con la mentira. Se es joven cuando se desnuda al comediante. al falsario, al funcionario - sea político, sea educador, sea eclesiástico-. Acompañemos esas experiencias, mostremos que sabemos de qué estamos hablando: el anuncio profético del Reino y la denuncia profética de todo lo que impide que el ser humano sea auténticamente ser humano. Además la Iglesia sabe mucho de la búsqueda de la verdad: narremos nuestras experiencias con la verdad.

Otro puente: la inquietud por la unidad, por la comunión, por la creación de redes de solidaridad. Acompañemos esas experiencias. Mostremos que la comunión es algo muy claro por muy vivido por los cristianos actuales y de todos los tiempos. Indiquemos la llamada a la unidad de todo el género humano que constantemente nos lanza Dios Padre de todos los hombres: todos somos hermanos. Además, la Iglesia sabe mucho de comunión: narremos nuestras experiencias de comunión.

Hay más puentes: el deseo de encontrar en la naturaleza la liberación de la alienación del modo de vida urbanita, el deseo de belleza en la creación artesana de obras de arte, el deseo de sentido de la vida en el que uno puede ser uno mismo y participar con lo mejor de unos mismo...

Hay puentes. No hay que hacer “obras de romanos” para conectar con los jóvenes. Sólo hay que salir y caminar con ellos por sus puentes y narrar, humildemente, nuestras experiencias como seres humanos, gracias a Dios. Salir, acompañar y narrar... ¿ No nos damos cuenta de que cada vez vienen menos a nuestros locales? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> *Texto basado de una conferencia de Fransec Torralba en el acto inaugural del curso 2004-2005 del Máster en Pastoral Juvenil organizado en Sevilla por los Salesianos y el Centro de Estudios Teológicos del Seminario de la Metropolitano de la Diócesis de Sevilla.

polvo sí

POLVO SÍ
ESTHER CAGIGAL, monja trinitaria en el monasterio de Suesa
SUESA (CANTABRIA).

ECLESALIA.- Polvo sí, mas polvo enamorado. Y es que se nos olvida que el amor siempre da fruto, siempre es semilla de algo.

Iniciamos, un año más, el tiempo de Cuaresma con el gesto de la imposición de la ceniza, y las palabras “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Así, al primer golpe, no suena muy halagüeño. Pero reflexiono y me viene a la mente el viejo verso de Quevedo: “polvo serán, mas polvo enamorado”. Y eso soy. Millones de ínfimas partículas de polvo, soldadas una a una por el calor de Dios. Nazco del Amor. Y soy Amor... en polvo, como se lleva a hora: la leche en polvo, las sopas en polvo...

Soy polvo enamorado de la tierra (que también es polvo), de la madre tierra que me sostiene en pie y me equilibra. De mis semejantes, que van sumando vida y construyendo, conmigo, historia. La gran historia de la humanidad, la que no se estudia pero se intuye, la intrahistoria unamuniana.

Polvo enamorado, siempre enamorado, de mi comunidad, con la que espero cada mañana, sentadas en torno a la Palabra, expectantes ante el gran acontecimiento del nacimiento de un nuevo día; como parteras, dejando vivir todas las mañanas, como Sifrá y Fuá, haciéndonos las despistadas si el amanecer no resulta el esperado, aceptándolo y acogiéndolo. Ya se encargarán las horas de embellecerlo, haciéndolo adulto, hasta el ocaso.

Polvo enamorado, siempre enamorado, de Dios, el soldador, el paciente obrero que ha ido pegando partículas de existencia hasta hacerme ser. El que pone en mí sed de siglos de gargantas, y agua de kilómetros de pozos rebosantes.

No soy polvo de ése que se acumula sobre los objetos que no tocamos, del que se limpia cansinamente.

No, soy polvo enamorado. Como el que construye caminos firmes que unen pueblos y corazones, el que se humedece y fertiliza y germina, oxigenando la vida. Polvo enamorado como el que se amasa para fabricar vasijas y recipientes, en los que bebemos, comemos, con los que decoramos y adornamos nuestra cotidianidad.

En esta cuaresma os invitamos a ser polvo, sí, mas polvo enamorado.

A cada uno, a cada una, le toca descubrir ese enamoramiento.

Y contádnoslo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Para más información: http://www.montrinisuesa.net


mujeres y hombres

MUJERES Y HOMBRES, PUEBLO DE DIOS*
EULÀLIA GORINA y SEFA AMELL
BARCELONA.

ECLESALIA, 06/03/06.- En el seno de la Iglesia católica hay, desde hace tiempo, un deseo expresado por las mujeres de ser tenidas en cuenta de manera seria. En el siglo XXI parece obvio que ya no se puede decir que las mujeres sean un macho frustrado (Tomás de Aquino) ni que su objetivo en la tierra sea el de proveerla de hijos. El feminismo, que apareció de la mano de les primeras mujeres universitarias europeas y norteamericanas, ha impregnado toda la sociedad con ideas que les dan seguridad ante los infundios estereotipados que durante siglos se han dicho de ellas. A causa de este pensamiento misógino se han construido teorías nefastas para las mujeres y se han avalado comportamientos masculinos que hoy en día vemos que no están fundamentados de ninguna manera en el Evangelio. Pensemos en frases como: el hombre es la cabeza de la mujer; la mujer ha de estar sometida al marido, o el sacerdocio ministerial esta esencialmente reservado a los hombres, etc. dichos que reflejan más la conveniencia de mantener el control masculino (clerical o laical) sobre la mujer que un pensamiento surgido de las enseñanzas de Jesús. Hoy, mujeres católicas de todo el mundo reclaman con insistencia a la jerarquía de la Iglesia poder formar parte, como los hombres, del estamento eclesial. A menudo se afirma, para demostrar la imposibilidad de ésta demanda, que la tradición demuestra que nunca se ha dado un hecho así y por tanto la Iglesia no se siente autorizada a admitir mujeres al sacerdocio ministerial (J.P.II)

Pero resulta que investigaciones arqueológicas, hechas por mujeres, demuestran que sí que ha habido mujeres que han ejercido cargos importantes dentro de la Iglesia. Teresa Forcades nos informa[1] que en un estudio publicado el 1996 por Ute Eisen, afirma que de las 2.000 inscripciones cristianas de los primeros siglos de cristianismo revisadas por ella, 350 tienen como protagonistas mujeres, cosa que significa el 17’5%. Están escritas en griego o latín y son de los siglos II hasta el final de la época bizantina e inicio de la Edad Media. La mayoría indican el nombre y el título o cargo de la difunta. En el calendario del 2006, la arqueóloga Dorothy Irvin[2] presenta el mapa donde se han encontrado las tumbas de estas mujeres que fueron obispos, diáconos o presbíteras, con el nombre de cada una: Flavia, Basilisa, Artemidora, Sophia, Apollonia, Epikto, Timothea, Phoebe, Leta, Kale, Veneranda, etc. La revista Golias (Hors serie n.2 junio 2005) publica un extenso reportaje sobre las mujeres que ejercían con autoridad en las comunidades cristinas primitivas con un amplio estudio sobre los restos arqueológicos que avalan su existencia: Presidían las iglesias y en las lápidas funerarias encontradas al lado del nombre aparecen nombrados sus cargos, epíscopa, diacono o presbítera. El Concilio de Laodicea en el siglo IV y el Papa Gelasio I, siglo V, aconsejaron no ordenar mujeres, lo cual demuestra que había obispos que lo estaban haciendo.

Se ha celebrado en París (20 y 21 de Enero 2006) un encuentro a nivel internacional que bajo el título Colloque femmes prêtes, enjeux pour la société et por les Eglises, Coloquio de mujeres presbíteras, retos para la sociedad y para las Iglesias. El tema de las ordenaciones de mujeres se ha puesto de manera descarada sobre la mesa después que algunas hayan sido ordenadas dentro de la Iglesia católica. De momento tres de elles son obispos que ordenan a otras mujeres.

Afirman que de manera consciente han transgredido una ley que consideran injusta, no una ley divina, señalan, sino una ley humana dictada por personas únicamente de sexo masculino. Si creemos, aseguran, que hay una ley injusta es necesario buscar estrategias efectivas para cambiarla. Patricia Fresen, ordenada en Bellaterra (Barcelona) en el transcurso de la celebración del II Sínodo Europeo de Mujeres (5, 10 d’agosto 2003)[3] dice que no se trata de una desobediencia profética sino más bien de una obediencia profética que implica tomar partido por la justicia ante la injusticia y la discriminación que existe dentro de la Iglesia que continua considerando, siguiendo a san Agustín, que las mujeres son intrínsecamente inferiores a los hombres. Esta manera de pensar esta reflejada en la estructura de la Iglesia y reglamentada en el Código de Derecho Canónico que, como todas las leyes, se puede modificar, pero no se puede decir que esté fundamentada ni bíblicamente ni teológicamente.

Las mujeres ordenadas hasta ahora manifiestan que han sido llamadas porqué son Iglesia, Pueblo de Dios, y que siguen a Jesús dentro de una comunidad de iguales. Geneviève Beney, ordenada el mes de junio 2005, en Lyón, Francia, decía: yo no me he hecho capellana yo misma, soy demasiado vieja. Me han llamado. Cristo llama también a las mujeres a tomar la palabra.

Entrar a formar parte de la clerecía no es una cuestión inocente. Hay el peligro, señala la obispo Fressen, de comprometerse y hacerse cómplice de un sistema corrompido por el abuso de poder de la clerecía sobre el laicado. Durante siglos las mujeres han estado excluidas injustamente del sacerdocio, así pues ordenar mujeres es restituirles aquello que es de justicia y les corresponde porqué también la humanidad se expresa en las mujeres y las mujeres también son responsables como miembros, no únicamente, ni forzosamente, pasivas, de la marcha de la Iglesia en el mundo. Efectivamente es necesario renovar la teología de los ministerios pero no en función de los sexos sino en función de los servicios. Pero las mujeres no han de esperar que los clérigos, cuando les parezca oportuno o necesiten efectivos humanos, dispongan de las mujeres, sino que desobedeciendo la injusticia establecida se dejen llamar y puedan escoger libremente diciendo sí a la llamada que sienten en su interior. El sacerdocio ministerial tiene que estar al servicio del sacerdocio real de todo el Pueblo recibido en el bautismo. Estamos viviendo una etapa nueva que invita a la reflexión porque, como se puso de manifiesto, hay más de centenar de mujeres preparadas con formación teológica y dispuestas a ponerse inmediatamente al servicio de la comunidad.

Partimos de la idea ampliamente extendida de que la mujer no puede ser icono de Cristo a causa de tener un sexo distinto al de él. Jesús históricamente vivió su vida como verdadero hombre. Pero fue glorificado por el hecho de formar parte de la Trinidad de Dios. Jesús es Dios y Dios no es un ser sexuado. El sacerdote no ha de representar a Cristo por su sexo sino por su persona y como hemos visto la persona “Jesús” es Dios. Nunca un varón, por digno que sea, estará a la altura de Dios solamente por ser varón. No hay, por tanto, ninguna excusa para continuar diciendo que solamente el varón, por indigno que sea, puede ser icono de Cristo (Pablo VI) y representarle, porqué Cristo ya no es humano sino divino. Si el sacerdote está “In persona Christi”, tan persona es la mujer como el varón. Efectivamente para los protestantes el sacerdote no es el icono de Cristo, simplemente preside la comunidad.

Parece evidente que la Iglesia, como la humanidad, solamente puede ser verdaderamente fecunda si cuenta por igual con el hombre y la mujer. Michèle Jeunet, religiosa de la comunidad de Notre Dame du Cénacle, dijo que ama a la Iglesia porqué le ha dado Cristo. El día que conoció a Cristo tuvo el impulso de ser capellana: Doy gracias a la Congregación y estoy contenta porqué me permite vivir una vida de apóstol y pastora. Añoro la vida religiosa y pastoral que viven los hombres como los jesuitas o dominicos que pueden ser religiosos y sacerdotes a la vez. Yo estoy disponible para el ministerio presbiteral. Es un derecho que siento mío y que reivindico. Ahora lo que me impide ser sacerdote es una ley eclesiástica, no una ley divina. A la Iglesia católica, cuando dice esto, le falta credibilidad.

Yvonne Bergeron afirmaba que la ordenación de las mujeres es un reto muy importante que tiene la Iglesia y se pregunta si la Iglesia católica considera determinante el partenariado integral entre mujeres y hombres, ya que en la realidad no lo es; decía: ¿Es que no hemos sido creadas iguales? Pero denuncia la incoherencia del discurso sobre la igual dignidad de los humanos con la práctica de la paradoxal discriminación de las mujeres. Alice Gombault[4] fue muy clara cuando dijo: no queremos un trozo del pastel. Queremos otro pastel y queremos hacerlo con más ingredientes y distintos para que salga un nuevo pastel al gusto de todos y todas. Es necesario cambiar la teología de los ministerios. Esta es la reflexión que tiene pendiente la Iglesia que va alargando el tiempo sin afrontar de cara este reto urgente. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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*Artículo publicado en catalán en la revista quincenal El Pregó.
[1] Quadern Espai Obert n. 16
[2] Doctora en teología por la Universidad de Tübingen, especializada en Biblia y Arqueología, ha estudiado en París, los EEUU y Jerusalén.
[3] P. De Miguel y Mª Josefa Amell, Atreverse con la diversidad. Segundo Sínodo Europeo de Mujeres, Verbo Divino, 2004; www.synodalia.net
[4] Teóloga, directora de redacción de la revista Parvis

aguafiestas

A LOS AGUAFIESTAS DE LA VIDA
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGEZIRAS (CÁDIZ)

ECLESALIA, 03/03/06.- Durante mucho tiempo a los moralistas les costó ver con ojos limpios el papel del cuerpo y la sexualidad en el desarrollo de la persona humana. Parece que el cuerpo como fuente de felicidad y placer les estaba vetado. Las fuentes de todo pecado las encontraban, de forma especial, en el sexo como si éste fuese un añadido del mal en la persona humana. Apenas algunos moralistas o predicadores se atrevían a denunciar las injusticias sociales. Y todo debido a una mala interpretación de las mismas palabras de Jesús. Hoy, tal vez más que nunca, es necesario volver al auténtico Evangelio e interpretarlo en su genuino significado y cómo y para qué fueron dichas sus palabras.

Si difícil es comprender el modo de pensar y de actuar de las personas de nuestra época y de nuestro entorno, mucho más trabajo cuesta profundizar en las ideas y mentalidades de otras culturas y de otras épocas pasadas. Después de algo más de veinte siglos es necesario volver a las fuentes, con sus contenidos reales y sus circunstancias concretas orientales, para poder llegar a descubrir lo que esos textos y aquellos hechos nos dicen a los que vivimos en el siglo XXI y con una mentalidad occidental.

Jesús de Nazaret nunca fue un “aguafiestas”. Se relacionó con todos y fue un ser humano encarnado en la realidad histórica de su tiempo y de su pueblo. Sin embargo, las exigencias que puso Jesús a los que quisieran ser sus discípulos no siempre han sido bien interpretadas. “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” ¿Acaso estas palabras pueden interpretarse como un llamamiento a refrenar, reprimir los valores de la autoestima? ¡De ninguna manera…! La expresión oriental “negarse a sí mismo” significa sencillamente “vivir dando la cara por los demás, no ser egoísta, vivir para los otros”.

Además, “cargar con la cruz” no es “buscar la cruz” sino cargar con ella cuando los “intolerantes” te la coloquen en las espaldas al verte que vives dando la cara por los demás, cuando te intenten tratar como tonto y acabar con tu estilo de vida. Ahí es donde está el compromiso y la valentía de “coger la cruz” para seguir luchando, a pesar de las risas de unos cuantos que sólo saben actuar en beneficio propio. “Negarse a sí mismo y cargar con la cruz es necesario para seguir a Jesús”. Y “seguir” en el sentido bíblico no es sinónimo de “imitar”. ¿Quién podría imitar a Jesús sin desanimarse? Nunca dijo Jesús que lo imitáramos sino que “le siguiéramos”. Seguirle cada uno, según sus cualidades y circunstancias, encontrando su propio modo de ser y vivir de cara a los demás y así “seguirle” hasta la muerte, con la convicción, basada en la fe, de que al final no es la cruz,- que sólo es un paso- sino la resurrección, la alegría definitiva, la vida la que da sentido a la propia existencia.

Vivir el evangelio en los momentos actuales es buscar la felicidad personal y la de los demás, denunciando todo tipo de injusticia, luchando contra los sufrimientos humanos que nos pueda traer el vivir cotidiano. Jesús no buscó el sufrimiento, no se calló ante la injusticia, no se resignó ante el dolor humano. Por eso lo mataron: por hablar, por denunciar, por luchar constantemente a favor de la felicidad de los más pobres, de los enfermos, de los marginados, de los desgraciados y de todos los que quieran aceptar su servicio. Esa fue la cruz que le vino encima y esa es la cruz que está esperando a sus seguidores.

Para desgracia de “los aguafiestas” Jesús no buscó el sufrimiento ni quiere que lo busquemos nosotros. Pero, nunca fue un cobarde ni quiere que sus seguidores lo seamos tampoco. Nos invita a no huir asustados cuando nuestra acción a favor de los más pobres y del evangelio se vea atacada por los grandes del pueblo: sumos sacerdotes, letrados o senadores. Jesús no nos invita a sufrir, sino a amar. Sabemos que la vida vale más que todas las riquezas del mundo. Y también sabemos que “negarse a sí mismo y tomar la cruz” es luchar por la vida, dedicarla al amor, es gastarla en la conquista de la felicidad, la más extensa, la más profunda, la que nace del amor compartido. Al cristiano actual no le basta con recordar la vida, pasión y muerte de Jesús un año más; hay que cargar con “la cruz que te imponen”, que es la “tuya” y seguirle… haciendo presente hoy la Resurrección del Cristo con la vida y los hechos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).