Blogia
ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

semáforo bioético

semáforo bioético

DALTONISMO EPISCOPAL*
JUAN MASIÁ, ex Director de la Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia Comillas
MADRID.

ECLESALIA, 15/05/06.- Con fecha 30 de marzo de 2006, la Instrucción pastoral de la LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, opta una vez más por el pesimismo del semáforo en rojo. Cuando en vísperas de la celebración de la Pascua y con motivo de la conmemoración de los cuarenta años de la clausura del Concilio habría sido oportuno un mensaje esperanzador y optimista, la cúpula de la jerarquía eclesiástica española reincide en su postura condenatoria y catastrofista, publicando un documento que parece escrito a finales del siglo XIX.

¿Qué problema de óptica está condicionando a los asesores de semejantes documentos, que sólo perciben semáforos en rojo? Especialmente resalta esta unilateralidad en los párrafos dedicados a la vida y la sexualidad. Si el documento describe la actualidad como un “exasperado pansexualismo”, una lectura crítica más bien denunciará en sus redactores el fundamentalismo teológico y el pesimismo antropológico.

Se puede hacer esta crítica al documento episcopal desde la aceptación de sus valores y principios, compatible con la discrepancia leal y el disentir responsable ante sus conclusiones. De acuerdo en la defensa de la vida y la dignidad humana. Pero hacen un flaco favor a esa defensa las exageraciones retóricas que ven la procreación asistida o la anticoncepción como si fueran algo que “degrada los actos de amor verdadero” (n.62)

Esta especie de daltonismo ético, que solamente conoce semáforos en rojo, unido a la retórica pesimista que sólo ve en la actualidad la “mentalidad hedonista propia de la cultura de la muerte” (n.64) hace daño a los debates de ética cívica, a la sociedad y a la misma iglesia.

Claro está que el daltonismo no afecta sólo a quien todo lo ve rojo. El extremo opuesto sería el de quienes dan luz verde a todo sin condiciones. Por eso están en un atolladero sin salida los debates sobre la manipulación de embriones pre-implantatorios. El diálogo bioético cede el paso a la descalificación ideológica que convierte el tema en cuestión política o religiosa. Hay que aclarar: son temas científicos y éticos. Estar a favor por razones políticas o en contra por motivos religiosos hace imposible un debate social serio, científico y ético, sin crispación.

Pero la teología católica no se puede identificar exclusivamente con un sector, a la vez timorato y beligerante, de la jerarquía eclesiástica de un país que, con talante condenatorio, daña a la misma moral que presume defender y crea una atmósfera anómala en la iglesia y en la sociedad. Un ejemplo de otro talante es la reciente entrevista del Cardenal Martini y el doctor Marino.

La teóloga Lisa S. Cahill, favorable a la investigación, señala los problemas sociales implicados en estos debates: por polarizarse en el estatuto del embrión, se olvidan cuestiones de justicia; por ejemplo, la situación de las mujeres donantes de óvulos o las prisas empresariales por comercializar los resultados.

¿Cómo evitar el daltonismo ético, que sólo ve semáforos en rojo y el daltonismo de sentido contrario, que da luz verde a la ausencia de ética? Mediante el criterio de la gratitud responsable. La vida es don y tarea. Gratitud ante el don de la vida y responsabilidad ante la tarea de cuidarla: tal es el meollo de una ética de la vida. ¿Cómo reacciona esa ética ante los avances biotecnológicos? Lo expresan cinco verbos emblemáticos: admirar, agradecer, mejorar, curar y proteger.

1) La ética admira, junto con la ciencia, el conocimiento de la vida, dispuesta a dejarse sorprender por la realidad y modificar sus paradigmas para interpretarla.

2) La ética agradece los descubrimientos que ayudan a manejar la realidad para beneficio de los vivientes.

3) La ética se siente responsable de investigar y aplicar los resultados para cuidar de la vida, promoverla y mejorarla: tomar las riendas de ciencia y técnica al servicio de la vida, para que ésta “dé de sí, lo mejor de sí misma” (Zubiri).

4) La ética se siente responsable de intervenir para aprovechar recursos biológicos e incrementar posibilidades terapéuticas para bien de los pacientes actuales y futuros.

Hasta aquí, cuatro puntos positivos: luz verde. Añadamos un último punto realista: semáforo amarillo.

5) La ética se siente responsable de proteger a los vivientes frente a cualquier desviación en el uso de las tecnologías, que pudiera arriesgar el bien común humano o la armonía de los ecosistemas

Esta ética no pone semáforo rojo a los avances de la ciencia. Tampoco se pasa por el extremo opuesto. Ni sólo freno, ni sólo acelerador, sino manejo del volante y cambio de marcha, al avanzar unidas ciencia y ética. Nada de línea roja, sino luz verde y, llegado el momento, color amarillo y prudencia para no pasarse. Así evitaríamos el daltonismo ético. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> * Extracto de la Conferencia sobre malentendidos en bioética, pronunciada en el Centro Pigantelli, de los jesuitas, en Zaragoza, el 3 de mayo de 2006

fronteras creadas

fronteras creadas

¿QUIÉN CREÓ LAS FRONTERAS?
ENCARNA GONZÁLEZ-CAMPOS, Agustina Misionera; encarweb@yahoo.es
VALLADOLID.

ECLESALIA, 12/05/06.- Busco una tierra que no tenga fronteras, donde podamos vivir los hermanos sin distinción de raza o color. Donde el pan, el trabajo, la “vida digna” sea igual para todos. Donde no prime el dinero y el bienestar por encima del ser humano.

Mi pueblo tiene recursos pero no nos beneficiamos de ellos, mi familia pasa necesidades que los del Norte no pueden entender porque nunca las han pasado.

Unas lonas por tejado y unos palos por paredes son todos mis bienes, la herencia de mis hijos... ¿he dicho herencia?...

Ni tuve herencia de mis padres ni dejaré herencia para mis hijos, la única herencia que tengo es mi propia vida, mis palabras, mi lucha constante por sacar adelante a mis hijos, el dolor continuo al sentir desde dentro la impotencia en la que me veo esclavizado.

¿Cuál es la tierra prometida? No sé dónde está esa tierra, pero sí sé que la que estoy pisando no lo es porque la tierra que me ha visto crecer a base de esfuerzo y sufrimiento es la que hoy me invita a abandonar, a buscar otras tierras…

Maderos, lonetas, unos cuantos víveres y mi piel como única hipoteca me esperan en la orilla en busca de un mundo mejor que me ayude a encontrarme en lo más profundo de mí mismo para proyectarme y desarrollar aquello para lo que más cualificado estoy.

Me han hablado de un archipiélago canario en el que es posible vivir dignamente, donde el trabajo no falta porque si allí hay escasez en la península no falta trabajo para nadie.

¡Es mi oportunidad! ¡La oportunidad de mi familia!

Me lanzo en la oscuridad de la noche animado por un conocido al que he pagado lo poco que tenía para comer pero ¡el bien será mayor! Me acompañan 300 hermanos para los que el riesgo del mar está por encima de lo que vamos a alcanzar y… en caso de no alcanzarlo “poco tenemos que perder pues la vida ya la hemos dado”.

Frío, soledad, miedo, incertidumbre, hambre, sed y nerviosismo se van apoderando de mí. Pasa una noche, y otra, y otra… nuestras fuerzas desfallecen… Deseo ver ese trozo de tierra que me indique que ya estoy en mi destino… pero ¡tarda tanto en llegar!

Las penurias del trayecto suponen para mí el primer aviso de engaño, y la parada ante la costa esperando un nuevo anochecer hacer sospechar en mí lo que ya casi era certeza: “Mi tierra prometida está ahí pero ¿me dejarán pisarla?”

No tengo fuerza para nada, mis músculos no responden, mi visión falla… Entre sombras me parece vislumbrar un grupo de policías que nos sacan de la patera, voluntarios de Cruz Roja que nos abrigan con mantas.

Me tumbo, de nuevo me incorporo para arrodillarme con las pocas fuerzas que me quedan implorando clemencia, misericordia, piedad, compasión…

Pero ¡la ley es la ley! y me he convertido en un ilegal sin papeles. No conozco a nadie en este país, no sé dónde ir, ¿a dónde acudir?... Me hablan en un idioma que no entiendo pero por los gestos sé que lo que me dicen es que me van a “repatriar”…

No me queda esperanza, ni siquiera sé si volveré a ver a mis hijos con vida. Pasados pocos días… de nuevo regreso a “mi patria”.

La que escribe este artículo cree que jamás conocerá lo que siente un ser humano cuando sube a una patera con la esperanza de un mundo mejor. En su vida todo esto queda lejos de su realidad pero se pregunta: ¿cuál es mi patria? ¿Quién creó las fronteras que dividen a los hombres y mujeres de todos los tiempos? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

complementarios

complementarios

María... Marta; oración... acción; contemplación... evangelización: eterno dilema
ETERNO DILEMA
Lc 10, 38-42
Mª PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es

ECLESALIA, 11/05/06.- Hace unos años un amigo me regaló una fotografía de un periódico en la que aparecían dos hermanas siamesas. Dos niñas, de unos seis años de edad, unidas por brazo, cadera y pierna. Las niñas, recién salidas de la piscina, estaban húmedas y el brazo que cada una tenía libre, lo cerraba sobre la otra en forma de abrazo, para quitarse mutuamente esa sensación de frío después de un baño. La foto destilaba belleza y ternura. Mi amigo escribió detrás de la fotografía una frase que sintetizaba lo que le inspiraba la escena: “Dos almas y un solo cuerpo para decirse que se quieren”.

¿Puede alguien dudar todavía, a estas alturas, que contemplación y evangelización son dos hermanas siamesas tradicionalmente heridas por los intentos de separación? La “Marta” y la “María” que cada uno llevamos dentro, viven juntas, todos los días y toda la vida. La especialización radical genera problemas y separaciones que no ayudan.

La contemplación no ha de ser entendida como aislamiento hacia dentro sino como exposición de la intimidad de cada uno a la mirada de Dios... ¡luego ya veremos qué hacer!..., recordemos que Dios siempre lleva a mirar al hermano. Y me pregunto: ¿Qué voy a llevar al hermano si no me dejo llenar por Aquél que sabe lo que conviene a mi hermano? Un momento de entendimiento en la contemplación lleva irremediable y gozosamente a la acción, a mirar al otro desde ese instante de comprensión. Eso puede darse en una misión en África, en un monasterio o en la cocina de una familia numerosa.

La acción evangelizadora no debe ser la acción particular de cada uno. No es “mi obra” sino la obra de Quien dejo que me guíe en “Su Obra”. No vale la oración como bunker, ni la acción con pinceladas de rentabilidad, productividad e hiperactividad.

No estamos hablando de contrarios sino de complementarios. Si se viven desde el radicalismo sin matices, habrá ruptura y confrontación. Si se viven desde la unidad, se generará vida. Como las siamesas de la historia no pueden vivir separadas pues se rompen.

La oración egocéntrica, desvitaliza. La acción frenética, quema. La contemplación hedonista, pudre. La evangelización “a machete”, destruye. María... el día anterior estuvo en la compra. Marta... rezó Laudes antes de preparar el desayuno.

Cuando oigo a algún sacerdote, religioso o seglar comprometido diciendo: “¡Tengo tanto que hacer... no tengo tiempo para la oración!”, confieso que me da un poco de miedo; por él, por ella y por los sujetos pasivos de su acción pastoral. Cuando veo a algún religioso o seglar con los ojos mirando al cielo y sin enterarse de lo que le ocurre al que tiene sentado al lado, también me da miedo.

Creo que la clave de la unión de los “supuestos” contrarios es el amor. En la frase que escribió mi amigo en la foto está el quid de la cuestión. El amor como nexo, lenguaje, cobijo y ternura. Exponerse ante Dios y los hermanos.

El carisma no es una especialización, es un don y, como tal, se recibe y se entrega. El don es gratuito y gratuitamente ha de darse. Quien está atento a la voz de Dios (oración) será lo suficientemente creativo en su misión (evangelización). Es muy posible que esto resulte contradictorio a los ojos de los hombres pero no en la visión de Dios.

Encontramos contemplativos en misión que dejaron su vida en ello. Es el caso de los monjes cistercienses del monasterio de Tibhirine, en Argelia (1996). El hno. Christophe anotó en su Diario (El Soplo del Don, Hno. Christophe de Tibhirine, Ed. Montecarmelo) el 3 de febrero de 1994: “En el Evangelio de hoy (Mc 6), llamas para Ti y luego envías. El envío es desapego, desgarro, aventura”.

La acción evangelizadora de aquella comunidad de monjes contemplativos consistió en permanecer en Argelia, quedarse junto a un pueblo sufriente como testigos activos de paz, silencio y oración. Su misión fue permanecer hasta la entrega de su propia vida. El don de la vida contemplativa transformado en acción a través de su opción: quedarse en el monasterio de Tibhirine junto a sus vecinos musulmanes. El claustro, en misión evangelizadora desde el silencio de lo escondido, sin renunciar al carisma donado.

Esto puede parecer un signo contradictorio, pero las separaciones las hacemos los hombres no Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


familia

familia
Teléfono: 00390671...

SE BUSCA ESPOSA PARA BENEDICTO XVI

Urge, para antes del 1 de Julio de 2006
EMMA TORRALBA, emmatorralba@yahoo.es

 

ECLESALIA, 09/05/06.- Me cuenta mi amiga Marta, valenciana de adopción, que la ciudad anda muy atareada con los preparativos del encuentro del Papa con las familias del próximo mes de julio. Que si el diseño de un altar de más de 2.000m2 con su propio microclima para proteger a los celebrantes de los rigores estivales; que si la edificación acelerada de un apartamento de 180m2 en el Palacio Arzobispal para alojar a Benedicto XVI durante los seis días de estancia; que si la construcción de habitaciones en el antiguo seminario de Moncada para acoger a los obispos invitados (más de tres mil); que si... Ante el ajetreo de Marta, surge en mi interior la voz pacífica de María preguntándose si lo urgente no nos estará distrayendo de lo importante.

Lo importante, tratándose de un encuentro con las familias, sería preguntarse por las familias de sacerdotes, obispos y Papa. Hubiese resultado extrañísimo que en el Congreso de Vida Consagrada celebrado en Roma en Noviembre de 2004, los preparativos hubiesen consistido en adaptar las estancias vaticanas con cunas supletorias, calientabiberones y cambiadores de bebé; o que las ponencias principales sobre los retos y desafíos de la vida religiosa ante el nuevo milenio las hubiesen dictado un equipo de matrimonios especialistas en teología sobre el celibato.

¿No producirá la misma extrañeza escuchar a varones célibes hablar sobre las virtudes cristianas de la familia?

Aunque falta poco tiempo para el encuentro me atrevo a proponer algunas sugerencias para superar esa disonancia entre medio y mensaje. Lo primero que habría que hacer sería invitar a Pedro, esposa, hijos y, cómo no, suegra (desde que Jesús le curó aquellas fiebres no se pierde ningún viaje de su hijo político). En lugar de actos multitudinarios se organizarían pequeños talleres como: “Conciliación de la vida episcopal y familiar”, éste lo animaría Timoteo y trataría de actualizar ese texto “curiosamente” olvidado del Nuevo Testamento en el que hace siglos se decía: “el obispo tiene que ser irreprochable, casado una sola vez, sobrio, mesurado, modesto, acogedor de huéspedes, (...) que gobierne bien su propia familia, que se haga obedecer de sus hijos con dignidad. Que si uno no sabe gobernar su propia familia, ¿cómo va a cuidar de la Iglesia de Dios?” (1 Tim 3, 1-5). La epíscopa Teodora (¡qué mal sale siempre esta mujer en los frescos!)  junto con la presbítera Leta de Tropea llevarían el taller de “Políticas sociales de apoyo a las madres trabajadoras”.

Por supuesto, no habría que construir apartamentos ni remodelar seminarios, nos alojaríamos como siempre en casa de otras familias cristianas, que a nuestros tatarabuelos los/las apóstoles  nunca les faltó sitio en casa de Prisca y Áquila o de la diaconisa Febe (Rm 16, 1-3). Para la celebración, no gastaríamos los 600.000 euros previstos para el macroaltar y la cruz luminosa de 35 metros de altura; en los talleres para los/as más pequeños/as se fabricarían guirnaldas de colores y una gran bola del mundo con papel de periódico. El dinero lo mandaríamos a las iglesias/familias más empobrecidas, para hacer escuelas en Latinoamérica, prevenir el SIDA en África o evitar la esclavitud infantil en Asia. Porque tratándose de un encuentro de familias convocado bajo la sombra del Nazareno, la cruz de tantísimas familias destrozadas por la miseria, las guerras, el hambre, la enfermedad, o la inmigración sería la principal preocupación de todas las jornadas. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Son muchas las sugerencias para el poco tiempo que queda, si Pedro, esposa, hijo y suegra no pudieran venir, siempre queda la opción de que Benedicto XVI pudiese venir acompañado por su mujer. Aunque me temo que ya vamos con retraso, me permito repetir el anuncio:

Se busca esposa para Benedicto XVI

Urge, para antes del 1 de Julio de 2006.

Teléfono: 00390671... 

sin tumba

sin tumba

UN MUERTO SIN TUMBA

XABIER PIKAZA

BURGOS.

ECLESALIA, 08/05/06.- La pasada Semana Santa asistí en la plaza de toros de Lerma, a la ceremonia impresionante del Via-Crucis vivo, que termina con un fuerte foco de luz iluminado una inmensa rueda blanca de tumba, que ha rodado sobre los cadáveres de Jesús y de los dos ladrones, enterrados con él. La voz del narrador nos despidió en la fría noche castellana, diciendo que no está allí, que no están allí los crucificados y enterrados muy de prisa por la autoridad, para evitar que la oscuridad cayera sobre unos cuerpos colgados del madero, extendiendo la maldición sobre una tierra que se apresuraba a celebrar la Pascua. De esa forma quisieron tapar y cerrar para siempre la vida de los crucificados, pero no pudieron. En ese contexto recordé que gran parte de las religiones han sido formas de sacralizar a los muertos, para impedirles que vivan. Solemos echar sobre los muertos una losa, les encerramos bien, para que no salgan, para que así que los quedamos podamos seguir viviendo, como si nada hubiera pasado, hasta que al final nos entierren también a nosotros o nos quemen en un horno, para que todos muramos y continúa sólo la historia de violencia asesina sobre el mundo. Pero Jesús y los que han muerto con él no han terminado así: no pudieron arrojarles a una tumba, para que no salieran, sino que ellos viven, como indicaré evocando algunos rasgos sorprendentes y gozosos de la tradición cristiana. Lo que ofrezco es sólo una meditación, no un “dogma de fe”; es una reflexión gozosa, no una imposición teológica. Otros cristianos verán las cosas de manera diferente. Yo las veo así, así me sirven, con gran parte de la exégesis actual. No quiero criticar otras posturas, sino sólo confesar aquella que, a mi juicio, resulta más coherente, más acorde a los datos exegéticos y al evangelio de Jesús, que es anuncio de Vida, no resignación de muerte. Por eso, en contra de lo que algunos pudieran pensar, no niego la resurrección de Jesús, sino que intento situarla mejor, en su lugar histórico, desde la fosa común donde son arrojados los crucificados de la historia humana, para afirmar de esa manera la fe del evangelio.
1. Jesús, un Mesías sin tumba. Para sus primeros seguidores, Jesús fue un muerto sin tumba; su memoria no estuvo vinculada a un monumento donde se guardaron y veneraron por siglos sus huesos, como sucede en tantos monumentos que llenan el duro valle de Josafat (o de la Gehenna), junto a Jerusalén. En ese sentido, los cristianos comienzan su andadura de fe con un «menos» (no tienen ni siquiera el consuelo de la tumba). Pero ese menos se ha trasformado en un gran «más»: no tienen una tumba de Jesús porque «le tienen a él todo entero», animándoles a retomar el camino del Reino. Desde ese fondo pueden entenderse algunos textos centrales de los evangelios en los que Jesús había condenado la religión de los sepultureros aprovechados: «Deja que los muertos entierren a los muertos...» (Lc 9, 59-60; cf. Mt 8, 21-22). «Ay de vosotros que edificáis los sepulcros de los profetas…» (Lc 11, 47-48; cf. Mt 23, 29-32). Jesús, que protestaba contra los constructores violentos de tumbas, no ha comprado en Jerusalén una parcela donde pudieran enterrarle, ni ha podido desear que le construyan una tumba. No ha muerto para dejar un monumento glorioso, sino para seguir viviendo en los pobres que mueren y esperan el Reino de Dios.
2. La religión de los sepulcros blanqueados. Como acabo de indicar, Jesús criticó la religión de los «sepulcros blanqueados» (Mt 23, 27), propia de aquellos que elevan tumbas hermosas a los asesinados (religión de muerte) para seguir siendo asesinos (religión que mata). Los que edifican sepulcros suponen que están honrando la memoria de los muertos, pero hacen algo muy distinto: en el fondo quieren enterrar mejor a los asesinados, aprovechando su memoria para seguir imponiendo su violencia (es decir, para matar a los profetas del presente). El evangelio de Mateo ha insistido en el tema, aplicándolo a los escribas y fariseos (que no son simple judíos, que pueden querer ser cristianos): «Con esto dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Vosotros, pues, colmad la medida de vuestros padres!» (Mt 23, 31-32). Al construir los monumentos de los mártires, diciendo que quieren distanciarse de sus padres asesinos (que mataron a los profetas), los hijos de los asesinos siguen aprobando la violencia de los padres viviendo de ella. Necesitamos matar para así mantenernos nosotros. En ese sentido, nuestra misma estructura social viene a mostrarse como culto a la muerte. Primero matamos y después (al mismo tiempo) divinizamos o sacralizamos a los muertos, para así justificarnos. Caminamos sobre los cadáveres de los que matamos y enterramos. Así dijo Jesús, por eso le mataron.
3. No tuvo sepultura honrada. El «santo» entierro. La tradición más antigua es muy sobria y sólo dice que Jesús «fue enterrado» (1 Cor 15, 4), afirmando así que murió del todo (no puro revivir, como algunos han dicho, para marcharse a cualquier Cachemira de Bronx o de Vallecas). Algunos cristianos posteriores han querido saber dónde se hallaba su tumba, suponiendo que debía ser «honorable», como aquellas que se hacían construir los hombres ricos de Jerusalén. Pero, en contra de esa posibilidad (de que Jesús tuviera una tumba honorable) se viene elevando desde antiguo un argumento muy sólido: los romanos solían dejar que los ajusticiados públicos quedaran sobre el patíbulo, para escarmiento público, o los arrojaban a una fosa común donde se consumían, sin cultos funerarios, también para escarmiento de otros posibles malhechores. Teniendo eso en cuenta, son muchos los que afirman que Jesús no fue enterrado con honor, sino arrojado por los verdugos romanos a una tumba común, un pudridero para condenados, al que ningún hombre puro podía acercarse. De todas formas, conforme a la tradición de los evangelios, resulta más probable que le enterraran “los judíos”, es decir, las autoridades israelitas de Jerusalén, que pidieron a Pilato los cuerpos de los ajusticiados, pues, si no se enterraban, pasando al raso la noche, esos cuerpos manchaban la tierra y corrompían la ciudad, sobre todo en un tiempo de fiesta como Pascua (Jn 19, 31-37; cf. Dt 21, 22-23). Parece que Hech 13, 29 nos sitúa en esa misma línea, cuando afirma que «los judíos bajaron a Jesús de la cruz y lo enterraron». Habrían sido ellos, los judíos, los que enterraron a Jesús, con permiso de Pilatos (o de los romanos), por razones de pureza ritual. Fue de verdad un “santo entierro”: le bajaron de la cruz y le pusieron bajo tierra los mismos verdugos, para que todo pudiera seguir su curso, como si nada hubiera pasado.
4. Críticamente, analizando bien los textos, se pueden trazar tres posibilidades, y las tres encuentran defensores entre los científicos actuales, cristianos o no cristianos: (a) Los judíos pidieron a Pilatos que bajara de la cruz a los tres ajusticiados, pero fueron los mismos romanos quienes los enterraron, en alguna fosa común o sumidero para condenados, allá al lado, en algún hueco de la cantera abandonada de la crucifixión (bien analizada por los arqueólogos), llamada Gólgota o Lugar de Calavera (cf. Mc 15, 22; Lc 23, 33). (b) Los judíos pidieron los cadáveres y ellos mismos los enterraron con prisa, antes que llegara el sábado pascual, sin unción ni ceremonia funerarias, en una fosa común de ajusticiados e impuros, no en el Gólgota, sino al otro lado, quizá en el valle de la Gehenna (lugar asociado al infierno). En este caso, lo mismo que en el anterior, los discípulos (las mujeres) podrían haber mirado de lejos el “santo entierro”, pero no les dejaron participar, ni pudieron después separar el cadáver de Jesús de los otros cadáveres, de manera que se quedaron «sin cuerpo». (c) Pero tampoco se puede descartar la posibilidad de que Jesús tuviera una tumba “noble”, propia de José de Arimatea, un “judío bueno”, que le enterró en un sepulcro «puro», excavado en la roca, mientras las mujeres amigas miraban de lejos, sin poder acercarse. Los cristianos tuvieron que reconocer siempre que ellos no habían enterrado a Jesús: ¡No tenían autoridad para ello! Pero han podido decir que le enterró un buen judío y que ellos (las mujeres) pudieron, al menos, mirar desde lejos. Más aún, en este caso, los cristianos podían decir que el sepulcro de Jesús fue el sepulcro limpio y puro, de un hombre muy rico (pues sólo los muy ricos tenían un sepulcro así en Jerusalén). Pero, en este caso, además de la improbabilidad histórica de un sepulcro rico como el de José de Arimatea, se plantean muchas preguntas. ¿Por qué sería «puro» un sepulcro nuevo y limpio, exclusivo para Jesús, mientras que una fosa común sería «impuro»?. Evangélicamente, mirada desde el evangelio y la cruz, es más pura una fosa común (¡el pudridero de los rechazados!) que el sepulcro de los ricos. Personalmente, pienso que una tumba rica para un Jesús pobre, ajusticiado como él fue, resulta al menos muy problemática (por no decir casi contradictoria). Es más coherente pensar, desde el punto de vista histórico y teológico, que Jesús murió y fe enterrado con los pobres de la historia, en la línea de Is 53, 9: «fue con los impíos su sepultura».
5. No le encontraron en la tumba. Sea como fuere, a Jesús no le encontraron en la tumba, sea porque no se le podía separar de los otros cadáveres (hipótesis de la fosa común) o porque el sepulcro donde presumiblemente le había colocado el rico José de Arimatea se encontró vacío, por la causa que fuere. En un caso o en otro, las mujeres amigas, los amigos verdaderos (los discípulos) no pudieron encontrar el cadáver de Jesús, no pudieron embalsamarle y enterrarle con honores, para volver allí cada semana, cada año a celebrar su aniversario de muerte. Pues bien, Jesús acabó sin tumba propia, pero murió con amigos, quizá escondidos al principio, muy visibles luego. Los primeros cristianos fueron un grupo de amigos sin cadáver, de enterradores sin entierro, de lamentadores sin cuerpo presente ante quien lamentarse. Vuelvo al tema de la tumba. La exégesis de los textos evangélicos no nos ofrece más datos, de manera que cada uno puede interpretarlos según su sentimiento. Personalmente, me siento mucho más cerca de la tradición de un entierro de judíos o romanos: pienso que unos u otros (¿unos y otros?) echaron el cadáver de Jesús en una fosa común, con los otros dos ajusticiados, una fosa donde estaba ya pudriéndose otros muchos expulsados de la vida, muertos sin honra, cuerpos sin bendiciones funerarias, sin monumentos gloriosos, como aquellos que Jesús condenó cuando entraba en Jerusalén y que aún hoy pueden verse en la parte baja del valle de Josafat, esperando orgullosamente la resurrección final.
6. Jesús bajó al infierno… por su misma muerte. No le enterraron con gloria, al toque de trompeta, elevando sobre su cadáver una pirámide de honores o excavando para él un hipogeo de grandeza. No tuvo un funeral con jefes de estado y sacerdotes, con filas inmensas de de seguidores. Al contrario, los seguidores estaban en gran parte escondidos, las mujeres amigas sólo podían mirar de lejos… Le enterraron rápido, muy rápido, por puro oficio, los sepultureros oficiales, judíos o romanos, con ganas de acabar muy pronto, antes de que llegara la noche, casi a escondidas, por puro oficio, unos soldados romanos o los criados de los sacerdotes. La vida histórica de Jesús acabó donde tenía que acabar: en la tumba común de los asesinados de la historia humana, al lado de los miles de expulsados, en la fosa común, de los que mueren y son expulsados, arrojados, aplastados, sin honor, en cualquier cuneta o pudridero de la humanidad triunfante. Allí quisieron echarlo, allí lo echaron con los otros dos crucificados (quizá con la ayuda de un hombre bueno, llamado José de Arimatea), para que los otros (¡los judíos y romanos triunfadores, nosotros!) pudiéramos seguir celebrando la vida orgullosa de una Pascua dedicada al Dios de la victoria de los «buenos». Pues bien, de esa manera, Jesús bajó al infierno de la historia humana, a través de la fosa común, para dar vida a los muertos, según confiesa estremecida la tradición cristiana (el credo romano).
7. Lógicamente, no pudieron encontrar su cuerpo. ¿Cómo separar el cuerpo de Jesús de los otros cuerpos de los ajusticiados? ¿Cómo distinguir su carne rota de carne rota y de los huesos duros de los miles y miles de hombres y mujeres arrojados a la fosa común de una historia que expulsa a los muertos incómodos? Por eso, las mujeres de Mc 16, 1-8 pudieron mirar hacia su sepultura (hacia la fosa donde estaba su cadáver), pero encontrar su cuerpo, ni embalsamarlo con honor, ni llevarlo a casa, como quiso en locura de amor María Magdalena (Jn 20). No pudiera hacerlo simplemente porque era imposible hacerlo. Pero pronto descubrieron que la razón era mucho más profunda, una razón de Dios, razón de Vida y Pascua: No podían encontrarle porque “no estaba allí”, porque se encontraba vivo, en la Vida del menaje que había proclamado, en la más intensa travesía del camino del Reino que había iniciado y sembrado en la tierra: ¡Si el grano de trigo no muere…! (Jn 12, 24). De esa forma, lo que podía ser suprema maldición (¡la maldición de morir sin tener un buen entierro, de pudrirte sin tener una honrada sepultura!) vino a presentarse como bendición suprema, revelación del Dios de Jesucristo, en la línea de todo el evangelio ¿Cómo vas a encontrar el grano de trigo y guardarlo en una especie de vitrina, para que todos lo vean, si es que ya no existe separado, si es que se ha hecho espiga inmensa que se abre como pan para todos los pobres de la tierra? Jesús había penetrado ya en el abismo de la muerte, pero no para quedar allí. Por eso, no se le pudo enterrar en un glorioso sepulcro de mártir (como el de Mahoma en Medina, como el de los apóstoles en Roma, como el de Lenin en Moscú), pues su muerte se había trasformado en Vida para todos y en ellos (en nosotros) vivía y sigue viviendo. Y por eso el ángel de la pascua les dijo a las mujeres, en palabra de fe que nosotros seguimos escuchando: «No está aquí, id a Galilea, es decir, al camino de su vida….Allí le encontraréis, con aquellos y en aquellos que aceptan su historia» (cf. Mt 16, 7-8).
8. Dios trasforma la muerte del justo en victoria de Vida. Desde ese fondo puede leerse el relato simbólico de Mt 28, 1-4 que evoca la acción escatológica de Dios, que ha empezado a romper las tumbas de la vieja historia de muerte, para ofrecer de esa manera una esperanza a los crucificados y muertos de la historia (cf. Mt 27, 51-53). Es muy difícil asegurar lo qué pasó físicamente con su cadáver, pero, según la tradición que hemos evocado, Jesús «bajó a los infiernos», entró hasta el fin en el reino de la podredumbre y muerte, para iniciar desde allí un camino de pascua (cf. 1 Pedro 3, 18-22). Histórica y teológicamente, lo que importa no es una desaparición físico-biológica de su cadáver, sino la experiencia de vida y presencia de Jesús entre sus seguidores. Por eso, cuando los textos evangélicos (a partir de Marcos 15, 42-16, 8) hablan de una tumba honorable del Mesías, no están hablando de un hecho físico, sino de un misterio de fe: Dios mismo ha recogido a Jesús desde el abismo de la muerte, en la que ha penetrado, siendo enterrado con los crucificados y expulsados de la historia. El santo entierro de Jesús es el entierro de los muertos sin nombre, arrojados día a día al pudridero de las cunetas de la historia. La santa tumba de Jesús es “la muerte que se convierte en principio de vida”. Jesús está allí donde quisieron enterrarle rápidamente, para que su cuerpo no contaminara la tierra en un tiempo de Pascua. Por eso, los cristianos no somos guardianes de un sepulcro, sino mensajeros de la tumba vacía, que es semillero de Vida. Somos testigos de la Vida de Dios que resucita a los crucificados de la historia humana. Desde ese fondo, aunque tuviéramos la certeza de que a Jesús le enterraron en una tumba honorable, que apareció después vacía (sin que se pueda encontrar la causa de ello), deberíamos añadir que ese dato físico resulta secundario e incluso molesto para el evangelio de la Cruz cristiana. El recuerdo de Jesús no está vinculado a una tumba venerable, como la del Rey David, sepultado con honor y gloria en Jerusalén (cf. Hech 2, 29), ni a un espíritu-fantasma, que actúa a través de otros personajes, que reciben su poder y pueden realizar así prodigios (como piensa Herodes, refiriéndose al Bautista; cf. Mc 6, 14-16). El recuerdo de Jesús se identifica con la vida de sus discípulos que expanden su evangelio, y con la vida de los pobres de la tierra, que siguen siendo arrojados y expulsados a sepulcros sin honor ni gloria, asesinados por el mismo sistema de poder que asesinó y arrojó a Jesús a una tumba infame.
9. Conclusiones. Sentido histórico y teológico. Desde ese fondo se entienden, a mi juicio, los bellísimos relatos de los evangelios sobre la tumba vacía, que la Iglesia ha transmitido no como prueba histórica de la resurrección, sino como signo de la fe pascual, que ella confiesa, porque los cristianos “han visto a Jesús resucitado”. Lógicamente, esos textos poseen más valor simbólico que puramente físico. Por eso, en un plano de historia física (saber lo que pasó) y de biología (saber cómo se descompuso o desmaterializó el cadáver de Jesús) debemos tener mucha sobriedad, pues resulta difícil alcanzar conclusiones «científicas». Con los medios de la exégesis, parece difícil afirmar que Jesús tuvo un entierro honorable y que su tumba (propiedad de un rico y famoso judío) se encontró después vacía, sin que humanamente se pudiera saber lo que pasó. Ciertamente, pudo haber una tumba rica, que después se halló vacía. Pero, a mi juicio, es más probable que fuera enterrado como un ajusticiado político peligroso y que ninguno de los suyos pudiera llegar hasta su tumba (que era maldita, quizá protegida por una prohibición), distinguiendo su cadáver, para separarlo y honrarlo, dejando allí a su suerte a los demás crucificados o ajusticiados, que se iban consumiendo sin honor. ¡No, Jesús nunca abandonaría a los demás ajusticiados, pues quiso compartir con ellos su suerte para siempre! De todas formas, en uno u otro caso, tuviera tumba propia o no la tuviera, Jesús ha sido y sigue siendo para la iglesia un muerto sin tumba, un muerto que funda con su Vida la vida de la Historia. Por eso, hubiera tumba noble o no la hubiera, los cristianos tienen que abandonarla: Jesús no está allí, no es un cuerpo para monumentos, no es una momia santa, incorrupta o corrompida, sobre la que se pueden edificar grandes pirámides o basílicas, para enterrar así la llama de su vida. Jesús es un muerto que está Vivo, un muerto que ha empezado a resucitar en la fe de sus discípulos, en la vida de los hombres y mujeres que le aceptan, con todos los que han muerto y han sido sepultados como él en la fosa común de la historia. Pero no está vivo sólo en la fe de sus seguidores: está vivo en Dios, en el Dios que resucita a los muertos (cf. Rom 4, 23), en el Dios que ha revelado por él y en él la nueva historia de la Vida. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). 

reino de jesús

reino de jesús
EL REINO (1)
¡Hagamos tu Reino, Señor!
JOSÉ VIDAL TEJERO,  jvidalt@able.es
ZARAGOZA.

 ECLESALIA, 04/05/06.- La pregunta quizás sea el saber cual es el reino que tenemos que hacer, porque a lo largo de la historia cuantos no ha habido que con la excusa de construir ese reino han esclavizado, oprimido y matado sin compasión a sus hermanos disidentes, pero no nos engañemos esa gente no estaban construyendo el Reino, estaban construyendo su reino.
Jesús nos transmitió unos principios que son la base para poder hablar del Reino, y solo teniéndolas presente es como podemos diferenciar si estamos hablando del Reino de Jesús o de otro reino.
Pero hablar del Reino no es posible con nuestro idioma, es un idioma racional y el Reino traspasa los limites de la racionalidad, nuestro idioma es concreto y el Reino es como un gran sueño, por eso para tener alguna idea del Reino, tenemos que abrir nuestra mente y empezar a soñar; pero no puede ser un sueño que nos evada de la realidad, sino que sea capaz de transcenderla, no puede ser un sueño que nos cree ilusión, sino que nos haga ver el sentido y ser de nuestra vida. Pienso que no es posible captar las claves del Reino si no somos capaces de soñar.
Jesús para hablarnos del Reino, siendo consciente de las limitaciones del idioma, para describirlo empleo la formula ideal: las parábolas, que vienen a ser como grandes sueños, pero ahí están dándonos las claves para entender el Reino.
En una parábola Jesús nos transmitió, que el Padre no iba a intervenir durante el proceso de construcción del Reino, “No sea que al querer arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. Dejad que ambas crezcan juntas hasta la siega”, Mt. 13, 29-30.
En otra nos dice que el Padre nos está esperando con los brazos abiertos a cualquier proceso que iniciemos de arrepentimiento y conversión, pero que tenemos que ser nosotros los que reconozcamos que nuestro sitio está con el Padre, “¡Cuantos jornaleros de mi Padre tienen pan en abundancia y yo aquí pasando hambre!” Lc. 15, 17.
Hay una parábola que nos dice que no tenemos la primicia del Reino, es mas que a lo mejor nos lo “creemos demasiado” y nos podemos quedar en la calle. “Id, pues a las salidas de los caminos, y a cuantos encontréis , llamadlos a la boda” Mt. 2,9.
Pero hay una parábola en la que nos describe el Reino con mucha nitidez, dando a todos lo mismo, un denario, sin tener en cuenta el tiempo trabajado, pues en el Reino no habrá privilegiados, ni lideres, ni nadie que reciba o tenga mas que otro. “Dijo a su administrador: Llama a los obreros y dales su salario, desde los últimos hasta los primeros, .... Y a todos les dio un denario” Mt. 20, 8-13
 El Reino no se nos va a dar hecho, sino que tenemos que realizarlo nosotros con nuestro trabajo cotidiano. “La mies es mucha y pocos los obreros” Lc. 10, 2; también con nuestro ejemplo de vida. “Alababan a Dios, y todo el mundo los estimaba. El Señor iba incorporando a la comunidad cuantos se iban salvando” Hch. 2, 47.
Hay momentos, en los que a nosotros nos parecen negativos, pero realmente muchas veces es en esos momentos en los que el Reino se está construyendo, es que la prisa del Padre no coincide con nuestra prisa, y los caminos que emplea generalmente son torcidos, otras veces nuestro trabajo, por pequeño nos parece inapreciable, pero de su pequeñez se hace el Reino en plenitud.” Un grano de mostaza que toma uno y lo siembra en su campo; y con ser la más pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas”. Mt, 31-32
También nosotros definimos al compromiso de lucha por la justicia como una forma de construir el Reino, pero eso no es el Reino, en todo caso sería un estado previo, necesario, pero no definitivo por lo que requiere su superación, el Reino es mucho más, es una situación que llena plenamente al hombre en todos los sentidos, y en el que la justicia no es una necesidad, porque se ha superado la injusticia. “Habitará el lobo con el cordero y el leopardo se acostará con el cabrito y comerán juntos el becerro y el león” Is. 11, 6.
Y es que el Reino no es un estado para después de la muerte y que está en no sé que lugar, el Reino somos nosotros y nuestra misión es desarrollarlo aquí. “Ni podrá decirse: Helo aquí o allí, porque el Reino de Dios está dentro de vosotros”, Lc. 17, 21. La esperanza que nos tiene que mover es que habrá un día en que el hombre lo hará posible, que aunque a nuestra generación no va a verlo hecho realidad, si que nuestro trabajo y nuestro convencimiento pueden dejar el poso suficiente para que se vaya gestando y cuando se desarrolle plenamente todos los que lo hemos precedido, también participaremos de Él.
Es posible que nos preguntemos que para cuando será, que nuestra impaciencia nos abrume, pero hay que tener en cuenta que para que el Reino sea realidad es necesario que soñemos, que nuestra imaginación se convenza de que es posible, es mas, de queVA A SER POSIBLE UN DIA. Jesús en relación o la proximidad o lejanía del momento en que sea realidad el Reino dijo: “Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no sabéis discernir las señales de los tiempos” Mt. 16-3.
Teniendo en cuenta todo esto levanto la vista y veo los signos de mi tiempo, veo un mundo en el que unos pocos tienen mucho y muchos tienen poco o nada y que esto provoca tensión, que las guerras son cada vez con medios mas sofisticados, que estamos contaminando y destruyendo la naturaleza que... y entonces digo, esto se parece a:
Mirad (Para entender esta parábola, cambiar la palabra habitación por renta per capita):
Un Señor que se tenía que marchar de viaje, pidió a sus súbditos que eligieran a sus representantes, para que repartieran su hacienda, una vez elegidos estos el Señor se marchó dejando su hacienda para que fuese repartido entre todos, consistía en una gran mansión en la que había una habitación para cada uno, solamente una, pero para todos había una.
Una vez solos estos representantes decidieron que como forma de mantener el poder, elegir las mejores y el mayor número posible de habitaciones.
Después y como forma de protección decidieron el elegir a las personas mas afines a los que les dieron un numero variable de habitaciones según su grado de fidelidad.
A continuación dieron a aquellos que no ponían problemas al sistema una habitación a cada uno hasta que se acabaron estas, y prometieron tanto a estos como a los anteriores que según su fidelidad y tal y como fueran quedando libres habitaciones tendrían la posibilidad de ir accediendo a más.
Después y de la gran multitud que se había quedado sin habitación eligieron a un gran grupo que estimaron poco conflictivo y les dejaron aposentarse en el establo, eso si también les prometieron que según fueran adquiriendo méritos tendrían la posibilidad de ir logrando habitaciones.
Y al resto lo echaron a la calle.
Sucedió que con el tiempo hubo personas que iban cayendo en desgracia con el sistema, y entonces las habitaciones que tenían se las quitaban, una parte se la quedaban los administradores y el resto lo iban adjudicando a los mas afines, dando la posibilidad a algunos que no tenían el ir pasando al grupo de los que ya disfrutaban de ellas.
Viendo la injusticia que imperaba se formaron asociaciones que no pertenecían al gobierno que reclamaban un reparto mas justo, (todos los miembros de estas asociaciones tenían una o varias habitaciones) pero debido a la presión que ejercían y de las habitaciones que quedaban libres, conseguían que alguna fuera a parar a aquellos que no tenían nada, a los que estaban en la calle.
Pero con el tiempo sucedió que como los que más tenían se iban quedando con mas, cada vez era más numeroso el número de personas que estaba en los establos o en la calle.
También entre los administradores había sus diferencias, pues alguno de ellos era tal su avaricia que destacaba con relación a los otros en él numero de habitaciones y eso dio lugar a enfrentamientos entre ellos.
La presión de los que nada tenían cada vez era mayor, por su numero y por que cada vez se mostraban mas críticos con el sistema.
 Y sucedió que entre las diferencias entre los administradores y la presión de los mas desfavorecidos provocó el enfrentamiento entre ellos lo cual dio lugar a la destrucción de la mansión, quedando todo en ruinas.

Cuando volvió el Señor y vió toda su posesión destruida, otros de se dijo: esta generación ha elegido mal y eso ha provocado el caos y la destrucción, construiré una nueva ciudad y daré la oportunidad a otra generación para ver si eligen con justicia a sus administradores y que estos sean capaces de organizar un reparto ecuánime.

Y es que aunque generación tras generación, lo que se ha hecho es el NO REINO, siempre se queda un resquicio para la esperanza, porque el Reino no es solo la misión en nuestra vida, también es nuestro destino. Jesús en cierta ocasión dijo: “EL cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” Mt. 24-35. Todo esto tiene como conclusión de que el hombre en esta etapa de la vida solo tiene dos opciones, o participar en un mundo en el que la opresión y la injusticia se dan debido a las diferencias entre los hombres o construir el Reino de Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

otra Europa

otra Europa

seguimos teniendo problemas con el envío de ecleSALia por correo electrónico...
Paz y bien

.


¿OTRA EUROPA ES POSIBLE?
JOSE MARIA GARCIA-MAURIÑO, Cristianos por el Socialismo

ECLESALIA, 20/04/06.- No es una pregunta retórica. Es una seria duda. Tal y como están las cosas no creemos que se pueda construir otra Europa que no esté sometida a los dictámenes del capitalismo. No estamos de acuerdo con la Europa del Capital y de la Guerra. En el Referéndum español de febrero de 2005, unos pocos votamos en contra del Tratado Constitucional (TC) y después nos dieron la razón los franceses y los holandeses. La construcción de Europa es algo muy complejo, pero irá siempre por otros derroteros que los del actual TC. No estamos de acuerdo con la orientación político-militar que se está llevando a cabo. Quedan muchos Estados por ratificar el TC. Y en el futuro, no se va a someter nada a referéndum. Tienen miedo a que se repita el NO a su proyecto, a que aparezca la realidad social de una Europa de 109 millones de pobres, de 32 millones de parados y 8 millones de inmigrantes sin papeles. Para gobernar Europa se intentará imponer lo que resulte del nuevo texto de forma autoritaria o someterse sólo a la aprobación parlamentaria. Ya sabemos que todos los Parlamentos europeos son conservadores.

Si buscamos “Otra Europa” no es posible que vaya por la vía de las reformas, luchamos por una reestructuración radical, revolucionaria, de grandes transformaciones. O nos quedaremos sin eso que llaman Unión Europea (UE). Hay muchas fuerzas de resistencia que se oponen a ese proyecto neoliberal. Es un proyecto propio de las élites financieras, económico y políticas que quieren seguir desarrollando un capitalismo global puro y duro No solamente la izquierda institucional que parece preferir “retoques” a la orientación neoliberal, sino también la izquierda radical que propone una refundación del proyecto europeo. Nos oponemos a esas privatizaciones de los servicios públicos, que es lo que quiere la Directiva Bolkestein, y esos sectores controlados por el Estado como las pensiones, la sanidad o la educación Todo está englobado por un denominador común que es el Mercado Único. El que manda en la UE es el Mercado.

Después del levantamiento de la ciudadanía franco-holandesa, es la hora de replantearse una cierta reconstrucción: qué queremos hacer con esta Europa. La construcción europea es un problema enormemente complejo que no pretendemos abordar aquí. Pero, ahí están las fuerzas de resistencia de la clase obrera y estudiantil en Francia y en varios países de la UE. La lucha de clases no ha terminado, no ha hecho más que empezar.

¿Hay esperanzas de poder reconstruir esta Europa tan debilitada, tan dividida a causa de este capitalismo que la atraviesa toda entera? Para reconstruir hay que de-construir. Porque lo que se ha construido hasta ahora se asemeja a un Monstruo: una federación técnico-económica-jurídica fuera del alcance de los ciudadanos y sus preocupaciones. La construcción europea se ha identificado progresivamente con la globalización liberal, vivida como una jungla por las clases populares. Existe una gran perversidad: se ha ampliado la UE a 10 países más, en nombre de una solidaridad puramente retórica con los países del Este y de Europa Central, esperando ganar cerca de 10 millones de consumidores para el mercado. Pero, sin contar con los ciudadanos. “La voluntad del pueblo es el fundamento de la autoridad de los poderes públicos” (art. 21,3 de los Derechos Humanos). Y por otro lado, empujamos a la competencia de unos contra otros. El denominador común a los 25 es el Mercado, no es la unión política de los ciudadanos. Y este mercado común ha desembocado en la creación de una moneda única, el Euro, y de un Banco Central, sobre el que ningún gobierno ni ciudadanía tiene control alguno.

La búsqueda de esta Otra Europa es difícil porque actualmente se asemeja a un laberinto kafkiano: los ciudadanos europeos nunca lograrán llegar al final de interminables pasillos y nunca descubrirán quien ha dictado la sentencia fatal. ¿Hay alguna salida al laberinto de la Unión Europea? Ya no hay una Alemania aislada, ni una Dinamarca aislada, ni una Europa aislada. Ya no hay naciones aisladas. Estamos todos condenados a vivir y a convivir europeos y no europeos. Quien piensa sobre Europa en términos nacionales, despierta los miedos ancestrales europeos mediante una falsa alternativa: o Europa o las naciones europeas, un tercero es imposible. ¿Puede esta Europa eurocéntrica, militar y sin apenas tener en cuenta el resto del Planeta, despertar a los ciudadanos de este letargo, incluso entusiasmarles para un proyecto futuro? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

resucitado

resucitado

’EL CRUCIFICADO, HA RESUCITADO’
ÁNGEL GARCÍA-ZAMORANO
GUATEMALA

ECLESALIA, 03/04/06.- Es difícil compaginar los opuestos: crucificado-resucitado, muerte-vida, mal-bien. Más, cuando se ve y asume la crucifixión, muerte y mal de seres inocentes e indefensos, y se sufren en carne propia. A pesar de todo, este es el mensaje Pascual: “¿Buscáis a Jesús el crucificado? No está aquí. Ha resucitado” (Mc 16,6). Este mensaje que transformó hasta no ser los mismos a los primeros discípulos y discípulas, que hizo brotar en ellos alegría y encanto, esperanza e ilusión, novedad y cambio, tiene que producir la misma experiencia en nosotros, discípulos/as de otra hora y generación.

La resurrección fue precedida por la crucifixión. El “Hijo del Hombre”, es el paradigma de todos los que sufren: pobres, indefensos, excluidos, víctimas de la voracidad, el sistema y la fría e insensible estructura. Para tener experiencia del resucitado, necesitamos primero tenerla del crucificado asumiendo su impotencia, carencias y despojo; tomar conciencia de la realidad dolorosa y triste cuyo signo es la cruz. Pero no debemos quedarnos en el Crucificado, el dolor, la tristeza, la amargura.

Cuando nuestras fuerzas se extingan, cuando nos sintamos impotentes, abandonados, incluso de quienes esperábamos ayuda y apoyo, cuando suframos la traición de los más cercanos y en quienes habíamos puesto nuestra confianza, recordemos que “el crucificado ha resucitado”, el mal puede ser vencido, la muerte derrotada. Otro mundo y la Iglesia que quiso Jesús pueden ser posibles, donde el respeto, amor, comprensión, libertad, sean realidad más allá de la observancia de preceptos, de buenas y bonitas palabras e intenciones. La esperanza no es una utopía sin contenido, luchar contra el mal y la injusticia -de donde vengan-, contra los que hacen sufrir –quienes sean-, siempre hace surgir la vida.

El Resucitado nos precede: “Cuando resucite iré delante de vosotros a Galilea” (Mc14, 28). Galilea es lo cotidiano, la vida de cada día, la monotonía. Aquí, cuando no hay sólo palabras sino gestos eficaces; cuando se sienten como propios el dolor, impotencia y abandono ajenos; cuando nos unimos y trabajamos para superarlos animados por el Resucitado; cuando dejamos la comodidad para celebrar la Pascua (“paso de…a”); cuando buscamos SU causa desvelando todo lo que la oculta; cuando no nos dejamos deslumbrar por espejismos sino nos movemos por lo humano que comprende, apoyan y acompañan solidariamente a quienes se gastan y desgastan para que los crucificados tengan “vida en abundancia” (Jn 10,10), en todos estos gestos esta Él animando y fortaleciendo.

Entonces nuestra vida cristiana tiene sentido. Introduce paz en los que sufren y esperanza en los abatidos, tolerancia en unas estructuras intolerantes, entendimiento y paciencia en este tiempo de violencia interna y externa que abruma, comprensión en un sistema ciego por el egoísmo y bienestar, compañía en quienes están y se sienten solos.

Jesucristo nos ha precedido. A nosotros nos toca recoger su mensaje. La muerte ha sido vencida. “El crucificado ha resucitado”. ¡FELICES PASCUAS!