Blogia
ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

amante

amante

EL DIOS QUE ME HABLA
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 11/10/07.- Tendría aquella preciosa niña unos seis años. En apenas unos segundos saltó la valla, tropezó y rodó por el parterre inclinado del parque hasta un grueso pino. Su mamá, aterrada, corrió hasta ella, la levantó, la examinó, la consoló y secó sus lágrimas. Fue después cuando la oí decir: ¿Lo ves? ¡Dios te ha castigado por desobediente!

Me acerqué y le comenté con una sonrisa: ¡No mujer, no! Dios no castiga, somos nosotros los que cometemos imprudencias, errores, malas decisiones. Y, naturalmente, sufrimos las consecuencias. Él actúa como tú has actuado: socorre, abraza y consuela cuando, por nuestra estupidez, nos herimos.

Le conté esta historia a mi amiga Oliva, una viejita risueña y amable, terciaria franciscana de mi Parroquia, cuya piedad siempre me admira. Me respondió con esa serenidad que ella derrocha:

- Es un ejemplo más de los "falsos dioses" que todavía anidan en el consciente o subconsciente de muchos cristianos. Caretas, caricaturas, rostros deformes, con los que retorcemos o negamos el verdadero rostro del Padre.

- ¿Tú tampoco crees en los "castigos de dios", Oliva?

- ¡Desde luego que no! El dios castigador y vengativo no es el revelado por Cristo. Las consecuencias de nuestros actos son cosa nuestra porque el privilegio de la libertad individual nos hace responsables de ellos. El sol no puede castigarnos con la oscuridad. El sol, por su naturaleza, siempre brilla. Es nuestra decisión de vivir en la caverna lo que nos convierte en alimañas.

- ¡Me gusta tu metáfora! La Luz sólo puede irradiar luz, como el Amor sólo puede dar amor. Negarlo sería una contradicción metafísica, un imposible.

- Ciertamente Jairo. Por eso el infierno no puede ser una creación divina, como algunos creen todavía. El infierno es la "negación del bien" decidida por la libertad del hombre. Estamos creados para ser felices siendo y practicando el bien. Cuando nos alejamos de ese objetivo, nos hundimos en la infelicidad. Cuanto más lejos más sufrimiento. Dios no castiga,

Dios llama. Recuerda: "Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él" (Jn 3,17). Ese versículo y los siguientes son maravillosos.

- Hay quien afirma que el infierno y el purgatorio comienzan en esta vida.

- Es lo que he querido decirte. El sufrimiento progresa a medida que te alejas de la profundidad de tu ser, que es un tesoro repleto de dones, o de valores, como decís ahora. Así nos han creado, aunque haya quien lo niegue o lo ignore. Unos se dan cuenta de lo que les hace sufrir distanciarse de ese "centro de la persona" y buscan la felicidad en su interior (la búsqueda del "reino de Dios" ¿recuerdas?). Otros se aferran al exterior como a un flotador. Sólo buscan las pequeñas felicidades (comida, sexo, lujo, acción, prestigio, imagen, ciencia, poder, etc.) y se van hundiendo en un vacío vital. Tardan en descubrirlo porque huyen de sí mismos.

A pesar de todo el ser emite señales, alertas, llamadas, que la persona puede oír o desoír. Bien podemos llamarlas "la voz de la Madre Dios". A veces un accidente, un infortunio, una enfermedad… provoca que la persona se dé cuenta de su libertad errada. Algunos persisten en su error hasta la muerte. Tendrán que rectificar después y hacer una dolorosa rehabilitación: "allí será el llanto y el rechinar de dientes".

- ¿Entonces tú no temes al infierno?

- En mi niñez y juventud me aterrorizaba el infierno. Hoy temo más mis malas decisiones, el mal uso del don de la libertad, que puede desviarme de mi vocación humana a la felicidad. El infierno castigo no existe, existe la autoexclusión, el destierro voluntario, la negación del ser humano que soy. El infierno no existe como no existe la oscuridad. Llamamos oscuridad a la ausencia de luz e infierno a la ausencia de bien, de amor, de humanidad. En el evangelio se habla de "tinieblas exteriores", el lugar de la huida de nosotros mismos. Y, fíjate, es imposible caer en esas "tinieblas" cuando estamos anclados en la luz interior, es decir, en Dios mismo que nos habita y acompaña siempre, siempre...

Por eso no creo en el infierno eterno, siempre cabe el retorno. Si el infierno es la consecuencia de nuestra mala elección, siempre cabe rectificar. Ocurre sin embargo -lo podemos observar en esta vida- que cuanto más empecinado estás en un error más cuesta salir de él. Por eso necesitamos rectificar raudo, retomar el camino constantemente. El Dios que a mí me habla, el decidido buscador de la oveja perdida, no fracasará. No sé cómo pero triunfará. Esta certeza no me perjudica. Todo lo contrario, me empuja a dejarme encontrar, abrazar y cuidar por este dulce Pastor que, "aunque mi madre me olvidara, Él no me olvidaría" (Is 49,15).

- Explicado así, parece fácil y bonito. ¡Basta con administrar sabiamente la libertad y confiar!

- Sí, pero la oscuridad ambiente y nuestra propia oscuridad nos hacen cometer errores de elección. Nadie nos enseñó a discernir desde la "conciencia profunda", desde la sabiduría interior. Se enseñan normas, cuadrículas, leyes. Si no comprendemos la utilidad de esos indicadores, desconfiaremos de ellos y terminaremos olvidándolos. Si a eso añadimos tantas falsificaciones del rostro de Dios como circulan por ahí, aún entre nuestra gente, es comprensible que haya muchos que le rechacen, le abandonen, le ignoren o pretendan utilizarlo.

En el rincón de la iglesia, donde cuchicheábamos, mi anciana amiga me tomó la mano, la apretó entre las suyas y me invitó a repetir:

Mi Dios Amor… Abrázame y abre mis brazos.

Mi Dios Bondad … Empújame al bien.

Mi Dios Entrega… Envíame.

Mi Dios Felicidad… Atráeme.

Mi Dios Hermosura… Imprégname.

Mi Dios Luz… Enciéndeme.

Mi Dios Paz… Sosiégame.

Mi Dios Ternura… Suavízame.

Mi Dios Torrente… Inúndame.

Mi Dios Poder… Enséñame a confiar en mi poder recibido.

Para que Tú seas cada vez más en mí. Amén

Estas "invocaciones desde lo hondo", como ella las llamó, se me antojan un glorioso repicar de campanas, una gozosa contemplación, un auténtico oasis en nuestro polvoriento camino de vuelta al Padre. Me adhiero sin dudarlo a este Dios Amante e Inmenso. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


oportunidades

oportunidades

NUEVOS MÁRTIRES
Una oportunidad de perdón y de gracia
JUAN YZUEL SANZ, teólogo y educador
ZARAGOZA.

ECLESALIA, 09/10/07.- Este 28 de octubre van a ser beatificados 498 mártires de la persecución religiosa durante la guerra civil española.

Este hecho tiene muchas lecturas, y van a levantarse personas con opiniones muy distintas sobre la conveniencia de esta beatificación en este momento preciso. Por eso es necesario posicionarse desde la Teología y el compromiso para reconocer que este acontecimiento puede ser un momento de perdón y de gracia.

Justo cuando se está tramitando en España la Ley de Memoria Histórica, es bueno recordar que hubo miles de personas que sufrieron el martirio por el sólo hecho de ser cristianos. Esto no se enfrenta ni debiera utilizarse como argumento contra la necesidad de recordar a los que fueron perseguidos por sus ideas políticas o fueron víctimas de la revancha de los vencedores. Todo lo contrario: cada persona y cada familia o grupo es digno de recordar y honrar la memoria de todas víctimas innecesarias de una guerra terrible y fratricida.

Por otro lado, la beatificación debe volvernos a recordar que siguen faltando mártires: los de la persecución religiosa en el lado nacional, sacerdotes, religiosos y laicos que dieron su vida también por Cristo desde posicionamientos sociales y políticos contrarios al régimen militar de Franco. Que también ellos sean reconocidos por la Iglesia es una tarea inaplazable.

Ésta es una oportunidad de dar gracias por la generosidad de estos 498 hombres y mujeres. Que su sangre sea fermento de cambio en una Iglesia española necesitada de testimonio y credibilidad. Una buena ocasión, este día 28, para renovar nuestras promesas bautismales. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


latidos

latidos

LOS LATIDOS DE DIOS
MONJAS TRINITARIAS DE SUESA
SUESA (CANTABRIA).

ECLESALIA, 27/09/07.- Escuchar el corazón de Dios.
Reposar en sus entrañas.
Dejarme caer en sus brazos, cansada, sin miedo.
Y sentirme acunada por la comunidad que celebra la maravilla de saberse amada.

“¿Sabes algo de liturgia? ¿Te suena eso de laudes, vísperas...? Aunque sólo sea de las películas... ¿”El nombre de la rosa”?...” Así comienzo a explicar a algunas personas cuando me preguntan qué es eso de la Liturgia de las Horas. Y después les cuento lo del tiempo, lo de que intentamos, en la medida de lo posible, seguir nuestra vida con el ritmo de la luz. La alegría de la mañana, el esfuerzo del mediodía, la serenidad de la tarde y el descanso de la noche... Introducción, dos salmos, cántico, lectura bíblica... Depende del interlocutor cuentas lo mismo de forma diferente, procurando ser pedagógica, y, sobre todo, intentando explicar que cada encuentro litúrgico es un nuevo paso. Y que así es como se recorre el camino. Pero... lo que de verdad me sale, hablando, por ejemplo, de unas vísperas cualesquiera, lo que diría sería lo que encabeza esta reflexión:

Escuchar el corazón de Dios.
Reposar en sus entrañas.
Dejarme caer en sus brazos, cansada, sin miedo.
Y sentirme acunada por la comunidad que celebra la maravilla de saberse amada.

Pero a veces suena un poco cursi. Así que hoy no me contengo. Los latidos de Dios son rostros que se asoman cada día a mi mirada. Son palabras que se descuelgan, frescas, por mi garganta, y sonidos que me arropan, y otros que me hacen saltar, como cuando pisas la arena ardiente. Los latidos de Dios son los míos propios, lentos o acelerados, siguiendo el ritmo de mi vida. Por eso, participar en la celebración de la tarde con mi comunidad, tan pequeña, tan sencilla (la celebración y la comunidad) significa para mí el gran momento del fiat. Desde mi silla veo los rostros cansados de mis hermanas, pero... siguen cruzándose las miradas y las sonrisas cómplices.

Qué descanso, Señor, encontrarnos en este lugar, en esta pequeña capilla, que destila la santidad y la mediocridad de tantas mujeres y hombres que en ella han orado y han dejado su corazón aleteando por el aire. Qué descanso, mi buen Dios, saber que me esperas a esta hora, venga yo derrotada o exultante, que me acoges y abres tus entrañas, cálidas, para que en ellas me abrigue y te cuente.

Y, como la marea, me siento mecida por los cantos de los salmos, que se me pasan desapercibidos, porque la música va creando un estado de vaivén, que me lleva, me lleva, me lleva... Retomo tus latidos en mí, y me encuentro con frases que me muerden “que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”. Si no me acuerdo de ti... pues sí es cierto que no estás tan presente como quisiera. Por eso estoy en camino. El encuentro de la tarde, en el silencio roto por los cuervos y las gaviotas, expresa la seguridad de tu mano extendida:

Reflejas en tu mano
la sonrisa del olvido
y me invitas con tus ojos
a seguirte nuevamente.

Acabar las tardes sentadas a tu lado, cantando, compartiendo, danzando, recordando, haciendo del momento oración es un regalo que intento agradecerte hoy.

Soy consciente de la riqueza de mi opción, que me facilita hermosas vivencias, por eso procuro llenar mi corazón, en la tarde, con los latidos y las vidas de otras personas, para hacerlas partícipes de la celebración, de la acción de gracias y del encuentro.

Descansar, mi buen Dios, en tus entrañas... es el suspiro de quien busca. Porque el camino del día, el de la vida, es muy largo o demasiado corto, y tambalean nuestros pasos en el proceso. Pero tú siempre pones bajo nuestros pies un camino ancho, para que quepamos varias, nada de ir solas. Porque es importante hacer el camino en comunidad, o en grupo, pero siempre de la mano. Es bueno equivocarse juntas, y avanzar juntas. Tú, mi buen Dios, no eres solo, eres comunión, encuentro, don y recepción.

“¿Sabes algo de Liturgia? ¿Sabes lo que son las vísperas?” Ahora me pregunto a mí misma.

Escuchar el corazón de Dios.
Reposar en sus entrañas.
Dejarme caer en sus brazos, cansada, sin miedo.
Y sentirme acunada por la comunidad que celebra la maravilla de saberse amada.

Y compartirlo.

Siempre.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Para más información: monjasdesuesa@telefonica.net / www.montrinisuesa.net


plenitud

plenitud

‘PERMANECER EN PLENITUD DE VIDA’
Introducción al tema del misterio pascual*
JESÚS BURGALETA, 05/10/06
MADRID.

ECLESALIA, 20/09/07.- Me gustaría tener 28 años y no 67, recién cumplidos, para poder explicaros este tema del Misterio Pascual, sin que nadie dijera para sí: éste ha elegido el tema y esta orientación porque ya ha pasado el inicio de la curva del declive de la vida.

Me gustaría tener la pletórica salud de la que disfrutaba a los 44 años, y no este aspecto enfermizo y delicado de ahora, para poder explicaros este tema del misterio pascual sin que nadie dijera para sí o comentarais entre vosotros, éste ha elegido el tema y esta orientación impulsado por un mecanismo de proyección o porque es un sadomasoquista.

Os quiero decir que yo descubrí el Misterio Pascual a los 24 años, precisamente gracias al Instituto de Pastoral, y desde entonces ha sido el centro de mi vida, de mi preocupación pastoral, de mi estudio y enseñanza y sobre todo de la celebración.

Me gustaría que tuvierais en cuenta a lo largo del curso que yo vengo a hablar de la vida: de la actitud -tan querida y frágil– y de su plenitud –tan deseada y soñada- (y problemática).

Que lo que interesa es la vida, esta vida. Que no hay más vida que esta vida. Que para ella vivimos, luchamos y hasta morimos. Que la vida pide vida, no muerte. Que la muerte, tan natural, es lo más antinatural: lo contrario de la vida.

Deseo poner de relieve la vida: la vida que hemos recibido, que nos han dado otros vivientes, que nos esforzamos por desarrollar, perfeccionar, hacer crecer; a la que defendemos de todo ataque y persecución: ¡la vida sí que está amenazada!: por dentro, por fuera, por tierra, mar y aire; por la educación, la ideología, la sociedad, la manipulación, la Iglesia, el Estado; por cada uno de nosotros y que los que nos rodean.

Como contaba san Pablo, la vida y, el único evangelio es la vida, y su buena noticia nos ha hecho sufrir de día, de noche, nos ha azotado y encarcelado, nos ha deportado… ¡Por la vida, no solo por el impulso de supervivencia como si fuéramos un animal cualquiera, por la vida vivimos!

Nuestro grito es ¡viva la vida! Nuestro impulso es: ¡Por la vida! El deseo más noble del ser humano es ¡tener vida y dar la vida! Y permanecer en plenitud de vida.

Tened en cuenta esto. Pero no se puede ser iluso. Nuestra vida es mortal. Somos una canoa que hace agua en alta mar encrespada; una canoa que no encontrará otro puerto que la oscura sima del océano.

De la Vida, de la Vida real, de nuestra vida mortal nos habla el Misterio Pascual, para que seamos capaces de vivir desesperadamente esperanzados. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


* Jesús Burgaleta leyó este texto en la primera clase de la asignatura que impartía en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid. Lo compuso el día anterior mientras recibía quimioterapia. La transcripción es de Mari Patxi Ayerra, una de sus alumnas.


sin rubor

sin rubor

ARGENTINA, EL TRIGO Y LA CIZAÑA
Recuerdos de un viajero
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, herrero.pozo@telefonica.net
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 17/09/07.- Todavía en el rebufo de los 15 días trascurridos en Argentina no aguanto un día más sin verter sobre el papel alguno del tropel de sentimientos que allí me danzaban en la mente y el corazón. Mi esposa y yo hemos retornado con un buen puñado de amigos más que sólo conocíamos virtualmente y que se han desvivido por apañarnos un cronograma de trabajo para quince días adivinando certeramente nuestras querencias. Por días iba engordando en nuestro pecho la gratitud por tanto detalle, tanta atención, tanto beso sin rubor… ¡Sois la leche, amigos!

De entrada, la intención de mi viaje era clara. Vengo en peregrinación a esta tierra mártir, espeté a mis amigos. Y no besé la tierra porque no la había entre avión y aeroparque. No exagero.

Una novela leída de jovencito que no logro recordar había llenado mi imaginación con una ciudad moderna y bella, Buenos Aires, inmensa, monumental, afanosa aunque apacible y con un estilo de gente fina y entrañable. Aquello sería por los años 50 y ese inmenso país del cono sur de América no cedía en prosperidad a casi ninguno otro europeo. Ahora es otra cosa. Un vendaval militar dictatorial se cebó en ella el año 76 con la aprobación y ayuda de Estados Unidos. Comenzó el martirio de miles de personas, persistente, cruel, atroz. Como si la Junta militar hubiera recibido refuerzos de los más diestros verdugos nazis. Hace quince días cumplimos mi esposa y yo el único deseo insoslayable de nuestro viaje, encontrarnos con las madres y abuelas de la plaza de Mayo. Sin duda fue la hora más conmovedora de nuestra ‘estadía’ (como dicen allá). Una madre, una de las cinco primeras que comenzaron a manifestarse a la salida del ministerio del Interior buscando noticias sobre una hija de 21 años, creo, embarazada de cinco meses y sobre su esposo. Nunca más se supo. Y aquella madre, ya abuela, sigue hoy después de 30 años luchando sin descanso. Con el corazón en un puño fuimos escuchándole detalles macabros que ella había ido conociendo por los pocos escapados y por algún arrepentido: torturas de todo tipo, lanzamiento de personas vivas desde un avión al mar una y otra vez repetido… Mientras tanto, Videla recibiendo la comunión y Massera jugando al tenis con el nuncio apostólico.

La Iglesia sabía casi todo pero no denunció, miró hacia otro lado y, peor aún, colaboró. Prefiero no entrar en más nombres y detalles. Vergonzoso y repugnante. Algo paralelo (y coordinado, al parecer) con lo de Chile.

Al mismo tiempo se vendía el país al capital privado, nacional y extranjero. Argentina fue alumno aventajado de la economía neoliberal. ¿Cómo es posible que a sus valedores, en especial EE.UU y las multinacionales –también españolas- que han chupado la sangre a Argentina –y siguen haciéndolo- no se les caiga el rostro de vergüenza por tanta ignominia? La deuda externa estrangula al país. La clase media ha desaparecido en gran medida. Sólo vive a lo grande una oligarquía de desaforado consumismo junto a residuos de la clase media que llegan a fin de mes a fuerza de apretarse el cinturón. El resto, millones de pobres, incluso de severa pobreza, se les ve apiñarse en kilómetros y kilómetros de chabolas en el cinturón de la capital. Entre tanto se han sucedido muchos gobiernos y no parece que hayan arreglado nada. Tuve la impresión de que a los argentinos que consideran corruptos a sus dirigentes ya les parece quimérico confiar en alguno de ellos. La próspera Argentina de antaño es como una marquesa venida a menos que va a comer a la ‘cocina económica’ de las Hermanitas de los Pobres.

Y, sin embargo, aquella gente me cautivó por su elegancia, amabilidad y dignidad, por su compartir lo que tienen, por los okupas que crearon y mantienen más de un dinámico centro cultural, por otros centros que me comentaron, por los curas ‘opción por los pobres’, por comunidades cristianas de base, católicas o evangélicas metodistas (qué cálido recibimiento en una de éstas), insertas dentro incluso de las escasísimas parroquias abiertas a los tiempos nuevos. Aquella iglesia, la oficial, parece por lo menos tan anquilosada como la española. Sufre la avalancha de movimientos integristas (Opus, Neocatecumenales y tres o cuatro más) a los que lleva en palmitas la caterva de obispos nombrados por Juan Pablo II.

En los encuentros y charlas que tuve, mi principal empeño fue ayudar a dichos grupos de la iglesia popular a que tomaran buena nota de la nula credibilidad de sus pastores en general, apoyaran a los pocos curas y religiosos que les acompañan en momentos de transición (¡hay que esperar siempre!) y se dedicasen a generar en su entorno conciencia socio-política, a profundizar en la ingente figura del Maestro de Nazaret y en su predilección por los crucificados del pueblo.

Lo mejor y lo peor conviven juntos en tan dilatado y bello país, el trigo y la cizaña. Los dramáticos contrastes de su historia reciente y sus secuelas parecen sofocar en la garganta del visitante amigo cualquier optimismo pero impiden juicios apresurados, al menos sobre las personas. Nadie puede tirar la primera piedra. A las pocas horas de nuestra llegada me vino a la mente lo del trigo y la cizaña pero enseguida caí en la cuenta que la linde entre ambos pasa por el centro del propio corazón de cada uno de nosotros.

Grandeza y miseria, víctimas y verdugos, pueblo y explotadores, iglesia de base e instituciones oficiales… siempre el trigo amenazado por la cizaña. Idéntico el pobre ser humano en Túnez, Argelia, Ruanda, el Congo, Nicaragua, Cuba, España o Argentina. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

GRACIAS, ARGENTINOS AMIGOS, CORAJE Y SUERTE

Logroño (España) a 16 septiembre de 2007.

sinceridad

sinceridad

QUERIDO CURA
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 14/09/07.- Paseaba yo con un cura bueno por el jardín de una casa de ejercicios. Mira Eladio, le decía, siento por los sacerdotes un amor especial, una preocupación preferente. Se me impone desde dentro una reciprocidad a vuestra entrega. Mis manos de laico y padre de familia se me escapan para bendeciros. Me sorprendió la rauda respuesta: “Eso es un don, eso es un don. No dejes de ponerlo en práctica. Los sacerdotes lo necesitamos”.

Sí, le estoy haciendo caso. A lo largo de mi vida me he volcado por cuantos sacerdotes y religiosos han aceptado mi afecto y mi sinceridad. No he discriminado entre hombres y mujeres, diocesanos o profesos, jerarquías o simples legos. Siempre les he tenido un cariño especial, no lo he disimulado nunca. Pero también les he pedido coherencia, como mínimo.

Algunas veces me encuentro con consagrados que me miran por encima del hombro, como haciéndome notar mi ignorancia e impiedad, mostrándome que "la clase de tropa" nada puede aportar a un elegido. Es la misma reacción aquélla: “Todo tú eres pecado desde que naciste, y ¿nos enseñas a nosotros? Y lo expulsaron de la sinagoga” (Jn 9,34). En esos casos no se puede insistir en dar amor a quien sólo busca prestigio, autocomplacencia o distancia, a quien considera empecatados e ignorantes a los laicos.

Hay otros cuya inseguridad les impide soportar el más mínimo cuestionamiento y se amurallan en sus principios, en sus rigideces, en su incomunicación. Hay quien, en nombre de nobles ideales, desprecia, divide y bendice sólo a los que le aplauden. Hay también quien, en nombre de la justicia, siembra acepción de personas, sectarismo, fanatismo y un pesimismo descristianizado. Hay quienes, en nombre de un fatuo progresismo, atacan la sana doctrina y sólo predican sus particulares opiniones.

Todos éstos rechazan sistemáticamente a cualquier laico sincero que no baile su incensario. Llegan a ridiculizarnos, a criticarnos, a ofendernos desde el púlpito o la plática. Llegan a empujarnos fuera de la Parroquia o la Congregación. Son incapaces de aceptar cualquier contraste, información, carisma, cuestionamiento o ayuda. Conozco un Párroco que no quiso abrir la carta de un feligrés comprometido y se la devolvió cerrada con este comentario escrito en la solapa: “Emplea tu tiempo y energía en otras cosas. No te he pedido ni tu opinión ni tu consejo”. Y yo me pregunto: ¿Puede un católico quedarse al margen de lo que ocurre en su Parroquia, en su Iglesia?

No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado. No se puede ayudar a los prepotentes -inconscientes o confesos- que sólo admiten el fiel servilismo y la boca cerrada, que no toleran más que la masa silente y la virtuosa rutina. Cuando me tocan estos prójimos, mi don de amor y ayuda vuelve a mí. Es una situación paralela a aquella otra: “Cuando entréis en la casa, saludadla; y si la casa se lo merece, la paz de vuestro saludo descenderá sobre ella; y si no se lo merece, la paz se volverá a vosotros” (Mt 10,12).

Muchas otras veces he podido relacionarme con consagrados deseosos de compartir su experiencia de Dios, de ayudar y ser ayudados. Como decía un santo misionero jesuita: “Todos somos enfermos y enfermeros al mismo tiempo o sucesivamente”.

Hace un tiempito paseaba yo con un Arzobispo y Nuncio del Papa en una nación lejana. Le conté mi intención de escribir, alguna vez, para religiosos y sacerdotes. Le anunciaba, incluso, que un artículo podría titularse “querido cura”, encabezamiento totalmente sincero y profundamente sentido. Monseñor terció presto: "¿Y por qué no añades querido obispo? También los obispos necesitamos tu amor, tu ayuda y tus críticas fraternas". No supe qué contestar. No me esperaba ese ejemplo de espontánea humildad, de acogida sincera, de reconocimiento a mi carisma. Sólo días después pude decirme: Si todo el Clero supiese abrazar a los laicos y creer en ellos como este sencillo Obispo, otros frutos florecerían en la “común unidad” de la Iglesia. Con qué alegría podríamos cantar juntos desde el fondo más sagrado: “No adoréis a nadie, a nadie más que a Él”.

Pues bien, dejando de lado mis aprensiones y apoyándome en mis motivaciones, intentaré alguna vez escribir para nuestros hermanos curas y religiosos. Sin duda mis reflexiones servirán también a los laicos, tan necesitados de una "relación adulta, cálida y cercana" con los hermanos consagrados. Contaré lo que se ve desde este lado del altar o de la tapia, lo que nos va bien y menos bien, las esperanzas, los temores y los deseos respecto a los que, de una u otra forma, lo habéis dejado todo para ser nuestros pescadores. ¿Sabéis ya que muchos de nosotros estamos intentando subirnos a la red y, a veces, vuestro despiste nos ahuyenta?

Deberían abrirse más vías de comunicación con vosotros, espacios de cercanía, de transparencia, de comprensión mutua, de sinceridad y amor. Serían sumamente útiles para ambas partes y, desde luego, para vuestra misión en la que, como objeto o sujeto, estamos irremediablemente implicados.

En lo que a mí respecta, lo voy a intentar. No me temblará la pluma a la hora de decir lo que pienso aunque sea crítico, aunque llame al cuestionamiento y la reflexión. Sé de antemano que no soy sabio, tal vez ni prudente, pero me animan aquellas palabras: “Dios eligió lo necio del mundo para humillar a los sabios; lo débil, para humillar a los fuertes; lo vil, lo despreciable, lo que es nada…“ (1Cor 1,27).

Sé que me muevo en el barro del mundo, el moderno Nazaret, aldea idealizada por los cristianos pero de la que los auténticos de la época pudieron decir: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1,46). Concededme, al menos, el beneficio de la duda porque estoy a vuestro lado y quiero compartir vuestra misión. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

rol ministerial

rol ministerial

UNA REFLEXIÓN SOBRE EL ROL MINISTERIAL DISTORSIONADO
EDUARDO DE LA SERNA, sacerdote
QUILMES (BUENOS AIRES, ARGENTINA).

ECLESALIA, 13/09/07.- “Los obispos y sacerdotes tienen una palabra de Dios que decir a nuestro tiempo”. “Los pastores –sacerdotes y obispos- quieren estar cerca de su pueblo para acompañarlo y servirlo”. “Los sacerdotes –presbíteros y obispos- sirven al pueblo de Dios en el culto sagrado, en la liturgia… Estas palabras, u otras más o menos semejantes, no necesariamente pronunciadas, parece que están en el imaginario colectivo católico romano y parecen responder a un estereotipo de lo que se entiende que es el rol de la Jerarquía. No me interesa, en este caso, ser preciso en lo que se dice, o se piensa, o se pretende que sea, ni en precisar el estereotipo como positivo, negativo, ideal o ficticio. Simplemente me importa que esas o semejantes palabras pareciera que de una u otra manera “deben” decirse (o pensarse). Y para mí, allí radica un problema muy grave, que a su vez puede ser problema de identidad.

Se espera una palabra de parte de Dios, sea para marcar caminos, para señalar caminos errados, o se cuestiona que la jerarquía pretenda decir una palabra de parte de Dios. Ese es el “rol profético” que se pretende o niega. El profeta es el “hombre de Dios” que habla de parte de Dios para “anunciar o denunciar”. Se le afirme o se le niegue, la ejerza o no, parece que este rol es propio de la Jerarquía, o se le atribuye particularmente.

Para reconocerlo o negarlo, se afirma a su vez que la Iglesia es el “rebaño de Cristo”, y Pedro y los suyos y sus sucesores (episcopos, pero también presbíteros) ejercen un “rol pastoral”. El pastor es el que conduce, sea religiosa, política o socialmente a su pueblo. De allí que pastor y rey sea con tanta frecuencia un sinónimo por ser ambos los encargados de conducir un “rebaño” / “Pueblo”.

Finalmente, cuando se habla de “los sacerdotes”, el lenguaje común se refiere claramente a los presbíteros y a los obispos. Es el “rol sacerdotal” por el que se pretende que la Jerarquía oficia de mediadora entre Dios y la humanidad. Es el espacio particularmente “privado” de lo sagrado.

Sin embargo, estos estereotipos parecen esconder una gravísima distorsión de lo que la Biblia, la Tradición y el mismo Magisterios afirman. Sencillamente porque “todo bautizado es rey, profeta y sacerdote” (ya San Efrén destaca la triple relación, rey – profeta – sacerdote, con el Bautismo). Y por lo tanto, todo bautizado tiene y está llamado a ejercer ese “triple oficio”; no es algo que sea propio de obispos y presbíteros sino propio de todos los cristianos. Nada menos.

Rol profético

Es sabido que en el Antiguo Testamento los profetas ocupan un lugar importante, e incluso su “rol” es con cierta frecuencia destacado como originado en una “vocación divina”. No sólo podemos verlo en los tres llamados “grandes profetas” (Isaías, Jeremías y Ezequiel que destacan amplio espacio a su relato vocacional), sino también alude a él Amós y el discípulo de Isaías, además de la narración de Eliseo. La característica del profeta es ser llamado por Dios para pronunciar una palabra de su parte, a Israel, a Judá, a funcionarios o a naciones extranjeras. Para ello, Dios envía la ruah (espíritu) y pone en él (o ella) su palabra. De allí también la gravedad que tiene cuando uno habla una palabra que Dios no le mandó decir, de lo que también se ocupan mucho los profetas. Sin embargo, a partir de un tiempo ya no hay profetas en Israel. Cansado de la “dureza de los corazones”, Dios ha retirado la ruah y no envía más su palabra hasta que sea tiempo (o “el día”)... El cristianismo naciente supo ver la llegada de este tiempo y reconocer la nueva irrupción de profetas a partir de la venida de Jesús. Así el Bautista es visto como profeta en algunas narraciones, Pablo parece verse a sí mismo como profeta escatológico, los cristianos son vistos de ese modo por el Apocalipsis y –sobre todo- el descenso del Espíritu de Dios sobre la Iglesia (varones y mujeres) en Pentecostés, es visto como el cumplimiento de lo esperado desde antiguo para los últimos tiempos citando al profeta (tiempos “escatológicos”, palabra expresamente añadida por Lucas al texto de Joel). Toda la Iglesia es vista como profética ya que “Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas; sus jóvenes verán visiones y sus ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu” (Hch 2,17-18). Toda la comunidad cristiana, no sólo los apóstoles, es vista como “profética” (“sus hijos y sus hijas”). En realidad, profundizando especialmente la teología de Lucas, en su primer volumen, destaca particularmente el rol profético de Jesús en el “centro del tiempo”. El segundo volumen, en el que la comunidad cristiana tiene el mismo rol del Señor de evangelizar, y hacer “crecer la palabra”, dice de los cristianos muchas de las cosas que había dicho de Jesús en el primero. Ser una comunidad profética porque el espíritu ha sido derramado, es continuar la obra de Jesús en el nuevo “tiempo de la Iglesia”.

Rol real/pastoral

En el himno que canta la alegría porque el Cordero “es capaz de abrir el libro” -el plan de Dios sobre la historia humana- el Apocalipsis señala expresamente que todos (tribu, lengua, pueblo y nación) son comprados por la sangre del Cordero, y hechos “reino para nuestro Dios, y sacerdotes, y reinan sobre la tierra” (Ap 5,10). Digámoslo con palabras de un conocido estudioso: “El primer fruto de la acción de Cristo como realizador de un reino son los cristianos, llamados ‘reino’ en el sentido del resultado obtenido, Pero una vez devenidos reino, pertenecientes totalmente a Dios, los cristianos ‘reinan’ a su vez, también ellos en sentido activo. Colaboran con Cristo” (U. Vanni, 354). Una vez más, lo que se dice de Cristo, en este caso que es rey, se dice también de los cristianos; es que Cristo –en el Apocalipsis es “rey de reyes y señor de señores” (17,14; 19,16). Es interesante notar que las tres veces que en el Apocalipsis aparece la categoría sacerdotal, en los tres casos se la relaciona con el “rol real”; incluso, aunque como 1 Pe lo toma de Ex 19,6, es más fiel al texto hebreo, aunque no se refiere a la “casa de Jacob” sino a “nosotros”, que desde Ap 1,6 se refiere a la asamblea cristiana.

El sentido real es doblemente importante por cuanto el Cordero degollado es vencido, pero a su vez vencerá, en obvia referencia a la muerte y resurrección. Del mismo modo, los seguidores del Cordero serán vencidos, pero vencerán, con lo que la referencia al martirio (20,6) da sentido al reinado de los cristianos.

Por otra parte, la imagen del pastor también es importante en el Nuevo Testamento. Ante el pueblo, que está desorientado “como oveja que no tiene pastor” (que parece un dicho o proverbio, cf. Num 27,17; 1 Re 22,17; Jdt 11,19; Ez 34,5; Jl 1,18; Nah 3,18; Zac 13,7; Mt 9,36p) Jesús siente “compasión”. Como es sabido, en Oriente es frecuente la identificación del rey con el pastor. El mundo bíblico no es ajeno a ello. Jesús se aplica la imagen del pastor, e incluso la aplica metafóricamente a Dios (como el pastor que pierde una oveja, como la mujer que pierde una moneda…). Sin embargo, son escasas las veces que la imagen del pastor/pastoreo se aplica a miembros de la Iglesia. Hch 28,20 y 1 Pe 5,10 son los pocos textos en los que a determinados miembros (en ambos son “presbíteros”, aunque en ambos también se alude a “vigilar”, ser “epískopos”). El primero, parece ser parte de una “cadena” que va desde Cristo, sigue en los “apóstoles” (los Doce), pasa por los Siete, Pablo y sigue en los “presbíteros” que tienen un rol particular en la “evangelización”, en el “crecimiento de la palabra (de Dios)”; el segundo, se ubica en el contexto de unas “tablas domésticas” y contrapone “ancianos” (= presbíteros) a jóvenes, a los que se debe servir de ejemplo. En ambos casos, el rol de los “ancianos” parece tomado de las comunidades judías en las que ocupan un rol rector. No ignoramos que en los escritos tardíos (como estos, y también las cartas “Pastorales”) los presbíteros –aunque no se defina con precisión su ministerio- tienen una responsabilidad de servicio en la comunidad. Pero sólo en este sentido, y tomando la imagen de la metáfora de la conducción – pastoreo, el término se aplica a algunos en particular, y no a todo el pueblo de Dios; aunque, para evitar toda confusión, siempre queda claro que el único pastor, el pastor modelo, o el pastor “bello” y bueno, es Cristo mismo.

Rol sacerdotal

Basta mirar con atención el Nuevo Testamento para notar que en el movimiento cristiano “no hay sacerdotes”. Mucho tuvo que esforzarse el autor de la carta a los Hebreos para atribuir a Cristo el ministerio sacerdotal. No sólo porque en su vida él fue claramente laico, sino también porque no realizó acciones sacerdotales. La maravillosa lectura alegórica de Hebreos le permite afirmar que lo es a partir de la resurrección, y de un modo nuevo y único, “a semejanza de Melquisedec” ya que los modelos judíos no permitían en modo alguno tal atribución. Pero para este autor sólo y únicamente Cristo resucitado es sacerdote, y ya no es necesario ninguno otro, ni ningún otro sacrificio, ni otra ofrenda.

Fuera de Hebreos, la otra única referencia a un cierto “sacerdocio cristiano” en el Nuevo Testamento la encontramos en 1 Pe 2,10 y Ap 1,6; 5,10; 20,6 (estos últimos, ya comentados) donde, citando el libro del Éxodo -allí se habla de Israel, “casa de Jacob”- se atribuye la idea a la Iglesia toda. Fuera de lo ya dicho, señalemos un aspecto más, este tomado de 1 Pedro: Pedro sigue el texto ya citado de Ex 19,6 pero según la Biblia griega: no habla de “sacerdotes” sino de “sacerdocio” (hiérateuma); por su unión a Cristo, la Iglesia toda es “sacerdotal”. Una vez más, la unión con Cristo es la que da su función, sacerdotal en este caso, a la Iglesia. No a unos miembros en particular, como queda dicho.

El bautismo nos hace hermanos

Es interesante (por preocupante) que en el cristianismo, por siglos el uso de la categoría “hermanos” –tan fundamental e identificatoria del cristianismo primitivo, fue siendo deformada con el tiempo. Siendo fundamental para Israel, como un modo de decir “miembro pleno del pueblo de Dios”, y estableciendo de ese modo una igualdad absoluta que hace que no se pueda “explotar”, “esclavizar”, “prestar a usura” a “un hermano”, y que debería ser intolerable que hubiera un “hermano pobre ante ti”. El cristianismo también recurrió a la misma categoría haciéndola más universal (Pablo la amplía a mujeres, dándoles nivel de plena igualdad con el varón, a los esclavos y a los extranjeros a partir del bautismo). Sin embargo, con ser una categoría central, con el tiempo sufrió una preocupante “deformación” o “reducción”. El retroceso viene dado por un doble aspecto, como lo señaló hace ya bastante tiempo J. Ratzinger: “hermano” pasa a ser sólo el “colega”, el que pertenecía a un mismo “colegio” (presbiteral, episcopal...), mientras que el inferior pasó a ser visto como un “hijo espiritual”; y culminó su retroceso (“rétrécissement”) cuando al “hermano” obispo de Roma se lo comenzó a llamar “Papa” [empezó con la frase: “Cypriano papae” (Epist. 30)]. La pérdida fue tal que el término “hermano” no figuraba en ninguna de las enciclopedias teológicas del s. XIX y principios del XX como voz importante.

Seguramente recuperar la plenitud del sentido de fraternidad y de igualdad plena, permitirá que a todo el pueblo y a todos los miembros del pueblo de Dios se los considere plenamente “reyes, profetas y sacerdotes”.

“Pueblo de reyes... pueblo sacerdotal”

Se puede afirmar que el tema no permaneció ausente en la Iglesia. Todavía se recuerda el viejo canto tradicional de la liturgia “Pueblo de reyes... pueblo sacerdotal”, aunque eso no implica que se hayan extraído todas las consecuencias que estas estrofas tienen.

Parecería que, en realidad, atribuir a la “jerarquía” (palabra que en realidad resulta herética, como bien afirma J. I. González Faus) la exclusividad de este triple ministerio no sólo relega a un segundo plano, que no debiera tener, al mundo de las laicas y laicos, sino que a su vez ha limitado la reflexión sobre el verdadero ministerio de los epíscopos y los presbíteros. Si estos no son más pastores/reyes, más profetas ni más sacerdotes que todos los demás cristianos, ¿qué son realmente?, ¿cuál es la característica propia de su ministerio?, ¿qué es lo que les es propio? Podríamos afirmar que –por bautizados- son reyes, profetas y sacerdotes, y por su ministerio lo son de un modo diferente (no de un modo superior, por cierto), pero esa “diferencia” vendrá dada por el ser propio del ministerio; para empezar, claramente al servicio del sacerdocio, la realeza y la profecía del pueblo de Dios. Y este ministerio, ¿cuál es? Sin duda, la apropiación de “poder” no es ajena a este “monopolio”: un pequeño grupo ‘jerárquico’ concentra la palabra (profecía), la relación con Dios (lo sagrado) y la autoridad (lo real-pastoral); a los otros, los/as laicos/as, les corresponde “obedecer-escuchar-celebrar pasivamente”. El ejemplo más evidente –pero no el único, como ya se ha dicho- radica en la nota sacerdotal: si el presbítero no es más sacerdote que el laico y la laica, ¿en qué radica lo propio de su ministerio? Apropiarse del triple rol sin duda contribuyó a que lo específico de estos ministerios eclesiales no salte a la vista, e incluso el Pueblo de Dios sencillo pretenda o atribuya a sus “pastores”, roles que en realidad le pertenecen a ellos (por bautizados). Por otro lado, en tiempos de crisis de vocaciones al presbiterado, influye en que no se profundice qué es lo propio, y que es lo común. Así, además, con frecuencia se cae en preguntas o planteos de crisis que no son verdaderamente centrales y fundamentales (como el celibato, o el ministerio de la mujer) sin antes dar respuesta a la pregunta principal ¿qué es ser presbítero?, ¿qué es ser obispo? Si el presbítero / obispo no es más sacerdote que el /la laico/a: ¿qué es?, si no es más profeta, ni más rey / pastor… ¿cuál es su ministerio? Tener claro qué no-es, es un buen punto de partida para poder enfrentar el desafío de ser presbíteros/obispos para esta Iglesia, este mundo, este tiempo. Ciertamente muy diferentes a lo que se es, lo que se espera, y lo que se pretende hoy. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


pan y vino

pan y vino

Presentación del XVII Congreso de Teología
LLEGARON
ENRIQUE DE CASTRO
MADRID.

ECLESALIA, 10/09/07.- Imagino que uno de los motivos para que me hayan invitado a presentar este congreso de teología se debe al apoyo que habéis dado a nuestra parroquia en estos últimos meses, por lo que, sobre todo, quiero daros las gracias en nombre de toda nuestra comunidad.

Pero no ha sido sólo una muestra de apoyo, sino una constatación de que todos nosotros estamos queriendo manifestar que es posible recuperar el sentido genuino de la iglesia de Jesús, basada en la utopía (tal vez hoy se entiende mejor esta palabra que la palabra reino), la justicia de la reconciliación y la solidaridad.

“Fui emigrante y me acogisteis”. En nuestra parroquia todo comenzó en el encierro del 2001. Llegaron de Latinoamérica, El Magreb, subsaharianos, algunos del este europeo y dos de Mongolia. Querían papeles, pero estaban en la calle, sin techo. Descubrimos que no sólo había que apoyar sus reivindicaciones, había otros encierros en parroquias y centros diversos y en distintas ciudades, se hicieron manifestaciones masivas de apoyo. No nos fue difícil entender que, mientras conseguían sus objetivos, necesitaban satisfacer sus necesidades mínimas de comida, techo y afecto, porque teníamos la experiencia de los llamados chavales de la calle. Lo único que les diferencia es que son extranjeros. En lo demás, lo mismo: tienen que buscarse la vida y son perseguidos, con un plus añadido. No tenían apoyo al estar fuera de su tierra, no conocían dónde refugiarse o esconderse como los de aquí, eran desconfiados, los marroquíes apenas balbuceaban nuestro idioma… Comenzaron a vivir en nuestras casas, sobre todo los magrebíes, lo que supuso para ellos comenzar a sentir seguridad y confianza. En la parroquia y en nuestros domicilios hay empadronados cientos de ellos. Tomamos contacto con sus familias y hemos bajado en distintas ocasiones a conocerlas, lo que ha hecho que nos consideren su familia en España.

Hoy tenemos a muchos menores de dieciocho años a los que están expulsando abusivamente, sin ninguna garantía jurídica, sin conocer su situación familiar, engañándoles, vulnerando sus derechos fundamentales. El equipo de abogados de la parroquia ha conseguido sacar literalmente del avión, por mandamiento judicial, a muchos de estos chicos que se llevaban repatriados clandestinamente.

No puedo extenderme. Tan sólo señalar que hay distintos grupos en nuestro país, creyentes y no creyentes, viviendo esta misma experiencia con los emigrantes. A través de ella hemos pasado de la convivencia y el apoyo a la lucha más o menos organizada, en la que participan ellos mismos, los antiguos chavales de la calle y los distintos grupos que se organizaros en los años ochenta, las madres incluidas.

Quiero señalar otro aspecto de la vinculación entre ellos y nosotros. En el encierro del 2001 celebrábamos la eucaristía los domingos, como siempre. Para ello tenían que despejar la sala de colchones, mantas y enseres y se quedaban en nuestra celebración. No era difícil para los emigrantes de habla hispana, cristianos en su mayoría, pero sí para los musulmanes. Aunque un poco chapuceramente, comenzamos a hacer celebraciones comunes, leyendo también versículos del Corán, que ellos traducían, diciendo nosotros amén a su oración en árabe y uniendo ellos sus manos a las nuestras en el padrenuestro. Ellos dicen la mesa de Jesús, comparten con nosotros el pan y el vino, igual que ateos y agnósticos y alguno dice: soy musulmán pero ésta es mi iglesia.

De hecho consideran la parroquia como su casa, participan en todo, celebramos juntos sus fiestas y las nuestras y también gritan el no nos moverán.

Hoy no hay diferencia, en nosotros, entre los de aquí y los de fuera, son muchos los lazos que nos unen, incluida la fe que nos hace superar obstáculos y miedos.

Los inmigrantes son parte de los pobres y excluidos de la tierra, por lo tanto son la heredad, la iglesia del dios de Jesús. Nosotros somos iglesia de Jesús sólo si convivimos con ellos y luchamos con ellos.

Quisiera hoy hacer una reflexión con vosotros, en varios puntos, desde lo que hemos ido descubriendo estos años en la parroquia, ahora que se hacen tan evidentes a todos los ojos las diferencias entre la concepción de la iglesia vaticanista y la que podemos llamar iglesia de base.

En primer lugar, pensamos que sería importante cambiar la concepción de parroquia como lugar de culto para transformarla en lugar de encuentro. Si la iglesia de Jesús es de los pobres, las parroquias y las comunidades son el lugar de los pobres y, hoy que hablamos de ellos, también de los emigrantes. Los que ya estamos dentro de ellas tendríamos que abrirles las puertas y facilitarles que descubrieran la fe como motor de la vida humana, de sus propias vidas, no dictándoles, sino encontrando con ellos la riqueza que existe en la desnudez de cada uno. No se abre una parroquia si no se abren nuestras casas y nuestros tiempos, si no se da un encuentro y una convivencia en igualdad, donde todos buceamos en el interior de los otros, escuchando necesidades, problemas, intentando dar soluciones y cuando éstas se dan, celebrarlas. La celebración, la fiesta, la eucaristía, dejarán de ser vacías, porque celebraremos lo que estamos descubriendo y viviendo.

Esto haría cambiar nuestra concepción asistencialista y moralista: tenemos que ayudar a los pobres. Todos los que hemos ido formando la parroquia y la comunidad estos años, hemos descubierto que son ellos los que han dado sentido a nuestras vidas porque primero nos han regalado las suyas. Han hecho que se caigan nuestros esquemas, nuestras concepciones burguesas, nuestro protagonismo. Han hecho posible que descubramos la fe en el ser humano y en nuestra capacidad de cambio. Nos han traído la buena noticia.

El segundo momento de esta reflexión es acerca de la liturgia en nuestras parroquias y comunidades. Los pobres –y aquí incluyo a los jóvenes- deben entenderla, sentir que es algo suyo. ¿Con estos ropajes? Ya le vale a Cañizares. ¿Con estas canciones? ¿Con los monólogos del cura?

En muchas comunidades esto ha cambiado, nosotros hemos aprendido de ellas, y en parroquias hay grupos que celebran de otra manera, pero como a escondidas. Creo que tenemos que ir superando miedos para que, en una sociedad cada vez más laica, nuestras parroquias no espanten a la gente por aburrimiento o lejanía. No hemos visto ni a los mayores huir de las celebraciones en las que todos participamos. Sólo se han ido los sometidos, los que ponen la norma por encima del ser humano.

El último punto al que me quiero referir es el de la lucha. Cuando facilitamos una vivienda a un emigrante o le ayudamos a conseguir papeles o le facilitamos un puesto de trabajo, ya hacemos mucho por él. Eso todavía es asistencialismo. Pero si estás vinculado personalmente, denuncias cuando le maltratan, peleas contra su expulsión o le escondes, le das un trabajo clandestino, te haces cómplice, incondicional, encubridor, que no los toquen, porque ya son algo tuyo. La caridad deja de ser asistencialismo y se convierte en justicia, basada en el amor, no en la ley.

Todo esto vivido no aisladamente, sino en grupo, en comunidad, hace posible la utopía, eso que nosotros llamamos reino.

Estamos asistiendo a situaciones espantosas de los emigrantes en el mar de las pateras y en el de los cayucos, a persecuciones, inseguridades y expulsiones de quienes sólo buscan vivir. Creo que este congreso nos ayudará a construir una iglesia respondiendo no a lo que nos reclaman los jerarcas investidos de poder, sino a las expectativas de quienes están buscando la buena noticia. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).