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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

del nazareno

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EL CAMINO DEL NAZARENO
ÁNGEL ARNAIZ QUINTANA
SAN SALVADOR (EL SALVADOR)

ECLESALIA, 29/11/07.- El País Digital de este jueves 29 de noviembre publica en primera página una fotografía en la que se ve al presidente Hugo Chávez con compañeros de su partido, -por sus camisetas rojas-, subidos en un vehículo descapotable, en medio de una manifestación o algo así, y con un gran póster detrás de ellos en el que se ve el rostro y parte del cuerpo de una figura con el brazo levantado hacia arriba de su cabeza y unas palabras de gran tamaño encima que dicen: "Cristo Primer Revolucionario". Al verlo no he podido evitar revivir los momentos en que me he encontrado en esta Centroamérica del alma con otros carteles o anuncios que decían - dicen -: "Fraternidad Universal de Hombres de Negocios del Evangelio completo" (sic).

Es una experiencia que viene de años, desde los ochenta al menos, cuando varios países de Centro América ardían en revoluciones y contrarrevoluciones. Hoy vuelven a aparecer. Ernesto Cardenal, ese gran poeta, profeta y místico de estas tierras de lagos y volcanes y terremotos ya lo anunció con claridad en su día, hace tiempo: las revoluciones en este trópico de desigualdades exuberantes entre los seres humanos están ahí, como lava de volcanes dispuesta a salir en cualquier momento propicio. Y parece que hoy vienen otra vez, aunque ya sin armas de guerra vomitando fuego, sino con los recursos de la democracia parlamentaria en vivo y en directo.

¿Y qué hace Jesús de Nazaret, el Nazareno, en todo esto? La fuerza religiosa bajo su ámbito cristiano aparece también ahí. Está en los sedimentos populares más sufridos de todos estos años, de décadas anteriores, de siglos de opresión bajo los más diversos aspectos, que encuentran consuelo y esperanza de liberación y también, otros, de evasión de tanta y tan pesada carga como les acaece. Pero parece que está también en los ánimos de las clases medias, que se agrupan buscando un evangelio a la carta conforme a su espiritualidad en esta hora de zozobra para ellas y así aparecen iglesias llamadas cristianas de la más diversa denominación, varias de ellas que se apoyan en el éxito social de sus miembros para garantizar que Dios y el Señor Jesús están con ellos. Y también aparecen los círculos más restringidos donde se nota la influencia que viene del norte, estadounidense, como esos hombres de negocios del evangelio completo que se posesionan así de un instrumento que tranquiliza su conciencia, su trabajo y sus riquezas.

¿Será que las iglesias hemos hecho del seguimiento de Jesús un arca de Noé donde cabemos todos? ¿Cuál es el precio de la amplitud de este arco tan contradictorio?

¿Dónde están hoy los profetas que, como Elías, Amós, Jeremías, Ezequiel y otros, desenmascaran a los falsos profetas, falsos pastores, falsos sacerdotes, falsos/as religiosos/as, laicos/as de esta o aquella confesión, dicen que cristiana, que se sirven del mensaje de Jesús para sus intereses egoístas, para acallar sus conciencias?

En este continente indoamericano tenemos una señal firme y segura de cuál es el camino: es la multitud que nos precedieron con el signo de la fe y sellaron con su sangre y su vida la fidelidad al evangelio de Jesucristo, son nuestros hermanos y hermanas mártires cristianos que han regado el Continente con su testimonio sin fisuras, entre ellos obispos como Angelelli, Gerardi y Oscar Arnulfo Romero entre una multitud que no se puede contar, pues son miles los testigos del camino de la pascua -cruz y resurrección- que no conocemos su nombre pero ahí están, los mártires anónimos del continente indoamericano. Ellos sí nos señalan sin equívocos el camino del Nazareno.

En el día del 29 aniversario de un gran testigo de la fe cristiana en El Salvador, Ernesto Barrera, hermano hasta dar la vida por los trabajadores y los pobres. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


de la palabra y III

de la palabra y III

EL RÍO DE LA PALABRA y III
Escollos a evitar
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 26/11/07.- En este último artículo sintetizaré algunos peligros a evitar en nuestra búsqueda y encuentro con ese río que discurre por la Escritura.

1. La interpretación caprichosa o interesada: Una amigo me decía, no hace mucho, que en la Biblia podían encontrarse citas para sustentar una afirmación y la contraria, una ideología y su opuesta. Esa afirmación es un sofisma[1]. La Palabra auténtica no se puede contradecir, como he defendido en el artículo anterior.

Es imprescindible ser honesto y objetivo, no "arrimar el ascua a mi sardina", no manipular. Para que una veleta cumpla su misión tiene que estar suelta, dispuesta a girar. Si la manipulamos, su finalidad se quiebra. Curiosamente a la interpretación condicionada y caprichosa se le ha llamado "interpretación libre" y se utiliza para defender doctrinas preconcebidas. Para encontrar la Palabra hay que ir suelto, desasido de todo prejuicio, principio cerebral, ideología o interés personal. En el río hay que sumergirse desnudo. Sólo en la desnudez y profundidad del ser se encuentra el Espíritu. Ayuda conocer el entorno humano y material de los escribientes (lo que se ha llamado interpretación histórico-crítica) pero no es suficiente. Las erudiciones pueden ayudar o pueden ser ruido cerebral. La Presencia de que hablo se percibe como "un ligero susurro de aire" (1Re 19,12) que envuelve y orienta suavemente nuestra veleta.

2. La sacralización: Para destacar la importancia de la Escritura la hemos sacralizado y petrificado. Por eso llamamos "palabra de Dios" a todo lo que se lee. Se exagera para captar nuestra atención sobre la importancia de la Escritura. Lo mismo que hacía nuestra madre al exagerar los efectos milagrosos del escapulario.

Esa exageración tiene un alto coste. Al hacernos adultos y comprobar que no eran ciertos aquellos dramatismos, despreciamos los exagerados consejos de mamá y tiramos al niño junto con el agua de la bañera. O, por el contrario, permanecemos petrificados por el infantilismo y no nos atrevemos a pensar por nuestra cuenta, ni a soltar la medalla.

Al llamar "palabra de Dios" a todo, el subconsciente nos empuja a la interpretación literal. Leemos la descripción de los juncos y, sin haber tocado el agua del río, proclamamos: "es palabra de Dios". Tragamos juncos por agua. Esa "pedagogía de la exageración" es causante -antes o después- del alejamiento de unos, la indiferencia de otros o la desorientación de muchos. Por ejemplo: escuchamos atentamente y constatamos la incoherencia de la primera lectura con el evangelio, la reacción espontánea es desenchufar. Lo que debería ser alimento saludable se convierte en piedra de tropiezo y abandono.

Por otro lado, sacralizar es tanto como congelar y poner a distancia. Nadie puede beber de un río congelado. Las cosas sagradas son "intocables", "inalcanzables", "ocultas". Por eso el comentario a la Escritura (homilía) sólo se permite a los sacerdotes. Sólo ellos están "en el secreto". Sólo la interpretación oficial y rutinaria es válida. Con ello se niega la asistencia del Espíritu a los creyentes y se nos priva del testimonio vital de tantas personas transformadas por la Palabra. Se embalsama la Escritura en el ambón o en preciosas encuadernaciones. Un gran número de fieles terminan convencidos de que esas viejas e ininteligibles lecturas son "cosa de curas".

Sin embargo, para captar el río de la Palabra, hay que zambullirse en el agua, beberla, paladearla, dejarse impregnar. La Escritura hay que manosearla, voltearla, amasarla, masticarla, con toda confianza, porque ha sido escrita para nosotros. Si la momificamos, es que está muerta y no podrá trasmitirnos la vida que contiene. Una vez más el celo por tenerlo todo atado y bien atado impone rigidez. No nos hemos percatado de que la rigidez es síntoma de muerte ("rigor mortis"). Los católicos deberíamos ser cultivadores de vida, nunca embalsamadores. San Pablo nos da pistas: “Nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva: no basada en pura letra, porque la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida” (2Cor 3,4).

3. La revelación cerrada: No tengo inconveniente en alinearme con la doctrina oficial y afirmar que la revelación quedó completada con la venida de Cristo, la Palabra misma. Pero, a renglón seguido, debo confesar que la revelación sigue y seguirá mientras el hombre habite la tierra. Dígase, si se quiere, que todo está potencialmente en el Libro. Pero no se abuse del concepto de "revelación terminada y única". Existen cosas, personas, acontecimientos, que nos ayudan a descubrir el verdadero rostro de Dios, fin último de la Escritura. Son, por tanto, "revelación" para nosotros.

Hay que cultivar sin miedo la relación con lo que nos hace vibrar en profundidad, lo que nos transmite vida, luz, fuerza. Puede ser la naturaleza, libros, música, personas… A esas relaciones vivificantes, que paradójicamente pueden no estar vivas, hay que darles prioridad porque son verdadera "revelación" para nosotros, son el pan del crecimiento. Lo mismo habría que decir de la revelación personal: esas aspiraciones profundas, esas intuiciones, ese pasico que se impone desde dentro… Por ahí nos está llegando la Palabra, no quiso quedarse confinada en el Libro. Él nos sale al encuentro en cada esquina: "Estoy a la puerta y llamo" (Ap 3,20).

Digo esto porque, a veces, cargados con una estupenda Biblia, un leccionario o un breviario, relegamos lo que palpita en nuestro interior o la vida que otros nos contagian. Ignoramos a verdaderos "enviados" porque no vemos sus alas. Olvidamos que Él nos habla "en múltiples ocasiones y de muchas maneras" (Heb 1,1), que su Presencia sigue aquí, dentro y fuera de nosotros. Hay que evitar la tentación de enfrascarse en descifrar mensajes milenarios sin prestar atención a los mensajes del Acompañante que, hoy, camina a nuestro lado. Son garantía de la revelación viva y actual aquellas palabras del testamento de Cristo: "Muchas cosas tengo que deciros todavía, pero ahora no estáis capacitados para entenderlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa. Pues no os hablará por su cuenta, sino que os dirá lo que ha oído y os anunciará las cosas venideras" (Jn 16,12).

Citaré otros dos escollos que no puedo desarrollar por falta de espacio. Uno es la enseñanza incongruente y teórica de la Religión en nuestros Colegios, necesitada de mayor coherencia con la praxis pedagógica ("hacer es la mejor forma de decir") y una urgente adaptación a nuestro tiempo. Quien lo dude que coja un libro de Religión y lea -por ejemplo- la historia de Abrahán, personaje clave en la Escritura. Pregúntese después qué mensaje prenderá en nuestros hijos: el de la fidelidad total o el del "dios" que induce al asesinato. ¿Nos extrañará que, más tarde, rechacen inconscientemente a ese "dios falso"?

El otro escollo grave es la mala selección de lecturas para las celebraciones litúrgicas. Es imprescindible que nos den a los fieles alimento asimilable en cada Eucaristía, sin pretender hacer un recorrido formalista por la historia bíblica. No me extraña que mi amiga Mercedes se salga de la iglesia cuando se leen determinados textos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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[1] Sofisma = Razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso.

de la palabra II

de la palabra II

EL RÍO DE LA PALABRA II
Encontrar la Palabra
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 20/11/07.- Nos habíamos quedado en una Escritura contaminada, con una serie de dificultades para beber del río de la Palabra que la riega. Te había propuesto continuar con algunas pistas para alcanzar el agua limpia. Veamos:

1. La Presencia: Es la que hace sagrada la historia de este Pueblo. Es como el sol que ilumina, calienta y fecunda una tierra oscura y primitiva. La historia es terrena, a veces perversa. La voz que la intenta regenerar es divina. A esa Presencia la he llamado río porque baña la historia de nuestra Familia desde el principio. Una Presencia que va ganando caudal hasta hacerse presente y visible. Entonces la Palabra misma nos llama cara a cara. Quienes dan testimonio adolecerán también de defectos pero su Testamento es más comprensible, limpio y fiable que el anterior.

Esa Presencia no ha acompañado sólo a nuestro Pueblo. Creo firmemente que ha acompañado, de una u otra forma, a todos los pueblos[1]. Que ha extendido su manto protector sobre todos los rincones de la tierra. La diferencia quizás esté en la fidelidad mayor o menor de cada pueblo a su llamada. Los cristianos nos sentimos "privilegiados", agradecidos, reconocidos a la Mano que nos creó y no nos abandonó. No por eso somos mayores, ni mejores. Lo que no resta nada a mi fe, ni a la fidelidad a mis raíces, ni al gozo de pertenecer al Pueblo de la Encarnación. En mi ignorancia sólo sé que he sido elegido "desde siempre y para siempre" a la Vida y que me han dejado escrito el Camino para no perderme en la oscuridad terrena. Me supera y estremece este regalo. Ardo en deseos de compartir mi alegría. Pero no caeré en la tentación de despreciar a otros desde mi credo y mi doctrina.

Pues bien, para encontrar el río enhebrado en la Escritura, te será de gran provecho haber encontrado dentro de ti esa Presencia. Me atreveré a decir más: de poco te servirá la Escritura si no te lleva a descubrir esa Presencia en tu historia, dentro y fuera de ti mismo. Estoy convencido de que mi historia, como la tuya, es tan sagrada como la de Jacob, David o Pedro. Esa Presencia la hace hoy, como ayer, "historia sagrada"[2].

2. La coherencia: Nos han creado coherentes, a su imagen (Gn 1,26). Es precisamente la coherencia de Dios la que explica las permisiones al desvarío humano. Por esa coherencia "la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14) para mostrarnos el camino de vuelta al Padre, en vez de suprimir de un plumazo nuestra malversada libertad.

La coherencia es, por tanto, una buena herramienta para filtrar las narraciones bíblicas y extraer el agua limpia. Es imposible que Dios pueda contradecirse. No puede afirmar algo en un párrafo para negarlo en otro. No puede dibujarnos un rostro de Dios aquí para disfrazarlo allí. Pero las incoherencias están (en el PT[3] sobre todo). Luego no son Palabra o hay que buscarles otro sentido que el literal. Por eso muchos clamamos que se deje el PT en su sitio y no se abuse de confusas o incoherentes lecturas en nuestras celebraciones. Estamos a años luz de aquellas percepciones gracias a la Buena Noticia. Es cierto que hay textos bellísimos en los que el río todo lo empapa. Debemos aprovecharlos. Pero no podemos abusar del PT como si no hubiera sido superado por la Palabra encarnada. "El vino nuevo se echa en odres nuevos" (Mt 9,17). "Aquel mismo velo sigue ahí cuando leen el AT y no se les descubre que con el Mesías caduca" (2Cor 3,14). Por tanto, coherencia en la búsqueda del sentido y en la selección de textos. Si un texto hiere tu coherencia cristiana o tu intuición interior, deséchalo de momento. No pasa nada, la Escritura es muy amplia. Busca lo que te alimente hoy.

3. La sed: Es la brújula de nuestras búsquedas (Jn 7,37). Hay tanta sed de Dios en el hombre que su Presencia es detectada tanto por nuestra siempre incompleta saciedad, como por el aumento de la sed a medida que nos acercamos. Ese instinto interior nos hará distinguir el agua del verdín flotante (Dt 32,2). O nos agudizará el ingenio para apretar el barro y extraer sus gotas. O nos impulsará a cavar para besar la corriente subterránea. Incluso nos dará coraje para golpear la roca y arrebatarle su corazón de agua. Esa sed aguda es prueba inequívoca de la existencia del Agua: "Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche"[4].

La sed reconoce instintivamente el agua, te guía mientras exploras la Escritura. Podrás distinguir la pecina o los sapos, con toda naturalidad, sin ningún escándalo, sin ninguna duda. Ya no preguntarás por qué hiere tu sentido cristiano esa concreta lectura. Sabrás filtrar, sabrás reconocer. No puedo resistirme a citar la sed de otro buscador: "¡Oh cristalina fuente / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados!"[5]. Sólo el agua cristalina contiene los "ojos deseados". O si se quiere un ejemplo bíblico: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24,32). El ardor nos revela la cercanía del Fuego, como la sed nos lleva al Agua.

4. La promesa: ¿Quién podrá guiarnos en el descubrimiento del río de la Palabra mejor que la Palabra misma? (Jn 20,31) ¿Quién nos explicará la Escritura mejor que el Caminante de Emaús? Él nos lo dejó muy claro en su testamento: "Os he dicho estas cosas estando con vosotros; pero el defensor, el Espíritu Santo, el que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho" (Jn 14,25). Y se va a la muerte diciendo: "Padre justo… Yo te he revelado a ellos y seguiré revelándote, para que el amor que tú me has tenido esté con ellos y también yo esté con ellos" (Jn 17,26).

Por eso no hay que tener miedo de dejarse guiar por la intuición profunda, esa luz interior en la que se manifiesta el Espíritu. No temamos usar el alambique interior para separar el agua -abundante o escasa- de sus circunstancias, peripecias y contaminaciones. Si te huele mal, si te sabe mal, si te hiere la garganta, puede que estés queriendo beberte los lagartos de la orilla. Utiliza tu sentido común, tu coherencia y tu intuición. No dudes que en la honradez de tu fondo, en tu búsqueda sincera, en tu desasimiento, en tu abandono a la verdad, está el Paráclito prometido (Jn 14,26).

5. Los síntomas: Hay síntomas internos, sensaciones profundas, que te confirman si has descubierto el "agua del río" dentro de la Escritura: El gozo profundo (Mt 11,25); la paz interior, no exenta, a veces, de tensión o conflicto exterior (Lc 2,34); la coherencia con lo que mana en tu profundidad desapropiada, el Espíritu nunca se contradice (Lc 8,16); el realismo o posibilidad real de llevarlo a tu vida y la fuerza para afrontar lo descubierto. Son los mismos síntomas que te deja el descubrimiento de la voluntad de Dios auténtica (no la imaginada, condicionada, ideologizada o impuesta).

Si esos síntomas te acompañan, con toda probabilidad el Espíritu está contigo. No olvides que Él asiste a nuestro Pueblo en su peregrinar, pero también te asiste y te acompaña individualmente. ¡Él es tu heredad y tu copa! ¡Fíate! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

En el próximo y último artículo abordaré los peligros en el acceso a la Escritura.

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[1] Véase, por ejemplo, la referencia a Efraín en Os 11,3 y Lc 13,29.
[2] Véase, por ejemplo, Mt 28,20.
[3] PT = Primer Testamento, antes llamado Antiguo Testamento.
[4] San Juan de la Cruz: Cantar del alma, estribillo.
[5] San Juan de la Cruz: Cántico Espiritual, estrofa 11.

de la palabra

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EL RÍO DE LA PALABRA I
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JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 12/11/07.- Mi amiga Mercedes es una mujer madura, culta, piadosa, con muy buena formación y, sobre todo, con un personalísimo trato con el Resucitado. Ella no consiente que le den gato por liebre. Se levanta muy digna y se va a la calle, hasta que las lecturas bíblicas contaminantes han terminado.

Otros católicos sufren, se inquietan, se desconciertan. Se preguntan por qué los "sabios" liturgistas nos proponen lecturas cuyo contenido es contrario a la doctrina cristiana y al rostro del Padre revelado por Cristo. La respuesta es sencilla: La "clase sabia" de nuestra Iglesia, celosa de que ninguna letra se pierda, se empeña en freírnos el pescado sin limpiar. Y el Pueblo a comer lo que le pongan sin rechistar.

El error parte de considerar "toda" la Escritura "palabra de Dios". Esta exageración, causada por un exceso de celo, nos llevó a la interpretación literal y con ella al ridículo, como ha quedado demostrado con el paso de los años[1]. Una interpretación acrítica es la cuna del integrismo[2] y del fundamentalismo[3], que son una negación del don de la racionalidad y de la asistencia permanente del Espíritu, realidades imprescindibles en un cristiano[4]. Oficialmente existe un rechazo absoluto de la lectura fundamentalista[5]. Pero, en la práctica, nos arrojan en sus brazos al ordenarnos repetir: "palabra de Dios", después de cada lectura litúrgica, aunque ésta sea bochornosa para un cristiano.

En la raíz de ese exceso (y de otros muchos) está el miedo a lo nuevo, la falta de fe en el individuo y, en definitiva, la falta de fe en el Espíritu. Es la tentación de cualquier madre con hijos que proteger: "para que no entren los insectos y las alimañas conservemos las puertas y ventanas bien cerradas". Sin darse cuenta de que sus hijos se volverán raquíticos por falta de sol y aire. De hecho, una mayoría somos cristianos raquíticos, menores de edad, niños asustados. El dolor que me causa esta situación me empuja a escribir, aún desde las brumas de mi ignorancia. Y es lo que me motiva a solicitar, una y otra vez, mayor cuidado a los que nos dirigen.

Hay teólogos y escriturarios actuales que se esfuerzan por abrirnos ventanas. Pero el aire no llega a todo el Pueblo. A algunos nos han ayudado a fiarnos de las intuiciones profundas, del gusto por la verdad, de la determinación de progresar, de la búsqueda ardiente de la Palabra. Nos han incitado a recordar que "el aire perfumea", que "mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó de fermosura"[6]. Nos han empujado a vencer el miedo de profetizar una religión humanizadora, positiva, luminosa y alegre, que nos ayude a volver al Padre con humildad e ilusionada certeza. Una larga etapa rígida y tenebrista nos hizo olvidar aquellas palabras, pronunciadas paradójicamente en la despedida, justo antes de la Pasión: "Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de vosotros y vuestra alegría sea completa" (Jn 15,11). O aquellas otras del primer epílogo de Juan: "Éstos (los milagros) han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20,31).

Pero volvamos a la Palabra. Es muy importante caer en la cuenta de que toda la Escritura no es Palabra. Más bien la Palabra discurre entre la Escritura, la riega como un río de agua sanadora, fecunda, orientadora, que recorre una concreta historia humana (la de los judíos y primeros cristianos), durante un concreto tiempo[7].

No podemos confundir el río con sus orillas agrestes, ni con sus monstruos, ni con la vegetación invasora. Hay que distinguir claramente entre el río y la historia que riega. En muchas ocasiones esa historia está habitada por hombres perversos, rudos, ignorantes, que tan pronto reniegan de Dios como le creen inspirador de sus propios crímenes. Algunos pasajes -totalmente secundarios que no explicitan el mensaje central del Primer Testamento- son pura bazofia y su lectura no es recomendable. Esa es la razón por la que la Biblia fue un libro prohibido o no divulgado durante muchos años. Conviene decirlo porque parece, que ahora, todo está bendecido por el hecho de estar en el Libro.

Tampoco podemos pensar que la mano que escribe es sabia, incontaminada, guiada al dictado. Todo lo contrario. Está limitada por su personalidad, por su ambiente humano y material, por su nivel cultural, etc. Es decir, la Escritura no sólo está contaminada por la precariedad o bajura de la historia humana que describe, sino también por los subjetivismos y condicionamientos de quien la escribe. Esto ocurre de forma relevante en el PT (primer o antiguo testamento) porque el primitivismo era mayor y menor la evolución humana. Pero también puede afirmarse del NT. Es más, esto ocurre y ocurrirá siempre, porque los humanos somos limitados e incapaces de agotar la Palabra. Sólo podemos recoger algunos de sus destellos para iluminar nuestra humana oscuridad.

En San Pablo, por ejemplo, es evidente la influencia de su formación judía ultra ortodoxa, que a más de un teólogo confundió, como a San Anselmo. Este obispo del siglo XI, a pesar de su santidad, formuló la nefasta y extendida doctrina de la redención -recogida después por Santo Tomás- como "precio infinito pagado por nuestra ofensa infinita". Ha durado siglos y aún permanece en el subconsciente colectivo y en nuestra liturgia.

¿Qué hacer entonces? ¿Se nos ha roto la Escritura? ¿Renunciamos a ella? Conozco alguno que ha caído en esa tentación. ¡Pues no! Solamente se ha abierto nuestro apetito por buscar, encontrar y digerir la Palabra. Cuando un río discurre por un lecho fangoso y se enturbia, cuando serpentea entre vegetación salvaje y se hace inaccesible, cuando se esconde para aparecer después, cuando se precipita por barrancos imposibles… ¿Hemos de renunciar a su agua? ¡Decididamente no! Solamente es mayor el reto de alcanzarla. Nos va en ello la vida. "Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10).

Intentaré humildemente en el próximo artículo dar algunas pistas para conseguir el agua del río y, si fuera preciso, filtrarla. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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[1] Véase, por ejemplo, el origen en la mujer del mal y del pecado (Gn 3,12) que tantos prejuicios históricos hacia la mujer ha protagonizado.
[2] Integrismo: Actitud de ciertos sectores religiosos, ideológicos, políticos, partidarios de la inalterabilidad de las doctrinas.
[3] Fundamentalismo: Aplicación rigurosa y estricta de las escrituras y las doctrinas tradicionales.
[4] Véase, por ejemplo, una alusión a la racionalidad: "Entonces les abrió la inteligencia para que entendieran las Escrituras" (Lc 24,45).
[5] Véase "La interpretación de la Biblia en la Iglesia" de la Comisión Bíblica Romana. Ed. PPC – 1994.
[6] San Juan de la Cruz: Cántico Espiritual, estrofa 5.
[7] Véase, como ratificación de que la Palabra trasciende la Escritura, el precioso texto: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos…" Is 55, 8-13.

del Espíritu

del Espíritu

10.11 de noviembre de 2007
A LA IGLESIA Y A LA SOCIEDAD
Manifiesto de la I Asamblea de Redes Cristianas
REDES CRISTIANAS
MADRID.

ECLESALIA, 10/11/07.- Con el fin de analizar los problemas más graves que afectan al ser humano y de consensuar algunos gestos comunes en defensa de su dignidad, nos hemos reunido en la Facultad de Ciencias Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid los más de 160 movimientos, grupos y comunidades de Redes Cristianas durante el 10 y 11 de noviembre de 2007. Con este encuentro culminamos el largo proceso que, durante casi un año, nos ha implicado a muchas personas de diferentes Comunidades Autonómicas en la preparación de quince seminarios, foros y otras tareas de organización y logística. En estos dos últimos días, además del debate de los temas, de compartir experiencias y de orar juntos/as, hemos elaborado un programa de acción conjunta hasta la próxima asamblea y hemos celebrado una concentración ciudadana, en colaboración con algunas asociaciones de inmigrantes, en el barrio de Lavapiés.

En este contexto hemos cobrado mayor conciencia del antagonismo que se está dando entre dos tendencias que afectan sustancialmente a la dignidad del ser humano. Una negativa, que lo degrada a mero súbdito o cliente del mercado y otra que lucha por restaurarlo en su autonomía y dignidad. Como cristianos y católicos, descubrimos que estas dos actitudes se están dando también en nuestra misma iglesia católica, donde, junto a la gran mayoría que intenta seguir a Jesús desde el servicio humilde y samaritano, existe otra pequeña minoría empeñada en la nada edificante carrera por el poder y el control.

No es este el lugar para hacer un recorrido por todos los lugares donde la dignidad del ser humano está siendo humillada. Los talleres que hemos realizado en la asamblea, leyendo la historia desde abajo, desde los perdedores, testimonian con suficiente claridad los destrozos que la lógica del capital y del mercado está causando en el planeta y en la mayoría de la humanidad. Algunos de sus efectos más visibles aparecen en fenómenos como el empobrecimiento y la inmigración, la crisis de las familias y de la misma sexualidad de las personas. Mirando desde el pluralismo religioso y desde el centro de la Iglesia católica, abundan también las ocasiones en que los Derechos Humanos más elementales son conculcados y más especialmente los que afectan a la dignidad de la mujer.

Pero seríamos injustos si no tomáramos nota aquí de la creciente vitalidad que está aflorando en estos comienzos de siglo tanto en la sociedad como en las iglesias. Como demuestran los Foros Sociales Mundiales y los Foros Mundiales de Teología y Liberación, la lucha por la globalización de la dignidad humana ya está en marcha. Por humildes que se crean, los movimientos antiglobalización neoliberal y antisistémicos y los encuentros de las religiones desde la base están anunciando el nacimiento de un nuevo paradigma alternativo. Particularmente nos alegra constatar que una nueva espiritualidad está emergiendo en nuestros días.

Sin otra pretensión que la de ser humildes portavoces de una voz del Espíritu, como en sus días lo fuera el autor del Apocalipsis ante las nacientes iglesias de Éfeso hasta Laodicea, entendemos que esto es lo que el Espíritu podría decirnos hoy día a la iglesia y a la sociedad:

1. A la Iglesia de Dios que está en los obispos de las diócesis españolas: Admiro el celo que despliegas en mantener las tradiciones milenarias del pasado, entre las cuales está la memoria de Jesús. Pero tengo en contra de ti que has dejado de seguirle en su vida de servicio y has emprendido una carrera por conquistar el poder a cualquier precio. Te has enseñoreado del pensamiento en tus filas, reprimiendo duramente toda crítica y disidencia con lo que llamas “doctrina de la Iglesia”. Te has olvidado del estatuto de igualdad que mi siervo Pablo formuló valientemente diciendo que “ya no hay judío ni griego, siervo ni libre, hombre ni mujer, ya que todos y todas sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28) y tú estás ignorando al pueblo cristiano y discriminando a la mujer. Contra tu propia función, estás rompiendo la comunión en mi Iglesia. Defiendes en el seno de la sociedad estatutos de privilegio en nombre de unos Acuerdos, casi clandestinos, que tú misma sabes que fueron arrancados en momentos de gran debilidad de la sociedad civil, al margen de la misma Constitución Española. Viendo a tus jerarcas disfrazados de rojo y en manifestaciones antipopulares yo mismo enrojezco de vergüenza ajena. En esto no puedo alabarte.

Pondera dónde has caído y vuelve a la cordura y a aquella actitud de servicio gratuito y misericordioso que guardas en la entraña de tu más rica tradición. Reconoce sin exclusiones los estatutos de igualdad, libertad y solidaridad que deben reinar en mi Iglesia y respeta ese pluralismo que enriquece, pues a todas y todos os he creado yo a mi imagen y semejanza. Esta es la cita; en este lugar te espero.

2. A la Iglesia de Dios que está en la legalidad y en las formas: Conozco muy bien tus andanzas y sé que eres formalista y cumplidora. Siempre estás con la legalidad constituida sea ésta en la sociedad donde vives o en la iglesia de la que presumes. Lo tuyo es la seguridad, el orden, la disciplina. Cumples el rito y guardas las leyes. Pero conozco muy bien tus limitaciones: no piensas más allá de ti misma, no eres universal, aunque lo digas en el credo. Tu legalidad raya frecuentemente con la injusticia. Por ejemplo, cuando en la enseñanza defiendes esa tercera vía, la concertada, que se financia con fondos públicos y no sirve justamente para todos; o cuando discriminas las distintas formas de familia fuera de la tradicional; o cuando defiendes en público una filosofía y una ética del comienzo y final de la vida, de las prácticas de la sexualidad y de control de natalidad que en privado ya ni tú misma practicas; o cuando haces malabarismos para casar lo que mi Hijo Jesús, que sabía algo de esto -pues también en esto fue tentado-, dijo que era imposible casar: a Dios con al dinero.

Conviértete a la justicia, aunque tengas que rebasar tu propia legalidad. El calor y la cercanía de la gente te van a ayudar generosamente a recuperar tu atraso y desajuste con el tiempo en que vives. Mi salvación, como siempre, te seguirá llegando desde abajo, desde los empobrecidos y desde la tierra víctima del egoísmo explotador. Aquí abajo, en la base, en las raíces de todas las vidas, te estoy esperando.

3. A la iglesia de Dios que está en la base: Eres pequeña y a veces casi insignificante, como el “resto” del antiguo Israel. Pero en ti marcha la fidelidad a la utopía, a mi proyecto del Reino que Jesús anunció brillantemente con su vida. Pronuncias grandes y hermosas palabras, como igualdad, fraternidad, justicia, misericordia, libertad. Tienes muchos testigos que han regado con sangre el planeta y han empeñado su vida en hacer una sociedad y una tierra más ajustada a la dignidad humana. Pero tampoco tú estás libre de pecado. Debes reconocer con humildad tu fracaso histórico: no has sido capaz de poner en el mundo otro talante ni otra lógica, ni tampoco en la propia Iglesia, aunque sigas diciendo que todo esto es posible. Te has dejado contaminar por la lógica del sistema dominante. Tu pecado está en la acomodación por miedo a la inseguridad y al futuro. Mi Hijo Jesús “no tenía donde reclinar la cabeza” y tú te estás rodeando de todo. Si de la derecha no me sorprenden los malabarismos que hace para casar a Dios con el poder y el dinero, de ti me pregunto si estarías dispuesta a hacer por la humanidad lo que la burguesía siempre ha hecho en beneficio propio para mantener sus injustos privilegios. Te sobra miedo y te falta confianza en que yo estoy contigo, tratando de hacer posible ese otro mundo y esa otra iglesia que tú sueñas.

Reconoce que voy contigo, a tu lado, respetando tu iniciativa y animándote a dar, contra viento y marea, razón de tu esperanza.

4. A la sociedad civil que está en el fácil acomodo al capitalismo neoliberal: Conozco muy bien tu compromiso con la eficacia, el desarrollo y la competitividad; también conozco las normas que te das para la protección de la economía y el mercado. En esto te estás mostrando legítima heredera de aquel refrán que me atribuyen a mí en el Génesis (y que yo dudo de haberlo dicho así): “someted la tierra y dominadla” (Gn 1,28). Esta es la locura a la que te están empujando tus malos economistas y los políticos mediocres que te adulan. A tus poderes fácticos, que manipulan como siempre en la tramoya, no les importa demasiado la otra sociedad que excluyen del mundo y que es actualmente mayoritaria. Pero tengo contra ti que no sabes distribuir lo que produces, ni sabes producir lo que necesitas. Estás siempre conspirando y crispando el ambiente, resquebrajando la tierra y globalizando la miseria, mientras acumulas lo que es de todos y tú no necesitas. Pero te olvidas de que, como a Epulón, en el atardecer de la vida, te voy a pedir el alma.

Enmiéndate y reconoce a qué extremos te está llevando esa ensoñación individualista en la que vives. Aprovecha los muchos talentos que tienes para cuidar más y mejor de las personas y del planeta que es el hogar de la vida. En el esfuerzo por superar tu propio egocentrismo y la acumulación que no necesitas, en el reparto equitativo y justo me tendrás siempre a tu lado.

5. A la sociedad que está en la búsqueda de alternativas: Siempre me has resultado divertida y simpática, siempre he tenido una gran debilidad por ti. Y no porque hayas sido muy creyente, que ¡vive Dios!, es decir, ¡vivo Yo!, que no lo eres, sino porque has mantenido la esperanza en el futuro y has tratado de responder a aquella pregunta que yo, tu Dios, te hice, hace ya tanto tiempo en el Génesis: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9). Pero me entristece ver cómo en estos momentos estás siendo timorata y acomodaticia. Te estás quedando a medio camino. Claro que aplaudo tu apuesta por la paz y el rechazo de la guerra, las medidas a favor de los inmigrantes, de los matrimonios homosexuales, de género, de la dependencia, de la memoria histórica y demás. Pero tienes miedo a llegar al final y te estás contagiando de algunos aspectos del nacionalismo menos imitable. En esto no puedo aplaudirte.

No te dejes embaucar por esos cantos de sirena que sólo pretenden lavar el rostro con pequeñas reformas mientras ocultan la voluntad de llegar a las grandes transformaciones que está necesitando este mundo mío y vuestro para que sea de todos/as. Lo que tú sueñas y persigues, como le pasó a mi Hijo Jesús en su tiempo, te sitúa siempre en un no-tiempo y no-lugar, en el terreno de la utopía. En esa búsqueda de alternativas para acercar toda vida y todas las vidas a mi proyecto del Reino me tendrás siempre a tu lado. Aunque tú no lo quieras ni necesites reconocerlo.

6. A los creyentes que andáis buscando el encuentro entre las religiones: Sois buena gente y os veo decididos a tender puentes entre las confesiones religiosas por todos los medios. Sois muchos y muy diferentes. Yo he querido acercarme a vosotros sin violentar vuestra alma, sin quebrar vuestras culturas. Y vosotros y vosotras habéis querido responder a mis ansias de encuentro con los medios que habéis tenido a vuestro alcance. Por eso habéis creado tantas confesiones religiosas tan diferentes, cada una con su propia originalidad y riqueza. Me sois muy queridos y yo mismo estoy impulsando vuestras ansias de encuentro. Pero veo con sentimiento y ternura que el diálogo no avanza porque cada uno prefiere dialogar desde su propia casa, desde la inmovilidad de su propio credo. Cada cual espera que los demás renuncien a sus posiciones, muevan ficha, sin modificar nunca por su parte el tablero. ¡Qué disparate! No es ahí donde yo quiero que os encontréis. Que cada uno rece y confiese el credo que crea más verdadero, pero que nunca ignore que la cita que yo os hago no está tanto dentro de las iglesias, cuanto en el mundo, en la calle, en la increencia, en la humanidad. Y tengo para mí que los temas de identidad os están impidiendo encontraros en la sociedad y en la vida; la religión, los credos os separan de los márgenes, de los pobres. Y, mientras tanto, los hijos de las tinieblas, los guerreros sin conciencia, se aprovechan de vosotros y de vosotras para hacer su guerra interesada. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

“Quien tenga oídos para oír que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias y a la sociedad entera”.

Un abrazo


adelantado

adelantado

EL MOSQUITO CONTRA EL ELEFANTE
A Castellio, apóstol y profeta de la tolerancia, en el aniversario de Server
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ.
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 08/11/07.- El derecho a la libertad de conciencia fue uno de los pilares de la Reforma. Parecía impensable que una nueva Inquisición arraigara en ella. Con el “asesinato piadoso”, de Miguel Servet, “el primer mártir del protestantismo”, la supremacía de la libertad de conciencia frente al vasallaje se quebró. Servet era un creyente que murió como héroe y mártir por defender que la libertad de conciencia es el más sagrado de los derechos del hombre. Servet fue ejecutado dos veces. Primero por la Inquisición romana, quemado en efigie, junto a sus libros, tras huir de sus cárceles (se sospecha que detrás de aquella denuncia podría estar el propio Calvino). Después, el 27 de octubre de 1553, en la Plaza Champel de Ginebra, quemado vivo, a cámara lenta, junto a sus escritos, por un nuevo fundamentalismo surgido en la Reforma”.

El asesinato de Servet supuso una conmoción que nadie, en aquella “dictadura espiritual”, se atrevió a denunciar. Sólo un “luchador solitario”, Sebastián Castellio, arriesgando su vida y prestigio, se atrevió a proclamar que la libertad de conciencia y la tolerancia son valores inherentes al cristiano. Su frase “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre” le inmortalizó. Castellio, que no quiso someterse al yugo de de la Inquisición romana, no tuvo la mano protectora de ningún príncipe o alto dignatario, como la tuvieron Erasmo o Lutero.

Servet y Castellio fueron admiradores del gran teórico de la Reforma, Calvino. Carta tras carta, Servet le insiste en sus tesis ahondando en ella. Calvino le responde, con paternalismo, disuadiéndole de sus errores y atrevimientos. Pero el paternalismo se torna en desprecio cuando el aragonés, muy tozudo, le remite a Calvino su manual Institutio Religiones Christianae, embadurnado con las anotaciones y los errores encontrados por él. Muy confiado, en su afán de ser fiel y ensanchar el espíritu de la Reforma, Servet le remite su propio manuscrito, “Christinismi Restitutio”, una réplica al de Calvino. Un acto de “insolencia” para el francés. Consumada la ruptura, Servet le reclama la devolución de su manuscrito, pero Calvino se niega. Lo retiene como el más preciado testigo de cargo contra el hereje. Por primera vez Servet presiente que su vida corre peligro: “... como discípulo de Cristo, avanzo tras las huellas de mi maestro”, escribe a un teólogo. En igual tesitura, también Castellio, unos años después, escribirá: “Acosáis y alentáis al magistrado para provocar mi muerte”.

La condena de Servet fue perseguida y lograda por Calvino, un predicador de la palabra de Dios exiliado en Ginebra. “Perseguir con las armas a los que son expulsados de la Iglesia y negarles los derechos humanos es anticristiano” había denunciado Calvino, un hombre con una salud muy frágil, pero un gran estratega y organizador, con una voluntad de hierro y un espíritu elevado. Pero el perseguido se convierte en perseguidor, erigiéndose en el gobernador teocrático de Ginebra. De la forma más atroz, y despiadada, Servet fue condenado a morir quemado vivo, a muerte lenta, tras un penoso cautiverio (“las pulgas me comen vivo…, no tengo vestidos ni muda”). Al día siguiente de escuchar su sentencia, vestido con sus harapos, fue llevado desde el calabozo al patíbulo.

“¡Misericordia!”. Con este alarido de impotencia reacciona Servet -atónico e incrédulo, seguro de su inocencia- tras escuchar la sentencia impresa en el pergamino que los secretarios del Consejo desenrollan en su mazmorra. Sin cargos previos, arbitrariamente, Servet fue arrestado, a instancias de Calvino, su verdugo moral. La ejemplar ley de Ginebra establecía que todo acusador debía presentarse y permanecer en prisión, junto al acusado, hasta demostrar que su acusación era fundada. Pero Calvino, que sólo irrumpe en escena en el momento preciso, se vale de intermediarios, de sus hombres de paja; en este caso quien se presenta en los calabozos es su secretario Nicolás de la Fontaine.

Fue una condena por simples diferencias de opinión en cuestiones teológicas en torno a la Trinidad (y la defensa del bautismo en la edad adulta). Una muerte, “por venganza personal”, que escandalizó a muchos pensadores de la época. Dos posturas teológicas opuestas: la obstinación de un teólogo, fiel a la Reforma y obstinado en defender lo que le dicta su conciencia, frente a la obstinación de un predicador fanático que busca a toda costa una condena: “para corroborar el carácter sagrado de la interpretación calvinista de Dios”. No era una muerte por “expiación”, para salvar su alma, como hacía la Inquisición; sino por endiosamiento, por despotismo personal de un líder religioso, recalca Stefan Zweig, exiliado a causa del nazismo, el autor de Castellio contra Calvino. Conciencia contra Violencia. Este gran ensayo, escrito en 1936, coincidiendo nuestra Guerra Civil, supuso para muchos una voz de aliento contra el nazismo en un momento decisivo.

En aquel ambiente de dictadura espiritual, sólo un hombre, Sebastian Castellio se atreve a levantar la voz. Era uno de los más ilustres humanistas de su época, para algunos el mayor, un gran biblista, que se adhirió a los principios de la Reforma. Las divergencias teológicas con Calvino le impidieron en 1544 ejercer como pastor, su gran pasión, renunciando de su cargo y dignidad, para salvaguardar la libertad interior; teniendo que abandonar Ginebra y malvivir con oficios varios subalternos, impropios de su condición, hasta ser nombrado profesor universitario en Basilea. Allí viven teólogos y humanistas de distintos credos, católicos, protestantes, anabaptistas, que no comulgan con las dictaduras eclesiásticas, de Roma o de Alemania.

¿Qué es un hereje? se preguntará Castellio, hombre profundamente religioso, un ejemplo sublime de moderación y tolerancia. Él cae en la cuenta que La Biblia habla de los ateos o paganos, y de los castigos a éstos... pero ésta no habla de los herejes. Un hereje es aquel creyente que no piensa como yo. Mientras desde los púlpitos otros cacarean sus dogmas con voz estridente, tratando a los demás como vasallos, Castellio propone con humildad su llamada a la tolerancia: “no os hablo como profeta...”. En medio de los desvaríos de su tiempo, Castellio afirma que “todas las sectas edifican sus religiones sobre la palabra de Dios y todas consideran la suya como cierta...”. Él quiere combatir con la pluma y la palabra lo que otros Torquemadas, en nombre de Dios, combaten con la fuerza de la espada, la coacción, o la purga. “Tu primera acción consistió en detenerle. Encerraste a Servet y durante el proceso no sólo excluiste a cualquier amigo suyo, sino a todo aquel que no fuera su adversario” le dice a Calvino.

Bajo el seudónimo de Martinus Bellius, Castellio publica en 1554 De Haereticis: en contra de quienes defendían que los herejes deben ser exterminados. Pero sus valientes escritos en defensa de la libertad de conciencia son juzgados en la Ginebra de Calvino como una nueva herejía: el “belianismo” (en referencia a su autor). Le acusan de que su defensa de la tolerancia en cuestiones religiosas es contrario a la palabra de Dios. Convocan un Consejo de guerra contra el libro. Con su táctica habitual, Calvino se vale de Théodore de Beze, otro hombre de paja, para hacer un libelo contra la nefasta herejía de la tolerancia religiosa. De Beze (que será el sucesor de Calvino), dirá que la libertad de conciencia es una doctrina del diablo (“Libertas conscientiae diabolicum dogma”). Conocedor de la condición humana, Castellio sabe que el modo más cómodo e infalible de deshacerse de un adversario personal, es hacerle sospechoso de herejía. Es un viejo truco. Sabe que es la estrategia, la coartada, que usan todos los dictadores cuando se les contradice: acusar al disidente de “alta traición a la patria”.

Castellio sabe que, si calla, otros mil Servet irán a la hoguera detrás. Su escrito Contra libellum Calvini se convierte en el “yo acuso” de su época. Aunque por Basilea circulan copias, clandestinas, su escrito no llega a la imprenta. Poderosas razones de Estado lo impiden. Ginebra busca provocar un incidente diplomático con Basilea. “Es una suerte que los perros que ladran ya no pueden morder” dirá, aliviado, Calvino. Tendrá que pasar casi un siglo para poder ser impreso. Castellio empieza aclarando que él ni defiende ni acusa a las tesis de Servet, que no quiere hablar de doctrina, ni entrar en exégesis. Él sólo quiere denunciar que un hombre ha llevado a la hoguera a otro hombre. En Ginebra exigen su cabeza. Para desacreditarle, se le tienden trampas, pasquines anónimos, atroces insultos, libelos difamatorios, como Calumniae nebulonis cujusdam: “este libelo difamatorio de Calvino puede servir como uno de los más memorables ejemplos de hasta qué punto la furia partidista puede envilecer el espíritu de un hombre elevado” dice S. Zweig.

En el paroxismo de la locura integrista se acusa a Castellio de “ladrón”. Por haber “pescado”, un tronco de madera, durante una crecida del Rin; algo gratificado por los magistrados, porque así se evitaba que los puentes se cegaran. Castellio se defiende dejando en evidencia a los sembradores de calumnias tan estrafalarias, y, de paso, da un repaso a los iracundos defensores de la tesis de la Predestinación: “¿No debería sentir más bien compasión hacia mí, ya que Dios me ha reservado ese destino y ha hecho que me sea imposible no robar? (...) En este caso, abstenerme de robar me resultaría tan imposible como lo es añadir una pulgada a mi estatura”.

Lutero había declarado que “los herejes no pueden ser reprimidos o contenidos por medio de la violencia externa, sino sólo combatidos con la palabra de Dios, pues la herejía es una cuestión espiritual, que no puede ser lavada por ningún fuego, por ningún agua de este mundo”. Castellio denuncia que quien “en diez años ha implantado más novedades que la iglesia Católica en seis siglos”, refiriéndose a Calvino, no puede condenar a otro por el hecho de que, según su opinión, “tergiversó el evangelio de modo temerario y llevado por un inexplicable deseo de innovación”. “Al reflexionar acerca de lo que es un hereje, no puedo sino concluir que llamamos herejes a los que no están de acuerdo con nuestra opinión”. “Las verdades de la religión son por naturaleza misteriosas, y desde hace más de mil años, constituyen la materia de una inagotable controversia, en la que la sangre no dejará de correr hasta que el amor no ilumine los espíritus y tenga la última palabra”.

El 29 de diciembre de 1563, repentinamente -de modo “providencial”-, Castellio muere, a los cuarenta y ocho años, en la extrema pobreza: sus amigos tienen que pagar el ataúd y pequeñas deudas. Acusado de ser cómplice y cabecilla de las más salvajes herejías, muere “escapando de las garras de sus enemigos con la ayuda de Dios” confiesa un amigo. Los estudiantes portan el féretro hasta la catedral. Voltaire, dos siglos después, hablando de las vejaciones a Castellio, señalará que fue expulsado de Ginebra por envidia. Sin nadie que le haga sombra, la moral puritana de Calvino, triunfante, se expande, especialmente a Norteamérica. “Con razón, Weber, en su famoso estudio sobre el capitalismo, ha demostrado que nadie ayudó tanto a preparar el fenómeno de la industrialización como la doctrina calvinista de la obediencia absoluta, pues ya en la escuela las masas son educadas de forma religiosa en la uniformidad y en la mecanización”.

“Desde el punto de vista del espíritu, las palabras "victoria" y "derrota" adquieren un significado distinto. Y por eso es necesario recordar una y otra vez al mundo, un mundo que sólo ve los monumentos de los vencedores, que quienes construyen sus dominios sobre las tumbas y las existencias destrozadas de millones de seres no son los verdaderos héroes, sino aquellos otros que sin recurrir a la fuerza sucumbieron frente al poder, como Castellio frente a Calvino en su lucha por la libertad de conciencia y por el definitivo advenimiento de la humanidad a la tierra” (S. Zweig). Castellio se adelantaba, casi cinco siglos, al diálogo de civilizaciones. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


arrupe

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EL PADRE ARRUPE. UN EMPUJÓN DE HUMANIZACIÓN
Carta a Ignacio Ellacuría
JON SOBRINO, 25/10/07
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 25/10/07.- Querido Ellacu: Varias cosas han ocurrido este año, que me recuerdan cuando ustedes estaban aquí. Te hablaré de dos de ellas, que ayudarán en estos días de aniversario.

En 1979 fue Puebla y este año ha sido Aparecida. Resultó mejor de lo que se esperaba, y no cerró puertas. Queda por ver si nosotros pasamos de largo, sin entrar en el edificio, o si, con lucidez y compromiso, las abrimos de par en par. Buena falta hará para sacar adelante a esta nuestra Iglesia, en medio de la civilización de la riqueza imperante que ahoga el espíritu.

El tema elegido fue bueno: ser seguidores de Jesús con la misión de anunciar al Dios bueno y transformar este mundo injusto y mentiroso en un mundo de justicia y verdad. Es la segunda semana de los Ejercicios de san Ignacio, de la que tanto nos hablaste. Y aunque siempre asustan los costos, el seguimiento y trabajar por el reino de Dios siempre generan ilusión, que no abunda.

El manoseo final del documento fue una verdadera lástima. En alguna curia, sin el conocimiento de los obispos que lo aprobaron, se retocó el texto, sobre todo cuando habla de las comunidades de base. Bien decías tú que lo más importante de éstas es que son de base. Pero, por esa misma razón, son también lo más conflictivo. Se ve que todavía no sabemos qué hacer con la base, cuando los pobres se juntan para vivir, trabajar y creer, para liberarse y liberar. La democracia no es el fuerte de la Iglesia, se dirá. Pero nos debiéramos esmerar en la transparencia del evangelio y en la humildad para reconocer errores.

Y tampoco apareció en el documento, debidamente historiada, en lo que tú insistías, la tercera semana de los Ejercicios, la pasión y muerte de Jesús. El conflicto objetivo con los poderosos, no una abstracta disponibilidad, es lo que le llevó a la cruz. Ignorarlo tiene graves consecuencias, pues permite pensar que hoy podemos llevar a cabo la misión sin graves conflictos. Vuelve a aparecer cuán difícil es tomar a Jesús en serio. Pienso que lo más difícil de aceptar de Jesucristo es Jesús, de éste su vida terrena, y de ésta su cruz a manos de poderosos. Y si no recuerdo mal, ya en 1978 criticaste la cristología del documento de consulta de Puebla. Ofrecía una lectura “gravemente defectuosa y pobre” de Jesús de Nazaret.

Y con la cruz de Jesús, desaparece también la centralidad de los mártires de nuestro tiempo que murieron como él. Aparecida pasa ante ellos de puntillas, y no se vuelca hacia ellos con gratitud y con el compromiso de seguir sus huellas. Da la impresión de que en la Iglesia tampoco sabemos qué hacer con ellos. Un ejemplo. Se han escrito muchos folios sobre Monseñor, su ortodoxia y su ortopraxis. Se discute si es confesor o mártir y -si es mártir- si lo fue in odium fidei o in odium iustitiae… Y cuando parece que Monseñor ha pasado todas las pruebas, en las altas esferas se dice que no es el momento oportuno para canonizar a Monseñor, pues puede ser manipulado. En éstas estamos, Ellacu. Qué hacer con los mártires no es cosa de poca monta. Creo que es articulus stantis vel cadentis Ecclesiae. Ojalá ustedes, los mártires, entren por las puertas que Aparecida ha dejado abiertas para muchas cosas buenas. Y nos oxigenen.

En este contexto paso a hablarte, Ellacu, de lo que me animó a escribirte este año: el Padre Arrupe. La ocasión es clara: el 14 de noviembre cumpliría cien años. Pero hay otra razón más profunda y tiene que ver con ustedes los mártires. Acaban de publicar sobre él un libro de más de mil páginas, y al final los editores nos sorprenden con algo inesperado, pero muy lúcido: un apéndice de los jesuitas asesinados por “la lucha de la fe y la justicia” desde el generalato del Padre Arrupe. En total, 49 jesuitas en el tercer mundo. Por supuesto aparecen ustedes, los mártires de la UCA, con el Padre Carlos Pérez Alonso -del cual poco solemos hablar-, jesuita “desaparecido” en Guatemala en 1981 por los tenebrosos militares de aquel país. Y el Padre Rutilio Grande. Y antes de los nombres, estas palabras del Padre Arrupe.

“Éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres movidos por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren y vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario”.

Son palabras que escribió siete días después del martirio del Padre Grande. El Padre Arrupe sí supo, pues, qué hacer con los mártires. Sin rutina, con agradecimiento, con gozo. En esos mártires vio la gloria de la Compañía. En ellos, y en tantos otros como ellos, sintió la presencia de Dios en nuestro mundo.

Este 14 de noviembre muchos recordarán, con admiración y con cariño, a este hombre universal, vasco universal, dirán en su natal Bilbao. Y no tengo ninguna duda de ello. Pero antes que hombre universal fue hombre de raíces. Durante su generalato, que es cuando mejor le conocimos, dos fueron esas raíces: Dios y los pobres. Algo parecido dijiste de Monseñor Romero. Basaba su esperanza sobre dos pilares: “Dios y el pueblo salvadoreño”. Y don Pedro Casaldáliga acaba de decir, en lenguaje provocativo, que “todo es relativo menos Dios y el hambre”.

Ya hablaremos de esa raíz última que fue Dios. Pero empezamos por los pobres. Tú escribiste que, en definitiva, fue en la periferia, en Japón durante 27 años, y en sus correrías por el mundo para visitar a los jesuitas, donde se encontró con la universalidad más verdadera: la de la pobreza, y la que reclama la reacción más profunda: la compasión. De hecho, su primer viaje después de ser elegido general fue a la India y al África. Es importante recalcarlo, no como ironía, sino como realidad fundamental que en Roma, pero no desde Roma, en un mundo en que se mueve el poder, pero no desde el poder que se mueve en ese mundo, vio la realidad más real: un mundo sufriente. La luz para ver y la savia para llevar fruto venían de la periferia -como lo dices en un breve artículo, que dejaste anónimo. La periferia se convirtió en su mundo, el mundo de los 49 jesuitas que he recordado.

Desde esa parcialidad impulsó de forma pionera la inculturación, comprensible por sus años en Japón. Allí entendió que un jesuita no puede des-culturizar, y así des-humanizar, trabajar para que la periferia se parezca al centro, sino que debe inculturar el evangelio, y estar abierto a dejarse evangelizar por lo bueno “del otro”.

A nosotros en Centroamérica, y a ti muy especialmente, con César Jerez, te tocó enfrentarte con otra forma de periferia: la pobreza y la miseria, fruto de la injusticia. Y también, muy pronto le tocó hacerlo a Arrupe. Y arremetió con la tarea en la CG 32. La conveniencia de convocar la congregación fue controvertida, aun entre los que le apoyaban, pues parecía que no se daban las mejores condiciones. Dicen los historiadores que, dadas las tensiones con el Vaticano, la congregación de procuradores se había mostrado contraria a la convocatoria, 91 votos en contra y 9 a favor. Pero pocos días después, el 25 de octubre, el Padre Arrupe, con una carta abierta a toda la Compañía, además de comunicar el resultado de la votación, anunciaba, como decisión suya propia, que convocaba la Congregación General 32. Y añadió que era “la decisión más importante de todo su generalato”. A mi modo de ver, no le faltaba razón. Fue para él el modo de hacer central la periferia.

Bajo su guía y aliento la congregación se hizo la pregunta más radical que los jesuitas se habían hecho en mucho tiempo: “qué significa hoy ser compañero de Jesús”. Y la respuesta fue inaudita: “comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige”. La Compañía puso manos a la obra, con diversos ritmos, y con mayor o menor intensidad, pero echó a andar por un camino nuevo. Para Arrupe fue causa de alegría ver nacer una Compañía más parecida a Jesús de Nazaret. Fue también fuente de disgustos dentro de la Compañía y de conflictos fuera de ella, con los poderes de este mundo y del Vaticano. Nunca claudicó.

Se puede discutir sobre cuál fue el aporte específico de Arrupe a la “fe y justicia”. Sus documentos y cartas fueron iluminadoras. Pero lo importante es la raíz de donde crecía todo: escuchar el clamor de los oprimidos y reaccionar con toda su persona -y su ilusión era reaccionar con todo el peso de la universal Compañía. Pocos, con la excepción de los obispos lascasianos, lo habían hecho antes, con radicalidad, en la Iglesia y en la Compañía. Por ello, siendo importantes sus directrices de gobierno, estoy de acuerdo contigo, Ellacu, en que su aporte más especifico fue mover a la Compañía yendo él delante, que eso es ser líder, contagiar convicción, compromiso y esperanza, aceptando conflictos y no rehuyendo riesgos. Y todo ello, con libertad creadora, no como quien sigue, a regañadientes, una doctrina ya constituida, ley en definitiva, sino como quien se deja llevar por la fuerza del Espíritu de Dios, y siempre “puestos los ojos fijos en Jesús”, como dice la Carta a los Hebreos. Arrupe vino a decir: “no separemos lo que Dios ha unido desde el principio y lo que la Iglesia y la Compañía habíamos separado a lo largo de la historia: la fe y la justicia”. En ello le fue la salud y el tiempo, y en definitiva la vida.

En los primeros años de su generalato, en la provincia centroamericana eso lo vivimos en tensión con Roma. Y tú, Ellacu, recuerdas muy bien las crisis. Aun antes de la CG 32, en El Salvador los jesuitas habían intentado el camino de “la fe y la justicia”. Se respiraba ilusión y ganas de trabajar. Y surgieron conflictos antes impensables. En el seminario no cayeron bien “las novedades de Medellín”, y dejamos su dirección. En el Externado nos demandaron judicialmente por “enseñar marxismo” y por “poner a los hijos en contra de sus padres”. En Aguilares, Rutilio Grande denunciaba a los opresores, “hermanos caínes” los llamaba, y defendía a los campesinos -en 1977 lo asesinaron, y a sus compañeros jesuitas los apresaron y echaron del país. La UCA denunció el fraude electoral del 72, la opresión de la oligarquía y del ejército, y la estructura injusta del país. En 1976 explotó la primera de veinticinco bombas en el campus. Todo ello era la “fe y justicia”.

En la tarea los jesuitas pusieron ánimo y lucidez evangélica, pero con limitaciones, exageraciones y errores, como bien recuerdas. Pero ante la novedad de lo que sucedía en la provincia, en Roma, al principio no bien informado y pienso que no bien asesorado, Arrupe quiso frenar la nueva dirección que tomaban los jesuitas. Aunque pienso que con honradez fundamental de parte y parte, las relaciones fueron tensas. Después se dio un cambio extraordinario, como bien lo cuentas tú, sin ocultar logros ni conflictos en tu artículo “Pedro Arrupe, renovador de la vida religiosa”.

En 1976 Arrupe y los jesuitas centroamericanos nos dimos un abrazo gozoso. Y también insistes en ello, tú, que no eras nada dado a lo melifluo. Por coincidencia, estaba yo en la curia de Roma, y me contaron que Arrupe, en una carta que tenía que escribir a los jesuitas centroamericanos, quería “pedir perdón” por los años de conflictos. Sus consejeros le disuadieron, pero, si no en el lenguaje, el Padre Arrupe mantuvo el mensaje. Sentía mucho que “mis limitaciones” hayan colaborado a los “malos entendidos”. Y no pudo ocultar el gozo de la reconciliación.

Recuerdo, Ellacu, que a ti también te produjo gran gozo. Reconocías las exageraciones y algunos errores en aquellos años setenta, pero también los pasos para mejorar y cambiar. Aquella carta del Padre Arrupe de 1976 está ahora escondida en los archivos de alguna curia, pero sigue siendo un testimonio excepcional de la firmeza, la honradez, la fraternidad y la humildad del Padre Arrupe. Por eso lo recuerdo ahora, treinta años después. De personas así seguimos viviendo. Y con la esperanza de que algo se nos haya contagiado.

Las cosas siguieron su curso. En 1977 en Aguilares fue asesinado el Padre Rutilio Grande. En el mes de junio los jesuitas fuimos amenazados de muerte, y las calles se llenaron de octavillas: “Haga patria, mate un cura”. Y el Padre Arrupe se acercó para siempre a los jesuitas y al pueblo salvadoreño. Las amenazas no le asustaron. “No salgan. Sigan en sus puestos”, vino a decir. Él mismo quiso venir a visitarnos, pero los asistentes no se lo permitieron por los riesgos que eso suponía. Y por lo que conozco, siempre actuó así en todo el tercer mundo. “No trabajaremos en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio”, dijeron los jesuitas en la CG 32. La persecución no le arredró en absoluto. Y pienso que ver a una Compañía, mezclada con los pobres del mundo, que ahora tenía mártires por la justicia, que se parecían un poco más a Jesús, le llenó de inmensa alegría. Así vi y así pintas tú, Ellacu, al Padre Arrupe. Con gente así avanzamos en humanización. Pero todavía hay que decir otra cosa del Padre Arrupe, la más profunda: Dios.

Por lo que toca a justicia, la plenitud de Dios otorgaba aliento a la lucha, al enfrentarse con una pléyade de realidades, problemas, incógnitas, riesgos, conflictos, y también esperanzas, utopías, alegrías… Para mantenerse fieles en esa lucha por la justicia ayuda, valga la simpleza, mantenerse fieles al misterio de Dios. Para el Padre Arrupe nada nos puede separar de Él y, por ello, nada nos puede separar del humilde caminar con Él ni de la práctica de la justicia, como dice Miqueas.

La justicia, forma de la compasión y de la misericordia, amor a las víctimas, expresa lo más hondo de la realidad de Dios. Con esa fe en Dios Arrupe animaba a una lucha crucial de calidad y promovía una justicia de calidad. Esa calidad especial es lo que se encuentra en gente de fe, como en Monseñor.

De la profundidad subjetiva de esa fe nada puedo decir argumentativamente. Creo que el Padre Arrupe se puso siempre ante un Dios siempre mayor y siempre nuevo, y le dejó ser Dios. Pero su vida, más que sus palabras, algo dejaba asomar de la ultimidad de esa fe. El Padre Arrupe amó a la Compañía, pero nunca la absolutizó. Llegó a poner en peligro su anterior prestigio y buena fama dentro de la Iglesia -y en algunos momentos casi hasta su existencia- por la opción por “la fe y la justicia”. Y de ello era consciente. En su tiempo, se dieron terribles divisiones internas, intentos, incluso aplaudidos por algunos obispos, de fundar una Compañía paralela. El número de jesuitas descendió en unos 8,000, porque la Compañía abandonaba su cerrado mundo anterior y se encarnaba en el mundo de la injusticia y de la increencia, lo que no es nada fácil. La Compañía perdió antiguos amigos y bienhechores, y se ganó poderosos enemigos, que la han atacado y perseguido hasta el asesinato. Y ha tenido serias dificultades con los tres papas de la época de Arrupe, Pablo VI al final de su pontificado, Juan Pablo I y Juan Pablo II, que no entendían y criticaban incluso la nueva opción. En 1981 llegó la intervención papal, hecho insólito en la historia de la Compañía. Y en lo personal, el Padre Arrupe tuvo que pasar -quizás ése fuese su mayor sufrimiento- por la incomprensión del Vaticano hacia su propia persona, él tan fiel al Papa. Pero con toda naturalidad dejó a Dios ser Dios. Su fe no fue en absoluto ingenua. Fue fe a la intemperie.

Y por lo que toca a nosotros, los jesuitas, no creo que le asustaba el marxismo, sino no poner a Dios en el centro de nuestra vida y misión, aun en medio de las más duras pruebas. Eso es lo que quería para todos. Llegó a escribir: “Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca, ya que nunca habíamos estado tan inseguros”. No antepuso nada a la voluntad de Dios. No puso su corazón con ultimidad en nada que no fuese Dios.

Un recuerdo final. En una de las conversaciones del año 1976, el Padre Arrupe me preguntó si no me importaba que él me leyera una poesía que había escrito a Jesucristo el día del Corpus. Me quedé impactado y en silencio. Después le dije que sí, por supuesto. No recuerdo lo que decía en aquella poesía. Lo que sí recuerdo hasta el día de hoy es lo que sentí por dentro: “este hombre ama de verdad a Jesucristo”. Eso es lo que nos quería comunicar por encima de cualquier otra cosa: el sensus Christi.

Ellacu, termino. Bien recuerdo aquellos tiempos. La fe tenía sabor a esta tierra, y la justicia recibía una calidad especial de lo alto. Fue el don de toda una generación, algunas personas más conocidas, otras menos. Al buscar parangón con el Padre Arrupe, mencionaste a “otro egregio testigo”, “otro mártir, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, tan amigo del padre Arrupe y tan consolado por éste en sus difíciles viajes a Roma”.

De estos hombres, y de mujeres que tú conociste, Rufina, María Julia y María Eugenia, que este año se han reunido con ustedes, necesitamos hoy para humanizar este mundo nuestro. Con ellos y ellas sacaremos adelante Aparecida. Lo que esperamos de ustedes, y estos días especialmente del Padre Arrupe es un empujón en humanización. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


necesidad social

necesidad social

EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA, NECESIDAD SOCIAL
FERNANDO ALLENDE BRAVO, profesor de Sociología de la Educación y Teoría de la Democracia en la Escuela Diocesana de Magisterio
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 18/10/07.- En el debate en torno a la asignatura de Educación para la Ciudadanía (EpC) estamos entrando en un auténtico galimatías. Necesitamos simplificar, organizar las cuestiones y superar cierta visceralidad en el debate. Da la sensación de que nos estamos encallando en una discusión de poder. ¿Quién puede educar esta dimensión de los niños y adolescentes? ¿Quién tiene el poder para hacerlo legítimamente? Hay que salir de ahí y mirar a la sociedad y a lo que ella necesita de la escuela.

En la formulación del Diseño Curricular de Base (DCB) de esta asignatura se habla de una justificación o fuente sociológica. La educación debe prestar atención a las demandas del sistema social. Una central es la incorporación de “los bárbaros invasores” (Durkheim) a la vida social organizada, es decir, que los miembros que se denominan inmaduros vayan siendo sostenedores del sistema existente. Es una asignatura al servicio de la cohesión social. Sin olvidar que si bien la escuela tiene un carácter conservador, sin embargo “puede llegar a despertar en los alumnos el sentido crítico” sobre la realidad social, algo totalmente necesario para cumplir la función de la educación de cooperar en “la creación de ciudadanos que sean capaces de modificar las relaciones sociales existentes”. (DCB)

Así la cuestión básica es si nuestra sociedad necesita o demanda una formación de una ciudadanía democrática, una ciudadanía preocupada por lo público, por la justicia. Se trata de de saber si hay que enseñar el arte de convivir con el objeto de reconstruir las comunidades humanas cicatrizando así las múltiples heridas con las que hemos cerrado el siglo XX. En su colaboración en el informe La educación es un tesoro, escribía Carneiro: “desde 1989 el triunfo de una lógica económica implacable, fundada en la ley del más fuerte y sujeta a las exigencias de un liberalismo desencarnado, impone necesariamente una reacción de nuestra conciencia, un despertar ético frente a la cuestión social fundamental: la agravación de las desigualdades en el mundo”. Aquí el papel de la escuela es capital.

¿Necesidad de una educación de ciudadanos demócratas? ¿De qué tipo de ciudadano? ¿Con qué virtudes? ¿Con qué actitudes?

Considero que la transición política española ha sido una “transición por arriba”, una transición estructural e institucional, que sin embargo está inacabada porque junto a ella es necesaria una “transición por abajo”, es decir una auténtica configuración de ciudadanos demócratas. Se han abandonado ciertos vicios de la dictadura pero no ha emergido una sociedad civil conformada por auténticos demócratas. Así la democracia chirría y la verdad es que como decía Adela Cortina “aunque sea de Perogrullo no hay democracia sin demócratas”. El debilitamiento del esfuerzo común por conseguir la virtud de la ciudadanía ha significado una pérdida del pulso democrático. Como Dice Martín Patino en la presentación del Informe 2006 de la Fundación Encuentro “la mayoría de nuestros males públicos denuncian un notable déficit de ciudadanía” por ello el reto de la educación para la ciudadanía no es uno entre otros, ni tampoco una moda sino que en lenguaje de Ortega “es el tema principal a la altura de nuestro tiempo”.

El mismo estado de bienestar, el estado social de derecho -auténtico logro democrático- ha manifestado, también, su lado perverso: ha provocado el aflorar de un ciudadano mendicante de servicios al papá estado. Una sociedad que ha descubierto sus derechos pero no tanto sus responsabilidades, sus deberes. En este sentido habrá que hacer una cuña para alabar el talante de Juan José Imaz cuando dice: “siempre he creído en la política como servicio a la sociedad. He recibido mucho de esta sociedad desde niño, y he entendido la actividad política como compromiso personal con ella y sus ciudadanos. Como forma de devolver, aún a costa de más de un sacrificio, lo mucho que este país me ha dado”.

Podemos enumerar algunos datos que reflejan la profunda necesidad de una educación para la ciudadanía democrática: a) vivimos en una sociedad con un escaso capital social, los índices de asociacionismo con vistas a intervenir socialmente son muy bajos. La participación en los asuntos públicos es escasa. No podemos olvidar aquello de Lucas Verdú: “participación versus manipulación”. Es una sociedad muy débil, un tanto anémica; b) la situación de apatía política, despolitización o desprestigio de la acción política es un grave asunto. Este dejar lo de todos en manos de algunos es muy poco democrático. No olvidemos que los griegos hablaban de idiotés para referirse a esas personas; c) si miramos a la juventud, ¿qué nos dice su desenganche de la política y de lo político? ¿qué sugiere su desconocimiento de los mecanismos y estructuras políticas? ¿y su mundo de valores? d) Tenemos que recordar de las fracturas sociales e ideológicas que existen entre nosotros, la actual situación de multiculturalidad, y escribiendo desde el País Vasco ¿cómo no vamos a reconocer la necesidad de un baño democrático a todos los niveles en una sociedad herida por el terror de unos iluminados?

Reforzamos esta demanda social de una auténtica educación de la ciudadanía con la reflexión que la Fundación Encuentro hace en la presensación de su informe del año 2006: “El proceso político se enfrenta ahora a su mayor desafío democrático: el de saber si los españoles, en su condición de ciudadanos, están dispuestos a esforzarse por conseguir la ciudadanía necesaria para solucionar sus conflictos de convivencia. La transición política nos devolvió los derechos y obligaciones de ciudadanos (…) La mayoría de nuestros males públicos denuncian un notable déficit de ciudadanía”.

Por otro lado hoy saltan chispas en el debate en torno a la laicidad, laicismo, sana laicidad que está en el trasfondo del debate sobre la EpC. Este debate puede estar viciado y mal orientado si estas cuestiones no se abordan, también, en una educación ciudadana, y sabiendo que entre los mismos cristianos hay maneras diversas de entender eso de los cristianos en la vida pública. No todos cabemos en el mismo saco, ni queremos se nos meta en él. El pluralismo católico también existe.

En fin, EpC, hacerla hay que hacerla. Nos puede pasar que al discutir primero el quién y el cómo perdamos de vista lo nuclear y hagamos el caldo gordo a quienes no están realmente interesados en una ciudadanía preocupada por la justicia, por erradicar desigualdades y privilegios, por fomentar la participación y el cambio de ciertas estructuras generadoras de desigualdad. No se trata de hacer ciudadanos para este sistema, sino ciudadanos demócratas, cuyo corazón ame la justicia, que no olvide la trilogía de la revolución ciudadana: libertad, igualdad y fraternidad. Y esto será posible si educamos ciudadanos que sean capaces de ser críticos con el sistema económico capitalista y que entiendan la democracia como una lucha permanente por la democracia, una democracia no sólo como mecanismo para resolver conflictos sino como una forma de vida, una democracia sustancial, en profundidad, no reducida a la esfera política. Se necesita, luego hágase, como decía “el dios” de Máximo hace unos días: “Hágase la educación ciudadana y que sea lo que Dios quiera”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).