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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

me acogisteis

me acogisteis

MENSAJE DE CLAUSURA XXVII CONGRESO DE TEOLOGIA “FUI EMIGRANTE Y ME ACOGISTEIS”

ECLESALIA, 09/09/07.- Del 6 al 9 de septiembre de 2007 mil doscientas personas han participado en el XXVII Congreso de Teología celebrado en Madrid, bajo el lema “Fui emigrante y me acogisteis”.

1. Es evidente que en pocos años en España se ha producido un gran cambio sociológico a causa de los fuertes flujos de la inmigración, que han puesto a prueba la capacidad solidaria de la población en general y de los cristianos en particular, así como el talante legislativo y ejecutivo de los diferentes gobiernos para hacer frente a los problemas derivados de ese nuevo fenómeno social. De ser un país de emigración España se ha transformado en un país de inmigración. Y la realidad pone en evidencia que no siempre hemos sabido estar a la altura de las demandas que la nueva sociedad nos exige.

2. Esta nueva realidad hay que contemplarla no solamente desde una perspectiva sociológica y económica, con sus repercusiones directas en el mercado de trabajo y en la economía, sino desde su dimensión religiosa y cultural, sobre todo si tenemos en cuenta que un porcentaje muy elevado de los inmigrantes forman parte de culturas, religiones e iglesias cristianas de tradiciones diferentes a la mayoritaria en España.

3. Desde el punto de vista religioso, la fe cristiana no hace distinción de razas ni establece fronteras de separación, por lo tanto debe promover una sociedad inclusiva en la que todos y todas puedan ocupar un espacio digno en igualdad de oportunidades; una sociedad en la que no haya extranjeros ni apátridas, en la que los “papeles” no condicionen ni la dignidad ni las oportunidades de las personas.

4. Las migraciones masivas nos obligan a recordar el mensaje paulino: “Recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió” (Ro. 15,7). O el texto lema de nuestro Congreso: “Si un emigrante se instala en vuestra tierra, no lo oprimáis. Será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis emigrantes en la tierra de Egipto” (Lev. 19, 33-34). Este “recibir al otro”, sin ninguna sombra de discriminación, sin paternalismos ni exclusivismos de ningún tipo, es el núcleo de la buena noticia del Evangelio y la clave para crear una sociedad nueva.

5. Como población receptora de inmigrantes, España tiene que aprender a verlos no como un problema, sino como una fuente de riqueza tanto desde el punto de vista cultural y espiritual como por la contribución que están haciendo al desarrollo de este país. No se trata de “mano de obra barata” de la que podrá prescindirse cuando el ritmo de la economía afloje o las circunstancias lo aconsejen, sino de personas, sujetos de derechos: derecho de acogida, derecho a la dignidad, derecho a la defensa jurídica, derecho a la libre circulación, derecho al disfrute de un marco jurídico que les proporcione estabilidad, derecho a la práctica de su propia religión y patrimonio cultural, derecho a una vivienda digna, derecho a la reagrupación familiar…En definitiva, son personas a quienes deben reconocerse todos los Derechos Humanos, incluido el sufragio como ciudadanos que son a todos los efectos.

6. El Congreso ha mostrado especial sensibilidad hacia las mujeres inmigrantes, doble o triplemente oprimidas: por ser inmigrantes, por ser mujeres y, en muchos casos, por pertenecer a culturas, razas y etnias discriminadas, y ha asumido el firme compromiso de trabajar en este terreno para conseguir su plena integración en la sociedad y el reconocimiento de sus derechos en todos campos: laboral, familiar, económico, educativo y social.

7. En definitiva, tenemos que aprender a valorar la riqueza cultural y económica que aporta la presencia de los inmigrantes, respetando la diferencia, en un marco de igualdad jurídica en el que puedan crearse espacios comunes de convivencia. Espacios en los que hemos de ejercer la solidaridad de manera activa y generosa. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Madrid, 9 de septiembre de 2006

frescor

frescor

CONOCER EL FONDO...
ENCAR GONZALEZ-CAMPOS JIMÉNEZ, agustina misionera
VALLADOLID.

ECLESALIA, 26/07/07.- Es curioso, en el seno materno estamos inmersos en una bolsa de agua y cuando nacemos ninguno de nosotros sabemos nadar.

Sólo tenemos la oportunidad de aprender a nadar cuando la vida pone cerca de nosotros un río, un mar, una piscina o un lago en el que podamos practicar nuestros primeros chapoteos y cuando alguien nos invita a sumergirnos con la seguridad de que está a nuestro lado y no va a pasarnos nada.

Frecuentemente estas experiencias las tenemos cuando somos niños, es como dar nuestros primeros pasos es un hábitat que no es el nuestro: el agua.

Las primeras experiencias con el agua suelen ser de miedo, de temor ante lo desconocido, ante la sensación de no hacer pie y no poder controlar nuestros movimientos para que el cuerpo flote. La sinrazón nubla la razón del proceso mental que hay que hacer rápidamente para serenarnos y ser capaces de mantenernos a flote.

Por eso, para nadar... para vivir... hay que hacer un proceso, un camino que a veces se presenta suave y tranquilo y otras áspero e inseguro... pero hay que hacerlo.

Te invito a comenzar a nadar, si no sabes, o no te sientes con seguridad para mantenerte a flote busca ayudas. Existen flotadores, cuerdas, corchos, soportes que nos inician en ese entrenamiento y a los que siempre podremos acudir si nos sentimos más débiles. Pero, nunca dejes de nadar pues... nadar es vivir.

Nadar supone "lanzarse al fondo" no saber lo que allí vas a encontrar pero tener la seguridad de que vas a emerger del agua porque la fuerza interior que tienes dentro te va a llevar hacia arriba.

Nadar supone "dejarse hacer por Dios", es decir, saber que en cada brazada que das Dios y tú estáis unidos, Él nunca nos abandona y, menos aún cuando le buscamos desde nuestra debilidad e inseguridad.

Nadar supone "exponerte a mareas calmadas o fuertes oleajes" que pueden zarandearte despistándote del trayecto que debes hacer para llegar a la orilla, esto supone un gran riesgo que no todos estamos dispuestos a correr por temor a las consecuencias que nos pueda traer lo desconocido.

Nadar supone "perder la temperatura corporal", estar expuesto al frío o el calor de los hermanos que nadan en tu vida.

Nadar supone "ser fuertes" para bracear y aletear con energía. Esta fuerza sólo nos puede venir de lo alto y esa fuerza nos ayudará a avanzar, al ritmo que sea, eso es lo de menos, lo importante es no sucumbir y seguir nadando.

Los más adiestrados son capaces de bucear, los más arriesgados son aquellos que no se conforman con la superficie del agua que ven sino que se sumergen hacia la profundidad desconocida en el mar.

Quiero ser, y te invito a ser, de aquellos que se lanzan a la oscuridad del mar, aquellos que son capaces de descubrir las riquezas y los tesoros que se albergan en el fondo. Quiero descubrir los corales blancos y fuertes que esconden peces de colores entre sus extremidades. Quiero descubrir la vida que fluye en la profundidad, valorar cada cosa, extasiarme con la belleza de cada una de las criaturas que viven en el fondo. Quiero encontrar la estrella marina que con sus aspas me indique el camino para encontrarte a ti tal y como hizo la estrella de Belén en el cielo para mostrarnos el camino que nos llevó a Jesús.

Si encuentro seres vivos agresivos me esconderé hasta que pasen, es mejor no enfrentarse con quien no merece la pena luchar. Si encuentro animales dóciles y cercanos me asomaré tímidamente para encontrar en ellos la belleza de la creación que Dios hizo como regalo a nuestras manos, ojos, pies, oídos...

Tengo que aletear deprisa para moverme como un pez, para sentir en el rostro la suavidad y el frescor del agua, para creer de verdad que "es posible nadar, es posible avanzar sin sucumbir".

La diversidad está en el mar, miles de seres y partículas diferentes viven en un mismo hábitat a pesar de ser distintos en tamaño, color, forma de vida, reproducción,... pero... son capaces de convivir y de no romper la armonía de la creación.

Para bucear hay que entrenar, no basta con lanzarse temerariamente, creyendo que podemos llegar al fondo sin esfuerzo ni pericia. Para bucear, nadie mejor que Dios guiando nuestro nado hacia el fondo marino, hacia el fondo de nosotros mismos. A veces necesitaremos amigos, compañeros de viaje, que nos ayuden a alcanzarlo, que nos envíen oxígeno cuando nuestra bombona se vaya agotando, otras veces nos tocará bucear solos pero sabiendo que Dios y nuestros amigos están arriba, en la barca, atentos al movimiento del agua y deseando vernos emerger con una sonrisa en los labios.

Cuando llegues a la orilla ponte depié y mira de frente al mar. No temas su grandeza, admira su color, su sonido, siente la brisa en tu piel... es Dios que te habla y te susurra al oído: "Hijo mío, que estás en la tierra, se fuerte, que tu valentía te impulse a lanzarte hacia tu interior para encontrar lo grande y maravilloso que eres. No te dejes vencer por el desánimo y la incomprensión. Nada hijo mío, nada siempre para no hundirte y para decirle al mundo que sabes, que puedes y que quieres seguir nadando todos los días. Ayuda a tus hermanos en sus brazadas, que no sucumban. Todos son importantes porque a todos os he creado para ser felices. Hijo mío, si te paralizas te hundirás... si mueves brazos y pies resistirás, si confías en mí te deslizarás como una criatura más del mar que conoce el fondo, porque -conoce su fondo-... y si ayudas a otros en su trayectoria Yo, tu Dios, seré inmensamente más feliz". (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

claves

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CLAVES DE LA RESTAURACIÓN EN LA IGLESIA CATÓLICA
JUNTA DIRECTIVA DE LA ASOCIACIÓN DE TEÓLOGOS Y TEÓLOGAS JUAN XXIII, COMISIÓN TEOLÓGICA LATINOAMERICANA DE LA ASETT (Asociación Ecuménica de Teólogos del tercer Mundo), REDES CRISTIANAS (que integran 150 colectivos cristianos de España).

ECLESALIA, 23/07/07.- Han comenzado a sonar la decepción y las alarmas. Nuevos documentos de Roma nos hacen sacudir la cabeza y dejarnos entre asombrados y decepcionados. ¿Habremos de habituarnos a lo imposible, a lo nunca imaginado cuando la celebración del Vaticano II? Hay cosas que imprimen carácter. Y una de ellas es el hecho de que, el hoy papa Benedicto XVI, fue durante 23 años el timonel doctrinal de Juan Pablo II. A quien sea consciente de esto, no le puede extrañar que el Papa actual haya firmado un Motu Proprio que autoriza la vuelta a la misa en latín sin tener que pedir permiso, y un Documento en torno a ciertos aspectos de la doctrina de la Iglesia, que dificulta claramente el diálogo ecuménico. No le puede extrañar si lee estas palabras del cardenal Ratzinger, recogidas en una entrevista que le hizo Vittorio Messori y publicadas en 1985 con el título Informe sobre la Fe: “Resulta incontestable que los últimos veinte años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica…y sus resultados parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos”. “Hay que afirmar sin ambages que una reforma real de la Iglesia presupone un decidido abandono de aquellos caminos equivocados que han conducido a consecuencias indiscutiblemente negativas” (Pgs. 35-36). “Estoy convencido de que los males que hemos experimentado en estos veinte años se deben al hecho de haberse desatado en el interior de la Iglesia ocultas fuerzas, agresivas, centrífugas, irresponsables o simplemente ingenuas” (pgs. 36-37).

Estas palabras hablan por sí mismas y nos dan la clave para entender lo que hoy está pasando en la cúpula de la Iglesia.

He aquí unos puntos fundamentales:

1. El cardenal Ratzinger, negando la experiencia positiva posconciliar de toda la Iglesia, se apropia del Concilio y se constituye en su único intérprete.

2. Declara desfavorable, negativa y equivocada toda la aplicación posconciliar hecha por la Iglesia.

3. Considera un desastre los frutos del Concilio y, lógicamente, pone bajo sospecha el mismo Concilio, impulsado y apoyado por los Papa Juan XXIII, Pablo VI y el episcopado universal.

4. Está convencido de que tales frutos no se deben al “verdadero” Concilio, lo cual equivale implícitamente a considerar que el Concilio fue un hecho desfavorable, una equivocación y una cosa que no debió producirse, es decir, el cardenal rechaza que fuera necesario un cambio histórico en la Iglesia y que lo fuera en realidad, deja entrever que el Concilio no aportó nada nuevo y que se apartó de la tradición multisecular de la Iglesia.

Tiempo han tenido y tendrán los teólogos de mostrar la inconsistencia del análisis que el cardenal Ratzinger hace en estos documentos, pero desde siempre ha estado claro que, como escribió el Sínodo Extraordinario, “el Vaticano II ha sido una gracia de Dios y un don del Espíritu Santo, del que se han derivado muchísimos frutos espirituales para la Iglesia universal y las Iglesias particulares, así como también para los hombres de nuestra época”. ¿Cómo el cardenal Ratzinger, en solitario, puede opinar así en contra del sentir universal de la Iglesia?

No se debe escamotear lo que fue un hecho irrebatible: el Concilio vivió un conflicto entre una minoría conservadora y una gran mayoría renovadora. Lo que esa minoría perdió entonces lo fue ganando posteriormente, contando con la aportación del entonces definidor de la fe, y hoy Papa, que parecía saber cuál era el Concilio verdadero y cuál el falsificado, podía afirmar que el tiempo de la aplicación del verdadero Concilio no había llegado, que había que hacer tabla rasa de todo y comenzar de nuevo.

Por lo mismo, el problema no está en el Concilio, que permanece intocable, sino en la resistencia que una minoría le opuso tenazmente y que el Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe respaldó con su presencia e influjo en el pontificado de Juan Pablo II, confiriéndole autoridad y aires de oficialidad.

El papa sabe muy bien que en el Concilio se dirimieron cuestiones muy graves, relacionadas con nuevas maneras de entender temas como la naturaleza de la Iglesia, su relación con el mundo, la libertad religiosa, el ecumenismo, etc. Cuestiones que implicaban un necesario y radical cambio histórico. Afirmar que el Concilio fue apenas pastoral, que no trató de definir ningún dogma y que, por lo mismo, fue irrelevante, equivale a desactivar el Concilio o a una forma de pretender hacerlo. Y los conflictos del aula conciliar son los que están emergiendo, con la diferencia de que al apoyo dado por el antiguo Prefecto se lo da ahora el Papa Benedicto XVI.

¿Hacia dónde va la Iglesia de Benedicto XVI? Los citados documentos nos lo dicen meridianamente al preconcilio, a dar trato de favor a los neoconservadores, a poner en entredicho el diálogo ecuménico, a situarse de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, a posponer, frente a problemas internos que exigen y han recibido ya nuevos replanteamientos, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.

Los preconciliares no han abandonado el modelo de una Iglesia absolutista, no democrática, con un poder clerical escalonado pero total y omnipresente en la sociedad, acostumbrada a detentar el monopolio cultural, religioso y moral, por encima del poder civil y político. Ese modelo dogmático y arrogante, de una Iglesia no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente. Esta Iglesia se aleja cada vez más de la tierra, de los problemas de los hombres y mujeres, y se endurece hacia dentro y hacia fuera como si ese fuera el camino para marchar en la dirección de Jesús.

Con estas actitudes va creciendo en muchos de nosotros y de nosotras la desafección hacia la Iglesia jerárquica y a comprender mejor la tendencia de otros muchos a considerarse “cristianos sin Iglesia”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


ligeros

ligeros

LIGEROS DE EQUIPAJE
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 09/07/07.- “Profanar la eucaristía supone un desprecio a la muerte del señor”, advertía en la homilía del Corpus Cristi el cardenal Rouco, arremetiendo contra las eucaristías de los sacerdotes de San Carlos de Entrevías, ilegales (canónicamente). Y el cardenal primado, Cañizares, lamentaba que la iglesia “con tantos grupos y tendencias", "parece como desgarrada o hecha jirones”; lo decía en los desfiles procesionales del Corpus (declarados de Interés Turístico Internacional), donde se exhibe una descomunal custodia de 18 kilos de oro y 183 de plata, con desfile del ejército incluido (“sin duda el más aplaudido” decía una nota de prensa). Un día antes, en Roma, el Papa recibía en los palacios de la Sede de Pedro al presidente Bush que “venía a Roma (“como en anteriores ocasiones”) a escuchar lo que el papa tenía para decirle”. El emperador del momento regaló al papa un cayado con los mandamientos. “Un acto subliminal; en el Antiguo Testamento fue Dios quien entregó a Moisés la piedra con los mandamientos. Ahora es Bush quien se los entrega al papa” observaba un amigo. Y, en la marginal “Galilea de Entrevías”, en el templo “rojo” de San Carlos Borromeo, el párroco recordaba, en la eucaristía del Corpus, la denuncia de Pablo sobre las eucaristías prostituidas de los Corintios: había unos que cenaban abundantemente mientras que a otros apenas les llegaba. Es decir, sin comunidad, sin compartir, no hay cena del Señor.

El cristianismo incipiente sobrevivió a pesar de la persecución sufrida de manos del omnímodo poder religioso. Tras la muerte de un justo, Esteban, aprobada por el joven fariseo ultra integrista Saulo de Tarso, se produjo la gran espantada: “Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén... Pablo de Tarso hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel” (Hch 8, 1-4). De aquella diáspora nació la Comunidad de Antioquia de la que Pablo (el paradigma de conversión al evangelio) se ocupó un año catequizándola. Llena de gentiles, vivían el evangelio libre del yugo de la Ley; en sus primeros años, fue una comunidad de referencia para Pablo. Hasta que los legalistas se infiltraron. El mismo Pablo, sintiéndose cuestionado, decide ir a Jerusalén (“Concilio” de Jerusalén) donde salió reforzado. Fue fundamental el apoyo de Pedro: quedó claro que lo que importa no son los ritos, ni las prácticas legales sino la conversión al evangelio. Es decir, la eucaristía, por ejemplo, no es un cumplimiento dominical obligatorio, ni un ritualismo, sino una gracia. Según el autor de las catequesis que aquí menciono (el cura Jesús López Sáez), se deduce que la comunidad de Antioquia dejó de ser una referencia para Pablo que, a excepción de la carta a los Gálatas, con su famosa reprensión, pública, a Pedro -“tuve que enfrentarme con él cara a cara, porque era digno de reprensión....” (Ga 2, 11-14)- deja de mencionarla (ver “Comunidad de Antioquía”).

Uno de los mejores test para discernir ciertos modos de proceder de la institución eclesial, es contrastarlo con las fuentes, con las comunidades primitivas. ¿Olvidamos que también ellas sufrieron los mismos problemas? Que San Pablo fue cuestionado por los que él llamaba los “falsos hermanos”, los legalistas; o que él tuvo que enfrentarse a Pedro, en Antioquia, porque también él empezó a flaquear, a nadar y a guardar la ropa, cediendo ante los integristas; o que “la comunidad de Jerusalén es la primera comunidad cristiana, el modelo de lo que debe ser la Iglesia. Así lo entendió Juan XXIII al convocar el concilio para devolver al rostro de la Iglesia ‘los rasgos más simples y más puros de su origen’ (...) La primera comunidad cristiana tiene su origen en la misión de Jesús, que empieza en Galilea de los gentiles (Mt 4,15) y termina en Jerusalén (...) Pedro y Juan comparten con los suyos las amenazas recibidas (...) El templo nacional no aguanta la sacudida del terremoto. Se desploma la autoridad de los dirigentes religiosos. El nuevo templo es la comunidad” (ver “Comunidad de Jerusalén”). Frente al yugo del templo, el cristianismo nace como experiencia de liberación. La libertad, en general, siempre termina por ser agredida; al final la involución se impone, se comentaba en el diálogo tras la catequesis de Antioquía.

En los orígenes, en el atrio de los gentiles, en los aledaños del Templo, un tullido (un excluido social) experimenta una sorprendente curación (Hch 3,2-13), con la mediación de un tal Pedro, galileo temperamental y controvertido, sin estudios teológicos, ni cultura, y uno de los cabecillas de la comunidad galilea del profeta disidente que hablaba contra el templo y anunciaba por los caminos que Dios reina ya. “Hoy el tullido (del relato de Hechos) podría ser un parado de larga duración”. O una familia desestructurada, rota por la droga, con uno o varios hijos fallecidos. O el emigrante sin papeles, explotado, trabajando de sol a sol y sin descanso dominical en las obras de la M-30 y que, justo tras la macro inauguración, es descubierto por la Inspección de trabajo. Posiblemente su patrón o el intermediario de la subcontrata, sean gente devota, cumplidora con el rito de misa de doce.

Aquellas autoridades religiosas, celosas, se alarman ante el poder de aquellos don nadie, sin plataformas. Les prohíben hablar en nombre de Jesús. Pero ellos no se achantan: Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios... Justo el pasaje que misteriosamente tocaba cuando falleció Juan Pablo II (Hch 4,13-21), el “Papa estrella” cuya “muerte por entregas filmada en directo” convirtieron los alrededores del Vaticano en “el plató de TV más caro del mundo”; en cuyos fastuosos funerales (rodeado de todos los poderosos de la tierra) se invirtieron (junto a la elección de su sucesor) 7 millones de euros.

El extraño poder de aquellos apóstoles, tan ligeros de equipaje, a quienes se acercan más “lisiados” y gentiles que gente devota, acrecienta el celo de las autoridades religiosas y cumplidores de la Ley que, temerosos de perder influencia, actúan como comisarios políticos y enchironan al grupo. Por segunda vez el sanedrín les interroga: “¿No os prohibimos terminantemente hablar de Jesús?”. Pedro y su equipo repiten: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,28-29). Y, de paso, les recuerdan que ellos (con su religión del rito, de la norma) colgaron al profeta laico del madero. Los jefes, llenos de rabia, planifican liquidarlos. Pero Gamaliel, un fariseo doctor de la ley, interviene con sensatez: Mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Si es cosa de hombres, se destruirá, pero si es de Dios, no conseguiréis nada. De nuevo citan a los apóstoles, les azotan como escarmiento y les sueltan pero conminándoles a no hablar más de Jesús, el profeta “blasfemo” y disidente entregado por ellos a Pilatos.

Hoy, 2.000 años después, el derecho canónico –con ¡el triple de normas que la Torá!- hace pequeño a San Pablo, el apóstol de la libertad del cristiano que catequizaba que lo que salva no es cumplir la Ley (el rito, adorar las custodias de plata ...) sino creer que Jesús es el Señor (Ga 2,16-21). Las autoridades religiosas, muy entregadas en defender el aparato como un fin en sí mismo, confunden comunión con sumisión: se sigue dando ultimatuns, se niega la posibilidad de réplica o se cierran al diálogo (en cambio, a los emperadores que planifican guerras buscando intereses económicos o crean Guantánamos, siempre se les recibe en palacio). Se condenan las eucaristías participativas, y abiertas a todos, donde la comunidad tiene más importancia que el cura o la norma. A los teólogos “díscolos” se les pone en la lista negra, se les advierte, o se les retira la licencia. Y a los catequistas que sugieren que no habría sido ninguna deshonra para la divinidad de Jesús, que él hubiera nacido en una familia normal con hermanos, se les expulsa de la parroquia. Y qué difícil lo tiene el cura, o el laico, que se atreve a denunciar alguna verdad incómoda.

En la liturgia se absolutizan cosas relativas. Así, en los orígenes, cuando las eucaristías se celebraban en las casas, “La expresión fracción del pan (el nombre más antiguo de la eucaristía) permanece en uso mientras la eucaristía se celebra en el marco de una comida. Se llama también cena del Señor (1 Co 11,21). En ese marco, dice San Pablo, no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y por la oración (1 Tm 4,4-5). La comida de pan y pescado que el Señor resucitado da a los siete discípulos (Jn 21,13) aparece en el arte cristiano primitivo como expresión eucarística”. Lo importante no es lo que se como sino lo que se celebra. Homilía significa diálogo, compartir experiencias: “Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación; pero que todo sea para edificación” (14,26). Podéis profetizar todos por turno (14,31). Todo ha de hacerse con decoro y orden (14,40). Los problemas de división en la comunidad afectan al sentido de la eucaristía, al discernimiento para ver el paso del Señor (ver “Eucaristía, la cena del Señor”).

En el atrio de los gentiles, junto a la puerta hermosa del templo, comenzaron los apóstoles su misión. Sabían que su Maestro no se sentía incómodo entre la gente no devota, marginal de la sinagoga, “periférica”, y de “mala vida” que se le acercaba, buscando liberación. Y que las distancias, las precauciones, o sus diatribas y momentos de indignación, los reservó para el estamento de los puros y doctos, a los que acusó de hipócritas y cosas bastante más duras (Mt 23, 1-32); o para quienes, al abrigo de la religión, montaban negocios paralelos. Él siempre estuvo abierto al diálogo, lo que no quería decir que Él tragaba con todo: había unos mínimos en su programa. Pero él no condenaba, perdonaba proponiendo la conversión, como en el caso de la mujer samaritana, o como cuando Natán, el profeta, que tenía buena memoria y no se calló, le recuerda al poderoso rey David lo que había hecho con Urías, su general, para birlarle a su mujer. Los legalistas, que acusaron a Jesús de comedor y bebedor, o de que se sentaba y comía con pecadores y relativizaba el templo de piedra, se echaban las manos a la cabeza y se rasgaban las vestiduras. Para él lo importante no estaba en cumplir el rito, ni las bellas ceremonias de “religiosidad egipcia”, sino recuperar a oveja perdida y al hijo pródigo. “¿Sabéis por qué llaman a Roma el ‘depósito de la fe?” (preguntaba un cura, desenfadadamente, en el templo Entrevías). “Porque el que va a Roma la pierde”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


no temáis

no temáis

¡NO TEMÁIS, HERMANOS!... ¡NO TEMÁIS, HERMANAS!...
JUNTA DIRECTIVA DE LA ASOCIACIÓN DE TEÓLOGAS ESPAÑOLAS (ATE)

ECLESALIA, 06/07/07.- ¡No temáis!, decía Jesús a quienes, en lugar de reconocerle, lo consideraron un fantasma.

¡No temáis!, es lo que, hoy, queremos decir a nuestros hermanos obispos y a quienes padecen “temor” por un fantasma actual: La educación para la ciudadanía y los derechos humanos.

¡No temáis!, porque hablar de ciudadanía es hablar de ética y la ética no es patrimonio de ninguna religión, sino de la dignidad del ser humano. Educar para la ciudadanía y los derechos humanos no lleva al relativismo moral, es un ejercicio de responsabilidad como sujetos adultos, autónomos, iguales y plurales, a quienes, en primer lugar, compete ordenar este mundo nuestro y buscar los caminos para hacerlo más humano. Una ciudadanía que ni necesita ni admite la tutela de nadie.

¡No temáis! la separación del Estado y la Iglesia o, como reconoció el Vaticano II, la autonomía de lo temporal.

Es cierto que, a lo largo de la historia, la ciudadanía ha anotado en su “haber” barbaridades e inhumanidades (¿la paja en el ojo ajeno?). Precisamente, por eso, necesitamos educarnos en y para la ciudadanía y los derechos humanos. Por eso, urge, para que no las sigamos cometiendo y, por el contrario, continuemos en el camino de los logros, como han sido los reconocimientos de los derechos humanos.

¡No temáis!, es sólo un fantasma. Mirad los contenidos del Ministerio de Educación. ¿Que con ellos se puede “adoctrinar”? Ciertamente, pero no será por la materia, sino por el afán manipulador de quien la imparta. Lo mismo que se puede hacer con la filosofía, las matemáticas, la historia o la química, por ejemplo.

Algunos habéis hecho un llamamiento a la “objeción de conciencia” y no parece que tiene mucho sentido. Como su nombre indica, la objeción ha de partir de la conciencia de cada cual y no, de hacer lo que desde fuera le dicen. Además, en las cosas de conciencia “neque Ecclesia (ni la Iglesia)”.

¡No temáis! a que la ciudadanía busque los medios para que las personas piensen, analicen, critiquen y elijan por sí mismas. Su logro sería una riqueza para nuestro mundo, un triunfo para la humanidad y, en nuestros términos, un gran paso en el plan de Dios. Porque Dios nos llama a ser sujetos y no, súbditos ni menores de edad.

¡No temáis!, tampoco, a lo que llamáis “ideología de género”, su nombre verdadero es “igualdad entre mujer y varón”. Eso que tanto se empeñó Jesús en decirnos, que tan claro está en el Evangelio, aunque algunos adulteran su interpretación, y que tendría que ser distintivo de los cristianos. No tengáis miedo a que nuestros jóvenes se eduquen en la igualdad entre los seres humanos y en el mutuo respeto; a que aprendan que “cualquier forma de discriminación por razones de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión” es abominable (y, como dice la Gaudium et spes 29, contraria al plan de Dios). Alegraos, más bien, porque aprendan a descubrir y denunciar tantos dogmatismos e ideologías u otros tipos de educación, que han inculcado la inferioridad de la mujer, su exclusión y su ser “para” el varón, con las gravísimas consecuencias que vemos cada día. Porque eso sí es atentar contra la dignidad de las personas y, en otra dimensión, es uno de los pecados de inhumanidad más graves.

Por todo ello, hermanas, hermanos, ¡No temáis!, es sólo un fantasma. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


necesitamos

necesitamos

SOSTENIÉNDONOS COMO IGLESIA
Nos necesitamos
COMUNIDAD DE BEGOÑA
MADRID.

ECLESALIA, 29/06/07.- Esto de vivir en comunidad es lo que tiene, diversidad y comunión. Con motivo de la campaña a favor de la “x” para la Iglesia (“Si desea que se destine un 0,5239 de la cuota íntegra al sostenimiento económico de la Iglesia Católica, marque con una “X” esta casilla [105]”) nos dimos cuenta de que no todos pensábamos de la misma forma.

Nuestra comunidad tiene una manera de ser y estar sencilla, del día a día, de compromiso en el quehacer de cada uno con el contraste de todos. Nos planteamos cuestiones que nos interesan y tratamos de llegar a conclusiones que se acerquen a la forma de vivir de Jesús de Nazaret. En este contexto surgió el tema del sostenimiento de la Iglesia por la declaración de la renta.

Gracias a ecleSALia (23/04/07) pudimos recoger opiniones y criterios diversos. 24 personas respondieron a nuestra petición, dos de las cuales sólo solicitaban información.

Queríamos tener un criterio lo más común posible a la hora de marcar o no la casilla correspondiente en la declaración de la renta. 9 nos dieron razones para el sí, 5 para el no y 7 no sabían qué hacer y se interesaban por el tema y uno nos enviaba una reflexión que había enviado al sínodo de la Iglesia de Madrid.

Escribimos a la Conferencia Episcopal y nos enviaron el material elaborado por el Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia para la campaña del IRPF de este año. También estuvimos atentos a la información sobre la rueda de prensa del obispo Antonio Algora Hernando y el vicepresidente para Asuntos Económicos Fernando Giménez, de comienzos de mayo.

Dedicamos una reunión para hablar sobre el tema. Con todos estos datos sobre la mesa cada uno fue exponiendo su punto de vista, razones y reflexiones sobre el tema. Nos dimos cuenta de que la mayoría pone cada año la cruz correspondiente porque sienten que es mejor que esa parte de sus impuestos se dirija a la Iglesia Católica, que el resto no la ponen nunca porque entienden que es un privilegio especial impropio de una sociedad igualitaria y prefieren ayudar personalmente.

Los que marcan la casilla coinciden en que hay que ser responsables y si utilizamos las infraestructuras de la Iglesia lo lógico es colaborar con ella. Que no se hace ningún mal marcando la casilla. Que aunque no se esté de acuerdo con algunas de las decisiones de la jerarquía, la Iglesia es universal y en ella tienen cabida todos.

Los que no marcan la casilla distinguen entre la jerarquía y el pueblo y cómo las disonancias y desacuerdos con las autoridades eclesiásticas no son pocos, no quieren mantener ese tipo de Iglesia.

Descubrimos que el estado, más allá de lo que aportemos los contribuyentes, aporta una cantidad superior pero que el sistema va a cambiar porque desaparecerá la subvención y dependerá de las aportaciones de los contribuyentes que ascenderá al 0’7.

Llegamos a una conclusión final que os ofrecemos. Todos desearíamos que esta Iglesia de la que somos parte fuera de otra manera, que pudiéramos participar más y sentir así que nuestro dinero va a un sitio donde nos sentimos a gusto, que se tenga en cuenta la pluralidad, que podamos implicarnos también en la gestión. Quizás el cambio que va a experimentar la financiación de la Iglesia el próximo año sea un paso más hacia la autofinanciación y la responsabilidad de los fieles en el sostenimiento de la comunidad católica. Mientras tanto… podemos seguir trabajando para que esa otra Iglesia sea posible. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


para la ciudadanía

para la ciudadanía

EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana
VITORIA-GASTEIZ.

ECLESALIA, 25/06/07.- Bueno, la suerte está echada, parece que aquí todo el mundo tiene que opinar sobre la Educación para la Ciudadanía como nueva asignatura en la escuela. Y, claro, una vez conocida la Nota de la Comisión Permanente del Episcopado Español, poco margen de maniobra parece quedarnos a quienes nos movemos en la órbita del catolicismo.

Consideremos lo primero, el fondo. ¿Puede un Estado Democrático exigir en la Escuela una Asignatura con claros contenidos filosóficos, políticos y morales? Pues yo creo que sí. (Luego veremos qué pasa con los contenidos y quiénes los formulan y enseñan). Así se ha pensado en el Consejo de Europa. La idea de que el Estado Democrático es un ente ajeno a nosotros, una institución que soportamos a la fuerza, y que tiene su propia ley de desarrollo hasta el abuso, lejos de la voluntad de la sociedad civil, es cuando menos exagerada, y por cierto “marxista” y “anarquista”. Cualquier reflexión moral cristiana sobre el bien común y sobre la autoridad en la sociedad deja al denudo este “individualismo postmoderno” que piensa en las personas y los grupos como realidades sin comunidad política, y en principio, con sus defectos, democráticamente organizada desde el bien común. Esta es la primera cuestión, si aceptamos que estamos viviendo en una sociedad democrática, porque si no, el problema es otro. Esta posibilidad de que un Estado Democrático reclame de todos unos valores morales compartidos, ¡sin admitir que la libertad de conciencia nos libre de respetarlos cuando está en juego el bien común!, y escuchada la sociedad, hechos ley, se nos ha planteado en España, en relación, por ejemplo, a si podía exigirse la condena de la violencia política a todo político que pretendiera concurrir a unas elecciones democráticas. También aquí se apela, en el País Vasco, a que no se puede forzar la libertad de conciencia, a la hora de expresar o no una opinión moral, y yo veo claro que una sociedad como la nuestra, que vive con angustia la amenaza del terror, sí puede exigir de sus políticos profesionales una declaración pública y expresa de rechazo a la violencia, antes de admitirlos como candidatos o gobernantes. Es un ejemplo de que cualquier apelación a la libertad de conciencia por el individuo no es absoluta frente al Estado Democrático y su ley, al cabo, frente al resto de la sociedad. Luego, primera idea, el Estado Democrático, y su sociedad civil tras él, sí puede en circunstancias como las actuales impulsar una asignatura de educación para la ciudadanía; y la cuestión es según cómo, qué y con quiénes. Pretender que los padres dispongan para sí de toda responsabilidad y competencia en cuestiones morales e ideológicas, me parece tan iluso como peligroso. Los niños no son nuestras mascotas, sino personas creciendo en sus legítimas potencialidades; con los padres, primero, pero no sólo.

Pero el fondo exige también mirar a qué contenidos. Lógico que estos sean acordados por todas las fuerzas sociales, la sociedad civil y religiones en ella, con las dificultades y excepciones que el caso requiera. De ahí, el derecho a acomodar los contenidos de la asignatura al proyecto educativo de un centro, siempre que éste actúe y eduque en el marco de los derechos humanos fundamentales, el bien común, contenido primero de la ley y de la moral civil que necesariamente crece a nuestro alrededor. No podemos escaparnos de este marco cívico. Es lógico denunciar y controlar los casos en que haya un protagonismo descarado de Fundaciones laicistas en la prefiguración de los contenidos del temario o de la ley, y de Fundaciones “neoconfesionales” en su defensa. Estoy pensado, por ejemplo, en Cives, y, en su contra, en FAES. Pero denunciar y controlar no es ignorar los derechos y deberes de la sociedad civil y, a través de ésta, de su Estado.

Y luego está la forma. Una asignatura obligatoria en el sistema escolar. Si se han pactado los contenidos y se han pactado unos mínimos en cuanto a la autonomía de los centros, y si quienes la van a impartir están acreditados por un título universitario reconocido, no veo un problema que no pueda superarse. Por otro lado, muchos han dicho que la enseñanza religiosa confesional en la escuela es legítima porque no es catequesis, sino una información; no veo por qué no puede hacerse lo mismo con otra materia del ámbito ético-político. Y si es desde la sociedad civil, hecha Estado, puede ser para todos, obligatoria.

Por tanto, posiciones críticas, vigilantes y exigentes, sí, desde luego; pero posiciones de absoluta oposición a una inmoralidad evidente, no; porque no hay tal inmoralidad insalvable, objetivamente hablando; la inmoralidad potencial o supuesta, admite otros recursos menos peligrosos con bienes comunes, como la ley y la moral civil compartidas, para llegar a salidas escolares y particulares respetuosas de la moral católica. Luego está la conciencia de cada cristiano o ciudadano, que respeto, pero que no debemos confundir con lo que cabe decir de la ley a partir de unos hechos valorados con equilibrio moral. Y esto, sin entrar en la argumentación de que con la negativa absoluta a la EpC, podemos provocar males mayores que los bienes que queremos preservar. El equilibrio de la moral compartida por nuestra sociedad es muy precario, (antes he puesto el ejemplo de la violencia y su condena), y nos jugamos mucho para el futuro de una sociedades, claramente amenazadas de fragmentación en su toma de conciencia de los mínimos de justicia. Con la pretensión de salvar lo mejor, repito, “los máximos de la virtud religiosa”, podemos amenazar que se lleguen a compartir “los mínimos de nuestra humanidad común”. Y no es que yo confíe demasiado en que la moral pueda aprenderse en la escuela, o que sea siempre claro lo exigido por la “humanidad común”, o la “ley natural”, pero, de ahí, a su privatización más absoluta va un abismo.

O, ¿tal vez queremos para nosotros, las Iglesias, el monopolio de la creación y formación moral de las sociedades plurales y democráticas? ¿Nos sentimos sociedad civil como los demás, no sólo los individuos católicos, sino la Iglesia Católica misma? ¿O es todo un juego de poder cultural, también del Estado y de los partidos políticos, para asegurarse una sociedad donde sea más fácil su reproducción, la derecha como derecha, y la izquierda por igual? Ésta sería otra cuestión. Sólo digo que cada uno de nosotros, allí donde no podemos engañarnos, respondamos en serio qué intereses políticos, sí, económicos, sí, e ideológicos, sí, nos mueven y condicionan en las posiciones que tomamos ante la EpC. Claro que el bien y el mal no pueden ser objeto de pacto democrático, pero su acogida legal en una sociedad plural, sí. Y no hay otro modo mejor de moralizar el procedimiento legal y de corregir sus excesos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

poder ver

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‘MAESTRO, QUE YO PUEDA VER’
RAQUEL DÍAZ
COLONIA (URUGUAY).

ECLESALIA, 23/06/07.- Fue la única respuesta de Bartimeo, frente a la pregunta de Jesús, ¿qué quieres que haga por ti?

Tal vez hoy, sea ése el ruego de mucha, muchísima gente, que como el ciego, grita en silencio, conciente o no de una ceguera que en este momento de la historia, ya no puede o no debe existir.

Durante muchos siglos la Palabra fue propiedad privada de "los elegidos". Los sencillos," los comunes ", las grandes multitudes que formamos el Pueblo de Dios, no accedimos a ella, y cuando reflexiono sobre el por qué, tengo una muy fea sospecha, "Cuidado con esa semilla, que puede germinar".

En este momento de la historia, donde hasta el niño de ocho años, conoce cuando sus derechos son pisoteados, porque en la escuela, sus maestros se los enseñan, ya no podemos ni queremos permanecer ciegos, no nos alcanza con escuchar la Palabra pasivamente en la misa, ni escuchar sólo el comentario que hace de ella el celebrante. Eso es sólo una parte, que ayuda, sí, pero no es todo, porque mil celebrantes, mil interpretaciones diferentes. Nosotros, los laicos, los que trabajamos en nuestras parroquias porque queremos el Reino, ya, desde aquí y ahora, los que ni siquiera podemos leer el Evangelio en las misas, somos seres pensantes, reflexivos, (no sabremos latín, pero sí sabemos leer, proclamar, expresar, saborear las palabras) muy capaces de interpretar el mensaje de Dios y ponerlo en práctica, porque también somos elegidos por Él, amamos a Jesús y recibimos su amor permanentemente.

¿Es necesario que esto se diga?, pues sí, es muy necesario, porque hay momentos, muchísimos, en que parece que somos transparentes. Nosotros no queremos el poder, no ambicionamos ocupar ningún lugar especial, porque Dios nos llamó para otra tarea, para formar su Reino desde nuestros trabajos, nuestras familias, nuestros amigos, pero sí queremos ayudar y ayudar es también participar, opinar, construir también con nuestras voces de gente de la calle, con formación de vida, formación de Dios.

Hoy, estamos aún afuera, sabiendo que Jesús nos mueve, nos inspira, nos exige amorosamente.

Como Bartimeo, pedimos la luz para nuestros ojos, Él nos cura, lo vemos, lo reconocemos, sabemos cuándo es su voz la que nos guía, ¿entonces?, ¿qué nos impide ir también formando el camino?, ¿tenemos que seguir, como ciegos, siendo tantos, siguiendo el camino que poquitos van trazando? ¿No será que entre muchos, entre todos y con todos, podremos hacer la tarea mejor? Más aún en mi país, donde si nos subiéramos a una montaña, podríamos ver el rostro de cada uno. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).