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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

necesidad social

necesidad social

EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA, NECESIDAD SOCIAL
FERNANDO ALLENDE BRAVO, profesor de Sociología de la Educación y Teoría de la Democracia en la Escuela Diocesana de Magisterio
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 18/10/07.- En el debate en torno a la asignatura de Educación para la Ciudadanía (EpC) estamos entrando en un auténtico galimatías. Necesitamos simplificar, organizar las cuestiones y superar cierta visceralidad en el debate. Da la sensación de que nos estamos encallando en una discusión de poder. ¿Quién puede educar esta dimensión de los niños y adolescentes? ¿Quién tiene el poder para hacerlo legítimamente? Hay que salir de ahí y mirar a la sociedad y a lo que ella necesita de la escuela.

En la formulación del Diseño Curricular de Base (DCB) de esta asignatura se habla de una justificación o fuente sociológica. La educación debe prestar atención a las demandas del sistema social. Una central es la incorporación de “los bárbaros invasores” (Durkheim) a la vida social organizada, es decir, que los miembros que se denominan inmaduros vayan siendo sostenedores del sistema existente. Es una asignatura al servicio de la cohesión social. Sin olvidar que si bien la escuela tiene un carácter conservador, sin embargo “puede llegar a despertar en los alumnos el sentido crítico” sobre la realidad social, algo totalmente necesario para cumplir la función de la educación de cooperar en “la creación de ciudadanos que sean capaces de modificar las relaciones sociales existentes”. (DCB)

Así la cuestión básica es si nuestra sociedad necesita o demanda una formación de una ciudadanía democrática, una ciudadanía preocupada por lo público, por la justicia. Se trata de de saber si hay que enseñar el arte de convivir con el objeto de reconstruir las comunidades humanas cicatrizando así las múltiples heridas con las que hemos cerrado el siglo XX. En su colaboración en el informe La educación es un tesoro, escribía Carneiro: “desde 1989 el triunfo de una lógica económica implacable, fundada en la ley del más fuerte y sujeta a las exigencias de un liberalismo desencarnado, impone necesariamente una reacción de nuestra conciencia, un despertar ético frente a la cuestión social fundamental: la agravación de las desigualdades en el mundo”. Aquí el papel de la escuela es capital.

¿Necesidad de una educación de ciudadanos demócratas? ¿De qué tipo de ciudadano? ¿Con qué virtudes? ¿Con qué actitudes?

Considero que la transición política española ha sido una “transición por arriba”, una transición estructural e institucional, que sin embargo está inacabada porque junto a ella es necesaria una “transición por abajo”, es decir una auténtica configuración de ciudadanos demócratas. Se han abandonado ciertos vicios de la dictadura pero no ha emergido una sociedad civil conformada por auténticos demócratas. Así la democracia chirría y la verdad es que como decía Adela Cortina “aunque sea de Perogrullo no hay democracia sin demócratas”. El debilitamiento del esfuerzo común por conseguir la virtud de la ciudadanía ha significado una pérdida del pulso democrático. Como Dice Martín Patino en la presentación del Informe 2006 de la Fundación Encuentro “la mayoría de nuestros males públicos denuncian un notable déficit de ciudadanía” por ello el reto de la educación para la ciudadanía no es uno entre otros, ni tampoco una moda sino que en lenguaje de Ortega “es el tema principal a la altura de nuestro tiempo”.

El mismo estado de bienestar, el estado social de derecho -auténtico logro democrático- ha manifestado, también, su lado perverso: ha provocado el aflorar de un ciudadano mendicante de servicios al papá estado. Una sociedad que ha descubierto sus derechos pero no tanto sus responsabilidades, sus deberes. En este sentido habrá que hacer una cuña para alabar el talante de Juan José Imaz cuando dice: “siempre he creído en la política como servicio a la sociedad. He recibido mucho de esta sociedad desde niño, y he entendido la actividad política como compromiso personal con ella y sus ciudadanos. Como forma de devolver, aún a costa de más de un sacrificio, lo mucho que este país me ha dado”.

Podemos enumerar algunos datos que reflejan la profunda necesidad de una educación para la ciudadanía democrática: a) vivimos en una sociedad con un escaso capital social, los índices de asociacionismo con vistas a intervenir socialmente son muy bajos. La participación en los asuntos públicos es escasa. No podemos olvidar aquello de Lucas Verdú: “participación versus manipulación”. Es una sociedad muy débil, un tanto anémica; b) la situación de apatía política, despolitización o desprestigio de la acción política es un grave asunto. Este dejar lo de todos en manos de algunos es muy poco democrático. No olvidemos que los griegos hablaban de idiotés para referirse a esas personas; c) si miramos a la juventud, ¿qué nos dice su desenganche de la política y de lo político? ¿qué sugiere su desconocimiento de los mecanismos y estructuras políticas? ¿y su mundo de valores? d) Tenemos que recordar de las fracturas sociales e ideológicas que existen entre nosotros, la actual situación de multiculturalidad, y escribiendo desde el País Vasco ¿cómo no vamos a reconocer la necesidad de un baño democrático a todos los niveles en una sociedad herida por el terror de unos iluminados?

Reforzamos esta demanda social de una auténtica educación de la ciudadanía con la reflexión que la Fundación Encuentro hace en la presensación de su informe del año 2006: “El proceso político se enfrenta ahora a su mayor desafío democrático: el de saber si los españoles, en su condición de ciudadanos, están dispuestos a esforzarse por conseguir la ciudadanía necesaria para solucionar sus conflictos de convivencia. La transición política nos devolvió los derechos y obligaciones de ciudadanos (…) La mayoría de nuestros males públicos denuncian un notable déficit de ciudadanía”.

Por otro lado hoy saltan chispas en el debate en torno a la laicidad, laicismo, sana laicidad que está en el trasfondo del debate sobre la EpC. Este debate puede estar viciado y mal orientado si estas cuestiones no se abordan, también, en una educación ciudadana, y sabiendo que entre los mismos cristianos hay maneras diversas de entender eso de los cristianos en la vida pública. No todos cabemos en el mismo saco, ni queremos se nos meta en él. El pluralismo católico también existe.

En fin, EpC, hacerla hay que hacerla. Nos puede pasar que al discutir primero el quién y el cómo perdamos de vista lo nuclear y hagamos el caldo gordo a quienes no están realmente interesados en una ciudadanía preocupada por la justicia, por erradicar desigualdades y privilegios, por fomentar la participación y el cambio de ciertas estructuras generadoras de desigualdad. No se trata de hacer ciudadanos para este sistema, sino ciudadanos demócratas, cuyo corazón ame la justicia, que no olvide la trilogía de la revolución ciudadana: libertad, igualdad y fraternidad. Y esto será posible si educamos ciudadanos que sean capaces de ser críticos con el sistema económico capitalista y que entiendan la democracia como una lucha permanente por la democracia, una democracia no sólo como mecanismo para resolver conflictos sino como una forma de vida, una democracia sustancial, en profundidad, no reducida a la esfera política. Se necesita, luego hágase, como decía “el dios” de Máximo hace unos días: “Hágase la educación ciudadana y que sea lo que Dios quiera”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


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