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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

de la palabra y III

de la palabra y III

EL RÍO DE LA PALABRA y III
Escollos a evitar
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 26/11/07.- En este último artículo sintetizaré algunos peligros a evitar en nuestra búsqueda y encuentro con ese río que discurre por la Escritura.

1. La interpretación caprichosa o interesada: Una amigo me decía, no hace mucho, que en la Biblia podían encontrarse citas para sustentar una afirmación y la contraria, una ideología y su opuesta. Esa afirmación es un sofisma[1]. La Palabra auténtica no se puede contradecir, como he defendido en el artículo anterior.

Es imprescindible ser honesto y objetivo, no "arrimar el ascua a mi sardina", no manipular. Para que una veleta cumpla su misión tiene que estar suelta, dispuesta a girar. Si la manipulamos, su finalidad se quiebra. Curiosamente a la interpretación condicionada y caprichosa se le ha llamado "interpretación libre" y se utiliza para defender doctrinas preconcebidas. Para encontrar la Palabra hay que ir suelto, desasido de todo prejuicio, principio cerebral, ideología o interés personal. En el río hay que sumergirse desnudo. Sólo en la desnudez y profundidad del ser se encuentra el Espíritu. Ayuda conocer el entorno humano y material de los escribientes (lo que se ha llamado interpretación histórico-crítica) pero no es suficiente. Las erudiciones pueden ayudar o pueden ser ruido cerebral. La Presencia de que hablo se percibe como "un ligero susurro de aire" (1Re 19,12) que envuelve y orienta suavemente nuestra veleta.

2. La sacralización: Para destacar la importancia de la Escritura la hemos sacralizado y petrificado. Por eso llamamos "palabra de Dios" a todo lo que se lee. Se exagera para captar nuestra atención sobre la importancia de la Escritura. Lo mismo que hacía nuestra madre al exagerar los efectos milagrosos del escapulario.

Esa exageración tiene un alto coste. Al hacernos adultos y comprobar que no eran ciertos aquellos dramatismos, despreciamos los exagerados consejos de mamá y tiramos al niño junto con el agua de la bañera. O, por el contrario, permanecemos petrificados por el infantilismo y no nos atrevemos a pensar por nuestra cuenta, ni a soltar la medalla.

Al llamar "palabra de Dios" a todo, el subconsciente nos empuja a la interpretación literal. Leemos la descripción de los juncos y, sin haber tocado el agua del río, proclamamos: "es palabra de Dios". Tragamos juncos por agua. Esa "pedagogía de la exageración" es causante -antes o después- del alejamiento de unos, la indiferencia de otros o la desorientación de muchos. Por ejemplo: escuchamos atentamente y constatamos la incoherencia de la primera lectura con el evangelio, la reacción espontánea es desenchufar. Lo que debería ser alimento saludable se convierte en piedra de tropiezo y abandono.

Por otro lado, sacralizar es tanto como congelar y poner a distancia. Nadie puede beber de un río congelado. Las cosas sagradas son "intocables", "inalcanzables", "ocultas". Por eso el comentario a la Escritura (homilía) sólo se permite a los sacerdotes. Sólo ellos están "en el secreto". Sólo la interpretación oficial y rutinaria es válida. Con ello se niega la asistencia del Espíritu a los creyentes y se nos priva del testimonio vital de tantas personas transformadas por la Palabra. Se embalsama la Escritura en el ambón o en preciosas encuadernaciones. Un gran número de fieles terminan convencidos de que esas viejas e ininteligibles lecturas son "cosa de curas".

Sin embargo, para captar el río de la Palabra, hay que zambullirse en el agua, beberla, paladearla, dejarse impregnar. La Escritura hay que manosearla, voltearla, amasarla, masticarla, con toda confianza, porque ha sido escrita para nosotros. Si la momificamos, es que está muerta y no podrá trasmitirnos la vida que contiene. Una vez más el celo por tenerlo todo atado y bien atado impone rigidez. No nos hemos percatado de que la rigidez es síntoma de muerte ("rigor mortis"). Los católicos deberíamos ser cultivadores de vida, nunca embalsamadores. San Pablo nos da pistas: “Nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva: no basada en pura letra, porque la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida” (2Cor 3,4).

3. La revelación cerrada: No tengo inconveniente en alinearme con la doctrina oficial y afirmar que la revelación quedó completada con la venida de Cristo, la Palabra misma. Pero, a renglón seguido, debo confesar que la revelación sigue y seguirá mientras el hombre habite la tierra. Dígase, si se quiere, que todo está potencialmente en el Libro. Pero no se abuse del concepto de "revelación terminada y única". Existen cosas, personas, acontecimientos, que nos ayudan a descubrir el verdadero rostro de Dios, fin último de la Escritura. Son, por tanto, "revelación" para nosotros.

Hay que cultivar sin miedo la relación con lo que nos hace vibrar en profundidad, lo que nos transmite vida, luz, fuerza. Puede ser la naturaleza, libros, música, personas… A esas relaciones vivificantes, que paradójicamente pueden no estar vivas, hay que darles prioridad porque son verdadera "revelación" para nosotros, son el pan del crecimiento. Lo mismo habría que decir de la revelación personal: esas aspiraciones profundas, esas intuiciones, ese pasico que se impone desde dentro… Por ahí nos está llegando la Palabra, no quiso quedarse confinada en el Libro. Él nos sale al encuentro en cada esquina: "Estoy a la puerta y llamo" (Ap 3,20).

Digo esto porque, a veces, cargados con una estupenda Biblia, un leccionario o un breviario, relegamos lo que palpita en nuestro interior o la vida que otros nos contagian. Ignoramos a verdaderos "enviados" porque no vemos sus alas. Olvidamos que Él nos habla "en múltiples ocasiones y de muchas maneras" (Heb 1,1), que su Presencia sigue aquí, dentro y fuera de nosotros. Hay que evitar la tentación de enfrascarse en descifrar mensajes milenarios sin prestar atención a los mensajes del Acompañante que, hoy, camina a nuestro lado. Son garantía de la revelación viva y actual aquellas palabras del testamento de Cristo: "Muchas cosas tengo que deciros todavía, pero ahora no estáis capacitados para entenderlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa. Pues no os hablará por su cuenta, sino que os dirá lo que ha oído y os anunciará las cosas venideras" (Jn 16,12).

Citaré otros dos escollos que no puedo desarrollar por falta de espacio. Uno es la enseñanza incongruente y teórica de la Religión en nuestros Colegios, necesitada de mayor coherencia con la praxis pedagógica ("hacer es la mejor forma de decir") y una urgente adaptación a nuestro tiempo. Quien lo dude que coja un libro de Religión y lea -por ejemplo- la historia de Abrahán, personaje clave en la Escritura. Pregúntese después qué mensaje prenderá en nuestros hijos: el de la fidelidad total o el del "dios" que induce al asesinato. ¿Nos extrañará que, más tarde, rechacen inconscientemente a ese "dios falso"?

El otro escollo grave es la mala selección de lecturas para las celebraciones litúrgicas. Es imprescindible que nos den a los fieles alimento asimilable en cada Eucaristía, sin pretender hacer un recorrido formalista por la historia bíblica. No me extraña que mi amiga Mercedes se salga de la iglesia cuando se leen determinados textos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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[1] Sofisma = Razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso.

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