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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

el futuro de la vida

Vitoria-Gasteiz, 7, 8 y 9 de abril de 2006
“EL FUTURO DE LA VIDA”
XIV Foro Religioso Popular
ASOCIACIÓN CULTURAL FORO RELIGIOSO POPULAR
VITORIA (ÁLAVA).

Viernes 7 de abril

18:30 Últimas inscripciones y recogida de material
19:15 Presentación del XII Foro Religioso Popular
19:30 1ª Ponencia: UNA ESPIRITUALIDAD ECOLÓGICA COMO APORTE AL FUTURO DE LA VIDA. Marcelo Barros

Sábado 8 de abril

10:00 2ª Ponencia: LO FEMENINO DE DIOS. Teresa Forcades i Vila
11:30 Descanso
12:00 3ª Ponencia: "EL FUTURO DE JESÚS Y EL FUTURO DE NUESTRO MUNDO". José Arregui
16:00 4ª Ponencia “LA IGLESIA DEL SIGLO XXI. UNA GRACIA, UN RETO, UNOS CAMINOS”. Xabier Pikaza
17:30 Descanso
18:00 Mesa de encuentro: DIÁLOGO ENTRE Juan Masiá y Marcelo Barros. Modera: Txema Auzmendi
20.00 Descanso
20:30 EUCARISTÍA

Domingo 9 de abril

10:00 5ª Ponencia: "VIDA, SALUD Y ÉTICA. MALENTENDIDOS SOBRE BIOÉTICA". Juan Masiá Clavel
11:30 Descanso
12:00 6ª Ponencia: LA RESISTENCIA DE LOS PEQUEÑOS COMO CONTRIBUCIÓN AL FUTURO DE LA VIDA. Marcelo Barros
13:45, Mensaje del XIV Foro Religioso Popular y clausura.

- - -> Para más información: fororeligi@euskalnet.net

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

comida y cena 2/2

COMIDAS Y “CENA DEL SEÑOR”
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo; herrero.pozo@telefonica.net
LOGROÑO (LA RIOJA).

- - -> Segunda parte ( primera parte publicada el 09/02/06 )

2. La “Cena del Señor”

ECLESALIA, 13/02/06.- Sobre una treintena de líneas en las que los Evangelios sinópticos y Pablo recogen, con ligeras variantes, el texto estereotipado de la práctica cristiana de la “fracción del pan” en las primeras comunidades se ha levantado un monumental y complejísimo constructo teológico. Un milagro de reconstrucción de una catedral a partir de unas pocas docenas de viejas piedras. Siempre he encontrado una especial dificultad en explicar la eucaristía sobre todo a los niños, al tener que partir de una acción litúrgica extraña y absolutamente incomprensible. En este breve texto voy a intentar presentar su núcleo sustancial.

¿Quiénes son los beneficiarios directos de este Sacramento? Los creyentes que formamos la pequeña asamblea. ¿Qué tenemos derecho a esperar del principal sacramento? Se nos ha dicho que nuestra salvación, llamémosla en lenguaje moderno liberación integral que, obviamente, se halla vinculada a Jesús en alguna dimensión sustancial de su ser salvador.

Entendido de la forma más simple y sin alejarnos de nuestra realidad humana ¿qué es lo que, de modo general, más sana y libera a la persona? El amor, sin lugar a dudas. El amor bien entendido equilibra la psicología individual y asegura la convivencia social, a nivel de los grupos cercanos (familia, trabajo, amigos, comunidad cristiana…) como de la humanidad entera. En el ejercicio de este amor queda incluido automáticamente lo que denominamos amor de Dios, si existe, seamos o no conscientes de ello.

Supuesto que los cristianos hemos elegido “seguir” a Jesús como camino de verdad que da vida (Camino, Verdad y Vida) ¿cómo vivió el amor aquel profeta galileo? De él sólo conocemos lo que impactó al grupo de discípulos que le siguieron durante un par de años: Jesús se encontró en medio de unas poblaciones compuestas mayoritariamente de gente totalmente marginal y aquejada de todo tipo de dolencias fruto de la pobreza severa. Se conmovieron sus entrañas y, decididamente, tomó partido por este pueblo y se dedico sin descanso a aliviarlo. Las autoridades civiles y religiosas, responsables de la situación, se ofuscaron hasta el extremo por la denuncia de Jesús y acabaron con su vida. Jesús murió, por la coherencia de su amor, por vivir como vivió entregado a los pobres. Sus discípulos, superado el trauma de un fracaso inesperado y aborrecido (tardaron mucho tiempo en representar el instrumento del asesinato) acabaron descubriendo en esa muerte en cruz la culminación de su vida, concreción de su amor, y, de rechazo, la más fiel transparencia del amor del mismo Dios.

Tales acontecimientos de la vida y muerte de Jesús fueron interpretados por los discípulos, a la luz de la experiencia de la resurrección, como el gran testimonio del estilo de vida a adoptar: vivir amando aún a riesgo de muerte. Acontecimientos y sentimientos de la vida del Maestro que rumiaban juntos cada vez que se sentaban (o se reclinaban) a la mesa. Las comidas eran el lugar y clima privilegiados de sus encuentros ‘recordando’ al maestro.

Lo habían sido cuando vivían juntos. Basta repasar la frecuencia y relevancia que revisten las comidas comunes en los relatos evangélicos. No necesitaban inventar ningún nuevo ceremonial de ‘memoria’, sólo seguir con las costumbres anteriores. Aunque no hubiera existido históricamente una cena con especial diseño de despedida, no era preciso ser muy creativos (y los orientales lo son) para volcar en la última que recordaban toda la carga de vivencias, reinterpretadas en su espíritu a la luz de los últimos decisivos acontecimientos. No necesitan inventar ninguna liturgia especial, sólo seguir comiendo juntos, sirviendo a los más necesitados alimento y recuerdo como hacía Jesús (‘en memoria mía’). Compartiendo el alimento (‘fracción del pan’), y un poco de vino de vez en cuando, se recreaba el clima de amor más propicio para revivir y apropiarse el espíritu de Jesús. Compartir el pan era, sin artificio alguno, hacerlo presente entre los hermanos en el servicio de unos a otros. Es lo que subrayará medio siglo después Juan con el lavatorio de los pies en sustitución del texto tradicional, sin duda por contrarrestar el talante jerárquico naciente. El texto tradicional (el llamado de la ‘institución’, de Pablo y de los sinópticos) era ya un estereotipo extendido. Los elementos básicos de toda comida, el pan y el vino, la vinculaban de modo explícito tanto a la muerte de Jesús como a la imagen jesuánica del banquete escatológico. Hasta 1ª Corintios y probablemente después durante un tiempo, la fusión entre comida común y celebración cristiana principal no ofreció ninguna dificultad: era la costumbre, algo obvio por la identidad de sentido antes subrayada. La pérdida de éste llevó a abusos, surgieron diversas interpretaciones de la celebración, se coló la idea judeo-pagana de sacrificio, se desligaron comida y ‘cena del Señor’… Es conocida la historia hasta llegar a nuestras misas aburridas, incomprensibles, minuciosa y hieráticamente fijadas y vigiladas por Roma.

Resumiendo podemos decir ya en términos teológicos modernos: Todo sacramento es una acción simbólica mediante la cual indicamos lo que está ocurriendo y queremos celebrar desde la fe. Ya en el mismo plano humano, al comer juntos en actitud convivial estamos haciendo surgir en nuestro afecto fraterno el amor que es “único” (Ratzinger), es decir, estamos haciendo presente a quien mejor transparentó a Dios que es amor (Deus caritas est). En la misma proporción en que nuestra comensalidad es sincera y profunda es “eucarística” y, en esa medida, puede ser compartida por todos, creyentes y no creyentes. Cuando queremos celebrar la fe de una manera especial, al igual que hacemos en circunstancias especiales de la vida, acompañamos el ágape de gestos, palabras y lecturas más explícitamente alusivas que ponen de relieve la profunda dimensión que puede adquirir la comensalidad, el comer juntos ‘en el Señor’. Es claro que cada uno penetra en esa dimensión según su medida. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

también fuera

también fuera

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA
Bueno o malo, ¡quién sabe!
MARIO GONZÁLEZ JURADO, lector de Eclesalia; mariofgj@yahoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 10/02/06.- Si no se tratase de Juan Masiá no me atrevería a poner este titular para referirme a la peripecia personal por la que está atravesando en este momento este querido hermano nuestro. Y, en breve, trataré de explicarme.

Me consta, como alumno suyo de Antropología Teológica ya hace algunos años, que su mestizaje con la sabiduría y espiritualidad oriental no es moda ni pose, sino encuentro profundo. A ese hermoso cruce de culturas apelo, Juan, para permitirme lanzar en esta breve reseña un mensaje de nuestro refranero junto con un pensamiento de un cuento con sabor oriental.

Tengo que decir (y decirte Juan) que cuando lo conocí -no llevaba él mucho tiempo de vuelta en España- me pareció un profesor difícil de catalogar. Por una parte, culto, analítico, posibilista, práctico. Por otra parte, con posturas no muy definidas o, mejor dicho, muy abiertas como lo son la vida y la realidad. Y, al mismo tiempo, no tuve la sensación de encontrarme ante una mente tan progresista y de avanzada, para que nos entendamos, ante alguien que fuese a tener problemas con la jerarquía.

Bien es cierto que, años después, he recibido el regalo (gracias por ello, Juan) de encontrármelo en otros foros, con nuevos lenguajes y diferentes mensajes de antaño. Bendita evolución intelectual y personal si es que se ha dado y no es sólo fruto de mi percepción subjetiva.

Por eso no es de extrañar que, dados los tiempos que corren por los barrios de las autoridades eclesiásticas, haya recibido trato tan preferente, evangélico y humano -dicho sea sin ironía-.

Pero Juan, “bueno o malo, ¡quién sabe!”. Lo mismo te ha llegado la hora de una jubilación creativa, libre y liberadora. Lo mismo nos encontramos con el regalo de un teólogo disidente de una altura intelectual impecable. A lo mejor te da por crearte un blog o escribir en todos aquellos foros y espacios donde aún no han aprendido a meter la mano los que las tienen demasiado largas. Ojalá, sería precioso, sería fantástico, ¡cuántas personas te lo agradeceríamos! ¡Qué bien le vendría a ese espacio marginado de cristianos que andamos en la diáspora de nuestras ideas y referencias más profundas!

Te deseo Juan lo mejor, tal bendición de Dios que puedas (podamos) decir, dentro de poco que “no hay mal que por bien no venga”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

comida y cena 1/2

COMIDAS Y “CENA DEL SEÑOR”
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo; herrero.pozo@telefonica.net
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 09/02/06.- Comida y Eucaristía no acaban de reconciliarse. En el pensamiento cristiano general son dos cosas totalmente distintas y separadas salvo el residuo casi caricatural de una pequeña oblea fina como el papel y unas gotas de vino no obligatorias. Es abusivo llamar a esto comida.

Las primeras comunidades remiten las comidas que llamaban “fracción del pan” a una supuesta cena última del Señor. Dato en el que más que el rigor histórico les interesa el sentido profundo de lo celebrado que es precisamente de donde saca Pablo su argumento contra los abusos en Corinto (1 Cor.11): si sois incapaces de compartir ricos y pobres (aquellos se sacian y éstos pasan hambre) quedaos en casa; eso no es “la cena del Señor”; si degradáis lo más humano de la comida, fraternidad solidaridad, servicio y amor respetuoso, perdéis su dimensión de recuerdo (‘memorial’) de Jesús. Es claro, sin amor no hay comida eucarística porque compartir el alimento es amarse y donde hay amor ahí está Dios. Aunque faltan documentos, la praxis posterior de las iglesias da a entender que, como es tan humano, se tomó el rábano por las hojas: en lugar de corregir la degradación de las comidas en común (abuso de los ricos contra los pobres), facilitaron al contrario que se siguiese distanciándola de la “cena del Señor”. Y ahí seguimos hoy. Hasta el extremo que la línea argumental de un autor favorable a esa disociación viene a decir lo siguiente: de acuerdo, la eucaristía comienza en una cena pero el proceso de ‘ritualización’ (que busca destacar lo propiamente sagrado) las ha separado a ambas, y bien separadas: así el misterio del sacramento se destaca mejor de lo profano de una comida. Me encanta esta exposición por lo que tiene de prototipo de la doctrina oficial.

En ésta, a mi entender, la desviación que se fue produciendo es de orden antropológico y teológico: se pierde el sentido de lo que es la comida en común (convite, convivium) como también el de lo que es propiamente la “cena del Señor”, es decir, falla el a-b-c de lo humano y de lo divino. Vamos, pues, por partes.

1. Aprender a comer

No es una ‘boutade’ asegurar que, al menos en occidente, tenemos que aprender a comer juntos. Nuestras comidas reflejan la sociedad, su banalización, su individualismo, su escaso sentido solidario, el déficit de comunicación, el chato utilitarismo, el deterioro del símbolo y de la fiesta, la gula consumista.

Estoy convencido de que, si como es deseable, se retorna a la eucaristía como verdadera comida, la dificultad en recuperar el sentido de aquella provendrá de ésta. Por eso resulta todavía algo artificial su fusión en los grupos donde esto se hace: entran en crisis, para bien, las formas habituales de comer en el hogar. La comensalidad es exigente.

Por una vez, la encíclica del papa nos viene en ayuda sugiriendo –tal vez sin advertir su alcance- la supresión de la discontinuidad tradicional entre lo humano y lo divino, concretamente entre el eros o amor de deseo, incluido el conyugal y el ágape o amor de entrega y don, incluido el amor de Dios. Eros es lo más básico, humano y hasta carnal del deseo amoroso necesitado. El ágape sería su dimensión más noble y altruista, el amor como plenitud por la apertura y entrega al otro. Lo importante y más original es cómo el papa los relaciona. No son cosas distintas, ni menos antagónicas como era tradicional, sino una “única realidad” con “diferentes dimensiones” - nos asegura-, de tal guisa que si se independizan pierden su propio ser. El propio eros “quiere remontarnos hacia lo divino” y por eso “llevarnos más allá de nosotros mismos”, pero también puede encorvarse sobre sí mismo y degradarse en egoísmo. Es precisamente el ágape quien “sanea” el eros y lo despliega hacia su verdadera grandeza. Son, pues, realidades estrictamente complementarias: el eros amaga una dirección, el ágape la lleva a término. ¡Preciosa reconciliación y fusión de lo más humano y lo más divino en la pluma del papa Ratzinger! El amor conyugal auténtico sería su arquetipo y la unión mística su culminación. El “extasis” (salir de sí mismo) se inicia en el eros, dice el papa, y se completa en el ágape.

De haber seguido esta lógica del amor parecería que el amor conyugal, capaz de llevar al ser humano a la dimensión del ágape (Dios incluido) debería haberse constituido en el sacramento central, símbolo de la unión de Cristo con su Iglesia, según Pablo. Las comunidades no lo entendieron así y atribuyeron a la “cena del Señor” el papel axial de símbolo sacramental por excelencia. El símbolo del ágape conyugal está restringido a dos, mientras que el eucarístico engendra comunidad. ¿Por qué? Yo diría que porque no existe una acción simbólica más abarcante y universal, generadora de amor comunitario que el de la comensalidad que, incluso, se ha apropiado de la denominación “ágape fraterno”. Es claro en el mundo bíblico, desde la abundancia de comidas en la vida diaria de Jesús (acusado de comilón y bebedor) a las que recurre en sus parábolas hasta cómo el Maestro considera la plenitud de los tiempos como “banquete del Reino”. El comer juntos, acción tan humana y sencilla, tan a ras de lo cotidiano pero tan desvirtuada que parece incompatible con la divina sacralidad del Sacramento por antonomasia. Incompatibilidad que se echa a cuenta del proceso de ritualización y no del de la pérdida de sentido. Como si el rito al orillar lo demasiado humano dejara más lugar al misterio. En el desencuentro entre viejo y nuevo paradigma tiene especial relieve la discontinuidad entre lo humano y lo divino, natural y sobrenatural, profano y sagrado. El papa Ratzinger parece sugerir su superación (¿un descuido?). Mi teoría la ha formulado así: “cuanto más auténticamente humano, más divino”. En el caso que nos ocupa, “cuánto más hondamente humana es una comida, más eucarística es”. La dificultad empieza, pues, en lo humano de la comensalidad que cuando está degradada alcanza difícilmente a simbolizar el amor de servicio universal. Esa degradación condujo en Corinto (quiebra de la justicia y del respeto y afecto a los pobres) a separarla de la cena del Señor. El proceso histórico siguiente conservó apenas una caricatura de símbolo: ni los comensales son comunidad, ni la mesa es mesa, ni el pan es pan, ni los fieles han probado el vino durante siglos, ni se come una comida de verdad. En la permanencia del reducto simbólico del pan y vino tuvo posiblemente que ver, además de la explícita mención bíblica, la progresiva carga mágica de la llamada ‘presencia real’.

Es preciso, pues, empezar por lo básico humano, aprender a comer juntos. Ya no sabemos comer. Ingerimos con ansiedad, con la tele encendida o el periódico desplegado. No saboreamos, no tenemos una palabra de agradecimiento al cocinero, con frecuencia mantenemos un silencio que ya no nos pesa, no nos manifestamos sensibles a las penas o alegrías de los comensales, no aprovechamos para confraternizar ese puntito de euforia moderada que aporta el sorbito de vino… Sin embargo ¿quién no tiene la experiencia de lo bien que se quedan los amigos después de una comida alegre en que cada uno ha tenido algún pequeño gesto o alguna palabra amable? Dialogar sin acaparar la palabra… (o el mejor bocado del plato), animar la conversación con humor sin acidez, estar atento a pasar el pan, el vino o el agua… La comida en común es el espacio de mil detalles de afecto…La buena comensalidad es, por derecho propio, símbolo generador de amistad. Diríamos que es, cuando menos, el sacramento humano más universal y significante. No hay gran acontecimiento que no celebremos con un banquete. No todas las comidas -ni en cualquier circunstancia- logran la misma intensidad antropológica, como es obvio, pero esta calidad no es un añadido sino su plenitud, como el ágape lo es del eros.

Resumiendo, comer juntos no es mero acto fisiológico sino celebración del amor. En una sociedad en crisis no es secundario ni banal recuperar el sentido más humano de las comidas en común, en el hogar o con los amigos. Cuando se redescubre la nobleza de la comida compartida (la comensalidad) se disipan los prejuicios a unirla con la eucaristía porque aquella, en la medida de su densidad, posee ya carga eucarística. Lo humano válido “cuanto más humano, más divino”. Nos citamos para la 2ª parte. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Fin de la primera parte. Segunda parte el 13/02/06

deber

deber

CHARLA DEBATE ‘¿QUIÉN DEBE A QUIÉN?’
El 10 de febrero en Madrid
IGLESIA DE BASE DE MADRID
MADRID.

ECLESALIA, 08/02/06.- Hace cinco años, el día de las elecciones generales, se llevó acabo a lo largo y ancho del país una Consulta Social sobre la Deuda Externa. Más de un millón de personas depositaron en aquel momento una papeleta en las urnas de la Red Ciudadana por la Abolición de la Deuda Externa (RCADE) apoyándola en su petición. Desde entonces a muchos nos suena más familiar escuchar hablar del tema. La Deuda Externa es un instrumento financiero que se viene usando desde la mitad del siglo XX, y con especial intensidad desde los años 70, para prestar grandes cantidades de divisas a los países del Sur. ¿Pero cuáles son las consecuencias que la deuda produce en estos países? ¿Es una "ayuda" para lograr un "mejor desarrollo económico" como los gobiernos occidentales y las instituciones financieras quieren hacer creer?

Es un hecho conocido que la Deuda Externa no ha servido para paliar la pobreza y disminuir las desigualdades en el Sur ya que, la propia naturaleza del mecanismo de la deuda, se ha convertido en un elemento de enriquecimiento para los prestadores, debido a los intereses que reporta durante muchos años.

Numerosos estudios demuestran, además, que la deuda se utiliza como una vía para las exportaciones de productos manufacturados por empresas multinacionales de los países industrializados. A esto habría que añadir las graves consecuencias que para muchos países receptores han tenido las políticas de Ajuste Estructural que los organismos financieros internacionales, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, les han obligado a aplicar para conseguir el dinero, provocando grandes desequilibrios sociales y económicos, especialmente para las mujeres.

Existe otro aspecto a considerar relativo a la Deuda Externa y es la ilegitimidad que, en muchos casos, encierra la concesión de prestamos, ya que muchas de las pólizas y créditos concedidos no se sustentan en ninguna garantía de transparencia y control de corrupción, ni están destinados a promover el bienestar y la protección de los derechos humanos y del medio ambiente.

Otro grave problema supone la Deuda Ecológica contraída por los países industrializados con el resto del mundo a causa del expolio histórico y presente de los recursos naturales. Las organizaciones ecologistas denuncian los daños ambientales y sociales globales que causa el actual sistema económico, tanto la extracción de los recursos como su consumo masivo. La generación de energía y el uso de transporte motorizado provocan emisiones de gases tóxicos y de efecto invernadero que perjudican a todo el planeta, provocando la extinción masiva de especies y la destrucción de la capa de ozono. Depositar residuos en países lejanos, la escasez de agua potable o la explotación industrial de los bosques naturales y de la agricultura, son problemas que han adquirido dimensiones preocupantes.

Las líneas del gobierno español en esta materia no son muy diferentes a las marcadas por las grandes potencias e incurre en nuevas contradicciones, al conceder las ayudas humanitarias como créditos, lo que genera aún más deuda.

Varios colectivos hemos decidido unirnos a diferentes iniciativas internacionales para continuar luchando contra la injusticia que supone la deuda, bajo la pregunta ¿Quién debe a Quién?, aglutinados en una organización descentralizada, ideando e impulsando acciones locales centradas en tres ejes fundamentales -Deuda Ecológica, Deuda Política-Social y Deuda Económica- en los que se enmarcan las acciones de la campaña. Sus objetivos se centran en fomentar la participación ciudadana y trasladar la idea de corresponsabilidad, tanto en las causas de la deuda externa, como en la búsqueda de soluciones, pero, sobre todo, pretende denunciar la ilegitimidad de la deuda y su mecanismo perverso, exigir al gobierno la realización de una auditoria interna y generar un debate social en torno a las consecuencias de la inversión española en el extranjero. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Convocatoria charla-debate campaña “¿Quién deber a quién?”
10 de febrero, a las 19,30 en General Ramírez de Madrid, 29
Iglesia de Base de Madrid – Locales de M.A.S.
Metro Estrecho, Tetuán o Cuzco

- - -> Para más información: www.quiendebeaquien.org

darnos

darnos

GUÍA DE LECTURA DE LA “DEUS CARITAS EST”
Dios es Amor, y la fe, un encuentro con Él y con su don, que provoca en nosotros la necesidad de darnos a los necesitados
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz
VITORIA (ÁLAVA).

ECLESALIA, 07/02/06.- Dios es amor y nuestro amor, antes que un mandamiento o ley, es una respuesta a ese don del amor de Dios, experimentado por cada uno y todos juntos. Sin esta experiencia de encuentro con una Persona, Cristo, con el acontecimiento de su Persona y de su Vida, con una Persona como Amor que se nos da, no hay camino cristiano, no hay respuesta cristiana, aunque haya “cumplimiento legal. Ser cristiano es, así, comunicar el amor que se nos da, el que nos colma gratuitamente, y como tal nos desborda (n 1). Dios nos colma de su amor y de este “antes” pende y debe nacer en nosotros el amor como respuesta (n 17).

PRIMERA PARTE (nn 1-18): La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación

Hay una relación intrínseca entre la realidad del amor humano y el amor gratuito de Dios. El fenómeno humano del amor está, ahí, como una realidad central en nuestras vidas. Sus diversas manifestaciones, visibles ya en los distintos usos de la palabra “amor”, se unifican siempre en una relación inseparable de eros y ágape. Estos dos conceptos no son antagónicos, ni el cristianismo los ha hecho tales. Ambos se refieren a dos dimensiones presentes, con acento mayor de una u otra, en todos los significados del concepto amor y, por supuesto, en la asunción cristiana de la realidad humana del amor. Eros representa aquella dimensión del amor caracterizada por la pasión espontánea, posesiva, irrefrenable, enamorada, ensimismada, fascinada por la promesa de felicidad (n 7). Es connatural con nosotros, nos pertenece, pero vivida de forma “ebria y ensimismada”, está condenada al exceso, a la desviación destructiva, a una divinización que la deshumaniza (n 4). Ágape, por su parte, representa aquella dimensión del amor caracterizada por el reconocimiento y respeto del otro, por la entrega y preocupación por el otro, por el bien del amado; conlleva, por tanto, la alegría de la donación, la renuncia, la entrega, la generosidad y hasta el sacrificio. El ágape, momento o dimensión, se inserta en el eros inicial, para, así, nos desvirtuarse y perder su propia naturaleza. Dar y recibir, amar y ser amado. Y en el inicio de todo, ser amado por Dios. Somos eros que busca a Dios y ágape que transmite el don recibido.

En la relación de ambas dimensiones, con su peculiar proporción en cada clase de amor, el amor sale purificado y acomodado a la condición integral del ser humano (n 8), la de una criatura unitaria (n 5), cuerpo y alma, alma y cuerpo en la unidad íntima de la persona única (n 8). Si se separan alma y cuerpo, y con ellos eros y ágape, “la esencia del cristianismo quedaría desvinculada de las relaciones vitales fundamentales de la existencia humana” (n 7)[1]. En realidad, concluye, “eros y ágape... nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general” (n 7).

La fe bíblica asume el fenómeno humano del amor, porque asume a todo el hombre (n 8), purificando su búsqueda y abriéndolo a nuevas dimensiones. El propio amor de Dios a Israel es eros y, a la vez, totalmente ágape, amor apasionado, y amor gratuito y que perdona.

El amor del ser humano y su matrimonio es el icono más logrado de la relación de Dios con su pueblo, y medida del amor humano.

Jesucristo hace realidad el amor de Dios en su forma más radical (n 12), hasta encarnarla en su persona y vida. A la vez, perpetúa su entrega de amor mediante la institución de la Eucaristía, que nos incorpora realmente a la dinámica de su entrega. Este sacramento implica una “mística” de abajamiento de Dios y de asociación del ser humano a su obra salvífica, pero con un sentido social, es decir, “quedo unido al Señor con todos los demás que comulgan”; los que comemos del mismo pan, somos un solo cuerpo (1Cor 10, 17). Todos los cristianos, a partir de la Eucaristía, somos un Nosotros. En ella, el amor de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros. Así, fe, culto y ethos componen una sola realidad.

Las parábolas aclaran y amplían el sentido cristiano de la “projimidad”, es decir, universal y concreta, aquí y ahora, hacia cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar, como fusión del amor a Dios y al prójimo, viendo y sintiendo al otro con los ojos y el corazón de Dios, de Jesucristo (n 18), y, por ende, haciéndolo desde el corazón y llegando a su corazón. Esta experiencia de proximidad total abre mis ojos a lo que Dios me está dando, “me hace sensible también ante Dios” (n 18), por encima de una relación sólo “correcta”, pero sin amor: “Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento... ambos vienen del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero” (n 18). La acogida de este amor de Dios, su profundidad y realismo, puede decirse, se corresponde con la hondura de nuestro amor o servicio a los demás.

SEGUNDA PARTE (nn 19-41): Cáritas, el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como “comunidad de amor”.

La pregunta que la encíclica va a responder queda formulada así (n 1): ¿Cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo?

Pero, ¿tan importante es la caridad en la vida de la Iglesia? Toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor, recibido y dado, que busca el bien integral del ser humano. Ese amor se expresa como servicio de caridad a los hombres en todas sus necesidades. Hablamos ya del amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, como tarea de cada fiel y de toda la comunidad eclesial (n 20), local, particular y universal. De ahí que la caridad necesite de una organización para un servicio comunitario ordenado. La Iglesia lo sabe y ha sido siempre consciente (Hch 2, 44-45) de que la tarea de la caridad tiene importancia constitutiva, es parte de la definición de la Iglesia ((Hch 2, 42; 4, 32-37). Por más que hayan cambiado las circunstancias históricas, ha permanecido la conciencia de que “en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa” (n 21). Es un principio eclesial fundamental (n 21), como se verifica en la aparición histórica del ministerio diaconal (Hch 6, 5-6).

Con el paso del tiempo, el ejercicio de la caridad (n 22) se confirmó como uno de los tres ámbitos esenciales de la vida eclesial, “pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio” (n 22), dando lugar a estructuras jurídicas precisas, desde el siglo IV de nuestra era [2], hasta nuestros días.

Insistamos en esto, dice. La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea (Anuncio, Liturgia y Diaconía). Son inseparables y se implican mutuamente (n 25): “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar en manos de otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia (n 25).

Esto es válido en la Iglesia, “familia de Dios en el mundo”, y supera sus confines, hasta cualquiera que sea el necesitado, como lo muestra la parábola del Buen Samaritano; pero en la Iglesia, “familia”, es especialmente válido.

Caridad y Justicia

Tenía que surgir la pregunta por esta relación. Y, ¿cómo la resuelve? La caridad ha sido cuestionada, dice, no sin razón, como una realidad amenazada de manipulación cuando se presenta y realiza como sustitutivo de la justicia. Tiene su parte de verdad. La cuestión del orden social justo se plantea en la sociedad industrial de un modo nuevo. Es la relación justa entre capital y trabajo. La Iglesia lo percibió tarde, es cierto, pero ya en el siglo XIX nuevas Congregaciones Religiosas desarrollaron la acción caritativa de la Iglesia en la nueva situación. A la vez, desde 1891, la Iglesia ha desarrollado un magisterio social, la DSI, de valor cierto e irrenunciable. En la nueva situación, “a causa de la globalización de la economía” (n 18), la “doctrina social de la Iglesia” “propone” orientaciones válidas, más allá de sus confines, ofrecidas “al diálogo” con “todos” los que se preocupan en serio por el hombre y el mundo (n 27).

Hoy, la relación intrínseca entre “el compromiso necesario por la justicia” y “el servicio de la caridad” (n 28), exige tener en cuenta dos hechos. Uno, la justicia tiene que regir la vida social y el Estado, pero su concreción en estructuras sociales y estatales es competencia de la política. La Iglesia, expresión social de la fe, y el Estado, encarnación institucional de la política, “son dos esferas distinta”; eso sí, “siempre en relación recíproca” (n 28). ¿Por qué esa relación? Veamos.

La política es un procedimiento para determinar “los ordenamientos públicos”, pero su objeto y su medida intrínseca es la justicia, que tiene naturaleza ética (n 28). El Estado, suprema encarnación institucional de la política, intentará realizar la justicia aquí y ahora, pero sabiendo que antes del “cómo”, hay otra pregunta más radical que dice así: “¿qué es la justicia?” (n 28). Atender a ambas dimensiones a la vez, cómo y qué, es una cuestión central que concierne, dice, “a la razón práctica”[3]. Esta “razón práctica”, es decir, la razón política relativamente autónoma (nn 28 y 29) está amenazada de ceguera por el interés y el poder. Y aquí, “política y fe se encuentran” (n 28), porque la fe es “una fuerza purificadora de la razón misma”, para que sea más ella misma; tal es el lugar o servicio de la “doctrina social católica”. Ésta no pretende la primacía de la Iglesia sobre el Estado, “tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento” (n 28), sino contribuir a la purificación de la razón y ayudar al reconocimiento y práctica de lo que es justo aquí y ahora.

La “doctrina social de la Iglesia” argumenta “desde la razón y el derecho natural”[4], pero no es tarea de la Iglesia hacer valer políticamente ella misma esta doctrina, sino servir a la formación de las conciencias en la vida política. La construcción de un orden social y estatal justo, “mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde”, es “un quehacer político; directamente”, tarea política, y, mediatamente, un quehacer humano primigenio, y por ello, moral, tarea de la Iglesia, “mediante la purificación de la razón y la formación ética”, que es su contribución específica (n 28).

La empresa política de realizar la sociedad más justa posible no es inmediatamente tarea de la Iglesia, sino del Estado y de la sociedad, pero la Iglesia en ningún caso “debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (n 28). Se inserta en ella, debe hacerlo, por la “argumentación racional”[5] y “despertando fuerzas espirituales” que allanen el camino de la justicia.

Esto en cuanto a la Iglesia en su conjunto. Y ¿los laicos? Si el compromiso por la justicia en cuanto tarea política directa, es decir, estructuras justas en la sociedad y el Estado, es, sólo, mediatamente, competencia de la Iglesia, como hemos visto, “los laicos” sí lo tienen como un “deber inmediato” (n 29). Como ciudadanos del Estado que son, no pueden evitar la política en su concreción de instituciones y leyes, buscando su justa configuración, “respetando su legítima autonomía” (la de la política) y “cooperando con los otros ciudadanos” y “bajo su propia responsabilidad” (n 29), viviéndolo todo como expresión de su fe y, por tanto, como “caridad social” (n 29), pero, propiamente, no es la Iglesia en cuanto tal quien actúa en la política por ellos. Los laicos no son el largo brazo de la Iglesia en la política.

Y, ¿dónde queda entonces la caridad? “La caridad siempre será necesaria, incluso en la sociedad más justa” (n 28). Siempre habrá situaciones “humanas” que la requieran y, además, el Estado no puede asegurar lo esencial en la atención a los necesitados: “una entrañable atención personal” (n 28). Además, en cuanto a la solidaridad en la vida pública, el Estado debe regirse por el “el principio de subsidiaridad”, es decir, el que reclama dejar y aun facilitar la iniciativa a la sociedad en cuanto a la solidaridad. La Iglesia es “una de estas fuerzas vivas” creadoras de solidaridad (n 28) y pretende una ayuda integral, cuya negación sólo puede proceder del más craso materialismo.

Y en la vida de la Iglesia, ¿qué relación hay entre “el compromiso por el orden justo del Estado y la sociedad” y “la actividad caritativa organizada?

Ya conocemos lo dicho sobre los laicos y su presencia autónoma y propia en la política, y ahora nos sale al paso la cuestión de la caridad como obra de “las organizaciones caritativas de la Iglesia”. Ésta son “obra propia” de la Iglesia (n 29). Es decir, en ellas la Iglesia es “sujeto directamente responsable” y “actúa conforme a su naturaleza” de Iglesia de Jesucristo. Hablamos de esta “organización caritativa de la Iglesia” que, por cierto, no anula la acción caritativa individual.

El contexto de esta “organización caritativa de la Iglesia” es el de un mundo globalizado en muchos sentidos y, en particular, en el de las comunicaciones. Este fenómeno hace que el mundo sea más pequeño para conocer las necesidades y disponga, a la vez, de medios más abundantes y rápidos para la ayuda humanitaria. El mundo entero, además, tiende a constituir el horizonte de la acción solidaria. Y la sociedad civil entera, por su parte, aparece y es el sujeto, más que los individuos, de los modos actuales de la solidaridad nacional e internacional (n 30). En tal contexto, surgen formas nuevas de colaboración entre entidades estatales, civiles y eclesiales, un voluntariado social con diversas formas y para diversos servicios. Este fenómeno del voluntariado civil solidario se une al crecimiento de nuevas formas de actividad caritativa en las Iglesias, fecunda unión de caridad y evangelización. El ecumenismo de la caridad social cristiana es muy estimado por los católicos, pues todas las iglesias cristianas quieren la realización del ser humano conforme a su dignidad de imagen de Dios. Una voz común de los cristianos al respecto ha de ser muy eficaz.

La actividad caritativa de la Iglesia, sin embargo, tiene un perfil característico. Con sus luces y sombras en la historia, es factor de gran peso en la evangelización. Es necesario, así, que no se diluya la caridad (y las Cáritas) en “una organización asistencial genérica” (n 31), una más. Hay rasgos, para evitarlo, que constituyen su esencia, la de la “caridad cristiana y eclesial”.

Así, el primero, como en la Parábola del Buen Samaritano, la caridad es ante todo “respuesta a una necesidad inmediata, en una determinada situación”, hecha, “ya”, con profesionales competentes, técnicamente, pero, sobre todo, convertidos al amor de Dios y mediadores de esa experiencia.

En segundo lugar, “independiente de partidos e ideologías”, y, sobre todo, de la concepción marxista de la revolución y el progreso, la que decía que toda caridad inmediata y personal es alienante y justificación del statu quo y, al cabo, contrarrevolucionaria. No hay que temer una caridad inmediata y urgente(n 31)[6].

En tercer lugar, la caridad no ha de ser un medio con función proselitista (n 31). Es amor gratuito, no intenta imponer la fe; pero tampoco calla. La caridad como testimonio ya habla por sí misma de Dios, pero el cristiano sabe “cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor” (n 31). Todos en la Iglesia, las organizaciones caritativas en especial, tienen este cometido de reforzar la conciencia creyente de sus miembros, para ser testigos creíbles de Cristo, ora de palabra, ora con su silencio, siempre con su ejemplo.

¿Quiénes son responsables de la acción caritativa de la Iglesia? El sujeto de las organizaciones de caridad de la Iglesia es la Iglesia misma, y lo es en todos sus niveles de expresión. En particular, los Obispos tienen la primera responsabilidad en las Iglesias Particulares de cumplir, hoy, el Programa de Hechos de los Apóstoles (2, 42-44) (n 32). La Iglesia, familia de Dios (en el mundo), tiene que ser hoy ejemplo de ayuda, dentro, y hacia fuera. El ejercicio de la caridad, no lo olvidemos, es “una actividad de la Iglesia como tal” (n 32), y “forma parte esencial de su misión originaria, al igual que el servicio de la Palabra y los Sacramentos” (n 32).

Los colaboradores que en la práctica hacen este servicio de la caridad en la Iglesia, no han de interpretar la acción caritativa desde una ideología, sino desde la fe que actúa por amor (n 33). Estos colaboradores han de ser prontos a sintonizar con otras organizaciones de solidaridad, respetando la “fisonomía” específica del servicio de caridad (1 Cor 13), como amor por el hombre, alimentado en Cristo. Darse como persona, par no humillar al ayudado, darse como un don de amor, desde la humildad, “abajándose”, sin mérito propio, como instrumento de la “gracia”, instrumento en manos del Señor, confiando en Él[7]. ¡Cuidado!, les tentará la ideología revolucionaria, la que quiere todo y ya (¿el marxismo?) y su contraria, la inercia del nada se puede hacer (“¿el neoliberalismo hecho dogma?). Ni soberbia ni resignación. La oración tiene aquí un lugar vital, como fuente inagotable de eficacia, frente al activismo y el secularismo (n 37). Rezamos no para corregir los planes de Dios (¿oración de petición?), sino para encontrarnos con Dios, cobrar esperanza y sentir su gracia. Pasaremos por dificultades de confianza, al no entender el mal en el mundo, el motivo del silencio y aparente ausencia de Dios (JOB); llegaremos al grito de Jesús en la cruz (Mt 27, 46). “Nuestra protesta” (n 38), “no quiere desafiar a Dios”, sino afirmar nuestra fe en su bondad radical y última, incluso “aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros” (n 38). En fin, “vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica” (n 39).

Conclusión. Para concluir, una mirada a los Santos, es decir, “a quienes han ejercido de manera ejemplar la caridad, y, entre los Santos, sobresale María, espejo de toda santidad (n 41). En los Santos es claro “que, quien va a Dios, no se aleja de los hombres” (n 42); a ella confiamos la Iglesia, “su misión al servicio del amor”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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[1] Parece estar hablando de la Ley de la Encarnación en la Historia de la Salvación, sin citarla.

[2] Cfr., datos históricos en nn 23-24.

[3] El uso de este concepto “razón práctica” no lo veo claro en la Encíclica. Quiero creer que se reconoce la política como realidad autónoma, relativamente desde luego, que dispone de recursos morales propios antes de su encuentro con la moral de la fe religiosa. Pienso en la política laica inspirada en los derechos humanos. El texto, sin embargo, no deja claro cómo se purifica la razón política no sólo por la fe, sino también por recursos propios de la razón. Hago, por ello, la interpretación más conforme con la democracia laica.

[4] Llama la atención esta referencia a la argumentación de la doctrina social de la Iglesia, “desde la razón y el derecho natural”, sin añadir expresamente “a la luz de la fe”. Precisamente, la doctrina social de la Iglesia en Juan Pablo II venía reclamando su estatuto de teología moral social, lo cual requiere siempre, entre sus fuentes de argumentación, la Revelación. Si argumenta sólo desde “la razón y el derecho natural”, estamos ante un conocimiento filosófico con hondas raíces en la historia del cristianismo, una especie de “filosofía social cristiana” o, con más pretensión, de “ética social cristiana” que tiene que aclarar su relación con la ética social de los derechos humanos o, en otro lenguaje, la moral civil de las democracias en cuanto tal.

[5] Entiendo, ahora sí, que apela a la aportación ética de la Iglesia, hecha en términos de razón moral natural. Y, de nuevo, la duda de si la razón política es capaz de tener acceso propio a la razón moral natural.

[6] Llama la atención aquí la falta de un comentario sobre la denuncia política que debe acompañar, a mi juicio, a toda acción caritativa por más concreta y urgente que sea. En realidad, toda la Encíclica, genial en tantos aspectos, padece el olvido de los condicionamientos y consecuencias políticas de la caridad, más allá de las mejores intenciones de los cristianos. Una crítica más severa de la gestión neoliberal de la globalización, un aprecio más nítido del significado cristiano del cambio de estructuras y el reconocimiento de que nadie se libra enteramente de alguna ideología, hubiera enriquecido mucho esta teología y pastoral de la caridad.

[7] Notemos aquí una “espiritualidad o mística” del voluntariado de la caridad eclesial, muy digna de ser profundizada.

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A PROPÓSITO DE LA REFUNDACIÓN
Vida consagrada en tiempos complejos
JAVIER LÓPEZ DÍAZ, sacerdote Terciario Capuchino; javierlopezdiaz@hotmail.com
LUBLIN (POLONIA).

ECLESALIA.- Tengo la impresión que la realidad y la complejidad del mundo nos ha ido ganando terreno y tal vez lo más complicado en este momento sea encontrar el modelo que queremos para el futuro de la vida religiosa. Hemos dado entrada en nuestra vida de consagrados a realidades que no casan bien con el ideal en que se sustenta nuestra consagración. La vida de la Iglesia en general y la vida religiosa en particular se ha quedado un poco a medio camino, como en tierra de nadie: demasiado adelantada como para volver marcha atrás (como les gustaría a algunos nostálgicos) pero demasiado atrasada a su vez para lo que apuntaba el Vaticano II y sueñan algunos otros. Lo que provoca a su vez diferentes actitudes: una, la de aquellos que quieren mantener a toda costa con simples retoques superficiales el status quo de siempre; otra, el conformismo que puede llegar a impregnar a muchos: buenos gestores, magníficos relaciones públicas... pero poco evangelizadores, que viven por y para su trabajo y no quieren saber de planteamientos más profundos. Y una tercera: la de los que no se resignan. A los primeros y los segundos, la sospecha de que les puedan remover los cimientos sobre los que han basado toda una vida, les produce, y con razón, un enorme desasosiego. Y se preguntan ¿qué va a pasar con nosotros? ¿quién se va a ocupar de las obras cuando nos jubilemos? ¿es que no tiene sentido o no vale lo que hemos vivido durante tantos años? Y anhelan volver a los tiempos de siempre, que no son de siempre, sino de antaño. Y entre la actitud conformista de unos y los suspiros melancólicos de otros, queda ese grupo que se cuestiona y se dice “tiene que haber algo más”. Algunos piensan que si todo cambia tanto no tiene entonces sentido todo lo que aprendieron y vivieron. Pero no es así porque sí que lo tuvo. Y lo tiene. Pero tal vez en este momento se imponga un cambio de fondo… y de formas.

Y esto nos lleva al tan manido tema de la refundación de la vida religiosa. Algo sobre lo que muchos en la vida consagrada y en la Iglesia hablan y escriben, pero que nadie sabe muy bien en qué consiste, quizás porque para cada uno significa algo bien distinto.

Refundar supone etimológicamente volver a fundar, por lo tanto no es maquillar, ni adornar, ni dar un nuevo aire. Refundar es en este sentido volver a crear, lo que presupone una ruptura con lo anterior, no necesariamente porque lo anterior no sea válido sino porque la nueva creación supera con creces lo viejo. Y para recrear hace falta en cierta forma “romper” para que nazcan nuevas estructuras que reemplacen y superen las anteriores y no una nueva y mera actualización; y hace falta dotar de nuevos contenidos esas nuevas estructuras y redefinir los medios y los objetivos, y todo ello sin dejar de ser lo que era ni perder su esencia y fundamento. Difícil tarea. Esta definición de refundación es también por tanto aplicable a la vida religiosa, pero no nos asustemos, que no sería la primera vez que se da en la vida de la Iglesia: las órdenes mendicantes supusieron una “escandalosa” refundación de la vida religiosa del momento, y tal vez estemos en puertas de un momento parecido.

Todos nos quejamos de la escasez de vocaciones que asola la vida consagrada sin preguntarnos qué valores, consciente e inconscientemente, transmitimos en la vida religiosa actual. Cuanto más hablamos de crisis de vocaciones, cuantos más proyectos de pastoraljuvenilvocacional hacemos y más originales son estos, menos vocaciones tenemos, más viejas se hacen las congregaciones, y más pesimistas nos volvemos. Necesitamos idear estos proyectos porque tal vez nuestra vida, de por sí, ha dejado de ser atractiva y queremos vender una imagen que sí lo sea. Si la vida religiosa enganchara por si misma tal vez no harían falta "campañas extraordinarias” (de hecho la campaña vocacional de Jesús no fue demasiado original). Y no nos engañemos, la afluencia masiva de vocaciones a las congregaciones religiosas en los países en vías de desarrollo y en los del tercer mundo puede no ser más que un espejismo. Pan para hoy y hambre para mañana. Y un buen argumento tras el que escudarse quienes se empeñan en seguir afirmando una vuelta atrás en el modelo de vida religiosa. Muchos superiores mayores reconocen en su fuero interno y en petit comité que la crisis de vocaciones que asola nuestros institutos en occidente no tardará en llegar a estos países, y lo hará con mayor virulencia aún si cabe.

La vida religiosa se ha caracterizado a lo largo de su historia por ser una llamada a la renovación en la vida de la Iglesia, por ofrecer un modelo alternativo y hacerse presente con su vida y con sus obras allá donde no llegaban los demás y aún menos los poderes del estado. Un ejemplo: antes de que las ONGs y los cooperantes adquirieran el protagonismo que tienen hoy día, la Iglesia llevaba ya siglos en labores de cooperación y promoción social a favor de los más pobres y abandonados de la tierra. Y fue ese ejemplo de solidaridad internacional (la palabra la han descubierto ahora pero la idea existía hace siglos con los primeros misioneros) una de las alternativas que ofrecía la vida religiosa y que se transformaba en una llamada por la que tantos y tantas dieron -y siguen dando hoy- su vida. Otro ejemplo: cuando en nuestra Europa nadie se ocupaba de la educación de los niños pobres, ni de los enfermos, ni de los marginados, la Iglesia, y en particular la vida religiosa, ya estaba allí. Y así surgieron los centenares de órdenes y congregaciones que animaron la vida de la Iglesia en estos últimos siglos. En este sentido la vida religiosa no puede perder su carácter profético porque está llamada a ser denuncia y conciencia crítica de un mundo que desde nuestro estado del bienestar ahoga el clamor de los pobres entre cifras macroeconómicas. Hoy podemos preguntarnos qué alternativa ofrece en nuestro mundo la vida religiosa a los jóvenes que se acercan a preguntar. ¿No será esa falta de perspectiva y de alternativa la razón de la pérdida de ilusión de tantos jóvenes religiosos y religiosas que, al cabo de unos pocos o muchos años, dejan su congregación y siguen viviendo su compromiso y su opción evangélica desde otros ámbitos?

Si algo caracterizó siempre a la vida religiosa desde sus orígenes fue por tanto el ofrecer una alternativa en clave de seguimiento evangélico a otros valores anti-evangélicos que pregonaba el mundo pero sin dejar de pertenecer a éste. Es aquello que hemos escuchado tantas veces de “llamados a estar en el mundo sin ser del mundo” y tal vez no es que la vida religiosa se haya hecho más del mundo, a veces da la impresión de que nos hemos “mundanizado”, ¡y de qué forma! ¿No estaremos haciendo el juego sin darnos cuenta nosotros también a esta sociedad del consumo a “tutiplen” y de la fama a “bajocoste”?

Es momento de centrarnos sobre todo en nuestra tarea de evangelizadores y de testigos de una forma diferente -basada en la entrega a los más necesitados- de estar presentes en el mundo. Yo no creo que la vida religiosa esté llegando a su fin ni que vaya a desaparecer en el mundo occidental, pero tampoco creo que las actuales formas y estructuras de la vida consagrada sean eternas, porque estas han ido evolucionando y tienen que seguir haciéndolo. Esas si que es posible que estén pidiendo un cambio porque el mundo de ahora no es el mismo que se encontraron los fundadores. Entonces la cuestión no está tanto en el futuro de la vida religiosa en sí, sino en su forma actual, que es algo bien distinto.

Nosotros, los que integramos la vida religiosa, ¿somos conscientes de los cambios que están sucediendo a nuestro alrededor? ¿conscientes como para salir en busca de nuevos rumbos? ¿o conscientes como para seguir lamentándonos por lo que antes fue y ahora no es? Las Congregaciones envejecen. La Iglesia envejece. Los templos se vacían. Las vocaciones ya ni nombrarlas. La gente se confiesa abiertamente agnóstica o atea. La Iglesia es desacreditada como Institución -cuando no objeto de burla- en muchos medios de comunicación social. Convendría estar atentos a los cambios y no estar tan empeñados en mantenernos firmes hasta el final en nuestros principios de autoridad sin querer oír hablar de nuevos concilios, ni de reformas, ni de zarandajas por el estilo. Salgamos a buscar nuevos rumbos sin miedo, con lo puesto, porque no se trata de abandonar ni cerrar la vida religiosa: se trata justamente de lo contrario, de revivirla, aunque tengamos que renovar -refundar- estructuras, instituciones, comodidades y seguridades.

Existe una forma más radicalmente evangélica de vivir nuestra consagración desde un estilo donde la opción efectiva por los pobres, la solidaridad, la libertad de los hijos de Dios, la igualdad en la fraternidad, la lucha por la defensa de los derechos humanos, la sencillez, la amistad, la fe, la vivencia de los valores evangélicos... priman sobre las decisiones de orden práctico dirigidas a salvar lo que queda de estas estructuras sobre las que se ha cimentado la vida religiosa. El mundo ha cambiado, y la Iglesia y la vida religiosa no pueden quedarse atrás.

Y creo que algo se esté moviendo ya en la vida religiosa, sin estridencias ni revoluciones. Muchos religiosos y religiosas hablan alto y claro de solidaridad y de opción por los pobres, hablan de democracia en el seno de la Iglesia, de igualdad entre hombres y mujeres, laicos, presbíteros y religiosos, hablan de amor y amistad, de afecto y de cariño, hablan de generosidad, de compromiso, de derechos humanos, del papel de los laicos, de la promoción de la mujer, de la no discriminación, de luchar contra tantas y tantas injusticias que se cometen en nuestro mundo.

Y son ya unos cuantos los que sueñan y trabajan por una vida religiosa que opta cada vez más radicalmente por el bando de los pobres, de los perseguidos, de los refugiados, de los inmigrantes, de las mujeres victimas de malos tratos apaleadas un día sí y otro también por quienes se dicen sus maridos unidos a ellas por un vínculo indisoluble. Son ya unos cuantos los que trabajan por una vida religiosa basada en comunidades que viven desde la fraternidad y la libertad, dejándose guiar por el espíritu y animados de una verdadera espiritualidad, deseosos del bienestar de todos y cada uno de los hermanos, atentos a ellos y sus necesidades y preocupaciones sin que nadie esté por encima de nadie. Que trabajan por una vida religiosa que no vive al ritmo de sus obras, porque éstas son el reflejo del compromiso evangélico y de la opción por los pobres, y no al revés. Con comunidades dedicadas a anunciar el Reino de Dios y su Justicia y no un grupo de funcionarios solteros que encima tienen que vivir juntos. Una vida religiosa que llega allí donde los demás no llegan, que no le importa cerrar sus obras allí donde las necesidades ya están cubiertas y que es capaz de hacer maletas y volar a nuevos campos. Una vida consagrada que entiende la pobreza como opción preferencial por los sectores más desfavorecidos de nuestro mundo, por los pobres, por la justicia social, por la paz. Y que vive preocupada por la lucha contra la injusticia más que por ajustar los cuartos a los presupuestos comunitarios. Una vida consagrada que entiende la obediencia como fidelidad al Evangelio y al carisma, poniendo al servicio de la comunidad y de los hombres, nuestro ser y actuar. Una vida religiosa que entiende y vive la castidad como generosidad en el amor más que como renuncia, o como tentaciones vencidas. Una vida religiosa que habla en términos de opción, de reivindicación, de liberación, porque Jesús más que una renuncia lo que hizo fue una opción; Jesús, más que negarse a sí mismo, se reivindicó como Hijo de Dios y puso su persona al servicio de la causa del Reino; Jesús no pasó su vida luchando contra las tentaciones, sencillamente vivió libre.

En fin, puede que de lo que se trate únicamente sea de vivir unidos, y de vivir en libertad, en sencillez, y felices con la verdadera felicidad que sólo da la vida puesta al servicio del Amor (con mayúsculas), y hacer felices a todo el que podamos y ayudar, a cuantos más mejor; y ser buena gente y proclamar a los cuatro vientos que creemos en Jesús y en su Evangelio, y dejarnos de darle vueltas y vueltas -como estoy haciendo yo venga a escribir folios y más folios- y menos calentarse la cabeza y más vivir. Ser felices haciendo felices a los demás. Y si tenemos miedo que con todo esto la vida religiosa pueda llegar a desaparecer, desde luego por el camino actual tampoco es que vayamos mejor. Y si aún con todo un día llegara a desaparecer, bendito sea Dios si al menos hemos intentado en nuestra vida ser fieles al Evangelio.

Aquí pongo el punto y final a esta reflexión que he querido compartir con vosotros. No creo haber dicho nada nuevo, todo está ya dicho, pero sí sentía la necesidad de expresar un sentimiento, una forma de ver el mundo, la Iglesia, la vida religiosa, la fe... porque creo que es bueno pararse a pensar -aunque muchas de las cosas que apunto puedan ser discutibles- sobre nuestra vida y nuestra vocación: y al menos esto, pensar, puede ayudarnos a discernir. Y puede que esta sea la clave: discernir... con el Evangelio en la mano. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).