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comida y cena 1/2

COMIDAS Y “CENA DEL SEÑOR”
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo; herrero.pozo@telefonica.net
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 09/02/06.- Comida y Eucaristía no acaban de reconciliarse. En el pensamiento cristiano general son dos cosas totalmente distintas y separadas salvo el residuo casi caricatural de una pequeña oblea fina como el papel y unas gotas de vino no obligatorias. Es abusivo llamar a esto comida.

Las primeras comunidades remiten las comidas que llamaban “fracción del pan” a una supuesta cena última del Señor. Dato en el que más que el rigor histórico les interesa el sentido profundo de lo celebrado que es precisamente de donde saca Pablo su argumento contra los abusos en Corinto (1 Cor.11): si sois incapaces de compartir ricos y pobres (aquellos se sacian y éstos pasan hambre) quedaos en casa; eso no es “la cena del Señor”; si degradáis lo más humano de la comida, fraternidad solidaridad, servicio y amor respetuoso, perdéis su dimensión de recuerdo (‘memorial’) de Jesús. Es claro, sin amor no hay comida eucarística porque compartir el alimento es amarse y donde hay amor ahí está Dios. Aunque faltan documentos, la praxis posterior de las iglesias da a entender que, como es tan humano, se tomó el rábano por las hojas: en lugar de corregir la degradación de las comidas en común (abuso de los ricos contra los pobres), facilitaron al contrario que se siguiese distanciándola de la “cena del Señor”. Y ahí seguimos hoy. Hasta el extremo que la línea argumental de un autor favorable a esa disociación viene a decir lo siguiente: de acuerdo, la eucaristía comienza en una cena pero el proceso de ‘ritualización’ (que busca destacar lo propiamente sagrado) las ha separado a ambas, y bien separadas: así el misterio del sacramento se destaca mejor de lo profano de una comida. Me encanta esta exposición por lo que tiene de prototipo de la doctrina oficial.

En ésta, a mi entender, la desviación que se fue produciendo es de orden antropológico y teológico: se pierde el sentido de lo que es la comida en común (convite, convivium) como también el de lo que es propiamente la “cena del Señor”, es decir, falla el a-b-c de lo humano y de lo divino. Vamos, pues, por partes.

1. Aprender a comer

No es una ‘boutade’ asegurar que, al menos en occidente, tenemos que aprender a comer juntos. Nuestras comidas reflejan la sociedad, su banalización, su individualismo, su escaso sentido solidario, el déficit de comunicación, el chato utilitarismo, el deterioro del símbolo y de la fiesta, la gula consumista.

Estoy convencido de que, si como es deseable, se retorna a la eucaristía como verdadera comida, la dificultad en recuperar el sentido de aquella provendrá de ésta. Por eso resulta todavía algo artificial su fusión en los grupos donde esto se hace: entran en crisis, para bien, las formas habituales de comer en el hogar. La comensalidad es exigente.

Por una vez, la encíclica del papa nos viene en ayuda sugiriendo –tal vez sin advertir su alcance- la supresión de la discontinuidad tradicional entre lo humano y lo divino, concretamente entre el eros o amor de deseo, incluido el conyugal y el ágape o amor de entrega y don, incluido el amor de Dios. Eros es lo más básico, humano y hasta carnal del deseo amoroso necesitado. El ágape sería su dimensión más noble y altruista, el amor como plenitud por la apertura y entrega al otro. Lo importante y más original es cómo el papa los relaciona. No son cosas distintas, ni menos antagónicas como era tradicional, sino una “única realidad” con “diferentes dimensiones” - nos asegura-, de tal guisa que si se independizan pierden su propio ser. El propio eros “quiere remontarnos hacia lo divino” y por eso “llevarnos más allá de nosotros mismos”, pero también puede encorvarse sobre sí mismo y degradarse en egoísmo. Es precisamente el ágape quien “sanea” el eros y lo despliega hacia su verdadera grandeza. Son, pues, realidades estrictamente complementarias: el eros amaga una dirección, el ágape la lleva a término. ¡Preciosa reconciliación y fusión de lo más humano y lo más divino en la pluma del papa Ratzinger! El amor conyugal auténtico sería su arquetipo y la unión mística su culminación. El “extasis” (salir de sí mismo) se inicia en el eros, dice el papa, y se completa en el ágape.

De haber seguido esta lógica del amor parecería que el amor conyugal, capaz de llevar al ser humano a la dimensión del ágape (Dios incluido) debería haberse constituido en el sacramento central, símbolo de la unión de Cristo con su Iglesia, según Pablo. Las comunidades no lo entendieron así y atribuyeron a la “cena del Señor” el papel axial de símbolo sacramental por excelencia. El símbolo del ágape conyugal está restringido a dos, mientras que el eucarístico engendra comunidad. ¿Por qué? Yo diría que porque no existe una acción simbólica más abarcante y universal, generadora de amor comunitario que el de la comensalidad que, incluso, se ha apropiado de la denominación “ágape fraterno”. Es claro en el mundo bíblico, desde la abundancia de comidas en la vida diaria de Jesús (acusado de comilón y bebedor) a las que recurre en sus parábolas hasta cómo el Maestro considera la plenitud de los tiempos como “banquete del Reino”. El comer juntos, acción tan humana y sencilla, tan a ras de lo cotidiano pero tan desvirtuada que parece incompatible con la divina sacralidad del Sacramento por antonomasia. Incompatibilidad que se echa a cuenta del proceso de ritualización y no del de la pérdida de sentido. Como si el rito al orillar lo demasiado humano dejara más lugar al misterio. En el desencuentro entre viejo y nuevo paradigma tiene especial relieve la discontinuidad entre lo humano y lo divino, natural y sobrenatural, profano y sagrado. El papa Ratzinger parece sugerir su superación (¿un descuido?). Mi teoría la ha formulado así: “cuanto más auténticamente humano, más divino”. En el caso que nos ocupa, “cuánto más hondamente humana es una comida, más eucarística es”. La dificultad empieza, pues, en lo humano de la comensalidad que cuando está degradada alcanza difícilmente a simbolizar el amor de servicio universal. Esa degradación condujo en Corinto (quiebra de la justicia y del respeto y afecto a los pobres) a separarla de la cena del Señor. El proceso histórico siguiente conservó apenas una caricatura de símbolo: ni los comensales son comunidad, ni la mesa es mesa, ni el pan es pan, ni los fieles han probado el vino durante siglos, ni se come una comida de verdad. En la permanencia del reducto simbólico del pan y vino tuvo posiblemente que ver, además de la explícita mención bíblica, la progresiva carga mágica de la llamada ‘presencia real’.

Es preciso, pues, empezar por lo básico humano, aprender a comer juntos. Ya no sabemos comer. Ingerimos con ansiedad, con la tele encendida o el periódico desplegado. No saboreamos, no tenemos una palabra de agradecimiento al cocinero, con frecuencia mantenemos un silencio que ya no nos pesa, no nos manifestamos sensibles a las penas o alegrías de los comensales, no aprovechamos para confraternizar ese puntito de euforia moderada que aporta el sorbito de vino… Sin embargo ¿quién no tiene la experiencia de lo bien que se quedan los amigos después de una comida alegre en que cada uno ha tenido algún pequeño gesto o alguna palabra amable? Dialogar sin acaparar la palabra… (o el mejor bocado del plato), animar la conversación con humor sin acidez, estar atento a pasar el pan, el vino o el agua… La comida en común es el espacio de mil detalles de afecto…La buena comensalidad es, por derecho propio, símbolo generador de amistad. Diríamos que es, cuando menos, el sacramento humano más universal y significante. No hay gran acontecimiento que no celebremos con un banquete. No todas las comidas -ni en cualquier circunstancia- logran la misma intensidad antropológica, como es obvio, pero esta calidad no es un añadido sino su plenitud, como el ágape lo es del eros.

Resumiendo, comer juntos no es mero acto fisiológico sino celebración del amor. En una sociedad en crisis no es secundario ni banal recuperar el sentido más humano de las comidas en común, en el hogar o con los amigos. Cuando se redescubre la nobleza de la comida compartida (la comensalidad) se disipan los prejuicios a unirla con la eucaristía porque aquella, en la medida de su densidad, posee ya carga eucarística. Lo humano válido “cuanto más humano, más divino”. Nos citamos para la 2ª parte. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Fin de la primera parte. Segunda parte el 13/02/06

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