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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

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A PROPÓSITO DE LA REFUNDACIÓN
Vida consagrada en tiempos complejos
JAVIER LÓPEZ DÍAZ, sacerdote Terciario Capuchino; javierlopezdiaz@hotmail.com
LUBLIN (POLONIA).

ECLESALIA.- Tengo la impresión que la realidad y la complejidad del mundo nos ha ido ganando terreno y tal vez lo más complicado en este momento sea encontrar el modelo que queremos para el futuro de la vida religiosa. Hemos dado entrada en nuestra vida de consagrados a realidades que no casan bien con el ideal en que se sustenta nuestra consagración. La vida de la Iglesia en general y la vida religiosa en particular se ha quedado un poco a medio camino, como en tierra de nadie: demasiado adelantada como para volver marcha atrás (como les gustaría a algunos nostálgicos) pero demasiado atrasada a su vez para lo que apuntaba el Vaticano II y sueñan algunos otros. Lo que provoca a su vez diferentes actitudes: una, la de aquellos que quieren mantener a toda costa con simples retoques superficiales el status quo de siempre; otra, el conformismo que puede llegar a impregnar a muchos: buenos gestores, magníficos relaciones públicas... pero poco evangelizadores, que viven por y para su trabajo y no quieren saber de planteamientos más profundos. Y una tercera: la de los que no se resignan. A los primeros y los segundos, la sospecha de que les puedan remover los cimientos sobre los que han basado toda una vida, les produce, y con razón, un enorme desasosiego. Y se preguntan ¿qué va a pasar con nosotros? ¿quién se va a ocupar de las obras cuando nos jubilemos? ¿es que no tiene sentido o no vale lo que hemos vivido durante tantos años? Y anhelan volver a los tiempos de siempre, que no son de siempre, sino de antaño. Y entre la actitud conformista de unos y los suspiros melancólicos de otros, queda ese grupo que se cuestiona y se dice “tiene que haber algo más”. Algunos piensan que si todo cambia tanto no tiene entonces sentido todo lo que aprendieron y vivieron. Pero no es así porque sí que lo tuvo. Y lo tiene. Pero tal vez en este momento se imponga un cambio de fondo… y de formas.

Y esto nos lleva al tan manido tema de la refundación de la vida religiosa. Algo sobre lo que muchos en la vida consagrada y en la Iglesia hablan y escriben, pero que nadie sabe muy bien en qué consiste, quizás porque para cada uno significa algo bien distinto.

Refundar supone etimológicamente volver a fundar, por lo tanto no es maquillar, ni adornar, ni dar un nuevo aire. Refundar es en este sentido volver a crear, lo que presupone una ruptura con lo anterior, no necesariamente porque lo anterior no sea válido sino porque la nueva creación supera con creces lo viejo. Y para recrear hace falta en cierta forma “romper” para que nazcan nuevas estructuras que reemplacen y superen las anteriores y no una nueva y mera actualización; y hace falta dotar de nuevos contenidos esas nuevas estructuras y redefinir los medios y los objetivos, y todo ello sin dejar de ser lo que era ni perder su esencia y fundamento. Difícil tarea. Esta definición de refundación es también por tanto aplicable a la vida religiosa, pero no nos asustemos, que no sería la primera vez que se da en la vida de la Iglesia: las órdenes mendicantes supusieron una “escandalosa” refundación de la vida religiosa del momento, y tal vez estemos en puertas de un momento parecido.

Todos nos quejamos de la escasez de vocaciones que asola la vida consagrada sin preguntarnos qué valores, consciente e inconscientemente, transmitimos en la vida religiosa actual. Cuanto más hablamos de crisis de vocaciones, cuantos más proyectos de pastoraljuvenilvocacional hacemos y más originales son estos, menos vocaciones tenemos, más viejas se hacen las congregaciones, y más pesimistas nos volvemos. Necesitamos idear estos proyectos porque tal vez nuestra vida, de por sí, ha dejado de ser atractiva y queremos vender una imagen que sí lo sea. Si la vida religiosa enganchara por si misma tal vez no harían falta "campañas extraordinarias” (de hecho la campaña vocacional de Jesús no fue demasiado original). Y no nos engañemos, la afluencia masiva de vocaciones a las congregaciones religiosas en los países en vías de desarrollo y en los del tercer mundo puede no ser más que un espejismo. Pan para hoy y hambre para mañana. Y un buen argumento tras el que escudarse quienes se empeñan en seguir afirmando una vuelta atrás en el modelo de vida religiosa. Muchos superiores mayores reconocen en su fuero interno y en petit comité que la crisis de vocaciones que asola nuestros institutos en occidente no tardará en llegar a estos países, y lo hará con mayor virulencia aún si cabe.

La vida religiosa se ha caracterizado a lo largo de su historia por ser una llamada a la renovación en la vida de la Iglesia, por ofrecer un modelo alternativo y hacerse presente con su vida y con sus obras allá donde no llegaban los demás y aún menos los poderes del estado. Un ejemplo: antes de que las ONGs y los cooperantes adquirieran el protagonismo que tienen hoy día, la Iglesia llevaba ya siglos en labores de cooperación y promoción social a favor de los más pobres y abandonados de la tierra. Y fue ese ejemplo de solidaridad internacional (la palabra la han descubierto ahora pero la idea existía hace siglos con los primeros misioneros) una de las alternativas que ofrecía la vida religiosa y que se transformaba en una llamada por la que tantos y tantas dieron -y siguen dando hoy- su vida. Otro ejemplo: cuando en nuestra Europa nadie se ocupaba de la educación de los niños pobres, ni de los enfermos, ni de los marginados, la Iglesia, y en particular la vida religiosa, ya estaba allí. Y así surgieron los centenares de órdenes y congregaciones que animaron la vida de la Iglesia en estos últimos siglos. En este sentido la vida religiosa no puede perder su carácter profético porque está llamada a ser denuncia y conciencia crítica de un mundo que desde nuestro estado del bienestar ahoga el clamor de los pobres entre cifras macroeconómicas. Hoy podemos preguntarnos qué alternativa ofrece en nuestro mundo la vida religiosa a los jóvenes que se acercan a preguntar. ¿No será esa falta de perspectiva y de alternativa la razón de la pérdida de ilusión de tantos jóvenes religiosos y religiosas que, al cabo de unos pocos o muchos años, dejan su congregación y siguen viviendo su compromiso y su opción evangélica desde otros ámbitos?

Si algo caracterizó siempre a la vida religiosa desde sus orígenes fue por tanto el ofrecer una alternativa en clave de seguimiento evangélico a otros valores anti-evangélicos que pregonaba el mundo pero sin dejar de pertenecer a éste. Es aquello que hemos escuchado tantas veces de “llamados a estar en el mundo sin ser del mundo” y tal vez no es que la vida religiosa se haya hecho más del mundo, a veces da la impresión de que nos hemos “mundanizado”, ¡y de qué forma! ¿No estaremos haciendo el juego sin darnos cuenta nosotros también a esta sociedad del consumo a “tutiplen” y de la fama a “bajocoste”?

Es momento de centrarnos sobre todo en nuestra tarea de evangelizadores y de testigos de una forma diferente -basada en la entrega a los más necesitados- de estar presentes en el mundo. Yo no creo que la vida religiosa esté llegando a su fin ni que vaya a desaparecer en el mundo occidental, pero tampoco creo que las actuales formas y estructuras de la vida consagrada sean eternas, porque estas han ido evolucionando y tienen que seguir haciéndolo. Esas si que es posible que estén pidiendo un cambio porque el mundo de ahora no es el mismo que se encontraron los fundadores. Entonces la cuestión no está tanto en el futuro de la vida religiosa en sí, sino en su forma actual, que es algo bien distinto.

Nosotros, los que integramos la vida religiosa, ¿somos conscientes de los cambios que están sucediendo a nuestro alrededor? ¿conscientes como para salir en busca de nuevos rumbos? ¿o conscientes como para seguir lamentándonos por lo que antes fue y ahora no es? Las Congregaciones envejecen. La Iglesia envejece. Los templos se vacían. Las vocaciones ya ni nombrarlas. La gente se confiesa abiertamente agnóstica o atea. La Iglesia es desacreditada como Institución -cuando no objeto de burla- en muchos medios de comunicación social. Convendría estar atentos a los cambios y no estar tan empeñados en mantenernos firmes hasta el final en nuestros principios de autoridad sin querer oír hablar de nuevos concilios, ni de reformas, ni de zarandajas por el estilo. Salgamos a buscar nuevos rumbos sin miedo, con lo puesto, porque no se trata de abandonar ni cerrar la vida religiosa: se trata justamente de lo contrario, de revivirla, aunque tengamos que renovar -refundar- estructuras, instituciones, comodidades y seguridades.

Existe una forma más radicalmente evangélica de vivir nuestra consagración desde un estilo donde la opción efectiva por los pobres, la solidaridad, la libertad de los hijos de Dios, la igualdad en la fraternidad, la lucha por la defensa de los derechos humanos, la sencillez, la amistad, la fe, la vivencia de los valores evangélicos... priman sobre las decisiones de orden práctico dirigidas a salvar lo que queda de estas estructuras sobre las que se ha cimentado la vida religiosa. El mundo ha cambiado, y la Iglesia y la vida religiosa no pueden quedarse atrás.

Y creo que algo se esté moviendo ya en la vida religiosa, sin estridencias ni revoluciones. Muchos religiosos y religiosas hablan alto y claro de solidaridad y de opción por los pobres, hablan de democracia en el seno de la Iglesia, de igualdad entre hombres y mujeres, laicos, presbíteros y religiosos, hablan de amor y amistad, de afecto y de cariño, hablan de generosidad, de compromiso, de derechos humanos, del papel de los laicos, de la promoción de la mujer, de la no discriminación, de luchar contra tantas y tantas injusticias que se cometen en nuestro mundo.

Y son ya unos cuantos los que sueñan y trabajan por una vida religiosa que opta cada vez más radicalmente por el bando de los pobres, de los perseguidos, de los refugiados, de los inmigrantes, de las mujeres victimas de malos tratos apaleadas un día sí y otro también por quienes se dicen sus maridos unidos a ellas por un vínculo indisoluble. Son ya unos cuantos los que trabajan por una vida religiosa basada en comunidades que viven desde la fraternidad y la libertad, dejándose guiar por el espíritu y animados de una verdadera espiritualidad, deseosos del bienestar de todos y cada uno de los hermanos, atentos a ellos y sus necesidades y preocupaciones sin que nadie esté por encima de nadie. Que trabajan por una vida religiosa que no vive al ritmo de sus obras, porque éstas son el reflejo del compromiso evangélico y de la opción por los pobres, y no al revés. Con comunidades dedicadas a anunciar el Reino de Dios y su Justicia y no un grupo de funcionarios solteros que encima tienen que vivir juntos. Una vida religiosa que llega allí donde los demás no llegan, que no le importa cerrar sus obras allí donde las necesidades ya están cubiertas y que es capaz de hacer maletas y volar a nuevos campos. Una vida consagrada que entiende la pobreza como opción preferencial por los sectores más desfavorecidos de nuestro mundo, por los pobres, por la justicia social, por la paz. Y que vive preocupada por la lucha contra la injusticia más que por ajustar los cuartos a los presupuestos comunitarios. Una vida consagrada que entiende la obediencia como fidelidad al Evangelio y al carisma, poniendo al servicio de la comunidad y de los hombres, nuestro ser y actuar. Una vida religiosa que entiende y vive la castidad como generosidad en el amor más que como renuncia, o como tentaciones vencidas. Una vida religiosa que habla en términos de opción, de reivindicación, de liberación, porque Jesús más que una renuncia lo que hizo fue una opción; Jesús, más que negarse a sí mismo, se reivindicó como Hijo de Dios y puso su persona al servicio de la causa del Reino; Jesús no pasó su vida luchando contra las tentaciones, sencillamente vivió libre.

En fin, puede que de lo que se trate únicamente sea de vivir unidos, y de vivir en libertad, en sencillez, y felices con la verdadera felicidad que sólo da la vida puesta al servicio del Amor (con mayúsculas), y hacer felices a todo el que podamos y ayudar, a cuantos más mejor; y ser buena gente y proclamar a los cuatro vientos que creemos en Jesús y en su Evangelio, y dejarnos de darle vueltas y vueltas -como estoy haciendo yo venga a escribir folios y más folios- y menos calentarse la cabeza y más vivir. Ser felices haciendo felices a los demás. Y si tenemos miedo que con todo esto la vida religiosa pueda llegar a desaparecer, desde luego por el camino actual tampoco es que vayamos mejor. Y si aún con todo un día llegara a desaparecer, bendito sea Dios si al menos hemos intentado en nuestra vida ser fieles al Evangelio.

Aquí pongo el punto y final a esta reflexión que he querido compartir con vosotros. No creo haber dicho nada nuevo, todo está ya dicho, pero sí sentía la necesidad de expresar un sentimiento, una forma de ver el mundo, la Iglesia, la vida religiosa, la fe... porque creo que es bueno pararse a pensar -aunque muchas de las cosas que apunto puedan ser discutibles- sobre nuestra vida y nuestra vocación: y al menos esto, pensar, puede ayudarnos a discernir. Y puede que esta sea la clave: discernir... con el Evangelio en la mano. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


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