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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

ellas

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ESPIRITUALIDAD INTEGRADORA
MAGDALENA BENNASAR
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 09/11/07.- “Amasé el pan, dancé, envuelto por el silencio, por la música, me dejé abrir al encuentro con Dios, con los hermanos, con todas las criaturas de la naturaleza, incluidos los utensilios fabricados con ellas por los humanos. Y aprendí, viví, una vía más profunda de oración, no reducida a la cabeza, sino con todo el cuerpo, extendida hasta las manos y los pies. Y la paz del Señor que equilibra y aúna anegó mi corazón”.

Estos días ha hecho un año que Eclesalia publicó una carta en la que hacíamos pública nuestra búsqueda a través de una sencilla página web de corte casero (ECLESALIA, 31/10/06) que va aumentando de volumen con la ampliación del calendario y sobre todo con las aportaciones de diferentes participantes en el Foro.

Las líneas de arriba son de Pedro Zabala, profesor de la Universidad de Logroño, pero sería injusto no hacer alusión a las demás personas que colaboran.

Es precisamente de ellas y ellos de quienes quiero hablaros. Gente diversa, de todas las edades y diferentes lugares, que han querido compartir su vivencia. Yo me saco el sombrero y les doy las gracias porque me contagian.

Nuestra intención era extraer algunas de sus experiencias y compartirlas desde esta página. No soy capaz de decidir cuales ni cuanto de lo que dicen. Lo dejamos a vuestro discernimiento. Para mí cada palabra que escriben es sagrada y es suya, no la quiero usar ni manipular.

Y agradecer a Eclesalia el buen trabajo que hacen. Gracias a su esfuerzo nos conocemos, nos comunicamos, nos posibilitan un espacio para expresarnos y para comunicar inquietudes y eventos. Gracias Eclesalia.

Nuestra experiencia es que no sólo nos ofrecéis un medio de comunicación sino infinitas posibilidades de compartir, incluso los bienes, como las primeras comunidades cristianas.

Y eso me recuerda que estamos a las puertas de Adviento y también de una nueva iglesia-comunidad que está en gestación. Ojalá que todas y todos los que esperamos tiempos más evangélicos y luchamos por ellos no dejemos de disfrutar de este tiempo de la mano de dos mujeres embarazadas: Isabel y María que nos hablan de nuevo este año de como la vida de Dios crece en los senos considerados estériles e indignos por la ley y el templo. Ellas no podían ni pueden acercarse al altar por impuras y Dios y el profeta se alojan dentro... ¡Qué buena noticia sigue siendo hoy!

También a todas las personas que hacen posible el encuentro de redes cristianas os agradecemos que vayáis gestando vida. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más información: www.espiritualidadintegradoracristiana.com

adelantado

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EL MOSQUITO CONTRA EL ELEFANTE
A Castellio, apóstol y profeta de la tolerancia, en el aniversario de Server
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ.
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 08/11/07.- El derecho a la libertad de conciencia fue uno de los pilares de la Reforma. Parecía impensable que una nueva Inquisición arraigara en ella. Con el “asesinato piadoso”, de Miguel Servet, “el primer mártir del protestantismo”, la supremacía de la libertad de conciencia frente al vasallaje se quebró. Servet era un creyente que murió como héroe y mártir por defender que la libertad de conciencia es el más sagrado de los derechos del hombre. Servet fue ejecutado dos veces. Primero por la Inquisición romana, quemado en efigie, junto a sus libros, tras huir de sus cárceles (se sospecha que detrás de aquella denuncia podría estar el propio Calvino). Después, el 27 de octubre de 1553, en la Plaza Champel de Ginebra, quemado vivo, a cámara lenta, junto a sus escritos, por un nuevo fundamentalismo surgido en la Reforma”.

El asesinato de Servet supuso una conmoción que nadie, en aquella “dictadura espiritual”, se atrevió a denunciar. Sólo un “luchador solitario”, Sebastián Castellio, arriesgando su vida y prestigio, se atrevió a proclamar que la libertad de conciencia y la tolerancia son valores inherentes al cristiano. Su frase “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre” le inmortalizó. Castellio, que no quiso someterse al yugo de de la Inquisición romana, no tuvo la mano protectora de ningún príncipe o alto dignatario, como la tuvieron Erasmo o Lutero.

Servet y Castellio fueron admiradores del gran teórico de la Reforma, Calvino. Carta tras carta, Servet le insiste en sus tesis ahondando en ella. Calvino le responde, con paternalismo, disuadiéndole de sus errores y atrevimientos. Pero el paternalismo se torna en desprecio cuando el aragonés, muy tozudo, le remite a Calvino su manual Institutio Religiones Christianae, embadurnado con las anotaciones y los errores encontrados por él. Muy confiado, en su afán de ser fiel y ensanchar el espíritu de la Reforma, Servet le remite su propio manuscrito, “Christinismi Restitutio”, una réplica al de Calvino. Un acto de “insolencia” para el francés. Consumada la ruptura, Servet le reclama la devolución de su manuscrito, pero Calvino se niega. Lo retiene como el más preciado testigo de cargo contra el hereje. Por primera vez Servet presiente que su vida corre peligro: “... como discípulo de Cristo, avanzo tras las huellas de mi maestro”, escribe a un teólogo. En igual tesitura, también Castellio, unos años después, escribirá: “Acosáis y alentáis al magistrado para provocar mi muerte”.

La condena de Servet fue perseguida y lograda por Calvino, un predicador de la palabra de Dios exiliado en Ginebra. “Perseguir con las armas a los que son expulsados de la Iglesia y negarles los derechos humanos es anticristiano” había denunciado Calvino, un hombre con una salud muy frágil, pero un gran estratega y organizador, con una voluntad de hierro y un espíritu elevado. Pero el perseguido se convierte en perseguidor, erigiéndose en el gobernador teocrático de Ginebra. De la forma más atroz, y despiadada, Servet fue condenado a morir quemado vivo, a muerte lenta, tras un penoso cautiverio (“las pulgas me comen vivo…, no tengo vestidos ni muda”). Al día siguiente de escuchar su sentencia, vestido con sus harapos, fue llevado desde el calabozo al patíbulo.

“¡Misericordia!”. Con este alarido de impotencia reacciona Servet -atónico e incrédulo, seguro de su inocencia- tras escuchar la sentencia impresa en el pergamino que los secretarios del Consejo desenrollan en su mazmorra. Sin cargos previos, arbitrariamente, Servet fue arrestado, a instancias de Calvino, su verdugo moral. La ejemplar ley de Ginebra establecía que todo acusador debía presentarse y permanecer en prisión, junto al acusado, hasta demostrar que su acusación era fundada. Pero Calvino, que sólo irrumpe en escena en el momento preciso, se vale de intermediarios, de sus hombres de paja; en este caso quien se presenta en los calabozos es su secretario Nicolás de la Fontaine.

Fue una condena por simples diferencias de opinión en cuestiones teológicas en torno a la Trinidad (y la defensa del bautismo en la edad adulta). Una muerte, “por venganza personal”, que escandalizó a muchos pensadores de la época. Dos posturas teológicas opuestas: la obstinación de un teólogo, fiel a la Reforma y obstinado en defender lo que le dicta su conciencia, frente a la obstinación de un predicador fanático que busca a toda costa una condena: “para corroborar el carácter sagrado de la interpretación calvinista de Dios”. No era una muerte por “expiación”, para salvar su alma, como hacía la Inquisición; sino por endiosamiento, por despotismo personal de un líder religioso, recalca Stefan Zweig, exiliado a causa del nazismo, el autor de Castellio contra Calvino. Conciencia contra Violencia. Este gran ensayo, escrito en 1936, coincidiendo nuestra Guerra Civil, supuso para muchos una voz de aliento contra el nazismo en un momento decisivo.

En aquel ambiente de dictadura espiritual, sólo un hombre, Sebastian Castellio se atreve a levantar la voz. Era uno de los más ilustres humanistas de su época, para algunos el mayor, un gran biblista, que se adhirió a los principios de la Reforma. Las divergencias teológicas con Calvino le impidieron en 1544 ejercer como pastor, su gran pasión, renunciando de su cargo y dignidad, para salvaguardar la libertad interior; teniendo que abandonar Ginebra y malvivir con oficios varios subalternos, impropios de su condición, hasta ser nombrado profesor universitario en Basilea. Allí viven teólogos y humanistas de distintos credos, católicos, protestantes, anabaptistas, que no comulgan con las dictaduras eclesiásticas, de Roma o de Alemania.

¿Qué es un hereje? se preguntará Castellio, hombre profundamente religioso, un ejemplo sublime de moderación y tolerancia. Él cae en la cuenta que La Biblia habla de los ateos o paganos, y de los castigos a éstos... pero ésta no habla de los herejes. Un hereje es aquel creyente que no piensa como yo. Mientras desde los púlpitos otros cacarean sus dogmas con voz estridente, tratando a los demás como vasallos, Castellio propone con humildad su llamada a la tolerancia: “no os hablo como profeta...”. En medio de los desvaríos de su tiempo, Castellio afirma que “todas las sectas edifican sus religiones sobre la palabra de Dios y todas consideran la suya como cierta...”. Él quiere combatir con la pluma y la palabra lo que otros Torquemadas, en nombre de Dios, combaten con la fuerza de la espada, la coacción, o la purga. “Tu primera acción consistió en detenerle. Encerraste a Servet y durante el proceso no sólo excluiste a cualquier amigo suyo, sino a todo aquel que no fuera su adversario” le dice a Calvino.

Bajo el seudónimo de Martinus Bellius, Castellio publica en 1554 De Haereticis: en contra de quienes defendían que los herejes deben ser exterminados. Pero sus valientes escritos en defensa de la libertad de conciencia son juzgados en la Ginebra de Calvino como una nueva herejía: el “belianismo” (en referencia a su autor). Le acusan de que su defensa de la tolerancia en cuestiones religiosas es contrario a la palabra de Dios. Convocan un Consejo de guerra contra el libro. Con su táctica habitual, Calvino se vale de Théodore de Beze, otro hombre de paja, para hacer un libelo contra la nefasta herejía de la tolerancia religiosa. De Beze (que será el sucesor de Calvino), dirá que la libertad de conciencia es una doctrina del diablo (“Libertas conscientiae diabolicum dogma”). Conocedor de la condición humana, Castellio sabe que el modo más cómodo e infalible de deshacerse de un adversario personal, es hacerle sospechoso de herejía. Es un viejo truco. Sabe que es la estrategia, la coartada, que usan todos los dictadores cuando se les contradice: acusar al disidente de “alta traición a la patria”.

Castellio sabe que, si calla, otros mil Servet irán a la hoguera detrás. Su escrito Contra libellum Calvini se convierte en el “yo acuso” de su época. Aunque por Basilea circulan copias, clandestinas, su escrito no llega a la imprenta. Poderosas razones de Estado lo impiden. Ginebra busca provocar un incidente diplomático con Basilea. “Es una suerte que los perros que ladran ya no pueden morder” dirá, aliviado, Calvino. Tendrá que pasar casi un siglo para poder ser impreso. Castellio empieza aclarando que él ni defiende ni acusa a las tesis de Servet, que no quiere hablar de doctrina, ni entrar en exégesis. Él sólo quiere denunciar que un hombre ha llevado a la hoguera a otro hombre. En Ginebra exigen su cabeza. Para desacreditarle, se le tienden trampas, pasquines anónimos, atroces insultos, libelos difamatorios, como Calumniae nebulonis cujusdam: “este libelo difamatorio de Calvino puede servir como uno de los más memorables ejemplos de hasta qué punto la furia partidista puede envilecer el espíritu de un hombre elevado” dice S. Zweig.

En el paroxismo de la locura integrista se acusa a Castellio de “ladrón”. Por haber “pescado”, un tronco de madera, durante una crecida del Rin; algo gratificado por los magistrados, porque así se evitaba que los puentes se cegaran. Castellio se defiende dejando en evidencia a los sembradores de calumnias tan estrafalarias, y, de paso, da un repaso a los iracundos defensores de la tesis de la Predestinación: “¿No debería sentir más bien compasión hacia mí, ya que Dios me ha reservado ese destino y ha hecho que me sea imposible no robar? (...) En este caso, abstenerme de robar me resultaría tan imposible como lo es añadir una pulgada a mi estatura”.

Lutero había declarado que “los herejes no pueden ser reprimidos o contenidos por medio de la violencia externa, sino sólo combatidos con la palabra de Dios, pues la herejía es una cuestión espiritual, que no puede ser lavada por ningún fuego, por ningún agua de este mundo”. Castellio denuncia que quien “en diez años ha implantado más novedades que la iglesia Católica en seis siglos”, refiriéndose a Calvino, no puede condenar a otro por el hecho de que, según su opinión, “tergiversó el evangelio de modo temerario y llevado por un inexplicable deseo de innovación”. “Al reflexionar acerca de lo que es un hereje, no puedo sino concluir que llamamos herejes a los que no están de acuerdo con nuestra opinión”. “Las verdades de la religión son por naturaleza misteriosas, y desde hace más de mil años, constituyen la materia de una inagotable controversia, en la que la sangre no dejará de correr hasta que el amor no ilumine los espíritus y tenga la última palabra”.

El 29 de diciembre de 1563, repentinamente -de modo “providencial”-, Castellio muere, a los cuarenta y ocho años, en la extrema pobreza: sus amigos tienen que pagar el ataúd y pequeñas deudas. Acusado de ser cómplice y cabecilla de las más salvajes herejías, muere “escapando de las garras de sus enemigos con la ayuda de Dios” confiesa un amigo. Los estudiantes portan el féretro hasta la catedral. Voltaire, dos siglos después, hablando de las vejaciones a Castellio, señalará que fue expulsado de Ginebra por envidia. Sin nadie que le haga sombra, la moral puritana de Calvino, triunfante, se expande, especialmente a Norteamérica. “Con razón, Weber, en su famoso estudio sobre el capitalismo, ha demostrado que nadie ayudó tanto a preparar el fenómeno de la industrialización como la doctrina calvinista de la obediencia absoluta, pues ya en la escuela las masas son educadas de forma religiosa en la uniformidad y en la mecanización”.

“Desde el punto de vista del espíritu, las palabras "victoria" y "derrota" adquieren un significado distinto. Y por eso es necesario recordar una y otra vez al mundo, un mundo que sólo ve los monumentos de los vencedores, que quienes construyen sus dominios sobre las tumbas y las existencias destrozadas de millones de seres no son los verdaderos héroes, sino aquellos otros que sin recurrir a la fuerza sucumbieron frente al poder, como Castellio frente a Calvino en su lucha por la libertad de conciencia y por el definitivo advenimiento de la humanidad a la tierra” (S. Zweig). Castellio se adelantaba, casi cinco siglos, al diálogo de civilizaciones. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


alimentar

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32 Tiempo ordinario (C), Lucas 20, 27–38
¿ES RIDÍCULA LA ESPERANZA?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 07/11/07.- Los saduceos no gozaban de popularidad entre las gentes de las aldeas. Eran un sector compuesto de familias ricas pertenecientes a la elite de Jerusalén, de tendencia conservadora, tanto en su manera de vivir la religión como en su política de buscar un entendimiento con el poder de Roma. No sabemos mucho más.

Lo que podemos decir es que «negaban la resurrección». La consideraban una «novedad» propia de gente ingenua. No les preocupaba la vida más allá de la muerte. A ellos les iba bien en esta vida. ¿Para qué preocuparse de más?

Un día se acercan a Jesús para ridiculizar la fe en la resurrección. La presentan en caso absolutamente irreal, fruto de su «fantasía machista». Le hablan de siete hermanos que se han ido casando sucesivamente con la misma mujer, para asegurar la continuidad del nombre, el honor y la herencia a la rama masculina de aquellas poderosas familias saduceas de Jerusalén. Es de lo único que entienden.

Jesús critica su visión de la resurrección: lo ridículo es pensar que la vida definitiva junto a Dios vaya a consistir en reproducir y prolongar la situación de esta vida y, en concreto, de esas estructuras patriarcales de las que se benefician los varones ricos.

La fe de Jesús en la otra vida no consiste en algo tan ridículo e injusto: «El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no es un Dios de muertos sino de vivos». Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo sus criaturas; Dios no vive por toda la eternidad rodeado de muertos. Tampoco puede imaginar que la vida junto a Dios consista en perpetuar las desigualdades, injusticias y abusos de este mundo.

Cuando se vive de manera frívola y satisfecha, disfrutando del propio bienestar y olvidando a quienes no saben lo que es vivir, es fácil pensar sólo en esta vida. Puede parecer hasta ridículo alimentar otra esperanza.

Cuando se comparte un poco el sufrimiento de las mayorías pobres, las cosas cambian: ¿qué decir de los que mueren sin haber conocido el pan, la salud ni el amor?, ¿qué decir de tantas vidas malogradas o sacrificadas injustamente? ¿Es ridículo alimentar la esperanza en Dios? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


aproximación

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"Jesús. Aprocimación histórica", de la editorial PPC
UN CAMINO PARA APROXIMARSE A JESÚS
En un libro con rigor histórico y lenguaje claro y sencillo
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN.

ECLESALIA, 06/11/07.- Han sido siete años de esfuerzo disciplinado y trabajo intenso. He querido responder a preguntas que me han acompañado de una manera u otra a lo largo de mi vida: ¿Quién fue Jesús? ¿Cómo entendió su vida? ¿Qué alternativa quiso introducir con su actuación? ¿Dónde está la fuerza de su persona y la originalidad de su mensaje? ¿Por qué se le ejecutó? ¿Cómo terminó la aventura de su vida? No es un simple deseo de satisfacer mi curiosidad histórica. Siempre he querido saber quién está en el origen de mi fe cristiana. No quiero seguir a un Jesús inventado por mí ni por nadie.

No sabría decir por qué, pero siempre me ha irritado oír hablar de Jesús de manera vaga e idealista, utilizando toda clase de tópicos que no resistirían el mínimo contraste con las fuentes que poseemos de él. Me produce tristeza comprobar con qué seguridad se hacen afirmaciones que deforman gravemente el proyecto de Jesús, y con qué facilidad se desfigura su mensaje. Siento verdadera pena al ver que muchos, cristianos o no cristianos, nunca podrán hacerse una idea aproximada de Jesús. Sé que muchos creyentes, menos creyentes, pocos creyentes, malos creyentes, increyentes o personas que no saben si creen o no creen, nunca lo podrán amar ni disfrutar de él porque nunca lo podrán conocer.

Mucho más lamentable y penoso me ha resultado estos últimos años asomarme a tantas obras de «ciencia ficción», escritas con delirante fantasía, que prometen revelarnos por fin al Jesús real y sus «enseñanzas secretas», y no son sino un fraude de impostores que prescinden de toda «objetividad histórica» y sólo buscan asegurarse sustanciosos negocios.

Con este estudio he querido contribuir a que el hombre y la mujer de hoy tengan un posible camino para aproximarse a Jesús. Me he esforzado por combinar el máximo rigor histórico posible con el lenguaje claro, sencillo y asequible. He pasado muchas horas analizando y evaluando las diversas aportaciones de exegetas, historiadores, arqueólogos y expertos de las ciencias socio-culturales y antropológicas. He pasado tal vez más horas en silencio, preguntándome quién es ese Jesús que está detrás y más allá de esa investigación, y cómo podía yo comunicarlo en la sociedad contemporánea sin traicionarlo.

Soy cristiano y, al escribir este libro, he pensado en los que creemos en Jesús. A nosotros nos debe interesar como a nadie conocer cómo era ese hombre en el que nosotros nos encontramos con el misterio de Dios encarnado en la realidad frágil de un ser humano: yo quiero saber cómo es, qué hace, cómo vive, qué defiende y cuál es el mensaje de un hombre en el que Dios se ha encarnado. Pero sé que Jesús es de todos, no sólo de los cristianos. Su vida y su mensaje es patrimonio de la Humanidad. Por eso he pensado en quienes lo ignoran casi todo sobre él: personas para las que Jesús no ha representado nunca nada serio ni atractivo porque no lo han conocido; hombres y mujeres decepcionados por el cristianismo real que tienen ante sus ojos, que se han alejado de la Iglesia y andan buscando por caminos diversos luz y calor para sus vidas; jóvenes que no se interesan por estas cosas, pero que se sienten secretamente atraídos por Jesús.

Sé que Jesús no necesita de mí ni de nadie para abrirse camino en el corazón y en la historia de las personas. Sé que otros pueden escribir sobre él desde una experiencia más viva y, sobre todo, desde un seguimiento más radical a su persona. Me siento lejos de haber captado todo su misterio. Sólo deseo que los lectores se encuentren con él. Jesús podría ser para muchos de ellos la gran noticia. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Para más información: buzonppc@ppc-editorial.com

religiones

religiones

CURSO DE HISTORIA DE LAS RELIGIONES
Segunda edición de la Fundación Xavier Zubiri
MARTA LLADÓ
MADRID.

ECLESALIA, 05/11/07.- De enero a junio de 2008, los miércoles de 18’30 a 20’30 horas, la Fundación Xavier Zubiri con el apoyo de la Fundación Santa María organiza la segunda edición del curso “Historia de las religiones”. Serán 44 horas presenciales homologadas por el Ministerio de Educación y Ciencia para la concesión de cinco créditos.

El plazo de matricula es del 6 de noviembre al 20 de diciembre 2007. Estarán disponibles 60 plazas. Los interesados se pueden poner en contacto Fundación Xavier Zubiri: Marta LLadó (martallado@zubiri.net) o Elisa Romeu (fzubiri@zubiri.net)

Está dirigido a profesores y profesoras de humanidades, religión, ética... Estudiantes universitarios. Personas interesadas en esta temática.

Con este curso nos proponemos proporcionar una información rigurosa sobre el fenómeno religioso y la historia de las religiones. Trataremos de profundizar en los problemas y temas actuales propios de un mundo globalizado y plurireligioso. Intentaremos favorecer la comprensión de las religiones, fomentando así el diálogo interreligioso.

Se celebrará en la Fundación Xavier Zubiri, C/ Núñez de balboa 90, 5º. El importe es de 250 euros por persona. Hay becas para profesores y estudiantes que se resolverán el 30 de diciembre. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Para más información: www.zubiri.net

ricos

ricos

31 Tiempo ordinario (C), Lucas 19, 1–10
JESÚS AMA A LOS RICOS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 31/10/07.- El encuentro de Jesús con el rico Zaqueo es un relato conocido. La escena ha sido muy trabajada por Lucas, preocupado tal vez por la dificultad que encontraban algunas familias ricas para integrarse en las primeras comunidades cristianas.

Zaqueo es un rico bien conocido en Jericó. «Pequeño de estatura», pero poderoso «jefe de los recaudadores » que controlan el paso de mercancías en una importante encrucijada de caminos. No es un hombre querido. La gente lo considera un «pecador», excluido del pueblo creyente. Vive explotando a los demás. «No es hijo de Abraham».

Sin embargo, este hombre quiere ver «quién es Jesús». Ha oído hablar de él, pero no lo conoce. No le importa hacer el ridículo actuando de manera poco acorde con su dignidad: como un chiquillo más, «corre» para tomar la delantera a todos y «se sube a un sicómoro». Solo busca «ver» a Jesús. Probablemente, ni él mismo sabe que está buscando paz, verdad, un sentido diferente para su vida.

Al llegar Jesús a aquel punto, «levanta los ojos» y ve a Zaqueo. El relato sugiere un intercambio de miradas entre el profeta defensor de los pobres y aquel rico explotador. Jesús lo llama por su nombre: «Zaqueo, baja en seguida». No hay que perder más tiempo. «Hoy mismo tengo que alojarme en tu casa y estar contigo». Jesús quiere entrar en el mundo de este rico.

Zaqueo le abre la puerta de su casa con alegría. Le deja entrar en su mundo de dinero y poder mientras en Jericó todos critican a Jesús por haber entrado «en casa de un pecador».

Al contacto con Jesús, Zaqueo cambia. Empieza a pensar en los «pobres»: compartirá con ellos sus bienes. Se acuerda de los que son víctimas de sus negocios: les devolverá con creces lo que les ha robado. Deja que Jesús introduzca en su vida verdad, justicia y compasión. Zaqueo se siente otro. Con Jesús todo es posible.

Jesús se alegra porque la «salvación» ha llegado también a esta casa poderosa y rica. A esto ha venido él: «a buscar y salvar lo que estaba perdido». Jesús es sincero: la vida de quienes son esclavos del dinero son vidas perdidas, vidas sin verdad, sin justicia y sin compasión hacia los que sufren. Pero Jesús ama a los ricos. No quiere que ninguno de ellos eche a perder su vida. Todo rico que le deje entrar en su mundo, experimentará su fuerza salvadora. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

arrupe

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EL PADRE ARRUPE. UN EMPUJÓN DE HUMANIZACIÓN
Carta a Ignacio Ellacuría
JON SOBRINO, 25/10/07
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 25/10/07.- Querido Ellacu: Varias cosas han ocurrido este año, que me recuerdan cuando ustedes estaban aquí. Te hablaré de dos de ellas, que ayudarán en estos días de aniversario.

En 1979 fue Puebla y este año ha sido Aparecida. Resultó mejor de lo que se esperaba, y no cerró puertas. Queda por ver si nosotros pasamos de largo, sin entrar en el edificio, o si, con lucidez y compromiso, las abrimos de par en par. Buena falta hará para sacar adelante a esta nuestra Iglesia, en medio de la civilización de la riqueza imperante que ahoga el espíritu.

El tema elegido fue bueno: ser seguidores de Jesús con la misión de anunciar al Dios bueno y transformar este mundo injusto y mentiroso en un mundo de justicia y verdad. Es la segunda semana de los Ejercicios de san Ignacio, de la que tanto nos hablaste. Y aunque siempre asustan los costos, el seguimiento y trabajar por el reino de Dios siempre generan ilusión, que no abunda.

El manoseo final del documento fue una verdadera lástima. En alguna curia, sin el conocimiento de los obispos que lo aprobaron, se retocó el texto, sobre todo cuando habla de las comunidades de base. Bien decías tú que lo más importante de éstas es que son de base. Pero, por esa misma razón, son también lo más conflictivo. Se ve que todavía no sabemos qué hacer con la base, cuando los pobres se juntan para vivir, trabajar y creer, para liberarse y liberar. La democracia no es el fuerte de la Iglesia, se dirá. Pero nos debiéramos esmerar en la transparencia del evangelio y en la humildad para reconocer errores.

Y tampoco apareció en el documento, debidamente historiada, en lo que tú insistías, la tercera semana de los Ejercicios, la pasión y muerte de Jesús. El conflicto objetivo con los poderosos, no una abstracta disponibilidad, es lo que le llevó a la cruz. Ignorarlo tiene graves consecuencias, pues permite pensar que hoy podemos llevar a cabo la misión sin graves conflictos. Vuelve a aparecer cuán difícil es tomar a Jesús en serio. Pienso que lo más difícil de aceptar de Jesucristo es Jesús, de éste su vida terrena, y de ésta su cruz a manos de poderosos. Y si no recuerdo mal, ya en 1978 criticaste la cristología del documento de consulta de Puebla. Ofrecía una lectura “gravemente defectuosa y pobre” de Jesús de Nazaret.

Y con la cruz de Jesús, desaparece también la centralidad de los mártires de nuestro tiempo que murieron como él. Aparecida pasa ante ellos de puntillas, y no se vuelca hacia ellos con gratitud y con el compromiso de seguir sus huellas. Da la impresión de que en la Iglesia tampoco sabemos qué hacer con ellos. Un ejemplo. Se han escrito muchos folios sobre Monseñor, su ortodoxia y su ortopraxis. Se discute si es confesor o mártir y -si es mártir- si lo fue in odium fidei o in odium iustitiae… Y cuando parece que Monseñor ha pasado todas las pruebas, en las altas esferas se dice que no es el momento oportuno para canonizar a Monseñor, pues puede ser manipulado. En éstas estamos, Ellacu. Qué hacer con los mártires no es cosa de poca monta. Creo que es articulus stantis vel cadentis Ecclesiae. Ojalá ustedes, los mártires, entren por las puertas que Aparecida ha dejado abiertas para muchas cosas buenas. Y nos oxigenen.

En este contexto paso a hablarte, Ellacu, de lo que me animó a escribirte este año: el Padre Arrupe. La ocasión es clara: el 14 de noviembre cumpliría cien años. Pero hay otra razón más profunda y tiene que ver con ustedes los mártires. Acaban de publicar sobre él un libro de más de mil páginas, y al final los editores nos sorprenden con algo inesperado, pero muy lúcido: un apéndice de los jesuitas asesinados por “la lucha de la fe y la justicia” desde el generalato del Padre Arrupe. En total, 49 jesuitas en el tercer mundo. Por supuesto aparecen ustedes, los mártires de la UCA, con el Padre Carlos Pérez Alonso -del cual poco solemos hablar-, jesuita “desaparecido” en Guatemala en 1981 por los tenebrosos militares de aquel país. Y el Padre Rutilio Grande. Y antes de los nombres, estas palabras del Padre Arrupe.

“Éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres movidos por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren y vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario”.

Son palabras que escribió siete días después del martirio del Padre Grande. El Padre Arrupe sí supo, pues, qué hacer con los mártires. Sin rutina, con agradecimiento, con gozo. En esos mártires vio la gloria de la Compañía. En ellos, y en tantos otros como ellos, sintió la presencia de Dios en nuestro mundo.

Este 14 de noviembre muchos recordarán, con admiración y con cariño, a este hombre universal, vasco universal, dirán en su natal Bilbao. Y no tengo ninguna duda de ello. Pero antes que hombre universal fue hombre de raíces. Durante su generalato, que es cuando mejor le conocimos, dos fueron esas raíces: Dios y los pobres. Algo parecido dijiste de Monseñor Romero. Basaba su esperanza sobre dos pilares: “Dios y el pueblo salvadoreño”. Y don Pedro Casaldáliga acaba de decir, en lenguaje provocativo, que “todo es relativo menos Dios y el hambre”.

Ya hablaremos de esa raíz última que fue Dios. Pero empezamos por los pobres. Tú escribiste que, en definitiva, fue en la periferia, en Japón durante 27 años, y en sus correrías por el mundo para visitar a los jesuitas, donde se encontró con la universalidad más verdadera: la de la pobreza, y la que reclama la reacción más profunda: la compasión. De hecho, su primer viaje después de ser elegido general fue a la India y al África. Es importante recalcarlo, no como ironía, sino como realidad fundamental que en Roma, pero no desde Roma, en un mundo en que se mueve el poder, pero no desde el poder que se mueve en ese mundo, vio la realidad más real: un mundo sufriente. La luz para ver y la savia para llevar fruto venían de la periferia -como lo dices en un breve artículo, que dejaste anónimo. La periferia se convirtió en su mundo, el mundo de los 49 jesuitas que he recordado.

Desde esa parcialidad impulsó de forma pionera la inculturación, comprensible por sus años en Japón. Allí entendió que un jesuita no puede des-culturizar, y así des-humanizar, trabajar para que la periferia se parezca al centro, sino que debe inculturar el evangelio, y estar abierto a dejarse evangelizar por lo bueno “del otro”.

A nosotros en Centroamérica, y a ti muy especialmente, con César Jerez, te tocó enfrentarte con otra forma de periferia: la pobreza y la miseria, fruto de la injusticia. Y también, muy pronto le tocó hacerlo a Arrupe. Y arremetió con la tarea en la CG 32. La conveniencia de convocar la congregación fue controvertida, aun entre los que le apoyaban, pues parecía que no se daban las mejores condiciones. Dicen los historiadores que, dadas las tensiones con el Vaticano, la congregación de procuradores se había mostrado contraria a la convocatoria, 91 votos en contra y 9 a favor. Pero pocos días después, el 25 de octubre, el Padre Arrupe, con una carta abierta a toda la Compañía, además de comunicar el resultado de la votación, anunciaba, como decisión suya propia, que convocaba la Congregación General 32. Y añadió que era “la decisión más importante de todo su generalato”. A mi modo de ver, no le faltaba razón. Fue para él el modo de hacer central la periferia.

Bajo su guía y aliento la congregación se hizo la pregunta más radical que los jesuitas se habían hecho en mucho tiempo: “qué significa hoy ser compañero de Jesús”. Y la respuesta fue inaudita: “comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige”. La Compañía puso manos a la obra, con diversos ritmos, y con mayor o menor intensidad, pero echó a andar por un camino nuevo. Para Arrupe fue causa de alegría ver nacer una Compañía más parecida a Jesús de Nazaret. Fue también fuente de disgustos dentro de la Compañía y de conflictos fuera de ella, con los poderes de este mundo y del Vaticano. Nunca claudicó.

Se puede discutir sobre cuál fue el aporte específico de Arrupe a la “fe y justicia”. Sus documentos y cartas fueron iluminadoras. Pero lo importante es la raíz de donde crecía todo: escuchar el clamor de los oprimidos y reaccionar con toda su persona -y su ilusión era reaccionar con todo el peso de la universal Compañía. Pocos, con la excepción de los obispos lascasianos, lo habían hecho antes, con radicalidad, en la Iglesia y en la Compañía. Por ello, siendo importantes sus directrices de gobierno, estoy de acuerdo contigo, Ellacu, en que su aporte más especifico fue mover a la Compañía yendo él delante, que eso es ser líder, contagiar convicción, compromiso y esperanza, aceptando conflictos y no rehuyendo riesgos. Y todo ello, con libertad creadora, no como quien sigue, a regañadientes, una doctrina ya constituida, ley en definitiva, sino como quien se deja llevar por la fuerza del Espíritu de Dios, y siempre “puestos los ojos fijos en Jesús”, como dice la Carta a los Hebreos. Arrupe vino a decir: “no separemos lo que Dios ha unido desde el principio y lo que la Iglesia y la Compañía habíamos separado a lo largo de la historia: la fe y la justicia”. En ello le fue la salud y el tiempo, y en definitiva la vida.

En los primeros años de su generalato, en la provincia centroamericana eso lo vivimos en tensión con Roma. Y tú, Ellacu, recuerdas muy bien las crisis. Aun antes de la CG 32, en El Salvador los jesuitas habían intentado el camino de “la fe y la justicia”. Se respiraba ilusión y ganas de trabajar. Y surgieron conflictos antes impensables. En el seminario no cayeron bien “las novedades de Medellín”, y dejamos su dirección. En el Externado nos demandaron judicialmente por “enseñar marxismo” y por “poner a los hijos en contra de sus padres”. En Aguilares, Rutilio Grande denunciaba a los opresores, “hermanos caínes” los llamaba, y defendía a los campesinos -en 1977 lo asesinaron, y a sus compañeros jesuitas los apresaron y echaron del país. La UCA denunció el fraude electoral del 72, la opresión de la oligarquía y del ejército, y la estructura injusta del país. En 1976 explotó la primera de veinticinco bombas en el campus. Todo ello era la “fe y justicia”.

En la tarea los jesuitas pusieron ánimo y lucidez evangélica, pero con limitaciones, exageraciones y errores, como bien recuerdas. Pero ante la novedad de lo que sucedía en la provincia, en Roma, al principio no bien informado y pienso que no bien asesorado, Arrupe quiso frenar la nueva dirección que tomaban los jesuitas. Aunque pienso que con honradez fundamental de parte y parte, las relaciones fueron tensas. Después se dio un cambio extraordinario, como bien lo cuentas tú, sin ocultar logros ni conflictos en tu artículo “Pedro Arrupe, renovador de la vida religiosa”.

En 1976 Arrupe y los jesuitas centroamericanos nos dimos un abrazo gozoso. Y también insistes en ello, tú, que no eras nada dado a lo melifluo. Por coincidencia, estaba yo en la curia de Roma, y me contaron que Arrupe, en una carta que tenía que escribir a los jesuitas centroamericanos, quería “pedir perdón” por los años de conflictos. Sus consejeros le disuadieron, pero, si no en el lenguaje, el Padre Arrupe mantuvo el mensaje. Sentía mucho que “mis limitaciones” hayan colaborado a los “malos entendidos”. Y no pudo ocultar el gozo de la reconciliación.

Recuerdo, Ellacu, que a ti también te produjo gran gozo. Reconocías las exageraciones y algunos errores en aquellos años setenta, pero también los pasos para mejorar y cambiar. Aquella carta del Padre Arrupe de 1976 está ahora escondida en los archivos de alguna curia, pero sigue siendo un testimonio excepcional de la firmeza, la honradez, la fraternidad y la humildad del Padre Arrupe. Por eso lo recuerdo ahora, treinta años después. De personas así seguimos viviendo. Y con la esperanza de que algo se nos haya contagiado.

Las cosas siguieron su curso. En 1977 en Aguilares fue asesinado el Padre Rutilio Grande. En el mes de junio los jesuitas fuimos amenazados de muerte, y las calles se llenaron de octavillas: “Haga patria, mate un cura”. Y el Padre Arrupe se acercó para siempre a los jesuitas y al pueblo salvadoreño. Las amenazas no le asustaron. “No salgan. Sigan en sus puestos”, vino a decir. Él mismo quiso venir a visitarnos, pero los asistentes no se lo permitieron por los riesgos que eso suponía. Y por lo que conozco, siempre actuó así en todo el tercer mundo. “No trabajaremos en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio”, dijeron los jesuitas en la CG 32. La persecución no le arredró en absoluto. Y pienso que ver a una Compañía, mezclada con los pobres del mundo, que ahora tenía mártires por la justicia, que se parecían un poco más a Jesús, le llenó de inmensa alegría. Así vi y así pintas tú, Ellacu, al Padre Arrupe. Con gente así avanzamos en humanización. Pero todavía hay que decir otra cosa del Padre Arrupe, la más profunda: Dios.

Por lo que toca a justicia, la plenitud de Dios otorgaba aliento a la lucha, al enfrentarse con una pléyade de realidades, problemas, incógnitas, riesgos, conflictos, y también esperanzas, utopías, alegrías… Para mantenerse fieles en esa lucha por la justicia ayuda, valga la simpleza, mantenerse fieles al misterio de Dios. Para el Padre Arrupe nada nos puede separar de Él y, por ello, nada nos puede separar del humilde caminar con Él ni de la práctica de la justicia, como dice Miqueas.

La justicia, forma de la compasión y de la misericordia, amor a las víctimas, expresa lo más hondo de la realidad de Dios. Con esa fe en Dios Arrupe animaba a una lucha crucial de calidad y promovía una justicia de calidad. Esa calidad especial es lo que se encuentra en gente de fe, como en Monseñor.

De la profundidad subjetiva de esa fe nada puedo decir argumentativamente. Creo que el Padre Arrupe se puso siempre ante un Dios siempre mayor y siempre nuevo, y le dejó ser Dios. Pero su vida, más que sus palabras, algo dejaba asomar de la ultimidad de esa fe. El Padre Arrupe amó a la Compañía, pero nunca la absolutizó. Llegó a poner en peligro su anterior prestigio y buena fama dentro de la Iglesia -y en algunos momentos casi hasta su existencia- por la opción por “la fe y la justicia”. Y de ello era consciente. En su tiempo, se dieron terribles divisiones internas, intentos, incluso aplaudidos por algunos obispos, de fundar una Compañía paralela. El número de jesuitas descendió en unos 8,000, porque la Compañía abandonaba su cerrado mundo anterior y se encarnaba en el mundo de la injusticia y de la increencia, lo que no es nada fácil. La Compañía perdió antiguos amigos y bienhechores, y se ganó poderosos enemigos, que la han atacado y perseguido hasta el asesinato. Y ha tenido serias dificultades con los tres papas de la época de Arrupe, Pablo VI al final de su pontificado, Juan Pablo I y Juan Pablo II, que no entendían y criticaban incluso la nueva opción. En 1981 llegó la intervención papal, hecho insólito en la historia de la Compañía. Y en lo personal, el Padre Arrupe tuvo que pasar -quizás ése fuese su mayor sufrimiento- por la incomprensión del Vaticano hacia su propia persona, él tan fiel al Papa. Pero con toda naturalidad dejó a Dios ser Dios. Su fe no fue en absoluto ingenua. Fue fe a la intemperie.

Y por lo que toca a nosotros, los jesuitas, no creo que le asustaba el marxismo, sino no poner a Dios en el centro de nuestra vida y misión, aun en medio de las más duras pruebas. Eso es lo que quería para todos. Llegó a escribir: “Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca, ya que nunca habíamos estado tan inseguros”. No antepuso nada a la voluntad de Dios. No puso su corazón con ultimidad en nada que no fuese Dios.

Un recuerdo final. En una de las conversaciones del año 1976, el Padre Arrupe me preguntó si no me importaba que él me leyera una poesía que había escrito a Jesucristo el día del Corpus. Me quedé impactado y en silencio. Después le dije que sí, por supuesto. No recuerdo lo que decía en aquella poesía. Lo que sí recuerdo hasta el día de hoy es lo que sentí por dentro: “este hombre ama de verdad a Jesucristo”. Eso es lo que nos quería comunicar por encima de cualquier otra cosa: el sensus Christi.

Ellacu, termino. Bien recuerdo aquellos tiempos. La fe tenía sabor a esta tierra, y la justicia recibía una calidad especial de lo alto. Fue el don de toda una generación, algunas personas más conocidas, otras menos. Al buscar parangón con el Padre Arrupe, mencionaste a “otro egregio testigo”, “otro mártir, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, tan amigo del padre Arrupe y tan consolado por éste en sus difíciles viajes a Roma”.

De estos hombres, y de mujeres que tú conociste, Rufina, María Julia y María Eugenia, que este año se han reunido con ustedes, necesitamos hoy para humanizar este mundo nuestro. Con ellos y ellas sacaremos adelante Aparecida. Lo que esperamos de ustedes, y estos días especialmente del Padre Arrupe es un empujón en humanización. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


compasión de Dios

compasión de Dios

30 Tiempo ordinario (C), Lucas 18, 9 – 14
CONTRA LA ILUSIÓN DE INOCENCIA
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 24/10/07.- La parábola de Jesús es conocida. Un fariseo y un recaudador de impuestos «suben al templo a orar». Los dos comienzan su plegaria con la misma invocación: «Oh Dios». Sin embargo, el contenido de su oración y, sobre todo, su manera de vivir ante ese Dios es muy diferente.

Desde el comienzo, Lucas nos ofrece su clave de lectura. Según él, Jesús pronunció esta parábola pensando en esas personas que, convencidas de ser «justas», dan por descontado que su vida agrada a Dios y se pasan los días condenando a los demás.

El fariseo ora «erguido». Se siente seguro ante Dios. Cumple todo lo que pide la ley mosaica y más. Todo lo hace bien. Le habla a Dios de sus «ayunos» y del pago de los «diezmos», pero no le dice nada de sus obras de caridad y de su compasión hacia los últimos. Le basta su vida religiosa.

Este hombre vive envuelto en la «ilusión de inocencia total»: «yo no soy como los demás». Desde su vida «santa» no puede evitar sentirse superior a quienes no pueden presentarse ante Dios con los mismos méritos.

El publicano, por su parte, entra en el templo, pero «se queda atrás». No merece estar en aquel lugar sagrado entre personas tan religiosas. «No se atreve a levantar los ojos al cielo» hacia ese Dios grande e insondable. «Se golpea el pecho», pues siente de verdad su pecado y mediocridad.

Examina su vida y no encuentra nada grato que ofrecer a Dios. Tampoco se atreve a prometerle nada para el futuro. Sabe que su vida no cambiará mucho. A lo único que se puede agarrar es a la misericordia de Dios: «Oh Dios, ten compasión de este pecador».

La conclusión de Jesús es revolucionaria. El publicano no ha podido presentar a Dios ningún mérito, pero ha hecho lo más importante: acogerse a su misericordia. Vuelve a casa trasformado, bendecido, «justificado» por Dios. El fariseo, por el contrario, ha decepcionado a Dios. Sale del templo como entró: sin conocer la mirada compasiva de Dios.

A veces, los cristianos pensamos que «no somos como los demás». La Iglesia es santa y el mundo vive en pecado. ¿Seguiremos alimentando nuestra ilusión de inocencia y la condena a los demás, olvidando la compasión de Dios hacia todos sus hijos e hijas? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).