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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

sínodo eucaristía

ANTE EL PRÓXIMO SÍNODO DE OBISPOS
FRANCISCO ASENSI
VALENCIA.

ECLESALIA, 22/09/05.- La Curia Romana ha preparado (por “su” cuenta, como es costumbre inmemorial), un documento de trabajo preparatorio para ese Sínodo, que tendrá lugar en Roma del 2 al 23 del próximo mes de Octubre. Los obispos (únicos “doctores” que detentan la sabiduría sobre todas las materias) se reunirán para estudiar y diagnosticar los males que aquejan a la Iglesia, e imponer las soluciones a la grey (rebaño obediente, sin voz ni voto).

Sus “eminencias”, desde su torre de marfil, se han asomado al mundo. Con sorpresa y gran frustración, se dan cuenta de que sus propios fieles ni escuchan su doctrina ni les hacen caso… ¿Qué está pasando, se preguntan desolados.

La culpa de tanto mal como detectan la tienen todos, especialmente este mundo cuya mentalidad secularizada se ha colado en la propia Iglesia. En ningún momento se paran a reflexionar sobre su responsabilidad y sus propios pecados. Ni el papa ni los cardenales están acostumbrados a entonar, en tiempo real, el mea culpa. Si alguna vez lo hacen, será dentro de quinientos o seiscientos años.

Veamos cuáles son algunas de sus preocupaciones:

1.- Existe una gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan. Muchos no sienten la necesidad y la obligación de confesar sus pecados al sacerdote.

2.- La crisis llega al extremo de que muchos católicos divorciados reciben la comunión. Otros, aún negando las enseñanzas de la Iglesia o sosteniendo públicamente opciones inmorales, como el aborto. No sólo eso. Hay quienes apoyan a candidatos políticos favorables al aborto o a otros actos graves contra la vida, la justicia y la paz.

3.- Está en crisis no sólo el sentido de pecado sino el sentido de pertenencia a la Iglesia.

4.- Ante este panorama, hay que dar más relieve a la santificación y conversión personales y enfatizar aún más la unidad entre la enseñanza de la Iglesia y la vida moral.

5.- En este sentido, los católicos que ocupan cargos relevantes en política deben tomar conciencia de su especial responsabilidad.

La confesión ha caído en picado. La doctrina sobre la sexualidad, en todas sus vertientes, no se sigue. Se pasa olímpicamente de los preceptos y de las enseñanzas eclesiásticas… La jerarquía está considerada como una institución anquilosada y obsoleta…

Estos y otros muchos desbarajustes, que la Curia detecta en sus fieles (también en muchos sacerdotes), vistos desde otra perspectiva, pueden tomarse como signos de los tiempos y síntomas de que el laicado y el hombre de hoy han llegado a su mayoría de edad.

Es curioso que, cuando se trata ad extra (de oponerse a determinados gobiernos, a éticas que no son la suya, etc.), los obispos clamen por la objeción de conciencia. Y cuando se trata de cuestiones ad intra, la maticen hasta hacerla sospechosa: “El hombre moderno, insistiendo unilateralmente sobre el juicio de la propia conciencia, puede llegar a trastocar el sentido del pecado; transformando la distinción entre el bien y el mal en una distinción subjetiva”.

Sigo a pie juntillas a Navarro Valls, portavoz de la Santa Sede y preclaro miembro del Opus Dei, cuando dice: “la conciencia es la más alta instancia sobre la conducta de una persona”. Más aún: “quien actúa en contra de su conciencia, abdica de sí mismo”. Con sumo agrado recibiremos las enseñanzas del Sínodo de los Obispos siempre que no vayan contra el sentido común, contra el Evangelio o contra nuestra conciencia.

--------------

El pasado 9 de septiembre, en el marco del XXV congreso de teología, Eclesalia participó en la primera reunión de grupos y colectivos cristianos de talante aperturista de la Iglesia católica española. Acudimos a la invitación que se nos había hecho. Después de las presentaciones de unas veinticinco personas, cristianas y cristianos representantes de casi todas las regiones y de varios colectivos de Iglesia, escuchamos con esperanza los planteamientos que fuimos haciendo en torno a la necesaria coordinación de sentires comunes presentes en numerosos grupos dispersos en nuestro país...

- - -> Sigue la información en www.eclesalia.blogia.com del día 14 de septiembre de 2005.

sínodo eucaristía

ANTE EL PRÓXIMO SÍNODO DE OBISPOS
FRANCISCO ASENSI
VALENCIA.

ECLESALIA, 22/09/05.- La Curia Romana ha preparado (por “su” cuenta, como es costumbre inmemorial), un documento de trabajo preparatorio para ese Sínodo, que tendrá lugar en Roma del 2 al 23 del próximo mes de Octubre. Los obispos (únicos “doctores” que detentan la sabiduría sobre todas las materias) se reunirán para estudiar y diagnosticar los males que aquejan a la Iglesia, e imponer las soluciones a la grey (rebaño obediente, sin voz ni voto).

Sus “eminencias”, desde su torre de marfil, se han asomado al mundo. Con sorpresa y gran frustración, se dan cuenta de que sus propios fieles ni escuchan su doctrina ni les hacen caso… ¿Qué está pasando, se preguntan desolados.

La culpa de tanto mal como detectan la tienen todos, especialmente este mundo cuya mentalidad secularizada se ha colado en la propia Iglesia. En ningún momento se paran a reflexionar sobre su responsabilidad y sus propios pecados. Ni el papa ni los cardenales están acostumbrados a entonar, en tiempo real, el mea culpa. Si alguna vez lo hacen, será dentro de quinientos o seiscientos años.

Veamos cuáles son algunas de sus preocupaciones:

1.- Existe una gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan. Muchos no sienten la necesidad y la obligación de confesar sus pecados al sacerdote.

2.- La crisis llega al extremo de que muchos católicos divorciados reciben la comunión. Otros, aún negando las enseñanzas de la Iglesia o sosteniendo públicamente opciones inmorales, como el aborto. No sólo eso. Hay quienes apoyan a candidatos políticos favorables al aborto o a otros actos graves contra la vida, la justicia y la paz.

3.- Está en crisis no sólo el sentido de pecado sino el sentido de pertenencia a la Iglesia.

4.- Ante este panorama, hay que dar más relieve a la santificación y conversión personales y enfatizar aún más la unidad entre la enseñanza de la Iglesia y la vida moral.

5.- En este sentido, los católicos que ocupan cargos relevantes en política deben tomar conciencia de su especial responsabilidad.

La confesión ha caído en picado. La doctrina sobre la sexualidad, en todas sus vertientes, no se sigue. Se pasa olímpicamente de los preceptos y de las enseñanzas eclesiásticas… La jerarquía está considerada como una institución anquilosada y obsoleta…

Estos y otros muchos desbarajustes, que la Curia detecta en sus fieles (también en muchos sacerdotes), vistos desde otra perspectiva, pueden tomarse como signos de los tiempos y síntomas de que el laicado y el hombre de hoy han llegado a su mayoría de edad.

Es curioso que, cuando se trata ad extra (de oponerse a determinados gobiernos, a éticas que no son la suya, etc.), los obispos clamen por la objeción de conciencia. Y cuando se trata de cuestiones ad intra, la maticen hasta hacerla sospechosa: “El hombre moderno, insistiendo unilateralmente sobre el juicio de la propia conciencia, puede llegar a trastocar el sentido del pecado; transformando la distinción entre el bien y el mal en una distinción subjetiva”.

Sigo a pie juntillas a Navarro Valls, portavoz de la Santa Sede y preclaro miembro del Opus Dei, cuando dice: “la conciencia es la más alta instancia sobre la conducta de una persona”. Más aún: “quien actúa en contra de su conciencia, abdica de sí mismo”. Con sumo agrado recibiremos las enseñanzas del Sínodo de los Obispos siempre que no vayan contra el sentido común, contra el Evangelio o contra nuestra conciencia.

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El pasado 9 de septiembre, en el marco del XXV congreso de teología, Eclesalia participó en la primera reunión de grupos y colectivos cristianos de talante aperturista de la Iglesia católica española. Acudimos a la invitación que se nos había hecho. Después de las presentaciones de unas veinticinco personas, cristianas y cristianos representantes de casi todas las regiones y de varios colectivos de Iglesia, escuchamos con esperanza los planteamientos que fuimos haciendo en torno a la necesaria coordinación de sentires comunes presentes en numerosos grupos dispersos en nuestro país...

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igualdad + justicia

Fe de erratas: El artículo, Matrimonios Homosexuales, fue publicado en el Diario de Teruel el día 1 de mayo, y, por error, en este informativo bajo la autoría de Carlos Lanuza el 1 de julio. El autor, Luis Ignacio Pérez, nos lo envía modificado y mejorado.


MATRIMONIOS HOMOSEXUALES
LUIS IGNACIO PÉREZ NAVARRO
ZARAGOZA.

ECLESALIA, 21/09/05.- Hasta entrado el siglo XVIII se daba por hecho que la esclavitud era algo necesario, e incluso bueno, para el funcionamiento de la sociedad. Ni siquiera el Cristianismo, tan sensible a los temas sociales, puso en tela de juicio su existencia. San Pablo había aconsejado a los esclavos “que sean sumisos a sus amos y que procuren dar satisfacción en todo” (Carta a Tito, 2, 9). El ilustrado Montesquieu, todavía en el siglo XVIII, dijo, para justificar la esclavitud, que “el azúcar sería demasiado caro si no se emplearan esclavos en el trabajo que requiere el cultivo de la planta que lo produce” y “no puede cabernos en la cabeza que siendo Dios un ser infinitamente sabio haya dado un alma, y sobre todo un alma buena, a un cuerpo totalmente negro” (Enciclopedia, Libro 15, cap.5). Durante siglos se habían construido sesudas teorías acerca de la superioridad del hombre blanco sobre el negro. La inmensa mayoría de la gente así lo creía, muchas veces por ignorancia, inercia o pereza intelectual. Sin embargo ya durante ese siglo empezaron a surgir voces que gritaban contra la inhumanidad y terrible injusticia de esa lacra de la civilización. A lo largo del siglo XIX lo impensable se hizo realidad: una tras otra, las naciones occidentales fueron aboliendo la esclavitud en todos sus territorios. Hoy la vemos como algo inaceptable, intolerable, cruel, despiadado, y todos los adjetivos que queramos añadir, pero hace unos siglos era un hecho de lo más común.

Aun después de su abolición en Estados Unidos, y hasta bien entrados los años 60, los afro-americanos siguieron siendo considerados como ciudadanos de segunda clase en ese país. No podían ir a los mismos colegios que los blancos, ni subir en los mismos autobuses, ni optar a ciertos trabajos. La lucha por los derechos civiles de esa minoría fue larga y enconada pero finalmente se consiguió; ahora, muy poca gente pondría en duda la igualdad de derechos de negros y blancos.

Algo similar ha ocurrido con los homosexuales. Durante siglos han sido considerados como enfermos, pervertidos, traidores a su sexo, y la homosexualidad como “inclinación objetivamente desordenada”, “pecado gravemente contrario a la castidad”, “pecado nefando”, etc. Por esas y otras razones han sido insultados, encarcelados, violados, castrados, mutilados, quemados o gaseados.

Hoy, en nuestro país, los homosexuales han conseguido equiparar sus derechos legales a los de los demás ciudadanos. Y, al igual que los negros americanos, no lo han tenido fácil porque ciertos sectores de la población han utilizado y siguen utilizando todos sus recursos materiales y todo su poder para impedirles disfrutar de los mismos derechos que los demás.

En primer lugar, los obispos españoles, a través de documentos, cartas pastorales e incluso en manifestaciones, han hecho todo lo que ha estado en sus manos para paralizar la Ley de matrimonios homosexuales e influir en las conciencias de los católicos. Desde luego ninguno de esos documentos y cartas han sido fruto de un diálogo profundo, sincero y sin prejuicios entre la Iglesia y el colectivo homosexual. Son documentos en los que hay mucha doctrina y poca compasión, mucha Ley y poco corazón. El derecho canónico se ha querido imponer al civil, como en tiempos que todos recordamos. Los obispos han apoyado y participado de manera clara y sin tapujos en la manifestación contra los matrimonios gays, pero han brillado por su ausencia en las manifestaciones contra la Guerra de Iraq (criticada por el mismo Juan Pablo II) o contra la pobreza en el mundo. Filtran mosquitos y se tragan camellos.

En segundo lugar, ciertos grupos de corte conservador han utilizado la defensa de los valores familiares y la estabilidad afectivo-psicológico-sexual del niño como arma arrojadiza contra todo intento de acabar con el monopolio milenario del matrimonio heterosexual, alegando que el matrimonio homosexual acabaría con la familia y asegurando, sin ningún tipo de prueba seria, que los hijos de homosexuales sufrirán mucho psicológicamente al no tener padre y madre. Para ello han recurrido a psicólogos y psiquiatras de conocida intolerancia ante la homosexualidad, para que les apoyen en su cruzada.

No entiendo por qué los matrimonios homosexuales ponen en peligro la institución familiar. No entiendo en qué medida los derechos de unos pueden poner en peligro esos mismos derechos en otros. Nadie ha dicho todavía que los matrimonios homosexuales en Holanda y Bélgica, o en los Estados norteamericanos de British Columbia y Vermont, hayan acabado con la institución familiar en esos lugares ni la hayan debilitado. Nadie que desee el matrimonio puede estar en contra del matrimonio. Y si los homosexuales pagan los mismos impuestos que los demás, ¿por qué el Estado no puede ofrecerles los mismos derechos? No nos engañemos. No hay crisis de la familia; hay crisis del concepto rígido e inflexible que algunos tienen de cómo tiene que ser una familia.

Ha surgido también el sofisma de que si aceptamos los matrimonios homosexuales tendremos también que aceptar los matrimonios entre hermanos, o los matrimonios de un hombre con varias mujeres o viceversa, o los matrimonios con niños, animales, etc., etc. A mí este argumento me haría reír si no fuera porque en él subyacen concepciones dogmáticas de las relaciones humanas, mucha dureza de corazón e incluso mala fe. No sé qué tiene que ver una relación madura entre dos personas adultas del mismo sexo, que tienen capacidad de elegir y tomar decisiones y que se respetan el uno al otro sin causarse ningún daño físico ni psíquico, con la zoofilia, la poligamia, la poliandria, el incesto o la pedofilia.

Otros esgrimen el argumento etimológico. Efectivamente la palabra matrimonio significa etimológicamente “defensa / gravamen de la madre” (matri munire). Sin embargo es absurdo pensar que el problema pueda residir en una palabra. Las lenguas son algo vivo que va evolucionando con el tiempo. Si el significado ha quedado obsoleto se cambia o se amplía, y ya está. Lo que los homosexuales pedían no era que su unión fuera etimológicamente correcta sino que pudieran acogerse a la institución matrimonial, que les ofrece iguales derechos que a los demás.

Y el hecho de que muy pocas culturas hayan visto bien el matrimonio entre homosexuales no me parece una razón de peso para no aceptarlo ahora. Históricamente la mujer estuvo sojuzgada en casi todas las culturas; eso no justifica que hoy siga siendo del mismo modo; de ahí que se entienda como un avance global la progresiva equiparación de derechos entre hombre y mujer. La conciencia y el conocimiento del ser humano están en continua evolución y crecimiento, como muy bien explicaron el psicoanalista Carl Jung y el teólogo Pierre Teilhard de Chardin, y, por ello, lo que en un momento parecía del todo aceptable (la discriminación de la mujer), pasó posteriormente a ser inaceptable para seres humanos más evolucionados; y lo que en un momento pareció inaceptable (el matrimonio homosexual), por falta de conocimientos objetivos, por falsas concepciones religiosas, fisiológicas y psicológicas, y, en resumen, por ignorancia, se ha convertido ahora en aceptable y justo. La Historia es un camino hacia adelante, no una mera repetición.

Surgen también objeciones de tipo bíblico. Es bien sabido que hay ciertos pasajes de la Biblia que, leídos fuera de su contexto, van en contra de la homosexualidad (Libro del Levítico y algunas epístolas de Pablo). Interpretarlos al pie de la letra supondría hacer lo mismo con todo lo demás y aceptar cosas tales como que se pueden poseer esclavos, tanto varones como mujeres, mientras sean adquiridos en naciones vecinas (Levítico 25:44), y que comer marisco es una abominación (Levítico 11:10), y que uno no puede acercarse al altar de Dios si tiene un defecto en la vista (Levítico 21:20), y que "el marido es cabeza de la mujer", y que las mujeres deben ser dóciles a sus maridos en todo (Efesios 5:21-23), y yo todavía no he visto a nadie que se quite un ojo o una mano porque les haga pecar (Mateo 5:29-30). En el pasaje de Sodoma y Gomorra del Génesis, el pecado está en la falta de hospitalidad y en la violencia sexual, no en la práctica homosexual.

No se puede interpretar la Biblia al pie de la letra y criticar después la lectura literal del Corán por los musulmanes o de la Biblia judía por los judíos. Las tres cosas tienen un nombre: fundamentalismo. Parece, a menudo, que, en lo referente a la homosexualidad, siempre hay que tomarlo todo al pie de la letra, mientras que en otros temas se pueden aceptar interpretaciones. Una característica del fundamentalismo cristiano es el juicio y la condena a todo aquel que es un “enemigo de Dios”, olvidando lo central del Cristianismo que es el amor y la compasión.

De todos es conocida la postura condenatoria de la jerarquía de la Iglesia Católica con respecto a la homosexualidad; la consideran como algo tan negativo y perjudicial que si pudieran la harían desaparecer de la faz de la Tierra. Es sorprendente, sin embargo, que muchos sacerdotes y teólogos muy inteligentes, muy progresistas y muy críticos ante temas sociopolíticos e intraeclesiales, cierren filas con la jerarquía en el tema de la homosexualidad o se muestren muy ambiguos. No creo que esa homofobia o esa ambigüedad se deban estrictamente a la Biblia. Durante siglos se ha glorificado el celibato sacerdotal como símbolo de pureza, separación de la comunidad y superioridad sobre el resto de los mortales, muy por encima de las relaciones de pareja que implican la sexualidad y que nos hacen más terrenales. Desde San Agustín, y quizás antes, se vio la sexualidad como algo sucio y pecaminoso, inferior al celibato y a la castidad, con resultados catastróficos que todos conocemos. La sexualidad, y por supuesto la homosexualidad, es una asignatura pendiente en la mayoría de las iglesias; cientos de años de represión y/o devaluación no pueden pasar sin dejar huella. Además no podemos olvidar la falta de libertad de expresión dentro de la Iglesia Católica que lleva a muchos a permanecer continuamente en el terreno de la ambigüedad, no satisfaciendo en realidad a ninguna de las partes.

Otros utilizan argumentos fisiológicos basándose en que una pareja homosexual no puede procrear. Y yo me pregunto: ¿qué pasa con los matrimonios tradicionales que no pueden tener hijos? ¿son por ello menos matrimonios?. La esencia de una relación de pareja, del tipo que sea, es siempre el amor, no la reproducción de la especie; si así fuera, el ser humano seguiría siendo como un animal de la selva. Jesucristo ya nos lo dijo: Amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. (Mc. 12,33); el evangelista San Juan tuvo la intuición genial de que Dios es Amor, y San Agustín supo que si amas puedes hacer lo que quieras. Hay gran cantidad de parejas homosexuales rebosantes de amor el uno por el otro, con una fidelidad y una madurez que muchos matrimonios tradicionales querrían para ellos. Porque la crisis de la familia y del matrimonio nada tienen que ver con los nuevos tipos de familias ni con otros tipos de matrimonios. Hay y ha habido siempre familias muy estables y familias que son un infierno.

Hay también argumentos de tipo pseudomédico que insisten en que la homosexualidad se puede “curar”. En esto contradicen por un lado la evidencia, que les demuestra lo contrario, y por otro lado a una organización tan prestigiosa como la Organización Mundial de la Salud que, hace ya bastantes años, quitó la homosexualidad de su lista de enfermedades (y no por presiones de los grupos homosexuales, como se ha dicho hasta la saciedad).

Conozco unos cuantos casos de personas que, mal asesoradas por sacerdotes, familiares, médicos, o por su miedo terrible a ser rechazados por la sociedad, han desperdiciado décadas de su vida intentando cambiar su orientación sexual con terapias más o menos agresivas, sin conseguir otra cosa que no haya sido destrozar su autoestima o entrar en profundas depresiones. Existe una asociación de corte evangélico, Exodus, que presume de haber cambiado la orientación sexual de muchas personas. También hay y ha habido notables psiquiatras que, con una falta total de escrúpulos, han intentado hacer cambiar de orientación sexual a muchos homosexuales atormentados por la culpa y obsesionados por no ser como los demás. Ese cambio es siempre superficial y fruto de la sugestión y, a menudo, al cabo del tiempo, la persona se da cuenta de que, aunque esté casado con alguien del otro sexo y con hijos, se sigue sintiendo atraído por personas de su mismo sexo. Una cosa es cierta y objetiva, por mucho que algunos lo quieran negar o enmascarar: la homosexualidad no es una opción sino algo que viene dado y que no se puede cambiar, como el color de los ojos o el tamaño del pie. Un homosexual sólo puede hallar complementariedad en una persona del mismo sexo; lo demás no pueden ser más que sucedáneos. La sexualidad no es sólo cuestión de genitalidad; eso sería devaluarla y reducirla a su mínima expresión; es un aspecto que envuelve la totalidad de la persona. Uno se siente atraído y ama a toda la persona, no sólo a un cuerpo. El engañarse y creer que siendo homosexual se puede tener una pareja del sexo contrario lleva en un altísimo porcentaje a la ruptura de la relación y, en prácticamente el 100%, al sufrimiento indecible e inútil de todas las partes. Aquellos que lo han vivido saben que es verdad lo que digo.

Es muy difícil para un rico saber lo que sufre un pobre, o para un blanco conocer el sentimiento de inferioridad de un negro, o para un hombre experimentar lo que es ser mujer en un mundo patriarcal y machista. Igualmente todos esos señores que se dedican a pontificar en largos artículos de prensa o de internet acerca de las maldades de la homosexualidad y del matrimonio homosexual no entienden nada porque lo viven desde la cabeza, juzgando desde fuera, sin aceptar la diferencia, sin respeto por el otro, nada de corazón que les facilitaría una mayor comprensión del prójimo diferente. Quizás por eso Jesucristo bendijo a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que luchan por la justicia, etc., porque ellos han visto y experimentado lo que los privilegiados autocomplacientes de este mundo no ven ni entienden, porque les va todo demasiado bien para querer cambiar nada y no están dispuestos a aceptar un Dios que pondría en peligro su comodidad.

Finalmente está el argumento de que, si dos homosexuales se casan, tendrán derecho a adoptar niños. Muchas personas que ven bien el matrimonio homosexual se niegan a aceptar este punto. Como ya comenté anteriormente es uno de los argumentos que más se han utilizado para impedir el matrimonio homosexual.

Es un mito que dos papás o dos mamás son peores para un niño que un papá y una mamá. Siempre dependerá de qué tipo de padres sean, no del sexo de los progenitores.

Hay quien piensa que si se tienen padres del mismo sexo los hijos serán homosexuales; si así fuera, no habría nada de malo en ello, pero la realidad es que no es así. Si no, nadie nunca sería homosexual porque, hasta el momento, todos hemos tenido un padre y una madre y, sin embargo, sigue habiendo siempre alrededor de un 10% de la población que es homosexual, con lo cual nada tiene que ver con la orientación sexual de los progenitores. Además, conozco varios casos de parejas homosexuales en Estados Unidos que han adoptado hijos, e incluso son hijos biológicos de uno de los miembros de la pareja, y la mayoría de ellos son heterosexuales.

Algunos creen erróneamente que homosexualidad y pederastia están estrechamente unidos, y no hay nada que aterrorice más a nuestra sociedad y que produzca más repulsión que la violencia sexual contra la infancia. Sin embargo, pederastia y homosexualidad no tienen nada que ver; la pederastia es un comportamiento extremadamente inmaduro y enfermizo que puede darse en cualquier persona, independientemente de su tendencia sexual. Pensar que un niño, por el hecho de ser adoptado por homosexuales, tiene más posibilidades de sufrir agresiones sexuales que un hijo adoptado por heterosexuales, es calumnioso, injusto y totalmente falso.

El mayor problema para el hijo de una pareja homosexual no vendrá generalmente de dentro sino de fuera. Es muy probable que se tenga que enfrentar a la homofobia de otros niños, de otros adolescentes o incluso de algunos de sus profesores. Sin embargo, la violencia en las escuelas es algo que está a la orden del día, bien porque el niño es negro, o chino, o bajo, o gordo, o flaco, o feo, o amanerado, o no juega al fútbol, o no fuma porros, o no es como los demás. Castigar a la pareja homosexual a no tener hijos porque la sociedad es intolerante, cruel e insensible me parece un atropello y una hipocresía. A quien hay que castigar no es a los matrimonios gays sino a esas personas que hacen la vida imposible al diferente. La educación de los hijos, y sobre todo de los padres, me parece fundamental.

En resumen, no me parece que haya argumentos serios para no aceptar y respetar el matrimonio de homosexuales con todo lo que ello conlleva, al igual que no encuentro argumentos serios para pensar que los blancos tienen más derechos que los negros o que las mujeres son inferiores al hombre. Es una cuestión de igualdad y justicia.

sabiduría y coraje

‘LA RENOVACIÓN DE LOS MINISTERIOS HOY’
Declaracion final del VI Congreso de la Federación Internacional de Sacerdotes Católicos Casados
WIESBADEN (ALEMANIA).

ECLESALIA, 20/09/05.- Tras veinte años de existencia, la Federación Internacional de Sacerdotes Católicos Casados ha finalizado su VI Congreso Internacional en Wilhelm-Kempf- Haus, Wiesbaden, Alemania, el 19 de septiembre de 2005 con el tema “La renovación de los ministerios hoy”.

Al cerrar esta asamblea queremos declarar nuestro firme compromiso para renovar la Iglesia y sus ministerios por fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II, conscientes de las circunstancias actuales del mundo y de la Iglesia. Esta renovación tiene una nueva urgencia. En este contexto queremos ofrecer a la Iglesia la búsqueda de modelos alternativos de ser Iglesia y de ejercer los ministerios en la Iglesia.

Afirmamos nuestro amor y lealtad a la Iglesia. No queremos de ninguna manera crear una Iglesia paralela y deseamos entrar en un diálogo constructivo con los Obispos.

Afirmamos la importancia de la Iglesia para todos nosotros como una mediación para animarnos y facilitarnos la profundización de nuestra opción por los pobres y marginados.

Al mismo tiempo nos comprometemos a ayudar a la Iglesia para estar al servicio del mundo y no ser un fin en sí misma.

Durante la Asamblea hemos conseguido una apreciación más profunda del tema de la ordenación de las mujeres y del ministerio de las mujeres en la Iglesia.

Esta Asamblea General, con delegados de veinticinco grupos nacionales venidos de cuatro continentes ha decidido reorganizarse como una confederación de federaciones:

1.- Federación Latino-Americana
2.- Federación Filipina
3.- Federación Europea
4.- Federación Nor-Atlántica

Esta Confederación quiere:

a) Fortalecer las relaciones entre sus grupos.
b) Acelerar el movimiento internacional por la renovación de los ministerios en el mundo.
c) Animar el intercambio de experiencias.
d) Apoyar las aspiraciones de todos los miembros a través de sus encuentros, correo electrónico, página web, etc.

Ha sido un largo viaje de solidaridad y gracia. Dado que tomamos nuestro caminar en una nueva dirección, rogamos a Dios nos guíe con sabiduría y coraje a ese amor que vislumbramos desde nuestra juventud.

transgresión

UNA TRANSGRESIÓN PROFÉTICA
COL·LECTIU DE DONES EN L’ESGLÉSIA

ECLESALIA, 19/09/05.- Geneviève Beney fue ordenada sacerdote el pasado 2 de Julio en Lyon por tres mujeres obispas, que a su vez, fueron ordenadas en por un obispo católico disidente.

La noticia, apenas ha tenido resonancia en los medios de comunicación y ni siquiera, ha generado debate alguno... ¡Los hechos de las mujeres no son importantes, ni tan sólo en el seno de la Iglesia donde somos mayoría! (Eso sí, silenciadas y sumisas)

“Uno de los medios de cambiar una ley injusta es violando esa ley” dijo Geneviève durante la ceremonia. Una trasgresión empujada por la falta de diálogo y por el peso del Derecho Canónico más fuerte que el del Evangelio. Cuando se priva de la Esperanza, la única salida es adueñarse del presente y actuar de manera revolucionaria, siguiendo al mismo Jesús de Nazaret.

Los argumentos que otorga la Santa Sede contra la ordenación de mujeres son fundamentalmente sexistas. Mientras que el evangelio no dice claramente que lo contrario a Dios, no es el sexo sino el dinero i el poder. Nos dice también, que todos los seres humanos somos iguales, pero las mujeres en la Iglesia NO ESTAMOS IGUAL.

Por esto, la trasgresión continua, en Canadá, el día 25 de Julio, se ordenaron nueve mujeres más y en París, en Enero del 2006, otras lo serán.

Hay muchas mujeres creyentes y católicas que sentimos y vivimos de manera profética esta trasgresión y quisiéramos, a través del dialogo, que la jerarquía católica aceptase la ordenación de mujeres como una riqueza en el si de la Iglesia.

En última instancia, siempre prevalece lo que nos dicte la conciencia.

amor total

El pasado 9 de septiembre, en el marco del XXV congreso de teología, Eclesalia participó en la primera reunión de grupos y colectivos cristianos de talante aperturista de la Iglesia católica española. Acudimos a la invitación que se nos había hecho. Después de las presentaciones de unas veinticinco personas, cristianas y cristianos representantes de casi todas las regiones y de varios colectivos de Iglesia, escuchamos con esperanza los planteamientos que fuimos haciendo en torno a la necesaria coordinación de sentires comunes presentes en numerosos grupos dispersos en nuestro país...

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CAMBIO DE MONEDA
Mt 20, 1-16
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 16/09/05.- El propietario de aquella viña tenía una extraña forma de organizar su empresa agrícola. Por lo que nos cuentan, no parecía importarle demasiado el dinero que invertía en mano de obra. La relación entre jornal y tiempo trabajado no se ajusta a los cánones empresariales del mundo que entendemos. Posiblemente, no había hecho ningún master en “Racionalización de Recursos Humanos”, “Índices de Productividad” o “Salarios Mínimos, Máximos Beneficios: Introducción a los Contratos-Basura”. Incomprensible su actitud: pagó a todos por igual sin valorar tiempo y trabajo realizado.

Este evangelio es piedra de choque. Nos introduce en un mundo de contradicción, nos revuelve y nos hace clamar por un reparto más equitativo, más justo. La medida del empresario trastoca los esquemas razonables del sistema económico en el que nos movemos que, cuando trata de dinero, no admite frivolidades.

Jesús comienza diciendo: “El reino de los cielos se parece...” y desde este primer momento hemos de esperar que los esquemas salten. Ya nada se parecerá a nada. Debemos prepararnos para las sorpresas y los cambios, porque “mis planes no son vuestros planes” (Is 55, 6-9) y la moneda de pago, tampoco.

Me serenó mucho la comprensión de este evangelio entendiendo que la moneda de curso legal en el reino de los cielos no tiene que ver con el vil dinero sino con el amor total.

El camino de cada persona es saberse hijo de Dios y comprometerse en las tareas del reino siendo este un camino de conocimiento que dura toda la vida. Unos tienen la suerte de comprenderlo al amanecer; otros, a media mañana, se dan cuenta de que están siendo llamados; y todavía al caer la tarde, unos cuantos más entienden que son enviados; por fin, al anochecer, todos recibirán el pago a su entrega, su esfuerzo y su confianza en Dios.

El amor de Dios no se fracciona como el dinero. El amor de Dios es total o no es. Paga sin importarle cuando se dieron cuenta de cómo ama Dios. En el amor de misericordioso de Dios están implícitas la justicia y la alegría.

Si salimos de nuestros esquemas y nos metemos en el esquema de Dios, no tendremos problema en entender la extraña manera de realizar los pagos, pues no desearemos nada que Él no desee con cualquiera de nuestros hermanos, estaremos alegres cuando, a media mañana o por la tarde, se vayan uniendo a las tareas del reino y reciban el único pago posible: su amor total.

la novedad 1/2

la novedad 1/2

LA CRISIS, LA NOVEDAD
EDUARDO DE LA SERNA, sacerdote
QUILMES (BUENOS AIRES, ARGENTINA)

ECLESALIA, 08/09/05.- Decir que el tiempo en el que nos encontramos es un tiempo de crisis no es decir nada original. Pero ¿qué tan honda es la crisis en la que estamos inmersos? ¿Hasta dónde llega? ¿Es una crisis de circunstancia? ¿Es una crisis breve? ¿es una crisis de un simple paso de un paradigma a otro? ¿O es una crisis grave y profunda? Quisiera es estos párrafos aportar al análisis de nuestro tiempo, para ayudar a descubrir la realidad de esta crisis, y dónde y cómo posicionarnos en ella como cristianos. En realidad, esto merecería un análisis interdisciplinar, con más detalles, más aportes, y cuestionamiento de los datos aportados. Pero con sólo lograr que sirva para empezar la reflexión y el análisis, estas páginas habrán logrado su objetivo.

Durante mucho tiempo, la Iglesia se enfrentó -con su autoridad y poder- con la modernidad, calificando de “modernistas” a quienes sostenían determinadas posiciones que eran consideradas incompatibles con la recta-fe (ortodoxia). Sin embargo, muchas de esas posiciones fueron ganado espacios: la importancia del psicoanálisis, por ejemplo, la urgencia de la “sospecha” en muchos terrenos, la necesidad de la “razón” (ahora des-divinizada), y la aceptación de la independencia del pensamiento sobre los dogmas, la urgencia del diálogo, y el encuentro fructífero entre el pensamiento teológico y bíblico con las ciencias... Valgan estos ejemplos como signo de un encuentro que ya no fue conflictivo, en términos de triunfo o derrota, sino de diálogo y reconocimiento. Este encuentro, que comenzó con casos y personas aisladas a fines del s. XIX y fue adquiriendo carta de ciudadanía en el siglo XX, cristalizó en el acontecimiento eclesial fundamental, que fue el Concilio Vaticano II. La expresión de “abrir las ventanas” para encontrarse y dialogar con la modernidad fue simbólicamente el signo de la libertad y la pérdida del temor.

Pero la ciencia siguió avanzando, y a una velocidad increíble. Basta pensar en la cantidad importante de cosas que hoy forman parte de la vida cotidiana de muchos y no existían hace 10 años. Este avance vertiginoso llenó de temor a tantos que vuelven a ver “la modernidad” como un enemigo, especialmente en campos limítrofes: la biología, la bioética, la ecología, o la aceptación o rechazo de nuevas categorías: ‘diversidad’, ‘elección’, y otros elementos que -aplicados a temas sexuales, por ejemplo- escandalizan a varios.

En realidad podríamos decir que el Concilio Vaticano II “llegó tarde” ya que se dispuso a dialogar con la modernidad cuando en los hechos “la modernidad ya había muerto”. Algunos dirán -no sin cierta razón- que una gerontocracia, como es la Iglesia, suele llegar tarde siempre. Basta leer libros de humanistas de mitad del siglo XX y ver que lo que se ha dado en llamar la “posmodernidad” ya “estaba allí”, como puede verse, por ejemplo en “el Miedo a la libertad” (de E. Fromm).

Precisamente porque muchos entendieron la modernidad como aquello “fijado” con lo que el Concilio quiso dialogar, es que renacen ahora nuevos miedos y cerrazones (para muchos de estos temerosos, el Concilio fue un punto de llegada, más que un punto de partida). Esa “modernidad buena” ha muerto, la “nueva” es terrible, parece decirse, “no es como aquella”, con la que se podía dialogar; con esta no, afirman los que de hecho tampoco dialogaron con aquella y encuentran ahora una nueva excusa para encerrarse en castillos de cristal y entre paredes de marfil. No parece necesario “diagnosticar” un terrible y paralizante temor en muchos estamentos eclesiásticos frente a toda la novedad, esta parece bastante evidente. Especialmente paralizante porque se ve que ya la voz eclesial no es escuchada, y entonces no se puede impedir que sigan las investigaciones, que los discursos sigan idénticos y que la voz de los que algunos llaman ‘geronto-jerarcas’ sea una simple pieza de museo (reconozcamos que así suelen presentarla muchos MCS), algo que se espera que “ellos digan” y que en realidad no modificará nada de lo que los demás hagan o dejen de hacer.

Pero veamos algunos síntomas que nos permiten analizar la realidad y la crisis a fin de poder descubrir su seriedad. Uno es lo que se ha llamado la “posmodernidad”. La larga era de la modernidad parece haber terminado, y dado espacio a otra “era”. No es el lugar de analizar esta “post” modernidad ya que el nombre no señala más que un antes y un después. Se habla de pensamiento débil, de centralidad de los sentimientos, de muerte de las ideas, de los mega-relatos y las utopías, de crisis del sentido, de relativismo de la verdad, de fragmentación, etc. Muchos cuestionan a algunos de estos divulgadores, como Vattimo y prefieren remitir a Heidegger y a Nietzche. No es lugar de entrar en este debate, pero lo cierto es que hay toda una larga etapa, la modernidad, que se considera terminada. Y algo, que quizá todavía no pueda definirse, está comenzando. La caída del muro puede ser un buen “símbolo” del derrumbe de este tiempo (no tanto filosóficamente, ya que el marxismo parece nacer como sospecha frente a la modernidad económica de la sociedad industrial, sino en cuanto muerte de ideas sólidas y el aparente triunfo del pragmatismo económico, que llega a afirmar que nos encontramos ante el fin de la historia). Otro elemento a tener en cuenta con la “posmodernidad” es que se considera que algo “definitivamente” ha llegado a su fin: la modernidad; y si puede sostenerse que la modernidad fue anticipada “proféticamente” por los artistas del renacimiento que pasaron de centrar la mirada en Dios para mirar el hombre, también hay que reconocer que los artistas del s.XX mostraron pictórica, escultórica y musicalmente la fragmentación, el subjetivismo, lo efímero (“si el filósofo no nombra al ser, el poeta lo canta” afirmó Heidegger). Las “esculturas” en hielo o arena revelan claramente la centralidad de lo efímero en este tiempo. ¿No llama Nietzche a los hombres “los efímeros”? La posmodernidad, sea esta lo que fuere, revela claramente que una larga era ha concluido, y con ella todo un modo de entender, de vivir, de festejar, de interpretar la realidad y de vivirla.

Creo que la posmodernidad será efímera, pero con ella algo que no lo parecía habrá muerto. Y algo nuevo comenzará, y está comenzando.

Otro elemento a tener en cuenta es la evidente crisis de las instituciones. Se ve en los más distintos órdenes y aspectos: la crisis de varias Casas Reales, como la inglesa, es un síntoma de una sociedad casi inmutable que se ve tambaleando frente a la realidad (amén de la presencia de personajes que no están a la altura de las circunstancias y acentúan la crisis agravándola). La misma institución de la Democracia, gran conquista de la modernidad, es cuestionada por personajes y actitudes: sea con comicios fraudulentos en los países adalides de la democracia, o personajes casi chaplinescos o mediocres al frente de países del así llamado “Primer Mundo”, por no mirar la flagrante violación de la democracia en la Guerra de Irak, la violación de los Derechos Humanos en Guantánamo, la ignorancia de los estamentos como las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad y la Corte Penal Internacional. La crisis de la Justicia al reclamar inmunidad para las fuerzas del imperio, y la omnipresencia de lo que el gran Pablo VI llamó “el imperialismo internacional del dinero”. Ciertamente, dentro de estas instituciones en crisis no hemos de olvidar la Iglesia. Podrá reconocerse a tal o cual personaje eclesial toda la autoridad y credibilidad que se quiera, pero nada o casi nada de lo que ellos mismos digan tendrá incidencia en el presente. Juan Pablo II podrá haber sido casi el único líder internacional en oponerse claramente a la guerra de Irak, pero de nada sirvió para impedirla. A modo simbólico, recuerdo que el provincial franciscano de Asís me contaba que había ido a Suecia con intenciones de abrir, quizás, allí una casa religiosa. Cuando iba por la calle un joven le pidió permiso para sacarle una foto con su hábito franciscano: “es que siempre me interesaron los uniformes antiguos”, le dijo. Es interesante que muchas cosas que dice “la Iglesia” (al menos así lo presentan, generalmente de modo erróneo, los MCS) pueden salir en la Primera Plana de los periódicos u ocupar importante espacio en las radios y televisión, pero eso no modifica en nada la vida de la gente. La Iglesia deberá acostumbrarse, y probablemente por mucho tiempo (y por ‘mucho’ entiendo quizá siglos) a reconocer que ya no juega “de local”, sino que es “visitante”, que no tiene público a favor y que seguramente mucho de lo que diga no será tenido en cuenta, o será sólo escuchado porque “eso es lo que se espera que los curas digan”. Otro ejemplo simbólico de esto es la lucha actual por incorporar o no la mención al “cristianismo” en el Preámbulo de la Constitución europea; que haya una enorme cantidad de juristas que han elegido ignorar el período cristiano y saltar de la era greco-romana a la Ilustración evidentemente es para tener en cuenta.

Otro elemento que es sintomático del cambio de época son los fundamentalismos. Por fundamentalismos entendemos una “lectura al pie de la letra”. Y esto vale para los fundamentalismos económicos o religiosos, judíos, musulmanes o cristianos. El fundamentalismo es signo evidente de la necesidad de seguridad: nos aferramos a la letra, porque la realidad es inestable. Así, la letra nos da firmeza frente a un mundo que se mueve constantemente. La letra o un “líder fuerte” (sea Hitler, Castro, Bush, Juan Pablo II, o un pastor electrónico). La perdurabilidad de los fundamentalismos es signo evidente de que culturalmente no se espera que la mutación de la realidad sea pasajera; y los fundamentalismos son un buen signo del s.XX y en esto, no ha terminado. Los fundamentalismos, la obediencia ciega o debida, son signo del miedo, miedo al error, miedo a la novedad, miedo a todo. Las cosmologías que brindan muchos fundamentalismos dan seguridad, y por eso son acompañadas, a veces por multitudes. La evidente involución eclesial, y hasta lo que alguno ha llamado “el secuestro del Vaticano II” son signo evidente del temor paralizante ante el mundo que cambia, y la imposibilidad de afirmarse y alcanzar seguridad. Y, precisamente, la necesidad de seguridad (y no sólo seguridad frente a secuestros y violencia urbana) sino frente a la vida misma, es el sustento fundamental del fundamentalismo, valga la redundancia. Si a esto le añadimos el reciente temor al “fin del mundo” por la llegada del año 2.000 y las voces que hablan de “cambio de era” (por ejemplo de la era de piscis [= Cristo, el pez (?)] a la de acuario), a los motivos para temer se añaden otros.

Otro elemento muy importante es la crisis total de muchos de los paradigmas sobre los que se asienta la sociedad. El ejemplo evidente es “la familia”. ¿Qué es hoy en día la familia? La tradicional familia, grande o chica, padres e hijos (o también sumando abuelos y tíos y primos), parece totalmente disgregada y fragmentada. Un chico llama “padre” no sólo a su progenitor” (o a veces, precisamente no a él) sino al compañero de la madre, o a “sus parejas”; por no hablar de las familias “monoparentales”, o “triparentales”. El ejemplo evidente es la diferencia entre Mafalda (historieta de Quino del ‘60), su hermano y sus padres, y Matías (historieta de Sendra, del presente), con su madre ausente, y siempre en búsqueda de “compañía”. Otro ejemplo es el del “jefe de familia”, no sólo en el ya común “mujer sostén de hogar”, sino la cantidad de casos en los que “la jefa de la casa” es la nena de 12 años que cuida a sus hermanitos menores, compra, cocina, lava, limpia, decide, mientras la madre trabaja. O los menores cuidados por el vecino, la guardería, el tío travesti, o la mujer pareja de la madre. Por familia se entiende el grupo que vive, temporal o establemente en una casa, y ya no el sentido tradicional. Lo mismo puede decirse del tema de la “tierra”. Si la tierra era el lugar de relación, donde vive la familia, y a veces también lugar de producción y sustento (la Pachamama), la tierra es muchas veces el lugar de paso, o el lugar de conflicto. La toma de tierras, el espacio de lo privado, la migración y emigración, la no posesión de tierras, la degradación ecológica del suelo y las aguas, la contaminación del aire y las napas, los monocultivos y agroquímicos envenenadores, todo esto marca una nueva manera de relacionarse con la tierra. Un modo efímero de hacerlo, precisamente. Y añadamos a esto los espacios privados, donde no se tiene acceso a menos que se “pertenezca” a determinado estamento: countries, barrios privados, playas privadas. El espacio de lo público queda limitado a “lo peor”, “los leprosos”, a lo que sobra (como “sobra” la gente que ha sido “expulsada” del sistema y la vida). Otro paradigma que está en crisis es el de los “pobres”. Por “pobres” puede comprenderse una mirada casi romántica, pintoresca o tierna de una realidad, al estilo de los viejos cuentos donde el personaje era “pobre pero (sic) honrado”. Hoy algunos hablan de “excluidos”, palabra que en realidad no dice nada (quizás por eso sea preferible para ellos). No dice que hay excluidores, no dice que el mundo está programado para que una gran cantidad no existan porque sobran. Es el caso del África, donde el Sida diezma a poblaciones enteras que tienen más del 60% de gente infectada, o también las guerras creadas desde el Norte para poseer el petróleo, el coltán, los diamantes o simplemente el agua y que matan decenas de millones al año sin que nadie hable en estos casos de “destrucción masiva”, de “genocidio” o de “terrorismo”. El caso del Sida, de lo que ya casi nadie muere en nuestros días en el “Primer Mundo”, pero que es incurable y mortal en el mundo de los pobres es buen síntoma que no hay “excluidos” sin “excluidores”, no hay “sobrantes” sin que existan quienes “fijan las reglas del juego”, que determinan quiénes “están de más”. Y no dejemos de lado la crisis energética (y el petróleo): el mundo puede explotar si se sigue con este consumo, pero los poderosos no piensan reducirlo; “otros” (= “los que están de más”) deberán dejar de consumir para que “los que mandan” puedan mantener su “estilo de vida”. La crisis de los paradigmas es otro síntoma de que el cambio es muy profundo, especialmente por lo efímero de los nuevos paradigmas que se presentan. Todo aquello que daba sentido a un mundo lógico ya no existe, o no es como era, y esto es signo visible de que el cambio es de raíz y no superficial.

- - -> Fin de la primera parte.
- - -> Segunda parte publicada el 15 de septiembre de 2005

la novedad 2/2

LA CRISIS, LA NOVEDAD
EDUARDO DE LA SERNA, sacerdote
QUILMES (BUENOS AIRES, ARGENTINA)

- - -> Segunda parte. (Primera parte publicada en Eclesalia el 8 de septiembre de 2005)

ECLESALIA, 15/09/05.- Queda por tener en cuenta que el análisis de la realidad -tanto “la vieja” cuanto “la nueva”- debe considerar el problema del lenguaje. Repetimos lo dicho más arriba: ¿qué decimos cuando decimos familia? Es probable que en un diálogo, ambos interlocutores estén diciendo cosas diferentes. Otro ejemplo puede entenderse con otros términos: ¿qué decimos cuando decimos “mujer”? Para algunos, se refiere al sexo elegido, hasta el punto que un travesti puede decir que “yo soy la mujer del año en la Argentina”, cosa que otros no aceptarían. Esto se complica cuando lo ampliamos a la llamada “perspectiva de género”. ¿Al decir “mujer” decimos lo que es propio de la mujer o lo que “para una cultura” es propio de la mujer? ¿Cuánto hay de “ser” y cuánto de “construcción cultural” en las categorías que usamos (y no sólo en estas sino en tantas otras)? Otro elemento de lenguaje a tener en cuenta es el de “mayorías” y “minorías”, no sólo por la ironía cruel y real de E. Galeano de señalar que “los derechos de las mujeres están tenidos como derechos de las minorías”, sino que parece que los derechos de las 3/4 partes de la humanidad son tenidos como derechos de las minorías, con lo que entramos en un curioso uso del término “minoría” o “mayoría” (¿los que tienen la mayoría de los recursos y dinero?). Otro término a tener en cuenta es el de “discriminación”, especialmente porque en cierto uso del término “discriminar” es un delito, mientras que en otros órdenes es algo razonable y hasta bueno de hacer. “Discriminar” es distinguir, y si hay una reunión de los egresados de la camada 1980, se “discriminan” a los que no pertenecen a esa camada, lo que no es malo. Quizá sería preferible hablar de “desvalorar” o “rechazar”: si hay una reunión de curas, no se invitará a los laicos, lo que no es malo, a menos que se haga “reunión de curas porque los laicos son tenidos como inferiores”, el criterio de discriminación es el que será grave o razonable. Sin embargo, entra en el lenguaje cotidiano y debemos tenerlo en cuenta, aunque mirando con atención en qué sentido se utiliza. Otro criterio o término es el de “cultura”. ¿Qué entendemos por cultura? Si la cultura es un “sistema organizador”, y ante tantos cambios como se descubren ¿podemos hablar de cultura hoy? si por cultura entendemos un mundo de relación con el Universo (¿o ‘Pluri-verso’?), ¿podemos hablar hoy de esto? ¿Podemos seguir diciendo que algo es cultural hoy? Y veamos un ejemplo: es evidente que el “Universo” religioso es importante culturalmente en la Argentina, pero ¿organiza hoy la vida de la gente ese “Universo religioso” o es un aspecto que no modifica otros aspectos? ¿No hay un triunfo del individualismo (“mis derechos”, por ejemplo frente a los piqueteros que me molestan; “mi salvación” frente a los problemas de los demás) frente a categorías como “pueblo”, “comunidad”, etc. que eran más organizativas hace no mucho tiempo? ¿Se puede, hoy, decir que “el pueblo es...”, “el pueblo dice...”, “la gente cree...”, “la cultura del pueblo es...” como se decía hasta hace poco?

Lo dicho hasta aquí sirve para entender que la crisis parece muy profunda, y por ahora no se descubren “puntas” para empezar a desenredar el “nudo”. Y precisamente porque no se descubren puntas, y lo “organizador” parece estar regido por lo efímero, podemos suponer que hay elementos subterráneos que irán más tarde o más temprano apareciendo como hilos conductores de la época adveniente. ¿Qué debemos hacer como cristianos ante esto? Si todavía no se ven signos firmes de la cultura adveniente, ¿cómo evangelizar esa cultura, esa “nueva era” por venir?

Personalmente creo que esta novedad es de tal magnitud que mucho -muchísimo- de lo “viejo” no sirve para evangelizar “lo nuevo”. Las parábolas de los odres viejos y el vino nuevo, o el vestido viejo y el remiendo nuevo sirven (Mc 2,21-22), al menos visualmente, para entender que lo que se debe mantener es la novedad del reino, no las estructuras en las que pretendemos “encarnarlo”. La imagen del escriba que saca “lo viejo y lo nuevo” del cofre (Mt 13,52), sirve para descubrir la imprescindible sabiduría que nos permita reconocer lo necesario y descartar lo superficial, o lo que no es esencial. Por ejemplo, el Evangelio -que es lo que debemos predicar- se ha ido “encarnando” en culturas, modos de vida, “historias”, “relatos”... y es necesario saber distinguir claramente el Evangelio de sus realizaciones históricas. Un ejemplo que ya es reconocido es la helenización que el cristianismo ha vivido prácticamente desde sus orígenes. Es evidente la importancia que eso significó en muchos aspectos del lenguaje, por ejemplo el trinitario, pero también es cierto que eso significó la pérdida de muchos elementos valiosos del mundo bíblico: el poder y la debilidad, el lugar de la mujer, por ejemplo, o una mirada “fijista” de “la naturaleza”. También eso supuso la “encarnación eclesial” en un modelo organizativo monárquico -e imperial- cuando podría encarnarse en una perspectiva mucho más “trinitaria”. Saber ir a las raíces del Evangelio (de allí la importancia de las ciencias bíblicas, y quizá también de allí el intento de muchos de que estas ciencias sean dejadas de lado o ignoradas) parece fundamental. La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4,27), y otras semillas vegetales como las del grano de mostaza o la de la levadura (Lc 13,18-21) permiten saber que el reino tiene una dinámica que parece lo fundamental que no debe dejarse de lado. Confundir lo accesorio con lo fundamental (el reino) puede significar sembrar cosas puramente circunstanciales en el mundo adveniente, o lo que es peor: cosas efímeras. No será un neo-fundamentalismo católico, una eclesiolatría temerosa, sino la confianza en la fuerza del reino la que me parece central para la siembra de brotes firmes en la nueva cultura que vendrá. Y cuanto más afianzados en Dios, y no en lo accidental sea, más probabilidad de que sean hilos de Ariadna y no retazos de un pasado glorioso que no volverá.

Ahora bien, si el mundo “ya no es lo que era”, si la sociedad parece impermeable a la predicación de la Iglesia, si algo nuevo se está preparando para surgir. ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo debe ser nuestra misión evangelizadora? La sensación que provocan algunas actitudes eclesiásticas es la de encerrarse en una suerte de castillo a la espera que pase el chubasco, o -si se quiere una imagen más contemporánea- atrincherarse en “Kamchatka, el lugar de la resistencia”. Sin embargo, esa actitud, que puede ser muy necesaria en algunos momentos o lugares, ¿es la actitud conveniente en nuestro momento? Cuando pase el chubasco, ¿encontraremos los mismos valores inmutables? ¿habrá el mismo aire? ¿o al salir del refugio -como en ciertas películas de ficción, o en el recordado Eternauta, el aire estará viciado, el ambiente contaminado y el mundo será invivible para “los puros”? Personalmente creo que esa actitud es una actitud marcada por el temor, aferrada a la seguridad que da “lo que siempre hemos hecho” y se aproxima a una actitud sectaria. Personalmente creo, además, que hay un problema muy serio escondido en esta actitud, un problema teológico. Para los católico-romanos la Escritura y la Tradición son los dos pies en los que se asienta y con los que se camina en la fe. Y de ninguna manera discuto esto. Pero sí es evidente que se corre el riesgo de confundir el Evangelio con algunas de sus encarnaciones históricas, o la Tradición con algunas tradiciones concretas.

Una de las características de lo que llamamos “idolatría” en Israel es el intento muy frecuente del Pueblo de Dios de manipular a Yahvé, o de buscar seguridad, poner la confianza en algunas instituciones, muy sagradas, pero que no son Dios. Con frecuencia los profetas critican “el día de Yahvé” (Am 5,18), “el Templo” (Jer 7,10), “el éxodo” (Am 9,7), “el culto” (Is 1,10-17; 58,1-12), “la ciudad de Dios” (Miq 4,10), no porque estos sean malos, sino porque el Pueblo ha puesto allí su confianza, le ha dicho “tú, mi seguridad” (Job 31,24); la frase “búsquenme a mí y vivirán” (Am 5,4) es característica de la respuesta de Dios a esta actitud. Confundir a Dios con sus manifestaciones, por más buenas que estas sean, es un riesgo frecuente. Y no parece que algunas actitudes contemporáneas que parecen nacidas del temor, o de la búsqueda de seguridad sean muy diferentes a las antiguas. Las constantes de miedo, de denuncias por heterodoxia, las sanciones a teólogos y quienes quieren encontrar caminos conscientes que “por aquí ya no hay camino”, recordando a Juan de la Cruz (Avisos, Monte de Perfección), las lluvias de excomuniones, y las trincheras en la moral, los cierres sistemáticos de ventanas, parecen más nacidos del temor que de la audacia evangélica y la libertad del Espíritu, y así estamos muy cerca de la idolatría. Confundir a Dios, o su reino, con la Iglesia, confundir el culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) con el modo litúrgico romano de celebrar, confundir la vida según el espíritu con el Código de Derecho Canónico y el Evangelio con el Catecismo de la Iglesia Católica es cuanto menos un gravísimo error, por no decir una herejía. Y que quede claro -porque podría entenderse así- que no hablamos de un espíritu “desencarnado”, si así puede decirse. El espíritu sopla donde quiere (Jn 3,8; y por eso tantos tratan de extinguirlo -1 Tes 5,19- o “envasarlo”), pero eso no significa “cualquier cosa”. Pablo de Tarso establece criterios a los carismas, precisamente porque en nombre de ellos muchos creen poder actuar según su propio entender: la paz, la edificación de la comunidad son algunos de los criterios que él propone en la asamblea (ekklesía) reunida (1 Cor 14,5.33). Pero también afirma claramente que sólo los “espirituales” pueden reconocer y discernir el soplo del espíritu (1 Cor 14,29). Creo, personalmente, que acá es donde cobra toda su fuerza la magistral palabra del gran K. Rahner: “en el tercer milenio, la Iglesia será mística o no será”. El místico es el que “deja a Dios ser Dios”, el que no confunde a Dios con sus manifestaciones parciales o históricas, el que no se encandila con candiles sino que se atreve a mirar “cara a cara” al sol. Creo, en suma, que sólo los místicos sembrarán hoy semillas firmes y duraderas para el mundo que se aproxima. Las demás estructuras, por más amuralladas que estén, no parece que puedan resistir la novedad. Y acá es donde creo que la era que termina y la que está por venir se asemeja a la caída del imperio romano (y no me refiero, aunque no lo excluyo, a la caída del gigante del Norte, sino a toda una cosmovisión. Acá habrá que pensar, además -y lo místico cobraría nueva importancia- en el surgimiento cada vez más vigoroso de países como la India y especialmente China). El enorme temor de muchos estamentos vaticanos al diálogo interreligioso, y al pluralismo religioso, parece mostrar, particularmente, la incapacidad para descubrir la novedad y el temor paralizante frente a lo desconocido (= Asia).

Creo, en suma, que el testimonio de una Iglesia mística, que la vuelta a las fuentes del Evangelio, que la vida del amor (que no se identifica con la vida según el Código de Derecho Canónico, donde el término “amor” sólo se encuentra siete veces, mientras que “deber” tiene más de 830 apariciones), que saber ir al núcleo de la predicación: el reino, que evitar confundir la Palabra de Dios con algunas de sus consecuencias reales o aparentes, que evitar confundir “evangelizar” con transmitir una cultura, o -recurriendo a imágenes paulinas- sabiendo cómo construye un buen arquitecto y qué cimientos pone (1 Cor 3,10-13), así seremos fieles a nuestro ser cristiano y al hombre (varón-mujer) de nuestro tiempo y del tiempo que vendrá. Creo que si seguimos “como si nada hubiera pasado” un día nos despertaremos encontrando que las paredes se han caído, el techo se ha desmoronado, y sólo quedarán desparramadas por el piso algunas viejas imágenes religiosas ajadas, como recuerdos del pasado. Pero si con audacia evangélica e intrepidez paulina buscamos ir a lo más hondo para que los cimientos sean sólidos y firmes, estaremos un buen tiempo a la intemperie, pero prepararemos “a los que vendrán” un hogar donde podrán compartir la vida con sus hermanos.