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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

la novedad 1/2

la novedad 1/2 LA CRISIS, LA NOVEDAD
EDUARDO DE LA SERNA, sacerdote
QUILMES (BUENOS AIRES, ARGENTINA)

ECLESALIA, 08/09/05.- Decir que el tiempo en el que nos encontramos es un tiempo de crisis no es decir nada original. Pero ¿qué tan honda es la crisis en la que estamos inmersos? ¿Hasta dónde llega? ¿Es una crisis de circunstancia? ¿Es una crisis breve? ¿es una crisis de un simple paso de un paradigma a otro? ¿O es una crisis grave y profunda? Quisiera es estos párrafos aportar al análisis de nuestro tiempo, para ayudar a descubrir la realidad de esta crisis, y dónde y cómo posicionarnos en ella como cristianos. En realidad, esto merecería un análisis interdisciplinar, con más detalles, más aportes, y cuestionamiento de los datos aportados. Pero con sólo lograr que sirva para empezar la reflexión y el análisis, estas páginas habrán logrado su objetivo.

Durante mucho tiempo, la Iglesia se enfrentó -con su autoridad y poder- con la modernidad, calificando de “modernistas” a quienes sostenían determinadas posiciones que eran consideradas incompatibles con la recta-fe (ortodoxia). Sin embargo, muchas de esas posiciones fueron ganado espacios: la importancia del psicoanálisis, por ejemplo, la urgencia de la “sospecha” en muchos terrenos, la necesidad de la “razón” (ahora des-divinizada), y la aceptación de la independencia del pensamiento sobre los dogmas, la urgencia del diálogo, y el encuentro fructífero entre el pensamiento teológico y bíblico con las ciencias... Valgan estos ejemplos como signo de un encuentro que ya no fue conflictivo, en términos de triunfo o derrota, sino de diálogo y reconocimiento. Este encuentro, que comenzó con casos y personas aisladas a fines del s. XIX y fue adquiriendo carta de ciudadanía en el siglo XX, cristalizó en el acontecimiento eclesial fundamental, que fue el Concilio Vaticano II. La expresión de “abrir las ventanas” para encontrarse y dialogar con la modernidad fue simbólicamente el signo de la libertad y la pérdida del temor.

Pero la ciencia siguió avanzando, y a una velocidad increíble. Basta pensar en la cantidad importante de cosas que hoy forman parte de la vida cotidiana de muchos y no existían hace 10 años. Este avance vertiginoso llenó de temor a tantos que vuelven a ver “la modernidad” como un enemigo, especialmente en campos limítrofes: la biología, la bioética, la ecología, o la aceptación o rechazo de nuevas categorías: ‘diversidad’, ‘elección’, y otros elementos que -aplicados a temas sexuales, por ejemplo- escandalizan a varios.

En realidad podríamos decir que el Concilio Vaticano II “llegó tarde” ya que se dispuso a dialogar con la modernidad cuando en los hechos “la modernidad ya había muerto”. Algunos dirán -no sin cierta razón- que una gerontocracia, como es la Iglesia, suele llegar tarde siempre. Basta leer libros de humanistas de mitad del siglo XX y ver que lo que se ha dado en llamar la “posmodernidad” ya “estaba allí”, como puede verse, por ejemplo en “el Miedo a la libertad” (de E. Fromm).

Precisamente porque muchos entendieron la modernidad como aquello “fijado” con lo que el Concilio quiso dialogar, es que renacen ahora nuevos miedos y cerrazones (para muchos de estos temerosos, el Concilio fue un punto de llegada, más que un punto de partida). Esa “modernidad buena” ha muerto, la “nueva” es terrible, parece decirse, “no es como aquella”, con la que se podía dialogar; con esta no, afirman los que de hecho tampoco dialogaron con aquella y encuentran ahora una nueva excusa para encerrarse en castillos de cristal y entre paredes de marfil. No parece necesario “diagnosticar” un terrible y paralizante temor en muchos estamentos eclesiásticos frente a toda la novedad, esta parece bastante evidente. Especialmente paralizante porque se ve que ya la voz eclesial no es escuchada, y entonces no se puede impedir que sigan las investigaciones, que los discursos sigan idénticos y que la voz de los que algunos llaman ‘geronto-jerarcas’ sea una simple pieza de museo (reconozcamos que así suelen presentarla muchos MCS), algo que se espera que “ellos digan” y que en realidad no modificará nada de lo que los demás hagan o dejen de hacer.

Pero veamos algunos síntomas que nos permiten analizar la realidad y la crisis a fin de poder descubrir su seriedad. Uno es lo que se ha llamado la “posmodernidad”. La larga era de la modernidad parece haber terminado, y dado espacio a otra “era”. No es el lugar de analizar esta “post” modernidad ya que el nombre no señala más que un antes y un después. Se habla de pensamiento débil, de centralidad de los sentimientos, de muerte de las ideas, de los mega-relatos y las utopías, de crisis del sentido, de relativismo de la verdad, de fragmentación, etc. Muchos cuestionan a algunos de estos divulgadores, como Vattimo y prefieren remitir a Heidegger y a Nietzche. No es lugar de entrar en este debate, pero lo cierto es que hay toda una larga etapa, la modernidad, que se considera terminada. Y algo, que quizá todavía no pueda definirse, está comenzando. La caída del muro puede ser un buen “símbolo” del derrumbe de este tiempo (no tanto filosóficamente, ya que el marxismo parece nacer como sospecha frente a la modernidad económica de la sociedad industrial, sino en cuanto muerte de ideas sólidas y el aparente triunfo del pragmatismo económico, que llega a afirmar que nos encontramos ante el fin de la historia). Otro elemento a tener en cuenta con la “posmodernidad” es que se considera que algo “definitivamente” ha llegado a su fin: la modernidad; y si puede sostenerse que la modernidad fue anticipada “proféticamente” por los artistas del renacimiento que pasaron de centrar la mirada en Dios para mirar el hombre, también hay que reconocer que los artistas del s.XX mostraron pictórica, escultórica y musicalmente la fragmentación, el subjetivismo, lo efímero (“si el filósofo no nombra al ser, el poeta lo canta” afirmó Heidegger). Las “esculturas” en hielo o arena revelan claramente la centralidad de lo efímero en este tiempo. ¿No llama Nietzche a los hombres “los efímeros”? La posmodernidad, sea esta lo que fuere, revela claramente que una larga era ha concluido, y con ella todo un modo de entender, de vivir, de festejar, de interpretar la realidad y de vivirla.

Creo que la posmodernidad será efímera, pero con ella algo que no lo parecía habrá muerto. Y algo nuevo comenzará, y está comenzando.

Otro elemento a tener en cuenta es la evidente crisis de las instituciones. Se ve en los más distintos órdenes y aspectos: la crisis de varias Casas Reales, como la inglesa, es un síntoma de una sociedad casi inmutable que se ve tambaleando frente a la realidad (amén de la presencia de personajes que no están a la altura de las circunstancias y acentúan la crisis agravándola). La misma institución de la Democracia, gran conquista de la modernidad, es cuestionada por personajes y actitudes: sea con comicios fraudulentos en los países adalides de la democracia, o personajes casi chaplinescos o mediocres al frente de países del así llamado “Primer Mundo”, por no mirar la flagrante violación de la democracia en la Guerra de Irak, la violación de los Derechos Humanos en Guantánamo, la ignorancia de los estamentos como las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad y la Corte Penal Internacional. La crisis de la Justicia al reclamar inmunidad para las fuerzas del imperio, y la omnipresencia de lo que el gran Pablo VI llamó “el imperialismo internacional del dinero”. Ciertamente, dentro de estas instituciones en crisis no hemos de olvidar la Iglesia. Podrá reconocerse a tal o cual personaje eclesial toda la autoridad y credibilidad que se quiera, pero nada o casi nada de lo que ellos mismos digan tendrá incidencia en el presente. Juan Pablo II podrá haber sido casi el único líder internacional en oponerse claramente a la guerra de Irak, pero de nada sirvió para impedirla. A modo simbólico, recuerdo que el provincial franciscano de Asís me contaba que había ido a Suecia con intenciones de abrir, quizás, allí una casa religiosa. Cuando iba por la calle un joven le pidió permiso para sacarle una foto con su hábito franciscano: “es que siempre me interesaron los uniformes antiguos”, le dijo. Es interesante que muchas cosas que dice “la Iglesia” (al menos así lo presentan, generalmente de modo erróneo, los MCS) pueden salir en la Primera Plana de los periódicos u ocupar importante espacio en las radios y televisión, pero eso no modifica en nada la vida de la gente. La Iglesia deberá acostumbrarse, y probablemente por mucho tiempo (y por ‘mucho’ entiendo quizá siglos) a reconocer que ya no juega “de local”, sino que es “visitante”, que no tiene público a favor y que seguramente mucho de lo que diga no será tenido en cuenta, o será sólo escuchado porque “eso es lo que se espera que los curas digan”. Otro ejemplo simbólico de esto es la lucha actual por incorporar o no la mención al “cristianismo” en el Preámbulo de la Constitución europea; que haya una enorme cantidad de juristas que han elegido ignorar el período cristiano y saltar de la era greco-romana a la Ilustración evidentemente es para tener en cuenta.

Otro elemento que es sintomático del cambio de época son los fundamentalismos. Por fundamentalismos entendemos una “lectura al pie de la letra”. Y esto vale para los fundamentalismos económicos o religiosos, judíos, musulmanes o cristianos. El fundamentalismo es signo evidente de la necesidad de seguridad: nos aferramos a la letra, porque la realidad es inestable. Así, la letra nos da firmeza frente a un mundo que se mueve constantemente. La letra o un “líder fuerte” (sea Hitler, Castro, Bush, Juan Pablo II, o un pastor electrónico). La perdurabilidad de los fundamentalismos es signo evidente de que culturalmente no se espera que la mutación de la realidad sea pasajera; y los fundamentalismos son un buen signo del s.XX y en esto, no ha terminado. Los fundamentalismos, la obediencia ciega o debida, son signo del miedo, miedo al error, miedo a la novedad, miedo a todo. Las cosmologías que brindan muchos fundamentalismos dan seguridad, y por eso son acompañadas, a veces por multitudes. La evidente involución eclesial, y hasta lo que alguno ha llamado “el secuestro del Vaticano II” son signo evidente del temor paralizante ante el mundo que cambia, y la imposibilidad de afirmarse y alcanzar seguridad. Y, precisamente, la necesidad de seguridad (y no sólo seguridad frente a secuestros y violencia urbana) sino frente a la vida misma, es el sustento fundamental del fundamentalismo, valga la redundancia. Si a esto le añadimos el reciente temor al “fin del mundo” por la llegada del año 2.000 y las voces que hablan de “cambio de era” (por ejemplo de la era de piscis [= Cristo, el pez (?)] a la de acuario), a los motivos para temer se añaden otros.

Otro elemento muy importante es la crisis total de muchos de los paradigmas sobre los que se asienta la sociedad. El ejemplo evidente es “la familia”. ¿Qué es hoy en día la familia? La tradicional familia, grande o chica, padres e hijos (o también sumando abuelos y tíos y primos), parece totalmente disgregada y fragmentada. Un chico llama “padre” no sólo a su progenitor” (o a veces, precisamente no a él) sino al compañero de la madre, o a “sus parejas”; por no hablar de las familias “monoparentales”, o “triparentales”. El ejemplo evidente es la diferencia entre Mafalda (historieta de Quino del ‘60), su hermano y sus padres, y Matías (historieta de Sendra, del presente), con su madre ausente, y siempre en búsqueda de “compañía”. Otro ejemplo es el del “jefe de familia”, no sólo en el ya común “mujer sostén de hogar”, sino la cantidad de casos en los que “la jefa de la casa” es la nena de 12 años que cuida a sus hermanitos menores, compra, cocina, lava, limpia, decide, mientras la madre trabaja. O los menores cuidados por el vecino, la guardería, el tío travesti, o la mujer pareja de la madre. Por familia se entiende el grupo que vive, temporal o establemente en una casa, y ya no el sentido tradicional. Lo mismo puede decirse del tema de la “tierra”. Si la tierra era el lugar de relación, donde vive la familia, y a veces también lugar de producción y sustento (la Pachamama), la tierra es muchas veces el lugar de paso, o el lugar de conflicto. La toma de tierras, el espacio de lo privado, la migración y emigración, la no posesión de tierras, la degradación ecológica del suelo y las aguas, la contaminación del aire y las napas, los monocultivos y agroquímicos envenenadores, todo esto marca una nueva manera de relacionarse con la tierra. Un modo efímero de hacerlo, precisamente. Y añadamos a esto los espacios privados, donde no se tiene acceso a menos que se “pertenezca” a determinado estamento: countries, barrios privados, playas privadas. El espacio de lo público queda limitado a “lo peor”, “los leprosos”, a lo que sobra (como “sobra” la gente que ha sido “expulsada” del sistema y la vida). Otro paradigma que está en crisis es el de los “pobres”. Por “pobres” puede comprenderse una mirada casi romántica, pintoresca o tierna de una realidad, al estilo de los viejos cuentos donde el personaje era “pobre pero (sic) honrado”. Hoy algunos hablan de “excluidos”, palabra que en realidad no dice nada (quizás por eso sea preferible para ellos). No dice que hay excluidores, no dice que el mundo está programado para que una gran cantidad no existan porque sobran. Es el caso del África, donde el Sida diezma a poblaciones enteras que tienen más del 60% de gente infectada, o también las guerras creadas desde el Norte para poseer el petróleo, el coltán, los diamantes o simplemente el agua y que matan decenas de millones al año sin que nadie hable en estos casos de “destrucción masiva”, de “genocidio” o de “terrorismo”. El caso del Sida, de lo que ya casi nadie muere en nuestros días en el “Primer Mundo”, pero que es incurable y mortal en el mundo de los pobres es buen síntoma que no hay “excluidos” sin “excluidores”, no hay “sobrantes” sin que existan quienes “fijan las reglas del juego”, que determinan quiénes “están de más”. Y no dejemos de lado la crisis energética (y el petróleo): el mundo puede explotar si se sigue con este consumo, pero los poderosos no piensan reducirlo; “otros” (= “los que están de más”) deberán dejar de consumir para que “los que mandan” puedan mantener su “estilo de vida”. La crisis de los paradigmas es otro síntoma de que el cambio es muy profundo, especialmente por lo efímero de los nuevos paradigmas que se presentan. Todo aquello que daba sentido a un mundo lógico ya no existe, o no es como era, y esto es signo visible de que el cambio es de raíz y no superficial.

- - -> Fin de la primera parte.
- - -> Segunda parte publicada el 15 de septiembre de 2005
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