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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

globalización y fe

EL MEOLLO DE LA GLOBALIZACIÓN Y LA FE
El reto neoliberal y sus efectos religiosos
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz
VITORIA.

ECLESALIA, 04/11/05.- Quisiera ofrecer un análisis en torno al fenómeno que llamamos la globalización y ver cómo este cambio general y estructural condiciona la vida de tantas personas y pueblos y, por tanto, su fe. El estilo que adoptaré será de divulgación media y, el propósito, más descriptivo que valorativo.

1. Comprender y explicar el proceso de globalización en la sociedad actual: Comencemos explicando el concepto “globalización” y cómo el neoliberalismo lo convierte en una ideología sobre la historia y el progreso; más aún, en una falsificación “religiosa”, en una “idolatría” con sus dioses, sus dogmas y sus víctimas.

La globalización es, a primera vista, un proceso social por el que mundo se convierte en una ALDEA pequeña y única, debido a dos factores fundamentales: las nuevas tecnologías, aplicadas a la comunicación de datos y a la producción de cosas; y la libre competencia de unos “mercados” cada día más extendidos y únicos. Sumados ambos elementos, y otros de importancia subordinada, el viejo mundo, grande y distante, se hace, poco a poco, pequeño y único. Una ALDEA pequeña de las ideas, de los bienes, de las personas, de los números y, si posible fuera, del dominio político y militar.Pero esto mismo, de inmediato, hay que condicionarlo al hecho de que es un proceso muy desigual. Los mercados son únicos y libres, en mayor o menor medida, según se trate de dinero, cosas o personas. En realidad, más que una Aldea, el mundo es un gran barco de ricos, en medio de un mar de barquillas y náufragos. En otro sentido, por lo especulativo del mismo, el mundo es un casino.

1.1. Pero, ¿cómo explicar a fondo esa globalización economicista de nuestras sociedades? Una tesis sobre el actual capitalismo para pensar nuestra realidad.

Se dice que la causa de las causas de este mundo globalizado es la revolución tecnológica y “los mercados”. Pero no deberíamos olvidarnos de la pregunta de si esa innovación tecnológica y esa apertura de los mercados obedecen a alguna intención de fondo en sus gestores. Es decir, quiénes las dirigen y a dónde; cuáles son las fuerzas sociales y económicas más influyentes en ellas. Hablamos de influir y condicionar, no de determinar. Y ¿qué nos sale? Un capitalismo que en los años 70 y 90, dirigido por las élites económicas, políticas y culturales, se reorganiza en los países centrales para recuperar su tasa de beneficio en declive. En declive como consecuencia de haber basado anteriormente la productividad en dos factores: mano de obra abundante y energía barata. Encarecidos ambos factores durante los años 50 y 60, el capitalismo se recompone en los países centrales para abaratarlos. ¿Cómo? Inventando modos de producir “lo mismo” en procesos ahorradores de mano de obra y energía (nuevas tecnologías), ganando mercados lejanos (todo el mundo es un mercado) y ofreciendo productos nuevos para consumidores nuevos. ¿Quiénes? Gentes que buscan diseño, innovación y distinción en cualquier lugar del mundo. Es la globalización desigual, economicista y para pocos, los que tienen capacidad de consumir. El que no puede consumir, no existe. El que puede consumir, existe, y hay que buscarlo allí donde esté. Interesa, sobre todo, el consumidor del “lujo”.

1.2. Algunos efectos muy característicos de esta globalización, en el Norte y en el Sur. Al fondo, la descohesión o fragmentación social, y el vacío de sentido.

El último efecto de esta globalización economicista y para pocos, pues el problema es quién gestiona la globalización y, por eso hablamos, de esta globalización para pocos, el último efecto, decíamos, es la profunda descohesión social que provoca. La gente del pueblo, en la mayoría de los sitios, se ve más insegura y desconfía de la organización social capitalista y sus instituciones. Entre nosotros, pueblos del Norte, vemos debilitarse la presencia del Estado de Bienestar; tememos perder derechos sociales y servicios; la democracia nos parece muy formal. El mismo Estado nos parece pequeño ante muchos problemas y demasiado grande ante otros. En economía, vemos que “los mercados” justifican la pérdida de derechos laborales y que las empresas se marchan a otros sitios o nos amenazan con hacerlo... En cuanto a las instituciones sociales, pierden prestigio los sindicatos, las universidades, la prensa, las iglesias... En cuanto a la cultura, entra en crisis el concepto de progreso y hasta los derechos humanos se interpretan a partir de nuestros intereses y ciudadanía... En fin, muchas claves de la globalización neoliberal que nos hacen sentirnos más a la intemperie. El capitalismo global muere de éxito al quebrar los lazos de cohesión social que lo venían haciendo posible en nuestros pueblos (del Norte).

A este efecto descohesionador, y al miedo social que introduce, añadamos otros efectos muy visibles en el Norte y en el Sur. En el Norte, lo que llamamos ruptura de la sociedad en dos sociedades, la de los integrados en el sistema y la de los vulnerables, amenazados y excluidos. Dos sociedades que se relacionan casi como las ampollas de un reloj de arena. Una distancia insalvable. Añadido a esto, un modo de ver la democracia por mucha gente como sistema al servicio de sus objetivos productivos: “hay que descargarla –dicen los ricos- de su sobrecarga social”; además, se extiende por doquier la idea de cierta inevitabilidad de los procesos sociales y hasta de inculpación de las víctimas; por fin, la tendencia al localismo tribal exacerbado, para defendernos de “los otros y distintos”, y el gusto por un ecologismo de corto alcance, que no cuestione el desarrollismo, cierran una lista de consecuencias peligrosísimas de esta gestión neoliberal de la globalización.Y en el Sur, el desplazamiento de pueblos enteros a la exclusión y el olvido, pueblos sobrantes que no interesan ni para ser explotados. Si no tienen dinero, ni riquezas, ni agua, ni petróleo, ni están situados en un lugar estratégico, para qué interesarán. Su consecuencia, la violencia en todas sus formas, hacia dentro y, ahora vemos, hacia fuera; la emigración, los planes de ajuste severísimos, la pérdida general de todas las formas tradicionales de vida, etc.

Pero, ¿no tiene efectos positivos la globalización? Sí, tiene algunos y podría tener muchos más, pero es cuestión de quién los gestiona o controla. La cuestión es, ante todo, el control democrático de la globalización. Una globalización para todos, frente al control neoliberal de esta globalización para pocos, presentada bajo el supuesto de que son “los mercados de libre competencia” los que la rigen y esto por respeto a las leyes naturales de la historia. Una ideología.

2. Especial atención a la clave cultural o ideológica de la globalización (neoliberal) y su incidencia en el arraigo cultural del cristianismo:

2.1. Algunos efectos culturales de esta globalización. Son muchos los citados y debatidos. Algunos efectos vienen de lejos, con la modernidad sin más.

Hay dos que destacan como “hijos” predilectos del neoliberalismo. El primero, esta globalización presentada como teoría social de “lo que puede y tiene que ser, porque es inevitable”, de “lo moderno, científico, lógico, eficaz e, históricamente, justo para todos”, de “lo que te hace contemporáneo frente a posiciones trasnochadas”, de lo que “te da acceso al secreto de las cosas en su ley interna”. En suma, como una ideología. El segundo es la exculpación de los pueblos y sectores sociales mejor situados en la globalización. La teoría de la dependencia entre pobreza y riqueza queda olvidada y sustituida por la de la inevitabilidad del proceso social y la inculpación final de “los pobres”.

Y ¿cómo reacciona de hecho la gente? La cuestión es compleja, según cada caso en el Norte y en el Sur. Por lo general tendemos a decir que, entre nosotros, la mayoría de la gente se acomoda a la tesis de la inevitabilidad: Si el mundo tiene que ser así, habrá que aceptarlo. ¡Qué le vamos a hacer! Siempre pagamos los mismos.

Pero no todo el mundo está de acuerdo en esta inevitabilidad, ni se deja “uniformar” por ella. Pensemos en nuestra experiencia. Hay otras reacciones, sean de huida y desconcierto, de no querer saber (“yo no sé, yo no puedo, yo no soy culpable”), sean de crítica desorientada y de acciones aberrantes (autoritarismo y represión, fanatismo, integrismo, fundamentalismo, racismo, violencia, nacionalismo excluyente, etc) o de crítica mucho mejor enfocada (ciudadanos comprometidos y críticos en el Norte y en el Sur, por la democratización y un modelo social más justo para todos). Volveremos sobre el tema al hablar del compromiso liberador de los cristianos.

2.2. En ese horizonte, los efectos culturales de la globalización afectan a las raíces mismas de la evangelización.

A) Para el Evangelio es vital el crecimiento histórico del Reino de Dios, en todos los planos de la realidad, personales y sociales, espirituales y materiales. Sin embargo esta teoría social neoliberal concluye que toda utopía social, por limitada y contenida que sea, es ensoñación y quimera. Las cosas son como son. Podemos mejorar el funcionamiento de los mercados, pero obedeciendo sus leyes de “libre competencia mundial”. Intervenir para mejorar la suerte de los pobres, es falsear el proceso y, enseguida, empobrecernos todos. La gestión neoliberal de la globalización es el único camino de la libertad posible.

Sólo sobrevive, así, la más antiutópica de las ideas: esta globalización para pocos es inevitable y, en lo históricamente posible, la mejor. Ella es la consecuencia “natural” del respeto a “los mercados de libre competencia”. Pobreza y riqueza no tienen relación de causa a efecto, sino que son procesos, fundamentalmente, distintos. La teoría social neoliberal exculpa a los ricos ante la pobreza de las personas y los pueblos. Simplemente, están ahí. Es la vida y son sus reglas de mercado libre quienes corregirán las injusticias en lo posible.

La teoría social neoliberal, añado por mi parte, legítima como opinión pero intrínsecamente discutible, se convierte así en ideología de una verdad indiscutible. De la “ciencia” hemos pasado, sin advertirlo, a la “metafísica” de la sociedad y evolución. Insistamos: se puede ser neoliberal a la hora de argumentar, es una posición política legítima, aunque yo no la acepte; pero lo brutal es decir que esa posición política es, además, la única realista por científica. Esto es una barbaridad ideológica. Ninguna teoría social alcanza este grado de certeza. Todas tienen que ser científicas y éticas, es decir, responder a los datos y, además, a la pregunta por los más pobres y las víctimas.

B) Otra razón. Habiendo acogido buena parte del público neoliberal, me refiero a los neoliberales de mentalidad moderna o “abierta”, el descreimiento y hasta nihilismo o, en otro lenguaje, el vaciamiento ético y ontológico, que ha caracterizado a la modernidad occidental en los últimos tiempos, la evangelización en clave liberadora lo tiene muy difícil.

C) Y otra más. Habiendo rechazado el neoliberalismo conservador ese vaciamiento ético y ontológico de la realidad, y habiendo reclamado el valor incuestionable de la religión, la vuelta de una religiosidad “intimista” lo tiene mucho más fácil que no la religión de Jesús y sus bienaventuranzas. Inspirar la evangelización en el mesianismo liberador de Jesús, en sus opciones samaritanas, no puede interesar a una ideología política que proclama la primacía científica de “los mercados”, con sus consecuencias en desigualdad y explotación.

2.3. Profundicemos un poco más en el “debate” sobre los efectos culturales que acompañan a esta globalización y veamos cómo interpela a la evangelización.

Los teóricos sociales hablan de “relación de interdependencia” entre la cultura y las estructuras socio-económicas, y apelan para explicarla a tres versiones muy significativas para uno u otro modelo de evangelización: la versión neoliberal conservadora; la versión neoliberal moderna; la versión crítico-utópica.

Otras tantas versiones del arraigo cultural del cristianismo. La versión neoconservadora y su concreción como “nueva cristiandad”: un lugar para la fe y la moral religiosa, al servicio de la identificación de los ciudadanos con el sistema neoliberal globalizado. La versión liberal moderna y su concreción como “modernización del cristianismo”, es decir, aprender a vivir la fe y su moral como mundo privado y autónomo, lejos de la vida pública. La versión crítico-utópica y su concreción como cristianismo samaritano y liberador: traer al movimiento cívico alternativo la tradición cristiana liberadora, y hacerlo sin complejos, tanto hacia los otros cristianos como hacia los otros movimientos alternativos (discernimiento dialéctico).

3. La aportación de unos “compromisos liberadores” al arraigo “cultural y político” del cristianismo (“al arraigo evangelizador del cristianismo”, arraigo liberador). Tentaciones, coherencia interna y aspiraciones.

- Hablamos de una aportación al arraigo “cultural y “político” del cristianismo, lo cual no es todo el problema del “arraigo”, pues éste tiene dimensiones personales e interpersonales, ¡y no sólo sociales!, irrenunciables. No separaremos, pero sí diferenciamos.

- Aclaremos antes lo siguiente: Estado, sociedad civil e Iglesia. Sólo quiero decir esto: Laicidad no es lo contrario de creencia o fe, sino lo previo. La laicidad es lo común a todos los ciudadanos en una democracia, es decir, la afirmación de la dignidad y los derechos humanos, de su la libertad e igualdad. Después, la laicidad toma la forma privada y pública de creencia para unos (los creyentes), o no, (los no creyentes). La laicidad, en suma, no compite con la religión, sino que la precede y la estima como un valor social más, en un Estado aconfesional o laico. No es la ideología “oficial” del Estado.

El laicismo, por el contrario, sí compite con la religión; el laicismo es contrario a la fe, la considera perniciosa para la convivencia y no admite su aprecio público por la sociedad. La religión es un asunto de conciencia y de expresión privada. El laicismo, por tanto, es la ideología oficial del Estado, su confesionalismo particular. Su contrario es el confesionalismo religioso militante, el que postula una fe oficial de la ciudad declarada desde el poder político.

El Estado es la organización política de una sociedad. Está a su servicio, como poder organizado y democrático. La sociedad civil es todo el conjunto de personas, asociaciones e instituciones de una sociedad que no son Estado.

La Iglesia forma parte de la sociedad civil. Las iglesias son instituciones de la sociedad civil, con los mismos deberes y derechos que todas las demás[1]. La Iglesia, si cumple la ley, tiene ante el Estado iguales derechos a los de otras iniciativas sociales. Sólo la parte religiosa de las Iglesias, es decir, su credo, liturgia y sacramentos, escapan a la sociedad civil, y por ende, tampoco cabe esperar apoyo del Estado. Esa parte es responsabilidad de los “fieles” (los socios) de cada Iglesia. En lo demás, las iglesias postulan en la sociedad unos planteamientos morales, educativos o asistenciales, y como tal tienen los mismos derechos de otras iniciativas y los mismos deberes, en el libre juego de la democracia laica. Dicho de otro modo, la democracia no hace bueno lo malo, moralmente hablando, pero es el único cauce para concretar las leyes y, en su caso, corregirlas. Si algo es inaceptable, cabe la objeción de conciencia. Habría que ver cada caso.

- En cuanto a ese arraigo cultural y “político”, comprendemos esa globalización para pocos; y apoyamos un movimiento cívico general, en nuestras sociedades y en las sociedades del Sur, con este recorrido: 1) trabajamos por una globalización para todos, en símbolos y valores (concienciación-educación); 2) en acciones, campañas y redes; 3) en un movimiento civil alternativo, que aspira a convencer a la mayoría de la sociedad civil y a que ésta se exprese por otro pacto político en nuestras democracias y, por qué no, en las sociedades del Sur. La democratización de éstas ha de ser algo definitivo, frente a sus élites corruptas. El último destino por tanto es “político” y no sólo, “cívico”.

¿Quiénes? Impulsamos ese movimiento cívico como solidaridad ética y política de “los pobres de todos los lugares”, primero, entre ellos y, a la vez, con los más concienciados de nuestras sociedades y los más sensibles ante las necesidades de democratización y ante la insostenibilidad desarrollista del sistema. Es el “movimiento civil”, en todas sus expresiones “cívicas y políticas”, empeñado “por una alternativa histórica para todos”. También esto, los actores, hay que discernirlo, moral y políticamente, para hablar de cada uno, caso por caso. La cuestión de la primacía real de los pobres, la cuestión de la democratización mínima del Sur y la cuestión de la no-violencia activa han de ser muy importantes.

¿Cómo? Activamos ya proyectos de educación liberadora, sobre todo en el Sur, y, a la vez, proyectos de desarrollo concretos, justos, eficaces, posibles, austeros, suficientes y sostenibles. Ambos compromisos los desarrollamos en el Norte y en el Sur.

Estos proyectos han de suponer, además, el rechazo de la mayoría de las acciones de la OMC, el FMI y el BM, pues la cuestión primera no es dar dinero sino cambiar las estructuras comerciales y financieras del mundo neoliberalmente gestionado. Su complemento natural, el rechazo inequívoco de las dictaduras del Sur.

Por tanto, en el Sur, ante todo, educación, salud y democracia; y, en el NORTE, control social de los mercados de bienes, servicios y dinero... gestión justa de la deuda externa... compromisos de la AOD... democracia en las organizaciones multilaterales, etc.

Estamos de lleno en la misión evangelizadora de la Iglesia y su arraigo cultural y político.

¿Las otras caras del arraigo de la fe? Decíamos que el arraigo “cultural y político” del cristianismo, no es todo el “arraigo de la evangelización”. ¿Qué queremos decir? Que el arraigo evangelizador tiene ante sí todas las dimensiones de la vida: personales, interpersonales y sociales; y tiene ante sí la armonía entre todas las acciones eclesiales: la creación de comunidad (koinonía), el servicio a los pobres de la comunidad y del mundo en su concreción de individuos únicos (diakonía), el anuncio o testimonio de la Palabra (martyría) y la celebración de la fe (leiturgía).

Por fin, esa “armonía” la entendemos no como “proporción” sino, ante todo, como una “impregnación” muy característica de la vida de fe. ¿Dónde? En la experiencia de Dios como misericordia radical con lo más débil de cada ser humano; y, especialmente, con los pequeños y excluidos. Nuestra “metodología” teológica y nuestra “práctica pastoral”, y hasta nuestra práctica cívica y política, tienen su “humus” en nuestra espiritualidad encarnada.




Para más información: algunas lecturas introductorias

- Pueden verse los Cuadernos de Cristianisme i Justicia. Colección del conocido Centro de Estudios catalán, con 125 números en su haber. El 69 lleva por título, ¿No hay nada que hacer?

- Luis GONZÁLEZ CARVAJAL, Los cristianos del siglo XXI. Interrogantes y retos pastorales ante el tercer milenio, Santander, Sal Terrae, 2000.

- ID., En defensa de los humillados y ofendidos. Los derechos humanos ante la fe cristiana, Santander, Sal Terrae, 2005.

- ID., Cristianismo y secularización. Cómo vivir la fe en una sociedad secularizada, Santander, Sal Terrae, 2003.

- Eugenio ALBUQUERQUE, Ética social. 100 preguntas, Madrid, CCS, 1996.

- José Ignacio CALLEJA, Una Iglesia evangelizadora. Indicadores para una radiografía de la sociedad, Santander, Sal Terrae, 1990. ID., Moral Social Samaritana, I. Fundamentos y nociones de Moral Económica, Madrid, PPC, 2004. II. Fundamentos y nociones de Moral Política, Madrid, PPC, 2005. ID., Diez preguntas a propósito de la globalización (económica) y un apunte de moral cristiana, en Lumen 53/6 (2004) 491-527.

- Juan Antonio GUERRERO y Daniel IZUSQUIZA, Vidas que sobran. Los excluidos de un mundo en quiebra, Santander, Sal Terrae, 2003.

- José María MARDONES, La indiferencia religiosa en España: ¿qué futuro tiene el cristianismo?, Madrid, HOAC, 2003.

- ID., Recuperar la justicia. Religión y política en una sociedad laica, Santander, Sal Terrae, 2005.

- Rafael DÍAZ SALAZAR, Justicia global. Las alternativas de los movimientos del Foro de Porto Alegre, Barcelona, Icaria, 2002.



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[1] Se dice que esto no es así, dado que la Iglesia tiene detrás al Estado Vaticano y unos Acuerdos de Derecho Internacional. Habría que decir que si la Iglesia es Sociedad Civil, y en una sociedad democrática no puede ser otra cosa, los Acuerdos Iglesia-Estado, los que sean, éstos u otros, nunca deberán suponer privilegio alguno de los cristianos en su sociedad. Ni la soberanía jurídica de un Estado podría aceptar otra cosa, ni el cristianismo podría hallar en la Revelación Cristiana justificación para una posición social de privilegio. Así que la cuestión no es, a mi juicio, qué nos permiten exigir unos Acuerdos Iglesia-Estado, los presentes u otros, sino si son necesarios, éstos u otros, y cómo pueden concretarse sin suponer privilegio alguno. Por tanto, las reservas puestas a cómo la Iglesia, y sus organizaciones, son sociedad civil, dados los Acuerdos Iglesia-Estado, corresponde salvarlas a quienes defienden la legitimidad de esa condición “estatal” de la Iglesia y el modo cómo plasma en España. En suma, mostrar que no hay privilegio alguno en ellas ni en su concreción histórica. Yo creo que esto así, y no al contrario como suele exigirse.

MIGRACIONES. NUEVO ÉXODO BÍBLICO
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 03/11/05.- No sería extraño que las migraciones Sur-Norte que se están produciendo en la actualidad sean interpretadas en el futuro como realidad decisiva y símbolo de un cambio de época; y, en lo religioso, como reedición del Éxodo bíblico.

Los países del Sur están reventando literalmente de miseria y esparciendo sus entrañas, los mejores de sus hijos, por todo el mundo. Sufridos y vergonzantes los subsaharianos, por ejemplo, recorren miles de kilómetros de noche para atravesar el desierto, salvar luego las vallas de la vergüenza o desafiar el Estrecho. Han dicho ¡basta! Y nadie los va a detener: hoy en pequeños grupos, mañana como nube de langosta penetrarán hasta el último rincón del Norte opulento si éste no renuncia y repara el expolio que los encerró en la miseria. Hay vencedores porque hay perdedores; es la esencia de la lucha competitiva en un mercado libre (¡la gran mentira, por lo demás!). La actuación depredadora del Norte sobre el Sur es de una tan desmesurada injusticia que el Norte no está legitimado para actuar como actúa, atrincherándose en su fortaleza con muros, vallas, metralletas, campos de represión, expulsiones… La presunta regulación, además de llegar tarde, filtra no a los que necesitan comer sino la mercancía de mano de obra barata que precisamos. Digan lo que digan los políticos demagogos y cínicos, las actuales barreras legales a la inmigración son INMORALES porque les niegan el derecho al pan después de habérselo robado. El margen de maniobra, pues, de que dispone nuestra conciencia particular para acogerlos aunque sea fuera de la ley es enorme y habría que organizar alguna protección jurídica de este derecho al comportamiento ético ilegal con los inmigrantes. A su vez, el margen de “ilegalidad” de que disponen ellos, también en conciencia, no tiene más límite que el de no ser “pillados”.

Sería, pues, un enorme avance si los inmigrantes pudieran acceder desde la actitud asustada y vergonzante a la segura y firme de quien está en su derecho ¿Derecho? Más bien obligación moral de conquista de un espacio de dignidad y supervivencia. Como dice la tradición bíblica que ocurrió a los hebreos que, huyendo del infierno egipcio, cayeron sobre las tierras cananeas de “leche y miel”. Que no esperen nuestros hermanos africanos, y con mayor razón si son creyentes, a la hora de ponerse en marcha en busca de pan y vida digna ningún permiso divino especial, ninguna revelación de lo alto; que ésas son conductas mágicas indignas de Dios. Si su conciencia adulta no les basta merecen ser informados y motivados. Para eso están las mensajeras y mensajeros del Jesús liberador (los misioneros) diseminados por toda África y cuya principal función hoy en día más que la de Aarón debiera ser, como en tiempos, la de Moisés: abrir los ojos del pueblo esclavo para que se sacuda el yugo y persiga la libertad.

Si los hebreos de hoy esperan un status de menor esclavitud por parte del faraón (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio,...), si esperan que los cananeos de hoy (el Primer Mundo) derriben voluntariamente sus vallas y murallas (Jericó) y les preparen festejos de acogida… esperan en vano: ¡no les aguantará el estómago y los hijos dejados atrás igualmente morirán de hambre! ¿Qué pueden entonces hacer? No se percibe cómo el llamado Tercer Mundo podría organizarse para reclamar lo suyo. Es claro que la única (¡la ÚNICA!) solución sería que la Bestia neoliberal responsable del des-orden económico mundial se hiciera el harakiri globalizando la justicia y la solidaridad.

Ahora bien, ni de las multinacionales ni de los Organismos internacionales aludidos que las sirven cabe esperar nada eficiente, como testimonia la historia reciente. Al menos a la medida de la urgencia real ¿O es inevitable y fatal que sigan muriendo 100.000 personas diarias de hambre o de enfermedades inducidas por el hambre? Ahora bien, existe, en mi opinión, un supuesto que no tiene vuelta de hoja: una subversión (en el mejor sentido) de las estructuras socio-económicas actuales defendidas con uñas, dientes y, cuando conviene, con armas por los poderosos, parece radicalmente impensable sin un movimiento ciudadano generalizado y contrario de fuerza incontenible. Un movimiento informado por una categoría ética de suficiente densidad ¿Es esto posible? ¿Existe algún mecanismo no violento capaz de desencadenar tan colosal proceso de cambio? ¿Hay alguna levadura tan potente para una masa humana tan átona y egoísta? Que nadie me hable de prédicas y menos por parte de una Institución que no se cree el Evangelio. Hacen falta signos fuertes, rotundos, contundentes… Signos que no se limiten a grandes concentraciones esporádicas y pasajeras como las de Seatle, Bombay o Porto Alegre, válidas para ir cambiando las conciencias poco a poco. No es suficiente el poco a poco .No existe hoy problema humano más grave ni de mayor urgencia. Lo gritábamos en las acampadas de la Castellana y de toda España. Pues bien, lo del 0,7 (y es sólo un símbolo) no cumplido por los países ricos amontona cadáveres en el fondo del Estrecho y ya lleva tiempo dejando jirones de carne en las vallas de Ceuta y Melilla y decenas de abandonados en el desierto.

Sería una buena idea la de abrir entre los lectores y sus amigos un concurso de acciones asequibles para gente de corazón. Es posible más de lo que creemos ¿Qué harían las autoridades si volvieran a sentir la presión de miles de acampados en parques y avenidas? ¿Cómo reaccionarían las familias si miles de jubilados se decidiesen a solidarizarse con los de Ceuta y Melilla y con los de las pateras compartiendo su desesperación con ayunos a pan y agua y visibilizaran su protesta con la i de “inmigrante” en la solapa? ¿Cosas insensatas? Queda abierto el turno de propuestas ¡Algo debemos hacer! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Juan Luis Herrero: herrero.pozo@telefonica.net

nuevo éxodo

MIGRACIONES. NUEVO ÉXODO BÍBLICO
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 03/11/05.- No sería extraño que las migraciones Sur-Norte que se están produciendo en la actualidad sean interpretadas en el futuro como realidad decisiva y símbolo de un cambio de época; y, en lo religioso, como reedición del Éxodo bíblico.

Los países del Sur están reventando literalmente de miseria y esparciendo sus entrañas, los mejores de sus hijos, por todo el mundo. Sufridos y vergonzantes los subsaharianos, por ejemplo, recorren miles de kilómetros de noche para atravesar el desierto, salvar luego las vallas de la vergüenza o desafiar el Estrecho. Han dicho ¡basta! Y nadie los va a detener: hoy en pequeños grupos, mañana como nube de langosta penetrarán hasta el último rincón del Norte opulento si éste no renuncia y repara el expolio que los encerró en la miseria. Hay vencedores porque hay perdedores; es la esencia de la lucha competitiva en un mercado libre (¡la gran mentira, por lo demás!). La actuación depredadora del Norte sobre el Sur es de una tan desmesurada injusticia que el Norte no está legitimado para actuar como actúa, atrincherándose en su fortaleza con muros, vallas, metralletas, campos de represión, expulsiones… La presunta regulación, además de llegar tarde, filtra no a los que necesitan comer sino la mercancía de mano de obra barata que precisamos. Digan lo que digan los políticos demagogos y cínicos, las actuales barreras legales a la inmigración son INMORALES porque les niegan el derecho al pan después de habérselo robado. El margen de maniobra, pues, de que dispone nuestra conciencia particular para acogerlos aunque sea fuera de la ley es enorme y habría que organizar alguna protección jurídica de este derecho al comportamiento ético ilegal con los inmigrantes. A su vez, el margen de “ilegalidad” de que disponen ellos, también en conciencia, no tiene más límite que el de no ser “pillados”.

Sería, pues, un enorme avance si los inmigrantes pudieran acceder desde la actitud asustada y vergonzante a la segura y firme de quien está en su derecho ¿Derecho? Más bien obligación moral de conquista de un espacio de dignidad y supervivencia. Como dice la tradición bíblica que ocurrió a los hebreos que, huyendo del infierno egipcio, cayeron sobre las tierras cananeas de “leche y miel”. Que no esperen nuestros hermanos africanos, y con mayor razón si son creyentes, a la hora de ponerse en marcha en busca de pan y vida digna ningún permiso divino especial, ninguna revelación de lo alto; que ésas son conductas mágicas indignas de Dios. Si su conciencia adulta no les basta merecen ser informados y motivados. Para eso están las mensajeras y mensajeros del Jesús liberador (los misioneros) diseminados por toda África y cuya principal función hoy en día más que la de Aarón debiera ser, como en tiempos, la de Moisés: abrir los ojos del pueblo esclavo para que se sacuda el yugo y persiga la libertad.

Si los hebreos de hoy esperan un status de menor esclavitud por parte del faraón (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio,...), si esperan que los cananeos de hoy (el Primer Mundo) derriben voluntariamente sus vallas y murallas (Jericó) y les preparen festejos de acogida… esperan en vano: ¡no les aguantará el estómago y los hijos dejados atrás igualmente morirán de hambre! ¿Qué pueden entonces hacer? No se percibe cómo el llamado Tercer Mundo podría organizarse para reclamar lo suyo. Es claro que la única (¡la ÚNICA!) solución sería que la Bestia neoliberal responsable del des-orden económico mundial se hiciera el harakiri globalizando la justicia y la solidaridad.

Ahora bien, ni de las multinacionales ni de los Organismos internacionales aludidos que las sirven cabe esperar nada eficiente, como testimonia la historia reciente. Al menos a la medida de la urgencia real ¿O es inevitable y fatal que sigan muriendo 100.000 personas diarias de hambre o de enfermedades inducidas por el hambre? Ahora bien, existe, en mi opinión, un supuesto que no tiene vuelta de hoja: una subversión (en el mejor sentido) de las estructuras socio-económicas actuales defendidas con uñas, dientes y, cuando conviene, con armas por los poderosos, parece radicalmente impensable sin un movimiento ciudadano generalizado y contrario de fuerza incontenible. Un movimiento informado por una categoría ética de suficiente densidad ¿Es esto posible? ¿Existe algún mecanismo no violento capaz de desencadenar tan colosal proceso de cambio? ¿Hay alguna levadura tan potente para una masa humana tan átona y egoísta? Que nadie me hable de prédicas y menos por parte de una Institución que no se cree el Evangelio. Hacen falta signos fuertes, rotundos, contundentes… Signos que no se limiten a grandes concentraciones esporádicas y pasajeras como las de Seatle, Bombay o Porto Alegre, válidas para ir cambiando las conciencias poco a poco. No es suficiente el poco a poco .No existe hoy problema humano más grave ni de mayor urgencia. Lo gritábamos en las acampadas de la Castellana y de toda España. Pues bien, lo del 0,7 (y es sólo un símbolo) no cumplido por los países ricos amontona cadáveres en el fondo del Estrecho y ya lleva tiempo dejando jirones de carne en las vallas de Ceuta y Melilla y decenas de abandonados en el desierto.

Sería una buena idea la de abrir entre los lectores y sus amigos un concurso de acciones asequibles para gente de corazón. Es posible más de lo que creemos ¿Qué harían las autoridades si volvieran a sentir la presión de miles de acampados en parques y avenidas? ¿Cómo reaccionarían las familias si miles de jubilados se decidiesen a solidarizarse con los de Ceuta y Melilla y con los de las pateras compartiendo su desesperación con ayunos a pan y agua y visibilizaran su protesta con la i de “inmigrante” en la solapa? ¿Cosas insensatas? Queda abierto el turno de propuestas ¡Algo debemos hacer! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Juan Luis Herrero: herrero.pozo@telefonica.net


perspectiva libre

CURSO DE COORDINADORES DE TIEMPO LIBRE
Desde una perspectiva cristiana
ESCUELA DE TIEMPO LIBRE CHAMPAGNAT, HH. Maristas
MADRID.

ECLESALIA, 02/11/05.- La Escuela de Tiempo Libre Champagnat de Madrid organiza un curso de coordinador/a de tiempo libre oficialmente reconocido por la Comunidad de Madrid y, al mismo tiempo, orientado desde una perspectiva y con alguna formación específica cristiana. La escuela Champagnat surgió de los grupos de la pastoral marista de Madrid y actualmente forma coordinadores de tiempo libre partiendo de esa experiencia pastoral. Aprovechando las horas de contenidos propios que permite la legislación, se completa el curso con una formación dirigida a aquellos coordinadores que van a desempeñar su labor en un ámbito pastoral.

El curso consta de 200 horas, distribuidas en 8 fines de semana a lo largo del año (desde Noviembre a Mayo, un fin de semana cada mes) más una fase intensiva de 9 días en Sigüenza en el mes de Julio (al final se adjunta detalle del calendario).

A lo largo del curso se tratarán las materias necesarias para la formación de un/a coordinador/a de tiempo libre, combinadas con algunos talleres y monográficos de perfeccionamiento de técnicas, siempre desde una visión de la aplicación práctica a las actividades de tiempo libre.

Los bloques temáticos del curso son: coordinación de equipos educativos, técnicas de resolución de conflictos, análisis de la realidad y de la infancia y juventud, educación para la salud y la sexualidad, educación ambiental, educación para la convivencia, planificación de proyectos, organización de campamentos, legislación y gestión de asociaciones. También se harán talleres de juegos en educación para la paz, organización de fiestas creativas, actividades en la naturaleza, técnicas para enseñar a utilizar la Biblia y otro monográfico optativo que podrá elegir cada alumno.

Y ante todo, la idea principal del curso es crear un grupo de trabajo que se vaya enriqueciendo a partir de la propia experiencia de cada uno, de lo que se comparta y del trabajo en equipo.

El precio final del curso es de 300 euros, que también pueden pagarse en dos plazos: 150 euros en Noviembre y 150 euros en Mayo. Por otro lado, la Escuela nunca ha tenido problemas de ampliar alguno de estos plazos si alguna persona tiene dificultades para pagar en las fechas indicadas.

Sabiendo que estamos a tu disposición para lo que necesites en la dirección de la Escuela (C/ Hermanos García Noblejas nº 158 - portal 3, 1º B Tfno 913272385) y que en nuestra página WEB ( http://educarlos.net/etlchampagnat ) tienes toda la información sobre las actividades de la escuela, recibe un cordial saludo.

CALENDARIO DEL CURSO DE COORDINADORES 2005/06

26-27 - Noviembre (Madrid) ---> 1-2 - Abril (Madrid)
17-18 - Diciembre (Salida) ---> 22-23 - Abril (Salida)
14-15 - Enero (Salida) ---> 20-21- Mayo (Madrid)
18-19 - Febrero (Madrid) ---> 1-9 Julio (ambos inclusive) intensivo
11-12 - Marzo (Monográfico a elegir entre los que oferte la Escuela)


nueva misión

‘DEL SIGLO DE LAS MISIONES A LA ERA DE LAS RELIGIONES’En el “Aula Pedro Arrupe” de Madrid* />JUAN MASIÁ, jesuita, facultad de teología de la Universidad Pontificia de Comillas
MADRID.

ECLESALIA, 31/10/05.- San Francisco Javier no podía evitar las limitaciones de su tiempo. Él creía que muchos no bautizados no se podrían salvar. Hoy estamos ante un cambio radical de teología: el paso del “siglo de las misiones” a la “Nueva Misión”: las religiones unidas para ayudar al mundo a descubrir la humanidad y la espiritualidad.

Ya a mediados del siglo XX se hablaba de Europa como país de misión. Tras el Vaticano II, se unió misión y promoción humana. En los años setenta, nuevo giro: misión y liberación. Vinieron luego dos décadas y media de marcha atrás con Juan Pablo II. Disimulando con el pretexto de la “nueva evangelización” se desactivan tres fuentes de energía evangélica: la liberación, la inculturación y el encuentro interreligioso. El reto hoy es la Nueva Misión, un cambio radical en veinte siglos de historia. Necesitamos, decía en el Concilio Pedro Arrupe, "un nuevo aprendizaje": que el evangelizador sea evangelizado, "mayor aprecio de las culturas, abandonando sentimientos de superioridad". Para eso, hay que elegir entre una iglesia que va a traducir lo que ya cree saber y una iglesia que aprende lo que no sabe.

Juan Pablo II admitía un "enriquecimiento recíproco" en el "diálogo interreligioso" (Redemptoris missio, n.55), pero el afán por suprimir pluralismo y disentimiento restaba garra a sus afirmaciones. Llegó a decir que "el diálogo debe ser conducido con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación" (n.55). Esta teología, más afín a la de Javier que al Vaticano II, culminó en la declaración Dominus Jesus (CDF, 2000), un jarro de agua fría sobre los esfuerzos ecuménicos e interreligiosos. ¿Por qué tanto miedo a lo que no amenaza, sino vivifica? ¿Por qué no abrir ventanas al aire fresco del Espíritu, como recomendaba Juan XXIII, el Bueno?

“Id por todo el mundo y haced discípulos”. Para cumplir este encargo de Jesús, formando comunidades aprendices de su Camino, hay que "ir a escuchar, ir y aprender de todas las gentes". No que aprendan de nosotros, sino que aprendamos juntos. Judíos, cristianos, musulmanes y budistas aprenderán criticando sus respectivas trayectorias misioneras y pensando juntos "la Nueva Misión". No la conversión de una religión a otra, sino la conversión de todas a la humanización y la espiritualidad. ¿Nada más? Y nada menos. Jesús promovió humanización y religiosidad al exigir: "el sábado para el ser humano y no éste para el sábado". Para ir sin miedo a la "Nueva Misión", renunciemos al monopolio de la bondad o esperanza, a las exclusivas de salvación. El Reino de los cielos va más allá de las fronteras visibles de las iglesias. El Espíritu actúa dentro y fuera de ellas. La "Nueva Misión" no incrementará el propio grupito "de dentro"; descubrirá la Presencia del Misterio “allí fuera". Ya no diremos: “fuera de esta iglesia no hay salvación", sino "donde hay salvación, allí actúa el Espíritu". Donde se promueven liberación, fraternidad y esperanza, germina lo que Jesús llamó el Reino. Cada comunidad dirá con el Bautista: "No somos Cristo, sólo preparamos su camino".

A veces las religiones se convierten en obstáculo para el encuentro con lo sagrado. Dice la parábola budista que una balsa sirve para cruzar el río; luego, se la deja en la orilla para seguir caminando. Pero las iglesias caminan con la balsa a cuestas y, en el peor de los casos, la convierten en arma arrojadiza para defender fanatismos.

Decían los obispos japoneses en el Sínodo asiático: “Jesucristo es Camino, Verdad y Vida; pero, antes de acentuar la Verdad, practiquemos su Camino y Vida. La Iglesia ha de salir de sí, como Jesús; abriendo el corazón a las otras religiones, ser minoría modesta, evangelizar con más énfasis en el camino que en la especulación y aprovechar en su liturgia la capacidad de celebrar de la propia cultura”.

Se agradece este lenguaje en boca de obispos. Da gusto que haya obispos que hablen con ese tono. Nos animan a animarnos mutuamente para la Nueva Misión. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*Resumen de la conferencia pronunciada el 26-X-05, en Madrid, en el Aula Pedro Arrupe, de los jesuitas.

nueva misión

‘DEL SIGLO DE LAS MISIONES A LA ERA DE LAS RELIGIONES’
En el “Aula Pedro Arrupe” de Madrid*
JUAN MASIÁ, jesuita, facultad de teología de la Universidad Pontificia de Comillas
MADRID.

ECLESALIA, 31/10/05.- San Francisco Javier no podía evitar las limitaciones de su tiempo. Él creía que muchos no bautizados no se podrían salvar. Hoy estamos ante un cambio radical de teología: el paso del “siglo de las misiones” a la “Nueva Misión”: las religiones unidas para ayudar al mundo a descubrir la humanidad y la espiritualidad.

Ya a mediados del siglo XX se hablaba de Europa como país de misión. Tras el Vaticano II, se unió misión y promoción humana. En los años setenta, nuevo giro: misión y liberación. Vinieron luego dos décadas y media de marcha atrás con Juan Pablo II. Disimulando con el pretexto de la “nueva evangelización” se desactivan tres fuentes de energía evangélica: la liberación, la inculturación y el encuentro interreligioso. El reto hoy es la Nueva Misión, un cambio radical en veinte siglos de historia. Necesitamos, decía en el Concilio Pedro Arrupe, "un nuevo aprendizaje": que el evangelizador sea evangelizado, "mayor aprecio de las culturas, abandonando sentimientos de superioridad". Para eso, hay que elegir entre una iglesia que va a traducir lo que ya cree saber y una iglesia que aprende lo que no sabe.

Juan Pablo II admitía un "enriquecimiento recíproco" en el "diálogo interreligioso" (Redemptoris missio, n.55), pero el afán por suprimir pluralismo y disentimiento restaba garra a sus afirmaciones. Llegó a decir que "el diálogo debe ser conducido con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación" (n.55). Esta teología, más afín a la de Javier que al Vaticano II, culminó en la declaración Dominus Jesus (CDF, 2000), un jarro de agua fría sobre los esfuerzos ecuménicos e interreligiosos. ¿Por qué tanto miedo a lo que no amenaza, sino vivifica? ¿Por qué no abrir ventanas al aire fresco del Espíritu, como recomendaba Juan XXIII, el Bueno?

“Id por todo el mundo y haced discípulos”. Para cumplir este encargo de Jesús, formando comunidades aprendices de su Camino, hay que "ir a escuchar, ir y aprender de todas las gentes". No que aprendan de nosotros, sino que aprendamos juntos. Judíos, cristianos, musulmanes y budistas aprenderán criticando sus respectivas trayectorias misioneras y pensando juntos "la Nueva Misión". No la conversión de una religión a otra, sino la conversión de todas a la humanización y la espiritualidad. ¿Nada más? Y nada menos. Jesús promovió humanización y religiosidad al exigir: "el sábado para el ser humano y no éste para el sábado". Para ir sin miedo a la "Nueva Misión", renunciemos al monopolio de la bondad o esperanza, a las exclusivas de salvación. El Reino de los cielos va más allá de las fronteras visibles de las iglesias. El Espíritu actúa dentro y fuera de ellas. La "Nueva Misión" no incrementará el propio grupito "de dentro"; descubrirá la Presencia del Misterio “allí fuera". Ya no diremos: “fuera de esta iglesia no hay salvación", sino "donde hay salvación, allí actúa el Espíritu". Donde se promueven liberación, fraternidad y esperanza, germina lo que Jesús llamó el Reino. Cada comunidad dirá con el Bautista: "No somos Cristo, sólo preparamos su camino".

A veces las religiones se convierten en obstáculo para el encuentro con lo sagrado. Dice la parábola budista que una balsa sirve para cruzar el río; luego, se la deja en la orilla para seguir caminando. Pero las iglesias caminan con la balsa a cuestas y, en el peor de los casos, la convierten en arma arrojadiza para defender fanatismos.

Decían los obispos japoneses en el Sínodo asiático: “Jesucristo es Camino, Verdad y Vida; pero, antes de acentuar la Verdad, practiquemos su Camino y Vida. La Iglesia ha de salir de sí, como Jesús; abriendo el corazón a las otras religiones, ser minoría modesta, evangelizar con más énfasis en el camino que en la especulación y aprovechar en su liturgia la capacidad de celebrar de la propia cultura”.

Se agradece este lenguaje en boca de obispos. Da gusto que haya obispos que hablen con ese tono. Nos animan a animarnos mutuamente para la Nueva Misión. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).



*Resumen de la conferencia pronunciada el 26-X-05, en Madrid, en el Aula Pedro Arrupe, de los jesuitas.

tras la tormenta

DESPUÉS DE LA TORMENTA
Mª CARMEN y FERNANDO, misioneros
SAN MARCOS (GUATEMALA).

ECLESALIA, 28/10/05.- Amigos y amigas: Desde San Marcos, Guatemala, reciban un fraternal saludo de esperanza. ¿Qué consecuencias ha dejado el huracán Stan? A nivel nacional: 280.396 damnificados. 24.212 viviendas destruídas o dañadas. 1,507 muertos y desaparecidos. 847 kilometros de carreteras afectadas. Concretamente en el departamento de San Marcos: 256 comunidades afectadas; 412 muertos y desaparecidos; 3,741 viviendas arrasadas; 13,175 viviendas dañadas; 145 escuelas destruídas o dañadas; 23 puentes arrastrados por las corrientes; 56 acueductos y sistemas de agua destruídos. En la comunidad en donde vivimos, aldea Champollap, se destruyó totalmente el sistema de agua y estamos sin el vital líquido desde el 5 de octubre. El 80 % de la agricultura del sudoccidente del país se ha perdido, con un costo aproximado de 3 mil millones de pérdidas lo que equivale a 400 millones de dólares, lo que significa que el año entrante va a ser de hambruna.

El huracán ha generado mucha destrucción y muerte, pero también ha despertado mucha solidaridad entre los pueblos, a nivel nacional e internacional. Nos hacemos eco del Comunidado de la Conferencia Episcopal: “En esta hora hemos podido admirar los gestos de heroísmo de quienes han salido en busca del hermano necesitado de ayuda. Hemos experimentado la solidaridad de personas, familias, instituciones y grupos que se han volcado de corazón en ayuda de sus hermanos. Muchas parroquias de todas nuestras diócesis se han entregado en gestos de solidaridad y ayuda. Lo mejor del pueblo guatemalteco es términos de generosidad ha salido a relucir en este tiempo de dolor. Y hemos visto también sus frutos: han conseguido salvar muchas vidas y han llevado alivio al que sufría hambre o sed y padecía enfermedad; han distribuído agua y vestidos. Y, sobre todo, han hecho posible que no se perdiera la esperanza. En cada gesto de amor, podemos leer la bondad de Dios en medio de la adversidad”.

Agradecemos a todos los amigos y amigas su solidaridad con el pueblo de Guatemala y concretamente con el departamento de San Marcos, que ha sido el más afectado del país. Han venido ayudas de España, Panamá, Estados Unidos, Venezuela... Hemos recibido la visita de la reina Sofía y del embajador de España. Mención especial merece la ayuda de Cuba, que ha enviado a San Marcos más de cien médicos que, con mucha generosidad y dedicación, están prestando sus servicios en los pueblos y aldeas más apartados. Todo esto es un signo de esperanza, porque son pasos hacia la globalización de la solidaridad frente a un mundo neoliberal cada vez más inhumano.

Cuando ocurren las grandes tragedias “naturales” los más golpeados son siempre los pobres, los que viven en las laderas de las montañas, en los barrancos, en las orillas de los ríos o en los tugurios de miseria de las áreas marginales suburbanas. Esta catástrofe ha sacado a flote la cruel desigualdad que tenemos, la abismal diferencia entre la oligarquía y el pueblo empobrecido, en su mayoría campesino e indígena. Los damnificados son las víctimas de un sistema estructuralmente injusto e inhumano. Por eso podemos decir que más que una catástrofe natural es una catástrofe social, fruto del “pecado del mundo” del que habla el Evangelio.

En medio del dolor estamos aprendiendo mucho del pueblo, un pueblo sufrido que no pierde la esperanza. El caserío Independencia del municipio de Ayutla, fue completamente arrasado por las aguas del río Suchiate que hace frontera con México. Un señora pobre, vecina de este caserío y madre de cinco niños, nos llevó al lugar donde había estado su casita. Lo perdió todo, absolutamente todo, pero con una extraordinaria paz y, casi bromeando, dijo: lo importante es que hemos salvado la vida. Otro señor, Ricardo, campesino, originario de la aldea Piedra Grande, municipio de San Pedro Sacatepéquez, perdió a su esposa y a sus hijos menos a una hija de dieciséis años que fue rescatada de las aguas torrenciales que arrasó su casa. En medio del dolor por la pérdida de su familia, de su casa y de sus tierras, expresó con serenidad: sólo nos queda confiar en Dios y seguir adelante.

La Diócesis de San Marcos, con su obispo Alvaro Ramazzini al frente, ha asumido desde el primer momento de la tragedia, un papel de servicio a los damnificados, llevando comida a los albergues, participando en el Comité Departamental de Emergencia (COE); en la Comisión de Transparencia para que las ayudas sean distribuídas con equidad (donde participa Fernando); apoyando a nivel psicosocial a los damnificados (donde participa Maricarmen); colaborando en la elaboración de un diagnóstico de cara a la reconstrucción... Nuestra Diócesis contempla en los damnificados el rostro sufriente de Cristo y hace un llamado para que la solidaridad no se limite sólo en dar de comer sino también en ayudar a cambiar las estructuras injustas. La solidaridad nos exige a todos ayudar a “bajar de la cruz a los crucificados”, para que tengan una vida plena, una vida digna, porque para eso vino Cristo al mundo “para que todos tengamos vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).

En algunos ambientes se escucha que estas catástrofes son “voluntad de Dios”, “que así está escrito en la Biblia”. Nosotros decimos que Dios no envía catástrofes para castigar a los seres humanos en las que los pobres son siempre los damnificados. No podemos responsabilizar a Dios de nuestras irresponsabilidades. La desigualdad social, las condiciones inhumanas en que viven muchos hombres y mujeres, el deterioro del medio ambiente con el calentamiento del planeta que provoca huracanes y tormentas tropicales cada vez más frecuentes y más intensas… son responsabilidades humanas, particularmente de los poderosos de este mundo y de los países industrializados.

Desde este rincón de Centroamérica nos solidarizamos con el pueblo salvadoreño, que también ha sufrido los estragos del huracán, con los pobres (negros e hispanos) de Estados Unidos, con el pueblo de Chiapas y Yucatán en México, con los pueblos de Pakistán y Cachemira y con los migrantes saharianos y subsaharianos. Lo que acontezca en cualquier parte del mundo afecta al corazón de todo hombre y mujer solidario, señalaba Ernesto Che Guevara. Estamos convencidos de que sólo los hombres y mujeres con profundidad ética y espiritual, con corazón solidario y conciencia universal serán capaces de aportar a un desarrollo sostenible y a la construcción de un mundo nuevo más humano. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Amigos y amigas, esto es lo que hemos querido compartir con ustedes.

Unidos en la esperanza y en la solidaridad,

San Marcos, 26 de octubre de 2005

eclesalia se suma

DECLARACION SOBRE LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD
VV.AA.*

ECLESALIA, 27/10/05.- Una buena parte de los católicos tienen hoy la sensación de que la Iglesia en su conjunto no acaba de encontrar su lugar y su papel en una sociedad democrática, plural, laica y secularizada. Parece como si esa tarea se hubiera de reducir sólo a buscar apoyos políticos, para imponer a la sociedad su propia moral y evitar desautorizaciones y críticas, despiadadas a veces.

Por ello puede ser bueno comenzar esta reflexión evocando que la iglesia primitiva supo ir encontrando su sitio en una sociedad mucho más pagana y en un clima mucho más hostil. Hubo, por supuesto, posturas muy diversas y a veces enfrentadas, unas más atinadas que otras. Pero con frecuencia, y al revés que hoy, las posiciones más abiertas estuvieron representadas por eminentes miembros del episcopado. Y, a pesar de las polémicas, no ocurrió como hoy que sólo una de esas posturas diese voz a la Iglesia.

En cualquier caso, estamos convencidos de que esa tarea es hoy tan posible como lo fue antaño. Y que es errónea la postura del que piensa que sólo en una sociedad favorable y sumisa puede la Iglesia encontrar su sitio[i].

1. SÍNTOMAS DE INCOMODIDAD

La preocupación moral

Una de las causas (quizá la más importante) de esa incomodidad antes aludida, parece ser la que tiene relación con temas morales y, más en concreto, con algunos asuntos de moral pública. Ahora bien: precisamente en este punto, creemos que la Iglesia católica ha retrocedido hoy por detrás de muchas enseñanzas clásicas de su tradición.

En la moral clásica, en efecto, existen tesoros de sabiduría en los llamados "principio del doble efecto", "mal menor", "epiqueya ante la ley", prudencia pastoral[ii] y otros que, aunque estaban formulados a niveles de conducta individual, tienen su campo de aplicación también a niveles sociales. Lo mismo vale de la enseñanza clásica de Tomás de Aquino sobre la misión del legislador, que no es juzgar de la moralidad e implantar por ley el orden moral, sino buscar el bien común; y que, en aras de ese bien común, puede a veces no penalizar conductas inmorales: pues los valores morales son a veces contrapuestos (y mucho más en niveles colectivos) sin que sea posible dar plena cabida a todos en el nivel abstracto de la ley. Y eso lo dice Tomás de Aquino en una sociedad confesional, no en una sociedad laica como la nuestra.

Aclaremos que la deformación en este campo nos parece que afecta a otros muchos sectores de nuestra sociedad, sean creyentes o no. Hay una tendencia a rechazar un principio fundamental para toda sociedad laica, a saber: que comportamientos inmorales no son exactamente aquellos que están legalmente penalizados, y que la no persecución legal de una conducta no significa sin más su ratificación moral. La confusión entre lo moral y lo legal desborda por tanto las fronteras de lo eclesiástico. Y un ejemplo de ello lo encontramos a veces en reacciones airadas que se producen ante determinadas decisiones del poder judicial, al que se le pide ser una especie de dios "premiador de buenos y castigador de malos", olvidando que la misión de los jueces es simplemente aplicar el derecho y la jurisprudencia establecida, y no constituirse en garantes de la moralidad. Este estado de cosas, por supuesto, puede dar lugar a veces a difíciles conflictos personales, pero si no somos capaces de asimilarlo nos jugamos la laicidad de nuestra sociedad y el vernos abocados a cualquier forma de confesionalismo (cristiano o no) impuesto por decreto.

No pretendemos que la preocupación moral no sea legítima en la Iglesia: en fin de cuentas nuestras obras configuran la calidad de nuestra convivencia. Pero un cristiano debe saber que sólo es auténtica bondad aquella que brota de la más profunda libertad y no de la coacción. Y que esa libertad sólo la alcanza el ser humano cuando (más allá de imposiciones exteriores) llega a paladear la mayor calidad humana de muchas conductas y, a pesar de la propia debilidad y contando con ella, se identifica con esa calidad y trata de buscarla.

La sexualidad

Una segunda causa del malestar que tratamos de analizar parece estar en la sensación de que los únicos campos de aplicación de la moral cristiana son el de la sexualidad, y el del comienzo y fin de la vida. Creemos que los dirigentes eclesiásticos contribuyen inconscientemente a difundir esa sensación, tan poco cristiana por otra parte. Hasta el extremo de que, una "buena nota" en estos campos, ya parece suministrar un salvoconducto para comportamientos muy discutibles o despreciables, en otros campos de la moral.

Por poner un único ejemplo: no tenemos nada que objetar al hecho de que algunos obispos, a nivel personal, acudan a una manifestación en favor de la concepción clásica de la familia: es un derecho de todo ciudadano y no cabe acusarles por ello de crear división. Pero nos resulta profundamente incoherente que esos mismos obispos ni acudieran ni dijeran al menos una palabra de apoyo, cuando las manifestaciones en contra de aquel crimen organizado al que se llamó "guerra de Irak": un crimen revestido además de mentiras tanto en la falsa interpretación de un texto de Naciones Unidas, como en las causas y en los efectos de la guerra (un año después los agresores reconocieron que no había armas de destrucción masiva en Irak; y otro año después se ha reconocido que Irak no está mejor ahora que antes de la agresión...). Pues bien: la agresión armada a un pueblo es un pecado social mucho mayor que una distorsión en el concepto de familia.

Se puede comprender que, para un cristiano, el amor conyugal sea un tema particularmente sagrado, por su concepción del matrimonio como signo del amor "esponsal" de Dios hacia la humanidad: una concepción que no tienen otras cosmovisiones. Pero esto no justifica ni el afán de imponer esa concepción a los no cristianos, ni la ausencia de voces proféticas de los responsables eclesiásticos ante los grandes temas de la moral pública: como el espantoso crimen del hambre (en el que son beneméritas muchas personas e instituciones cristianas, a veces mal comprendidas por los obispos), o el privilegio cristiano de los pobres, los abusos frecuentes de los poderosos y la oposición radical ("idolátrica" según Jesús) entre Dios y la Riqueza privada.

Los dos temas citados no son los únicos. Quedan muchos otros como el de la educación, donde existen posturas sectarias en ambas partes, y que otros países han resuelto con menos crispación. O el de la financiación de la vida y de las estructuras de la Iglesia (no de sus obras sociales), donde hay que reconocer que la Iglesia católica ha sido tibia y perezosa en el compromiso que contrajo hace ya más de veinte años, de ir buscando caminos de autofinanciación para no depender del Estado.

Pero no son necesarios más ejemplos. Los que hemos comentado son muestras suficientes de lo que hemos calificado como síntomas de un malestar. Nuestra reflexión no pretende aportar nada a la solución de esos problemas concretos, sino proponer el marco creyente en el que pensamos que deberían ser abordados por la Iglesia.

2. FUNCIÓN DE LA IGLESIA

No sabemos si en las distorsiones antes citadas late una falsa concepción de la Iglesia. Ésta no es una guardiana del orden moral que, por eso, necesitaría del poder para cumplir su tarea; es una señal viva del amor de Dios a la humanidad: de un amor que, dado el deterioro de nuestra condición humana, resulta a la vez exigente, perdonador y liberador[iii]. La Iglesia tiene que anunciar que Dios, en Jesucristo, "ha reconciliado a este mundo consigo [a este mundo cruel y autosatisfecho], y le ha confiado a ella ese ministerio de reconciliación" (cf. 2Cor 5,19-20 y Jn 3,16.17).

A su vez, Jesús el Cristo, Fundamento de la Iglesia, puso como condición de toda relación con Dios el empeño por dar de comer al hambriento, vestir al desnudo y ayudar a los presos y enfermos (Mt 25,31ss). Y sólo fue duro con dos actitudes humanas: el fariseísmo, que pretende servir a Dios en provecho propio, manteniéndole a raya con "sacrificios en lugar de misericordia" (ver Mt 9,13 y 12,7); y las opresiones de los hombres a sus semejantes hechas en nombre de Dios.

Todo eso, sin duda, no decide sobre los mil asuntos concretos en los que deben entrar las mediaciones humanas a la hora de juzgar; pero sí nos indica la actitud con que debemos abordarlos. Como escribió Juan Pablo II: "el camino de la iglesia es el “ser humano” (RH 14): no al revés como parecen pensar muchos eclesiásticos. Y ello quiere decir que la Iglesia es absolutamente para todos, y no sólo para sus fieles: su misión será exigir misericordiosamente a éstos, pero ayudar solidariamente a todos los demás[iv]. Buscando siempre proponer y convencer, pero no imponer.

Esa reconciliación que la Iglesia debe anunciar y ofrecer se da en todos los niveles humanos. Primero en la interioridad de cada cual, como una síntesis entre nuestro "ser de necesidades" (así definía K. Marx al ser humano) y nuestro "ser de gratuidad" (fórmula que puede condensar casi toda la experiencia creyente). En esta síntesis radica la verdadera libertad y no en hacer lo que a cada cual le dé la gana.

Pero no sólo ahí: la reconciliación debe ser anunciada también a niveles de relación personal, buscando una convivencia en la que las diversidades sean respetadas al máximo posible sin que engendren ni justifiquen desigualdades: pues en eso consiste la verdadera fraternidad.

Y finalmente, la reconciliación debe anunciarse en el nivel más difícil que es el de las estructuras sociales y económicas de cada comunidad, que son base de la verdadera igualdad. En este campo la iglesia católica es hoy muy deficitaria en fidelidad a aquellos profetas que pueblan la Biblia y cuyas voces, antaño muy conocidas y repetidas, se van olvidando hoy entre nosotros: "venden al pobre por un par de sandalias"; "amontonan mansión sobre mansión", o "Dios desprecia vuestros cultos y vuestros ayunos cuando no consisten en partir el pan con el hambriento", etc.

Si no despliega así la riqueza de su mensaje, la Iglesia estará siempre amenazada de convertirse en sal que ya no sala y no sirve para nada, o en luz que no ilumina. Dejará de ser aquello que ella misma dice de sí una señal de la comunión de los seres humanos con Dios y entre sí (LG 1). Si consigue desplegar toda esa riqueza podrá desatar hostilidades porque resultará molesta. Pero también podrá ofrecer a la sociedad una palabra modesta, al tiempo que profunda: que esa felicidad tras la que cada cual corre a su aire no es, en su plenitud, destino de esta vida; y lo que de ella puede alcanzarse en esta vida no se obtiene desentendiéndose de las necesidades de los demás, sino más bien como regalo, cuando procuramos olvidarnos de la propia felicidad y pensar en la de los hermanos. Cosa cada vez más difícil entre nosotros, metidos como estamos en una sociedad de consumo desenfrenado y de urgencias inmediatistas, que es lo que exigen nuestras estructuras económicas. De ahí se pasa fácilmente a una sociedad sin otras preguntas ni otros valores que la propia voluntad de ser más o tener más.

3. ACTITUD DE LA SOCIEDAD

A su vez, los poderes públicos no deberían aplicar sus respectivos "rodillos" (evocamos con esta palabra las acusaciones de "rodillo socialista" que fueron superadas más tarde por el "rodillo de PP"). Los poderes públicos deberían pensar más en el bien común que en el de sus propios votantes. Deberían saber que muchas decisiones no son de hecho compartidas por millones de ciudadanos, creyentes o increyentes, ni todos miembros de la jerarquía eclesiástica, ni todos miembros de la oposición. Y por ello deberían buscar fórmulas que sean no plenamente satisfactorias pero sí suficientemente soportables para todos o la inmensa mayoría. Ese sería el núcleo no sólo de una sana laicidad sino también de un auténtico cristianismo. Pero de hecho, estamos asistiendo a la paradoja de que los partidos se comportan públicamente como iglesias, de las cuales cada cual se considera "la única verdadera"; y toleran en su interior menos libertad de opinión y expresión de la que se da en el seno de la misma Iglesia católica.

Todo ciudadano debe saber que la democracia auténtica no es la imposición inapelable de unas mayorías que muchas veces son exiguas y de poca calidad numérica. A su vez, nuestra sociedad percibe que la democracia, hoy en día, es todavía deficiente. Hubo una época en que (paradójicamente si lo miramos desde hoy), la Iglesia funcionaba mucho más democráticamente que la sociedad, como expresión de su "ser-comunión". Y entonces, durante el Imperio romano y la Edad Media, aprendieron los cristianos que sólo cuando se ha dado la unanimidad podían pronunciar exclamaciones como aquella de "ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros"...

Pero como la unanimidad es prácticamente imposible en cualquier sociedad, las democracias deben intentar cierta integración de las minorías: y esto vale sobre todo del poder legislativo que es el más permanente en sus decisiones. Ello no significa un derecho de veto otorgado a las minorías: pues ellas saben que la mayoría es más fuerte y puede imponerse legalmente (la ONU y la UE han puesto de relieve la profunda injusticia de esos derechos de veto). Pero tampoco significa que la mayoría pueda arrogarse la representación de la totalidad, sobre todo cuando esta mayoría es sólo parlamentaria: pues, dolorosamente, los parlamentarios representan mucho más a su partidos respectivos que a los ciudadanos que les votaron. Y tampoco cabe apelar a los programas electorales para justificar imposiciones sin diálogo de parte de las mayorías: pues es bien sabido que los votantes no se identifican casi nunca con todos los puntos del programa de un partido, sino sólo con algunos de ellos; o bien votan simplemente para deponer a quienes en aquel momento ejercen el poder. Nosotros, como cristianos, creemos que una de las cosas por las que más debemos pedir perdón a la sociedad española es porque nuestra Iglesia no supo educar a la sociedad en este respeto a las minorías, cuando ella era mayoritaria.

Sólo de esta manera se evitará que crezca el actual clima de crispación. Pensamos que la Iglesia debería tener un enorme cuidado de no contribuir a dicho clima y para ello debería tratar de difundir una cultura del perdón que no desfigure el hambre de justicia en sed de venganza.

Nada de lo dicho en este apartado significa que neguemos a la sociedad el derecho a criticar públicamente a la Iglesia. Al revés: el concilio Vaticano II reconoció que la Iglesia necesita esa crítica de la sociedad, y que muchas veces le ha sido de gran utilidad. Lo único que creemos poder pedir en el tema de la crítica, es que no se confundan intencionadamente conductas individuales o grupales (ni aunque sean de altos dignatarios) con la totalidad del hecho religioso, del hecho cristiano o de la misma Iglesia.

4. UNA AMENAZA Y UN CAMINO

A este respecto, puede ser bueno recordar que, hace algunos años, se acusaba a un sector de la Iglesia de actuar como "tontos útiles" de la extrema izquierda: no por los contenidos de sus posturas de cercanía a los pobres (se decía), sino por la forma en que pretendían llevarlos a la práctica. Pues bien, sería triste que, independientemente también de los contenidos que creen necesario defender, algunos responsables eclesiásticos se convirtieran hoy en "tontos útiles" de quienes, invocando la religión a veces, sólo pretenden servirse de ellos para conseguir el poder. Los políticos están tentados de creer que cualquier medio vale para llegar al poder. Creemos que esta idolatría del voto debe ser denunciada por ciudadanos y colectivos eclesiásticos o laicos.

Creemos que Iglesia y sociedad podrían encontrarse más fácilmente si ambas prestaran mucha mayor atención de la que prestan al gran problema de nuestro mundo: la inmensa cantidad de dolor y sufrimiento que lo habita y que, a veces, no es fácil combatir porque nos falta voluntad para ello y porque está estructurado en nuestras leyes y estilos de convivencia. Si ambos, Iglesia y sociedad, tuvieran el valor de poner todo ese dolor sobre la mesa, se rebajarían muchas relaciones conflictivas. La sociedad se haría más humana y la iglesia más cristiana. Si la Iglesia fuera perseguida por hacer eso, podría sentirse orgullosa porque eso sería señal de fidelidad a su Señor.

En lugar de ello, los poderes eclesiásticos son a veces cómplices (voluntarios o no, y al menos por omisión) de fuerzas que tratan cada vez más de estructurar la sociedad en torno al "tener más aunque otros tengan menos", y en torno al desprecio del que piensa distinto. Y de estructurar la vida económica en torno a una exacerbación del deseo (necesaria para nuestro consumo incesante) que nos vuelve no más felices, pero sí más crueles. Hasta el punto de que, hablando en caricatura, podría decirse que existen entre nosotros tres clases sociales: los oprimidos, los deprimidos y los inconscientes[v].

Si intentaran encontrarse ahí, la Iglesia y la sociedad se encontrarían a la vez con ese sector de la humanidad, admirable, minoritario y a veces maltratado pero incansable, que vive remando contra corriente en busca de una paz que brota de la justicia, en busca de una justicia que brota de la misericordia y la solidaridad, y en busca de un respeto a la creación que viene dado por añadidura cuando los humanos somos a la vez pacificados y solidarios. A algo de esto se refería Ignacio Ellacuría cuando habló de la necesidad de una "civilización de la pobreza". La expresión puede discutirse pero sus contenidos nos son absolutamente imprescindibles a todos, creyentes y no creyentes. A lo mejor podríamos hablar simplemente de una civilización de la sobriedad solidaria.

* * *

Estas reflexiones son fruto de un sentimiento de responsabilidad como ciudadanos y como cristianos, y los colectivos firmantes quisiéramos ser sólo una voz, que merece respeto y atención en lugar de desautorizaciones rápidas y pasionales. No vivimos una situación fácil; pero de las circunstancias difíciles han brotado muchas veces las mejores soluciones. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

26 de octubre de 2005

*FIRMAN LA PRESENTE DECLARACIÓN

Colectivos

Área de Asuntos Religiosos de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB); Associaciò Cristiana de Gais i Lesbianes (ACGIL); Asociación Laica para la Opinión en la Iglesia y en la Sociedad (LAICOS); Asociación de Teólogos Laicos; Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII; Centro Evangelio y Liberación; Colectivo de Religiosas en Barrios Obreros y Ambientes Marginados; Colectivo Dominicano Verapaz; Col.lectiu Dones en l’ Església (Catalunya); Comité de Solidaridad Monseñor Romero de Madrid; Comunidades Cristianas Populares del Estado Español; Comunidades Cristianas Populares de Albacete; Comunidades Cristianas Populares de Valencia; Comunidades Cristianas de Base de Murcia; Comunidades Cristianas de Base de La Calzada y El Bibbio (Gijón); Comunidad de Ursulinas de Jesús de Ventanielles (Oviedo. Asturias); Convocad@s. Punto de encuentro Cristiano en Asturias; Cristianisme al Segle XXI (Catalunya); Cristianisme i Justícia ; Cristianos por el Socialismo; Equipo de Comunicación Educativa (ECOE); Església Plural (Barcelona); FECUM-Buen Consejo; Foro Ágora (La Rioja); Foro Religioso Popular de Vitoria ; Iglesia de Base de Madrid; Juventud Obrera Cristiana (JOC); Movimiento Pro Celibato Opcional (MOCEOP); Movimiento de Apostolado Seglar (MAS); Otra Voz de Iglesia (Palma de Mallorca); Seminario de Teología Feminista (Madrid); Somos Iglesia; Vanguardia Obrera

Revistas

Alandar (Madrid); Eclesalia Informativo (Madrid); Encrucillada (Galicia); En Sintonía (Murcia); Éxodo (Madrid); Frontera (Valencia); HEMEN. Erlijio gogoetarako aldizkaria (Vitoria); Irimia (Galicia); Selecciones de Teología (Barcelona); Tiempo de Hablar. Tiempo de Actuar (Albacete); Utopía (Madrid).

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[i] "... el mandato de escuchar los interrogantes del hombre de hoy como tales y, partiendo de ellos, repensar la teología y, por encima de todo esto, escuchar la realidad, 'la cosa misma' y aceptar sus lecciones" (J. RATZINGER, El nuevo pueblo de Dios, pg. 319).

[ii] "La Iglesia debe hablar, pensar y ser de manera que los otros puedan percibir y entender la palabra que les dirige" (ibid, p. 318).

[iii] Por eso: "una teología magisterial que naciera del miedo al riesgo de la verdad histórica o al riesgo de la realidad misma, sería cabalmente una teología apocada, una teología de poca fe desde su punto mismo de partida y, en último término, una evasión ante la grandeza de la verdad. Sería una teología conservadora en el mal sentido de la palabra, preocupada sólo del hecho de conservar y no de la realidad" (ibid, p. 322).

[iv] "Estamos dispuestos para servir a los hombres como tales, no sólo a los católicos, a defender en primer lugar y ante todos los derechos de la persona humana y no sólo los de la Iglesia" (Pablo VI, Discurso de clausura del Vaticano II).

[v] "El 'sacramento del hermano' aparece aquí como el único camino suficiente de salvación, el prójimo como 'la incógnita de Dios', en que se decide el destino de cada uno. Lo que salva no es que uno conozca el nombre del Señor (Mt 7,21); lo que se le pide es que trate humanamente al Dios que se esconde en el hombre" (J, RATZINGER, op. cit. p. 391).