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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

pobres

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LA OPCIÓN POR LOS POBRES
Reflexión personal
MIGUEL ESQUIROL VIVES
COCHABAMBA (BOLIVIA).

ECLESALIA, 02/03/06.- Para mí, en primer lugar la opción por el pobre es una conversión, un cambio de mentalidad, de mirar la vida desde arriba y desde afuera a mirarla desde abajo y desde dentro. Desde abajo, pues muchos hemos visto la realidad siempre desde arriba, desde una clase social privilegiada, y desde dentro, es decir, desde el entramado histórico, social y laboral de mi país. Desde dentro es también ponerse en la piel del otro, para poderlo comprender, esto es hacerse el otro. Es la encarnación continuada en la historia, camino para la justicia, para el diálogo, para la solidaridad, para la convivencia y desde luego para el amor. Comenzando con el prójimo que sufre o es menos feliz y que encuentro en mi camino de todos los días, en esos encuentros reales con el otro.

La opción por el pobre para los cristianos y para mucha gente religiosa, ha de ser previamente la conversión del concepto de Dios, del Dios preocupado por el pecado y por la ofensa recibida de parte de los hombres y las mujeres, como en el Antiguo Testamento, al Dios de Jesús preocupado por el sufrimiento del ser humano. La conversión de un Dios desencarnado al Dios encarnado, en ese cuerpo del Cristo que convive conmigo en la ciudad o en el campo, en la familia o en el barrio, en el bus camino a mi trabajo y en mi trabajo.

La opción por el pobre, es la opción por el Reino de Dios predicado por Jesús, el Reino de Dios que está cerca, por que es posible curar el sufrimiento y las enfermedades provenientes sobre todo por la situación de injusticia y de pobreza.

Por eso la opción por los pobres es la opción por la justicia. Justicia, que para el creyente es más profunda que la simple justicia distributiva o justicia social y económica, pero también se trata de esta justicia.

Y optar por la justicia, es además una opción personal y peculiar para cada individuo, para cada cristiano, pero a nadie y menos al cristiano puede importarle poco el dolor del mundo, que además es el dolor de Dios, sino se ha desencarnado. A nadie puede importarle poco la infelicidad, la pobreza, las injusticias sociales y económicas ni las hambrunas ni las guerras, ni la desocupación ni los despidos de miles de trabajadores, ni el abuso del capital sobre el trabajo ni el abuso de los fuertes sobre los débiles.

Optar por el pobre es por tanto denunciar las injusticias, es entrar a la política, a las luchas sociales, a la resistencia a un sistema injusto, es votar por quien representa a las mayorías, que en Latinoamérica son pobres, y es anunciar con hechos inteligentes honestos y eficaces, todos los días, desde cualquier estado, oficio, ocupación o profesión, la llegada del Reino de Dios, el alivio del dolor, del sufrimiento, de la opresión, de la carga pesada de la vida como lo es para muchos, procurando crear felicidad y posibilidades de felicidad en los demás. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


burguesía

REINO DE DIOS, BURGUESIA, IGLESIA
FAUSTINO VILABRILLE LINARES
GIJÓN (ASTURIAS).

ECLESALIA, 21/02/06.- Hace muchos siglos que la Iglesia Oficial, y detrás de ella muchos de sus feligreses, ha estado ligada a la burguesía conservadora, reaccionaria, elitista y marginadora, capitalista y más o menos adinerada. Está claro que fue y es una iglesia antievangélica, contraria al Reino de Dios.

La burguesía y el dinero fueron siempre de derechas, conservadores, religiosos, cumplidores de ritos y normas, pero anticristianos, fiel reflejo de los fariseos descritos en el Evangelio por Jesús: “no os conozco, me honráis con los labios, pero estáis lejos de mi”. Desde criterios evangélicos la religión burguesa es incompatible con Jesucristo. Incluso hay burgueses sinceramente religiosos, pero objetivamente no son cristianos, siendo incluso un gran obstáculo para la captación transparente y limpia del mensaje de Jesús: lo afirman con sus palabras y ritos, pero lo niegan y enturbian con sus hechos.

Por el contrario, las opciones auténticas de izquierdas, claramente definidas por la solidaridad, la justicia, la igualdad social, económica, política y cultural, están objetivamente mucho más cerca del Evangelio que la misma Iglesia, y por lo mismo es lógico que la rechacen, así como a sus seguidores, por sus opciones y postulados capitalistas, conservadores, verticalistas, tanto de ella como de ellos, así como a sus formas estructurales, asimétricas, integristas, reaccionarias, dictatoriales, no democráticas, sibaritas, incluso en sus liturgias a veces teatrales por sus vestuarios, sus ceremonias burguesoides, sus ostentaciones al más puro estilo de los países ricos, las realezas occidentales, etc. etc.

Pero lo cierto es que el verticalismo jerárquico eclesiástico, va incluso más allá que la misma burguesía, porque la Iglesia no admite ninguna forma de democracia en su funcionamiento al interior de si misma, ni siquiera para la designación de las personas en ninguna escala de su línea jerárquica, incluso concedido y aceptado que las facultades sacramentales sean de sucesión apostólica. En cambio muchas opciones de derechas se someten al sufragio universal y aceptan el veredicto de las urnas, cosa que la Iglesia nunca hizo salvo en los tres primeros siglos de su funcionamiento, pero a partir del siglo IV se mantuvo siempre unida y maridada a los poderes político-económicos, llegando incluso a ejercerlos con absoluto poder hegemónico anexionándose tierras, latifundios, predios, vasallos, incluso poniendo y quitando reyes a su libre albedrío, concediendo el dominio a gobernantes occidentales de grandes territorios de ultramar, al mismo tiempo que manipulaba al pueblo con reglas, leyes, preceptos y obligaciones, atemorizándolo con la pena de condenación eterna por su incumplimiento.

(Nota.-Una señora de un pueblo llamado Busqueimado, de los Oscos, límite con Galicia, le dijo al cura, en tiempos de la dictadura franquista, cuando la obligaba a comprar la bula de carne que dispensaba de abstenerse de comer carne en determinados días: “con ella voy a envolver chorizos y tocino”).

No obstante lo dicho, también hay que decir, que existen comportamientos que desde opciones teóricas de izquierdas, sin embargo en sus formas personales de conducta, son netamente de derechas y responden aun corte netamente burgués y neoliberal capitalista. Desde el punto de vista cristiano tampoco concuerdan en absoluto con el Evangelio.

Si desde una auténtica opción de izquierdas lo lógico es rechazar una iglesia conservadora, ligada a la derecha reaccionaria, y claramente escorada hacia los partidos políticos de derechas y neoliberales, resulta en cambio no comprensible que esas opciones de izquierdas rechacen el Evangelio y a Jesucristo, puesto que El y su mensaje, leídos desde el lenguaje actual, no solo son radicalmente de izquierdas, sino que la conducta y el mensaje de Jesús, son de la más estricta ortodoxia antiburguesa. Su opción por los pobres (empobrecidos), la justicia, la defensa de los débiles y marginados, su rechazo total y frontal hacia los conservadores político-religiosos de su tiempo que lo llevaron a la muerte, sus comportamientos personales y doctrinales hacia ellos, representados social y religiosamente por los fariseos, sus opción por el pueblo, su clamor contra el hambre, contra la injusticia, contra los manipuladores del pueblo, contra los ricos a costa de los pobres o desentendidos de ellos, su pasión por la justicia, la fraternidad y el amor, incluso a los enemigos, la igualdad radical de todos con preferencia hacia los más débiles y necesitados (pobres, niños, mujeres, enfermos): todo esto es algo palmario, evidente e innegable a lo largo de toda la vida personal y social de Jesús, particular y pública, dando además una dimensión trascendente a todo este compromiso personal, social y público como respuesta a los interrogantes más últimos y fronterizos del ser humano, y por lo mismo llenando de sentido profundo, comprometido y esperanzador la existencia de cada persona humana.

Es por lo que desde opciones auténticas de izquierda se entiende claramente el rechazo de una iglesia no evangélica, pero por lo mismo no se entiende en absoluto el rechazo de la persona y el mensaje de Jesús, si bien es cierto que muchas personas, ajenas al funcionamiento de la iglesia oficial y comprometidas con la justicia y los oprimidos de la tierra, tienen mucha más aceptación y reconocimiento público y popular, y se valora mucho su compromiso con los empobrecidos, oprimidos, esclavizados y explotados de la tierra, e incluso se colabora con ellos desde opciones de agnosticismo y en algunos casos increencia, porque se reconoce su autenticidad y coherencia con los valores fundamentales del hombre y de la dignidad humana, y por tanto del Evangelio y su creador Jesucristo, aunque no lo reconozcan explícitamente.

La Iglesia durante siglos ha velado, distorsionado y dañado a veces mucho la imagen de Jesús, de su mensaje y por tanto del Reino de Dios. Es por tanto muy importante distinguir muy bien entre Iglesia y Reino de Dios. El reino de Dios es Jesús, su Evangelio y su mensaje, y aquí es donde hay que centrarse, y la Iglesia solo vale en la medida en que sea fiel al Reino de Dios. Es por lo que es justo, necesario y obligatorio distanciarse de ella en la medida que ella se distancia del Reino, así como ejercer sobre ella y los que la representan la crítica más auténtica y radical que sea necesaria para cuestionarla ante sus fallos y reconducirla más y más a la fidelidad al Reino de Dios; es decir, al hombre; es decir, a la salvación integral inmanente-trascendente de todos y de todo. Es inconcebible que a la altura de los tiempos actuales, con el conocimiento que tenemos de la historia y del mundo y las condiciones actuales del hombre y la tierra, ambos empobrecidos cada vez más, las iglesias, y en particular la católica, (olvidado incluso el pasado negativo y salvado lo que haya que salvar) sigan tan lejos de sintonizar con el mensaje liberador del Evangelio y las aspiraciones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

burguesía

REINO DE DIOS, BURGUESIA, IGLESIA
FAUSTINO VILABRILLE LINARES
GIJÓN (ASTURIAS).

ECLESALIA, 21/02/06.- Hace muchos siglos que la Iglesia Oficial, y detrás de ella muchos de sus feligreses, ha estado ligada a la burguesía conservadora, reaccionaria, elitista y marginadora, capitalista y más o menos adinerada. Está claro que fue y es una iglesia antievangélica, contraria al Reino de Dios.

La burguesía y el dinero fueron siempre de derechas, conservadores, religiosos, cumplidores de ritos y normas, pero anticristianos, fiel reflejo de los fariseos descritos en el Evangelio por Jesús: “no os conozco, me honráis con los labios, pero estáis lejos de mi”. Desde criterios evangélicos la religión burguesa es incompatible con Jesucristo. Incluso hay burgueses sinceramente religiosos, pero objetivamente no son cristianos, siendo incluso un gran obstáculo para la captación transparente y limpia del mensaje de Jesús: lo afirman con sus palabras y ritos, pero lo niegan y enturbian con sus hechos.

Por el contrario, las opciones auténticas de izquierdas, claramente definidas por la solidaridad, la justicia, la igualdad social, económica, política y cultural, están objetivamente mucho más cerca del Evangelio que la misma Iglesia, y por lo mismo es lógico que la rechacen, así como a sus seguidores, por sus opciones y postulados capitalistas, conservadores, verticalistas, tanto de ella como de ellos, así como a sus formas estructurales, asimétricas, integristas, reaccionarias, dictatoriales, no democráticas, sibaritas, incluso en sus liturgias a veces teatrales por sus vestuarios, sus ceremonias burguesoides, sus ostentaciones al más puro estilo de los países ricos, las realezas occidentales, etc. etc.

Pero lo cierto es que el verticalismo jerárquico eclesiástico, va incluso más allá que la misma burguesía, porque la Iglesia no admite ninguna forma de democracia en su funcionamiento al interior de si misma, ni siquiera para la designación de las personas en ninguna escala de su línea jerárquica, incluso concedido y aceptado que las facultades sacramentales sean de sucesión apostólica. En cambio muchas opciones de derechas se someten al sufragio universal y aceptan el veredicto de las urnas, cosa que la Iglesia nunca hizo salvo en los tres primeros siglos de su funcionamiento, pero a partir del siglo IV se mantuvo siempre unida y maridada a los poderes político-económicos, llegando incluso a ejercerlos con absoluto poder hegemónico anexionándose tierras, latifundios, predios, vasallos, incluso poniendo y quitando reyes a su libre albedrío, concediendo el dominio a gobernantes occidentales de grandes territorios de ultramar, al mismo tiempo que manipulaba al pueblo con reglas, leyes, preceptos y obligaciones, atemorizándolo con la pena de condenación eterna por su incumplimiento.

(Nota.-Una señora de un pueblo llamado Busqueimado, de los Oscos, límite con Galicia, le dijo al cura, en tiempos de la dictadura franquista, cuando la obligaba a comprar la bula de carne que dispensaba de abstenerse de comer carne en determinados días: “con ella voy a envolver chorizos y tocino”).

No obstante lo dicho, también hay que decir, que existen comportamientos que desde opciones teóricas de izquierdas, sin embargo en sus formas personales de conducta, son netamente de derechas y responden aun corte netamente burgués y neoliberal capitalista. Desde el punto de vista cristiano tampoco concuerdan en absoluto con el Evangelio.

Si desde una auténtica opción de izquierdas lo lógico es rechazar una iglesia conservadora, ligada a la derecha reaccionaria, y claramente escorada hacia los partidos políticos de derechas y neoliberales, resulta en cambio no comprensible que esas opciones de izquierdas rechacen el Evangelio y a Jesucristo, puesto que El y su mensaje, leídos desde el lenguaje actual, no solo son radicalmente de izquierdas, sino que la conducta y el mensaje de Jesús, son de la más estricta ortodoxia antiburguesa. Su opción por los pobres (empobrecidos), la justicia, la defensa de los débiles y marginados, su rechazo total y frontal hacia los conservadores político-religiosos de su tiempo que lo llevaron a la muerte, sus comportamientos personales y doctrinales hacia ellos, representados social y religiosamente por los fariseos, sus opción por el pueblo, su clamor contra el hambre, contra la injusticia, contra los manipuladores del pueblo, contra los ricos a costa de los pobres o desentendidos de ellos, su pasión por la justicia, la fraternidad y el amor, incluso a los enemigos, la igualdad radical de todos con preferencia hacia los más débiles y necesitados (pobres, niños, mujeres, enfermos): todo esto es algo palmario, evidente e innegable a lo largo de toda la vida personal y social de Jesús, particular y pública, dando además una dimensión trascendente a todo este compromiso personal, social y público como respuesta a los interrogantes más últimos y fronterizos del ser humano, y por lo mismo llenando de sentido profundo, comprometido y esperanzador la existencia de cada persona humana.

Es por lo que desde opciones auténticas de izquierda se entiende claramente el rechazo de una iglesia no evangélica, pero por lo mismo no se entiende en absoluto el rechazo de la persona y el mensaje de Jesús, si bien es cierto que muchas personas, ajenas al funcionamiento de la iglesia oficial y comprometidas con la justicia y los oprimidos de la tierra, tienen mucha más aceptación y reconocimiento público y popular, y se valora mucho su compromiso con los empobrecidos, oprimidos, esclavizados y explotados de la tierra, e incluso se colabora con ellos desde opciones de agnosticismo y en algunos casos increencia, porque se reconoce su autenticidad y coherencia con los valores fundamentales del hombre y de la dignidad humana, y por tanto del Evangelio y su creador Jesucristo, aunque no lo reconozcan explícitamente.

La Iglesia durante siglos ha velado, distorsionado y dañado a veces mucho la imagen de Jesús, de su mensaje y por tanto del Reino de Dios. Es por tanto muy importante distinguir muy bien entre Iglesia y Reino de Dios. El reino de Dios es Jesús, su Evangelio y su mensaje, y aquí es donde hay que centrarse, y la Iglesia solo vale en la medida en que sea fiel al Reino de Dios. Es por lo que es justo, necesario y obligatorio distanciarse de ella en la medida que ella se distancia del Reino, así como ejercer sobre ella y los que la representan la crítica más auténtica y radical que sea necesaria para cuestionarla ante sus fallos y reconducirla más y más a la fidelidad al Reino de Dios; es decir, al hombre; es decir, a la salvación integral inmanente-trascendente de todos y de todo. Es inconcebible que a la altura de los tiempos actuales, con el conocimiento que tenemos de la historia y del mundo y las condiciones actuales del hombre y la tierra, ambos empobrecidos cada vez más, las iglesias, y en particular la católica, (olvidado incluso el pasado negativo y salvado lo que haya que salvar) sigan tan lejos de sintonizar con el mensaje liberador del Evangelio y las aspiraciones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

dudas

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LA DUDA ENGENDRA ESPERANZA
JOSÉ VIDAL TEJERO, jvidalt@able.es
ZARAGOZA

ECLESALIA, 20/02/06.- A través de la historia, vemos como el hombre ha ido forjando multitud de filosofías, y con ellas tratar de dar explicación al sentido de nuestra vida, unas veces esas filosofías se basan en la existencia de un Ser Superior (Dios) que de alguna manera controla o vigila nuestras vidas, y en otras ocasiones estas filosofías están sujetas a la negación de la existencia de ese Ser Superior y tratan de racionalizarlo todo.

Esto que en principio tendría que ser normal se agrava cuando seguidores tanto de una corriente como de la otra, dan a su forma de ver la vida un valor absoluto, y como consecuencia todas las demás concepciones son erróneas, esto hace un dialogo imposible y da pie al enfrentamiento.

El resultado de absolutizar las diferentes filosofías, ha sido y sigue siendo la consecuencia de enfrentamientos y de la persecución de unos hombres por otros por las creencias de cada uno; ¿cuántos hombres y mujeres han muerto por causa de sus creencias?, ¿Cuánta sangre inocente, injusta e innecesariamente se ha derramado por esa causa a través de los tiempos?. Pensemos por ejemplo en el imperio romano, en los reinos cristianos, la inquisición, los reinos musulmanes, la conquista de nuevas tierras, y un largo etcétera que haría una lista interminable. Pero no solo las persecuciones por las creencias han sido un hecho pasado, es que ahora también los conflictos, que aunque hay intereses económicos o políticos en el fondo, se radicalizan por las creencias religiosas y tenemos ejemplos como: la división de Yugoslavia, Oriente Medio, Chechenia, Afganistán, Irak y otros muchos mas, que también haría una lista muy larga.

Todo esto en la vida normal también se da, ¿en cuantas circunstancias la gente habla dando soluciones absolutas a los problemas cotidianos?, es normal, lo que parece ser que cualquiera tiene la solución, si yo pudiera... todo esto tiene solución, pero lo que no plantean es el escuchar a todas las partes implicadas, el asumir que las minorías, por el hecho de ser minorías no quiere decir que no tengan su parte de razón. Parece ser que la misma situación, o la limitación propia del ser humano, conlleva a las personas a creerse que su verdad, es decir la “verdad” que cada uno ha ido adquiriendo a lo largo de su vida es la “única” verdad.

Ante todo esto veo que el hombre trata de superar sus limitaciones y se cree superior a los demás planteando sus ideas como absolutas, y eso es precisamente el error, todos no podemos estar en la verdad absoluta, yo me atrevo a decir que ninguno está en la verdad absoluta, que en todo caso son verdades relativas o parciales, sino simplemente, tanto creyentes como no creyentes, echemos una mirada a la historia y veremos cuantas “verdades” han ido cayendo conforme iban avanzando los tiempos, que ninguna se ha mantenido inmutable y que yo pienso que ninguna se mantendrá, sino que las ideas irán evolucionando y muchos de sus postulados serán superados. Además yo personalmente, como creyente, pienso que la verdad absoluta es Dios, y que ningún hombre por muy “iluminado” que se crea, puede acceder a ella, porque entonces se pondría a nivel de Dios, algo totalmente imposible debido a nuestras limitaciones.

La no-seguridad en todos nuestros planteamientos, conlleva la duda, a preguntarse si nuestras actuaciones son correctas o erróneas, pero es una pregunta que no tiene solución, porque nuestras propias limitaciones nos llevan o a fabricarnos una verdad absoluta o a dudar de lo que hagamos o digamos.

Yo me pregunto si los explotadores de este mundo, que ha habido o siguen habiendo, dudaran de su “verdad”, seguro que no actuarían como lo han hecho o lo hacen, y es que contra la “verdad absoluta” la duda es un reconocimiento de humildad por nuestra parte, y si esa duda no nos lleva al pasotismo, sino que a pesar de dudar seguimos buscando alternativas y trabajando en hacer una vida mejor, puede que mas de una vez nos equivoquemos, pero es la única forma de seguir avanzando con el pleno respeto a los demás, y que algún día ese Reino que decimos creer y que tratamos de ir haciendo con nuestro trabajo, pueda ser realidad en plenitud un día.


Jesús que dedicó su vida en anunciar la proximidad del Reino, también dudó, y posiblemente el pasaje de las tentaciones que narra el evangelio, no sea mas que la recopilación de las dudas que le embargaron en su vida y que en algún momento lo comunicara a sus discípulos.

Dudó de lo que decía cuando pensó que la manera de solucionar el hambre de este mundo fuese el “convertir las piedras en panes” y así al tener comida fácil el hombre se apuntaría al Reino con mas rapidez, pero se dio cuenta que el hombre no solo necesita pan para comer, que lo que sobra es comida en el mundo, que la solución es que todos compartamos todo lo que tenemos y entonces sobraría, al hacer esto no solo hacemos un acto de justicia sino que además abrimos nuestro corazón a todos los demás También dudó Jesús cuando pensó que si Dios hacia un milagro muy grande que pudieran verlo mucha gente, y viesen el poder de Dios el Reino sería más fácil, pero Jesús se dio cuenta de que el Reino no puede ser un regalo, ni una operación de “marketing”, sino que tiene que venir desde la conversión de los hombres.

Otra duda de Jesús fue la de alcanzar el poder político del mundo, y así desde arriba legislar a favor del Reino, pero Jesús se dio cuenta de que el Reino no puede ser impuesto, sino que tiene que ser una opción libre de los hombres y como consecuencia de nuestro trabajo día a día.

Estando en el monte de los olivos, y viendo el desenlace que se le venía encima, dudó de sí todo lo que había hecho en su vida serviría para algo, y si con su muerte, que veía venir iba posibilitar la llegada del Reino, por eso en un momento de duda fue cuando dijo “Padre mío, si es posible, pase de mi este cáliz”, Mt. 26-39; pero a continuación dándose cuenta de la irreversibilidad de los acontecimientos que le venían encima y aceptándolos hasta las ultimas consecuencias dijo: “sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tu” Mt. 26-39.

Y el momento de duda más desgarrador fue cuando, estando clavado en la cruz, y pensando si su muerte tenía sentido, si los hombres que habían convivido con él por lo menos iban a seguir con el proceso del Reino, si todo no había sido inútil, por eso dijo; “Dios mío. Dios mío, ¿porque me has abandonado? ” Mc. 15-34

Y es que en el proceso normal de la vida, si tratamos de no absolutizar nuestros planteamientos, si estamos abiertos a todas las posturas sin exclusiones, la duda nos asaltará continuamente, dudaremos de sí nuestras creencias son ciertas, o por lo contrario son erróneas, y si tienen algo de cierto, cual es el error, donde empieza, etc.

Cuando defendamos nuestras posturas, frente a las de los demás, y pensemos posteriormente sobre nuestros razonamientos, dudaremos de sí hemos tomado una actitud correcta o si por lo contrario las posturas que hemos criticado no estaban mas cerca del Reino que las nuestras.

En nuestro compromisos cotidianos, también dudaremos de sí optamos por la postura correcta, si no habrá otra salida mejor, si nuestro trabajo tiene sentido, si no estaremos perdiendo el tiempo, o si lo que hacemos, lo hacemos con sentido trascendente, o si lo hacemos para satisfacer nuestro ego.

Pero lo malo no es dudar, la duda es un producto de nuestras limitaciones, y si a pesar de nuestras dudas, seguimos adelante en nuestro trabajo a favor del Reino, siendo capaces de analizar todos los planteamientos que tengan los que estén trabajando por lo mismo, no excluimos a priori ninguna postura por muy absurda que en principio nos parezca y tratamos de asimilar aquello que pensemos que mejora nuestra posición, pues posiblemente nos equivoquemos, es más, seguro que más de una vez nos equivocamos, pero es la única forma de ir avanzando en el proceso de construcción del Reino y de que nuestras dudas nos vayan interpelando continuamente y entonces podemos decir que LA DUDA ENGENDRA ESPERANZA. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


nuestro amor

PADRE NUESTRO, DIOS AMOR
FRANCISCO BARCO
SEVILLA.

ECLESALIA, 15/02/06.- Padre nuestro, buenas noches. No creo que te parezca raro el tema que hoy te traigo, ante ti tengo la suficiente confianza o temeridad por mi escasa competencia, la carta de mi hermano Benedicto XVI.

En un momento tan colérico como el que vivimos, cuando todos, unos por una razón y otros por otra, pronunciamos tu nombre con tanta facilidad y en apoyo de nuestros intereses, pienso que ha sido obra de tu Espíritu que alguien gritara claro cuál es tu nombre: Amor. Gracias una vez más.

Era la primera carta pastoral de nuestro Obispo de Roma, un personaje muy mediático como se dice ahora, y todos esperábamos con impaciencia que nos explicara su proyecto. Especialmente, después de su trayectoria conservadora y excluyente, temíamos una declaración dogmática, una denuncia de los males del mundo. Te confieso, tú lo sabes, que yo no esperaba nada bueno, no me da buenas vibraciones y ha sido, descubro sorprendido gratamente, incluso místico en algunos pasajes como el dedicado a la oración. La prueba de lo sorprendidos que nos ha dejado a todos es la escasa aparición de titulares.

Te ruego me ayudes y nos ayude, también y especialmente a él, nuestro hermano, a aclarar algunas dudas que pienso se perciben en su carta. Tú conoces mi insuficiente formación de laico, abuelo ya, y la experiencia profundamente amorosa con mi compañera desde hace más de 40 años que marca mi vida. De ahí mis dudas y la confianza de cementarlas contigo.

Aunque no condena el amor de los humanos, no lo reconoce suficientemente en sí mismo; parece que no se atreve a valorar lo humano como lo más grandioso, la imagen del creador.

La descripción del Eros, con ese miedo a los “instintos”, además de no haberlo experimentado parece que no lo ha actualizado teóricamente distinguiendo amor pasión, amor romántico, amor razón y en todos ellos, desde luego, también amor ágape; porque el amor, el que conocemos, el que hemos experimentado, que también puede sufrir patologías, es y tiene un lecho: es don, ofrecimiento y aceptación y recibo. El amor que damos y recibimos los humanos es pasión, ardor, espera, silencio, pregunta y diálogo, aceptación, entrega, sequedad, compañía y fusión transformadora. Todo eso es el amor en una riqueza siempre viva y siempre frágil.

Parece referirse sólo a la unión matrimonial como imagen de Dios y yo pienso que “Dios los creó a su imagen, hombre y mujer” como un todo, no es necesario que para llegar a ser imagen de Dios tengan que unirse. Cada hombre, cada mujer, es la imagen de Dios. ¿No utiliza los textos bíblicos forzándolos para fundamentar su propuesta? ¿De forma apologética quizás?

Por otra parte parece que toda la CARIDAD se concentra y se expresa exclusivamente en los bienes económicos o materiales ¿dónde queda hacer el bien en la libertad, la unión, el diálogo? ¿Qué decir de la excomunión, de la marginación, de la persecución… por pensar y decir de otra manera?

¿No te parece que concibe la caridad como asistencia no como restitución de la dignidad humana en toda su plenitud? ¿Cómo se explica la represión de la libertad y de la conciencia en la iglesia?

¡Qué distancia entre lo proclamado y lo que se hace en la iglesia! ¿Por qué elude siempre a todo el hombre, espíritu, conciencia, pensamiento, en la caridad?

Sigo insistiendo que es reduccionista la concepción de la caridad, no hay caridad sin justicia, la justicia es expresión del plan divino.

El tema del neoliberalismo, el de la justicia y su relación con la caridad no me parecen nada claro, su tratamiento es ambiguo y confuso. Igualmente la exposición sobre la Doctrina Social de la Iglesia que parece añorar una cierta influencia normativa o, peor, una desvaloración de la acción humana, de la sociedad y la necesidad de proteccionismo sobre ella por parte de esa Iglesia. ¿A ti que te parece, la comunidad de Jesús tiene que ser tan evidente y poderosamente protagonista o anónima? Yo creo que Jesús nos pidió que sólo por el amor nos reconocieran.

Bueno, otro día seguimos. Danos hoy tu pan de cada día, ilumina y fortalece nuestros espíritus. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

comida y cena 2/2

COMIDAS Y “CENA DEL SEÑOR”
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo; herrero.pozo@telefonica.net
LOGROÑO (LA RIOJA).

- - -> Segunda parte ( primera parte publicada el 09/02/06 )

2. La “Cena del Señor”

ECLESALIA, 13/02/06.- Sobre una treintena de líneas en las que los Evangelios sinópticos y Pablo recogen, con ligeras variantes, el texto estereotipado de la práctica cristiana de la “fracción del pan” en las primeras comunidades se ha levantado un monumental y complejísimo constructo teológico. Un milagro de reconstrucción de una catedral a partir de unas pocas docenas de viejas piedras. Siempre he encontrado una especial dificultad en explicar la eucaristía sobre todo a los niños, al tener que partir de una acción litúrgica extraña y absolutamente incomprensible. En este breve texto voy a intentar presentar su núcleo sustancial.

¿Quiénes son los beneficiarios directos de este Sacramento? Los creyentes que formamos la pequeña asamblea. ¿Qué tenemos derecho a esperar del principal sacramento? Se nos ha dicho que nuestra salvación, llamémosla en lenguaje moderno liberación integral que, obviamente, se halla vinculada a Jesús en alguna dimensión sustancial de su ser salvador.

Entendido de la forma más simple y sin alejarnos de nuestra realidad humana ¿qué es lo que, de modo general, más sana y libera a la persona? El amor, sin lugar a dudas. El amor bien entendido equilibra la psicología individual y asegura la convivencia social, a nivel de los grupos cercanos (familia, trabajo, amigos, comunidad cristiana…) como de la humanidad entera. En el ejercicio de este amor queda incluido automáticamente lo que denominamos amor de Dios, si existe, seamos o no conscientes de ello.

Supuesto que los cristianos hemos elegido “seguir” a Jesús como camino de verdad que da vida (Camino, Verdad y Vida) ¿cómo vivió el amor aquel profeta galileo? De él sólo conocemos lo que impactó al grupo de discípulos que le siguieron durante un par de años: Jesús se encontró en medio de unas poblaciones compuestas mayoritariamente de gente totalmente marginal y aquejada de todo tipo de dolencias fruto de la pobreza severa. Se conmovieron sus entrañas y, decididamente, tomó partido por este pueblo y se dedico sin descanso a aliviarlo. Las autoridades civiles y religiosas, responsables de la situación, se ofuscaron hasta el extremo por la denuncia de Jesús y acabaron con su vida. Jesús murió, por la coherencia de su amor, por vivir como vivió entregado a los pobres. Sus discípulos, superado el trauma de un fracaso inesperado y aborrecido (tardaron mucho tiempo en representar el instrumento del asesinato) acabaron descubriendo en esa muerte en cruz la culminación de su vida, concreción de su amor, y, de rechazo, la más fiel transparencia del amor del mismo Dios.

Tales acontecimientos de la vida y muerte de Jesús fueron interpretados por los discípulos, a la luz de la experiencia de la resurrección, como el gran testimonio del estilo de vida a adoptar: vivir amando aún a riesgo de muerte. Acontecimientos y sentimientos de la vida del Maestro que rumiaban juntos cada vez que se sentaban (o se reclinaban) a la mesa. Las comidas eran el lugar y clima privilegiados de sus encuentros ‘recordando’ al maestro.

Lo habían sido cuando vivían juntos. Basta repasar la frecuencia y relevancia que revisten las comidas comunes en los relatos evangélicos. No necesitaban inventar ningún nuevo ceremonial de ‘memoria’, sólo seguir con las costumbres anteriores. Aunque no hubiera existido históricamente una cena con especial diseño de despedida, no era preciso ser muy creativos (y los orientales lo son) para volcar en la última que recordaban toda la carga de vivencias, reinterpretadas en su espíritu a la luz de los últimos decisivos acontecimientos. No necesitan inventar ninguna liturgia especial, sólo seguir comiendo juntos, sirviendo a los más necesitados alimento y recuerdo como hacía Jesús (‘en memoria mía’). Compartiendo el alimento (‘fracción del pan’), y un poco de vino de vez en cuando, se recreaba el clima de amor más propicio para revivir y apropiarse el espíritu de Jesús. Compartir el pan era, sin artificio alguno, hacerlo presente entre los hermanos en el servicio de unos a otros. Es lo que subrayará medio siglo después Juan con el lavatorio de los pies en sustitución del texto tradicional, sin duda por contrarrestar el talante jerárquico naciente. El texto tradicional (el llamado de la ‘institución’, de Pablo y de los sinópticos) era ya un estereotipo extendido. Los elementos básicos de toda comida, el pan y el vino, la vinculaban de modo explícito tanto a la muerte de Jesús como a la imagen jesuánica del banquete escatológico. Hasta 1ª Corintios y probablemente después durante un tiempo, la fusión entre comida común y celebración cristiana principal no ofreció ninguna dificultad: era la costumbre, algo obvio por la identidad de sentido antes subrayada. La pérdida de éste llevó a abusos, surgieron diversas interpretaciones de la celebración, se coló la idea judeo-pagana de sacrificio, se desligaron comida y ‘cena del Señor’… Es conocida la historia hasta llegar a nuestras misas aburridas, incomprensibles, minuciosa y hieráticamente fijadas y vigiladas por Roma.

Resumiendo podemos decir ya en términos teológicos modernos: Todo sacramento es una acción simbólica mediante la cual indicamos lo que está ocurriendo y queremos celebrar desde la fe. Ya en el mismo plano humano, al comer juntos en actitud convivial estamos haciendo surgir en nuestro afecto fraterno el amor que es “único” (Ratzinger), es decir, estamos haciendo presente a quien mejor transparentó a Dios que es amor (Deus caritas est). En la misma proporción en que nuestra comensalidad es sincera y profunda es “eucarística” y, en esa medida, puede ser compartida por todos, creyentes y no creyentes. Cuando queremos celebrar la fe de una manera especial, al igual que hacemos en circunstancias especiales de la vida, acompañamos el ágape de gestos, palabras y lecturas más explícitamente alusivas que ponen de relieve la profunda dimensión que puede adquirir la comensalidad, el comer juntos ‘en el Señor’. Es claro que cada uno penetra en esa dimensión según su medida. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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COMIDAS Y “CENA DEL SEÑOR”
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo; herrero.pozo@telefonica.net
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 09/02/06.- Comida y Eucaristía no acaban de reconciliarse. En el pensamiento cristiano general son dos cosas totalmente distintas y separadas salvo el residuo casi caricatural de una pequeña oblea fina como el papel y unas gotas de vino no obligatorias. Es abusivo llamar a esto comida.

Las primeras comunidades remiten las comidas que llamaban “fracción del pan” a una supuesta cena última del Señor. Dato en el que más que el rigor histórico les interesa el sentido profundo de lo celebrado que es precisamente de donde saca Pablo su argumento contra los abusos en Corinto (1 Cor.11): si sois incapaces de compartir ricos y pobres (aquellos se sacian y éstos pasan hambre) quedaos en casa; eso no es “la cena del Señor”; si degradáis lo más humano de la comida, fraternidad solidaridad, servicio y amor respetuoso, perdéis su dimensión de recuerdo (‘memorial’) de Jesús. Es claro, sin amor no hay comida eucarística porque compartir el alimento es amarse y donde hay amor ahí está Dios. Aunque faltan documentos, la praxis posterior de las iglesias da a entender que, como es tan humano, se tomó el rábano por las hojas: en lugar de corregir la degradación de las comidas en común (abuso de los ricos contra los pobres), facilitaron al contrario que se siguiese distanciándola de la “cena del Señor”. Y ahí seguimos hoy. Hasta el extremo que la línea argumental de un autor favorable a esa disociación viene a decir lo siguiente: de acuerdo, la eucaristía comienza en una cena pero el proceso de ‘ritualización’ (que busca destacar lo propiamente sagrado) las ha separado a ambas, y bien separadas: así el misterio del sacramento se destaca mejor de lo profano de una comida. Me encanta esta exposición por lo que tiene de prototipo de la doctrina oficial.

En ésta, a mi entender, la desviación que se fue produciendo es de orden antropológico y teológico: se pierde el sentido de lo que es la comida en común (convite, convivium) como también el de lo que es propiamente la “cena del Señor”, es decir, falla el a-b-c de lo humano y de lo divino. Vamos, pues, por partes.

1. Aprender a comer

No es una ‘boutade’ asegurar que, al menos en occidente, tenemos que aprender a comer juntos. Nuestras comidas reflejan la sociedad, su banalización, su individualismo, su escaso sentido solidario, el déficit de comunicación, el chato utilitarismo, el deterioro del símbolo y de la fiesta, la gula consumista.

Estoy convencido de que, si como es deseable, se retorna a la eucaristía como verdadera comida, la dificultad en recuperar el sentido de aquella provendrá de ésta. Por eso resulta todavía algo artificial su fusión en los grupos donde esto se hace: entran en crisis, para bien, las formas habituales de comer en el hogar. La comensalidad es exigente.

Por una vez, la encíclica del papa nos viene en ayuda sugiriendo –tal vez sin advertir su alcance- la supresión de la discontinuidad tradicional entre lo humano y lo divino, concretamente entre el eros o amor de deseo, incluido el conyugal y el ágape o amor de entrega y don, incluido el amor de Dios. Eros es lo más básico, humano y hasta carnal del deseo amoroso necesitado. El ágape sería su dimensión más noble y altruista, el amor como plenitud por la apertura y entrega al otro. Lo importante y más original es cómo el papa los relaciona. No son cosas distintas, ni menos antagónicas como era tradicional, sino una “única realidad” con “diferentes dimensiones” - nos asegura-, de tal guisa que si se independizan pierden su propio ser. El propio eros “quiere remontarnos hacia lo divino” y por eso “llevarnos más allá de nosotros mismos”, pero también puede encorvarse sobre sí mismo y degradarse en egoísmo. Es precisamente el ágape quien “sanea” el eros y lo despliega hacia su verdadera grandeza. Son, pues, realidades estrictamente complementarias: el eros amaga una dirección, el ágape la lleva a término. ¡Preciosa reconciliación y fusión de lo más humano y lo más divino en la pluma del papa Ratzinger! El amor conyugal auténtico sería su arquetipo y la unión mística su culminación. El “extasis” (salir de sí mismo) se inicia en el eros, dice el papa, y se completa en el ágape.

De haber seguido esta lógica del amor parecería que el amor conyugal, capaz de llevar al ser humano a la dimensión del ágape (Dios incluido) debería haberse constituido en el sacramento central, símbolo de la unión de Cristo con su Iglesia, según Pablo. Las comunidades no lo entendieron así y atribuyeron a la “cena del Señor” el papel axial de símbolo sacramental por excelencia. El símbolo del ágape conyugal está restringido a dos, mientras que el eucarístico engendra comunidad. ¿Por qué? Yo diría que porque no existe una acción simbólica más abarcante y universal, generadora de amor comunitario que el de la comensalidad que, incluso, se ha apropiado de la denominación “ágape fraterno”. Es claro en el mundo bíblico, desde la abundancia de comidas en la vida diaria de Jesús (acusado de comilón y bebedor) a las que recurre en sus parábolas hasta cómo el Maestro considera la plenitud de los tiempos como “banquete del Reino”. El comer juntos, acción tan humana y sencilla, tan a ras de lo cotidiano pero tan desvirtuada que parece incompatible con la divina sacralidad del Sacramento por antonomasia. Incompatibilidad que se echa a cuenta del proceso de ritualización y no del de la pérdida de sentido. Como si el rito al orillar lo demasiado humano dejara más lugar al misterio. En el desencuentro entre viejo y nuevo paradigma tiene especial relieve la discontinuidad entre lo humano y lo divino, natural y sobrenatural, profano y sagrado. El papa Ratzinger parece sugerir su superación (¿un descuido?). Mi teoría la ha formulado así: “cuanto más auténticamente humano, más divino”. En el caso que nos ocupa, “cuánto más hondamente humana es una comida, más eucarística es”. La dificultad empieza, pues, en lo humano de la comensalidad que cuando está degradada alcanza difícilmente a simbolizar el amor de servicio universal. Esa degradación condujo en Corinto (quiebra de la justicia y del respeto y afecto a los pobres) a separarla de la cena del Señor. El proceso histórico siguiente conservó apenas una caricatura de símbolo: ni los comensales son comunidad, ni la mesa es mesa, ni el pan es pan, ni los fieles han probado el vino durante siglos, ni se come una comida de verdad. En la permanencia del reducto simbólico del pan y vino tuvo posiblemente que ver, además de la explícita mención bíblica, la progresiva carga mágica de la llamada ‘presencia real’.

Es preciso, pues, empezar por lo básico humano, aprender a comer juntos. Ya no sabemos comer. Ingerimos con ansiedad, con la tele encendida o el periódico desplegado. No saboreamos, no tenemos una palabra de agradecimiento al cocinero, con frecuencia mantenemos un silencio que ya no nos pesa, no nos manifestamos sensibles a las penas o alegrías de los comensales, no aprovechamos para confraternizar ese puntito de euforia moderada que aporta el sorbito de vino… Sin embargo ¿quién no tiene la experiencia de lo bien que se quedan los amigos después de una comida alegre en que cada uno ha tenido algún pequeño gesto o alguna palabra amable? Dialogar sin acaparar la palabra… (o el mejor bocado del plato), animar la conversación con humor sin acidez, estar atento a pasar el pan, el vino o el agua… La comida en común es el espacio de mil detalles de afecto…La buena comensalidad es, por derecho propio, símbolo generador de amistad. Diríamos que es, cuando menos, el sacramento humano más universal y significante. No hay gran acontecimiento que no celebremos con un banquete. No todas las comidas -ni en cualquier circunstancia- logran la misma intensidad antropológica, como es obvio, pero esta calidad no es un añadido sino su plenitud, como el ágape lo es del eros.

Resumiendo, comer juntos no es mero acto fisiológico sino celebración del amor. En una sociedad en crisis no es secundario ni banal recuperar el sentido más humano de las comidas en común, en el hogar o con los amigos. Cuando se redescubre la nobleza de la comida compartida (la comensalidad) se disipan los prejuicios a unirla con la eucaristía porque aquella, en la medida de su densidad, posee ya carga eucarística. Lo humano válido “cuanto más humano, más divino”. Nos citamos para la 2ª parte. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Fin de la primera parte. Segunda parte el 13/02/06

darnos

darnos

GUÍA DE LECTURA DE LA “DEUS CARITAS EST”
Dios es Amor, y la fe, un encuentro con Él y con su don, que provoca en nosotros la necesidad de darnos a los necesitados
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz
VITORIA (ÁLAVA).

ECLESALIA, 07/02/06.- Dios es amor y nuestro amor, antes que un mandamiento o ley, es una respuesta a ese don del amor de Dios, experimentado por cada uno y todos juntos. Sin esta experiencia de encuentro con una Persona, Cristo, con el acontecimiento de su Persona y de su Vida, con una Persona como Amor que se nos da, no hay camino cristiano, no hay respuesta cristiana, aunque haya “cumplimiento legal. Ser cristiano es, así, comunicar el amor que se nos da, el que nos colma gratuitamente, y como tal nos desborda (n 1). Dios nos colma de su amor y de este “antes” pende y debe nacer en nosotros el amor como respuesta (n 17).

PRIMERA PARTE (nn 1-18): La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación

Hay una relación intrínseca entre la realidad del amor humano y el amor gratuito de Dios. El fenómeno humano del amor está, ahí, como una realidad central en nuestras vidas. Sus diversas manifestaciones, visibles ya en los distintos usos de la palabra “amor”, se unifican siempre en una relación inseparable de eros y ágape. Estos dos conceptos no son antagónicos, ni el cristianismo los ha hecho tales. Ambos se refieren a dos dimensiones presentes, con acento mayor de una u otra, en todos los significados del concepto amor y, por supuesto, en la asunción cristiana de la realidad humana del amor. Eros representa aquella dimensión del amor caracterizada por la pasión espontánea, posesiva, irrefrenable, enamorada, ensimismada, fascinada por la promesa de felicidad (n 7). Es connatural con nosotros, nos pertenece, pero vivida de forma “ebria y ensimismada”, está condenada al exceso, a la desviación destructiva, a una divinización que la deshumaniza (n 4). Ágape, por su parte, representa aquella dimensión del amor caracterizada por el reconocimiento y respeto del otro, por la entrega y preocupación por el otro, por el bien del amado; conlleva, por tanto, la alegría de la donación, la renuncia, la entrega, la generosidad y hasta el sacrificio. El ágape, momento o dimensión, se inserta en el eros inicial, para, así, nos desvirtuarse y perder su propia naturaleza. Dar y recibir, amar y ser amado. Y en el inicio de todo, ser amado por Dios. Somos eros que busca a Dios y ágape que transmite el don recibido.

En la relación de ambas dimensiones, con su peculiar proporción en cada clase de amor, el amor sale purificado y acomodado a la condición integral del ser humano (n 8), la de una criatura unitaria (n 5), cuerpo y alma, alma y cuerpo en la unidad íntima de la persona única (n 8). Si se separan alma y cuerpo, y con ellos eros y ágape, “la esencia del cristianismo quedaría desvinculada de las relaciones vitales fundamentales de la existencia humana” (n 7)[1]. En realidad, concluye, “eros y ágape... nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general” (n 7).

La fe bíblica asume el fenómeno humano del amor, porque asume a todo el hombre (n 8), purificando su búsqueda y abriéndolo a nuevas dimensiones. El propio amor de Dios a Israel es eros y, a la vez, totalmente ágape, amor apasionado, y amor gratuito y que perdona.

El amor del ser humano y su matrimonio es el icono más logrado de la relación de Dios con su pueblo, y medida del amor humano.

Jesucristo hace realidad el amor de Dios en su forma más radical (n 12), hasta encarnarla en su persona y vida. A la vez, perpetúa su entrega de amor mediante la institución de la Eucaristía, que nos incorpora realmente a la dinámica de su entrega. Este sacramento implica una “mística” de abajamiento de Dios y de asociación del ser humano a su obra salvífica, pero con un sentido social, es decir, “quedo unido al Señor con todos los demás que comulgan”; los que comemos del mismo pan, somos un solo cuerpo (1Cor 10, 17). Todos los cristianos, a partir de la Eucaristía, somos un Nosotros. En ella, el amor de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros. Así, fe, culto y ethos componen una sola realidad.

Las parábolas aclaran y amplían el sentido cristiano de la “projimidad”, es decir, universal y concreta, aquí y ahora, hacia cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar, como fusión del amor a Dios y al prójimo, viendo y sintiendo al otro con los ojos y el corazón de Dios, de Jesucristo (n 18), y, por ende, haciéndolo desde el corazón y llegando a su corazón. Esta experiencia de proximidad total abre mis ojos a lo que Dios me está dando, “me hace sensible también ante Dios” (n 18), por encima de una relación sólo “correcta”, pero sin amor: “Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento... ambos vienen del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero” (n 18). La acogida de este amor de Dios, su profundidad y realismo, puede decirse, se corresponde con la hondura de nuestro amor o servicio a los demás.

SEGUNDA PARTE (nn 19-41): Cáritas, el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como “comunidad de amor”.

La pregunta que la encíclica va a responder queda formulada así (n 1): ¿Cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo?

Pero, ¿tan importante es la caridad en la vida de la Iglesia? Toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor, recibido y dado, que busca el bien integral del ser humano. Ese amor se expresa como servicio de caridad a los hombres en todas sus necesidades. Hablamos ya del amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, como tarea de cada fiel y de toda la comunidad eclesial (n 20), local, particular y universal. De ahí que la caridad necesite de una organización para un servicio comunitario ordenado. La Iglesia lo sabe y ha sido siempre consciente (Hch 2, 44-45) de que la tarea de la caridad tiene importancia constitutiva, es parte de la definición de la Iglesia ((Hch 2, 42; 4, 32-37). Por más que hayan cambiado las circunstancias históricas, ha permanecido la conciencia de que “en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa” (n 21). Es un principio eclesial fundamental (n 21), como se verifica en la aparición histórica del ministerio diaconal (Hch 6, 5-6).

Con el paso del tiempo, el ejercicio de la caridad (n 22) se confirmó como uno de los tres ámbitos esenciales de la vida eclesial, “pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio” (n 22), dando lugar a estructuras jurídicas precisas, desde el siglo IV de nuestra era [2], hasta nuestros días.

Insistamos en esto, dice. La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea (Anuncio, Liturgia y Diaconía). Son inseparables y se implican mutuamente (n 25): “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar en manos de otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia (n 25).

Esto es válido en la Iglesia, “familia de Dios en el mundo”, y supera sus confines, hasta cualquiera que sea el necesitado, como lo muestra la parábola del Buen Samaritano; pero en la Iglesia, “familia”, es especialmente válido.

Caridad y Justicia

Tenía que surgir la pregunta por esta relación. Y, ¿cómo la resuelve? La caridad ha sido cuestionada, dice, no sin razón, como una realidad amenazada de manipulación cuando se presenta y realiza como sustitutivo de la justicia. Tiene su parte de verdad. La cuestión del orden social justo se plantea en la sociedad industrial de un modo nuevo. Es la relación justa entre capital y trabajo. La Iglesia lo percibió tarde, es cierto, pero ya en el siglo XIX nuevas Congregaciones Religiosas desarrollaron la acción caritativa de la Iglesia en la nueva situación. A la vez, desde 1891, la Iglesia ha desarrollado un magisterio social, la DSI, de valor cierto e irrenunciable. En la nueva situación, “a causa de la globalización de la economía” (n 18), la “doctrina social de la Iglesia” “propone” orientaciones válidas, más allá de sus confines, ofrecidas “al diálogo” con “todos” los que se preocupan en serio por el hombre y el mundo (n 27).

Hoy, la relación intrínseca entre “el compromiso necesario por la justicia” y “el servicio de la caridad” (n 28), exige tener en cuenta dos hechos. Uno, la justicia tiene que regir la vida social y el Estado, pero su concreción en estructuras sociales y estatales es competencia de la política. La Iglesia, expresión social de la fe, y el Estado, encarnación institucional de la política, “son dos esferas distinta”; eso sí, “siempre en relación recíproca” (n 28). ¿Por qué esa relación? Veamos.

La política es un procedimiento para determinar “los ordenamientos públicos”, pero su objeto y su medida intrínseca es la justicia, que tiene naturaleza ética (n 28). El Estado, suprema encarnación institucional de la política, intentará realizar la justicia aquí y ahora, pero sabiendo que antes del “cómo”, hay otra pregunta más radical que dice así: “¿qué es la justicia?” (n 28). Atender a ambas dimensiones a la vez, cómo y qué, es una cuestión central que concierne, dice, “a la razón práctica”[3]. Esta “razón práctica”, es decir, la razón política relativamente autónoma (nn 28 y 29) está amenazada de ceguera por el interés y el poder. Y aquí, “política y fe se encuentran” (n 28), porque la fe es “una fuerza purificadora de la razón misma”, para que sea más ella misma; tal es el lugar o servicio de la “doctrina social católica”. Ésta no pretende la primacía de la Iglesia sobre el Estado, “tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento” (n 28), sino contribuir a la purificación de la razón y ayudar al reconocimiento y práctica de lo que es justo aquí y ahora.

La “doctrina social de la Iglesia” argumenta “desde la razón y el derecho natural”[4], pero no es tarea de la Iglesia hacer valer políticamente ella misma esta doctrina, sino servir a la formación de las conciencias en la vida política. La construcción de un orden social y estatal justo, “mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde”, es “un quehacer político; directamente”, tarea política, y, mediatamente, un quehacer humano primigenio, y por ello, moral, tarea de la Iglesia, “mediante la purificación de la razón y la formación ética”, que es su contribución específica (n 28).

La empresa política de realizar la sociedad más justa posible no es inmediatamente tarea de la Iglesia, sino del Estado y de la sociedad, pero la Iglesia en ningún caso “debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (n 28). Se inserta en ella, debe hacerlo, por la “argumentación racional”[5] y “despertando fuerzas espirituales” que allanen el camino de la justicia.

Esto en cuanto a la Iglesia en su conjunto. Y ¿los laicos? Si el compromiso por la justicia en cuanto tarea política directa, es decir, estructuras justas en la sociedad y el Estado, es, sólo, mediatamente, competencia de la Iglesia, como hemos visto, “los laicos” sí lo tienen como un “deber inmediato” (n 29). Como ciudadanos del Estado que son, no pueden evitar la política en su concreción de instituciones y leyes, buscando su justa configuración, “respetando su legítima autonomía” (la de la política) y “cooperando con los otros ciudadanos” y “bajo su propia responsabilidad” (n 29), viviéndolo todo como expresión de su fe y, por tanto, como “caridad social” (n 29), pero, propiamente, no es la Iglesia en cuanto tal quien actúa en la política por ellos. Los laicos no son el largo brazo de la Iglesia en la política.

Y, ¿dónde queda entonces la caridad? “La caridad siempre será necesaria, incluso en la sociedad más justa” (n 28). Siempre habrá situaciones “humanas” que la requieran y, además, el Estado no puede asegurar lo esencial en la atención a los necesitados: “una entrañable atención personal” (n 28). Además, en cuanto a la solidaridad en la vida pública, el Estado debe regirse por el “el principio de subsidiaridad”, es decir, el que reclama dejar y aun facilitar la iniciativa a la sociedad en cuanto a la solidaridad. La Iglesia es “una de estas fuerzas vivas” creadoras de solidaridad (n 28) y pretende una ayuda integral, cuya negación sólo puede proceder del más craso materialismo.

Y en la vida de la Iglesia, ¿qué relación hay entre “el compromiso por el orden justo del Estado y la sociedad” y “la actividad caritativa organizada?

Ya conocemos lo dicho sobre los laicos y su presencia autónoma y propia en la política, y ahora nos sale al paso la cuestión de la caridad como obra de “las organizaciones caritativas de la Iglesia”. Ésta son “obra propia” de la Iglesia (n 29). Es decir, en ellas la Iglesia es “sujeto directamente responsable” y “actúa conforme a su naturaleza” de Iglesia de Jesucristo. Hablamos de esta “organización caritativa de la Iglesia” que, por cierto, no anula la acción caritativa individual.

El contexto de esta “organización caritativa de la Iglesia” es el de un mundo globalizado en muchos sentidos y, en particular, en el de las comunicaciones. Este fenómeno hace que el mundo sea más pequeño para conocer las necesidades y disponga, a la vez, de medios más abundantes y rápidos para la ayuda humanitaria. El mundo entero, además, tiende a constituir el horizonte de la acción solidaria. Y la sociedad civil entera, por su parte, aparece y es el sujeto, más que los individuos, de los modos actuales de la solidaridad nacional e internacional (n 30). En tal contexto, surgen formas nuevas de colaboración entre entidades estatales, civiles y eclesiales, un voluntariado social con diversas formas y para diversos servicios. Este fenómeno del voluntariado civil solidario se une al crecimiento de nuevas formas de actividad caritativa en las Iglesias, fecunda unión de caridad y evangelización. El ecumenismo de la caridad social cristiana es muy estimado por los católicos, pues todas las iglesias cristianas quieren la realización del ser humano conforme a su dignidad de imagen de Dios. Una voz común de los cristianos al respecto ha de ser muy eficaz.

La actividad caritativa de la Iglesia, sin embargo, tiene un perfil característico. Con sus luces y sombras en la historia, es factor de gran peso en la evangelización. Es necesario, así, que no se diluya la caridad (y las Cáritas) en “una organización asistencial genérica” (n 31), una más. Hay rasgos, para evitarlo, que constituyen su esencia, la de la “caridad cristiana y eclesial”.

Así, el primero, como en la Parábola del Buen Samaritano, la caridad es ante todo “respuesta a una necesidad inmediata, en una determinada situación”, hecha, “ya”, con profesionales competentes, técnicamente, pero, sobre todo, convertidos al amor de Dios y mediadores de esa experiencia.

En segundo lugar, “independiente de partidos e ideologías”, y, sobre todo, de la concepción marxista de la revolución y el progreso, la que decía que toda caridad inmediata y personal es alienante y justificación del statu quo y, al cabo, contrarrevolucionaria. No hay que temer una caridad inmediata y urgente(n 31)[6].

En tercer lugar, la caridad no ha de ser un medio con función proselitista (n 31). Es amor gratuito, no intenta imponer la fe; pero tampoco calla. La caridad como testimonio ya habla por sí misma de Dios, pero el cristiano sabe “cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor” (n 31). Todos en la Iglesia, las organizaciones caritativas en especial, tienen este cometido de reforzar la conciencia creyente de sus miembros, para ser testigos creíbles de Cristo, ora de palabra, ora con su silencio, siempre con su ejemplo.

¿Quiénes son responsables de la acción caritativa de la Iglesia? El sujeto de las organizaciones de caridad de la Iglesia es la Iglesia misma, y lo es en todos sus niveles de expresión. En particular, los Obispos tienen la primera responsabilidad en las Iglesias Particulares de cumplir, hoy, el Programa de Hechos de los Apóstoles (2, 42-44) (n 32). La Iglesia, familia de Dios (en el mundo), tiene que ser hoy ejemplo de ayuda, dentro, y hacia fuera. El ejercicio de la caridad, no lo olvidemos, es “una actividad de la Iglesia como tal” (n 32), y “forma parte esencial de su misión originaria, al igual que el servicio de la Palabra y los Sacramentos” (n 32).

Los colaboradores que en la práctica hacen este servicio de la caridad en la Iglesia, no han de interpretar la acción caritativa desde una ideología, sino desde la fe que actúa por amor (n 33). Estos colaboradores han de ser prontos a sintonizar con otras organizaciones de solidaridad, respetando la “fisonomía” específica del servicio de caridad (1 Cor 13), como amor por el hombre, alimentado en Cristo. Darse como persona, par no humillar al ayudado, darse como un don de amor, desde la humildad, “abajándose”, sin mérito propio, como instrumento de la “gracia”, instrumento en manos del Señor, confiando en Él[7]. ¡Cuidado!, les tentará la ideología revolucionaria, la que quiere todo y ya (¿el marxismo?) y su contraria, la inercia del nada se puede hacer (“¿el neoliberalismo hecho dogma?). Ni soberbia ni resignación. La oración tiene aquí un lugar vital, como fuente inagotable de eficacia, frente al activismo y el secularismo (n 37). Rezamos no para corregir los planes de Dios (¿oración de petición?), sino para encontrarnos con Dios, cobrar esperanza y sentir su gracia. Pasaremos por dificultades de confianza, al no entender el mal en el mundo, el motivo del silencio y aparente ausencia de Dios (JOB); llegaremos al grito de Jesús en la cruz (Mt 27, 46). “Nuestra protesta” (n 38), “no quiere desafiar a Dios”, sino afirmar nuestra fe en su bondad radical y última, incluso “aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros” (n 38). En fin, “vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica” (n 39).

Conclusión. Para concluir, una mirada a los Santos, es decir, “a quienes han ejercido de manera ejemplar la caridad, y, entre los Santos, sobresale María, espejo de toda santidad (n 41). En los Santos es claro “que, quien va a Dios, no se aleja de los hombres” (n 42); a ella confiamos la Iglesia, “su misión al servicio del amor”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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[1] Parece estar hablando de la Ley de la Encarnación en la Historia de la Salvación, sin citarla.

[2] Cfr., datos históricos en nn 23-24.

[3] El uso de este concepto “razón práctica” no lo veo claro en la Encíclica. Quiero creer que se reconoce la política como realidad autónoma, relativamente desde luego, que dispone de recursos morales propios antes de su encuentro con la moral de la fe religiosa. Pienso en la política laica inspirada en los derechos humanos. El texto, sin embargo, no deja claro cómo se purifica la razón política no sólo por la fe, sino también por recursos propios de la razón. Hago, por ello, la interpretación más conforme con la democracia laica.

[4] Llama la atención esta referencia a la argumentación de la doctrina social de la Iglesia, “desde la razón y el derecho natural”, sin añadir expresamente “a la luz de la fe”. Precisamente, la doctrina social de la Iglesia en Juan Pablo II venía reclamando su estatuto de teología moral social, lo cual requiere siempre, entre sus fuentes de argumentación, la Revelación. Si argumenta sólo desde “la razón y el derecho natural”, estamos ante un conocimiento filosófico con hondas raíces en la historia del cristianismo, una especie de “filosofía social cristiana” o, con más pretensión, de “ética social cristiana” que tiene que aclarar su relación con la ética social de los derechos humanos o, en otro lenguaje, la moral civil de las democracias en cuanto tal.

[5] Entiendo, ahora sí, que apela a la aportación ética de la Iglesia, hecha en términos de razón moral natural. Y, de nuevo, la duda de si la razón política es capaz de tener acceso propio a la razón moral natural.

[6] Llama la atención aquí la falta de un comentario sobre la denuncia política que debe acompañar, a mi juicio, a toda acción caritativa por más concreta y urgente que sea. En realidad, toda la Encíclica, genial en tantos aspectos, padece el olvido de los condicionamientos y consecuencias políticas de la caridad, más allá de las mejores intenciones de los cristianos. Una crítica más severa de la gestión neoliberal de la globalización, un aprecio más nítido del significado cristiano del cambio de estructuras y el reconocimiento de que nadie se libra enteramente de alguna ideología, hubiera enriquecido mucho esta teología y pastoral de la caridad.

[7] Notemos aquí una “espiritualidad o mística” del voluntariado de la caridad eclesial, muy digna de ser profundizada.