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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

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LIGEROS DE EQUIPAJE
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 09/07/07.- “Profanar la eucaristía supone un desprecio a la muerte del señor”, advertía en la homilía del Corpus Cristi el cardenal Rouco, arremetiendo contra las eucaristías de los sacerdotes de San Carlos de Entrevías, ilegales (canónicamente). Y el cardenal primado, Cañizares, lamentaba que la iglesia “con tantos grupos y tendencias", "parece como desgarrada o hecha jirones”; lo decía en los desfiles procesionales del Corpus (declarados de Interés Turístico Internacional), donde se exhibe una descomunal custodia de 18 kilos de oro y 183 de plata, con desfile del ejército incluido (“sin duda el más aplaudido” decía una nota de prensa). Un día antes, en Roma, el Papa recibía en los palacios de la Sede de Pedro al presidente Bush que “venía a Roma (“como en anteriores ocasiones”) a escuchar lo que el papa tenía para decirle”. El emperador del momento regaló al papa un cayado con los mandamientos. “Un acto subliminal; en el Antiguo Testamento fue Dios quien entregó a Moisés la piedra con los mandamientos. Ahora es Bush quien se los entrega al papa” observaba un amigo. Y, en la marginal “Galilea de Entrevías”, en el templo “rojo” de San Carlos Borromeo, el párroco recordaba, en la eucaristía del Corpus, la denuncia de Pablo sobre las eucaristías prostituidas de los Corintios: había unos que cenaban abundantemente mientras que a otros apenas les llegaba. Es decir, sin comunidad, sin compartir, no hay cena del Señor.

El cristianismo incipiente sobrevivió a pesar de la persecución sufrida de manos del omnímodo poder religioso. Tras la muerte de un justo, Esteban, aprobada por el joven fariseo ultra integrista Saulo de Tarso, se produjo la gran espantada: “Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén... Pablo de Tarso hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel” (Hch 8, 1-4). De aquella diáspora nació la Comunidad de Antioquia de la que Pablo (el paradigma de conversión al evangelio) se ocupó un año catequizándola. Llena de gentiles, vivían el evangelio libre del yugo de la Ley; en sus primeros años, fue una comunidad de referencia para Pablo. Hasta que los legalistas se infiltraron. El mismo Pablo, sintiéndose cuestionado, decide ir a Jerusalén (“Concilio” de Jerusalén) donde salió reforzado. Fue fundamental el apoyo de Pedro: quedó claro que lo que importa no son los ritos, ni las prácticas legales sino la conversión al evangelio. Es decir, la eucaristía, por ejemplo, no es un cumplimiento dominical obligatorio, ni un ritualismo, sino una gracia. Según el autor de las catequesis que aquí menciono (el cura Jesús López Sáez), se deduce que la comunidad de Antioquia dejó de ser una referencia para Pablo que, a excepción de la carta a los Gálatas, con su famosa reprensión, pública, a Pedro -“tuve que enfrentarme con él cara a cara, porque era digno de reprensión....” (Ga 2, 11-14)- deja de mencionarla (ver “Comunidad de Antioquía”).

Uno de los mejores test para discernir ciertos modos de proceder de la institución eclesial, es contrastarlo con las fuentes, con las comunidades primitivas. ¿Olvidamos que también ellas sufrieron los mismos problemas? Que San Pablo fue cuestionado por los que él llamaba los “falsos hermanos”, los legalistas; o que él tuvo que enfrentarse a Pedro, en Antioquia, porque también él empezó a flaquear, a nadar y a guardar la ropa, cediendo ante los integristas; o que “la comunidad de Jerusalén es la primera comunidad cristiana, el modelo de lo que debe ser la Iglesia. Así lo entendió Juan XXIII al convocar el concilio para devolver al rostro de la Iglesia ‘los rasgos más simples y más puros de su origen’ (...) La primera comunidad cristiana tiene su origen en la misión de Jesús, que empieza en Galilea de los gentiles (Mt 4,15) y termina en Jerusalén (...) Pedro y Juan comparten con los suyos las amenazas recibidas (...) El templo nacional no aguanta la sacudida del terremoto. Se desploma la autoridad de los dirigentes religiosos. El nuevo templo es la comunidad” (ver “Comunidad de Jerusalén”). Frente al yugo del templo, el cristianismo nace como experiencia de liberación. La libertad, en general, siempre termina por ser agredida; al final la involución se impone, se comentaba en el diálogo tras la catequesis de Antioquía.

En los orígenes, en el atrio de los gentiles, en los aledaños del Templo, un tullido (un excluido social) experimenta una sorprendente curación (Hch 3,2-13), con la mediación de un tal Pedro, galileo temperamental y controvertido, sin estudios teológicos, ni cultura, y uno de los cabecillas de la comunidad galilea del profeta disidente que hablaba contra el templo y anunciaba por los caminos que Dios reina ya. “Hoy el tullido (del relato de Hechos) podría ser un parado de larga duración”. O una familia desestructurada, rota por la droga, con uno o varios hijos fallecidos. O el emigrante sin papeles, explotado, trabajando de sol a sol y sin descanso dominical en las obras de la M-30 y que, justo tras la macro inauguración, es descubierto por la Inspección de trabajo. Posiblemente su patrón o el intermediario de la subcontrata, sean gente devota, cumplidora con el rito de misa de doce.

Aquellas autoridades religiosas, celosas, se alarman ante el poder de aquellos don nadie, sin plataformas. Les prohíben hablar en nombre de Jesús. Pero ellos no se achantan: Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios... Justo el pasaje que misteriosamente tocaba cuando falleció Juan Pablo II (Hch 4,13-21), el “Papa estrella” cuya “muerte por entregas filmada en directo” convirtieron los alrededores del Vaticano en “el plató de TV más caro del mundo”; en cuyos fastuosos funerales (rodeado de todos los poderosos de la tierra) se invirtieron (junto a la elección de su sucesor) 7 millones de euros.

El extraño poder de aquellos apóstoles, tan ligeros de equipaje, a quienes se acercan más “lisiados” y gentiles que gente devota, acrecienta el celo de las autoridades religiosas y cumplidores de la Ley que, temerosos de perder influencia, actúan como comisarios políticos y enchironan al grupo. Por segunda vez el sanedrín les interroga: “¿No os prohibimos terminantemente hablar de Jesús?”. Pedro y su equipo repiten: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,28-29). Y, de paso, les recuerdan que ellos (con su religión del rito, de la norma) colgaron al profeta laico del madero. Los jefes, llenos de rabia, planifican liquidarlos. Pero Gamaliel, un fariseo doctor de la ley, interviene con sensatez: Mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Si es cosa de hombres, se destruirá, pero si es de Dios, no conseguiréis nada. De nuevo citan a los apóstoles, les azotan como escarmiento y les sueltan pero conminándoles a no hablar más de Jesús, el profeta “blasfemo” y disidente entregado por ellos a Pilatos.

Hoy, 2.000 años después, el derecho canónico –con ¡el triple de normas que la Torá!- hace pequeño a San Pablo, el apóstol de la libertad del cristiano que catequizaba que lo que salva no es cumplir la Ley (el rito, adorar las custodias de plata ...) sino creer que Jesús es el Señor (Ga 2,16-21). Las autoridades religiosas, muy entregadas en defender el aparato como un fin en sí mismo, confunden comunión con sumisión: se sigue dando ultimatuns, se niega la posibilidad de réplica o se cierran al diálogo (en cambio, a los emperadores que planifican guerras buscando intereses económicos o crean Guantánamos, siempre se les recibe en palacio). Se condenan las eucaristías participativas, y abiertas a todos, donde la comunidad tiene más importancia que el cura o la norma. A los teólogos “díscolos” se les pone en la lista negra, se les advierte, o se les retira la licencia. Y a los catequistas que sugieren que no habría sido ninguna deshonra para la divinidad de Jesús, que él hubiera nacido en una familia normal con hermanos, se les expulsa de la parroquia. Y qué difícil lo tiene el cura, o el laico, que se atreve a denunciar alguna verdad incómoda.

En la liturgia se absolutizan cosas relativas. Así, en los orígenes, cuando las eucaristías se celebraban en las casas, “La expresión fracción del pan (el nombre más antiguo de la eucaristía) permanece en uso mientras la eucaristía se celebra en el marco de una comida. Se llama también cena del Señor (1 Co 11,21). En ese marco, dice San Pablo, no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y por la oración (1 Tm 4,4-5). La comida de pan y pescado que el Señor resucitado da a los siete discípulos (Jn 21,13) aparece en el arte cristiano primitivo como expresión eucarística”. Lo importante no es lo que se como sino lo que se celebra. Homilía significa diálogo, compartir experiencias: “Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación; pero que todo sea para edificación” (14,26). Podéis profetizar todos por turno (14,31). Todo ha de hacerse con decoro y orden (14,40). Los problemas de división en la comunidad afectan al sentido de la eucaristía, al discernimiento para ver el paso del Señor (ver “Eucaristía, la cena del Señor”).

En el atrio de los gentiles, junto a la puerta hermosa del templo, comenzaron los apóstoles su misión. Sabían que su Maestro no se sentía incómodo entre la gente no devota, marginal de la sinagoga, “periférica”, y de “mala vida” que se le acercaba, buscando liberación. Y que las distancias, las precauciones, o sus diatribas y momentos de indignación, los reservó para el estamento de los puros y doctos, a los que acusó de hipócritas y cosas bastante más duras (Mt 23, 1-32); o para quienes, al abrigo de la religión, montaban negocios paralelos. Él siempre estuvo abierto al diálogo, lo que no quería decir que Él tragaba con todo: había unos mínimos en su programa. Pero él no condenaba, perdonaba proponiendo la conversión, como en el caso de la mujer samaritana, o como cuando Natán, el profeta, que tenía buena memoria y no se calló, le recuerda al poderoso rey David lo que había hecho con Urías, su general, para birlarle a su mujer. Los legalistas, que acusaron a Jesús de comedor y bebedor, o de que se sentaba y comía con pecadores y relativizaba el templo de piedra, se echaban las manos a la cabeza y se rasgaban las vestiduras. Para él lo importante no estaba en cumplir el rito, ni las bellas ceremonias de “religiosidad egipcia”, sino recuperar a oveja perdida y al hijo pródigo. “¿Sabéis por qué llaman a Roma el ‘depósito de la fe?” (preguntaba un cura, desenfadadamente, en el templo Entrevías). “Porque el que va a Roma la pierde”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


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