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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Denuncia

nuevo éxodo

MIGRACIONES. NUEVO ÉXODO BÍBLICO
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 03/11/05.- No sería extraño que las migraciones Sur-Norte que se están produciendo en la actualidad sean interpretadas en el futuro como realidad decisiva y símbolo de un cambio de época; y, en lo religioso, como reedición del Éxodo bíblico.

Los países del Sur están reventando literalmente de miseria y esparciendo sus entrañas, los mejores de sus hijos, por todo el mundo. Sufridos y vergonzantes los subsaharianos, por ejemplo, recorren miles de kilómetros de noche para atravesar el desierto, salvar luego las vallas de la vergüenza o desafiar el Estrecho. Han dicho ¡basta! Y nadie los va a detener: hoy en pequeños grupos, mañana como nube de langosta penetrarán hasta el último rincón del Norte opulento si éste no renuncia y repara el expolio que los encerró en la miseria. Hay vencedores porque hay perdedores; es la esencia de la lucha competitiva en un mercado libre (¡la gran mentira, por lo demás!). La actuación depredadora del Norte sobre el Sur es de una tan desmesurada injusticia que el Norte no está legitimado para actuar como actúa, atrincherándose en su fortaleza con muros, vallas, metralletas, campos de represión, expulsiones… La presunta regulación, además de llegar tarde, filtra no a los que necesitan comer sino la mercancía de mano de obra barata que precisamos. Digan lo que digan los políticos demagogos y cínicos, las actuales barreras legales a la inmigración son INMORALES porque les niegan el derecho al pan después de habérselo robado. El margen de maniobra, pues, de que dispone nuestra conciencia particular para acogerlos aunque sea fuera de la ley es enorme y habría que organizar alguna protección jurídica de este derecho al comportamiento ético ilegal con los inmigrantes. A su vez, el margen de “ilegalidad” de que disponen ellos, también en conciencia, no tiene más límite que el de no ser “pillados”.

Sería, pues, un enorme avance si los inmigrantes pudieran acceder desde la actitud asustada y vergonzante a la segura y firme de quien está en su derecho ¿Derecho? Más bien obligación moral de conquista de un espacio de dignidad y supervivencia. Como dice la tradición bíblica que ocurrió a los hebreos que, huyendo del infierno egipcio, cayeron sobre las tierras cananeas de “leche y miel”. Que no esperen nuestros hermanos africanos, y con mayor razón si son creyentes, a la hora de ponerse en marcha en busca de pan y vida digna ningún permiso divino especial, ninguna revelación de lo alto; que ésas son conductas mágicas indignas de Dios. Si su conciencia adulta no les basta merecen ser informados y motivados. Para eso están las mensajeras y mensajeros del Jesús liberador (los misioneros) diseminados por toda África y cuya principal función hoy en día más que la de Aarón debiera ser, como en tiempos, la de Moisés: abrir los ojos del pueblo esclavo para que se sacuda el yugo y persiga la libertad.

Si los hebreos de hoy esperan un status de menor esclavitud por parte del faraón (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio,...), si esperan que los cananeos de hoy (el Primer Mundo) derriben voluntariamente sus vallas y murallas (Jericó) y les preparen festejos de acogida… esperan en vano: ¡no les aguantará el estómago y los hijos dejados atrás igualmente morirán de hambre! ¿Qué pueden entonces hacer? No se percibe cómo el llamado Tercer Mundo podría organizarse para reclamar lo suyo. Es claro que la única (¡la ÚNICA!) solución sería que la Bestia neoliberal responsable del des-orden económico mundial se hiciera el harakiri globalizando la justicia y la solidaridad.

Ahora bien, ni de las multinacionales ni de los Organismos internacionales aludidos que las sirven cabe esperar nada eficiente, como testimonia la historia reciente. Al menos a la medida de la urgencia real ¿O es inevitable y fatal que sigan muriendo 100.000 personas diarias de hambre o de enfermedades inducidas por el hambre? Ahora bien, existe, en mi opinión, un supuesto que no tiene vuelta de hoja: una subversión (en el mejor sentido) de las estructuras socio-económicas actuales defendidas con uñas, dientes y, cuando conviene, con armas por los poderosos, parece radicalmente impensable sin un movimiento ciudadano generalizado y contrario de fuerza incontenible. Un movimiento informado por una categoría ética de suficiente densidad ¿Es esto posible? ¿Existe algún mecanismo no violento capaz de desencadenar tan colosal proceso de cambio? ¿Hay alguna levadura tan potente para una masa humana tan átona y egoísta? Que nadie me hable de prédicas y menos por parte de una Institución que no se cree el Evangelio. Hacen falta signos fuertes, rotundos, contundentes… Signos que no se limiten a grandes concentraciones esporádicas y pasajeras como las de Seatle, Bombay o Porto Alegre, válidas para ir cambiando las conciencias poco a poco. No es suficiente el poco a poco .No existe hoy problema humano más grave ni de mayor urgencia. Lo gritábamos en las acampadas de la Castellana y de toda España. Pues bien, lo del 0,7 (y es sólo un símbolo) no cumplido por los países ricos amontona cadáveres en el fondo del Estrecho y ya lleva tiempo dejando jirones de carne en las vallas de Ceuta y Melilla y decenas de abandonados en el desierto.

Sería una buena idea la de abrir entre los lectores y sus amigos un concurso de acciones asequibles para gente de corazón. Es posible más de lo que creemos ¿Qué harían las autoridades si volvieran a sentir la presión de miles de acampados en parques y avenidas? ¿Cómo reaccionarían las familias si miles de jubilados se decidiesen a solidarizarse con los de Ceuta y Melilla y con los de las pateras compartiendo su desesperación con ayunos a pan y agua y visibilizaran su protesta con la i de “inmigrante” en la solapa? ¿Cosas insensatas? Queda abierto el turno de propuestas ¡Algo debemos hacer! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Juan Luis Herrero: herrero.pozo@telefonica.net


disidencia eclesial

‘EL CELIBATO OPCIONAL COMO DISIDENCIA ECLESIAL’
En el “Foro de Debates” de la Universitat de València*
DEMETRIO ORTE, cura obrero, casado, miembro de MOCEOP. 18/10/05
VALENCIA.

ECLESALIA.- Esto es un foro de opinión y debate. Eso me tranquiliza para decir lo que diga sólo como una opinión, la opinión de una persona con una experiencia que la reflexiona y la comparte. Hablo en singular, como persona particular que expresa su pensamiento; pero también en plural, porque formo parte de un colectivo, Moceop (Movimiento pro celibato opcional), que ha ido elaborando una teología de caminantes: de experiencia reflexionada desde la fe. Y ya que hablamos de disidencia, espero que aquí la haya también y no estéis de acuerdo con todo lo que digo.

Celibato, sí; pero opcional

Ante todo quiero hacer la precisión de que no hablo contra el celibato, y menos aún contra personas. El celibato es un estado de vida, que en muchos casos es optado por motivaciones evangélicas no sólo respetables sino también admirables. Yo conozco y aprecio a muchas personas célibes que son para mí un testimonio de vida evangélica, cristiana, entregada a los demás, y de personas que las veo felices en su opción de vida… Así que, ante todo, mis respetos a las personas célibes aquí presentes, y a las ausentes. Espero que nadie se moleste por mis comentarios.

El celibato, como la pobreza evangélica, puede ser un valor sublime. Pero una sublimación exagerada del celibato y de la virginidad ha causado en sectores de la Iglesia un menosprecio del matrimonio, que el fundador del Opus consideraba que era para “la clase de tropa”. En cambio, un amigo mío, para equiparar decía: “total, si el celibato es renunciar a todas las mujeres, y el matrimonio, a todas menos a una, no hay tanta diferencia” (para subsanar el toque machista, aplíquese la misma fórmula respecto al celibato femenino o al matrimonio, también el gay). Evidentemente, ni el celibato ni el matrimonio se pueden definir por lo que tienen de renuncia.

En la moral católica más tradicional ha estado implícito también un menosprecio de la sexualidad, vista obsesivamente como peligro de pecado, hasta el punto de que se decía que en esa materia no había “parvedad de materia”: hasta el más leve pensamiento impuro era pecado grave. Recuperar una visión positiva de la sexualidad, en sus múltiples facetas, es un reto liberador, especialmente dentro de la Iglesia.

Lo que desde Moceop cuestionamos no es el celibato en sí, sino la norma eclesiástica de exigirlo como condición necesaria para el ministerio sacerdotal.

Celibato y ministerio ¿dos en uno?

Aunque se da por sentado que celibato y ministerio han ido unidos, esto no ha sido así siempre. Empezando por el grupo de discípulos de Jesús, y por los Doce Apóstoles, que pueden parecer el origen de la estructura clerical, tampoco eran célibes. Pedro, el primer Papa, era casado (en el evangelio se habla de la suegra de Pedro, Mt 8,14)

En la Iglesia primitiva, en las primeras comunidades, para nada se habla de que los responsables fueran célibes. Recordamos que la carta a Timoteo aconseja: “que el obispo ( o dirigente) tiene que ser intachable, fiel a su mujer, juicioso…; tiene que gobernar bien su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no sabe gobernar su casa ¿cómo va a cuidar de una asamblea de Dios?... (1Tim 3,1-6); también “los auxiliares sean fieles a su mujer y gobiernen bien a su hijos y sus propias casas…”. Por lo demás, parece común que algunas mujeres, que acogían en sus casas a las comunidades, eran las que las dirigían y presidían. Prisca: 1 Cor 16,19; Ninfa: Col 4,16; Fil 1,3…

En la historia de la Iglesia, no vamos a repasar a fondo, pero hasta el siglo IV no se empezó a plantear restringir la sexualidad de los clérigos, y esto, sólo para cortar los excesos y abusos que se cometían: clérigos con mujeres y concubinas, con numerosos hijos que en casos suponía un malgasto del patrimonio eclesiástico. El famoso Concilio de Elvira, al que tanto se alude como primera norma para exigir el celibato, en realidad fue un concilio local, celebrado el año 300 cerca de la actual Granada, en el que participaron 17 obispos (sólo ellos tenían voto) y 24 presbíteros. Varios concilios locales y regionales (no había el centralismo de Roma que hay ahora) volvieron a insistir en exigir que los clérigos se abstuvieran de sus mujeres y de engendrar hijos. Pero parece que con poco éxito, pues durante varios siglos después se siguen haciendo los mismos llamamientos. El concilio de Letrán, en 1123, ratificó la ley del celibato.

En toda la Edad Media y el Renacimiento (recordemos a nuestro paisanos los Borja), aunque existiera una ley, la práctica era un generalizado incumplimiento. El concilio de Trento, en plena contrarreforma, sentó la más rígida ortodoxia moral y disciplina canónica también para el clero.

Hablamos sólo de la Iglesia Católica, y ni siquiera de toda, pues hay ritos orientales (como el rito maronita), que siendo católicos, sí admiten el matrimonio de sus sacerdotes. Y otras iglesias cristianas, como la ortodoxa, las luteranas y la anglicana. Y no por eso son menos cristianas y a veces tampoco menos clericales.

Pero, bueno. Esto no quiere demostrar nada, sino sólo ser una referencia de que la ley del celibato ministerial es sólo una norma disciplinar; y que lo mismo que se puso, se puede quitar, y no tambalearía para nada la fe, ni la verdad ni el evangelio. Sólo un poco la estructura clerical de la Iglesia especialmente patriarcal y clasista.

Estos días estamos oyendo, con motivo del Sínodo de los Obispos, por un lado el clamor de abordar el tema del celibato opcional; y por otro, la resistencia y cerrazón a querer tratarlo. El mismo Papa Juan Pablo II llegó a decir que es una disciplina que algún día cambiaría, pero que no sería en su Pontificado.

La opcionalidad del celibato, una reivindicación

Cuando hablamos de celibato opcional, como reivindicación, nos referimos en primer lugar a que los curas se puedan casar (si quieren, y “si se quieren”), pero también a que puedan ser ordenados sacerdotes personas casadas (hasta ahora está la posibilidad para diáconos; y recientemente la excepción muy excepcional del padre Evans, convertido de la Iglesia anglicana a la católica, ordenado recientemente en Tenerife).

Y también a que puedan ser ordenadas sacerdotes (o sacerdotisas) mujeres, célibes o casadas: que no sean excluidas por el hecho de ser mujer. Recientemente han sido ordenadas varias, en Canadá y en otros sitios, como una clara trasgresión simbólica, con el claro planteamiento de que una forma de cambiar una ley injusta es transgrediéndola. Es evidente que la discriminación de la mujer en la Iglesia, y en concreto su exclusión de la ordenación ministerial es una injusticia.

Y también a que puedan ser ordenadas sacerdotes personas homosexuales, a las que hasta ahora se les excluye simplemente por serlo, o si se manifiestan o son descubiertos como tales, incluso aunque se comprometan a guardar el celibato como los heterosexuales. Pero el hecho es que los hay, aunque lo nieguen o procuren que no trascienda a la opinión pública. ¿Por qué no reconocerlos y “ordenarlos”?

Moceop lo que no buscamos es una salida falsa, ni de mantener relaciones ocultas, ni de buscar subterfugios jurídicos, como sería pasarse a otro rito que lo permita. Creemos que es cuestión de derechos humanos de las personas, de vivir su afectividad con normalidad; y de sentido común del pueblo cristiano que acepta con naturalidad y no se escandaliza de que su presbítero sea homo o hétero, o se pueda enamorar y casar. Lo que no aceptan es la hipocresía, la mentira o el cinismo.

Una reivindicación “relativa”

Esta reivindicación creemos que es un derecho de personas y una necesidad de comunidades: recordar cuántas comunidades cristianas, por ejemplo en Latinoamérica se ven privadas de la Eucaristía por falta de sacerdotes. Pero es una reivindicación “relativa”, en el sentido de que no es lo más importante. Para muchos sacerdotes casados, porque no pretendemos “volver” al estado clerical, de ser sacerdotes-clero, igual que antes, pero casados. Asimismo, algunas mujeres tienen la aspiración a ser ordenadas y nos parece legítimo y dignas de apoyo; pero otras muchas mujeres no aceptarían una ordenación en este ministerio clerical, tal como hoy está institucionalizado en la Iglesia. Para este viaje no harían falta estas alforjas. Si quieren ejercer un ministerio y ser reconocidas no es precisamente para ser clero, pero en femenino.

La prioridad no es el derecho de unas personas a ser ordenadas, sino el de una comunidad a tener personas que le sirvan; es prioritario el derecho de una comunidad cristiana a celebrar la eucaristía, y muy secundario quién la presida. La cuestión de quién preside la eucaristía no puede ser el árbol que nos tapa el bosque.

Moceop tiene muy claro, en sus objetivos, que lo primero es el Reino de Dios, posibilitado desde nuestro compromiso evangelizador; en un segundo nivel está nuestro compromiso por la renovación eclesial, junto con otros grupos; y específicamente por la desclericalización de los ministerios, reivindicando la no vinculación obligatoria de ningún ministerio a un sexo o estado de vida. Esta prioridad se concreta en que muchos miembros de MOCEOP (y comunidades…) están más comprometidos en causas sociales que eclesiásticas.

Y en sus presupuestos, lo primero que afirma y defiende rotundamente es la dignidad de ser personas, por encima, por tanto de normas, leyes, tradiciones, dogmas, estructuras o prejuicios. Esto se aplica a lo religioso, a la orientación sexual, o a cualquier ideología.

Por qué precisamente el celibato

Moceop; mantenemos el nombre y la reivindicación no porque sea lo que principalmente queremos conseguir, sino porque creemos que cuestionando la norma del celibato obligatorio atinamos a incidir en el puntal que, suprimido, o al menos cuestionado, tambalearía el sistema eclesiástico clerical. En la norma del celibato obligatorio se sustenta la división clasista en la Iglesia entre clero y laicos. La Iglesia se configura así de hecho como una celibatocracia: son sólo hombres y sólo célibes los que realmente deciden y mandan en la Iglesia. El Papa nombra obispo para una diócesis que en muchos casos ni siquiera es la suya. El obispo nombra párrocos o los traslada, en casos, sin contar para nada con la comunidad parroquial. El cura hace y deshace en su parroquia sin tener que rendir cuentas más que a su obispo. ¿Qué democracia es ésta?

Cuestionar el clericalismo, del que el celibato obligatorio es un puntal, conlleva también cuestionar el patriarcalismo y el machismo que hay detrás: en la Iglesia es notoria la misoginia institucional: la mujer es vista como peligro, despreciada como incapaz, marginada y excluida de los ámbitos de decisión, y de pensamiento. Es, eso sí, ensalzada como madre, o como virgen consagrada; pero no incorporada a la estructura de la Iglesia, totalmente masculina.

Otro tanto podemos decir de la patológica homofobia eclesiástica, con el “inri” de la hipocresía y el cinismo. Hablan de respeto a las personas homosexuales, pero nos resuenan las palabras de Jesús: “Lían fardos pesados y los cargan en las espaldas de los demás, mientras ellos no quieren empujarlos ni con un dedo” (Mt 23,4) ¿Por qué se excluye de la ordenación ministerial a las personas que se manifiestan como homosexuales? ¿Hay alguna razón?

Más que una reivindicación

Moceop surgió hace ya más de 25 años, como un movimiento reivindicativo y de apoyo a compañeros que en un determinado momento de su vida se cuestionaron el celibato, pero no se cuestionaban su disponibilidad para el ministerio presbiteral. La dispensa del celibato (pedida en unos casos; en otros, no; concedida en unos casos, en otros, no) conllevaba canónicamente la “reducción al estado laical”. Esa fue una primera paradoja: ¿es “menos” ser laico que ser clero?. Pues dejamos de ser clero. Somos laicos, (somos ”Pueblo de Dios”), volvemos a ser lo que nunca debíamos haber dejado de ser. Ese fue un primer filón de reflexión teológica que nos fue llevando a cuestionar la eclesiología de clero y laicos para ir planteando una eclesiología de comunidad y ministerios, donde no haya la división clasista de que unos son más que otros, sino todos iguales en dignidad (el sacerdocio común de los fieles), y diversos en carismas y ministerios. Es la comunidad cristiana quien estructura los ministerios que necesita y las personas que los pueden ejercer. Por eso Moceop apuesta por la pequeña comunidad cristiana como ámbito más adecuado para un nuevo ministerio desclericalizado. Desde la experiencia de comunidad entendemos la Iglesia como comunidad.

En esa perspectiva, se abre el horizonte de que la Iglesia, y nosotros en ella, hemos de encontrar el núcleo de nuestra fidelidad evangélica sobre todo en la opción por los pobres. De nada sirve que el celibato sea opcional, o que la iglesia se democratice o modernice, si no es para que sea más fiel a su misión evangélica: proclamar la buena noticia a los pobres, la liberación de los oprimidos… (Lc 4,18) y el anuncio del Reino de Dios concretado en signos liberadores. La opción por los pobres es la prueba fundamental de fidelidad evangélica.

Desclericalización

Uno de los aspectos que configura el clericalismo es la profesionalización del ministerio: ejercer el ministerio como una profesión convierte al sacerdote en funcionario de la Iglesia. Ejercer el ministerio como un trabajo profesional convierte la religión en un modus vivendi: vivir de la religión, vivir del altar, lo cual en una sociedad secular, laica, hace de la religión una mercancía más, echando a perder la gratuidad del Evangelio como Buena Noticia.

Ese clericalismo no depende sólo de la actitud de las personas: no es cuestión de que el cura sea más o menos mandón o abierto. Es la estructura misma de la Iglesia la que es clerical: ella hace que el cura, por majo que sea, al final es el cura, y es quien decide. ¿O hay alguna parroquia en la que realmente se hace lo que decida la comunidad parroquial?

En esto, los curas obreros han sido pioneros en vivir el ministerio como un servicio gratuito, desprofesionalizado, encarnándose en un mundo obrero secularizado, con un trabajo profesional civil con el que ganarse la vida y además vivir la fe y un ministerio de encarnación y evangelización. Ser “uno de tantos” es la condición previa para anunciar el evangelio no desde el púlpito sino desde la vida compartida. Con metáfora evangélica, no es en la Jerusalén del Templo y del poder, sino en la Galilea de los gentiles, en la periferia de la marginación, donde escuchamos la llamada de Jesús: “Id a Galilea; allí me veréis” (Mt 28,10).

Curas obreros y curas casados somos en este sentido “primos hermanos”; de hecho, coincidimos en el colectivo de curas obreros un significativo número de curas casados; y en Moceop participan también curas obreros célibes y casados. Ambos colectivos compartimos planteamientos muy similares en muchos temas, y experiencias vitales muy próximas. ¿Por qué a la Iglesia no le ha gustado ni una ni otra opción, y ha propiciado un clero dedicado a lo eclesiástico, dejando sólo para los laicos los compromisos civiles o seculares?

En muchos de nosotros, al dejar el celibato o alcanzar la secularización, empezó un proceso de conversión personal para superar la formación, los prejuicios, los condicionamientos de ser “clero” y para descubrir un nuevo ministerio no clerical.

Cuando hablamos de desclericalización no nos referimos sólo a los curas secularizados. Hay mucho clericalismo también en muchos laicos y laicas que aceptan pasivamente esa división entre clase docente y clase discente, los que dirigen y los que son dirigidos, los pastores y la grey…, aceptando una sumisión, una dependencia y una minoría de edad, que creemos impropias de una comunidad de personas creyentes adultas, de iguales y coorresponsables

El Obispo , poeta y profeta, Pere Casaldáliga tiene un breve poema que dice: “Dios nos libre de seglares con sotana en el espíritu. Dios nos libre de curas sin Espíritu Santo. Dios nos libre de espíritus sin la carne de la vida”.

Las mujeres, protagonistas de primera

En Moceop han tenido un papel muy importante las mujeres. No sólo las mujeres de curas para “desclericalizar” a sus compañeros, sino las mujeres como personas comprometidas con una causa, como protagonistas. Unas son compañeras de curas, otras no. Moceop ha dejado de ser un movimiento de curas casados, para ser un movimiento de renovación eclesial, en el que participan sacerdotes célibes y casados, mujeres compañeras o no de sacerdotes, y personas miembros de comunidades de base. Ha sido ámbito para la participación igualitaria, para la libertad, para la imaginación y la creatividad…Por eso Moceop ha estado íntimamente vinculado con los movimientos de mujeres, dentro y fuera de la Iglesia: dones creients, mujeres y teología, movimiento feminista…

Teresa Cortés al recibir el premio Alandar en nombre de Moceop, el mes de junio, decía: “Nos ha costado mucho desclericalizar a nuestros maridos y ahí hemos estado las mujeres para que tomaran conciencia de que estaban en el mundo y de que el mundo no era el púlpito ni ese ámbito de aislamiento donde meten a muchos curas. Yo quiero agradecer mucho a todas las mujeres que han trabajado en el MOCEOP porque considero que éste es uno de los movimientos más libres que conozco, se atreve a decir lo que piensa, lo que siente, y, sobre todo, se atreve a vivirlo. Se atreve a vivir la igualdad entre hombres y mujeres, se atreve a que una mujer presida la eucaristía, se atreve a que una mujer desarrolle su carisma en el culto”.

La disidencia

Si Moceop se hubiera conformado con la reivindicación puntual del celibato opcional, no habría sido tan incómodo en la Iglesia. Pero al cuestionar la estructura clerical ha sido una disidencia mal vista y no aceptada por la Jerarquía. Y especialmente porque no ha sido una disidencia meramente teórica, sino práctica. Sin pedir permiso al Obispo se ha empezado a funcionar de forma distinta a la permitida. En Moceop siempre hemos pensado que la vida va por delante de las leyes, y, en cristiano, el amor y el evangelio, muy por delante del Derecho Canónico. Hemos preferido hacer camino al andar que esperar a que cambie el Código de Derecho Canónico o venga permiso de Roma para un ministerio diferente. Esa ha sido nuestra experiencia en pequeñas comunidades cristianas, y es la oferta eclesial que hacemos: hacer ya iglesia de otra manera.

Pero esto, no a la ligera, sino “con fundamento”.

-En primer lugar tenemos la referencia a Jesús de Nazaret que fue un disidente con la religión y con el poder establecido: cuestionó una religión sin corazón, sin humanidad; puso por delante a las personas, especialmente a las más marginadas, desobedeciendo si era preciso leyes y normas; denunció la hipocresía de los dirigentes legalistas y se acercó a las personas excluidas y malditas; rompió moldes machistas aceptando a las mujeres en su grupo y haciéndolas las primeras testigas del mundo nuevo inaugurado con su resurrección…

-En el nuevo testamento vemos disidencias entre Pedro y Pablo, entre las comunidades del ambiente judío y las del mundo helénico, entre los carismas y las teologías de Juan, de Santiago o de Pablo.

-Los antiguos Santos Padres ya decían “conviene que haya herejes”, y hubo sus discusiones teológicas entre diferentes concepciones. Toda la historia de la Iglesia es un vaivén de reformas y contrarreformas. Lo lamentable es cuando la Iglesia, para evitar disidencias, establece una ortodoxia tan rígida e intransigente, que acaba siendo contraproducente: ni evita que surjan nuevas disidencias, ni su pretendida ortodoxia acerca más a la verdad del Evangelio.

Nuestra fe no depende del Vaticano

- Hoy día, el Papa advierte desde el inicio de su pontificado de la “dictadura del relativismo”. Si lo contrario de relativismo es absolutismo, y lo contrario de dictadura es democracia o libertad, ¿qué propugna el Papa: la libertad del absolutismo, la democracia del absolutismo? ¿cómo se come eso?

- Creemos que en la estructura actual de la Iglesia, el Papado se ha convertido en una monarquía absoluta, con tal rigidez dogmática que recuerda la nada santa Inquisición de otros tiempos, acompañada de movimientos que se suele llamar neoconservadores, y que a veces parecen más papistas que el papa. Todo eso no evita que haya de hecho una disidencia dentro de la Iglesia, una disidencia consciente y comprometida, pero también un gran desencanto en mucha gente, una desafección, una indiferencia que muestra la no credibilidad de la institución eclesial en muchos ámbitos sociales. Las condenas del laicismo, de la descristianización denotan más su propio miedo a perder sus privilegios y su poder, que una verdadera fe en la capacidad transformadora del Evangelio como buena noticia liberadora.

Aún está reciente la estampa de los funerales del Juan Pablo II y la toma de posesión del nuevo Papa. Ver la Curia con sus ropajes, y ver a los más poderosos de este mundo en el Vaticano es todo un signo de lo que es la Iglesia-Institución hoy. Ver una Iglesia rica, poderosa, arrimada a los poderes de este mundo y encastillada en sus dogmas e instituciones muchas veces anacrónicas, no suscita credibilidad sino perplejidad y escándalo, o rechazo e indiferencia, en muchas personas creyentes y no creyentes. ¿Cómo podemos estar de acuerdo con esa imagen de Iglesia?

- Más en concreto, en la Iglesia española, la disidencia no es sólo un derecho genérico, sino que muchas personas la sentimos como una necesidad de conciencia. Nos duele que sociológicamente e ideológicamente se identifique a la Iglesia con la extrema derecha. Nos duele que los obispos demasiadas veces se definen con posturas sumamente reaccionarias, y bien pocos de ellos disienten abiertamente. Muchos cristianos y cristianas, que nos sentimos de izquierdas, con pluralismo de posturas, hemos expresado nuestra disidencia eclesial con nuestros obispos (Moceop entre otros colectivos), por ejemplo respecto al tema de los matrimonios homosexuales, las clases de religión, la financiación de la Iglesia con los acuerdos con el Estado, la presencia militar en actos religiosos, etc.

Disidencia y coherencia

Entendemos la disidencia no como un simple ir en contra de lo establecido, sino revisarlo críticamente, y, a la luz del Evangelio, buscar lo que sea más coherente. La disidencia es pues una cuestión de coherencia personal y grupal, y una cuestión de fidelidad a lo más profundo de la tradición recibida. Y es también, por qué no decirlo, una forma de amor a la propia Iglesia: porque la queremos nos duelen sus defectos y la queremos mejor de lo que la vemos, y estamos dispuestos a transformarla. Si no, sería más cómodo aceptarla resignadamente como está, o darla por imposible y abandonarla.

La fe no es simplemente una doctrina a seguir fielmente, sino una fidelidad al camino indicado por Jesús. El cristianismo no es una religión con unos dogmas absolutos, unas creencias incuestionables, unas leyes inevitables, una institución divinizada. La Iglesia es una institución que se ha ido conformando durante siglos, con tradiciones recibidas y con aportaciones nuevas. Pero es más que una Institución: es un misterio, es la comunidad de las personas creyentes en Jesús, animada por su Espíritu. Creemos que la fidelidad a la tradición no es conservarla congelada ni anquilosada, sino viva. El respeto a la tradición recibida comporta seguir enriqueciéndola con nuevas aportaciones para transmitirla a quienes vengan detrás, actualizada, que responda a los signos de los tiempos de cada momento histórico.

El Concilio Vaticano II, una referencia importante

El Concilio Vaticano II supuso para la Iglesia un abrir puertas y ventanas, una apertura al mundo y a los signos de los tiempos, y una renovación en la visión que la Iglesia había de tener de sí misma y del mundo. Fue más un “espíritu” que una doctrina o unas normas.

Desgraciadamente, pronto empezaron las reticencias, que luego se convirtieron en freno y luego en marcha atrás. En los años de la transición, el famoso cardenal Tarancón decía que algunos obispos españoles tenían tortícolis de tanto mirar a Roma. Hoy, en algunos, esa tortícolis ha derivado en hemiplejia, pues parece que sólo mueven la parte derecha. Creemos que el pontificado de Juan Pablo II y los antecedentes y los indicios del actual han marcado una involución enorme. Así que nuestra esperanza de que de Roma venga ninguna renovación es mínima, aunque creamos en el Espíritu Santo y en los milagros.

Renovación eclesial, un proceso abierto

Hoy parece paradójico que se formule como progresista reivindicar algo de hace 40 años, con lo que ha cambiado el mundo en este tiempo. Juan XXIII hablaba de “aggiornamento”: puesta al día. Yo creo que la fidelidad al propio espíritu conciliar estaría hoy no tanto en “cumplirlo” ni “recuperarlo”, cuanto en “superarlo”. El día de hoy tiene retos y necesidades diferentes a hace 40 años. Es por eso que ya va surgiendo en ámbitos eclesiales de base la propuesta no tanto de un nuevo concilio (que en estos momentos sería de reafirmación de la restauración dominante), sino de un proceso conciliar, de abrir cauces de reflexión, de opinión, de debate, de participación de todos los sectores eclesiales… que podrían culminar, con tiempo, en un nuevo concilio que se planteara y buscara respuesta a los nuevos signos de los tiempos que hoy interpelan a la Iglesia. Ese proceso lo estamos haciendo ya, por ejemplo con esta reflexión y debate.

La Iglesia necesita este proceso de renovación, en primer lugar por salud propia, para no encerrarse en el búnker de su propia adoración; y para no convertirse en una gigantesca secta, alejada del espíritu del Evangelio de quien llama su fundador. Y en segundo lugar (pero más importante), para estar en condiciones de poder cumplir su misión de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios y comprometerse en irlo construyendo ya, siendo ella misma signo y testimonio de lo que proclama.

Disidencia constructiva

Al mirar hacia atrás y repasar los disparates que se han hecho en la historia, no lo hacemos con ira, sino más bien con un toque de humor y de relativismo. La historia avanza despacio y a trompicones. Antes quemaban a los herejes; luego, sólo quemaban sus libros. Ahora hay otras formas de represión, a veces más sutiles, pero también crueles. Aún así creemos que la libertad avanza con el empuje de muchos (“pero habrá que forzarla para que pueda ser”).

Al futuro preferimos mirar con esperanza no en las probabilidades (que a veces son pocas o pesimistas), sino en el factor sorpresa de que el Espíritu sopla donde quiere, y que Dios a veces escribe recto con renglones torcidos.

Y al mirar el presente, la realidad eclesial general, lo hacemos con un realismo crítico; aceptamos que la realidad es la que es, pero no la aceptamos como definitiva, sino como punto de partida para cambiarla.

La Iglesia es a la vez institución y profetismo. Como ya hay quien se encarga de defender y consolidar la instancia institucional, creemos que a otras personas y grupos nos toca cultivar la instancia profética, y ello conlleva denuncia y anuncio, protesta y propuesta.

Para eso preferimos una postura positiva y constructiva, de hacer lo que creemos y podemos, de encontrar sentido a lo que estamos haciendo más que a los resultados. A veces toca sembrar, no cosechar, y hacer camino al andar.

Eclesialmente, estamos convencidos de que somos Iglesia y hacemos Iglesia: ni nos excluimos ni nos dejamos excluir. Tampoco excluimos ni condenamos, aunque protestemos, critiquemos y denunciemos. No pretendemos imponer nuestro modo de ver, pero tampoco renunciamos a ser lo que somos, y a caber en la Iglesia siendo diferentes. Ofrecemos nuestra experiencia como una aportación al pluralismo y a la comunión eclesial.

El margen, lugar privilegiado

Algunos grupos críticos nos sentimos realmente marginados. Hablo de CCP, Moceop, grupos homosexuales cristianos, Somos Iglesia, incluso curas obreros (y nombro sólo aquellos en los que yo estoy más o menos implicado). Por parte de la jerarquía nos sentimos ninguneados, cuando no excluidos y condenados. No somos clandestinos, no nos ocultamos, ni huimos ni nos salimos. Pero es la Institución la que nos condena a la clandestinidad. Experimentamos la realidad eclesial como un invierno. Lo lamentamos, pero tampoco lo vivimos con resentimiento. El hermano Roger, de Taizé, a quien recordamos con admiración, auguraba una primavera de la Iglesia. Eso es lo que esperamos, cuando pase el invierno. La esperanza es aspirar a lo que no se ve; lo que se ve ya no es objeto de esperanza.

Sintiéndonos tan al margen eclesial, ahí hemos ido encontrando nuestro sitio en la Iglesia: somos marginales; estar en la periferia nos hace sentirnos más cerca de los excluidos, de los que están fuera del sistema. Y ellos son los privilegiados para el Reino de Dios. Ellos nos transparentan a Dios a veces más y mejor que la propia Iglesia, que en vez de ser signo transparente, se hace opaco y tapa lo que debería mostrar.

Frente a la resistencia de la Jerarquía a aceptar nuestros planteamientos y sobre todo nuestra praxis, ha sido sorprendente en cambio, cómo los grupos y comunidades de base, y una buena parte de opinión pública ha ido aceptando con toda naturalidad nuestros planteamientos y experiencias, sin escándalos como algunos agoreros pronosticaban, y con más sentido común que planteamiento teológico. Tampoco nosotros hemos pretendido nunca provocar ni a la Jerarquía con enfrentamientos inútiles, ni a la gente imponiendo planteamientos o prácticas que no estuvieran consensuadas por los grupos o comunidades en que vivimos y que nos conocen y aceptan. Creemos que el avance ha de ser con naturalidad, con respeto, con diálogo, con testimonio y coherencia.

Otra Iglesia es posible y otro mundo es posible

Creemos que la Iglesia no ha de mirarse tanto a sí misma, ni los cristianos encerrarnos en nuestras capillitas. El reto para que la Iglesia se renueve es “descentrarse”: poner el centro fuera de sí: mirar al mundo, descubrir los signos de los tiempos que la interpelan y procurar responder a ellos.

¿Qué signos?

- El primero, el más grave, el insoslayable, es el creciente abismo entre ricos y pobres, entre personas, países, continentes… ricos y pobres. Pero hoy con la conciencia más clara que la riqueza de unos es a costa de la pobreza de otros. Y que el hambre y la muerte prematura y violenta de millones de personas, el desplazamiento y emigración de millones de personas… es responsabilidad de todos. También de la Iglesia.

- Otro signo; la globalización, que en su faceta más neoliberal es dejar manos libres a las multinacionales económicas, por encima incluso de los estados, para hacer y deshacer a su antojo, incluso a costa del expolio de la naturaleza, del empobrecimiento de países enteros, del incumplimiento de los compromisos internacionales (ONU, KYOTO, objetivos del milenio…). Pero puede haber una globalización de la solidaridad: Hacer una familia humana más humana es puro evangelio.

- Otros muchos signos, tal vez menores en tamaño, y esta vez en positivo: el ansia de paz, la mayor sensibilidad ecológica de mucha población, la creciente conciencia solidaria universal, la exigencia de respeto a los derechos humanos; la creciente conciencia de igualdad de las mujeres; la necesidad de la democracia como participación responsable de los pueblos en sus destinos, el respeto a las minorías, el necesario diálogo interreligioso…

Una utopía en el horizonte

Hemos empezado hablando del celibato, y acabamos cuestionando el nuevo orden mundial.

El celibato opcional resulta una pequeña utopía, no por inalcanzable, sino porque abre el horizonte para mucho más. Al final resulta, que lo del celibato opcional casi es lo de menos, pero nos ha servido de motivo para soñar una Iglesia diferente y un mundo más humano. Otro mundo es posible. Otra Iglesia es posible, y necesaria. La prueba de que es posible es que la estamos haciendo ya: muchas personas y comunidades, con muchos defectos, estamos siendo iglesia de otra manera.

Pero el horizonte es mucho más amplio aún. Porque la Iglesia no tiene por fin servirse a sí misma. Aunque consiguiéramos una Iglesia democrática, igualitaria, participativa, ¡y con celibato opcional!…, si no es para que la Iglesia pueda servir mejor a la Causa del Reino, que es la Utopía evangélica de una sociedad más justa, una familia humana más humana… Si la Iglesia no sirve para eso, no sirve para nada.

Al final te das cuenta de que la utopía no está ni siquiera en conseguir lo que quieres, sino que está en el camino mismo. Pero para caminar, hay que soñar con llegar. Como Ulises en su azaroso viaje a Ítaca. “Ítaca t’ha donat el bell viatge, sense ella no hauries sortit. I si la trobes pobra, no és que Ítaca t’hagi enganyat. Savi, com bé t’has fet, sabràs el que volen dir les Ítaques”. O en palabras de Eduardo Galeano: La Utopía, “Ella está allí, en el horizonte. Doy dos pasos, y ella retrocede dos pasos. Avanzo diez pasos, y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo avance, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve entonces la utopía? Para eso sirve… Para caminar“. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*http://www.uv.es/cultura/c/docs/actdebatescast



tener hambre

-> ES DELITO TENER HAMBRE
-> A LA CAZA DEL SER HUMANO
-> LEGALIDAD INMORAL EN MELILLA Y CEUTA

ES DELITO TENER HAMBRE
JOSE MARIA GARCIA-MAURIÑO, Cristianos por el Socialismo

ECLESALIA, 14/10/05.- Al ver por TV esas imágenes de autobuses llenos de inmigrantes de color, camino del desierto y esposados, nos preguntamos qué delito han cometido. Porque son tratados como delincuentes. Y se les condena a una muerte segura de hambre y sed en el Sahara. El único delito que han cometido es tener hambre. Después de andar cientos de kilómetros desde sus tierras para acercarse a la frontera española, lo único que encuentran es una valla de 6 metros de alta llena de pinchos. Nada de acogida, nada de comida. Un rechazo a su ansia de vivir. Muchos mueren por balas marroquíes o por balas españolas, otros por agotamiento. Ahí están esos africanos y africanas desesperados. El hambre no tiene fronteras, ni se puede tratar sólo por medios “diplomáticos”, ni con mucha colaboración de policías y militares en esa llamada inmigración ilegal. Mientras se da libre curso y no se ponen ningún impedimento a la libre circulación de capitales y al libre comercio de las empresas multinacionales en esta Europa, a los inmigrantes se les pone el muro de la vergüenza, y se blindan todas sus fronteras para que no puedan pasar. La represión no es una solución a este problema. El hambre no puede esperar. Con el hambre no se juega.

Nos volvemos a preguntar ¿por qué esta otra barbarie de consentir la llamada civilización occidental que los inmigrantes se pasen meses esperando en los bosques de Marruecos para saltar la frontera a España, pasar unas vallas con puntas, padecer muchos muertos y finalmente lanzarlos al desierto, más de 500, sin agua ni comida? ¿Qué es lo que está pasando aquí? El problema es África, el hambre, la pobreza, la miseria, el sida. Es la hipocresía de la “Europa-fortaleza” que no quieren que le molesten, y no quiere saber nada de los pueblos que ha colonizado y esclavizado en tiempos atrás y en tiempos actuales. Les han quitado todas sus riquezas naturales, petróleo, diamantes, clotán, han saqueado todos sus productos naturales, han empobrecido sus países hasta límites increíbles, y ahora tienen que buscarse la vida fuera de sus tierras. Porque lo que quieren es comer, vivir. Los poderosos han optado por la muerte, no por la vida.

Como CRISTIANOS POR EL SOCIALISMO, recordamos el Juicio de las Naciones al Final de la Historia: que nos cuenta el Evangelio, “Tuve hambre y no me disteis de comer” ¿Qué responderá España, qué responderá Europa, ante el Juez Supremo? “¿Cuando te vimos...?” Cuando me acerqué a vuestras fronteras y me rechazasteis, y pusisteis todos los impedimentos posibles para vivir, cuando hacíais Tratados políticos, manipulando mi pobreza, cuando nos ahogabais con una Deuda Externa ya pagada, cuando mirabais más a las multinacionales farmacéuticas y armamentistas, que mi salud y mi cultura, siempre que favorecéis a los ricos, a los que más tienen y no miráis por nuestras vidas y nuestra dignidad, cuando me condenabais a muerte tirándome al desierto sin agua ni comida. “Apartaos de mí, malditos”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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A LA CAZA DEL SER HUMANO
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA, 14/10/05.- Nos bajaron, a punta de fusil, de unos viejos autobuses y nos dejaron en medio del desierto, con órdenes de caminar. Buscaba a mi mujer y mis hijos y no los encontraba. Por el carril que caminábamos no cabíamos todos. Unas veces se caminaba hacia adelante, otras hacia atrás. Los comentarios, las heridas, las cicatrices hablaban de una verdadera “caza del ser humano”. Aquel dicho de que “el hombre es lobo para el hombre” sigue vigente, a pesar de teorías contrarias. Las miradas de los inmigrantes deportados me preguntaban qué hacía yo allí. Abandonados, despreciados y vigilados no sabían dónde ir y para qué… Quise gritar diciendo:”esto es la caza al ser humano”, pero no me salían las palabras. Me desperté y mi esposa me preguntó qué decía…

Nacer en un sito puede marcar el futuro de las personas. Los inmigrantes llegan de aldeas y ciudades en las que se hace imposible seguir viviendo. Salir de tierra de esclavitud es una necesidad para romper con sistemas sociales injustos. El hambre no se vence con milagros prodigiosos ni con visitas de gobernantes, contemplando a inmigrantes cargados de cientos de Kilómetros en busca de libertad. Las decisiones de deportación, tomadas en fríos despachos, sin tener en cuenta el valor humano de personas separadas por vallas, tiene que ser duro para quiénes se prestan al desempeñar una desagradable escena teatral. A falta de soluciones justas, abandonar a gente hambrienta, volviéndole la espalda, es condenarles a muerte.

Los sentimientos de lástima no bastan. Hay que despertar y provocar el portentoso milagro de la solidaridad. Me viene a la mente la escena de Jesús: “Caída la tarde se acercaron los discípulos a decirle: -Estamos en descampado y ya ha pasado la hora; despide a las multitudes, que vayan a las aldeas y se compren comida. Jesús les contestó: No necesitan ir; dadle vosotros de comer. Ellos le replicaron: -¡Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces! Les dijo: -Traédmelos” (Mt.14, 15-18). Los discípulos se preocupan para que los despida, de que se vayan a comprar. Comprar sin dinero es imposible. Y para los inmigrantes significa volver a la sociedad de la que salieron para someterse de nuevo a las leyes económicas que los mantendrán en la miseria.

A la propuesta de evasión de los discípulos de “comprar”, Jesús presenta otra alternativa: “dadles vosotros de comer”. Es comprensible la reacción de los discípulos. Bajo prisma económico cinco panes no son suficientes para dar de comer a cinco mil hombres. Pero, para el pensamiento y los planes de Jesús, cinco panes y dos peces suman siete, que bíblicamente significa “totalidad”.Y mandó a las muchedumbres que se “recostaran” en la hierba y, “tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos a su vez se los dieron a las multitudes. Comieron todos hasta quedar saciados y recogieron los trozos sobrantes: doce cestos llenos. Los que comieron eran cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños” (Mt. 14,19-21)

Decirles a unas personas, que necesitan buscar comida, que se sienten en la hierba y obedezcan a Jesús significaba ya un hecho prodigioso. Era un paso hacia la libertad. Para matemáticos exegetas es un campo apasionante profundizar en el número cinco mil, múltiplo de cincuenta (50 por 100, multiplicador que indica la repetición ilimitada) y alude a las comunidades proféticas del Antiguo Testamento (1 Reyes 18,4.13; 2 Reyes 2,7). Compartiendo el pan, se comunica el Espíritu, que lleva a la libertad. Repartiendo el pan y los peces prologan la generosidad que da vida. Los doce cestos que sobraron indican que compartiendo puede desaparecer el hambre.

La pobreza no es una virtud sino producto de la injusticia contra la que hay que luchar. Los “pobres” de los que habla el Evangelio son aquellos que se entregan y ponen lo que tienen a disposición de los que lo necesitan. Lo que hizo diferente a Jesús de todos los de su época fue la capacidad para despertar los mejores sentimientos de la gente: amor, generosidad. Él pide a sus seguidores que se ofrezcan como agentes de solidaridad entre el pueblo ofreciendo lo que son y todo lo que tienen. Lo que nos acerca a Jesús es el amor incondicional a Él a través del amor a las personas. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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LEGALIDAD INMORAL EN MELILLA Y CEUTA
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo
LOGROÑO (LA RIOJA).


ECLESALIA, 14/10/05.- Legal e inmoral en modo alguno son contradictorios. La sociedad civil está llena de ejemplos: el muro en Israel, la vallas de Ceuta y Melilla están respaldadas por leyes del país pero no dejan de ser inmorales y acarrean consecuentemente la obligación de no respetarlas. Si te “pillan” no tienes otra que pagar multa, cárcel o deportación, con todas las de la ley… pero con las maldiciones de la gente decente.

Los subsaharianos que se aferran en el mar a una patera o se dejan la piel en jirones en la valla (¿se han fijado ustedes que no es la habitual alambre de púas sino de diminutos cuchillos?) no han elegido una manera especial de hacer turismo. Los empuja el hambre, sí, señora, el hambre y tienen todo el derecho del mundo a buscar dónde comer y cómo trabajar para comer. Si un hambriento de veras que ha buscado dónde comer sin éxito y me arrebata la barra de pan que llevo bajo el brazo tiene la bendición de Dios.

El encefalograma de gran parte de la sociedad y de buena porción de políticos es tan espantosamente plano que consideran y gestionan la aldea global como una residencia de imbéciles, Porque es de imbéciles estar convencidos y declarar que los ricos somos dueños omnímodos de nuestras cuentas corrientes, de nuestros paraísos fiscales, nuestras industrias de armamento, de nuestras mansiones y yates de lujo, de los kilos de comida arrojados a la basura, de las innumerables docenas de trajes y zapatos apenas estrenados, de la usura de la deuda externa que vampiriza a millones de pobres, de los miles de millones de euros en publicidad mendaz y venenosa… (que cada cual coja papel y lápiz y anote todos sus caprichos superfluos y su precio). Somos realmente imbéciles enseñar al mundo por televisión este derroche descomunal de lujo y jugar a amontonar planes, leyes, barreras, controles, verjas, muros (¿no se usan metralletas en la frontera mejicana?) para que no pasen. Tiempo al tiempo: la inmigración es IMPARABLE.

Además, nos la hemos ganado a pulso. No son países pobres sino empobrecidos por nosotros, países ricos. Desde todas las conquistas, española, inglesa, portuguesa, francesa, americana… hasta los actuales mecanismos de expolio mediante el comercio internacional, las guerras de baja intensidad, la rapiña del cobre, los diamantes, el uranio, el coltan, el petróleo, el trabajo de esclavos por empresas interpuestas y un interminable etc… los países se han enriquecido a costa de los pobres. Es un latrocinio, un bandidaje, una sangría ¡Un horror de maldad y cinismo que hace aspavientos con terrorismos, países-granuja, lucha contra el Mal, defensa de la Democracia y… monigotes de guiñol gobernando el mundo. La hipocresía y el cinismo llegan a endosar el empobrecimiento de tantos países, a la haraganería de sus pobladores y a corrupción de los dictadores fantoches que nosotros mismos, occidentales escatológicos hemos aupado y que nos sirven de recaudadores.

La inmigración es una montaña de agua que presiona sobre una frágil presa. No cabe duda que la hará saltar en pedazos y arrasará. Los Jefes de las naciones saben de sobra dónde están las verdaderas soluciones. Lo saben pero prefieren reforzar la presa, el ultraliberalismo, que acabará volando por los aires. Pero ¿a costa de cuánto sufrimiento para todos? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

los mismos

‘LO MISMO Y LOS MISMOS’
Las víctimas de octubre
JON SOBRINO, 09/10/05
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 12/10/05.- En El Salvador siempre hay mártires que recordar. Ahora nos acercamos a los de la UCA en noviembre, a las cuatro religiosas norteamericanas en diciembre y a los innumerables mártires de siempre. Pero este mes de octubre ha traído otras víctimas, producto de la naturaleza -tormenta y erupción de un volcán- y de la iniquidad de los humanos. En San Marcos toda una familia, papás y tres niños, murió soterrada. El comentario que se oyó fue lacónico y certero: “No los ha matado la naturaleza, sino la pobreza”.

Sobre estas víctimas y sus responsables, sobre lo que nos exigen y también sobre lo que nos ofrecen -si nos abrimos al misterio de la vida- queremos hacer unas breves reflexiones.

1. “Siempre lo mismo y los mismos”. El pueblo crucificado. Las escenas de sufrimiento y crueldad son sobrecogedoras, y la magnitud es escalofriante. Los muertos son más de 70, los damnificados, de una u otra forma, pasan de 70,000, y los daños materiales pueden ser lo equivalente a tres o cuatro veces el presupuesto nacional. La catástrofe se extiende a México y Nicaragua, y sobre todo a Guatemala. El poblado de Panabaj ha sido declarado camposanto: unas 3,000 personas murieron soterradas. “Una aldea maya yace bajo 12 metros de lodo”, decía la noticia. Al escribir estas líneas ha ocurrido el terremoto en Cachemira: 30,000 víctimas y dos millones y medio de damnificados.

Ante esto, nuestra primera reflexión es la siguiente. Estas terribles realidades no nos ofrecen nada que no hayamos visto antes. Con matices distintos, dicen lo de siempre: en su inmensísima mayoría, las víctimas siempre son los pobres. Las catástrofes muestran la pobreza de nuestro mundo, y, a su vez, esa pobreza es, en buena parte, causante de las catástrofes y de sus consecuencias. A ello nos hemos acostumbrado con naturalidad, para que la psicología, la insensibilidad o la mala conciencia de los seres humanos pueda convivir con la catástrofe. Sin palabras se viene a decir: “Es normal que ellos, los pobres, sufran, pues así son las cosas. Anormal sería que nosotros, los que no somos pobres, suframos este tipo de desgracias”.

Los que sufren en las inundaciones, terremotos y erupción de volcanes -como ahora el de Santa Ana-, los que no tienen trabajo o son despedidos, los mojados y los expulsados de Estados Unidos, los que pierden sus casitas y pertenencias, los que ven morir a sus hijos o a sus padres, son siempre los mismos, los pobres. Y con frecuencia son mayoría los más débiles de entre ellos: niños, mujeres y ancianos. Lo mismo ocurría en tiempo de represión y guerra: la mayoría de los torturados, desaparecidos, muertos, eran pobres. Hace falta un Roque Dalton para poder cantar bien esa letanía.

De manera precisa lo decía Ellacuría. Lo que caracteriza a nuestro país es el “pueblo crucificado”. Y añadía dos cosas, a cual más fuerte y lúcida. Una es que a ese pueblo le arrebatan “la vida”, lo más fundamental y básico. Y la otra es que ese signo que nos caracteriza es “siempre” el pueblo crucificado. Ya lo hemos dicho: con matices y excepciones, terremotos, inundaciones, derrumbes -antes, torturas, muertes, desaparecimientos- siempre se ceban en los mismos, los pobres. Y siempre producen lo mismo, muerte o cercanía a la muerte. Esto produce indignación -aunque hoy en día ya no parece estar muy bien visto el indignarse, aunque los poderosos toleren lamentos y llamadas, entre convencidas y rutinarias, a la solidaridad. Y menos existe la indignación cuando se repite, como en nuestro país, que las cosas van bien, o que van por buen camino. Pero además de indignar, la catástrofe hace pensar.

Se ofrece globalización como promesa firme y cierta de salvación, pero esta globalización, en contradicción flagrante con el concepto y la formulación, cuando ocurren las grandes tragedias, sigue siendo absolutamente selectiva: siempre en contra de los pobres, nunca -o rara vez- en contra de los ricos. Durante el tsunami sorprendió ver sufrir a europeos y norteamericanos, pero no sorprendió que sufrieran los pobres de Asia. Y durante el Katrina no sorprendió que los ricos abandonaran Nueva Orleans en jets privados, ni sorprendió que otros hicieran largas colas para conseguir gasolina en las carreteras. Ni que otros muchos, personas de raza negra, hombres y mujeres, siguieran entre inundaciones en el casco pobre de la ciudad. Es la estratificación natural de la sociedad. El “lugar natural”, que decía Aristóteles, de los pobres es la pobreza.

Ni el Banco Mundial, ni el Fondo Monetario, ni el G-8, ni los que proclaman el reto del milenio son capaces de pensar y decidirse en serio por una globalización real de la vida. No se trata de que todos sufran, sino de que nadie sufra.

Lo que ocurre estos días es escándalo de lesa humanidad. Nelson Mandela, en el marco de la presentación del último informe de Naciones Unidas, ha dicho que la inmensa pobreza y la obscena desigualdad son flagelos de esta época tan espantosos como el apartheid o la esclavitud lo fueron en épocas anteriores. Y Eduardo Galeano, llegado a nuestro país en medio de las inundaciones, ha dicho: “Espero que sirvan al menos para subrayar que debemos de dejar de llamarlas catástrofes naturales. Sí, son catástrofes, pero son el resultado del sistema de poder que ha enviado al clima al manicomio”.

2. “¿La opción por los ricos?” El pecado del mundo. Si la tragedia no es mero producto de catástrofes naturales y si la letanía de “lo mismo y los mismos” no es casualidad, algo sigue estando muy mal en nuestro país. Antes se le llamaba pecado estructural. Los cristianos hablaban de “pecado del mundo”, citaban a los profetas de Israel, a Jesús de Nazaret y la carta de un airado Santiago. Ahora ya no se estila mucho ese lenguaje, ni siquiera en las iglesias. Y el mundo democrático occidental, por una parte laico y secular, con todo derecho, no acaba de encontrar -y no sé si le interesa- palabras equivalentes que expresen la tragedia y la responsabilidad. Y menos si le salpican a él. Por eso habla de “los menos favorecidos”, “países en vías de desarrollo”. Eufemismos.

La tragedia de estos días muestra, una vez más, la injusticia estructural en el país. Antes de la tragedia, siguiendo una práctica secular, seguía sin protegerse adecuadamente las carreteras al construirlas, ni se cuidaba la construcción, muy vulnerable, de los sectores más pobres. Y todo ello es más escandaloso, cuando no se ha impedido que los millonarios deforesten y construyan sus casas a su antojo. Las promesas de prevención han sido papel mojado.

Ahora, ante la tragedia hay que preguntarse cuánto han sufrido unos y cuánto dinero han ganado otros, edificando en zonas prohibidas por la ley o por la conciencia. ¿Y qué hacen los responsables para impedirlo? ¿Dónde queda la opción por los pobres -por los “más pobres”, que decía sin inmutarse el presidente Christiani? Las catástrofes muestran lo que todo el mundo sabe. La opción de los que configuran el país va en la otra dirección: es, en directo, la opción por los que tienen dinero y por lo que da dinero. Optar por los pobres puede responder a algún vago sentimiento ético o a una estrategia para que la situación siga favoreciendo a los ricos. Pero no hay opción, no se piensa en los pobres antes que en los ricos al configurar el país.

Esto es de siempre y tiene raíces estructurales. Ahora, sin embargo, con las catástrofes afloran otros males coyunturales, que son también recurrentes. Ciertamente no es fácil dar a conocer la verdad de todo lo ocurrido, pero los miembros del gobierno no parecen estar preparados para informar. Es una expresión de irresponsabilidad gubernamental. Y mucho menos se quiere dar a conocer la verdad de las causas de lo ocurrido, pues entonces saldrían a relucir responsables y culpables.

Lo fácil es disimular, eximir de responsabilidades, exagerar lo que se ha hecho para paliar la catástrofe, prometer transparencia, o simplemente callar, no decir la verdad. Todo ello para que autoridades, políticos y adinerados queden bien. Es el encubrimiento de la realidad, práctica tan usada por el presidente Bush, hasta que los féretros aparecen en televisión y la realidad se hace inocultable. Entre nosotros no debiera extrañar la desvergüenza de no decir verdad. Todavía, 25 años después, los gobiernos no dicen la verdad sobre el asesinato de Monseñor Romero, aunque la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas ya emitió su juicio hace doce años. Y por otra parte se alaba públicamente y sin escrúpulos a responsables de escuadrones de la muerte.

También aparece la inmoralidad de la propaganda partidista. El partido en el poder capitaliza la tragedia en su favor. En televisión se ofrecen en cadena -privada- microprogramas del partido Arena, de cinco a diez minutos, en los que aparecen sus candidatos a alcaldes y a diputados repartiendo ropa, camisetas…

Aparece la prepotencia de algunos grandes del capital, fotografiados en los periódicos, entregando cheques para los damnificados. Ignoran lo que decía Jesús: “que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda.

Y aparece la deshumanización de la industria de los medios. Algunos de ellos se disputan la “primicia” de la noticia, la foto del cadáver de una niñita rescatada. El éxito profesional, el ranking, interesa más que comunicar el dolor de la gente y sus sentimientos.

Sin embargo, aun con mucho en su contra, la verdad se ha vuelto a abrir paso: en los clamores de la gente que sufre, en personas sensatas que se preguntan con incredulidad cómo es posible tener un país así. A la entrada de la YSUCA, recogiendo y organizando ayuda de emergencia, un sacerdote de Sonsonate, lo dijo muy bien. “En el día a día pasa desapercibida, pero ésta es la verdad del país: la pobreza”.

3. “El corazón de carne”. Solidaridad. En medio de la tragedia siempre aparece la fuerza de la vida, de la esperanza, del amor. Y en estas ocasiones toma la forma de solidaridad.

Muchos colaboran para aliviar el sufrimiento -la respuesta a las llamadas de la YSUCA, y de otros, es realmente impresionante. Llega gente con quintales de maíz, frijoles -a veces lo cargan mujeres sencillas sobre la cabeza-, azúcar, maseca, botes de leche, cientos de fardos de ropa, docenas de colchonetas, frazadas, medicina… Son gente sencilla, normal, que inmediatamente se ponen a ayudar para hacer llegar la ayuda. También se acercan algunas personas de más medios con donativos importante. A veces. empleados de empresas conocidas que, entre ellos, han recogido la ayuda. Hasta un equipo pesado ofreció un constructor para remover escombros. Y llegan médicos, enfermeras, religiosas… Es la ayuda y el servicio que brota como lo obvio, como lo que nos mantiene con un mínimo de humanidad.

Muchos albergues son atendidos por las iglesias. La ayuda gubernamental, cuando llega, llega tarde y limitada, y a veces hasta es rechazada por la gente. Muchas parroquias y comunidades, católicas y protestantes, comunidades, religiosas, agentes de pastoral, pastores… se desviven estos días. Y lo hacen con sencillez y con gran creatividad, como lo que les permite ser cristianos y cristianas por que son humanos y humanas. Y lo hacen sin esperar ni depender mucho de orientaciones de arriba.

También hay ofertas de ayuda de afuera. Según una tradición secular, algunas llegarán con eficacia e integridad, fruto del dolor y del cariño. Son “los solidarios de siempre”, personas e instituciones, que también en tiempos de normalidad ayudan a la promoción de las comunidades, a las instituciones que velan por los derechos de los pobres, y a las que analizan y dicen su verdad. Estos solidarios, por cierto, también vienen al país cuando el pueblo celebra a Monseñor Romero y a sus mártires. Es la solidaridad “salvadoreñizada”.

Otras ayudas llegarán con mayor burocracia, con mayor interés político y con mayores sospechas de no llegar a su destino como Dios manda. Bienvenidas sean, al menos para emergencias. Pero añadamos un deseo: que no olviden que, si no ayudan a cambiar nuestras estructuras injustas, peor aún, si las solidifican y se aprovechan de ellas para hacer ellos un buen negocio, ayudar en las catástrofes es rutina que no humaniza. Y puede ser escarnio. Es como mantener moribundo al pobre Lázaro junto al ricachón, cada vez más vivo y opulento.

4. “Santidad primordial”. Lo heroico de vivir. Hagamos ahora unas reflexiones más allá de lo visible y constatable. Son audaces. Aceptarlas o no, dependerá de la sensibilidad y de la fe de cada quien, fe religiosa o humana, con que se mira la realidad. Y ante las víctimas sólo podemos hacerlas con el máximo respeto.

En los lugares afectados por las catástrofes las escenas son desgarradoras. Como en el siervo sufriente de Jahvé, no hay en ellas belleza alguna. Al ver a las víctimas clamando, defendiendo a sus hijos pequeños, llorando sobre sus cadáveres, agarradas a un silla -lo único que les ha quedado- para que no se la lleve el agua, rezando también, protestando por lo que el gobierno hace y no hace, vienen a la mente muchas otras catástrofes. Entre nosotros, terremotos, represión y miseria cotidiana; en otros lugares, Níger, Sudáfrica, los Grandes Lagos, madres y niños famélicos, con SIDA, caminando en grandísimas caravanas cientos de kilómetros sin prácticamente nada. Pero puede ocurrir -y ocurre- el gran milagro: las víctimas quieren vivir, ayudarse mutuamente para vivir. Y entonces en medio de la catástrofe aparece dignidad, amor, esperanza, hasta organización popular, religiosa y civil -de mujeres sobre todo- para decir su palabra y mantener su dignidad. En El Salvador es bien conocida la decisión de las víctimas a rehacer sus vidas después de las catástrofes.

No creo que hay palabras adecuadas para describirlo, pero quizás sirvan éstas. “A este anhelo de sobrevivir en medio de grandes sufrimientos, los trabajos para lograrlo con creatividad, resistencia y fortaleza sin límites, desafiando inmensos obstáculos, lo hemos llamado la santidad primordial. Comparada con la oficial, de esa santidad no se dice todavía lo que en ella hay de libertad o necesidad, de virtud u obligación, de gracia o mérito. No tiene por qué ir acompañada de virtudes heroicas, pero expresa una vida toda ella heroica. Esa santidad primordial invita a dar y recibir unos a otros y unos de otros, y al gozo de ser humanos unos con otros”.

5. “¿Dónde está Dios?”. En la cruz. Ese misterio de esperanza y dignidad en medio de las catástrofes nos lleva al misterio de Dios. Empecemos recordando, por si algún lector así lo piensa, que Dios no envía catástrofes para castigar a los seres humanos, como lo gritan unos. Tampoco están predichas en la Biblia, como predican otros. La predicción más segura es la de Mateo 25: “la salvación y la condenación dependen de servir o no al pobre”.

Sí abunda un sentimiento religioso de que “ante las cosas de Dios no podemos hacer mucho”. Es la fe respetuosa. Pero no impide preguntarle y cuestionarle, como Job, como Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué nos has desamparado?”. Es la teodicea de que hablan los teólogos.

Sea cual fuera la respuesta o el silencio de Dios que escuchamos, bueno es recordar en estas situaciones lo que Rutilio Grande decía a los campesinos de Aguilares: “Dios no está en una hamaca en el cielo”. En nuestros días está en medio del sufrimiento y de las víctimas. No para bendecirlo y justificarlo, sino para decir que él no quiere quedarse placenteramente en el cielo cuando sus hijos e hijas, los más queridos suyos, los pobres, sufren en esta tierra.

Esto es lenguaje simbólico. Con él se quiere decir que Dios ama en verdad a las víctimas de este mundo. Se podrá o no creer en ese Dios, se podrá preguntarle “¿por qué?”, sobre todo los que se han quedado sin nada, sin su casita, sus hijos, sus papás. Se podrá dudar de su omnipotencia, pero no se le podrá acusar de indiferencia. Un gran teólogo alemán decía en medio de los horrores de la segunda guerra mundial: “sólo un Dios así, sufriente con nosotros, puede salvarnos”.

6. “Bajar de la cruz a los crucificados”. El mandamiento de Dios. Lo que acabamos de decir no es la última palabra de Dios en estos días. Su última palabra -y para quien no sea creyente, la última palabra de la conciencia- es una exigencia, que -si se nos perdona la audacia- pudiera ser ésta:

“Salven a este mundo. No hay nada más urgente ni más importante. No piensen que se olvidan de mí por acoger damnificados, recoger y enterrar cadáveres, consolar a sus familiares. Están más cerca que nunca… Estudien, investiguen y busquen, por amor a mi nombre, soluciones de verdad para prevenir y paliar catástrofes… Terminen con la corrupción y la mentira, gobiernen con justicia y honradez, sin escapatorias… Y no se llenen la boca gritando democracia, globalización. Y aprendan de mi enviado Jeremías. Zahirió a los que obraban mal y se excusaban gritando “templo de Jerusalén, templo de Jerusalén”. Les digo a ustedes, lo que Jeremías les dijo a ellos: ‘Lo que Jahvé quiere es que mejoren su conducta y obras, que hagan justicia, que no opriman al forastero, al huérfano y a la viuda’. Hoy les digo: ‘¡bajen de la cruz a los crucificados!’”.

7. ¿Y los aniversarios de los mártires? Estas reflexiones iban a ser sobre los mártires de la UCA del 16 de noviembre y sobre las cuatro religiosas norteamericanas del 2 de diciembre. En aquel entonces las víctimas morían violentamente a manos de victimarios. Las de estos días han muerto, o siguen sufriendo, en buena parte, por la desidia, la corrupción, la ambición egoísta, que lentamente erosiona nuestro país. Y sobre ellas hemos hablado.

Pero no olvidemos que hace años hubo mártires porque había víctimas, y aquéllos las defendieron hasta el final, dando su vida. Estos días no hay mejor forma de recordarles que socorriendo y consolando a las víctimas de la naturaleza, defendiéndolas de estructuras ineptas e injustas, y de todo egoísmo. Fomentando justicia y vida, y sobre todo esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

inmigración

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-> ¿HASTA CUÁNDO…?
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CEUTA Y MELILLA, LA HORA DE LA VERDAD
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana
VITORIA (ÁLAVA).

ECLESALIA, 11/10/05.- Yo creo que la mayoría de nosotros estamos viviendo los acontecimientos de Melilla y Ceuta como si nos retorcieran un brazo hasta hacernos gritar, ¡basta! Es un dolor moral que casi podemos sentir de forma física.

Oímos con estupor unas noticias que no queremos asumir y vemos unas imágenes que no podemos reconocer. Pero las noticias son ciertas y las imágenes nos inculpan.

Vamos a dejarnos de pamplinas. Que si es competencia de Marruecos. Que si tiene unos compromisos internacionales que no cumple. Que si hace la vista gorda y presiona para lograr más ayuda económica de Europa. Que si aspira a hacerse con Ceuta y Melilla. Bien. Enredos políticos. Interesante. Pero la gente, la gente que huye de la miseria en África, está ahí, con todos sus derechos de persona y con toda la urgencia de un estado de necesidad. Y en caso de necesidad absoluta, todos los bienes, hasta cubrir los mínimos de una vida digna de tal nombre, son comunes. La tradición moral cristiana, y en esto no hace sino aplicar el sentido común ante la vida, enseña que, en caso de extrema necesidad, prima el uso común de los bienes de la tierra sobre otros derechos, como el de propiedad privada o los derivados de la soberanía de los Estados. Mucho más, como es el caso, si la propiedad privada y las sociedades desarrolladas han acumulado tanto poder que pueden y deben considerarse estructuras de opresión humana. En lenguaje del cristianismo, estructuras de pecado, es decir, pecados que han cristalizado como estructuras de esclavitud contra los pobres.

Se dice que el problema es muy complejo, y es cierto. Pero se están proponiendo medidas que no son tan difíciles. Es la hora de exigirlas. Es la hora del talante socialista en la mayoría de la población y en sus gobernantes. ¿Cuáles? Pensemos en éstas:

- Que se cree una Comisión de Investigación, con la participación de observadores internacionales independientes, que aclare todo lo sucedido en los luctuosos sucesos de Ceuta y Melilla y determine las responsabilidades a que hubiere lugar, por parte de España, de Marruecos y de la Unión Europea.

- Que Europa exija y ayude a poner fin de inmediato a la persecución, hostigamiento, violencia y deportaciones hacia la muerte en las fronteras de Argelia y Mauritania por parte del gobierno marroquí sobre los inmigrantes subsaharianos.

- Que se exija y habilite el acceso de ayuda de emergencia a estas personas a cargo de organismos internacionales de carácter humanitario.

- Que se cumplan escrupulosamente los convenios internacionales y las leyes españolas que protegen al solicitante de asilo y que establecen protocolos de atención a los inmigrantes.

- De forma más general, es imprescindible un cambio de rumbo en las políticas migratorias de la Unión Europea, que tengan como eje inspirador los criterios de solidaridad y de respeto a los derechos humanos, con especial atención a la deuda histórica con el continente africano.

- Es moralmente obligatorio compartir y exigir las campañas internacionales de condonación de la deuda externa, el destino del 0’7% al desarrollo y la puesta en marcha de un ambicioso plan de cooperación para el desarrollo estructural destinado prioritariamente a acabar con las situaciones de pobreza y miseria que vive el continente africano. Cuantos trabajan por el fin de la violencia que arruina a numerosos países africanos, y por su democratización, hacen, sin duda, una aportación irrenunciable para el futuro.

Ideas y llamamientos, por tanto, hay muchos. Voluntad política en los gobernantes, y pueblos que se lo exijan, esto es lo que falta. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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¿HASTA CUÁNDO…?
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA, 11/10/05.- Vallas que separan y muros que aíslan. En un mundo cada vez más abierto, al mismo tiempo cada vez existe mayor desconfianza y egoísmo. Quiénes vivimos, más o menos, en la abundancia nos convertimos en islas entre un inmenso océano de necesidades. Las vallas, los muros y otras barreras pretenden defender la seguridad y poner a salvo del asalto de los empobrecidos. Ahora se les llama “menos favorecidos” porque la palabra “pobre” nos suena mal y parece que nos deja más tranquilos en nuestros silencios, usando palabras más suaves.

Al otro lado de las vallas-fronteras de Ceuta y Melilla acechan a la suerte varios cientos de africanos procedentes de Níger, Mali, Burkina, Congo…donde la sequía, la guerra, la inseguridad, la necesidad hacen insufrible la vida de las mayorías. Los que esperan pasar, han recorrido miles de Kilómetros, han atravesado el desierto, pagado sobornos y padecido abusos, especialmente las mujeres, para entrar en vía muerta: no pueden volver ni avanzar. Se alzan las vallas y se refuerza la vigilancia. ¿Hasta cuándo va a continuar esta situación? Las encuestas sobre la inmigración reflejan actitudes muy complejas y a veces poco solidarias.

Cuando se acerque y llegue el invierno con sus fríos ¿dónde se podrán cobijar los que esperan ante las vallas o los que se encuentran semiescondidos en los montes, sin nada de comer y con escaso abrigo? En esta situación, intentar saltar vallas es humano. No pueden esperar morir poco a poco y de prisa. Sin entrar en responsables cercanos, las muertes están ahí. Los pobres no son peligrosos, se les hace “molestos” cuando se les niega la comida y el derecho a la vida.

La inmigración no puede solucionarse con controles de fronteras, ni sólo con “cupos de mano de obra” admitidos según el momento económico o las necesidades de nuestras campañas agrícolas. Plantear la inmigración como un problema de orden público puede convertirse en un camino peligroso y sin salida. Por otra parte, dejar el problema en manos de la solidaridad de la buena gente es eludir la responsabilidad de quiénes fueron elegidos para hacer una sociedad más justa.

La inmigración es el resultado de la injusticia y viene a sacar a la luz las propias contradicciones internas de un ensalzado modelo económico y social. Si no se soluciona la inmigración, seguirá agravándose como asignatura pendiente. No podemos quedarnos tranquilos haciendo a las víctimas culpables de su situación y protegiéndonos contra sus intentos de buscar la defensa de sus vidas. ¿Hasta cuándo esperar? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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¡SEÑOR: NO PERMITAS QUE ACABEN MURIENDO!
JUAN ZAPATERO
BARCELONA.

ECLESALIA, 11/10/05.- ¡Señor!:
hoy quiero pedirte, de entrada y sin más,
compasión y misericordia para todos los subsaharianos
que han sido abandonados en medio del desierto
sin pan, sin agua y sin ningún tipo de ayuda
con qué poder resistir y aguantar
para poder continuar sobreviviendo.

¿No te acuerdas, Señor,
que tu pueblo de Israel, hace ya unos cuantos siglos,
vivió la misma experiencia,
cuando estuvo viviendo en el desierto
durante cuarenta años?

Seguro que sigues teniendo muy presente
la situación tan desesperada que vivieron aquellos israelitas,
hasta el punto de llegar a renegar de Ti
y echarte la culpa de todos los males
que en aquellos momentos convulsionaban sus vidas.

Pero tu compasión y tu misericordia,
siempre grandes e inmensas hasta rebosar,
hicieron aquel gran milagro
de darles el pan del maná y el agua de la roca,
que les ayudó a aguantar hasta llegar a la Tierra Prometida.

Hoy, Señor,
no te pido que hagas el milagro
de enviar pan y agua a esos pobres subsaharianos;
y no te lo pido sencillamente porque no es necesario.

Pero, en cambio, sí que te pido un milagro aún más difícil:
que muevas nuestros corazones y nuestras conciencias;
pero mueve sobre todo el corazón y la conciencia
de los que gobiernan la Unión Europea,
la del presidente de los Estados Unidos,
y la de los gobernantes de los países más ricos del mundo.
Pues somos nosotros y ellos quienes tenemos la solución.

Pero este milagro, Señor,
sí que te resultará difícil,
debido, entre otras cosas,
a que nuestros ojos están cegados por la avaricia
y nuestro corazón embotado por el egoísmo.

Señor:
hoy te pido que tengas misericordia y te apiades de ellos y de mi.
(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

securalización

SECULARIZACION
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, herrero.pozo@telefonica.net
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 04/10/05.- Ya no es algún que otro sacerdote que cuelga los hábitos (dicen que entre 60 y 80 mil hasta ahora en el mundo), son todos los efectivos de la casta sacerdotal los que acabarán trasvasados al laicado. Si bien se mira, no es pérdida sino ganancia. Me encontraba en Nicaragua cuando me enteré de que Leonardo Boff se había secularizado y escribí en la prensa de Managua “Leonardo Boff recuperado para el laicado”; de esto hace ya trece años y recuerdo que lo de “recuperado” escandalizó, como es lógico a más de uno. Este fenómeno de adelgazamiento de la clerecía y trasvase al laicado que es una de las formas de la secularización que se inició en la Ilustración, espanta a la institución eclesial, libera el buen metal de la ganga en el crisol, alivia de traumas muchas conciencias clericales, sanea el mundo de lo religioso, y anuncia un retorno a la limpieza del evangelio de Jesús. Visto así, no es de preocupar –por hablar a lo antiguo- que el Espíritu Santo no suscite vocaciones salvo en psicologías débiles necesitadas de invernaderos conservadores. (El caso de la vocación contemplativa merecería otras consideraciones). Si los cristianos convencidos garantizáramos a los clérigos, tan poco preparados para lo civil, en general, un medio de vida independiente de la paga oficial (¡por fortuna muchos ya se liberaron de la “simonía” sacramental!), estaríamos ayudando a dar un paso de gigante al proceso desclerizador de la iglesia. Por eso muchos cristianos abogamos por el corte de suministros estatales a este modelo dispendioso e inútil de organización eclesial (no a sus obras sociales). Sin gestos rotundos de este estilo en el mundo cristiano, el vino nuevo de Jesús tiene odres viejos para rato. Por desgracia, nuestra atonía de creyentes, si no ya encefalograma plano, prefiere escudarse en la prudencia. Por estas y otras razones la desclerización, como parte de la secularización eclesial irá por partes y pasará por etapas variadas. Pero es sumamente importante atisbar los objetivos últimos (y tener clara la teología subyacente) para no perder de vista el carácter provisional de ciertas metas. Lo explico en un próximo libro.

Como por ejemplo la provisionalidad de las siguientes etapas: celibato opcional del clero, sacerdocio femenino y misas sin cura. Lo que no resta valor al denodado esfuerzo del Movimiento pro celibato opcional (MOCEOP), del “Somos Iglesia” y de los diversos cambios que van introduciendo muchas comunidades de la llamada Iglesia de Base.

La transformación de la época, en todos los ámbitos, es tan acelerada que, si no se está atento, puede ocurrir que cuando creemos alcanzar una meta…ya la hayamos superado. Sería absurdo tomar el ramal de un centro urbano si pretendemos ir más allá y existe una circunvalación. Que no se me malentienda. Soy consciente de simplificar: si apunto en el mapa adónde entiendo que debemos llegar, aparte de poder equivocarme, no me detengo ni en itinerarios ni en tiempos. Júzguense, pues, las presentes reflexiones desde un enfoque teológico alternativo del ‘ministerio ordenado’ o jerarquía eclesiástica o ‘casta sacerdotal’ (expresión para algunos tan definidora)... que subyace y que sólo apuntaré al final. Es tarea aventurada y no pretendo, en modo alguno, molestar a nadie ni imponer mi opinión. Simplemente la expongo con libertad porque la creo fundada y, pese a revuelos momentáneos, benéfica y fructífera para el futuro.

Como acabo de mencionar, en estos últimos tiempos suenan algunas reivindicaciones más específicas del pensamiento cristiano alternativo que están pidiendo paso cual mascarones de proa. Se pide al Papa –cuello de botella en el cambio puesto que todo, dicen, ha de pasar por él- que acabe cediendo al clamor de las bases y concediendo la libertad del celibato en los sacerdotes y el acceso de la mujer al ministerio ordenado. Lo que ya pocos nos atrevemos a reclamar –aunque algunos lo practicamos tímidamente- es celebrar la eucaristía cuando falta el sacerdote. La cosa no es fácil y hay “progres” que hacen trampa: algunos sacerdotes secularizados que, por lo tanto, no pueden oficiar lícitamente sin supuesto pecado grave, viven una penosa ambigüedad. Celebran misa con buen criterio por el bien de la comunidad que se lo solicita, mas, al mismo tiempo, sienten que no pueden dejar que oficie otro no ordenado si ha de haber “consagración” que para algunos de sus fieles es imprescindible para que baje Jesús al altar. Es decir, con tal de garantizar la consagración muchos no ponen reparo en que celebre un secularizado. Aunque a otros les frena que se entere el obispo y sancione al capellán titular de la comunidad.

Estos tres casos constituyen precisamente un ejemplo de cómo la falta de objetivos claros induce a perseguir metas intermedias falsas. Celibato opcional, ordenación de mujeres y misas a medias (sólo con un diácono o con hostias pre-consagradas) son, para algunos, una necesidad para obviar la creciente escasez de clero. Mientras que para otros éste sería el efecto benéfico de una legislación obsoleta: la desaparición del poder sagrado o jerarquía. De tal modo que el hecho de consolidar las tres metas mencionadas sólo serviría a prolongar la crisis de la iglesia. Así, pongo por caso, si yo volviera al año 71 no pediría exclusivamente la dispensa del celibato, como explícitamente formulé en la carta al Papa, sino lo que en cualquier caso me iban a imponer, la baja en mi oficio. En otro de los ejemplos, si hoy una señora devota y progre me pidiera consejo (pura ficción) para ordenarse de sacerdote le diría: No pierda el tiempo, señora, el tren ya ha salido y se encamina a una vía muerta. Y si mi comunidad cristiana se negara a celebrar misa sin cura ordenado (incluso aceptando a un secularizado), no faltarían quienes rememoraríamos, dentro de una verdadera comida, la ‘fracción del pan’ de Jesús, a guisa de liturgia o de paraliturgia. Digo paraliturgia para no violentar ninguna conciencia ni ofuscar al obispo (Pikaza).

Mas… ¡alto! Que no todo el personal está de acuerdo con lo de celebración paralitúrgica. Y miren por dónde, esta vez no por lo de si se asegura o no la ‘presencia real’. Al parecer, la razón es de mayor calado teológico aún: está en peligro la identidad y supervivencia del clero. Si el sacerdote para el bautizo no es necesario, si en las bodas es sólo testigo, si ya no confiesa y, ahora, puede haber misas sin él… ¿qué le queda al clero?

Si observamos de cerca, el punto clave es el clero: curas casados, señoras curas, misas sin cura… A bote pronto se me ocurren tres observaciones:

1.- Como en tantas ocasiones, no esperemos a que nos llegue de arriba algo que depende de abajo. Las comunidades son organismos vivos y no es preciso pedir permiso para vivir. Por otro lado ¿quién puede señalar en el devenir de la iglesia alguna nueva ley, o norma liberalizadora de algo, que no haya sido precedida por una costumbre anterior contra o praeter legem? La lengua popular en la liturgia, la comunión bajo las dos especies, o en la mano, la vestimenta civil en curas y religiosos, etc. De modo que lo quiera o no la jerarquía, acabará aceptando lo ahora inconcebible cuando haya prevalecido la costumbre contraria.

2.- Lo que vaticino en teoría es ya realidad práctica aunque todavía tímida y minoritaria. Los obispos saben de sobra que comienzan a proliferar curas casados o que viven en pareja. Y, al parecer, desvían la mirada para otro lado y sólo piden discreción. Últimamente han sido ordenadas como sacerdotes o sacerdotisas católicas unas cuantas señoras. En otras iglesias cristianas el hecho es ya normal; en la nuestra llegará a serlo por mucho que se resista la jerarquía; el movimiento es imparable. Sucederá como con la prohibición de los anticonceptivos que cualquiera los usa sin problema de conciencia. Me cuesta no sonreir imaginando a Pío IX, Pío X, Pío XII, Juan Pablo II o Benedicto XVI, entre muchos otros, echando una ojeada a la tierra desde el cielo de aquí a unos años. Si ello fuera posible en el cielo se morirían de la vergüenza contemplando el nulo efecto de sus esperpénticos argumentos contra las libertades modernas, la evolución de las especies, los anticonceptivos, los matrimonios homosexuales, las leyes de divorcio, el casamiento de los curas, la ordenación de mujeres, las misas sin cura, etc. La lista de despropósitos es interminable hacia atrás en la historia. Ello mismo, a medida que nos despierte el sentido común, impedirá que prosiga hacia adelante: el desprestigio de su magisterio tal vez les haga callar.

3.- Lo de la misa sin cura, por muy extraño que parezca, es lo que más va a propiciar los cambios de fondo. Estoy constatando que el fenómeno se extiende: se multiplican los casos de eucaristías presididas y animadas por curas casados y, más aún, por ‘simples’ laicos, ya sean varones, ya sean mujeres… Son hechos y contra los hechos no valen razones, contra facta nihil. Pero es que, además, los hechos son portadores de mucho significado.

4.- Es inútil que la jerarquía reaccione asegurando que tales comportamientos se sitúan fuera de la iglesia. Cada día son más quienes no le creen ni entienden justificados tales criterios sobre la pertenencia a la iglesia o sobre su unidad. No es inteligente, señores obispos, patalear contra el viento. Crece el número de seguidores de Jesús a quienes nos sobran todas las leyes y nos bastan Jesús y los hermanos.

5.- Decía que lo de las misas sin cura, a mi modesto entender, es lo más significativo de por dónde se van a superar los otros problemas y se van a dejar atrás las metas que hoy todavía perseguimos. Si ya no acudimos al ‘confesor’ y ahora dejamos de hacernos problemas en cuanto a esa necesidad de juntarnos entre hermanos para “la fracción del pan”, es decir, para el más bello gesto comunitario de compartir el alimento como símbolo de vida compartida (que en eso consiste la ‘presencia real’ de Jesús) ¿qué papel le queda a la jerarquía? Ya ha perdido el poder de dominación del pensamiento y de las conciencias: ¿cuántos cristianos leen documentos papales o pastorales episcopales? (Por cierto ¡menudo esperpento el reciente catecismo universal abreviado!) Pues bien, en cuanto pierdan el poder mágico sobre “el cuerpo y la sangre del Señor”, se habrá acabado el poder sagrado que eso significa jerarquía.

Todo llegará. Pero que nadie se alarme. Las comunidades cristianas, no menos -¡ni más!- que cualquier grupo humano es realidad viva pero articulada. Jesús rechazó cualquier tipo de poder (¿Lo de los jefes de las naciones? ¡Nada de eso entre vosotros!) San Pablo habló de carismas o aptitudes al servicio de la comunidad. Todos tenemos algo en qué servir a los demás. Por eso toda comunidad organiza sus coordinadores, escucha a sus mayores (sus presbíteros), envía a sus delegados a otras comunidades… y hasta llegará el día en que alguna buena persona, estilo Dalai Lama, en alguna modesta vivienda, simbolice la unión de todos losa cristianos. Pero de ahí a asegurar que la verdad y el poder de Dios, por revelación y disposición suya, se han materializado en un cuerpo de sacerdotes… hay un abismo. No cabe duda que poderes y jerarquías son algo muy en lo más negativo de la naturaleza humana pero el estamento jerárquico es el colmo de la perversión. Lo que representa el virus de la magia en la ideología religiosa, lo representa el estamento jerárquico en la organización: ambas realidades pervierten la médula misma del evangelio de Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Melilla y Ceuta

MELILLA Y CEUTA: MUERTOS POR BUSCAR LA VIDA
ESTEBAN TABARES, CCP-Sevilla, comunidad cristiana de "Palmete”, asociación “Sevilla Acoge”
SEVILLA.

ECLESALIA, 03/10/05.- Nos enseñaron un conocido refrán: “¿Quién le pone puertas al campo?” para expresar que hay situaciones que no se pueden controlar o limitar. Pero ese viejo refrán ya no vale, porque al campo le ponen todas las puertas que se quieran. Recordemos a los palestinos ante el inmenso muro de nueve metros de altura que divide el territorio en varios trozos e incomunica a poblaciones enteras. ¿Qué sentirán? A casi todos nos parece una injusta barbaridad. Sin embargo, llama menos la atención el doble muro –esta vez de alambradas de púas cortantes y tres metros de altura, que ahora están alzando hasta seis- que separa a Ceuta y Melilla de Marruecos. Un muro costeado en gran parte con dinero de la UE y legitimado políticamente porque frena la entrada clandestina de inmigrantes africanos. Y éstos, ¿qué sentirán?

En una ocasión visité el perímetro de doble vallado de Melilla. Me embargó la sensación de estar ante un campo de concentración y una lágrima de impotencia nubló mi vista. Allí se materializaba en toda su crudeza eso de la “Europa Fortaleza” y que quienes vivimos en la abundancia somos una isla en medio de un inmenso océano de necesidades. Esa valla y muchas otras nos ponen a salvo del asalto de los empobrecidos, que ahora se les denomina “menos favorecidos”, pues la palabra “pobre” hoy día suena mal y parece demagógica.

Al otro lado de la valla-frontera de Melilla y Ceuta acechan a la suerte varios cientos de africanos procedentes del Congo, Mali, Níger, Burkina... donde la guerra, la sequía, la inseguridad, la necesidad hacen insufrible la vida de las mayorías. Han viajado miles de kilómetros, atravesado el desierto, pagado sobornos y padecido mil abusos –especialmente las mujeres- para entrar finalmente en vía muerta: no pueden volver ni avanzar. Semiescondidos y refugiados en las colinas cercanas de la zona marroquí, malviven en condiciones indescriptibles. “Tengo envidia de los perros porque ellos tienen comida y nosotros no”, decía un inmigrante. Se están alzando y reforzando las vallas y la vigilancia. Además, con el frío del invierno vendrá lo peor: cómo cobijarse y abrigarse en medio del monte, sin nada de nada. De ahí los repetidos intentos que han protagonizado en las últimas semanas para saltar la dos vallas. No pueden esperar mucho más.

Ya han perdido la vida varias personas en el arriesgado salto, que realizan con la ayuda de precarias y frágiles escaleras hechas con ramas de pino o eucalipto y recios guantes en las manos para protegerse de la afilada alambrada que corona la valla metálica. Muertos, heridos, apaleados, hospitalizados, detenidos. Y seguirán más y más.

Al margen de los detalles y culpabilidades a esclarecer, las muertes están ahí. La cuestión de fondo es qué hacer para que no sucedan nunca más. Carlos Cano cantaba: “Si estuvieran abiertas todas las puertas / nadie las abriría con violencia / y habría paz / y habría amor / y el mundo estaría mejor”. Pero no, la orden es cerrarlas más aún. Nuestro Ministerio del Interior ha decidido acelerar los trámites para completar la elevación de la altura de la valla que marca la frontera y controlarla más fuertemente con la intervención ahora de nuestro ejército, como si de una invasión o una guerra se tratase. Por eso interviene el Ministerio de Defensa: los empobrecidos son “peligrosos”.

La inmigración actual en todo el mundo es un fenómeno muy complejo y no puede abordarse con un simple control de fronteras, ni sólo con admitir cupos de “mano de obra” que aquí necesitemos según cada campaña o momento económico. No hay soluciones simplistas ni a corto plazo. Abordar la inmigración como un problema de orden público es un camino sin salida. Dejarla en manos únicamente de la solidaridad de la buena gente es eludir la responsabilidad política de quienes fueron elegidos para hacer una sociedad más justa.

La inmigración plantea un hondo desafío a nuestro discurso sobe los derechos humanos y a nuestra ensalzada globalización económica. No hay verdadera universalidad de los derechos si éstos son únicamente para nosotros, los privilegiados. El discurso universalista es mera retórica si siguen fuera del mismo los empobrecidos y excluidos sociales por miles de millones. Lo acabamos de constatar en la última asamblea general de la ONU: pocos acuerdos se han anudado para combatir la pobreza en el mundo.

Es injusta y falsa la llamada globalización cuando ésta sólo a nosotros beneficia, mientras que el 85% de la Humanidad queda al margen y es excluida como “no solvente”, como población “excedente”. La inmigración viene a sacar a la luz las propias contradicciones internas de nuestro ensalzado modelo económico y social. Si no sabemos o no queremos resolverlas, la cuestión de la inmigración seguirá agudizándose como asignatura pendiente. Mientras tanto, nos quedamos tranquilos haciendo a las víctimas culpables de su situación insostenible; o protegiéndonos ilusamente contra sus intentos de llegar a este lado. ¿Hasta cuándo?"

catecismo, catecismos

SEISCIENTAS PREGUNTAS, SEISCIENTAS RESPUESTAS*
Este catecismo me entristece. ¡Necesitamos volver a leer el Vaticano II!
ANDRÉ FOSSION, jeuita y teólogo (1)
BÉLGICA.

ECLESALIA, 28/09/05.- El concilio Vaticano II no quiso redactar un catecismo ni destinado a los pastores ni para uso de los fieles. Pablo VI, por otra parte, pensaba que el Concilio constituía por sí mismo «el gran catecismo de los tiempos modernos» (2). Y he aquí que hoy emana de Vaticano un pequeño catecismo universal (3).

El documento está construido a base de 600 preguntas y respuestas. Recorriéndolas, me ha entrado un sentimiento de tristeza. Me da la impresión de que cincuenta años de investigaciones exegéticas, de reflexión teológica y de renovación catequética han sido borrados de golpe. Desde las primeras preguntas se observa ya el tono: «¿Puede conocerse a Dios con la sola luz de la razón?» Respuesta: «A partir de la creación, es decir, del mundo y de la persona humana, el hombre, por su sola razón, puede conocer a Dios con certeza como origen y fin del universo, como soberano bien y como verdad y belleza infinita». Así, todos aquellos que dudan que son agnósticos o creen de un modo diferente son tomados por ignorantes o mentirosos. Esta afirmación de certeza en el conocimiento de Dios, ¿no va en contra de la experiencia común y de la crítica moderna de la razón para quien el sentido del mundo no es evidente sino que se presta a múltiples lecturas y al debate?

¿Cómo entender el pecado original? El catecismo habla de la caída de Adán y Eva, nuestros primeros padres, a partir de los cuales el pecado se propagó a toda la humanidad. Como consecuencia del primer pecado, la humanidad, en adelante, se encontraría sometida a la muerte; una muerte a la que Dios no la había destinado y de la cual la quiere ahora salvar. El catecismo no duda en leer estos relatos de la creación como relatos históricos sin mencionar su género literario, lo que es, sin embargo, elemental para su justa comprensión. Sin embargo, nadie niega que estos relatos, por otra parte tardíos, son simbólicos y no entran en absoluto en competencia con las ciencias paleontológicas. Cargados de experiencia, nos hablan de la condición humana de todos los tiempos. En este sentido, el catecismo hubiera podido beber de las fuentes de la teología contemporánea para expresar de manera pertinente a los ojos de nuestros contemporáneos de qué manera somos solidarios del mal que hacemos o que padecemos y cómo, sin embargo, estamos siempre precedidos por la gracia, mucho más originaria que el pecado, por el amor incondicional de Dios (4). Pero para esto hubiera sido necesario confiar en la inteligencia crítica de cada uno.

Tratándose de la vida de la Iglesia, el catecismo insiste claramente en la autoridad del Magisterio sin subrayar, según en justo equilibrio, el derecho de expresión de los cristianos en virtud de su dignidad bautismal. El Vaticano II no dudaba en hablar explícitamente del derecho de los laicos (5) en relación con la jerarquía. Pero aquí no es el caso. Aquí de lo que se trata estrictamente es de la obligación dominical, pero -cosa extraña- no se menciona en ningún sitio la vida fraterna en comunidad, sobre todo de la parroquia.

Otro ejemplo en otro terreno. Se dice que el divorcio es un pecado grave contrario al sacramento del matrimonio. Esta afirmación es asombrosa y creará turbación en aquellos cristianos que, en conciencia, han pedido la disolución civil de su vínculo matrimonial. El derecho canónico (6) mismo admite la posibilidad de una separación de los esposos en caso de fracaso de su vida conyugal, sobre todo si se trata de proteger a los cónyuges o a sus hijos. El divorcio, ¿no podría, pues, inscribirse en esta lógica de protección social y jurídica de los cónyuges separados o de sus hijos?

Estos pocos ejemplos entre muchos otros son suficientes para mostrar cómo el catecismo ha optado por las posturas más conservadoras e intransigentes. El tono está a la misma altura... Se dirige más a la obediencia que a la inteligencia de la fe. Por eso realmente conseguirá dóciles practicantes, pero incapaces de hacer deseable la fe para aquellos que viven apasionadamente la vida y las causas humanas. Confortará ciertamente al ala más tradicional de la Iglesia, pero desanimará a todos los demás o les dejará indiferentes. Así, en vez de unir, el documento será causa de división. ¿Qué efecto tendrá en los cristianos que quieren crecer en su fe con responsabilidad, inteligencia y generosidad? ¿Cuál será el impacto en los no-creyentes que quieren comprender, buscar y comprometerse? A unos y a otros, en opinión de muchos, el catecismo no les ofrecerá más que la fotografía del modo ya obsoleto de expresar la fe. Al contrario del dinamismo inventivo del Concilio. Esto es lo que me entristece.

Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

El Concilio Vaticano II quiso, no un catecismo, sino un Directorio General de la Catequesis,, es decir un texto orientativo para el contenido, el espíritu y la organización de la catequesis. Este Directorio apareció en 1971. Únicamente fue en 1985 cuando se hicieron oír algunas voces, en el sínodo de los obispos, que deseaban la redacción de un “Compendio de toda la doctrina católica acerca de la fe y la moral que fuese como un punto de referencia para todos los catecismos nacionales” (7). Así, en 1992, aparecía el Catecismo de la Iglesia Católica. Esta obra monumental de 700 páginas estaba concebida, en principio, para los pastores. Se pensaba que sirviera de referencia para ayudar a las iglesias a redactar documentos catequéticos adaptados a su contexto cultural. A estas Iglesias les tocaba la redacción de catecismos para uso de los fieles, tratando de encarnar la Buena Noticia del Evangelio en las culturas particulares. En 1997 aparecía un nuevo Directorio General de la Catequesis -un documento abierto y bien acogido en general- para orientar y estimular la pastoral catequética en la Iglesia. Sin embargo, durante el Congreso Catequético Internacional tenido en el Vaticano en octubre de 2002, se hicieron oír en los pasillos algunas voces minoritarias que pedían al Vaticano, en contra de todas sus declaraciones anteriores, que se compusiera un compendio del Catecismo de la Iglesia Católica para un uso inmediato en la catequesis y dirigido a todos los fieles. El Vaticano acogió esta petición como si representara el voto de la asamblea que, sin embargo, no tuvo ocasión para debatir ni pronunciarse sobre este tema. Y hoy aparece el compendio en cuestión, que se presenta como un pequeño catecismo universal, destinado a ser traducido en un número indefinido de lenguas. Este hecho es nuevo. Nunca en la historia de la Iglesia existió un pequeño catecismo universal. El Vaticano a corrido ese riesgo sin el asentimiento de las Iglesias particulares a las que, sin embargo, les corresponde tradicionalmente el derecho de redactar los documentos catequéticos para uso de los fieles. El Vaticano es aquí innovador, pero para la centralización, más aún, para el pensamiento único. Evidentemente, este pequeño catecismo es el fruto de una serie de empujones, ya que no de abuso de poder de la tendencia conservadora de la Iglesia.

¿Qué acogida tendrá? ¿Qué dirán los teólogos cuando lo analicen? ¿Qué postura tomarán las Conferencias episcopales que no solicitaron ningún pequeño catecismo universal y que se encuentran ahora con este estorbo(8)? El futuro nos lo dirá.

El Concilio Vaticano II subrayaba que todo cristiano, en virtud de su dignidad bautismal, “tiene el derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer sobre aquellas cosas que dicen relación al bien de la Iglesia” (9) . Eso es lo que he tratado de hacer aquí. Junto con otros, así lo espero. Los cristianos de hoy en día están suficientemente maduros para ejercer este derecho y este deber de libre expresión. El pequeño catecismo universal que acaba de aparecer tendrá tal vez esta utilidad: ofrecer la ocasión de promover en las iglesias la cultura del debate. La esperanza habrá triunfado entonces sobre los lamentos.

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*Traducción de artículo "600 questions, 600 réponses" publicado en La Libre Belgique el pasado 13 de septiembre de 2005. Versión original en http://www.lalibre.be/article.phtml?id=11&subid=118&art_id=239237

(1) André Fossion es autor de Volver a empezar. Veinte caminos para volver a la fe, Sal Terrae, Santander 2005.

(2) Según el testimonio del mismo Juan Pablo II, en su exhortación Catechesi Tradendae, 2, 1979.

(3) Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio.

(4) Sobre este tema véase Cristophe BOUREUX y Cristophe THEOBALD, Le péché originel. Heurs et malheurs d’un dogme, Bayard, Concilium, Paris, 2005. - M. SALOMARD, «Le mal: Dieu responsable et innocent», en Nouvelle Revue Théologique, julio-septiembre 2005, pp. 373-388

(5) Lumen Gentium, 37

(6) Cf. Cánones 1151-1155

(7) Relación final del Sínodo de los obispos de 1985, II, B, a, 4.

(8) Recordemos que, en este sentido, los obispos de Bélgica han publicado lo que puede considerarse, de hecho, como un catecismo nacional destinado a los fieles: El libro de la fe, Desclée, 1987.

(9) Lumen Gentium 37