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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

catecismo, catecismos

SEISCIENTAS PREGUNTAS, SEISCIENTAS RESPUESTAS*
Este catecismo me entristece. ¡Necesitamos volver a leer el Vaticano II!
ANDRÉ FOSSION, jeuita y teólogo (1)
BÉLGICA.

ECLESALIA, 28/09/05.- El concilio Vaticano II no quiso redactar un catecismo ni destinado a los pastores ni para uso de los fieles. Pablo VI, por otra parte, pensaba que el Concilio constituía por sí mismo «el gran catecismo de los tiempos modernos» (2). Y he aquí que hoy emana de Vaticano un pequeño catecismo universal (3).

El documento está construido a base de 600 preguntas y respuestas. Recorriéndolas, me ha entrado un sentimiento de tristeza. Me da la impresión de que cincuenta años de investigaciones exegéticas, de reflexión teológica y de renovación catequética han sido borrados de golpe. Desde las primeras preguntas se observa ya el tono: «¿Puede conocerse a Dios con la sola luz de la razón?» Respuesta: «A partir de la creación, es decir, del mundo y de la persona humana, el hombre, por su sola razón, puede conocer a Dios con certeza como origen y fin del universo, como soberano bien y como verdad y belleza infinita». Así, todos aquellos que dudan que son agnósticos o creen de un modo diferente son tomados por ignorantes o mentirosos. Esta afirmación de certeza en el conocimiento de Dios, ¿no va en contra de la experiencia común y de la crítica moderna de la razón para quien el sentido del mundo no es evidente sino que se presta a múltiples lecturas y al debate?

¿Cómo entender el pecado original? El catecismo habla de la caída de Adán y Eva, nuestros primeros padres, a partir de los cuales el pecado se propagó a toda la humanidad. Como consecuencia del primer pecado, la humanidad, en adelante, se encontraría sometida a la muerte; una muerte a la que Dios no la había destinado y de la cual la quiere ahora salvar. El catecismo no duda en leer estos relatos de la creación como relatos históricos sin mencionar su género literario, lo que es, sin embargo, elemental para su justa comprensión. Sin embargo, nadie niega que estos relatos, por otra parte tardíos, son simbólicos y no entran en absoluto en competencia con las ciencias paleontológicas. Cargados de experiencia, nos hablan de la condición humana de todos los tiempos. En este sentido, el catecismo hubiera podido beber de las fuentes de la teología contemporánea para expresar de manera pertinente a los ojos de nuestros contemporáneos de qué manera somos solidarios del mal que hacemos o que padecemos y cómo, sin embargo, estamos siempre precedidos por la gracia, mucho más originaria que el pecado, por el amor incondicional de Dios (4). Pero para esto hubiera sido necesario confiar en la inteligencia crítica de cada uno.

Tratándose de la vida de la Iglesia, el catecismo insiste claramente en la autoridad del Magisterio sin subrayar, según en justo equilibrio, el derecho de expresión de los cristianos en virtud de su dignidad bautismal. El Vaticano II no dudaba en hablar explícitamente del derecho de los laicos (5) en relación con la jerarquía. Pero aquí no es el caso. Aquí de lo que se trata estrictamente es de la obligación dominical, pero -cosa extraña- no se menciona en ningún sitio la vida fraterna en comunidad, sobre todo de la parroquia.

Otro ejemplo en otro terreno. Se dice que el divorcio es un pecado grave contrario al sacramento del matrimonio. Esta afirmación es asombrosa y creará turbación en aquellos cristianos que, en conciencia, han pedido la disolución civil de su vínculo matrimonial. El derecho canónico (6) mismo admite la posibilidad de una separación de los esposos en caso de fracaso de su vida conyugal, sobre todo si se trata de proteger a los cónyuges o a sus hijos. El divorcio, ¿no podría, pues, inscribirse en esta lógica de protección social y jurídica de los cónyuges separados o de sus hijos?

Estos pocos ejemplos entre muchos otros son suficientes para mostrar cómo el catecismo ha optado por las posturas más conservadoras e intransigentes. El tono está a la misma altura... Se dirige más a la obediencia que a la inteligencia de la fe. Por eso realmente conseguirá dóciles practicantes, pero incapaces de hacer deseable la fe para aquellos que viven apasionadamente la vida y las causas humanas. Confortará ciertamente al ala más tradicional de la Iglesia, pero desanimará a todos los demás o les dejará indiferentes. Así, en vez de unir, el documento será causa de división. ¿Qué efecto tendrá en los cristianos que quieren crecer en su fe con responsabilidad, inteligencia y generosidad? ¿Cuál será el impacto en los no-creyentes que quieren comprender, buscar y comprometerse? A unos y a otros, en opinión de muchos, el catecismo no les ofrecerá más que la fotografía del modo ya obsoleto de expresar la fe. Al contrario del dinamismo inventivo del Concilio. Esto es lo que me entristece.

Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

El Concilio Vaticano II quiso, no un catecismo, sino un Directorio General de la Catequesis,, es decir un texto orientativo para el contenido, el espíritu y la organización de la catequesis. Este Directorio apareció en 1971. Únicamente fue en 1985 cuando se hicieron oír algunas voces, en el sínodo de los obispos, que deseaban la redacción de un “Compendio de toda la doctrina católica acerca de la fe y la moral que fuese como un punto de referencia para todos los catecismos nacionales” (7). Así, en 1992, aparecía el Catecismo de la Iglesia Católica. Esta obra monumental de 700 páginas estaba concebida, en principio, para los pastores. Se pensaba que sirviera de referencia para ayudar a las iglesias a redactar documentos catequéticos adaptados a su contexto cultural. A estas Iglesias les tocaba la redacción de catecismos para uso de los fieles, tratando de encarnar la Buena Noticia del Evangelio en las culturas particulares. En 1997 aparecía un nuevo Directorio General de la Catequesis -un documento abierto y bien acogido en general- para orientar y estimular la pastoral catequética en la Iglesia. Sin embargo, durante el Congreso Catequético Internacional tenido en el Vaticano en octubre de 2002, se hicieron oír en los pasillos algunas voces minoritarias que pedían al Vaticano, en contra de todas sus declaraciones anteriores, que se compusiera un compendio del Catecismo de la Iglesia Católica para un uso inmediato en la catequesis y dirigido a todos los fieles. El Vaticano acogió esta petición como si representara el voto de la asamblea que, sin embargo, no tuvo ocasión para debatir ni pronunciarse sobre este tema. Y hoy aparece el compendio en cuestión, que se presenta como un pequeño catecismo universal, destinado a ser traducido en un número indefinido de lenguas. Este hecho es nuevo. Nunca en la historia de la Iglesia existió un pequeño catecismo universal. El Vaticano a corrido ese riesgo sin el asentimiento de las Iglesias particulares a las que, sin embargo, les corresponde tradicionalmente el derecho de redactar los documentos catequéticos para uso de los fieles. El Vaticano es aquí innovador, pero para la centralización, más aún, para el pensamiento único. Evidentemente, este pequeño catecismo es el fruto de una serie de empujones, ya que no de abuso de poder de la tendencia conservadora de la Iglesia.

¿Qué acogida tendrá? ¿Qué dirán los teólogos cuando lo analicen? ¿Qué postura tomarán las Conferencias episcopales que no solicitaron ningún pequeño catecismo universal y que se encuentran ahora con este estorbo(8)? El futuro nos lo dirá.

El Concilio Vaticano II subrayaba que todo cristiano, en virtud de su dignidad bautismal, “tiene el derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer sobre aquellas cosas que dicen relación al bien de la Iglesia” (9) . Eso es lo que he tratado de hacer aquí. Junto con otros, así lo espero. Los cristianos de hoy en día están suficientemente maduros para ejercer este derecho y este deber de libre expresión. El pequeño catecismo universal que acaba de aparecer tendrá tal vez esta utilidad: ofrecer la ocasión de promover en las iglesias la cultura del debate. La esperanza habrá triunfado entonces sobre los lamentos.

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*Traducción de artículo "600 questions, 600 réponses" publicado en La Libre Belgique el pasado 13 de septiembre de 2005. Versión original en http://www.lalibre.be/article.phtml?id=11&subid=118&art_id=239237

(1) André Fossion es autor de Volver a empezar. Veinte caminos para volver a la fe, Sal Terrae, Santander 2005.

(2) Según el testimonio del mismo Juan Pablo II, en su exhortación Catechesi Tradendae, 2, 1979.

(3) Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio.

(4) Sobre este tema véase Cristophe BOUREUX y Cristophe THEOBALD, Le péché originel. Heurs et malheurs d’un dogme, Bayard, Concilium, Paris, 2005. - M. SALOMARD, «Le mal: Dieu responsable et innocent», en Nouvelle Revue Théologique, julio-septiembre 2005, pp. 373-388

(5) Lumen Gentium, 37

(6) Cf. Cánones 1151-1155

(7) Relación final del Sínodo de los obispos de 1985, II, B, a, 4.

(8) Recordemos que, en este sentido, los obispos de Bélgica han publicado lo que puede considerarse, de hecho, como un catecismo nacional destinado a los fieles: El libro de la fe, Desclée, 1987.

(9) Lumen Gentium 37
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