con esperanza
SEGUIMOS CON ESPERANZA
REDACCIÓN DE ECLESALIA
Seguimos alumbrando el futuro.
Seguimos dando luz al pasado.
Seguimos engendrando el presente...
CON ESPERANZA.
Paz y bien... feliz Navidad.
Redacción de Eclesalia
SEGUIMOS CON ESPERANZA
REDACCIÓN DE ECLESALIA
Seguimos alumbrando el futuro.
Seguimos dando luz al pasado.
Seguimos engendrando el presente...
CON ESPERANZA.
Paz y bien... feliz Navidad.
Redacción de Eclesalia
LA BUENA NOTICIA DE DIOS EN EL SIGLO XXI
Antonio Zugasti
ECLESALIA, 22/12/05.- Por aquellos días salió un edicto del emperador Jorge ordenando que todos los pueblos pobres pagaran el dinero que sus procónsules y virreyes habían recibido de los prestamistas imperiales. En vano suplicaron los pueblos: "Nuestros gobernantes dedicaron la mayor parte del dinero a comprar vuestras armas o lo pusieron a su nombre en vuestros bancos y empresas.
Nosotros apenas recibimos nada, y lo poco que recibimos lo hemos devuelto con creces" "No -respondió el emperador- debéis pagarlo todo y con los intereses que nosotros os pongamos. Y mientras no lo hagáis, debéis permitir que nuestras empresas exploten vuestras riquezas naturales, y seguiréis fielmente las normas que os dicte el FMI."
Entonces sobrevino una gran hambre en todos aquellos pueblos. José era carpintero en una remota región de África. El taller donde trabajaba tuvo que cerrar, pues los muebles los fabricaba más baratos una multinacional con novísimos instrumentos y muy bajos jornales. José se quedó sin trabajo y no encontraba medio de alimentar a su familia. Entonces tomó a su esposa, María, que estaba encinta, y emprendió un largo camino hacia las tierras donde había comida abundante hasta para los perros y leche para los gatos. Allí, donde la televisión mostraba que todos eran felices, tenían suntuosas viviendas, potentes automóviles y se perfumaban con esencias que cautivaban a hombres y mujeres.
Pasando grandes trabajos, lograron alcanzar la orilla del mar y se embarcaron para llegar a los países del norte. Y sucedió que mientras estaban allí, se le cumplieron a María los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo, lo envolvió en una vieja camisa y lo acostó en el fondo de la patera, porque no había sitio para ellos en el barco.
En la playa donde llegaron estaban unos pescadores que remendaban sus redes y se preparaban para la faena. Cuando vieron al niño y a su madre, el Espíritu de Dios los envolvió con su luz, y ofrecieron al niño y a sus padres, ropa seca, leche caliente y refugio en sus sencillas casas.
Por la mañana unos voluntarios de Andalucía Acoge fueron preguntando: "Hemos recibido un mensaje de que ha llegado una patera con un niño recién nacido. Queremos saber dónde está y tratar de ayudarles". La noticia llegó al gobernador de aquellas tierras que airado ordenó a sus guardias buscar a los recién llegados para expulsarlos inmediatamente. Pero los voluntarios recibieron un nuevo mensaje y llegaron hasta donde estaba el niño con sus padres. Entrando, les dieron la bienvenida y les ofrecieron toda su ayuda. Al salir, se decían admirados: "El Señor Todopoderoso nos visita en la pobreza y debilidad de este niño". Y su corazón se llenó de alegría, paz y amor. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
LA BUENA NOTICIA DE DIOS EN EL SIGLO XXI
Antonio Zugasti
ECLESALIA, 22/12/05.- Por aquellos días salió un edicto del emperador Jorge
ordenando que todos los pueblos pobres pagaran el dinero que sus procónsules
y virreyes habían recibido de los prestamistas imperiales. En vano
suplicaron los
pueblos: "Nuestros gobernantes dedicaron la mayor parte del dinero a comprar
vuestras armas o lo pusieron a su nombre en vuestros bancos y empresas.
Nosotros
apenas recibimos nada, y lo poco que recibimos lo hemos devuelto con creces"
"No -respondió el emperador- debéis pagarlo todo y con los intereses que
nosotros os pongamos. Y mientras no lo hagáis, debéis permitir que nuestras
empresas exploten vuestras riquezas naturales, y seguiréis fielmente las
normas que os dicte el FMI."
Entonces sobrevino una gran hambre en todos aquellos pueblos. José era
carpintero en una remota región de África. El taller donde trabajaba tuvo
que cerrar, pues los muebles los fabricaba más baratos una multinacional con
novísimos instrumentos y muy bajos jornales. José se quedó sin trabajo y no
encontraba medio de alimentar a su familia. Entonces tomó a su esposa,
María, que estaba encinta, y emprendió un largo camino hacia las tierras
donde había comida abundante hasta para los perros y leche para los gatos.
Allí, donde la televisión mostraba que todos eran felices, tenían suntuosas
viviendas, potentes automóviles y se perfumaban con esencias que cautivaban
a hombres y mujeres.
Pasando grandes trabajos, lograron alcanzar la orilla del mar y se
embarcaron para llegar a los países del norte. Y sucedió que mientras
estaban allí, se le cumplieron a María los días del alumbramiento, y dio a
luz a su hijo, lo envolvió en una vieja camisa y lo acostó en el fondo de la
patera, porque no había sitio para ellos en el barco.
En la playa donde llegaron estaban unos pescadores que remendaban sus redes
y se preparaban para la faena. Cuando vieron al niño y a su madre, el
Espíritu de Dios los envolvió con su luz, y ofrecieron al niño y a sus
padres, ropa seca, leche caliente y refugio en sus sencillas casas.
Por la mañana unos voluntarios de Andalucía Acoge fueron preguntando: "Hemos
recibido un mensaje de que ha llegado una patera con un niño recién nacido.
Queremos saber dónde está y tratar de ayudarles". La noticia llegó al
gobernador de aquellas tierras que airado ordenó a sus guardias buscar a los
recién llegados para expulsarlos inmediatamente. Pero los voluntarios
recibieron un nuevo mensaje y llegaron hasta donde estaba el niño con sus
padres. Entrando, les dieron la bienvenida y les ofrecieron toda su ayuda.
Al salir, se decían admirados: "El Señor Todopoderoso nos visita en la
pobreza y debilidad de este niño". Y su corazón se llenó de alegría, paz y
amor. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus
artículos, indicando su procedencia).
JUSTICIA, CONSOLACIÓN Y SHALOM
Meditación de navidad, 2005
JON SOBRINO
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).
ECLESALIA, 21/12/05.- En nuestra sociedad, occidentalizada, cada vez más globalizada y aburguesada en su ideal de vida, las tradiciones navideñas tienen varios elementos muy conocidos: Santa Claus, luces, árboles, y sobre todo, consumo. No es que todo esté mal, pero esas tradiciones no tienen nada que ver con las tradiciones bíblicas sobre el nacimiento de Jesús de Nazaret.
Por otra parte las tradiciones bíblicas, la esperanza de justicia y reconciliación de los bellos relatos de Isaías, y la esperanza del shalom de las narraciones de san Lucas, tampoco tienen nada que ver con las tradiciones navideñas que hoy imperan.
Por decirlo en breves palabras, el comercio y el consumo navideño, el mundo de los negocios, no tienen nada que ver con la Biblia, que es palabra de Dios, y con a liturgia, que es la celebración de los cristianos.
Que estas cosas puedan cambiar, lo damos prácticamente por imposible y por eso no vamos a hablar más de ello. Pero siempre queda la esperanza de que la palabra de Dios y la celebración de los cristianos nos ilumine y anime.
Justicia. Es necesaria y está enterrada, es nítida y está maquillada. A veces con razones aparentemente buenas: Hoy basta con hablar de solidaridad, y a veces con razones claramente malas: Hablar de injusticia es cosa del pasado. Y sin embargo, no hay navidad cristiana sin hablar de la palabra de Dios, y no hay palabra de Dios sin hablar de justicia.
En la liturgia de adviento aparece mucho el profeta Isaías. Precisamente porque Dios se está acercando, Isaías nos dice lo que hay que hacer: Abran camino a Yahvé. Que todo valle sea elevado y que todo monte y cerro sea rebajado. Nos dice qué hay que hacer con las lanzas -antiguas armas de guerra-, los misiles de hoy: convertirlos en machetes para trabajar la tierra. Los salmos nos recuerdan que la paz y la justicia se besan, que dejemos de hablar de paz , si no ponemos manos a la obra y construimos un país justo.
Las tradiciones mundanas no saben de estas cosas. Comercio y mercado son dioses, y quiera Dios que no sean ídolos que producen víctimas, apoderándose del dinero de los pobres y adormeciendo a todos.
Consolación. Es sumamente necesaria para las mayorías pobres, sin muchas expectativas de vivir una vida digna, a no ser lejos de su tierra. Entre nosotros la situación no es la misma que aquella en que Isaías escribió el capítulo 40 a un pueblo desterrado en Babilonia, muy lejos de Israel. Pero algo se le parece. Con los ojos puestos en esos desterrados, dice Dios a Isaías: Consuelen, consuelen a mi pueblo. Cuánta falta hace hoy. Y qué poco se ve de esa consolación honda, más allá de la palabrería barata de estos días, la de los supermercados y la de los políticos. También la que proviene de casas presidenciales y de monarquías solemnes. Y ojalá no sea barata la consolación que llevamos los cristianos.
También en El Salvador hubo una vez un Isaías que consolaba a su pueblo. Orador y profeta como él, se volcó hacia ese pueblo y lo consoló: Verán, queridos hermanos, como regresarán los refugiados Verán como tanta sangre se tornará en vida Verán cómo sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor. Era Monseñor Romero.
Qué necesario y qué difícil es consolar. Bien está augurar cosas mejores, si los análisis dan para ello, pero es un crimen engañar y jugar con la esperanza del pueblo pero eso todavía no es consolar. Sólo con credibilidad, con el prestigio que se gana con un amor claro, sin fingimientos, con la decisión de correr riesgos -hasta de la vida- se puede consolar. Ese fue el secreto de Monseñor.
Shalom. Es paz y es más que paz. San Lucas dice que unos ángeles se aparecieron a los pastores y decían: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. San Lucas escribía en griego y por eso, para hablar de paz usa la palabra eirene que significa ausencia de violencia, de guerra todo ello muy bueno y necesario. Pero la palabra hebrea es shalom. Significa un bienestar de los seres humanos entre sí, basado en la justicia y la verdad, y que reverbera en fraternidad y gozo. Y no tiene nada que ver con la pax romana, la quietud resignada que producen los imperios.
De este shalom nada dicen y nada saben los supermercados y similares. Algo -o mucho- puede quedar en algunas tradiciones navideñas de todos los tiempos: el gozo de reunirse en familia. En esos días puede haber incluso signos de reconciliación. Y ojalá se mantenga esa tradición secular que nació mucho antes del árbol de navidad, de Santa Claus y de los supermercados.
Jesús de Nazaret. Desafortunadamente es todo menos obvio mencionar a Jesús de Nazaret en estos días de navidad. Los supermercados no saben que hacer con él, incluso las iglesias -con frecuencia- se quedan en el niño Dios, sin añadir que ese niño llegó a ser el Jesús que salió de su casa, se fue al Jordán a escuchar a Juan y apareció junto con el pueblo para ser bautizado, el que anunció a los pobres la venida del reino, sintió compasión por ellos hasta revolvérsele las entrañas, los sanó y los defendió de sus opresores, se enfrentó con éstos y por ello murió crucificado. Y el Padre no le dejó morir para siempre.
Para los creyentes esto es el abece de nuestra fe, pero puede estar inexplicablemente ausente los días de navidad. No así en las tradiciones navideñas de los Evangelios. Jesús de Nazaret no está ausente. En el Magnificat, María preanuncia a Jesús y reza a Dios como él: Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. El anciano Simeón proclama con gozo que ya puede morir en paz, pues sus ojos han visto al salvador que iluminará a todos los pueblos, y añade que será señal de contradicción a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones. Unas buenas gentes llegan de lejos para ponerse a su servicio, mientras Herodes manda matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca de dos años para abajo -increíble relato para tiempos de navidad, piadosa leyenda entonces y cruel realidad ahora en épocas de El Mozote.
Cuando Dios quiere no ser sólo Dios. Los días de navidad son feriados, y ello posibilita el descanso y el acercamiento dentro de la familia. Debiera posibilitar también la reflexión: en definitiva qué somos nosotros si se nos dice que ese niño es Dios. La respuesta no es fácil, pues la pregunta introduce a los creyentes en el misterio de Dios. Y a todo el mundo, también a los no creyentes, los relatos de navidad debieran hacerles pensar en qué consiste el misterio de lo humano.
Conocemos a muchos hombres y mujeres concretas, y nos conocemos a nosotros mismos. Sabemos de lo bueno y de lo malo de los seres humanos. Sabemos de sus posibilidades y sus limitaciones. Pero lo más hondo nuestro se nos escapa. Y es que navidad dice que en un ser humano se ha hecho presente el misterio de Dios. En Jesús ha aparecido la benignidad de Dios, dice la carta a Tito. Los seres humanos estamos transidos de Dios, somos portadores, en carne, pequeña y limitada, del misterio de Dios.
En dos mil años esto se ha dicho de mil maneras. Decía Karl Rahner que el hombre surge cuando Dios quiere ser no sólo Dios. Leonardo Boff dice hablando de Jesús de Nazaret: así de humano sólo puede ser Dios. Hoy se ve cómo renace siempre ese misterio de la vida, el misterio de Dios, allí donde hay un gran amor. Estos días lo vuelven a hacer real las cuatro mujeres misioneras de Estados Unidos.
Cada quien sabrá qué piensa del misterio del ser humano, de ser él y ella hombre y mujer sobre esta tierra. Navidad nos invita a pensarnos desde el misterio de Dios. Y esta audacia de los creyentes está posibilitada por una audacia mayor, que es el mensaje de navidad: Dios puede -y tiene que- ser pensado desde lo humano, porque, antes, decidió empequeñecerse y mostrarse en un ser humano como todos nosotros, Jesús de Nazaret. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
LA NAVIDAD ES PARA EXPERIMENTARLA
FRAN SAN MIGUEL, maestro y cantautor; fransanmiguel@gmail.com
VALLADOLID.
ECLESALIA, 20/12/05.- Ahora que estamos de lleno en el Adviento, y considerando que la Navidad que ya nos quieren echar encima es una fiesta convencional y religiosamente marginada, quisiera compartir una breve reflexión abierta y entusiasta. Creo que me merece la pena afirmar con satisfacción que, a pesar de la pérdida del valor cristiano, hay en la dimensión ritual de la Navidad valores antropológicos importantes.
Esencialmente la Navidad es una fiesta que se nace en torno a un icono familiar: la Sagrada Familia. En ella descubro una serie de características que me parecen proféticas en nuestro tiempo, según interpreto en los relatos de infancia de los evangelios de Mateo y Lucas, a saber:
- la fidelidad, que se desprende del nacimiento de un varón concebido de forma desconocida para el cónyuge, pero que este acepta recibiendo el aviso divino, que intenta evitar la desintegración familiar;
- la aceptación de la realidad familiar particular, manifestada en la Escritura en que el episodio del establo no se presenta como un elemento revelador o dramático, sino puramente coyuntural, y que en ningún caso ensombrece la alegría que supone el nacimiento de Jesús para sus padres;
- el gozo contagioso que provoca la llegada de un nuevo ser humano a una familia antes, durante y después del parto;
- la fuerza que se revela imparable en los considerados débiles, y que sólo los foráneos saben o quieren reconocer;
- y la dimensión religiosa que tiene este acontecimiento en todas las culturas, según las cuáles todo ser nacido es una parte de la divinidad, o de la copiosidad plural de la naturaleza, según otros.
Destacar estos valores permite a la fiesta cristiana entrar en contacto fraterno con otras culturas no cristianas, e incluso no creyentes. De esta forma la Navidad es un acontecimiento abierto, inclusivo, e intrínsecamente valioso.
En este sentido, pienso que el rito navideño, aunque sea más por cómo se celebra que por lo que se celebra, es una fiesta desde y para las familias, y no se concibe vivida de ninguna otra manera que no sea en familia. Cuando no hay esta posibilidad, por la razón que sea, lo que se pierde es la experiencia colectiva del rito. Y esto suele provocar sentimientos de tristeza, por haber perdido a alguno de los celebrantes.
Sin embargo, a pesar de que la familia se pueda encontrar físicamente reunida, la Navidad a menudo no responde a aquellos valores domésticos que mencioné y ello provoca contradicciones evidentes, particularmente en nuestra sociedad española:
- No podemos celebrar la fidelidad en la constitución de la familia por parte de José, si en nuestras familias hay división parental, es decir, si nuestras tribus están desgajadas.
- No podemos vivir la Navidad si en ámbitos familiares negamos nuestro presente porque siempre necesitamos más de todo, y desgastamos el ahora pensando en un mañana que no existe.
- No podemos, si para nosotros la llegada de un bebé es, mucho antes que cualquier otra cosa, una carga y una fuente de preocupaciones.
- No podemos, si no experimentamos la enorme fuerza que tienen las personas que consideramos más débiles, la riqueza de los pobres, el poder de los desheredados de todo poder.
- No podemos sentir la riqueza trascendente de un nuevo ser humano, sea Jesús de Nazaret o sea cualquier otro, si nosotros mismos no hemos descubierto nuestra propia dimensión trascendente, si no hemos aprendido la riqueza plural de la naturaleza en la que nosotros somos también naturaleza, si no respetamos a la naturaleza y seguimos provocando extinciones.
A partir de aquí creo que se nos queda grande intentar entrar en consideraciones ontológicas sobre la naturaleza de Jesús porque de esa forma nos ponemos en un contexto reflexivo externo a la realidad en la que Dios se nos revela hoy y hacerlo no es significativo para esta realidad cultural que compartimos.
De estas sencillas reflexiones me nacen algunas tareas:
- evaluar cómo está la integridad de nuestra familia y de todo nuestro clan a pesar de lo desagradable;
- ver cómo va nuestra capacidad de vivir con conciencia el presente que existe, con lo poco o lo mucho que tenemos, más que el futuro (que si llega a existir, ya no será futuro);
- descubrir cómo está de operante nuestra alegría ante lo nuevo que nace cada día,
- relacionarnos con los más canijos de este mundo, y hacerlo de igual a igual, queriendo reconocer sus fortalezas.
- escuchar la sacralidad de todo lo existente a nuestro alrededor: personas, piedras, plantas, aire, agua, energía y vivir en consonancia con ella, como un Jesús que viene, cuando menos lo esperamos.
Sólo me queda desear ánimo para experimentar cada día aquello a lo que cada uno se sienta llamado. Un abrazo para todas y para todos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
¿NIÑO DIOS?
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo; herrero.pozo@telefonica.net
LOGROÑO (LA RIOJA).
ECLESALIA, 19/12/05.- La Navidad, ya inminente, invita a muchas cosas, algunas obscenas e hirientes como el desmadre del consumo en honor del Pobre de Yahvé... Pero invita igualmente a la contemplación subversiva ¡Qué duda cabe que en este cambio de época, en que todo se mueve, incluso lo más sagrado (también en el cristianismo) la Navidad debe cesar en su papel de paréntesis en la carrera hacia el caos! Y ello cabalmente me induce a una reflexión áspera en homenaje al "cumpleañero" que recordamos con inmenso afecto, aquel Profeta que asesinaron por lo insoportable de su mensaje.
La expresión Niño-Dios sintetiza la forma tradicional de entender a Jesús. Cometiendo un grave anacronismo se interpretó al pie de la letra y como relato histórico aquel metafórico cuadro lírico-épico del llamado "Evangelio de la Infancia". Los seguidores y seguidoras de Jesús, deslumbrados -con sobrada razón- por el impacto de su desconcertante figura, colocaron en el atrio de su trayectoria humana una reflexión catequética para ensalzarlo por encima del mismísimo César. Lo que para ellos era exordio épico en clave de homenaje de fe lo hemos interpretado nosotros como protocolo histórico de su nacimiento e infancia:
Para Dios nada hay imposible: mejor que cualquier faraón, Emmanuel, el 'Dios con nosotros' tiene por padre no a un simple mortal sino al propio Dios. La comunidad creyente inventa un edicto imperial para sustituir la humilde aldea de Nazaret por la 'ciudad de David', el rey fundador.
Una señal brilla en el firmamento del lejano Este y pone en movimiento hacia Judea a tres magnates. La corte de Herodes se conmueve y los padres de Jesús retoman el camino del Egipto, refugio primero luego pesado yugo de sus ancestros. También los sencillos pastores reciben su mensaje celeste y convergen con los orientales en la pleitesía al enviado de Dios. Es suficiente para completar el cuadro. De los varios escritos laudatorios, la comunidad desestimó otros más barrocos, trufados de portento, los que denominamos apócrifos, reteniendo sólo el de más frugal grandeza. Completa el cuadro el toque -que hoy consideraríamos de niño repelente- de un Jesús imberbe dando lecciones bíblicas a los sesudos doctores de la capital. Y, por fin, suavizado el tránsito de la ficción a la realidad, el primo de Jesús, el austero Juan, lo introduce en la saga de los grandes profetas, mediante la teofanía del Jordán...
Sobre semejante catequesis poética ¡menudo "belén" hemos montado! Sin duda, nos sirvió durante siglos para suplantar la magia de las celebraciones paganas de invierno. Pero hoy la magia nos devuelve la moneda suplantando a su vez al hijo pobre de María con las orgías del consumo. Y así, entre mito y despilfarro, hemos sacado de quicio la sencilla y razonable realidad. Lo que era atrio poético de la vida de un ajusticiado contribuyó a hacer de Jesús el mayor dios del Olimpo y hoy pretexto de una bacanal. Sin embargo ¿cómo debieron ser las cosas de su infancia?
Puesto que el mito no se deja manejar bien, hagamos un simple ejercicio de buen sentido para hacernos una idea de la infancia de Jesús de cuyos casi únicos 30 años de vida apenas disponemos de un solo elemento histórico. De estar vivos aún José y María cuando la comunidad más cercana a ellos comenzó a fabular religiosamente con el 'evangelio de la infancia', ellos fueron de los primeros en aprender a interpretar en clave de fe a su hijo asesinado.
Al admirar estos días a mi primer nieto mamando, he pensado en Jesús: frágil, ausente la mirada, siempre dormido. El contacto con el entorno se hará lentamente y los mayores veremos sonrisa en la primera mueca. Más adelante Jesús correteó con algún vecino, estorbó más que ayudo a su padre en la labor, se sorprendió con esa bola de masa de harina morena que se iba hinchando hasta que María le contó lo de la levadura. Ya adolescente, sintió estremecerse su cuerpo a la vista de alguna muchacha. Trascurrieron los años "en todo semejante a nosotros" ¿En qué mistificación apoyaría Pablo su salvedad "menos en el pecado"? ¿Ni el más mínimo eco encontró en el interior de Jesús la tentación? No es desdoro que su libertad se construyera, como la de cualquiera, en el esfuerzo titubeante. Nada en el Jesús recién nacido, como en ningún otro humano, estaba predefinido, predestinado ni siquiera por Dios. Jesús no estaba programado. Jesús pudo no llegar a ser lo que devino. Su libertad lo construyó. Por eso erraba de medio a medio el cardenal Ratzinger cuando, con pretensiones de científico, afirmaba en el 2000 "Según mis conocimientos de biología, una persona trae consigo, desde el comienzo, el programa completo del ser humano, que luego se desarrolla". Ratzinger confunde en el genoma humano programa e información y se carga obtusamente la libertad. Desde la información de nuestro genoma cada uno de nosotros elabora, crea libremente su propio programa. Ese es precisamente el enigma del niño que contemplamos en la cuna, el de estar abierto a su yo futuro, incierto y abismal. Ahí es donde cabe extasiarse, contemplativo, ante el Niño, y ante cualquier infante: ¿Qué decidirá ser? Ninguna apoteosis, ni ninguna cruz se proyectaban sobre aquel pesebre. Lo de la 'espada que te atravesará el corazón" de Simeón a María era o una obviedad o una proyección teológica del futuro sobre el presente. Jesús, pues, ni nace Dios (un cuadrado no es un círculo) ni lo deviene propiamente sino que "es constituido hijo de Dios por la resurrección" (Rom 1,4), desvelando de tal suerte lo que ocurre a cada uno de nosotros en nuestra muerte.
Aprendió a orar de sus padres, descubrió al Dios de Abraham en la sinagoga, asimiló a Yahvé más a la jovialidad de José que a las manos ensangrentadas del Sacerdote del Templo y comenzó a llamarle secretamente "papá", un papá especial que daba de comer a los pajarillos, granaba las espigas, iluminaba los amaneceres.
Todo tan natural, tan sencillo, tan simplemente humano. Colaborador en el hogar, impaciente en alguna ocasión, fiel con los amigos, sensible con las mozas... ¡Todo tan sencillo y humano! Lo que no le impedía rebelarse y protestar contra tanta injusticia y marginación. Al contrario, si por algo comenzó a destacar fue por esto... Y así le fue.
Reflexionando así estos días y reconstruyendo espiritualmente los primero días y años de Jesús he comenzado a reconciliarme con unas fechas que cada año me desazonaban más. Y he podido recuperar un nuevo sentido, el de la verdadera encarnación de Dios que me gusta formular así: Sólo Dios es grande. Lo humano es sólo humano pero cuanto más humano, más divino. Por eso, Jesús fue gran revelador de Dios, por ser plena y cabalmente humano.
Si algo específico podemos celebrar en Navidad es que, como en el nacimiento de Jesús, en lo más sencillo e insignificante de nuestra existencia se encierra una gran esperanza de plenitud. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
FUNDAMENTALISMO A LA CARTA
EUSEBIO LOSADA `Uxe´, miembro del foro Kristau Sarea
SESTAO (VIZCAYA).
ECLESALIA, 16/12/05.- La espiritualidad vivida desde la fe como confianza en Dios tiene tal fuerza liberadora que es uno de los motores que empujan la corriente humanizadora que recorre toda la historia de la humanidad. Lo que en estos albores del siglo XXI está en franca decadencia no es la espiritualidad en cuanto búsqueda y anhelo de profundidad, de horizontes de esperanza, de sentido y de vida plena. Lo que no resiste ya los embates del viento de la autenticidad es la religión si se entiende como sistema de encorsetadas doctrinas, de dogmas inmutables, de anacrónicas normas que más que liberar esclavizan y son fuente de exclusión de las personas, de lenguajes lejanos a la vida, de liturgias cuyo fin son ellas mismas, de poder que se resiste al cambio para no perder su parcela del mismo. El mal mayor para toda buena espiritualidad, a mi modo de ver, es el fundamentalismo; y especialmente para la espiritualidad cristiana, que la mina hasta hacer de ella una mera caricatura. No creo yo que el mayor enemigo de la fe sea la secularización de la sociedad, que tiene aspectos positivos y negativos; mientras que el fundamentalismo es siempre negativo porque es causa de intolerancia, de división y de enfrentamientos.
Estábamos tan acostumbrados a calificar como fundamentalistas e integristas a otros, fuesen miembros de otras tradiciones religiosas, de lo que denominamos sectas, de defensores de ciertas ideologías políticas, que no nos parábamos a pensar y a reconocer que ese mismo fenómeno se produce en el interior de nuestros propios grupos e instituciones. Veamos cuál es su raíz psicológica, su postura filosófica, su modo de comprender los textos referenciales y su utilización del lenguaje.
La raíz psicológica de los fundamentalismos religiosos o no- es el miedo. Y en el saco de los miedos están el miedo a lo diferente y a los diferentes (causa primera de las discriminaciones), el miedo a pensar con autonomía desde la propia conciencia personal, el miedo a la inseguridad, el miedo al pluralismo por lo que puede implicar de perder significatividad y protagonismo, el miedo a la libertad, el miedo a la verdad en cuanto que la realidad puede ser de modo distinto a como yo la veo, el miedo al cambio y a perder poder, el miedo a amar y a ser amados, que lleva consigo el gozo y el sufrimiento... Cuando nos sentimos dominados por los miedos se paraliza nuestra conciencia, esa situación nos infantiliza y pone frenos a nuestra madurez emocional e intelectual. Los mecanismos de defensa que utilizamos van desde la negación de la realidad misma hasta la adhesión a normas seguras, pasando por la proyección de nuestros miedos en otros, intentando desplazarlos de nosotros mismos, y el autoritarismo. Todos los sistemas totalitarios manejan a su gusto el miedo colectivo y lo incentivan; en ello se juegan su propia supervivencia. A ello han jugado también las religiones cuando han funcionado como sistemas de dominio y control de las personas y de los grupos humanos. A unos y a otros les interesa tratarnos contínuamente como cuando se trata mal a los niños, como quienes han de ser adoctrinados y no escuchados, como los que han de permanecer callados y sumisos ante la voz de la autoridad competente. Ni que decir tiene que el miedo también puede suscitar en nosotros mecanismos positivos, como son el arrojo, la valentía, la resistencia al mal, el atrevimiento y la prudencia activa.
El fundamentalismo es una postura que, filosóficamente, absolutiza lo que es relativo y relativiza lo que es absoluto. ¡Cuántas veces hemos sido testigos en otros o sufridores en nosotros mismos de las sacudidas en forma de amenaza, de represión de la libertad, de reducción al silencio, de abuso de poder, de exclusión e incluso de violencia física por parte de personas que absolutizan una ideología o una religión ideologizada y dogmatizada con todo su sistema de doctrinas pretendidamente inamovibles!. ¿Puede haber algo más relativo?. Incluso se invoca -en vano- el nombre de Dios, y se deja de lado lo absoluto del amor, de la fraternidad, de la igual dignidad de todas las personas. Por lo que respecta a la fe cristiana esas actitudes y comportamientos se encuentran muy lejos de la espiritualidad de las Bienaventuranzas, que lo relativiza todo al servicio de los pobres y los excluídos, de la justicia y la paz, de los que sufren, de la misericordia como amor de entrega. Las Iglesias cristianas, si son comunidades de Jesús, no están al servicio de sí mismas, sino de la liberación y humanización de las personas y los grupos humanos; no desde el miedo sino desde el amor, como primera y principal virtud humana y cristiana.
Si por algo debiéramos ser perseguidos los cristianos no sería por las alianzas con los poderosos, ni por contribuir a la perpetuación del injusto sistema capitalista en sus nuevas versiones, ni por ahogar libertades personales. La persecución nos vendría por estar con los pobres, con los desheredados, con los sin tierra, con los emigrantes, con los desechados por la sociedad; por defender y practicar la igualdad de hombres y mujeres (empezando por nuestras propias Iglesias y comunidades), por la aceptación y el reconocimiento en igualdad de las personas homosexuales y de otras orientaciones (que son iguales a las demás personas también en lo que a la madurez se refiere), por practicar la laicidad y la presencia transformadora en la sociedad, por reconocer y valorar el pluralismo y ejercitar la democracia y la horizontalidad en el interior de nuestras Iglesias y en la vida social y política, por practicar la no violencia activa, por responder a los nuevos desafíos en un mundo que ansía la paz. ¿Somos perseguidos por esto los que nos llamamos cristianos?.
Es propio de los fundamentalistas religiosos no tener en cuenta la historicidad y el carácter situacional y cultural de los textos de los libros sagrados, elevando lo que no hay por qué a la categoría de universal para todos los tiempos o interpretarlos como un código de normas morales intangibles y sacadas de su contexto, haciéndoles decir incluso lo que no dicen. Sin embargo, la carta del fundamentalismo está servida y en nuestro propio mesón. Los platos no son nada sabrosos. No merece la pena hacer aquí un elenco de frases que hemos tenido que oir y que hacen que a muchísimos cristianos con sentido común de nuestras comunidades les chirríen sus tímpanos. Continuamente se olvida lo que es de verdad absoluto para el seguidor de Jesús: el amor y la fraternidad, la comprensión y el respeto, el ayudar a poner en pie al hermano herido, el colaborar en elevar la dignidad no reconocida o pisoteada. Esto sí que recorre toda la espiritualidad del Evangelio como columna vertebradora.
Observo también que hay un fenómeno nuevo en los fundamentalistas de nuestra época. Se trata de la apropiación de un lenguaje que no les corresponde, contaminándolo y vaciándolo casi de contenido para defender lo que se quiere defender. Así, palabras como dignidad, liberación, igualdad, no discriminación, comunión, democracia son utilizadas desde posiciones fundamentalistas para, a renglón seguido, no reconocer la igual dignidad de toda persona, para negar derechos civiles o religiosos (y dones del Espíritu en cada persona, sea de la condición que sea), para mantener privilegios de unos sobre otros, para obstaculizar el funcionamiento democrático y horizontal en el interior de las confesiones religiosas e Iglesias, para seguir discriminando a la mujer, para controlar a las personas y no permitir la libre expresión... La comunión es entendida desde esta posición como sumisión ciega a doctrinas y a cadenas jerárquicas, no como lo que es su sentido cristiano: unidad de fe y amor, unidad en la pluralidad (que ha de ser reconocida y valorada como riqueza). Usadas de esta forma, se convierten prácticamente en palabras vacías, no creíbles, que desprestigian a las personas que las pronuncian y a las instituciones a las que pertenecen. Ello influye a la baja en la estimación social de las Iglesias, provocando más abandono de esas instituciones o defección práctica por parte de personas creyentes y dificultando enormemente la labor de la transmisión de la fe a generaciones enteras de jóvenes y de adultos. Tristemente, coinciden y se alinean con las corrientes más conservadoras de nuestra sociedad, las más reacias a los cambios humanizadores y a los vientos de libertad.
Nadie estamos libres de caer en intransigencias y en actitudes cerradas, excluyentes e integristas; quizá yo mismo haya contribuido a ello en algún momento, consciente o inconscientemente. Los tics verticalistas, de dominio sobre otros, de manipulación de las personas o de imposición anidan fácilmente en este barro del que estamos hechos. En nuestro caso, el de las Iglesias cristianas, el hecho de la agravación actual de las posiciones fundamentalistas en su interior quizá se trate de los últimos coletazos de un sistema que se desmorona por sí mismo; quizá sean sólo los antepenúltimos. En todo caso, yo los interpreto como señuelo para volver a la autenticidad de las propuestas del Evangelio, para reformular nuestra fe, para situarnos en la sociedad al estilo de Jesús de Nazaret, perseguido por los fundamentalistas de su tiempo dirigentes político-religiosos y sus seguidores-, para convertirnos a los pobres y a los excluidos, para dejar a Dios ser Dios y no manipularlo a nuestro antojo. Y la razón de esta sensibilidad es el seguimiento a Jesús, el compromiso con el ser humano y el amor a mi Iglesia; un amor que me duele si percibo que su barca pierde el Norte. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
HOMOSEXUALIDAD Y MINISTERIOS CRISTIANOS
XAVIER PICAZA
ECLESALIA, 15/12/05.- Las recientes declaraciones del Magisterio sobre los riesgos de la homosexualidad, especialmente en relación con los ministerios, me han producido una gran tristeza, en primer lugar por lo que pueden suponer de ofensa contra los homosexuales, especialmente contra los que ejercen su ministerio honradamente, siendo homosexuales; y en segundo lugar por la falta de base bíblica de los argumentos que se aducen. Desde ese fondo, para ayudar a reflexionar a quienes estén interesados por el tema, quiero ofrecer algunas reflexiones de base, partiendo de la misma lectura de los textos bíblicos. Ciertamente, La Biblia ha condenado en general en general la homosexualidad (en el Antiguo Testamento la masculina), por considerar que ella va en contra de un orden querido por Dios y expresado en la unión del hombre y la mujer, tal como aparece en Gen 2-3. Esa condena se expresa en tres contextos principales y debe ser interpretada desde el conjunto de la revelación bíblica.
(1) Grandes relatos simbólicos. Dos relatos básicos reflejan esta condena, situándola en un contexto de polémica, en un caso contra los cananeos de la hoya del Mar Muerto (Gen 19, 1-19) en otro caso contra una ciudad perversa de la tribu de Benjamín (Jn 19). En el primer caso se trata del «crimen» de los sodomitas, que quieren acostarse con los «hombres» (=ángeles) que han venido a visitar a Lot (Gen 19,5), suscitando la ira de Dios que destruye a su ciudad; de aquí ha surgido el nombre «sodomía, sodomitas», para que identifica un tipo de violencia homosexual con pecado de los habitantes de Sodoma. En el otro caso se trata del «crimen» de los habitantes de Guibea de Benjamín, que quieren acostarse por la fuerza con el levita que va de paso, para así humillarle; pero el levita se defiende y entrega en sus manos a su → concubina, iniciándose así una serie de venganzas y violencias que llenan la parte final del libro de los Jueces (Jc 19-21). En ambos relatos se supone que la homosexualidad va en contra del orden de Dios; pero lo que el texto condena de un modo directo no es la homosexualidad en sí, sino la violencia homosexual, dirigida en un caso hacia los hombres-ángeles y en el otro hacia el levita.
(2) Las leyes contra la homosexualidad están contenidas en el Código de la Santidad, del libro del Levítico: Lev 18, 22 condena taxativamente la acción homosexualidad masculina: «no te acostarás con varón como con mujer; es una abominación; Dt 20, 13 impone la pena de muerte sobre los homosexuales: «Si alguien se acuesta con otro hombre como se hace con una mujer, ambos cometen una abominación; son reos de muerte; sobre ellos caerá su sangre». Se trata de leyes sacrales, que han de ser entendidas de la visión especial de la pureza-santidad que desarrolla el Levítico, en un contexto sacerdotal, marcado por los tabúes de la distinción y del sexo. Quien quiera traducir y aplicar directamente esa leyes en nuestro contexto, sin tener en cuenta su trasfondo antropológico, tendrá que asumir y cumplir el resto de las leyes del Levítico, tanto en lo referente a los sacrificios como a los tabúes de sangre, a la distinción de animales puros e impuros y a las diversas enfermedades y manchas, que aparecen en general como lepra. Nadie que yo sepa aboga por esa interpretación literal del Levítico, a no ser en algunos círculos «religiosos» del judaísmo. Es evidente que este tema puede y debe plantearse hoy desde unas perspectivas antropológicas y teológicas, distintas, de manera que no tiene sentido el mantener a la letra las antiguas costumbres israelitas. Sólo de esa forma hacemos justicia a las normas y leyes, por otro lado ejemplares, del Levítico.
(3) La interpretación de Pablo. Más cercano a nosotros, pero igualmente extraño y necesitado de explicación es el texto de Pablo, cuando habla del pecado de los «gentiles» que, al adorar a los ídolos, han caído en manos de sus propias perversiones (Rom 1, 18-31). No se trata de un texto normativo ni legal, en línea de evangelio, sino de una presentación retórica y apocalíptica de la situación del mundo pagano (de la humanidad) que se eleva como signo de pecado ante el Dios de la fe y de la gracia de Cristo. La condena de Pablo puede dividirse en tres partes, una de tipo más personal-individual (Rom 1, 21-23), otra de tipo más personal-sexual (Rom 1, 24-27) y otra de tipo más social (Rom 1, 28-31). Siguiendo algunas tablas morales de su tiempo, Pablo ha querido presentar un retablo de los grandes males de la sociedad de su entorno, que se fundan a su juicio en el abandono de Dios, entendido en forma de «talión teológico»: allí donde los hombres han abandonado a Dios, Dios les abandona en manos de su propia perversión, como muestra el caso de la condena de la homosexualidad: «Pretendiendo ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles... Por eso Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues aun sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. Del mismo modo también los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Como ellos no quisieron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para hacer cosas que no deben» (Rom 1, 22- 23.25-28; en esa línea, cf. 1 Tim 1, 10). Éste no es un texto de ley moral, sino de constatación apocalíptica. Pablo no dice lo que las cosas deben ser, sino lo que son. Pablo, un judío celoso, se siente horrorizado ante lo que a su juicio constituye la perversión sexual grecorromana, expresada en formas de homosexualidad no sólo masculina (como la que condenaba el Antiguo Testamento), sino también femenina, poniendo de esa forma en paralelo las afirmaciones sobre los dos sexos. Las afirmaciones concretas de Pablo son retóricas y exageradas, pues el mundo greco-romano no era sólo como él lo presenta. Por otra parte es un texto difícil de aceptar al pie de la letra, pues proviene de un entorno cultural muy distinto del nuestro. A pesar de ello, el principio y sentido básico de la argumentación paulina nos sigue pareciendo valioso, siempre que tengamos en cuenta algunas observaciones.
(a) Pablo vincula la homosexualidad con la negación de la «diferencia» de Dios, que constituye, a su juicio, la clave de todo el orden humano. Allí donde el hombre niega la «diferencia» de Dios y le identifica con una realidad de este mundo se cierra en sí mismo y corre el riesgo de volverse incapaz de aceptar las diferencias, la complementariedad de las distintas realidades, mezclando así las diversas realidades. El Dios de Pablo marca las identidades, mantiene la alteridad, la distancia, la tensión por lo diferente. Por eso, allí donde hombres y mujeres se cierran en un mundo divinizado (idolatría) ellos se vuelven incapaces de amarse como distintos, pues no pueden ya apoyarse en el Dios que es distinto, el Otro, el Infinito.
(b) Pablo condena a la homosexualidad porque piensa que ella es la expresión de un amor-de-ley, que no saca al hombre (varón o mujer) de sí mismo, sino que le cierra en un plano de talión, de manera que cada uno se busca a sí mismo en el otro, sin salir de sí, experimentar la alteridad como gracia. Por eso, cuando Pablo habla de homosexualidad está hablando en el fondo de un tipo de auto-erotismo, de unión sin complementariedad personal, sin aceptación de la alteridad que, a su juicio, está marcada por la diferencia sexual de varón y mujer. Pero de esa manera está planteando un tema que es mucho mayor que el de la homosexualidad como tal (entendida en plano físico, biológico), el tema del erotismo sin distancia personal, como una forma de buscarse uno a sí mismo cuando se relaciona con otro. Pues bien, ese es un tipo erotismo que puede darse no sólo en las relaciones homo-sexuales, sino también en las hetero-sexuales.
(c) Según eso, el tema de la homosexualidad sólo se puede plantear en línea cristiana desde su posible riesgo de negación de alteridad y gracia, relacionándolo, por tanto, con los otros dos momentos de la condena apocalìptica que Pablo dirige contra la sociedad de su tiempo, en Rom 1, 19-20 (egoísmo personal) y Rom 1, 28-31 (lucha de todos contra todos). La homosexualidad de la que habla Pablo constituye una expresión de egoísmo (uno sólo se busca a sí mismo en el otro) y de lucha universal (al buscarse a sí mismo en el otro tiene que combatir y negar todo lo que es distinto). Ciertamente, el tema resulta complejo en plano psicológico y social, de manera que es difícil ofrecer en este plano unas respuestas que agraden a todos. Pero el intento de condenar la homosexualidad física (legal) desde la antropología bíblica y en especial desde Rom 1, 24-27 (donde se asume y culmina para los cristianos lo dice el Antiguo Testamento sobre el tema) carece de sentido y acaba siendo contrario al argumento de Pablo. Condenar la homosexualidad por ley implica caer en la peor de las leyes que Pablo ha querido superar. Lo que Pablo está poniendo en juego, de un modo retórico, es la posibilidad de abrirse al otro en cuanto distinto, de tal forma que el amor no sea encerramiento en uno mismo (utilizando así al otro para egoísmo propio, en gesto de violencia, sea o no del mismo sexo), sino apertura a la diferencia interpersonal gratuita, en un camino en el que Dios puede revelarse como el Otro, el gran Distinto.
(d) En ese sentido se puede afirmar que fácticamente muchas uniones homo-sexuales (se llamen o no matrimonios) en las que se mantenga y desarrolle el principio y experiencia de la alteridad gratuita pueden ser y son más cristianos (más paulinos) que otros matrimonios hetero-sexuales en los que cada uno se busca a sí mismo en el otro, e incluso en los hijos. Partiendo de estos principios se podría elaborar también una antropología del celibato paulino (cf 1 Cor 7), que tiene un gran valor cristiano en la medida en que aparece como posibilidad de una mayor apertura al otro en cuanto otro y al Dios que es principio de toda alteridad amorosa, superando el simple nivel de la unión entre los dos sexos (hombre con mujer y viceversa, que supone el Antiguo Testamento). Allí donde el celibato es básicamente expresión de clausura en sí mismo (de auto-erotismo más o menos espiritualizado) va en contra del ideal cristiano. El ese sentido, el celibato cristiano como trascendimiento positivo (no de simple negación) del amor intersexual puede vincularse a un tipo de homosexualidad, que no se entienda como pura negación de alteridad sexual, sino como búsqueda de otros tipos de alteridad gratuita en la relación entre personas.
(e) La clave del tema no está, por tanto, no está por tanto en que la relación se dé entre personas de distinto o del mismo sexo, sino que se trata de una relación de personas, en línea de alteridad, de manera que cada uno no se busque a sí mismo en el otro, sino que busque y encuentre al otro como distinto, y en el otro la vida, el despliegue de la vida, como don de Dios y no como algo que queremos cerrar en unas formas de dominio cómico, económico, social, dentro eso que Pablo presente como idolatría o negación de Dios. Con esto no se resuelven todos los pero pueden plantearse mejor, a partir de la experiencia de la gracia. Por eso, todo lo que Pablo ha dicho sobre la condena de un tipo de homosexualidad ha de reinterpretarse desde lo que dice sobre la gracia de Dios, a lo largo de la carta a los Romanos. Por eso, entender esa condena de la homosexualidad de un modo objetivista, como algo ya resuelto al comienzo de la carta, sin llegar al final de espléndido despliegue de gracia y amor que ofrece Romanos (tal como culmina en Rom 12-13), significa negarse a leer a Pablo. Dando un paso más, hay que decir que el tema ha de entenderse desde el Sermón de la Montaña, donde Jesús no condena la homosexualidad, sino que abre unos caminos de amor en gratuidad, que valen tanto para varones como para mujeres, para homosexuales como para heterosexuales.
(f) El tema, por tanto, sigue abierto, sobre todo en un plano psicológico y sociológico, sin que los cristianos queramos imponer a la sociedad unas formas objetivas de conducta sexual que, por otra parte, no derivan del conjunto de la Biblia, rectamente entendida, ni de la vida y mensaje de Jesús. El tema es difícil de resolver de un modo objetivo (¿para qué resolverlo en ese plano?) y es posible que en muchos normales las uniones homosexuales resultan más complejas y «difíciles» que las heterosexuales, porque en ellas puede costar más el descubrimiento y despliegue de la alteridad, sobre todo en relación al nacimiento y educación de los hijos (donde la alteridad de figuras paterno-maternas parece necesaria). De todas formas, en muchos casos, precisamente esa misma dificultad, con la problemática social de fondo, puede hacer que las uniones (matrimonios) homosexuales pongan mejor de relieve algunos rasgos de gratuidad y alteridad personal que Pablo ha destacado en Rom 1, 18-31 y en el conjunto de su carta a los Romanos. Desde ese fondo, queremos añadir que nos parece fuera de sentido (exegéticamente falso y cristianamente equivocado) el intento de aquellos que quieren negar a los homosexuales el acceso a los ministerios de la iglesia, mientras que ellos quedan reservados a los célibes. En este campo, el magisterio ordinario de la iglesia romana está tomando un camino contrario al evangelio (cf. M. Borg, «Homosexuality and the New Testament»: Bible Review 10 (1994) 20-54; D. Martin, Arsenokoites and malakos: Meanings and Consequences. Biblical Ethics and Homosexuality, Westminster, Louisville 1996). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).