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LA NAVIDAD ES PARA EXPERIMENTARLA
FRAN SAN MIGUEL, maestro y cantautor; fransanmiguel@gmail.com
VALLADOLID.

ECLESALIA, 20/12/05.- Ahora que estamos de lleno en el Adviento, y considerando que la Navidad que ya nos quieren echar encima es una fiesta convencional y religiosamente marginada, quisiera compartir una breve reflexión abierta y entusiasta. Creo que me merece la pena afirmar con satisfacción que, a pesar de la pérdida del valor cristiano, hay en la dimensión ritual de la Navidad valores antropológicos importantes.

Esencialmente la Navidad es una fiesta que se nace en torno a un icono familiar: la Sagrada Familia. En ella descubro una serie de características que me parecen proféticas en nuestro tiempo, según interpreto en los relatos de infancia de los evangelios de Mateo y Lucas, a saber:

- la fidelidad, que se desprende del nacimiento de un varón concebido de forma desconocida para el cónyuge, pero que este acepta recibiendo el aviso divino, que intenta evitar la desintegración familiar;

- la aceptación de la realidad familiar particular, manifestada en la Escritura en que el episodio del establo no se presenta como un elemento revelador o dramático, sino puramente coyuntural, y que en ningún caso ensombrece la alegría que supone el nacimiento de Jesús para sus padres;

- el gozo contagioso que provoca la llegada de un nuevo ser humano a una familia “antes, durante y después del parto”;

- la fuerza que se revela imparable en los considerados débiles, y que sólo los foráneos saben o quieren reconocer;

- y la dimensión religiosa que tiene este acontecimiento en todas las culturas, según las cuáles todo ser nacido es una parte de la divinidad, o de la copiosidad plural de la naturaleza, según otros.

Destacar estos valores permite a la fiesta cristiana entrar en contacto fraterno con otras culturas no cristianas, e incluso no creyentes. De esta forma la Navidad es un acontecimiento abierto, inclusivo, e intrínsecamente valioso.

En este sentido, pienso que el rito navideño, aunque sea más por cómo se celebra que por lo que se celebra, es una fiesta desde y para las familias, y no se concibe vivida de ninguna otra manera que no sea en familia. Cuando no hay esta posibilidad, por la razón que sea, lo que se pierde es la experiencia colectiva del rito. Y esto suele provocar sentimientos de tristeza, por haber perdido a alguno de los celebrantes.

Sin embargo, a pesar de que la familia se pueda encontrar físicamente reunida, la Navidad a menudo no responde a aquellos valores domésticos que mencioné y ello provoca contradicciones evidentes, particularmente en nuestra sociedad española:

- No podemos celebrar la fidelidad en la constitución de la familia por parte de José, si en nuestras familias hay división parental, es decir, si nuestras tribus están desgajadas.

- No podemos vivir la Navidad si en ámbitos familiares negamos nuestro presente porque siempre necesitamos más de todo, y desgastamos el ahora pensando en un mañana que no existe.

- No podemos, si para nosotros la llegada de un bebé es, mucho antes que cualquier otra cosa, una carga y una fuente de preocupaciones.

- No podemos, si no experimentamos la enorme fuerza que tienen las personas que consideramos más débiles, la riqueza de los pobres, el poder de los desheredados de todo poder.

- No podemos sentir la riqueza trascendente de un nuevo ser humano, sea Jesús de Nazaret o sea cualquier otro, si nosotros mismos no hemos descubierto nuestra propia dimensión trascendente, si no hemos aprendido la riqueza plural de la naturaleza en la que nosotros somos también naturaleza, si no respetamos a la naturaleza y seguimos provocando extinciones.

A partir de aquí creo que se nos queda grande intentar entrar en consideraciones ontológicas sobre la naturaleza de Jesús porque de esa forma nos ponemos en un contexto reflexivo externo a la realidad en la que Dios se nos revela hoy y hacerlo no es significativo para esta realidad cultural que compartimos.

De estas sencillas reflexiones me nacen algunas tareas:

- evaluar cómo está la integridad de nuestra familia y de todo nuestro clan a pesar de lo desagradable;

- ver cómo va nuestra capacidad de vivir con conciencia el presente que existe, con lo poco o lo mucho que tenemos, más que el futuro (que si llega a existir, ya no será futuro);

- descubrir cómo está de operante nuestra alegría ante lo nuevo que nace cada día,

- relacionarnos con los más canijos de este mundo, y hacerlo de igual a igual, queriendo reconocer sus fortalezas.

- escuchar la sacralidad de todo lo existente a nuestro alrededor: personas, piedras, plantas, aire, agua, energía… y vivir en consonancia con ella, como un Jesús que viene, cuando menos lo esperamos.

Sólo me queda desear ánimo para experimentar cada día aquello a lo que cada uno se sienta llamado. Un abrazo para todas y para todos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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