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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

crucificados

crucificados

CON LOS CRUCIFICADOS
Marcos, Domingo de Ramos
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 05/04/06.- El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria.
Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.
Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Irak, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia todo.
Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?
¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?
El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercarnos un poco más a los crucificados, semana tras semana. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

9 de abril de 2006
Domingo de Ramos (B)
Marcos 14, 1 – 15,47

silenciada

silenciada

OBSERVACIONES SOBRE LA ENCÍCLICA “DIOS ES AMOR”
‘¿Cómo decir y mostrar a los pobres de este mundo que Dios los ama?’ (Gustavo Gutiérrez)

JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana

VITORIA-GASTEIZ.

I. Observaciones preliminares
ECLESALIA, 04/04/06.- Cuando el 25 de Enero de 2006 conocíamos, al fin, la primera carta encíclica de Benedicto XVI, firmada el 25 de Diciembre del año anterior, y publicada bajo el título de Deus Caritas est, una cierta sensación de sorpresa recorrió el mundo católico. Por mi parte, éste fue el concepto que elegí para referirme en la prensa a la aparición de la encíclica: Sorpresa en Roma  [1]. ¿Qué quería decir con este titular?
Antes de atender a los contenidos sustanciales de la Carta y de explicarme con algunas reflexiones acerca de por dónde debería seguirse el camino abierto por ella, contestaré a esa pregunta y tendremos cumplida la introducción a nuestro tema.
Entiendo que se puede hablar de sorpresa por varias razones. En primer lugar, doy fe de que el mundo intelectual católico, la teología en particular, esperaba que la carta programática de Benedicto XVI versará sobre el Concilio Vaticano II, cuyo cuarenta aniversario de la clausura, (8 de Diciembre de 1965), estamos celebrando. Por tanto, era muy importante saber cómo se pronunciaba el nuevo Papa ante el Concilio y su recepción por la Iglesia, tanto más, cuanto que el Papa, hasta entonces Cardenal Ratzinger, había sido uno de los peritos destacados del Concilio, como teólogo reconocido, y había evolucionado hacia posiciones, llamemos “conservadoras”, presidiendo, además, la siempre discutida Congregación romana para la Doctrina de la Fe. Evidentemente, un lugar o Comisión donde concurren personas, planteamientos y actos que, para guardar la ortodoxia y vigilarla, serán poco dados a la creatividad teológica y al diálogo eclesial. En fin, no hay que ser muy ducho en la materia para comprender que concurrían las circunstancias que hacían del parecer personal de Benedicto XVI como Papa una opinión especialmente esperada y, una vez conocida, analizada al detalle. Pues bien, el Papa publica, entonces, la encíclica que sabemos, deja de lado el acontecimiento del Concilio cuarenta años después, y sorprendiendo a todos elige la cuestión teológica por excelencia, “DIOS”, pero lo hace en clave de teología práctica, es decir, de teología espiritual, pastoral y moral y, al fondo, de eclesiología de la caridad o de la comunidad de amor, la Iglesia, de la que él habla, “la familia de Dios en el mundo”[2]. La sorpresa, por este lado, es tal, que creo haber percibido en muchos teólogos, en los menos próximos a esa teología práctica, o quizá mejor, a esa condición práctica de la teología, una cierta decepción.
En segundo lugar, lo de la sorpresa, viene avalado en mi mente por el hecho de que la encíclica deja de lado el Concilio, como he dicho, pero sólo inmediatamente, pues mediatamente, no hay tal; ella misma, en su hacer, es un sacramento de la valía teológica y pastoral de ese Concilio. De hecho, casi no se puede afirmar con más fuerza que la Gaudium et spes, sobre todo ésta, y la Lumen Gentium, siguen en pie como una guía irrenunciable para la Iglesia del siglo XXI. Yo no he visto hace tiempo en la Iglesia, desde la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, en 1975, afirmar con tanta rotundidad que el compromiso cristiano de la caridad pertenece esencialmente a la misión evangelizadora de la Iglesia, al igual que la celebración de los sacramentos y que el anuncio de la fe. Es verdad, desde ahora lo reconozco, que ese compromiso cristiano de la caridad, allí, en Evangelii Nuntiandi, se expresa sin rodeos como “el compromiso por la justicia”, y, sin embargo aquí, prima claramente un significado de la caridad como “compromiso asistencial” que, eso sí, no renuncia a exigir la justicia como pauta ineludible de la vida social y política en su legítima autonomía. La diferencia es clara pero, como diré, las potencialidades del modo cómo la última encíclica asume la caridad no creo que sea fácil contenerlas sin efecto político.
En tercer lugar, lo de sorpresa, viene a mi mente animado por esta convicción personal. Un cristianismo que coloca en el centro de su fe a Dios como amor o bondad absolutos, como misericordia, compasión y perdón ofrecidos a todos los hombres y, en primer lugar, a los más necesitados, en todos los órdenes de la vida, digo que este cristianismo tiene tantas o más posibilidades de purificarse, y hasta de volverse contra la Iglesia en sus carencias como “familia de Dios en el mundo”, o mejor, a mi juicio, “familia de Cristo en el mundo”, que no un cristianismo que acoja la caridad con un aprecio más claro de su dimensión política, pero que la afirme, eso, como una dimensión de la vida de fe, incluso como una gran consecuencia, pero consecuencia al cabo. El cristianismo de la Deus Caritas est afirma ese compromiso caritativo como una condición de la fe y de la misión de la iglesia y esto son palabras mayores. Como dice la encíclica varias veces, una condición porque pertenece a su esencia, a la estructura fundamental de la fe, a su naturaleza más íntima; tan constitutiva de esa fe y misión evangelizadora, como el anuncio de Jesucristo y la celebración litúrgica de los sacramentos. Este entronque radical de la caridad en lo más constitutivo de la fe y de la vida eclesial es lo que me anima a mantener lo de sorpresa, entendiendo que el cristianismo no podrá acallar las virtualidades también sociales de la caridad. En este sentido, Juan Pablo II, al que no se cita en la encíclica sino como autor de algunos documentos eclesiales, representa en su DSI una posición teológica mucho más social y política que la de Benedicto XVI, hasta el momento, pero el modo de entender por éste el lugar de la caridad en la identidad de Dios y de la fe, y el modo de entender la propia doctrina social de la Iglesia (n 28a), a mi juicio, ofrecen más potencialidades finales.
Pienso finalmente, en cuanto a lo de sorpresa, que este cristianismo tiene más posibilidades de conectar con las necesidades y esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que no otro más abstracto y escolástico. La gente, hoy, tiene sed de sentido y felicidad, como siempre, aunque a menudo se distraiga, nos distraigamos, entre sucedáneos del mercado, pero le ha de ser más fácil reconocerse en el Dios Amor, el de la compasión y el perdón, que no en el de la Verdad y el Juicio. Reconozco el peligro de que el mundo “cristiano”, la cultura secular y laica del mundo occidental, en manos de una neoliberalismo neoconservador, acabe con el crecimiento social de este cristianismo tan rico y, a la par, tan endeble, y que lo manipule y hasta nutra económicamente como encargado de la raquítica compasión del sistema hacia los pobres que antes él mismo provoca y seguirá provocando por necesidad de su lógica íntima. Lo sé, y de ahí que la llamada de atención a este peligro, nunca va a estar de sobra, pero yo, sinceramente, veo en este cristianismo oportunidades ciertas de dar con los anhelos ciertos de nuestra gente, y, por tanto, ser una propuesta religiosa culturalmente significativa por humana y religiosa. Que no se desvirtúe histórica o políticamente, éste es el conflicto en el que nos jugamos el ser o no ser de la identidad cristiana de la Iglesia. Hace muchos años que leí que el poder en la Iglesia, la lucha por el poder en la Iglesia, versa sobre la legitimidad en la interpretación cristiana del evangelio. Aquel texto tenía mucha razón, por más que “el poder” entre nosotros se presente sólo como servicio.
Dicho esto, pasemos, de inmediato, a dar cuenta de los contenidos centrales de la encíclica. Me serviré para ello de una síntesis que ha circulado por ahí con mucha aceptación y que en su momento titulé, Guía de lectura de la DEUS CARITAS EST. Me detendré más en la segunda parte de la encíclica que en la primera, por entender que es más de mi competencia y porque le veo más potencial eclesial y pastoral para el futuro. Más tarde, para concluir, me referiré a aquellos aspectos de la encíclica que, a mi juicio, debemos seguir repensando, pues obedecen a opciones teológicas en discusión, muestran carencias sociales muy evidentes o resuelven con ambigüedad el lugar de la Iglesia y de su DSI en la sociedad civil.
II. Guía de lectura de la DEUS CARITAS EST. Este apartado se refiere a una síntesis de la encíclica que, con el propósito de máxima fidelidad al texto, titulé Guía de lectura de la Deus Caritas est, y que puede verse en http://eclesalia.blogia.com/2006/020701-darnos.php
III. Para continuar profundizando en la encíclica Deus Caritas est.
Voy a referirme a lo que en la introducción calificaba como aspectos de la encíclica que debemos repensar, porque obedecen a opciones teológicas en discusión, muestran carencias sociales muy evidentes o resuelven con ambigüedad el lugar de la Iglesia y de la DSI en la sociedad civil[3].
- En primer lugar, yo me referiría a la carencia más importante de la carta encíclica sobre la caridad. Llama la atención el silencio sobre la denuncia política y, por qué no, el compromiso público amplio, que debe acompañar, a mi juicio, a toda acción caritativa por más concreta y urgente que sea[4]. En realidad, toda la Encíclica padece el olvido de referirse a los condicionamientos sociales y a las consecuencias políticas de la caridad, más allá de las mejores intenciones de los cristianos[5]. De hecho, referirse a la globalización y no introducir un apunte de crítica a su gestión neoliberal, no sólo choca, sino que deja a la caridad en la ignorancia más extrema sobre las causalidades sociales de buena parte de nuestras situaciones de pobreza y exclusión. La globalización no es cualquiera, sino de signo principalmente neoliberal, y no es sólo una oportunidad para llegar con más ayuda y más pronto a más sitios (n 30), sino también, y antes, una estructura de pecado[6], como muy bien percibiera, en este caso, con más radicalidad, Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis. Esta globalización es para pocos y contra la mayoría, y sólo cuestionando el modo de vida de los privilegiados, generalmente en los pueblos “cristianos” y “caritativos”, es posible dar con la lógica mercantil profunda. Lógicamente, detrás hay un largo y profundo debate de teología de las realidades temporales o teología política, que ahora sólo citaré[7]. Tal vez el miedo a un exceso de politización estricta de la fe, o a un cristianismo más mundano que encarnado, ha llevado la reflexión de Benedicto XVI por caminos espirituales y privados, donde la caridad más que purificarse, puede convertirse en ideología y beneficencia. Tenemos mucha experiencia en esto y es lógico que lo advirtamos con claridad.
En consecuencia, un aprecio más nítido del significado cristiano del cambio de estructuras, es decir, de la llamada caridad política, la que busca también el cambio de estructuras sociales, sea mediante el voto y la militancia política de los cristianos particulares, y la denuncia política o protesta de todos, como individuos, asociaciones y como Iglesia, sea mediante la acción caritativa y solidaria, desarrollada como propuesta de acciones, proyectos y campañas con significado público alternativo, habría de ser un camino que la Encíclica debió acoger con verdadero afecto para ser integralmente caridad cristiana, es decir, caridad bajo la Ley de la Encarnación en las condiciones reales del mundo.
Además, en cuanto a esta asunción de la dimensión política de la caridad, el reconocimiento de que nadie se libra enteramente de alguna ideología social y política, tampoco los cristianos como Iglesia, y que por ello es necesario analizar esto y, al cabo, dar cuenta críticamente de la propia concepción de la vida social a la luz del amor, de los pobres y de la democracia, hubiera enriquecido mucho esta teología y pastoral de la caridad. Cuando el cristianismo católico ha hablado de una concepción de la sociedad en los términos que lo hace la DSI, no ha podido concretar más allá de lo que le corresponde, pero tampoco menos de lo que humanamente es inevitable y, así, una concepción de los derechos humanos, de la democracia, de la propiedad y de la libertad de pensamiento, un apunte acerca de las estructuras sociales que facilitan o dificultan todo esto, a partir de los pobres, es irrenunciable en la tradición moral de los cristianos[8]. En este sentido, la encíclica, eligiendo lo mejor, la caridad, no tiene por qué soslayar sus condiciones integrales de historicidad y universalidad. Pensar en el ejercicio de la caridad al margen de ideologías sociales y política, algo así como un salir a los caminos e ir dejando interpelarse por las situaciones concretas de necesidad, es tan hermoso como ingenuo, porque uno puede atender con la mano derecha lo que está haciendo que suceda, o colaborando a que suceda, con la izquierda. Las ideologías sociales y políticas no sólo, ni necesariamente, son supuestos teóricos que manipulan la realidad y el compromiso cristiano, sino necesidades de nuestra mente y de la fe cristiana al concretar los conceptos y pautas morales en una realidad por lo demás compleja y opaca. A mi juicio, la cuestión de las ideologías políticas no se resuelve negándolas para nosotros, sino reconociendo críticamente una asunción inteligente de ellas, pensada en coherencia con la fe, y muy libre. Y, desde luego, sin olvidar que también esas concepciones sociales interpelan a la fe. La diferencia, por tanto, no está en el apoliticismo caritativo de algunos, sino en el sentido crítico de todos hacia los fundamentos, prácticas y efectos de la diaconía cristiana[9]. Las cosas son como son, no siempre como las queremos nosotros, y menos como nos la imaginamos en aras de un cristianismo llevadero y, a la postre, premoderno por no acoger, tras discernir, las conclusiones de los saberes “científicos”.
- El segundo aspecto en esta valoración crítica de la encíclica debiera referirse a la cuestión de la mayoría de edad del mundo o, en otros términos, de la secularidad, algo que en la teología moral social está en discusión y que la encíclica deja poco claro en el uso que hace del concepto “razón práctica”. No lo siento diáfano. Quiero creer que se reconoce la política como realidad autónoma, relativamente desde luego como todo lo humano, como algo que dispone de recursos morales propios antes de su encuentro con la moral de la fe religiosa. Pienso en la política laica inspirada en los derechos humanos. El texto, sin embargo, no es claro al referirse a la “razón práctica” (n 27) o razón política, y cómo se purifica ésta no sólo por la fe, sino también por recursos propios de la razón humana en cuanto tal; en otro lenguaje, falta un reconocimiento expreso del valor moral de “la razón natural” en el ámbito de la política, antes de que llegue a dialogar con la fe cristiana o ésta la concrete. Que la razón política necesite siempre purificarse debido al peligro de “ceguera ética” que la amenaza, es una apreciación muy lógica, pero “ceguera” es un concepto que se presta a interpretaciones demasiado ambiguas en cuanto a la relación de la fe con la política; es un lenguaje que apunta a una dependencia ética total, pues allí se habla de la fe como “fuerza purificadora para la razón misma” (n 27 y 29), y de ninguna otra realidad moral autónoma, que no enemiga; con todo, en el párrafo siguiente, y en referencia a la DSI, que parece la mediación preferente en esta tarea, se trata ya de “simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda...”, teniendo en cuanta que “la DSI, argumenta desde la razón y el derecho natural”, ofreciendo “su contribución específica”, “mediante la purificación de la razón y la formación ética”. Hago, por ello, la interpretación más conforme con la teología del mundo y con la democracia laica y la existencia en ella de una moral civil, también de los cristianos, con sus virtualidades purificadoras autónomas. Reconozco, sin embargo, que la encíclica no deja entrever por ningún lado la cuestión de la ética civil en una democracia. Por qué sucede esto puede responderse con el apartado siguiente.
- El tercer aspecto en esta valoración crítica de la encíclica, partiendo de la cuestión recién entrevista de la secularidad, debiera referirse a su corolario pre-político, la cuestión de la laicidad y, por ende, la de la Iglesia como miembro de la sociedad civil democrática y la moral civil. En cuanto al primero, la secularidad ya está dicho que la encíclica, como no podía ser menos, la reconoce siguiendo lo que Concilio enseñó, “independencia, autonomía y colaboración al bien común” (GS 76), y que los laicos representan claramente en su compromiso con el mundo, “respetando su legítima autonomía” (n 29). La secularidad , o autonomía general de la vida en todas sus expresiones, como hecho social y cultural de la modernidad occidental, el que caracteriza a nuestro modo de organizarnos políticamente y de conocer críticamente, sin embargo, está planteando la cuestión de la laicidad, es decir, la cuestión de cómo facilitar la convivencia de todas las cosmovisiones, “religiosas” u otras, en una sociedad democrática y qué relación ha de guardar el Estado con todas ellas, haciendo posible su neutralidad cosmovisional, que no su indiferencia, con concreciones varias de laicidad, que no de laicismo. Este reconocimiento de la laicidad como dimensión constitutiva del Estado Democrático tiene a su base una sociedad civil de ciudadanos, asociaciones e instituciones, iguales en derechos y en deberes. Por tanto la laicidad, a mi juicio, aparece como un rasgo constitutivo del estado democrático, es un patrimonio moral compartido por todas las ideologías y religiones, los derechos humanos, y opera como un método o fórmula de convivencia ideológica en una democracia. De manera, entonces, que la Iglesia es una más de esas instituciones que en la sociedad civil se empeñan en inspirar y basar la vida social, íntegramente, en una peculiar concepción moral de la existencia, y, en nuestro caso, en los principios y pautas del Evangelio, y hacerlo por los cauces democráticos al uso, como ejercicio de la libertad, y de acuerdo con los principios de participación y de subsidiaridad. Ahora bien, la encíclica, esto lo reconoce en cuanto al ejercicio de la caridad por la Iglesia, que es “una de esas fuerzas vivas”, a las que el Estado debe reconocer y ayudar en cuanto a las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales (n 28), pero no consta en ella un planteamiento a fondo del tema.
La sociedad civil y la laicidad no son objeto de atención por la Deus Caritas est, ni directamente quizá era necesario que lo fueran, pero la resolución de las preguntas sobre la caridad sí deja entrever que la encíclica sigue pensando en una Iglesia con cierta exclusividad en el ámbito de lo moral y con cierta preponderancia en cuanto a su moral en la vida pública, todo lo cual merma el reconocimiento en serio de la secularidad moderna, de la laicidad de las sociedades complejas y plurales donde llevaremos a cabo la evangelización, y más aún, de la posibilidad de una moral civil compartida. Todo ello incide, mucho más de lo que se piensa, sobre la caridad integralmente entendida.
Como es sabido, al referirse Benedicto XVI a la doctrina social de la Iglesia dice que ésta argumenta, “desde la razón y el derecho natural”, sin añadir expresamente “a la luz de la fe”. Precisamente, la doctrina social de la Iglesia anterior venía reclamando su estatuto de teología moral social, lo cual requiere siempre, entre sus fuentes de argumentación, la Revelación, es decir, la fe. A mi juicio, cierto es que lo decía, pero no lograba ser claramente teología[10]. Pero volviendo a esta Carta, si argumenta sólo desde “la razón y el derecho natural”, estamos ante un conocimiento filosófico con hondas raíces en la historia del cristianismo, una especie de “filosofía social cristiana” o, con más pretensión, de “ética social cristiana”, que tiene que aclarar su relación con la ética social de los derechos humanos, es decir, la moral civil de las democracias en cuanto tal. Por este camino se ve que la encíclica no se plantea reconocer en las democracias una moral civil compartida, a cuyo crecimiento ella misma colabora críticamente, y en determinados contextos como sujeto cultural preferente; o reconocer que la dimensión moral de la realidad no es de su exclusiva competencia, dentro y fuera de la comunidad cristiana, lo haga en lenguaje creyente o de fe, o lo haga en términos de razón moral natural, como la encíclica asegura de la DSI (n 28a).
Otras carencias en la encíclica, y pienso, por ejemplo, en lecturas más “críticas” que la presente, como el silencio sobre los movimientos sociales alternativos, en particular, los reunidos en torno a “otro mundo es posible” u “otra globalización”, es cierto, pero podría entenderse citado al fondo del aprecio de la carta por las asociaciones del voluntariado social laico; o el silencio sobre la teología de la liberación tras reclamar el valor de la doctrina social de la iglesia, y ésta en una versión poco política, pues es cierto, pero también cabe decir que no se cita para negarla; o la elección de algunos Santos ejemplares en cuanto a su vida caritativa, sobre todo de Teresa de Calcuta y no de otros con más claro significado político, pues cierto es; o la imagen de María como “sierva del Señor”, sin “magnificat” (Lc1, 46-55), o la preponderancia del lenguaje patriarcal y androcéntrico, también es verdad; y, por fin, en cuanto a la primera parte, la compatibilidad de eros y ágape, y del amor humano y el amor a Dios, si a medida que avanza la argumentación, la compatibilidad se desmorona y el cristianismo vuelve a aparecer como contrario a la corporeidad y el eros como vicio, puede discutirse. Yo creo que hay cierta obscuridad en el vaivén de la argumentación, pero creo que el reconocimiento del amor humano, hecho de eros y ágape, no llega a desaparecer. Salvo esto último, reconozco que la falta de condición política en la teología y fe inspiradoras de la encíclica, merma su potencial para una teología y práctica de la caridad cristiana más significativas, cristianas y evangelizadoras. Con todo, me resisto a que ésta sea la última palabra, y reclamo las virtualidades que conlleva por sí misma la vuelta de este magisterio eclesial a la bondad radical de Dios y a la experiencia de este hecho, en uno mismo y en los pobres, como cuestión mayor para la vida de la iglesia y para la vida cristiana en cuanto tal.

Si este amor no estalla en posibilidades eclesiales, personales y públicas, entonces es que la batalla por la libertad del evangelio está todavía lejos de ser ganada por los pobres y, en consecuencia, la experiencia de Dios y la inteligencia de su amor[11] son mucho más “todavía no” de lo que habíamos previsto. Tenemos tarea, y la principal parafraseando a G. Gutiérrez, ¿cómo decir y mostrar a los pobres de este mundo que Dios los ama? Creo que la Deus Caritas est no acierta claramente, pero, a mi juicio, sí que pone al cristianismo católico en la buena dirección. Creo que no faltarán quienes intenten domesticar esta carta, so capa de darle a la caridad alma “espiritual”. ¿Por qué, si no, este silencio sobre la encíclica? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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[1] Cfr., Diario de Noticias de Álava, 7 de Marzo de 2006. También en Eclesalia 30 de Enero de 2006.
[2] Cfr. Sobre este concepto, véase la intuición de NAVARRO, A. Mª., “Colloquium salutis”. Para una teología del diálogo eclesial. Un dossier, Vitoria-Gasteiz, Eset, 2006, p 300.
[3] Una lectura crítica de la encíclica, sólida, pero a mi juicio, “mezclando” lo que la carta dice con lo que de hecho hace la Iglesia, en Juan José TAMAYO-ACOSTA, Las contradicciones de Benedicto XVI, en El País, 4 de Marzo de 2006, 33.
[4] La literatura en el caso es enorme. Propongo un ejemplo bien fundamentado y, a la vez, claro, en AGUIRRE, R., Reflexiones bíblicas sobre la caridad política, en Corintios XIII 110 (2004) 9-46.
[5] Sobre la importancia de esta sensibilidad pastoral y teológica, véase PLACER UGARTE, F., Remodelación pastoral, renovación eclesial. A los 40 años del Vaticano II, Madrid, Nueva Utopía, 2006.
[6] Cfr., GONZÁLEZ-CARVAJAL, L., Las estructuras de pecado y la caridad política, en AVILA, A. (ed.)., El grito de los excluidos, o. c. nota 11, pp 340-359.
[7] Cfr., mis reflexiones al respecto en Moral Social Samaritana I. Fundamentos y nociones de ética económica cristiana, Madrid, PPC, 2004. Y en Moral Social Samaritana II. Fundamentos y nociones de ética política cristiana, Madrid, PPC, 2005.
[8] Cfr., GONZÁLEZ-CARVAJAL, L., Entre la utopía y la realidad. Curso de Moral Social, Santander, Sal Terrae, 1998. ID., En defensa de los humillados y ofendidos. Los derechos humanos ante la fe cristiana, Santander, Sal Terrae, 2005.
[9] Cfr., ÁVILA, A (ed.)., El grito de los excluidos. Seguimiento de Jesús y teología. Homenaje a Julio Lois Fernández, Estella, Verbo Divino, 2006.
[10] Cfr., CALLEJA, J. I., Moral Social Samaritana. Nociones desde el cristianismo, en Lumen 53 (2004) 43-45.
[11] Cfr., SOBRINO, J., El principio-misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados, Santander, Sal Terrae, 1992, 47-80.

 

iglesia moisés

iglesia moisés

IGLESIA-MOISÉS

EMMA TORRALBA, emmatorralba@yahoo.es


ECLESALIA, 03/04/06.- Iglesia docente, Iglesia discente, Iglesia jerárquica, Iglesia universal, Iglesia-Cuerpo de Cristo, Iglesia-Pueblo de Dios, Iglesia..., miles de náufragos en las costas canarias gimen hoy por una Iglesia-Moisés.
Así dice Yahveh:
Iglesia, ¿qué has hecho con el bastón de Moisés que heredaste?
¿Por qué no utilizas el poder de separar las aguas que te otorgué?
He visto la opresión de mi pueblo africano. He oído la angustia de su guerras intestinas alimentadas por el negocio de armas de “primeros mundos” cainitas. Conozco el saqueo de sus recursos naturales: el oro de sus yacimientos, el marfil de sus elefantes, el coltán de sus minas, el petróleo aún por robar.
He escuchado el clamor de su hambruna y, Yo Yahveh, les he prometido una tierra nueva y espaciosa. Yo les voy a dar una porción de futuro en la opulenta Europa. Un trozo de tierra donde plantar su dignidad.
Yo los he lanzado al desierto del océano en frágiles pateras. Pero tú, Iglesia-Moisés, no estabas con ellos indicando el camino bajo mi nube, y mi pueblo ha perecido tragado por las aguas.
Tú Iglesia-Moisés que salvaste la vida en una cesta de mimbre arrojada al Nilo; a ti que te hice pescadora de hombres; tú que eras capaz de caminar sobre las aguas, has abandonado a mi pueblo. La sangre de tus hermanos clama a Mí desde el fondo de negros corales.
He visto a otros hombres jugarse la vida por defender la vida de ballenas y focas. Escudos humanos a corazón abierto ante el arpón asesino. A ellos voy a entregar mi herencia -¡que de las piedras saco Yo hijos de Abraham!-.
¿No tenías que estar tú interponiéndote entre el garfio del faraón y la huida desesperada de mi pueblo?
Dónde estaban tus lanchas rápidas desafiando a los guardacostas, abriendo caminos en el mar y llevando a mis hijitos a tierra firme. Dónde tus helicópteros lanzando desde el cielo el maná del agua dulce. Dónde tus abogados en las fronteras peleando por la legalidad de todo ser humano. Dónde tus jerarcas transportando a mi pueblo en alas de águila.
Tenías el poder y los medios –Yo te los di-, ¿por qué no hiciste el milagro de separar las aguas? ¿Te paralizó el miedo? ¿Temes que te acusen de quemar la Europa del bienestar como antaño te acusaron de incendiar Roma por negarte a seguir los dictados del emperador?
Tienen razón en temerMe los nerones europeos, mi pueblo va a heredar su tierra. Ya expropié antes la hacienda de los cananenos, hititas, amorreos, pereceos, jeveos y jebuseos. A la hambruna de mi pueblo Yo he prometido la leche y miel de tus costas, ¿tienes miedo de ser cómplice de Mi Promesa?
Iglesia, ¡obedece la voz de tu Señor!, ¡sigue a Pedro, lánzate nuevamente al agua! ¡ ¡camina tras Juan Bautista hasta orillas de negra indignación! Sal a buscar a tus hermanos! ¡Corta alambradas! ¡Prepara escaleras para saltar fronteras! ¡Abandona tus palacios y privilegios! ¡Vuélve a la intemperie, al lado de mi pueblo! ¡Que tu espalda se queme al sol, que tu piel huela a salitre, que los remos encallezcan tus manos! ¡No comprendes que es la brisa de Mi Espíritu la que empuja a los cayucos hasta las costas de vuestra indiferencia!
No colabores en llenar las ollas de Egipto con el señuelo de cooperaciones al desarrollo y condonaciones de deudas. No seas cómplice del engaño de saciar estómagos con el trueque envenenado de lentejas por libertad. Alimenta el derecho de todo ser humano a buscar en cualquier rincón del planeta un futuro que llevarse a la boca. Recuerda, Yo soy tu Dios, todo hombre es tu hermano y toda la tierra es Mía/tuya/vuestra/... suya.
Iglesia, sé que un tu seno hay personas justas, corazones sin fronteras y casas apretujadas; ¿por qué crees que no te he destruido ya? Lo prometí a tu padre Abraham: “si encuentro diez justos no destruiré la ciudad”, pero no sé hasta dónde podré contener mi cólera viendo los vientres hinchados de tantos niños. Son demasiadas muertes para un Dios de Vida como Yo.

Esto dice el Señor de los ejércitos: ¡Iglesia-Moisés, cuida de mis pequeñuelos o disponte para la batalla! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

pies descalzos

pies descalzos

LA BENDICIÓN DE LOS PIES DESCALZOS
Pequeña reflexión cuaresmal
SALVADOR CASADO BUENDÍA, Comunidad Lucas 7, Red de cristianos en el margen; versodeluz@yahoo.es
GALAPAGAR (MADRID).

ECLESALIA, 31/03/06.- Es tiempo propicio para la bendición. La cuaresma nos bendice ayudándonos a recordar que necesitamos descalzarnos. La vida nos calza con cueros y cinchas que por una parte protegen y aseguran pero por otra aprietan y oprimen. Con una sabiduría milenaria los orantes de muchas tradiciones descalzan sus pies al entrar en oración. Yavé se lo indica a Moisés en el Horeb, “Descálzate porque la tierra que pisas es sagrada”.
En mi labor clínica como médico de a pie me descalzo al entrar en consulta, consciente de lo sagrado del momento. Lavar y curar los pies de los que a mi llegan merece el mayor de los respetos. Son muchas las yagas que veo en forma de dolor y sufrimiento a las que como experto pongo nombres antiguos, depresión mayor, trastorno de angustia, enfermedad de Crohn, fobia social…
La Cuaresma, como decía, me ayuda a hacer consciente al sufriente de su libertad última para descalzarse y dejar a un lado, por un momento o para siempre, aquello que le magulla, oprime o impide crecer.
Por otra parte los árboles del jardín alegran este tiempo con su canto de flores que anuncian la nueva estación. La vida surge con fuerza invitándonos a vivir y unirnos a ella. Eso implica caminar y seguir buscando, dejarse encontrar y hacer preguntas. La samaritana en el pretil del pozo pregunta con nosotros a Jesús: ¿dónde adorar?, ¿en qué templo?, ¿de qué forma? Oigo esa misma pregunta en medios de comunicación, en la calle, en la desazón de muchos creyentes, agnósticos o ateos. La oigo en mis pacientes de Lavapiés, castizos, africanos, sudamericanos o asiáticos, mayores o jóvenes, que necesitan acercarse a lo sagrado y tener experiencia de lo trascendente. Como relata Victor Frankl tras sobrevivir al horror de un campo de concentración, somos un “hombre en busca de sentido”. Sin sentido no se puede vivir.
La samaritana tiene también necesidad de adorar, de encontrar sentido. No termina de entender el ofrecimiento de Jesús de agua viva. Un agua que sacia de verdad nuestra sed interior, nuestro deseo infinito. No llega a comprender, como nosotros tampoco, qué significa adorar con espíritu y con verdad. Tras toda una vida de adoración con intermediarios, sacramentos, liturgias, ritos y catedrales, no es fácil prescindir de la cortina del templo. Jesús rasga ese velo con su vida entregada. Es posible vivir descalzo sabiendo que nuestros pies caminan sobre la palma de la mano de Dios. Es posible vivir descalzo sabiendo que para llegar al corazón del hermano y de la hermana he de acercarme con perdón y sanación no con juicio y castigo.
Atrevámonos a dar unos pasos descalzos sobre la tierra húmeda de primavera. Así comprenderemos la alegría de estar vivos y en camino hacia “el manantial que brota dando vida eterna”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

jóvenes trabajadores

LOS CURAS OBREROS FRANCESES ANTE LA CONVULSIÓN SOCIAL DE FRANCIA
LUIS SANTIAGO DÍEZ y JOSÉ CENTENO, coordinadores del XII encuentro de curas obreros
BURGOS y VALLADOLID.

ECLESALIA, 30/03/06.- Los Curas Obreros que celebramos en Madrid el próximo día 1 y 2 de Abril el XIII Encuentro Estatal sobre «Las nuevas presencias cristianas dentro de un nuevo mundo obrero» queremos difundir el comunicado de nuestros compañeros franceses sobre la agitación social que convulsiona a la sociedad francesa. Las consecuencias pueden afectar a toda la Unión Europea. Este movimiento social ha sacado a la calle a tres millones de personas para manifestarse contra la nueva ley que en la práctica procribe los contratos de trabajo especialmente los de los jóvenes.


¿QUÉ FUTURO TIENEN LOS JÓVENES TRABAJADORES?
Comunicado de los Curas Obreros de Francia

Desde hace varias semanas gran número de jóvenes universitarios y de eneseñanzas medias se manifiestan con contundencia contra el CPE, contrato de trabajo que puede convertirles, en un futuro próximo, en los esclavos del momento actual. Exigen una verdadera formación y un empleo estable. Les apoyan muchos trabajadores.

Nosotros, con nuestras organizaciones sindicales y políticas, nos solidarizamos con los jóvenes. Rechazamos con ellos esta vida de mínimos, esta precariedad impuesta hoy a los jóvenes y mañana a cada hombre o mujer que busque un trabajo.

¿Los trabajadores asalariados estarán condenados en adelante a trabajar sometidos al capricho del patrón y a una mayor precariedad sin una auténtica protección jurídica? ¿Cómo pueden convencernos que este tipo de contrato es bueno para ellos y que va a facilitar la contratación de trabajadores?

¿Qué esperanza puede tener hoy un joven trabajador? ¿Cómo va a hacer un proyecto de vida y tener confianza en el futuro?

En nombre de nuestra concepción del ser humano y de su dignidad nos unimos a esta lucha por un futuro mejor. Frente a un gobierno, que se autoproclama abierto al diálogo, pero en realidad sordo al clamor de la gente, celebramos la unidad sindical y nos alegramos de la fraternidad que se está produciendo entre los jóvenes y los adultos.

«La vida en abundancia» que se nos promete nos invita a no permanecer pasivos y a luchar aún mas por un mundo justo para todos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Montreuil 25 de Marzo 2006


- - -> Para más información: info@curasobreros.com

paradójica

paradójica

UNA LEY PARADÓJICA
Juan, quinto domingo de cuaresma
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 29/03/06.- Pocas frases encontramos en el evangelio tan desafiantes como estas palabras que recogen una convicción muy de Jesús: «Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

La idea de Jesús es clara. Con la vida sucede lo mismo que con el grano de trigo, que tiene que morir para liberar toda su energía y producir un día fruto. Si «no muere», se queda sólo encima del terreno. Por el contrario, si «muere» vuelve a levantarse trayendo consigo nuevos granos y nueva vida.

Con este lenguaje tan gráfico y lleno de fuerza, Jesús deja entrever que su muerte, lejos de ser un fracaso, será precisamente lo que dará fecundidad a su vida. Pero, al mismo tiempo, invita a sus seguidores a vivir según esta misma ley paradójica: para dar vida es necesario «morir».

No se puede engendrar vida sin dar la propia. No es posible ayudar a vivir si uno no está dispuesto a «desvivirse» por los demás. Nadie contribuye a un mundo más justo y humano viviendo apegado a su propio bienestar. Nadie trabaja seriamente por el reino de Dios y su justicia, si no está dispuesto a asumir los riesgos y rechazos, la conflictividad y persecución que sufrió Jesús.

Nos pasamos la vida tratando de evitar sufrimientos y problemas. La cultura del bienestar nos empuja a organizarnos de la manera más cómoda y placentera posible. Es el ideal supremo. Sin embargo, hay sufrimientos y renuncias que es necesario asumir si queremos que nuestra vida sea fecunda y creativa. El hedonismo no es una fuerza movilizadora; la obsesión por el propio bienestar empequeñece a las personas.

Nos estamos acostumbrando a vivirlo todo cerrando los ojos al sufrimiento de los demás. Parece lo más inteligente y sensato para ser felices. Es un error. Seguramente, lograremos evitarnos algunos problemas y sinsabores, pero nuestro bienestar será cada vez más vacío, aburrido y estéril, nuestra religión cada vez más triste y egoísta. Mientras tanto, los oprimidos y afligidos quieren saber si le importa a alguien su dolor. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

2 de abril de 2006
5 Cuaresma (B)
Juan 12 20 - 33

estimulante

estimulante

DEL PESIMISMO A LA ESPERANZA
Por una pedagogía religiosa más estimulante
JULIÁN RUIZ DÍAZ, profesor de sociología y antropología
MADRID.

1.- La ambigüedad de nuestro mundo

ECLESALIA, 28/03/06.- Provocan estas reflexiones algunos rasgos y algunos ecos procedentes de la cotidiana bronca política, del estilo zafio y, desde luego, indigno de algunos medios de comunicación y teniendo presente el lenguaje pesimista y condenatorio, y no sin algún tremendismo, de parte de cierta jerarquía de la Iglesia cuando ésta se pronuncia, cuando formula juicios y toma medidas disciplinarias no sólo sobre los fieles cristianos sino sobre el estado actual de la sociedad. Todos recordamos todavía cómo, uno meses atrás, el propio Papa Benedicto XVI sentenciaba que Dios está “proscrito” de este mundo y andan sueltos “jabalíes devastando la viña del Señor”.

Sin minusvalorar y sin dejar de expresar la profunda tristeza que produce todo cuanto es indigno, y protestando por el envilecimiento del ambiente por culpa de la baja temperatura moral que se percibe aquí y allá, quiero fijarme de momento en la forma poco estimulante con que la Iglesia se hace presente en nuestra sociedad y trata de orientar a los hombres y mujeres a los que les ha caído en suerte vivir en este tiempo. Sus juicios y recomendaciones y, en general, su lenguaje autoritario, más judicial que místico, más organizativo que sapiencial, malamente ayudan a descubrir los signos de la presencia de Dios que sin duda existen en el devenir de este mundo, que es como es. Estando así las cosas, en medio de tantas ambigüedades y sabiendo que las circunstancias históricas son ineludibles, importa, ante todo, descubrir que la Causa de Dios está en trance de aparecer y desarrollarse. En cuanto a las circunstancias, sin duda las hay negativas y adversas, pero también, ¿cómo no?, existen las favorables. Sólo por esta razón, la situación de la humanidad actual no se merece tanto pesimismo ni necesita recomendaciones tan condenatorias y, a veces, también cicateras.

En la medida que el cristianismo, como, por lo demás, todas las religiones, tiene la función de anunciar el sentido transcendental de la vida y la misión de alentar el desarrollo ético del mundo, está bien que la Iglesia advierta a los cuatro vientos sobre los malhadados pasos con que la humanidad pervierte su devenir y desgracia su existencia. Sin embargo, antes y más que amonestar y condenar, urge excitar las energías y las ganas positivas que anidan en el alma de los humanos; también de nuestros contemporáneos. Esto es lo verdaderamente importante. También lo difícil. Razón por la que, justamente, se hace menos.

Es verdad que en el ancho mundo actual pasan cosas penosas. Sólo los necios no lo ven. Ahora bien, en tanto que realidades históricas son hechos absolutamente contingentes y por lo mismo evitables. Incluso los desastres naturales, tan frecuentes como catastróficos, producidos por una naturaleza desconcertantemente indiferente a los sentimientos y al dolor humanos, podrían ser menores, quizás evitarse, en todo caso, aliviarse, si los hombres, sobre todo los gobernantes y los poderosos, se organizaran de otra manera y tuvieran comportamientos más solidarios y sensatos. En cuanto al poder político, está claro que puede hacerlo manifiestamente mejor; asimismo, los que mandan en la economía, los magnates del dinero, podrían moverse con criterios menos capitalistas y crear una riqueza más participativa. Finalmente, los ciudadanos de a pie podríamos mostrar mayores niveles de civismo, respeto mutuo y solidaridad. Es decir, entre todos podríamos hacer que la sociedad que construimos día a día tuviera un estilo de más calidad sobre la base de valores más altos, más nobles.

Pues bien, a la vista del desarrollo social existente, todavía hoy marcado por tanta injusticia y tanto sufrimiento indebido, en medio de los desatinos y memeces existentes, son más pedagógicos los estímulos que las reprimendas, interesa más crear convicciones sobre lo que ya somos y suscitar ganas sobre lo que podemos ser, y no dedicarse a zaherir con reproches e invectivas y estar amonestando, un día y otro, con discursos más cicateros que sapienciales. Ciertamente no es la mejor manera de incentivar el ánimo y de estimular el deseo de cambiar el que al descarriado mundo se le estén echando en cara permanentemente sus errores y desaciertos, sus pecados. Quiero decir que es hora de sustituir el lenguaje legalista y vertical, es decir, autoritario, por otro más saludable, más sugerente y, a fin de cuentas, más religioso. No queda otra solución para acceder a las profundidades del espíritu que es donde brotan las ganas de ser personas decentes, hombres y mujeres libres, y desde donde los humanos se predisponen para el encuentro con Dios.

2.- Razones para la esperanza

Aunque no son necesarias especiales alturas metafísicas ni imprescindibles sutiles análisis antropológicos, sí que es fundamental saber de qué está hecha nuestra condición humana básica, reconocer, en resumidas cuentas, qué somos naturalmente, pues en lo que somos y no en espejismos ni en ilusiones se fundamenta la esperanza de lo que podemos ser, siempre a partir del estado y de las circunstancias en que nos encontramos unos y otros. Por lo pronto, empezamos aceptando que la condición humana es una maravilla de la naturaleza, sin duda la suprema del planeta tierra. Se trata de la condición sapiens, ese portento salido de la evolución biológica, tras millones de años de ensayos y vicisitudes. Es decir, el proceso evolutivo logró por fin sacar el viviente más equipado y potente que no es otro que el hombre natural, o sea, el hombre común.

Queremos decir, que el hombre está ya inventado y cuenta con un equipamiento que le dota indestructiblemente con capacidades asombrosas, si bien un tanto paradójicas, ya que la humanización necesaria en lo personal y en lo colectivo es algo esencialmente pendiente, al tiempo que no programado. Según esto, al propio hombre le está encomendada su realización, de modo que su vida se asienta simultáneamente en la contingencia, en la ambigüedad y en la incertidumbre. Por tanto, su humanización, su realización positiva, puede fracasar. La espléndida vida que cada individuo humano puede crear, debido a la esencia abierta que le caracteriza, puede terminar en una desgraciada frustración, en un decepcionante fiasco. Ello quiere decir que irremisiblemente los hombres de todos los tiempos y lugares vivimos en estado de incertidumbre y de tensión, bajo la amenaza temible de perdernos. Eso sí, como es lógico, el hecho de desarrollar el tesoro de capacidades que constituyen nuestra condición de personas proporciona el mejor júbilo posible, y, al contrario, desperdiciarlo, pervertirlo, genera decepción y, finalmente, desdicha. Podemos estar seguros que acertar a vivir con dignidad, es decir, a la altura de la libertad, de la justicia, de la verdad, del amor, etc, es la mejor de las fortunas; así como no llegar a unos mínimos en este orden de valores es, sin duda, autoprofanarse, envilecerse, o sea, la peor de las desgracias.

Nuestro singular capital fundacional, que es de suyo indestructible, consta de Libertad, es decir, esa capacidad cuasi divina de ser dueños de nuestra existencia personal. Somos, igualmente, Razón con la que pensar, discernir, opinar, juzgar. También somos Voluntad para deliberar, decidir, querer, elegir, rechazar. Por supuesto, somos Amor para apreciar, respetar, preferir, dar, darnos, acariciar, sentir. Contamos también con Imaginación para soñar, intuir, crear, inventar, ilusionarse, esperar. Finalmente, somos Hambre insaciable de Infinitud para anhelar, aspirar, explorar, insistir, progresar, cambiar. Según esto, la filigrana de nuestra identidad es un núcleo cargado de energías y repujado de posibilidades con vistas a explayarse, a dar de sí, a llegar a ser. Y, finalmente, exultar, ser felices, en la medida que esto es posible en esta tierra en la que crecemos acompañados irremediablemente por el límite, incluso por el dolor.

Suponemos que ningún hombre renuncia así como así a algún tipo de desarrollo y satisfacción de alguna de las capacidades categoriales mencionadas. En realidad nadie es “musicalmente” nulo para su personal humanización. Más aún, cualquiera está a las puertas de alguna de estas experiencias que pueden considerarse de suyo transcendentales. Ahora bien, sólo de lo que es, antes, antropológicamente transcendente puede salir, después, lo teológicamente transcendente. Lo primero es condición indispensable para lo segundo, por este orden. Incluso podemos decir que nuestra apetencia más radical presiona y apunta a culminar en lo transcendental y absoluto humano ya que vivir humanamente es la suprema e indeleble necesidad de todos y cada uno de los hombres. Es ésta la más elemental vocación humana a la que tienden los hombres de todos los tiempos, aun cuando se equivoquen y aun cuando sus aberraciones resulten repugnantes. Tal es, sin duda, una perspectiva radicalmente optimista, puesto que queremos pensar que, aun en el fondo de las miserias y ruindades, late la posibilidad y también el misterioso deseo de ver que se cumple de alguna manera la promesa de llegar a ser humanos, esa insondable promesa que nos habita y nos mueve, cuyo cumplimiento es tan grande que podría ocupar y satisfacer mil vidas que tuviéramos.

3.-La pedagogía indispensable

Desde los remotos orígenes de la aventura de la vida hasta hoy, también hasta el final de los tiempos, los hombres estamos ante un devenir abierto que requiere iluminación permanente así como orientaciones y alicientes oportunos; también, sin duda, correctivos. El proceso de humanización en las biografías personales y en la historia de los pueblos no es uniforme, sino que hay de todo: grados de maduración muy diversos, fracasos y éxitos. También, sin duda, una gama incalculablemente plural de tipos. Por supuesto, en cualquier orden de valores, todos los logros posibles son mejorables, puesto que ni personas ni sociedades en ningún momento dan de sí lo mejor que pueden dar. Ciertamente hay vidas ejemplares y progresos sociales valiosos, pero, asimismo, es innegable que, por doquier, hay torpezas, desaciertos, errores, fracasos. Eso sí, como decíamos antes, los aciertos generan dicha –son algo bueno-, y los despropósitos, provengan de la necedad o bien de la perversión, en lo profundo del alma, causan malestar –son algo malo. Lo primero embellece y gratifica el mundo; lo segundo lo afea y lo entristece ya que, como dijera el perspicaz Baruch Spinoza, la tristeza es un sentimiento, quizás enigmático, que sobreviene cuando se desciende de una perfección mayor a otra menor.

En realidad, ningún ideal se consuma. Nada se cumple del todo, porque ni nada ni nadie alcanza la perfección completa. Esto significa que mejorar es siempre posible. También necesario. Lo preocupante, sin embargo, es que lo peor puede darse, pues, lo mismo que ningún ser humano es tan bueno como puede ser, tampoco están agotadas todas las perversiones. Puede haber aún más de lo uno y también más de lo otro. De aquí que haya que estar despiertos y vigilar, es decir, vivir precavidamente. Ahora bien, para que lo mejor ocurra, para que lo bueno tenga lugar, son imprescindibles personas, instituciones, sistemas, ideologías, recursos que, por una parte, lo estimulen y, por otra, neutralicen, corrijan y superen cuantas aberraciones se cometen y así se curen los indecibles sufrimientos que los desatinos e impertinencias traen a los hombres.

Hay, pues, que recalcar que tanto los individuos como las sociedades, están llamados y son requeridos a promover lo mejor de la especie humana, es decir, lo categorial humano, sin lo cual la vida no sólo se desluce sino que se malogra, fracasa en lo esencial. Me refiero, obviamente, a la Libertad, a la Razón, a la Voluntad, al Amor, a la Imaginación y al Hambre de Infinitud. Sólo desarrollando estos valores se humanizará el propio hombre y, consiguientemente, el mundo. Sólo este tipo de estética moral hará bellas nuestras vidas y hará que la familia humana sea mínimamente armónica, feliz.

Estando las cosas como están, un elemental sentido crítico avisa que los individuos tenemos mucho que enmendar en lo personal. Y si miramos a las instituciones, éstas han de mejorar ostensiblemente su papel. Así, la organización política, la actividad económica, los sistemas educativos y, finalmente, “last but not least”, las Iglesias deben revisarse y reformarse a fondo. Refiriéndonos a lo religioso, el desafío es francamente colosal, pues los déficits son escandalosos. En modo alguno, por tanto, ni en lo personal ni en lo colectivo, procede estar satisfechos. Tampoco vale tirar balones fuera, ni mirar para otro lado, ni buscar chivos expiatorios. Todos los individuos y todas las instituciones, la Jerarquía de la Iglesia también, por supuesto, estamos concernidos. De aquí que las denuncias que la Iglesia lanza hacia fuera habrían de dirigirse, más allá de la simple compunción retórica, ante todo hacia dentro en orden a emprender no pocas enmiendas propias y encabezar la marcha de cuanto es dignificación y embellecimiento.

Insistiendo en el papel de la Iglesia, lo verdaderamente urgente no es denunciar, ni fustigar, ni recriminar. Tampoco lo fundamental es, ni ahora ni nunca, imponer, prescribir, dictar. Lo primero –denunciar, fustigar, recriminar- y lo segundo –imponer, prescribir, dictar- espantan más que atraen, escarnecen más que gustan. No olvidemos que evangelio significa, antes que nada, buena noticia, algo saludable y atractivo para el espíritu, aun siendo exigente. Lo cierto es que cuando los responsables de la religión, en nuestro caso los clérigos, recurren a las invectivas o a las jeremiadas, lo amable del mensaje no se deja ver, ni el corazón humano recibe precisamente ánimos. Por eso son lamentables el juridicismo, el dogmatismo y el absolutismo, tan tediosos, asfixiantes y antipáticos. Igualmente son improcedentes las prisas, a veces tan viscerales, tan nerviosas. Nada, pues, de precipitarse: “la precipitación siempre engendra abortos”, dice Gracián. “Surtout, pas trop de zèle”, recomendaba Talleyrand.

La Iglesia de Jesús sorprenderá el día que no abuse de la norma, de la prescripción, de la rigidez, de la intimidación. Por lo demás, a menudo se excede en atribuciones; por aquí y por allá aparece dueña exclusiva de la verdad y del bien; resulta un tanto arrogante; propende a la uniformidad; recurre demasiado a la amenaza y peca de mal humor. Con frecuencia tiende a la grandilocuencia, al boato, a la superioridad, al poder. Parece olvidar que, más allá de cuanto es indiferencia y tibieza, tanto más atrae cuanto más su teórica fe en Dios se convierta en fe en el hombre; cuanto más la memoria de Jesús se traduzca en más gusto por las Bienaventuranzas. Por mi parte, tengo la impresión de que, con semejante estilo, desgraciadamente tan arraigado en la Iglesia, tan institucional, ni siquiera la hacen mucho caso aquellos que van gritando “vivas” y llevan tan festivamente banderolas del papa y todo tipo de signos confesionales.

Todavía esperamos que un día la Iglesia tenga la belleza incomparable que dan, junto al amor, la libertad y la alegría, ese otro talante hecho de humildad, de modestia, de indulgencia, de paciencia. Desde luego, sobran los “apocalipsis”. Algún día la Iglesia tiene que aprender que nunca el autoritarismo ni el estilo feudal hacen un prosélito que merezca la pena. Sobre todo viviendo en una sociedad que, a pesar de tanta credulidad sospechosa y tantos tópicos, se siente extraña e indiferente a lo religioso; cuando no abiertamente hostil.

Tampoco estaría mal revisar las amistades a las que la Iglesia tiende con especial gusto y frecuencia. Es evidente que, en muchas partes del mundo, a la Iglesia le gusta la derecha política, le gustan los ricos y los bienpensantes, los menores de edad, etc. etc. Es una verdadera desgracia que en la Iglesia del poder haya más Derecho Canónico que sincero amor a la libertad, más disciplina que recia espiritualidad, más formalismo que profundidad mística. Con más frecuencia de lo necesario hay jerarcas y clérigos que recurren más a la Dureza que a la Tolerancia, más a la Inquisición que al Diálogo.

Los azacanados ciudadanos de este mundo trepidante y distraído que es el nuestro difícilmente pueden sentirse atraídos por una Iglesia que aparece más Aparato que Comunidad fraternal, más Ceremonia que Silencio. Afortunadamente hay otras formas de presentarse en el mundo y de estar en medio de la gente. Sin duda, hay otras formas de hablar, otras interpretaciones más profundas y sugerentes. En cuanto a nuestros contemporáneos, seguro que todos conocemos a no pocos que viven deseosos y dispuestos ya mismo a abrir sus almas a los grandes horizontes y a las hermosas ilusiones que todavía puede despertar en el espíritu humano la fe en Jesús. Mucha de esta gente está, hoy por hoy, más bien decepcionada ante tanta falsedad y tanta insipidez, aunque podría, si eventualmente se dieran unas mínimas condiciones, sentir el júbilo incomparable de creer.

Como todos estamos concernidos, los creyentes los primeros, abandonemos unos y otros las falsas apariencias, las importancias impertinentes, los engreimientos infundados. Incluso vivamos un poco más a la intemperie, lo cual es muy estimulante: “tonifica el músculo y aligera la cabeza”, dijo Ortega (O.C. XI, 416)

Sin dejar todavía el cristianismo y sin dejar de amar a la Iglesia de Jesús, creemos que en las complejas entrañas del Sistema, digámoslo así, hay un esperanzador dinamismo de utopía que traerá, aunque no sabemos por qué caminos, los cambios apetecidos. Los gérmenes de la movilidad y del cambio están ahí. Creemos que en orden a los cambios imprescindibles nada mejor que la disconformidad, la critica, la discusión. Esto aparte la debida información y el gusto por la profundidad. La belleza de la verdad y el encanto de la libertad nos llaman. Ante nosotros hay dos horizontes. Por el horizonte del Pasado nos llega el Acicate de Jesús, su Palabra libérrima, su Muerte y Resurrección; por el horizonte del Futuro, está la Promesa del Evangelio liberador y la esperanza en nuestra propia resurrección para incorporarnos a la vida cabe Dios en la Eternidad. Ambos horizontes son ya la mejor gracia dada al mundo.

En fin, mientras vamos de camino, lo dicho: esperanza, paciencia y toda la modestia del mundo. Queremos seguir creyendo, más aún, creemos que creemos, aunque estamos convencidos que, prácticamente en todos, es más lo que no es que lo que es. Es decir, en relación con los grandes valores de la condición humana y del Mensaje de Jesús, tanto en la Iglesia como en cada uno de nosotros, es más lo que nos falta que lo que nos sobra. De aquí que el futuro es inmenso. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

cambiar el eje

cambiar el eje

LOS TOLOMEOS DE HOY
ANTONIO ZUGASTI
MADRID.

ECLESALIA, 27/03/06.- Claudio Tolomeo fue un astrónomo y matemático que, allá por el siglo segundo de nuestra era, en Alejandría, meca de la cultura por aquel entonces, redactó un tratado de astronomía conocido como el Almagesto. Durante casi 1.500 años fue la Biblia de todos los astrónomos del mundo conocido. Realmente era una obra muy meritoria. Hizo un derroche de paciente observación del firmamento, de conocimientos matemáticos y de imaginación.

Lo malo es que tenía un fallo, y era decisivo. Partía de un principio radicalmente erróneo; un principio, que parecía muy evidente, pero que no era cierto. Imaginaba que todo el firmamento giraba en torno a la Tierra, inmóvil en el centro del universo. Con el Renacimiento las observaciones astronómicas se fueron haciendo más precisas y evidenciando que la hipótesis de Tolomeo llevaba a predicciones erróneas y problemas sin solución.

Los seguidores de Tolomeo intentaron defender el sistema complicando cada vez más las cosas (como los actuales tratados de economía). Añadían ciclos y epiciclos a las trayectorias de los planetas para tratar de ajustar sus previsiones a la realidad (algo así como las actuales crisis cíclicas de la economía), pero aquello iba cada vez peor.

Hasta que en el siglo XVI Copérnico planteó un cambio revolucionario: el centro de la esfera celeste no era la Tierra, sino que la Tierra y todos los demás planetas giraban en torno al Sol. Con esto se eliminaron de golpe todos los problemas que planteaba un sistema astronómico construido con un centro equivocado.

La vida económica de nuestro mundo está regida por un sistema como el de Tolomeo, gira sobre un centro equivocado. Todo gira en torno al dinero. El beneficio económico es el centro sobre el que pivota toda la actividad económica de los seres humanos. Así son inevitables las crisis cíclicas y los desajustes sociales, ecológicos y humanos que padece nuestro mundo y que amenazan con conflictos cada vez más graves. Porque se hace girar al ser humano en torno a lo que sólo debía ser una herramienta a su servicio. La riqueza, el capital se ha convertido en el Señor, en el ídolo, y los hombres y mujeres de este planeta en esclavos a su servicio. Es necesaria una revolución copernicana que devuelva al ser humano todo su valor y lo ponga como centro de nuestro mundo, también como centro del mundo económico.

Los primeros defensores de la revolución copernicana en astronomía no lo tuvieron fácil. Además de enfrentarse a la Inquisición, tenían que oponerse a la experiencia común de la gente que veía la Tierra quieta y al Sol moverse a su alrededor. Hoy tampoco está fácil la revolución copernicana en economía. Además de los grandes poderes económicos, que no están dispuestos a bajarse de la burra ni a soltar el mango de la sartén, la mentalidad capitalista está tan metida en la sociedad que ya se admite como lo normal el que todo gire en torno al dinero.

Por eso esta revolución económica no puede conseguirse por un simple cambio de partido en el poder político. Es necesario un profundo cambio de mentalidad, de valores, de visión de la vida. Los zapatistas hablan de “la revolución que haga posible la revolución”. Es decir, la primera tarea es conseguir un cambio de la ideología dominante, que en este momento es la ideología del capital. La ideología de los tolomeos de hoy, para los cuales todo gira en torno al beneficio del capital.

Lamentablemente el papel de la Jerarquía católica en las dos revoluciones ha sido bastante penoso. Es de sobra conocida la actitud de la Inquisición frente a Galileo y la teoría heliocéntrica. Algo menos conocido es el caso de Giordano Bruno, que mantenía unas teorías similares y, como no se quiso retractar, murió en la hoguera. Desde luego la postura de la jerarquía fue de un tremendo salvajismo y diametralmente opuesta al espíritu evangélico. Pero, por lo menos, podemos decir en su favor que ni en toda la Sagrada Escritura ni en la Tradición aparece nada en que pueda apoyarse la teoría de Copérnico. Incluso una lectura literal de la Biblia sugiere un sistema geocéntrico. Aunque nos parezca de lo más antievangélico el modo de imponer sus ideas, podemos llegar a comprender su error.

Por el contrario, en el terreno económico el Evangelio de Jesús de Nazaret es radicalmente opuesto, de arriba abajo, a un sistema en que todo, hasta la vida de los seres humanos gira en torno al dinero. Esa fue también la enseñanza de los Santos Padres de la Iglesia, que en el terreno social y económico tenían posiciones muy radicales. La postura de los cristianos tendría que ser, pues, clamorosamente opuesta a ese sistema. Sin embargo la Jerarquía ha vuelto a aferrarse a un sistema tolemaico, también en el terreno social y económico. Además ahora sin la menor justificación en las fuentes de la fe cristiana. La escandalosa oposición que existe entre la vida y la predicación de Jesús, y la estructura económica en que está envuelta la cúpula eclesiástica, trata ésta de disimularla con pomposas declaraciones, pero la realidad de cada día las muestra retóricas y vacías.

Ciertamente no es una tarea fácil cambiar el eje sobre el que gira toda la actividad humana. Es una tarea que hoy no está de moda; en la que se han cometido, y se siguen cometiendo, muchos errores. Pero es una revolución que cada uno podemos empezar a realizar en nuestra propia vida, sin necesidad de esperar a que cambie el mundo. Construyendo una vida que no esté centrada en el dinero, recuperando unos valores humanos, culturales y éticos olvidados por la ideología capitalista; con un modelo de bienestar diferente al que nos presenta la publicidad. Un estilo de vida que, además, nos va a permitir una existencia más relajada y feliz.

Para los cristianos esto no es una opción que más o menos libremente podemos aceptar o rechazar. Es lo que verifica nuestra fe y nos sitúa entre los creyentes en Jesús o no creyentes. Es una tarea que estamos apremiantemente llamados a abordar con decisión y esperanza. Tenemos la imagen luminosa de Jesús, la luz y la fuerza de su Espíritu. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).