Blogia

ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

entendernos

¿RELIGIONES A LA GREÑA?
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, profesor de Ética Social Cristiana
VITORIA-GASTEIZ.

ECLESALIA, 18/09/06.- Me preguntan por las palabras del Papa en Rastibona (Alemania), el 12 de Septiembre de 2006, en la parte del discurso que referida al inaceptable uso de la violencia en la propagación de la fe, da cuenta de un supuesto diálogo de un emperador bizantino (cristiano) del siglo XIV con un sabio persa (musulmán), y cómo el príncipe cristiano achaca a Mahoma y al islamismo el haber legitimado la violencia proselitista en la forma de “guerra santa”.

Está claro que en el discurso del Papa su intención y tesis explícita es que la fe como propuesta sólo puede y debe apelar a la libertad y a la razón de las personas. La cita culta, sin embargo, con la que adorna este lugar común al cristianismo de hoy, es, a mi juicio, desafortunada. Yo creo que es un error utilizar esa cita para el fin que se proponía el Papa. Entiendo que a muchos musulmanes pueda molestarles. Supongo que habrá formas de arreglar esto, pero no es la mejor aportación al diálogo interreligioso.

Otra cosa es si el islamismo en general, o interpretaciones del mismo, postulan la legitimación de la “guerra santa” o si, por el contrario, son versiones falsas en boca y mano de fanáticos que todos conocemos. Entiendo que no es al Papa a quien corresponde deslindar esta tesis. De hecho, su discurso, fuera de la cita de la discordia, es impecable en cuanto a cómo la violencia es contraria a Dios y al ser humano, y a cómo la conversión siempre es el fruto de la libertad personal y la razón. (Si acaso, alguien podría echar de menos un concepto más integral de la razón, incluyendo en ella el testimonio de vida. Llegamos a la fe por la razón y por el testimonio de vida).

Por tanto, bien podría decirse que el cristianismo reconoce que todas las religiones necesitan una revisión de su pasado y su presente, a la búsqueda de sus gérmenes de fanatismo. Sólo Dios es Absoluto decimos, y nada más lo es en la tierra, ni siquiera la religión. Y es Absoluto de un modo que no rivaliza con la valía incondicional de la persona, sino que, por el contrario, confirma y fundamenta su respeto y libertad sin comparación posible.

Esta revisión de todas las religiones ha de ser hecha desde la razón y los derechos humanos. La tolerancia religiosa y cívica tiene esa medida de su interpretación y praxis. Las diferencias culturales en modo alguno pueden significar diferencias sustantivas en cuanto a los derechos de las personas, hombres y mujeres iguales. De hacerlo, incurren en injusticia con el pretexto de la diversidad. Ésta es la tolerancia en la que se sustenta el diálogo interreligioso. Si alguien ha dicho que no habrá paz en el mundo sin que haya paz entre las religiones, más cabe decir que no habrá paz si no se pacifica el interior de cada religión y de todas juntas. ¿El modo? Una tolerancia religiosa y pública que reconozca los derechos humanos de todos como su mínimo común compartido. Ésta es la sustancia de la moral civil y la sustancia moral de las religiones civilizadas. De uno u otro modo, creo que esta tolerancia religiosa derivará hacia la aparición en todos los lugares de “sistemas públicos laicos”; que no laicistas, pero sí, laicos.

Las religiones, en suma, pueden hacer una gran aportación a la paz del mundo, purificadas de todo atisbo de intolerancia. Defiendo que esto es posible. La comparación entre ellas no me parece demasiado adecuada, sino la firmeza de todos en esos mínimos que nos humanizan en cada cultura y pueblo, y especialmente los que humanizan la vida de los (las) más débiles. El cristianismo postvaticano, modestamente, ha aprendido que la práctica de la no-violencia, activa, firme, realista y asociada, es el proceder más fiel a Jesús y al propósito de su liberación. Apelar a la no-violencia no es el buenismo moral que termina en la indiferencia de responsabilidades sociales ante la injusticia. El amor, la caridad, nunca dimite de la exigencia de justicia. Por el contrario, enseña que los que mantienen la verdad del pacifismo secuestrada en la injusticia, no pueden apelar a Jesús. Pero, dicho esto y primero, la libertad, la razón, la no-violencia es el santo y seña del anuncio de la fe cristiana y de la práctica de todo ciudadano de bien. Podemos entendernos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

en nuestras obras

CRISTO EN NUESTRAS OBRAS
MANUEL DIZ VEIGA
RAXÓ -SAN GREGORIO- (PONTEVEDRA).

ECLESALIA.-“Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?»” (Mt 16,13-15)

En el evangelio del próximo domingo, 17 de septiembre, se nos presenta una pregunta de Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Esta pregunta me ha escocido desde los primeros tiempos de mi lectura consciente de los evangelios. Más aún, en una confesión me propusieron como penitencia que durante una semana me plantease a Jesús-Dios en mi alrededor. Fue una penitencia, para mí inusual. Le di muchas vueltas al final la conclusión es la que os escribo. El origen de esta reflexión es mayo del 2005.


“¿Quién es Jesús para mí? Es el enviado de Dios para hacernos más próxima la forma de sentir a Dios. Que comprendiéremos que todos somos iguales ante Él. Que no hay pueblos preferidos ni hijos desdeñados, que todos somos iguales ante Él. Vino a reformar la Ley Judaica, a explicarnos que Dios es amor, que no hay que temerle sino amarle a través de nuestros semejantes. Que también se nos manifiesta a través de otros seres de la creación. Nosotros debemos servir, a la vez, de manifiesto vivo de Dios ante la humanidad.

Jesús es la Palabra; para ser escuchada; la Verdad; para ser contada. La Vida; para saber vivirla. El Camino; para ser recorrido. La Luz en las tinieblas. El Amor; para saber amar. La alegría, para ser transmitida. El Sacrificio, para ser solidarios con el que sufre. La Paz, por la que hay que luchar. El pan de Vida, para ser compartido. El emigrante; a quien debemos acoger.

Jesús es el hambriento; a quien debemos dar de comer. El sediento a quien debemos dar de beber. El desnudo, a quien debemos vestir. El sin techo, a quien debemos cobijar. El enfermo; a quien debemos curar. El anciano solo, a quien debemos acompañar. El marginado, a quien debemos abrazar. El gay, a quien debemos comprender y respetar. El rechazado; a quien debemos aceptar. El leproso, que no es impuro. El mendigo, para sacarlo de la mendicidad. El borracho, para no arrinconarlo. El retrasado mental, para protegerlo. El bebé, para darle amor y alegría de vivir. El ciego; para guiarlo. El mudo; para hablar con él. El inválido, para ayudarle a caminar.

Jesús es el drogadicto, para sacarle del infierno. La prostituta para ayudarle a vivir en dignidad y ser su amigo. El prisionero para que no se sienta olvidado ni abandonado. El dejado de la fortuna, para ser atendido. El maltratado por la justicia, para sentirme maltratado con él.

Jesús es Mi Dios, es la razón de esta vida. Es la Vida del mundo futuro. A Él debo llegar con humildad, con honradez, con seguimiento, con rebeldía y con inconformismo. Amando como el nos amó”.


Considero que una vez creyentes nuestra labor es ser testimonio de Cristo en nuestras obras para que los demás lo "vean" también en sus semejantes que, sin pudor, se manifiestan Cristianos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


prohibir hablar

EL DIÁLOGO EN LA IGLESIA HACE BIEN
A propósito del abuso de prohibir hablar
HUGO CÁCERES GUINET, Congregación de los Hermanos Cristianos
PERÚ.

ECLESALIA, 14/09/06.- En los documentos del magisterio hay decenas de citaciones sobre la función de los obispos como máximos responsables eclesiales de preservar el patrimonio doctrinal. Todas ellas pueden servir para rebatir mis palabras. Debo dejar asentado que no estoy en contra de que el obispo sea el primer responsable de la predicación, enseñanza y celebración en una diócesis. Es más, defiendo que siempre es necesaria una figura de autoridad que deba tomar una decisión final después de escuchar atentamente a sus fieles; yo mismo ejerzo la autoridad –ojalá evangélicamente– en una congregación religiosa. Quede claro que no escribo para discutir los fundamentos de la autoridad eclesial, sino en el contexto de varias e injustificadas prohibiciones ejecutadas por el Arzobispo de Lima, Cardenal Cipriani, históricamente el primer cardenal del Opus Dei en el mundo, desde que inició su ministerio pastoral.

Tengo amigos sacerdotes a quienes se les ha prohibido ejercer sus funciones eclesiásticas, amigos profesores que no pueden ejercitar su enseñanza en la parroquia donde se ubica la universidad en que trabajan, conozco instituciones que, en seminarios y jornadas de teología, han sido presionadas a cambiar temas y conferenciantes. Sé de la prohibición explícita del teólogo peruano de mayor prestigio internacional – sobre el que no existe ninguna pena canónica ni condenación de Roma – para hablar en público en la arquidiócesis de Lima. Estas situaciones aparecen tan arbitrarias y carentes de sustento que creo que detrás de estas prohibiciones no hay ningún celo por la verdad, ni el bienestar pastoral de los fieles, que son los fundamentos del principio episcopal de autoridad, sino sólo el ejercicio de un poder visto como un absoluto, enceguecido por el afán de imponer una noción eclesial que no corresponde a la asumida por el Magisterio en el Concilio Vaticano II. Además, en el caso de la prohibición al padre Gustavo Gutiérrez, no es sólo un asunto doctrinal o desacuerdo sobre un tema teológico, sino que la figura del teólogo peruano más reconocido mundialmente (1), provoca celos de intenso color púrpura en la estima personal de un pastor de escasos méritos y de imagen pública extremadamente latosa.

El derecho a hablar con libertad es uno de los Derechos Humanos establecidos en la Declaración Universal (2) de 1948. Mi primera observación es ¿un derecho humano esencial puede estar supeditado a un principio de disciplina eclesiástica? En este punto suelen esgrimirse argumentos como: la Iglesia no prohíbe hablar a nadie, más bien retira su autorización para enseñar o predicar a nombre de la Iglesia, lo cual es un derecho de la Iglesia misma. Pero esta argumentación no puede justificar la práctica de ordenanzas que impidan el diálogo, de la prohibición autoritaria y sin explicaciones, de la arrogante actitud del que cree poseer la verdad y ser su único intérprete. Lo que temo es que como Iglesia nos estamos condenando a vivir en una sordera que nos incapacita a escuchar a otros, a sentarnos a conversar, a iniciar una relación en la que podamos decir nuestra palabra porque primeramente sabemos escuchar a los demás.

La Iglesia enseña la verdad que primero ha buscado

En su rol de discípula, la Iglesia escucha primeramente a su Maestro. De Él recibe la verdad que debe comunicar al mundo. Pero este acto inicial no es una teofanía que ocurre de espaldas a la vida desde donde el mensaje eterno del Maestro de Galilea justamente se recibe. La enseñanza de la verdad de la Iglesia se da en un contexto de búsqueda, de anhelo de comprender todo lo que hay de noble, bello y bueno en el ser humano y en la historia. Para la edificación del Cuerpo de Cristo, los teólogos tienen la particular misión de profundizar la reflexión sobre las verdades de fe e iluminarlas con las nuevas inquietudes que surgen en el corazón y la mente de la humanidad. Esta actividad exploratoria está llena de incertidumbres, de novedades, de procedimientos nuevos, de avances y retrocesos. Pero es el único modo por el cual nuestra fe se hace cada vez más comprensible y asequible al ser humano contemporáneo, porque así puede hablar su mismo idioma y está presentada bajo los nuevos paradigmas de entendimiento. Esto siempre fue así. La teología cristiana surgió como una ciencia en diálogo con su tiempo. Esta condición esencial de relación y apertura es la que se está obstaculizando en un proceso de eliminación sistemática. El rol de los teólogos es visto como el del adversario más que del colaborador. Es obligación de las autoridades dejar a los teólogos el trabajo que sólo ellos pueden hacer, para lo cual la libertad es un prerrequisito.

No me extraña que proliferen en Lima tantos movimientos eclesiales que defienden actitudes intolerantes y se autodefinen como auténticos y exclusivos portadores de la enseñanza de la Iglesia porque usan el lenguaje anterior a la década de los sesenta, defienden a ultranza los principios de autoridad y se afirman en lecturas fundamentalistas de la Escritura y del Magisterio. En estos grupos se exalta el peso de la autoridad como fundamento de la verdad y se promueve un cierra puertas ante todo intento de unificar la teología con otros campos de experiencia humana. Como los últimos nombramientos de autoridades jerárquicas provienen casi exclusivamente de estos círculos, es previsible que en pocos años la actividad teológica peruana será completamente eliminada y de ella quedará sólo la que haga eco de un monólogo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

El ejemplo de Jesús debe guiarnos en el diálogo con el mundo del que somos también parte. El episodio de la mujer griega, siro fenicia de nacimiento (Mc 7,24-30), es especialmente adecuado. Jesús, el hombre nacido en el seno del judaísmo y educado en los valores religiosos de su pueblo, pensó inicialmente que su misión está limitada a Israel (“No vayan a los gentiles, ni entren en ciudades samaritanas, sino más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel” Mt 10,5-6). Sin embargo sus pies lo conducen hacia territorio pagano, donde, en el encuentro con una mujer extranjera, puede experimentar un cambio de perspectiva, hasta ese momento limitada. La universalidad de la misión de Jesús es clarificada por la insistencia de la mujer; al entrar en diálogo, Jesús puede descubrir el modo novedoso de misión al que su Padre lo invita.

Lejos de asumir la actitud del Maestro, lamentablemente nuestra Iglesia está reaccionando con miedo a perder sus seguridades del pasado. El miedo se ha combinado, en el caso de la Iglesia de Lima, en agresividad y soberbia. Una triada sobre la que no sé por cuanto tiempo puede sostenerse el sillón arzobispal.

En la búsqueda de la verdad hay que saber escuchar

En mi formación como religioso me enseñaron que saber escuchar era un don espiritual, gráficamente ilustrado en esta analogía: tenemos dos orejas y una sola boca porque debemos escuchar el doble de lo que hablamos. Este dominio sobre los sentidos es conditio sine qua non para alguien que toma decisiones en la Iglesia. La sabiduría sólo puede derivar de la capacidad de oír como acto previo al hablar, así lo entiende Isaías cuando reconoce que: “El Señor Yhwh me ha dado lengua de discípulo para saber sustentar al cansado con la palabra” (Is 50,4a) pero además, conciente de la envergadura de su misión, el profeta insiste en la súplica: “despierta cada mañana, despiértame el oído para que escuche como discípulo” (50,4c). Por esa razón se sentó Jesús en el brocal del pozo de los samaritanos, por lo mismo Pablo subió al areópago de Atenas; ellos dejaron oír su voz y convicción después de tomar la apropiada actitud de oyentes, después de hacer preguntas. Todavía es posible captar el tono de enojo de Jesús cuando insiste tantas veces ante la obcecada cerrazón de sus oyentes: “El que tenga oídos que oiga” (Mt 11,15; 13,9; 13,43 y par.)

Como Iglesia docente estamos acostumbrados sólo al recurso de la explicación mágico infantil para la totalidad de las interrogantes humanas (“Esto es así y si dudas no tienes fe”). Nos incomodan las preguntas del corazón contemporáneo, nos aterra que nuestras verdades ya no convenzan a la inteligencia del ser humano ordinario. Creemos que nuestras verdades son incontestables. En particular no se escucha a los teólogos, invitados frecuentemente por el Magisterio a continuar en su tarea de investigación, pero en la práctica están cohibidos a expresar sus ideas sobre todo en materia de sexualidad, moral y estructura eclesial. Cuando el actual Benedicto XVI ejercía su ministerio de teólogo definió la obediencia del creyente así: “La verdadera obediencia no es la obediencia de los aduladores, que evitan todo choque y ponen su intangible comodidad por encima de todas las cosas. Lo que necesita la Iglesia de hoy y de todos los tiempos no son panegiristas de lo existente, sino hombres con quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por la verdad; hombres que den testimonio a despecho de todo ataque y distorsión de sus palabras” (3).

Los teólogos también merecen atención pastoral

Con tristeza constato que, en los casos de silenciamiento ocurridos últimamente en Lima, no ha habido ningún interés en la persona de los teólogos o sacerdotes o las instituciones involucradas. En el caso hipotético de que ellos pudieran haber estado equivocados y que la medida disciplinaria pudiera ser justa eso no habría impedido la atención a la persona, sus sentimientos, su valor como ser humano. La Iglesia no castiga. Si le corresponde actuar con firmeza no se complace en el dolor de los sujetos involucrados. La misericordia exige preocupación por la persona errada, ofrece alternativas de solución ante las circunstancias. También existe el procedimiento de llamada de atención siguiendo el espíritu de Mt 18,15-17 (“Si tu hermano peca contra ti, vete a corregirlo entre él y tú solos...si no te escucha llévate a uno o dos, para que toda causa se base en la declaración de dos o tres testigos; y si no quiere escucharlos dilo a la iglesia...”). No tengo conocimiento que se haya operado bajo este criterio evangélico, más bien se han tomado medidas finales sin explicaciones. Se ha recurrido a la medida más dura que es la prohibición y no ha existido genuina preocupación en los castigados. Se ha negado el principio de defensa, que es un derecho esencial, en caso de acusación. Esto sólo puede esconder temor a no mostrar argumentos válidos y sostenibles. Ciertamente doctorados de la Universidad de Navarra no tienen peso en el mundo académico internacional.

La unidad no se obtiene con un silenciador

Es muy difundido el criterio de que es más favorable para el bien de la Iglesia que estos casos de prohibiciones o imposiciones de las autoridades no salgan a la luz porque esto dañaría más a la Iglesia. Este argumento ha servido para hacer callar pacientemente a los silenciados, pero no ha ayudado en nada al crecimiento de la Iglesia, ha ayudado sólo para estimular el poder de los fuertes y para que igualmente se hable y comente en los corredores o claustros de lo inoportuno que es prohibir, hacer callar y no dar explicaciones; ciertamente no ha mejorado la imagen de los que ejercen su autoridad haciendo callar. La unidad de la Iglesia no proviene del acuerdo de sus miembros, o de la uniformidad de criterios. Las divergencias son asuntos para ser tratados, deben conformar la agenda siempre abierta de unos fieles que no quieren encerrarse en sus seguridades de catecismo infantil. Más bien las divergencias ayudan saludablemente a crear unidad (4), a reducir la problemática a lo esencial, a redefinir hoy la verdad de siempre.

La unidad sí se crea al fomentar un clima de confianza, al invitar a dialogar, a escuchar con respeto. Creyentes maduros habituados a ejercer la racionalidad no pueden tolerar el argumento arrogante: “Si te opones a mí te opones a Cristo”. El diálogo hace bien, más bien aún a aquellos que se sientan en la cabecera. Oremos para que el don de la escucha se haga camino a través de las pesadas mitras bordadas con hilos de oro. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

-------

(1)Además de ser invitado frecuente en universidades europeas y americanas, sus numerosas publicaciones y doctorados honoris causae, obtuvo el Premio Príncipe de Asturias en 2003 de Comunicación y Humanidades.
(2) Artículo 19: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.
(3) J. Ratzinger, El verdadero pueblo de Dios, Herder, Barcelona 1972, p. 293
(4) “Dissentire interdum sine odio tamquam ipse homo secum atque ipsa rarissima dissensione condire consensiones plurimas” (“discutir a veces, pero sin animadversión, como cuando un hombre disiente de sí mismo, y con tales disensiones, muy raras, condimentar las muchas conformidades”) Agustín, Confessiones IV, 8, 13. Oxford University Press 1992.


para nosotros

para nosotros

¿QUIÉN ES PARA NOSOTROS?
Marcos, vigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 13/09/06.- Según el relato evangélico, la pregunta la dirigió Jesús a sus discípulos mientras recorría las aldeas de Cesarea de Filipo, pero, después de veinte siglos, nos sigue interpelando a todos los que nos decimos cristianos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

En realidad, ¿quién es Jesús para nosotros? Su persona nos llega a través de muchos siglos de imágenes, fórmulas, dogmas, explicaciones teológicas e interpretaciones culturales que van desvelando y, a veces, también velando su misterio.

Para responder a la pregunta de Jesús podemos acudir a lo que han dicho los Concilios, escuchar el Magisterio de la Iglesia, leer las reflexiones de los teólogos o repetir cosas que hemos oído a otros, pero, ¿no se nos está pidiendo una respuesta más personal y comprometida?

Afirmamos rápidamente que «Jesús es Dios», pero, luego, no sabemos qué hacer con su «divinidad». ¿Amamos a Jesús sobre todas las cosas o está nuestro corazón ocupado por otros dioses en los que buscamos seguridad, bienestar o prestigio? ¿Para qué sirve confesar la «divinidad” de Jesús si, luego, apenas significa algo en nuestras vidas?

También decimos que «Jesús es el Señor», pero, ¿es él quien dirige nuestra vida? Doblamos distraídamente la rodilla al pasar ante el sagrario, pero ¿le rendimos alguna vez nuestro ser? ¿De qué nos sirve llamarlo tantas veces «Señor, Señor», si no nos preocupa hacer su voluntad?

Confesamos que «Jesús es el Cristo», es decir, el Mesías enviado por Dios para salvar al ser humano, pero ¿qué hacemos para construir un mundo más humano siguiendo sus pasos? Nos llamamos «cristianos» o «mesianistas», pero, ¿qué hacemos para sembrar libertad, dignidad y esperanza para los últimos de la Tierra?

Proclamamos que «Jesús es la Palabra de Dios encarnada», es decir, Dios hablándonos en los gestos, las palabras y la vida entera de Jesús. Si es así, ¿por qué dedicamos tan poco tiempo a leer, meditar y practicar el Evangelio? ¿Por qué escuchamos tantos mensajes, consignas y magisterios antes que la palabra sencilla e inconfundible de Jesús? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

17 de septiembre de 2006
24 Tiempo ordinario (B)
Marcos 8, 27 - 35


educación cristiana

educación cristiana

LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA “GRAVISSIMUM EDUCATIONIS” DEL CONCILIO VATICANO II
JOSÉ ÁNGEL SUÁREZ PINIELLA, profesor de religión

ECLESALIA, 12/09/06.- Son muchas las conversaciones, las publicaciones, los artículos de opinión, las homilías, los cursos, etc, en donde todo el mundo perece querer apuntarse el tanto del Concilio. Y no podría ser de otra manera ya que, dado el impulso que supuso para una adecuada renovación de la vida de nuestra querida Iglesia y de los distintos ámbitos relacionados con ella (sirvan de ejemplo el teológico, el bíblico, el litúrgico...), cualquier persona que hoy pretenda argumentar a cerca de temas eclesiales (pastoral, teología, espiritualidad, ecumenismo, educación...) habrá de fundamentar sus reflexiones y afirmaciones u opiniones en el citado concilio, auténtico fruto del Espíritu Santo y vendaval de vida evangélica.

Así es que, conociéndolo o no, todos acudimos a él pretendiendo demostrar que estamos en posesión de la verdad. A todos se nos llena la boca con el Concilio Vaticano II, aunque lo desconozcamos (opino que, en el fondo, sigue siendo el gran desconocido y no sólo para los laicos). Lo citamos constantemente pero, ¿lo hemos leído, meditado, orado, e incorporado a nuestra vida?, cuando pretendemos mantener esas posturas de “radicalismo evangélico”, y enmendamos la plana (eso sí, proféticamente) a un obispo, al Papa, a la jerarquía o a otros hermanos, desde una posición de “fidelidad” al Jesús del Evangelio, ¿estamos seguros de estar de parte del Vaticano II o quizá, por el motivo que sea, en ciertos casos nos olvidamos del concilio? ¿o es qué también somos selectivos con los textos conciliares (éste sí, el otro no)?

En estos últimos tiempos, en el actual contexto por el que pasa la educación religiosa escolar, hemos tenido que leer y escuchar las más variadas opiniones. Algunas, extraeclesiales, con más o menos fortuna y fundamento (alguna burrada también); algunas otras, las que a mi personalmente más me duelen, son posiciones intraeclesiales de hermanos que, aún cargados de buena intención, y con todos mis respetos, o desconocen o prefieren ignorar aquella palabra con la que el Vaticano II nos puede iluminar a cerca de la educación y de la escuela. Y si digo que estas posiciones de hermanos creyentes me duelen de forma especial es porque: 1º) lo que está en juego son derechos y libertades fundamentales de la persona, y por tanto su dignidad. 2º) también está en juego la propia unidad eclesial, y no en cualquier tema, sino en algo tan importante como la propia evangelización, es decir, algo que toca la esencia misma de la Iglesia, cuyo sentido y razón de ser es continuar la misión de Jesús de anunciar el Evangelio, y esta tarea, como nos enseña el Concilio, también es cosa de la escuela. 3º) En un ambiente tremendamente secularizado, hoy, entre los católicos, parece que existen palabras tabú: jerarquía, servicio, misión, autoridad, apostolicidad, magisterio, etc. De tal forma que abunda el relativismo, el todo vale, el opinar de todo y muchas veces sin fundamento – enorme problema con el que nos encontramos aquellos que desempeñamos labores docentes- el ir por libre, el individualismo, la falta de comunión.

Por todo ello (también con buena voluntad y siendo consciente de mis limitaciones pues no soy ningún experto en el Concilio) he intentado sencillamente acercarme al documento conciliar que trata de la problemática de la educación y, tras la lectura y reflexión, compartir lo que allí se nos dice a los que nos llamamos seguidores de Cristo, y a todas las personas de buena voluntad.

Dice el concilio: “…A la Iglesia, que debe atender toda la vida del hombre, incluida la material, y tiene que cumplir el mandamiento recibido de Cristo su fundador, de anunciar a todos los hombres el misterio de la salvación e instaurar todas las cosas en Cristo, le toca también una parte en el progreso y en la extensión de la educación”.

PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Declara El Concilio que los niños y los adolescentes tienen derecho a que se les estimule a apreciar con recta conciencia los valores morales y a aceptarlos con adhesión personal, y también a que se les estimule a conocer y a amar más a Dios.

Todo ello en orden a la formación y a la madurez de la persona humana, considerada integralmente, y al bien común.

Más también busca que los bautizados se hagan más conscientes cada día del don de la fe, mientras son iniciados gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación.

Por lo que respecta a los educadores, los padres son los primeros y principales educadores (la familia es la 1ª escuela de virtudes sociales…). Para los padres cristianos es un grave deber favorecer una educación integral y para ello necesita de la ayuda de toda la sociedad.

Es, por tanto, una obligación y un derecho de los padres, que debe estar garantizado por los poderes públicos, gozar de absoluta libertad para escoger tanto la escuela como el tipo de educación moral y religiosa que deseen para sus hijos, de contar con los agentes educativos que deseen y de crear escuelas e institutos propios.

Dicho derecho debe estar tutelado por la sociedad civil, conforme a los principios de libertad religiosa y subsidariedad, aún en las escuelas no-católicas.

Por lo que respecta a la Iglesia, ésta tiene el derecho y el deber de anunciar a todos los hombres el camino de la salvación, de dar a sus hijos una educación que llene su vida del espíritu de Cristo, y ayudar a todos los pueblos a promover la perfección humana de la persona y el bien de la sociedad.

Como medios imprescindibles para la educación cristiana, junto con la instrucción catequética, la liturgia, los medios de comunicación social, los grupos culturales y deportivos, y las asociaciones juveniles, están las escuelas. Es más, a decir de la Gravissimum Educationis, el medio de mayor importancia es la escuela. Una escuela en la que la función de los maestros y profesores católicos es un verdadero apostolado, conveniente y necesario en nuestros tiempos y un verdadero servicio prestado a la sociedad, además de ser presencia de la Iglesia en el mundo de hoy.

Por último decir que el Concilio exhorta al fomento de la colaboración y la coordinación entre la escuela católica y las demás escuelas, como exige el bien común. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


comunitaria

RASGOS DE NUESTRA ESPIRITUALIDAD COMUNITARIA
COMUNIDAD CRISTIANA DE BASE DE CANILLEJAS, arumami@hotmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 11/09/06.- Para vivir en comunidad necesitamos realizar un esfuerzo diario por ser cada día más humanos, con nuestros/as hermanos/as y con la gente que nos rodea.

Jesús nos dice: “A vosotros/as os llamo amigos/as”. Valoramos profundamente la amistad que nos tenemos, como un don y una gracia que hay que agradecer y fortalecer constantemente.

La llamada que Jesús nos ha dirigido para formar parte de nuestra comunidad, está en el origen de este bello y gozoso proceso de vida al que intentamos ser fieles cada día.

Dios es el Misterio de Amor y de Vida que nos mantiene en una búsqueda permanente de su Ser, en lo más íntimo de nuestros corazones, en todas las personas y en el mundo que nos rodea.

Jesús es quien nos ha descubierto, con su vida, el verdadero rostro humano, misericordioso y cercano de nuestro buen Dios, Abba, Padre y Madre.

Él predicó la Buena Noticia del Reino a los empobrecidos, excluidos y marginados. Ellos y ellas son los rostros que nos permiten descubrir la presencia silenciada, dolorosa y esperanzada del Espíritu en nuestro mundo.

La solidaridad es, en nuestros días, el nuevo nombre del amor. Sin una entrega y un compromiso real con las personas más débiles, oprimidas y marginadas, nuestra vida y nuestras palabras serían una farsa.

Precisamos de una mística muy profunda para vivir cada día con más sencillez, con una alegría y una felicidad más intensas. Las bienaventuranzas y los/as empobrecidos/as nos lo ofrecen y nos lo exigen.

Nuestra espiritualidad no admite parcelas, ni tiempos: debe encarnarse y abarcar toda nuestra vida. Siempre y en todo momento, debemos ir adquiriendo, con la ayuda de los demás, una nueva forma de ser y actuar más humana, agradecida, gratuita: más divina.

No precisamos tener más, sino ser y entregarnos más. Para ello tendremos que vivir con más sencillez, ser menos consumistas y “perder el tiempo”, enriqueciéndonos al contemplar la belleza, disfrutando y cuidando de la Naturaleza, fortaleciendo la amistad, dialogando en profundidad, escuchando atentamente, celebrando la vida y la fe, en la búsqueda permanente de la auténtica libertad, que está en servir a los demás, como dice san Pablo.

La Verdad no la posee nadie por completo. Entre todos y todas, durante el camino que recorremos en la vida, la vamos vislumbrando, nos va transformando, pero no llegaremos a poseerla nunca .

Junto a Jesús, nuestro principal Camino y Verdad, debemos vivir y beber de miles de manantiales que nos aportarán cauces para llegar a la auténtica Fuente: ejemplos de vida comprometida, testimonios que iluminarán nuestra senda, los/las pobres que nos cuestionan, animan y evangelizan.

La contemplación y la lucha, el silencio y el anuncio, la ternura y la rebeldía profética no son actitudes contrapuestas, sino las dos caras de una misma moneda que debemos llevar a toda nuestra existencia.

Todos y todas recordamos diversas circunstancias y a muchas personas que han influido poderosamente en nuestras vidas, que han fortalecido nuestro compromiso y nos han ayudado a reconocer lo que es de verdad esencial en la vida. Debemos recordarlos con cariño y mantener su presencia viva entre nosotros y nosotras.

A pesar de las derrotas permanentes que sufren los oprimidos por parte de los poderosos de la tierra, ayer y hoy, debemos continuar siempre la lucha por la Justicia y la Esperanza. Si Jesús resucitó, nosotros y nosotras, junto a los excluidos de la historia, resucitaremos también a una nueva vida. En el Reino de Dios, que empieza ya en esta tierra.

El camino hacia la fraternidad universal lo realizamos junto a todas las Iglesias, las diversas religiones y todas las personas que trabajan por la paz y la justicia. Formando redes de amor y solidaridad, porque otro mundo, más cuidadoso con la madre Tierra y con la humanidad, es cada día que pasa más necesario y sólo posible si unimos nuestras manos, nuestras mentes y nuestros corazones. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).



cristianismo y bioética

cristianismo y bioética

MENSAJE DE CLAUSURA
XXVI CONGRESO DE TEOLOGÍA
“CRISTIANISMO Y BIOÉTICA”

ECLESALIA, 10/09/06.- La teología puede sumarse al movimiento de diálogo interdisciplinar de la bioética, búsqueda común de valores, pero sin arrogarse el derecho de intromisión para dictar normas de moralidad de la sociedad civil.

La bioética puede sumarse al movimiento de diálogo interreligioso, que se está llevando a cabo en la teología, para ayudar a transformar, a la vista de nuevos datos, algunos de sus paradigmas y conclusiones; pero sin imponer exclusivamente interpretaciones de sentido sobre la vida y la muerte, el dolor, la salud o la enfermedad.

En el contexto de la sociedad plural y secular, las personas creyentes pueden participar en la conversación pública sobre bioética, conjugando su propia fe con el talante de diálogo en medio de situaciones interculturales e interreligiosas.


1. Nos sumamos al movimiento de diálogo interdisciplinar de la bioética como conversación pública para buscar en común respuestas a los retos que plantea el cuidado de la vida en la era biotecnológica.

2. Para converger en una ética auténticamente global nos ponemos a la escucha de perspectivas diferentes mediante el diálogo intercultural.

3. Esperamos de la diversas religiones que se sumen a esta búsqueda en común de valores de cara al futuro de la vida y de la humanidad. Respetaremos la pluralidad, sumándonos a la búsqueda común de convergencias en valores para garantizar responsablemente el futuro de la vida y la humanidad.

4. Las actitudes aprendidas en el evangelio de Jesús nos motivan especialmente para apoyar una ética de la gratitud responsable, preocupada por el cuidado de toda vida. Proponemos, sin imponerlas, alternativas para el cuidado de la vida desde la perspectiva del evangelio de Jesús, con tal de hacerlo en el momento oportuno y con tolerancia constructiva. Pero al contribuir a un diálogo plural desde las perspectivas evangélicas, no concentraremos la aportación de esta tradición en citas de documentos eclesiásticos oficiales.

5. La acogida responsable del proceso humano de nacer ha de realizarse en el marco del respeto a la dignidad y derechos de la mujer en lo relativo a la reproducción. Reconoceremos la necesidad de revisar a fondo la propia tradición por lo que se refiere a los enfoques sobre género, sexo y relaciones humanas, para superar los límites de una teología demasiado condicionada por pesimismos, maniqueísmos, estoicismos o puritanismos.

6. El acompañamiento responsable del proceso humano de morir incluye el respeto de decidir como vivir la fase final de este proceso digna y autónomamente. Haremos por redescubrir y reapreciar elementos olvidados de la propia tradición terapéutica corpóreo-espiritual; por ejemplo, asumir la muerte y tomar autónomamente las riendas del proceso de morir. Pero tendremos presentes las deficiencias de la propia tradición por lo que se refiere a las escisiones dualistas entre el ser humano y la naturales o entre lo corporal y lo psíquico; para poder recrear una teología de la creación capaz de valorar y liberar la tierra, el cuerpo y la vida.

7. No se debe un ídolo del dolor, hay que fomentar su alivio y asegurar el acceso por igual a los cuidados paliativos.

8. Es responsabilidad ética apoyar la investigación científica para curar, mejorar y proteger la calidad del vivir. Reconoceremos la necesidad de soltar lastre de la propia tradición, para que no naufrague una teología que durante demasiado tiempo ha minusvalorado la tecnociencia.

9. Admirando y agradeciendo los avances científicos, fomentaremos las aplicaciones de la investigación al servicio de lo terapéutico. Pero el cuidado de la vida ha de extenderse al conjunto de los vivientes y ecosistemas.

10. El cuidado de la vida ha de incluir también la responsabilidad hacia las generaciones futuras. Por eso tendremos siempre las preguntas motrices del movimiento bioético: “¿Es responsable y merece la pena hacerse cuanto puede técnicamente hacerse? ¿Para beneficio de quiénes serán los logros?” Así, enfocaremos cualquier problema bioético, captando su aspecto de problema social. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Madrid, 10 de septiembre de 2006

romería continua

romería continua

LA ROMERÍA CONTINÚA
PEDRO CASALDÁLIGA, obispo
SÃO FÉLIX DO ARAGUAIA (BRASIL).

ECLESALIA, 08/09/06.- Hemos celebrado la Romería de los Mártires de la Caminhada, en nuestro Santuario de Ribeirão Cascalheira, con ocasión de los 30 años del martirio del Padre João Bosco Penido Burnier. Un verdadero jubileo de encuentros, de memoria, de oración, de compromiso. La mística y la militancia compenetrándose en los símbolos, en las celebraciones, en los gestos. Son muchos los testimonios emocionados que han subrayado esa plural convergencia de valores en nuestra Romería.

Esos testimonios, con otros muchos mensajes y cartas, se han ido acumulando en las carpetas y en el corazón. Esta pequeña circular quiere ser una perezosa, pero entrañable respuesta personal, a tanto cariño y solidaridad.

La Romería continúa. Debe continuar. Debemos hacer de la “memoria subversiva “del martirio una diaria subversiva militancia. Por esas grandes Causas que vienen mereciendo las vidas entregadas de tantos testigos fieles. Porque continúa actuando, perverso y cínico, el imperio de la muerte, en esa macrodictadura neoliberal, en las guerras de la codicia, en las migraciones forzadas y prohibidas, en la omisión y sometimiento de las instancias internacionales, en la distancia, a veces, de las Religiones, de las Iglesias. Debe continuar, lúcida, conjugada, esperanzada, la movilización de la solidaridad, la política alternativa y ecuménica de ese otro mundo posible y necesario. No podemos permitir que se resequen en el olvido o en la indiferencia la sangre de nuestros mártires y el llanto de los pobres: podríamos ser perjuros contra esa sangre y ese llanto…

Varios países latinoamericanos están de elecciones. Con alguna agradable sorpresa, pero habitualmente dentro de esa mortecina normalidad que son nuestras democracias formales. Se puede votar, pero no se puede ser. Nuestra Agenda Latinoamericana de 2007 va dedicada precisamente a “exigir y hacer otra democracia”.

En Nuestra América y en todo el mundo solidario las fuerzas alternativas de la sociedad civil se multiplican y actúan. Y sus mejores sueños, esas diferentes Causas de la Vida, por las que luchan, pretenden en última instancia la urgente utopía que proclamábamos con ocasión del Premi Internacional Catalunya: “Humanizar la Humanidad practicando la projimidad”.

Para la fe religiosa se están poniendo de providencial actualidad el diálogo y la comunión a servicio de esa utopía; porque es único el Dios de todos los nombres y porque también es suya esa utopía de humanizarnos plenamente.

Desde nuestras pacíficas militantes trincheras, seguiremos unidos, unidas, en la pasión y en el servicio de esa otra Humanidad, de ese Universo vulnerado y hermoso. Ni Dios se arrepiente de su Creación, ni ha fracasado la Historia humana. La Romería continúa. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Con un abrazo de ternura y esperanza,

Pedro Casaldáliga
São Félix do Araguaia, MT, Brasil
Agosto 2006