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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

el octavo

el octavo

TRADICION INQUISITORIAL Y OCTAVO MANDAMIENTO
A propósito de la parroquia de Entrevías
JUAN MASIÁ CLAVEL, jesuita
MADRID.

ECLESALIA, 26/04/07.- Uno de los mayores problemas de la iglesia española, que afecta tanto a dirigentes eclesiásticos como a movimientos caracterizados por su presunta “fidelidad ortodoxa”, es el olvido del octavo mandamiento. Personas muy obsesionadas con el “no fornicar” del sexto mandamiento, parecen ignorar por completo el “no mentir”, “no difamar”, “no calumniar”, “no denunciar maliciosamente” etc., del octavo mandamiento.

Mi primera reacción al enterarme del “caso san Carlos Borromeo” fue decir: “de Roma viene lo que a Roma va”. Mi primer comentario fue: “En vez de cerrar esa parroquia deberían cerrar los despachos inquisitoriales, ciertos programas de radio financiados por la iglesia o las páginas insultantes de internet redactadas por la ultraderecha pseudocatólica”.

He contado en varias ocasiones un episodio de mis días de joven militante de Acción Católica en la década de los cincuenta. Un falso celo sugería publicar en el boletín una carta panfletaria para “hacernos oír” como cristianos, con peligro de caer en el fanatismo. Pero el consiliario era sensato y avisó contra el exceso: “Si lo que escribís es falso, se llama calumnia, y si es verdad, difamación. En cualquier caso, infringe el octavo mandamiento”. La carta no se publicó. Cinco décadas después, hay que seguir agradeciendo el consejo de aquel consiliario.

A quienes hablaron y siguen hablando contra la pastoral de la citada parroquia, hay que decirles: “Dejad de acusar. No juzguéis y no seréis juzgados. Antes de recibir la comunión en vuestra iglesia escrupulosamente ritualista, releed la carta de Santiago (Santiago 3, 1-10) y pedid perdón por los pecados contra el octavo mandamiento”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

abordar la crisis

abordar la crisis

4 Pascua (C), Juan 10, 27 – 30
DIOS NO ESTÁ EN CRISIS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 25/04/07.- Es más frecuente de lo que pensamos. Los creyentes decimos creer en Dios, pero en la práctica vivimos como si no existiera. Éste es también el riesgo que tenemos hoy al abordar la crisis religiosa actual y el futuro incierto de la Iglesia. Vivir estos momentos de manera «atea».

Ya no sabemos caminar en la «presencia de Dios». Analizamos nuestras crisis y planificamos el trabajo pensando sólo en nuestras posibilidades. Se nos olvida que el mundo está en manos de Dios, no en las nuestras. Ignoramos que el «Gran Pastor» que cuida y guía la vida de cada ser humano es Dios.

Vivimos como cristianos «huérfanos» que han perdido a su Padre. La crisis nos desborda. Lo que se nos pide nos parece excesivo. Es imposible perseverar con ánimo en una tarea, cuando no se ve el éxito por ninguna parte. Nos sentimos solos y cada uno se defiende como puede.

Según el relato evangélico, Jesús está en Jerusalén comunicando su mensaje. Es invierno y, para no enfriarse, se pasea por uno de los pórticos del templo, rodeado de judíos que lo acosan con sus preguntas. Jesús está hablando de las «ovejas» que escuchan su voz y le siguen. En un momento determinado dice: «Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre».

Según Jesús, «Dios supera a todos». Que nosotros estemos en crisis, no significa que Dios está en crisis. Que los cristianos perdamos el ánimo, no quiere decir que Dios se haya quedado sin fuerzas para salvar. Que nosotros no sepamos dialogar con el hombre de hoy, no significa que Dios ya no encuentre caminos para hablar al corazón de cada persona. Que las gentes se marchen de nuestras Iglesias, no quiere decir que se le escapen a Dios de sus manos protectoras.

Dios es Dios. Ninguna crisis religiosa y ninguna mediocridad de la iglesia podrán «arrebatar de sus manos» a esos hijos e hijas a los que ama con amor infinito. Dios no abandona a nadie. Tiene sus caminos para cuidar y guiar a cada uno de sus hijos, y sus caminos no son necesariamente los que nosotros le pretendemos trazar. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


sin magia

sin magia

‘RELIGIÓN SIN MAGIA. TESTIMONIO Y REFLEXIÓN DE UN CRISTIANO LIBRE’
Juan Luis Herrero del Pozo en Ediciones El Almendro
JESÚS PELÁEZ, editor
CÓRDOBA.

ECLESALIA, 24/04/07.- El pensamiento mágico nace incrustado dentro del sentido religioso de todos los tiempos. Es como el gusano de la carcoma que avanza insidiosamente y, para cuando se deja notar, ya ha construido miles de galerías que han vaciado la madera y fragilizado el edificio hasta hacerlo caer. La entera edificación de las iglesias cristianas, su entramado de dogmas, sacramentos, leyes y estructuras, están roídos por la carcoma de la magia y no tienen futuro. Es estéril –hasta nocivo- el esfuerzo institucional por apuntalar el edificio…

Sin embargo, el inevitable derrumbamiento de la Iglesia, no arrumba la esperanza de ver reverdecer en el desierto el testimonio revolucionario del Maestro de Nazaret. Glosando a Tillich: “Jesús resucitará de la tumba de esta iglesia”.

Así de radical se expresa el autor de esta obra, que replantea a fondo el futuro del cristianismo para liberarlo del talante mágico que se le ha adherido a lo largo de los siglos.

- - -> Para más información: ediciones@elalmendro.org

fidelidad

fidelidad

¿FIDELIDAD A LA IGLESIA?
GONZALO HAYA PRATS
MADRID.

ECLESALIA, 23/04/07.- El cierre de la parroquia de san Carlos Borromeo en Madrid está sacando a la luz dos posiciones: unos apelan a la estructura sacramental y jerárquica de la iglesia: “no hay fe verdadera en Cristo si se prescinde de la iglesia”. Otros apelan, como lo verdaderamente importante, al mensaje de Jesús, “anunciar la buena nueva a los pobres”, y consideran secundario el ritual de los sacramentos y el sometimiento a las decisiones de la jerarquía.

La parroquia de san Carlos Borromeo es la “anécdota” que nos hace reflexionar sobre una situación más extendida y más profunda: ¿Fidelidad a la iglesia? ¿a qué iglesia? Sobre esto quiero reflexionar como cristiano que desea comprender honestamente sus creencias, aunque no tenga toda la erudición de un profesional de la teología o de la exégesis, y lamentablemente tampoco la experiencia de un místico.

Fidelidad ¿a qué iglesia? ¿al pueblo de Dios? ¿a la jerarquía? ¿a la tradición apostólica?

¿Fidelidad a la tradición apostólica?

El mensaje de los apóstoles fue distinto al mensaje de Jesús. Él anunció la llegada del reinado de Dios, la buena nueva a los desprotegidos. Los apóstoles predicaron a Jesús como Mesías y Señor, el Cristo de la fe.

La teología se ha basado más en la tradición apostólica, que en el mensaje de Jesús. Mejor dicho, se ha basado en una parte de la tradición apostólica, no en toda, porque la tradición de Pedro, la de Pablo, la de Santiago y la de Juan, tienen discrepancias importantes.

Más aún, la teología se ha basado en la selección de determinados elementos de cada tradición apostólica –olvidando por ejemplo la escatología inminente- y en la interpretación de esa selección mediante conceptos filosóficos griegos, ajenos a la mentalidad semita de Jesús. ¿Hubiera aceptado el Concilio de Jerusalén que Jesús es de la misma naturaleza que Jahvé, y que en Dios se distinguen tres personas?

Si fuéramos fieles a la tradición de Esteban y de Juan rechazaríamos los templos y propondríamos el culto en espíritu y en verdad.

¿En qué queda la fidelidad a la tradición apostólica?

Fidelidad a Jesús de Nazareth

La teología, y más aún la sensibilidad cristiana, ha vuelto al Jesús histórico. Jon Sobrino es el último exponente de esta tendencia que ha sido amonestado por el Vaticano por no resaltar suficientemente el Cristo postpascual, el Cristo de la fe.

Fidelidad al Jesús histórico. Es difícil saber qué dijo exactamente Jesús porque los relatos de los evangelios están impregnados de la interpretación de sus autores y de las tradiciones e intereses de las comunidades – o iglesias- a las que se dirigían. Por eso no podemos basarnos en una sola frase transmitida por un evangelista, y menos aún si no encaja en el conjunto del mensaje de Jesús. Sin embargo los analistas consideran bastante seguras algunas palabras y relatos transmitidos unánimemente por los tres evangelios sinópticos.

Ahora bien, ser fieles a la actitud de Jesús, exacta y literalmente, significaría mantenernos como él dentro de su religión judía, aunque interpretando en conciencia la centralidad del templo de Jerusalén, las prohibiciones sobre el sábado, sobre los alimentos impuros y otras semejantes. Quizás tendríamos que seguir a los ebionitas de los primeros siglos.

Podríamos pensar que Jesús resucitado descubrió a los apóstoles un nuevo camino, una religión diferente a la judía, con nuevas creencias, ritos y mandamientos: sería el camino de la iglesia, que algunos denominaron cristianismo. Si Jesús hubiera hecho esto, no se explica la divergencia entre Santiago, Pedro y Pablo, por citar solamente las más significativas.

Fidelidad por tanto a Jesús de Nazareth pero fidelidad en espíritu, porque la letra mata.

Fidelidad a Dios

La gran característica de Jesús fue su fidelidad a Dios; a Dios como padre. En la cruz experimenta el fracaso de su vida, se siente como abandonado por Dios, pero continúa religado a Él mediante el acatamiento y el amor.

Felizmente esta fidelidad a Dios es patrimonio común con todas las religiones. El Espíritu sopla donde quiere, y no sabemos adónde va ni de dónde viene.

Nuestra fidelidad a Jesús de Nazareth no se limita a la confianza en el Padre. Su mensaje nos descubre caminos más concretos, especialmente el anuncio de la buena nueva, la predilección por los marginados, la salvación o liberación de los que sufren... Este mensaje no es exclusivo de Jesús, pero presenta características muy concretas.

Fidelidad a la propia conciencia

La fidelidad a Dios que encontramos en Jesús se enraíza profundamente en su conciencia humana, en su experiencia religiosa, en la que siente a Dios como Padre, más allá de la tónica general de los libros sagrados de su religión israelita.

Al leer la Ley y los profetas, la conciencia de Jesús no retiene la insistencia en la cólera del Señor, en los castigos al pueblo infiel, o más aún a los pueblos idólatras que lo rodean. ¡Qué sentiría Jesús al leer que el Señor ordenó acuchillar a los ancianos y a los niños de pecho de los cananeos! Su conciencia no lo ve como el Señor de los ejércitos, ni como la Gloria cegadora del Señor, sino como el padre del hijo pródigo o como el buen pastor.

La fidelidad de Jesús a Dios pasa por su conciencia más aún que por la doctrina o los ritos de su religión judía. Su religión le sirve como materia prima para que su conciencia humana –¡bienaventurados los limpios de corazón!- descubra a Dios como Padre.

Ser fiel a Jesús -fiel en espíritu- significa ser fiel a la propia conciencia, aconsejados, pero no sometidos, por la letra o los ritos de nuestra propia religión.

La conciencia no es una facultad meramente humana. La conciencia es el punto de encuentro, el cordón umbilical que nos une a Dios. La conciencia es sagrada porque Dios se manifiesta en ella, en lo más íntimo del hombre, para no alterar desde fuera la autonomía humana.

La conciencia también es engañosa porque alberga los egoísmos humanos; siempre tergiversa en mayor o menor medida la voz de Dios. Por eso no basta la conciencia; debe limpiarse con un corazón honesto. La conciencia de un cristiano se purifica y se clarifica con los ejemplos y con los libros sagrados de todas las religiones y de todos los hombres de buena voluntad.

La fidelidad a la propia conciencia es el punto de encuentro fraterno también con los agnósticos o ateos de corazón honesto.

¿Reduccionismo?

Con este razonamiento hemos ampliado la comunidad de los hijos de Dios, hemos vuelto al Génesis, a la creación; pero ¿hemos reducido el contenido de esa fidelidad?

Ciertamente hemos variado el contenido, pero no lo hemos reducido. La conciencia es más exigente y más generosa que la ley. Las leyes nos proporcionan una excusa para no ir más allá en la generosidad, una excusa para no estar atentos a la voz de Dios en la conciencia, porque ya sabemos lo que Dios ha dicho. ¿Acaso nos sentimos pecadores porque cada día mueren 4.500 niños por carecer de agua no contaminada? Claro, la ley no nos obliga a hacer nada para remediarlo.

Fidelidad sí a nuestra conciencia, fidelidad a la voz de Dios en Jesús de Nazareth, en las tradiciones cristianas, y en los ejemplos de otras religiones y de los incrédulos de buena voluntad. Esto es lo que honestamente pienso, aunque sé que todo razonamiento es parcial y sesgado. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

aparecida

aparecida

APARECIDA, ¿FIN O REAFIRMACIÓN DE LA INVOLUCION ECLESIAL?
ÁNGEL GARCÍA-ZAMORANO
GUATEMALA.

ECLESALIA, 19/04/07.- A medida que se acerca la fecha de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano -que se celebrará del 13 al 31 de Mayo próximo en Aparecida (Brasil)-, es tema obligado de reflexión y comentarios en el ámbito eclesial. La literatura en torno a este acontecimiento es abundante y hay para todos los gustos. Pero no es cuestión de gustos, sino de ser fieles al evangelio y a la misión que la Iglesia tiene en el mundo de ser presencia histórica de Jesús. Por eso, me he atrevido a lanzar esta pregunta: La V Conferencia ¿marcará el fin de la involución que se ha iniciado pocos años después del Vaticano II o la reafirmará? Pregunta un tanto aventurada, pero que no es irrelevante porque del acercamiento o alejamiento de la Iglesia al mundo depende también la fidelidad a su misión. También puede ayudar a percatarnos dónde nos situamos en la Iglesia y definir nuestra postura en medio de la tempestad y desasosiego que estamos viviendo. De todos va a depender que Aparecida marque un alto en el camino ya largo de estancamiento eclesial que vivimos o que con nuestras actitudes poco definidas colaboremos a que continúe. El problema va más allá de las palabras, por las consecuencias que tiene para la realización del Reino y para que la Iglesia recobre el papel que le corresponde en el mundo actual.

1.- INVOLUCION POSTCONCILIAR

En el año 1980, la revista “Misión Abierta” publicada en España, lanzó un número monográfico con el título “¿Involución en la Iglesia?”. Este interrogante fue como una sacudida que llamó mucho la atención. Las críticas, comentarios y descalificaciones a esta sospecha no se hicieron esperar. Pero unos años más tarde, la realidad se imponía por sí misma y podía comprobarse que el diagnóstico general de la Iglesia como involutivo, no sólo era una pregunta sino una realidad.

1.2. Manifestaciones desde Roma

El punto de referencia era el Concilio Vaticano II. Aquella asamblea había logrado que la Iglesia diera oficialmente ciertos pasos para superar su alejamiento del mundo. La modernidad, que surge a raíz de Ilustración a finales del s. XVII, había proclamado ciertos criterios que la sociedad fue asumiendo como por ósmosis y la venían alejando cada vez más de la Iglesia, que se mantenía al margen del nuevo rostro social que se estaba configurando y encerrada en sí misma. Entre otras cosas, la modernidad proclamaba a la razón como base de todo conocimiento, contraponiéndola a la autoridad; el progreso como aspiración suprema de la sociedad; la ruptura con lo antiguo considerado sin eficacia; la democracia como sistema político ideal; el respeto a la persona y sus derechos fundamentales como elemento indispensable de la convivencia humana. Sus propuestas se resumen en el lema de la Revolución francesa (1789): “libertad, igualdad, fraternidad”.

Esta forma de pensar se fue imponiendo con naturalidad y rapidez en la sociedad. A nivel de Iglesia no fue bien aceptada por considerarse atacada en sus estructuras verticalistas y autoritarias, fraguadas a largo de la Edad Media. Como ejemplo, extremo si se quiere pero que refleja la mentalidad de que se fue alimentando la Iglesia, recordemos unas palabras de Gregorio VII (1073-1085): “Nadie en la tierra puede juzgar al papa. La Iglesia romana no se ha equivocado nunca, y jamás se equivocará hasta el final de los siglos. Sólo el papa tiene autoridad para deponer a los obispos... al emperador y a los reyes, y dispensar a sus súbditos de la debida fidelidad. Todos los príncipes deberán besarle los pies... Un papa legítimamente elegido es indiscutiblemente un santo, por los méritos de Pedro”[1]. El Sylla­bus[2], catálogo de errores elaborado por Pío IX (8 dic. 1864), condenaba prácticamente todos los avances científicos y de la teología, con los que el pensamiento moderno se oponía a la visión medieval del mundo, tal como la defendía el más reaccionario tradicionalismo católico. Termina con estas palabras: “El Romano Pontífice no puede ni debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna”. Y a lo largo del s. XIX y XX se fue condenando todo lo que fuera libertad de conciencia, de expresión y pluralismo religioso. Por supuesto, las cosas hubieran sido muy distintas si tanto la reflexión eclesial como sus estructuras hubieran girado en torno al Sermón del Monte (Mt 5-7) que es la carta magna del nuevo Pueblo de Dios. Las circunstancias históricas en que fueron publicados estos documentos eran distintas, es cierto, pero la fidelidad al evangelio es algo irrenunciable para la Iglesia en todos los tiempos. Por eso, se entienden, pero no se justifican.

Algunos teólogos que intentaron asumir las nuevas categorías de pensamiento como base de su reflexión para reconciliar a la Iglesia con el mundo, tuvieron que sufrir el rechazo, el exilio y el silencio. En 1959, el Papa Pío XII publicó la encíclica Humani generis, que condenaba la “nueva teología” e imponía a los teólogos la defensa del magisterio sin posibilidad de discusión ni disenso. Entre ellos estaban Teilhard de Chardin, Karl Rahner, E.Schillebeeckx, I.Congar, E. de Lubac, y otros. Apenas diez años después, se convertían en asesores y peritos del Concilio Vaticano II y sus ideas eran asumidas en buena parte por dicho Concilio.

El Vaticano II (1961-65) fue una verdadera revolución al interior de la Iglesia y el hecho eclesial más importante de los últimos siglos. Puso los cimientos de una nueva visión de Iglesia más evan­gélica y atenta al mundo. La concibió como Pueblo de Dios y la jerarquía al servicio de este pueblo; todos los miembros de la Iglesia gozan de una misma igualdad y de los derechos a la participación y responsabilidad; superó el modelo de centralización por el espíritu colegial; reconoció el pluralismo religioso y la libertad de la persona como tesoro que siempre hay que guardar y defender. Con el mundo se establecía una nueva relación de colaboración y diálogo, y reconoció la autonomía de las realidades temporales. Como había manifestado Juan XXIII, un nuevo aire fresco quería entrar por las ventanas de la Iglesia, cerrada durante muchos siglos en sí misma y al margen del mundo y de la historia[3]. La fidelidad a la tradición es un estímulo que la ha de impulsar a la revisión crítica y reformas audaces. La tradición no es mirar atrás, sino proyectarse hacia el futuro (cf.DH 1).

La “ventana abierta” y el sueño de Juan XXIII duraron poco tiempo. La esperanza y entusiasmo suscitados por el Concilio comenzaron un progresivo declive y continúan hasta nuestros días. Sus manifestaciones se inician en el período de Pablo VI. En 1968 publicaba la encíclica Humanae Vitae en que se muestra muy cerrado sobre un problema difícil como es la regulación de la natalidad. La comisión de teólogos y expertos a quienes había pedido opinión le aconsejaron no publicarla, pero no fueron escuchados. Con ocasión de las apariciones de Fátima, sus palabras: “Deben haber grietas adentro de la Iglesia porque el humo del infierno se ha filtrado en ella”, causaron profunda conmoción y desconcierto.

Durante el período de Juan Pablo II, puede decirse que no hay aspecto del Concilio que no haya sido puesto en cuestión. El Sínodo de 1985 reafirmó oficialmente la involución, pretendiendo corregir su rumbo. A esto se fueron añadiendo descalificaciones de teólogos retirándoles sus cátedras y otros fueron reducidos al silencio. Al interior de la Iglesia y la forma de conducirla, ocurrió lo contrario de lo que dijo Juan XXIII en la inauguración del Concilio: “En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad” (11 oct. 1962,15). Las sanciones, interrogatorios, censura de ciertas obras, iban por un camino distinto. Esta práctica se mantiene hasta nuestros días.

El resultado de este proceso fue desvirtuar la colegialidad episcopal, recortar la autonomía de las Iglesias locales, centralismo cada vez más fuerte, control romano en el nombramiento de los obispos, represión de muchos teólogos, acoso de la teología de la liberación y de las comunidades ecle­siales de base, control en el nombramiento de profesores de teología y necesidad de permiso para la enseñanza católica, fomento de un catolicismo de masas y la celebración de toda clase de jubileos y años dedicados a algún aspecto particular de la doctrina cristiana que no han dado el resultado esperado. Una de las reacciones fue la llamada Declaración de Colonia, firmada por 170 teólogos y publicada el 26 de enero 1989, con el título Contra el tutelaje, por una catolicidad abierta. Sólo el título es suficientemente significativo.

En 1998, Juan Pablo II publicaba un nuevo documento, Ad tuendam fidem, que prohíbe a los teólogos católicos disentir de la doctrina oficial sobre algunas verdades presentadas como definitivas, apoyándose en razones de autoridad y bajo amenaza de sanciones.

Estos datos y otros muchos muestran, como había dicho Rahner, que “este Concilio Ecuménico no ha sido todavía aceptado de hecho en la Iglesia ni en la letra ni en el espíritu. En grandes líneas vivimos en una ‘invernada”, como suelo decir yo”.[4]

1.2. Manifestaciones en América Latina

La Iglesia de América Latina no fue ajena al control de Roma e involución que ésta iba creando. Después de la Conferencia General del Episcopado en Medellín, convocada para aplicar el Concilio al Continente americano, siguieron las de Puebla y Sto. Domingo. Reconociendo sus grandes aportaciones, puede observarse cómo, a medida que pasaban los años, fueron perdiendo la vitalidad suscitada por el Vaticano II y acentuándose el proceso involutivo de la Iglesia.

Medellín (1968) despertó grandes esperanzas y supuso la renovación de la Iglesia latino-americana. Su fidelidad creativa al evangelio y al espíritu del Vaticano II, hizo surgir una nueva conciencia y modo de vivir la Iglesia y en la Igle­sia. Los pobres fueron colocados en el centro de su vida y misión. De objetos a quienes hay que atender pastoralmente, pasaron a ser sujetos de la historia, personas a quienes primero hay que escuchar y atender sus clamores. Al abrir los ojos a la realidad, lo primero que aparecía eran las gran­des masas empobrecidas y creyentes que tenían gran esperanza en la Iglesia y a las que había que dar una respuesta.

A la Conferencia de Medellín siguieron unos años de verdadera primavera y esperanza. Fue un verdadero acontecimiento salvífico. Se respiraba optimismo e ilusión por todas partes. El entusiasmo evangelizador y misionero, la fortaleza mostrada ante gobiernos militares y dictadores y sellada por la sangre de muchos mártires, el nacimiento de la Teología de la Liberación, el florecimiento de CEB, cambió el aspecto de la Iglesia latinoamericana haciéndola atrayente y cercana al pueblo.

El impulso evangelizador que generó, dio lugar también a reacciones contrarias en importantes ámbitos sociales y eclesiales y que se implementara en muchos países lo que se llamó “seguridad nacional” -fomentada y apoyada por el gobierno de USA-, que consideraba el movimiento originado por Medellín peligroso y contrario a sus intereses en el continente[5].

La III Conferencia celebrada en Puebla (Méjico, 1979), confirmó y asumió las grandes orientaciones de Medellín. Pero enseguida comenzaron las dificultades y síntomas de involución por influencia del proyecto eclesial neoconservador que se estaba fomentando en el interior de la Iglesia. No rompió frontalmente con Medellín, pero el centralismo, el clericalismo y el autoritarismo de la curia vaticana, fueron haciendo mella en la Iglesia del Continente y acentuando la involución.

El documento final, conserva todavía el espíritu y aire renovador heredado de años anteriores, pero rebajándolo. Por ejemplo, la opción por los pobres se convierte en “opción referencial” (nn. 382 y otros); la Iglesia no se funda en Jesús, sino que fue fundada por Jesús (n.176). Es un texto muy rico y de una gran densidad teológica, pero no saca las consecuencias. En todo momento aparece la preocupación por la ortodoxia, siguiendo las pautas que el Papa había trazado a la Conferencia en el Discurso Inaugural que giró en torno a: la verdad sobre Jesucristo, la verdad sobre la Iglesia y la verdad sobre el hombre. Indicó también que la primera obligación de los obispos era “vigilar por la pureza de la doctrina, base en la edificación de la comunidad cristiana” (I.1). El problema no es que estas palabras no sean ciertas, sino que reducen el papel de la Iglesia en la sociedad, presentándola más como defensora de una doctrina que de la persona, con más inclinación a la teoría que a la práctica, partidaria de la ortodoxia más que de la práctica cristiana. En la convocación del Concilio, Juan XXIII decía que ante “la grave crisis de la humanidad... la Iglesia debe capacitarse cada vez más para solucionar los problemas del hombre contemporáneo” (n.2.5). El tema del hombre fue el centro del discurso de clausura de Pablo VI, afirmando entre otras cosas que “la antigua historia del samaritano ha sido la pauta del Concilio” (n.8). Ahora ya no interesa tanto la persona y sus problemas como la ortodoxia que hay que mantener.

Pocos años después de Puebla, fue apareciendo con mayor fuerza la confrontación con la Teología de la Liberación y las CEB, acentuando sus debilidades -como todo proyecto humano tiene-, y olvidando su gran acierto de conectar fe y vida, que tanto ha animado y fortalecido a las clases populares.

Los documentos de la Congregación par la Doctrina de la fe Libertatis nuntius (1984) y Libertatis conscientia (1986) son representativos de esta corriente involucionista. Su objetivo fue evidente: clausurar la teología de la liberación que se ha desarrollado en América Latina y promover una mayor docilidad a la jerarquía. A pesar de que los principales teólogos de la liberación no se reconocían retratados en el análisis que hacían los documentos -al que caracterizan incluso de “caricaturesco”-, no podían evadirse de la censura de la teología que promovían, más cuando recibió la aprobación y apoyo del Papa Juan Pablo II.

El primer documento se proponía llamar la atención sobre algunas desviaciones o riesgos de desviación de la teología de la liberación, ruinosos e “incompatibles” para la fe y para la vida cristiana. El segundo, señalar los principales elementos de la doctrina cristiana sobre libertad y liberación. Los dos eran complementarios. El primero trató de descalificar la teología de la liberación, tal como fue pensada y desarrollada. El segundo, rehacerla sobre otros presupuestos que no fueron los que motivaron su nacimiento y crecimiento en América Latina. Algunos observadores adelantaron la hipótesis de que en el segundo documento había una transformación radical en la actitud del Vaticano respecto de la teología de la liberación. Pero fue más bien reforzar el primero manteniendo una concepción individualista y personalista del pecado, el nivel abstracto del valor de la libertad y de los procesos de liberación. Desconoce también la legitimidad de la reflexión sobre la realidad a la luz del evangelio que hace la teología latinoamericana, lo cual equivale a decir que la censura.

No se piense que estos documentos de la Sda. Congregación para la Doctrina de la Fe contienen sólo elementos negativos. Tienen también aspectos positivos y aprovechables. El enfoque y los presupuestos de que parte son los que presentan una teología de corte europeo, distinta de la que se hacía en América Latina. Por otra parte, la crítica que hacen de la teología de la liberación dio lugar a su descalificación pública. Unos la apro­vecharon para condenarla; otros, para apartarse de los compromisos que esta teología implica y reafirmar su conservadurismo e individualismo. Incluso no faltaron quienes identificaron la caída del muro de Berlín (1989), con el fin de la teología de la liberación.

Este debate demuestra que la involución también se fue haciendo presente en América Latina. En este momento son muchos los que en teoría y en la práctica olvidan la reflexión propia de este continente que se desarrolló a partir de Medellín y buscan soluciones para no entrar en conflicto con el Vaticano, dejando de lado su realidad lacerante. La corriente involutiva se fue acentuando más los años siguientes con el cuestionamiento a Gustavo Gutiérrez, el silenciamiento de Leonardo Boff y últimamente con la sanción a Jon Sobrino.

En la IV Conferencia de Santo Domingo (1992), aparecieron con más claridad los signos de involución que se reflejaron en el documento final. Fue una Conferencia organizada y controlada desde Roma. No reconoció a Medellín ni mencionó la sangre de los mártires que con tanta profusión había regado este continente en los años recientes. La situación de pobreza y quienes la sufren, apenas tuvo cabida, sin negar que no haga alusión a ellos. El centralismo se acentúa más.

En el documento final aparecen significativas limitaciones y lagunas. Se pierde el método inaugurado por el Concilio y asumido por las conferencias anteriores de ver-juzgar y actuar; la visión de la realidad es parcial, triunfalista y eclesiocéntrica; la santidad se torna individualista e intimista; la comunidad eclesial se enfoca desde una óptica jerárquica no desde el Pueblo de Dios, categoría central en el Vaticano II. Como dice J. Sobrino, “pareciera que hemos perdido el rumbo y no echamos mano de nuestra tradición para retomarlo”[6].

En este contexto, durante la XXVIII Asamblea General Ordinaria del Celam en Caracas (mayo de 2001), surge la idea de pedir al Papa convocar la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano. La ocasión la propició el 50 aniversario del Celam que se celebraría a finales del año 2005. El Papa respondió positivamente a la petición y finalmente en abril de 2006, la convocó para realizarse del 13 al 31 de mayo de 2007 en Aparecida, Brasil.

Después de aprobado por el Papa el tema: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos tengan en Él vida. Yo soy el camino la verdad y la vida (Jn14,6)”, el Celam elaboró el Documento de Participación para suscitar aportaciones de todas las Conferencias Episcopales. ¿Dónde se sitúa este documento?, ¿reafirma la corriente involucionista o la corrige?, ¿se percibe en él la primavera conciliar o la prolongación de un invierno frío y paralizante? ¿Cuáles han sido las reac­ciones a este documento? Tratemos de responder de alguna forma a estas y otras preguntas para conocer mejor dónde nos encontramos respecto al proceso de involución por el que atravesamos.

2. EL DOCUMENTO DE PARTICIPACION

El poco interés y entusiasmo que ha despertado el Documento de Participación, tanto en círculos eclesiales como en los medios de comunicación -comparado con los anteriores de Puebla y Sto. Domingo- , son claro indicio de que el espíritu que contiene no corresponde a lo esperado. El escepticismo e indiferencia ha predominado sobre la ilusión y esperanza. Una lectura pausada y reflexiva nos lleva a concluir que este documento no responde a los problemas que actualmente aquejan a la población latinoamericana ni a los que tiene planteados la Iglesia. Refleja más la involución generalizada y reafirmación en la misma, que la vitalidad del Vaticano II y Medellín que pudieran ponerla fin.

Entre los aspectos que llaman la atención, quizá el más relevante sea que se sitúa al margen de la realidad. En un primer acercamiento a este documento, escribí: “Situarse al margen de la realidad no quiere decir desconocerla o cerrar los ojos a ella. Significa reconocerla pero prescindir de ella a la hora de reflexionar teológicamente, al hacer planteamientos pastorales y proponer líneas de acción para la evangelización y realización del Reino. Quiere decir también, admitirla pero no dejarse afectar por ella”[7]. En esta tónica se desarrolla la mayor parte del documento. Da la impresión de presentar a nivel teórico y doctrinal el cristianismo; después, saca algunas consecuencias. Habla del discipulado sin presentar antes a Jesucristo. La realidad es muy distinta y sin responder a las verdaderas preguntas de la persona, no de sentido, sino de sobrevivencia y violencia, es muy difícil que interesen cuestiones religiosas, por más importantes que sean.

El Cardenal de Tegucigalpa, Oscar Andrés Rodríguez, también manifestó su simpatía por el método deductivo con que está escrito el documento de participación con frases tan imprecisas y equívocas como la siguiente: “Muchos pensaban que el tema del discipulado era muy genérico. ¿Por qué no hablar de la pobreza tan extendida en América Latina? Pero, a medida en que fuimos profundizando, nos fuimos dando cuenta de que este tema del discipulado no viene del aire, no es genérico”[8]. Ser discípulos de Jesucristo y no del neoliberalismo, no excluye poner los pies en el suelo. Por el contrario, el bautismo al configurarnos con Jesucristo invita a encarnarnos en la realidad, como encarnado estuvo el Hijo de Dios en un tiempo y condiciones socio-religiosas determinadas que no le fueron indiferentes.

El documento de participación fue difundido a todas las diócesis de América Latina como “invitación a participar en la preparación de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano” (Doc. Part, p.7, n.169). Parece lógico que las respuestas que fueron llegando -que sin duda reflejan la situación real del continente, tanto socio-política como eclesial-, lo que este pueblo sufrido y pobre desea y pide a sus pastores, sirviera para elaborar el documento base de reflexión y a partir de aquí sacar ciertas líneas pastorales de evangelización. Pero la respuesta parece que no ha sido esa.

El Card. Errázuriz, Presidente del Celam, dijo estas palabras en una conferencia: “Esperamos entregar el así llamado “Documento de Síntesis” que contendrá las aportaciones recibidas de toda América Latina y el Caribe, a fin de febrero de 2007. No lo hemos llamado documento de trabajo para evitar el mal entendido de ser este el proyecto del documento conclusivo”[9]. La pregunta que surge espontáneamente es la siguiente: Si se ha pedido colaboración y se va a “evitar” que ésta forme parte del documento conclusivo, ¿para qué se pide? ¿No es más lógico y sensato que ese material que, sin duda, recoge el clamor de un pueblo “pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte”[10], tenga preferencia sobre una agenda elaborada previamente al margen de la realidad? Más cuando podemos repetir lo que dijo Puebla tomando un texto de Medellín: “El clamor pudo haber parecido sordo en ese entonces. Ahora es claro, creciente, impetuoso y, en ocasiones, amenazante”[11]. Creciente, porque con los años va aumentado considerablemente la población y con ella los problemas y clamores. Y amenazante, porque el sistema neocapitalista impulsado por la globalización, está dejando al margen muchos miles de personas que se van convirtiendo en una verdadera amenaza social. ¿Se podrá silenciar o poner fin a este clamor con una cruzada religiosa?

Otro tema que suscita muchas sospechas es la Gran Misión Continental. El Documento de preparación parece que propone como objetivo prioritario, “que nuestros pueblos en Él tengan vida”, como se desprende del tema y lema propuesto para esta Conferencia: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. –Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. (Jn 14,6)”. Este objetivo podría dar lugar a lanzar desde la opción por los pobres una evangelización profética, liberadora, integral e inculturada, que nos sacara de la apatía y del estancamiento en que estamos. Pero realmente no es así. El objetivo real que se propone es la celebración de una “Gran Misión continental” (Doc.Part. 173). Así también se expresa el Presidente del Celam en el documento antes citado: “Esta Conferencia General del Episcopado no quiere concluir con un mero documento. Quiere preparar materia de una gran misión continental. Ése ha sido el deseo de los presidentes de las Conferencias Episcopales que han participado en nuestras últimas reuniones y en la reciente Asamblea­ de Lima”. Estas palabras reflejan no la mentalidad de uno o dos Obispos, sino “el deseo de los presidentes de las Conferencias Episcopales”[12]

Por otra parte, esta misión no aparece motivada por la realización del Reino -que desapareció en el documento[13]-, ni por el espíritu del Concilio y las Conferencias que lo han querido aplicar a nuestro contexto -Medellín y Puebla-, sino por la disminución de los católicos y la tentación de competitividad ante otros grupos religiosos (n.155).

Así lo afirma también el P. David Gutiérrez, director de la Oficina de Información del Celam: “La Quinta Conferencia... busca dar una respuesta al fenómeno de los fieles de ese continente que aban­donan el catolicismo”[14]. Y Mons. Raymundo Damasceno, Arzobispo de Aparecida, la razón que da para la misión es “el creci­miento de los nuevos movimientos religiosos, y también ante la movilidad religiosa, el tránsito de una Iglesia a otra”[15].

Lo anterior ha quedado confirmado y ratificado en el Discurso del Papa a los participantes de la Plenaria Pontificia Comisión para América Latina (21.1.07), en que muestra preocupación especial por la forma como “prosperan las sectas y los nuevos grupos pseudoreligiosos”, a lo cual espera que Aparecida dé una respuesta[16].

¿Cuál será el resultado final de la Conferencia? ¿Qué línea seguirá? ¿Tendrá fuerza suficiente para marcar una nueva etapa en la historia de la Iglesia en el continente o reafirmará la que vivimos? ¿Cómo será la organización y contenido de la Gran Misión? Esperemos no ocurra lo mismo que años anteriores. Se celebraron Jubileos, el Año de la Eucaristía y, a nivel Latinoamericano, el Año Misionero (nov.2002-03). Me permito recordar lo que escribí en el documento antes citado a este respecto: “Estas convocatorias despertaron gran entusiasmo, es cierto. Pero también hemos de admitir que fue tan fogoso como efímero. No quiero decir que no haya que realizar este tipo de actividades y celebraciones, ni manifestar públicamente nuestras convicciones religiosas. Pero tiene que ser de otra forma y sin poner en ellas más esperanzas que las que pueden dar de sí acontecimientos masivos”[17].

Para que la Misión Continental anunciada pudiera detener la corriente involutiva, tendría que hacer realidad lo que dice breve y claramente una de las aportaciones de Amerindia a la V Conferencia: “Es importante recordar que la meta de la misión no es la Iglesia misma, sino el contribuir a la edificación del Reino de Dios, cuya plenitud será sin duda en el Reino escatológico, pero que en su dimensión inmanente se identifica con la construcción de una sociedad capaz de incluir a todos y todas, justa y solidaria”. ¿Se encuentra la Iglesia de América Latina en capacidad de elaborar un programa de esta naturaleza?.

Algo que tiene que hacernos pensar es que el Concilio y Medellín, despertaron gran entusiasmo evangelizador y renovador en la Iglesia sin que nadie lo organizara e impusiera. Surgió con espontaneidad. Teniendo en cuenta la forma de pensar y ser de la persona hoy, hay razones más que suficientes para preguntarnos por el resultado de una Gran Misión Continental organizada desde arriba y cuáles serán sus contenidos.

3. SUPERAR LA INVOLUCIÓN ¿CÓMO?

¿Nos quedaremos con esta sensación de impotencia y decepción al comprobar por dónde va la preparación “oficial” de la V Conferencia y que “todavía no ha levantado vuelo”?, como dice el P. Cecilio de Lora?[18]. No. La V Conferencia puede ser una oportunidad, independientemente de su resultado final, para ir poniendo las bases a un período de renovación en el que la Iglesia de América Latina recobre su vitalidad evangelizadora, entusiasmo y credibilidad, respondiendo a los problemas pastorales planteados por la nueva situación que vive el continente.

Sin negar la importancia de sus conclusiones, el resultado depende principalmente de las personas y comunidades. Recordemos el adagio latino: “Quiquid recipitur, ad modum recipientis recipitur”. En otras palabras, asumir lo que ofrezca la Conferencia desde una actitud crítica y definida por el proyecto de Jesús (el Reino), los valores del evangelio, la poca importancia que en él tiene la institución y las estructuras, es lo que realmente va a marcar su resultado. Además, hay muchos motivos que nos invitan a tener una actitud positiva y esperanzadora, a pesar de ciertas frases que desconciertan, como la del Papa a la Pontificia Comisión para América Latina en que trata precisamente de la V Conferencia: “Agradezco... el sentido profundo de renovar vuestro compromiso de servir, cum Petro et sub Petro a la Iglesia que peregrina en América Latina” [19]. ¿Qué motivaciones invitan a la esperanza?.

3.1. Ser realistas

Una determinada forma de pensar no puede terminar de un día para otro. Es un proceso evolutivo que tiene un principio, su desarrollo y que apunta a una forma distinta de reflexionar y actuar, pero no a corto plazo. Las ideas se arraigan en la persona y le dan seguridad. Desprenderse de ellas no es fácil; significa muchas veces quedarse a la intemperie y a nadie le gusta vivir en continua zozobra. Pero se puede ir poco a poco sustituyéndolas por otras más de acuerdo al momento y necesidades actuales. Por consiguiente, lo que está aconteciendo en la Iglesia desde pocos años después del Vaticano II y que se ha calificado de “crisis involucionista” por haber perdido el ritmo de la historia, no puede superarse en unos días. Pero se pueden ir poniendo las bases para adelantar lo que se desea y espera.

El Vaticano II recogió las inquietudes e interrogantes de un buen número de Obispos, teólogos y muchos cristianos. Muchas de ellas quedaron plasmadas en los documentos finales. Lo mismo ocurrió con Medellín. Su éxito estuvo en saber escuchar y dar una respuesta no teórica sino real partiendo del pueblo pobre y empobrecido. Éstas son las tareas que hemos de asumir, en vez de esperar que llegue desde arriba lo que esperamos. Recordemos las palabras de K. Rahner: “La Iglesia sólo se hará presente al irse haciendo de modo continuo mediante la decisión libre de fe y la libre formación de comunidades”[20]. La involución, por tanto, no va a terminar por decreto, sino por convicciones personales y comunitarias evangélicas.

3.2. Atreverse a pensar (“Sapere aude”)

Atreverse a pensar -por supuesto, de forma coherente y fiel al evangelio-, siempre ha constituido una fuente de esperanza. Pensar en una facultad que desarrollamos poco y en estos momentos no es fácil hacerlo. Preferimos que otros piensen por nuestra cuenta. Más, cuando se interponen motivaciones de tipo religioso e institucional. Esta capacidad nadie puede impedirla ni coartarla, pero sí tenemos que formarla y aplicarla también a la religión. Decía E. Schillebeeckx: “La razón humana debe usarse al cien por cien en el campo de la fe. Sacar a colación la obediencia y cerrar los ojos, no es cristiano, no es católico. Es necesario ser creyentes racionales. Es cada vez más necesaria la racionalidad, sobre todo, para reaccionar contra el fundamentalismo que mina cada vez más a la Iglesia... Yo critico este retorno (a épocas pasadas) porque los valores modernos de libertad de conciencia, de religión, de tolerancia no son, desde luego, los valores del primer milenio”[21]. Tenemos que tener visión de futuro, no estar lamentándonos por un pasado que nunca va a volver, y tener coraje para construirlo.

Nadie puede impedirnos vivir de acuerdo a nuestras convicciones ni obligarnos a delegar nuestra libertad y responsabilidad. Recogiendo la tradición de la Iglesia, dice el Vaticano II sobre la libertad religiosa: “Consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana y esto de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a actuar contra su propia conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado o en público” (DH 2.1). Texto que merece la pena recordar por el nivel a que hemos llegado de ceder ante todo lo que viene de arriba sin detenernos a considerar su valor ni contrastarlo con el evangelio.

Muchas veces damos la impresión de tener miedo a pensar. Trasladando la voluntad propia a la voluntad del otro, nunca será posible la renovación y contribuiremos a reforzar lo institucional que, de por sí, es conservador y tiende a reforzar el autoritarismo y la uniformidad. La característica fundamental que distingue al ser humano del resto de las criaturas es poder pensar. Lo expresa muy bien el lema de la Ilustración que divulgó Kant y que proviene de Horacio: “Sapere aude”, que podría traducirse como: Atrévete a pensar, o ten valor para usar tu propia razón.

El psicólogo Scott Peck, dice: “Si pensamos y a otros no les parece, es su problema no el nuestro. Pensar está relacionado con crear un problema para quienes buscan usar, abusar, controlar o man­tener al otro dependiente y con miedo. Esta motivación oculta puede desalentar el poder personal directamente relacionado con la capacidad para desarrollar una forma de pensar correcta e independiente”[22]. Estas palabras expresan una realidad comprobable en todos los órdenes, especialmente en el orden religioso, por la sacralidad de que se ha revestido la autoridad y la estructura dentro de la Iglesia. Por eso, a la hora de un acontecimiento eclesial de tanta trascendencia como la V Conferencia, es importante atreverse a pensar por cuenta propia para salir del “invierno” eclesial e ir dando los pasos hacia una nueva primavera. Que esto puede acarrear problemas, es indiscutible. Ya lo adelantó Jesús: “Desde los días de Juan Bautista hasta ahora e reino de los cielos irrumpe con fuerza y sólo los esforzados entran en él” (Mt 11,12).

Siempre encontraremos apoyo y motivaciones en personas y grupos comprometidos, aunque muchas veces algunos se mantengan en cierta ambigüedad y tiendan a conservar lo establecido más que a su renovación. A este propósito es reconfortante la aportación de la Conferencia Episcopal de Brasil. No es un análisis del Documento de Preparación ni ciertas observaciones. Es otro texto totalmente distinto, por su contenido y metodología. No es de extrañar cuando nos dicen que es una síntesis cualitativa de las aportaciones que han recibido. No parte de principios abstractos y de proyectos elaborados al margen del pueblo, sino de lo que éste vive, piensa y espera.

3.3. Retomar los logros de la tradición eclesial de América Latina

En la historia reciente de la Iglesia del continente americano, se han dado ciertos pasos que no podemos renunciar a ellos por fidelidad al evangelio y a la misma Iglesia. Recordemos la letra y, sobre todo, el espíritu del Vaticano II, Medellín y Puebla. En estos tres acontecimientos, encontramos ciertos aspectos comunes que debemos retomar para ir avanzando en la tradición que nos han legado Recordemos algunos:

3.3.1. Signos de los tiempos

Para evangelizar necesitamos analizar los signos de los tiempos, como lugar revelador del plan de Dios. Recordemos estas palabras de Medellín: “Interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan divino” (Mens. 3). En la historia que nos ha tocado vivir, tenemos que aprender a responder a su voluntad y colaborar en su plan de salvación no partiendo de principios teóricos, por muy elevados que puedan ser. Como dicen muy bien los Obispos del Brasil, en nuestro continente el principal problema (la fuerza dinamizadora) no es la “sed de sentido” (Doc.Part. c.I), sino “el hambre de pan, con la convicción de que Dios quiere la salvación a partir del cuerpo”[23]. En la realidad, no desde una oficina, es donde se conocen los enormes desafíos que tenemos que afrontar para que la evangelización sea acertada y acogida.

Hablando sobre la pobreza en Guatemala como nueva forma de esclavitud, dice Carolina Escobar estas palabras aplicables a cualquier situación: “Si alguien no puede ejercer sus derechos económicos, sociales y culturales, ¿cómo se le puede pedir que asuma plenamente sus responsabilidades familiares, laborales y sociales?”[24]. Una frase a la que no sobra absolutamente nada y a la que sólo hay que añadir que en una situación social de dependencia, desamparo y pobreza, tampoco se pueden pedir responsabilidades religiosas. Esto no necesita muchas explicaciones sino únicamente ver la realidad y ponerse en el lugar de muchos millones de personas sin lo mínimo indispensable para vivir con dignidad, expulsados de su propia tierra, sin educación ni trabajo. Y, por supuesto, analizar las causas que conducen a esto. Leemos en los Doc. de Medellín: “No se puede abusar de la paciencia de un pueblo que soporta durante años una condición que difícilmente aceptarían quienes tienen una mayor conciencia de los derechos humanos” (Paz, 16). ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? Desde una situación de exclusión y despojo, ¿cómo responderíamos a la invitación de participar en una Misión Continental?.

3.3.2. El Reino como utopía

Uno de los mayores logros de la reflexión teológica latinoamericana después de Medellín, fue reflexionar sobre la importancia y alcance del Reino de Dios. Es el centro de la predicación y praxis de Jesús, que la exégesis europea de la historia de las formas recuperó en el s.XI­X. Su significado es sencillo. J. Jeremías lo resume diciendo: Dios viene a “restaurar la comunión -que había quedado destruida- entre Dios y el hombre”[25].

El Vaticano II dio el primer paso diciendo que Jesucristo vino a establecer el reino (LG 3, DV 17) y que “la Iglesia sólo pretende una cosa: el advenimiento del Reino de Dios” (GS 45a). Por consiguiente, hablar de Jesucristo y de la misión de la Iglesia no pueden reducirse a conocer la naturaleza de Jesucristo y asimilar su doctrina, sino a colaborar para rehacer el plan de Dios. Por eso, las relaciones Reino-Iglesia sólo pueden plantearse mirando al mundo y no cerrándose a él. Nuestra identidad cristiana no la da lo eclesiástico, sino abrirnos desde el seguimiento de Jesús al mundo para restablecer las relaciones rotas entre Dios y los hombres. Dice J.M.Vigil, “la principal reforma que la Iglesia necesita sigue siendo la conversión al Reino, su efectiva puesta al servicio de la Causa de Jesús en un mundo que, estructurado precisamente por el ‘Occidente Cristiano’, se ha configurado netamente en contradicción con la Causa de Jesús. Nuestra primera obsesión no puede dejar de ser la construcción de la utopía del Reino, lo que podríamos llamar un nuevo orden mundial marcado por unas relaciones correctas de justicia, amor, paz y liberación”[26].

Desde este punto de vista, muchos problemas que se han planteado los últimos años en la Iglesia como el pluralismo religioso, el rigorismo ortodoxo, el lugar social de la Iglesia, la excesiva importancia dada a la estructura e institución, etc. no tienen tanta importancia y son muy relativos. Lo único absoluto es el Reino, como lo fue para Jesús, y desde él hay que considerar todo lo demás. Este Reino ha de comenzar por quie­nes están o se han quedado al margen de este mundo, como son los pobres y excluidos. Por eso, Gustavo Gutiérrez, en su reflexión para la V Conferencia, vuelve a repetir lo que tantas veces ha dicho: Ser discípulo es proclamar el reino “desde el reverso de la historia” para que los pobres y oprimidos entren a formar parte de ella[27].

3.3.3. Humanismo

Desde hace muchas décadas, podíamos decir siglos, América Latina ha figurado en las páginas de los periódicos y medios de comunicación social, no precisamente por su estabilidad social y política, sino todo lo contrario: inestabilidad, corrupción, violencia, injusticia, etc. La falta de humanismo es una de sus características más acentuadas.

En un continente con recursos suficientes para vivir todos con dignidad y donde la mayor parte se confiesan cristianos, encontramos la gran contradicción de la explotación, exclusión y muerte prematura. Los pocos ricos y los muchos pobres, la mayor parte de sus gobiernos que han defendido los intereses de la clase pudiente, la escalada de violencia que todo esto genera, tienen “las venas abiertas” de este continente -en expresión de Eduardo Galeano-, que se está desangrando día a día. La injusticia, el expolio, la destrucción y el sometimiento, cuando se trata de América Latina, son palabras que expresan no las consecuencias de una batalla ganada por unos y perdida por otros, sino la realidad de cada día que nos ofrecen los medios de comunicación. Nuestra situación tiene más características de guerra enraizada que de paz y desarrollo.

Esta realidad indica que la presencia de la Iglesia -“sacramento de Cristo” (LG 1)-, tiene que ser la del samaritano que sale de su camino para practicar la solidaridad con los más pobres y renovar continuamente su cercanía a ellos, mostrando así el rostro compasivo y misericordioso de Jesús. Por eso, D. Bonhoffer, que sufrió en carne propia las atrocidades del cautiverio y las torturas, dice que “ser cristiano… significa ser hombre[28]. Y ¿a qué otra cosa mejor podemos aspirar después de que el Hijo de Dios se hizo hombre?.

Pero no es solamente en la sociedad donde se ha perdido el humanismo, sino a todos los niveles. También en el religioso. Las apariencias, el miedo, la falta de espontaneidad y libertad, son frecuentes. Las estructuras tienen más importancia real que las personas. No importa la felicidad de éstas sino el éxito de aquellas. Tener autoridad se ha confundido con tener razón. La fidelidad a la autoridad, el autoritarismo y centralismo, son las primeras lecciones que aprenden quienes están constituidos en poder, sea grande o pequeño. Pueda parecer exageración, pero la realidad, las personas que sufren calladamente las arbitrariedades y abusos de poder y autoridad, lo confirman.

Ante esta realidad, hemos de recuperar el humanismo y sensibilidad tanto ad intra como ad extra, tan característicos de los años después del Concilio y Medellín, heredados de Juan XXIII[29]. Percibimos enseguida la falta de humanismo en la sociedad. Con los mismos ojos tenemos que mirar hacia dentro. El humanismo es una tarea pendiente que no podemos ni soslayar ni postponer. La persona es imagen de Dios, creada para ser feliz, que tiene sólo una oportunidad para realizar esta finalidad y no puede perderla ni permitir que otros se lo impidan. Por otra parte, encontramos que la persona es cada día más sensible a todo cuanto pueda afectar sus derechos fundamentales, venga de donde venga.

El Vaticano II había advertido que el mundo es cada vez más sensible a todo lo humano y tenemos que ayudarle a alcanzar este objetivo: “Nace un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por su responsabilidad hacia sus hermanos ante la historia” (GS 55). Las manifestaciones frecuentes de personas y grupos reclamando sus derechos, la voz de las clases populares, la sensibilidad cada día mayor ante lo que pueda herir o marginar, nos está diciendo que este logro no podemos dejarle de lado. Cualquiera que tiene alguna autoridad en la Iglesia o un grupo religioso es más dado a imponer que a la ternura y al diálogo.

Conocemos la cercanía que ha tenido la Iglesia como institución los años después del Concilio y Medellín. Esto despertó la atención de muchos y fue la razón por la que se hizo tan atractiva. Tenemos necesidad de recuperar esta actitud y la V Conferencia es el kairós desde el que Dios actúa y nos llama a ser más humanos. La Plegaria Eucarística V/b, expresa de forma breve el objetivo que hemos de alcanzar: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente excluido y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”. Estas palabras recogen el ideal a que tenemos que aspirar y que algunos pequeños grupos y comunidades están haciendo realidad en su vida y organización interna.

3.3.4. Relativizar y renovar las estructuras e instituciones

Éstas son formas en que se encarnan las ideas y proyectos. Por eso, para renovarse es indispensable no sólo renovar las ideas, sino desmitificar las estructuras y renovar las instituciones. Mientras se quieran mantener las mismas estructuras, será imposible poner fin al proceso de involución que vivimos. La Conferencia Episcopal de Brasil es bien consciente de ello. Por eso, entre las directrices pastorales que presentan a la V Conferencia proponen “la reforma de las estructuras de la Iglesia, como una prioridad de acción evangelizadora”[30].

Si nos fijamos en el proceso que ha tenido la Iglesia después del Concilio, observamos que una de las deficiencias más notables ha sido precisamente que las ideas no se han encarnado en estructuras. Si queremos una figura distinta con el mismo molde, es totalmente imposible. Ya lo adelantó Jesús: “A vino nuevo, vasijas nuevas” (Mc 2,22). Los pequeños logros que se han conseguido después del Concilio y Medellín en América Latina tenemos que retomarlos, no olvidarlos.

Recordemos lo que decía K. Rahner: “La tendencia fundamental en nosotros es la defensa de lo recibido, no la preocupación por una situación que está viniendo. Se dice a menudo que la función pro­pia del estamento oficial es, en primer término, defender y conservar lo ya existente, dejando más bien a otras fuerzas dentro de la Iglesias lo venidero, lo nuevo, que hay que configurar creativamente”[31]. Recojamos este reto y trabajemos provisoriamente por la Iglesia, no nos entretengamos en lo que más temprano que tarde tiene que desaparecer.

3.4. Vivir con espíritu de fe

Aunque este aspecto lo indique en último lugar, es el primero y el que tiene que iluminar nuestra andadura hasta la celebración de la Conferencia y su recepción. La fe al estilo de Jesús, “el que la motiva y lleva a la perfección” (Hb 12,2). La fe es confianza en Dios antes que en los hombres, tener en cuenta los criterios del evangelio antes que la forma tan caprichosa como muchas veces se ejerce la autoridad, observar lo que ocurre en nuestra sociedad y recordar las palabras de Jesús: “Entre ustedes no ha de ser así” (Mt 20,26); es vivir el novedoso mensaje cristiano yendo, como Jesús, más allá de lo legal, sin pensar en grandes masas sino en ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”.

La fe es o que ha mantenido a muchas personas y comunidades durante las etapas de la represión militar en América Latina; lo que ha dado fortaleza y fidelidad a los mártires del continente y lo que tiene que seguir animándonos: “Rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús” (Heb 12,1-2).

Termino con unas palabras de Roberto Oliveros que –desde la fe- nos abren a la esperanza de que Aparecida sea el principio de la renovación eclesial que esperamos y, por tanto, del fin de la involución:

“Como la historia lo demuestra, el Espíritu Santo también participa (en Aparecida). Y es claro que nosotros también: en nuestra historia salvífica Dios es Emmanuel, Dios con nosotros, o sea no un Dios sin nosotros, y por ello se justifican algunos de nuestros temores. Muchos motivos mueven al escepticismo y a temores ante la próxima Conferencia. Razón mayor para orar al Señor que envíe abundantemente su Espíritu como recientemente lo hemos experimentado en el Vaticano II, Medellín y Puebla. ¿Quién esperaba en los meses previos al Concilio y Medellín que surgiera tal vitalidad evangélica y profética? Frecuentemente afirmamos que creemos en el Espíritu Santo. Con el favor de Dios, no me perderé ese nuevo capítulo de Dios y nosotros (nuestros obispos y nosotros: ‘hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros...” (Hch 15,28)”[32].

Aparecida es una oportunidad para captar la presencia silenciosa y sonora de Dios en la vida de las personas, acontecimientos y comunidades de América Latina, para apropiárnosla y expresarla al estilo de Jesús, guiados por su Espíritu.

Conclusión

Quizá alguien se sienta un poco decepcionado por no encontrar respuesta a la pregunta con que comencé esta reflexión: “Aparecida, ¿fin o reafirmación de la involución eclesial?”. La respuesta tiene que darla cada uno. Las páginas anteriores son para ayudar a tomar una opción personal para asumir y vivir la V Conferencia: Con el espíritu de Jesús, del evangelio, del Vaticano II y Medellín. o anteponiendo a lo anterior mentalidades, estructuras y proyectos que, teniendo en cuenta la forma cómo el mundo evoluciona, no tienen futuro. “Al no percibir claramente este mundo, la conciencia propia de la Iglesia concreta se convierte muy a menudo en una curiosa mezcla de terco conservadurismo y una desesperación inconfesada”[33]. ¿No es algo de esto lo que nos está pasando?. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Notas

[1] Dictatus Papae, en E. Drewermann Clérigos. Psicograma de un ideal, Trotta, Madrid 2005, p.413.

[2] Ver texto en Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum Definitionum et Declarationum de rebus fidei et morum, Ed. XXXVI, Herder, Barcelona 1073, nn. 2901-2980.

[3] Merece la pena recordar la anécdota. Durante una audiencia en su biblioteca, alguien preguntó a Juan XXIII el objetivo que deseaba alcanzar el Concilio. “Mire, contestó dirigiéndose al mismo tiempo hacia una de las ventanas que dan a la Plaza de San Pedro. Y abriendo la ventana, continuó: “Esto va a hacer el concilio: que entre un poco de aire fresco en la Iglesia”. El día antes de morir (3 junio 1963), decía el Car. Montini (su sucesor), en la Catedral de Milán: “Bendito sea este Papa, que nos hizo gozar en el mundo” (Cf. Carlos María Aguirre, Juan XXIII y “Un poco de aire fresco”, en Criterio 2271, Mayo 2002).

[4] Imhof, P. La fe en tiempo de invierno, Desclée, Bilbao 1989, p.45.

[5] Véanse a este respeto los Documentos de Santa fe (1980-1986) y el Informe Kissinger (1984).

[6] Carta a Ellacuría, 27.10.06.

[7] A. García-Zamorano, El Documento de Participación. Visión de Conjunto, en Voces del Tiempo 53 (2006), p. 47.

[8] Conferencia el 16.1.07, en Zenit, org.

[9] Conferencia pronunciada el 2 diciembre 2005, en Königstein (Alemania). Estamos a final de marzo y todavía no se ha publicado, ni siguiera anunciado, el documento anunciado.

[10] Documento de Medellín. Conclusiones, Pobreza, 2.

[11] Documento de Puebla, n.89.

[12] Para confirmar lo que acabamos de decir y cuál es la mentalidad que predomina en quienes más influencia tendrán en Aparecida, el Cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, el día 5 de marzo 2007, en una misa en la Catedral presidida por el Card. Errázuriz, afirma que la crisis planetaria, junto con la participación de los fieles laicos, reclama “una cruzada de promoción de valores cristianos”.

[13] La palabra “reino”, central en el mensaje e identidad de Jesús, sólo aparece una vez citando el prefacio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo (n.11).

[14] Encuentro con los periodistas, 12 enero 07.

[15] Entrevista 16 abril 06.

[16] En la audiencia a los Nuncios apostólicos en América Latina (23 febrero 2007), vuelven a tomar el mismo tema tanto el Card. Bertone, Secretario de Estado, al presentar al Papa a los nuncios, reunidos en el Vaticano para preparar la V Conferencia del Celam, como el Papa en el discurso que les dirigió.

[17] Loc. cit., p.53

[18] Ex-Secretario adjunto del Celam en tiempos de Medellín con Mons. Eduardo Pironio. Entrevista en Quito (Ecuador) el 14 noviembre 2006.

[19] Discurso a los participantes de la Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina (21 enero 2007). Las palabras subrayadas están resaltadas en el texto original. El mensaje que contienen es claro.

[20] Cambio estructural de la Iglesia, Ed. Cristiandad, Madrid 1974, p.132.

[21] Soy un teólogo feliz, Ed. Atenas, Madrid 1994, pp.122 y 73.

[22] The road less traveled and beyond, Simon & Schuster, New York 1997, p.44.

[23] Sintese das contribuicoes da Igleja no Brasil à Conferência de Aparecida, Observacoes gerais, 1.b).

[24] Prensa Libre (Guatemala), 22 enero 07, p.14.

[25] Teología del Nuevo Testamento I, Sígueme, Salamanca 2001, p. 125-126.

[26] Libertad a la intemperie. Sobre las necesaria reforma de la Iglesia católica. En Internet, Revista RELat, 308, p.5.

[27] Seguimiento de Jesús y opción por el pobre, Páginas 201, Oct.06, 17-18.

[28] Resistencia y sumisión, Ed. Sígueme 2004, p.253.

[29] Cf. Carlos María Aguirre, Juan XXIII y “Un poco de aire fresco”, Criterio 2271, Mayo 2002.

[30] Loc. cit., cap. IV, 2.1.d).

[31] Loc. cit., p. 34.

[32] En Memoria del proceso hacia la V Conferencia, Internet.

[33] K. Rahner, op.cit., p.26.


te quiero

te quiero

3 Pascua (C), Juan 21, 1 – 19
CUALQUIERA NO SIRVE
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 18/04/07.- Después de comer con los suyos a la orilla del lago, Jesús inicia una conversación con Pedro. El diálogo ha sido trabajado cuidadosamente, pues tiene como objetivo recordar algo de gran importancia para la comunidad cristiana: entre los seguidores de Jesús sólo está capacitado para ser guía y pastor quien se distingue por su amor a él.

No ha habido ocasión en que Pedro no haya manifestado su adhesión absoluta a Jesús por encima de los demás. Sin embargo, en el momento de la verdad es el primero en negarlo. ¿Qué hay de verdad en su adhesión? ¿Puede ser guía y pastor de los seguidores de Jesús?

Antes de confiarle su «rebaño», Jesús le hace la pregunta fundamental: «¿Me amas más que estos?» No le pregunta: ¿Te sientes con fuerzas? ¿Conoces bien mi doctrina? ¿Te ves capacitado para gobernar a los míos? No. Es el amor a Jesús lo que capacita para animar, orientar y alimentar a sus seguidores como lo hacía él.

Pedro le responde con humildad y sin compararse con nadie: «Tú sabes que te quiero». Pero Jesús le repite dos veces más su pregunta de manera cada vez más incisiva: «¿Me amas? ¿Me quieres de verdad?» La inseguridad de Pedro va creciendo. Cada vez se atreve menos a proclamar su adhesión. Al final se llena de tristeza. Ya no sabe qué responder: «Tú lo sabes todo».

A medida que Pedro va tomando conciencia de la importancia del amor, Jesús le va confiando su rebaño para que cuide, alimente y comunique vida a sus seguidores, empezando por los más pequeños y necesitados: los «corderos».

Con frecuencia se relaciona a jerarcas y pastores sólo con la capacidad de gobernar con autoridad o de predicar con garantía la verdad. Sin embargo, hay adhesiones a Cristo, firmes, seguras y absolutas que, vacías de amor, no capacitan para cuidar y guiar a los seguidores de Jesús.

Pocos factores son más decisivos para la conversión de la Iglesia que la conversión de los jerarcas, obispos, sacerdotes y dirigentes religiosos al amor a Jesús. Somos nosotros los primeros que hemos de escuchar su pregunta: «Me amas más que éstos? ¿Amas a mis corderos y a mis ovejas?» (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

en el suelo

en el suelo

DE LA EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES A LA EXPULSIÓN DE LOS EXCLUIDOS
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 17/04/07.- “Todos los profetas del Antiguo Testamento denunciaron el culto vacío” recordaba el cura Enrique de Castro, en la radio, al día siguiente de la eucaristía, multitudinaria, del domingo de resurrección, con presencia de miembros de muchas comunidades, todos en contra del cierre, forzado por el arzobispo, de la parroquia de San Carlos Borromeo, “la Iglesia de los marginados”, en Entrevías. Enrique de Castro es un cura atípico que ha dedicado su ministerio a acompañar, defender y acoger de personas marginadas, o con problemas laborales; a alcohólicos o drogadictos; a presidiarios y a emigrantes sin papeles; y que admite en el templo a agnósticos, ateos, o a personas de otra religión. Llama la atención que en la comunidad itinerante formada por Jesús no había levitas o profesionales de lo religioso, todos eran periféricos, galileos, y algunas mujeres. El cura Enrique recordaba la denuncia del templo hecha por Jesús: “habéis hecho negocio de la casa de Dios”; que la fe es liberación para el pobre (tu fe te ha salvado: eres capaz) no sometimiento; y hacía suyas las denuncias de los profetas contra la liturgia o el culto vacío. “Importa más la forma que el fondo” denuncia; “la iglesia está unida al poder, el Vaticano es el centro de poder, de peregrinación de todos los jefes de estado...”. Por su coherencia, el cura Enrique encaja con la figura del buen samaritano, no con el levita del templo que pasa de largo porque, si se detiene, llegaría tarde para los oficios.

Las palabras del cura Enrique, rememorando algunos dichos de denuncia de los antiguos profetas, sobre el culto vacío, me trajeron a la memoria una catequesis importante, Levantaré la tienda, que casualmente coincidió con el inicio del cónclave que eligió al papa Ratzinger, el delfín del papa Wojtyla, días después de los funerales de estado -con presencia de todos los poderosos- de Juan Pablo II, el papa del ¡Levantaos! ¡Vamos! que encandilaba a las masas con la fe de los estadios. “Detesto y rehúso vuestras fiestas, no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas; por muchos holocaustos y ofrendas que me traigáis, no los aceptaré… Retirad de mi presencia el barullo de los cantos, no quiero oír la música de la cítara; que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne” (Am 5,21-24). Amós, profeta de la denuncia social y religiosa, aunque no se tiene por tal (“yo no soy profeta, soy vaquero y cultivador de higos”), es conminado por el sacerdote-funcionario de Betel, el templo nacional, a callarse y a marcharse de allí: “No vuelvas a profetizar en Casa-de-Dios, porque es el santuario real, el templo del país”. Amós “no es un profesional de lo religioso, ni tampoco estómago agradecido. Es independiente económicamente, libre”; pero le mueve una fuerza irresistible que el sacerdote del templo nacional es incapaz de silenciar (Am 7,12-13).

Los profetas de la Biblia no eran triunfadores; eclesialmente hoy serían unos “fracasados”, y acusados de disidentes, de no estar en comunión con la Jerarquía. Algunos, como Ezequiel, escriben desde el exilio. Ellos –como Romero, Ellacuría, Jon Sobrino, Casaldáliga, y otros de nuestro tiempo... - practicarían una teología de la liberación, que se atreve a denunciar la injusticia estructural y el neoliberalismo de los poderosos. La Jerarquía, al igual que en tiempos de Amós, de Oseas... tampoco les reconocería, porque, de algún modo, se sentiría retratada en sus denuncias. Al contrario, por ejemplo, que la madre Teresa de Calcuta, una heroína de la caridad pero muy sumisa a los Príncipes de la Iglesia, ellos, al igual que Jesús, no serían reconocidos en su propia casa. “El Vaticano es el templo de Jerusalén; no sirve” dice el cura Enrique.

Los escribas y fariseos, continuamente le advertían a Jesús, le acusaban de que su comunidad transgredía las normas: que sus discípulos no cumplían el rito de lavarse las manos antes de comer; o que no ayunaban; o que (para matar el hambre) arrancaban espigas en sábado. Él, que relativizaba ese tipo de ayuno y liturgia, les recuerda unas palabras del profeta Isaías: Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Su heterodoxia le hacía tomar sus precauciones, a veces evitaba pasar por la ciudad, pasaba de largo. Una vez la contempló de lejos, en silencio, y lloró: "Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados" (Mt 23,37-38). Tras la curación del criado del centurión romano Jesús se atreve a decir que muchos “de fuera” se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras que los “de casa” de toda la vida serán expulsados a las tinieblas (Mt 8, 11-12).

En “la parroquia de los marginados” los curas dan cabida a cristianos y otras gentes, gentiles o no creyentes, que sienten atracción por el Jesús “rebelde” de los evangelios. Haciendo uso de la “rebelde fidelidad” de la que habla el obispo Casaldáliga, se niegan a abandonar la parroquia porque allí se sienten “Reunidos en nombre del Señor”; porque, por encima de todo, se sienten comunidad. Allí no se escandalizan cuando, por ejemplo, uno de sus curas, de 72 años, confiesa en público: "Yo llegué aquí ya mayor, pensando que los curas evangelizaban, y, en cambio, fui yo el evangelizado por Enrique [de Castro], por las madres, por los presos. He encontrado evangelización en las putas. Creía que lo sabía todo y no sabía nada... ”. Hubo personas que se emocionaron, como Avelina, una mujer de 82 años, cristiana y del Partido Comunista. Quizá allí entienden aquellas palabras del Maestro cuando dijo que “Las prostitutas os llevan la delantera en el reino de los Cielos”. Allí los curas facilitan, en la eucaristía, el turno de la palabra a la comunidad, para expresar sus temores o sus alegrías, para pedir y para dar gracias: "¿Sabéis por qué estoy aquí?", comenzó una mujer, llorosa. Los reunidos contuvieron el aliento. "Porque un día detuvieron a mi hijo, porque fumaba... de eso... y traficaba... de yo qué sé... Yo iba llorando por un pasillo de los juzgados cuando Enrique de Castro me vio y me dijo: '¿Por qué lloras?'. Y él se quedó conmigo para ayudarme"...

La autoridad de Jesús es creíble; es la antítesis del ordeno y mando. El no obliga ni condena, sólo propone y anima, desde la libertad, a la conversión (Jn 8,11). En la primera de sus siete diatribas contra los fariseos, Jesús les acusa de ser un obstáculo para la fe de los de fuera: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no los dejáis entrar”. En la curación del hombre de la mano seca (Mc 3 1-6) los fariseos se confabulan para liquidar a Jesús, por anteponer la defensa del hombre socialmente marginado al cumplimiento del rito. Y en la curación del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41), no sólo condenan al “ciego” expulsándolo de la sinagoga, por negarse a retractarse y reiterar que recobró la luz gracias al profeta, también desautorizan a Jesús: “este hombre no viene de Dios porque cura en sábado”. “Por qué el obispo no cree en nuestra fe?” se pregunta la gente que asiste esperanzada a la parroquia de Entrevías. Ante ese rechazo tal vez encuentren más consuelo en las palabras de Jesús: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos” (Jn 9,39).

Cuando se anunció el Concilio Vaticano II, los obispos también podían ser diputados o procuradores en las Cortes, bajo las alas, y al servicio, de un Régimen cuyo jefe de Estado firmaba muchas sentencias de muerte y a quien -días después del desfile de la Victoria, y en medio de la despiadada represión de los vencedores- el obispo de Madrid, pletórico de triunfalismo, pudo decir: “nunca he incensado con tanta satisfacción como ahora lo hago con V.E.” (catequesis “Memoria histórica. ¿Cruzada o locura?", cap. 10 “Franco bajo palio”, pág. 52, en Internet). Al parecer, no causaba escándalo que la confesión de fe en el Señor se trasmutara en confesión de fe en el Caudillo. Nadie pidió perdón por esas idolatrías, a nadie se le condenó por semejantes herejías. Nadie exigió el cierre de esos templos, de esas liturgias tan identificadas con banderas.

El Concilio, queriendo volver a los orígenes, puso las cosas en su sitio. Pero ya quedan pocos “restos” de la inesperada primavera eclesial anunciada por Juan XXIII, de la que brotaron las comunidades de base que miraban a la sencillez de las comunidades primitivas. Surgieron curas y obispos que creían en la renovación. Tres de aquellos curas -casualmente con el mismo: José María- marcaron una época. El más “subversivo”, el padre Llanos, decidió ensanchar, de por vida, su tienda en las tierras “samaritanas”, de las chabolas de Vallecas. Su compañero Díez Alegría, hoy el único superviviente del trío, sufrió “destierro” por escribir un libro: “Yo creo en la esperanza”. Y González Ruiz, un “teólogo atípico” que influyó en la elaboración de documentos del Concilio Vaticano II como la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual y la Declaración sobre libertad religiosa (que causó escándalo y rebeldía entre los obispos españoles, tan cómodos con su nacional catolicismo), tuvo serios problemas con las autoridades políticas y religiosas. Su libro “Creer es comprometerse” fue durante décadas un revulsivo entre muchos cristianos, y referencia para el clero. Él acuñó su rebeldía en el lema de San Pablo: “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente” (Ga 5,1).

Leyendo los testimonios de solidaridad con la comunidad de San Carlos Borromeo, todos coinciden en que por encima de la Jerarquía y del templo de piedra está la comunidad. Muchos temen que se imponga la solución menos evangélica, el cierre de un templo incómodo que es señal de liberación, y para los pobres. Otros piensan que si “cae” una parroquia, en su lugar se levantará, con más fuerza, una comunidad. “El templo es el ser humano” recuerda el cura Enrique Castro. Pero también es evangélico que a esa comunidad (con sus defectos; como los tiene la Jerarquía que no pocas veces maquilla, según conveniencias, pasajes incómodos del evangelio) se le respete su derecho de asociación y de reunión, en nombre del Señor, en ese lugar de toda la vida, aunque continúen “requisados” los libros de registro. Otro de los muchos testimonios de comunión que corren por la RED recuerda que “Los que ya hemos sufrido el cierre de nuestra Parroquia (yo era miembro de la Comunidad del Espíritu Santo y nos echaron, me fui a la Parroquia Universitaria y Monseñor Suquia la cerró de un plumazo, ahora nos reunimos en unos locales que nos dejan) sabemos que si somos una comunidad, podemos seguir adelante viviendo nuestra fe”. También a San Juan de la Cruz le declararon “rebelde”, y lo excomulgaron, encerrándolo en prisión; pero el místico de Ávila, haciendo uso de la rebelde fidelidad, siguió celebrando la eucaristía.

Cuarenta y pico años después del Concilio, aún hay obispos que ponen sus señas de identidad en sus vestimentas: “es el distintivo de la sucesión apostólica”, dicen; respuesta que no entienden los feligreses de esa comunidad; el Jesús que les llega es aquel profeta laico, de vestir normal. Ellos entienden que sus curas son coherentes: Os lo aseguro, cada vez que lo hicisteis con estos, los humildes - cuando tuve hambre, estuve enfermo o en la cárcel, fue extranjero... -, conmigo lo hicisteis. Hoy, los puristas también se acercarían a Jesús para que se pronunciara, y condenara, la liturgia no homologable del templo de Entrevías. Y Él, muy posiblemente, se agacharía de nuevo y trazaría en el suelo las mismas palabras -las únicas escritas por él, de las que tenemos noticias en los evangelios- que esbozó sobre la tierra cuando le presentaron a la mujer sorprendida en adulterio para que Él también la condenara a ser dilapidada... Entonces, todos ellos, empezando por los más ancianos, se fueron batiendo en retirada… (Jn 8,9). La verdad, Caifás, si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio... (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

erguidos

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CUMPLIR LO QUE PREDICAMOS
BENJAMÍN FORCANO, sacerdote y teólogo
MADRID.

ECLESALIA, 12/04/07.- ¿Qué nos hace cerrar las puertas a tanta gente de dentro y fuera de la Iglesia? No, ciertamente, Jesús, sino otros que tienen miedo, que no son capaces de encuentro y diálogo, que no confían en el ser humano y van armados de prejuicios y recelos. El de Jesús es otro el mensaje y otro el estilo.

¡Qué bien haríamos en comenzar por aplicar en casa lo que predicamos para los de fuera!

Todos necesitamos sacudir nuestro estrecho particularismo y salir del sepulcro de nuestros miedos y dogmatismos. También los obispos. En algunos es muy difícil ver que siguen las huellas del Nazareno. No es tan difícil cumplir con la elemental premisa de actuar fraternalmente sin creerse más que los demás, de abrir su corazón a todos, de escuchar, comprender, respetar y dialogar sin blandir la espada de la ortodoxia o de acobardarse hincando la rodilla de infantiles e ilícitas obediencias. No deberían esconderse ni eludir su responsabilidad humillando a otros, que tienen como "subalternos", para hacerles cumplir propias o dictadas sentencias. El poder despersonaliza y ciega. Pero, el poder no es la verdad, no asegura el acierto ni dispensa de reconocer la dignidad y talentos de todos, y los límites propios.

Me refiero a algunos obispos, porque están siendo públicas y sospechosas cuando no escandalosas, actuaciones suyas partidistas en política, supeditación de su misión de unidad y comunión a la de sembrar división con sus partidismos, juicios políticos que no morales ni pastorales contra determinadas leyes del Estado, improbadas acusaciones e injustas sanciones contra teólogos, cierres de parroquias sin consultar con la comunidad, respetar sus derechos y atender a criterios evangélicos, arrogante monopolio de lo que pertenece al campo de valores y normas éticas humanas, enseñanza parcial, subjetiva, muy controvertida como si fuera propia y universal de toda la Iglesia, descalificación de doctrinas teológicas actuales como si fueran una moda contemporizante y una cesión vergonzosa a exigencias y pactos de ideologías dominantes, etc.

Todos necesitamos revisar nuestras actitudes. Es imprescindible unidad y comunión, -no uniformidad- en todo el pueblo de Dios: obispos, presbíteros, laicos, teólogos, expertos de las ciencias humanas, etc. Pero, es no menos imprescindible el diálogo en medio de un pluralismo y libertad tal como lo exige el Vaticano II: "In nesariis unitas, iin dubiis libertas, in omnibus caritas".

Necesitamos revisar nuestro "sectarismo": grupal, congregacional, que nos lleva a enaltecernos, cerrarnos en nosotros mismos y desconfiar de los demás. Ese es un relativismo necesario, positivo, neutralizador de infantiles apologismos.

Cada uno somos de ambientes, contextos y condicionamientos distintos, que nos llevan a obrar en una determinada dirección, con buena voluntad, -sin duda en ocasiones equivocada-, que nos invita a una posición de humildad, de autocrítica, de apertura y escucha de los demás, de enriquecimiento mutuo.

Resucitar como el resucitado, poniendo las cosas en su lugar, erguidos y libres como Él, para liberarnos del miedo y hacer que "nadie se apropie su mensaje e imponga otro estilo diferente al suyo". (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).