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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

abrir las puertas

abrir las puertas

2 Pascua (C), Juan 20, 19 – 31
ABRIR LAS PUERTAS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 11/04/07.- El evangelio de Juan describe con trazos oscuros la situación de la comunidad cristiana cuando en su centro falta Cristo resucitado. Sin su presencia viva, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que viven «en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos».

Con las «puertas cerradas» no se puede escuchar lo que sucede fuera. No es posible captar la acción del Espíritu en el mundo. No se abren espacios de encuentro y diálogo con nadie. Se apaga la confianza en el ser humano y crecen los recelos y prejuicios. Pero una Iglesia sin capacidad de dialogar es una tragedia, pues los seguidores de Jesús estamos llamados a actualizar hoy el eterno diálogo de Dios con el ser humano.

El «miedo» puede paralizar la evangelización y bloquear nuestras mejores energías. El miedo nos lleva a rechazar y condenar. Con miedo no es posible amar al mundo. Pero, si no lo amamos, no lo estamos mirando como lo mira Dios. Y, si no lo miramos con los ojos de Dios, ¿cómo comunicaremos su Buena Noticia?

Si vivimos con las puertas cerradas, ¿quién dejará el redil para buscar a las ovejas perdidas? ¿Quién se atreverá a tocar a algún leproso excluido? ¿Quién se sentará a la mesa con pecadores o prostitutas? ¿Quién se acercará a los olvidados por la religión? Los que quieran buscar al Dios de Jesús, se encontrarán con nuestras puertas cerradas.

Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro de nuestras iglesias, grupos y comunidades. Que sólo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.

Ya no tenemos el poder de otros tiempos. Sentimos la hostilidad y el rechazo en nuestro entorno. Somos frágiles. Necesitamos más que nunca abrirnos al aliento del resucitado y acoger su Espíritu Santo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

resucito

resucito

De la letra de una canción de su último disco "Desaprender"
DESAPRENDER. REINAUGURAR LA VIDA
LUIS GUITARRA
MADRID.

ECLESALIA, 10/04/07.- Desaprender la guerra, realimentar la risa,
deshilachar los miedos, purificar la brisa.
Anteponer lo ajeno,
curarse las heridas

Desconvocar el odio, desestimar la ira,
Rehusar usar la fuerza, rodearse de caricias,
Reabrir todas las puertas, rendirse a la Justicia.
Rodearse de caricias.

Rehabilitar los sueños, penalizar las prisas, indemnizar al alma,
sumarse a la alegría.

Humanizar los credos, sitiar cada mentira,
adecentar la Tierra, reinaugurar la Vida.

Sumarse a la alegría, reinaugurar la Vida

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda
la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Para más información: www.luisguitarra.com

resucitadores

resucitadores

TIPOLOGÍA DE CRISTIANOS ANTE EL SEPULCRO
ALFONSO FRANCIA

ECLESALIA, 09/04/07.- Allí junto al sepulcro, la noche del sábado, estaban los discípulos, la iglesia toda. Cada uno en su papel, en su actitud de servicio. En su forma de entender. O en su “santa manía”…Todos, sí, convocados por la esperanza y unidos, sí, por el amor. Por un cierto amor.

Dormidos, quizás. Despistados. Huidos. Reconstruyendo y añorando el pasado. Imaginando futuros. Programando el mañana. Preparándose para el después, sin Él, ¡aunque con Él!

- Estaban los que hacían teología de la eucaristía, del dolor redentor, del Cristo fundamento de la iglesia, de los sacramentos...

- Los que recordaban los pasos, mensajes y milagros del Maestro.

- Los que hacían encíclicas, cartas, mensajes y proyectos para una iglesia más viva.

- Los que hacían leyes para, decían, que todo funcionara mejor.

- Los que lamentaban y lloraban tanto dolor y tanta muerte.

- Los que señalaban a los culpables de la muerte de Jesús.

- Los que decían que por fin había descansado, que ya no sufría.

- Los que gritaban que Cristo seguía sufriendo en los pobres, abandonados y desechos sociales…

- Los que rezaban, armonizaban e interpretaban preciosos glorias y aleluyas.

- Los que merodeaban cerca, muertos de frío, de hambre, de esperanza y de cariño.

- Los que se esforzaban por quitar la losa del sepulcro para que Cristo saliera.

- Los que se acusaban mutuamente -“pues peor fuiste tú que…”- por la actitud ante el prendimiento y ante proceso al Maestro Bueno.

- Y Cristo, Él, el protagonista, resucitó en la clandestinidad, sin avisar, sin que lo vieran, y fue a hacer de cirineo de los que sufren su propio calvario.

Los suyos, los más suyos, saben que ya no está en el sepulcro. Y lo saben disfrazado de hortelano, de peregrino, de pobretón, de drogadicto, de enfermo, de emigrante…

O lo ven así -con agujeros en las manos y en los pies- o ya no lo verán nunca.

Se saben sus discípulos, resucitados por Él y con Él. Y se saben también… ¡resucitadores!

Aleluya, aleluya. Que si vivimos resucitados es que Él resucitó y nos ha resucitado. Aleluya, aleluya. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


pasión

pasión

Domingo de Resurrección – Vigilia (C) Lucas 24, 1 – 12
NO ESTÁ ENTRE LOS MUERTOS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 04/04/07.- «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado». Según Lucas, éste es el mensaje que escuchan las mujeres en el sepulcro de Jesús. Sin duda, el mensaje que hemos de escuchar también hoy sus seguidores. ¿Por qué buscamos a Jesús en el mundo de la muerte? ¿Por qué cometemos siempre el mismo error?

¿Por qué buscamos a Jesús en tradiciones muertas, en fórmulas anacrónicas o en citas gastadas? ¿Cómo nos encontraremos con él, si no alimentamos el contacto vivo con su persona, si no captamos bien su intención de fondo y nos identificamos con su proyecto de una vida más digna y justa para todos?

¿Cómo nos encontraremos con «el que vive», ahogando entre nosotros la vida, apagando la creatividad, alimentando el pasado, autocensurando nuestra fuerza evangelizadora, suprimiendo la alegría entre los seguidores de Jesús?

¿Cómo vamos a acoger su saludo de «Paz a vosotros», si vivimos descalificándonos unos a otros? ¿Cómo vamos a sentir la alegría del resucitado, si estamos introduciendo miedo en la Iglesia? Y, ¿cómo nos vamos a liberar de tantos miedos, si nuestro miedo principal es encontrarnos con el Jesús vivo y concreto que nos transmiten los evangelios?

¿Cómo contagiaremos fe en Jesús vivo, si no sentimos nunca «arder nuestro corazón», como los discípulos de Emaús? ¿Cómo le seguiremos de cerca, si hemos olvidado la experiencia de reconocerlo vivo en medio de nosotros, cuando nos reunimos en su nombre?

¿Dónde lo vamos a encontrar hoy, en este mundo injusto e insensible al sufrimiento ajeno, si no lo queremos ver en los pequeños, los humillados y crucificados? ¿Dónde vamos a escuchar su llamada, si nos tapamos los oídos para no oír los gritos de los que sufren cerca o lejos de nosotros?

Cuando María Magdalena y sus compañeras contaron a los apóstoles el mensaje que habían escuchado en el sepulcro, ellos «no las creyeron». Éste es también hoy nuestro riesgo: no escuchar a quienes siguen a un Jesús vivo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

no creen

no creen

LOS ANDES NO CREEN EN DIOS
MIGUEL ESQUIROL VIVES
COCHABAMBA (BOLIVIA).

ECLESALIA, 03/04/07.- Ayer pude ver la última película boliviana de Antonio Egino, posee grandes virtudes, como por ejemplo la excelente ambientación de la época, en el año 1927 en un pueblo minero de Bolivia, pero también bastantes falencias, como los parlamentos muchos de ellos forzados y algo artificiales. Pero no voy a hacer una crítica cinematográfica, sino que voy a referirme al problema del fondo religioso que deja entrever el título de la película.

El título, aunque menos literario, podría ser también los Andes no creen en el Dios de la Iglesia católica, pues si hay un pueblo todavía hoy profundamente religioso, es el pueblo andino, creyente en el Dios de sus antepasados, que acoge a todos sus hijos sin exclusión y que seguro que es sencillamente el mismo, pero con diferente manifestación.

Dos personajes importantes de la película son el sacerdote con sus feligresas de la legión de santa Catalina y la prostituta con sus chicas chilenas. La acción sucede en el pueblo minero de Uyuni, en los años del auge de la minería. Al sacerdote lo que le interesa es la moral y las buenas costumbres, no hace nunca referencia en sus sermones al sufrimiento de los indios en los socavones de la mina, que escupen sangre para que los dueños de la empresa minera y los grandes industriales ingleses se beneficien de la riqueza que produce el mineral, sobre todo gracias a la guerra.

En ese afán moralizante se organiza una marcha liderizada por el sacerdote y la presidenta de la asociación católica para ir a expulsar a las prostitutas del pueblo. Antes ya el sacerdote la había expulsado de la Iglesia, a la que asistía regularmente, pero cubierta por un velo negro para no ser reconocida. La marcha termina con el incendio del prostíbulo y con una pedrada que da en la cabeza de la prostituta mayor, que da la cara en defensa de sus chicas, quedando excomulgada para siempre.

Esa es la imagen antigua que todavía lamentablemente da hoy, en muchas ocasiones, nuestra Iglesia católica jerárquica, obsesionada por la moral y por el dogma, pero no por la moral de los negocios, en los que ella también está involucrada, ni por la moral de la justicia social o distributiva, ni por la moral del respeto a la libertad de los hijos de Dios, ni por la moral de la acogida ni por la solidaridad con los pobres, sino por la moral sexual, obsesionada en temas como el control de la natalidad, el uso de los preservativos, la homosexualidad, las uniones entre gays, los sacramentos para los divorciados y en tantos otros.

La segunda obsesión es por la letra del dogma, como para otros es la letra de la Biblia, cuando las mismas escrituras dicen que la letra mata y el espíritu es el que da vida. Y esto es lo que está pasando con los excomulgados de hoy, importantes teólogos de la llamada teología de la liberación, comprometidos con los pobres y que intentando buscar en las escrituras luz para el mundo de hoy, la Iglesia jerárquica católica los incrimina a uno detrás de otro, privándolos de la docencia y censurando sus escritos.

La iglesia católica oficial sigue dando todavía muchas veces esa imagen de antaño que nos muestra la película boliviana, y es por eso, entre otras razones, por las que se está quedando con los acomodados, con los que no quieren ningún cambio para defender su estatus, con los integritas y fanáticos, con los que tienen una fe para el templo pero no para la vida o una fe sin reflexión y sin espíritu de búsqueda. Y con los que no nos vamos a pesar de todo esto, por que sentimos que es nuestra casa y tenemos todo el derecho de estar en ella, por más equivocados que estemos.

Ya perdió la Iglesia en el siglo XIX a la clase obrera por llegar tarde a la industrialización y a los intelectuales por condenar el modernismo, a los jóvenes en el siglo XX por mantener sus símbolos sin significación para ellos y con un lenguaje ininteligible para la juventud, a las mujeres en el XXI por estar al margen de su emancipación y sus conquistas y seguirá perdiendo, si sigue así, incluso a los pueblos religiosos de Latinoamérica que no entienden a la Iglesia católica romana, pero que sí creen en Dios.

En vísperas de la reunión de obispos latinoamericanos, que se realizará este año en Aparecida, Brasil, manipulada ya desde el Vaticano, se ha retirado de la enseñanza y condenado a tres de sus libros al jesuita Jon Sobrino, una de las figuras religiosas de hoy más lúcidas y más comprometidas con los pobres y con la teología en América Latina. Pidamos a los obispos de Latinoamérica y el Caribe que sean fieles al Dios encarnado en esa realidad nuestra, con menos miedos y con la liberta de los hijos e Dios para que podamos seguir creyendo en el Dios de la vida y de la esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

semana santa

semana santa

OTRA SEMANA SANTA ES POSIBLE... Y NECESARIA
EMMA TORRALBA, emmatorralba@yahoo.es

ECLESALIA, 02/04/07.- Hay un lugar en el sur de mi imaginación donde cada Semana Santa las cofradías preparan con esmero sus pasos procesionales. Este año me han llamado especialmente la atención tres de ellas. La hermandad de los “mártires de Iraq”, la cofradía del “cuerno de África” y la compañía de “Los Desesperados”.

En la primera destacan unas figuras tremendamente realistas de niños mutilados y casas destruidas. El paso lo llevan a hombros padres desconsolados. Detrás de la carroza desfilan a paso marcial una legión de marines americanos perfectamente alineados y uniformados. El toque de tambor, como único sonido, reverbera en rabia contenida.

La cofradía del cuerno de África no se queda atrás en el realismo de las tallas. Un grupo de mujeres muriendo de meningitis, poliomielitis y sida componen un retablo estremecedor. Este paso no va escoltado por militares engalanados, un ejército de batas blancas lo va siguiendo en un respetuoso silencio. En los bolsillos de los médicos, las patentes de los medicamentos que permitirían acabar con esas enfermedades.

La compañía de “Los Desesperados” cierra la procesión. Un árbol con un ahorcado en el centro del espacio. Una cuerda tejida con las hebras del odio, la discriminación y el rechazo. A los pies del suicida lloran gays y lesbianas. Como es el paso que cierra la procesión va acompañado por las autoridades civiles, militares y religiosas de la localidad. Curiosamente, las cintas y borlas que adornan la vara de mando del alcalde, el sable del general, y el báculo del obispo van enlazadas con el famoso "nudo del ahorcado".

No es esta una Semana Santa apta para menores de edad, pero no se me ocurre otra. Porque qué otra cosa son las procesiones de esta Semana, sino sacar a la luz el sufrimiento de los crucificados de la historia. Rememorar el juicio social, político y religioso que llevó al madero al Crucificado. Esperar que el Domingo de Resurrección, Dios sea fiel a su Palabra y plante su justicia en el mundo, confundiendo la suerte de los malvados.

Es la Semana de las víctimas, son ellas las que esperan que Dios esté de su parte y los resucite a una nueva vida. A nosotras y nosotros, con nuestros pequeños desconsuelos de andar por casa, se nos pide que aguantemos la mirada del sufrimiento radical, que entremos a formar parte de los Cireneos que comparten la cruz del prójimo; para así, al lado de las víctimas, gritar, luchar y esperar una Resurrección necesaria. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


nos duele

nos duele

Declaración reflexionada, comentada y aprobada en asamblea comunitaria
“REUNIDOS EN NOMBRE DEL SEÑOR”
Declaración de la Parroquia San Carlos Borromeo
ASAMBLEA COMUNITARIA
MADRID.

ECLESALIA, 01/04/07.- La decisión tomada por el Arzobispado de Madrid de cerrar nuestra parroquia nos hace pensar que la entreverada esperanza de que el Papa actual diese signos de apertura y confirmase el caminar renovador de una iglesia posconciliar, se ha ido desvaneciendo. Ahí están las recientes alarmas teológicas de Roma contra Jon Sobrino y otras que se están produciendo en diversas partes de la Iglesia. Nuestra parroquia, (conocida como parroquia de los marginados) presidida por los curas Javier Baeza, Enrique de Castro, y Pepe Díaz , y constituida por una pléyade de personas muy diversas, es testigo de cómo han entrado en ella y encontrado condiciones para llamarla su casa, casa que les ha permitido hacer amistad y comunidad con otros, buscar y reafirmar el sentido de la vida y compaginar sus afanes y luchas humanas con la fe en Jesús de Nazaret. Algo, pues, más que un lugar de rutina para cumplir preceptiva y ordenadamente unos rituales religiosos.

No nos imaginamos a Jesús de Nazaret, que dice estar allí donde se reúnan dos o más en su nombre, dispersando y alejando de su lado, a un grupo, a una persona cualquiera, que buscara oírlo, conocerlo, estar con él y seguirlo. Lo suyo era la cercanía, la mezcla con la gente, la instintiva preferencia por quienes veía más débiles, caídos, excluidos o necesitados: publicanos, pecadores, prostitutas, extranjeros, etc.

A Jesús no se le veía reunido en lugares distinguidos, especialmente preparados, donde se le recibiera con pompa y reverencia. Improvisaba cualquier lugar. Había quienes, provenientes de clase o función social relevante, se le acercaban taimados, dispuestos a examinarle y tenderle una trampa. Eran los Sumos Sacerdotes, los Senadores seglares de familias aristócratas, los Letrados (saduceos y escribas).

Con ellos Jesús fue implacable en la denuncia de su orgullo e hipocresía, de su afán de figurar y dominar. Lo que menos les toleraba era sus abusos en nombre de la religión. Su sentencia de que “hay que destruir el templo” los exegetas la interpretan como que el templo, en cuanto tal, ya no es necesariamente el lugar del encuentro con Dios y menos cuando ese templo ha estado simbolizando a un Dios favorecedor de los privilegios de la casta sacerdotal y legitimador de impuestos y cargas para los campesinos: “Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4, 21-23).

El pueblo por el contrario, desconocedor de la ley y menospreciado, lo escuchaba encantado, hacía correr su nombre de boca en boca.

Podemos comprobar con gozo que el documento del Vaticano II “Presbyterorum Ordinis”, dedicado a los sacerdotes, refleja este espíritu cuando escribe que los presbíteros “viven entre los demás hombres como entre hermanos”, “no deben alejarse del pueblo de Dios ni de ningún hombre”, “no deben sentirse extraños a su existencia y condiciones de vida”, “deben conocerlos de verdad”, y puedan así “hacerse como San Pablo todo para todos” ( PO, 3), “tratando, por lo tanto, a todos con eximia humanidad, a ejemplo de su Señor ” (PO, 6).

Las tareas de los presbíteros, según el Vaticano II, son claras: 1ª) Ejercer su ministerio al modo como lo ejerció Jesús, sacerdote del pueblo para el pueblo. 2ª) Predicar el Evangelio de Dios a todos, pero adaptado a las circunstancias concretas de la vida, según las diversas necesidades de los oyentes. 2ª Constituir y aumentar el pueblo de Dios. 3ª) Educarlo en una fe sincera y libre: “De poco aprovecharán las ceremonias por bellas que sean, si no se ordenan a educar a los hombres para que consigan su madurez cristiana”. Tal educación debe ayudarles a discernir los acontecimientos y a cultivar una vida comunitaria. 4ª) “Considerar que los pobres y los débiles, con quienes el Señor se presentó especialmente asociado, y cuya evangelización se da como signo de la obra mesiánica, les están confiados de manera especial” (PO, 6).

No entendemos que una “parroquia de marginados”, en consonancia con el Evangelio y el Vaticano II, se la pretenda configurar como una parroquia más o menos burguesa de nuestras ciudades, donde predomina frecuentemente la primacía estereotipada del cura y la regularidad estética del culto y no la participación directa y viva de la comunidad.

Si nos empeñamos en seguir al pie de la letra, y nada más que al pie de la letra, el diseño litúrgico del Misal romano con sus pormenorizadas rúbricas, damos como muerta toda vida y creatividad litúrgica. Más que en creadores nos convertimos entonces en recitadores mecánicos de fórmulas litúrgicas, que nos impiden llevar a la celebración eucarística la realidad viva de nuestro tiempo, de nuestra gente, de nuestra comunidad y de nuestras personas concretas. ¿Por qué una comunidad de hoy no puede crear sus oraciones propias como lo hacían las comunidades anteriores en sus respectivas circunstancias? ¿Qué hace suponer que aquellas fórmulas –particulares de entonces- deben ser asumidas al pie de la letra y no puedan ser sustituidas por otras de hoy? Lo esencial -que es lo que hay que guardar- es permanente; pero lo accidental, cambia y es variable. Esta estéril y aburrida repetición de fórmulas y modelos del pasado es lo que ha llevado a calificar a buena parte de nuestra liturgia de momia sagrada.

No es difícil descubrir, tras la decisión de cerrar nuestra parroquia de San Carlos Borromeo, una peculiar concepción teológica:

- La autoridad eclesiástica se considera aparte y por encima de la comunidad y, por tanto, como autónoma y válida por sí misma.

- La persona es a natura corrupta e impotente para el bien.

- La persona y toda la realidad creada se desenvuelve bajo dos dimensiones: una profana y otra sagrada.

- La sanación, realización, santificación y gobierno de la persona no es posible sin la mediación de los ministros sagrados, depositarios y portadores de la verdad, de la santidad y del gobierno.

En el fondo, hay una desposesión de la santidad o bondad ontológica de la persona, de sus capacidades innatas para actuar con reflexión, libertad y responsabilidad y, lógicamente, una desconfianza radical en sí mismo y una dimisión de sí en otras instancias externas que le aseguran lo que por sí mismo no podría adquirir.

Este pensar sostiene en incolumidad el valor sagrado de la autoridad, la dependencia total de ella, y la justificación de toda suerte de arbitrariedad y despotismo. Naturalmente, nada de esto casa con lo que dice el concilio Vaticano II: “La personal dignidad y libertad del hombre no encuentran en ninguna ley humana mayor seguridad que la que encuentra en el Evangelio de Cristo , confiado a la Iglesia. Pues este Evangelio proclama y enuncia la libertad de los hijos de Dios, rechaza toda esclavitud, respeta como santa la dignidad de la conciencia y la libertad de sus decisiones, amonesta continuamente a revalorizar todos los talentos humanos en el servicio de Dios y de los hombres. Y, así, la iglesia proclama los derechos humanos y reconoce y estima en mucho el dinamismo de nuestro tiempo, con el que se promueve estos derechos por todas partes” (GS, 41) .

A la hora de discernir la validez y oportunidad de esta decisión eclesiástica, nos proponemos seguir fieles al Señor y a los hermanos, guiándonos por los siguiente principios:

1.- Volver a Cristo, norma fundante y fundamental de la Iglesia

El Vaticano II decretó la renovación. Sin renovación la iglesia languidece y se ancla estéril en el pasado. Pero la reforma en la Iglesia no es posible sino es volviendo a Jesús. No hay más futuro para la Iglesia que el que viene de Jesús. La Iglesia sólo fue grande cuando ensayó humildemente el seguimiento de Jesús. Para discernir lo que es abuso, desviación o infidelidad en la Iglesia no tenemos más medida que el Evangelio. Muchas de las tradiciones establecidas en la Iglesia pueden llevarla a un verdadero cautiverio.

Con gran acierto, el concilio volvió a recordarnos que la Iglesia no tiene más centralidad que la persona de Jesús. Y si ella pretende seguir a Jesús, no tiene si no seguir contando al mundo lo que ocurrió con Jesús, proclamar su enseñanza y su vida. Jesús no fue un soberano de este mundo, no fue rico, sino que vivió como un aldeano pobre y, por su programa, -anuncio del Reino de Dios: dignidad, igualdad y emancipación de los más pobres- fueron los grandes de este mundo ( imperio y sinagoga) los que lo persiguieron y eliminaron. Su condena a morir en la cruz, arrojado fuera de la ciudad como a un estercolero, es la muestra suprema de su incompatibilidad con los señores de este mundo. Destrozado por el poder, es el siervo sufriente, imagen de otros innumerables siervos, derrotados por los que gobiernan y se hacen llamar señores, pero acreditado y resucitado por Dios mismo.

2. Volver a una Iglesia anunciadora del Reino y servidora

“La Iglesia recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos” (LG, 5). Lo que Dios desea para el mundo, en perspectiva cristiana, lo ha hecho manifiesto a través de Jesús. Y la Iglesia, si algún encargo tiene, es el de manifestar lo hecho por Jesús. Nunca la Iglesia es meta de sí misma. La salvación viene de Jesús, no de la Iglesia. Nunca ella tuvo otro Señor.

Cristo mismo no se anunció a sí mismo ni se predicó a sí mismo sino al Reino. La Iglesia, discípula y seguidora suya, debe hacer lo mismo. Su vocación es servir, no dominar: “Sirvienta de la humanidad”, la llamaba el Papa Pablo VI. Este servicio lo hace viviendo en el mundo, sintiéndose parte del mundo y en solidaridad con él, pues “el mundo es el único tema por el que Dios se interesa”.

3. Volver a una Iglesia democrática y democratizadora que haga real la igualdad

“En el Pueblo de Dios es común la dignidad de los miembros, común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, por consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza, de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque no hay judío ni griego; no hay siervo o libre; no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois “uno” en Cristo Jesús (Gal 3,28 gr.; Col 3, 11)” (LG, 32). “Existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo” (LG, 32).

La democratización de la Iglesia es asunto suyo vital para que pueda adquirir credibilidad en la sociedad actual. Pero esa democratización no es posible sin lograr una auténtica convivencia de hermanos e iguales. Y este objetivo no se logra ciertamente por las sendas de un sacerdocio presbiteral superior, privilegiado y excluyente, tal como aparece configurado con concentración absoluta del poder en el vértice, y delegado en los demás grados de la jerarquía.

Para emprender este camino hay que partir de la vida de Jesús, el cual, siendo laico, “produjo un cambio de sacerdocio” (Hb 7,12), “fue sacerdote por la fuerza de una vida indestructible” (Hb 7,16). La constitución del sacerdocio de Jesús está en que “se asemeja a sus hermanos, es compasivo, prueba el sufrimiento, ofrece en su vida mortal oraciones a gritos y lágrimas, es decir, se identifica con su pueblo, sin avergonzarse de llamarlos hermanos”. La vida entera de Jesús fue una vida sacerdotal, en el sentido de que se hizo hombre, fue un pobre, luchó por la justicia, fustigó los vicios del poder, se identificó con los más oprimidos, los defendió, acogió y trató sin discriminación a las mujeres, entró en conflicto con los que tenían otra imagen de Dios y de la religión y tuvo que aceptar por fidelidad ser perseguido y morir crucificado fuera de la ciudad. Este original sacerdocio de Jesús es el que hay que proseguir en la historia.

Consecuentemente, es esto lo que enseña el Vaticano II: “Todos los bautizados son consagrados como sacerdocio santo” (LG, 10).

Como enseña el apóstol Pablo hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero ninguna de ellas se traduce en rango, superioridad o dominio. Todos son hermanos y hermanas y, en consecuencia, iguales. Una tarea ésta inmensa de cara a las mujeres, doblemente discriminadas en la Iglesia como laicas y mujeres.

La responsabilidad es de todos, dentro de un modelo comunitario, con diversidad de carismas, derramados por el Espíritu para el servicio de la comunidad. Una iglesia comunitaria y pluralista.

El Vaticano II no pone el fundamento de la Iglesia en el esquema bipolar “clérigos-lacios” que quita protagonismo, participación y responsabilidad a la asamblea cristiana.

Todo cristiano y toda cristiana participan en la triple función de Cristo: enseñar, santificar y gobernar. La Iglesia entera, pueblo de Dios, prosigue el sacerdocio de Cristo, sin perder la laicidad, en el ámbito de lo profano e inmundo, de los echados fuera. Este sacerdocio es lo primero y sustancial; el otro, el presbiteral, es un ministerio admirable, pero en cuanto ordenado al común es posterior, secundario y de servicio. El presbítero es, antes que nada, “ministro de la Palabra”, que debe comunicar a todos, sin que se vea ceñido exclusivamente al altar y a la administración de los sacramentos.

4. Volver a una Iglesia profundamente humana que establezca una nueva relación con el mundo

El cambio de relación de la Iglesia con el mundo es uno de los cambios mayores operados por el Vaticano II. Son muchos los textos en que el concilio habla “de tender un puente hacia el mundo”, “de querer entablar un diálogo con él”, “de sentirse solidario con su historia”, “de considerar sus senderos como propios”, etc. La Iglesia expresaba su conciencia de necesitar ser evangelizada, de reconocer el dinamismo de la época actual y cuanto de bueno, verdadero y justo existe en la variedad de las instituciones humanas, de escucharlo y aprender de él, de proclamar los derechos humanos. (Cfr. GS, 1, 40,42,43) .

El concilio se abría con inmensa simpatía al mundo, a la ciencia, al progreso, a los valores humanos, a la colaboración entre la ciencia y la fe, al respeto de la autonomía de lo creado y a los derechos de la razón, de la ciencia y de la libertad. Resulta estimulante volver a recordar estas palabras del papa Pablo VI: “Vosotros, humanistas modernos, reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros –y más que nadie- somos promotores del hombre” (Pablo VI, 7-XII-1965, nº 8). Lo mismo expresó el papa Juan Pablo II en su encíclica Diver in misericordia: “Mientras las diversas corrientes del pasado y del presente pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir e incluso contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia, en cambio, siguiendo a Cristo, trata de unirlas en la historia del hombre de manera orgánica y profunda. Este es también uno de los principios fundamentales, y quizás el más importante, del Magisterio del último concilio” ( Dives in misericordia, 1).

Valoración y conclusiones

Afortunadamente, la base y guía fundamental del cristiano es el Evangelio, que juzga cualquier comportamiento, incluído el de la jerarquía. Todo mandato debe ser conforme a razón y a las pautas del Evangelio. Y, en la medida en que no sea ni racional ni evangélico, es lícito no obedecerlo. Hay que saber obedecer , pero también y hay que saber mandar.

Por lo personal y comunitariamente vivido, por lo inmediatamente acontecido, entendemos y, por eso, lo denunciamos, que la autoridad eclesiástica, representada por el cardenal de Madrid, ha actuado de modo arbitrario e ilícito. Tal actuación

1. Tal actuación demuestra que dicha autoridad ha juzgado y manifestado sin fundamento, que la comunidad parroquial de San Carlos Borromeo celebra la Eucaristía en disconformidad con el espíritu y exigencias de la verdadera liturgia católica.

2. El procedimiento seguido hasta adoptar esta decisión, demuestra todo un talante distante, desconfiado, autoritario, que no se ha movido a impulsos de lo exigido por un trato y diálogo de igualdad fraternal. La autoridad desconoce el ritmo real de nuestra comunidad, no la ha escuchado ni respetado, y más que un servicio de apoyo, felicitación y aliento ha expresado un comportamiento de incomprensión, reproches y prepotencia hacia los sacerdotes y miembros de toda la comunidad. Una decisión de ese tipo no es aprobable ni evangélicamente, ni teológicamente, ni éticamente, ni jurídicamente.

3. Es inadmisible la valoración dual que se ha hecho, a distancia y sin conocimiento de causa, de que en lo social la comunidad es admirable y en lo litúrgico y catequético un desastre. Ese dualismo no existe en la comunidad sino en la mente de quien tal piensa y ordena. En la comunidad parroquial el anuncio del Evangelio es esencial y sirve para iluminar, guiar y formar los comportamientos de la comunidad. Su vivir no está separado de su fe, de una fe en el seguimiento de Jesús, norma fundamental de todo el quehacer cristiano.

4. Tenemos motivos suficientes para exponer nuestro desacuerdo con los juicios y decisión de nuestro Pastor e invitarle a mostrar más confianza y respeto en sus hermanos en la fe, a implicarse antes de juzgar en su vida, problemas, sufrimientos, luchas y esperanzas de sus asambleas eucarísticas, a reconsiderar y lamentar la decepción que les ha producido y reparar la mala imagen que de la Iglesia está proyectando en muchos ambientes y multitud de personas y en muchísimos de los que, contra lo que él y sus asesores piensan, han encontrado en esta parroquia atracción, claves y motivaciones evangélicas y humanas para sentirse más humanos y luchar por un mundo más justo y fraterno.

5. Nos duele que, ante tanta vida, de tantos años, surgida de tanto amor, generosidad y compromiso nos veamos precisados a sufrir actitudes y acciones tan injustas e impropias de unos hermanos en la fe, cuya misión es promover y asegurar la unidad en la fe, el amor y la esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Declaración reflexionada, comentada y aprobada en Asamblea Comunitaria por la Parroquia de San Carlos Borromeo

ramos

ramos

Domingo de Ramos (C), Lucas 22, 14 – 23,56
MURIÓ COMO HABÍA VIVIDO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA.- 28/03/07.- ¿Cómo vivió Jesús sus últimas horas?, ¿Cuál fue su actitud en el momento de la ejecución? Los evangelios no se detienen a analizar sicológicamente sus sentimientos. Sencillamente, recuerdan que Jesús murió como había vivido. Lucas, por ejemplo, ha querido destacar la bondad de Jesús hasta el final, su cercanía a los que sufren y su capacidad de perdonar. Según su relato, Jesús murió amando.

En medio del gentío que observa el paso de los condenados camino de la cruz, unas mujeres se acercan a Jesús llorando. No pueden verlo sufrir así. Jesús «se vuelve hacia ellas» y las mira con la misma ternura con que las había mirado siempre: «No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos». Así va Jesús hacia la cruz: pensando más en aquellas pobres madres que en su propio sufrimiento.

Faltan pocas horas para el final. Desde la cruz sólo se escuchan los insultos de algunos y los gritos de dolor de los ajusticiados. De pronto, uno de ellos se dirige a Jesús: «Acuérdate de mí». Su respuesta es inmediata: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Siempre ha hecho lo mismo: quitar miedos, infundir confianza en Dios, contagiar esperanza. Así lo sigue haciendo hasta el final.

El momento de la crucifixión es inolvidable. Mientras los soldados lo van clavando al madero, Jesús decía: «Padre, perdónalos porque no saben lo que están haciendo». Así es Jesús. Así ha vivido siempre: ofreciendo a los pecadores el perdón del Padre, sin que se lo merezcan.

Según Lucas, Jesús muere pidiendo al Padre que siga bendiciendo a los que lo crucifican, que siga ofreciendo su amor, su perdón y su paz a todos los hombres, incluso a los que lo rechazan.

No es extraño que Pablo de Tarso invite a los cristianos de Corinto a que descubran el misterio que se encierra en el Crucificado: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres». Así está Dios en la cruz: no acusando al mundo de sus pecados, sino ofreciendo su perdón. Esto es lo que celebramos esta semana. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).