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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

en el suelo

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DE LA EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES A LA EXPULSIÓN DE LOS EXCLUIDOS
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 17/04/07.- “Todos los profetas del Antiguo Testamento denunciaron el culto vacío” recordaba el cura Enrique de Castro, en la radio, al día siguiente de la eucaristía, multitudinaria, del domingo de resurrección, con presencia de miembros de muchas comunidades, todos en contra del cierre, forzado por el arzobispo, de la parroquia de San Carlos Borromeo, “la Iglesia de los marginados”, en Entrevías. Enrique de Castro es un cura atípico que ha dedicado su ministerio a acompañar, defender y acoger de personas marginadas, o con problemas laborales; a alcohólicos o drogadictos; a presidiarios y a emigrantes sin papeles; y que admite en el templo a agnósticos, ateos, o a personas de otra religión. Llama la atención que en la comunidad itinerante formada por Jesús no había levitas o profesionales de lo religioso, todos eran periféricos, galileos, y algunas mujeres. El cura Enrique recordaba la denuncia del templo hecha por Jesús: “habéis hecho negocio de la casa de Dios”; que la fe es liberación para el pobre (tu fe te ha salvado: eres capaz) no sometimiento; y hacía suyas las denuncias de los profetas contra la liturgia o el culto vacío. “Importa más la forma que el fondo” denuncia; “la iglesia está unida al poder, el Vaticano es el centro de poder, de peregrinación de todos los jefes de estado...”. Por su coherencia, el cura Enrique encaja con la figura del buen samaritano, no con el levita del templo que pasa de largo porque, si se detiene, llegaría tarde para los oficios.

Las palabras del cura Enrique, rememorando algunos dichos de denuncia de los antiguos profetas, sobre el culto vacío, me trajeron a la memoria una catequesis importante, Levantaré la tienda, que casualmente coincidió con el inicio del cónclave que eligió al papa Ratzinger, el delfín del papa Wojtyla, días después de los funerales de estado -con presencia de todos los poderosos- de Juan Pablo II, el papa del ¡Levantaos! ¡Vamos! que encandilaba a las masas con la fe de los estadios. “Detesto y rehúso vuestras fiestas, no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas; por muchos holocaustos y ofrendas que me traigáis, no los aceptaré… Retirad de mi presencia el barullo de los cantos, no quiero oír la música de la cítara; que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne” (Am 5,21-24). Amós, profeta de la denuncia social y religiosa, aunque no se tiene por tal (“yo no soy profeta, soy vaquero y cultivador de higos”), es conminado por el sacerdote-funcionario de Betel, el templo nacional, a callarse y a marcharse de allí: “No vuelvas a profetizar en Casa-de-Dios, porque es el santuario real, el templo del país”. Amós “no es un profesional de lo religioso, ni tampoco estómago agradecido. Es independiente económicamente, libre”; pero le mueve una fuerza irresistible que el sacerdote del templo nacional es incapaz de silenciar (Am 7,12-13).

Los profetas de la Biblia no eran triunfadores; eclesialmente hoy serían unos “fracasados”, y acusados de disidentes, de no estar en comunión con la Jerarquía. Algunos, como Ezequiel, escriben desde el exilio. Ellos –como Romero, Ellacuría, Jon Sobrino, Casaldáliga, y otros de nuestro tiempo... - practicarían una teología de la liberación, que se atreve a denunciar la injusticia estructural y el neoliberalismo de los poderosos. La Jerarquía, al igual que en tiempos de Amós, de Oseas... tampoco les reconocería, porque, de algún modo, se sentiría retratada en sus denuncias. Al contrario, por ejemplo, que la madre Teresa de Calcuta, una heroína de la caridad pero muy sumisa a los Príncipes de la Iglesia, ellos, al igual que Jesús, no serían reconocidos en su propia casa. “El Vaticano es el templo de Jerusalén; no sirve” dice el cura Enrique.

Los escribas y fariseos, continuamente le advertían a Jesús, le acusaban de que su comunidad transgredía las normas: que sus discípulos no cumplían el rito de lavarse las manos antes de comer; o que no ayunaban; o que (para matar el hambre) arrancaban espigas en sábado. Él, que relativizaba ese tipo de ayuno y liturgia, les recuerda unas palabras del profeta Isaías: Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Su heterodoxia le hacía tomar sus precauciones, a veces evitaba pasar por la ciudad, pasaba de largo. Una vez la contempló de lejos, en silencio, y lloró: "Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados" (Mt 23,37-38). Tras la curación del criado del centurión romano Jesús se atreve a decir que muchos “de fuera” se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras que los “de casa” de toda la vida serán expulsados a las tinieblas (Mt 8, 11-12).

En “la parroquia de los marginados” los curas dan cabida a cristianos y otras gentes, gentiles o no creyentes, que sienten atracción por el Jesús “rebelde” de los evangelios. Haciendo uso de la “rebelde fidelidad” de la que habla el obispo Casaldáliga, se niegan a abandonar la parroquia porque allí se sienten “Reunidos en nombre del Señor”; porque, por encima de todo, se sienten comunidad. Allí no se escandalizan cuando, por ejemplo, uno de sus curas, de 72 años, confiesa en público: "Yo llegué aquí ya mayor, pensando que los curas evangelizaban, y, en cambio, fui yo el evangelizado por Enrique [de Castro], por las madres, por los presos. He encontrado evangelización en las putas. Creía que lo sabía todo y no sabía nada... ”. Hubo personas que se emocionaron, como Avelina, una mujer de 82 años, cristiana y del Partido Comunista. Quizá allí entienden aquellas palabras del Maestro cuando dijo que “Las prostitutas os llevan la delantera en el reino de los Cielos”. Allí los curas facilitan, en la eucaristía, el turno de la palabra a la comunidad, para expresar sus temores o sus alegrías, para pedir y para dar gracias: "¿Sabéis por qué estoy aquí?", comenzó una mujer, llorosa. Los reunidos contuvieron el aliento. "Porque un día detuvieron a mi hijo, porque fumaba... de eso... y traficaba... de yo qué sé... Yo iba llorando por un pasillo de los juzgados cuando Enrique de Castro me vio y me dijo: '¿Por qué lloras?'. Y él se quedó conmigo para ayudarme"...

La autoridad de Jesús es creíble; es la antítesis del ordeno y mando. El no obliga ni condena, sólo propone y anima, desde la libertad, a la conversión (Jn 8,11). En la primera de sus siete diatribas contra los fariseos, Jesús les acusa de ser un obstáculo para la fe de los de fuera: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no los dejáis entrar”. En la curación del hombre de la mano seca (Mc 3 1-6) los fariseos se confabulan para liquidar a Jesús, por anteponer la defensa del hombre socialmente marginado al cumplimiento del rito. Y en la curación del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41), no sólo condenan al “ciego” expulsándolo de la sinagoga, por negarse a retractarse y reiterar que recobró la luz gracias al profeta, también desautorizan a Jesús: “este hombre no viene de Dios porque cura en sábado”. “Por qué el obispo no cree en nuestra fe?” se pregunta la gente que asiste esperanzada a la parroquia de Entrevías. Ante ese rechazo tal vez encuentren más consuelo en las palabras de Jesús: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos” (Jn 9,39).

Cuando se anunció el Concilio Vaticano II, los obispos también podían ser diputados o procuradores en las Cortes, bajo las alas, y al servicio, de un Régimen cuyo jefe de Estado firmaba muchas sentencias de muerte y a quien -días después del desfile de la Victoria, y en medio de la despiadada represión de los vencedores- el obispo de Madrid, pletórico de triunfalismo, pudo decir: “nunca he incensado con tanta satisfacción como ahora lo hago con V.E.” (catequesis “Memoria histórica. ¿Cruzada o locura?", cap. 10 “Franco bajo palio”, pág. 52, en Internet). Al parecer, no causaba escándalo que la confesión de fe en el Señor se trasmutara en confesión de fe en el Caudillo. Nadie pidió perdón por esas idolatrías, a nadie se le condenó por semejantes herejías. Nadie exigió el cierre de esos templos, de esas liturgias tan identificadas con banderas.

El Concilio, queriendo volver a los orígenes, puso las cosas en su sitio. Pero ya quedan pocos “restos” de la inesperada primavera eclesial anunciada por Juan XXIII, de la que brotaron las comunidades de base que miraban a la sencillez de las comunidades primitivas. Surgieron curas y obispos que creían en la renovación. Tres de aquellos curas -casualmente con el mismo: José María- marcaron una época. El más “subversivo”, el padre Llanos, decidió ensanchar, de por vida, su tienda en las tierras “samaritanas”, de las chabolas de Vallecas. Su compañero Díez Alegría, hoy el único superviviente del trío, sufrió “destierro” por escribir un libro: “Yo creo en la esperanza”. Y González Ruiz, un “teólogo atípico” que influyó en la elaboración de documentos del Concilio Vaticano II como la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual y la Declaración sobre libertad religiosa (que causó escándalo y rebeldía entre los obispos españoles, tan cómodos con su nacional catolicismo), tuvo serios problemas con las autoridades políticas y religiosas. Su libro “Creer es comprometerse” fue durante décadas un revulsivo entre muchos cristianos, y referencia para el clero. Él acuñó su rebeldía en el lema de San Pablo: “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente” (Ga 5,1).

Leyendo los testimonios de solidaridad con la comunidad de San Carlos Borromeo, todos coinciden en que por encima de la Jerarquía y del templo de piedra está la comunidad. Muchos temen que se imponga la solución menos evangélica, el cierre de un templo incómodo que es señal de liberación, y para los pobres. Otros piensan que si “cae” una parroquia, en su lugar se levantará, con más fuerza, una comunidad. “El templo es el ser humano” recuerda el cura Enrique Castro. Pero también es evangélico que a esa comunidad (con sus defectos; como los tiene la Jerarquía que no pocas veces maquilla, según conveniencias, pasajes incómodos del evangelio) se le respete su derecho de asociación y de reunión, en nombre del Señor, en ese lugar de toda la vida, aunque continúen “requisados” los libros de registro. Otro de los muchos testimonios de comunión que corren por la RED recuerda que “Los que ya hemos sufrido el cierre de nuestra Parroquia (yo era miembro de la Comunidad del Espíritu Santo y nos echaron, me fui a la Parroquia Universitaria y Monseñor Suquia la cerró de un plumazo, ahora nos reunimos en unos locales que nos dejan) sabemos que si somos una comunidad, podemos seguir adelante viviendo nuestra fe”. También a San Juan de la Cruz le declararon “rebelde”, y lo excomulgaron, encerrándolo en prisión; pero el místico de Ávila, haciendo uso de la rebelde fidelidad, siguió celebrando la eucaristía.

Cuarenta y pico años después del Concilio, aún hay obispos que ponen sus señas de identidad en sus vestimentas: “es el distintivo de la sucesión apostólica”, dicen; respuesta que no entienden los feligreses de esa comunidad; el Jesús que les llega es aquel profeta laico, de vestir normal. Ellos entienden que sus curas son coherentes: Os lo aseguro, cada vez que lo hicisteis con estos, los humildes - cuando tuve hambre, estuve enfermo o en la cárcel, fue extranjero... -, conmigo lo hicisteis. Hoy, los puristas también se acercarían a Jesús para que se pronunciara, y condenara, la liturgia no homologable del templo de Entrevías. Y Él, muy posiblemente, se agacharía de nuevo y trazaría en el suelo las mismas palabras -las únicas escritas por él, de las que tenemos noticias en los evangelios- que esbozó sobre la tierra cuando le presentaron a la mujer sorprendida en adulterio para que Él también la condenara a ser dilapidada... Entonces, todos ellos, empezando por los más ancianos, se fueron batiendo en retirada… (Jn 8,9). La verdad, Caifás, si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio... (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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