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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

levantaré la tienda

del '¡LEVANTAOS, VAMOS!'al LEVANTARÉ LA TIENDA

BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ

TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 15/04/05.- El lunes 18 de abril comienza el cónclave. No es un día cualquiera: me llama la atención que coincida con la catequesis Levantaré la tienda, programada desde el inicio del curso para el lunes 18 y el miércoles 20 de abril. La anima el sacerdote Jesús López, pastor de la Comunidad de Ayala (www.comayala.es).

“Volver a la tradición” era el título del artículo de César Rollán, fundador y director de Eclesalia, publicado el pasado día 8. Nos recordaba que hay que volver a los orígenes. Esa fue la apuesta del Concilio Vaticano II: poner en el centro de todo a la Palabra, escuchándola en el fondo de los acontecimientos personales, sociales y eclesiales. Volver a la tradición de Jesús y de los profetas. Volver a la tradición de la experiencia de fe de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, vigilada y perseguida por los selectos del “círculo amurallado”; los mismos que basan su confianza más en la seguridad de los dogmas y en los 1.752 cánones del derecho canónico, que en la escucha, en libertad, de la Palabra. Volver a las comunidades de Pablo, el perseguidor convertido en el apóstol de la libertad cristiana.

“La curia tiene miedo a los laicos, a las mujeres y a los pobres”, declaraba Leonardo Boff a Juan Arias (El País, 11/05/05). Boff es uno de los muchos teólogos, y creyentes, silenciados por Juan Pablo II, posiblemente asesorado por Ratzinger y el núcleo duro del “círculo amurallado”. Y es paradójico que Juan Pablo II sea el pontífice que, ante las cámaras del mundo, gustó mostrarse como el ejemplo de los grandes gestos de cercanía y de diálogo con los de fuera. También Pedro y Juan, “hombres sin instrucción ni cultura”, fueron amenazados y conminados por el Sanedrín a guardar silencio; pero ellos se defendieron: “Digan ustedes mismos si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios. Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,13-21). Esto, casualmente, se leía en todas las Iglesias el 2 de abril, el día que murió Juan Pablo II.

Leonardo Boff iluminaba diciendo que la verdadera teóloga de la familia fue su madre, una mujer no instruida que se maravillaba de que los teólogos eclesiásticos no vieran a Dios cuando ella, analfabeta, sí lo veía. Es lo mismo que confesaba Pilar Bellosillo (a prophetic woman) al cardenal Pironio en su profético “Viaje a Roma”, que aconsejo leer (www.wucwo.org): “¿Qué pasaría si en Roma, en lugar de tanta ley y tanta teología de hombres, se escuchara la Palabra y se discerniera a la luz de la Palabra?”. (Juan Pablo II, al saludarla, reconoció a Pilar; una de las pocas mujeres presentes en el Concilio).

San Pablo advirtió que Dios ha escogido a los locos y a los débiles del mundo para confundir a los sabios y a los fuertes: lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios (1Co 1, 27-28). Los profetas hablan del Resto de Israel, los humildes, cuyos caminos son desviados por el ejemplo de los que viven del altar (Am 2 6-12). El profeta Sofonías habla del humilde Resto de Israel: no cometerá injusticias ni hablará falsamente; y no se encontrarán en su boca palabras engañosas (So 3,12-13).

No pasó desapercibido que Juan Pablo II exhalara su último ultimo aliento, justo en medio de la eucaristía que va del sábado al domingo, donde estaba casualmente la lectura de Hechos de los Apóstoles (2,42-47) hablando de la primera comunidad cristiana: “la página más importante” –el alma- del Concilio Vaticano II”. La que alentaba la renovación de la Iglesia tras siglos de cristiandad imperial, que Juan Pablo II parecía querer restaurar. Parecía un flash de luz, un examen, a su pontificado; tan identificado con su máxima: “¡Levantaos, Vamos!”. Me surge la pregunta de si era un eslogan masivo, y efectivo, para ganarse a las masas; o si era una llamada a levantar la tienda caída de David. Hay motivos suficientes para pensar que la Curia romana, las nunciaturas y los palacios episcopales se encuentran más identificados en la seguridad que produce el modelo de la sinagoga bien montada de la que habla Casaldáliga, que a la intemperie del Espíritu, el modelo de la primera comunidad cristiana.

“Id al pueblo, desatáis la asna y el pollino y traédmelos... decís que el Señor los necesita pero que enseguida los devolverᔠ(Mt 21 2-3). Es todo lo que pedía para su único viaje “triunfal”: sin recepciones oficiales. No consta que lo recibiera el alcalde; menos el gobernador; ni ningún representante del palacio episcopal; ni nadie del clero. Y menos un Jefe del Estado. Sólo la clase baja. “Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió”. Y lo primero que hizo fue entrar el templo, armándose la de Dios es Cristo cuando arremetió contra sus mercaderes. Así empezó su ministerio en Jerusalén, clausurándolo con su muerte en la cruz, no en la cama. Cuando lo prendieron, presionados por las autoridades religiosas, muchos de quienes le entonaron el ¡Hosanna al Hijo de David¡ desparecieron, o cambiaron de bando; y hasta su más fiel escudero negó, tres veces, conocerlo. Murió más solo que la una. No tuvo exequias, ni funerales masivos. Ningún eclesiástico y ningún delegado de la autoridad local estuvo en su entierro. Ningún periodista local para tomar una simple nota. Hasta se olvidaron y se callaron sus milagros. Hubo de pasar un tiempo, unos cincuenta días, para que un pequeño resto se pusiera de acuerdo y, por fin, con ayuda extra, invisible, dar testimonio público de Él.

Aquel borriquillo “prestado” a Jesús, con los años, para ganar en prestigio, evolucionó hasta convertirse en un pura sangre, a juego con el Imperio. Juan Pablo II fue un pontífice con grandes dotes para relacionarse; no tuvo reparo en decir que, de lo más importante de sus viajes, era su encuentro con los poderosos de la tierra porque así se acrecentaba el prestigio la Iglesia (Juan Arias). Y los poderosos de la tierra han respondido, al unísono, rindiéndole un último homenaje con su presencia (y grandes declaraciones) en la gran misa solemne de funeral en la sede de Pedro. La Iglesia Institución se ha sentido potenciada con su presencia, codo con codo, ante el altar. Pero no olvidemos que ante la tentación idolátrica, disfrazada de fe en el Señor, el Señor mandó escribir esto a Isaías: el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sábado, convocatoria: no tolero falsedad ni solemnidad... aunque menudeéis en la plegaria yo no oigo. Vuestras manos están llenas de sangre (Is. 1,13-15).

Hay que contrastar si tanto exhibicionismo mediático de la agonía, muerte, y post-muerte de Juan Pablo II, facilitado y fomentado por el Vaticano, es una sinfonía de dolor cuya música está escrita en la partitura del evangelio. “El Papa (agonizante) ya ve y toca al Señor”, dijo el cardenal Ruini en la catedral de Roma ante las máximas autoridades políticas italianas. Era como la gran coda final para esa sinfonía del dolor. Pero, ¿Cómo compaginar esa experiencia de resurrección y a la vez montar una exhibición cuasi-idolátrica del cadáver? La papolatría, y las misas solemnes de funeral, con los poderosos de la tierra junto al altar como anfitriones privilegiados, no encajan mucho con la música del evangelio. Proclamar la resurrección encaja más con una eucaristía de acción de gracias, vivida en la sencillez, que con tanta misa de funeral. Al parecer, Juan Pablo I no tuvo esas exequias de “funerales de Estado”, y no pasó nada. Se ha puesto en evidencia el doble lenguaje de la Iglesia Institución. Se ha sucumbido de nuevo a la tentación del poder, denunciada por Jesús la primera semana de la cuaresma. Y ha sido precisamente a la primera gran ocasión, justo una semana después de celebrar la Pascua.

¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Esta palabra de Isaías, dirigida a la casa de David, (Is 7,10) se leía en todas las Iglesias el día 4 de abril, en pleno tsunami de “riturgias” y adhesiones pasionales clamando por la inmediata canonización de Juan Pablo II. Se ha puesto de manifiesto aquel dicho del cura Jesús: “muchos son los bautizados, pero pocos los evangelizados”. “Hemos gastado muchas energías en edificar el cristianismo: es la hora de hacer cristianos”, decía, siendo arzobispo de Milán, el cardenal Carlo María Martini.

Todas las cartas al director publicadas el 7 de abril en el diario El Mundo, hablaban del papa Wojtyla, ensalzando su figura excepcional. Pero, de paso, la mayoría aprovechaban para arremeter contra Zapatero, la vicepresidenta del gobierno español y la sentada antirreligiosa de algunos diputados. Pero me quedo con una, titulada El lado oscuro de un papado excepcional; entre otras cosas decía: multitudes hambrientas de ídolos lo han idolatrada y lo seguirán haciendo (...) ha resistido a los poderosos posicionándose contra las grandes dictaduras... Pero ha hecho retroceder a la Iglesia (...) murió con exhibiciones patéticas de incomunicación, él, precisamente él, gran comunicador... Sin voz, enmudecido, como él enmudeció a tantas voces honestas, heroicas... Dios, en el que creo, pienso que le hizo expiar sus pecados...

El libro El día de la cuenta. Juan pablo II a examen recoge este detalle del funeral de Albino Luciani, el antecesor de Wojtyla: “El funeral estuvo pasado por agua. Desde la consagración a la comunión un violento aguacero cayó sobre Roma. En el improvisado altar, el cardenal decano Carlo Confalonieri (le temblaban las manos) tenía dificultades para leer las oraciones del misal, cuyas páginas agitaba la borrasca. Más de una vez, pareció que el viento iba a apagar el alto Cirio Pascual, símbolo del Señor resucitado. Pero las páginas mojadas del misal permanecían abiertas por el evangelio de San Juan, precisamente por ese pasaje que recuerda para siempre la misión y las negaciones de Pedro. El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Ante el próximo cónclave cuyos prolegómenos están siendo tan celosamente blindados al pueblo creyente -un pueblo del que se acuerdan que existe a la hora de las estadísticas triunfalistas, las que cuentan para exigir mayores asignaciones del Estado- parece que todo está atado y bien atado. Todo está previsto. Sin embargo, en la misa de despedida de Juan Pablo II, un detalle llama la atención: el viento que agita el rojo de las vestiduras cardenalicias iba pasando las páginas del misal depositado sobre el ataúd, deteniéndose en algunas unos momentos; hasta que lo cierra totalmente.

moral de lo cotidiano

JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana

VITORIA.

ECLESALIA, 11/04/05.- Tiempos difíciles éstos para valorar los comportamientos sociales más repetidos. Recuerdo haber leído que, cuando sólo lo extraordinario y catastrófico es noticia, lo cotidiano es irrelevante. Y es cierto. Entre el miedo a pecar de elitismo moral, esa forma tan insoportable de aparición de la ética, y el sabio aprendizaje del “¿a mí qué me importa?”, un cierto silencio se adueña de la vida pública española, en aras de un falso respeto democrático. ¿Cómo se explica, si no, la programación matutina y vespertina de la inmensa mayoría de las televisiones, por más que se recurra al consabido, “la gente lo quiere”? Esas mesas de trabajo en los platós televisivos, con discusiones interminables y ridículas, cuando no agresivas e indignas, sobre la vida de los “famosos” y demás “personajes”, son intrínsecamente inmorales. Que la guerra lo es más, como se suele argumentar, o que muchos negocios económicos y políticos no lo son menos, apenas vale para identificar males de la misma especie, pero no para exculpar a nadie. Esos programas, tertulias, concursos, noticiarios y reportajes, son una montaña rusa, sin posible parada, de lo que debemos llamar “violencia moral”. Lo quieran sus protagonistas y beneficiarios, o no, son violencia moral y a ella inducen sin tapujos ni miramientos. Que hay que analizar caso por caso, como también se dice, de acuerdo, pero para clasificar la liga de las indignidades, necedades y, al cabo, violencias.

Y si de la televisión pasamos a otro fenómeno de masas, el fútbol, a ver qué está pasando con los mínimos debidos a la dignidad de las personas. ¿O es que los hinchas quedan exonerados de su condición de personas al entrar en un campo de fútbol? Que si los negros son insultados como “monos”, que si los latinoamericanos como “sudacas”, que si a los otros se les insulta por su condición sexual, real o supuesta, que si a los de más allá por su procedencia nacional... y, así, una casuística sin final. Y otra vez la misma cantinela, que “es el fútbol y ya se sabe... que es la pasión, la ilusión, el desbordamiento irrefrenable...”. Sí, cierto, pero todo tiene un punto, y el de la dignidad de las personas, de todas las personas, es un punto y aparte, y el que lo traspasa en el fútbol, es incívico e inmoral, y, además, lo traspasará fácilmente en el trabajo, en el coche y en casa. Y otra vez, no me vale, que todos tenemos zonas morales frágiles y fallos personales serios, porque esto es emborronarlo todo para ocultar lo inaceptable: cuando el racismo aparece en el fútbol, hay que identificarlo y atajarlo con la ejemplaridad que un deporte tan querido requiere. ¿O es que la conciencia democrática no está especialmente extendida entre quienes viven del fútbol o lo dirigen? ¿O es que la ética de la dignidad igual de todos no es, precisamente, el valor mejor asimilado por la gente del fútbol y por la gente de los medios? Tenemos tarea.

en vísperas

COMUNICADO DE PROCONCIL

EMILIA ROBLES Y JAVIER MALAGÓN, Coordinación; 11/04/05

MADRID.

ECLESALIA, 12/04/05.- En vísperas del Cónclave, queremos manifestar nuestro deseo de que, en el próximo pontificado, la Iglesia profundice en el trabajo que viene realizando en favor de la paz, de la justicia social y de la defensa de la dignidad de las personas y de los pueblos.

Necesitamos un Papa que aliente la misericordia, que lleve esperanza a los que sufren y promueva la liberación de los millones de hombres y mujeres víctimas de la pobreza, de la explotación económica y de la falta de respeto a los Derechos Humanos.

Para que la Iglesia pueda llevar a cabo esta misión, pedimos a Dios que nos conceda un Papa que impulse la conciliariedad en el seno de su Pueblo, facilitando la expresión y el debate acerca del papel de la fe y de la Iglesia en el mundo de hoy.

Nos gustaría que, con su Magisterio y con su ejemplo, logre crear un clima integrador, de participación y corresponsabilidad de fieles y comunidades eclesiales, donde tengan cabida un amplio espectro de puntos de vista y de sensibilidades.

Es importante que el nuevo Pontífice impulse y anime el proceso conciliar iniciado con el Vaticano II, en dirección a un nuevo concilio ecuménico, cuya convocatoria no tiene por qué ser inmediata, aunque sí visualizada como una necesidad que exige ir construyendo las condiciones adecuadas.

Consideramos que, en un futuro no muy lejano, un nuevo concilio debería ser signo de unidad y de esperanza para toda la comunidad de creyentes, fortaleciendo el papel de la Iglesia en favor de la Paz, de la Justicia Social y de la Dignidad Humana.

En cierto modo, el proceso conciliar ya está en marcha, porque en la Iglesia y en la sociedad los debates sobre los cambios que la Iglesia necesita están abiertos. Ahora necesitamos un Papa que reconozca estas preocupaciones y que manifieste voluntad y capacidad de dinamizar este proceso.

Para más información: http://www.proconcil.org

credibilidad

Ante la elección del nuevo Papa

COLECTIVOS, REVISTAS, PASTORES, TEÓLOGOS/AS Y ESCRITORES/AS*

ECLESALIA, 13/04/05.- La muerte del Papa Juan Pablo II se presenta ante el mundo, y en especial ante la Iglesia, como un hecho de primera magnitud, que invita a reflexionar sobre el significado y misión de la Iglesia católica.

Juan Pablo II ha hecho del planeta tierra su casa y ha proyectado sobre él su afán misionero de unir la humanidad en el respeto, diálogo y colaboración y en una lucha no violenta contra la pobreza y la injusticia, y a favor de la paz. Y en esa tarea se ha empeñado con indomable energía hasta el último aliento. Es, sin duda, la imagen que más ha calado y que, a la hora de su muerte, ha hecho concentrar la atención universal en Roma: el Papa símbolo de valores universales como la justicia, la fraternidad y la paz.

Este Papa, que ha dispuesto como pocos en la historia del poder y la gloria, ha mantenido siempre abierta la conciencia de su finitud y acabamiento terreno, de una esperanza inquebrantable en la resurrección, que no ha eclipsado ni siquiera la cruz de su progresiva invalidez. Este ejemplo, clavado en las pantallas de todo el mundo, ha sido un revulsivo contra el ateísmo, contra esa tendencia que anega al mundo en un humus materialista o ciega las conciencias a las preguntas últimas de la vida. ¿Un hombre así, tan entero y universal, se va a la nada o entra en el esplendor de una vida interminable? Muchos se habrán preguntado si el cimiento y meta últimos de la vida no rebasan el horizonte de este mundo.

Por un largo e intensísimo instante histórico los medios de comunicación dejaron de ser el escaparte de lo unidimensional para abrir los corazones a la honda, inmensa, nunca satisfecha polifonía de las preguntas radicales.

Pensamos, no obstante, que la mejor fidelidad no consiste en una alabanza acrítica y panegírica del pontificado. Desde luego, no consiste en eso la mejor fidelidad evangélica. Esta pide más bien sinceridad y autenticidad, agradecer la vida y seguir el ejemplo, no para copiar de manera acrítica, sino para continuar y avanzar en aquello que la vida de la Iglesia vaya descubriendo como la mejor manera de encarnar la llamada evangélica para el mundo de hoy.

El hecho público y espectacular de la figura del Papa contrasta con otro más interno, propio de su Iglesia: su pontificado ha provocado tensiones en amplios sectores de la cristiandad, precisamente por haber adoptado posiciones alejadas del espíritu y planteamientos del Vaticano II. Este concilio suscitó una primavera de luz y esperanza en la Iglesia, y supuso para no pocos una verdadera conmoción al ver cómo se modificaba la imagen de una iglesia heredada del pasado: eurocéntrica, altamente centralizada, jerárquica, clerical y antimoderna.

Apenas habían pasado 10 años y la curia romana comenzó a marcar rumbos distintos a los del concilio. La minoría perdedora, se decía, comenzaba a sacar cabeza y programaba pasos y estrategias para reconquistar el espacio perdido.

La inicial y eufórica ilusión ante la elección de Wojtyla comenzó a desvanecerse en cuestión de meses. Juan Pablo venía de una formación tradicionalista, de un contexto sociopolítico profundamente anticomunista y con una visión negativa de la modernidad: la Iglesia había perdido prestigio y hegemonía en la sociedad, la religión se veía reducida al ámbito de lo privado, al mismo tiempo que avanzaba el ateismo, el laicismo y el materialismo.

La opción fue restaurar, es decir, reconducir todo al pasado. Los males presentes se querían remediar reintroduciendo la imagen de una Iglesia preconciliar: imperialista, centralizada, androcéntrica, clerical, compacta, bien uniformada y obediente, antimoderna. Tal imagen chocaba con el modelo de Iglesia aprobado por el concilio: Iglesia “pueblo de Dios”, igualitaria y fraterna, solidaria con la humanidad, en diálogo con las ciencias y cultura moderna, comprometida con los pobres, participativa, libre y pluralista.

Pasado el primer año del Pontificado, la restauración era manifiesta pero se reforzaba con el nombramiento del cardenal Ratzinger, teólogo y, a partir de entonces, guardián doctrinal de la restauración. Fue en el 1985, cuando el cardenal, ya sin equívocos, afirmó que “los veinte años del posconcilio habían sido decididamente desfavorables para la Iglesia”.

La restauración alcanzó a la Iglesia universal en todos los niveles y estamentos: sínodos, conferencias episcopales, reuniones del episcopado latinoamericano, congregaciones religiosas, la CLAR (confederación de religiosos y religiosas latinoamericanos), obispos, teólogos, profesores, publicaciones, revistas, etc.

Para llevar a cabo la restauración había que volver a los instrumentos de poder y había que contar con movimientos fuertes e incondicionales. Tales fueron principalmente el Opus Dei, Comunión y Liberación, Neocatecumenales y Legionarios de Cristo.

Si la Iglesia llevaba algún siglo de atraso en su actualización crítica respecto de la explosión cultural de la Modernidad, esta política supuso un fuerte estancamiento. Tapar los problemas parece traer calma; en realidad, retrasa la solución y agrava las consecuencias.

Este breve recuento de lo ocurrido en el interior de la Iglesia nos hace ver la situación vivida –“larga noche invernal”, la llamó K. Rhaner- sembrando en muchos cansancio, y en otros desencanto y alejamiento.

El análisis, compartido por muchos, llevaba a constatar que, de hecho, con la perspectiva de sus más de veintiséis años de pontificado, la persona fue superior a la obra, sus gestos, más creíbles que su teología y , acaso por ello, un déficit grave acompañaba a este pontificado: la pérdida de credibilidad en la Iglesia. Condiciones demasiado negativas impedían encontrar en la Iglesia estructuras de acogida que invitaran a la confianza , el respeto y el diálogo. Todo un clima que hizo que, a pesar de grandes multitudes aplaudiendo al Papa en estadios y plazas, las iglesias se quedaran cada vez más vacías.

La restauración puede constituir una fase de la Iglesia, pero nunca parte de su modo ser. Mirando al futuro, nos atrevemos a señalar algunos de los trazos que la Iglesia debiera asumir en los comienzos del tercer milenio.

1. Una vuelta a Jesús. El rasgo más esencial, el que debiera ser como fundamento y meta de todos los demás, lo enmarcaríamos con palabras del mismo Juan Pablo II: “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”.

No hay reforma posible en la Iglesia sino es volviendo a Jesús. No hay más futuro para la Iglesia que el que viene de Jesús. La Iglesia sólo fue grande cuando ensayó humildemente el seguimiento de Jesús. Para discernir lo que es abuso, desviación o infidelidad en la Iglesia no tenemos más criba que el Evangelio. No la tradición, pero sí muchas de sus tradiciones pueden llevar a la Iglesia a un verdadero cautiverio.

La Iglesia no tiene más centralidad que la persona de Jesús, el hombre por excelencia. Y si ella pretende seguir a Jesús, no tiene si no seguir contando al mundo lo que ocurrió con Jesús, proclamar su enseñanza y su vida. Jesús no fue un soberano de este mundo, no fue rico, sino que vivió como un aldeano pobre y, por su programa, -anuncio del Reino de Dios: dignidad, igualdad y emancipación de los más pobres- fueron los grandes de este mundo ( imperio y sinagoga) los que lo persiguieron y eliminaron. Su condena a morir en la cruz, arrojado fuera de la ciudad como a un estercolero, es la muestra suprema de su incompatibilidad con los señores de este mundo. Destrozado por el poder, es el siervo sufriente, imagen de otros innumerables siervos, derrotados por los que gobiernan y se hacen llamar señores, pero acreditado y resucitado por Dios mismo.

A esta orientación básica se opone una manera ostentosa y ritualista de presentar la fe evangélica, escasamente comprometida con los problemas de la vida, y que trata de defenderse sin rodeos frente al ateísmo marxista, pero que no lo hace con la misma contundencia frente al capitalismo vestido con piel de oveja cristiana, al no apoyar y haber condenado las distintas formas de la teología moderna y, en especial, de la teología de la liberación.

2. Una Iglesia servicial. Lo que Dios desea para el mundo, en perspectiva cristiana, lo ha hecho manifiesto a través de Jesús. Y la Iglesia, si algún encargo tiene, es el de manifestar lo hecho por Jesús. Nunca la Iglesia es meta de sí misma. La salvación viene de Jesús, no de la Iglesia. Nunca ella tuvo otro Señor.

La vocación de la Iglesia, a semejanza de Jesús, es servir, no dominar: “Sirvienta de la humanidad”, decía el Papa Pablo VI. Este servicio lo hace viviendo en el mundo, sintiéndose parte del mundo y en solidaridad con él, pues “el mundo es el único tema por el que Dios se interesa”. Y ahí , con humilde acompañamiento, ayudar a hacer inteligible y digna la vida, y hacer de ella una comunidad de iguales, sin castas ni clases, sin ricos ni mendigos, sin imposiciones ni anatemas y sin recetarios de moral sexual. Su objetivo primero es cuidar de lo penúltimo (hambre, vivienda, ropa, calzado, salud, educación ....) para cuidarse de lo último, aquellos problemas que no nos dejan dormir después de haber trabajado (finitud, soledad ante la muerte, sentido de la vida, el dolor y el mal, ...).

A esta tarea la Iglesia debe llegar siempre equipada por la fe y espíritu de servicio a la humanidad. Demasiadas veces da la impresión de que le sobran certezas y le faltan duda, libertad, disenso y diálogo. Nunca más, pues, excomuniones del mundo o soluciones a sus problemas con vuelta al oscurantismo sino al mensaje de Jesús.

3. Democratización de la Iglesia. La democratización de la Iglesia es asunto suyo vital para que pueda adquirir credibilidad en la sociedad actual. Pero esa democratización no es posible sin lograr una previa y justa desclericalización. Sólo una Iglesia desclericalizada hace que la Iglesia sea de verdad una Iglesia de hermanos e iguales. Y este objetivo no se logra ciertamente por las sendas de un sacerdocio presbiteral superior, privilegiado y excluyente, tal como aparece hoy configurado, con concentración absoluta del poder en el vértice y delegado en los demás grados de la jerarquía.

Para emprender este camino hay que partir de la vida de Jesús, el cual, siendo laico, “produjo un cambio de sacerdocio” (Hb 7,12), “fue sacerdote por la fuerza de una vida indestructible” (Hb 7,16). La constitución del sacerdocio de Jesús está en que “se asemeja a sus hermanos, es compasivo, prueba el sufrimiento, ofrece en su vida mortal oraciones a gritos y lágrimas, es decir, se identifica con su pueblo, sin avergonzarse de llamarlos hermanos”. La vida entera de Jesús fue una vida sacerdotal, en el sentido de que se hizo hombre, fue un pobre, luchó por la justicia, fustigó los vicios del poder, se identificó con los más oprimidos, los defendió, acogió y trató sin discriminación a las mujeres, entró en conflicto con los que tenían otra imagen de Dios y de la religión y tuvo que aceptar por fidelidad ser perseguido y morir crucificado fuera de la ciudad. Este original sacerdocio de Jesús es el que hay que proseguir en la historia.

Consecuentemente, es esto lo que enseña el Vaticano II: “Todos los bautizados son consagrados como sacerdocio santo” (LG, 10).

Como enseña el apóstol Pablo hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero ninguna de ellas se traduce en rango, superioridad o dominio. Todos son hermanos y hermanas y, en consecuencia, iguales. Una tarea ésta inmensa de cara a las mujeres, doblemente discriminadas en la Iglesia como laicas y mujeres.

La responsabilidad es de todos, dentro de un modelo comunitario, con diversidad de carismas, derramados por el Espíritu para el servicio de la comunidad. Una iglesia comunitaria y pluralista.

El Vaticano II no pone el fundamento radical de la Iglesia en el esquema bipolar “clérigos-lacios” que quite protagonismo, participación y responsabilidad a la asamblea cristiana.

Todo cristiano y toda cristiana participan en la triple función de Cristo: enseñar, santificar y gobernar. La Iglesia entera, pueblo de Dios, prosigue el sacerdocio de Cristo, sin perder la laicidad, en el ámbito de lo profano e inmundo, de los echados fuera. Este sacerdocio es lo primero y sustancial; el otro, el presbiteral, es un ministerio y como ordenado al común es posterior, secundario y de servicio. El presbítero es, antes que nada, “ministro de la Palabra”, que debe comunicar a todos, sin que se vea ceñido casi exclusivamente al altar y a la administración de los sacramentos.

4. Otras consecuencias obligadas. Las exigencias a sacar de esta primigenia visión y modelo de Iglesia son mera consecuencia.

Revisión del ministerio petrino del papa

Hay que remodelar la visión centralista y omnipotente del ministerio petrino -primado papal- y de la curia romana en todos sus dicasterios. La figura organizativa de nuestra Iglesia se asemeja más a la figura de una monarquía absoluta del pasado que a una Iglesia “pueblo de Dios”, democrática, profundamente igual, fraterna y participativa. Disculpas como las de que la Iglesia no es una democracia (de ordinario sin añadir que tampoco es una monarquía) ya no pueden engañar en una cultura crítica, ya educada en valores democráticos. A pesar de la práctica contraria de siglos, este punto es de gran importancia: no es posible la renovación sin democracia y una Iglesia no democrática, en un mundo cada vez más convencido de los valores democráticos, seguirá haciendo increíble el Evangelio y ocultando el rostro de Dios a las nuevas generaciones.

Esta democratización se hace real respetando la autonomía de los grandes sujetos serviciales de la Iglesia: sínodos, conferencias episcopales, congregaciones religiosas y otras instituciones y carismas en orden a asegurar un ejercicio más comunitario y corresponsable de la autoridad. No se puede mantener en nuestros días un gobierno estrictamente piramidal mediante justificaciones de una teología fundamentalista. Los cargos deben ser designados democráticamente, deben ser elegidos y no vitalicios, las consultas deben ser de ordinario deliberativas. La doctrina conciliar no cuadra con el modelo de hecho vigente, que va además contra la recomendación evangélica : vuestro gobierno no sea como el de los tiranos y poderosos que avasallan (cf. Mc 10,42-45; Mt 20,25-28; Lc 22,25-27).

En este sentido, repitiendo palabras del obispo Pedro Casaldáliga “no creemos en el Vaticano como Estado, como poderío, como burocracia, pues embaraza el paso de la Iglesia de Jesús y deseamos que se acabe. Ni aceptamos las Nunciaturas como ministerio eclesial, porque las sentimos, por lo menos, anacrónicamente desplazadas y descubrimos en ellas interferencias de la Diplomacia en desfavor del Evangelio”.

Igualmente creemos que el Papa, como los demás obispos, debiera seguir la norma -tan sabia y elemental- del retiro a los 75 años e incluso de limitar temporalmente los cargos como única manera de mantener el gobierno de la Iglesia al ritmo de una historia acelerada. No existen razones de fondo que lo impidan.

Reconocimiento de los derechos humanos

El Vaticano II proclama que los cristianos deben promover y reconocer los derechos humanos, que estos derechos son universales e inviolables, santos, que nadie dentro de la Iglesia puede ser privado de ellos y que el Evangelio es máxima garantía de su cumplimiento. Este reconocimiento exige:

- Una puesta en práctica de la reforma del Derecho Canónico, según la demanda el Evangelio, el Vaticano II y los signos de los tiempos.
La igualdad de las mujeres dentro de la Iglesia a todos los efectos.
- Una clara distinción entre los tres poderes (legislativo, judicial, ejecutivo) propios de todo Estado de derecho.
- Un reconocimiento práctico de la libertad de investigación bíblica y teológica, de pensamiento, de enseñanza y de expresión pública.
- Un diálogo epistemológico con las diversas ciencias y cultura de nuestro tiempo, sin negarles autonomía y libertad.
- Un ecumenismo y diálogo interreligioso que admita la pluralidad de caminos para la salvación, sin auto-reservarse el monopolio de Dios y de la verdad. Juan Pablo II hizo gestos simbólicos frente a las iglesias evangélicas y ortodoxas, con los judíos y los musulmanes, con los budistas e hindúes y las religiones ancestrales de África. Estos y otros hechos constituyen una llamada a revisar el ejercicio del Primado, a no prohibir la intercomunión entre cristianos y a evitar la cerrazón mostrada por la “Dominus Jesus” con relación al problema general de las religiones.
- La correspondiente autonomía de la moral y su carácter histórico exigen repensar los valores fundamentales en nuevos contextos, sin acudir a la imposición por vía de autoridad, sino por fundamentación en razones científico-morales (sería el caso de poner al día las posiciones intransigentes respecto a los homosexuales y lesbianas, curas casados, divorciados, etc.). Una moral no resulta hoy convincente pretendiendo poseer de antemano todas las respuestas sino buscando, en diálogo con las demás instancias culturales, nuevas soluciones para los nuevos problemas. La experiencia demuestra que las posturas rígidas y dogmáticas en este campo, lejos de contribuir a una justa moralización de la sociedad, desacreditan el anuncio religioso y dejan sin orientación a las partes más desamparadas y sensibles de la sociedad.

Santo ya

Finalmente, queremos referirnos a la consigna ya aireada de que Juan Pablo II sea proclamado santo. Pensamos que la iniciativa no ha sido espontánea sino inducida por sectores de iglesia, sobradamente conocidos por su talante conservador y coreada acríticamente por los medios. Si la santidad cristiana tiene como medida el seguimiento de Jesús, pensamos que el pontificado de Juan Pablo II ofrece, en aspectos importantes, defectos y contradicciones impropias del seguimiento de Jesús. Su pontificado fue ocasión de frustración y sufrimiento para muchos fieles de la Iglesia.

Por esto, porque creemos que la aclamación de santo pretende canonizar un modelo de Iglesia, más acorde con intereses de grupos particulares que con los de la iglesia universal y contribuiría a glorificar más que las virtudes personales de Juan Pablo II, la parcialidad y la exclusión, denunciamos este sospechoso intento y exigimos que no se haga creer demanda del pueblo de Dios lo que es demanda interesada de grupos neoconservadores.

El nuevo Papa, con su Iglesia, tiene frente a sí grandes retos. El mejor tributo al Papa Juan Pablo II está en prolongar su intención y hacer fructificar sus mejores semillas. Lo expresamos con fe y con la esperanza de una Iglesia más evangélica y una humanidad más humana.

*SUSCRIBEN EL DOCUMENTO

Colectivos: Centre d’Estudis Cristianismo i Justicia, Centro Evangelio y Liberación, Colectivo Vera Paz, Comisión de Asuntos Religiosos COGAM, Comités de Solidaridad Oscar Romero, Comunidades Cristianas Populares, Corriente Somos Iglesia, Cristianos por el Socialismo, Iglesia de Base de Madrid, MOCEOP, Mujeres y Teología, Mulleres Cristias Galegas, Fundación Pueblo Indio.

Revistas: Eclesalia Informativo, Editorial El Almendro, Encrucillada, Éxodo, Iglesia Viva, Periódico Alandar, Reflexión y Liberación, Saó, Tiempo de Hablar, Utopía.

Pastores, teólogos y escritores: Pedro Casaldáliga (obispo), Amadeu Bonet i Boldú (presidente del Consejo diocesano de Movimientos de Acción Católica de LLeida), Julio Luis, Benjamín Forcano ,Giulio Girardi, Evaristo Villar, Rufino Velasco, ( de la Asociación Juan XXIII), Juán Masiá, Fernando del Valle, Jaime Escobar Martínez, José Luis Barbero, José María García-.Mauriño, José Argüello...

esperanza de futuro

EL PAPA QUE YO DESEO
FRANCISCO SÁNCHEZ, director de la Universidad Cardenal Herrera-CEU en Elche

ELCHE (ALICANTE).

ECLESALIA, 18/04/05.- No se entienda este artículo en clave de revisionismo. Ni se quieran hacer comparaciones de pasado. Entiéndase desde la visión de un cristiano con esperanza de futuro en el nuevo Papa que viene.

Confieso que soy católico. Y que cada día me cuesta más. Pero en eso radica mi fe. En la duda. En aquella que los jesuitas me enseñaron. A dudar. A pensar desde la oscuridad para hallar la luz. No elegí tener fe. Me la donó el Señor. Y cada día me la planteo. La cuestiono y la maleo. Para poder emerger, desde el compromiso, el servicio a los demás que es el seguimiento de Jesús. Y lo hago mal. No soy perfecto. No busco la perfección. Con mi fe busco la felicidad, que no la perfección. Busco las respuestas, no que me las den.

Confieso que quiero un Papa ecuménico en su estricto sentido de universalidad católica. Confieso que quiero un Papa viajero, y que no se encierre en el Vaticano. Que pasee por las calles del lumpen más pobre de la urbe. Que visite a los presos en las cárceles periódicamente. Que sepa descifrar que la verdadera esencia del cristianismo, siempre es ayudar a los más desvaforecidos. Que no recrimine a los sacerdotes o laicos comprometidos con los desarraigados y zarrapastrosos. Que diga no a la guerra y no a la violencia de cualquier tipo, especialmente aquella que se dirige contra las mujeres y los niños. Que grite no al terrorismo y se arroje a lavar los pies de las víctimas, como hiciera Jesús con sus discípulos. Que lo haga el Papa, o que anime a que se haga, y anime a los cristianos que lo hacen en su nombre, en el de la Iglesia.

Confieso que quiero un Papa que no sacrifique las formas para llegar al fondo. Pero que llegue al fondo, independientemente de las formas. Que nunca busque pecadores, sino pescadores que infundan misericordia entre los pecadores, que somos. Que la caridad sea mandamiento de su génesis. No la solidaridad. Porque la caridad es un estadio más que la solidaridad, amor al otro que consideras más que tú. Y más necesitado.

Confieso que no tengo candidato. Y que no tengo ninguna autoridad moral o canónica para escribir este artículo. Pero tengo fe, una vez más, otorgada y regalada, que es igual, aunque débil, que la de cualquier cristiano. Que no me interesa una fe mediática si no va acompañada del compromiso personal de cada uno de nosotros. Que no me interesa que ningún movimiento eclesial se apodere de la Verdad o verdades personales o societarias.

Confieso que he pecado mucho de palabra, obra y omisión. Y que no siendo este artículo un pecado, ni una provocación, es la reflexión expectante e infantil del que espera un nuevo Padre. Alejado de las Jefaturas de Estado y volcado en el pastoreo menudo y silente de los que proclamamos el amor a la Iglesia. A la nuestra, a la de todos.

¿tenemos Dios?

¿tenemos Dios?

"TENEMOS PAPA"... ¿TENEMOS DIOS?

THELMA MARTÍNEZ, Compañía de Santa Teresa de Jesús

ECLESALIA, 21/04/05.- "Tenemos Papa"... ¿Será que también podemos decir "tenemos Dios"? ¿Será que podemos pensar que estamos abandonados en los brazos del poder y las pretensiones que buscan "asegurar la fe"? ¿Será que de verdad el Espíritu conduce las grandes decisiones de unos pocos que luego afectan a las grandes mayorías? En realidad... ¿Dónde está Dios en todos eso? ¿Fue "soplo" del Espíritu o "estrategia de transición"?

No me opongo a una persona que ni siquiera conozco... no sé de sus buenas o malas intenciones, ni de sus costumbres, ni de sus proyectos... sólo veo un hecho que no me habla de una mesa servida por igual para todos... Sólo puedo ver detrás el rostro de una Iglesia que restringe y "regula" las cosas para "salvaguardar la fe"... Y ¿qué fe? ¿La fe recibida como una herencia "incorruptible" a la que hay que defender contra los nuevos "herejes"? ¿La fe marcada por la "tradición" y las "buenas costumbres"? ¿Será acaso la fe de unos cuantos?

Hace ya tiempo que dejé de creer solamente en las fórmulas mágicas de los ritos de los actos litúrgicos, y mi fe empezó a celebrarse también en los pequeños "mágicos" encuentros cotidianos... (que, dicho sea de paso, son los que la sostienen) Sin querer, dejé de creer que Dios necesitara de oraciones aprendidas de memoria y sí de mi afecto y de mi encuentro cotidiano. No quiero leer grandes tratados de doctrina para encontrar "la base de mi fe", e irme por los caminos "más seguros", sin temor de perderme en la confusión... En realidad hace tiempo también dejé de creer en los grandes discursos. Discursos conservadores o progresistas, me da igual, son discursos muchas veces carentes de vida... El discurso en el que creo es en el del "gesto oportuno"...que te hace solidaria y hermana.

Sí que necesito leer y alimentar mi fe con el conocimiento... pero no quiero confundir los términos... Porque hay cosas que se saben ciertas al ser leídas porque conectan con la verdad descubierta... No es que cada quien sea dueño de la verdad, ni que hayan miles de trozos de verdades por todos lados... Sé que es necesario un cierto orden y causas comunes... pero tal vez todos sentados en la misma mesa...

Hoy sentí que mi esperanza se vio traicionada por los hombres... Digo hombres porque a las mujeres no se nos da el derecho de participar en las grandes decisiones de la humanidad. Hombres vestidos de rojo como muñecos de escaparate... Es cierto, creo que algunos de ellos también visten con ropa de calle y salen al encuentro de su pueblo... Pero hoy sentí que esos hombres traicionaron mis deseos...

Yo quería que ahora la Iglesia se atreviera a abrir sus puertas a lo nuevo, a lo que se saliera del protocolo y de las "conveniencias" de los tiempos... Quería ver una Iglesia que tomara rostro nuevo y regalara al mundo un líder que hablara su mismo lenguaje de libertad... Y en cambio, nos dieron un rostro demasiado curtido por los años y por el "santo oficio"... Tal vez un rostro envejecido por el paso de los tiempos y de la política mundial, y del estudio concienzudo para "sostener la fe"...

Tal vez es que soy muy ingenua e ignorante... y mi sueño era que en este cambio de época la Iglesia sintonizara también con una humanidad que busca ser nueva pese a tanta vejez y decrepitud arrastrada y mal disimulada. Deseaba un rostro nuevo, joven y vigoroso que fuera una especie de promesa.

Dentro de mí, siento que tendré que esperar a que "el tiempo y la gracia hagan lo demás", como dice nuestro fundador Enrique de Ossó. Tal vez vengan encíclicas y políticas fuertes, tratando de recoger "al rebaño perdido"... tal vez vengan nuevos lineamientos de fe y doctrina y liturgia y ... vida? y yo estaré sentada en una esquina con mi guitarra en las manos y mi mirada fija en los rostros jóvenes que esperan de mi poesía una invitación a la vida.

Ahí voy a estar tal vez... esperando los tiempos nuevos de una Iglesia que camina tan lento... pero que después de todo, creo que camina... Intentaré resistir porque creo... Es cierto lo que han visto mis ojos en otros rostros y es cierto el Jesús que he descubierto y es cierto el sueño que comparto con otra gente que va a mi lado en mis intentos... Entonces, quiero resistir... porque la resistencia a estos tiempos que no entiendo me hará descubrir brotes nuevos de la vida que espera ser vivida y compartida en comunidad... en una Iglesia con rostro de amiga, de hermana, de compañera de camino... en una Iglesia mujer y hombre... una Iglesia sencilla y limpia en sus intenciones. Cuando llegue ese tiempo, ya no se oirá un "tenemos Papa" que conmocionará al mundo... se dirá mejor un "Tenemos Dios", que nos dará la paz...

Mientras tanto, seguiré cantando, viviendo, tejiendo los encuentros cotidianos que es desde donde se dan los verdaderos cambios. Mientras tanto, mi grito será "tenemos Vida"... y mientras haya vida para mí, no renunciaré a la utopía por la cual crucificaron a un poeta soñador.

ciudadanía y sentido

CIUDADANÍA Y SENTIDO
Una solución integradora sobre las asignaturas de sentido

CARLOS GARCÍA DE ANDONI y FERNANDO VIDAL FERNÁNDEZ, grupo "Cristianos Socialistas"

ECLESALIA, 31/05/05.- La larga disputa pública en torno a la asignatura de Religión y ahora sobre otras asignaturas de sentido como la Educación en Valores sólo se superará con una solución cualitativamente diferente al planteamiento bipolar que nos lastra. El estado de la polémica, treinta años arrastrada, sólo se desencallará por un cambio de concepto, no por ninguna redistribución de fuerzas o conveniencias. Y a esa solución sólo se llegará si se cambia el lugar de mirada. El problema no es sólo legal sino que ha calado en las mentalidades convirtiéndose en un problema social que para encauzarse satisfactoriamente requiere precisamente un cambio de mentalidad. Hasta ahora el debate parece embarrancado en una discusión sobre la legitimación de las identidades cuando en realidad la discusión sobre las asignaturas de sentido es la búsqueda de una eficaz respuesta a un problema social de anomia, que se está acentuando en los últimos tiempos.

1. Nuevas necesidades desde la situación de la infancia y adolescencia

Hay una nueva situación de la infancia y la adolescencia que cambia la agenda de problemas y el programa de soluciones. La evolución de la cultura y situación de la infancia en las últimas décadas y las tendencias que se anticipan en nuestro entorno, nos indican unas nuevas condiciones que se caracterizan por mayor autonomía infantil y menor comunidad de sociabilidad primaria a su alrededor. Ambas características, si bien posibilitarían mayores grados de libertad también fragilizan el proceso de constitución del propio sujeto, de la personalización de valores y de la construcción de sentido. En síntesis, los nuevos problemas que vivimos progresivamente afectan no sólo a la constitución de un sentido y a la práctica de solidaridad sino a las mismas condiciones para constituirse el sujeto.

En dicho contexto, las escuelas tienen que intensificar una función de formación de sujetos. Lo tienen que hacer en una situación social en la que las agencias de socialización de proximidad (familia, escuela, asociaciones) han sufrido una deslegitimación en su capacidad de apelación y acompañamiento de las dimensiones más profundas del sujeto y, en cambio, las agencias publicitarias de consumo han ganado autoridad para modelarnos. Frente a ello, la escuela aparece cada vez más como un espacio civil desde donde se debe ayudar a los sujetos con sus familias a animar la constitución integral como persona y ciudadano. En cada vez más ocasiones, la escuela será el único lugar donde muchos sujetos encontrarán un espacio de formación y reflexión sistemática sobre la ciudadanía y el sentido. La escuela ante unos tiempos que plantean un reto cualitativo debe articular estrategias que incidan en los principales problemas, debe incorporar una educación participativa en solidaridad, ciudadanía y sentido.

2. La demanda de religión es demanda de sentido

La persistente y mayoritaria presencia de la demanda de la asignatura de religión, a pesar de la precariedad institucional que ha sufrido durante más de una década, debe interpretarse en su significado profundo como una demanda de formación de los alumnos en cuestiones de valores de ciudadanía y de sentido de vida. El debate bipolar frente a la asignatura de religión no va a la clave del problema sino a un pulso de identidades. Esos debates son cada vez más obsoletos porque el tiempo que vivimos está desplazando los debates desde la justificación de las identidades a la búsqueda del sentido. Es necesario que el gobierno y los agentes cívicos se tomen en serio la demanda de fondo y responder con una propuesta de fondo que corresponsabilice a todos los actores que intervienen en ese campo de la educación en ciudadanía y sentido.

3. Inspiración y limitación de la transversalidad

Hay que reconocer que la LOGSE preveía una intervención pionera en el campo de los valores a través de la transversalidad y los proyectos educativos de los centros, que supuso un avance histórico pero es necesario también ser conscientes de que el modelo, no sólo su implementación, también ha tenido limitaciones fundamentalmente en tres direcciones que hay que superar. Primero, es necesario sumar a la transversalidad la existencia de asignaturas curriculares explícitas que traten sistemáticamente la cuestión de la ciudadanía y el sentido son el fin de que la posible dispersión transversal se evite a través de una reflexión sistemática que la interprete integralmente. Segundo, es necesario superar el conflicto manifiesto o latente alrededor de la asignatura de religión y no reproducir en el alumnado dualidades conflictivas. En esa línea es necesario un modelo que integre toda la intervención curricular en ese campo de la ciudadanía y el sentido. Mantener una formación paralela, inconexa o incluso conflictiva perjudica a la integridad de la educación en solidaridad, ciudadanía y sentido. Tercero, el modelo que se ha practicado ha mostrado limitaciones en su eficacia socializadora y se ha puesto de manifiesto que es necesaria una intervención más compleja para poder generar procesos en los que los alumnos incorporen prácticamente los contenidos que se quiere transmitir.

4. Para solucionar la confusión es necesario radicalizar la noción de cultura

En el fondo creemos que la LOGSE fue tímida en su horizonte de reforma y que es necesario radicalizar su intuición original. Es necesario una idea más compleja de la estructura y proceso de formación del sujeto para poder intervenir mejor. El conjunto de conceptos aislados como valores, ciudadanía o confesión no dan cuenta íntegramente de la estructura cultural de la persona. La cultura es la narración de un sistema de representación que relata valores, creencias, sentimientos y prácticas en un sentido que las vertebra y da el lugar del sujeto en la historia. Por cultura se entiende no sólo un conjunto de conocimientos sino un complejo integral de la sociedad que aúna todos los conocimientos junto con las orientaciones morales, credenciales, emocionales y prácticas en un sentido del que se dota el individuo. Cuando nos referimos a sentido no hablamos de cognición trascendente sino que se refiere integralmente a todos los contenidos relativos a valores, creencias, sentimientos, prácticas, etc. El sentido es un concepto que vertebra todas las categorías culturales (identuales, morales, credenciales, etc.) con las que el individuo orienta su conocimiento, posición y acción en la Historia. Los valores se refieren a la dimensión del bien, a la moral y a la ética que es la reflexión comparada de morales. Las creencias se refieren a la dimensión de verdad y a los distintos sistemas de verificación. Los sentimientos se refieren a la organización emocional y a las dinámicas de emociones cognitivas. Las prácticas se refieren a la praxis, a los modelos básicos de la acción y la relación como la filiación, la fraternidad, la amistad, el estilo de vida, etc.

Muchos modelos de intervención en la formación cultural del sujeto adolecen de priorizar sólo una de las dimensiones, lo cual lleva a que la personalización sea insuficiente. Es necesario intervenir en todas las categorías culturales del sujeto. Si sólo se interviene en los valores hay un defecto de moralismo. Si sólo se interviene en creencias es un enfoque fideísta o ideológico. Si sólo se interviene en sentimientos es un enfoque esteticista. Si sólo se interviene en praxis es un enfoque activista. Frente a esos sesgos, es necesario un paradigma integral de la transmisión del sentido.

5. Núcleo de la propuesta “Ciudadanía y Sentido”

El núcleo de la propuesta es que se constituya una asignatura que se denomine CIUDADANÍA Y SENTIDO que sea susceptible de ser estudiada a través de asignaturas singulares entre las que optar libremente. Existiría una opción genérica con un enfoque aconfesional (que incluye la pluriconfesionalidad) de la materia. Existirían otras asignaturas del área que traten la misma materia desde una comprensión confesional. Así, se puede estudiar CIUDADANÍA Y SENTIDO en una asignatura genérica u, opcionalmente, en una asignatura confesional sea católica, islámica, evangelista, ortodoxa, etc. Sería una asignatura con dos o más modalidades curriculares que reconocen las singularidades.

La asignatura CIUDADANÍA Y SENTIDO tendría tres objetivos: estudiar crítica y experimentalmente los sistemas de sentido y su proyección a la ciudadanía. Primero, estudiar: transmitir los contenidos de los sistemas culturales y religiosos de sentido. Segundo, críticamente: discernir participativamente la adecuación comparada de dichos contenidos a la realidad. Tercero, experimentalmente: fomentar la relación con experiencias de ciudadanía y sentido y facilitar que el alumno, individual o grupalmente, realice ensayos o proyectos prácticos.

Se añade una novedad más. Sería una sola asignatura que podría ser estudiada singularmente pero ambos grupos compartirán regularmente tramos o módulos comunes con el objeto de dialogar y compartir las perspectivas. Los módulos comunes podrían ocupar 1/5 del tiempo lectivo (figuradamente: de diez horas de clase, dos son comunes), dichos módulos serán organizados departamentalmente, impartidos conjuntamente por los profesores responsables de los distintos grupos (en caso que exista desdoblamiento confesional) y cada uno evaluará a los alumnos de su asignatura.

La asignatura CIUDADANÍA Y SENTIDO dispondría un currículo troncal de cuestiones (naturaleza, existencia, familia, paz, responsabilidad, solidaridad, reconciliación, etc.) que las asignaturas confesionales tendrían que aplicar en su currículo confesional pero estimamos que es algo muy factible porque ya hay experiencia de que los currículos vigentes de las asignaturas de religión aborden exhaustivamente esos mapas de cuestiones.

Algunos argumentarán la dificultad técnica de articular pedagógicamente esta propuesta. ¿Cómo entender que una “asignatura” puede ser cursada a través de dos o más “asignaturas” que no son sólo “grupos” sino “asignaturas” formales? ¿Cómo formar departamentos que articulen una propuesta común de tramos compartidos? Cuando algo es necesario e imposible, hay que cambiar las reglas del juego que lo hacen factible. Es técnica y educativamente posible aunque suponga a muchos variar sus usos y prejuicios.

6. Un giro pedagógico más narrativo y experiencial

Asumiendo el principio de pedagogía activa legislado pioneramente por la LOGSE, más en un campo tan sensible a las prácticas como es la asignatura de CIUDADANÍA Y SENTIDO, ésta se impartirá con una doble metodología: narrativa y experimental. La pedagogía narrativa busca transmitir y discernir los sistemas de sentido rigurosamente, desde principios científicos, pero haciendo uso de distintas formas de relatarlos adecuándose así a las distintas edades. De ese modo, en primaria se haría más uso del acercamiento a narraciones, figuras y experiencias, tal como se hace en muchas asignaturas aplicando el principio de transversalidad. Por otra parte, la pedagogía experimental busca que no haya una mera transmisión de sistemas de sentido sino que el alumno, participativamente, individual o grupalmente, interactúe con distintas experiencias cívicas y de sentido existentes (por ejemplo, interacción con voluntarios de una ONG) y ensaye sus propias formulaciones o proyectos al respecto.

La participación de la sociedad civil es crucial. Para poder realizar los objetivos, y siguiendo el principio aplicado a las asignaturas de religión, que son impartidas por las propias confesiones, los actores de la sociedad civil (vecinos, asociaciones, etc.) podrán ser contraparte de convenios de carácter educativo en régimen no lucrativo con los centros educativos para desarrollar experiencias o proyectos educativos en el marco curricular de la asignatura CIUDADANÍA Y SENTIDO. Por ejemplo, el programa de educación para la paz de una ONG podrá ser incorporado a la articulación de la asignatura según lo vaya pautando el proyecto de centro.

El desarrollo de esta asignatura supone una renovación del proyecto curricular del centro educativo desde el cual se generará la aplicación curricular de dicha asignatura. Esta asignatura requerirá una recualificación del personal docente para que adquiera las habilidades necesarias para impartir esta asignatura, incluido el personal que la imparta en su singularidad confesional y por tanto renegociar sus condiciones de cualificación y designación.

7. Si es un problema central hay que darle centralidad a las asignaturas

Finalmente, si los legisladores se deciden a afrontar la cuestión central en la formación de cada generación, que es la transmisión del sentido de la vida y el proyecto de la ciudadanía, deberán otorgarle coherentemente un lugar central en su sistema educativo. Responsablemente, la asignatura CIUDADANÍA Y SENTIDO se impartiría en todo el ciclo escolar del alumno de la enseñanza obligatoria y el bachillerato; la asignatura debería ser evaluable y computable ya que forma parte intrínseca de la formación del sujeto; y, con el fin de evitar que sea una asignatura que se pueda trivializar y precisamente porque se considera una cuestión crucial para el progreso de la sociedad, la infancia e incluso los centros educativos, la asignatura no sólo debe estar dentro del horario escolar sino incluso priorizada con un encuadre horario favorable.

Puede que gobierno y agentes logren resolver con una buena negociación las demandas corporativas sobre las asignaturas de sentido. Por nuestra parte creemos que sólo se podrán solucionar las necesidades de la sociedad con una respuesta más compleja, corresponsable y democrática. Esta propuesta creemos que cumple las condiciones y da una solución que, eso sí, sea ésta u otra, hay que tener la sabiduría y coraje de buscar.

- - -> Foro de debate en http://www.atrio.org

depósito de la fe

Yo deposito, tú depositas, él deposita, nosotros depositamos, vosotros depositáis, ellos depositan el depósito de la fe. Esta es la propuesta oficial de catequesis, ¿es esta una catequesis para nuestros tiempos?