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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

por llegar

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EL NIÑO ESTÁ POR LLEGAR
ENCAR GONZÁLEZ-CAMPOS, agustina misionera, encarweb@yahoo.es
VALLADOLID.

ECLESALIA, 12/12/05.- Hace ya más de veinte años que, llegando las fechas de Navidad, entonamos de nuevo esa antigua canción de José Luis Perales: “Navidad es Navidad”… Se ha convertido en slogan navideño para aquellos que deseamos un mundo mejor y para aquellos a los que la Navidad toca especialmente el corazón queriendo recordar situaciones de nuestro mundo en las que queremos que Jesús de nuevo vuelva a nacer.

Hoy esta canción resuena por dentro con toda la novedad del momento. Sus acordes se acompasan en la actualidad de nuestra historia..

La tierra se alegra y se entristece la mar, ese mar azotado por los huracanes, desbordado por el viento impetuoso que hace de las aguas serenas y tranquilas un oleaje devastador.

¡Dejan sus redes y rezan tantos y tantos habitantes de las costas tropicales que lo han perdido todo! ¡Tantos niños visitados por Katrina, Wilma, Alpha… que vieron cómo se marchaban sus familiares más cercanos!

¡Miran la estrella pasar los tripulantes de las pateras que, cargados de esperanza y miedo, se lanzan a la aventura de buscar una vida más digna y justa!

Hacen en su barco un altar los subsaharianos que se preparan para el asalto de la muralla que les conducirá a un país en el que reine la paz y prosperidad. Tantas personas sencillas y humildes que hacen de Jesús, niño y pobre, elemento fundamental en el camino de cada día.

Las noches blancas de hospital desean dejar su llanto en la noche de Navidad pero el dolor y la pérdida de los seres más queridos hacen que su llanto se prolongue. Hospitales africanos, asiáticos, latinoamericanos… que carecen de los elementos básicos para atender a los cientos de personas enfermas que alargan sus manos esperando encontrar una mano amiga cargada de ayuda y solidaridad.

Deseo decirles a los caminantes sin hogar, que vengan a mi casa esta noche, la casa de un mundo que albergue a todos por igual sin distinción de raza o color, de posición económica o social. Una casa de puertas abiertas a compartir amor y felicidad.

Caminante refugiado, caminante doliente, deja tu alforja llenar de esperanza, de confianza en que este mundo puede cambiar. Que las riquezas pueden ser repartidas equitativamente y… que la mayor riqueza reside en nuestro interior, esa que nadie nos puede quitar. Si miras hacia atrás sufres, si miras hacia delante te entristeces, pero si miras a los lados verás a Jesús caminando contigo acompañando todo lo que vives y eres.

¡Ven soldado, vuelve ya!, para sanar tus heridas, para prestarte esa paz que deseas encontrar en Irak y en tantos pueblos donde la violencia se adueña de nuestros corazones. Donde es más importante el dinero conseguido con la exportación de armas que la vida humana, donde la violencia se alza como bandera de las naciones queriéndonos recordar que la persona no cuenta, que el dinero es el rey.

Si escuchamos el mensaje, dejaremos el odio y construiremos la paz que une a los pueblos y a las personas. Iremos con Él en Navidad, en verano y en pascua, porque Él será el centro que nos mueva a vivir en armonía y fraternidad.

Que las notas de esta canción sigan haciendo eco en este nuestro mundo, tan dividido y fragmentado. Que cuidemos la tierra que Dios nos ha dado colaborando y mimando cada una de sus criaturas.

Que seamos artífices de la paz en nuestro entorno más cercano y también en el más lejano.

Que no cerremos los ojos ante la llegada de la Navidad pensando en luces de colores y árboles decorados de bonitas figuras. Que nuestra figura principal y central sea la de un Dios hecho niño que se hizo débil con el débil y humilde por siempre jamás. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


cuarenta años

cuarenta años

- A LOS 40 AÑOS DEL VATICANO II
- EL VATICANO II Y NOSOTROS

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A LOS 40 AÑOS DEL VATICANO II
EVARISTO VILLAR, teólogo
MADRID.

ECLESALIA, 05/12/05.- Desde los sectores más renovadores del catolicismo frecuentemente se siguen haciendo grandes elogios de un Concilio -el Vaticano II- que se clausuró hace ahora justamente 40 años (08/12/1965). Y no sin razón, porque, aunque estos eventos, organizados por las instituciones generalmente desde arriba, suelen ser antes un punto de llegada que de partida, el Concilio Vaticano II, como es sabido, rebasó en muchos aspectos esta norma. En este sentido, tanto como punto de llegada (final de la Contrarreforma), o como punto de partida (“aggiornamento” de la Iglesia y encuentro con la modernidad) el Vaticano II seguirá siendo para los cristianos (y no sólo para ellos) un referente de enorme interés.

Para enfocar bien este asunto deberíamos recordar someramente la necesidad de reforma con que la Iglesia católica llega a la segunda mitad del siglo XX. Lastrada por el peso de una tradición secular que la asfixia y paraliza, pero removida interiormente, a su vez, por la presencia soterrada de un impulso renovador que pugnaba por salir a flote, la Iglesia está atravesando esa tensa calma que suele preceder a momentos de gran agitación. En esta situación se reproduce en ella el habitual conflicto que surge siempre entre el inmovilismo del poder que se asienta sobre posiciones doctrinales bien amarradas y los movimientos renovadores que, en contacto con otras realidades, pugnan por cambiar la situación. El conflicto aflora ahora en la Iglesia cuando el mejor conocimiento de sus fuentes (la Sagrada Escritura y la Patrística) y el mayor contacto con el mundo real hacen ya inviables la forma y estilo que se habían venido imponiendo durante siglos. La contrarreforma (o respuesta católica a la reforma luterana del siglo XVI), que se había mantenido sobre las investidas de la Ilustración (s. XVIII) y del modernismo (s. XIX), se desmorona ahora como un castillo de naipes ante los incontenibles avances socioculturales y científicos de la segunda mitad del siglo XX. Desde todos sus ángulos se está necesitando otra forma de Iglesia que acoja y ampare su dinamismo interno y proyecte otro modo de presencia cristiana en el mundo.

En este contexto, fue providencial la llegada del Papa Roncali, Juan XXIII, que, recogiendo fielmente las aspiraciones del momento, decidió “abrir las ventanas de la Iglesia para respirar aire fresco”. Y, ante la sorpresa general, anunció la convocatoria de un Concilio (25-01.59) para responder a la pregunta “Iglesia de Dios, ¿qué dices de ti misma?”, y, también, para redefinir su misión en el mundo. Una misión que luego, durante el desarrollo del Concilio, se fue perfilando como presencia cristiana entre los gozos y angustias de la humanidad, singularmente entre los más pobres y excluidos (Gaudium et Spes 1).

No es este el lugar para hacer un pormenorizado balance de los resultados de este empeño. Pero es justo reconocer que, si las tres grandes apuestas del Vaticano II (la reforma interna de la Iglesia, la unión de las Iglesias cristianas y la presencia “profética” en la mundo) no han llegado a producir el fruto que se esperaba, su mayor responsabilidad no habría que echarla sobre el aula conciliar donde se encubaron, sino sobre la aplicación que se ha hecho de las mismas en el posconcilio. Precisamente, del espíritu que reinó en el aula conciliar afirmó Pablo VI, al clausurar el concilio (el 8 de diciembre de 1965), que “aquella antigua historia del buen samaritano había sido el ejemplo y la norma, según la cual se ha regido la espiritualidad de nuestro concilio”. Y, sobre la aplicación que de todo esto se ha hecho en el posconcilio, para nadie es hoy ninguna novedad afirmar que ha estado marcada por la involución y un restauracionismo, que se ha pretendido reimplantar nuevamente la contrarreforma y época de la cristiandad.

Pero no haríamos honor a la verdad si no dijéramos, después de todo esto, que esas mismas voces, que no han escatimado elogios al decisivo impulso que el Vaticano II dio a las grandes transformaciones sociopolíticas, culturales y religiosas del pasado siglo, reconocen ahora, ante los retos que el nuevo milenio nos está planteando (y no sólo a los cristianos, sino también al resto de las confesiones religiosas y a la misma conciencia humana), sus lagunas o insuficiencias. Pues, si es cierto que los cambios en nuestra época se suceden en forma vertiginosa, no parece menos cierto que hoy, más que a una época de muchos cambios, a lo que estamos asistiendo es a un “cambio de época”. Y esto nos pilla, en cierto modo, desprevenidos. Porque éste “cambio epocal” no sólo nos enfrenta a problemas cuantitativamente numerosos, sino, a situaciones que, en gran medida, son cualitativamente diferentes, nuevas.

En este sentido, no le podemos exigir al vaticano II lo que él no puede dar. Surgido en una época aun no globalizada (por lo que a nosotros toca, en plena vigencia del “nacional-catolicismo”), ni las preocupaciones, ni los objetivos, ni los medios con que contaba podrían haber elaborado respuestas adecuadas a las nuevas situaciones. Su mejor aportación -amén de su proyección de una nueva imagen de Iglesia- es sin duda su decidida apuesta por la presencia pública de la Iglesia, y de forma “samaritana”, en el mundo y su voluntad de colaborar con todas las instancias, y con talante inclusivo y renovador, en la difícil solución de los grandes problemas que aquejan a la humanidad. En consecuencia, para los nuevos desafíos de hoy estamos necesitando nuevas respuestas que sólo como inspiración podemos recoger del Vaticano II. Me voy a referir sólo a los dos retos que considero de mayor calado. (Para muchos autores no se trata de dos problemas enteramente nuevos, sus raíces vienen de lejos y ya existían, en forma larbada, durante la época del Concilio. Pero éste no pudo abordarlos. Por esta razón se piensa que el Concilio llegó insuficientemente y tarde a la cita con la historia: llegó a la modernidad cuando ya el mundo (occidental) estaba transitando las vías de la postmodernidad.

En primer lugar, el reto que supone para la conciencia humana la existencia de inmensas masas de pobres que la globalización de la economía neoliberal ha dejado al descubierto. A esta nueva situación hemos llegado como final desafortunado de la “guerra fría” o guerra de confrontación geopolítica entre los dos grandes sistemas del momento, el capitalismo y el socialismo. Con el triunfo inapelable del primero, cuyo símbolo podemos advertir en “la caída del muro de Berlín” (1989), se impone un único sistema económico (¿y político?), no social, el “sistema mundo” que ha clausurado el “ciclo de emancipaciones nacionales” que venían defendiendo su supervivencia y libertad en décadas anteriores (singularmente en Centroamérica y el Caribe). Ahora todo ha quedado bajo la hegemonía inapelable de un mercado controlado por los grandes intereses del capital. Un mercado que excluye, por principio, a todos y a todas los que no tienen nada que mercar. Es decir, esa “inmensa masa de pobres” que malviven entre la resignación, la desesperación y la ilusión de alcanzar algún día ese mínimo de bienestar que hoy día el sistema –que protege nuestra comodidad- les está negando.

Pues bien, para abordar esta nueva situación, que afecta a las tres cuartas partes de la humanidad, no se pueden encontrar recetas en el vaticano II. (Y esto a pesar de su gran Constitución Gaudium et Spes, uno de los documentos, de inspiración religiosa, más brillantes de pasado siglo). Tampoco la Teología de la Liberación, que se desarrolló a partir de la década de los 70 en América Latina, directamente inspirada en el mismo Vaticano II, puede, desde su ámbito eminentemente sectorial, ofrecer respuestas adecuadas a este magno problema de la entera humanidad.

El otro botón de muestra es la presencia en escena de las muchas religiones, o del pluralismo religioso. Aunque las religiones ya estaban ahí, algunas desde hace milenios, su epifanía en el horizonte actual es un fenómeno nuevo, no enteramente desvinculado de las masas de pobres que señalábamos en el punto anterior. Porque, si el sistema mundo nos ha puesto ante los ojos las masas de pobres que existen en el planeta, estos mismos pobres nos han descubierto las muchas religiones que existen en el mundo. Porque a nadie se le escapa que es entre los pobres donde las religiones tienen mayor audiencia. Y, a su vez, que son las religiones, todas las religiones, las instituciones que, por regla general, muestran mayor “preferencia” hacia los pobres y los que sufren. De este modo, los muchos pobres, dejados a la intemperie por la globalización neoliberal, han puesto de manifiesto, a su vez, las muchas religiones. (Y no entramos ahora a verificar si las religiones empujan a los pobres a liberarse de su situación, a la construcción de un mundo otro -como axioma cristiano desarrollado por la Teología de la Liberación-, o, más bien, los están llevando a la resignación y a la pasividad, lo que las convertiría en verdadero “opio del pueblo”, como ya denunció Marx).

Pues bien, siendo honestos, tampoco este magno problema de relación de la Iglesia católica con el pluralismo religioso se puede resolver hoy desde las aportaciones del vaticano II. Sus máximas apuestas, en este terreno, fueron por el ecumenismo (constitución Unitatis redintegratio), que clama por la unidad de las iglesias cristianas, pero manteniendo la primacía de la Iglesia católica sobre el resto de las “iglesias hermanas”; y por el inclusivismo que refleja el decreto Nostra aetate sobre la relación con las religiones no cristianas. En definitiva, este nuevo fenómeno “del pluralismo religioso”, que pone en cuestión el monolitismo cristiano, exige un nuevo tratamiento que establezca unos mínimos éticos desde donde abordar entre todas las religiones el compromiso con la justicia en el mundo y la defensa de los derechos humanos y ecológicos.

Termino. ¿Un nuevo concilio ante los nuevos retos? Siempre será mejor abordar directamente los problemas que resbalar sobre los mismos o dejarlos pudrir indefinidamente. La historia no asumida vuelve siempre reivindicando sus derechos. Pero los problemas señalados anteriormente son de tal magnitud que parecen superar la misma capacidad de la Iglesia católica para abordarlos en solitario. Tanto más cuanto que la actual situación por la que está atravesando ella misma (con una práctica de la democracia interna y un respeto a los derechos humanos discutible y discutido) no parece ofrecer garantías suficientes para enfrentarlos con un mínimo de objetividad y realismo en un nuevo concilio. En este sentido, es loable el esfuerzo que están desplegando algunos colectivos católicos (entre ellos Proconcil) para reclamar “un proceso conciliar participativo y corresponsable” en la Iglesia católica. Pero los desafíos parecen tan urgentes y desmesurados que van a exigir la colaboración de todas las religiones y de toda conciencia humana para resolverlos.

No tenemos, es verdad, ninguna solución mágica para responder a sus demandas. Pero si -mientras vamos rastreando entre todos el camino más práctico y realista- se nos fuera permitido soñar, yo soñaría con un escueto parlamento de todas las religiones del mundo dirigiendo a la humanidad una breve carta como esta:

“Querida humanidad: Estamos teniendo noticia de que nuestros fieles se están implicando conjuntamente y con los pobres en la defensa de la justicia que maltrata el capitalismo neoliberal. Y esto nos agrada porque nos parece el mejor camino para establecer la paz. Por otra parte, sabemos también que estos mismos fieles se están imponiendo el máximo respeto a los derechos humanos en el interior de cada una de las instituciones a que pertenecen. Y esto nos vuelve a llenar de satisfacción porque entendemos que, por vía de ejemplaridad, puede ser otro camino que atraiga al resto de las instituciones humanas al reconocimiento de la dignidad e igualdad de los hombres y mujeres que poblamos actualmente el planeta. Nosotros, como portavoces oficiales de todas las religiones del mundo, te anunciamos estas buenas noticias que creemos inspiradas por el mismo Dios. Enhorabuena”… Pero, claro, esto es sólo un sueño. ¡Qué lástima! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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EL VATICANO II Y NOSOTROS
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana
VITORIA-GASTEIZ.

ECLESALIA, 05/12/05.- El 8 de Diciembre de 1965 tuvo lugar en Roma la solemne clausura del Concilio Vaticano II. Han pasado 40 años. La gente que no pertenece a la Iglesia, o que se ha ido alejando de ella, o que no está para muchas cavilaciones históricas, no tiene una idea clara de lo que el Concilio ha significado para nosotros. Hablo desde dentro del cristianismo católico.

Con ocasión de tan magno acontecimiento, muchas miradas van a volverse hacia ese Concilio, queriendo apresar alguna clave que explique y recupere el potencial de aquella “conversión” eclesial. Especialistas e historiadores tiene la Iglesia que nos han de aclarar con detalle lo que aquel Concilio quiso ser, pudo ser, fue de hecho o se frustró. Me gusta saber del pasado, pero temo que la Iglesia mire demasiado hacia ese tiempo y que lo haga con añoranza y pena, y hasta arrepentida de haberlo abandonado. Tengo la impresión de que nos gusta celebrar mucho las bodas de plata y oro de casi todo, conmemorar los centenarios de maravillas de nuestra historia, pero siempre de algo que fue y ya no es, ni va a ser. En castellano sencillo, que miramos demasiado hacia el pasado y lo celebramos con la fruición de quien piensa, “en mis tiempos...” Pero, ¿tus tiempos no son éstos? O, ¿es que hay otros tiempos?

Personalmente viví la Clausura de ese Concilio sin enterarme de nada. Era un niño que no podía valorar lo que allí sucedía. Apenas si me queda el recuerdo de que nos regalaron varios televisores que ya no salieron del Seminario. Ésta fue mi ganancia. No es pequeña.

El Concilio es un bosque de ideas y propuestas, pero, si se me permite elegir entre ellas, hay una que me tiene atrapado desde hace años. La manera de entender la Iglesia su relación con el mundo y, por tanto, el modo como la Iglesia se entiende a sí misma y entiende al mundo, es algo que me parece fundamental. En términos muy sencillos, nosotros respondemos estas cuestiones, no sólo, pero sí muy principalmente, con estas palabras: La Iglesia es Pueblo de Dios en medio del mundo, en el mundo de su tiempo, dentro de él, como su compañera de historia y testigo de Jesucristo. Ella existe para evangelizar, es decir, ofrecer el Evangelio, celebrarlo y encarnarlo, con especial sensibilidad hacia los pobres, en obras de misericordia y solidaridad, convirtiéndolo en un testimonio que apela a la libertad y al corazón de todos. Teológicamente es mucho más complejo que esto, pero, sin esto, nada tiene sentido cristiano en Teología.

Cuando la gente “ajena” a la Iglesia oye estas cosas, puede pensar que estamos locos. Piensa que soñamos con “angelitos” o que añoramos un pasado de predominio sociológico del cristianismo que ya no volverá. Seguramente nosotros les hemos dado esta impresión. Yo mismo reconozco haber vivido durante años con la convicción de que el problema principal del cristianismo católico era su modernización. Creía que de lograrla, reverdecerían viejos laureles. Pensaba, no obstante, que no sería fácil, porque lo moderno era muy fuerte y avanzado, y nosotros, muy temerosos y envejecidos. Ha pasado el tiempo, y nosotros somos muy temerosos y seguimos envejecidos, pero lo moderno ha sido muy cuestionado, y es muy justo hacerlo. Claro está que según y cómo. Pero lo que me importa decir ahora es que estamos recuperando la confianza de quien sabe que tiene una Buena Nueva que ofrecer y que el anhelo de sentido es tan perenne en el ser humano como su propia existencia. Y que estas dos realidades imperecederas tienen oportunidades intactas de encontrarse en el corazón de millones de personas, si hay quien dé testimonio de haberlo logrado noblemente.

Pero el Concilio no pudo prever todo el cambio cultural que llegaba y nosotros nos hemos despistado en esta tarea fundamental. El Concilio, hace cuarenta años, previó que nuestro interlocutor en Europa era el hombre y la mujer de conciencia moderna y autónoma, el que ha superado una minoría de edad intelectual, política, religiosa y hasta moral. Así lo pensaron muchos y así nos lo enseñaron. Y, en buena medida era cierto. Con tanta sinceridad lo vieron y dijeron los mejores teólogos y obispos, que muchos otros, los más conservadores, se han vaciado por desactivar los principios filosóficos y teológicos que impulsaron a la Iglesia en este diálogo pastoral con el mundo moderno. Los conservadores siempre han querido volver a los “cuarteles” de invierno y nuestras dificultades con la modernización las han interpretado como la prueba de su éxito. Pero también éstos se equivocan en su propósito y estrategia, y se equivocan más, y son prisioneros de la misma tesis sobre la modernización. Tanto quienes pensábamos que la salida era la modernización sin más, como quienes piensan que la salida es evitarla a toda costa, erraríamos si no percibiéramos la novedad cultural de nuestro tiempo. El Concilio no pudo prever, pero nosotros sí, y estamos obligados a hacerlo, que tenemos delante por primera vez a hombres y mujeres que, en muchos casos, no se reconocen religiosos. El anhelo de sentido, de felicidad o de trascendencia, no se plasma en ellos, en su consciencia, como inquietud religiosa, sino directa y explícitamente como indiferencia, ausencia o silencio. Esta novedad entre muchos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sitúa al cristianismo en un escenario totalmente imprevisto, de manera que cabe decir que vivimos un tiempo tan complicado como la primitiva evangelización en el Imperio Romano. Quizá hasta más difícil, pues aquellos destinatarios del primitivo cristianismo eran siempre gentes con alguna creencia religiosa, la que fuera, pero gentes con conciencia religiosa y fe explícitas. Por primera vez, el cristianismo se aviene a ser Pueblo de Dios en medio del mundo, entre gentes que no reconocen sentido alguno a la palabra religiosa. Y no valen salidas en falso, aunque dignas, como la que apela a los cristianos anónimos o al consumismo y la patria como religión de sustitución.

Por dónde sacar esto adelante es la cuestión que todos tenemos en mente. Algunos de entre nosotros aspiran a la vuelta atrás, y lo hacen con cierto éxito, pero a mí me parece que ese cristianismo es poco de Jesús, poco cristiano. Le suele faltar la Encarnación. Me recuerda a los toros, a los que no tengo afición alguna, pero que he observado cómo se refugian contra las tablas para aguantar más tiempo de pie.

Tengo más esperanza en dos intuiciones que apunto para concluir. La primera es que dentro de la Iglesia recuperemos intensamente el cristianismo de Jesucristo, con su relación radical con el Padre y con los Pobres; todos los cristianos iguales en dignidad, hombres y mujeres iguales en derechos y deberes, todos iguales para el servicio al mundo en la diversidad de ministerios y carismas. La segunda, que ofrezcamos la buena nueva de Jesucristo como lo que es, buena noticia del Amor y Gratuidad de Dios. Como en estas dos pautas estamos muchos, me apunto a destacar una tarea primordial. Esa buena nueva tiene que lograr un mínimo reconocimiento cultural, es decir, que la sociedad actual europea la reconozca bien avalada por sus prácticas humanizadoras y bien expresada en su lenguaje teológico. En cuanto a la importancia de lo primero, todos estamos de acuerdo en la Iglesia, si bien discutimos sobre cuándo nuestras prácticas son humanizadoras. En cuanto al segundo aspecto, hay en la Iglesia muchas reservas hacia la necesidad de la Teología. Tengo para mí que si la Teología no consigue algun tipo de aceptación cultural entre los saberes humanos, en una sociedad tan mediática como la actual, es imposible que el discurso cristiano resuene significativo entre las generaciones más jóvenes. Necesitamos una atmósfera “cultural” y “mediática” donde el discurso religioso y cristiano merezcan respeto teórico. El respeto a la práctica solidaria cristiana, todos lo tienen, pero el teorético, si es con la forma de catecismo y dogma, apenas es aceptado, y si no es así, la racionalidad moderna no tiene costumbre de tomarse en serio el pensamiento cristiano. Muchos confían en que éste sea el servicio de la enseñanza religiosa escolar, pero si la cultura actual no admite entre los saberes dignos a la teología y las ciencias de la religión, o éstas no lo intentan, en cuanto los niños y niñas crezcan dejarán la fe como referente vital o la mantendrán como referente sociológico y privado. Sin llegar a la cultura, entendiendo por tal ese conjunto de ideas y pautas reconocidas como razonablemente sabias por una sociedad, y esto de manera espontánea, no es posible un anuncio significativo de la buena nueva de Jesús hoy. El Concilio no lo pudo ver, pero nosotros sí. Debo terminar. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

recuperar memoria

RECUPERAR LA MEMORIA HISTÓRICA
NÚRIA SAAVEDRA CASTRO
OVIEDO (ASTURIAS).

ECLESALIA, 30/11/05.- La Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes de 1971, entre otras muchas cuestiones, apostó por un sistema político democrático, criticando el Concordato de 1953 y renegando del nacional-catolicismo. Lo que hoy quiero destacar fundamentalmente de esta Asamblea es lo que se aprobó en la ronda de votaciones en torno a la proposición 34 de la ponencia primera, referente a la petición de perdón de la Iglesia: “Así, pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. Como creyente “formada en el Magisterio de la Iglesia”, mi conciencia me urge a recordar lo que ocurrió en el año 1971 y a instar a quien quiera a la reconciliación y a la unidad atendiendo y respetando la diversidad.

Un pueblo dividido y enfrentado no avanza, sino que se destruye; un pueblo que escucha, respeta y da oportunidades a la diversidad de opiniones, y que cree en la complementariedad de las opciones políticas y religiosas, camina por el sendero del respeto hacia sí mismo y hacia la construcción colectiva y continua de una sociedad que quiere ser integradora y no excluyente. Pero algunas personas o grupos quieren caminar solos desde su única verdad; históricamente, a esto se le denominó absolutismo y después dictadura, caracterizados ambos por la opresión y el monopolio que ejercieron.

La fe cristiana, como dijo Pablo VI en la Carta Apostólica Octogésima Adveniens “es muy superior a las ideologías”, el objetivo del cristiano es “vivir en una acción política concebida como servicio”, un servicio de encuentro y no de violencia (verbal y/o física) desde la humildad y el amor. También Juan Pablo II en Centesimus Annus nos dice que “la Iglesia no tiene modelos para proponer”, pero “ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social”, cuyos principios fundamentales son la dignidad de la persona, la solidaridad, el bien común, la opción preferencial por los pobres, el destino universal de los bienes y la subsidiariedad.

Para finalizar, en mi opinión, si alguien quiere fundamentar sus opciones radicales violentas (en la calle, los despachos o los medios de comunicación) en la misión de la Iglesia se confunde o la está utilizando. El mensaje evangélico de Jesús y de la tradicional doctrina de la Iglesia católica romana ha sido y es de encuentro, libertad, escucha, diálogo, respeto, construcción desde el bien común y la diversidad. Esto es lo que yo aprendí, porque así me lo enseñó la propia Iglesia. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

renunciar

RENUNCIAR A NUESTROS PRIVILEGIOS
GONZALO HAYA PRATS, gonzalohaya@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 29/11/05.- “Si tienes comida en la nevera, ropa en el armario, un techo sobre tu cabeza y un hogar donde dormir, eres más rico que el 75 % de la población mundial”.

Somos privilegiados, aunque a veces nos sintamos menos afortunados porque vemos a otros con un coche más potente, un chalet en la playa, o unas vacaciones más exóticas.

Nuestro privilegio se consigue con la explotación de las materias primas de otras regiones, con el hambre y la enfermedad de la mano de obra barata, o desechable. Nuestra tecnología utiliza minerales africanos, y nuestros pantalones se confeccionan en los talleres inhumanos de Asia.

En Francia se rebelan los hijos de inmigrantes que por su origen se ven excluidos en las selecciones de personal. No son pobres pero tampoco saben que son privilegiados, porque ven en los escaparates, en la televisión, o en los escalafones de la Administración, los bienes de los que ellos quedan marginados.

El modelo económico actual no sólo es injusto sino que aumenta la presión hasta que estallan las torres gemelas, Bali, la estación de Atocha, el metro de Londres, y los hoteles de lujo de Kuwait o de Amman.

Entretenemos el tiempo indagando las causas del enfrentamiento porque no queremos reconocer que la injusticia extrema provoca reacciones extremas.

El político que pretende cambiar estas reglas injustas se queda fuera del círculo en el que se mueve el dinero: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio. El poder económico se impone al poder político porque el poder político no se siente respaldado por nosotros, los ciudadanos. Eso hace posible que 500 ricos acumulen unos ingresos equivalentes a los de 416 millones de pobres.

No nos rebelamos contra el modelo económico porque, aunque en las últimas filas, somos privilegiados. Los políticos no proponen un modelo más justo porque perderían nuestros votos. Nosotros no presionamos a nuestros políticos porque supondría más impuestos, menos ayudas a la agricultura, y listas de espera más prolongadas. No queremos perder nuestros privilegios. Somos cipayos de nuestros colonizadores.

Los cristianos tenemos doble motivo para avergonzarnos. Acallamos nuestra conciencia, como la mayoría, creyentes o no creyentes. Además sustituimos la misión de Jesús –llevar la buena nueva a los pobres- por ofrendas, templos, y prescripciones humanas. Los profetas han sido desplazados por los supervisores (episkopoi, obispos).

Si los obispos de todo el mundo, y de todas las religiones, asumieran el clamor de justicia que brota de todas las religiones, y de todas las conciencias, el poder político de los pueblos se impondría al poder económico.

Si nuestro hermano tiene algo contra nosotros –y está claro que lo tiene- antepongamos la reconciliación, busquemos a Dios “en espíritu y en verdad” sin refugiarnos confortablemente en “el templo de Jerusalén” o en las bendiciones de Roma. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

relaciones

relaciones

RELACIONES (ECONÓMICAS) IGLESIA-ESTADO
Noticias de última hora
CARLOS LANUZA

ECLESALIA, 28/11!05.- Aparece un estudio económico, basado en los evangelios, en un contenedor de la Plaza del Pilar de Zaragoza, titulado: “Datos para la negociación de la deuda”.

Un vecino de esa localidad aragonesa ha encontrado, casualmente, un archivador en el que aparecen diversos estudios, entre ellos uno de índole económica que, con citas de los Evangelios, parece ir tasando las diversas actividades de Jesús a lo largo y ancho de Palestina, con precios, aparentemente, actualizados.

Dada la proximidad de las oficinas diocesanas, podría tratarse de un informe elaborado para el obispo, que recientemente había estado calculando la aportación anual de la Iglesia Católica Española a la sociedad y que en sus declaraciones a la prensa la había estimado en no menos de 3500 euros.

El citado vecino, residente en Zaragoza, que prefiere permanecer en el anonimato, ha hecho llegar estos documentos a la Agencia… (también prefieren permanecer en el anonimato, dada la índole la materia), la cual la ha puesto en circulación a través de la Red. Ofrecemos a nuestros lectores la primera página de este interesante documento.

Se puede comprobar la veracidad de los hechos citados, abriendo una Biblia y buscando el Evangelio según Mateo (mirar índice). La primera cifra es el capítulo del mismo. La segunda cifra es el versículo, donde se relatan las actividades sociales realizadas por Jesús en un período de 3 años.

Mt 7, 3 -> Curación de un leproso en la montaña: 3000
Mt 13 -> Curación del criado del capitán en Cafarnaúm: 2000
Mt 14 -> Curación de la suegra de Pedro en Cafarnaúm: 2500
Mt 15 -> Curación de muchos endemoniados y enfermos en Cafarnaúm: 12000
Mt 8,32 -> Curación de 2 endemoniados en la región de los gerasenos (descontando lo que hubo que pagar por la piara de cerdos) 100
Mt 9, 6 -> Curación de un paralítico en Cafarnaúm: 3000
Mt 22 -> Curación de una mujer con flujos de sangre en Cafarnaúm: 2000
Mt 25 -> Reanimación de una niña en Cafarnaúm: 2000
Mt 30 -> Curación de 2 ciegos en Cafarnaúm en Cafarnaúm: 4000
Mt 32 -> Curación de un endemoniado mudo en Cafarnaúm: 500
Mt 12,14 -> Curación de un hombre con el brazo atrofiado en una sinagoga: 2000
Mt 14,19 -> Comida a 5000 hombres, más mujeres y niños, en el campo: 30000
Mt 36 -> Curación de muchos enfermos junto al lago de Genesaret: 6000
Mt 15,28 -> Curación de la hija de la mujer cananea en Tiro (o en Sidón): 500
Mt 30 -> Curación de muchos cojos, ciegos, lisiados y sordomudos (lo mismo) 6000
Mt 35 -> Comida a 4000 hombres, más mujeres y niños (con pescado del día): 25000
Mt 17,18 -> Curación de 1 niño epiléptico en Cesarea de Filipo: 500
Mt 19,14 -> Actividades extraescolares con niños en Judea: 100
Mt 20,33 -> Curación de 2 ciegos en Jericó: 4000
Mt 22,21 -> Información-orientación fiscal en Jerusalén: 100
SUMA Y SIGUE --> 105300

Algunos se han preguntado: ¿Cuál sería, si es auténtico, la finalidad de un estudio de estas características?

¿Estaríamos ante lo que podría tratarse de una planificación, a medio o largo plazo, de una estrategia de lo que podría llamarse “aclaración de cuentas” con diversos Estados, por parte de la Jerarquía de una Iglesia Cristiana?

¿Estaríamos a las puertas de una posible demanda jurídico-económica, incluso de orden internacional entre, por ejemplo, la Iglesia Católica y el Estado de Israel?

Dado que Jesús, y más tarde sus discípulos, hicieron tantas cosas buenas en favor de la gente, primero en Palestina y después por todo el mundo, ¿ha llegado, según algunos obispos, el momento de reclamar por fin el pago de tantas actividades sanitarias, educativas, sociales, etc.?

Al final de ese Evangelio (cfr. 28,19) vemos que dice Jesús a sus discípulos: “Id y haced discípulos de todas las naciones... y enseñadles a guardar todo lo que os he mandado”. Así que algunos me preguntan: “Entonces... ¿era eso lo que Jesús les mandó?” (Yo creo que no, pero quizá estoy equivocado...). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


exagerar

CARTA A IGNACIO ELLACURÍA
‘Extra pauperes nulla salus’, fuera de los pobres no hay salvación
JON SOBRINO, 21/11/05
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 23/11/05.- Querido Ellacu: De salvación y pecado antes hablábamos mucho en teología, y mirábamos a la realidad desde ambas cosas. Ahora, sin embargo, ya no se habla, pues pareciera que en la sociedad civil no hay lugar para tales conceptos. Pero es la realidad la que clama por una salvación que la limpie del pecado.

En nuestros días el pecado abunda de manera espectacular: la depredación del tercer mundo, y la privación de dignidad de sus pueblos; la violencia que da muerte, aunque ahora ocurra desde lejanos portaviones y con leyes comerciales que condenan al hambre -y como desesperada respuesta, seres humanos que se inmolan y dan muerte a otros; y la mentira, el encubrimiento y el silencio: los medios no acaban de decirnos la verdad de lo que es este planeta y de lo que somos nosotros. No faltan pecados, pero hay gran déficit de examen de conciencia y de la antigua “confesión de boca”: y no la van a hacer los gobiernos, el mundo político, la gran banca, los ejércitos...

Tampoco se habla mucho de salvación. En la sociedad del bienestar no está de moda hablar de la salvación del alma, por supuesto, ni de la del cuerpo. Y es que no hace falta: el buen vivir es el interés central de esas sociedades, y se congratulan de haber alcanzado un alto grado de buen vivir y de estar bien encaminadas a vivir cada vez mejor.

Evidentemente, Ellacu, entre nosotros las cosas no son así. No estamos en una sociedad del bienestar, sino en una sociedad del mal vivir de las mayorías. Y cuando nos ofrecen el buen vivir, no se preocupan de que eso traiga más justicia, más verdad, más humanidad, ni si va a traer una libertad menos egocéntrica, una luz más luminosa, y una mayor bondad -perdónesenos la palabra- para ser más humanos. Pues bien, en este contexto te escribo esta carta: extra pauperes nulla salus, fuera de los pobres no hay salvación. Bien sabes que el nulla salus surgió en el ámbito de la discusión teológica, pero ahora lo pensamos para iluminar la realidad.

Durante siglos se decía extra ecclesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación, con lo que se expresaba la alegría de haber encontrado salvación en Jesús, a quien nos hace presente la Iglesia. Pero reflejaba también un exceso de triunfalismo eclesial. Hoy ya no se dicen estas cosas, y después del Vaticano II se ha avanzado positivamente. Siguiendo sus huellas, Edward Schillebeeckx escribió bellamente: extra mundum nulla salus, fuera del mundo no hay salvación, con lo cual venía a decir que el mundo y la historia, la creación de Dios, es el lugar en que Dios lleva a cabo su obra salvífica en y a través de las mediaciones humanas. La idea es a la vez religiosa e histórica, habla de la acción salvadora de Dios y dice dónde y cómo aparece esa salvación que nos hace seres humanos, hijos e hijas de Dios.

Pero hemos dado un paso más. Como en muchas otras cosas, Medellín y la teología de la liberación, tan viva en sus intuiciones como enterrada, muchas veces con malas artes, por quienes nunca han querido entenderla o porque, entendiéndola, se han visto sacudidos por ella, concretó lo fundamental de nuestra fe desde los pobres. Habló del privilegio hermenéutico de los pobres para la teología: los pobres ayudan a interpretar textos y tradiciones de la fe. Y un obispo, con toda paz, desde los pobres reformuló al gran Ireneo: “Gloria Dei vivens pauper”, “la gloria de Dios es el pobre que vive”, sin retórica, sino profundizando el misterio de Dios. El obispo fue Mons. Romero

Pues bien, también en el tema de la salvación hemos dado un paso más, y decimos: extra pauperes nulla salus, fuera de los pobres no hay salvación. Creo que lo leí por primera vez en González Faus -y después en nuestro común amigo Javier Vitoria-, hablando precisamente sobre el legado de la teología de la liberación.

Que yo recuerde, Ellacu, tú no usaste esa fórmula, pero sí tuviste la misma intuición y la desarrollaste con originalidad. Y no sólo relacionaste a los pobres con el “lugar” de salvación (un ubi categorial, que diría Aristóteles), sino con el “contenido” de la salvación (un quid sustancial). Con profundidad y audacia, y con una originalidad difícil de encontrar en otras teologías, recordaste una verdad cristiana central: del siervo sufriente de Yahvé, de Cristo crucificado, proviene salvación. Y también redención, es decir, la erradicación del mal en el mundo.

Lo más original tuyo fue historizar esas grandes verdades, que se repiten ortodoxa y litúrgicamente, pero que rara vez se ponen en relación con la historia. Dijiste así que de los pobres viene luz para conocer la verdad y superar la mentira, lo que explicaste en dos conocidas metáforas: el tercer mundo como espejo invertido en el que el primer mundo puede ver su verdad, y como las heces que aparecen en el coproanálisis del primer mundo.

Dijiste también, desafiantemente, que de los pobres y de las víctimas nace esperanza, no el miedo que abunda en el primer mundo, y la fuerza para la conversión, el difícil cambio del corazón de piedra en corazón de carne, tan necesario al ver con cuánta dificultad el mundo de abundancia renuncia a su lujo insultante y sigue escenificando, sin avergonzarse, la parábola del ricachón y del pobre Lázaro. Y así otros bienes fundamentales que están más presentes en el mundo de la pobreza que en el de la riqueza: alegría, creatividad, lucha, paciencia, arte, cultura, esperanza, y no sólo como elementos aislados, sino como “una civilización de la solidaridad, que es el “reverso del mundo de los ricos”, que dice José Comblin.

También de los pobres provienen otros bienes, formas de vida social y comunitaria, formas de economía popular, y en muchas culturas un comportamiento ecológico que cuida y sana la naturaleza mucho mejor que occidente. Pero en conjunto, pienso que los bienes de los pobres apuntan sobre todo a la humanización de la humanidad, lo cual es todo menos tautología. Ese es su aporte a la salvación.

En los últimos diez años lo propusiste en forma de tesis, por cierto sin encontrar mucho eco: la civilización de la pobreza es lo que puede superar y redimir a la civilización de la riqueza. Veías en el mundo de los pobres espíritu para humanizar, o por lo menos un potencial y una reserva de espíritu mayores que en la civilización de la riqueza. Hoy, en la apoteosis propagandística de la globalización, te lo vuelvo a agradecer.

Que de abajo viene salvación y que fuera de los pobres no la vamos a encontrar para poder vivir como seres humanos, me sigue dando vueltas a la cabeza. Estos días, al celebrar los 40 años de la UCA, he repasado textos tuyos sobre “la inspiración cristiana de una universidad”, y me ha encantado ver que ya en tus primeros años pensabas en la salvación que viene de abajo. En 1979, en un texto sobre Las funciones fundamentales de la Universidad y su operativización, decías que “el testimonio más explícito de la inspiración cristiana de la UCA es si ésta es realmente para el servicio del pueblo y si en ese servicio se deja orientar por el mismo pueblo oprimido“.

Lo primero, que la universidad debe ponerse al servicio de los pobres y desarrollar modelos económicos, sociales y culturales para que las mayorías puedan vivir con dignidad, no era una novedad. Era hacer la opcion por los pobres, tan ortodoxa en aquellos tiempos. Occidente no la ha hecho ni se vislumbra que vaya a hacerlo.

Pero siendo todo esto verdad, me impacta más la segunda parte de la frase: “hay que dejarse orientar por el pueblo oprimido”. Supone que ese pueblo puede indicar el camino que debe recorrer una universidad y la sociedad. Lo mismo habías dicho -y en forma más tajante- en 1975 a los diez años de la fundación de la UCA: “El cristianismo ve en los más necesitados, de una u otra forma, a los redentores de la historia”. Son palabras mayores. Los de abajo, los pobres, los oprimidos y las víctimas, traen redención y salvación. Fuera de ellos difícilmente se encontrarán raíces para una salvación comprendida cristianamente como vida y fraternidad de hijos e hijas de Dios.

Lo que acabamos de decir es claramente contracultural en el occidente globalizado. Para que éste pueda al menos entender de qué estamos hablando tiene que despertar de un sueño dogmático: “de los pobres no puede venir salvación”, para lo cual, como nos avisaba Kant, no debemos ser eternamente “menores de edad”, sino que debemos tener “la audacia de pensar de otra manera”. Y si del filósofo Kant pasamos al teólogo Pablo, tiene que superar la hybris -arrogancia- de que “lo real somos nosotros”, lo que está arriba en la historia, en la sociedad de la abundancia.

Y para que no nos acusen de ingenuidad hagamos tres breves reflexiones. La primera es que en el abajo de la historias, el mundo, de pobres y víctimas, también está actuando el mysterium iniquitatis. Los horrores de los Grandes Lagos, los diez homicidios diarios en El Salvador, el machismo opresor... están ahí. Sólo que, pensamos, los males de ese mundo, por las carencias increíbles, por la desesperación que se puede apoderar de los pobres, por el bombardeo a que están sometidos para que abandonen sus valores y se apunten a los valores mucho más cuestionables del Norte y sus antivalores, nos parecen “menos malos” que los males de la sociedad de abundancia. Y, como hemos escrito, en él está presente, muchas veces de manera eximia, el mysterium salutis. Ese mundo es el lugar de la “santidad primordial”, que con dificultad aparece en el mundo de abundancia.

Por otra parte, también del mundo de arriba puede provenir salvación, pero tiene que pasar por sanación y redención, para lo cual tiene que abajarse, aunque sea análogamente, al abajo de la historia, sin olvidar cuál es el analogatum princeps de ese abajo y no caer en la manipulación que suele hacerse de “los pobres de espíritu” de Mateo, como si todos pudiesen ser pobres, sin dejar de ser ricos. No se puede estar abajo sin algún tipo de abajamiento real y de compartir realmente la pobreza. Pero esto sí puede ocurrir análogamente. Puede haberinserción fáctica y acompañante en el mundo de los pobres, trabajo inequívocamente en su favor, aceptación de riesgos por defenderlos, sufrir su destino de persecución y muerte, participar en sus gozos y esperanzas. Estas son cosas reales, no intencionales. Entonces, el mundo de arriba puede traer salvación.

Y por último hay que entender bien la finalidad de todo lo dicho. Que los pobres traen salvación no significa que para eso están los pobres, para prestar un servicio más a los ricos. Evidentemente no. Lo que sí es verdad es que, si nos dejamos salvar por ellos, con mayor decisión viviremos y nos desviviremos por salvarles a ellos. Como dice tu gran amigo Pedro Trigo, cuando hemos experimentado la misericordia de los pobres hacia nosotros, más decididamente usaremos de misericordia hacia ellos. Entonces haremos de la compasión y de la justicia, como dice J. B. Metz, lo central del cristianismo. Haremos mejor aquello en lo que tanto insistías: “bajar de la cruz a los pueblos crucificados”. Y viviremos en verdadera solidaridad: dando unos a otros y recibiendo unos de otros. Eso sí es familia humana y la superación de una especie animal racional.

No sé que pensará el lector de estas líneas. Quizás le parezcan exageradas. A mí no me lo parecen, pero en cualquier caso mucho habría que exagerar para acercarnos, nada digamos para superar, la increíble avalancha que nos viene en dirección contraria todos los días y de todas partes: de arriba, de la acumulación de la riqueza, cuanta más mejor, del poder, cuanto más mejor, de la prosperidad, cuanta más mejor, del éxito, cuanto más mejor, viene la salvación.

Ellacu, no sé que dirías hoy, en tiempos de globalización y postmodernidad, sobre la salvación, la civilización de la riqueza y de la pobreza. Por mi parte, quisiera terminar con una convicción y un deseo que expresé hace unos meses en una conferencia sobre cómo veías tú la realidad, el pecado y la salvación. Terminé con estas palabras:

“A Ellacuría lo mataron porque se enfrentó con la civilización de la riqueza. No le dejemos morir porque defendió una civilización de la pobreza”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


parodia

parodia

LOSANTOS NO VAN AL INFIERNO
JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ FAUS, responsable académico de Cristianisme i Justícia

ECLESALIA, 21/11/05.- Fonéticamente hablando (aunque no semánticamente) el odio parece una deformación del oído, mientras que el humor suena cercano al amor. Uno, que intenta ser cristiano, quisiera escribir con amor o, por lo menos, acercarse a eso. Por ello me permito una mala parodia del título de aquella buena novela de G. Cesbron sobre los curas obreros, que jugó de pancarta en muchas manifestaciones de nuestros años mozos.

Últimamente todos los papeles andan escandalizados por cómo peca la COPE. Y hasta parece que, ya que es una emisora confesional, al menos debería rezar diciendo aquello de: “yo copeador me confieso a Dios”… Con este motivo Don Federico Jiménez Losantos se ha visto citado y denostado por lo poco cristianas de algunas de sus actuaciones. No son horas de lanzar piedras contra nadie, ni responder con la misma moneda. Pero quizá sea posible aportar un par de informaciones que ayuden a reflexionar.

1.- En primer lugar, hace ya algunos años, en el libro de José Mª Gironella Nuevos Cien españoles y Dios (p. 216), el señor Jiménez Losantos declaraba no creer en Dios ni en la divinidad de Jesucristo, aunque confesaba sentir cierta añoranza por ello. No cabe atacarle por ello pues todo el mundo tiene derecho a ser ateo. Y además, es muy cristiano y muy democrático el principio aquel: “odio lo que usted está diciendo pero daría mi vida porque pueda seguir diciéndolo”. No obstante, alguien preguntará tras este dato, cómo se explica la presencia de un ateo en una cadena que la Iglesia dedica a la evangelización. A mí se me ocurren diversas explicaciones posibles.

Por ejemplo, y para empezar, no sé si el señor Jiménez Losantos ha vuelto a la fe en estos últimos años. También Bush dice que se convirtió no sé cuándo. Y también el PP tuvo una ministra que había sido militante de Bandera Roja y un ministro antiguo del PSUC… Si esto se debe a que es de sabios cambiar de opinión, o a que París bien vale una misa, es un juicio de intenciones que a los humanos no nos está permitido pronunciar, porque nuestros ojos no ven los corazones.

Pero además, la presencia de un ateo en una cadena episcopal puede ser interpretada como una muestra de gran respeto al pluralismo, por parte de la jerarquía española, a la que a veces atacamos de poco pluralista. Por donde cabe esperar con optimismo que, dentro de poco, se concederá otra vez a la asociación Juan XXIII celebrar sus congresos de teología en un lugar de la Iglesia, como en sus inicios, Igualmente cabe deducir que, si un ateo tiene sitio en una plataforma eclesiástica formadora de opinión, también podrá tenerlo en la enseñanza de la religión un cristiano convicto y sinceramente creyente, pero con su situación de pareja no jurídicamente regulada. Pues, a la hora de comunicar la fe, esto segundo es de mucha menos entidad que el ser creyente o no. Y además porque la autoridad eclesiástica no quiere perder credibilidad, y sabe bien que nada quita tanto la credibilidad como los modos de actuar contradictorios. ¿Ven ustedes cómo siempre hay razones para seguir optimista?

En tercer lugar, nobleza obliga a reconocer que El Sr Losantos es un gran insultador: quizás el mejor del reino. Insultar no está bien, pero se puede hacer con agudeza y con gracia, o sin ellas. Y es honesto reconocer que el citado periodista tiene esa gracia, aunque la emplee mal: “qué buen vasallo si oviera buen señor” diría el romancero del Cid. Que también un culé puede proclamar a Ronaldo como un gran goleador, aunque lamente todos los goles que marca. O como diría la moral escolástica cuando se ponía sutil: reír un chiste verde no es inmoral si se ríe la gracia, sólo está mal cuando se ríe “la verdura”...

Estas pueden ser razones para no hacer autos de fe, que nunca son buenos ni aun contra los herejes convictos y confesos. Por suerte, en un estado de derecho hay leyes y cada cuál habrá de vérselas con ellas si otros sienten que las ha lesionado. Por lo que hace a las personas, he explicado en otros lugares cómo Jesús de Nazaret, que fue muy duro con algunos colectivos concretos (fariseos, ricos, escribas, sacerdotes, a veces hasta el pueblo), nunca fue duro con las personas concretas (con la única excepción de una vez que llamó “zorra” a Herodes). Un poco en seguimiento de esta actitud, va la segunda información que quisiera aportar a nuestro tema.

2.- Esta información es un poquito más larga y desborda el caso concreto del que hemos partido. Habré de darla pues del modo más sucinto posible. Pero quiero darla porque a mí me enseña mucho sobre el tema, por aquello de que la historia se repite casi siempre.

A comienzos del siglo pasado, con ocasión de la tercera república, hubo en Francia una enorme tensión entre el gobierno y buena parte de la Iglesia que, si no estoy equivocado, llevó hasta una breve ruptura de relaciones con Roma. En esa hora difícil entran en escena dos personajes llamados Charles Maurras y Marc Sangnier. Son de esas gentes que, cuando a uno se las presentan por primera vez, comenta: “yo a usted creo haberlo visto en otro lugar”… Veamos si no.

Maurras era un ateo convicto, chauvinista exagerado y antecesor del Frente Nacional de Le Pen. Pero se profesaba gran admirador de la iglesia católica porque (en palabra suyas), él se rendía ante “una organización que ha sabido desactivar con tanta eficacia el veneno del Magníficat que lleva en su seno”. Fundó la Action Française, y puedo asegurar que, al lado de cómo Maurras manipuló a la Iglesia, nuestra COPE queda reducida a una monjita de clausura de las de antes (porque ahora las hay muy bizarras)…

A pesar de las muchas quejas que llegaron a Roma por esas manipulaciones, incluso de parte de obispos franceses, Pío X se negó siempre a desautorizar a Maurras, porque “es un gran defensor de la Iglesia” (aunque quizá no del Evangelio de Jesucristo). Al final, dos papas más tarde y cuando ya lo peor había pasado, Pío XI acabó condenando decididamente la Action Française en 1926, casi con veinte años de retraso. Maurras por descontado, no aceptó la condena, ni tenía por qué aceptarla puesto que no era católico.

Por el otro lado habíamos citado a Marc Sangnier, cristiano admirable, de gran sentido social, defensor de la república y de la laicidad del estado, y fundador de un prometedor movimiento (Le Sillon: el surco), al que León XIII, y el mismo Pío X, habían alabado y alentado públicamente en 1902 y 1903. Sin embargo, su decantamiento hacia la izquierda, y las denuncias tergiversadas a Roma, por parte de los fariseos de rigor, acabaron consiguiendo que Pío X condenara al movimiento en 1910. Sangnier se sometió ejemplarmente, y, una vez más en la historia de la Iglesia, se frustró una semilla prometedora para el cristianismo francés.

La historia es maestra de la vida, pero a condición de que queramos aprender sus lecciones; y Francia va por delante de nosotros, no sólo en fútbol sino en experiencia histórica. No resulta por tanto inconveniente acabar con esta parodia de un conocido refrán “cuando las barbas de tu vecino [francés] veas cortar, pon las tuyas a remojar”…

El refrán vale para la sociedad civil en lo relativo a los inmigrantes, a la capacidad de integrarlos sin relegarlos a guetos y, en caso contrario, a la amenaza de estallidos violentos desesperados, como los que estamos presenciando durante este noviembre. Pero el refrán vale además para las autoridades eclesiásticas, porque la historia de la Action Française y Le Sillon podría estar repitiéndose entre nosotros con nombres cambiados. Ello confirmaría la acusación tantas veces dirigida a Roma, de que tiene dos medidas muy distintas para tratar a las derechas y a las izquierdas. O que su principio fundamental parece ser cargarse a la izquierda, por cristiana que pudiera ser, y sostener siempre a la derecha, ni por atea que sea.

Y sin embargo, como escribió hace ya más de treinta años J. B. Metz (que pasa por ser uno de los mayores teólogos del momento) “si el carrusel de la política se moviese según la música del Evangelio, giraría hacia la izquierda”.

Vaya por Dios, hombre. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

otra liturgia

otra liturgia

OTRA LITURGIA ES POSIBLE
Danza en el monasterio
Mª JOSÉ SOTORRÍO BÁRCENA, monja trinitaria en el monasterio de Suesa
SUESA (CANTABRIA).

ECLESALIA, 16/11/05.- En la Pascua que celebramos este año en el monasterio, la comunidad tuvo la oportunidad de introducir una danza en la liturgia de la Vigilia Pascual, gracias al grupo que vino a vivir el Triduo Pascual con nosotras. Hacía tiempo que sabíamos de la existencia de personas que realizan danza contemplativa, y éste fue un impulso del Espíritu para animarnos a incorporar a nuestra liturgia monástica esta expresión orante; siguiendo el camino que esta comunidad ha tomado hace tiempo respecto a vivificar, de manera sencilla y cercana, nuestra liturgia.

El fin de Semana del 5 al 6 de Noviembre, dentro de las actividades de la Asociación “Amigos del Monasterio de Suesa”, su recién estrenada comisión de “Encuentros y Actividades Religiosas” convocó un curso sobre danza contemplativa. El taller fue impartido por Mª Victoria Hernández, psicomotricista, bailarina y coreógrafa perteneciente al grupo "Jesús Arte y Vida“. Se quedaron en lista de espera diez personas, puesto que nuestra hospedería dispone de 27 plazas. Además parte de la comunidad participó en el curso.

Mi experiencia fue muy rica. Poco a poco fui descubriendo la danza contemplativa, como una nueva forma de orar, experimentando lo que nuestros antepasados en la fe ya habían expresado. Esta manera de danzar, integra y recupera viejas formas, que son significativas en la expresión y comunicación de las personas que habitamos nuestro mundo hoy, en Occidente, en este siglo XXI. ¡Cuánto tenemos que aprender de África, India..., de los pueblos que llamamos “tercermundistas”.

Tantas veces nos preguntamos ¿por qué las discotecas se llenan?, ¿por qué se imparten clases de bailes de todo tipo?, ¿por qué muchas canciones llevan incorporadas coreografía? La respuesta se descubre fácilmente: tenemos necesidad de expresarnos con nuestro cuerpo.

Algunas de las danzas con las que oramos este fin de semana eran hebreas, recuperadas de nuestra antigua tradición judía, otras cristianas, en las que a través de pasos sencillos, armónicos, rítmicos, íbamos unificando nuestro ser, creando un clima de oración y silencio. Fue una forma de sentirnos unidos al pueblo judío que hoy sigue danzando a Yahvé, y a los pueblos del centro de Europa que también con estas danzas se dirigen a Dios. Una forma de orar juntos desde diferentes credos, actitudes y compromisos en la fe. Una forma de diálogo interreligioso sumamente respetuoso y comunicativo.

La danza contemplativa potencia la integridad de la persona y alaba y bendice con todo lo que se es al Dios Vivo, Solícito, que quiere seamos conscientes de que habita en nosotros.

He celebrado y compartido mi fe, a través de gestos sencillos, de miradas transparentes que invitan dar sentido pleno a lo que celebramos.

Creo necesitamos sentir en todo nuestro ser, conformado por cuerpo y espíritu, a ese Todo, que nos habita y que quiere hacerse espacio e inundar nuestra existencia, nuestro interior de hombres y mujeres que se exponen a guardar, y a sentir el silencio en su interior; y cuando el Silencio habla, se abren espacios nuevos, se quitan caretas y miedos, y aparece el auténtico yo, imagen y semejanza del Creador. Entonces, Él nos habita.

He ido descubriendo que es esencial unificarme, ser consciente que mi cuerpo es vehículo para sentir al otro, apreciarle, dialogar. Es nuestro medio de comunión más expresivo.

¡Cuántas cosas expresamos, y dejamos sin expresar a través de nuestro cuerpo!. Él, denota nuestro estado de ánimo, nuestro cansancio, nuestra alegría, nuestra irritación, nuestra paz. Él es el rostro de nuestro yo.

El taller de danza contemplativa, consistió, como su nombre indica, en diversas danzas que nos invitaron a”saborear”, a “contemplar” nuestro cuerpo como templo vivo, dinámico, habitado por el Amor. Fuimos aquietando y dejando que todo nuestro ser se fuera abandonando en los brazos de ese Dios Padre- Madre que es todo ternura y cercanía.

Poco a poco la música iba inundando mi ser, cerraba los ojos, me dejaba mecer y arrullar por ella, y en el silencio del entorno, con la música de fondo, con un grupo de hermanos y hermanas, arropada por la comunidad, mi cuerpo se hacía cuna de silencio.

No oía ruido, sólo escuchaba Su voz en mi interior… y abandonándome a Su Armonía , al ritmo de su Melodía, todo mi ser se elevaba en un silencio ascendente, creciente, envolvente, y de repente yo y Su Música éramos uno.

Sentía y notaba al Espíritu de Dios que llenaba y transportaba mi ser, y con toda docilidad a su Sinfonía, ahora ya sanadora, daba gracias, alababa, suplicaba , bendecía y al final abandonada, adoraba.

Unas veces mis brazos como flechas emergentes, se alzaban hacia lo alto, sintiendo la necesidad de retener esos momentos en que todo mi ser ascendía como de puntillas y temblando hacía Él, y otras veces doblaba mis rodillas, inclinaba la cabeza, y sintiéndome nada, me abandonaba en su regazo.

Sentí, sí, repito, sentí al Dios Ternura en mi. Iba dejando de lado los cálculos y el raciocinio, y toda la delicadeza, la intimidad, la confianza, la dulzura de la Trinidad me iba envolviendo y acunando. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más información: http://www.montrinisuesa.net