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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

hoy

SI JESÚS HUBIERA NACIDO HOY
ÁNGEL OLARAN
ETIOPÍA.

ECLESALIA, 10/01/06.- Si Jesús hubiera nacido hoy, y de una madre pobre, embarazada siendo soltera, en uno de los millones de “portales” del mundo, ¡qué mal lo hubiera tenido!. Y peor aun, si este 25 de diciembre hubiera nacido en Níger. ¿Llegaría a los 5 años de edad? ¿Hubiera podido ir a la escuela, tener un techo que lo identificara entre sus vecinos de barrio? ¿O hubiera sido la calle su casa?

Igual con mucha suerte, hubiera sobrevivido, y entonces hubiese tenido muchas probabilidades de pertenecer al grupo de los millones de niños que son explotados sin escrúpulos por empresarios honestos que posiblemente celebraran la Navidad con el respeto que la ocasión solicita, quizás besando con devoción la rodilla infantil de Niño al final de la Eucaristía.

¿Le hubieran abierto las fronteras si sus padres hubieran tenido que emigrar? ¿O hubiera sido de los “sinpapeles”?

Pero con toda seguridad, ya desde su nacimiento se encontraría “protegido” por cientos de decretos y documentos asegurándole que como niño sólo tiene derechos; que como niño la comida, la escuela, la sanidad, el techo, la dignidad… las tiene aseguradas, Derechos Humanos que son suyos solo por nacer ¿Lo llegarán a saber los niños del Níger?

Y nuestro Niño Jesús de hoy seguiría preguntando ¿cómo es posible que no se materialice mínimamente tanto derecho? El Niño se extrañaría de tanta falsedad política, social, económica, religiosa. Preguntaría a los poderosos si creen alimentarlo por el solo hecho de haber producido otro documento inteligente, o rezado a Dios para que no los olvide.

Y les preguntaría que por qué han consentido que su madre, y millones de madres, sin el más mínimo deseo ni cariño, se haya tenido que acostar con su padre que, además de abandonarla y dejarla embarazada de el-ella, le ha infectado con un virus mortal. ¡Cuánto “sanjosé” deshumanizado! Y les hablaría de sus 1.600 amiguitos huérfanos en Wukro (Etiopía), por ejemplo, productos del SIDA y la tuberculosis.

Como niño hubiera agradecido a los millones de personas que han defendido su derecho a nacer, pero a la vez les hubiera preguntado qué están haciendo por esa vida que han protegido desde antes de su gestación hasta el nacimiento. Les hubiera recordado que el haber nacido exige unos mínimos de dignidad humana. El “Sí a la Vida”, exige un compromiso con cada Vida concreta. Lo contrario conlleva una falsedad muy fea, por no decir grotesca.

¿Sabes, pobre Niño? Si hubieras sido una vaca, como la del portal de Belén, y estuvieras en Europa, tendrías un subsidio de 2 dólares. Pero tuviste la mala suerte de nacer niño-niña, por esos mundos de Dios, y de entrada perteneces al grupo de los 30.000 niños/as que mueren diariamente porque a penas te llegan unos céntimos de todo lo que necesita una vaca. Por otra parte, tienes que comprenderlo: ¡se necesita tanto dinero para enterrar a nuestros hijos entre juguetes, curarles de su obesidad, no negarles sus caprichos más imbéciles...! Gracias, se que me entiendes mejor que mis mal criados hijos. Y quizás el Niño inocentemente respondería que también tenemos gestos hacia ellos y que les mandamos costosos juguetes que los chicos un poco mayores utilizan en juegos de guerras. Les llamáis armas.

¿Te imaginas la reacción de todos nosotros si un grupo humano declarara que va a matar, sin más, 30.000 niñas/os al año? Los perseguiríamos a muerte. Pero por suerte para ti, no existe esa gente tan mala. El ejemplo de los otros 30.000 tampoco tiene que preocuparte, se trata de gente buena.

Os deseo que, desde el ángulo que la celebréis, desde el sentido que este hecho del nacimiento de Jesús tenga, o no tenga para vosotros, os deis la oportunidad de haceros mejores personas, de comprometeros mas con el niño pobre, mal-alimentado, deshumanizado.

Os deseo eso que puede haceros felices. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Dios desnudo

ROMANCE DEL DIOS DESNUDO
ALFONSO FRANCIA

ECLESALIA, 05/01/06.-
Los ángeles hacen fiesta,
una fiesta de disfraces,
porque el Niño Dios se marcha
a vivir con los mortales.

Se han disfrazado de niños
para ser a Dios iguales.
Quieren marchar con Jesús
y compartir avatares.

Unos visten de europeos,
bien nutridos y elegantes.
Otros visten de mendigos,
vagabundos o emigrantes.
Otros no visten de nada.
Desnudos van por la calle,
que el desnudo de los pobres
ya no escandaliza a nadie.

Se perdieron de Jesús,
y pululan por las calles.
Y no hay nadie que los busque...
¡Es que no interesa a nadie!

Jesús marchó desnudito
como un niño de la calle.
Al verlo, algunos dudaron
Si debían ayudarle.
¡Era el mismo del pesebre,
Dios nacido entre animales!

Otros pensaron que Dios
era rey y era honorable,
vivía en familia unida,
respetada y respetable.
Su padre era el buen José,
María su santa madre.
El Niño Dios del pesebre
no era el de la puta calle.

Hicieron una cunita
para este Niño adorable.
Era el retrato de Dios,
puesto allí... para rezarle.
“¡Qué encanto tiene este Niño!
decían mañana y tarde;
fíjate qué ojitos tiene,
los mismitos que su madre.
Es Dios que viene a servirnos.
¡Es Dios que viene a salvarme!”

Así se pasan las horas
y todas las Navidades,
entre rezos y piropos,
regalos y mazapanes,
pastores, reyes y estrellas,
doce uvas y champanes.

Jesús se muere de frío
deambulando por las calles,
frío en el cuerpo y el alma,
y en el alma y cuerpo... ¡hambre!

“Limpiemos esta basura,
dicen ediles y alcaldes,
que los niños que andan sueltos
son amenaza constante”.

Gloria a Dios en las alturas...
y en la tierra a cada ángel,
que disfrazado de niño,
merodea por la calle.

Gloria a Dios en las alturas,
gloria a quien sus puertas abre
al Dios que llama a su puerta,
con disfraz de impresentable.

El mendigo que me pide
es el que puede salvarme,
librarme de las riquezas
que me hacen tan miserable.

Gloria al Dios de las alturas.
Gloria al Dios que niño se hace.
Gloria al Dios de las basuras
de los niños de la calle.

(Eclesalia Informativo autoriza
y recomienda la difusión
de sus artículos,
ndicando su procedencia).

magos

magos

CARTA DE UN ADULTO A LOS REYES MAGOS
MARIO GONZÁLEZ JURADO, mariofgj@hotmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 04/01/06.- Queridos Magos de Oriente: Este año no os escribo para pediros nada pues sé que tenéis mucha tarea acumulada y ya es un poco tarde para encargar algo. Pero como creo que debéis aburriros un poquito, entre trayecto y trayecto, quiero regalaros algunas palabras para vuestro entretenimiento.

Un día me dio por pensar: - ¿Creerán los Reyes Magos en la “magia”? ¡Qué tontería, verdad! Si no creyesen, ¿a qué se dedicarían? A ellos, el destino les ha asignado la noble tarea de responder a millones de ilusiones infantiles y, para conseguirlo, ¡hace falta tanta magia!

La cosa es que, cuando nos vamos haciendo mayores, seguimos teniendo muchas ilusiones y necesidades, pero ya no las ponemos en vuestras manos, Majestades, porque… sabemos que no existís, que eso son fantasías para una temporada. Ahora ya conocemos la cruda realidad: unas cosas son posibles y otras no.

Será que el porcentaje de fantasía de nuestras células pugna por hacerse sitio, o yo qué sé por qué será, pero veréis, majestades, lo cierto es que estos seres tan adultos que ya no os escribimos seguimos buscando la magia sin darnos cuenta.

La mayoría a través de las religiones, sí majestades, las religiones, esos sistemas de creencias a los que dotamos de un valor por encima de lo ordinario. Por ejemplo, la religión que millones de personas y multitud de iglesias profesan, a partir del niñito de Belén a quien tuvisteis a bien adorar como el Enviado de Dios.

¿Os podéis creer que estos adultos se ponen a hablar en voz baja a Dios y le piden que les conceda todo lo que necesitan? Y según parece, muchos acaban enfadados o decepcionados porque no consiguen lo que quieren.

Pero ahí no queda todo, muchos otros toman esos libros antiguos llamados Biblia y dicen que si haces todo lo que ahí se pone, tal cual, te salvarás. ¡Y se les ve, de cuando en cuando, hacer cada cosa más rara!

Incluso hay otros que creen en una cosa llamada Sacramentos. Sí, son una especie de ritos mágicos que organizan unos gurús, que ellos llaman sacerdotes y que, por lo visto, deben ser muy aburridos o muy poco eficaces, porque cada vez acude menos gente a ellos. Lo cierto es que, en uno de esos ritos, convierten una especie de sucedáneo de pan y un poquito de vino, en el cuerpo y la sangre de Jesús, el niño que adorasteis, pero ya de mayor. Y quien come ese pan y ese vino, según dicen, también se salva. Hay mucha gente que lo come a diario y otros semanalmente… qué se yo si se estarán salvando.

¡Y hay una cantidad de Santos! ¿Que no sabéis lo que son, Majestades? Sí, son seres que ya murieron y que te dan determinadas cosas si se las pides con mucha determinación. Parece ser que ha habido muchas curaciones que han hecho estos Santos y por eso se acude mucho a ellos para resolver nuestros problemas sin solución. ¡Menudos son esos Santos!

Lo que me resulta más curioso, Queridos Reyes, es que incluso los adultos que ya no creen en la Magia y que tampoco practican las Religiones, hacen cosas muy extrañas. Sí, veréis, acuden a echadores de cartas, pitonisos, videntes… leen los horóscopos, se hacen cartas astrales y practican mil métodos más para saber el futuro o para curar un mal de amores…

Pero vosotros, ya sabéis todo esto, ¿verdad? Por eso os habéis especializado en las ilusiones infantiles; de los mayores, ya se encargan otros. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Un beso fuerte,

Mario, un niño grande


está

está

COTRA TODA ESPERANZA
ÁLVARO GINEL, revista Catequistas
MADRID.

ECLESALIA, 02/01/06.- A veces, la única manera de “entender” lo que es velar y estar atentos es cuando tenemos que “velar–atender a un enfermo” en el hospital. No podemos dormir: hay que vigilar el “goteo”, la hora de las pastillas, la respiración... Pero no es de esto a lo que el evangelio nos invita cuando nos urge a “velar”. Vigilar y velar para el Evangelio es poner todo lo que hay de mejor en nosotros para apercibirnos de los signos de presencia de Dios a nuestro lado. No es éste de nuestros días un momento sin Dios, por mucho que muchos lo piensen. No estaba Dios antes más presente en el mundo o en la Iglesia de lo que ahora está. Es cierto que quizás haya “elementos” que caen. Caen porque ya no son mediación de Dios, de su presencia o con capacidad suficiente para sospechar (=ser interrogados) que detrás de ellos Alguien tenía que estar.

Dios hoy está abriendo nuevos caminos de presencia... y no nos damos cuenta. Dios hoy está viniendo de nuevo, como ayer, como siempre, y no nos damos cuenta. Dios hoy está haciendo señales y guiños para ser reconocido, y algunos sí que se dan cuenta mientras otros viven esperando (¡o promoviendo!) la “repetición” los signos de ayer... Hoy es momento de novedad, es momento de susurro, es momento de intimidad... Los íntimos de Dios saben que Dios no nos ha abandonado. Es momento de novedad. Dios nos sorprenderá. Seguro que no nace, que no viene por los caminos que le marcamos. Dios no quiere que el hombre le marque caminos. Dios siempre inaugura él mismo los caminos por los que llega.

A los que se sienten acobardados y lamentan “otros tiempos donde todo parecía mejor”, a los que se sienten como abandonados de Dios porque esto “está muy cambiado y parece que Dios no tiene sitio en nuestra Sociedad”, a los que se frotan las manos porque, por fin, en vez de Dios hay dioses (cada uno los suyos), a éstos y a todos los demás, hay que anunciarles: que el Dios de la Biblia está vivo, que el Dios de Jesús sigue vivo, que el Dios de ayer sigue sin morir y han muerto los que anunciaron su muerte, que el Dios de nuestros padres, sigue empeñado en su pacto de fidelidad, que el Dios de Jesús, el Salvador, el Hijo de Dios no ha desaparecido de nuestras ciudades... Habita, como en la primera Navidad, en lugares donde hay sencillez, acogida, sorpresa, aliento nuevo, sensibilidad para lo verdaderamente humano, lo profundamente humano.

Cuando os canséis de mirar la luz artificial, colorida y zigzagueante, dirigid la mirada reposada, pausada, discreta y descubrid: hay hombres que rezan, que callan, que se dan, que buscan, que no se dejan enganchar por la corriente, que aman la verdad, que aman al otro, que lo defienden, que entregan la vida, que irradian alegría, que no miden el amor, que esperan contra toda esperanza, que esperan en la noche... Por ahí, por ellos, en lo de ellos, Dios está llegando.

Dios está presente. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

a la comunidad

SÍNITE, Revista de Pedagogía Religiosa, Nº 139

¿CÓMO EVANGELIZAR DESDE LAS PEQUEÑAS COMUNIDADES A LA COMUNIDAD CRISTIANA?
JOSÉ LUIS GRAUS PINA*, miembro de una comunidad inserta en la parroquia de San Ambrosio, Vallecas, Madrid; trabajador social con la Tercera Edad

1. Declaración de intenciones

No deja de ser curioso que en este número de Sinite se intente abordar cómo la pequeña comunidad puede ser un instrumento de evangelización, dentro de la propia Iglesia. Eso supone que la Iglesia en cuanto realidad concreta e histórica también es sujeto de evangelización, de seguir escuchando una y otra vez la Buena Noticia de Jesús y de convertir su corazón y obrar a la propuesta de Dios.

La finalidad de este artículo no es otra que la de compartir. Compartir sentimientos que surgen de la experiencia vivida en el seguimiento de Jesús. Compartir intuiciones que precisan ser contrastadas y verificadas, pero que entienden que en algunas cuestiones fundamentales y desde la pequeña comunidad, la Iglesia puede ir encaminando sus pasos de un modo más claro y decidido tras los pasos del Maestro, impulsados por su Espíritu. Compartir ideas que van surgiendo fruto del diálogo y la reflexión con otras personas que son también seguidoras de Jesús.

Por tanto no existe en ningún momento la pretensión de que lo que aquí voy a plantear sea lo único bueno, ni tan siquiera lo mejor. No pretendo situar estas líneas en el campo moral. Tampoco pretendo excluir ni otros sentimientos, ni otras intuiciones, ni otras ideas que ya se están dando en el camino del seguimiento de Jesús.

Estas líneas pretenden, aunque quizás sea mucha la pretensión, contribuir a integrar una realidad eclesial que en muchas ocasiones está fragmentada en exceso. Pretenden contribuir a construir, pues no faltan descripciones y reflexiones que constatan una desintegración existente y también real en el seno de nuestra propia Iglesia.

Es cierto que me he fijado mas en los aspectos que son mejorables y quizás en ocasiones el discurso pueda parecer negativo y aunque lo sea, quiero remarcar que está hecho con espíritu fraterno y con mucha esperanza. La intención es poder presentar pequeñas propuestas desde la experiencia comunitaria que pueda ayudar a la Iglesia a convertirse en Buena Noticia para todas las personas.

Voy a presentar qué aportaciones pueden hacer las pequeñas comunidades desde una perspectiva cuádruple, nada novedosa, pero a mi modo de ver muy interesante; analizaremos está cuestión desde la Koinonia o comunión, desde la Diakonia o servicio, desde la Leitourgia o celebración y desde la Martyria o testimonio.

Previo a todo esto vamos a presentar un pequeño análisis de la realidad, tanto eclesial como social, de modo sencillo, pero teniéndolo como marco de referencia para cada una de las cuestiones que vamos a abordar.

2. Ahora es el tiempo...

Me parece muy importante hacer una pequeña reflexión de contexto. ¿Dónde están las pequeñas comunidades?, ¿Cuál es nuestro momento social y eclesial? Sin duda la respuesta a estas preguntas nos dará mucha luz para plantear nuestras ideas.

La primera consideración que me gustaría hacer es que nuestro momento actual es complejo. No resulta tarea sencilla tomar conciencia de todo lo qué está sucediendo y más aún por qué está sucediendo. Sin embargo hacer cada día este ejercicio es fundamental para las personas que queremos seguir a Jesús. Pues esa realidad es llamada a ser buena noticia.

Creo que vivimos un momento en el que es muy difícil poder darnos cuenta de todo lo que sucede, a pesar de la “globalización”, es complicado tener una idea de conjunto, hay una tendencia a parcelar las situaciones, a vivir de un modo fragmentado. Esto hace que no podamos captar lo que verdaderamente sucede.

Sin ánimo de dar lecciones me gustaría ofrecer algunas pinceladas que puedan ayudar a ir adquiriendo esa mirada global.

Estamos hablando de una realidad dónde en la actualidad hay abiertos 20 conflictos bélicos en diferentes partes del mundo, con todo lo que eso implica y sin perder de vista que el negocio de las armas es uno de los que más dinero mueve. Pero por si acaso a alguien esto, que siendo real, se le quede lejano, estamos viviendo un momento atravesado por la violencia. Todos los días, cerca o lejos alguna persona sufre directa o indirectamente las consecuencias de vivir en un mundo violento. Se habla de violencia de género, violencia callejera, malos tratos a personas mayores, de infancia maltratada...

Otra cuestión importante es la del consumo. En este momento es en el que más se está consumiendo de toda la historia. De hecho ya se han hecho estudios para ver qué implica esto y una de las conclusiones a las que se ha llegado es que si todas las personas consumiéramos al ritmo de cómo lo hacen en Estados Unidos, las reservas naturales, llegarían hasta el año 2050. Esto implica dos cuestiones; por un lado la injusticia que supone que no todas las personas podamos consumir de la misma manera, es más, sólo una minoría podemos consumir de un modo brutal y exagerado a costa de que otros no lo hagan, pero por otro que este consumismo voraz está siendo tan irresponsable que pone en peligro la continuidad de la raza humana sobre el planeta. Esto está muy relacionado con el tema de la ecología, nuestra relación con el mundo que nos rodea es cada vez más agresiva, contaminamos, destruimos, consumimos... No hace falta hablar de los problemas que están empezando a generar la falta de petróleo y de agua, por ejemplo. No va por ahí, a mi modo de ver, el encargo recibido de Dios cuando puso en nuestras manos el mundo y nos dijo “Creced, multiplicaos y poblad la tierra...”

Muy relacionado con el consumo y la ecología está el hambre. Hoy sigue muriendo gente a causa de esto, casi 70.000 personas cada día, sin contar a las personas que no tienen que llevarse a la boca. Lo más triste es que esto lo hemos producido nosotros mismos, el reparto desigual de los bienes de este mundo es una responsabilidad estrictamente de los seres humanos. Evidentemente a macro escala es responsabilidad de los dirigentes de las naciones, pero a micro escala es responsabilidad de cada uno de nosotros. ¿Cuánto alimento no se desperdicia de modo injusto en nuestras ciudades, en nuestra casa, cuando con eso habría personas que no perderían la vida? Es una responsabilidad enorme la que tenemos en esta cuestión.

Otro elemento importante dentro de estas pinceladas que estamos dando, es el tema de la mujer. Varias O.N.G. nos han recordado que el rostro de la pobreza es femenino. Sobre todo son mujeres las que padecen las consecuencias de todo lo que hemos comentado antes. Pero mas allá de todo esto me parece que es una tarea obligada junto con las demás citadas luchar para que las mujeres puedan vivir con la misma dignidad que vivimos nosotros por el hecho de ser varones. Se que este tema genera polémica, pero mas allá de ésta me parece fundamental que esta cuestión se pueda abordar en términos de dignidad e igualdad.

La salud, es otra de las heridas abiertas en nuestro momento social. La enfermedad sigue haciéndose presente en la realidad humana y eso no tiene remedio, aunque algunos peleen buscando la fuente de la eterna juventud. Lo que sí tiene remedio y es nuestra responsabilidad, es atajar todas las enfermedades que se producen fruto de la falta de alimentación, fruto de la falta de agua... fruto en definitiva del desigual reaparto de los bienes que anteriormente citábamos. O realizar investigaciones científicas al servicio de las personas y no al servicio de los grandes laboratorios farmacéuticos. Dice un cantautor actual “se preguntan si hay vida en marte y yo me pregunto si aún la hay en las Barranquillas”[1], en ocasiones parece que el sujeto de la ciencia anda algo desenfocado. Es muy necesaria la investigación, pero prioritariamente al servicio de las personas y de un modo más concreto de las personas que tienen mayor necesidad.

La última pincelada que quisiera destacar en este breve análisis de la realidad, es la de la economía. Parece que el dinero sigue siendo un elemento discriminador fundamental. Que 1.100 millones de personas sobrevivan con menos de un dólar al día, según el informe anual de la O.N.U., no es un dato anecdótico. Según dicen algunos, el dinero es el verdadero motor de la historia, el motor absoluto al que se supedita todo, hasta las vidas de las personas, por eso mientras en los últimos 40 años el PIB mundial se ha duplicado la desigualdad económica se ha triplicado. Me resisto a creer que la economía tenga un valor tan determinante, pero es cierto que los intereses que despierta pueden conducir la realidad a abismos complejos. Por cuestiones económicas se reduce gasto social, por cuestiones económicas se prejubila a personas con grandes capacidades, por cuestiones económicas se endeudan los países que ya viven suficiente pobreza, por cuestiones económicas...

Estas cosas y muchas otras que no se reflejan aquí, es lo que sucede en nuestras sociedades, pero este pequeño análisis debe enriquecerse con la respuesta a la pregunta de qué sucede en la Iglesia.

Voy a tratar de dar unas breves pinceladas. Soy consciente de que corro el riesgo de ser y parecer simplista en mis planteamientos, pero no trato de hacer dogma de estas pinceladas, sino tratar de describir de un modo sencillo algo de lo que está pasando, algo que es importante y que condiciona nuestro existir como personas y como creyentes.

Vivimos, a mi entender, un momento eclesial de cierta inquietud. El nombramiento reciente del nuevo papa Benedicto XVI no ha dejado indiferente a nadie dentro de la comunidad eclesial. Algunos piensan que es una decisión apropiada, otros lo viven con desánimo y otros sencillamente permanecen expectantes. En cualquier caso es un hecho lo suficientemente novedoso para poder aventurar cualquier cuestión al respecto. A este acontecimiento hay que incorporarle otros aspectos más arraigados en los últimos años de la Iglesia.

Un elemento que describe el momento actual de la Iglesia es la fragmentación en diferentes ámbitos; se está dando una fragmentación institucional: hay sectores que están en disconformidad manifiesta en cuanto a cómo se está ejerciendo la autoridad y eso genera ruptura. Por otro lado hay temas de importancia que siguen latiendo de forma diversa en el conjunto de los creyentes, por ejemplo con el papel que la mujer debe ocupar en el seno de la Iglesia, o el celibato opcional. También genera fragmentación la distancia que se genera en ocasiones entre determinados posicionamientos del magisterio frente a determinadas cuestiones y la vivencia cotidiana de estos mismos temas por parte de muchos creyentes. Otro aspecto donde se puede visualizar la fragmentación es en lo que se ha denominado el euro centrismo de la Iglesia, manifestando en ocasiones falta de sensibilidad hacia las personas creyentes de la periferia. No digo esto con el ánimo de avivar la polémica, pues inicialmente no me pronuncio sobre los motivos que generan la fragmentación. Lo hago con la intención de constatar algo que está sucediendo.

Otro elemento que a mi entender puede definir el momento eclesial actual es el exceso de ritualismo a la hora de celebrar la fe. Sin duda el rito es importante en nuestras celebraciones, pero nunca hasta el punto de que se conviertan en el fin de las mismas. El intento del Concilio Vaticano II, por medio de su constitución Sacrosanctum Concilium, me parece necesario, pero habría que exprimir mucho mas sus planteamientos y ser capaces de avanzar mas en la búsqueda de acercar la vida a Dios y Dios a la vida por medio de las celebraciones. Es muy importante que las personas se acerquen al Misterio de Cristo, muerto y resucitado, pero tiene igual importancia acercar el Misterio a las personas, hacerlo accesible, comprensible, pero sobre todo vivible.

Pienso, con humildad, que también se está produciendo una devaluación en la vivencia vocacional de las personas que intentamos seguir a Jesús. La falta de vocaciones tanto a la vida sacerdotal, como a la vida religiosa, como al matrimonio cristiano, con todo lo que eso implica y supone es una evidencia. Podemos buscar los motivos fuera de la Iglesia, en la sociedad, en el mundo actual y sin duda encontraremos bastantes, pero pienso que también debemos buscar motivos dentro de nuestra propia realidad eclesial, alguno también vamos a encontrar. No es complejo encontrar curas que viven su ministerio como un ejercicio de autoridad más que como un servicio, religiosos y religiosas más pendientes de mantener las estructuras creadas durante años, incluso siglos, que de volver y actualizar una y otra vez sus orígenes y su carisma, matrimonios más inquietos por solventar su futuro y el de sus hijos que impulsados a buscar un futuro mejor para todas las personas. No significa esto que no haya curas entregados al servicio, religiosas y religiosos movidos por el Espíritu en la búsqueda del reino de Dios en la periferia, dónde nadie quiere estar, matrimonios con una vida comprometida en la creación de una sociedad mejor; son estas personas gracias a Dios las que avivan el fuego de nuestra esperanza en el seguimiento de Jesús. Pero eso no deja de evidenciar que la crisis vocacional también tiene origen ad intra.

También aquí podríamos seguir con pinceladas que matizaran o ahondaran en la realidad. Pero considero que es suficiente para el propósito que nos planteamos.

He resaltado los aspectos más negativos tanto en el mundo como en la Iglesia, pero frente a este desolador panorama, me uno a lo que afirma Casaldáliga “hay mucho bien, venciendo al mal”, eso es signo inequívoco de que a pesar de todo y sin negar nada de lo que está sucediendo, la muerte en ninguna de sus expresiones, ni en ninguna de sus manifestaciones va a tener la última palabra. La última y definitiva Palabra es el Señor Jesús, resucitado de entre los muertos que sigue encarnado en la realidad, en la nuestra para darnos vida y vida en abundancia.

Este es el contexto en el que germinan las pequeñas comunidades, pero germinan y deberán morir para dar fruto. Ahora es el Kairós, ahora es tiempo de salvación.

Intentaremos ver ahora como la pequeña comunidad puede ser un elemento de evangelización en el seno de la Iglesia por medio de los siguientes puntos.

3. La pequeña comunidad y la Koinonia en la Iglesia, como propuesta integradora de vocaciones en el seno de la Iglesia Comunidad de comunidades

Si hay un aspecto en dónde como Iglesia debemos crecer es en la Fraternidad. A mi modo de ver es el aspecto más inmaduro, en el seguimiento de Jesús. Digo esto porque en el núcleo de la comunidad debe situarse la Fraternidad. Consideramos que ésta es también una apuesta del Concilio Vaticano II cuando en el capitulo segundo de Lumen Gentium, antepone el Pueblo de Dios a cualquier otra cuestión, lo primero es éste, luego ya hablará de la jerarquía, de seglares y de religiosas y religiosos.

Desde ahí me gustaría poder apuntar unas ideas que no me toca a mi desarrollar, pero me parecen fundamentales y no quiero dar por supuestas; por un lado, nuestra fraternidad hunde sus raíces en la experiencia de un Dios Trinitario, ahí encontramos a un Dios hecho familia, hecho comunidad que nos acoge y nos invita a ser y vivir como Él y desde Él. Por otro lado y partiendo de aquí, no podemos entender la propuesta de Jesús sin entender su dimensión comunitaria. La propuesta salvífica de Jesús es para cada una de las personas con las que se encuentra, pero realizada en común.

A lo largo de toda la historia mujeres y hombres impulsados por el Espíritu han tratado de encarnar el seguimiento de Jesús y de su propuesta de modos diversos, pero me atrevo a decir que en las diferentes vocaciones y de un modo más o menos explícito lo comunitario ha estado presente, la fraternidad concreta y universal a un tiempo han sido elementos vertebradores de ese discernimiento.

Es verdad que el momento social invita un individualismo exagerado que trata de venderse como personalismo, pero consideramos que eso es falso. Un proyecto personalista, que ponga a la persona en el centro debe encaminarnos hacia la realización en común unión, con las demás personas, a la comunidad de vida en el Espíritu y por tanto a unas relaciones auténticamente fraternas.

No me parece menos cierto que en el momento eclesial que vivimos, hay un déficit importante en la vida fraterna. Cuentan que un ilustrado francés criticaba a la vida religiosa del momento del siguiente modo; “los frailes entran al convento sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse”. No importa mucho ni quién, ni cuándo lo dijo. Lo que me parece importante es la denuncia de una realidad que con humildad podemos reconocer. Hagamos más amplia esta afirmación “los cristianos entran a la Iglesia sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse”.

Evidentemente una generalización de este calibre, de suyo es falsa, pero creo que hay mucho de esto en nuestra vivencia. Pensemos en una Parroquia normal y corriente, cualquiera, y sin ningún tipo de maldad, es común encontrar a personas que no se conocen y por tanto no se aman, cuánto menos cuando mueran se llorarán. Esto lo que indica es que en fraternidad andamos con mucha necesidad de madurar y de mejorar. Que la comunidad es una palabra o un concepto que se ha ido vaciando de contenido y es, sin duda, tarea urgente vivificarla.

Es necesario hoy al igual que lo ha sido a lo largo de toda la historia de la Iglesia que surjan personas movidas por el Espíritu a recuperar de un modo real y cotidiano la importancia de la fraternidad, de la comunidad con un aire nuevo y creativo.

A raíz del Concilio Vaticano II y de sus apuestas, parece que lo comunitario a cobrado mayor importancia. Esto lo veo en el intento de la vida religiosa por volver a sus orígenes, en grupos de sacerdotes que deciden unir sus vidas para prestar un mejor servicio al reino, en la apuesta de muchos seglares por concretar su seguimiento de Jesús en comunidad. Es un abanico importante el que se abre, pero es un camino en el que todavía se tiene que andar mucho.

Desde todos estos intentos y en el momento social y eclesial que vivimos pienso que la Iglesia puede ser vivificada desde proyectos integradores, donde pueda darse en el foro de lo local, la comunión de vocaciones, donde sin perder la especificidad de cada uno de los ministerios, pero siendo igualmente hermanas y hermanos en Cristo Resucitado, nos pongamos codo con codo en el trabajo de reconstruir nuestra Iglesia, como el encargo que recibió Francisco de Asís en San Damián, y reconstruyendo la Iglesia crear reino dónde las personas que viven pobreza y aflicción son las primeras en sentarse al banquete.

La Iglesia debe ir caminando a ser cada vez más comunidad de comunidades, respondiendo de este modo a la propuesta genuina de Dios. Si Dios es Trinidad y nosotros somos imágenes de Dios, tenemos, por el hecho de ser bautizados y bautizadas, la imperante necesidad de convertirnos en Icono visible de esa Trinidad de Amor, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu. Esta idea la desarrollaremos un poco más en el apartado del testimonio.

Seglares, religiosas, religiosos y sacerdotes, tendríamos que ir encaminando nuestros pasos en esa dirección y afrontar desde ahí el momento social que nos corresponde vivir y que por otro lado no es mejor, ni peor que otros momentos históricos en los que se ha intentado dar respuesta a este grito de Dios hecho voz, hecho carne en las personas que mas sufren.

Cuando de nuevo en Lumen Gentium se reconoce de un modo explícito que la Iglesia es como un Sacramento, apunta en esta dirección: hacer presente de un modo real y comprometido en medio del mundo a Dios Trinidad, a Dios Familia, a Dios Fraterno.

Por tanto el llamado es a que cada persona desde su vocación, cada comunidad desde su misión en el seno de la Iglesia haga presente esta realidad, más allá de estructuras de poder, más allá de ritos vacíos, más allá de propuestas que no sean liberadoras.

Esto nos exige a todos iniciar un camino de conversión y de discernimiento para ver cómo podemos responder de un modo más claro y decidido a la propuesta de Dios.

La pequeña comunidad está llamada a ser en el seno de la Iglesia semilla de comunión. En el momento actual la comunión es una tarea importante, es una cuestión abierta que requiere de mucho trabajo.

Por eso la unidad de las personas que creemos, se tiene que generar en torno al seguimiento y no confundirla como se hace en ocasiones en torno a la uniformidad. Las formas son importantes, pero no dejan de ser un elemento, un instrumento más al servicio de la tarea cotidiana.

Otro elemento importante es que la comunión se debe generar desde unas relaciones fraternas, no desde relaciones de poder o desde relaciones desiguales, como ya hemos comentado. Creo que la intuición del Concilio Vaticano II de dar tanta importancia al Pueblo de Dios, apunta en esa dirección. Todos los creyentes nos hacemos pueblo en el Bautismo.

En determinados sectores de la Iglesia parece que esta idea no esta muy interiorizada y se siguen planteando las cuestiones en términos de relaciones de poder, se plantean las cuestiones desde quién puede y quién no puede hacer las cosas. La pequeña comunidad debe aportar otra forma de ver y de entender las relaciones, debe aportar unos planteamientos más fraternos y desde ellos generar otras dinámicas de corresponsabilidad, de compartir.

Por otro lado no quiero evitar un tema que en la cuestión de la comunión me parece fundamental, es el tema de la mujer. Creo que no falto a nadie si digo que en el seno de la Iglesia la comunión está generada básicamente por hombres, pero aceptada y asumida por todas las personas. No pretendo hacer una reivindicación al uso sobre la cuestión de género, sino que podamos afrontar de un modo serio y maduro, la misión y la tarea de las mujeres en el seno de la Iglesia y que en ese trabajo ellas sean las primeras protagonistas, sin tener que verse obligadas una y otra vez a aceptar decisiones no tomadas por ellas mismas.

En esta cuestión la presencia de la pequeña comunidad me parece fundamental. Si la pequeña comunidad es de religiosas puede aportar en el seno de la Iglesia local otras formas de hacer y de vivir las cosas. Si la comunidad es de seglares puede manifestar que la comunión entre mujeres y hombres es signo de esperanza, es semilla de reino, es posibilidad de entender las relaciones de otro modo y desde ahí fortalecer la comunión no sólo de los pequeños proyectos, sino también de toda la comunidad eclesial desde el seguimiento en Jesús.

4. La pequeña comunidad y la Diakonia en la Iglesia

No quiero perder de vista una referencia importante a la hora de abordar este punto, el primer Diácono ha sido Jesús, Él ha venido para servir, no para ser servido, desde ahí arranca, nuestra reflexión.

Una vez más, sin ánimo de ser derrotista, tengo que decir que considero que con relación al servicio también estamos viviendo una situación de déficit, tanto social, como eclesial, si no la situación del mundo que vivimos sería bien distinta.

El diaconado ejercido por la Iglesia debe tener en el centro a las personas más desfavorecidas, viendo en ellas el rostro de Cristo y deben estar tanto en el centro de nuestra vida comprometida, como en el centro de nuestra vida celebrativa.

Los pobres son el sujeto directo y prioritario de la diaconía de la iglesia, pero no sólo de una manera asistencial, que en ocasiones es muy importante y necesaria, sino también de un modo promocional, tenemos que trabajar para que las personas puedan vivir con la dignidad que les corresponde, para que sean ellas mismas las que asuman el protagonismo de su vida, pero también tiene que ser estructural es preciso un servio que contribuya a eliminar las estructuras injustas, allá dónde se encuentren, eso es el Reinado de Dios. La ausencia de injusticia logrará erradicar el pecado y el mal del mundo.

La diaconía de la pequeña comunidad en el seno de la Iglesia es fundamental. No debemos perder de vista la actitud humilde del Maestro lavando los pies de la primera comunidad, y desde ahí ponernos a servir como él. Que las pequeñas comunidades sean conocidas por su actitud de servicio sería muy significativo para la Iglesia y para el mundo, pero no de cualquier servicio, sino aquel de los que intentan ser cada vez más pobres y sencillos, y de este modo ayudan a que la Iglesia, comunidad de comunidades, vuelva su mirada al rostro del pobre, porque en él descubre el rostro sufriente de Cristo.

El primer modo en que la pequeña comunidad debe hacer esto es desde el testimonio vital, y de ello hablaremos cuando lleguemos a la martyria. Desde este testimonio hay que asumir la tarea de animar a la comunidad de creyentes a que el compromiso vital, no sólo el económico, con las personas desfavorecidas es sueño de Dios para nosotros. Aunque en ocasiones quizás antes que animar, sea preciso hacer un trabajo de sensibilizar los corazones endurecidos como rocas, como dice Ezequiel.

El segundo modo en que la pequeña comunidad puede hacer servicio con esta cuestión es haciéndose y haciendo consciente en medio de la Iglesia del dolor de Dios, Padre y Madre, por el sufrimiento de todas y cada una de las personas que a lo largo de la historia y en este momento se están viendo ultrajadas en sus derechos fundamentales. Ante la herida abierta del mundo me pregunto sobre cuales serán los sentimientos de Dios. Mirando a Jesús, a veces puedo acercarme a intuir algo y la experiencia resulta desbordante. Brota en ese momento la cuestión por sí sola, ¿cómo podemos permanecer tranquilos ante esta situación?..

La única respuesta es el servicio, servicio ad intra, que impulse, ayude, anime, exhorte, implique a todas las personas creyentes en la tarea de construcción del Reinado de Dios, aquí y ahora. Servicio para que nuestra fraternidad se vaya configurando desde el rostro doliente de Cristo en las mujeres y varones de hoy. Servicio para hacerlo desde la esperanza de la resurrección y no desde otro lugar.

Ahora este servicio sólo lo podremos hacer desde las pequeñas comunidades si estamos insertos en la realidad cotidiana del mundo sufriente y desde esa realidad nos dejamos construir como personas y como hermanas y hermanos.

Desde este planteamiento la fraternidad se convierte en instrumento clave, porque promover relaciones fraternas en el seno de la Iglesia es clave en este proceso. Si esto lo hacemos solos, acabaremos desbordados por el dolor y el sufrimiento. Si lo hacemos en comunidad podremos sostener y ser sostenidos, animar y ser animados, contrastar y ser contratados y estoy convencido de que una Iglesia mas fraterna irá contribuyendo a que este mundo también lo sea.

5. La pequeña comunidad y la Leitourgia en la Iglesia

La celebración en la vida de la comunidad y por supuesto en la vida de la Iglesia es un elemento fundamental. Poner la vida delante de Dios, llevar a Dios a la vida es imprescindible para que su Reinado sea una realidad.

Ya comentaba al principio de estas líneas que el excesivo ritualismo está dejando vacío el mundo celebrativo. No quiero parecer destructivo, pero también en este aspecto hay un gran déficit eclesial. Este déficit se manifiesta básicamente en dos cuestiones.

Por un lado en lo inaccesible de las celebraciones. ¿Cuántas personas no entienden lo que sucede en nuestras celebraciones?, porque el lenguaje no es accesible, porque todo se llena de palabras que no dejan manifestarse a la Palabra, porque se pierde la dimensión simbólica de muchos de los gestos ahogados en palabras, o porque los símbolos utilizados no son explicados, porque en ocasiones lo que parece que sucede es magia más que celebración, porque la dimensión comunitaria de nuestras celebraciones queda absorbida por el protagonismo excesivo de algunos curas... Podríamos añadir una larga lista de porques.

Por otro lado porque la dinámica de ida y vuelta, de la vida a la celebración y de la celebración a la vida, está totalmente anulada. Tengo la suerte de participar en la vida pastoral de mi iglesia local y cada día puedo ver bastantes madres o abuelas (porque parece que esto no es cosa de hombres), que se acercan a pedir el bautismo para sus hijos recién nacidos, con la única motivación de que siempre se ha hecho así, porque ni la madre, ni la abuela se acercan por la parroquia para nada. También puedo ver a muchas niñas y niños que se acercan a las catequesis de comunión, generalmente solos, los padres tienen cosas más importantes que hacer que acompañar a sus hijos. Comulgar para ellas y para ellos es estar un rato en la Iglesia y luego recibir muchos regalos. También me encuentro con la realidad de bastantes parejas que deciden casarse en la Iglesia porque viste más que en el juzgado, y es que la boda del juzgado en tres minutos no parece boda. O porque sino me caso en la Iglesia mi suegra me mata... ¿A dónde quiero llegar con esto?, pues con todo mi respeto y con todo mi dolor, la vida sacramental está totalmente devaluada, pero lo maás duro de esto es que nosotros somos cómplices de lo que está sucediendo. Los sacramentos y las celebraciones dónde tienen lugar lo único que hacen es cristalizar un rito básicamente social.

No estoy diciendo que esto es lo único que sucede en la dimensión celebrativa de la Iglesia, pero creo que esto existe y en número importante de tal modo que tiene que ser tomado en consideración.

La pregunta que surge inexorablemente es ¿qué puede aportar la pequeña comunidad a la dimensión celebrativa de la Iglesia?

En primer lugar que la celebración tiene un elemento festivo que hoy parece desterrado de muchas de nuestra celebraciones. El carácter festivo de nuestras celebraciones está muy relacionado con la alegría que supone el mensaje de Jesús, aún más, Él mismo, en nuestra vida. Por eso la fiesta es importantísima. Recordarnos unos a otros que nuestra vida debe estar impregnada de la “perfecta alegría” de Francisco de Asís es clave, y eso debe ser llevado a la celebración. Aún en las celebraciones más dolorosas, la alegría de Dios hecha fiesta debe hacerse presente, aunque sea en minúsculas, pues hacen presente el todavía no que es el Reinado de Dios.

Cuando Romano Guardini publicó la obra “El espíritu de la liturgia”, presentaba un capítulo titulado la liturgia como juego con intuiciones muy válidas que a mi modo de ver sintonizan muy bien con este planteamiento, pues recuperando el carácter simbólico de nuestras celebraciones se recupera mucho de su sentido festivo y profundo.

En segundo lugar que nuestra celebración es básicamente comunitaria, el Concilio Vaticano II en S.C. 26, incide en esto haciendo una apuesta por las celebraciones de carácter público, perteneciendo a todo el cuerpo de la Iglesia. En la celebración litúrgica la comunidad se constituye y configura en torno a su único Señor, Cristo resucitado. Por un lado pues la celebración es expresión de la fe de la comunidad, pero por otro la celebración es constitución y configuración de la comunidad en torno a su Señor. Que las celebraciones tengan un marcado carácter comunitario debe implicar que son celebraciones de todas las personas y sobre todo para todas las personas. Se debería apostar por un marcado carácter inclusivo de nuestras celebraciones, como una de las mejores expresiones del amor sin condiciones que Dios tiene para toda la humanidad.

En este mundo roto y mal herido la celebración y la comunidad que celebra debe adquirir una marcada apuesta escatológica. Celebramos en el hoy, que el mañana de Dios para la humanidad ya es realidad. Las pequeñas comunidades pueden contribuir a que nuestras celebraciones en tono festivo puedan ser comunitariamente para todas las personas, porque hoy celebramos que de algún modo la promesa de Dios ya se está realizando por medio de su gracia y de su amor en las personas que deciden seguir sus pasos.

Dentro de este contexto el rito y la propia liturgia, no dejan de ser un instrumento al servicio de la comunidad que celebra. Pero es importante que vaya existiendo comunidad que celebra y por eso la tarea de las pequeñas comunidades de ir creando ese “cuerpo comunitario”, que es la iglesia es fundamental. Podríamos decir de otro modo lo que ya dijimos en puntos anteriores; la iglesia también es comunidad de comunidades que Celebra la presencia salvífica y liberadora de Su Señor en medio de la realidad del mundo.

Por eso la pequeña comunidad tiene el reto de que la Palabra de Dios, se haga palabra para todas las personas y no sólo para unos pocos, pues la pequeña comunidad también tiene necesidad de la Palabra cada día, desde ella, que es Presencia real y auténtica de Jesús, Hijo de Dios por el Espíritu, se mueve, se contrasta y celebra.

Otro reto fundamental es recuperar la dimensión de lo simbólico. No hacen falta generar gestos grandilocuentes, sino recuperar los pequeños símbolos de la vida cotidiana para manifestar la presencia salvífica de Dios en medio de todas las personas.

A nivel más práctico, pero no menos importante, la renovación de la liturgia sigue teniendo cuestiones pendientes. Es preciso animar nuestras celebraciones con canciones apropiadas, pero no apropiadas al templo o a la solemnidad , sino apropiadas a las personas que participan en las celebraciones, para que con su canto puedan dirigirse a Dios, Padre de toda criatura. Por eso opino que un coro puede ayudar a orar, pero es nuestra voz, mejor o peor, la que contribuye a que la celebración se vaya haciendo una realidad. Otro elemento que está cobrando fuerza últimamente es la danza o ¿es que no podemos celebrar no solo con nuestra voz, sino también con nuestro cuerpo?, podemos pedir que Dios nos bendiga con nuestra voz, pero también podemos hacerlo con nuestro cuerpo, danzando como danzó el rey David. En estas cuestiones el trabajo cotidiano en las celebraciones de la pequeña comunidad me parece un elemento de carácter imprescindible.

6. La pequeña comunidad y la Martyria en la Iglesia

La palabra martyria, ha ido vinculada a lo que hoy conocemos como martirio, pero tiene su origen en un concepto mucho más amplio, como es el testimonio. Es en esta clave en la que vamos a desarrollar este punto. Vamos a tratar de ver cual debe ser el testimonio de la pequeña comunidad a la hora de contribuir siendo buena noticia al interno de la Iglesia.

El testimonio se produce cuando la otra persona percibe, siente, ve lo que uno, en este caso, dice, expresa, manifiesta, con su palabra o con su silencio, con su obra o con su omisión. Y partiendo de ahí, el testimonio está estrechamente vinculado a la imagen. Y me refiero a la expresión más íntima y profunda de la palabra imagen, no como mera superficialidad, sino como manifestación profunda de lo que habita en el interior de las personas y de las comunidades.

Desde ahí la Iglesia, las pequeñas comunidades y por supuesto las personas deben situarse en la dirección de Gn. 1, 27. Mujer y hombre, somos imagen de Dios. Cuando nos reunimos en comunidad también somos imagen de Dios, del mismo modo como Iglesia, tanto en cuanto la formamos y la constituimos.

No voy a hacer ningún análisis de la imagen que como Iglesia proyectamos “extra muros”, pues no es este el lugar, precisando además de muchas aclaraciones. Pero sí que quisiera referirme a la imagen que las personas que creemos tenemos de nuestra Iglesia.

Habiendo cosas positivas y valiosas en la imagen que transmitimos, también hay otras que no son imagen de Dios, sino más bien de nuestra propia miseria y pecado.

Retomando alguna de las pinceladas que hice al principio en la situación de la Iglesia, quiero destacar que una de las primeras cosas que surgen cuando nos miramos como creyentes es la falta de unidad, ya no con otras hermanas y hermanos cristianos, sino en la propia Iglesia católica. Hay puntos de importante desacuerdo entre las diferentes personas que estamos ubicadas en diferente lugares. Se habla de iglesias paralelas, de Iglesias en la base, frente a la iglesia institucional... Otras cuestiones ya han quedado aludidas cuando al principio de estas líneas tratábamos de definir la fragmentación que afecta a la Iglesia.

Ante esto, la pequeña comunidad debe aparecer como elemento integrador y promovedor de unidad, que no de uniformidad. En estas circunstancias la pequeña comunidad debe contribuir a que se manifieste la imagen de Dios, Uno y Tres a un tiempo. Tiene la pequeña comunidad una llamada importante a convertirse en icono de la Trinidad.

Es, evidentemente una tarea compleja, pero hay que ir trabajado desde esa llamada a ser icono de unidad por recuperar en nuestra vivencia cotidiana la esencia del evangelio, de la buena noticia de Jesús. Es muy importante promover la unidad desde las opciones fundamentales de Jesús y desde ahí irnos purificando de lo que es accesorio y nos impide como Iglesia hacer un seguimiento radical del Maestro.

Otro elemento de esa imagen que transmitimos es el poder. No es complicado encontrar en ocasiones términos vinculados con el poder a la hora de definir determinadas relaciones eclesiales. No quiero ahondar en esto pero creo que estoy planteando un tema obvio. Pues bien frente a la imagen de poder que en ocasiones transmitimos como Iglesia, también hacia adentro, la pequeña comunidad debe trabajar por promover una imagen de servicio. Debe ayudar a ser imagen, icono del maestro lavando los pies, imagen de la diaconía que comentábamos en puntos anteriores.

De hecho a mi modo de ver no podemos desvincular un icono de otro. Se promueve una imagen de unidad cuando lo que nos une es el servicio, y como nos enseñó Jesús, el servicio a las personas que mas lo necesitan. La unidad se genera cuando la tarea de construir el Reinado de Dios nos aglutina a todas las personas, (cada una con su tarea, cada una con su servicio, cada una con su compromiso...), pero convocadas en fraternidad al estilo de Jesús.

El servicio que la pequeña comunidad puede hacer a la Iglesia, comunidad de comunidades, es convertirse en icono de unidad y servicio, en la tarea de construir el sueño de Dios para todas las personas.

Conclusiones

A modo de cierre lo único que puedo decir es que creo que la Iglesia es sujeto de evangelización y que las pequeñas comunidades pueden aportar algo en esta dirección.

Que la cuádruple dimensión que hemos aportado no excluye cualquier otro planteamiento. Y que los cuatro elementos no están puestos así por orden de prioridad, sino que todos ellos se interrelacionan, no se pueden entender los unos sin los otros.

¿Qué comunión es esa que no lleva al servicio, que no se expresa en la celebración, que no es testigo de esperanza? ¿Qué servicio es ese que no se realiza desde la comunión, que no pone su limitación en la celebración, en espera del auxilio de Dios, que no se hace testimonio y denuncia para los corazones endurecidos? ¿Qué celebración es esa en que no se ve ni se vive la comunión, en la que no son centro las personas más necesitadas, que no testimonia Cristo Resucitado? ¿Qué testimonio es ese carente de comunidad, ajeno al servicio y ausente sin celebración?

Podemos decirlo en positivo, la comunión lleva al servicio, éste conlleva que estemos más unidos. Cuando hay comunión desde el servicio o servicio en comunión la celebración se llena de vida y a la vez, por lo que se celebra vivifica. Celebrando se realiza comunión y el servicio se llena de sentido. Y si todo esto sucede y la gracia de Dios nos sigue acompañando el testimonio se da por si solo.

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[1] Las Barranquillas es un poblado chabolista de Madrid dónde se trafica con droga y es frecuente que en ocasiones aparezcan personas muertas como consecuencia de sobredosis o ajuste de cuentas.

- - -> *José Luis Graus Pina: joseluisgraus@yahoo.es

a mis nietos

a mis nietos

LA NAVIDAD CONTADA A MIS NIETOS
MARI PATXI AYERRA
MADRID.

ECLESALIA, 27/12/05.- Queridos nietos: Antes de que se os habitúe el corazón a la Navidad que os ofrecemos, quiero contaros detenidamente qué es lo que ocurre en estas fechas.

Vosotros habéis nacido en una familia cristiana y por eso es importante que conozcáis el gran acontecimiento que en estas fechas celebramos. No me gustaría que las luces, las compras y la agitación ensombrecieran el verdadero mensaje de estos días.

Hace dos mil y pocos años Dios decidió hacerse hombre y venir a la tierra para que los seres humanos nos enteráramos de una vez por todas que El nos quiere muchísimo, que tiene para cada uno de nosotros un sueño de felicidad y plenitud y que no podemos vivir una vida mediocre. Ya antes nos lo informó por medio de diferentes profetas, pero con el paso del tiempo sólo quedaron algunos mensajes escritos que no le hacían demasiada buena publicidad, así que decidió tomar forma de persona y nacer y vivir como El cree que debe hacerlo una persona cualquiera.

Así este niño que nació en un pueblecico pequeño, en una familia sencilla, envuelto más en ternuras que en cosas, aparte de que a los doce años ya era un adolescente contestatario que se plantó en medio del templo a contar a los estudiosos de entonces quién era Dios, a sus 30 años comenzó su vida pública en la que se presentó como mensajero de su Padre hablando a diestro y siniestro de cómo hay que vivir.

Nos dijo que tenemos un Padre que nos quiere muchísimo, al que hay que llamar papá o mamá, y no nombres más solemnes. Nos enseñó que hasta que no nos tratemos como hermanos sentiremos tristeza en el corazón y que podemos recurrir a Dios siempre que estemos cansados y agobiados porque el nos serenará. Y que no le importa que seamos pesados, pues ningún padre da una piedra a su hijo, aunque este se lo pida mil veces. Nos recomendó también que perdonar una y mil veces le deja a uno mucho mejor y que no podemos juzgar a nadie, pues todos tenemos nuestras cosillas que ocultar.

Este hijo de Dios, Jesús, nos explicó por qué todos los pobres son los preferidos de Dios y cómo El cambia los valores y vuelve humildes a los que fardan y ricos a los pobres y que no le gustan nada las personas que por tener poder o cosas se aprovechan de los demás. También nos recomendó sacar el niño que todos llevamos dentro, siendo sencillos, espontáneos, alegres, auténticos y vividores del momento presente, en vez de andar siempre ocupados en lo siguiente o nostálgicos en el ayer.

Con su vida nos demostró Jesús, que el que no vive para servir no sirve para vivir y que no hay que llamar a nadie padre más que a Dios, que es el que tiene el corazón todocariñoso y su amor nos dinamiza y nos impulsa a la plenitud, a ser algo único y fantástico, en vez de andar sumergidos en una vida tibia o mediocre que nos entristece y raquitiza el corazón.

Los pocos años que pasó El en este mundo anduvo sanando a la gente, con su amistad, con su cariño, con su aceptación incondicional y se juntaba con chicasdemalavida, con adinerados, con encorvadas de preocupación o hemorroisas de las que van perdiendo la vida en las pequeñas cosas que no son las esenciales. Nos dejó muy clarito que el que anda dando demasiadas vueltas a sus dineros, no tendrá tiempo para disfrutar de Dios y vivirá peor y que no temamos, pues El estará con nosotros hasta el fin de los días, tiene nuestro nombre tatuado en la palma de su mano y nos quiere a cada uno más que nosotros mismos nos queremos, aunque andemos todo el día viviendo en nuestro ombligo.

Pero uno de los secretos importantes que nos contó Jesús, para vivir contentos, en vez de andar por la vida tristes como huérfanos, es tener ratos para meterse dentro de uno mismo y escuchar a Dios. Así se vive la vida en compañía, que es mucho más bonita y además, en el silencio, El te susurra al oído los grandes sueños que tiene para ti y para las personas que te va poniendo al lado. Jesús rezaba mucho, y eso que tenía una vida muy ajetreada, pero debía de ser por eso, por lo que le daba tiempo para tanto... En los ratos de comunicación con Dios, El nos serena, nos descansa, y nos lanza con atención despierta y amorosa a estar donde estemos, a entrar del todo y salir del todo de cada situación.

Y esto es lo que recordamos en Navidad, queridos nietos. Queremos vivir así, todo esto que nos enseñó este niño que nació en Belén para invitarnos a vivir mejor. Por eso llenamos de luces, regalos, adornos y familia estas fechas, porque queremos hacer del mundo una gran familia donde todo ser humano viva bien. Vosotros, cuando veáis que se nos olvida lo principal, recordádnoslo enseguida, que andamos todos un poco distraídos.

Os quiero mucho, mucho, muchísimo... casi tanto como os quiere Dios. Un abrazo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

nacimiento

NACIMIENTO. MALA NOTICIA PARA LOS OPRESORES
XAVIER PICAZA

ECLESALIA, 26/12/05.- Navidad es la fiesta cristiana del nacimiento de los hombres, del nacimiento de la vida. De un modo paradójico, una de las personas que mejor han captado el carácter natal de la vida ha sido la antropóloga judía H. Arendt (La condición humana, Paidós, Barcelona 1993), cuando dice que las dos aportaciones fundamentales del cristianismo a la cultura humana han sido el descubrimiento del valor infinito de cada nacimiento y la capacidad del perdón, sabiendo en el fondo que ambos rasgos están vinculados.

Nacido de María Virgen. El credo de la iglesia afirma que Jesús nació de la virgen María (cf. Lc 1, 26-38 y Mt 1,18-25). Esta afirmación, que algunos han interpretado como puro mito de evasión, constituye uno de los signos privilegiados de la irrupción salvadora de Dios en la historia. Algunos teólogos muy reconocidos han pensado que el tema de la nacimiento virginal de Jesús (que sería de origen pagano) se encuentra, por su contenido, en una contradicción insoluble con la fe en la encarnación del Hijo (que sería origen cristiano), de manera que los relatos de Jn 1, 1-8 (encarnación) y los de Mt 1 y Lc 1 (nacimiento virginal) no podrían compaginarse. En contra de eso, hay que afirmar que preexistencia y concepción por el Espíritu son símbolos (¡no conceptos!) y que sirven para destacar el único misterio de la presencia de Dios desde perspectivas distintas: la preexistencia acentúa el hecho de que Cristo brota de la eternidad de Dios, naciendo en el tiempo; la concepción y nacimiento virginal muestran que el Cristo nace de la historia (de María), proviniendo del misterio generante del Espíritu divino. Ambos símbolos se implican y completan: precisamente porque nace sobre el mundo siendo preexistente, el Hijo de Dios rompe, desborda, el plano puramente cósmico del nacimiento; como representante y principio de la humanidad reconciliada, Jesús nace desde Dios, por el Espíritu Santo.

Jesús, humanidad de Dios. Todo nacimiento es un signo de perdón, es decir, un nuevo comienzo desde Dios, que ofrece a los hombres la oportunidad de comenzar su existencia, no desde el pecado y la violencia que parecen dominar toda la tierra, sino desde el mismo despliegue de la Vida de Dios. Así lo ha querido destacar el evangelio de Juan, lo mismo que los grandes himnos y testimonios de la teología paulina (cf. Flp 2, 6-11; 1 Cor 15, 42-43; Rom 5, 12-21). Desde ese fondo, partiendo de los textos del nacimiento evangélico (¡del nacimiento como evangelio!), la iglesia ha visto a María, grávida de Dios, como signo de maternidad virginal, presencia del poder de Dios que engendra y suscita la Vida en Amor, venciendo al Dragón o serpiente venenosa de la muerte. Ésta es una forma simbólica de expresar una experiencia que está en el fondo de los textos israelitas del Emmanuel (¡una doncella concebirá!: Is 7, 14) y de los grandes símbolos de la mujer del Apocalipsis (Ap 12, 1-4). En ese sentido, el nacimiento virginal de Jesús expresa la fuerza creadora de la Vida de Dios que se introduce en la misma vida humana. Jesús cumple así lo que parecía imposible: nace como hombre, en plena y total humanidad, dentro de la más dura violencia de la historia (en un mundo convulso), naciendo del amor de Dios, en manos del amor humano. Este nacimiento de Jesús nos ante un nuevo y más alto umbral de realidad. En me­dio de un mundo que parece condenado a interpretarlo todo en claves de violencia y peca­do, de sistema imperial y exclusión de los pobres, nace Jesús, que es el signo de la fuerza de Dios, como sabe el Libro del Emmanuel, que los cristianos han aplicado a su nacimiento. Siendo un débil niño, Jesús es el príncipe de la paz (Is 9, 6), de tal manera que cuando su palabras se expanda por el mundo y todos puedan nacer como él, «habitarán juntos el lobo y el cordero» (Is 11, 6).

Fe y amor de madre. Los relatos de la infancia de Jesús afirman que María, su madre, concibió por obra del Espíritu Santo. Esa afirmación no puede tomarse en un sentido pura­mente biológico, pues entendida así la virginidad sería espiritualismo vacío: nacer sólo de mujer es menos perfecto que nacer del encuentro de un hombre y una mujer que se aman y amando hacen posible el despliegue de la vida de Dios. No es que en el nacimiento de Jesús falte varón: lo que falta es un varón patriarcalista y dominador que entiende el despliegue de la vida como una continuación de su dominio sobre los demás. En el fondo de los relatos del nacimiento Jesús se va mostrando, al lado de María, su madre, la presencia de un varón creyente, que escucha la voz de la Vida de Dios y que se pone a su servicio. Sólo el diálogo personal de María con la Palabra de Dios hace que ella sea virgen madre de la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 14). Sólo el diálogo con Dios, es decir, el amor gratuito, al servicio de la gracia de la vida, hace a José virgen padre. Al escuchar a Dios y al pre­sentarse como Sierva del Señor, para volverse templo de su Espíritu (cf. Lc 1, 35. 38), María empieza a ser la virgen cristiana por la mente (por el corazón), en gesto de afirmación personal en que se in­cluye el mismo «vientre»; ella es virgen por ser madre que cree y que ofrece a Jesús una vida abierta al amor que se expresa en la solidaridad con los pobres. En esa línea, la iglesia ha logrado vincular la fiesta del nacimiento de Jesús con el signo de la Madre de Dios; pero ella, al menos por ahora, no ha logrado integrar el sentido y figura de José, padre virginal, quizá porque la figura de los padres varones sigue mucho más vinculada a la violencia de la historia, que Jesús ha venido a superar.

Nacimiento e historia de Jesús. Jesús no se define sólo por su referencia al padre José, como judío, re­presentante de la ley y del mesianismo de este mundo, que le habría ence­rrado en la cadena de generaciones siempre repetidas de Israel (cf. Hebr 9), sino que ha superado ese nivel, para situarnos allí donde la vida se abre hacia todos los hombres, en pero que empieza desde los más pobres. En ese sentido no podemos llamarle, por ahora, sin más Yoshua ben Yosef (hijo de José), porque el viejo signo de José, hijo de David (cf. Mt 1, 20) sigue demasiado vinculado al mesianismo de los triunfadores. Por otra parte, el nacimiento virginal de Jesús ha de entenderse como encarnación plena del Hijo del Dios creador, en una línea abierta a todos los hombres, pues, como sabe Jn 1, 12-13, todos y cada uno de los creyentes nacen de Dios, superando el nivel de la pura carne y sangre, de la voluntad de poder del varón y de la ley del mundo. Todo nacimiento humano es (ha de ser) en esa línea un nacimiento virginal: Dios mismo nace en cada ser humano, de manera que, si se quiere utilizar ese lenguaje, todos los padres y madres que engendran y acogen la vida en amor son vírgenes.

Navidad y superación de la injusticia. Parece que la ley de evolución de los vivientes hace triunfar a las especies que mejor se adaptan, imponiéndose por encima de las otras. Tam­bién la historia humana se vincula a la victoria de los fuertes, de manera que nacen y se desarrollan los que mejor luchan y vencen en la guerra de la historia. Algo de eso había presentido una tradición cristiana que interpretaba todo nacimiento como expresión de violencia carnal y pecado, pues «el mayor pecado del hombre es haber nacido» (así pueden afirmar San Agustín y Calderón de la Barca, los gnósticos antiguos y muchos budistas). Pues bien, en contra de eso, la concepción y nacimiento de Jesús nos sitúan en el lugar de la gran inversión de la historia: allí donde la vida se concibe y expande en gratuidad de amor, no en deseo violador. Los cristianos que, de un modo o de otro, han entendido la concepción y nacimiento en línea de pecado siguen en la línea del dualismo apocalíptico, donde todo nacimiento es violación diabólica (como supone la tradición de Henoc). En contra de eso, la iglesia sabe que Jesús no ha nacido por violación, sino por presencia amorosa del Espíritu de Dios, de tal manera que, como dice su madre en el Magnificat, él ha de abrir un espacio y camino de vida para los pequeños y los pobres, los hambrientos, derrotados y aplastados de la historia (cf. Lc 1, 46-55); con ellos nace, a favor de ellos quiere vivir, para que todo nacimiento humano sea nacimiento desde Dios. Jesús nace con los exilados de la historia, como sigue sabiendo el relato de Mt 2, 13-15, cuando añade que José tuvo que refugiarse en Egipto, con María y el niño, para liberarse y librarles de la política oficial de los que sienten amenazado su trono cuando nace el verdadero rey, es decir, cuando los hombres empiezan a vivir como libres.

Navidad, una mala nueva para los opresores del mundo. Nació Jesús de la gracia de Dios y de la gracia de María su madre (de sus padres), para que todos los hombres y mujeres de este mundo puedan nacen en un mundo de paz, abiertos al amor y al despliegue generoso de la Vida. Así lo puso de relieve H. Arendt, superviviente del holocausto nazi, pues sabía que sólo si aprendemos a nacer de un modo distinto, no para la seguridad y consumo del sistema homicida (Herodes), seremos capaces de sobrevivir, pues de lo contrario moriremos todos en los campos de concentración de los nuevos sistemas, que sólo nos dejan nacer como esclavos al servicio de su consumo. Este es el evangelio del nacimiento del Hijo de Dios, que Lc 2, 8-14 ha proclamado con palabras que evocan y superan el nacimiento de los emperadores del viejo mundo que se empeña en engañarse y matarse. Mirada de esa forma, la celebración de la Navidad, fiesta de padre y niños que engendran y nacen en amor, puede y debe convertirse en mala noticia para los representantes del sistema que, hoy como antaño, no quieren que nazca Moisés (Ex 2, 1-8), ni que nazca Jesús (Mt 2). Por eso, el Libro del Emmanuel, que ha servido a la iglesia para entender el nacimiento de Jesús, se dice no sólo que ha nacido el Príncipe de la paz (Is 9, 5), sino que él ha roto la vara del opresor, el yugo de su carga (Is 9, 3). Como suele suceder con frecuencia, los opresores de este mundo quieren adueñarse de la Navidad, convirtiéndola en un momento más de su gran feria de opresiones, al servicio de su consumo. Pero el Dios que nace en Jesús y en cada niño abierto al amor es más fuerte. Por eso, la navidad puede y debe convertirse en mala noticia para los que se valen de todos los medios, incluso de los religiosos, para oprimir a los pobres. Sólo en esa línea puede ser fiesta del perdón. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


meditada navidad

JUSTICIA, CONSOLACIÓN Y SHALOM
Meditación de navidad, 2005
JON SOBRINO
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 21/12/05.- En nuestra sociedad, occidentalizada, cada vez más globalizada y aburguesada en su ideal de vida, las tradiciones navideñas tienen varios elementos muy conocidos: Santa Claus, luces, árboles, y sobre todo, consumo. No es que todo esté mal, pero esas tradiciones no tienen nada que ver con las tradiciones bíblicas sobre el nacimiento de Jesús de Nazaret.

Por otra parte las tradiciones bíblicas, la esperanza de justicia y reconciliación de los bellos relatos de Isaías, y la esperanza del shalom de las narraciones de san Lucas, tampoco tienen nada que ver con las tradiciones navideñas que hoy imperan.

Por decirlo en breves palabras, el comercio y el consumo navideño, el mundo de los negocios, no tienen nada que ver con la Biblia, que es palabra de Dios, y con a liturgia, que es la celebración de los cristianos.

Que estas cosas puedan cambiar, lo damos prácticamente por imposible y por eso no vamos a hablar más de ello. Pero siempre queda la esperanza de que la palabra de Dios y la celebración de los cristianos nos ilumine y anime.

Justicia. Es necesaria y está enterrada, es nítida y está maquillada. A veces con razones aparentemente buenas: “Hoy basta con hablar de solidaridad”, y a veces con razones claramente malas: “Hablar de injusticia es cosa del pasado”. Y sin embargo, no hay navidad cristiana sin hablar de la palabra de Dios, y no hay palabra de Dios sin hablar de justicia.

En la liturgia de adviento aparece mucho el profeta Isaías. Precisamente porque Dios se está acercando, Isaías nos dice lo que hay que hacer: “Abran camino a Yahvé. Que todo valle sea elevado y que todo monte y cerro sea rebajado”. Nos dice qué hay que hacer con las “lanzas” -antiguas armas de guerra-, los misiles de hoy: “convertirlos en machetes para trabajar la tierra”. Los salmos nos recuerdan que “la paz y la justicia se besan”, que dejemos de hablar de paz , si no ponemos manos a la obra y construimos un país justo.

Las tradiciones mundanas no saben de estas cosas. Comercio y mercado son dioses, y quiera Dios que no sean ídolos que producen víctimas, apoderándose del dinero de los pobres y adormeciendo a todos.

Consolación. Es sumamente necesaria para las mayorías pobres, sin muchas expectativas de vivir una vida digna, a no ser lejos de su tierra. Entre nosotros la situación no es la misma que aquella en que Isaías escribió el capítulo 40 a un pueblo desterrado en Babilonia, muy lejos de Israel. Pero algo se le parece. Con los ojos puestos en esos desterrados, dice Dios a Isaías: “Consuelen, consuelen a mi pueblo”. Cuánta falta hace hoy. Y qué poco se ve de esa consolación honda, más allá de la palabrería barata de estos días, la de los supermercados y la de los políticos. También la que proviene de casas presidenciales y de monarquías solemnes. Y ojalá no sea barata la consolación que llevamos los cristianos.

También en El Salvador hubo una vez un Isaías que consolaba a su pueblo. Orador y profeta como él, se volcó hacia ese pueblo y lo consoló: “Verán, queridos hermanos, como regresarán los refugiados… Verán como tanta sangre se tornará en vida… Verán cómo sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor”. Era Monseñor Romero.

Qué necesario y qué difícil es consolar. Bien está augurar cosas mejores, si los análisis dan para ello, pero es un crimen engañar y jugar con la esperanza del pueblo –pero eso todavía no es consolar. Sólo con credibilidad, con el prestigio que se gana con un amor claro, sin fingimientos, con la decisión de correr riesgos -hasta de la vida- se puede consolar. Ese fue el secreto de Monseñor.

Shalom. Es paz y es más que paz. San Lucas dice que unos ángeles se aparecieron a los pastores y decían: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. San Lucas escribía en griego y por eso, para hablar de paz usa la palabra eirene que significa ausencia de violencia, de guerra… todo ello muy bueno y necesario. Pero la palabra hebrea es shalom. Significa un bienestar de los seres humanos entre sí, basado en la justicia y la verdad, y que reverbera en fraternidad y gozo. Y no tiene nada que ver con la pax romana, la quietud resignada que producen los imperios.

De este shalom nada dicen y nada saben los supermercados y similares. Algo -o mucho- puede quedar en algunas tradiciones navideñas de todos los tiempos: el gozo de reunirse en familia. En esos días puede haber incluso signos de reconciliación. Y ojalá se mantenga esa tradición secular que nació mucho antes del árbol de navidad, de Santa Claus y de los supermercados.

Jesús de Nazaret. Desafortunadamente es todo menos obvio mencionar a Jesús de Nazaret en estos días de navidad. Los supermercados no saben que hacer con él, incluso las iglesias -con frecuencia- se quedan en el “niño Dios”, sin añadir que ese niño llegó a ser el Jesús que salió de su casa, se fue al Jordán a escuchar a Juan y apareció junto con el pueblo para ser bautizado, el que anunció a los pobres la venida del reino, sintió compasión por ellos hasta revolvérsele las entrañas, los sanó y los defendió de sus opresores, se enfrentó con éstos y por ello murió crucificado. Y el Padre no le dejó morir para siempre.

Para los creyentes esto es el abece de nuestra fe, pero puede estar inexplicablemente ausente los días de navidad. No así en las tradiciones navideñas de los Evangelios. Jesús de Nazaret no está ausente. En el Magnificat, María preanuncia a Jesús y reza a Dios como él: “Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada”. El anciano Simeón proclama con gozo que ya puede morir en paz, pues “sus ojos han visto al salvador que iluminará a todos los pueblos”, y añade que será “señal de contradicción” a fin de que “queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”. Unas buenas gentes llegan de lejos para ponerse a su servicio, mientras Herodes “manda matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca de dos años para abajo” -increíble relato para tiempos de navidad, piadosa leyenda entonces y cruel realidad ahora en épocas de El Mozote.

Cuando Dios quiere no ser sólo Dios. Los días de navidad son feriados, y ello posibilita el descanso y el acercamiento dentro de la familia. Debiera posibilitar también la reflexión: en definitiva qué somos nosotros si se nos dice que “ese niño es Dios”. La respuesta no es fácil, pues la pregunta introduce a los creyentes en el misterio de Dios. Y a todo el mundo, también a los no creyentes, los relatos de navidad debieran hacerles pensar en qué consiste el misterio de lo humano.

Conocemos a muchos hombres y mujeres concretas, y nos conocemos a nosotros mismos. Sabemos de lo bueno y de lo malo de los seres humanos. Sabemos de sus posibilidades y sus limitaciones. Pero lo más hondo nuestro se nos escapa. Y es que navidad dice que en un ser humano se ha hecho presente el misterio de Dios. “En Jesús ha aparecido la benignidad de Dios”, dice la carta a Tito. Los seres humanos estamos transidos de Dios, somos portadores, en carne, pequeña y limitada, del misterio de Dios.

En dos mil años esto se ha dicho de mil maneras. Decía Karl Rahner que “el hombre surge cuando Dios quiere ser no sólo Dios”. Leonardo Boff dice hablando de Jesús de Nazaret: “así de humano sólo puede ser Dios”. Hoy se ve cómo renace siempre ese misterio de la vida, el misterio de Dios, allí donde hay un gran amor. Estos días lo vuelven a hacer real las cuatro mujeres misioneras de Estados Unidos.

Cada quien sabrá qué piensa del misterio del ser humano, de ser él y ella hombre y mujer sobre esta tierra. Navidad nos invita a pensarnos desde el misterio de Dios. Y esta audacia de los creyentes está posibilitada por una audacia mayor, que es el mensaje de navidad: Dios puede -y tiene que- ser pensado desde lo humano, porque, antes, decidió “empequeñecerse” y mostrarse en un ser humano como todos nosotros, Jesús de Nazaret. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).