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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

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LA RESPONSABILIDAD CRISTIANA FRENTE A LA POBREZA
DANIEL E. BENADAVA, psicólogo

ECLESALIA, 17/01/06.- “… Cristo, Dios y hombre, es la fuente mas profunda que garantiza la dignidad de la persona y de sus derechos. Toda violación de los derechos humanos contradice el Plan de Dios y es pecado,,, ”. (IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano).

Existir, humanamente hablando, implica ser en el mundo con otros. En efecto, la persona existe en tanto y cuanto establece una trama de relaciones con otros, en un momento socio histórico determinado. Así mismo, y teniendo en cuenta que el hombre nunca se encuentra plenamente realizado, cabe afirmar también que todo sujeto es permanentemente siendo a través de sus actos, los cuales son únicos, irrepetibles y siempre tienen un efecto sobre la realidad natural y social que lo rodea. En otras palabras, el hombre solo puede ser haciéndose, no en un mundo en soledad, sino en un mundo rodeado por otros, a través de sus actos que, en su consumación, convocan tanto un eje singular, que es la concreta elección de una subjetividad puesta en acto, y un eje universal, que nos habla de la resonancia que tiene el acto en los otros en particular, y en el mundo en general.

Ahora bien, siendo la persona libre en su capacidad de elegir que acto realizar, y por ende, al no estar su conducta predeterminada de antemano, cada sujeto es responsable en lo calculable y también en lo incalculable de su ser, es decir, de su actuar, y de las consecuencias que él tiene sobre si mismo y sobre los demás.

La responsabilidad, comprendida en estos términos, implica, por parte del sujeto, tomar en cuenta no solo lo que es objeto de su elección, sino también el contexto en que se inscribe su acto, ya que todo sujeto es un ser en situación.

Si bien es cierto que la cuestión del ser y la responsabilidad, es una temática que abarca la totalidad de la existencia humana, en particular, en el presente texto, me gustaría circunscribirla y relacionarla con el problema de la pobreza por la cual atraviesan millones de contemporáneos.

A menudo somos testigos directos de la vulnerabilidad extrema en la que se encuentran sumergidas miles y miles de personas, que tienen por “único derecho”, el libre acceso a la miseria. Me refiero a quienes, aquí y allá, a lo largo de los continentes, se encuentran desfigurados por el hambre, aterrorizados por la violencia, envejecidos por infrahumanas condiciones de vida, y angustiados por la supervivencia familiar.

Ante esta situación, muchos hombres y mujeres experimentan la tentación de colocar a la pobreza humana en un circuito de “determinación naturalizada”, planteando que ellos poco pueden hacer frente a la dureza de las condiciones en que les toca vivir a aquellos que se encuentran al “borde del camino”. En ocasiones este suele ser un “eficaz” mecanismo para eliminar la angustia, que despiertan estas cuestiones en el sujeto, ya que procuran negar su responsabilidad frente a las mismas.

Ahora bien, si se tiene en cuenta que toda persona se expresa a través de sus actos, y que estos inevitablemente tienen un efecto tanto en la dimensión particular y singular, como en la dimensión universal y social, se comprenderá que, “éticamente” el hombre esta obligado a realizar algo frente a aquellas cuestiones que precisan el existir del prójimo.

Al ser la condición humana, en líneas generales, de naturaleza conflictiva, debido al continuo, y cotidiano, entrecruzamiento que en ella existe del amor y del odio, del cuidado y la agresión, de la solidaridad y el egoísmo, de la pobreza y la riqueza; el ser responsable conlleva una postura ética por parte del sujeto que, a través de sus actos, se compromete en la producción de verdad, que fundamenta la búsqueda de una justicia social inexistente en muchas de nuestras comunidades.

Entonces, si se entiende que la persona existe en un mundo, en donde se encuentran determinaciones que provienen de la realidad natural y de la realidad social que en ocasiones “mortifican” la vida de nuestros hermanos, hay que comprender también que la libertad humana no alude a la ausencia de dichos determinismos, sino que, por el contrario, plantea la posibilidad de hacer algo con ellos. El hombre es responsable frente a la problemática de la pobreza ya que, en la infinitud de lo posible, la persona puede elegir reaccionar, cuanto menos, de dos maneras, o bien respondiendo a cada uno de esos determinismos sin darse cuenta de su existencia, o en su defecto, aprehendiendo y apropiándose de esos determinismos para, de manera ética y responsable, procurar denunciar y modificar aquellos que empobrecen a los hombres.

Esta responsabilidad frente a la pobreza nos interpela también a nosotros como sujetos cristianos. En efecto, el Evangelio nos “invita” a descubrir en el rostro de hombres y mujeres, niños y jóvenes y ancianos que sufren el insoportable peso de la miseria, así como diversas formas de exclusión social, étnica y cultural, el rostro del Señor. Siempre debemos tener presente que, en la imagen de Dios encontramos los rostros de los desfigurados por el hambre, los rostros aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada, los rostros angustiados de los menores abandonados que caminan por calles y duermen bajo puentes, los rostros envejecidos de los que no tienen lo mínimo para sobrevivir dignamente.

Ahora bien, este reconocimiento debe canalizarse por un lado, a través del cuestionamiento y rechazo radical de la estructuración injusta de nuestras sociedades, en sus dimensiones políticas, económicas, sociales y culturales, que favorecen y promueven el individualismo, el lucro y la explotación del hombre por el hombre; y, por otro lado, en el nivel teológico y evangelizador, ya que a partir de la palabra de Dios, se puede emprender el único, eficaz y definitivo camino hacia la “ salvación ” del hombre frente a los “ pecados estructurales” de nuestras sociedades, que oprimen a las personas mas pobres de nuestras comunidades.

En este punto creo que es imprescindible plantearse, con seriedad y gran poder de autocrítica, cual es el grado de responsabilidad que nosotros, como sujetos cristianos, por acción u omisión, poseemos ante el crecimiento de la pobreza a nivel mundial.

Claro esta que el actual estado de marginación es el resultado de la desigual distribución de las riquezas. En efecto, que quinientos millonarios a nivel mundial posean una fortuna equivalente al ingreso anual de la mitad de la humanidad, tiene un efecto devastador sobre los sectores más humildes de nuestras comunidades. Ahora bien, en forma paralela a las críticas que realizamos a los otros, tenemos la obligación de ver en nosotros mismos (cf. Mt. 7, 1-5), posibles actitudes que favorecen la producción del actual estado de nuestras sociedades. En este sentido creo que nosotros, hombres y mujeres cristianos, también poseemos una cuota de responsabilidad frente a la pobreza de nuestros hermanos, ya que la falta de coherencia, que muchas veces encontramos, entre la fe que profesamos y nuestras actitudes cotidianas, nos ha impedido encontrar en la fe la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones de los sectores responsables del liderazgo ideológico y de la organización de la convivencia social, económica y política de nuestros pueblos.

Esta preocupación por la coherencia entre la fe y la vida estuvo siempre presente en las comunidades cristianas. Ya el apóstol Santiago planteaba: “¿De qué le sirve a uno, hijos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras ? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les dan lo que necesitaban para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de obras, esta completamente muerta” (St. 2, 14-17)

En tanto cristianos, y a pesar de nuestras limitaciones, podemos, y debemos, impulsar con entusiasmo y amor el anuncio de Jesucristo y su Reino de Salvación, que nos alienta a actuar siempre, de manera ética y responsable, contra la estructuración injusta de nuestras sociedades, que empobrece, material y espiritualmente, a nuestros pueblos.

En conclusión, situados en una época marcada por el materialismo, la cultura de la muerte y sistemas político económicos burocráticos y totalitarios, que aplastan y degradan al sujeto, nosotros, en tanto cristianos, frente a la dramática problemática de la pobreza, tenemos la responsabilidad y el deber ético de intentar, aminorar la brecha que en ocasiones existe entre la fe y nuestra vida cotidiana para, tanto en el ámbito de las “ ideas ” como, principalmente, en el ámbito de las obras, procurar favorecer la construcción de nuevos valores de justicia social y solidaridad, basados en Cristo Salvador. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


eucaristía comunidad

eucaristía comunidad

EUCARISTÍA Y COMUNIDAD
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 16/01/06.- Bien sabemos… que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo (señales) y convicción profunda (1 Ts 1,1-5b).

“Volver a la perfección” era para el papa Ratzinger el objetivo del sínodo en torno a la eucaristía: “La tarea más frecuente para los apóstoles es la de rehacer una red que ya no está en la posición justa, que tiene tantos agujeros que ya no sirve”. Uno de los objetivos declarados, el más aireado por los medios, era reparar los “excesos” y “desviaciones” (abusos) en la misa.

Volver a construir iglesias bellas y visibles: se cometen “errores” litúrgicos con la construcción de iglesias “que no son válidas”, reivindicaba un obispo auxiliar del vicario de Roma. Volver a “encontrar un nuevo canon estético”, como en el románico, reivindica a diestro y siniestro un famoso líder laico (el único español invitado por el papa al sínodo); porque hoy “cada párroco puede construir la Iglesia como quiere, hoy uno la hace con cemento, otra en forma de garaje... no hay una estética definida, y sin embargo la Iglesia antes sí que tenía una estética: ¡las iglesias románicas son siempre iguales!...”. Pone como ejemplo a esas personas que al contemplar sus murales, vidrieras o coronas mistéricas (incluso a medio pintar) sienten una llamada repentina a la conversión.

Jesús no dedicaría una milésima de segundo reivindicando esa estética; ni a una circular de procedimientos sobre cómo comulgar con la mano. Y sospecharía mucho de quienes se obstinan en encerrarle en el sagrario; muy posiblemente, “si volviera Jesús los correría a gorrazos”. Él también fue llamado al orden porque relativizaba la liturgia, sentándose a la mesa con los suyos sin cumplir el mandamiento del lavatorio de las manos (Mt 15,2). O porque relativizaba el sábado, y curaba (Lc 6,6-11); y por defender a su grupo de las acusaciones cuando, para matar el hambre, arrancaban (en sábado) espigas en los sembrados (Mc 2,23-28). Su manual de liturgia se resume en el pasaje, sublime, de Zaqueo, un separado, un jefe de publicanos y un pecador, cuando Jesús le invita a bajarse “pronto” del sicómoro “porque conviene que hoy me hospede yo en tu casa”, provocando el escándalo y la murmuración de todos contra Él (Lc 19,1-10). De aquellos diez leprosos curados, sólo uno, un samaritano, un extranjero, se volvió para darle las gracias (Lc 17,11-19)…

Días antes del sínodo Jesús nos recordaba que Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el camino del reino de Dios (Mt 21,28-32). Tanto hablaba Jesús del hombre, del prójimo, sobre todo del alejado y del que no cuenta, que los responsables religiosos y los doctores de la ley no aguantaron más y le pusieron a prueba, contra las cuerdas : “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22,34-40). Se leía el día de la clausura del sínodo.

En el Mensaje del sínodo sobre la Eucaristía, los obispos invitan a rezar con más fervor a los cristianos de todas las confesiones, para que llegue el día de la reconciliación, en la celebración de la santa eucaristía, para “que todos sean uno” (Jn 17,21). Pero, mientras llega ese día, “Una sana disciplina impide la confusión y los gestos precipitados que pueden obstaculizar aún más la verdadera comunión...”. Durante los debates, varios prelados -hermanos separados- invitados por el papa al sínodo, lamentaron con amargura que “se rompan los criterios de reconocimiento mutuo”, esos gestos ecuménicos que fueron el gran sueño del Concilio Vaticano II. Esos días leía, casualmente, La Farola y dentro me encontré con un coleccionable, de cuatro hojas, del Nuevo Testamento. Estaba el evangelio de Lucas (Capítulos 17 al 20); como portada estaba un hermoso grabado, una ilustración, que resumía el menú de lo que había dentro: El fariseo y el publicano.

La crisis de la asistencia a Misa ocupa la recta final del sínodo, decían los medios. “La mayoría de los católicos no viene a misa. De los que vienen, muchos no entienden. Y de los que comulgan, muchos no se confiesan” declaraba el cardenal Arinze. “El problema más acuciante es la crisis de la asistencia a Misa en Occidente, que se sitúa en torno al 5 por ciento en Francia o en España”, afirmaba el arzobispo Foley, presidente del Consejo Pontificio de Comunicaciones Sociales. Esto ya se explicó (dando el porqué) a los trece años del Concilio, cuando en España agonizaba el nacional-catolicismo (el de los gobernantes custodiando la custodia bajo el palio), en el artículo “España, país de misión” (en la RED). No hay tejido comunitario en la Iglesia, decía el autor: “Muchos son los bautizados, y pocos los evangelizados”. Se puede ir a misa, o a la sinagoga, y no ser pueblo de Dios. Se ponía en cuarentena lo de la España mayoritariamente católica, a la que todavía hoy se aferran los obispos en sus batallas con el Gobierno. Rememorando aquello, hoy algunos, más celosos por la patria que por el evangelio, vuelven a poner el grito en el cielo: “La unidad inquebrantable de España está amenazada”. Y en su emisora de cabecera, lejos de crear comunidad, se favorece un clima de crispación y de división, contraviniendo los principios evangélicos (“produce un descrédito eclesial muy grande", dicen algunos obispos, en privado). Pero todo vale si se mantiene, y se eleva, la audiencia (habrá más publicidad = más rentabilidad), produciendo morbo con los chistes sobre los moritos y los inmigrantes subsaharianos que se juegan la vida en la alambrada. “No oprimirás ni vejarás al forastero, recuerda que tu fuiste...” (Ex 22,21-27), escuchábamos el día de la clausura del sínodo.

El domingo 21 de agosto de 2005, en la explanada de Marienfeld, Colonia, Benedicto XVI, arropado por un millón de jóvenes, clausuró, con una misa masiva, Las Jornadas Mundiales de la Juventud; aunque, según un sondeo realizado por el diario alemán Die Welt, sólo el 20% acudía por motivos religiosos. Casi la mitad, el 43%, dice viajar simplemente para encontrarse con otros jóvenes. La homilía del Papa fue precisamente sobre la eucaristía, sacrificando las lecturas propias del día de las que no dijo palabra (casualmente eran las mismas lecturas que se leyeron hacía 27 años la tarde del 26 de agosto, en que fue elegido papa Albino Luciani).

Benedicto XVI recomendó a los jóvenes conocer las sagradas Escrituras y “un libro maravilloso”: el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio, como al mismo nivel, (el Concilio Vaticano II no quiso un catecismo universal sino “un Directorio sobre la instrucción catequética del pueblo cristiano”). Y afirmó, en español: “Obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe!... La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles”.

Subrayaba la espontaneidad como rasgo de las nuevas comunidades, aunque “En realidad, parece una consideración superficial y reductora... ¿Que falta reflexión y discernimiento?... Espontaneidades aparte, en una comunidad viva la participación está abierta a todos, como en un principio: Cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación,... podéis profetizar todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados (1 Co 14,26-31). El discernimiento es también cosa de todos: Examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1 Ts 5,21). Se trata de descubrir la voluntad de Dios (Rm 12,2), manifestada en su palabra. (...) La historia de los papas confirma con muchos ejemplos que se puede ser piedra de construcción, pero también piedra de escándalo”(catequesis ¿Piedra de construcción o de escándalo?, en la RED).

El día 4 de octubre, en pleno Sínodo sobre la eucaristía, Eclesalia remitía a una catequesis de adultos del cura Jesús (Comunidad de Ayala): “Eucaristía: reunión de la comunidad”, (www.comayala.es). En un breve repaso sobre la historia de la eucaristía, se recoge una clave fundamental de San Juan (el único evangelista que no incluye un relato de la institución de la misma) para entenderla: la inhabitación mutua. “La eucaristía es la reunión de la comunidad, ‘la actualización de la presencia de cristo en medio de la comunidad’ (Von Balthasar). Lo que llamamos pan, vino, mesa, comunión es inconcebible sin la comunidad”.

Y ¿quiénes hacen comunidad? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,19-21): se leía doce días antes del sínodo. Durante el mismo, las lecturas dominicales hacían continuas referencias a la tensión de Jesús con los responsables religiosos y con los maestros de la ley a través de parábolas (El dueño de la viña, El banquete del hijo: Id por los caminos y a todos los que encontréis, malos y buenos, convidadlos a la boda con una sola condición: presentarse con el vestido nuevo, el de la renovación o conversión (Mt 22,1-14).

El Concilio Vaticano II surgió para devolver a la Iglesia los rasgos más simples y puros de su origen, el de las primeras comunidades (las realmente perseguidas como testifica la olvidada primera carta de Pedro, la primera encíclica. Sobre ella ha girado la primera catequesis del curso, No os extrañéis, en la RED). El humilde Pedro, lejos de encumbrarse en el centro, nos recuerda: “vosotros sois sacerdocio real”. El Concilió también surgió para impulsar el ecumenismo.

Como “llamada al orden”, el sínodo “reivindica la centralidad del sagrario, el arrodillarse en la iglesia, el canto gregoriano…”, se decía en los medios. Pero, al parecer, poco o nada se dijo acerca de que la mejor custodia, el mejor sagrario, es una comunidad viva que pone en el centro la Palabra. Ese tipo de comunidad es la que hace más posible, o al menos algo más creíble, lo del Reino. Sólo ese tipo de comunidad tiene autonomía para cortar, de una vez, el cordón umbilical con el Estado en la dichosa asignación tributaria para el sostenimiento de la Iglesia. Desde esa comunidad, pierden sentido las trifulcas y las batallas, en las calles o en los despachos, exigiendo ¡como asignatura! la religión en la escuela. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

eucaristía comunidad

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EUCARISTÍA Y COMUNIDAD
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 16/01/06.- Bien sabemos… que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo (señales) y convicción profunda (1 Ts 1,1-5b).

“Volver a la perfección” era para el papa Ratzinger el objetivo del sínodo en torno a la eucaristía: “La tarea más frecuente para los apóstoles es la de rehacer una red que ya no está en la posición justa, que tiene tantos agujeros que ya no sirve”. Uno de los objetivos declarados, el más aireado por los medios, era reparar los “excesos” y “desviaciones” (abusos) en la misa.

Volver a construir iglesias bellas y visibles: se cometen “errores” litúrgicos con la construcción de iglesias “que no son válidas”, reivindicaba un obispo auxiliar del vicario de Roma. Volver a “encontrar un nuevo canon estético”, como en el románico, reivindica a diestro y siniestro un famoso líder laico (el único español invitado por el papa al sínodo); porque hoy “cada párroco puede construir la Iglesia como quiere, hoy uno la hace con cemento, otra en forma de garaje... no hay una estética definida, y sin embargo la Iglesia antes sí que tenía una estética: ¡las iglesias románicas son siempre iguales!...”. Pone como ejemplo a esas personas que al contemplar sus murales, vidrieras o coronas mistéricas (incluso a medio pintar) sienten una llamada repentina a la conversión.

Jesús no dedicaría una milésima de segundo reivindicando esa estética; ni a una circular de procedimientos sobre cómo comulgar con la mano. Y sospecharía mucho de quienes se obstinan en encerrarle en el sagrario; muy posiblemente, “si volviera Jesús los correría a gorrazos”. Él también fue llamado al orden porque relativizaba la liturgia, sentándose a la mesa con los suyos sin cumplir el mandamiento del lavatorio de las manos (Mt 15,2). O porque relativizaba el sábado, y curaba (Lc 6,6-11); y por defender a su grupo de las acusaciones cuando, para matar el hambre, arrancaban (en sábado) espigas en los sembrados (Mc 2,23-28). Su manual de liturgia se resume en el pasaje, sublime, de Zaqueo, un separado, un jefe de publicanos y un pecador, cuando Jesús le invita a bajarse “pronto” del sicómoro “porque conviene que hoy me hospede yo en tu casa”, provocando el escándalo y la murmuración de todos contra Él (Lc 19,1-10). De aquellos diez leprosos curados, sólo uno, un samaritano, un extranjero, se volvió para darle las gracias (Lc 17,11-19)…

Días antes del sínodo Jesús nos recordaba que Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el camino del reino de Dios (Mt 21,28-32). Tanto hablaba Jesús del hombre, del prójimo, sobre todo del alejado y del que no cuenta, que los responsables religiosos y los doctores de la ley no aguantaron más y le pusieron a prueba, contra las cuerdas : “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22,34-40). Se leía el día de la clausura del sínodo.

En el Mensaje del sínodo sobre la Eucaristía, los obispos invitan a rezar con más fervor a los cristianos de todas las confesiones, para que llegue el día de la reconciliación, en la celebración de la santa eucaristía, para “que todos sean uno” (Jn 17,21). Pero, mientras llega ese día, “Una sana disciplina impide la confusión y los gestos precipitados que pueden obstaculizar aún más la verdadera comunión...”. Durante los debates, varios prelados -hermanos separados- invitados por el papa al sínodo, lamentaron con amargura que “se rompan los criterios de reconocimiento mutuo”, esos gestos ecuménicos que fueron el gran sueño del Concilio Vaticano II. Esos días leía, casualmente, La Farola y dentro me encontré con un coleccionable, de cuatro hojas, del Nuevo Testamento. Estaba el evangelio de Lucas (Capítulos 17 al 20); como portada estaba un hermoso grabado, una ilustración, que resumía el menú de lo que había dentro: El fariseo y el publicano.

La crisis de la asistencia a Misa ocupa la recta final del sínodo, decían los medios. “La mayoría de los católicos no viene a misa. De los que vienen, muchos no entienden. Y de los que comulgan, muchos no se confiesan” declaraba el cardenal Arinze. “El problema más acuciante es la crisis de la asistencia a Misa en Occidente, que se sitúa en torno al 5 por ciento en Francia o en España”, afirmaba el arzobispo Foley, presidente del Consejo Pontificio de Comunicaciones Sociales. Esto ya se explicó (dando el porqué) a los trece años del Concilio, cuando en España agonizaba el nacional-catolicismo (el de los gobernantes custodiando la custodia bajo el palio), en el artículo “España, país de misión” (en la RED). No hay tejido comunitario en la Iglesia, decía el autor: “Muchos son los bautizados, y pocos los evangelizados”. Se puede ir a misa, o a la sinagoga, y no ser pueblo de Dios. Se ponía en cuarentena lo de la España mayoritariamente católica, a la que todavía hoy se aferran los obispos en sus batallas con el Gobierno. Rememorando aquello, hoy algunos, más celosos por la patria que por el evangelio, vuelven a poner el grito en el cielo: “La unidad inquebrantable de España está amenazada”. Y en su emisora de cabecera, lejos de crear comunidad, se favorece un clima de crispación y de división, contraviniendo los principios evangélicos (“produce un descrédito eclesial muy grande", dicen algunos obispos, en privado). Pero todo vale si se mantiene, y se eleva, la audiencia (habrá más publicidad = más rentabilidad), produciendo morbo con los chistes sobre los moritos y los inmigrantes subsaharianos que se juegan la vida en la alambrada. “No oprimirás ni vejarás al forastero, recuerda que tu fuiste...” (Ex 22,21-27), escuchábamos el día de la clausura del sínodo.

El domingo 21 de agosto de 2005, en la explanada de Marienfeld, Colonia, Benedicto XVI, arropado por un millón de jóvenes, clausuró, con una misa masiva, Las Jornadas Mundiales de la Juventud; aunque, según un sondeo realizado por el diario alemán Die Welt, sólo el 20% acudía por motivos religiosos. Casi la mitad, el 43%, dice viajar simplemente para encontrarse con otros jóvenes. La homilía del Papa fue precisamente sobre la eucaristía, sacrificando las lecturas propias del día de las que no dijo palabra (casualmente eran las mismas lecturas que se leyeron hacía 27 años la tarde del 26 de agosto, en que fue elegido papa Albino Luciani).

Benedicto XVI recomendó a los jóvenes conocer las sagradas Escrituras y “un libro maravilloso”: el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio, como al mismo nivel, (el Concilio Vaticano II no quiso un catecismo universal sino “un Directorio sobre la instrucción catequética del pueblo cristiano”). Y afirmó, en español: “Obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe!... La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles”.

Subrayaba la espontaneidad como rasgo de las nuevas comunidades, aunque “En realidad, parece una consideración superficial y reductora... ¿Que falta reflexión y discernimiento?... Espontaneidades aparte, en una comunidad viva la participación está abierta a todos, como en un principio: Cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación,... podéis profetizar todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados (1 Co 14,26-31). El discernimiento es también cosa de todos: Examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1 Ts 5,21). Se trata de descubrir la voluntad de Dios (Rm 12,2), manifestada en su palabra. (...) La historia de los papas confirma con muchos ejemplos que se puede ser piedra de construcción, pero también piedra de escándalo”(catequesis ¿Piedra de construcción o de escándalo?, en la RED).

El día 4 de octubre, en pleno Sínodo sobre la eucaristía, Eclesalia remitía a una catequesis de adultos del cura Jesús (Comunidad de Ayala): “Eucaristía: reunión de la comunidad”, (www.comayala.es). En un breve repaso sobre la historia de la eucaristía, se recoge una clave fundamental de San Juan (el único evangelista que no incluye un relato de la institución de la misma) para entenderla: la inhabitación mutua. “La eucaristía es la reunión de la comunidad, ‘la actualización de la presencia de cristo en medio de la comunidad’ (Von Balthasar). Lo que llamamos pan, vino, mesa, comunión es inconcebible sin la comunidad”.

Y ¿quiénes hacen comunidad? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,19-21): se leía doce días antes del sínodo. Durante el mismo, las lecturas dominicales hacían continuas referencias a la tensión de Jesús con los responsables religiosos y con los maestros de la ley a través de parábolas (El dueño de la viña, El banquete del hijo: Id por los caminos y a todos los que encontréis, malos y buenos, convidadlos a la boda con una sola condición: presentarse con el vestido nuevo, el de la renovación o conversión (Mt 22,1-14).

El Concilio Vaticano II surgió para devolver a la Iglesia los rasgos más simples y puros de su origen, el de las primeras comunidades (las realmente perseguidas como testifica la olvidada primera carta de Pedro, la primera encíclica. Sobre ella ha girado la primera catequesis del curso, No os extrañéis, en la RED). El humilde Pedro, lejos de encumbrarse en el centro, nos recuerda: “vosotros sois sacerdocio real”. El Concilió también surgió para impulsar el ecumenismo.

Como “llamada al orden”, el sínodo “reivindica la centralidad del sagrario, el arrodillarse en la iglesia, el canto gregoriano…”, se decía en los medios. Pero, al parecer, poco o nada se dijo acerca de que la mejor custodia, el mejor sagrario, es una comunidad viva que pone en el centro la Palabra. Ese tipo de comunidad es la que hace más posible, o al menos algo más creíble, lo del Reino. Sólo ese tipo de comunidad tiene autonomía para cortar, de una vez, el cordón umbilical con el Estado en la dichosa asignación tributaria para el sostenimiento de la Iglesia. Desde esa comunidad, pierden sentido las trifulcas y las batallas, en las calles o en los despachos, exigiendo ¡como asignatura! la religión en la escuela. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

inquisiciones

ENTRE DOS INQUISICIONES*
JUAN MASIÁ, Universidad de Comillas
MADRID.

ECLESALIA, 13/01/06.- Se quejaba Unamuno del “odio teológico” y le dolía el “odio anti-teológico”, típicos del extremismo castellano. El primero atacaba desde el ala conservadora de los dogmatistas fanáticos, convirtiendo la fe en ideología. El segundo, desde las filas del cientificismo decimonónico, convirtiendo la ciencia una religión. Ambos prohibían pensar y no dejaban vivir.

También hoy, en nuestra sociedad e iglesia, cuesta la transición “del anatema al diálogo”. En los debates bioéticos, desentonan portavoces de “moralismo teológico” junto a los del “a-moralismo anti-teológico”.

La filosofía, en apuros entre “teólogos y científicos confesionales”, baila en la cuerda floja, entre la inquisición científica por la izquierda y la eclesiástica por la derecha, entre dogmatismos teológicos y exclusivismos científicos. Pero en foros sin crispación, la filosofía recupera un papel de puente y crítica, de recociliación y creatividad. Así es posible plantear la relación de bioética y religiones: 1) Las religiones se suman al diálogo interdisciplinar de la bioética, a la búsqueda común de criterios; pero sin arrogarse el dictar normas de moralidad a la sociedad civil, plural y democrática. 2) La Bioética se suma al diálogo interreligioso, ayudando a transformar modos de pensar y a revisar conclusiones a la luz de nuevos datos; pero sin imponer exclusivamente interpretaciones de sentido o perspectivas de valores sobre vida y muerte, dolor, salud o enfermedad. (Lo esxpuse en Bioética y Antropología, La gratitud responsable y Tertulias de Bioética). Pero habrá que evitar extravíos: a) El paternalismo moral o el fundamentalismo religioso, que convierten a la religión en ideología. B) El exclusivismo, que convierte a la tecnociencia en ideología.

La bioética reta a las religiones a tomar en serio ciencias y biotecnologías; perder el miedo a revisar radicalmente lo que se dice sobre comienzo y fin de la vida, sexualidad o manipulación biológica. Proponer datos y hacer pensar, pero sin imponer cosmovisiones.

La religiones pueden proponer (no imponer) horizontes de sentido y esperanza; mirar cara cara a la muerte, sin empeñarse en prolongar la vida; paliar el dolor, sin hacer un ídolo del sufrimiento; asumir el derecho de las personas a decidir el modo de recorrer el proceso de morir o de intervenir responsablemente en los procesos de nacer y en el tratamiento de la salud. Proponer valores, pero sin dictar normas.

Las religiones tomando en serio a las ciencias y la bioética contando con la aportación de las religiones (sin privilegiarlas ni excluirlas) conducen a una fecundación mutua. Pero cuando una persona o asociación, científica o religiosa, se hace sectaria, se oponen ciencias y religiones, convertidas en ideologías.

¿Qué decir de la teología católica y la relación entre biotecnologías y creencias? Pondré tres ejemplos de funcionamiento de esa relación: bueno, regular y malo, respectivamente.

1) En los debates sobre trasplantes de órganos y constatación neurológica de la muerte, dicha relación funcionó bastante bien. 2) En los debates sobre limitación del esfuerzo terapéutico, cuidados paliativos y situaciones excepcionales de acelerar el proceso de morir, dicha relación está funcionando de un modo medianamente regular. 3) En los debates sobre sexualidad, reproducción médicamente asistida, tecnologías de clonación y manipulación de pre-embriones, dicha relación está funcionando bastante mal.

¿Las causas? Entre otras, paradigmas de pensamiento anquilosados, a nivel teórico, e intereses de política eclesiástica, a nivel práctico; ambos condicionados por un componente psicológico de miedo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> *Resumen de la conferencia pronunciada el 21 de diciembre de 2005 en el ciclo sobre Bioética y Religiones organizado por la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, en la Universidad Carlos III de Madrid.

inquisiciones

ENTRE DOS INQUISICIONES*
JUAN MASIÁ, Universidad de Comillas
MADRID.

ECLESALIA, 13/01/06.- Se quejaba Unamuno del “odio teológico” y le dolía el “odio anti-teológico”, típicos del extremismo castellano. El primero atacaba desde el ala conservadora de los dogmatistas fanáticos, convirtiendo la fe en ideología. El segundo, desde las filas del cientificismo decimonónico, convirtiendo la ciencia una religión. Ambos prohibían pensar y no dejaban vivir.

También hoy, en nuestra sociedad e iglesia, cuesta la transición “del anatema al diálogo”. En los debates bioéticos, desentonan portavoces de “moralismo teológico” junto a los del “a-moralismo anti-teológico”.

La filosofía, en apuros entre “teólogos y científicos confesionales”, baila en la cuerda floja, entre la inquisición científica por la izquierda y la eclesiástica por la derecha, entre dogmatismos teológicos y exclusivismos científicos. Pero en foros sin crispación, la filosofía recupera un papel de puente y crítica, de recociliación y creatividad. Así es posible plantear la relación de bioética y religiones: 1) Las religiones se suman al diálogo interdisciplinar de la bioética, a la búsqueda común de criterios; pero sin arrogarse el dictar normas de moralidad a la sociedad civil, plural y democrática. 2) La Bioética se suma al diálogo interreligioso, ayudando a transformar modos de pensar y a revisar conclusiones a la luz de nuevos datos; pero sin imponer exclusivamente interpretaciones de sentido o perspectivas de valores sobre vida y muerte, dolor, salud o enfermedad. (Lo esxpuse en Bioética y Antropología, La gratitud responsable y Tertulias de Bioética). Pero habrá que evitar extravíos: a) El paternalismo moral o el fundamentalismo religioso, que convierten a la religión en ideología. B) El exclusivismo, que convierte a la tecnociencia en ideología.

La bioética reta a las religiones a tomar en serio ciencias y biotecnologías; perder el miedo a revisar radicalmente lo que se dice sobre comienzo y fin de la vida, sexualidad o manipulación biológica. Proponer datos y hacer pensar, pero sin imponer cosmovisiones.

La religiones pueden proponer (no imponer) horizontes de sentido y esperanza; mirar cara cara a la muerte, sin empeñarse en prolongar la vida; paliar el dolor, sin hacer un ídolo del sufrimiento; asumir el derecho de las personas a decidir el modo de recorrer el proceso de morir o de intervenir responsablemente en los procesos de nacer y en el tratamiento de la salud. Proponer valores, pero sin dictar normas.

Las religiones tomando en serio a las ciencias y la bioética contando con la aportación de las religiones (sin privilegiarlas ni excluirlas) conducen a una fecundación mutua. Pero cuando una persona o asociación, científica o religiosa, se hace sectaria, se oponen ciencias y religiones, convertidas en ideologías.

¿Qué decir de la teología católica y la relación entre biotecnologías y creencias? Pondré tres ejemplos de funcionamiento de esa relación: bueno, regular y malo, respectivamente.

1) En los debates sobre trasplantes de órganos y constatación neurológica de la muerte, dicha relación funcionó bastante bien. 2) En los debates sobre limitación del esfuerzo terapéutico, cuidados paliativos y situaciones excepcionales de acelerar el proceso de morir, dicha relación está funcionando de un modo medianamente regular. 3) En los debates sobre sexualidad, reproducción médicamente asistida, tecnologías de clonación y manipulación de pre-embriones, dicha relación está funcionando bastante mal.

¿Las causas? Entre otras, paradigmas de pensamiento anquilosados, a nivel teórico, e intereses de política eclesiástica, a nivel práctico; ambos condicionados por un componente psicológico de miedo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> *Resumen de la conferencia pronunciada el 21 de diciembre de 2005 en el ciclo sobre Bioética y Religiones organizado por la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, en la Universidad Carlos III de Madrid.

inquisiciones

ENTRE DOS INQUISICIONES*

JUAN MASIÁ, Universidad de Comillas

MADRID.

ECLESALIA, 13/01/06.- Se quejaba Unamuno del “odio teológico” y le dolía el “odio anti-teológico”, típicos del extremismo castellano. El primero atacaba desde el ala conservadora de los dogmatistas fanáticos, convirtiendo la fe en ideología. El segundo, desde las filas del cientificismo decimonónico, convirtiendo la ciencia una religión. Ambos prohibían pensar y no dejaban vivir.

También hoy, en nuestra sociedad e iglesia, cuesta la transición “del anatema al diálogo”. En los debates bioéticos, desentonan portavoces de “moralismo teológico” junto a los del “a-moralismo anti-teológico”.

La filosofía, en apuros entre “teólogos y científicos confesionales”, baila en la cuerda floja, entre la inquisición científica por la izquierda y la eclesiástica por la derecha, entre dogmatismos teológicos y exclusivismos científicos. Pero en foros sin crispación, la filosofía recupera un papel de puente y crítica, de recociliación y creatividad. Así es posible plantear la relación de bioética y religiones: 1) Las religiones se suman al diálogo interdisciplinar de la bioética, a la búsqueda común de criterios; pero sin arrogarse el dictar normas de moralidad a la sociedad civil, plural y democrática. 2) La Bioética se suma al diálogo interreligioso, ayudando a transformar modos de pensar y a revisar conclusiones a la luz de nuevos datos; pero sin imponer exclusivamente interpretaciones de sentido o perspectivas de valores sobre vida y muerte, dolor, salud o enfermedad. (Lo esxpuse en Bioética y Antropología, La gratitud responsable y Tertulias de Bioética). Pero habrá que evitar extravíos: a) El paternalismo moral o el fundamentalismo religioso, que convierten a la religión en ideología. B) El exclusivismo, que convierte a la tecnociencia en ideología.

La bioética reta a las religiones a tomar en serio ciencias y biotecnologías; perder el miedo a revisar radicalmente lo que se dice sobre comienzo y fin de la vida, sexualidad o manipulación biológica. Proponer datos y hacer pensar, pero sin imponer cosmovisiones.

La religiones pueden proponer (no imponer) horizontes de sentido y esperanza; mirar cara cara a la muerte, sin empeñarse en prolongar la vida; paliar el dolor, sin hacer un ídolo del sufrimiento; asumir el derecho de las personas a decidir el modo de recorrer el proceso de morir o de intervenir responsablemente en los procesos de nacer y en el tratamiento de la salud. Proponer valores, pero sin dictar normas.

Las religiones tomando en serio a las ciencias y la bioética contando con la aportación de las religiones (sin privilegiarlas ni excluirlas) conducen a una fecundación mutua. Pero cuando una persona o asociación, científica o religiosa, se hace sectaria, se oponen ciencias y religiones, convertidas en ideologías.

¿Qué decir de la teología católica y la relación entre biotecnologías y creencias? Pondré tres ejemplos de funcionamiento de esa relación: bueno, regular y malo, respectivamente.

1) En los debates sobre trasplantes de órganos y constatación neurológica de la muerte, dicha relación funcionó bastante bien. 2) En los debates sobre limitación del esfuerzo terapéutico, cuidados paliativos y situaciones excepcionales de acelerar el proceso de morir, dicha relación está funcionando de un modo medianamente regular. 3) En los debates sobre sexualidad, reproducción médicamente asistida, tecnologías de clonación y manipulación de pre-embriones, dicha relación está funcionando bastante mal.

¿Las causas? Entre otras, paradigmas de pensamiento anquilosados, a nivel teórico, e intereses de política eclesiástica, a nivel práctico; ambos condicionados por un componente psicológico de miedo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*Resumen de la conferencia pronunciada el 21 de diciembre de 2005 en el ciclo sobre Bioética y Religiones organizado por la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, en la Universidad Carlos III de Madrid.

jon cortina

jon cortina

JON CORTINA DEJA HUELLA EN EL SALVADOR
IOSU PERALES, escritor y miembro de PTM - mundubat

ECLESALIA, 12/01/06.- En los pueblos de la mon­taña salvadoreña, en Chalatenango, en Las Vueltas, en San José Las Flores, allí donde aún permanecen vivas y dolientes las cicatrices que dejara la gue­rra civil (1980-1992) la sola mención del nombre de Jon - Cortina abría puertas y propor­cionaba amparo.

Los campesinos de la zona tienen buena memoria. Han de tenerla si quieren recordar los nombres de todos los familiares y amigos muertos y mutilados por el Ejército y los paramilita­res durante la guerra. Es por eso que no olvidan que, en los años de plomo y sangre, Jon Cortina no se refugió en la capi­tal y a diario se desplazaba con su todoterreno por las aldeas proporcionando auxilio espiri­tual y humano. Ayudando sin complejos a la castigada pobla­ción civil, diciendo misa sí, pe­ro también llevando medicinas, transportando heridos, constru­yendo pozos...

El Ejército le tuvo en la lista negra durante mucho tiempo pero el destino quiso que de una forma u otra sobreviviera a los, al menos, tres atentados di­rectos que padeció.

Jon reconocía que uno de sus momentos vitales más duros había sido el asesinato a manos del Ejército salvadoreño de sus compañeros jesuitas la noche del 17 de noviembre de 1989. Aquella salvajada puso a prue­ba la determinación de Jon, quien finalmente decidió que continuar con su labor pastoral y humana era la forma de ayu­da más eficaz que podía prestar al pueblo salvadoreño.

Los campesinos de Guarjila, en plena sierra, le construyeron una casa en la cima de una coli­na desde la que se domina una amplia panorámica de una de las tierras más exuberantes y atormentadas de Centroaméri­ca. Los fines de semana, y coin­cidiendo con su llegada, la casa se llenaba de gente que acompañaba a Jon en su descanso. Su jardinero, Avelino, un ex guerrillero de ojos de niño, dientes de oro y manos de oso, le echaba una mano con las or­quídeas del jardín y contaba, paternal, al que quería oírle los mil y un despistes diarios que Jon tenía en aquel hogar.

PRO BUSQUEDA

La actividad diaria de Jon era frenética. Después de dar clase de ingeniería en la Universidad Centro Americana de El Salva­dor dirigía Pro búsqueda, un proyecto que buscaba reunir a las familias salvadoreñas sepa­radas por la guerra. Pro bús­queda era su gran ilusión y también su mayor preocupa­ción. Cada vez que un niño desaparecido tenía ocasión de vol­ver a ver a sus padres, Jon y su numeroso y variopinto equipo sentían que su trabajo merecía la pena. Sin embargo, Jon sabía que su trabajo molestaba, y mu­cho, a sectores importantes del país. La búsqueda de los niños desaparecidos destapaba co­rrupciones y negligencias gra­ves a todos los niveles. Jon no descartaba que él mismo, o más probablemente alguien de su equipo, sufriera un atentado, y ése era su gran desvelo.

Jon era, ante todo, un hombre con las ideas claras y nunca se esforzó en ocultarlas. No comprendía la vuelta a la ortodoxia de una Iglesia Católica encabe­zada por Ratzinger, más preo­cupada por las formas que por los problemas tangibles del mundo, y lo decía. La indigna­ción en algunos temas había de­jado paso a una ironía abierta.

El hecho de que el asesinado Monseñor Romero ni siquiera estuviera en camino de la beati­ficación le provocaba una abierta sonrisa. Tampoco asu­mía que el papel del país al que tanto quiso se redujera a pro­porcionar mano de obra barata al gigante del norte. Denuncia­ba que la violencia de las pandi­llas deja más muertos ahora en las calles de San Salvador que en los años de la guerra civil y afirmaba que ese dato y sus te­rribles consecuencias ya no im­portaban a nadie. Con la excep­ción, quizá, de su íntimo amigo el teólogo Jon Sobrino, poca gente conocía como él la reali­dad social de El Salvador.

La clarividencia de sus análi­sis era tan certera como demo­ledora. «Una vez que concluyó la guerra de forma oficial, El Salvador -decía- dejó de ser noticia. De vez en cuando un te­rremoto, un huracán o una inundación nos hacen salir en la televisión. Nos dedican un par de minutos intercalados entre anuncios y hasta otra».

Dotado de una mente científi­ca y analítica pero con una sóli­da formación humanística, Jon pregonaba que la salvación de El Salvador sólo podía llegar de la mano de profundos cambios estructurales en materia de educación, sanidad, investiga­ción y desarrollo. Cambios necesarios que él afirmaba no ver por ninguna parte.

En su pequeño despacho de la universidad, allí donde alumnos y visitas entraban con una mez­cla de familiaridad y respeto, allí donde colgaba un póster con la silueta del Guggenheim y un banderín del Athletic de Bilbao, en ese reducido espacio atestado de libros donde el telé­fono sonaba sin interrupción solicitando su presencia en con­ferencias o su supervisión de una tesis doctoral, allí, Jon Cor­tina, el ex fumador empederni­do y no resignado, hablaba con franqueza del mundo que lo ro­deaba.

Afirmaba que la unión adua­nera y comercial de El Salva­dor con Estados Unidos conver­tiría a este pequeño país centroamericano en un peón sin futuro, con los muy ricos cada vez más ricos y con los po­bres convertidos en parias.

Pese a tan negros designios para el futuro de su país de adopción, Jon Cortina fue siem­pre un hombre esperanzado. «La esperanza -sostenía- es re­volucionaria. Desestabiliza el sistema. Mientras haya gente que lucha hay motivos para la esperanza».

CONDENA AL ESTADO

Hace pocos meses Jon recibió una noticia feliz y trascenden­te. El Tribunal de Justica Inte­ramericano condenaba al Esta­do salvadoreño por violación flagrante de los derechos hu­manos en la guerra civil. El alto tribunal apoyaba también la creación de una comisión que investigara el paradero de los cientos de niños desaparecidos durante el conflicto. Cortina creía que esta sentencia favora­ble pudiera ser un primer paso para el esclarecimiento de los casos y la delimitación de las responsabilidades.

La muerte le llegó en plena actividad, pronunciando una conferencia relacionada con Pro búsqueda.

A Jon Cortina le sobrevive el testimonio ejemplar de su vida, el recuerdo de quienes le trata­ron y el proyecto ambicioso de juntar a las familias separadas por la guerra. Un proyecto que él inició y que trascendiendo su propia vida otros habrán de continuar en beneficio de la dignidad humana. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


ayer y hoy

ayer y hoy

LA UTOPÍA AYER Y HOY
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGEZIRAS (CADIZ).

ECLESALIA, 11/01/06.- Un amigo me decía hace unos días: “al escucharte se puede pensar que eres un utópico”. Mi respuesta no se hizo esperar: “Me encanta que me puedan considerar utópico porque la utopía da origen y favorece la ilusión y las ganas de encontrarle sentido a la vida”. Me vino a la mente la imagen de los Reyes Magos (Mt.2). Después de la Navidad viene la Epifanía, el Día de Reyes. La ilusión se palpa y los sentimientos de agradecimiento también se repiten.

Sin embargo, los que tienen “el poder” se inquietan ante la simple luz de un Niño. Ellos no quieren inclinarse ante la humilde realidad. “Cuando los oyó el rey Herodes, se turbó, y todo Jerusalén con él. Entonces reuniendo a todos los principales sacerdotes y escribas del pueblo, indagó de ellos dónde había de nacer el Cristo”. Pero tú, Belén, pueblo pequeño y humilde, no temas a los que te rodean de muros para ahogarte. De los humildes vendrán los cambios que necesitan nuestra sociedad. Ahí está el reto.

“Entonces -y ahora- Herodes llamó (y llama) a los Magos en secreto y se cercioró con ellos del tiempo en que había aparecido la estrella. Y enviándolos a Belén, dijo: “Id y buscad con diligencia al niño”; y cuando le encontréis, avisadme para que yo también vaya y le adore”. Pero en boca de Herodes, ayer y ahora, la religión es una hipocresía. Es fácil la manipulación. Sólo los humildes, los que buscan apasionados por la utopía, tienen limpio el corazón para “buscar y adorar”.

“Ellos, después de oír al rey, se marcharon, y la estrella, que habían visto en Oriente, iba delante de ellos hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella experimentaron una grandísima alegría”. También en ocasiones, cuando las cosas se hacen difíciles en los momentos actuales, si miramos al Cielo, incluso en las noches más oscuras, encontraremos una “estrella” que nos guíe hacia el “Niño” que todos llevamos dentro.

“Entraron en la casa y vieron al Niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron”. Le ofrecieron oro como Rey, incienso como Dios y mirra como Hombre. Estos Magos muy bien pueden representar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. La pregunta interior vendría a plantearnos qué ofrecemos cada uno de nosotros. Pero no una vez al año, sino cada día y a las personas que nos rodean.

“Luego, habiendo sido avisados en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino”. Belén transformó a los Magos en hombres Nuevos. La verdadera oración les cambió para regresar a la realidad de la vida sin hacer daño. Hoy ir hacia el Niño es andar por caminos de sencillez. Es ponerse en fila, como un pecador más, para ser purificado en la carne mortal y transformar a la humanidad en divinidad.

En la adoración de los Magos, en la Epifanía, en la ilusión de los niños y de las utopías de muchos se manifiesta la grandeza de Dios en estos días y en esta época. Sólo las grandes personas, zambullidas en la realidad humilde de la vida, son capaces de lanzarse hacia los grandes ideales. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).