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LA RESPONSABILIDAD CRISTIANA FRENTE A LA POBREZA
DANIEL E. BENADAVA, psicólogo

ECLESALIA, 17/01/06.- “… Cristo, Dios y hombre, es la fuente mas profunda que garantiza la dignidad de la persona y de sus derechos. Toda violación de los derechos humanos contradice el Plan de Dios y es pecado,,, ”. (IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano).

Existir, humanamente hablando, implica ser en el mundo con otros. En efecto, la persona existe en tanto y cuanto establece una trama de relaciones con otros, en un momento socio histórico determinado. Así mismo, y teniendo en cuenta que el hombre nunca se encuentra plenamente realizado, cabe afirmar también que todo sujeto es permanentemente siendo a través de sus actos, los cuales son únicos, irrepetibles y siempre tienen un efecto sobre la realidad natural y social que lo rodea. En otras palabras, el hombre solo puede ser haciéndose, no en un mundo en soledad, sino en un mundo rodeado por otros, a través de sus actos que, en su consumación, convocan tanto un eje singular, que es la concreta elección de una subjetividad puesta en acto, y un eje universal, que nos habla de la resonancia que tiene el acto en los otros en particular, y en el mundo en general.

Ahora bien, siendo la persona libre en su capacidad de elegir que acto realizar, y por ende, al no estar su conducta predeterminada de antemano, cada sujeto es responsable en lo calculable y también en lo incalculable de su ser, es decir, de su actuar, y de las consecuencias que él tiene sobre si mismo y sobre los demás.

La responsabilidad, comprendida en estos términos, implica, por parte del sujeto, tomar en cuenta no solo lo que es objeto de su elección, sino también el contexto en que se inscribe su acto, ya que todo sujeto es un ser en situación.

Si bien es cierto que la cuestión del ser y la responsabilidad, es una temática que abarca la totalidad de la existencia humana, en particular, en el presente texto, me gustaría circunscribirla y relacionarla con el problema de la pobreza por la cual atraviesan millones de contemporáneos.

A menudo somos testigos directos de la vulnerabilidad extrema en la que se encuentran sumergidas miles y miles de personas, que tienen por “único derecho”, el libre acceso a la miseria. Me refiero a quienes, aquí y allá, a lo largo de los continentes, se encuentran desfigurados por el hambre, aterrorizados por la violencia, envejecidos por infrahumanas condiciones de vida, y angustiados por la supervivencia familiar.

Ante esta situación, muchos hombres y mujeres experimentan la tentación de colocar a la pobreza humana en un circuito de “determinación naturalizada”, planteando que ellos poco pueden hacer frente a la dureza de las condiciones en que les toca vivir a aquellos que se encuentran al “borde del camino”. En ocasiones este suele ser un “eficaz” mecanismo para eliminar la angustia, que despiertan estas cuestiones en el sujeto, ya que procuran negar su responsabilidad frente a las mismas.

Ahora bien, si se tiene en cuenta que toda persona se expresa a través de sus actos, y que estos inevitablemente tienen un efecto tanto en la dimensión particular y singular, como en la dimensión universal y social, se comprenderá que, “éticamente” el hombre esta obligado a realizar algo frente a aquellas cuestiones que precisan el existir del prójimo.

Al ser la condición humana, en líneas generales, de naturaleza conflictiva, debido al continuo, y cotidiano, entrecruzamiento que en ella existe del amor y del odio, del cuidado y la agresión, de la solidaridad y el egoísmo, de la pobreza y la riqueza; el ser responsable conlleva una postura ética por parte del sujeto que, a través de sus actos, se compromete en la producción de verdad, que fundamenta la búsqueda de una justicia social inexistente en muchas de nuestras comunidades.

Entonces, si se entiende que la persona existe en un mundo, en donde se encuentran determinaciones que provienen de la realidad natural y de la realidad social que en ocasiones “mortifican” la vida de nuestros hermanos, hay que comprender también que la libertad humana no alude a la ausencia de dichos determinismos, sino que, por el contrario, plantea la posibilidad de hacer algo con ellos. El hombre es responsable frente a la problemática de la pobreza ya que, en la infinitud de lo posible, la persona puede elegir reaccionar, cuanto menos, de dos maneras, o bien respondiendo a cada uno de esos determinismos sin darse cuenta de su existencia, o en su defecto, aprehendiendo y apropiándose de esos determinismos para, de manera ética y responsable, procurar denunciar y modificar aquellos que empobrecen a los hombres.

Esta responsabilidad frente a la pobreza nos interpela también a nosotros como sujetos cristianos. En efecto, el Evangelio nos “invita” a descubrir en el rostro de hombres y mujeres, niños y jóvenes y ancianos que sufren el insoportable peso de la miseria, así como diversas formas de exclusión social, étnica y cultural, el rostro del Señor. Siempre debemos tener presente que, en la imagen de Dios encontramos los rostros de los desfigurados por el hambre, los rostros aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada, los rostros angustiados de los menores abandonados que caminan por calles y duermen bajo puentes, los rostros envejecidos de los que no tienen lo mínimo para sobrevivir dignamente.

Ahora bien, este reconocimiento debe canalizarse por un lado, a través del cuestionamiento y rechazo radical de la estructuración injusta de nuestras sociedades, en sus dimensiones políticas, económicas, sociales y culturales, que favorecen y promueven el individualismo, el lucro y la explotación del hombre por el hombre; y, por otro lado, en el nivel teológico y evangelizador, ya que a partir de la palabra de Dios, se puede emprender el único, eficaz y definitivo camino hacia la “ salvación ” del hombre frente a los “ pecados estructurales” de nuestras sociedades, que oprimen a las personas mas pobres de nuestras comunidades.

En este punto creo que es imprescindible plantearse, con seriedad y gran poder de autocrítica, cual es el grado de responsabilidad que nosotros, como sujetos cristianos, por acción u omisión, poseemos ante el crecimiento de la pobreza a nivel mundial.

Claro esta que el actual estado de marginación es el resultado de la desigual distribución de las riquezas. En efecto, que quinientos millonarios a nivel mundial posean una fortuna equivalente al ingreso anual de la mitad de la humanidad, tiene un efecto devastador sobre los sectores más humildes de nuestras comunidades. Ahora bien, en forma paralela a las críticas que realizamos a los otros, tenemos la obligación de ver en nosotros mismos (cf. Mt. 7, 1-5), posibles actitudes que favorecen la producción del actual estado de nuestras sociedades. En este sentido creo que nosotros, hombres y mujeres cristianos, también poseemos una cuota de responsabilidad frente a la pobreza de nuestros hermanos, ya que la falta de coherencia, que muchas veces encontramos, entre la fe que profesamos y nuestras actitudes cotidianas, nos ha impedido encontrar en la fe la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones de los sectores responsables del liderazgo ideológico y de la organización de la convivencia social, económica y política de nuestros pueblos.

Esta preocupación por la coherencia entre la fe y la vida estuvo siempre presente en las comunidades cristianas. Ya el apóstol Santiago planteaba: “¿De qué le sirve a uno, hijos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras ? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les dan lo que necesitaban para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de obras, esta completamente muerta” (St. 2, 14-17)

En tanto cristianos, y a pesar de nuestras limitaciones, podemos, y debemos, impulsar con entusiasmo y amor el anuncio de Jesucristo y su Reino de Salvación, que nos alienta a actuar siempre, de manera ética y responsable, contra la estructuración injusta de nuestras sociedades, que empobrece, material y espiritualmente, a nuestros pueblos.

En conclusión, situados en una época marcada por el materialismo, la cultura de la muerte y sistemas político económicos burocráticos y totalitarios, que aplastan y degradan al sujeto, nosotros, en tanto cristianos, frente a la dramática problemática de la pobreza, tenemos la responsabilidad y el deber ético de intentar, aminorar la brecha que en ocasiones existe entre la fe y nuestra vida cotidiana para, tanto en el ámbito de las “ ideas ” como, principalmente, en el ámbito de las obras, procurar favorecer la construcción de nuevos valores de justicia social y solidaridad, basados en Cristo Salvador. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


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