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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

desde el margen

desde el margen

‘FORO ARRABAL’. TEOLOGÍA DESDE EL MARGEN
COORDINADOR DEL FORO ARRABAL, foroarrabal@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 23/01/06.- El “Foro Arrabal” nació como lo hacen tantas cosas, por deseo y por necesidad, un mes de septiembre de 2003. Lo inició un grupo de personas -más bien reducido- de distintas procedencias pero con muchas cosas en común y, sobre todo, una: la voluntad de reflexionar sobre el mundo, la vida, nuestra fe, la iglesia... desde el lugar marginal, arrabalero, en que nuestra trayectoria vital nos ha colocado, en unos casos por opción y en otros por imposición.

Sin más norte que responder a esa búsqueda, comenzó nuestra andadura por delimitar el ámbito de nuestro trabajo en común, respondiendo a las lógicas preguntas de qué hacer, cómo y cuándo. Lo último ha sido de lo más complejo, ¡qué ocupadas están las personas marginadas, por favor! Por eso, nuestro ritmo de trabajo ha sido lento pero precioso.

Teniendo como telón de fondo la “espiritualidad para lo cotidiano” y observando el mundo desde nuestra mirada cargada de presupuestos, historias y más de un prejuicio, fuimos desgranando una serie de elementos que constituyen un auténtico reto, al menos para nosotros, cuando alguien pretende ser espiritual, creyente, humano, sin etiquetas ni servidumbres.

Y para no aturullar nuestras mentes, seleccionamos uno de esos retos para seguir reflexionando de manera pretendidamente crítica y práctica: la pertenencia eclesial. Tras analizar nuestro modo de afrontar este reto y algunos de los referentes a los que echamos mano para ello, acudimos a una serie de fuentes escritas y vivas que pudiesen iluminar nuestro recorrido.

Aquí enlazó nuestra historia con la vuestra, porque a principios de 2005 acudimos en vuestra ayuda a través del informativo Eclesalia. Muchos de vosotros/as nos enviasteis vuestro modo de entender y, sobre todo, de vivir la pertenencia eclesial desde situaciones existenciales similares a la nuestra. Nunca os agradeceremos bastante lo mucho que nos han ayudado y servido vuestras aportaciones. Son tan ricas y plurales que no nos hemos atrevido a minimizarlas en el contexto de un artículo, pero aquí van publicadas junto con otros documentos que hemos estudiado, algún que otro testimonio de hermanos singulares y, por supuesto, nuestras propias aportaciones.

Pero la cosa continúa, tras el ver y el juzgar... eso, eso, el actuar. Somos gentes creativas y con esperanza que buscamos sacarle el mayor partido a esta realidad que existe y se nos impone pero que también construimos.

Y cuando terminemos este reto, “forearemos arrabaleramente” sobre otro y luego sobre otro y finalmente sobre otro tema, hasta que el cuerpo aguante. Pero no queremos “forear” para dentro sino para fuera, por eso te invitamos a participar con nosotros. No es preciso que te reúnas con nosotros -igual tampoco funcionaría si fuésemos demasiados al mismo tiempo- basta con que abras algunos de los subrayados que has ido encontrando en este texto. Se abrirá una web, poca cosa, arrabalera, pero en la que encontrarás todo esto que te hemos ido diciendo. Y verás que puedes, si quieres, ser un habitual de la casa por e-mail o también un visitante ilustre en alguno de los foros activos en los que podrás dejar tu sapiencia y un poquito de ti para los demás (bienvenido/a, ojalá).

Si alguien encontrare alimento en nuestra mesa, bendito el Cocinero que nos preparó los alimentos y si para alguien fuese indigesto, disculpe el exceso de los comensales en la condimentación. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Dichosos los que están en los márgenes del poder, porque tendrán el Reino de Dios como Centro.
Dichosos los que construyen Otro mundo y Otra iglesia, porque heredarán una Tierra humana y una Comunidad de hermanos.
Dichosos los que buscan la verdad sin ataduras ideológicas ni dogmáticas, porque la encontrarán junto con las personas de buena voluntad.

- - -> Toda la información: http://personal.telefonica.terra.es/web/foro-arrabal

mañana en ECLESALIA
"Foro Arrabal, teología desde el margen"

Toda la información en
http://personal.telefonica.terra.es/web/foro-arrabal

desrutinizar

DESRUTINIZAR LA RUTINA
ESTHER CAGIGAL, monja trinitaria en el monasterio de Suesa
SUESA (CANTABRIA).

ECLESALIA, 19/01/06.- Hace unos años, recién iniciada la veintena, en un encuentro con otras personas, proyectaron la película “Smoke”. A partir de ahí nos propusieron trabajar, o al menos ése es mi recuerdo, sobre la importancia de “desrutinizar la rutina”. La película cuenta, entre otras historias, la de un estanquero que todos los días a la misma hora y desde el mismo sitio hace una fotografía. Y todas son distintas y nuevas en su aparente monotonía. La luz, las personas que pasan delante del objetivo, la lluvia, el sol, el tráfico,... Es la propia rutina la que hace nuevo el instante.

Ahora que soy algo más mayor relaciono invariablemente aquella frase de “desrutinizar la rutina” con mi vocación monástica. No puedo evitar sonreír cuando, de entre los chicos y chicas de los grupos que acuden a nuestra casa, siempre sale alguno o alguna que intenta “cazarnos” con la pregunta: “¿Y no os aburrís de hacer siempre lo mismo?”. Pues no, la verdad, porque no es siempre lo mismo, igual que cada mañana no soy yo la misma. Y seguidamente les ayudas a entender que, más posiblemente, sea él o ella quien hace todos los días lo mismo, porque no disfruta de cada instante.

La gran belleza de la cotidianidad está en que depende de una misma el llenarla de expectación. Pero, sobre todo, está en saber escuchar el paso del Espíritu por nuestra vida. Y eso, en la vida monástica, como en cualquier otra, es fundamental.

El “minuto heroico” del madrugón matutino depende de mí que sea agradable y motivador o perezoso e inmisericorde. Cada hora dispongo de 60 vírgenes minutos para colmarlos de creatividad. Que sea difícil no significa que sea imposible. Y la tarea es real y hermosa.

En terminología litúrgica sería algo así como transformar el tiempo ordinario en tiempo fuerte.

Es el viejo “carpe diem” adaptado al evangelio.

La buena noticia de Jesús nos habla también de hacer nuevas todas las cosas. Y la novedad reside en nuestro corazón, aunque la hayamos relegado a un rincón con telarañas.

Llenar cada día de belleza, procurando poner más ternura que derecho canónico en nuestras actitudes y acciones. Y hacer de lo pequeño la base de nuestra grandeza. Como el siervo fiel que supo cumplir en lo poco.

Cierto es que siempre es necesario revulsivos que nos hagan despertar a la sorpresa del día a día. Pero no es menos cierto que no podemos esperar a que nos asalten los grandes acontecimientos para descubrir el breve espacio del tiempo. Es la espiritualidad del lunes, del martes, del miércoles...

La vida monástica proclama la radicalidad de la sencillez. Y eso es esfuerzo diario y deseo inmediato. El trato orante dentro de la comunidad, y también fuera (digo orante recordando, como decía la santa de Ávila, que la oración es historia de amistad con Dios, y ahí han de nutrirse nuestras relaciones de familia). La relación con el resto de la creación, ayudándola a continuar con sus ciclos de existencia y aprendiendo de ella la paciencia y la constancia. La escucha diaria de la Palabra, la recitación cordial (en su raíz más pura) de los salmos. La celebración vívida y vivida de la eucaristía. El trabajo diario, en contacto con nuestra realidad limitada pero llena de posibilidades, que nos acerca a nuestros hermanos y hermanas más pobres,... en fin, un sinnúmero de elementos disponibles para hacer de nuestra rutina, como en “Smoke” una fotografía distinta desde idéntico ángulo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> Para más información: http://www.montrinisuesa.net

tema complejo

HOMOSEXUALIDAD Y CRISTIANISMO
JUAN JOSÉ TAMAYO, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Nuevo Diccionario de Teología (Trotta, Madrid, 2005)
MADRID.

ECLESALIA, 18/01/06.- La relación entre homosexualidad y cristianismo es un tema complejo, sobre el que no se suele hablar con serenidad y equilibrio. Se opera con estereotipos, prejuicios y concepciones míticas, debido a una educación religiosa y cívica caracterizada por la homofobia. Faltan objetividad, rigor y respeto en el tratamiento sobre el tema. La tendencia es a la descalificación. Antes de informarse, la gente opina y no precisamente para comprender sino para condenar.

La Iglesia católica es una de las organizaciones internacionales que más veces se ha pronunciado públicamente sobre la homosexualidad, y siempre con tonos negativos y condenatorios. Otros organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, el Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, etc., se han mostrado más comprensivos, tolerantes y abiertos.

El primer dato a tener en cuenta en esta materia es el amplio pluralismo que existe entre los colectivos de cristianos y cristianas (aquí me circunscribiré a los católicos). Por una parte están las posiciones de la jerarquía católica en bloque, sin fisuras, al menos externas, y de algunas organizaciones católicas que consideran éticamente desordenada la mera inclinación de la persona homosexual; califican la práctica homosexual de inmoral y abominable; acusan a los gays y lesbianas de personas depravadas, virus para la sociedad y moralmente malos; comparan a los matrimonios homosexuales con la acuñación de moneda falsa y les aplican valoraciones como éstas: corrupción y falsificación legal de la institución matrimonial, retroceso en el camino de la civilización, lesión grave de los derechos fundamentales del matrimonio y de la familia, atentado contra la armonía de la creación, quiebra de la estabilidad social en su entraña más profunda y desfiguración de la imagen del hombre y de la familia. A su vez, expresan su dolor por los perjuicios causados a los niños entregados en adopción a esos “falsos matrimonios”.

De otra parte están los planteamientos de numerosos colectivos de teólogos, teólogas, grupos de base, lesbianas y gays cristianos, que disienten de la jerarquía y la acusan de beligerante y totalitaria. Estos colectivos defienden un modelo de convivencia caracterizado por el respeto y la libertad, justifican la homosexualidad como una forma legítima de ejercer la sexualidad, reclaman el derecho de las parejas homosexuales a contraer matrimonio tanto civil como religioso, ya que son unidades de convivencia y afecto en igualdad de condiciones que las personas heterosexuales, y a la adopción.

Los puntos de acuerdo entre la jerarquía y los colectivos citados son mínimos, por no decir nulos. La fractura no puede ser mayor. Intentando objetivar el tema, creo que el problema de fondo radica en una serie de distorsiones que paso a explicitar.

1. La primera es la tendencia a considerar como ley natural y divina lo que en realidad son normas eclesiásticas. Es la estrategia de los obispos y de sus asesores -entre los que se contaba hasta su fallecimiento el banquero Rafael Termes-, para imponer a toda la ciudadanía una concepción del matrimonio y la sexualidad que pertenece a la doctrina moral de la Iglesia católica de una determinada época histórica hoy en revisión. La jerarquía pretende poner límites a los legisladores en el ejercicio de su función, acusándolos, en el caso de la ley que regula el matrimonio homosexual, de ir contra la ley natural, de negar de manera flagrante datos antropológicos fundamentales y de llevar a cabo una auténtica subversión de los principios morales más básicos del orden social. Lo que subyace a este planteamiento es la resistencia a reconocer el Estado no confesional y a aceptar el pluralismo ideológico, religioso y moral de la sociedad española. Parapetarse en la ley natural para impedir a los legisladores cumplir con su función de debatir y aprobar las leyes en sede parlamentaria constituye una crasa negación del poder legislativo, que es uno de los poderes del Estado moderno. Además, el propio concepto de ley natural está hoy puesto en cuestión y es de dudosa validez en el terreno jurídico, pero también en el filosófico, y no digamos en el teologico.

2. La segunda distorsión, consecuencia de la anterior, es la no aceptación de una ética laica, válida para todos los ciudadanos y ciudadanas, independientemente de sus creencias e ideologías. El proceso de secularización ha establecido una justificada separación entre la esfera religiosa y la cívica, que los obispos harían bien en respetar y, a partir de ahí, colaborar en la búsqueda consensuada de unos mínimos de ética laica compartidos por todos los ciudadanos y ciudadanas, dentro del respeto a las normas morales de las distintas tradiciones religiosas.

3. La tercera es interna al propio catolicismo y me parece fundamental desde el punto de vista teológico. Consiste en una lectura fundamentalista de los textos bíblicos relativos a la homosexualidad. Voy a poner un par de ejemplos. El primero es el de Sodoma y Gomorra (Gn 19,1-11). Según la interpretación tradicional, el pecado de los habitantes de esas dos ciudades fue mantener relaciones homosexuales. Sin embargo, según la interpretación que hoy parece más correcta, lo que se condena no es la homosexualidad en sí, sino la dureza de corazón de los sodomitas, la violación de hombre con hombre, que implica una humillación, la ofensa a los extranjeros a quienes Lot había acogido en su casa ejerciendo la virtud de la hospitalidad. La teóloga norteamericana Alice Winter demuestra que el pecado de estas dos ciudades se concreta en un sistema de injusticia y opresión defendido por una pequeña elite para asegurarse una vida en abundancia y ociosidad a costa de los pobres. En definitiva es la falta de hospitalidad para con los extranjeros lo que se condena.

El segundo ejemplo son las prescripciones del Levítico. En un texto de este libro (18,22) se califica la homosexualidad masculina como abominable. En otro (20,13) se dice que si un varón se acuesta con otro varón, ambos cometen una abominación y deben morir. Los dos textos deben ser leídos en su contexto. En la legislación hebrea se ordena pena de muerte para quienes maldicen a sus padres, para los adúlteros, los incestuosos y los pecados de animalismo. Se considera igualmente abominable mantener relaciones sexuales con una mujer durante la menstruación. Por el contrario, se permite vender a la hija como esclava, poseer esclavos, tanto varones como hembras, siempre que se adquieran en naciones vecinas. Se establece la pena de muerte para quien transgrede el precepto del descanso sabático y osa trabajar el séptimo día. Se prohíbe acceder al altar a toda persona con algún defecto corporal. ¿Hay que interpretar estos textos en su sentido literal? Decididamente, no. Lo que estas prohibiciones quieren poner de relieve es el carácter peculiar del pueblo hebreo como pueblo de Dios, que se distingue del resto de los pueblos. La condena de la homosexualidad así como otras prácticas no se basa en razones sexuales sino en razones religiosas. El problema no se plantea en el terreno moral, sino en el de la identidad étnica y el de la pureza.

Yo creo que el conflicto o la incompatibilidad entre cristianismo y homosexualidad carecen de base tanto antropológica como teológica. Coincido con el teólogo holandés Edward Schillebeeckx en que no existe una ética cristiana respecto a la homosexualidad. Se trata de una realidad humana que debe asumirse como tal sin apelar a valoraciones morales excluyentes. A mi juicio, no existen criterios específicamente cristianos para juzgarla. La incompatibilidad en el cristianismo no se da entre ser cristiano y ser homosexual, sino entre ser cristiano y ser insolidario, entre ser cristiano y ser homófono, o, como dice el evangelio, entre servir a Dios y al dinero.

La teología del matrimonio con la que operan de manera generalizada no pocas iglesias cristianas se elaboró en una cultura, una sociedad y una religión homófobas y patriarcales, que imponían la sumisión de la mujer el varón y la exclusión de los homosexuales de la experiencia del amor. Hoy se necesita reformular dicha teología, para que sea inclusiva de las distintas tendencias sexuales que deben vivirse desde la libertad, el respeto a la alteridad, dentro de unas relaciones igualitarias y no opresivas. Los teólogos y las teólogas tenemos aquí un papel importante que jugar, pero sin dogmatizar, sino desde la apertura a las nuevas investigaciones científicas en esta materia y desde la sensibilidad hacia los nuevos modelos de pareja, pero sin anatematizar a priori ni moralizar. Antes de juzgar, y en algunos casos de condenar, haríamos bien en salir del analfabetismo enciclopédico en que con frecuencia estamos instalados los cultivadores de la teología. Primero estudiar, informarse. Seguro que el juicio entonces estará más razonado y será más comprensivo y tolerante. El dogmatismo nunca ha sido buen acompañante de la reflexión y menos aún de los juicios morales. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

responsabilidad

responsabilidad

LA RESPONSABILIDAD CRISTIANA FRENTE A LA POBREZA
DANIEL E. BENADAVA, psicólogo

ECLESALIA, 17/01/06.- “… Cristo, Dios y hombre, es la fuente mas profunda que garantiza la dignidad de la persona y de sus derechos. Toda violación de los derechos humanos contradice el Plan de Dios y es pecado,,, ”. (IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano).

Existir, humanamente hablando, implica ser en el mundo con otros. En efecto, la persona existe en tanto y cuanto establece una trama de relaciones con otros, en un momento socio histórico determinado. Así mismo, y teniendo en cuenta que el hombre nunca se encuentra plenamente realizado, cabe afirmar también que todo sujeto es permanentemente siendo a través de sus actos, los cuales son únicos, irrepetibles y siempre tienen un efecto sobre la realidad natural y social que lo rodea. En otras palabras, el hombre solo puede ser haciéndose, no en un mundo en soledad, sino en un mundo rodeado por otros, a través de sus actos que, en su consumación, convocan tanto un eje singular, que es la concreta elección de una subjetividad puesta en acto, y un eje universal, que nos habla de la resonancia que tiene el acto en los otros en particular, y en el mundo en general.

Ahora bien, siendo la persona libre en su capacidad de elegir que acto realizar, y por ende, al no estar su conducta predeterminada de antemano, cada sujeto es responsable en lo calculable y también en lo incalculable de su ser, es decir, de su actuar, y de las consecuencias que él tiene sobre si mismo y sobre los demás.

La responsabilidad, comprendida en estos términos, implica, por parte del sujeto, tomar en cuenta no solo lo que es objeto de su elección, sino también el contexto en que se inscribe su acto, ya que todo sujeto es un ser en situación.

Si bien es cierto que la cuestión del ser y la responsabilidad, es una temática que abarca la totalidad de la existencia humana, en particular, en el presente texto, me gustaría circunscribirla y relacionarla con el problema de la pobreza por la cual atraviesan millones de contemporáneos.

A menudo somos testigos directos de la vulnerabilidad extrema en la que se encuentran sumergidas miles y miles de personas, que tienen por “único derecho”, el libre acceso a la miseria. Me refiero a quienes, aquí y allá, a lo largo de los continentes, se encuentran desfigurados por el hambre, aterrorizados por la violencia, envejecidos por infrahumanas condiciones de vida, y angustiados por la supervivencia familiar.

Ante esta situación, muchos hombres y mujeres experimentan la tentación de colocar a la pobreza humana en un circuito de “determinación naturalizada”, planteando que ellos poco pueden hacer frente a la dureza de las condiciones en que les toca vivir a aquellos que se encuentran al “borde del camino”. En ocasiones este suele ser un “eficaz” mecanismo para eliminar la angustia, que despiertan estas cuestiones en el sujeto, ya que procuran negar su responsabilidad frente a las mismas.

Ahora bien, si se tiene en cuenta que toda persona se expresa a través de sus actos, y que estos inevitablemente tienen un efecto tanto en la dimensión particular y singular, como en la dimensión universal y social, se comprenderá que, “éticamente” el hombre esta obligado a realizar algo frente a aquellas cuestiones que precisan el existir del prójimo.

Al ser la condición humana, en líneas generales, de naturaleza conflictiva, debido al continuo, y cotidiano, entrecruzamiento que en ella existe del amor y del odio, del cuidado y la agresión, de la solidaridad y el egoísmo, de la pobreza y la riqueza; el ser responsable conlleva una postura ética por parte del sujeto que, a través de sus actos, se compromete en la producción de verdad, que fundamenta la búsqueda de una justicia social inexistente en muchas de nuestras comunidades.

Entonces, si se entiende que la persona existe en un mundo, en donde se encuentran determinaciones que provienen de la realidad natural y de la realidad social que en ocasiones “mortifican” la vida de nuestros hermanos, hay que comprender también que la libertad humana no alude a la ausencia de dichos determinismos, sino que, por el contrario, plantea la posibilidad de hacer algo con ellos. El hombre es responsable frente a la problemática de la pobreza ya que, en la infinitud de lo posible, la persona puede elegir reaccionar, cuanto menos, de dos maneras, o bien respondiendo a cada uno de esos determinismos sin darse cuenta de su existencia, o en su defecto, aprehendiendo y apropiándose de esos determinismos para, de manera ética y responsable, procurar denunciar y modificar aquellos que empobrecen a los hombres.

Esta responsabilidad frente a la pobreza nos interpela también a nosotros como sujetos cristianos. En efecto, el Evangelio nos “invita” a descubrir en el rostro de hombres y mujeres, niños y jóvenes y ancianos que sufren el insoportable peso de la miseria, así como diversas formas de exclusión social, étnica y cultural, el rostro del Señor. Siempre debemos tener presente que, en la imagen de Dios encontramos los rostros de los desfigurados por el hambre, los rostros aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada, los rostros angustiados de los menores abandonados que caminan por calles y duermen bajo puentes, los rostros envejecidos de los que no tienen lo mínimo para sobrevivir dignamente.

Ahora bien, este reconocimiento debe canalizarse por un lado, a través del cuestionamiento y rechazo radical de la estructuración injusta de nuestras sociedades, en sus dimensiones políticas, económicas, sociales y culturales, que favorecen y promueven el individualismo, el lucro y la explotación del hombre por el hombre; y, por otro lado, en el nivel teológico y evangelizador, ya que a partir de la palabra de Dios, se puede emprender el único, eficaz y definitivo camino hacia la “ salvación ” del hombre frente a los “ pecados estructurales” de nuestras sociedades, que oprimen a las personas mas pobres de nuestras comunidades.

En este punto creo que es imprescindible plantearse, con seriedad y gran poder de autocrítica, cual es el grado de responsabilidad que nosotros, como sujetos cristianos, por acción u omisión, poseemos ante el crecimiento de la pobreza a nivel mundial.

Claro esta que el actual estado de marginación es el resultado de la desigual distribución de las riquezas. En efecto, que quinientos millonarios a nivel mundial posean una fortuna equivalente al ingreso anual de la mitad de la humanidad, tiene un efecto devastador sobre los sectores más humildes de nuestras comunidades. Ahora bien, en forma paralela a las críticas que realizamos a los otros, tenemos la obligación de ver en nosotros mismos (cf. Mt. 7, 1-5), posibles actitudes que favorecen la producción del actual estado de nuestras sociedades. En este sentido creo que nosotros, hombres y mujeres cristianos, también poseemos una cuota de responsabilidad frente a la pobreza de nuestros hermanos, ya que la falta de coherencia, que muchas veces encontramos, entre la fe que profesamos y nuestras actitudes cotidianas, nos ha impedido encontrar en la fe la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones de los sectores responsables del liderazgo ideológico y de la organización de la convivencia social, económica y política de nuestros pueblos.

Esta preocupación por la coherencia entre la fe y la vida estuvo siempre presente en las comunidades cristianas. Ya el apóstol Santiago planteaba: “¿De qué le sirve a uno, hijos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras ? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les dan lo que necesitaban para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de obras, esta completamente muerta” (St. 2, 14-17)

En tanto cristianos, y a pesar de nuestras limitaciones, podemos, y debemos, impulsar con entusiasmo y amor el anuncio de Jesucristo y su Reino de Salvación, que nos alienta a actuar siempre, de manera ética y responsable, contra la estructuración injusta de nuestras sociedades, que empobrece, material y espiritualmente, a nuestros pueblos.

En conclusión, situados en una época marcada por el materialismo, la cultura de la muerte y sistemas político económicos burocráticos y totalitarios, que aplastan y degradan al sujeto, nosotros, en tanto cristianos, frente a la dramática problemática de la pobreza, tenemos la responsabilidad y el deber ético de intentar, aminorar la brecha que en ocasiones existe entre la fe y nuestra vida cotidiana para, tanto en el ámbito de las “ ideas ” como, principalmente, en el ámbito de las obras, procurar favorecer la construcción de nuevos valores de justicia social y solidaridad, basados en Cristo Salvador. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


eucaristía comunidad

eucaristía comunidad

EUCARISTÍA Y COMUNIDAD
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 16/01/06.- Bien sabemos… que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo (señales) y convicción profunda (1 Ts 1,1-5b).

“Volver a la perfección” era para el papa Ratzinger el objetivo del sínodo en torno a la eucaristía: “La tarea más frecuente para los apóstoles es la de rehacer una red que ya no está en la posición justa, que tiene tantos agujeros que ya no sirve”. Uno de los objetivos declarados, el más aireado por los medios, era reparar los “excesos” y “desviaciones” (abusos) en la misa.

Volver a construir iglesias bellas y visibles: se cometen “errores” litúrgicos con la construcción de iglesias “que no son válidas”, reivindicaba un obispo auxiliar del vicario de Roma. Volver a “encontrar un nuevo canon estético”, como en el románico, reivindica a diestro y siniestro un famoso líder laico (el único español invitado por el papa al sínodo); porque hoy “cada párroco puede construir la Iglesia como quiere, hoy uno la hace con cemento, otra en forma de garaje... no hay una estética definida, y sin embargo la Iglesia antes sí que tenía una estética: ¡las iglesias románicas son siempre iguales!...”. Pone como ejemplo a esas personas que al contemplar sus murales, vidrieras o coronas mistéricas (incluso a medio pintar) sienten una llamada repentina a la conversión.

Jesús no dedicaría una milésima de segundo reivindicando esa estética; ni a una circular de procedimientos sobre cómo comulgar con la mano. Y sospecharía mucho de quienes se obstinan en encerrarle en el sagrario; muy posiblemente, “si volviera Jesús los correría a gorrazos”. Él también fue llamado al orden porque relativizaba la liturgia, sentándose a la mesa con los suyos sin cumplir el mandamiento del lavatorio de las manos (Mt 15,2). O porque relativizaba el sábado, y curaba (Lc 6,6-11); y por defender a su grupo de las acusaciones cuando, para matar el hambre, arrancaban (en sábado) espigas en los sembrados (Mc 2,23-28). Su manual de liturgia se resume en el pasaje, sublime, de Zaqueo, un separado, un jefe de publicanos y un pecador, cuando Jesús le invita a bajarse “pronto” del sicómoro “porque conviene que hoy me hospede yo en tu casa”, provocando el escándalo y la murmuración de todos contra Él (Lc 19,1-10). De aquellos diez leprosos curados, sólo uno, un samaritano, un extranjero, se volvió para darle las gracias (Lc 17,11-19)…

Días antes del sínodo Jesús nos recordaba que Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el camino del reino de Dios (Mt 21,28-32). Tanto hablaba Jesús del hombre, del prójimo, sobre todo del alejado y del que no cuenta, que los responsables religiosos y los doctores de la ley no aguantaron más y le pusieron a prueba, contra las cuerdas : “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22,34-40). Se leía el día de la clausura del sínodo.

En el Mensaje del sínodo sobre la Eucaristía, los obispos invitan a rezar con más fervor a los cristianos de todas las confesiones, para que llegue el día de la reconciliación, en la celebración de la santa eucaristía, para “que todos sean uno” (Jn 17,21). Pero, mientras llega ese día, “Una sana disciplina impide la confusión y los gestos precipitados que pueden obstaculizar aún más la verdadera comunión...”. Durante los debates, varios prelados -hermanos separados- invitados por el papa al sínodo, lamentaron con amargura que “se rompan los criterios de reconocimiento mutuo”, esos gestos ecuménicos que fueron el gran sueño del Concilio Vaticano II. Esos días leía, casualmente, La Farola y dentro me encontré con un coleccionable, de cuatro hojas, del Nuevo Testamento. Estaba el evangelio de Lucas (Capítulos 17 al 20); como portada estaba un hermoso grabado, una ilustración, que resumía el menú de lo que había dentro: El fariseo y el publicano.

La crisis de la asistencia a Misa ocupa la recta final del sínodo, decían los medios. “La mayoría de los católicos no viene a misa. De los que vienen, muchos no entienden. Y de los que comulgan, muchos no se confiesan” declaraba el cardenal Arinze. “El problema más acuciante es la crisis de la asistencia a Misa en Occidente, que se sitúa en torno al 5 por ciento en Francia o en España”, afirmaba el arzobispo Foley, presidente del Consejo Pontificio de Comunicaciones Sociales. Esto ya se explicó (dando el porqué) a los trece años del Concilio, cuando en España agonizaba el nacional-catolicismo (el de los gobernantes custodiando la custodia bajo el palio), en el artículo “España, país de misión” (en la RED). No hay tejido comunitario en la Iglesia, decía el autor: “Muchos son los bautizados, y pocos los evangelizados”. Se puede ir a misa, o a la sinagoga, y no ser pueblo de Dios. Se ponía en cuarentena lo de la España mayoritariamente católica, a la que todavía hoy se aferran los obispos en sus batallas con el Gobierno. Rememorando aquello, hoy algunos, más celosos por la patria que por el evangelio, vuelven a poner el grito en el cielo: “La unidad inquebrantable de España está amenazada”. Y en su emisora de cabecera, lejos de crear comunidad, se favorece un clima de crispación y de división, contraviniendo los principios evangélicos (“produce un descrédito eclesial muy grande", dicen algunos obispos, en privado). Pero todo vale si se mantiene, y se eleva, la audiencia (habrá más publicidad = más rentabilidad), produciendo morbo con los chistes sobre los moritos y los inmigrantes subsaharianos que se juegan la vida en la alambrada. “No oprimirás ni vejarás al forastero, recuerda que tu fuiste...” (Ex 22,21-27), escuchábamos el día de la clausura del sínodo.

El domingo 21 de agosto de 2005, en la explanada de Marienfeld, Colonia, Benedicto XVI, arropado por un millón de jóvenes, clausuró, con una misa masiva, Las Jornadas Mundiales de la Juventud; aunque, según un sondeo realizado por el diario alemán Die Welt, sólo el 20% acudía por motivos religiosos. Casi la mitad, el 43%, dice viajar simplemente para encontrarse con otros jóvenes. La homilía del Papa fue precisamente sobre la eucaristía, sacrificando las lecturas propias del día de las que no dijo palabra (casualmente eran las mismas lecturas que se leyeron hacía 27 años la tarde del 26 de agosto, en que fue elegido papa Albino Luciani).

Benedicto XVI recomendó a los jóvenes conocer las sagradas Escrituras y “un libro maravilloso”: el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio, como al mismo nivel, (el Concilio Vaticano II no quiso un catecismo universal sino “un Directorio sobre la instrucción catequética del pueblo cristiano”). Y afirmó, en español: “Obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe!... La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles”.

Subrayaba la espontaneidad como rasgo de las nuevas comunidades, aunque “En realidad, parece una consideración superficial y reductora... ¿Que falta reflexión y discernimiento?... Espontaneidades aparte, en una comunidad viva la participación está abierta a todos, como en un principio: Cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación,... podéis profetizar todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados (1 Co 14,26-31). El discernimiento es también cosa de todos: Examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1 Ts 5,21). Se trata de descubrir la voluntad de Dios (Rm 12,2), manifestada en su palabra. (...) La historia de los papas confirma con muchos ejemplos que se puede ser piedra de construcción, pero también piedra de escándalo”(catequesis ¿Piedra de construcción o de escándalo?, en la RED).

El día 4 de octubre, en pleno Sínodo sobre la eucaristía, Eclesalia remitía a una catequesis de adultos del cura Jesús (Comunidad de Ayala): “Eucaristía: reunión de la comunidad”, (www.comayala.es). En un breve repaso sobre la historia de la eucaristía, se recoge una clave fundamental de San Juan (el único evangelista que no incluye un relato de la institución de la misma) para entenderla: la inhabitación mutua. “La eucaristía es la reunión de la comunidad, ‘la actualización de la presencia de cristo en medio de la comunidad’ (Von Balthasar). Lo que llamamos pan, vino, mesa, comunión es inconcebible sin la comunidad”.

Y ¿quiénes hacen comunidad? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,19-21): se leía doce días antes del sínodo. Durante el mismo, las lecturas dominicales hacían continuas referencias a la tensión de Jesús con los responsables religiosos y con los maestros de la ley a través de parábolas (El dueño de la viña, El banquete del hijo: Id por los caminos y a todos los que encontréis, malos y buenos, convidadlos a la boda con una sola condición: presentarse con el vestido nuevo, el de la renovación o conversión (Mt 22,1-14).

El Concilio Vaticano II surgió para devolver a la Iglesia los rasgos más simples y puros de su origen, el de las primeras comunidades (las realmente perseguidas como testifica la olvidada primera carta de Pedro, la primera encíclica. Sobre ella ha girado la primera catequesis del curso, No os extrañéis, en la RED). El humilde Pedro, lejos de encumbrarse en el centro, nos recuerda: “vosotros sois sacerdocio real”. El Concilió también surgió para impulsar el ecumenismo.

Como “llamada al orden”, el sínodo “reivindica la centralidad del sagrario, el arrodillarse en la iglesia, el canto gregoriano…”, se decía en los medios. Pero, al parecer, poco o nada se dijo acerca de que la mejor custodia, el mejor sagrario, es una comunidad viva que pone en el centro la Palabra. Ese tipo de comunidad es la que hace más posible, o al menos algo más creíble, lo del Reino. Sólo ese tipo de comunidad tiene autonomía para cortar, de una vez, el cordón umbilical con el Estado en la dichosa asignación tributaria para el sostenimiento de la Iglesia. Desde esa comunidad, pierden sentido las trifulcas y las batallas, en las calles o en los despachos, exigiendo ¡como asignatura! la religión en la escuela. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

eucaristía comunidad

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EUCARISTÍA Y COMUNIDAD
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 16/01/06.- Bien sabemos… que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo (señales) y convicción profunda (1 Ts 1,1-5b).

“Volver a la perfección” era para el papa Ratzinger el objetivo del sínodo en torno a la eucaristía: “La tarea más frecuente para los apóstoles es la de rehacer una red que ya no está en la posición justa, que tiene tantos agujeros que ya no sirve”. Uno de los objetivos declarados, el más aireado por los medios, era reparar los “excesos” y “desviaciones” (abusos) en la misa.

Volver a construir iglesias bellas y visibles: se cometen “errores” litúrgicos con la construcción de iglesias “que no son válidas”, reivindicaba un obispo auxiliar del vicario de Roma. Volver a “encontrar un nuevo canon estético”, como en el románico, reivindica a diestro y siniestro un famoso líder laico (el único español invitado por el papa al sínodo); porque hoy “cada párroco puede construir la Iglesia como quiere, hoy uno la hace con cemento, otra en forma de garaje... no hay una estética definida, y sin embargo la Iglesia antes sí que tenía una estética: ¡las iglesias románicas son siempre iguales!...”. Pone como ejemplo a esas personas que al contemplar sus murales, vidrieras o coronas mistéricas (incluso a medio pintar) sienten una llamada repentina a la conversión.

Jesús no dedicaría una milésima de segundo reivindicando esa estética; ni a una circular de procedimientos sobre cómo comulgar con la mano. Y sospecharía mucho de quienes se obstinan en encerrarle en el sagrario; muy posiblemente, “si volviera Jesús los correría a gorrazos”. Él también fue llamado al orden porque relativizaba la liturgia, sentándose a la mesa con los suyos sin cumplir el mandamiento del lavatorio de las manos (Mt 15,2). O porque relativizaba el sábado, y curaba (Lc 6,6-11); y por defender a su grupo de las acusaciones cuando, para matar el hambre, arrancaban (en sábado) espigas en los sembrados (Mc 2,23-28). Su manual de liturgia se resume en el pasaje, sublime, de Zaqueo, un separado, un jefe de publicanos y un pecador, cuando Jesús le invita a bajarse “pronto” del sicómoro “porque conviene que hoy me hospede yo en tu casa”, provocando el escándalo y la murmuración de todos contra Él (Lc 19,1-10). De aquellos diez leprosos curados, sólo uno, un samaritano, un extranjero, se volvió para darle las gracias (Lc 17,11-19)…

Días antes del sínodo Jesús nos recordaba que Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el camino del reino de Dios (Mt 21,28-32). Tanto hablaba Jesús del hombre, del prójimo, sobre todo del alejado y del que no cuenta, que los responsables religiosos y los doctores de la ley no aguantaron más y le pusieron a prueba, contra las cuerdas : “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22,34-40). Se leía el día de la clausura del sínodo.

En el Mensaje del sínodo sobre la Eucaristía, los obispos invitan a rezar con más fervor a los cristianos de todas las confesiones, para que llegue el día de la reconciliación, en la celebración de la santa eucaristía, para “que todos sean uno” (Jn 17,21). Pero, mientras llega ese día, “Una sana disciplina impide la confusión y los gestos precipitados que pueden obstaculizar aún más la verdadera comunión...”. Durante los debates, varios prelados -hermanos separados- invitados por el papa al sínodo, lamentaron con amargura que “se rompan los criterios de reconocimiento mutuo”, esos gestos ecuménicos que fueron el gran sueño del Concilio Vaticano II. Esos días leía, casualmente, La Farola y dentro me encontré con un coleccionable, de cuatro hojas, del Nuevo Testamento. Estaba el evangelio de Lucas (Capítulos 17 al 20); como portada estaba un hermoso grabado, una ilustración, que resumía el menú de lo que había dentro: El fariseo y el publicano.

La crisis de la asistencia a Misa ocupa la recta final del sínodo, decían los medios. “La mayoría de los católicos no viene a misa. De los que vienen, muchos no entienden. Y de los que comulgan, muchos no se confiesan” declaraba el cardenal Arinze. “El problema más acuciante es la crisis de la asistencia a Misa en Occidente, que se sitúa en torno al 5 por ciento en Francia o en España”, afirmaba el arzobispo Foley, presidente del Consejo Pontificio de Comunicaciones Sociales. Esto ya se explicó (dando el porqué) a los trece años del Concilio, cuando en España agonizaba el nacional-catolicismo (el de los gobernantes custodiando la custodia bajo el palio), en el artículo “España, país de misión” (en la RED). No hay tejido comunitario en la Iglesia, decía el autor: “Muchos son los bautizados, y pocos los evangelizados”. Se puede ir a misa, o a la sinagoga, y no ser pueblo de Dios. Se ponía en cuarentena lo de la España mayoritariamente católica, a la que todavía hoy se aferran los obispos en sus batallas con el Gobierno. Rememorando aquello, hoy algunos, más celosos por la patria que por el evangelio, vuelven a poner el grito en el cielo: “La unidad inquebrantable de España está amenazada”. Y en su emisora de cabecera, lejos de crear comunidad, se favorece un clima de crispación y de división, contraviniendo los principios evangélicos (“produce un descrédito eclesial muy grande", dicen algunos obispos, en privado). Pero todo vale si se mantiene, y se eleva, la audiencia (habrá más publicidad = más rentabilidad), produciendo morbo con los chistes sobre los moritos y los inmigrantes subsaharianos que se juegan la vida en la alambrada. “No oprimirás ni vejarás al forastero, recuerda que tu fuiste...” (Ex 22,21-27), escuchábamos el día de la clausura del sínodo.

El domingo 21 de agosto de 2005, en la explanada de Marienfeld, Colonia, Benedicto XVI, arropado por un millón de jóvenes, clausuró, con una misa masiva, Las Jornadas Mundiales de la Juventud; aunque, según un sondeo realizado por el diario alemán Die Welt, sólo el 20% acudía por motivos religiosos. Casi la mitad, el 43%, dice viajar simplemente para encontrarse con otros jóvenes. La homilía del Papa fue precisamente sobre la eucaristía, sacrificando las lecturas propias del día de las que no dijo palabra (casualmente eran las mismas lecturas que se leyeron hacía 27 años la tarde del 26 de agosto, en que fue elegido papa Albino Luciani).

Benedicto XVI recomendó a los jóvenes conocer las sagradas Escrituras y “un libro maravilloso”: el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio, como al mismo nivel, (el Concilio Vaticano II no quiso un catecismo universal sino “un Directorio sobre la instrucción catequética del pueblo cristiano”). Y afirmó, en español: “Obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe!... La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles”.

Subrayaba la espontaneidad como rasgo de las nuevas comunidades, aunque “En realidad, parece una consideración superficial y reductora... ¿Que falta reflexión y discernimiento?... Espontaneidades aparte, en una comunidad viva la participación está abierta a todos, como en un principio: Cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación,... podéis profetizar todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados (1 Co 14,26-31). El discernimiento es también cosa de todos: Examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1 Ts 5,21). Se trata de descubrir la voluntad de Dios (Rm 12,2), manifestada en su palabra. (...) La historia de los papas confirma con muchos ejemplos que se puede ser piedra de construcción, pero también piedra de escándalo”(catequesis ¿Piedra de construcción o de escándalo?, en la RED).

El día 4 de octubre, en pleno Sínodo sobre la eucaristía, Eclesalia remitía a una catequesis de adultos del cura Jesús (Comunidad de Ayala): “Eucaristía: reunión de la comunidad”, (www.comayala.es). En un breve repaso sobre la historia de la eucaristía, se recoge una clave fundamental de San Juan (el único evangelista que no incluye un relato de la institución de la misma) para entenderla: la inhabitación mutua. “La eucaristía es la reunión de la comunidad, ‘la actualización de la presencia de cristo en medio de la comunidad’ (Von Balthasar). Lo que llamamos pan, vino, mesa, comunión es inconcebible sin la comunidad”.

Y ¿quiénes hacen comunidad? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,19-21): se leía doce días antes del sínodo. Durante el mismo, las lecturas dominicales hacían continuas referencias a la tensión de Jesús con los responsables religiosos y con los maestros de la ley a través de parábolas (El dueño de la viña, El banquete del hijo: Id por los caminos y a todos los que encontréis, malos y buenos, convidadlos a la boda con una sola condición: presentarse con el vestido nuevo, el de la renovación o conversión (Mt 22,1-14).

El Concilio Vaticano II surgió para devolver a la Iglesia los rasgos más simples y puros de su origen, el de las primeras comunidades (las realmente perseguidas como testifica la olvidada primera carta de Pedro, la primera encíclica. Sobre ella ha girado la primera catequesis del curso, No os extrañéis, en la RED). El humilde Pedro, lejos de encumbrarse en el centro, nos recuerda: “vosotros sois sacerdocio real”. El Concilió también surgió para impulsar el ecumenismo.

Como “llamada al orden”, el sínodo “reivindica la centralidad del sagrario, el arrodillarse en la iglesia, el canto gregoriano…”, se decía en los medios. Pero, al parecer, poco o nada se dijo acerca de que la mejor custodia, el mejor sagrario, es una comunidad viva que pone en el centro la Palabra. Ese tipo de comunidad es la que hace más posible, o al menos algo más creíble, lo del Reino. Sólo ese tipo de comunidad tiene autonomía para cortar, de una vez, el cordón umbilical con el Estado en la dichosa asignación tributaria para el sostenimiento de la Iglesia. Desde esa comunidad, pierden sentido las trifulcas y las batallas, en las calles o en los despachos, exigiendo ¡como asignatura! la religión en la escuela. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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