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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

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REVISIÓN DE “LA PROCESIÓN DE LAS BORRIQUILLAS”*
Sobre la novela El Hereje, de Delibes
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ, brauhm@gmail.com
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 15/09/10.- Valladolid, 21 de mayo de 1559. Tras un año de penoso cautiverio en la cárcel secreta de la Inquisición, más de sesenta reos -integrantes del foco luterano de la capital- desfilan en procesión. Van marcados con sambenitos, algunos de llamas y diablos (distintivo de los condenados a la hoguera). El estandarte de la Inquisición y la enseña carmesí del Pontificado abren la marcha. Un coro de cantores entona el solemne Vexilla Regis, de Semana Santa. En un punto de la capital, la procesión de los reos confluye con la comitiva real; tras el rey, van los príncipes, los altos dignatarios de la Corte y los nobles; cierran su comitiva los arzobispos. Todos se enfilan hacia la Plaza Mayor, donde se va a celebrar un solemne Auto de Fe.

En el imponente entablado sobre la plaza, hay dispuestos tres púlpitos. Los reos, son llevados ante el púlpito de los relatores, donde públicamente les leen las sentencias: “… confiscación de bienes, cárcel y sambenito perpetuos, con obligación de comulgar las tres Pascual del año”; “degradación, confiscación de bienes, muerte en garrote y dado a la hoguera”; “confiscación de bienes y dado a la hoguera”;… Finalizado el Auto, los reos marcados con sambenitos de llamas, son montados en unas humildes borriquillas y llevados al quemadero.

Así termina El Hereje, la última y más extensa obra de Miguel Delibes, escrita en 1998, a los 78 años. Dedicada a Valladolid, El Hereje es “una obra cumbre de la novela del S. XX” dice la crítica. El Hereje es “una novela histórica, muy documentada”. Junto a personajes de ficción, como Cipriano Salcedo (el protagonista), hay otros que tuvieron existencia real, como el doctor Cazalla (que fue capellán de Carlos V); o Bartolomé de Carranza (que fue arzobispo primado de Toledo y prestigioso teólogo, enviado al Concilio de Trento por Carlos V. A Carranza, la Inquisición le abrió un dilatado proceso: una sentencia le acusó de “sospechoso de herejía”; fue absuelto poco antes de morir); o Carlos de Seso (un luterano originario de Verona).

En 1559 se celebraron en Valladolid dos Autos de fe. La ciudad castellana dedicará una de sus calles a los Cazalla (la misma donde tuvieron lugar las reuniones clandestinas de aquella comunidad luterana); en tiempos de Franco, la calle fue rebautizada como “Héroes de Teruel”. Actualmente se llama Doctor Cazalla.

Cipriano Salcedo, próspero comerciante de lanas y pieles, “nació” casualmente en 1517, año de la Reforma protestante: justo el día que Lutero fijaba sus 95 tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia de Wittenberg. Su madre murió tras su parto, algo que no le perdonó su padre al “pequeño parricida”. Huérfano de madre y privado de las ternuras paternas, su único cordón afectivo será Minervina, su nodriza, el personaje más tierno de la novela. Pero ella le es arrancada de su vida (reaparecerá, inesperadamente, cuando Cipriano es conducido, sobre la borriquilla, hacia el quemadero) por su padre que, celoso, interna al pequeño Cipriano en un colegio de niños expósitos. Su padre muere, víctima de una peste. Cipriano es tutelado por su tío, oidor de la Chancillería; se doctora en leyes, y retoma los negocios de su progenitor.

Salcedo, que tiene inquietudes religiosas, es atraído por la autoridad moral del doctor Agustín Cazalla: sus sermones (por lo que sugieren) le producen una cierta liberación interior. El Doctor, introductor clandestino de las corrientes luteranas en España, le expone, en privado, la nueva doctrina. Es un cristianismo muy simple, sin idolatrías (como el culto a los santos, imágenes, o reliquias); y sin “invenciones” (como, por ejemplo, la quimera del purgatorio). Recursos que, según la Reforma, utilizaba la Iglesia romana para subyugar al pueblo. Salcedo asimila la Reforma y se “asocia” en la fraternidad vallisoletana, uno de los primeros focos del protestantismo en España. En la “secta” tienen La Libertad del cristiano como libro de cabecera.

La primera experiencia de Cipriano Salcedo con la fraternidad le resulta sobrecogedora. Comenzaban la reunión con la lectura de un hermoso salmo que sus hermanos de Wittenberg cantaban, pero que, en Valladolid, ellos tenían que conformarse con rezarlo (para no levantar sospechas). Cipriano esperaba encontrar en sus estrofas “consignas prohibidas”. El tal salmo (el 34) decía: Bendecid al Señor en todo momento /Su alabanza estará siempre en mi boca… Que lo oigan los humildes y se alegren/… Porque busqué al Señor y me ha respondido / Me ha librado de todos los temores. Esa noche, el conventículo versaba sobre las reliquias y otras supersticiones. Para ilustrarlo, se leyeron algunos de los diálogos de Latancio y Arcidiano, del libro de Alfonso de Valdés: “Diálogos de las cosas acaecidas en Roma”. Era una crítica a “estas reliquias que sacan dinero de los simples,… que os las mostrarán en dos o tres lugares a la vez”, y que se ponían a la altura de artículos de fe.

Cipriano se ganó enseguida la confianza del Doctor, y es enviado a Alemania, para contactar con Melanchton, entonces cabeza visible del luteranismo, y adquirir algunos libros de la Reforma, aquí proscritos. Salcedo regresa de Alemania en el Hamburg, una galeaza al mando del capitán Berger, luterano. Desembarca en Laredo. En sus fardos trae, camuflados, Iibros de Lutero, de Erasmo,…y biblias. (El Catálogo de Lovaina, de 1546, contenía una relación de las primeras listas de libros heréticos, entre ellos la Biblia traducida al castellano).

Salcedo se toma muy en serio la comunidad luterana, a la que idealiza. Se siente como transportado a la simplicidad del cristianismo primitivo. En la fraternidad no percibe distinciones entre los aristócratas y los plebeyos. Cipriano decide un día repartir la mitad de sus propiedades: hace socios de su negocio a sus arrendatarios. No lo hace para asegurarse la salvación eterna: él asume que “las obras no son indispensables para salvarse: el mérito es exclusivamente de Cristo, de su Pasión” (El Beneficio de Cristo), sino como un gesto de resarcimiento por el desapego de su difunta esposa, Teo (la reina del páramo) cuyo matrimonio acabó en fracaso.

De la fraternidad vallisoletana brotarán pequeños retoños: tres conventos de monjas han sido tocados en la capital (el de Belén, es prácticamente luterano). En Castilla, surgen otros pequeños grupos satélites: en Toro, Zamora, Ávila. En Ávila –donde imperaba “un catolicismo cerrado, poco reflexivo, rutinario”-, Cipriano, que hacía de enlace, convocaba (en casa de doña Guiomar de Ulloa) a otros hermanos de la provincia, entre ellos Luis de Frutos (el barbero de Piedrahita); o al joyero Mercadal, y a su sobrino, (ambos de Peñaranda de Bracamonte).

La comunidad luterana acabará siendo descubierta por la Inquisición. Algunos miembros, entre ellos Salcedo, emprenden la huída; pero ninguno logra escapar. En los duros interrogatorios, casi todos rompen el juramento prometido de no delatarse entre los hermanos. Algunos, como descargo, responsabilizan del origen de la secta al influyente Carranza…

En El Hereje, Delibes hace una descripción maestra y de las relaciones humanas y de los usos de la época. Cipriano Salcedo es el prototipo de hombre íntegro, defensor de la libertad de conciencia. En los interrogatorios, cuando le preguntaba el inquisidor: “¿Cree usted en la Iglesia Romana?”, Salcedo le respondía: “Yo creo firmemente en la Iglesia de los apóstoles”. Un año después, camino del quemadero, él se pregunta si existía realmente la fraternidad en algún lugar del mundo. Está desolado por las claudicaciones (delaciones) entre compañeros. Pide una señal. “¿Dónde está Dios?”. Instantes antes de ser quemado en la pira, el confesor le insta, sin conseguirlo, que pronuncie la palabra que le dará el pasaporte para la salvación de su alma: “decid Romana, solamente eso”. Consternado, lo más que pudo arrancarle al hereje fue: “Si la Romana es Apostólica, creo en ella con toda mi alma, padre”.

Miguel Delibes empieza El Hereje recordando un discurso de Juan Pablo II a los cardenales, en 1994, sobre la violencia ejercida desde el seno de la Iglesia: “¿Cómo callar tantas formas de violencia perpetradas también en nombre de la fe? Guerras de religión, tribunales de la Inquisición y otras formas de violación de los derechos de las personas… Es preciso que la Iglesia, de acuerdo con el Concilio Vaticano II, revise por propia iniciativa los aspectos oscuros de su historia, valorándolos a la luz de los principios del evangelio”.

Aún hoy, en 2010, siguen siendo “condenados” teólogos de prestigio, sus libros son retirados de las librerías católicas y colocados en el Índice: a pesar de estar avalados por la renovación del Concilio Vaticano II y de contar con el Nihil Obstat de su obispo. El Hereje, de Miguel Delibes, es “una novela inolvidable sobre las pasiones humanas y los resortes que las mueven; un canto apasionado por la tolerancia y la libertad de conciencia”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Posdata: el sábado 13 de marzo, el día del entierro de Miguel Delibes, el salmo que “casualmente” se leía en las Iglesias por la tarde (el propio de la liturgia dominical) era, misteriosamente, el salmo 34: el mismo salmo que leían en aquella comunidad luterana de Valladolid cuando Cipriano Salcedo asistió por primera vez a un conciliábulo. Cuando se lo cuento a un amigo, éste me cuenta una anécdota, estremecedora, que venía al caso, como anillo al dedo: “en una ocasión le preguntaron a Miguel Delibes qué epitafio le gustaría que pusieran en su tumba. Él respondió: “Cristo, espero que cumplas tu promesa”. Pues, misión cumplida.

* Eclesalia, 26/09/06.

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EL CRISTIANISMO Y LA FELICIDAD
Extracto de la ponencia de Juan Martín Velasco en el Foro de Profesionales Cristianos de Madrid*
FORO DE PROFESIONALES CRISTIANOS, pxmadrid@telefonica.net
MADRID.

¿Qué podemos hacer los cristianos, qué podemos aportar a la búsqueda de la felicidad en nuestro tiempo?

ECLESALIA, 12/03/10.- Vivimos en un clima cultural en el que predomina la desesperanza y es que han ido fracasando uno tras otro los proyectos ideados para encontrar una solución al problema del deseo humano de felicidad. La ilustración no ha cumplido sus promesas, el marxismo que prometía un mundo justo y nada menos que un paraíso en la tierra, ha fracasado, seguramente por la estrechez de sus presupuestos ideológicos, basados en el materialismo, y por la brutalidad de su aplicación en los países que han estado bajo su dominio. A algunos les pareció que, tras el fracaso del socialismo real, el mercado abandonado a sus leyes propiciaría el crecimiento económico indefinido, que multiplicaría los bienes y facilitaría el acceso a ellos a los pueblos hasta ahora marginados; hoy, la crisis nos lo muestra con toda claridad, constatamos que la distancia entre pobres y ricos se hace cada vez mayor, que el crecimiento tiene unos límites y que por tanto también el mercado ha defraudado las esperanzas que algunos habían puesto en él. ¿Qué podemos hacer los cristianos en esta época de desesperanza?

1. Yo creo que lo primero es mirar hacia nosotros y hacer autocrítica, tomar conciencia de los errores anteriores y actuales, justamente en relación con el problema de la felicidad. ¿Por qué si el cristianismo posee principios capaces de transformar la existencia, si la esperanza y el amor constituyen una verdadera fuente de felicidad para los creyentes, como sucedió al principio del cristianismo, por qué nos vemos los cristianos también anegados en la civilización del deseo, en las sociedades del hiperconsumo y en todas las contradicciones que eso supone para la concepción cristiana del hombre, de la sociedad y de su destino?

La primera razón es que nos llamamos cristianos, porque mantenemos elementos del cristianismo, creencias, prácticas, formas diluidas de pertenencia a la Iglesia… pero nuestro cristianismo es más, en conjunto y sin ofender a nadie, un cristianismo de bautizados que de convertidos. No creo ser demasiado pesimista si reconozco que las comunidades cristianas actuales estamos lejos de vivir personalmente la fe que decimos poseer y conservar, si digo que creemos, con la fe reducida a creencia, pero no somos verdaderamente creyentes en Dios, en Cristo, confiando incondicionalmente en Él. Esto explicaría que nuestra condición de creyentes no irradie la alegría de las bienaventuranzas, de Maria, de los discípulos o de aquellas primeras generaciones de cristianos.

2. Para estar en disposición de recuperar las fuentes cristianas de la felicidad yo creo que necesitaríamos en primer lugar revitalizar y personalizar nuestro ser cristiano, haciendo efectiva la experiencia de la vida teologal, eso que se ha dicho tantas veces: o somos místicos o no podremos ser cristianos. Porque la actitud teologal, la fe-esperanza y caridad suponen una nueva forma de vivir en la que el hombre, superando las formas de vida desperdiciada, -la evasión, el divertimiento y tantas otras formas- llega al fondo de sí mismo y tratando de remontar el curso de su vida, que él percibe que no se ha dado a sí mismo, admite, reconoce, acepta: “todas mis fuentes están en ti”, refiriéndose, naturalmente a Dios. Creer en el Dios Padre creador es, en su centro mismo, vivir en la esperanza y de la esperanza. Y la esperanza es, en una expresión de Miguel García-Baró, “la certeza difícil, profundamente dichosa, de que lo mejor tendrá, tiene ya ahora, la última palabra. Es pues vivir en la certeza de que la propia vida procede del manantial de amor que reconocemos como Dios y en la certeza igualmente dichosa de que la semilla de ser que la presencia de Dios siembre en nosotros se impondrá a todos los peligros, a todos los pesares, incluso a las catástrofes que pueda comportar nuestra vida”.

Pero necesitamos también recuperar la vocación terrena, mundana, de nuestro ser cristiano, tal como la describió, después de siglos de olvido, el Vaticano II en esa preciosa Constitución sobre la Iglesia en el Mundo actual.

3. Los rasgos de la felicidad cristiana

3.1. Recuperada la raíz de la experiencia cristiana en la vida de los cristianos, florecería de nuevo la alegría que el Nuevo Testamento atribuye a los creyentes. Me parece además que de ahí surgiría una felicidad con rasgos originales, los propios de la felicidad cristiana, por ejemplo: su condición de felicidad teologal, la fe esperanza cristiana es fe-esperanza en Dios por la que el cristiano se fía de Dios y se confía a Dios, con todo el poder que la confianza en Dios tiene para derribar del corazón de los creyentes todos los ídolos que constantemente estamos fabricando: el de los bienes objeto de posesión y consumo, el del placer erigido en finalidad de la vida, el del vano honor, la vana gloria y el cultivo de la propia imagen, y por encima de todo, el del egoísmo que nos encierra en el círculo estrecho de nosotros mismos y los nuestros y nos hace ignorar a los otros y pasar indiferentes ante sus sufrimientos.

3.2. Tengo la impresión de que los cristianos, por no haber experimentado de verdad el ser creyentes, no hemos descubierto la felicidad que comporta consentir a la fuerza gravitatoria del amor de Dios en nosotros y ser testigos de la liberación de energías en nuestro interior que se sigue de ese consentimiento. Creer, confiar en Dios y consentir a su amor con la incondicionalidad de toda relación que se refiere a Dios, abre la posibilidad a otro rasgo característico de la felicidad que se sigue de creer: sólo se puede creer incondicionalmente como Abraham, como María, contra toda esperanza, es decir, contra todas las aparentes razones para no confiar o para desesperar. Y es que confiar en Dios no es reunir todos nuestros esfuerzos para dar el salto hacia Él, sino abandonarse a su fuerza de atracción que es infinitamente superior a la que puede ejercer en nosotros la gravedad que nos lleva a querer salvarnos a nosotros mismos o a confiar en cualquiera de los seres mundanos.

3.3. La condición teologal del fundamento de nuestra felicidad hace que ésta no se vea amenazada por nada, ni siquiera por la muerte. Como dice el texto de Job -en la antigua traducción de la Vulgata- “Aunque me mates, confiaré en ti”.

3.4. Afirmada en este fundamento, la felicidad de la fe permite descubrir otros rasgos característicos. Por ejemplo, el Dios trascendente en el que creemos rompe la atracción que ejerce en nosotros nuestro yo y el mundo en el que vivimos, el Dios creador que es “Dios mío” para cada ser humano, no puede serlo mas que siendo a la vez el Dios de todos. Imposible por tanto decir “Dios mío” si en mi invocación no están incluidos todos. El proyecto de Dios que aceptamos cuando decimos “hágase tu voluntad” incluye a todos los hombres, por eso es imposible creer en Él, reconocer su amor e ignorar a los otros. Creer en Dios lleva consigo, como principio rector de la vida, el “no sin los otros, nada sin los otros”.

3.5. Otro rasgo de la felicidad cristiana es la primacía del amor. Dicen los escritos de Juan “Creemos en el amor que Dios nos tiene”. “Vivo de la fe en el hijo de Dios que me amó”, dice San Pablo. Todos sabemos que el amor es la sal de la vida, su sentido, por eso el amor está en la raíz de toda felicidad; ahora nos explicamos el fracaso de la civilización del deseo que hay que saciar por la posesión y el consumo de bienes porque el amor comporta ciertamente deseo pero lo trasciende en la donación regida por la ley de la gratuidad; la originalidad del amor como centro de la vida explica la originalidad de la felicidad cristiana: hay más alegría en dar que en recibir, dice San Pablo en el Libro de los Hechos atribuyendo la expresión al mismo Jesús.

Felicidad cristiana, esperanza y sufrimiento

¿Es verdad que creer en el Dios de Jesucristo aporta alegría, auténtica alegría a la vida de los creyentes?, ¿qué clase de alegría es la que aporta? Porque es verdad que la Biblia se refiere a los creyentes como felices, al Dios en el que esperamos como el Dios que consuela, pero también es verdad que está llena de oraciones, como las de Jeremías, las del libro de las Lamentaciones, las de Job, como las de los autores de los salmos, la de Jesús mismo, en las que se dirigen a Dios desde el abismo del sufrimiento, desde el mayor abatimiento, desde la angustia, con oraciones que consisten en preguntas, en busca de explicación por lo que están viviendo, de queja por esa situación.

La esperanza no se identifica con el optimismo superficial que con una actitud mágica ante Dios hace de Él la respuesta inmediata a las preguntas humanas, pone en Él la satisfacción de nuestros deseos inmediatos. El Dios de la fe y de la esperanza cristiana no puede convertirse en objeto de ningún acto humano, es un Dios absolutamente trascendente, que no es ajeno al mundo pero tampoco se hace presente en él como un poder mayor o un ente supremo que lo rige o lo vigila desde fuera del mundo; precisamente por eso la fe requiere el trascendimiento de todo lo mundano y el descentramiento de sí mismo, por eso la esperanza solo está a la altura del Dios en el que confía cuando renuncia a todos los apoyos que puedan imaginarse para confiar; renunciar, como Abraham en el sacrificio de Isaac, a la prueba que Dios mismo le había dado como muestra de su fidelidad.

A partir de estas consideraciones se entiende que confiar cuando no se tiene ninguna razón aparente para hacerlo, que confiar contra toda razón, no es que sea el grado sumo de la esperanza, es que es la condición indispensable para que la esperanza sea esperanza teologal. Así entendida la esperanza no consiste en la convicción de que todo me va a ir bien en el futuro sino en la certeza oscura, en la confianza incondicional de que, suceda lo que suceda en mi vida, todo está bien porque mi vida entera está confiada a Dios.

Voy a terminar con una alusión a la “verdadera alegría”. Los textos más elocuentes sobre ella están en San Francisco de Asís, en sus mismos escritos y el capítulo VIII de Las Florecillas. Por ser más breve, remito a un texto de Santa Teresa del Niño Jesús, que sabéis que pasó por una prueba formidable al final de su vida, 18 meses en la más oscura de las noches espirituales, y escribe “a veces es verdad que el pajarillo –ella misma- se ve asaltado por la tempestad, le parece creer que no existe otra realidad mas que las nubes que lo envuelven. Entonces llega la hora de la alegría perfecta para el pobrecito y débil ser, qué dicha para él permanecer allí no obstante y seguir mirando fijamente a la luz invisible que se oculta a su fe”. Esta forma de alegría no es una anécdota en la vida de los creyentes, puede verse como la reproducción en ellos mismos del misterio pascual, de la vida, muerte y resurrección de Cristo. ¿Recordáis lo que decía Camus, “los hombres mueren y no son felices”? Jesús no nos ha salvado de esa condición humana expuesta al sufrimiento arrebatándonos al cielo y evitándonos la muerte, eso entraba dentro de la propuesta del tentador en el desierto. Él ha asumido nuestra condición hasta el fondo, pasando por el sufrimiento, el abandono y la muerte en la cruz y experimentando en sus carnes crucificadas y de resucitado la victoria definitiva del amor de Dios a la que nos asocia la esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> *La charla completa de “El Cristianismo y la Felicidad”, así como las dos anteriores del mismo ciclo, “¿Se puede vivir sin Dios?” y “El Dios cristiano y los otros dioses”, de Juan Martín Velasco, están disponibles en www.profesionalescristianos.com/index.php

interpela

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4 Cuaresma (C) Lucas, 15, 1-3.11-32
EL OTRO HIJO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 10/03/10.- Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del "padre bueno", mal llamada "parábola del hijo pródigo". Precisamente este "hijo menor" ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del "hijo mayor", un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «se indignó y se negaba a entrar» en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora sólo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Ésta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular... Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El "hijo mayor" es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿les ofrecemos amistad o los miramos con recelo? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

O OUTRO FILHO
José Antonio Pagola. Tradução: Antonio Manuel Álvarez Pérez

Sem dúvida a parábola mais cativante de Jesus é a do "pai bom", mal chamada de "parábola do filho pródigo". Precisamente este "filho menor" atraiu sempre a atenção de comentadores e predicadores. O seu regresso ao lar e o acolhimento incrível do pai comoveram todas as gerações de cristãos.

No entanto, a parábola fala também do "filho mais velho", um homem que permanece junto ao seu pai, sem imitar a vida desordenada do seu e irmão longe do lar. Quando o informam da festa organizada pelo seu pai para acolher o filho perdido, fica desconcertado. O retorno do irmão não lhe produz alegria, como ao seu pai mas raiva, «indignou-se e negava-se a entrar» na festa. Nunca se tinha afastado de casa, mas agora sente como um estranho entre os seus.

O pai sai a convidá-lo com o mesmo carinho com que acolheu o seu irmão. Não lhe grita nem lhe dá ordenes. Com amor humilde «procura persuadi-lo» para que entre na festa de acolhimento. É então quando o filho explode deixando a descoberto todo o seu ressentimento. Passou toda a sua vida cumprindo ordens do pai, mas não aprendeu a amar como Ele ama. Agora só sabe exigir os seus direitos e denegrir o seu irmão.

Esta é a tragédia do filho mais velho. Nunca se foi embora de casa, mas o seu coração esteve sempre longe. Sabe cumprir mandamentos mas não sabe amar. Não entende o amor do seu pai por aquele filho perdido. Ele não acolhe nem perdoa, não quer saber nada com o seu irmão. Jesus termina a sua parábola sem satisfazer a nossa curiosidade: entrou na festa ou ficou fora?

Envoltos na crise religiosa da sociedade moderna, habituamo-nos a falar de crentes e não crentes, de praticantes e de afastados, de matrimónios benzidos pela Igreja e de casais em situação irregular. Enquanto nós continuamos a classificar os Seus filhos, Deus continua à espera de todos, pois não é propriedade dos bons nem dos praticantes. É Pai de todos.

O "filho mais velho" é uma interpretação para quem acredita que vivemos junto Dele. Que estamos a fazer os que não abandonaram a Igreja? Assegurar a nossa sobrevivência religiosa observando o melhor possível o prescrito, o ser testemunhas do amor grande de Deus a todos os Seus filhos e filhas? Estamos construindo comunidades abertas que sabem compreender, acolher e acompanhar a quem procura a Deus entre dúvidas e interrogações? Levantamos barreiras ou estendemos pontes? Oferecemos-lhes amizade ou olhamo-los com receio?

L’ALTRO FIGLIO
José Antonio Pagola. Traduzione: Mercedes Cerezo

Indubbiamente, la parabola più accattivante di Gesù è quella del “padre buono”, erroneamente chiamata “parabola del figlio prodigo”. È proprio questo “figlio minore” che sempre ha attirato l’attenzione dei commentatori e dei predicatori. Il suo ritorno a casa e l’incredibile accoglienza del padre hanno commosso tutte le generazioni cristiane.

La parabola, però, parla anche del “figlio maggiore”, un uomo che rimane insieme al padre, senza imitare la vita disordinata del fratello, lontano da casa. Quando lo informano della festa organizzata dal padre per accogliere il figlio perduto, rimane sconcertato. Il ritorno del fratello non lo rallegra, come rallegra il padre, ma gli provoca rabbia: “S’indignò e non voleva entrare” alla festa. Non era mai andato via da casa, ma ora si sente come un estraneo tra i suoi.

Il padre esce a invitarlo con lo stesso affetto con cui ha accolto il fratello. Non lo sgrida, né gli dà ordini. Con umile amore cerca di persuaderlo a entrare alla festa dell’accoglienza. È questo il momento in cui il figlio esplode mettendo allo scoperto tutto il suo risentimento. Ha passato tutta la vita obbedendo agli ordini del padre, ma non ha imparato ad amare come ama lui. Adesso sa soltanto esigere i suoi diritti e denigrare il fratello.

Questa è la tragedia del figlio maggiore. Non ha mai lasciato la casa, ma il suo cuore è stato sempre lontano. Sa compiere i comandamenti, ma non sa amare. Non capisce l’amore del padre verso quel figlio perduto. Non accoglie né perdona, non vuol avere nulla a che fare con il fratello. Gesù conclude la parabola senza soddisfare la nostra curiosità: entrò alla festa o rimase fuori?

Nella crisi religiosa della società moderna, siamo abituati a parlare di credenti e di non credenti, di praticanti e di non praticanti, di matrimoni benedetti dalla Chiesa e di coppie in situazione irregolare… Mentre continuiamo a classificare i suoi figli, Dio continua ad attenderci tutti, poiché non è proprietà dei buoni né dei praticanti. È Padre di tutti.

Il “figlio maggiore” è una sfida per noi che crediamo di vivere uniti a lui. Che stiamo facendo noi che non abbiamo lasciato la Chiesa? Assicurare la nostra sopravvivenza religiosa, osservando il meglio possibile quanto è prescritto, o essendo testimoni del grande amore di Dio per tutte le sue figlie e i suoi figli? Costruiamo comunità aperte che sanno comprendere, accogliere e accompagnare quelli che cercano Dio tra dubbi e interrogativi? Eleviamo barriere o gettiamo ponti? Offriamo loro amicizia o li guardiamo con sfiducia?

L’ AUTRE FILS
José Antonio Pagola, Traducteur: Carlos Orduna, csv

La parabole du “ bon père ”, mal nommée “parabole du fils prodigue”, est sans doute la plus saisissante des paraboles Jésus. C’est justement ce « benjamin » qui a toujours attiré l’attention des commentateurs et des prédicateurs. Son retour au foyer et l’accueil incroyable du père ont ému des générations entières de chrétiens.

Cependant, la parabole parle aussi de « l’aîné », un garçon qui reste auprès de son père et qui n’imite pas la vie désordonnée de son frère, loin du foyer. Lorsqu’il est informé de la fête organisée par son père pour accueillir le fils perdu, il se sent troublé. Contrairement à son père, le retour de son frère ne suscite pas chez lui de la joie mais plutôt de l’indignation : « il se mit en colère et il refusait d’entrer à la fête ». Lui, n’était jamais parti de la maison mais maintenant il se sent comme un étranger parmi les siens.

Le père sort à sa rencontre pour l’inviter avec la même affection dont il avait accueilli son frère. Il ne crie pas après lui ni lui donne des ordres. Avec un amour humble, « il essaie de le persuader » pour qu’il prenne part à la fête de l’accueil. C’est alors que le fils éclate laissant à découvert tout son ressentiment. Lui, il a passé toute sa vie à obéir aux ordres de son père mais il n’a pas appris à aimer comme celui-ci sait aimer. Maintenant, il ne sait qu’exiger ses droits et dénigrer son frère.

C’est là la tragédie du fils aîné. Il n’a jamais quitté la maison mais son cœur est toujours resté loin. Il sait accomplir des commandements mais il ne sait pas aimer. Il ne comprend pas l’amour de son père à l’égard de ce fils perdu. Il n’accueille pas et ne pardonne pas. Il ne veut rien savoir de son frère. Jésus finit sa parabole sans satisfaire notre curiosité : finalement, est-il entré dans la fête ou est-il resté dehors ?

Immergés dans la crise religieuse de la société moderne, nous nous sommes habitués à parler de croyants et d’ incroyants, de pratiquants et d’éloignés, de couples bénis par l’Eglise et de couples en situation irrégulière… Pendant que nous continuons à classer ses fils, Dieu continue de nous attendre tous, car il n’est pas la propriété des bons ni des pratiquants. Il est notre Père à tous.

Le “fils aîné” constitue une interpellation pour nous, qui croyons vivre auprès de lui. Nous, qui n’avons pas quitté l’Eglise, que sommes-nous en train de faire ? Assurer notre survie religieuse en observant le mieux possible ce qui est prescrit ou être des témoins du grand amour de Dieu pour tous ses fils et pour toutes ses filles ? Construisons-nous des communautés ouvertes capables de comprendre, d’accueillir et d’accompagner ceux qui cherchent Dieu au milieu de leurs doutes et de leurs questions ? Dressons-nous des barrières ou savons-nous tendre des ponts ? Savons-nous leur offrir notre amitié ou les regardons-nous avec méfiance ?

THE OTHER SON
José Antonio Pagola. Translator: José Antonio Arroyo

Without a doubt, this is the most interesting parable in the gospel, “The Good Father”, unfairly known as the parable of “The Prodigal Son.”

This younger son has attracted all the attention of commentators and preachers. His return home and the welcome extended by the father have

moved so many generations of Christians.

In fact, the parable pays a lot of attention to the elder brother, who had always stayed home with his father, unlike the younger brother who chose to lead a dissolute life away from home. When the big brother is told about the great party thrown by his father to welcome this lost son, he is greatly disturbed. His younger brother’s return does not make him happy, as his father is, but hurt and angry: “He was angry and refused to go in.” He had never left home, but now he felt like a stranger among his own.

The father went out to invite him in with the same affection shown to the returning son. He does not raise his voice or tell him what he must do. He simply tries to plead with him. But the elder son responds with anger and resentment. He has never disobeyed his orders; yet, he never learned to love as his father does. Now, this elder son claims all his rights and condemns his brother’s behaviour.

Such is the elder son’s sad story. He has never left home; but his heart was always far away. He has never disobeyed orders, yet he never learned to love. Evidently, he doesn’t understand his father’s love for his brother. He does not welcome or forgive him, and doesn’t want to know anything about him. Jesus ends his parable without telling us if the elder son actually joined the celebration or remained outside.

Involved as we are in the religious crisis of modern society, we are used to speak of believers and unbelievers, practicing and non-practicing people, married and living together couples, etc. So, while we keep labelling our children, God is always waiting for all of us: He is not the God of the good ones only, or those who stay home. He is the Father of all.

The elder son is a reference for those of us who claim to live with him. Actually, what are we really doing, those of us who haven’t left the Church? Are we trying to just survive by keeping the prescribed rituals or commandments, or are we witnesses of God’s love towards all people?

Are we helping to build open communities that welcome and learn to live with anyone who is seeking God? Do we raise barriers or build bridges? Do we extend a friendly hand or show signs of resentment?

BESTE SEMEA
José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Jesusen parabolarik hunkigarriena, inondik ere, «aita onaren» hura da, era okerrean «seme hondatzailearen parabola» deitu izan dena. Hain juxtu, «seme gazte» honek deitu izan die atentzioa komentariogileei eta predikariei. Hura etxera itzuli eta aitak sinetsezineko moduan hartu izanak kristau-belaun guztiak hunkitu izan ditu.

Halaz guztiz, «seme nagusiaz» ere mintzo da parabola; aitarekin gelditu da hau, anaiaren bizitza nahasia imitatu gabe, etxetik urrun. Galdua zen semeari ongietorri egiteko aitak antolatu duen jaiaren berri eman diotenean, asaldatu egin da. Anaia itzuli izanak ez dio pozik eman, aitari bezala, baizik errabia: «haserretu zen eta ez zuen joan nahi» jaira. Ez zuen etxetik alde egin sekula; orain, ordea, arrotz sentitu da bereen artean.

Sartzeko dei egitera irten zaio aita, anaia onartu duen txera berarekin. Baina ez zaio joan oihuka, ezta agindua emanez ere. Maitasun apalez, «konbentzitu egin nahi du» harrerako festan parte har dezan. Orduantxe lehertu da gure mutila, bere erresumina agerian jarriz. Bizitza osoa eman du aitaren esana eginez, baina ez du ikasi aitak bezala maitatzen. Orain, bere eskubideak bakarrik ditu gogoan eta anaia gutxiestea.

Horra seme nagusiaren tragedia. Ez du sekula etxetik alde egin, ez, baina bihotza urrun izan du beti. Aginduak betetzen badaki, baina maitatzen ez. Ez du ulertu aitak galdua zen seme hari zion maitasuna. Ez daki zer den onartzea eta barkatzea, ez du deus jakin nahi bere anaiaz. Gure ikusmina ase gabe bukatu du Jesusek parabola: sartu ote zen ala kanpoan gelditu?

Gizarte modernoko krisi erlijiosoan murgildurik, ohituak gara fededunez eta fedegabeez mintzatzen, betetzaileez eta urrunduez, Elizak bedeinkaturiko ezkontza-bikoteez eta arauz kanpoko egoerako bikoteez... Guk haren seme-alabak sailkatzen jarraitzen dugun bitartean, guztion zain jarraitzen du Jainkoak, ez baita hura jende onaren ondare, ezta betetzaileena ere. Guztien Aita da.

«Seme nagusia» interpelatzen ari zaigu haren ondoan bizi garela uste dugunoi. Zer ari gara egiten Eliza bertan behera utzi ez dugunok? Geure superbizipena segurtatzen agindutakoa ahalik hobekien betez, ala bere seme-alaba guztiez Jainkoak duen maitasunaren testigu izaten? Elkarte irekiak ari al gara eraikitzen, duda-muda eta galdera artean Jainkoaren bila dabiltzanei ulertu, onartu eta lagun egiten dakitenak eraikitzen? Hesiak jartzen eta zubiak egiten ari ote gara? Adiskidetasuna eskaintzen ala errezeloa agertzen?

L'ALTRE FILL
José Antonio Pagola. Traductor: Francesc Bragulat

Sens dubte, la paràbola més captivadora de Jesús és la del "pare bo", mal anomenada "paràbola del fill pròdig". Precisament aquest "fill jove" ha atret sempre l'atenció de comentaristes i predicadors. La seva tornada a la llar i l'acollida increïble del pare han commogut totes les generacions cristianes.

No obstant això, la paràbola parla també del "fill gran", un home que roman al costat del seu pare, sense imitar la vida desordenada del seu germà, lluny de la llar. Quan l'informen de la festa organitzada pel seu pare per acollir el fill perdut, queda desconcertat. El retorn del germà no li produeix alegria, com el seu pare, sinó ràbia: «s'indignà i no volia entrar" a la festa. Mai havia marxat de casa, però ara se sent com un estrany entre els seus.

El pare surt a convidar-lo amb el mateix afecte amb què ha acollit el seu germà. No l'escridassa ni li dóna ordres. Amb amor humil «tracta de persuadir-lo» perquè entri a la festa de l'acollida. És llavors quan el fill esclata deixant al descobert tot el seu ressentiment. Ha passat tota la seva vida complint ordres del pare, però no ha après a estimar com estima ell. Ara només sap exigir els seus drets i denigrar el seu germà.

Aquesta és la tragèdia del fill gran. Mai ha marxat de casa, però el seu cor ha estat sempre lluny. Sap complir manaments però no sap estimar. No entén l'amor del seu pare envers aquell fill perdut. Ell no acull ni perdona, no vol saber res amb el seu germà. Jesús acaba la seva paràbola sense satisfer la nostra curiositat: va entrar a la festa o es va quedar fora?

Envoltats en la crisi religiosa de la societat moderna, ens hem acostumat a parlar de creients i no creients, de practicants i d'allunyats, de matrimonis beneïts per l'Església i de parelles en situació irregular... Mentre nosaltres seguim classificant els seus fills, Déu ens segueix esperant a tots, ja que no és propietat dels bons ni dels practicants. És Pare de tots.

El "fill gran" és una interpel per als qui creiem viure al seu costat. Què estem fent que no hem abandonat l'Església? ¿Cal assegurar la nostra supervivència religiosa observant el millor possible el prescrit, o ser testimonis de l'amor gran de Déu a tots els seus fills i filles? Estem construint comunitats obertes que saben comprendre, acollir i acompanyar els qui cerquen Déu entre dubtes i interrogants? ¿Aixequem barreres o bastim ponts? ¿Els oferim amistat o els mirem amb recel?

impide II

impide II

EXCOMUNIÓN Y VIDA ETERNA (II)
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, corimayo@telefónica.net
MADRID.

ECLESALIA, 09/03/10.- De la iglesia societaria de la que seamos miembros, sí que se nos puede excomulgar de hecho. Esto podrá traernos inconvenientes serios; pero nunca acarrearnos la condenación eterna. Primero, por ser como tengo repetido, de índole temporal la excomunión y, luego, porque quienes creemos en la piedra angular, escogida y preciosa, puesta por Dios, no podemos quedar confundidos (1Pe 2,6). De manera que nadie puede separarnos del linaje escogido, del sacerdocio regio, de la nación santa, del pueblo de su patrimonio (1Pe 2,9). O, lo que es igual, nadie puede expulsarnos de la Iglesia de Jesús, como no hay quien pueda apartarnos del amor de Dios (Rom 8,38-39).

Digo de hecho, porque ha sucedido y puede seguir sucediendo, a pesar de no parecer atadura harmonizable con la misión encomendada por Dios a sus colaboradores en este mundo. Me refiero a la pergeñable por lo menos, a través de parábolas muy conocidas.

La salvación no ha dejado, en efecto, de parecerse al banquete de bodas del hijo de un Rey. Éste es el que invita, sin que pueda haber otro que lo pueda hacer. ¡Suyo es el banquete! Los hombres y sus asociaciones, no pasan de siervos suyos, enviados por Él a las encrucijadas y caminos de la vida para convocar a cuantos hallaren. Es lo que se limitaron a hacer los siervos aquellos, sin distinguir entre “malos y buenos”. La expulsión del que no dio razón de no llevar traje de boda, fue el Rey quien la ordenó (Mt 22,8-13). De igual modo se puede decir que la tarea de los pescadores de hombres es echar al mundo la gran red que arrastra toda clase de peces; no ponerse a separar los malos de los buenos. Ésta es tarea a realizar cuando la red sea sacada a la orilla, en la consumación del mundo (Mt 13,47-50). Lo mismo puede decirse en relación a la parábola de la cizaña.

No parece por ello que sea misión de nadie en la tierra excluir a nadie de la invitación del Rey, ni de la red, ni del sembrado. Es que esto no lo hizo ni el propio Jesús (Jn 6,37), ni siquiera con Judas; sino que éste fue el que él solo se apartó. Y a todos los demás no les impidió irse; sino que dejó libertad hasta a los Doce para que se fueran (Jn 6,67-68). Y respetó la voluntad de quienes no quisieron acogerle (Mt 8,34-9,1), sin aceptar por ello condena para nadie en el presente (Lc 9,53-56), sino sólo en el último día: la que cada uno se hubiere infligido a sí mismo al no creer en su palabra (Jn 12,47-48).

Pues entonces, ¿cómo pueden considerarse la excomunión y el anatema competencia evangélica de la autoridad eclesiástica, aun cuando a ésta se la afirme puesta por el Amo al frente de su casa? ¿No debería ella comportarse más bien como despensero (traducción también literal del oikonómos usado en la parábola: Lc 12,42), puesto para repartir a su tiempo la ración de trigo a los demás? ¿Es que por ser despensero o, como suele decirse, administrador, se deja de ser tan “carne” y tan hombre como el resto (Hch 14,15); tan siervo como los demás (lo reitera la propia parábola: vv. 43.45.46.47); tan inútil como todos (Lc 17,10)? ¿Podrá, quien tiene recibido del Padre el encargo de velar por los de su casa en este mundo, echar fuera de ella a alguno de sus hermanos, tan hijo del amor de Dios como él? ¿Es que el enviado por Jesús (Jn 20,21) puede hacer lo que ni siquiera fue misión que el Padre le encomendara a Él mismo al enviarle al mundo (Jn 3,17)?

Las excomuniones producidas es imposible entenderlas todas publicación o puesta en luz de autoexclusiones implicadas en conductas personales. Son muchas las que se han debido a disentir de pronunciamientos derogables, y ahora ya derogados en gran número; no a incumplimiento del mandato que tenemos recibido del Padre: “que creamos en la persona de su Hijo Jesucristo y nos amemos los unos a los otros” (1Jn 3,23). La ofensa contumaz al prójimo, pese al requerimiento de la comunidad propia, es lo único que parece justificar la “excomunión”, sólo del ofensor; es decir, tenerlo por gentil y pecador (Mt 18,17). Las otras excomuniones ¿no sugieren los golpes con que el despensero confiado en la tardanza del Amo, podría maltratar a los mozos y muchachas y, en todo caso, no es negarles la oportuna ración de trigo que se les debe?

La distinción entre Iglesia de Jesús e iglesias societarias, evoca el reproche de Pablo por las facciones surgidas, ya en su tiempo, por interpretar con criterio humano y carnal el hecho de la incorporación a la Iglesia de Jesús y el del perfeccionamiento en la fe (1Cor 3,3-7). Como si de los dos fueran autores los hombres a través de los que nos llega el mensaje de Dios y no sólo Él. Lo mismo habría que decir de las facciones actuales: mientas que los creyentes somos labranza y edificación de Dios (1Cor 3,9), ellas no pasan en cuanto tales de colaboradoras suyas en su obra. Nadie debería gloriarse en ser de ellas, ni de Pablo, Apolo, o Cefas…; sino sólo de Cristo y de Dios (1Cor 3,21-22).

El dogma básico de la imposibilidad de haber salvación fuera de la Iglesia, además de entenderlo, como digo, a la luz de la distinción entre Iglesia de Jesús e iglesias societarias, parecería preferible que no se diera nunca pie a pensar que se le concibe como pedrada de pastor a los que se alejan o desvían; sino como apremio pastoral que urge a las propias iglesias societarias, tanto más cuanto más se sienta cada una plasmación cumbre de la Iglesia fuera de la que no hay salvación. Apremio, no para combatir a quienes no están en la suya (Mc 9, 40); sino para salir en busca de las ovejas perdidas y de las que, siendo de Jesús, no están aún en ningún aprisco suyo (Jn 10,16). A fin de que, liberadas de las tinieblas por la fe en Él, proclamen las grandezas de Dios (1Pe 2,9), gocen de la esperanza en la herencia incorruptible reservada en los cielos, para la que ya están reengendrados los ya creyentes (1Pe 1,3-4) y vivan el sincero amor fraterno para el que son purificados (1Pe 1,22), incluido el de la alegría de saberse uno con cuantos creen en Jesús de Nazaret. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

enviadas

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TOMAR CONCIENCIA DE NUESTRA MARGINACIÓN
En el Día Internacional de las Mujeres
COL·LECTIU DE DONES EN L'ESGLÉSIA, dones.esglesia@terra.es
BARCELONA.

ECLESALIA, 08/03/10.- Nosotras, mujeres creyentes, quisiéramos que la Iglesia siguiese el ejemplo de Jesús en el reconocimiento de la mujer en todos los ámbitos de su vida. Hoy, en el siglo XXI, queremos decir y hacer lo que Él nos enseñó.

Las primeras palabras que las mujeres oyeron después de la resurrección de Jesús fueron: “Id a decir…” (Mc.16,7)

También nosotras, con esta fuerza de enviadas a proclamar su Palabra.

M A N I F E S T A M O S
I – Que hace veinticuatro años que nuestro COL·LECTIU trabaja por la paridad inspiradas en el Evangelio, que nos reconoce a todas y a todos hijas e hijos de Dios. El conocimiento de la historia evidencia un balance que pone de relieve algunas realidades crueles por parte de la jerarquía eclesiástica respecto a las mujeres.

II – Que pedimos que el celibato religioso sea voluntario, entre otras razones más profundas, por no tener que pasar por la vergüenza de las acusaciones de pederastia.

III – Que las mujeres, hoy, estamos en la Iglesia: transmitiendo la fe a través de la catequesis; la mayoría, como mujeres, nos responsabilizamos de las personas más débiles y desvalidas, desde la acogida que se hace a través de Cáritas y otras instituciones; trabajamos también en distintos campos, entre ellos el de la salud, que fue una preocupación prioritaria de Jesús…

IV – Que continuaremos caminando, siguiendo a Cristo, amando a todas las hermanas y hermanos de la humanidad. Pero si la actitud de una gran parte de la jerarquía de la Iglesia Católica, no reconoce en la práctica que Dios creó al ser humano mujer-hombre en igualdad de derechos (Gal. 3,28), quizá llegue un día, no muy lejano, en que las mujeres tendremos que dejar de prestar TODOS LOS SERVICIOS a esta Iglesia nuestra.

V – Entendiendo que todos nuestros trabajos forman parte del Ministerio de la Iglesia, ¿por qué no son reconocidos como tales?

Por todo esto, las mujeres católicas,

- queremos ser fieles al envío de Jesús, celebrando con gozo nuestra fe, nuestro hacer y nuestras palabras de respuesta a la Ruah,

- tenemos el deber de no permitir que esta situación continue y desde aquí animamos a todas las mujeres católicas a tomar conciencia de lo que representa esta marginación.

Para las mujeres no hay “siete” sacramentos, sino “seis”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

8 de marzo de 2010

profundamente

profundamente

ESPIRITUALIDAD O ESPIRITUALIZACIÓN
CARMEN ILABACA HORMÁZABAL, ccbilabaca@hotmail.com
CHILE.

ECLESALIA, 05/03/10.- ¿Tienen la hojita de Pagola?, así se refería una señora integrante del equipo que estaba preparando la liturgia dominical... obviamente ella se estaba refiriendo a la reflexión dominical que el P. Pagola hace del Evangelio.

Esto me lleva a reflexionar: tanta discusión, tantos vistos buenos que se dan y después se cambia de parecer... es que esto no es así... sino que es allá... discusiones torpes e ineficientes que no conducen a la paz y a la evangelización en este Jesús tan querido por muchos y tan manipulado por muchos, también.

Qué es más evagelizador, decir: te autorizo la publicación de acuerdo al código equis, párrafo tanto, hoja ene... o, decir: ¡Tienen la hojita de Pagola!

La comunidad eclesial en la cual participamos junto a mi esposo, entiende la escritura con los comentarios tan aterrizados “de Pagola”. Yo siento que no vale la pena discutir la historicidad de una persona, sino el bien que este ser le hace al ser humano.

Los “jefes católicos”, año tras año, década tras década, siglo tras siglo se han quedado en la espiritualización de Jesús y no en la espiritualidad de Jesús; dos cosas muy distintas. Es muy diferente la hinchazón a la gordura... ¡sí! muy distintos, pero en el concepto visual se ven “como iguales”.

La espiritualización la vive una mujer en que durante años le ha rezado al Señor, para que su esposo no la castigue más... cuatro años rezando y ella cuatro años recibiendo golpes. Recuerdo que un sacerdote le decía a una mujer golpeada: “haz como dice Pablo: “... tu asistencia al templo evangelizará a tu marido...”, y la mujer con lágrimas en los ojos, respondía: sí, eso hago, pero parece que Él no me escucha...” y el cura, insistía: ¡“siga rezando... siga rezando”!. Espiritualización en la médula de los huesos... así se ha “enseñado” durante siglos.

Una profunda espiritualidad en Jesús, es decir, vivir en el espíritu de Jesús, es otra cosa muy distinta. Ante la misma situación, Jesús habría actuado parecido a como actuó en las afuera del templo junto a los mercaderes: ¡Ya basta de golpear a la mujer... basta! ¡Y, tú, mujer, deja a este hombre y sé feliz!

Jesús nos acoge y protege... Jesús nos ama... Jesús no es castigador... Jesús es el Señor de la Paz... esto nos ha enseñado siempre Jesús y lo hemos meditado con las reflexiones de Pagola y así la pequeña comunidad se refuerza en el amor de Dios con la espiritualidad en Jesús. El pueblo de Dios, olvidado en los grandes salones eclesiásticos, entiende la Palabra y se deja amar por Dios a través del P. Pagola. ¿Entonces? ¿Alguien entiende algo...?

Todas las semanas les llevo el Evangelio de Jesús reflexionado por Pagola a las señoras de la comunidad y el pueblo alaba y se regocija en este Jesús que nos ama profundamente. Y gracias a quién... “¡a la hojita de Pagola...!”, decía la señora Rosita.

Ánimo, padre, yo no lo conozco personalmente, pero sí reconozco que usted me ha enseñado a dejarme regalonear profundamente en Dios, a través de sus escritos. ¡Qué es mejor la espiritualización en Jesús o la espiritualidad en Jesús! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Cariñosamente, Carmen.

manifestemos

manifestemos

CARTA ABIERTA A JOSÉ ANTONIO PAGOLA

BEATRIZ NEFF ATANCE, Hija de Jesús, beatrizneff@yahoo.com

SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 04/03/10.- Estimado José Antonio, no nos conocemos personalmente, pero sé de ti a través de tus escritos, pues cuando alguien escribe y lo comparte con otros, saca su alma a pasear. Es lo que haces en tus libros y cada domingo en los comentarios al evangelio. Soy testigo de ello.

No nos conocemos personalmente, pero sé de ti a través de personas que sí te conocen y con la que tú has tenido siempre mucha y buena relación.

Tus comentarios sobre el evangelio y el libro de la discordia, “Jesús. Aproximación histórica”, me dicen que eres un creyente, profundo creyente, amante del Evangelio, de la Libertad, de un Jesús que pone su vida en juego por el Reino, es decir, por un mundo de Justicia, que apoya a los más pobres y marginados y que da su vida por cada uno de nosotros.

Lo que otras me dicen de ti es que eres un gran hombre, un gran creyente, gran profesor y gran acompañante en la fe de muchas personas, a las que has ayudado en su vocación. Siempre has puesto tu vida en juego, siguiendo a Jesús de Nazaret.

Ya hay muchos textos, firmados por teólogos y teólogas de reconocido prestigio, que se han alzado contra la censura de tu libro, que expresan infinitamente mejor de lo que yo pudiera hacer, la validez de las afirmaciones y del método exegético de tu libro. Y hay también muchas voces que exigen explicaciones acerca de la decisión de retirarlo de las librerías cuando ha vuelto a salir a la luz con todas las bendiciones. Desde aquí me uno a todas ellas.

Pero yo hoy pretendo releer contigo dos pasajes del Nuevo Testamento. El primero es de San Juan. En el capítulo 4 de su 1ª carta, dice: “Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; ese es el del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo”. (1 Jn 4, 2-3).

Si a ti te condenan por tu libro, ¿también deberían condenar a San Juan?

Dios se hizo carne, se hizo historia, humanidad, debilidad, impotencia, se hizo ternura, compasión, misericordia, se hizo uno de tantos… se puso a la cola de los pecadores…

Dios no se hizo dogma, ley, norma, no se hizo ortodoxia, doctrina, magisterio…

Dios se reveló, y lo hizo a los pastores, a las mujeres, a los pecadores, a los publicanos, a los samaritanos, a las prostitutas, a los leprosos, a los indeseables…

Jesús no lanzó discursos teológicos, académicos, intelectuales… Jesús hablaba en cuentos, historias, narraciones, parábolas, dichos, comparaciones…

A ese Jesús histórico te has aproximado, con una metodología teológica actual. Quién pueda poner ejemplos de incorrecciones, que los ponga… todos estamos abiertos a aprender.

El otro texto es de Mateo: "Felices seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros" (Mt 5, 12).

Quien de verdad sigue a Jesús, poniendo su vida en juego… se la juega, sale “mal parado”. Jesús mismo se la jugó, porque antepuso la persona a la Ley. Y esto escandalizó a algunos. También se la jugó porque acercó demasiado a Dios. Parece que sigue siendo peligroso aproximar Dios al ser humano, parece que Dios debe quedarse en el templo, no debe mezclarse con los problemas cotidianos… ¡a ver si cualquiera va a poder hablar de Dios…! Tú lo acercas y curiosamente, querer que Dios esté lejos es algo en lo que se ponen de acuerdo tanto los que lo niegan como los que se dicen sus garantes… y la mayor acusación hacia tu libro es “que puede hacer daño”...

Afortunadamente, todavía quedan profetas entre nosotros, aunque ser profeta lleve como consecuencia ser injuriado y perseguido. José Antonio, si eres perseguido es por causa de Jesús. No temas, alégrate, pues esto es oportunidad para que otros y otras nos definamos y nos manifestemos.

Gracias por tu fe, tu valentía y tu empeño en acercar a Jesucristo a tanta gente. Otro San Juan, de la Cruz, decía que al final de la vida nos examinarán del amor. Y condenar no es amar. Quien tenga oídos para oír, que oiga.

Un saludo desde la libertad que da creer en el Jesús del Evangelio. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

alentando

alentando

3 Cuaresma (C) Lucas 13, 1-9
¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 03/03/10.- Unos desconocidos le comunican a Jesús la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más los horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.

No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su propio templo?

Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas por la caída de un torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma advertencia: «si no os convertís, todos pereceréis».

La respuesta de Jesús hace pensar. Antes que nada, rechaza la creencia tradicional de que las desgracias son un castigo de Dios. Jesús no piensa en un Dios "justiciero" que va castigando a sus hijos e hijas repartiendo aquí o allá enfermedades, accidentes o desgracias, como respuesta a sus pecados.

Después, cambia la perspectiva del planteamiento. No se detiene en elucubraciones teóricas sobre el origen último de las desgracias, hablando de la culpa de las víctimas o de la voluntad de Dios. Vuelve su mirada hacia los presentes y los enfrenta consigo mismos: han de escuchar en estos acontecimientos la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.

Todavía vivimos estremecidos por el trágico terremoto de Haití. ¿Cómo leer esta tragedia desde la actitud de Jesús? Ciertamente, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que puede encaminarnos hacia una conversión no es "¿por qué permite Dios esta horrible desgracia?", sino "¿cómo consentimos nosotros que tantos seres humanos vivan en la miseria, tan indefensos ante la fuerza de la naturaleza?".

Al Dios crucificado no lo encontraremos pidiéndole cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimas. No lo descubriremos protestando de su indiferencia o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar el dolor en Haití y en el mundo entero. Entonces, tal vez, intuiremos entre luces y sombras que Dios está en las víctimas, defendiendo su dignidad eterna, y en los que luchan contra el mal, alentando su combate. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

ONDE ESTAMOS NÓS?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net

Uns desconhecidos comunicam a Jesus a notícia da horrível matança de uns galileus no recinto sagrado do templo. O autor foi mais uma vez, Pilatos. O que mais os horroriza é que o sangue daqueles homens se tenha misturado com o sangue dos animais que estavam a oferecer a Deus.

Não sabemos por que se dirigem a Jesus. Desejam que se solidarize com as vítimas? Querem que lhes expliquem que horrendo pecado poderão ter cometido para merecer uma morte tão ignominiosa? E se não pecaram, por que Deus permitiu aquela morte sacrílega no seu próprio templo?

Jesus responde recordando outro acontecimento dramático ocorrido em Jerusalém: a morte de dezoito pessoas esmagadas pela queda de um torreão da muralha junto à piscina de Siloé. Pois bem, de ambos acontecimentos faz Jesus a mesma afirmação: as vítimas não eram, mais pecadores que os outros. E termina a sua intervenção com a mesma advertência: «se não vos converteis, todos perecereis».

A resposta de Jesus faz pensar. Antes que nada, recusa a crença tradicional de que as desgraças são um castigo de Deus. Jesus não pensa num Deus "justiceiro" que vai castigando os seus filhos e filhas repartindo aqui ou ali doenças, acidentes ou desgraças, como resposta aos seus pecados.

Depois, muda a perspectiva da explicação. Não se detêm em elucubrações teóricas sobre a origem última das desgraças, falando da culpa das vítimas ou da vontade de Deus. Volta o seu olhar para os presentes e enfrenta-os consigo mesmos: escutarão nestes acontecimentos a chamada de Deus à conversão e à mudança de vida.

Todavia vivemos abalados pelo trágico terramoto do Haiti. Como ler esta tragédia a partir da atitude de Jesus? Certamente, o primeiro não é perguntar-nos onde está Deus, mas onde estamos nós. A pergunta que pode encaminhar-nos para uma conversão não é "por que permite Deus esta horrível desgraça?", mas "como consentimos nós que tantos seres humanos vivam na miséria, tão indefesos ante a força da natureza?".

Ao Deus crucificado não o encontraremos pedindo contas a uma divindade longínqua, mas identificando-nos com as vítimas. Não o descobriremos protestando pela Sua indiferença ou negando a Sua existência, mas colaborando de mil formas por mitigar a dor no Haiti e no mundo inteiro. Então, tal vez, possamos intuir entre luzes e sombras que Deus está nas vítimas, defendendo a sua dignidade eterna, e nos que lutam contra o mal, alentando o seu combate.

DOVE SIAMO NOI?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net

Alcuni sconosciuti comunicano a Gesù la notizia dell’orribile massacro di alcuni galilei nel recinto sacro del tempio. Ancora una volta, l’autore è stato Pilato. Quello che maggiormente provoca orrore è che il sangue di quegli uomini si sia mescolato con il sangue degli animali che stavano offrendo a Dio.

Non sappiamo perché vanno da Gesù. Desiderano che si faccia solidale con le vittime? Vogliono che spieghi loro quale orribile peccato hanno potuto commettere per meritare una morte così ignominiosa? E se non hanno peccato, perché Dio ha permesso quella morte sacrilega nel suo stesso tempio? Gesù risponde ricordando un altro avvenimento drammatico accaduto in Gerusalemme: la morte di diciotto persone schiacciate dalla caduta di una torre delle mura vicina alla piscina di Siloe. E poi, di entrambi gli avvenimenti Gesù afferma la stessa cosa: le vittime non erano più peccatori degli altri. E finisce il suo intervento con il medesimo avvertimento: ”Se non vi convertite, perirete tutti allo stesso modo”.

La risposta di Gesù fa pensare. Innanzitutto rifiuta la credenza tradizionale che le disgrazie sono un castigo di Dio. Gesù non pensa a un Dio “giustiziere” che si dedica a castigare le sue figlie e i suoi figli, ripartendo qua e là infermità, incidenti o disgrazie, come risposta ai loro peccati.

Poi, cambia la prospettiva. Non si ferma a elucubrazioni teoriche sull’origine ultima delle disgrazie, parlando della colpa delle vittime o della volontà di Dio. Volge lo sguardo verso i presenti e li mette a confronto con se stessi: devono ascoltare in questi avvenimenti la chiamata di Dio alla conversione e a un cambiamento di vita.

Viviamo ancora sconvolti dal tragico terremoto di Haiti. Come leggere questa tragedia a partire dall’atteggiamento di Gesù?

Certo, non è innanzitutto chiedendoci dove sta Dio, ma dove siamo noi. La domanda che può indirizzarci verso una conversione non è “perché Dio permette questa orribile disgrazia?”, ma “come noi permettiamo che tanti esseri umani vivano nella miseria, così indifesi di fronte alla forza della natura?”.

Il Dio crocifisso non lo troveremo come chiedendo conto a una divinità lontana, ma identificandoci con le vittime. Non lo scopriremo protestando contro la sua indifferenza o negando la sua esistenza, ma collaborando in mille maniere per mitigare il dolore ad Haiti e nel mondo intero. Allora, forse, intuiremo fra luci e ombre che Dio è nelle vittime, difendendo la loro dignità eterna, e in coloro che lottano contro il male, incoraggiando la loro battaglia.

Où SOMMES-NOUS?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net

Des inconnus communiquent à Jésus la nouvelle de l’horrible tuerie des galiléens dans l’enceinte du temple. L’auteur en a été, une fois de plus, Pilate. Ce qui les effraie le plus c’est le fait que le sang de ces hommes-là se soit mélangé au sang des animaux que l’on était en train d’offrir à Dieu.

Nous ne savons pas pourquoi ils viennent à Jésus. Souhaitent-ils qu’il se solidarise des victimes ? Veulent-ils qu’il leur explique quel affreux péché ont-ils pu commettre pour mériter une mort si ignominieuse ? Et s’ils n’ont pas péché, pourquoi Dieu a-t-il permis cette mort sacrilège dans son propre temple ?

Jésus répond en rappelant un autre événement dramatique survenu à Jérusalem: la mort de dix huit personnes écrasées par la chute d’une tour de la muraille proche de la piscine de Siloé. Eh bien, Jésus fait la même affirmation en parlant des deux événements : les victimes n’étaient pas plus pécheresses que les autres. Et il finit son intervention avec le même avertissement : « si vous ne vous convertissez pas, vous périrez tous ».

La réponse de Jésus donne à penser. Avant tout, il refuse la croyance traditionnelle selon laquelle les malheurs sont une punition divine. Jésus ne pense pas à un Dieu « justicier » qui punit ses fils et ses filles en distribuant ici et là des maladies, des accidents ou des malheurs, en réponse à leurs péchés.

Ensuite, il change la perspective de leur raisonnement. Il ne s’arrête pas à des élucubrations théoriques sur l’origine ultime des malheurs, en parlant de la faute des victimes ou de la volonté de Dieu. Il tourne son regard vers les gens présents et il les met face à eux-mêmes : dans ces événements, ils doivent entendre l’appel de Dieu à la conversion et au changement de vie.

Nous sommes encore impressionnés par le tragique séisme d’Haïti. Comment lire cette tragédie à partir de l’attitude de Jésus ? Certainement, la première des choses n’est pas de nous demander où est Dieu mais où nous sommes. La question qui peut nous conduire à la conversion n’est pas « pourquoi Dieu permet-il cet horrible malheur ? » mais plutôt « pourquoi consentons-nous que tant d’êtres humains croupissent dans la misère, sans aucune défense face à la force de la nature ? »

Nous ne trouverons pas le Dieu crucifié en train de demander des comptes à une divinité lointaine mais en train de s’identifier aux victimes. Nous ne le découvrirons pas en train de protester de son indifférence ou en train de nier son existence mais plutôt en train de collaborer de mille façons à calmer la douleur en Haïti et dans le monde entier. Alors, nous comprendrons peut-être, entre ombres et lumières, que Dieu se trouve parmi les victimes, en train de défendre leur éternelle dignité et chez ceux qui luttent contre le mal, en train d’encourager leur combat.

ON WHOSE SIDE ARE WE?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net

Some unknown people came to Jesus and told him about a bloody incident that had taken place in the temple premises. The murder had been committed by none other than Pilate. What was worse, the blood of the murdered men had been mingled with that of their sacrificed animals.

It is not said why those people came to Jesus. Were they speaking for the victims? Were they seeking for an explanation of the sin that could justify such horrendous death? And, if there wasn’t any sin, why could God permit such heinous killing in his own temple?

Jesus answered by reminding them about another terrible incident that took place in Jerusalem: the death of eighteen people who were killed when the tower of Siloam fell on them. “Do you suppose that they were more guilty than the other people living in Jerusalem?” Jesus concludes by saying: they were not, and unless you repent you will all perish as they did.

Jesus’ answer should make us think. To begin with, Jesus rejects the popular belief that all calamities are a punishment from God. Jesus does not speak of a God

who is a Law keeper, who goes around punishing his sons and daughters, handing out illnesses, accidents and calamities, in response to their sins.

A little later, Jesus takes another approach. He does not try to explain any theory about the ultimate cause of evil: the guilt attributed to the victims or God’s own providence. Jesus turns towards those present and challenges them: take all these happenings as a call from God for your conversion, and change your life.

We are all still shaken up by the tragic earthquakes in Haiti. How can we read such tragedy from Jesus’ point of view? The first question, of course, should not be “Where was God?” but, rather, where were we? The question that should show us the way to conversion is not “why did God allow such tragedy?” We should rather ask ourselves, how can we allow that so many human beings still live in such misery, totally helpless against the fury of nature?

We will never find our Crucified God by asking accountability from a distant Divinity; but by identifying ourselves with the victims. We will never find God by accusing him of indifference or denying his existence. On the contrary, we should find ways to combat the sufferings in Haiti and other parts of the world. Then, perhaps, we shall discover, among the lights and shadows, that God lives among the victims, honouring their human dignity, protecting them against all ills, and challenging them to go on with their lives.

ZERTAN GARA GU?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net

Ezezagun batzuek jakitera eman diote Jesusi ezen sekulako sarraskia egin dietela galilear batzuei tenpluaren barne sakratuan. Eragilea, beste behin, Pilato izan da. Hau iruditu zaie izugarriena: jende haren odola Jainkoari eskaintzen ari ziren animalien odolarekin nahastu izana.

Ez dakigu zergatik jo duten Jesusengana. Biktimekin bat egin dezan nahi ote dute? Halako heriotza iraingarria merezi izateko, zein bekatu beldurgarri egin duten argitu diezaien nahi ote dute? Eta bekatu egin ez badute, zergatik bide eman dio Jainkoak heriotza sakrilego honi bere tenpluan berean?

Jerusalemen izana den beste gertaera dramatiko bat gogora ekarriz erantzun die Jesusek: Siloeko urtegi ondoko harresiko dorrea erortzean zapaldurik hil diren hemezortzi pertsonen heriotza. Eta gertaera bi hauez baieztapen bera egin du Jesusek: biktima horiek ez ziren −esan die− gainerako jendea baino bekatariago. Eta ohar bera dagi bukatzeko: «bihozberritzen ez bazarete, guztiak galduko zarete».

Zer pentsatua ematen du Jesusen erantzun honek. Beste ezer baino lehen, uko egin dio zoritxarra Jainkoak eragindako zigorra delako sineskeria tradizionalari. Jainkoa ez da Jesusentzat jujari zorrotz bat, bere seme-alabak nola zigortuko dabilena, han eta hemen, bekatuen erantzuntzat, gaixotasunak, istripuak edo zoritxarrak bidaliz dabilena.

Ondoren, aldatu egin du haien ikuspegia. Ez da gelditu zoritxarren azken jatorriaren zoko-moko teorikoetan, biktimen erruaz edo Jainkoaren gogoaz hitz eginez. Aurrean dituen haiengana itzuli da, beren buruari begira jarrarazteko: gertaera hauetan Jainkoaren deia entzun behar dute, bihozberri daitezen eta bizieraz alda.

Gu geu, Haitiko lurrikara tragikoaz larriturik gara oraino. Nola irakurri tragedia hau Jesusen jarreratik? Dudarik gabe, lehen gauza ez da Jainkoa non den galdezka hastea, baizik non garan gu galdetzea. Konbertsiora bidera gaitzakeen galdera ez da hau: «zergatik bide eman dio Jainkoak zoritxar beldurgarri honi?», baizik «zergatik uzten dugu guk geuk hainbat jende miserian bizitzea, hain babesgabe bizitzea naturaren indarraren aurrean?»

Jainko gurutziltzatua ez dugu aurkituko urruneko jainko bati kontuak eskatuz, baizik biktimekin bat eginez. Ez dugu aurkituko haren axola-ezaz protesta eginez edo haren existentzia ukatuz, baizik mila eratan lan eginez Haitikoen eta mundu osokoen mina arintzeko. Orduan, agian, sumatuko dugu argi eta ilun artean Jainkoa biktimekin dela, haien betiko duintasuna defendatuz, eta gaitzaren kontra ari direnekin dela, haiei borrokan adore emanez.

ON SOM NOSALTRES?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net

Uns desconeguts li comuniquen a Jesús la notícia de l'horrible matança d'uns galileus al recinte sagrat del temple. L'autor ha estat, una vegada més, Pilat. El que més els horroritza és que la sang d'aquells homes s'hagi barrejat amb la sang dels animals que estaven oferint a Déu.

No sabem per què van a Jesús. ¿Desitgen que se solidaritzi amb les víctimes? ¿Volen que els expliqui quin horrible pecat han pogut cometre per merèixer una mort tan ignominiosa? I si no han pecat, per què Déu ha permès aquella mort sacrílega en el seu propi temple?

Jesús respon recordant un altre esdeveniment dramàtic passat a Jerusalem: la mort de divuit persones aixafades per la caiguda d'una torrassa de la muralla propera a la piscina de Siloè. Doncs bé, dels dos esdeveniments fa Jesús la mateixa afirmació: les víctimes no eren pas més pecadors que els altres. I acaba la seva intervenció amb la mateixa advertència: «si no us convertiu, tots acabareu igual».

La resposta de Jesús fa pensar. Primer de tot, rebutja la creença tradicional que les desgràcies són un càstig de Déu. Jesús no pensa en un Déu "justicier" que va castigant els seus fills i filles repartint aquí o allà malalties, accidents o desgràcies, com a resposta als seus pecats.

Després, canvia la perspectiva del plantejament. No es deté en elucubracions teòriques sobre l'origen últim de les desgràcies, parlant de la culpa de les víctimes o de la voluntat de Déu. Gira la seva mirada cap als presents i els enfronta amb si mateixos: han d'escoltar en aquests esdeveniments la crida de Déu a la conversió i al canvi de vida.

Encara vivim estremits pel tràgic terratrèmol d'Haití. Com llegir aquesta tragèdia des de l'actitud de Jesús? Certament, el primer no és preguntar on és Déu, sinó on som nosaltres. La pregunta que pot encaminar cap a una conversió no és "per què permet Déu aquesta horrible desgràcia?", sinó "com consentim nosaltres que tants éssers humans visquin en la misèria, tan indefensos davant la força de la natura?".

El Déu crucificat no el trobarem demanant-li comptes a una divinitat llunyana, sinó identificant-nos amb les víctimes. No el descobrirem protestant de la seva indiferència o negant la seva existència, sinó col • laborant de mil maneres per mitigar el dolor a Haití i al món sencer. Llavors, potser, intuirem entre llums i ombres que Déu està en les víctimes, defensant la seva dignitat eterna, i en els qui lluiten contra el mal, encoratjant el seu combat.