Blogia

ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

florece

florece

SEMANA SANTA
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@euskalnet.net

ECLESALIA, 30/03/10.- En estos días se celebra el misterio de todo un Dios que decide hacerse hombre como expresión máxima de cercanía y encuentro, llevando siempre la iniciativa como ejemplo y oferta de amor para todas y cada una de las personas, a las que se dirige por su nombre en los pliegues más recónditos del Yo más íntimo aprovechando los acontecimientos de la vida.

En este tiempo marcado por los escándalos de pederastia, la Buena Nueva no puede quedar eclipsada en la semana cristiana más importante del año. El ejemplo de Jesús de Nazareth nos invita con insistencia a cambiar la manera de ver a las personas y a los acontecimientos. Su mensaje de compasión y amor fue tan deslumbrante que no lo aceptaron entonces como tampoco lo aceptamos ahora.

El domingo de Ramos todo parecía en su sitio. Jesús entra en Jerusalén aclamado y reconocido por el bien que hacía. Era un personaje famoso y querido, al que se le tributa una manifestación de afecto espontáneo cuando aparece a lomos de un borrico, símbolo de mansedumbre y paz. Pero, pocos días después, esas mismas gentes gritaban histéricos ante Pilatos “¡crucifícale!” Ellas y cualquier otra generación, nosotros mismos, hubiésemos sido aquellas gentes con la misma actitud.

Qué tensión tan insoportable sentiría Jesús viendo como se le estrechaba el acoso en medio de sus seguidores, buenas personas pero frágiles, que acabaron por hacerle sentir la soledad más amarga. Pero aceptó el desafío del amor, aquél amor desconcertante que superaba el formalismo legal de quienes lo utilizaban para sí y que ahora veían peligrar su status personal y “religioso”. Se fraguó el asesinato con la apariencia de que se ajusticiaba a un blasfemo y peligroso personaje que el pueblo debe abatir por el bien del pueblo. Allí se juntaron todos: autoridades, pueblo e invasores romanos.

El Jueves Santo o día del amor fraterno, es cuando Jesús lanza el mensaje revolucionario en su última Cena: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. El amor de Cristo nos incluye a todos pero sólo desde la práctica de los hechos se sabrá quienes se comportan como cristianos: sólo así. La Eucaristía nos remite al prójimo. Compartir la mesa es compartir su estilo de vida basado en el servicio como lo remarcó en el lavatorio de los pies, una tarea que entonces era propia de esclavos: acogida y servicio al otro: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”.

El Viernes Santo es el paso (la Pascua) de Dios por la noche del hombre. En esta madrugada comienza el tiempo de la Pasión, con la angustia y soledad de quien espera lo que le viene encima. Pero no deja de dialogar con el Padre, sobre todo en el huerto de los olivos, un ejemplo para todos de que la oración es imprescindible si queremos estar por encima de nuestras limitaciones. En cambio su silencio ante las autoridades sometía a prueba a sus acusadores culpables.

El Sábado de Pascua es la fiesta grande cristiana. Es el día de alegría por saber del triunfo del amor y la Resurrección de quien ha transformado el dolor en fuente de vida. Sólo el amor desde la fe puede comprender la Resurrección de Jesús; por eso no fue un acontecimiento de masas. Y tuvo que ser una mujer la que sería el primer testigo de la resurrección de Jesús.

La Pascua no ha terminado; no termina: la celebramos no solo en la Eucaristía sino en cada encuentro con el prójimo. Cada día podemos resucitar un poco más de nosotros renovando y humanizando nuestro entorno. Vivir la Pascua es florecer nuestra vida, ver con ojos nuevos y actuar sabiendo que el silencio de Dios no es ausencia. Dios transforma el sufrimiento; nos asegura que es vencible, que podemos mitigarlo, incluso evitarlo y, sobre todo, convertirlo en amor. Que la muerte no es el final: lo último será el amor total y para siempre. Así es como deberíamos vivir la Semana Santa para ser luz de quienes nos rodean. Pero todavía no hemos aprendido a reconocer la viga en nuestros ojos, se llame pederastia o de cualquier otra forma. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

calvario

calvario

EL TERROR DEL SILENCIAMIENTO
CÉSAR ROLLÁN SÁNCHEZ, eclesalia@eclesalia.net
MADRID.

ECLESALIA, 29/03/10.- Es algo que puede suceder en distintos ámbitos profesionales. No Hay datos que muestren una relación directa con alguna situación vital concreta. Sin embargo, resulta llamativo cuando sucede con personas que tienen a Dios por norte, se comprometen públicamente a renunciar a su genitalidad y dejan buena parte de su voluntad en manos superiores.

El que abusa de un menor es digno de escándalo público, se conozca o no; por el atentado provocado en la vida del niño y por la podredumbre de su acción. Los casos de pederastia entre el clero católico son una vergüenza pública. La institución los condena cuando salen a la luz, pero los ocultó mientras no se conocían.

Son escasos los pedófilos en relación al número total de sacerdotes, pero todos los que los rodean con su silencio son también terroristas. Terror es lo que siente el que lo padece. Terror lo que sufre cuando “no puede” contarlo. Terror le da pensar en denunciar. Terror que va desapareciendo cuando va curando la herida.

El problema de la institución es que reaccionó alejando la vista, sin mirar a los ojos dañados de la víctima, evitando la cuestión ¿hay derecho? La respuesta se encuentra en el marco legislativo, donde se juzgan los delitos y se emiten sentencias. El Dios misericordioso que le espera con los brazos abiertos no está reñido con el código civil de una sociedad democrática.

No hay derecho a que se oculten estas violaciones y cualquiera que sepa de ellas tiene la obligación moral, ética, jurídica de denunciarlas. Por el amor de Dios. Por el bien de todos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).



del amor

del amor

EL “VIA CRUCIS” NUESTRO DE CADA DÍA
Oración comunitaria al caer la tarde del viernes
COMUNIDAD DE BEGOÑA, encomunidad@encomunidad.org
MADRID.

ECLESALIA, 26/03/10.- En este rato de oración me propongo que pensemos nuestra vida en compañía de Jesús. El auténtico camino de la cruz lo conocemos todos. El final trágico de nuestro Señor lo tenemos presente. En la vida cotidiana encontramos momentos cargados, que no nos dejan ver el auténtico final de la historia: Jesús resucita. Nuestros días son un regalo para disfrutarlo a cada minuto. Cada momento es una oportunidad de encontrarnos con Dios y en Dios dar sentido a todo.

1ª estación: despertar a un nuevo día
El primer minuto del día, justo después de que suena el despertador o que mamá o papá me llaman para comenzar es un minuto glorioso. Cambiar de los sueños calentitos y arropados al frío mañanero y la luz tenue de la bombilla de bajo consumo que se va encendiendo poco a poco es un triunfo. Es el momento de empezar y esperar, con la canción, que “hoy puede ser un gran día”.

2ª estación: ponerse en marcha
La ducha, el desayuno, vestirme y dejar todo listo para salir de casa son cosas tan cotidianas que se parecen de un día a otro sin darnos cuenta de que el tiempo pasa. Vamos de forma casi automática haciendo estas tareas y cogiendo fuerzas para no desfallecer en las primeras horas de la jornada.

3ª estación: acudir al trabajo o al cole
Con mayor o menor fortuna nos acercamos a nuestro lugar de trabajo, laboral o de estudio. En coche, en metro, en autobús, con atascos, retrasos, apretujones, maleducados, encarados, listillos… El camino se colma de baches cuando la cosa no va bien. Y cuando todo sale según lo previsto, se nos olvida.

4ª estación: convivir
En la oficina, el hospital, el cole… en todos los sitios en los que trabajamos tenemos personas a nuestro lado para convivir. Cada una de ellas tiene una historia personal, un humor diferente una mañana particular y muchas ganas de no estar allí. Nuestra tarea se realiza con otros, auténticos rostros de Dios, aunque, a veces, no lo parezcan.

5ª estación: atender
Cuando el trabajo es de servicio público nos toca estar atentos a los demás con la mejor de nuestras disposiciones. No sabemos más que lo que nos vienen a contar, a pedir, a solicitar. Desconocemos sus sentimientos, emociones, gozos y tristezas que le acompañan y, sin embargo, debemos responder atinadamente. También Dios está ahí.

6ª estación: la casa te espera
Quedaron cosas pendientes por la mañana. El hogar es el lugar en el que estirar lo encogido y encontrar paz. La casa es el templo de nuestras cosas, nuestros recuerdos acumulados que debemos observar con devoción para no perder la perspectiva de quiénes somos y a dónde hemos llegado.

7ª estación: los padres de la criatura
Para nuestros hijos somos fuente de cariño y motivo de disgusto. “Qué mejor que dejar que cada uno haga lo que le parezca en cada momento”, piensan, “y que me arreglen los problemas después”. Para con nuestros padres somos el siguiente corredor de la carrera de relevos, la responsabilidad traspasada y el cuidado solicitado. La edad los hace diferentes y en casa parece que se multiplican los niños. Jesús dijo “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.

8ª estación: las extraescolares
Parecemos taxistas, de acá para allá. Las extraescolares conforman una prolongación de la jornada escolar. En ellas invertimos tiempo y esfuerzo esperando un segundo idioma notable, una intérprete destacable, un deportista convencido, una primera comunión responsable. Turnos para llevar y recoger, salir y entrar en casa sin parar. ¡Cuántas esperanzas!

9ª estación: los deberes
No hay día que no pase por una buena sesión de trabajos del cole. Pueden ser cuadros de dibujo, una redacción de lengua o un examen de cono. Las matemáticas se complican y el inglés se atraviesa. Los deberes son compartidos por todos y todos esperamos la respuesta positiva a la pregunta ¿has hecho ya los deberes? Educar en la responsabilidad de estar preparados para construir un mundo mejor.

10ª estación: en torno a la mesa
Desayunos, comidas, meriendas, cenas... Hay que proveer la nevera y la despensa de alimentos. Hay que hacer la lista, comprar, colocar, cocinar... y compartir. Esto lleva su tiempo y no siempre se valora. Los esfuerzos por “comer sano” se van al traste cuando, tras un día duro, no podemos más que preparar una pizza congelada. Y a veces la mesa se convierte en un campo de batalla: no me gusta, no quiero, otra vez pescado, yo quiero alitas de pollo... No olvidemos dar gracias por lo que compartimos en la mesa y por quienes hacen posible que tengamos la mesa puesta...

11ª estación: papeles y documentos
La consulta del oftalmólogo para mañana y el informe de la vez anterior, la carta del impuesto de las basuras, el acta de la reunión de la comunidad de vecinos… “la biblia en verso” y ahí está Dios, como en los pucheros de la santa de Ávila. ¡Ah! Y que no le pase nada al frigorífico o a la línea de teléfono. El “sistema” busca la manera de colártela. Es mejor que todo funcione como es debido porque sino tocará reclamar y buscar la manera de hacer justicia en este mundo, una justicia pequeñita… Pero por algo se empieza.

12ª estación: de la lavadora a la plancha
Si quedan fuerzas y ganas y si no para mañana. Los días pasan y se mancha la ropa. Hay que poner la lavadora. Cuesta empezar pero todos iremos más guapos con la ropa limpia y planchada. La plancha, las tareas del hogar, son lugares de santificación por el sacrificio y la generosidad de aquellos que tienen el carisma de hacerlo “como Dios manda”.

13ª estación: el telediario
Es nuestra ventana al mundo exterior. Es momento para darse cuenta de la multitud de seres humanos que en este mundo sufren y mueren de mala manera y lo poco que deberíamos quejarnos. La mayor parte de las cosas que vemos y escuchamos están muy lejos de nuestra realidad y sin embargo las sentimos como nuestras: “nada de lo humano puede resultarnos ajeno”.

14ª estación: vamos a la cama que hay que descansar
Estamos llegando al final de este vía crucis. Sabemos que no termina todo al ocultarse el día. Mañana vendrá otro con sus estaciones correspondientes. Sabemos que al final resucita, por eso todas nuestras preocupaciones y anhelos los dejamos en su presencia, sabiendo que cobrarán sentido con la fe y la esperanza que creemos. El amor hará el resto y de eso solo nos examinarán. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

cerca o lejos

cerca o lejos

Domingo de Ramos (C) Lucas 22, 14-23, 56
¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 24/03/10.- Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un "Dios crucificado" constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El "Dios crucificado" no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este "Dios crucificado" no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el "Dios crucificado". Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el "Dios crucificado" y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

QUE FAZ DEUS NUMA CRUZ?
José Antonio Pagola. Tradução: Antonio Manuel Álvarez Pérez

Segundo o relato evangélico, os que passavam ante Jesus crucificado sobre a colina do Golgota escarneciam Dele e, rindo-se da Sua impotência, diziam-Lhe: «Se és o Filho de Deus, desce da cruz». Jesus não responde à provocação. A Sua resposta é um silêncio carregado de mistério. Precisamente porque é Filho de Deus permanecerá na cruz até à Sua morte.

As perguntas são inevitáveis: Como é possível acreditar num Deus crucificado pelos homens? Damo-nos conta do que estamos a dizer? Que faz Deus numa cruz? Como pode subsistir uma religião fundada numa concepção tão absurda de Deus?

Um "Deus crucificado" constitui uma revolução e um escândalo que nos obriga a questionar todas as ideias que nós, humanos, fazemos a um Deus a quem supostamente conhecemos. O Crucificado não tem o rosto nem os traços que as religiões atribuem ao Ser Supremo.

O "Deus crucificado" não é um ser omnipotente e majestoso, imutável e feliz, alheio ao sofrimento dos humanos, mas um Deus impotente e humilhado que sofre com nós a dor, a angustia e até a mesma morte. Com a Cruz, ou termina a nossa fé em Deus, ou nos abrimos a uma compreensão nova e surpreendente de um Deus que, encarnado no nosso sofrimento, nos ama de forma incrível.

Ante o Crucificado começamos a intuir que Deus, no Seu último mistério, é alguém que sofre com nós. A nossa miséria afecta-O. O nosso sofrimento salpica-O. Não existe um Deus cuja vida transcorre, por assim dizer, à margem das nossas penas, lágrimas e desgraças. Ele está em todos os Calvários do nosso mundo.

Este "Deus crucificado" não permite uma fé frívola e egoísta num Deus omnipotente ao serviço dos nossos caprichos e pretensões. Este Deus coloca-nos a olhar para o sofrimento, o abandono e o desamparo de tantas vítimas da injustiça e das desgraças. Com este Deus encontramo-nos, quando nos aproximamos do sofrimento de qualquer crucificado.

Os cristãos continuam a tomar todo o género de desvios para não dar com o "Deus crucificado". Temos aprendido, inclusive, a levantar o nosso olhar para a Cruz do Senhor, desviando-a dos crucificados que estão ante os nossos olhos. No entanto, a forma mais autêntica de celebrar a Paixão do Senhor é reavivar a nossa compaixão. Sem isto, dilui-se a nossa fé no "Deus crucificado" e abre-se a porta a todo o tipo de manipulações. Que o nosso beijo ao Crucificado nos coloque sempre a olhar para quem, próximo ou afastado de nós, vive a sofrer.

CHE FA DIO SU UNA CROCE
José Antonio Pagola. Traduzione: Mercedes Cerezo

Secondo il racconto evangelico, quelli che passavano davanti a Gesù crocifisso sulla collina del Golgota si burlavano di lui e, ridendo della sua impotenza, gli dicevano: Se sei Figlio di Dio, scendi dalla croce. Gesù non risponde alla provocazione. La sua risposta è un silenzio carico di mistero. Proprio perché è Figlio di Dio, rimarrà sulla croce fino alla morte.

Le domande sono inevitabili: Com’è possibile credere in un Dio crocifisso dagli uomini? Ci rendiamo conto di che cosa diciamo? Che fa Dio su una croce? Come può sussistere una religione fondata in una concezione così assurda di Dio?

Un “Dio crocifisso” costituisce una rivoluzione e uno scandalo che ci obbliga a mettere in questione tutte le idee che noi umani ci facciamo di un Dio che supponiamo di conoscere. Il Crocifisso non ha il volto né i tratti che le religioni attribuiscono all’Essere Supremo.

Il “Dio crocifisso” non è un essere onnipotente e maestoso, immutabile e felice, estraneo alla sofferenza degli umani, ma un Dio impotente e umiliato che soffre con noi il dolore, l’angustia e persino la stessa morte. Con la Croce, o finisce la nostra fede in Dio, o ci apriamo a una comprensione nuova e sorprendente di un Dio che, incarnato nella nostra sofferenza, ci ama in maniera incredibile.

Davanti al Crocifisso incominciamo a intuire che Dio, nel suo mistero supremo, è qualcuno che soffre con noi. La nostra miseria lo tocca. La nostra sofferenza lo macchia. Non esiste un Dio la cui vita trascorre, per così dire, al margine delle nostre pene, lacrime e disgrazie. Egli sta in tutti i Calvari del nostro mondo.

Questo “Dio crocifisso” non permette una fede superficiale ed egoista in un Dio onnipotente a servizio dei nostri caprici e pretese. Questo Dio ci costringe a rivolgerci verso la sofferenza, l’abbandono e la solitudine di tante vittime dell’ingiustizia e delle disgrazie. Con questo Dio ci incontriamo, quando ci avviciniamo alla sofferenza di qualsiasi crocifisso.

Noi cristiani continuiamo a cambiare strade per non imbatterci con il “Dio crocifisso”. Abbiamo imparato anche ad alzare il nostro sguardo verso la Croce del Signore, sviandolo dai crocifissi che sono davanti ai nostri occhi. Ma la maniera più autentica di celebrare la Passione del Signore è ravvivare la nostra compassione. Senza far questo, si diluisce la nostra fede nel “Dio crocifisso” e si apre la porta ad ogni sorta di manipolazioni. Che il nostro bacio al Crocifisso ci rivolga sempre verso quelli che, vicini o lontani da noi, vivono nella sofferenza.

QUE FAIT-IL, DIEU, SUR UNE CROIX ?
José Antonio Pagola, Traducteur: Carlos Orduna, csv

D’après le récit évangélique, ceux qui passaient devant Jésus crucifié sur la colline du Golgotha, se moquaient de lui et, se jouant de son impuissance, lui disaient: “Si tu es le Fils de Dieu, descend de la croix”. Jésus ne répond pas à cette provocation. Sa réponse est un silence chargé de mystère. C’est justement parce qu’il est le Fils de Dieu, qu’il restera sur la croix jusqu’à sa mort.

Les questions sont inévitables: Comment est-il possible de croire en un Dieu crucifié par les hommes ? Este-ce que nous nous rendons compte de ce que nous disons ? Que fait-il, Dieu, sur une croix ? Comment une religion fondée sur une conception si absurde de Dieu peut-elle subsister ?

Un “Dieu crucifié” constitue une révolution et un scandale qui nous oblige à mettre en question toutes les idées que nous, les hommes, nous nous faisons sur un Dieu que nous supposons connaître. Le Crucifié n’a ni le visage ni les traits que les religions attribuent à l’Etre Suprême.

Le “Dieu crucifié” n’est pas un être tout-puissant et majestueux, immuable et heureux, étranger à la souffrance des êtres humains mais un Dieu impuissant et humilié qui subit avec nous la douleur, l’angoisse et même la mort. Avec la croix, soit notre foi est finie, soit nous nous ouvrons à une nouvelle et surprenante conception d’un Dieu qui, incarné dans notre souffrance, nous aime incroyablement.

Devant le crucifié nous commençons à découvrir que Dieu, dans son mystère ultime, est quelqu’un qui souffre avec nous. Il est touché par notre misère. Il est éclaboussé par notre souffrance. Un Dieu, dont la vie se déroule, pour ainsi dire, en dehors de nos peines, de nos larmes et malheurs, n’existe pas. Il est présent dans tous les Calvaires de notre monde.

Ce “Dieu crucifié” n’admet pas une foi frivole et égoïste en un Dieu tout-puissant au service de nos caprices et de nos prétentions. Ce Dieu nous met face à la souffrance, à l’abandon et à la déroute de tant de victimes de l’injustice et des malheurs. Nous rencontrons ce Dieu lorsque nous nous rapprochons de la souffrance de n’importe quel crucifié.

Nous, chrétiens, nous continuons à faire toute sorte de détours pour éviter le “Dieu crucifié”. Nous avons même appris à lever notre regard vers la croix du Seigneur, tout en le déviant de ces crucifiés qui sont devant nos yeux. Cependant, la manière la plus authentique de célébrer la Passion du Seigneur, est de raviver notre compassion. Autrement, notre foi dans le « Dieu crucifié » s’effrite, ouvrant la porte à toute sorte de manipulations. Qu’en embrassant le Crucifié, il nous aide à toujours regarder vers ceux qui, près ou loin de nous, vivent dans la souffrance.

WHAT’S GOD DOING ON A CROSS?
José Antonio Pagola. Translator: José Antonio Arroyo

According to the gospel narrative, those who walked past the cross on Calvary and some of the leaders “jeered at him” and, seeing him so helpless, they mocked him and said, “If you are the king of the Jews save yourself.” Jesus, however, said nothing. His silence remains a mystery. And because he is the Son of God, he will remain on the cross until his death.

Some questions are inevitable: how is it possible for a God to be crucified for the sake of humanity? Do we realize what we are saying? What is God doing on a cross? How can a religion be based on such an absurd situation?

A “Crucified God” is both a revolution and a scandal that really makes us question all our ideas about a God whom we claim to know. A Crucified God does not have any feature of the Supreme Being that all religions imagine.

This “Crucified God” is not omnipotent and majestic, immutable and happy, free from any suffering, persecution and even death. With this Cross, we give up our faith in God, or we start thinking of a new and surprising kind of God who, accepting our own sufferings, loves us beyond our comprehension.

In front of the Crucified, we begin to realize that God, in its ultimate mystery, is someone who suffers with us. Our miseries touch him. Our sufferings affect him. There is no God whose life, so to speak, remains untouched by our grief, tears and sorrows. God is present in every Calvary in the world.

This “Crucified God” does not accept a frivolous or selfish faith in a God who is omnipotent at the service of our own whims and desires. This is a God who makes us look at the suffering, neglect and destitution of so many victims of injustice and disgrace. This is the God we are going to find when we get closer to anyone who is “crucified”.

Many of us Christians continue to take all kinds of detours in order to

avoid seeing the “Crucified God”. We have learnt even to look up towards the Cross of Jesus, and thus avoid seeing so many who are being crucified right in front of us. Yet, the real way to celebrate the Passion of our Lord consists in reviving our own compassion. Without it, there is no faith in the Crucified God, and the door is opened for all kinds of manipulations. When we kiss a cross, may our eyes be fixed on those who, near or far from us, live in suffering.

ZER ARI DA JAINKOA HOR GURUTZEAN?
José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Ebanjelioko pasartearen arabera, Golgota mendixkan gurutzean zen Jesusen aurretik pasatzean, jendeak burla egiten zion eta, haren ezinaz barre eginez, ziotsoten: «Jainkoaren Semea bahaiz, jaits hadi gurutzetik». Eta Jesusek erantzunik ez haien probokazioari. Soilik, misterioak harturiko isiltasuna da Jesusen erantzuna. Hain juxtu, Jainkoaren Semea delako jarraituko du gurutzean, hil arte.

Ezin saihestuak dira galderak: Nolatan sinets daiteke gizakiak gurutzetu duen Jainko batengan? Jabetzen al gara esaten ari garenaz? Zer ari da Jainkoa hor gurutzean? Nolaz iraun dezake Jainkoaz halako uste zentzugabean fundatua den erlijio batek?

Bai, «Jainko gurutziltzatu» hori iraultza da eta eskandalua, ustez ezagutzen dugun Jainkoaz gizon-emakumeok ditugun ideiak koloka jartzera behartzen gaituena. Gure Gurutziltzatu horrek ez du erlijioek Izate Gorenari leporatzen dioten ezaugarririk: ez aurpegierarik, ez bestelakorik.

«Jainko gurutziltzatu» hori ez da ez izate ahalguztiduna eta handientsua, ez mugiezina eta zoriontsua, ez da gizakiaren sufrimenaz axolatzen ez dena, baizik Jainko ahalik gabea eta umiliatua da, gurekin sufritzen duena mina, larria eta, are, heriotza bera. Gurutzearekin bitan bat: edo Jainkoarekiko gure fedea bukatutzat eman, edo Jainkoa modu berri eta harrigarri batean hartzera jo, gure sufrimenean haragitua izanik, modu sinetsezinean maite gaituena.

Gurutziltzatuaren aurrean sumatzen hasten gara ezen Jainkoa, azken batean, gurekin sufritzen duen Jainkoa dela. Gure miseriak erasaten diona. Gure sufrimenak zipriztintzen duena. Ez da, nolabait esateko, gure atsekabeek, malkoek eta ezbeharrek ukitzen ez dute Jainkoa. Gure mundu honetako Kalbario guztietan da hura.

«Jainko gurutziltzatu» honek ez du biderik ematen gure nahikerien eta ameskerien zerbitzura egongo litzatekeen Jainko ahalguztidun batekiko fede axaleko eta egoistarako. Ostera, Jainko honek injustiziaren eta ezbeharren biktima den hainbat eta hainbat jenderen sufrimenari, bazter utziak izateari eta babesik ezari begira jartzen gaitu. Jainko honekin topo egiten dugu edozein gurutziltzatuagana hurbiltzen garenean.

Zoritxarrez, kristauok mila itzulinguru egiten dugu askotan «Jainko gurutziltzatuarekin» topo ez egiteko. Are, Jaunaren Gurutzera begiak jasotzen ikasi dugu, geure aurrean ditugun gurutziltzatuei ezikusiarena eginez bada ere. Halaz guztiz, Jaunaren Nekaldia erarik jatorrenean ospatzeko modua geure errukiari biziera berria ematea da. Hori egin ezean, «Jainko gurutziltzatuarekiko» gure fedea urardo bihurtzen da, eta mila manipulazio-erari ematen zaio aukera. Gure Gurutziltzatuari muin egiteak jar gaitzala, gugandik hurbil nahiz urrun, sufritzen ari direnei begira.

QUÈ HI FA DÉU EN UNA CREU?
José Antonio Pagola. Traductor: Francesc Bragulat

Segons el relat evangèlic, els que passaven davant Jesús crucificat sobre el turó del Gòlgota es burlaven d'ell i, rient-se de la seva impotència, li deien: «Si ets Fill de Déu, baixa de la creu!». Jesús no respon la provocació. La seva resposta és un silenci carregat de misteri. Precisament perquè és Fill de Déu romandrà a la creu fins a la seva mort.

Les preguntes són inevitables: Com és possible creure en un Déu crucificat pels homes? Ens adonem del que estem dient? Què hi fa Déu en una creu? Com pot subsistir una religió fundada en una concepció tan absurda de Déu?

Un "Déu crucificat" constitueix una revolució i un escàndol que ens obliga a qüestionar totes les idees que els humans ens fem d'un Déu a qui suposadament coneixem. El Crucificat no té la cara ni els trets que les religions atribueixen a l'Ésser Suprem.

El "Déu crucificat" no és un ésser omnipotent i majestuós, immutable i feliç, aliè al sofriment dels humans, sinó un Déu impotent i humiliat que pateix amb nosaltres el dolor, l'angoixa i fins la mateixa mort. Amb la Creu, o acaba la nostra fe en Déu, o ens obrim a una comprensió nova i sorprenent d'un Déu que, encarnat en el nostre patiment, ens estima de manera increïble.

Davant el Crucificat vam començar a intuir que Déu, en el seu últim misteri, és algú que pateix amb nosaltres. La nostra misèria l'afecta. El nostre patiment l'esquitxa. No hi ha un Déu que viu, per dir-ho així, al marge de les nostres penes, llàgrimes i desgràcies. Ell està en tots els Calvaris del nostre món.

Aquest "Déu crucificat" no permet una fe frívola i egoista en un Déu omnipotent al servei dels nostres capricis i pretensions. Aquest Déu ens posa mirant cap al sofriment, l'abandó i el desemparament de tantes víctimes de la injustícia i de les desgràcies. Aquest Déu ens el trobem quan ens acostem al patiment de qualsevol crucificat.

Els cristians seguim donant tota mena de voltes per a no topar-nos amb el "Déu crucificat". Hem après, fins i tot, a aixecar la nostra mirada cap a la Creu del Senyor, desviant-la dels crucificats que tenim davant dels nostres ulls. No obstant això, la manera més autèntica de celebrar la Passió del Senyor és revifar la nostra compassió. Sense això, es dilueix la nostra fe en el "Déu crucificat" i s'obre la porta a tota mena de manipulacions. Que el nostre petó al Crucificat ens posi sempre mirant cap aquells qui, a prop o lluny de nosaltres, viuen patint.

no matarás

no matarás

LA ÚLTIMA CENA DE MONSEÑOR ROMERO, UN MÁRTIR INCÓMODO
En el treinta aniversario de su martirio
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ, brauhm@gmail.com
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 23/03/10.- “¡Y dígales a los padres de la UCA que lo que monseñor dijo ayer en la homilía es un delito!”, advirtió, amenazante, el oficial militar a la persona que había ido por la mañana a recoger el parte sobre los incidentes de la toma de la UCA por la policía nacional. Era lunes, 24 de marzo de 1980. Monseñor Romero amaneció con su sotana blanca. Cuando se vestía de blanco, las hermanas del hospitalito, donde vivía, sabían que él iba a salir hacia el mar. “A saber a dónde va…”, “A saber qué tiene por ah텔, le decían las hermanas, tomándole el pelo. “Llévenos, monseñor…”, le suplicó otra, en son de broma. “A donde yo voy, ustedes no pueden ir…”, respondió, mientras tomaba un bocado.

Ese lunes, 24 de marzo, monseñor dijo su misa matutina. Después de desayunar se dio una vuelta por el arzobispado. Y, con un grupo de sacerdotes, partió hacia el mar. Llevaban, para reflexionar, un documento papal, sobre el sacerdocio. Comieron, haciéndose bromas, a la sombra de los cocoteros. Regresaron antes de las tres de la tarde. Monseñor tenía una misa en el hospitalito a las seis. Se duchó, atendió a una visita y después fue a visitar a su médico para que le mirara los oídos. A las cuatro y treinta, se dirigió a Santa Tecla, a la casa de los jesuitas, para ver a su confesor: “Vengo, padre, porque quiero estar limpio delante de Dios”. A las seis y veintiséis (“él cenaba habitualmente a las seis y media”), monseñor Romero caía, asesinado, en el altar, en el ofertorio de la misa. Como santo Thomas Beckett. “Monseñor Romero: un mártir del siglo XX. Asesinado por predicar el evangelio” recogía, en la portada, el ABC de Sevilla (27/03/1980).

Sin embargo, cuenta el periodista Juan Arias, en el primer viaje de Juan Pablo II a América latina, el Papa Wojtyla se irritó con él porque le mencionó el martirio de monseñor Romero. “Eso aún había que probarlo”, le cortó el pontífice. En el mundo Romano, monseñor Romero no tenía muchos forofos. Entre sus amigos, estaban el padre Arrupe, General de los jesuitas, y el cardenal argentino Eduardo Pironio (amigo, y confidente, del malogrado Juan Pablo I). Juan Pablo II condenó el asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero como “un crimen execrable”. Pero se refirió al arzobispo salvadoreño como ‘celoso pastor’, nunca lo elogiaba como mártir, escribe el sacerdote Jesús López Sáez en “El día de la cuenta” (comayala.es).

Un mes antes de morir asesinado, monseñor Romero había denunciado, el 24 de febrero, una nueva amenaza de muerte. “Desde 1979, cuando se dirigía en su ‘jeep’ a los cantones, empezaron a cachear su automóvil -y también a él, con los brazos en alto, como si fuera un subversivo- por las fuerzas de seguridad”. Hasta que “acallaron su voz para no tener que oír la llamada a la conversión”, escribe el P. Jesús Delgado: “Óscar A. Romero. Biografía”, UCA Editores.

Treinta años después, “San Romero de América” no tiene sitio en el Santoral oficial. Pero su nombre figura inscrito en el Martirologio latinoamericano, el “rincón de la Memoria de los Mártires de América”, se lee en el “calendario litúrgico” de Koinonía. Son cientos, entre sacerdotes, religiosas, religiosos, diáconos, seminaristas, catequistas, campesinos,… víctimas de las dictaduras latinoamericanas (de derechas). Entre ellos Ignacio Ellacuría, asesinado en 1989 junto a cinco jesuitas (cuatro españoles) y dos mujeres. Pero “no son el modelo de santos que promueve el Vaticano”. Ellacuría y Jon Sobrino, jesuitas vascos, tuvieron mucho que ver en la conversión de Romero.

Óscar Romero, aunque “siempre samaritano”, era un sacerdote de perfil conservador, defensor de la pastoral sacramentalista, de la piedad personal, y de la pureza del magisterio. Su receta, más piedad y oración, y menos cantos de protesta social, chocaba con la praxis de los sacerdotes más jóvenes, especialmente los jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA). Ellos eran el blanco de los ataques de su pluma; primero en San Miguel. Y después, siendo obispo auxiliar, cuando el arzobispo (como mal menor) lo puso al frente de Orientación, semanario de información religiosa. Su falta de sintonía con la línea pastoral de la archidiócesis (especialmente con el otro obispo auxiliar, A. Rivera Damas, “cien por cien medellinista”), llevó a Romero a dejar de asistir a las reuniones del clero. El arzobispo, Chávez y González, sabedor de que Romero hacía piña con el nuncio, tuvo que consentir aquellas ausencias.

Cuando fue nombrado obispo titular de la diócesis de Santiago de María, monseñor Romero tuvo que hacer frente a un experimento piloto de pastoral popular, “Los Naranjos”, juzgado como peligroso por el Gobierno. Nacido del espíritu de Medellín, era “una experiencia de evangelización, adaptada al campesinado, donde se impartía la palabra de Dios en clave de concienciación política, para un pueblo oprimido, sin voz”. Monseñor Romero, lo canceló, temporalmente, comprometiéndose a estudiarlo. Tras corregir algún exceso en la interpretación del Documento de Medellín, propuso implantarlo en cada parroquia, bajo la supervisión de los párrocos y del obispo. Romero empezaba a abrirse al espíritu de Medellín (origen de la Teología de la Liberación). Años después, en una carta a Juan Pablo II, le escribirá: “Creo en conciencia que Dios pide una fuerza pastoral en contraste con las inclinaciones ‘conservadoras’ que me son tan propias, según mi temperamento”.

En junio de 1975, un mes muy sangriento, un grupo de campesinos que regresaban de una celebración litúrgica, fue ametrallado, premeditadamente, por la Guardia Nacional en el cantón Las tres Calles. El gobierno lo justificó, alegando que portaban armas subversivas. Sus únicas armas eran sus biblias. Monseñor Romero consoló a los familiares de las víctimas; pero no condenó públicamente la masacre, desoyendo el clamor popular. Se limitó a enviar una carta de queja al presidente Molina, su amigo. El funeral derivó en un acto de protesta.

Su tibia reacción en la condena, hizo creer al Gobierno (y a la oligarquía que lo sustentaba) que Romero era un obispo a su medida, que no interfería en sus cruzadas contra la subversiva pastoral medellinista (a la que acusaban de marxista). De forma unánime –cuando llegó la jubilación del arzobispo Chávez– el Gobierno, y las clases influyentes y adineradas, dieron su aprobación al nuncio cuando éste, que había apostado por Romero, les pidió su opinión para nombrarlo como arzobispo de la capital. Lo “natural” hubiera sido nombrar sucesor al otro auxiliar, A. Rivera Damas, con mucha más antigüedad, y que aseguraba la continuación de la línea pastoral de la archidiócesis. El problema del nuncio fue convencer al sector más influyente del clero para que arroparan al nuevo arzobispo (tan crítico con la pastoral archidiocesana cuando estuvo de auxiliar). Para el grueso del clero, la noticia del nombramiento de Romero, el 3 de febrero de 1977, fue una mala noticia.

Sólo 20 días después de tomar posesión, asesinaban, el 12 de marzo de 1977, al jesuita Rutilio Grande, y a dos campesinos colaboradores, que venían de celebrar un matrimonio. El asesinato de su amigo Rutilio (había sido el maestro de ceremonias en su consagración episcopal) provocó en el arzobispo Romero un milagro. Como el ciego de nacimiento, en la piscina de Siloé, monseñor Romero pudo confesar (para escándalo de algunos): “Rutilio me ha abierto los ojos”.

Para reprobar aquel vil asesinato, que afectaba a todos los católicos, los sacerdotes, religiosos y religiosas decidieron, en asamblea, no tomar parte en los actos públicos del Gobierno (hasta que éste no aclarase aquel asesinato) y convocar a una gran misa en la catedral, única para toda la archidiócesis: eximiendo de la misa dominical en las parroquias. “Dejaban, por supuesto, la decisión final en manos de su arzobispo”. Monseñor Romero decidió sumarse: era la oportunidad para sellar la unidad del clero. Pero tenía que informarle al nuncio. Y “recibió de éste una dura reprimenda”. Sus amigos católicos de la alta sociedad también intentaron disuadirlo. Ante su firme decisión, protestaron por verse privados del cumplimiento del precepto dominical. La eucaristía reunió a casi 100.000 salvadoreños, llegados de todos los rincones del país. El nuncio, para no verse comprometido, se ausentó a Guatemala. Monseñor Romero había optado, en conciencia, por estar al lado de sus curas, y del pueblo sin voz, antes que agradar al nuncio y a los poderosos.

Quienes le habían dado su apoyo, sin reservas, el 3 de febrero de 1977, ahora se sentían defraudados. “Nos hemos equivocado”, lamentaban. El 10 de mayo de 1977 -en la misa funeral por un ministro del gobierno asesinado-, en la misma catedral empezaron a escucharse “cuchicheos de muerte”, más sonoros entre las damas católicas: “Ay, que Dios me perdone, pero ¡yo deseo la muerte de ese obispo!”…

A Roma empezaron a llegar “informes”, de algunos obispos compañeros. Y Roma enviaba a Romero “visitadores apostólicos”. Monseñor Romero decidió viajar a Roma, para aclarar malentendidos y desmontar maquinaciones. “¡Ánimo!, no todos comprenden, pero no desfallezca”, “Usted es el que manda”, le consolaba Pablo VI. Un apoyo que, en la Prefectura para los Obispos, se diluía, transmutándose en duras reprimendas. Romero palpó la incompatibilidad de la diplomacia vaticana con la verdad evangélica. “Las curias no podían entenderte: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo”, escribe el obispo Pedro Casaldáliga en su poema “San Romero de América, Pastor y Mártir nuestro”.

Su primer encuentro con Juan Pablo II, en mayo de 1979, fue desolador. “Compañeros y gentes malintencionadas le habían entregado al Papa informes muy negativos” sobre Romero. Él le llevaba un dossier con las sistemáticas violaciones de derechos humanos en su país, algunos muy calientes, como la matanza del sacerdote Octavio Ortiz y de cuatro jóvenes menores de 15 años, en el recinto “Despertar”, en un cursillo de iniciación cristiana. Tras días de espera, Juan Pablo II le concedió una breve audiencia: “No me traiga muchas hojas, que no tengo tiempo de leerlas... Y además, procure ir de acuerdo con el gobierno”. Romero, se cuenta, salió llorando: “El papa no me ha entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia”.

El 1 de diciembre de 1979 (le quedaban menos de cuatro meses de vida), monseñor Romero fue homenajeado en su antigua diócesis, Santiago de María. En uno de los actos programados para ese día, sacerdotes y amigos suyos le tenían preparado una sorpresa. El acto consistió en una escenificación teatral: el martirio de santo Tomás Moro.

En enero de 1980, monseñor Romero tuvo su segundo encuentro con Juan Pablo II, mucho más cálido. El papa lo recibió enseguida y le felicitó por su defensa de la justicia social, pero advirtiéndole de los peligros de un marxismo incrustado en el pueblo cristiano. Romero, “con su habitual espíritu de obediencia, le respondió que el anticomunismo de las derechas no defendía a la religión, sino al capitalismo”. Ya lo había denunciado, el 15 de septiembre de 1978: “Hay un ‘ateísmo’ más cercano y más peligroso para nuestra Iglesia: el ateísmo de capitalismo cuando los bienes materiales se erigen en ídolos y sustituyen a Dios”.

Las palabras que monseñor Romero pronunció el domingo 23 de marzo de 1980 en la catedral -“no matarás”, “¡les suplico, les ordeno en nombre de Dios, que cese la represión, que no obedezcan si les ordenan matar!”-, el gobierno las calificó de “subversivas”: una provocación. Ese día, durante la comida, monseñor “se quitó los anteojos, cosa que nunca hacía, y permaneció en silencio… Eugenia, mi mujer, que estaba a su lado en la mesa, se quedó sobresaltada por la mirada larga y profunda que le dirigió… Lágrimas brotaron de sus ojos. Lupita le reprendió: ‘qué eran esas cosas de estar llorando’. Fue un almuerzo triste, desconcertante. De repente, monseñor repasó, uno a uno, a todos sus buenos amigos, sacerdotes y laicos”. Doce años antes, apunta el P. Jesús Delgado, monseñor Romero, en unas meditaciones sobre la muerte, había escrito en un cuaderno estas palabras, proféticas, del Apocalipsis (3,20): “Y cenaré con él”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

iluminando

iluminando

En Madrid el 27 de marzo de 2010
LA EDUCACIÓN RELIGIOSA EN UNA SOCIEDAD PLURALISTA
VII Encuentro de Religiones
ASOCIACIÓN PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO DE LA COMUNIDAD DE MADRID (ADIM), info@adimadrid.com
MADRID.

ECLESALIA, 22/03/10.- Las religiones son uno de los caudales culturales más preciados de la humanidad y una fuente inagotable de sabiduría. Contienen principios éticos fundamentales a favor de la paz, justicia, igualdad y defensa de la naturaleza. Proponen vías de salvación tanto inmanente como trascendente, que han iluminado el camino de la humanidad.

Pero las religiones también han operado como fuente de fanatismo e intolerancia y como factor de violencia dando lugar a guerras además de imponer sistemas de creencias por medio de la coacción.

Para fomentar el sentido crítico frente al conformismo, ofrecemos una jornada de reflexión sobre la manera en que queremos enseñar y transmitir todo el caudal liberador que nos ofrecen las diferentes tradiciones religiosas. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

MAÑANA: 10,30 h. a 13,30 h.

SALUDOS: Margarita Pintos de Cea-Naharro, Presidenta de ADIM
PRESENTACIÓN DE LA JORNADA: José Manuel López Rodrigo, Director de la Fundación Pluralismo y Convivencia
PROPUESTAS SOBRE LA ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN EN LA ESCUELA
- Mª Rosa de la Cierva, Miembro del Consejo Escolar del Estado
- Juan Antonio Ojeda, Secretario General de FERE-CECA y Educación y Gestión
- Fernando Martín Martinez, Vicepresidente de CEAPA
- Victorino Mayoral, Fundación Cives
- Moderador: Juan José Tamayo-Acosta, Director Cátedra de Religiones Univ. Carlos III
COLOQUIO

TARDE: 16,00 h. a 18,30 h.

MESA SOBRE LA ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN EN LAS TRADICIONES RELIGIOSAS
- BAHA’I: Rosa Rabbani, Doctora en Psicología
- BRAHMA KUMARIS: Marta Matarin, Profesora de meditación
- BUDISMO: Amparo Ruiz, Directora del Centro Budista Tibetano "Dhargye Ling" y de la ONG Karuna Dana (educación niños en Tibet)
- CATOLICISMO: Luis Guridi, Vicepresidente de la Federación Española de profesores de enseñanza religiosa
- HARE KRISNA: Jaga Mohan, Presidente del Centro Cultural Bhaktivedhanta Madrid (Conciencia de Krishna)
- IGLESIA EVANGÉLICA: Dámaris Ruiz, Directora del Colegio Evangélico “Juan de Valdés”
- ISLAM: M. Laure Rodríguez, Directora de la Unión de Mujeres Musulmanas de España
- JUDAÍSMO: Mario Stofenmacher, Director de Educación y Culto Congregación Bet-El
- Moderador: Jesús Lizcano Álvarez, Catedrático de la Univ. Autónoma de Madrid
CONCIERTO Y ACTO DE CLAUSURA

- - -> Para más información: http://www.adimadrid.com


por san josé

por san josé

DE CURAS Y CURAS
En el "Día del Seminario"
CÉSAR ROLLÁN, eclesalia@eclesalia.net
MADRID.

ECLESALIA, 18/03/10.- Los curas cuentan con toda mi admiración en general y en particular. Conozco muchos, a unos más que a otros. Con algunos me une la amistad, con otros la confianza y a la mayoría solo les conozco de lejos. También he de decir que tengo rostros que he decidido olvidar.

Valoro la figura del sacerdote, su trabajo, su empeño por servir en esta Iglesia nuestra. Reconozco en todos su extraordinaria autonomía para organizarse, para tomar decisiones en lo importante y en lo cotidiano. Comprendo su vocación y me admira el esfuerzo continuo de fidelidad, obediencia y austeridad.

¿Son necesarios? Es bien sabido que todos los grupos y sociedades necesitan un cierto tipo de liderazgo para que puedan funcionar de forma organizada. Desde los griegos a nuestros días el pensamiento no ha parado de darle vueltas a esta cuestión. Jesús dejó claro el suyo: “El que quiera ser el primero entre vosotros que sea vuestro servidor”. La altura, profundidad y anchura de la propuesta no tiene límites.

Si son necesarios… ¿Por qué nos seguimos privando los católicos de tantas personas valiosas? ¿Por qué no disfrutamos su don de animar comunidades? Sé que la cosa no es tan fácil, que hay una tradición de por medio que lo justifica de múltiples formas… ¿Y la Tradición de Jesús?

Quizá sea la hora de darnos cuenta que cualquier persona bautizada puede sentirse llamada. Es posible que sea ya el momento de que en la Iglesia se discerniera su vocación sin tener en cuenta su género ni condición. Pudiera ser que haya llegado el tiempo de entender que hombres y mujeres pueden servir a la comunidad y ejercer la presidencia siendo Cristo para los demás. Dios dirá… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

capaces

capaces

5 de Cuaresma (C) Juan 8, 1-11
REVOLUCIÓN IGNORADA
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 17/03/10.- Le presentan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Todos conocen su destino: será lapidada hasta la muerte según lo establecido por la ley. Nadie habla del adúltero. Como sucede siempre en una sociedad machista, se condena a la mujer y se disculpa al varón. El desafío a Jesús es frontal: «La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú ¿qué dices?».

Jesús no soporta aquella hipocresía social alimentada por la prepotencia de los varones. Aquella sentencia a muerte no viene de Dios. Con sencillez y audacia admirables, introduce al mismo tiempo verdad, justicia y compasión en el juicio a la adúltera: «el que esté sin pecado, que arroje la primera piedra».

Los acusadores se retiran avergonzados. Ellos saben que son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad. Entonces Jesús se dirige a la mujer que acaba de escapar de la ejecución y, con ternura y respeto grande, le dice: «Tampoco yo te condeno». Luego, la anima a que su perdón se convierta en punto de partida de una vida nueva: «Anda, y en adelante no peques más».

Así es Jesús. Por fin ha existido sobre la tierra alguien que no se ha dejado condicionar por ninguna ley ni poder opresivo. Alguien libre y magnánimo que nunca odió ni condenó, nunca devolvió mal por mal. En su defensa y su perdón a esta adúltera hay más verdad y justicia que en nuestras reivindicaciones y condenas resentidas.

Los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que encierra la actuación liberadora de Jesús frente a la opresión de la mujer. Desde una Iglesia dirigida e inspirada mayoritariamente por varones, no acertamos a tomar conciencia de todas las injusticias que sigue padeciendo la mujer en todos los ámbitos de la vida. Algún teólogo hablaba hace unos años de "la revolución ignorada" por el cristianismo.

Lo cierto es que, veinte siglos después, en los países de raíces supuestamente cristianas, seguimos viviendo en una sociedad donde con frecuencia la mujer no puede moverse libremente sin temer al varón. La violación, el maltrato y la humillación no son algo imaginario. Al contrario, constituyen una de las violencias más arraigadas y que más sufrimiento genera.

¿No ha de tener el sufrimiento de la mujer un eco más vivo y concreto en nuestras celebraciones, y un lugar más importante en nuestra labor de concienciación social? Pero, sobre todo, ¿no hemos de estar más cerca de toda mujer oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente y protección eficaz?

REVOLUÇÃO IGNORADA
José Antonio Pagola. Tradução: Antonio Manuel Álvarez Pérez

Apresentam a Jesus uma mulher surpreendida em adultério. Todos conhecem o seu destino: será lapidada até à morte segundo o estabelecido pela lei. Ninguém fala do adúltero. Como ocorre sempre numa sociedade machista, condena-se a mulher e desculpa-se o homem. O desafio a Jesus é frontal: «A lei de Moisés manda-nos apedrejar as adúlteras. Tu, que dizes?».

Jesus não suporta aquela hipocrisia social alimentada pela prepotência dos homens. Aquela sentença à morte não vem de Deus. Com simplicidade e audácia admiráveis, introduz ao mesmo tempo verdade, justiça e compaixão no julgamento à adúltera: «o que esteja sem pecado, que atire a primeira pedra».

Os acusadores retiram-se envergonhados. Eles sabem que são os mais responsáveis dos adultérios que se cometem naquela sociedade. Então Jesus dirige-se à mulher que acaba de escapar da execução e, com ternura e grande respeito, diz-lhe: «Tampouco Eu te condeno». Logo, a anima a que o Seu perdão se converta no ponto de partida de una vida nova: «Vai, e daqui em diante não peques mais».

Assim é Jesus. Por fim existiu sobre a terra alguém que não se deixou condicionar por nenhuma lei nem poder opressivo. Alguém livre y magnânimo que nunca odiou nem condenou, nunca devolveu mal por mal. Em Sua defesa e o Seu perdão a esta adúltera há mais verdade e justiça que nas nossas reivindicações e condenações ressentidas.

Os cristãos não têm sido capazes todavia de extrair todas as consequências que encerra a actuação libertadora de Jesus frente à opressão da mulher. Desde uma Igreja dirigida e inspirada maioritariamente por homens, não acertamos a tomar consciência de todas as injustiças que continua a padecer a mulher em todos os âmbitos da vida. Algum teólogo falava há uns anos d’ "a revolução ignorada" pelo cristianismo.

O certo é que, vinte séculos depois, nos países de raíz supostamente cristã, continuamos a viver numa sociedade onde com frequência a mulher não pode mover-se livremente sem temer o homem. A violação, o mau trato e a humilhação não são algo imaginário. Pelo contrário, constituem uma das violências mais arraigadas e que mais sofrimento gera.

Não deverá ter o sofrimento da mulher um eco mais vivo e concreto nas nossas celebrações, e um lugar mais importante no nosso trabalho de consciencialização social? Mas, sobretudo, não devemos estar mais próximos de toda a mulher oprimida para denunciar abusos, proporcionar defesa inteligente e protecção eficaz?

RIVOLUZIONE IGNORATA
José Antonio Pagola. Traduzione: Mercedes Cerezo

Presentarono a Gesù una donna sorpresa in adulterio. Tutti conoscono il suo destino: sarà lapidata fino alla morte, secondo la legge. Nessuno parla dell’adultero. Come accade sempre in una società maschilista, si condanna la donna e si discolpa il maschio. La sfida a Gesù è frontale: Mosè, nella Legge, ci ha comandato di lapidare donne come questa, Tu che ne dici?

Gesù non sopporta questa ipocrisia sociale, alimentata dalla prepotenza dei maschi. Quella sentenza a morte non viene da Dio. Con semplicità e audacia ammirabili, introduce nello stesso tempo verità, giustizia e compassione nel giudizio sull’adultera: Chi di voi è senza peccato, getti per primo la pietra contro di lei.

Gli accusatori se ne vanno con vergogna. Essi sanno che sonno i più responsabili degli adulteri che si commettono nella società. Allora Gesù si rivolge alla donna che si è appena sottratta all’esecuzione e, con tenerezza e rispetto grandi, le dice: Neanch’io ti condanno. Poi la incoraggia a convertire il suo perdono in punto di inizio di una vita nuova: Va’ e d’ora in poi non peccare più.

Gesù è così. Finalmente è esistito sulla terra qualcuno che non si è lasciato condizionare da alcuna legge né potere oppressivo. Qualcuno libero e magnanimo che non odiò mai né mai condannò, mai rispose al male col male. Nella sua difesa e nel suo perdono a quell’adultera c’è più verità e giustizia che nelle nostre rivendicazioni e condanne risentite.

Noi cristiani non siamo stati capaci ancora di ricavare tutte le conseguenze che racchiude l’atteggiamento liberatore di Gesù di fronte all’oppressione della donna. In una Chiesa diretta e ispirata soprattutto da maschi, non arriviamo a prendere coscienza di tutte le ingiustizie che continua a soffrire la donna in tutti gli ambiti della vita. Nessun teologo parlava fino a qualche anno fa della “rivoluzione ignorata” dal cristianesimo.

È certo che, venti secoli dopo, nei paesi dalle radici che si suppongono cristiane, continuiamo a vivere in una società in cui frequentemente la donna non può muoversi liberamente senza temere l’uomo. Lo stupro, il maltrattamento e l’umiliazione non sono qualcosa di immaginario. Al contrario, costituiscono una delle violenze più radicate e che generano maggiore sofferenza.

Non può avere la sofferenza della donna un’eco più forte e concreta nelle nostre celebrazioni, e un posto più importante nel nostro lavoro di coscientizzazione sociale? Ma, soprattutto, non dobbiamo rimanere più vicini a ogni donna oppressa per denunciare abusi e dare una difesa intelligente e una protezione efficace?

REVOLUTION IGNOREE
José Antonio Pagola, Traducteur: Carlos Orduna, csv

On présente à Jésus une femme prise en flagrant délit d’adultère. Tous connaissent son destin : être lapidée jusqu’à ce que mort s’en suive, d’après ce qui est établi par la loi. Personne ne mentionne l’homme adultère. Comme il est de coutume dans une société machiste, on condamne la femme et on excuse l’homme. C’est un défi frontal qui est lancé à Jésus : « La loi de Moïse nous demande de lapider les femmes adultères. Qu’en dis-tu ?”

Jésus ne supporte pas cette hypocrisie sociale nourrie par l’arrogance des hommes. Cette sentence-là de mort ne provient pas de Dieu. Avec une simplicité et une audace admirables, il introduit, en même temps, dans le jugement de la femme adultère, de la vérité, de la justice et de la compassion : « que celui qui est sans péché lui jette la première pierre ».

Les accusateurs se retirent couverts de honte. Ils savent bien que ce sont eux les plus responsables des adultères commis dans cette société-là. Alors, Jésus s’adresse à la femme qui vient d’échapper à l’exécution et, avec tendresse et grand respect, lui dit : « Moi non plus, je ne te condamne pas ». Ensuite, il l’encourage à ce que son pardon devienne le point de départ d’une nouvelle vie : « Va, et désormais ne pèche plus ».

Voilà comment il est, Jésus. Quelqu’un a existé enfin sur cette terre, qui ne s’est laissé conditionner par aucune loi ni pouvoir oppresseur. Quelqu’un de libre et de magnanime qui n’a jamais haï ni condamné, qui n’a jamais rendu le mal pour le mal. Dans la défense et le pardon qu’il offre à cette femme adultère, il y a plus de vérité et de justice que dans nos revendications et nos condamnations pleines de ressentiment.

Nous, chrétiens, nous n’avons pas encore été capables de tirer toutes les conséquences que renferme l’agissement libérateur de Jésus face à l’oppression de la femme. Dans une Eglise dirigée et inspirée majoritairement par des hommes, nous n’arrivons pas à prendre conscience de toutes les injustices que la femme continue de subir dans tous les domaines de la vie. Un théologien parlait il y a quelques années, de « la révolution ignorée » par le christianisme.

C’est qui est sûr, c’est que vingt siècles après, dans des pays aux racines soi-disant chrétiennes, nous continuons de vivre dans une société où souvent la femme ne peut pas bouger librement sans craindre l’homme. Le viol, les mauvais traitements et l’humiliation ne sont pas quelque chose d’imaginaire. Bien au contraire, ils constituent l’une des violences le plus ancrées, générant le plus de souffrance.

La souffrance de la femme, ne devrait-elle pas avoir un écho plus vif et concret dans nos célébrations, et une place plus importante dans notre travail de conscientisation sociale? Et surtout, ne devons-nous pas être plus proches de toute femme opprimée pour dénoncer les abus et lui fournir une défense intelligente et une protection efficace ?

FORGOTTEN REVOLUTION
José Antonio Pagola. Translator: José Antonio Arroyo

The Pharisees brought to Jesus a woman who had been caught committing adultery. Everyone knew what her punishment would be: “death by stoning,” as prescribed by the Law of Moses. Nobody said anything about the adulterous man. As it was the case in so many male dominated societies, the woman is condemned and the man excused. Jesus is challenged by them: “What have you to say? Moses has ordered in the Law to condemn women like this to death by stoning.”

Jesus does not tolerate such social hypocrisy, backed up by the abuse of power by the male population. Such death sentence has never come from God. With great courage and skill, Jesus brings into his answer truth, justice and compassion: “If there is anyone of you who has not sinned, let him be the first to throw a stone at her.”

The accusers began to leave the place one by one, beginning with the eldest. They knew very well who were responsible for the adulteries in their society. Then Jesus turned to the woman who was left alone and, with great tenderness and respect, told her: “No one has condemned you; neither do I condemn you.” Jesus encouraged her to go away and sin no more.

That is the real Jesus. For the first time in history, someone stood up against oppressive laws and power. Jesus was free and magnanimous, who never hated or condemned anyone and who never returned evil for evil. By defending an adulterous woman, Jesus showed more truth and justice than most of us in our own demands and resentful condemnations.

Many of us Christians have not yet been able to learn and practice all the lessons taught by Jesus in defence of an oppressed woman. Being members of a Church made up and mainly dominated by males, we are unable to judge fairly the injustices that women are still suffering in many areas of our society. A few years ago, a theologian spoke about the “unknown revolution” of modern Christianity.

The fact remains that, twenty centuries later, in many countries traditionally Christian, we live in a society in which often a woman cannot survive without the help of man. Rape, violence and discrimination are all too real to be discounted. So widespread, in fact, that these are considered the root cause of most other gender injustices.

Gender discriminations should be identified and condemned more concretely and loudly in all our celebrations; it should occupy a prominent place in our social activities and planning. Shouldn’t Christians and the Church always be by the side of any oppressed woman, denouncing all abuses, and offer intelligent defence and adequate protection?

EZ IKUSIA EGIN DIOTEN IRAULTZA
José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Adulterioan harrapatu duten emakume bat dakarkiote Jesusi. Guztiek ezagutzen dute halakoaren zoria: legeak arautua duenez, harrikatua izanen da, hiltzeraino. Inork ez du kontuan hartu gizon adulteriogilea. Beti bezala, gizarte matxista da, emakumea galdu eta gizonezkoa desenkusatu. Aurrez aurre egin diote Jesusi desafioa: «Moisesen legeak emakume adulteriogilea harrikatzeko agindu digu. Eta zuk zer diozu?»

Jesusek ezin jasan du gizarte-hipokresia hori, gizonezkoen agintekeriak elikatua. Hiltzeko agindu hori ez dator Jainkoagandik. Xume eta miresgarriki ausart, aldi berean eta batean bildu ditu Jesusek adulteriogilearen kontrako auzi horretan egia, zuzentasuna eta errukia: «zuetan bekaturik ez duenak bota diezaiola lehen harria».

Eta salatzaileak han doaz lotsaturik. Badakite ezen berak direla gizarte hartan egiten diren adulterioen erantzule handienak. Orduan hila izatetik libratu den emakumeari mintzatu zaio Jesus, eta samurkiro eta errespetu handiz diotso: «Nik ere ez zaitut gaitzesten». Ondoren, barkazio hori biziera berri baten abiapuntu bihur dezan erregutu dio: «Zoaz, eta ez gehiago bekaturik egin».

Horra zer den Jesus. Azkenean izan da lurrean ez inongo legek, ez botere zapaltzailek makurrarazi ez duen norbait. Norbait askea eta bihotz-handia, sekula inor gorrotatu eta gaitzetsi ez duena, gaitzik gaitzaren truke itzuli ez duena. Adulteriogile honi eskaini dion defentsan eta barkazioan gure eskabide zorrotzetan eta sumindurazko gaitzespenetan baino egia eta zuzenbide handiagoak nabari dira.

Kristauak ez gara oraino gai izan emakumearen zapalkuntzaren aurrean Jesusek izan duen jarduera askatzailearen ondorioak ateratzeko. Gehiengo nagusian gizonezkoek gidatu eta arnasturiko Elizan, ez gara iritsi jabetzera emakumea bizitzako eremu guztietan jasaten ari den zuzengabekeriaz.. Teologo bat, duela urte batzuk, kristauek «ez ikusia egin dioten iraultzaz» mintzo zen.

Nolanahi, hau da egia: hogei mende ondoren, ustez kristau-erroak dituzten lurraldeetan, gizarte baten bizi garela, zeinetan emakumea sarritan ezin baita mugitu libreki gizonezkoari beldur izan gabe. Bortxakeria, tratu txarra eta umilazioa ez dira irudipen huts. Aitzitik, indarkeriarik errotuenetarik dira eta sufrimendurik gehien eragiten dutenetarik.

Ez ote luke emakumearen sufrimenduak oihartzun biziagoa eta zehatzagoa izan behar gure ospakizunetan?, ez ote luke izan behar leku inportanteago bat gizartea kontzientziatzeko gure lanean? Baina, batez ere, ez ote genuke bizi behar emakume zapaldu ororengandik hurbilago, abusuak salatzeko, defentsa burutsua eta babes eginkorra eskaintzeko?


REVOLUCIÓ IGNORADA
José Antonio Pagola. Traductor: Francesc Bragulat

Li presenten a Jesús una dona sorpresa en adulteri. Tots coneixen el seu destí: serà lapidada fins a la mort segons el que estableix la llei. Ningú parla de l’adúlter. Com passa sempre en una societat masclista, es condemna la dona i es disculpa l’home. El desafiament a Jesús és frontal: «Moisès en la Llei ens ordenà d’apedregar aquestes dones. I tu, què hi dius?».

Jesús no suporta aquella hipocresia social alimentada per la prepotència dels homes. Aquella sentència a mort no ve de Déu. Amb senzillesa i audàcia admirables, introdueix al mateix temps veritat, justícia i compassió en el judici a l’adúltera: «aquell de vosaltres que no tingui pecat, que tiri la primera pedra».

Els acusadors es retiren avergonyits. Ells saben que són els més responsables dels adulteris que es cometen en aquella societat. Llavors Jesús es dirigeix a la dona que acaba d’escapar de l’execució i, amb tendresa i gran respecte, li diu: «Jo tampoc no et condemno». Després, l’anima que el seu perdó es converteixi en punt de partida d’una vida nova: «Vés-te’n, i d’ara endavant no pequis més».

Així és Jesús. Per fi ha existit sobre la terra algú que no s’ha deixat condicionar per cap llei ni poder opressiu. Algú lliure i magnànim que mai va odiar ni condemnar, mai va tornar mal per mal. En la seva defensa i el seu perdó a aquesta adúltera hi ha més veritat i justícia que a les nostres reivindicacions i condemnes ressentides.

Els cristians no hem estat capaços encara d’extreure totes les conseqüències contingudes en l’actuació alliberadora de Jesús enfront de l’opressió de la dona. Des d’una Església dirigida i inspirada majoritàriament per homes, no vam encertar a prendre consciència de totes les injustícies que segueix patint la dona en tots els àmbits de la vida. Algun teòleg parlava fa uns anys de "la revolució ignorada" pel cristianisme.

El cert és que, vint segles després, en els països d’arrels suposadament cristianes, seguim vivint en una societat on sovint la dona no pot moure’s lliurement sense témer l’home. La violació, el maltractament i la humiliació no són quelcom imaginari. Al contrari, constitueixen una de les violències més arrelades i que més patiment genera.

No ha de tenir el patiment de la dona un ressò més viu i concret en les nostres celebracions, i un lloc més important en la nostra tasca de conscienciació social? Però, sobretot, no hem d’estar més a prop de tota dona oprimida per denunciar abusos, proporcionar defensa intel ligent i protecció eficaç? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).