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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

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EL CRISTIANISMO Y LA FELICIDAD
Extracto de la ponencia de Juan Martín Velasco en el Foro de Profesionales Cristianos de Madrid*
FORO DE PROFESIONALES CRISTIANOS, pxmadrid@telefonica.net
MADRID.

¿Qué podemos hacer los cristianos, qué podemos aportar a la búsqueda de la felicidad en nuestro tiempo?

ECLESALIA, 12/03/10.- Vivimos en un clima cultural en el que predomina la desesperanza y es que han ido fracasando uno tras otro los proyectos ideados para encontrar una solución al problema del deseo humano de felicidad. La ilustración no ha cumplido sus promesas, el marxismo que prometía un mundo justo y nada menos que un paraíso en la tierra, ha fracasado, seguramente por la estrechez de sus presupuestos ideológicos, basados en el materialismo, y por la brutalidad de su aplicación en los países que han estado bajo su dominio. A algunos les pareció que, tras el fracaso del socialismo real, el mercado abandonado a sus leyes propiciaría el crecimiento económico indefinido, que multiplicaría los bienes y facilitaría el acceso a ellos a los pueblos hasta ahora marginados; hoy, la crisis nos lo muestra con toda claridad, constatamos que la distancia entre pobres y ricos se hace cada vez mayor, que el crecimiento tiene unos límites y que por tanto también el mercado ha defraudado las esperanzas que algunos habían puesto en él. ¿Qué podemos hacer los cristianos en esta época de desesperanza?

1. Yo creo que lo primero es mirar hacia nosotros y hacer autocrítica, tomar conciencia de los errores anteriores y actuales, justamente en relación con el problema de la felicidad. ¿Por qué si el cristianismo posee principios capaces de transformar la existencia, si la esperanza y el amor constituyen una verdadera fuente de felicidad para los creyentes, como sucedió al principio del cristianismo, por qué nos vemos los cristianos también anegados en la civilización del deseo, en las sociedades del hiperconsumo y en todas las contradicciones que eso supone para la concepción cristiana del hombre, de la sociedad y de su destino?

La primera razón es que nos llamamos cristianos, porque mantenemos elementos del cristianismo, creencias, prácticas, formas diluidas de pertenencia a la Iglesia… pero nuestro cristianismo es más, en conjunto y sin ofender a nadie, un cristianismo de bautizados que de convertidos. No creo ser demasiado pesimista si reconozco que las comunidades cristianas actuales estamos lejos de vivir personalmente la fe que decimos poseer y conservar, si digo que creemos, con la fe reducida a creencia, pero no somos verdaderamente creyentes en Dios, en Cristo, confiando incondicionalmente en Él. Esto explicaría que nuestra condición de creyentes no irradie la alegría de las bienaventuranzas, de Maria, de los discípulos o de aquellas primeras generaciones de cristianos.

2. Para estar en disposición de recuperar las fuentes cristianas de la felicidad yo creo que necesitaríamos en primer lugar revitalizar y personalizar nuestro ser cristiano, haciendo efectiva la experiencia de la vida teologal, eso que se ha dicho tantas veces: o somos místicos o no podremos ser cristianos. Porque la actitud teologal, la fe-esperanza y caridad suponen una nueva forma de vivir en la que el hombre, superando las formas de vida desperdiciada, -la evasión, el divertimiento y tantas otras formas- llega al fondo de sí mismo y tratando de remontar el curso de su vida, que él percibe que no se ha dado a sí mismo, admite, reconoce, acepta: “todas mis fuentes están en ti”, refiriéndose, naturalmente a Dios. Creer en el Dios Padre creador es, en su centro mismo, vivir en la esperanza y de la esperanza. Y la esperanza es, en una expresión de Miguel García-Baró, “la certeza difícil, profundamente dichosa, de que lo mejor tendrá, tiene ya ahora, la última palabra. Es pues vivir en la certeza de que la propia vida procede del manantial de amor que reconocemos como Dios y en la certeza igualmente dichosa de que la semilla de ser que la presencia de Dios siembre en nosotros se impondrá a todos los peligros, a todos los pesares, incluso a las catástrofes que pueda comportar nuestra vida”.

Pero necesitamos también recuperar la vocación terrena, mundana, de nuestro ser cristiano, tal como la describió, después de siglos de olvido, el Vaticano II en esa preciosa Constitución sobre la Iglesia en el Mundo actual.

3. Los rasgos de la felicidad cristiana

3.1. Recuperada la raíz de la experiencia cristiana en la vida de los cristianos, florecería de nuevo la alegría que el Nuevo Testamento atribuye a los creyentes. Me parece además que de ahí surgiría una felicidad con rasgos originales, los propios de la felicidad cristiana, por ejemplo: su condición de felicidad teologal, la fe esperanza cristiana es fe-esperanza en Dios por la que el cristiano se fía de Dios y se confía a Dios, con todo el poder que la confianza en Dios tiene para derribar del corazón de los creyentes todos los ídolos que constantemente estamos fabricando: el de los bienes objeto de posesión y consumo, el del placer erigido en finalidad de la vida, el del vano honor, la vana gloria y el cultivo de la propia imagen, y por encima de todo, el del egoísmo que nos encierra en el círculo estrecho de nosotros mismos y los nuestros y nos hace ignorar a los otros y pasar indiferentes ante sus sufrimientos.

3.2. Tengo la impresión de que los cristianos, por no haber experimentado de verdad el ser creyentes, no hemos descubierto la felicidad que comporta consentir a la fuerza gravitatoria del amor de Dios en nosotros y ser testigos de la liberación de energías en nuestro interior que se sigue de ese consentimiento. Creer, confiar en Dios y consentir a su amor con la incondicionalidad de toda relación que se refiere a Dios, abre la posibilidad a otro rasgo característico de la felicidad que se sigue de creer: sólo se puede creer incondicionalmente como Abraham, como María, contra toda esperanza, es decir, contra todas las aparentes razones para no confiar o para desesperar. Y es que confiar en Dios no es reunir todos nuestros esfuerzos para dar el salto hacia Él, sino abandonarse a su fuerza de atracción que es infinitamente superior a la que puede ejercer en nosotros la gravedad que nos lleva a querer salvarnos a nosotros mismos o a confiar en cualquiera de los seres mundanos.

3.3. La condición teologal del fundamento de nuestra felicidad hace que ésta no se vea amenazada por nada, ni siquiera por la muerte. Como dice el texto de Job -en la antigua traducción de la Vulgata- “Aunque me mates, confiaré en ti”.

3.4. Afirmada en este fundamento, la felicidad de la fe permite descubrir otros rasgos característicos. Por ejemplo, el Dios trascendente en el que creemos rompe la atracción que ejerce en nosotros nuestro yo y el mundo en el que vivimos, el Dios creador que es “Dios mío” para cada ser humano, no puede serlo mas que siendo a la vez el Dios de todos. Imposible por tanto decir “Dios mío” si en mi invocación no están incluidos todos. El proyecto de Dios que aceptamos cuando decimos “hágase tu voluntad” incluye a todos los hombres, por eso es imposible creer en Él, reconocer su amor e ignorar a los otros. Creer en Dios lleva consigo, como principio rector de la vida, el “no sin los otros, nada sin los otros”.

3.5. Otro rasgo de la felicidad cristiana es la primacía del amor. Dicen los escritos de Juan “Creemos en el amor que Dios nos tiene”. “Vivo de la fe en el hijo de Dios que me amó”, dice San Pablo. Todos sabemos que el amor es la sal de la vida, su sentido, por eso el amor está en la raíz de toda felicidad; ahora nos explicamos el fracaso de la civilización del deseo que hay que saciar por la posesión y el consumo de bienes porque el amor comporta ciertamente deseo pero lo trasciende en la donación regida por la ley de la gratuidad; la originalidad del amor como centro de la vida explica la originalidad de la felicidad cristiana: hay más alegría en dar que en recibir, dice San Pablo en el Libro de los Hechos atribuyendo la expresión al mismo Jesús.

Felicidad cristiana, esperanza y sufrimiento

¿Es verdad que creer en el Dios de Jesucristo aporta alegría, auténtica alegría a la vida de los creyentes?, ¿qué clase de alegría es la que aporta? Porque es verdad que la Biblia se refiere a los creyentes como felices, al Dios en el que esperamos como el Dios que consuela, pero también es verdad que está llena de oraciones, como las de Jeremías, las del libro de las Lamentaciones, las de Job, como las de los autores de los salmos, la de Jesús mismo, en las que se dirigen a Dios desde el abismo del sufrimiento, desde el mayor abatimiento, desde la angustia, con oraciones que consisten en preguntas, en busca de explicación por lo que están viviendo, de queja por esa situación.

La esperanza no se identifica con el optimismo superficial que con una actitud mágica ante Dios hace de Él la respuesta inmediata a las preguntas humanas, pone en Él la satisfacción de nuestros deseos inmediatos. El Dios de la fe y de la esperanza cristiana no puede convertirse en objeto de ningún acto humano, es un Dios absolutamente trascendente, que no es ajeno al mundo pero tampoco se hace presente en él como un poder mayor o un ente supremo que lo rige o lo vigila desde fuera del mundo; precisamente por eso la fe requiere el trascendimiento de todo lo mundano y el descentramiento de sí mismo, por eso la esperanza solo está a la altura del Dios en el que confía cuando renuncia a todos los apoyos que puedan imaginarse para confiar; renunciar, como Abraham en el sacrificio de Isaac, a la prueba que Dios mismo le había dado como muestra de su fidelidad.

A partir de estas consideraciones se entiende que confiar cuando no se tiene ninguna razón aparente para hacerlo, que confiar contra toda razón, no es que sea el grado sumo de la esperanza, es que es la condición indispensable para que la esperanza sea esperanza teologal. Así entendida la esperanza no consiste en la convicción de que todo me va a ir bien en el futuro sino en la certeza oscura, en la confianza incondicional de que, suceda lo que suceda en mi vida, todo está bien porque mi vida entera está confiada a Dios.

Voy a terminar con una alusión a la “verdadera alegría”. Los textos más elocuentes sobre ella están en San Francisco de Asís, en sus mismos escritos y el capítulo VIII de Las Florecillas. Por ser más breve, remito a un texto de Santa Teresa del Niño Jesús, que sabéis que pasó por una prueba formidable al final de su vida, 18 meses en la más oscura de las noches espirituales, y escribe “a veces es verdad que el pajarillo –ella misma- se ve asaltado por la tempestad, le parece creer que no existe otra realidad mas que las nubes que lo envuelven. Entonces llega la hora de la alegría perfecta para el pobrecito y débil ser, qué dicha para él permanecer allí no obstante y seguir mirando fijamente a la luz invisible que se oculta a su fe”. Esta forma de alegría no es una anécdota en la vida de los creyentes, puede verse como la reproducción en ellos mismos del misterio pascual, de la vida, muerte y resurrección de Cristo. ¿Recordáis lo que decía Camus, “los hombres mueren y no son felices”? Jesús no nos ha salvado de esa condición humana expuesta al sufrimiento arrebatándonos al cielo y evitándonos la muerte, eso entraba dentro de la propuesta del tentador en el desierto. Él ha asumido nuestra condición hasta el fondo, pasando por el sufrimiento, el abandono y la muerte en la cruz y experimentando en sus carnes crucificadas y de resucitado la victoria definitiva del amor de Dios a la que nos asocia la esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> *La charla completa de “El Cristianismo y la Felicidad”, así como las dos anteriores del mismo ciclo, “¿Se puede vivir sin Dios?” y “El Dios cristiano y los otros dioses”, de Juan Martín Velasco, están disponibles en www.profesionalescristianos.com/index.php

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