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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

redención

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NI SALVADOS, NI REDIMIDOS
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 26/03/07.- No te sorprendas. Analicemos juntos sin temor y dejemos que el corazón intuya.

Durante siglos nos han enseñado que el pecado del hombre causó una ofensa infinita a Dios. Siendo el hombre un ser limitado, no podía reparar esa ofensa infinita. Era preciso alguien infinito para satisfacer el honor de Dios. Por otro lado, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tenía que ser reparada por un hombre. Eso explica que Jesús (Dios y hombre) se encarne, muera y merezca con su muerte (sacrificio con valor infinito por tratarse de un ser infinito) la reconciliación con Dios. Al quedar pagado el justiprecio por todos nuestros pecados, quedamos redimidos y los cielos abiertos.

Se me ponen los pelos de punta al recordar esta nefasta doctrina que ha durado casi diez siglos, ha denigrado el rostro de Dios revelado por Cristo y ha causado tanto temor. Bajo ella laten los conceptos de "culpa" y "expiación" judaicos de los que estaba impregnado San Pablo y con los que, a veces, contamina sus cartas. La superada "interpretación literal" de la Escritura nos permite ahora distinguir el diamante (palabra de Dios) de los defectos causados por su tallador (el escritor sagrado).

En el siglo XI San Anselmo, influido por la literalidad de la Escritura y el ambiente feudal de su época, escribió la teoría de la redención que he resumido. La recogió después Santo Tomás y se ha ido trasmitiendo por generaciones. Ahora los teólogos la rechazan pero no se hace lo necesario para borrar del subconsciente colectivo esa trágica teoría. Cuando se descubre un error, lo recto es corregirlo inmediatamente. Sin embargo, nuestra Liturgia sigue lastrada por esas falsedades, como algunas predicaciones de sacerdotes u obispos. Me duele la falta de celo, el inmovilismo, la ausencia de conversión (rectificación). Me duele que al Pueblo de Dios no le lleguen las luces nuevas y la liberación del error y del temor. Aunque comprendo la pesada inercia de los siglos.

Los humanos somos expertos en construir torres de Babel con el pensamiento, en hacer encaje de bolillos con nuestra razón. El error surge al apartarnos de la realidad, al barajar fantasmas. Esos cerebralismos, ese despegue de la realidad inscrita en el corazón y recogida en el Evangelio, nos dibujaron un "dios sádico" (al ras de los dioses mitológicos), capaz de desangrar a su hijo para darse a sí mismo una reparación. ¡Pero qué barbaridad! ¡Rechazo públicamente ese dios falso y esa redención mercantil!

Me adhiero al Padre revelado por Jesús en la parábola del hijo pródigo. Creo en el Dios Amor que no necesita para perdonar ni pagadores, ni justificadores, ni expiaciones, ni holocaustos, ni sacrificios. Mi Dios es fina lluvia templada que se derrama constantemente sobre sus sedientas criaturas. Es el calor que necesita mi piel, la luz que ansían mis ojos, la música que sosiega e inunda mi ser. Es el perfumado horizonte de flores que busca mi corazón. Es la Felicidad plena que creó al hombre para hacerle partícipe de su felicidad. Es pura Gratuidad que no espera respuesta, sólo anhela que su regalo haga feliz al otro. No hay precios que pagar, no hay expiaciones que colmar.

¿Entonces, la venida de Cristo para qué? Para que no perdamos el regalo. Para que no mendiguemos comida de cerdos teniendo un Padre millonario. Dios nos creó libres "a su imagen y semejanza" pero elegimos emplear ese don contra nosotros mismos. Huimos de nuestra humanidad y nos convertimos en alimañas ("homo homini lupus"). Contagiamos nuestras erradas decisiones a las generaciones siguientes. Y nos fuimos hundiendo en la violencia, el temor, la oscuridad y la desesperación. El Amor gratuito de Dios no podía quedar indiferente y decidió "recrearnos", enseñarnos a ser humanos. Para eso viene el Hijo del Hombre, el modelo, para devolvernos nuestra identidad y, con ella, el mapa de la felicidad. Lo dice Juan maravillosamente: "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para que quien crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn. 3, 16). Creer significa confiar, seguir, adherirse a la persona y al mensaje. Tener vida significa crecer, realizarse, avanzar hacia la felicidad para la que fuimos creados. Por eso la salvación no está en la cruz, sino en el diario seguimiento del Salvador:"Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn. 14, 6).

¿Y la pasión y muerte? Es nuestra respuesta ciega al que viene a ayudarnos. Lo cuenta el mismo Jesús en la "parábola de los viñadores homicidas" (Mt. 21, 33). No existe una cruz redentora querida por Dios. Él aborrece el sufrimiento de su Hijo y de sus hijos. Existe el horror de la cruz con la que aplastamos al Justo, al Bueno, al Pacífico, en contra de la voluntad de Dios, para proteger -terrible y vergonzante paradoja- la religión. (Los religiosos de hoy deberían meditar seriamente esta historia).

Ante nuestra libertad criminal, Dios pudo quitárnosla ("crees que no puedo pedir ayuda a mi Padre que me enviaría doce legiones de ángeles" Mt. 26, 53). Hubiese sido la destrucción del hombre porque sin libertad dejamos de ser humanos. Su obra creadora hubiese fracasado. La respuesta no fue fulminarnos sino enseñarnos. Y ahí entra la pedagogía del Crucificado: "vencer el mal con abundancia de bien". Ante la atrocidad de nuestra libertad deicida, Él certifica con su sangre los valores de su Mensaje: paz, amor, verdad, confianza, perdón, fortaleza, etc. La resurrección probará que esos valores, por los que Cristo se deja matar, son el camino del triunfo definitivo.

Desde entonces el Crucificado Resucitado es nuestro ejemplo, nuestro camino de realización. Y le llamamos Redentor porque nos redime del fracaso como seres humanos. Su dolor resucitado, además de refrendar el Mensaje, es consuelo y esperanza para los que sufren, en cualquier tiempo, bajo las garras del mal. "No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma" (Mt. 10, 28).

El corazón maternal de Dios no puede renunciar a su deseo de hacernos felices. Ésa es la finalidad de la creación, de la encarnación y de la pasión. Ése es el regalo de su Gratuidad. Quien estúpidamente lo rechaza en esta vida tendrá que rehabilitarse en la otra, tendrá que hacer la dolorosa gimnasia de convertirse en humano, o sufrir indeciblemente al darse cuenta de que rompió su décimo premiado ("allí será el llanto y el rechinar de dientes"). Porque la posibilidad de ser feliz está indisolublemente ligada a la naturaleza humana. Un perro podrá estar satisfecho pero nunca feliz. Nadie que renuncie a la "imagen y semejanza", inmersa en su humanidad, podrá encontrar la felicidad. Por eso la parábola del hijo pródigo -síntesis de todo el Evangelio- es una historia de gratuidad, libertad errada y felicidad recuperada ("volveré junto a mi Padre").

Hay dentro de mí un deseo inmenso, lector amigo, de que consigas tu redención, tu salvación, tu humanización. Tanto como deseo la mía. Ya sabes el Camino. No consientas que te cuenten cuentos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

a unos amigos

a unos amigos

EL MONSEÑOR ROMERO “MAESTRO Y PEDAGOGO”
Introducción a la publicación de sus Cartas Pastorales y Discursos en el XXVII aniversario de su martirio
JON SOBRINO
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 25/03/07.- “La palabra queda”, dijo Monseñor Romero, y ciertamente ha quedado en sus homilías en forma de profecía y eu-aggelion. Un experto en Antiguo Testamento nos dijo poco después del asesinato de Monseñor que en Israel hubo unos ocho grandes profetas, y que, en nuestros días, Monseñor sería uno de ellos. En El Salvador eso lo sabe todo el mundo. Y sabe también que Monseñor fue hombre de eu-aggelion, de buenas noticias, compasión y justicia para pobres y víctimas, como Jesús. Monseñor, en efecto, amó a su pueblo, y nadie recuerda a alguien que lo haya amado más que él. Eso es lo que ponía en palabra todos los domingos.

Pero esa palabra fue también una palabra lúcida. Sin ser teólogo profesional, pensó las cosas a fondo. Y fue una palabra pastoral y creativa, pronunciada en la historia concreta para rechazar concretos caminos del mal y animar a recorrer concretos caminos del bien. Fue, pues, y de manera eximia, “maestro y pedagogo”.

Eso es lo que aparece con claridad en las cartas pastorales y discursos que publicamos en este Cuaderno del Centro Monseñor Romero. La temática fundamental de su magisterio, dicho en síntesis, pensamos que fue la siguiente: la Iglesia y su relación salvadora con el pueblo, tomando absolutamente en serio la realidad histórica de aquellos tres años.

Indicios de ello se observan en su primera carta, “La Iglesia de la pascua”, 10 de abril de 1977, con la que se presentó a su pueblo, cuando ya había comenzado la represión y ya había sido asesinado el P. Grande. En su segunda carta, “La Iglesia cuerpo de Cristo en la historia”, 6 de agosto de 1977, y en el discurso de Lovaina, “La dimensión política de la fe desde la opción por los pobres”, 2 de febrero de 1980, desarrolla los grandes principios teológicos para comprender el ser y hacer de la Iglesia. La Iglesia es el cuerpo de Cristo en la historia, servidora del reino y de Dios, anunciando a los pobres la buena noticia y trabajando por su liberación. Y -lo que ocurre más infrecuentemente- desenmascarando los ídolos de muerte y luchando contra ellos. Y siempre dispuesta, por amor al pueblo y en fidelidad a Dios, a sufrir la persecución, la verificación más clara del seguimiento de Jesús.

Esto aparece con toda claridad en sus dos últimas cartas pastorales: “Iglesia y organizaciones políticas populares”, 6 de agosto de 1978, y “Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país”, 6 de agosto de 1979. En ellas Mons. Romero se enfrentó con las idolatrías, causa última de todos los males: el capital y la seguridad nacional. Y se enfrentó con sus consecuencias: conflicto y violencia reinantes, represión al pueblo y persecución a la Iglesia -y se enfrentó también con el peligro de convertir en ídolo a las organizaciones populares. Y siempre buscó caminos de solución. Ante todo la implantación de la justicia, y a punto de estallar la guerra, el diálogo nacional.

En estas cartas toma la palabra la realidad de un país en llamas y una esperanza que él mantuvo siempre. Desde ahí, y con el evangelio en la otra mano, buscó siempre lo específico de la Iglesia y el servicio que ofrece el evangelio. Esa mirada a la Iglesia, desde el servicio al pueblo sufriente, le llevó a encarnarla en el pueblo crucificado y a analizar desde él las novedades que iban surgiendo dentro de ella: las comunidades de base, la religiosidad popular, los agentes de pastoral, la pastoral de acompañamiento de los cristianos comprometidos políticamente...

Esas dos últimas cartas causaron conmoción social. En el país fueron acogidas por muchos con gran sorpresa y con inmensa alegría, como una luz en medio de la oscuridad que daba esperanza. Otros las rechazaron, incluso varios obispos. En el exterior Monseñor Romero llegó a ser considerado como verdadero maestro.

Nos preguntamos ahora qué nos dice Mons. Romero, el maestro y pedagogo, treinta años después, a través de esos escritos. No faltará quien diga que las cosas han cambiado, lo cual es verdad. Pero sigue siendo muy fundamental y muy necesario mantener vivo ese legado, sobre todo en el silencio actual. Sus textos sobre la Iglesia se pueden seguir leyendo con gran provecho. Y basta con cambiar algunas palabras para leer también con provecho sus textos sobre la realidad: lo que dice de ídolos y víctimas, de necesidad de justicia y de verdad, de honradez y de esperanza.

Y también es importante para nuestros días el modo de proceder de ese maestro y pedagogo, en lo que nos queremos concentrar.

1. En sus escritos Mons. Romero se dejó guiar ante todo por el evangelio. No citaba textos numerosos pero sí fundamentales, y no aparecen como acompañantes decorativos, sino como fundamentos reales del ser y la acción de la Iglesia: proseguidora de la obra de Jesús, del anuncio de la fe en su Padre Dios y de la encarnación en el mundo concreto de los pobres. Por ser ése su fundamento Monseñor estaba convencido de que su palabra tenía fuerza. “La palabra de Dios no está encadenada”, decía -y gran aporte suyo fue no hacerla languidecer, ni mucho menos manipularla. A Monseñor, además, el Jesús del evangelio se le apareció en los pobres. Lo agradeció infinitamente, y nunca se le pasó por la mente, aun en medio de todos los problemas que eso le produjo, decir como el gran inquisidor: “Señor, no vuelvas”.

2. Monseñor usó abundantemente el magisterio de la Iglesia, en especial el Vaticano II, las encíclicas sociales de Pablo VI -más la Evangelii Nuntiandi- y Medellín y Puebla. Lo hizo sin ninguna rutina sino con audacia, creatividad y compromiso. Con audacia, pues citaba pasajes sobre temas que en nuestro país generaban gran conflicto: derecho a la organización popular, violencia, su legitimidad e ilegitimidad, diálogo -en este caso con grupos marxistas-, asesinatos y martirio, la hipoteca social de la propiedad privada… Con creatividad, pues la realidad concreta salvadoreña escapaba muchas veces a la realidad universal que aborda el magisterio. La pastoral de acompañamiento, por ejemplo, fue algo verdaderamente nuevo. Y con compromiso. En aquellos días, hablar de “magisterio”, “doctrina social de la Iglesia”, era lenguaje terrible para los opresores. Por eso, cuando en Roma -en el proceso de beatificación- investigaron si Monseñor se dejaba guiar por la doctrina social de la Iglesia, y no por ideologías peligrosas, la respuesta fue clara: evidentemente. Pero además, se encontraron con estas palabras de Monseñor: “Es muy fácil hablar de doctrina social. Lo difícil es ponerla por obra. Entonces vienen los ataques y la persecución”. Las mayorías sí entendían que esa doctrina social, aunque no acababan de entenderla a cabalidad, debía de ser algo bueno, y algo que estaba en su favor, pues Monseñor la invocaba.

3. Monseñor tomó también muy en serio lo que, análogamente, podemos llamar el “magisterio de la Iglesia local”. En concreto, recordaba la Segunda Semana Pastoral Arquidiocesana de 1976, y dos mensajes episcopales. Uno, del 5 de marzo de 1977, en el que denunciaban los atropellos y represión a campesinos y la persecución a la Iglesia que entonces comenzaba. El otro, del 17 de mayo, en el que volvía a denunciarlos toda la Conferencia Episcopal. Eran los inicios de un magisterio salvadoreño, nuevo, evangélico y popular. El que Monseñor recordase ese “magisterio salvadoreño” era importante para que sus cartas fueran bien recibidas -la necesaria receptio, que se dice técnicamente.

4. Monseñor era bien consciente de que la verdad expresada en textos puede quedar a un nivel abstracto, y por ello manipulable, si no se concretaba desde y para la situación del país. Por ello fue siempre constante preocupación suya iluminar los problemas concretos del país, y de la Iglesia, aun cuando no siempre hubiese respuesta para ellos en los documentos universales de la Iglesia. A la tercera carta pastoral sobre “Las Organizaciones Políticas Populares”, considerada universalmente como pionera en este campo, añadió un anexo con datos fundamentales de la realidad económica y política, y con textos de la Escritura y de la doctrina de la Iglesia. Y añadió un cuestionario. Así podía ser leída con más interés y podía ser mejor comprendida.

5. Esta tercera carta pastoral fue todo un acontecimiento. Su redacción es un ejemplo de trabajo en equipo y de tomar absolutamente en serio a los laicos. Monseñor se juntaba, normalmente en desayunos de trabajo, con unas quince personas, sacerdotes en pastoral, teólogos, analistas sociales y políticos. Entre todos aparecía la realidad con todos sus problemas y posibilidades, y se la analizaba en profundidad, con lo cual se evitaba la mera repetición de juicios verdaderos pero inoperantes. Y aparecía también el juicio desde la palabra de Dios, y se analizaba la realidad teológicamente, con lo cual la carta pastoral aparecía enraizada en la fe cristiana, y podía defenderse en contra de los innumerables ataques de la extrema derecha. Hay que recordar que la carta también fue firmada por Monseñor Rivera Damas, entonces obispo de Santiago de María. El resto de la Conferencia Episcopal, y la nunciatura, de diversas formas mostraron su desagrado y desacuerdo con esta carta. Sobre el tema de las organizaciones populares publicaron un breve mensaje, sumamente pobre, que dejaba a las mayorías populares abandonadas a su suerte. El escándalo fue grande ante el hecho de dos textos tan diferentes. Y muestra que para Monseñor Romero escribir una carta pastoral era todo menos rutinario.

6. Su cuarta y última carta expresa espléndidamente otra dimensión del modo de proceder de Monseñor Romero: compartía con su pueblo la confección de su magisterio doctrinal. Antes de escribirla, en efecto, envió a los sacerdotes y a las comunidades una larga encuesta. En ella preguntaba cosas importantes: “¿Quién es para usted Jesucristo?”. “¿Cuál es el mayor pecado del país?”. “¿Qué piensa usted de la Conferencia Episcopal, del Nuncio, de su arzobispo?”. Y tomó en serio las respuestas. En el n. 7 de dicha carta recuerda que “todo el pueblo de Dios participa de la función profética de Cristo… guiado por el sagrado Magisterio” (LG 12). Lo importante, y típico de él, es que sacó las consecuencias:

“Teniendo en cuenta este carisma del diálogo y de la consulta quise iniciar esta carta pastoral con una encuesta al querido Presbiterio y a las comunidades eclesiales de base de la Arquidiócesis. Y una vez más, he quedado admirado de la madurez reflexiva, del espíritu evangélico, de la creatividad pastoral, de la sensibilidad social y política expresadas en las numerosas respuestas que he leído detenidamente. Incluso algunas inexactitudes y audacias doctrinales y pastorales han servido de estímulo al carisma de magisterio y discernimiento que el Señor me ha confiado. Pero todas las inquietudes y sugerencias aportadas fueron tomadas en cuenta. Al agradecerles muy cordialmente, quiero repetir mi invitación a continuar este diálogo y esta reflexión, tal como lo hice, con la conciencia de mi limitación, al entregar, el año pasado, mi tercera carta pastoral “que llama a todo el Pueblo de Dios a reflexionar, desde sus comunidades eclesiales y en comunión con sus pastores y con la Iglesia universal, sobre estos temas a la luz del Evangelio y desde la auténtica identidad de nuestra Iglesia” (n. 17)”.

Monseñor enseñó con autoridad, pero no con exclusividad; ofreció su enseñanza con firmeza, pero no como mera imposición formal. Sus escritos son fruto de la reflexión sobre los problemas de los pobres y en diálogo con ellos. Por ello, se observa también una evolución en su magisterio. Mons. Romero enseñó, pero en la medida en que él mismo iba aprendiendo, estudiando los nuevos documentos del magisterio, consultando a todos los salvadoreños de buen corazón y dejándose interpelar por las angustias, esperanzas y lucidez de los pobres. Su magisterio trató de iluminar los problemas sociales y políticos desde la especificidad de la Iglesia, pero la problemática histórica iluminaba a su vez en qué debía consistir la actuación pastoral de la Iglesia.

7. Con sus cartas pastorales y discursos Monseñor Romero expresó el servicio que la Iglesia debía prestar al país, sin miedo a la novedad y sin que el no saberlo todo la paralizase. Y arriesgaba. Monseñor pensaba que así la Iglesia estaba colaborando con todas las fuerzas vivas que querían la salvación del país. Pero tenía también la profunda convicción de que la Iglesia tenía su propio aporte específico. Pero no cualquier forma de ser Iglesia, sino una Iglesia seguidora de Jesús, que recuerda a Jesús. Así lo dijo la noche de navidad de 1978: “La Iglesia se predica desde los pobres, y no nos avergonzamos nunca de decir la Iglesia de los pobres, porque entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención”.

Y una última cosa. Monseñor escribió cartas pastorales. Pero éstas en definitiva no son tanto epístolas doctrinales, sino cartas a unos amigos. Son cartas de cariño a su querido pueblo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


lamento

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LA CONVERSIÓN DE ROMERO Y “EL LAMENTO DEL LEVITA DESTERRADO”
“Y cenaré con él” (Ap 3,20)
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 23/03/07.- El 1 de diciembre de 1979 se anunciaba en El Salvador una inquietante profecía. Eran las fiestas jubilares en Santiago de María, la anterior diócesis de monseñor Romero, antes de ser nombrado arzobispo de San Salvador (el 3 de febrero de 1977). A él le dedicaban ese día para unos homenajes. Uno de los números, en el que participaron sacerdotes y amigos suyos, fue la escenificación del martirio de santo Tomás Moro: aquel hombre entregado a la causa de los desposeídos, que no se arrugó en denunciar la vida corrupta del monarca, negándose a reconocerle como el jefe de la Iglesia de Inglaterra. Casi cuatro meses después, el 24 de marzo de 1980, Romero era asesinado, a la hora de la cena, durante el ofertorio de la misa, en la capilla de un hospital de cancerosos. El mártir Romero se convertía en el santo Tomás Moro de Latinoamérica.

Fue una misteriosa carambola que, el pasado 12 de marzo, día del 30 aniversario del asesinato de Rutilio Grande, el jesuita cuyo martirio produjo lo que monseñor Romero llamaba su “conversión”, por todo el mundo se pregonara la noticia de la posible sanción del Vaticano a Jon Sobrino, el autor de “El Resucitado es el Crucificado”. Al igual que Rutilio, Jon Sobrino fue, junto a su compañero, el jesuita y mártir Ignacio Ellacuría, otra piedra angular en la “conversión” de monseñor Romero. Jon Sobrino está vivo de “casualidad”: alguien tenía que estar ausente, de viaje, para poder recoger el manto de Elías, cuando los escuadrones de la muerte masacraron a toda su comunidad. Pero desde hace años los guardianes de la ortodoxia de la Sinagoga bien montada (expresión del obispo Casaldáliga) están controlando sus libros. A una comunidad cristiana de Madrid que tiene como lema escuchar la Palabra de Dios en el fondo de los acontecimientos, no se le podía escapar el impresionante “detalle” del salmo propio del día: Lamento del levita desterrado (Salmo 42). Y el evangelio: Lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco, con la intención de despeñarlo. Había proclamado la liberación de los oprimidos y la buena noticia a los pobres (Lc 4,24-30). Y en el 27 aniversario de martirio de Romero, todas las lecturas propias del día, sábado 24, vienen como anillo al dedo: Así surgió entre la gente una división por causa de Jesús (Jn 7, 40-53). Se dice que la casualidad es el sinónimo de Dios cuando no firma. Otras veces, como aquí, la lleva con rúbrica.

Fue “un mes de junio sangriento” aquel de 1975 en la diócesis de Santiago de María. En el cantón Las Tres Calles, un grupo de campesinos que regresaban de la celebración litúrgica, fue interceptado por la Guardia Nacional que, amparada en la bula de sus uniformes, descargó sus metralletas, asesinando a seres inocentes. Un acto premeditado, que el Gobierno justificó alegando que los campesinos portaban armas subversivas. Ciertamente, se demostró después, sus únicas “armas” eran sus Biblias. El obispo Romero (había tomado posesión en diciembre) consoló y socorrió caritativamente a los familiares de las víctimas; pero se negó a condenar públicamente los asesinatos, desoyendo el clamor de una buena parte del clero y de sectores cristianos. Él optó por un tibio silencio de “resignación cristiana” enviando una dura carta personal al Presidente, su amigo, un demócrata-cristiano. El funeral por las víctimas derivó en un acto de protesta: un grito unánime de liberación de un pueblo sometido, sin voz.

La tibia reacción del obispo dio motivos a la oligarquía y al Gobierno –de militares, sustentado económicamente por aquella, a cuyos intereses servía- para confiar que contaban con un obispo a su medida que no interferiría en la cruzada de los Cuerpos de Seguridad contra la subversiva pastoral medellinista (de opción preferencial por los pobres) a la que acusaban de “marxista”. Se entiende que, dos años después, cuando el nuncio les pidió sus pareceres, tanto el Gobierno como la oligarquía cafetalera y las clases influyentes dieran su aprobación, por unanimidad, para catapultar a Romero como arzobispo de la capital de la República. El verdadero reto del nuncio era convencer al clero más influyente.

No es lo normal que en la Iglesia, en los puestos de arriba, se den procesos de conversión a lo Romero. Salvo contadas excepciones, sucede todo lo contrario: cuanto más alto en el escalafón, más “conservador” y acomodado, o atrapado, en las estructuras (de poder) de la Institución. Y más alejado del “abajamiento” de la cruz, tan presente en la teología de Jon Sobrino: asumir más el destino de los pobres, saliendo en su defensa y denunciar y desenmascarar a los poderosos. “No es un prestigio para la Iglesia estar a bien con los poderosos” declararía Romero el 17 de febrero de 1980, en vísperas de su asesinato. Por eso llaman la atención los papas Juan XXIII (vuelta primaveral a los orígenes), o de Juan Pablo I. En el caso del papa Luciani, observa un sacerdote identificado con su causa y su figura, se aprecian tres etapas: la conservadora; la de conversión al Concilio; y la profética: señalar los males de la Iglesia y apuesta decidida, (pase lo que pase) al cambio. “Usted es el papa. Es libre de decidir y yo obedeceré. Pero sepa que estos nombramientos significarían la traición a la herencia de Pablo VI”, le espetó, según testimonios fidedignos, el Secretario de Estado Vaticano, horas antes su muerte (El día de la cuenta, págs. 137-38).

Monseñor Romero era un sacerdote y obispo conservador, siempre dócil a Roma; su proceso de “conversión” se acrecentó al ascender al cargo de arzobispo y asumir la “responsabilidad” de la Iglesia salvadoreña. En una carta a Juan Pablo II le decía: “Creo en conciencia que Dios pide una fuerza pastoral en contraste con las inclinaciones ‘conservadoras’ que me son tan propias, según mi temperamento”. Habituado a la pastoral sacramentalista, él desconfiaba de los experimentos pastorales de la teología de la liberación. Su receta de más piedad y oración, y menos cantos de protesta social chocaba con la praxis de los curas más jóvenes, especialmente con los jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA), ellos eran el blanco de los ataques de su pluma. A Romero aún no le había llegado la hora de denunciar desde el púlpito que “Una religión de misa dominical pero de semanas injustas no gusta al Señor” (4/12/1977).

Cuando el nuncio le comunicó (el 21 de abril de 1970) el deseo del Papa de nombrarle obispo, Romero se lo tuvo que pensar 24 horas, pidiendo ayuda a sus consejeros (uno del OPUS y otro jesuita). Le pesaba la fría acogida que tuvo entre el clero en San Miguel, sus pulsos con los sacerdotes más jóvenes. Aunque “en lo que a la caridad se refiere, Romero era insuperable”, “siempre samaritano”. “¡Tenía que ser un 21!” apuntó Romero en su diario (casualmente todos los 21 estaban dedicados a la advocación de la virgen de la Paz, devoción promovida por él). Llama la atención otro “detalle”: el ceremoniero de su consagración episcopal, el 21 de junio de 1970, fue el jesuita Rutilio Grande, el mártir que sorprendentemente pasó el testigo a Romero.

Su primer destino, como obispo auxiliar en la archidiócesis, estuvo acompañado de tensiones. Romero no sintonizaba mucho con la línea pastoral, medellinista, que practicaban por allí; incluso dejó de asistir a las reuniones del clero, porque, según él, se fomentaba la desunión: “la única cosa que se hacía era criticar a la Iglesia, al papa y a los superiores”. El arzobispo, por circunstancias, le puso al frente del semanario Orientación, el principal órgano divulgativo y educativo de la fe y de la vida eclesial de la archidiócesis (el arzobispo tuvo que cesar al director, un sacerdote muy progresista de su confianza, por la publicación de un artículo ensalzando al cura guerrillero Camilo Torres); el auxiliar Romero dio un giro copernicano a Orientación, convirtiéndolo en una sucursal del L’Observatore Romano. Las ventas se desplomaron; pero lo importante para el nuevo director era salvaguardar la ortodoxia: “¡Hemos guardado la fe!”, fue su último editorial como director, al ser nombrado obispo titular de la diócesis de Santiago de María en 1974.

Allí se encontró con una experiencia piloto de pastoral popular, “Los Naranjos”, acusada de subversiva por el Gobierno y por otros cristianos. Era una experiencia de catequización y evangelización, nacida del espíritu de Medellín, donde se impartía la palabra de Dios en clave de concienciación política, para un pueblo oprimido, sin voz, que pedía liberación. Monseñor Romero, como precaución, la clausuró temporalmente, causando contrariedad entre sus promotores. Pero se comprometió a estudiarla; y, tras corregir algunas desviaciones, propuso llevarla a todas las parroquias, bajo la supervisión de los párrocos. Allí empezó a barruntar que las cosas no había que verlas sólo desde la mirada del nuncio, del Gobierno, o de la oligarquía católica, sino también desde la perspectiva de su clero. Algo se movía dentro de él. Tuvo un gran gesto de humildad: “¡Ayúdenme a ver claro!”, suplicó en una reunión.

Su firmeza en la defensa del magisterio frente a “ciertos liberadores a la moda”, y la prudencia con que resolvió la experiencia de Los Naranjos, o el suceso dramático de Las Tres Calles (y otras), colocaban a Romero, a los ojos del nuncio, como el mejor candidato para suceder al arzobispo. Cuando el rumor de su nombramiento corría, el pesimismo cundió de nuevo entre el clero más joven y los laicos más comprometidos. El nuncio tuvo que rogar, especialmente al provincial de los jesuitas, para que apoyaran el nombramiento de Romero, y lo arroparan.

Sangre y luz en la conversión de Romero, se titula uno de los epígrafes de un libro muy interesante sobre la biografía de monseñor Romero. En él se dice que tras aquel dramático suceso de Las Tres Calles, “otra experiencia dura que tuvo que afrontar el obispo Romero, tan simpatizante con las esferas gubernamentales y amigo tan allegado a Armando Arturo Molina, el coronel que entonces estaba en la presidencia de la República y era, por consiguiente, comandante general de las Fuerzas Armada”, Romero empezó a interpelarse ante el drama de su pueblo, buscando luz en la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, y releyendo de nuevo, más a fondo, el Documento de Medellín. Tantos gritos de liberación de un pueblo pobre y oprimido, empezaron a hacerle mella (Oscar A. Romero: Biografía, Jesús Delgado, UCA).

Fue el asesinato del sacerdote jesuita Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977 (apenas 20 días después de su toma de posesión como arzobispo) lo que provocó en Romero el “abajamiento” del crucificado (tan presente en Jon Sobrino), al que percibió en la violencia ejercida por el poder contra los campesinos pobres sin voz, y contra sus sacerdotes y laicos asesinados impunemente por causa del evangelio. Allí palpó definitivamente el cinismo de aquellos gobernantes “amigos”, que se tenían por muy cristianos. Eran ellos -los mismos que daban las órdenes de matar, apresar o torturar a sus sacerdotes o laicos comprometidos- los primeros en llamarle acto seguido por teléfono para darle el sentido pésame. Y no sólo no movían un dedo por aclararle los asesinatos, sino que se justificaban contándole una “sarta de mentiras”.

Romero comenzó a comprender que “el poder corrompe; y cuanto más poder, más corrompe”. Lo comprobó en sus antiguos compañeros cursillistas, cristianos honrados, que al medrar en la estructura económico-política de la sociedad, trucaban el evangelio por otros “ídolos”. Al nuncio le disgustó la firme decisión de Romero de no asistir a más a más reuniones con el Gobierno mientras no le aclarasen tantos asesinatos. En su decisión se cumplían las palabras del salmo “Dichoso el hombre que no va a reuniones de malvados” (Sal 1) que escuchábamos este mes junto a la parábola del rico epulón: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no se convencerán.» (Lc. 16, 19-31).

El asesinato del jesuita Rutilio, junto a dos campesinos colaboradores, produjo, como añadidura, el milagro de la multiplicación de los panes: la unidad del clero formando una piña con su arzobispo (el gran anhelo del nuncio). Los sacerdotes, religiosos y religiosas decidieron, en asamblea, convocar a una gran misa en la catedral, única para toda la archidiócesis, privando (y eximiendo) de la misa dominical en las parroquias. Tal iniciativa intranquilizó a monseñor Romero, pero decidió sumarse: ¿cómo desaprovechar esa gran oportunidad para sellar la unidad del clero? Pero el nuncio se escandalizó, y Romero recibió una reprimenda cuando le informó de la iniciativa. También amigos católicos de la alta sociedad intentaron disuadirlo; hubo protestas por quienes se veían privados del cumplimiento del precepto dominical. Cerca de 100.000 personas llegaron a esa eucaristía desde todas partes de El Salvador. Pero faltaba una: el nuncio del Vaticano que, escandalizado, puso tierra por medio ausentándose a Guatemala. Romero había optado por sus sacerdotes, comprometidos con el pueblo sufriente, por el Dios de la vida, antes que agradar al nuncio, tan distante de los sufrimientos de aquel pueblo tan humillado y creyente. La sensibilidad del nuncio sólo se activaba ante las respuestas del sector reaccionario de los poderosos.

“Cuchicheos de muerte” empezaron a escucharse, inmisericordemente, en medio de una iglesia, aquel 10 de mayo de 1977, en la misa funeral por el ministro asesinado. Un murmullo de complicidad se expandía entre los miembros del Gobierno y las clases adineradas del país, más estridente aún entre las damas católicas: “Ay, que Dios me perdone, pero ¡yo deseo la muerte de ese obispo!”. Se sentían estafados, traicionados por aquel a quién, hacía sólo tres meses (el 3 de febrero de 1977) habían dado su apoyo sin reservas para que le ascendieran a arzobispo de la capital de la República. “Nos hemos equivocado”.

Empezaron las críticas de algunos de sus compañeros de escalafón –obispos alineados con los postulados de aquella derecha empeñada en exterminar a 200.000 salvadoreños para extirpar el “marxismo”- a cuyos gobiernos de turno bendecían. Sus mitras les tapaban los ojos, impidiéndoles ver. Romero sabía que estos compañeros se “chivaban” a Roma. A su vez, Roma le enviaba algún que otro emisario apostólico con funciones detectivescas. Para despejar malentendidos, y desmontar maquinaciones malintencionadas, Romero decidió viajar a Roma (su viaje a Jerusalén) en varias ocasiones. Allí encontró, en dos ocasiones, el aliento del papa Pablo VI (“¡Ánimo!, no todos comprenden, pero no desfallezca”); pero también una humillante reprimenda, en la Prefectura para Obispos, sin darle opción a su legítima defensa. Romero descubrió la incompatibilidad de la diplomacia con la verdad evangélica. En la frialdad de la Curia, encontró el ánimo, la solidaridad de algún monseñor como el cardenal Pironio (casualmente “La persona de Roma” a quién el papa Luciani confió sus intenciones respecto a las líneas de su papado; el cardenal amigo a quien visitó Pilar Bellosillo para hablarle sobre la muerte de Juan Pablo I (“Viaje a Roma de 1985”), también, en Roma, encontró el apoyo del padre Arrupe, el P. General de los jesuitas.

En cambio, el primer encuentro de Romero con Juan Pablo II, en mayo del 79, fue muy descorazonador. Compañeros y gentes malintencionadas habían entregado al papa informes muy negativos sobre Romero. Él le entregó un dossier con las sistemáticas violaciones de derechos humanos en su país, algunos muy calientes como la matanza del sacerdote Octavio Ortiz y de cuatro jóvenes menores de 15 años en el recinto “Despertad” donde el sacerdote impartía un cursillo de iniciación cristiana para jóvenes. “No me traiga muchas hojas, que no tengo tiempo de leerlas... Y además, procure ir de acuerdo con el gobierno”, le recriminó su papa. Romero salió llorando de la audiencia: “El papa no me ha entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia”.

Su segundo encuentro con Juan Pablo II, en enero del 80, fue algo mejor, aunque agridulce. El papa esta vez no le hizo esperar, mostró prisas por felicitarle: Romero no se había opuesto (para evitar la sangría del país) al golpe revolucionario de unos jóvenes militares, deseosos del cambio, para derrocar a sus jefes corruptos. Una salida providencial para Romero en aquellos momentos; providencialmente, fue un golpe incruento. Detrás estaba el amigo norteamericano, el que financiaba los escuadrones de la muerte y gran aliado del papa Wojtyla en la lucha contra el “marxismo” y la teología de la liberación. Juan Pablo II le alentó en su defensa por la justicia social, pero advirtiéndole de los estragos de un marxismo infiltrado en el pueblo cristiano. Romero, con su habitual espíritu de obediencia al papa, le respondió que el anticomunismo de las derechas no defendía a la religión, sino al capitalismo. Ya lo había denunciado, el 15 de septiembre de 1978: “Hay un ‘ateísmo’ más cercano y más peligroso para nuestra Iglesia: el ateísmo de capitalismo cuando los bienes materiales se erigen en ídolos y sustituyen a Dios”.

Aquella antigua tirantez de Romero para con los jesuitas, ahora, tras el martirio de Rutilio Grande, se había tonado en declarada defensa, solidaridad y admiración por su labor evangelizadora, de opción por los más pobres (trazado en el famoso documento de la Compañía de Jesús “Fe y justicia”). Ambos se convertirían en el blanco del poder económico y de los tradicionalistas, acusándolos de traidores. Para colmo, un obispo de su país, en unas lamentables declaraciones a la prensa durante la reunión episcopal latinoamericana de Puebla, atizaron el fuego al acusar a los jesuitas, y a monseñor Romero por confiar tanto en ellos, de ser los males de la Iglesia en El Salvador. Aquellas élites de El salvador no aceptaban que los educadores a quienes confiaban la educación de sus hijos, ahora tuvieran tantas preocupaciones sociales. Ambos, en comunión, practicaban una pastoral donde se condenaba la violencia estructural, con alusiones claras a la violencia arbitraria del Estado. “Aun cuando se nos llame locos, subversivos, comunistas… sabemos que no hacemos más que predicar el testimonio subversivo de las bienaventuranzas...”. (Romero, 11/05/1978). Jamás en El Salvador se había visto la catedral tan abarrotada de gentes sedientas de escuchar la Palabra, adaptada a los acontecimientos, en las homilías de monseñor Romero.

Como recuerda monseñor Samuel Ruiz, obispo emérito de Chiapas: “Todo el que opta por el mundo de la pobreza entra en conflicto... La única pregunta que se nos va a hacer al final de los tiempos es cómo tratamos al pobre... También entre la jerarquía que asume esta opción hay mártires, que no son, como antes, mártires de la fe, sino mártires de la justicia… En la parábola del Buen samaritano al sacerdote y al levita les importa más el templo, que contaminarse con lo impuro atendiendo al hombre malherido tirado en el camino”.

Todo estaba pactado, preparado para el sacrificio; esperaban, impacientes, la menor excusa. Para confundir y echar luego la culpa a los otros, le hacían llegar rumores, por boca del nuncio de un país vecino, de que la izquierda le preparaba un atentado, algo que él no se llegó a creer, no le encajaba, aunque sabía que estaba entre dos fuegos. Las acusaciones de algunos obispos tildando al arzobispo de fomentar la “subversión” del país, alimentaban el fuego para el sacrificio. Justo un mes antes de su muerte, monseñor Romero se decidió a denunciar públicamente, en la homilía dominical del 24 de febrero, las amenazas de muerte contra su persona. Sabía que aquellas derechas tan católicas habían puesto precio, hacía tiempo, a su vida. Había vivido aquel misterioso anuncio, en aquel homenaje donde escenificaron el martirio de santo Tomás Moro.

Casualmente, la liturgia de ese domingo, víspera de su asesinato, hablaba de “no matarás”. Era la Palabra más oportuna para recordar al Gobierno y al Ejército (especialmente a los disciplinados soldados) que ante una orden humana de matar debe prevalecer el mandamiento divino “no matarás”. “Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios ... Les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”. Pero la profética homilía sobre el “no matarás”, el Gobierno, interesadamente, la interpretó en clave de guerra: era un delito, una consigna subversiva. Era la liturgia del amor frente a la del cinismo de los poderosos. El lunes, a las 6’26 de la tarde, se consumó el sacrificio. A la hora habitual de su cena. Rondando esa hora, el nuncio le notificó en su día su designación para ser consagrado obispo. Misteriosamente, se cumplían aquellas palabras proféticas tomadas del Apocalipsis (Ap 3,20), escritas por monseñor Romero durante uno de sus retiros espirituales, doce años antes: “Y cenaré con él”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia)

de la mujer

de la mujer

5 Cuaresma (C), Juan 8, 1 – 11
AMIGO DE LA MUJER
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA.- 21/03/07.- Sorprende ver a Jesús rodeado de tantas mujeres: amigas entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania. Seguidoras fieles como Salomé, madre de una familia de pescadores. Mujeres enfermas, prostitutas de aldea... De ningún profeta se dice algo parecido.

¿Qué encontraban en él las mujeres?, ¿por qué las atraía tanto? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara. Jesús las mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así.

La gente las veía como fuente de impureza ritual. Rompiendo tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin temor alguno, las acepta a su mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.

Los hombres las consideraban como ocasión y fuente de pecado. Desde niños se les advertía para no caer en sus artes de seducción. Jesús, sin embargo, pone el acento en la responsabilidad de los varones: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón».

Se entiende la reacción de Jesús cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio, con intención de lapidarla. Nadie habla del varón. Es lo que ocurría siempre en aquella sociedad machista. Se condena a la mujer porque ha deshonrado a la familia y se disculpa con facilidad al varón.

Jesús no soporta la hipocresía social construida por el dominio de los hombres. Con sencillez y valentía admirables, pone verdad, justicia y compasión: «el que esté sin pecado que arroje la primera piedra». Los acusadores se retiran avergonzados. Saben que ellos son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad.

Jesús se dirige a aquella mujer humillada con ternura y respeto: «Tampoco yo te condeno». Vete, sigue caminando en tu vida y, «en adelante, no peques más». Jesús confía en ella, le desea lo mejor y le anima a no pecar. Pero, de sus labios no saldrá condena alguna.

¿Quién nos enseñará a mirar hoy a la mujer con los ojos de Jesús?, ¿quién introducirá en la Iglesia y en la sociedad la verdad, la justicia y la defensa de la mujer al estilo de Jesús? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


principio misericordia

principio misericordia

NO SE DONDE ESTÁ LA VERDAD
JOAQUÍN AUTRÁN, jautran@ole.com
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 20/03/07.- No se donde está la verdad, y como no tengo estudios oficiales de teología parece ser que no puedo deducirla, de modo que como buen católico no me queda más remedio que aceptar la que me ofrece la jerarquía, no vaya a ser que piense, sienta o viva algo diferente a la doctrina oficial.

Así que cuando quiera saber sobre el amor y en especial el matiz del amor cristiano, leeré aquél impecable documento teológico que me deja frío como una piedra, en vez de acudir a la gente que me transmita amor vivido y misericordia experimentada, gente que deja la vida por los demás.

Cuando quiera entender más y mejor al Jesús de los pobres, me iré al catecismo oficial aprobado en el palacio del Vaticano.

Tendré que desechar la imagen que nos da Jon Sobrino, de ese Jesús identificado con los pobres, la imagen de un Jesús cercano que me calienta el corazón. De un Jesús que no nos deja mirar hacia otro lado ante la injusticia de los pobres y nos anima a actuar según el principio de misericordia. A pesar de que esa imagen de Jesús me haya “convertido” en un cristiano más maduro, comprometido y más creyente.

A pesar de que mi corazón vibre y salte de alegría como el de Zaqueo con el encuentro del Jesús que me presenta Jon Sobrino. Ese Jesús sí lo entiendo, lo siento resucitado y me encaja con el evangelio, no tengo que hacer cuarenta piruetas intelectuales para justificar la esquizofrenia evangelio-Iglesia.

Pero ya digo que a lo mejor es que no se suficiente teología.

Así que a partir de ahora, para no equivocarme mantendré cerrados mis ojos, mis oídos, mi sentido común y no haré caso a mi corazón. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

sacerdotes

sacerdotes

¿Qué haces para impedírselo?
QUIEREN SER SACERDOTES
Día del Seminario 2007
MARÍA FERNÁNDEZ
MADRID.

ECLESALIA, 16/03/07.- Desde el Amor de Dios y para el Amor de Dios, Abbi, Abby, Abigaíl, Abril, Ada, Adda, Hada, Hadda, Adabella., Adalgisa, Adalia, Adaluz., Adela, Adelia, Adelaida, Adelina, Adelma, Adena, Adina, Adoración, Adria, Adriana, Afra, Agapita, Agar, Agata, Aglae, Aglaia, Agnus, Agostina, Agripina, Agueda, Agustina, Aída, Aidee, Aide, Haide, Haidee, Ailen, Aylen, Aillén, Ailín, Aylin, Aime, Ayme, Aixa, Alana, Alba, Albana, Albertina, Albina, Alcira, Alda, Aldana, Alegra, Alejandra, Alejandrina, Alexandra, Alexia, Alfa, Alfonsina, Alicia, Alida, Alma, Almira, Altair, Altea, Alvina, Ama, Amadis, Amalia, Amalsinda, Amancay, Amancai, Amanda, Amapola, Amaranta, Amarilla, Amarilia, Amaya, Ambrosia, Amelia, América, Amina, Aminta, Amira, Amparo, Ana, Anna, Anabella, Anahí, Analía, Anatilde, Andrea, Andreína, Anelida, Anelina, Anelisa, Angela, Angeles, Angélica, Angelina, Antonella, Antonia, Antonieta, Apia, Ara, Arabela, Araceli, Arcadia, Arcelia, Argentina, Aria, Ariadna, Ariana, Ariela, Armanda, Arminda, Astra, Astrid, Astryd, Atala, Atenea, Atica, Auda, Audrey, Augusta, Aura, Aurelia, Auristela, Aurora, Avelina, Ayelén, Azucena, Azul, Balbina, Bárbara, Basilia, Batilde, Baudilia, Beatriz, Belisaria, Begoña, Belén, Belinda, Belisa, Bella, Benedicta, Benita, Benigna, Benilda, Berenice, Berna, Bernabela, Bernarda, Bernardita, Berta, Bertilda, Betania, Betiana, Bettina, Betina, Bettina, Betsabé, Betty, Bibiana, Bienvenida, Blanca, Blandina, Bonfilia, Bonifacia, Braulia, Brenda, Brígida, Brigitte, Bruna, Brunella, Brunela, Brunilda, Buenaventura, Calíope, Camelia, Camila, Candela, Candelaria, Cándida, Canela, Caridad, Carina, Carisa, Carla, Carlota, Carmela, Carmen, Carola, Carolina, Casandra, Casilda, Casimira, Catalina, Cecilia, Ceferina, Celeste, Celia, Celina, Celmira, Zelmira, Celsa, Centola, Cesare, Cesarina, Cielo, Cintia, Cinthia, Cira, Cirila, Circe, Cirinea, Cirenia, Clara, Clarabella, Claribel, Clarisa, Claudia, Claudina, Clea, Cleo, Clelia, Clemencia, Clementina, Cleofe, Cleopatra, Clidia, Clide, Clío, Clodovea, Clotilde, Clovis, Cloe, Clorinda, Colomba, Concepción, Constanza, Consuelo, Cora, Cordelia, Cornelia, Corina, Crimilda, Crispina, Cristina, Cruz, Custodia, Chiara, Dafne, Daila, Daira, Dalia, Dalila, Dalma, Dalmacia, Damaris, Dana, Dánae, Daniela, Danila, Dara, Daría, Débora, Déborah, Debra, Deidamia, Delfina, Delia, Delicia, Demetria, Deonilde, Desdémona, Desideria, Desirée, Diana, Dina, Dinora, Dinorah, Dionisia, Denis, Denisa, Denise, Dolores, Dominga, Domínica, Dominique, Domitila, Donina, Donosa, Dora, Dorina, Dorcas, Doris, Dorotea, Dulce, Dulcinea, Ebe, Hebe, Eda, Edda, Edelia, Edilma, Edilia, Edelmira, Edelira, Edelma, Delma, Edén, Edgarda, Edilia, Edit, Edith, Edita, Edna, Eduarda, Edurne, Eduviges, Egda, Egeria, Egidia, Egle, Ela, Eladia, Elba, Elcira, Elda, Helda, Electra, Elena, Elina, Helena, Eleodora, Eleonora, Eleonor, Leonor, Nélida, Nelly, Nora, Elia, Eliana, Eliane, Helia, Elida, Elina, Elinda, Elisa, Elisabet, Elizabeth, Elisea, Elodia, Eloísa, Elpidia, Elsa, Elvia, Helvia, Elvina, Elvira, Elvisa, Ema, Emelina, Emelinda, Emma, Emna, Emerenciana, Emerita, Emilia, Emiliana, Emperatriz, Encarnación, Engracia, Enriqueta, Enrica, Erica, Erika, Erlinda, Ermelinda, Ernesta, Ernestina, Escolástica, Esmerada, Esmeralda, Esperanza, Estefanía, Stefanía, Stephanie, Estela, Estelinda, Ester, Esther, Esterina, Estrella, Etel, Ethel, Etelinda, Etelvina, Eudosia, Eudoxia, Eufemia, Eufrasia, Eugenia, Eulalia, Olaya, Eulogia, Eunice, Eurídice, Eusebia, Eva, Evangelina, Evelia, Evelina, Evelyn, Evodia, Eyén, Fabia, Favia, Fabiola, Fabiana, Fabricia, Facunda, Fanny, Fátima, Fausta, Faustina, Fe, Federica, Fedra, Felicia, Felicitas, Felipa, Felisa, Fermina, Fernanda, Fidela, Filis, Filomena, Fina, Fiorella, Flaminia, Flavia, Flor, Flora, Florencia, Floriana, Florinda, Fortuna, Fortunata, Franca, Francisca, Freya, Freyra, Frida, Fulvia, Gabina, Gabriela, Gala, Galatea, Galia, Gardenia, Gea, Gema, Generosa, Genoveva, Georgia, Georgina, Geraldina, Geraldine, Geranio, Gerda, Gertrudis, Giannina, Gilberta, Gilda, Gina, Ginebra, Gines, Gioconda, Gisela, Gisel, Giselda, Giselle, Gladis, Gladys, Glenda, Gloria, Gracia, Graciana, Graciela, Gregorina, Gregoria, Greta, Gretel, Grisel, Griselda, Guadalupe, Guillermina, Guiomar, Gundelinda, Gundenia, Hada, Halima, Hayde, Haydée, Heda, Heidi, Helga, Heli, Heliana, Heloísa, Helvecia, Helvia, Hermelinda, Hermilda, Herminda, Herminia, Hermione, Hersilia, Herundina, Higinia, Hilaria, Hilda, Ilda, Hildegarda, Hildegunda, Hipólita, Honorata, Honoria, Honorina, Hortensia, Ianina, Iara, Iciar, Iziar, Ida, Idalina, Idara, Idelia, Ifigenia, Ignacia, Ildegunda, Ileana, Ilona, Imelda, Indiana, Inés, Ingrid, Inmaculada, Iona, Irene, Iriel, Irina, Iris, Irma, Irupé, Isabel, Isadora, Isaura, Isberga, Iselda, Isidora, Isis, Ismelda, Ismenia, Isolda, Isolina, Itatay, Itatí, Ivana, Ivanna, Iverna, Ivón, Ivonne, Jacinta, Jacqueline, Jael, Jamila, Yamila, Javiera, Jazmín, Jeannette, Jenara, Jennifer, Jerusalén, Jésica, Jéssica, Jesusa, Jezabel, Jimena, Joana, Johana, Joaquina, Jocelín, Jocelyn, Jordana, Jorgelina, Josefa, Josefina, Jovita, Juana, Judith, Julia, Juliana, Julieta, Juno, Justa, Justina, Juvencia, , Kalid, Karen, Karin, Karina, Keila, Laila, Lais, Landrada, Laodamia, Laodicea, Lara, Larisa, Laura, Laureana, Laurencia, Lea, Leandra, Leda, Leila, Lelia, Lena, Leocadia, Leocricia, Leonarda, Leonela, Leonilda, Leonor, Leonora, Leopolda, Leopoldina, Lesbia, Leticia, Lía, Liana, Líbera, Liberata, Libertad, Libia, Libitina, Libna, Liboria, Licia, Lida, Lidia, Lydia, Ligia, Lila, Lilia, Lilián, Liliana, Lina, Linda, Lis, Lisa, Livia, Liza, Lola, Loreley, Lorena, Lorenza, Loreta, Loreto, Lourdes, Lucelia, Lucero, Lucía, Luciana, Lucila, Lucina, Lucrecia, Lucy, Ludmila, Ludovica, Luisa, Luisina, Lupe, Lutgarda, Luz, Mabel, Macarena, Macra, Mafalda, Magalí, Magdalena, Maia, Maida, Maitena, Maira, Maite, Malena, Malisa, Malvina, Manila, Manón, Manuela, Mara, Marcela, Marcelina, Marcia, Margarita, María, Marián, Mariana, Marianela, Mariángeles, Maribel, Maricel, Maricruz, Mariel, Mariela, Marilina, Marilú, Marina, Marine, Marión, Marisa, Marisabel, Marisol, Marlene, Marta, Martha, Martina, Matilde, Maura, Máxima, Maximiliana, Maya, Medea, Melania, Melanie, Melany, Melinda, Melisa, Melitona, Melusina, Mercedes, Micaela, Micol, Michelle, Milburga, Milca, Mildreda, Milena, Minerva, Miranda, Mireya, Miriam, Myriam, Mirna, Myrna, Mirta, Mirtha, Mitra, Modesta, Moira, Mónica, Monserrat, Morgana, Munira, Muriel, Nadia, Nadina, Nahir, Naná, Nancy, Nantilde, Narcisa, Natacha, Natasha, Natalí, Nataly, Natalia, Natividad, Nayla, Nazarena, Nazaret, Neftalí, Nélida, Nelly, Nemesia, Nerea, Nerina, Nicole, Nidia, o, Nydia, Nieves, Nilda, Nimia, Nina, Ninfa, Niobe, Noel, Natalia, Noelia, Noemí, Nominanda, Nora, Norma, Numeria, Nuria, Obdulia, Octavia, Odila, Ofelia, Olga, Olimpia, Olinda, Olivia, Ondina, Orfilia, Oria, Oriana, 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Sinforosa, Sintiques, Sira, Socorro, Sofía, Sol, Solana, Solange, Soledad, Sonia, Soraya, Stella, Maris, Sulamita, Susana, Tabita, Taciana, Tais, Talía, Tamara, Tania, Tarsicia, Tarsilia, Tatiana, Tea, Telma, Thelma, Temis, Teodequilda, Teodolinda, Teodora, Teodosia, Teolinda, Teresa, Teresita, Terpsícore, Tesira, Tetis, Ticiana, Tomasa, Toscana, Tránsito, Trinidad, Tristana, Troya, Tusnelda, Umbelina, Ursula, Ursulina, Valburga, Valdrada, Valentina, Valeria, Vanda, Vanina, Venus, Vera, Verbena, Veredigna, Verónica, Vesta, Vicenta, Victoria, Vilma, Violeta, Virginia, Visitación, Vita, Viviana, Walkiria, Walkyria, Wanda, Wereburga, Wilma, Winefrida, Wulfilde, Xenia, Ximena, Xiomara, Yael, Yanet, Yanina, Yolanda, Yone, Yvette, Yvonne, Zahira, Zaida, Zaira, Zarina, Zelma, Zelmira, Zilla, Zita, Zoé, Zoila, Zoraida, Zuleica, Zulema, Zulima, Zulma*, quieren ser sacerdotes; y tú ¿qué haces para impedírselo? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

"Santa María, Madre de Dios, tú has dado al mundo la verdadera luz, Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios. Te has entregado por completo a la llamada de Dios y te has convertido así en fuente de la bondad que mana de Él. Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento. Amén". (Benedicto XVI, Deus Caritas est n. 42).

* guiaburzaco.com.ar/NOMBRESDEMUJER.htm


en quien somos

en quien somos

PADRE NUESTRO DE LA CONFIANZA
DANIEL TORRES

ECLESALIA, 15/03/07.- Padre y Madre nuestra,
en quien somos y vivimos,
santificado sea tu Nombre,
venga tu Reino,
hágase tu Voluntad.
en la tierra como en el cielo.

Nos das hoy nuestro pan de cada día,
perdonas nuestras ofensas
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
nos libras del mal
y no nos dejas caer en la tentación.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda
la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


imagina Dios

imagina Dios

4 Cuaresma (C), Lucas 15, 1 - 3. 11 - 32
CÓMO IMAGINA JESÚS A DIOS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 14/03/07.- No quería Jesús que las gentes de Galilea le sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.

Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.

Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre «se conmueve», pierde el control y corre al encuentro de su hijo.

Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo.

No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado su felicidad.

Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.

Así le sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes olvidados de él, se sienten lejos o comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida.

Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).