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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

claves

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CLAVES DE LA RESTAURACIÓN EN LA IGLESIA CATÓLICA
JUNTA DIRECTIVA DE LA ASOCIACIÓN DE TEÓLOGOS Y TEÓLOGAS JUAN XXIII, COMISIÓN TEOLÓGICA LATINOAMERICANA DE LA ASETT (Asociación Ecuménica de Teólogos del tercer Mundo), REDES CRISTIANAS (que integran 150 colectivos cristianos de España).

ECLESALIA, 23/07/07.- Han comenzado a sonar la decepción y las alarmas. Nuevos documentos de Roma nos hacen sacudir la cabeza y dejarnos entre asombrados y decepcionados. ¿Habremos de habituarnos a lo imposible, a lo nunca imaginado cuando la celebración del Vaticano II? Hay cosas que imprimen carácter. Y una de ellas es el hecho de que, el hoy papa Benedicto XVI, fue durante 23 años el timonel doctrinal de Juan Pablo II. A quien sea consciente de esto, no le puede extrañar que el Papa actual haya firmado un Motu Proprio que autoriza la vuelta a la misa en latín sin tener que pedir permiso, y un Documento en torno a ciertos aspectos de la doctrina de la Iglesia, que dificulta claramente el diálogo ecuménico. No le puede extrañar si lee estas palabras del cardenal Ratzinger, recogidas en una entrevista que le hizo Vittorio Messori y publicadas en 1985 con el título Informe sobre la Fe: “Resulta incontestable que los últimos veinte años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica…y sus resultados parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos”. “Hay que afirmar sin ambages que una reforma real de la Iglesia presupone un decidido abandono de aquellos caminos equivocados que han conducido a consecuencias indiscutiblemente negativas” (Pgs. 35-36). “Estoy convencido de que los males que hemos experimentado en estos veinte años se deben al hecho de haberse desatado en el interior de la Iglesia ocultas fuerzas, agresivas, centrífugas, irresponsables o simplemente ingenuas” (pgs. 36-37).

Estas palabras hablan por sí mismas y nos dan la clave para entender lo que hoy está pasando en la cúpula de la Iglesia.

He aquí unos puntos fundamentales:

1. El cardenal Ratzinger, negando la experiencia positiva posconciliar de toda la Iglesia, se apropia del Concilio y se constituye en su único intérprete.

2. Declara desfavorable, negativa y equivocada toda la aplicación posconciliar hecha por la Iglesia.

3. Considera un desastre los frutos del Concilio y, lógicamente, pone bajo sospecha el mismo Concilio, impulsado y apoyado por los Papa Juan XXIII, Pablo VI y el episcopado universal.

4. Está convencido de que tales frutos no se deben al “verdadero” Concilio, lo cual equivale implícitamente a considerar que el Concilio fue un hecho desfavorable, una equivocación y una cosa que no debió producirse, es decir, el cardenal rechaza que fuera necesario un cambio histórico en la Iglesia y que lo fuera en realidad, deja entrever que el Concilio no aportó nada nuevo y que se apartó de la tradición multisecular de la Iglesia.

Tiempo han tenido y tendrán los teólogos de mostrar la inconsistencia del análisis que el cardenal Ratzinger hace en estos documentos, pero desde siempre ha estado claro que, como escribió el Sínodo Extraordinario, “el Vaticano II ha sido una gracia de Dios y un don del Espíritu Santo, del que se han derivado muchísimos frutos espirituales para la Iglesia universal y las Iglesias particulares, así como también para los hombres de nuestra época”. ¿Cómo el cardenal Ratzinger, en solitario, puede opinar así en contra del sentir universal de la Iglesia?

No se debe escamotear lo que fue un hecho irrebatible: el Concilio vivió un conflicto entre una minoría conservadora y una gran mayoría renovadora. Lo que esa minoría perdió entonces lo fue ganando posteriormente, contando con la aportación del entonces definidor de la fe, y hoy Papa, que parecía saber cuál era el Concilio verdadero y cuál el falsificado, podía afirmar que el tiempo de la aplicación del verdadero Concilio no había llegado, que había que hacer tabla rasa de todo y comenzar de nuevo.

Por lo mismo, el problema no está en el Concilio, que permanece intocable, sino en la resistencia que una minoría le opuso tenazmente y que el Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe respaldó con su presencia e influjo en el pontificado de Juan Pablo II, confiriéndole autoridad y aires de oficialidad.

El papa sabe muy bien que en el Concilio se dirimieron cuestiones muy graves, relacionadas con nuevas maneras de entender temas como la naturaleza de la Iglesia, su relación con el mundo, la libertad religiosa, el ecumenismo, etc. Cuestiones que implicaban un necesario y radical cambio histórico. Afirmar que el Concilio fue apenas pastoral, que no trató de definir ningún dogma y que, por lo mismo, fue irrelevante, equivale a desactivar el Concilio o a una forma de pretender hacerlo. Y los conflictos del aula conciliar son los que están emergiendo, con la diferencia de que al apoyo dado por el antiguo Prefecto se lo da ahora el Papa Benedicto XVI.

¿Hacia dónde va la Iglesia de Benedicto XVI? Los citados documentos nos lo dicen meridianamente al preconcilio, a dar trato de favor a los neoconservadores, a poner en entredicho el diálogo ecuménico, a situarse de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, a posponer, frente a problemas internos que exigen y han recibido ya nuevos replanteamientos, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.

Los preconciliares no han abandonado el modelo de una Iglesia absolutista, no democrática, con un poder clerical escalonado pero total y omnipresente en la sociedad, acostumbrada a detentar el monopolio cultural, religioso y moral, por encima del poder civil y político. Ese modelo dogmático y arrogante, de una Iglesia no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente. Esta Iglesia se aleja cada vez más de la tierra, de los problemas de los hombres y mujeres, y se endurece hacia dentro y hacia fuera como si ese fuera el camino para marchar en la dirección de Jesús.

Con estas actitudes va creciendo en muchos de nosotros y de nosotras la desafección hacia la Iglesia jerárquica y a comprender mejor la tendencia de otros muchos a considerarse “cristianos sin Iglesia”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


sentarse

sentarse

16 Tiempo ordinario (C), Lucas 10, 38 - 42
EL DERECHO A SENTARSE
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 18/07/07.- Una vez más, Jesús se acerca a Betania, una aldea muy cercana a Jerusalén, a hospedarse en casa de unos hermanos a los que quiere mucho. Al parecer, lo hacía siempre que subía a la capital. En casa están sólo las mujeres. Las dos adoptan posturas diferentes. Marta se queja y Jesús pronuncia unas palabras que Lucas no quiere que se olviden en las comunidades cristianas.

Marta es la que «recibe» a Jesús y le ofrece su hospitalidad. A continuación se desvive en las múltiples tareas de ama de casa. Nada tiene de extraño. Es lo que le corresponde a la mujer en aquella sociedad. Ése es su sitio y su cometido: cocer el pan, cocinar, servir al varón, limpiarle los pies, estar al servicio de todos.

Mientras tanto, su hermana María permanece «sentada a los pies» de Jesús en actitud propia de una discípula que escucha atenta su palabra, concentrada en lo esencial. La escena es extraña pues la mujer no estaba autorizada a escuchar como discípula a los maestros de la ley.

Cuando Marta, desbordada por el trabajo, critica la indiferencia de Jesús y reclama ayuda, Jesús responde de manera sorprendente. Ningún varón judío hubiera hablado así.

Jesús no critica a Marta su acogida y su servicio. Al contrario le habla con simpatía repitiendo cariñosamente su nombre. No duda del valor y la importancia de lo que está haciendo. Pero no quiere ver a las mujeres absorbidas por las faenas de la casa: «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas. Sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

La mujer no ha de quedar reducida a las tareas del hogar. Tiene derecho a «sentarse» como los varones a escuchar la Palabra de Dios. Lo que está haciendo María responde a la voluntad de Dios. Jesús no quiere ver a las mujeres sólo trabajando. Las quiere ver «sentadas». Por eso las acoge en su grupo como discípulas en el mismo plano y con los mismos derechos que los varones.

Es mucho lo que nos falta en la Iglesia y en la sociedad para mirar y tratar a las mujeres como lo hacía Jesús. Considerarlas como trabajadoras al servicio del varón no responde a las exigencias de ese reino de Dios, que Jesús lo entendía como un espacio sin dominación masculina. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


cunetas

cunetas

15 Tiempo ordinario (C), Lucas 10 – 25 - 37
LOS HERIDOS DE LAS CUNETAS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 11/07/07.- La parábola del «buen samaritano» le salió a Jesús del corazón, pues caminaba por Galilea muy atento a los mendigos y enfermos que veía en las cunetas de los caminos. Quería enseñar a todos a caminar por la vida con «compasión», pero pensaba sobre todo en los dirigentes religiosos.

En la cuneta de un camino peligroso hay un hombre asaltado y robado que ha sido abandonado «medio muerto». Afortunadamente, por el camino llegan un sacerdote y luego un levita. Ambos pertenecen al mundo oficial del templo. Son personas religiosas. Sin duda, se apiadarán de él.

No es así. Al ver al herido, los dos cierran sus ojos y su corazón. Para ellos, es como si aquel hombre no existiera: «dan un rodeo y pasan de largo» sin detenerse. Ocupados en su piedad y culto a Dios, siguen su camino. Su preocupación no son los que sufren.

En el horizonte aparece un tercer viajero. No es sacerdote ni levita. No viene del templo ni pertenece siquiera al pueblo elegido. Es un despreciable «samaritano». Se puede esperar de él lo peor.

Sin embargo, al ver al herido «se le conmueven las entrañas». No pasa de largo. Se acerca a él y hace todo lo que puede: desinfecta sus heridas, las cura y las venda. Luego, lo lleva en su cabalgadura hasta una posada. Allí lo cuida personalmente y procura que lo sigan atendiendo.

Difícilmente se puede imaginar una crítica y una llamada más incisiva de Jesús a sus seguidores y, de manera directa, a los dirigentes religiosos. No basta que en la Iglesia haya instituciones, organismos y personas que están junto a los que sufren. Es toda la Iglesia la que ha de aparecer públicamente como la institución más sensible y comprometida con los que sufren física y moralmente.

Si a la Iglesia no se le conmueven las entrañas ante los heridos de las cunetas, lo que haga y lo que diga será bastante irrelevante. En concreto, es la compasión lo único que puede hacer a la jerarquía más humana y más creíble. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).



ligeros

ligeros

LIGEROS DE EQUIPAJE
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 09/07/07.- “Profanar la eucaristía supone un desprecio a la muerte del señor”, advertía en la homilía del Corpus Cristi el cardenal Rouco, arremetiendo contra las eucaristías de los sacerdotes de San Carlos de Entrevías, ilegales (canónicamente). Y el cardenal primado, Cañizares, lamentaba que la iglesia “con tantos grupos y tendencias", "parece como desgarrada o hecha jirones”; lo decía en los desfiles procesionales del Corpus (declarados de Interés Turístico Internacional), donde se exhibe una descomunal custodia de 18 kilos de oro y 183 de plata, con desfile del ejército incluido (“sin duda el más aplaudido” decía una nota de prensa). Un día antes, en Roma, el Papa recibía en los palacios de la Sede de Pedro al presidente Bush que “venía a Roma (“como en anteriores ocasiones”) a escuchar lo que el papa tenía para decirle”. El emperador del momento regaló al papa un cayado con los mandamientos. “Un acto subliminal; en el Antiguo Testamento fue Dios quien entregó a Moisés la piedra con los mandamientos. Ahora es Bush quien se los entrega al papa” observaba un amigo. Y, en la marginal “Galilea de Entrevías”, en el templo “rojo” de San Carlos Borromeo, el párroco recordaba, en la eucaristía del Corpus, la denuncia de Pablo sobre las eucaristías prostituidas de los Corintios: había unos que cenaban abundantemente mientras que a otros apenas les llegaba. Es decir, sin comunidad, sin compartir, no hay cena del Señor.

El cristianismo incipiente sobrevivió a pesar de la persecución sufrida de manos del omnímodo poder religioso. Tras la muerte de un justo, Esteban, aprobada por el joven fariseo ultra integrista Saulo de Tarso, se produjo la gran espantada: “Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén... Pablo de Tarso hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel” (Hch 8, 1-4). De aquella diáspora nació la Comunidad de Antioquia de la que Pablo (el paradigma de conversión al evangelio) se ocupó un año catequizándola. Llena de gentiles, vivían el evangelio libre del yugo de la Ley; en sus primeros años, fue una comunidad de referencia para Pablo. Hasta que los legalistas se infiltraron. El mismo Pablo, sintiéndose cuestionado, decide ir a Jerusalén (“Concilio” de Jerusalén) donde salió reforzado. Fue fundamental el apoyo de Pedro: quedó claro que lo que importa no son los ritos, ni las prácticas legales sino la conversión al evangelio. Es decir, la eucaristía, por ejemplo, no es un cumplimiento dominical obligatorio, ni un ritualismo, sino una gracia. Según el autor de las catequesis que aquí menciono (el cura Jesús López Sáez), se deduce que la comunidad de Antioquia dejó de ser una referencia para Pablo que, a excepción de la carta a los Gálatas, con su famosa reprensión, pública, a Pedro -“tuve que enfrentarme con él cara a cara, porque era digno de reprensión....” (Ga 2, 11-14)- deja de mencionarla (ver “Comunidad de Antioquía”).

Uno de los mejores test para discernir ciertos modos de proceder de la institución eclesial, es contrastarlo con las fuentes, con las comunidades primitivas. ¿Olvidamos que también ellas sufrieron los mismos problemas? Que San Pablo fue cuestionado por los que él llamaba los “falsos hermanos”, los legalistas; o que él tuvo que enfrentarse a Pedro, en Antioquia, porque también él empezó a flaquear, a nadar y a guardar la ropa, cediendo ante los integristas; o que “la comunidad de Jerusalén es la primera comunidad cristiana, el modelo de lo que debe ser la Iglesia. Así lo entendió Juan XXIII al convocar el concilio para devolver al rostro de la Iglesia ‘los rasgos más simples y más puros de su origen’ (...) La primera comunidad cristiana tiene su origen en la misión de Jesús, que empieza en Galilea de los gentiles (Mt 4,15) y termina en Jerusalén (...) Pedro y Juan comparten con los suyos las amenazas recibidas (...) El templo nacional no aguanta la sacudida del terremoto. Se desploma la autoridad de los dirigentes religiosos. El nuevo templo es la comunidad” (ver “Comunidad de Jerusalén”). Frente al yugo del templo, el cristianismo nace como experiencia de liberación. La libertad, en general, siempre termina por ser agredida; al final la involución se impone, se comentaba en el diálogo tras la catequesis de Antioquía.

En los orígenes, en el atrio de los gentiles, en los aledaños del Templo, un tullido (un excluido social) experimenta una sorprendente curación (Hch 3,2-13), con la mediación de un tal Pedro, galileo temperamental y controvertido, sin estudios teológicos, ni cultura, y uno de los cabecillas de la comunidad galilea del profeta disidente que hablaba contra el templo y anunciaba por los caminos que Dios reina ya. “Hoy el tullido (del relato de Hechos) podría ser un parado de larga duración”. O una familia desestructurada, rota por la droga, con uno o varios hijos fallecidos. O el emigrante sin papeles, explotado, trabajando de sol a sol y sin descanso dominical en las obras de la M-30 y que, justo tras la macro inauguración, es descubierto por la Inspección de trabajo. Posiblemente su patrón o el intermediario de la subcontrata, sean gente devota, cumplidora con el rito de misa de doce.

Aquellas autoridades religiosas, celosas, se alarman ante el poder de aquellos don nadie, sin plataformas. Les prohíben hablar en nombre de Jesús. Pero ellos no se achantan: Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios... Justo el pasaje que misteriosamente tocaba cuando falleció Juan Pablo II (Hch 4,13-21), el “Papa estrella” cuya “muerte por entregas filmada en directo” convirtieron los alrededores del Vaticano en “el plató de TV más caro del mundo”; en cuyos fastuosos funerales (rodeado de todos los poderosos de la tierra) se invirtieron (junto a la elección de su sucesor) 7 millones de euros.

El extraño poder de aquellos apóstoles, tan ligeros de equipaje, a quienes se acercan más “lisiados” y gentiles que gente devota, acrecienta el celo de las autoridades religiosas y cumplidores de la Ley que, temerosos de perder influencia, actúan como comisarios políticos y enchironan al grupo. Por segunda vez el sanedrín les interroga: “¿No os prohibimos terminantemente hablar de Jesús?”. Pedro y su equipo repiten: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,28-29). Y, de paso, les recuerdan que ellos (con su religión del rito, de la norma) colgaron al profeta laico del madero. Los jefes, llenos de rabia, planifican liquidarlos. Pero Gamaliel, un fariseo doctor de la ley, interviene con sensatez: Mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Si es cosa de hombres, se destruirá, pero si es de Dios, no conseguiréis nada. De nuevo citan a los apóstoles, les azotan como escarmiento y les sueltan pero conminándoles a no hablar más de Jesús, el profeta “blasfemo” y disidente entregado por ellos a Pilatos.

Hoy, 2.000 años después, el derecho canónico –con ¡el triple de normas que la Torá!- hace pequeño a San Pablo, el apóstol de la libertad del cristiano que catequizaba que lo que salva no es cumplir la Ley (el rito, adorar las custodias de plata ...) sino creer que Jesús es el Señor (Ga 2,16-21). Las autoridades religiosas, muy entregadas en defender el aparato como un fin en sí mismo, confunden comunión con sumisión: se sigue dando ultimatuns, se niega la posibilidad de réplica o se cierran al diálogo (en cambio, a los emperadores que planifican guerras buscando intereses económicos o crean Guantánamos, siempre se les recibe en palacio). Se condenan las eucaristías participativas, y abiertas a todos, donde la comunidad tiene más importancia que el cura o la norma. A los teólogos “díscolos” se les pone en la lista negra, se les advierte, o se les retira la licencia. Y a los catequistas que sugieren que no habría sido ninguna deshonra para la divinidad de Jesús, que él hubiera nacido en una familia normal con hermanos, se les expulsa de la parroquia. Y qué difícil lo tiene el cura, o el laico, que se atreve a denunciar alguna verdad incómoda.

En la liturgia se absolutizan cosas relativas. Así, en los orígenes, cuando las eucaristías se celebraban en las casas, “La expresión fracción del pan (el nombre más antiguo de la eucaristía) permanece en uso mientras la eucaristía se celebra en el marco de una comida. Se llama también cena del Señor (1 Co 11,21). En ese marco, dice San Pablo, no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y por la oración (1 Tm 4,4-5). La comida de pan y pescado que el Señor resucitado da a los siete discípulos (Jn 21,13) aparece en el arte cristiano primitivo como expresión eucarística”. Lo importante no es lo que se como sino lo que se celebra. Homilía significa diálogo, compartir experiencias: “Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación; pero que todo sea para edificación” (14,26). Podéis profetizar todos por turno (14,31). Todo ha de hacerse con decoro y orden (14,40). Los problemas de división en la comunidad afectan al sentido de la eucaristía, al discernimiento para ver el paso del Señor (ver “Eucaristía, la cena del Señor”).

En el atrio de los gentiles, junto a la puerta hermosa del templo, comenzaron los apóstoles su misión. Sabían que su Maestro no se sentía incómodo entre la gente no devota, marginal de la sinagoga, “periférica”, y de “mala vida” que se le acercaba, buscando liberación. Y que las distancias, las precauciones, o sus diatribas y momentos de indignación, los reservó para el estamento de los puros y doctos, a los que acusó de hipócritas y cosas bastante más duras (Mt 23, 1-32); o para quienes, al abrigo de la religión, montaban negocios paralelos. Él siempre estuvo abierto al diálogo, lo que no quería decir que Él tragaba con todo: había unos mínimos en su programa. Pero él no condenaba, perdonaba proponiendo la conversión, como en el caso de la mujer samaritana, o como cuando Natán, el profeta, que tenía buena memoria y no se calló, le recuerda al poderoso rey David lo que había hecho con Urías, su general, para birlarle a su mujer. Los legalistas, que acusaron a Jesús de comedor y bebedor, o de que se sentaba y comía con pecadores y relativizaba el templo de piedra, se echaban las manos a la cabeza y se rasgaban las vestiduras. Para él lo importante no estaba en cumplir el rito, ni las bellas ceremonias de “religiosidad egipcia”, sino recuperar a oveja perdida y al hijo pródigo. “¿Sabéis por qué llaman a Roma el ‘depósito de la fe?” (preguntaba un cura, desenfadadamente, en el templo Entrevías). “Porque el que va a Roma la pierde”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


no temáis

no temáis

¡NO TEMÁIS, HERMANOS!... ¡NO TEMÁIS, HERMANAS!...
JUNTA DIRECTIVA DE LA ASOCIACIÓN DE TEÓLOGAS ESPAÑOLAS (ATE)

ECLESALIA, 06/07/07.- ¡No temáis!, decía Jesús a quienes, en lugar de reconocerle, lo consideraron un fantasma.

¡No temáis!, es lo que, hoy, queremos decir a nuestros hermanos obispos y a quienes padecen “temor” por un fantasma actual: La educación para la ciudadanía y los derechos humanos.

¡No temáis!, porque hablar de ciudadanía es hablar de ética y la ética no es patrimonio de ninguna religión, sino de la dignidad del ser humano. Educar para la ciudadanía y los derechos humanos no lleva al relativismo moral, es un ejercicio de responsabilidad como sujetos adultos, autónomos, iguales y plurales, a quienes, en primer lugar, compete ordenar este mundo nuestro y buscar los caminos para hacerlo más humano. Una ciudadanía que ni necesita ni admite la tutela de nadie.

¡No temáis! la separación del Estado y la Iglesia o, como reconoció el Vaticano II, la autonomía de lo temporal.

Es cierto que, a lo largo de la historia, la ciudadanía ha anotado en su “haber” barbaridades e inhumanidades (¿la paja en el ojo ajeno?). Precisamente, por eso, necesitamos educarnos en y para la ciudadanía y los derechos humanos. Por eso, urge, para que no las sigamos cometiendo y, por el contrario, continuemos en el camino de los logros, como han sido los reconocimientos de los derechos humanos.

¡No temáis!, es sólo un fantasma. Mirad los contenidos del Ministerio de Educación. ¿Que con ellos se puede “adoctrinar”? Ciertamente, pero no será por la materia, sino por el afán manipulador de quien la imparta. Lo mismo que se puede hacer con la filosofía, las matemáticas, la historia o la química, por ejemplo.

Algunos habéis hecho un llamamiento a la “objeción de conciencia” y no parece que tiene mucho sentido. Como su nombre indica, la objeción ha de partir de la conciencia de cada cual y no, de hacer lo que desde fuera le dicen. Además, en las cosas de conciencia “neque Ecclesia (ni la Iglesia)”.

¡No temáis! a que la ciudadanía busque los medios para que las personas piensen, analicen, critiquen y elijan por sí mismas. Su logro sería una riqueza para nuestro mundo, un triunfo para la humanidad y, en nuestros términos, un gran paso en el plan de Dios. Porque Dios nos llama a ser sujetos y no, súbditos ni menores de edad.

¡No temáis!, tampoco, a lo que llamáis “ideología de género”, su nombre verdadero es “igualdad entre mujer y varón”. Eso que tanto se empeñó Jesús en decirnos, que tan claro está en el Evangelio, aunque algunos adulteran su interpretación, y que tendría que ser distintivo de los cristianos. No tengáis miedo a que nuestros jóvenes se eduquen en la igualdad entre los seres humanos y en el mutuo respeto; a que aprendan que “cualquier forma de discriminación por razones de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión” es abominable (y, como dice la Gaudium et spes 29, contraria al plan de Dios). Alegraos, más bien, porque aprendan a descubrir y denunciar tantos dogmatismos e ideologías u otros tipos de educación, que han inculcado la inferioridad de la mujer, su exclusión y su ser “para” el varón, con las gravísimas consecuencias que vemos cada día. Porque eso sí es atentar contra la dignidad de las personas y, en otra dimensión, es uno de los pecados de inhumanidad más graves.

Por todo ello, hermanas, hermanos, ¡No temáis!, es sólo un fantasma. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


los últimos

los últimos

14 Tiempo ordinario (C), Lucas 10,1 – 12. 17 – 20
DOS CONSIGNAS DE JESÚS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 04/07/07.- Después de veinte siglos de cristianismo es difícil escuchar con honradez las instrucciones de Jesús a los suyos sin sentir sonrojo. No se trata de vivirlas al pie de la letra. No. Simplemente de no actuar contra el espíritu que encierran. Sólo nos detendremos en dos consignas.

Jesús envía a sus discípulos por las aldeas de Galilea como «corderos en medio de lobos». ¿Quién cree que ésta ha de ser hoy nuestra identidad en una sociedad atravesada por toda clase de conflictos y enfrentamientos? Y, sin embargo, entre nosotros no necesitamos más lobos, sino más corderos. Cada vez que desde la Iglesia o su entorno se alimenta la agresividad y el resentimiento o se lanzan insultos y ataques que hacen más difícil el mutuo entendimiento, estamos actuando contra el espíritu de Jesús.

Lo «primero» que han de comunicar sus discípulos al entrar en una casa es «Paz a esta casa». La paz es la primera señal del reino de Dios. Si la Iglesia no introduce paz en la convivencia, los cristianos estamos anulando de raíz nuestra primera misión.

La otra consigna es más desconcertante: «No llevaréis talega ni alforja ni sandalias». Los seguidores de Jesús vivirán como los vagabundos que encuentren en el camino. No llevarán dinero ni provisiones. Caminarán descalzos como tantos pobres que no tienen un par de «sandalias» de cuero. No llevarán siquiera una «alforja» como hacen ciertos filósofos itinerantes.

Todos podrán ver plasmada en su manera de vestir y de equiparse su pasión por los últimos. Lo sorprendente es que Jesús no está pensando en lo que deben llevar consigo, sino precisamente en lo contrario: en lo que no deben llevar; no sea que se distancien demasiado de los más pobres.

¿Cómo se puede traducir hoy este espíritu de Jesús en una sociedad del bienestar? No ciertamente recurriendo a un atuendo que nos identifique como miembros de una asociación religiosa o responsables de un cargo o tarea en la Iglesia. Cada uno hemos de revisar con humildad qué nivel de vida, qué comportamientos, qué palabra, qué actitud nos identifican con los últimos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


necesitamos

necesitamos

SOSTENIÉNDONOS COMO IGLESIA
Nos necesitamos
COMUNIDAD DE BEGOÑA
MADRID.

ECLESALIA, 29/06/07.- Esto de vivir en comunidad es lo que tiene, diversidad y comunión. Con motivo de la campaña a favor de la “x” para la Iglesia (“Si desea que se destine un 0,5239 de la cuota íntegra al sostenimiento económico de la Iglesia Católica, marque con una “X” esta casilla [105]”) nos dimos cuenta de que no todos pensábamos de la misma forma.

Nuestra comunidad tiene una manera de ser y estar sencilla, del día a día, de compromiso en el quehacer de cada uno con el contraste de todos. Nos planteamos cuestiones que nos interesan y tratamos de llegar a conclusiones que se acerquen a la forma de vivir de Jesús de Nazaret. En este contexto surgió el tema del sostenimiento de la Iglesia por la declaración de la renta.

Gracias a ecleSALia (23/04/07) pudimos recoger opiniones y criterios diversos. 24 personas respondieron a nuestra petición, dos de las cuales sólo solicitaban información.

Queríamos tener un criterio lo más común posible a la hora de marcar o no la casilla correspondiente en la declaración de la renta. 9 nos dieron razones para el sí, 5 para el no y 7 no sabían qué hacer y se interesaban por el tema y uno nos enviaba una reflexión que había enviado al sínodo de la Iglesia de Madrid.

Escribimos a la Conferencia Episcopal y nos enviaron el material elaborado por el Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia para la campaña del IRPF de este año. También estuvimos atentos a la información sobre la rueda de prensa del obispo Antonio Algora Hernando y el vicepresidente para Asuntos Económicos Fernando Giménez, de comienzos de mayo.

Dedicamos una reunión para hablar sobre el tema. Con todos estos datos sobre la mesa cada uno fue exponiendo su punto de vista, razones y reflexiones sobre el tema. Nos dimos cuenta de que la mayoría pone cada año la cruz correspondiente porque sienten que es mejor que esa parte de sus impuestos se dirija a la Iglesia Católica, que el resto no la ponen nunca porque entienden que es un privilegio especial impropio de una sociedad igualitaria y prefieren ayudar personalmente.

Los que marcan la casilla coinciden en que hay que ser responsables y si utilizamos las infraestructuras de la Iglesia lo lógico es colaborar con ella. Que no se hace ningún mal marcando la casilla. Que aunque no se esté de acuerdo con algunas de las decisiones de la jerarquía, la Iglesia es universal y en ella tienen cabida todos.

Los que no marcan la casilla distinguen entre la jerarquía y el pueblo y cómo las disonancias y desacuerdos con las autoridades eclesiásticas no son pocos, no quieren mantener ese tipo de Iglesia.

Descubrimos que el estado, más allá de lo que aportemos los contribuyentes, aporta una cantidad superior pero que el sistema va a cambiar porque desaparecerá la subvención y dependerá de las aportaciones de los contribuyentes que ascenderá al 0’7.

Llegamos a una conclusión final que os ofrecemos. Todos desearíamos que esta Iglesia de la que somos parte fuera de otra manera, que pudiéramos participar más y sentir así que nuestro dinero va a un sitio donde nos sentimos a gusto, que se tenga en cuenta la pluralidad, que podamos implicarnos también en la gestión. Quizás el cambio que va a experimentar la financiación de la Iglesia el próximo año sea un paso más hacia la autofinanciación y la responsabilidad de los fieles en el sostenimiento de la comunidad católica. Mientras tanto… podemos seguir trabajando para que esa otra Iglesia sea posible. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


seguir

seguir

13 Tiempo ordinario (C), Lucas 9,51 – 62
MOVERSE
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 27/06/07.- Las primeras generaciones cristianas nunca olvidaron que ser cristiano es «seguir» a Jesús y vivir como él. Así de claro y sencillo. Por eso le da Lucas tanta importancia a tres dichos de Jesús.

A Jesús no se le puede seguir buscando seguridad, pues él «no tiene donde reclinar la cabeza». Para seguir a Jesús, hay que olvidarse de otras obligaciones pues lo primero es «anunciar el reino de Dios». A Jesús no se le puede seguir «mirando hacia atrás» pues quien le sigue así, «no vale para el reino de Dios».

«Seguir» a Jesús es una metáfora que los discípulos aprendieron por los caminos de Galilea. Para ellos significa en concreto: no perder de vista a Jesús; no quedarse parados lejos de él; caminar, moverse y dar pasos tras él. «Seguir» a Jesús exige una dinámica de movimiento. Por eso, el inmovilismo dentro de la Iglesia es una enfermedad mortal: mata la pasión por seguir a Jesús compartiendo su vida, su causa y su destino.

El instinto por sobrevivir en medio de la sociedad moderna nos lleva hoy a los cristianos a buscar seguridad. La jerarquía se afana por recuperar un apoyo social que va decreciendo. Las comunidades cristianas pierden peso y fuerza para influir en el ambiente. No sabemos «dónde reclinar la cabeza». Es el momento de aprender a seguir a Jesús de manera más despojada y vulnerable, pero también más auténtica y real.

En la Iglesia vivimos con frecuencia distraídos por costumbres y obligaciones que provienen del pasado pero no ayudan hoy a generar vida evangélica. Hay pastores que se sienten como «muertos dedicados a enterrar muertos». Es el momento de volver a Jesús y buscar primero el reino de Dios. Sólo así nos colocaremos en la verdadera perspectiva para entender y vivir la fe cristiana como quería él.

Pero quienes miran sólo para atrás, no valen para el reino de Dios. Cuando se ahoga la creatividad, se mata la imaginación evangélica y se controla toda novedad como peligrosa, se está promoviendo una religión estática que impide el seguimiento vivo a Jesús. Es el momento de buscar una vez más «vino nuevo en odres nuevos». Lo pedía Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).