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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

de frente

de frente

AHORA MIRO DE FRENTE…
Relectura de Lucas 13, 10-17
THELMA MARTÍNEZ, teresiana
NICARAGUA.

ECLESALIA, 23/05/08.- Sí, ahora miro de frente, erguida, de igual a igual. Ahora puedo sostener la mirada de los jefes de la sinagoga que reprochan mi terquedad de 18 años: asistir al lugar donde yo, desde mi curvatura, daba culto a mi Dios y esperaba en su misericordia.

El espíritu que me tenía enferma se llama Ignorancia… no saber cuál era mi lugar en esta asamblea de Dios o Ecklesia. Se llamaba también cultura patriarcal, o Kyriarcado… Da lo mismo el nombre, porque se trata del mismo espíritu que nos mantiene con la mirada baja a nosotras, las que habíamos sido destinadas a ser discípulas.

Por más que yo intentaba, “no podía en modo alguno enderezarme”. Y continuaba viendo hacia abajo, haciendo reverencia forzada a quienes se decían representar a Dios. Nunca discutí que se adjudicaran el nombre de “representantes”, pero sí el hecho de creerse los “únicos” representantes de un Dios que en su humanidad quiso reflejar su imagen divina en nosotras las mujeres, las gestadoras de vida.

Así pues, pasé 18 años asistiendo a una iglesia que reservaba para mí la última banca, esa banca de la no participación en la toma de decisiones en asuntos tan vitales como las curaciones en sábado… ese tipo de curaciones que van más allá de las normativas litúrgicas… Sin embargo, permanecí. Continué adorando a mi Dios en “espíritu y en verdad”, pese a que mi búsqueda de libertad se veía amenazada por el espíritu malo que nos ha mantenido calladas, encorvadas, sumisas, ignorantes...

Y el permanecer me trajo la liberación. Aquel sábado largo de, intentos, oración, apostolado y entrega, me trajo al Libertador. Se fijó en mí con mayor atención, pues ya me había visto muchas veces en mi asistencia al templo. Y me llamó… me llamó a levantarme, a erguirme, a recuperar mi dignidad frente a las miradas indignadas de quienes observaban estrictamente el sábado.

Me llamó para mirar de frente…

Y por primera vez, después de tantos años, miré al frente y reconocí en mí la misma dignidad de aquellos jefes de la sinagoga, quienes a lo largo de nuestra historia, se habían convertido en los raptores de Dios.

Entonces me volví peligrosa para ellos, pues no estaban acostumbrados a compartir la visión horizontal del mundo con una mujer. El conocimiento me dio poder. El poder, dignidad. Porque lo descubrí como un poder generador de sanación, de vida, como mi vientre de mujer…

No se podía curar en sábado… es decir, no se podía curar siempre. Había que cumplir con ciertas normas y seguir algunas orientaciones de las autoridades. Jesús simplemente obvió las normas defendidas en los discursos y actuó conforme a la justicia de Dios.

“Mujer, quedas libre de tu mal”, me dijo Él. Su palabra cayó como brisa fresca en el ardor de mis labios que se quemaban por gritar: “¡yo también estoy!” Yo también formo parte de esta mesa que llamamos Iglesia… Yo también sé leer las escrituras desde mis ojos de mujer… de mujer digna, apasionada, pensante…

Desde ese día, meses y años de estudio y oración y contemplación de la vida (que ya puedo ver frente a mí), escribo. Todos los días escribo un evangelio nuevo que se me revela en la vida plena que tengo frente a mí.

Puedo ver de frente… y ver más allá del suelo… puedo alzar la mirada y la palabra… pronunciarme… participar… proclamar que aquél que estábamos esperando ya está aquí, liberándonos…

Sin embargo… seguimos siendo peligrosas… aún las autoridades judías no se acostumbran a compartir el poder que implica ver de frente… Pero este hombre a quien seguimos como comunidad de discípulas, nos anima, nos libera, nos llama a compartir la responsabilidad de mirar de frente… contemplar el horizonte y toparnos con las miradas de otros y otras que también, al igual que yo, fueron soltados del yugo de la ley un sábado cualquiera, de esos tantos sábados en los que Jesús acostumbraba hacer cumplir la justicia de Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


descubrir

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COMPRENDER LA REALIDAD EN CLAVE FEMINISTA
Parte de mi experiencia en EFETA
MONTSE ESCRIBANO CÁRCEL, monescri@yahoo.es
VALENCIA.

ECLESALIA, 22/05/08.- Hace algo más de dos años una amiga me comentó que iban a celebrarse en Sevilla unas jornadas sobre Teología Feminista. Mi asombro fue total. Anteriormente yo había estado estudiando durante un largo periodo de tiempo esta disciplina, pero las referencias al feminismo fueron casi inexistentes. Todo se reducía, más o menos, a que me sonaban algunos nombres de teólogas, en su mayoría estadounidenses, que tenían algunos libros publicados en castellano. Eso era todo. Por ello, la idea me pareció genial.

Sin embargo, aunque mi desconocimiento era casi total, sí soñaba con la posibilidad de poder aprender mucho más. Me llamaba la atención que otras mujeres también estuvieran interesadas en esto mismo. Sobre todo, con el tiempo, descubrí que había unas pocas que se dedicaban a la investigación teológica de modo profesional, en centros universitarios. Estas noticias revolucionaban mi imaginación, como cuando supe del trabajo realizado por Mercedes Navarro en la Universidad de Salamanca. Durante dos años tuve el inmenso placer de disfrutar de las clases de Dolores Aleixandre o Elisa Estévez, y también, de vez en cuando, de ver llegar a la biblioteca de la Universidad de Comillas a Isabel Gómez-Acebo que trabajaba durante largas horas con su portátil, mientras yo, de lejos, me fijaba en los libros que consultaba pues sabía que algo tenían que ver con la teología. Más tarde, supe de la existencia de otras teólogas que en mi misma ciudad elaboraban teología, como era el caso de Lucía Ramón.

Así que cuando vi la posibilidad de asistir a las jornadas de Teología Feminista no lo dudé. Allí comencé a tener una ligera idea del recorrido histórico de esta disciplina, de lo que suponía y sobre todo, que era algo que se estaba desarrollando con fuerza. Escuché por primera vez nombres de mujeres tales como Elizabeth Cady Stanton o Mathilda Joselyn Gage que habían arriesgado todo por conseguir un reconocimiento pleno a nivel legal y social. Ellas junto con otras defendieron el derecho al voto y descubrieron que muchas de las desigualdades que padecían se apoyaban en modos erróneos de comprender los textos religiosos. Pero lo mejor de estas jornadas fue que se nos presentó la posibilidad de poder iniciar a través de la red unos cursos de Teología Feminista de un modo sistemático. Sin saber demasiado lo que aquello iba a suponer para mí, decidí inscribirme en EFETA.

Comenzó así un tiempo de estudio riguroso y exigente por las diferentes materias teológicas a las que iba asomándome –gracias a las unidades didácticas de cada una de las profesoras– a los textos de muchas de estas autoras feministas. Se convirtió en un espacio en el que podía pensar, descubrir y escribir al trabajar cada una de estas Unidades pero sobre todo me permitió disfrutar de nuevas perspectivas. No se trataba únicamente de conocer a otras/os autores, que antes sentía inaccesibles y que ahora, por fin, podía leer. Sino que estas lecturas me capacitaban para reflexionar desde otras perspectivas. Entendí que comprender la realidad en clave feminista me permitía valorarla de modo diferente y a la vez, me urgía a buscar alternativas que tenían mucho más que ver con mi modo de ser creyente. Esto supuso una gran revolución. Tanto en el ámbito intelectual como en el experiencial. Había otros modos de nombrar a la divinidad y ello conlleva siempre unas consecuencias políticas determinadas.

Sabía de la existencia de una pobreza que es mucho más desgarradora en el caso de las mujeres. Pero aprendí a ver cómo esta opresión multiplicativa es, a menudo, justificada por estructuras políticas, religiosas y sociales. De ahí que la Teología Feminista crítica pretendiera ser cauce de liberación de estas situaciones.

El estudio en EFETA me está permitiendo también diferenciar teologías elaboradas por mujeres de otras teologías, con marcado acento feminista, insertas dentro de las tradiciones religiosas mayoritarias. Éstas se esfuerzan en rastrear y desenmascarar modos de comprensión que lleven a valorar de modo negativo a las personas y a la vez buscan concienciar y facilitar posibilidades en las que se den un diálogo eclesial entre semejantes.

Esta mirada diferente me ha preparado para una lectura distinta de los textos sagrados y de la Tradición. Ver que hay otros métodos teológicos de acercamiento, que ofrecen interpretaciones variadas e igual de legítimas, y que exigen el rescate de personajes, en su mayoría mujeres, que intencionadamente han sido silenciados. Todo ello me ha hecho cuestionarme sobre mi propio modo de pertenecer y de ser Iglesia.

Así que lo que no hace mucho comenzó como una posibilidad de ampliar mis estudios, más bien los ha puesto primero en cuestión y me ha forzado a verlos desde una perspectiva metodológica novedosa y obligándome como dice, Adrienne Rich, a acostumbrarme a inventar aquello que deseo.

Pero no toda mi experiencia en EFETA se reduce a lo aprendido con cada una de las profesoras y de las unidades didácticas en internet. He conocido, principalmente a través de las Jornadas presenciales, a otras mujeres como son las diferentes Mercedes que trabajan, de modo menos visible, por ejemplo en la secretaría. Ellas se esfuerzan en que este proyecto salga adelante y me han enseñado que parte del éxito de este sueño es el trabajo constante mediante la creación de redes que nos vinculen y potencien. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Gracias por tener la valentía de poner este proyecto en marcha.

- - -> Para más información: http://www.efeta.org


comer

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Cuerpo y Sangre de Cristo (A), Juan 6, 51-59
EXPERIENCIA DECISIVA
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 21/05/08.- Como es natural, la celebración de la misa ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Según la época, teólogos y liturgistas han ido destacando algunos aspectos y descuidando otros. La misa ha servido de marco para celebrar coronaciones de reyes y papas, rendir homenajes o conmemorar victorias de guerra. Los músicos la han convertido en concierto. Los pueblos la han integrado en sus devociones y costumbres religiosas…

Después de veinte siglos, puede ser necesario recordar algunos de los rasgos esenciales de la última Cena del Señor, tal como era recordada y vivida por las primeras generaciones cristianas.

En el fondo de esa cena hay algo que jamás será olvidado: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.

De él se alimenta la fe de sus seguidores. No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer». Para alimentar nuestra adhesión a Jesucristo, necesitamos reunirnos a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón, y acercarnos a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir. Ninguna otra experiencia nos puede ofrecer alimento más sólido.

No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente por los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercarnos a «comulgar» con Jesús, resistiéndonos egoístamente a preocuparnos de algo que no sea nuestro propio interés.

Nada hay más central y decisivo para los seguidores de Jesús que la celebración de esta cena del Señor. Por eso hemos de cuidarla tanto. Bien celebrada, la eucaristía nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta de su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno, y nos sostiene en la esperanza del reencuentro final con él. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

el corpus

el corpus

EL BOXEADOR
ALMUDENA GARCÍA DE PEDRAZA y PACO MESTRE MOLTÓ, voluntarios del Programa Simón de Cáritas Diocesana de Valencia
VALENCIA.

ECLESALIA, 20/05/08.- Así era, así gustaba le conociesen y continuamos conociéndolo nosotros, “El Boxeador”, Manolo, que “se bajó del ring”, tras muchos años en él, el pasado día 2 de enero.

Manolo fue campeón de pesos welters en España y recorrió media Europa, peleando, de la mano de su manager Baltasar Sanchili, único campeón del mundo valenciano. Un accidente de caza le afectó seriamente una mano, impidiéndole continuar combatiendo, cosa que le transformó su vida de forma radical, incluido el abandono de su mujer e hijos, seguramente por esa “falta de corazón” para hacer frente a la vida, que también le faltó en sus combates y que le impidió ser un gran campeón según comentan algunos que le conocieron, y, seguramente, por la inmadurez de una persona que, fue creciendo como tal, conforme le dictaban los pensamientos e intereses de otros.

Tras jugarse el patrimonio heredado de sus padres y algunas aventuras más, fue a parar, junto con su hermano, al descampado del antiguo Hospital Psiquiátrico Padre Jofré en Jesús, barrio de Patraix, donde iniciamos con él la relación de acompañamiento hace, aproximadamente, dos años.

Su vida fue un paso, lento pero firme, de la comodidad y el lujo, a un cartón sobre el que dormir, intentando, con él, protegerse del frío suelo. Pero en ese camino, él nunca olvidó su pasado. Y recordaba, una y otra vez, sus conquistas –sentimentales-, sus éxitos –en el combate-, y… su inmadurez, esa que él reconocía y que le quemaba por dentro como un remordimiento constante de tantas oportunidades perdidas y tantos pasos dados en falso. ¡Cuántas veces, con ojos tristes, nos pintaba el cuadro de su elegancia –con su buen vestir, siempre fue considerado un señor-, para enfrentarlo al estado de suciedad en el que se encontraba entonces! Sólo quedaba de su prestancia un fuerte olor a colonia de la que nunca prescindió y… su forma de vestir la misma ropa de siempre, con una pose de dignidad aún conservada.

Con su situación, el boxeador nos enseñó que cualquier persona puede finalizar en la calle por muy triunfador que haya sido. Con su andar, con esa mirada fija como si mirase al punching, conteniendo su vida actual, al que destrozar de múltiples golpes, nos enseñó que es bueno abstraerse de la dureza de la calle cuando no se pasea sino se vive en ella. Con sus recuerdos, reiterados una y otra vez y amarillentos como las hojas de un periódico antiguo, nos transportaba a su época de esplendor que nosotros apoyábamos para mejorar su autoestima. Con sus palabras pidiendo disculpas a su familia por la situación en la que se encontraba por su irresponsabilidad nos hizo conocerle mejor, quererle más y acompañarle tratando de que abandonase la calle, primero aceptando una habitación que no quiso y posteriormente una Residencia de la Tercera Edad a la que fue llevado y en la que estuvo cuidado hasta que, como decía al principio, “se bajó del ring” para dirigirse a la Vida. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

reflejar el misterio

reflejar el misterio

La Santísima Trinidad (A), Juan 3, 16-18
DIOS AMA ESTE MUNDO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 14/05/08.- Jesús puede ser considerado desde perspectivas diversas. Puede ser visto como problema histórico, gran líder religioso, un dogma, el inspirador de un camino liberador… El evangelista Juan nos invita a acogerlo como el «mejor regalo» que Dios ha hecho al mundo.

Jesús está hablando con un maestro judío, llamado Nicodemo. No conversan sobre los problemas conflictivos de la Ley judía. Jesús centra la atención en temas de los que apenas se habla en Israel: cómo «renacer» a una vida nueva, qué camino seguir para «tener vida eterna»…

De pronto Jesús pronuncia unas palabras que trascienden cualquier conversación humana, y resumen de manera grandiosa todo el misterio que se encierra en él: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».

¿Qué podemos sentir, al escuchar estas palabras, los hombres y mujeres de hoy, atraídos por todo bienestar inmediato y tan escépticos ante promesas lejanas de vida eterna? ¿Qué nos puede decir el amor de Dios en una sociedad llena de intereses, objetivos y luchas tan contrarios al amor?

Las palabras de Jesús destacan lo inmenso y universal del amor de Dios. No podía ser de otra manera. Dios ha amado al «mundo», no sólo a Israel, a la Iglesia, a los cristianos… Ha enviado a su Hijo, no para «condenar», sino para «salvar», no para destruir, sino para dar vida eterna. Lo sepa o no, el mundo existe, evoluciona y progresa bajo la mirada amorosa de Dios.

Para saber algo de ese Misterio de Amor que sostiene el mundo, el mejor camino es el mismo Jesús. Acercándonos al Hijo, podemos ver, palpar e intuir cómo es el Padre con todos sus hijos. Viéndolo actuar, podemos captar cómo es el Espíritu que anima a Dios.

Todos los gestos, símbolos, palabras, doctrinas, objetivos y estrategias del cristianismo han de nacer, alimentarse y reflejar ese misterio del Amor de Dios al mundo entero. Si no es así, la religión se encierra en sí misma; los signos se «sacralizan»; el anuncio cristiano pierde en buena parte su significado más auténtico; pueden incluso inventarse prácticas, costumbres y estilos de vivir alejados de la verdad cristiana original. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

te llamo

te llamo

ESTOY ENAMORADO DE TI
MONJAS TRINITARIAS DE SUESA, montrinisuesa.net
SUESA (CANTABRIA).

ECLESALIA, 13/05/08.- ¿Si creo en ti? Sí, claro que sí. Llevo toda la vida creyendo en ti. No recuerdo el primer momento en el que empecé a creer en ti. Supongo que me vino dado, no sé si con la leche materna o con el primer aliento pero, desde luego, muy al principio de mi vida.

Desde muy pequeña me gustó leer las historias de la Biblia. Tenía un ejemplar heredado de “La Biblia contada a los niños” y lo leía y releía. Sobre todo las narraciones del Antiguo Testamento; las he leído cien veces más que las del Nuevo.

Recuerdo las ilustraciones, nada parecido a los dibujos llenos de color de ahora. Qué va. Eran dibujos más bien feos, ciertamente, a dos colores, casi sugeridos. Adán y Eva saliendo del Paraíso, Agar llorando, Jacob vestido con una piel, David tocando un arpa, Absalón colgado de las ramas de un árbol por el cabello..., y Samuel, el pequeño Samuel levantándose de un camastro. Me encantaba leer el texto que narraba cómo un niño oía la voz de Dios. Eso era magia, claro. Yo leía la historia y después me acurrucaba e la cama, muy atenta, por si oía que Dios me llamaba. Ponía tanta atención que cualquier ruido me parecía la voz del Señor, hasta que, cansada de la tensión, me dormía. Y así muchas, muchas noches.

Hoy casi me suena cursi aquel recuerdo, por lo menos muy ingenuo. No sabía nada de vocación religiosa, ni de seguimiento a Cristo, ni de discipulado, ni de nada similar. Sólo sabía que Dios existía y que Samuel había oído su voz por la noche estando en la cama. Así que yo... también podría vivir eso si prestaba atención, ¿no?

Una noche, hace diez años, me desperté dando un salto en la cama, alguien me había susurrado: “el Señor es mi pastor, nada me falta”. Recordé a Samuel y yo también decidí contestar. Claro que, llevaba años oyendo la pregunta. El muchacho bíblico había sido más rápido en contestar. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Hoy el Señor me pregunta de nuevo, pero va más allá:

Es cierto que crees en mí, que crees en mí desde siempre, que estoy bastante presente en tu vida, que en tu boca está mi nombre de forma más o menos consciente pero... ¿me crees a mí? No te pregunto si crees en mí sino si me crees.

¿Me crees cuando te digo que estoy enamorado de ti?

¿Me crees cuando preparo caminos anchos bajo tus pies para que no te caigas a los lados?

Cuando hago amanecer cada mañana y oscurecer al final del día, cuando recorto o relleno la luna, o coloco en la misma posición las estrellas cada noche... ¿me crees entonces?

Cuando deposito retazos de niebla sobre la ría por la mañanas (porque sé que te encanta ese momento), o hago que las ranas croen ensordecedoramente para que sonrías antes de cerrar tu ventana e irte a dormir ¿me crees?

Cuando aspiro sobre tu boca, cuando te toco con el aire o te abrazo a través del cariño de otros... ¿crees lo que quiero decirte?

¿Crees que puedo sanarte si te pido que extiendas tu brazo enfermo?

¿Me crees cuando doy saltos de alegría porque te he encontrado mientras te buscaba barriendo la casa?

Mírame a los ojos y dime si me crees cuando te he contado que vendí todo lo que tenía para comprar el campo en el que te hallé en forma de perla.

¿Me crees cuando te prometo que la tierra por la que caminas es firme porque ha sido pisada y asentada por otros muchos pies antes que los tuyos?

No quiero que creas en mí sólo. Quiero más. Quiero que me creas cada vez que te hablo. Y tú sabes que soy Palabra en mil formas.

¿Me crees cuando te digo que sólo yo puedo saciarte, que soy la sed que tienes y el agua que pides?

¿Me crees cuando recorro los caminos ansioso, buscándote, cuando pregunto por ti y grito al viento, a todos y a nadie: “¡amada mía, hermosa mía, ven!”.

Cuando te rompes y te rehago de nuevo, una y mil veces, con el mismo cariño y el mismo material porque así te quiero, entonces, ¿me crees?

Sigue escuchándome.

Cuando te digo que te amo y que eres valiosa para mí y que iremos juntos y solos al desierto para poder tomar tu corazón en mis manos y susurrarle poniéndolo cerca de mis labios, ¿me crees?

¿Me crees cuando te digo que no tengas miedo, que confíes en mí, que yo soy la paz?

¿Y cuando me buscas y llamas y te respondo “heme aquí”?

Cree en mí, por favor. Aunque te derrumbes mil veces, aunque te tropieces con tu miseria cada mañana y sientas vives en retroceso. Créeme.

Mírame. Soy el Señor, que de nuevo te llamo.

Mírame suplicante.

Escúchame una vez más.

Calla.

Estoy

enamorado

de ti.

al papa

al papa

PARA SERVIR MEJOR
Carta de Somos Iglesia al papa Benedicto XVI
RAQUEL MALLAVIBARRENA, Coordinadora del Movimiento Internacional Somos Iglesia; 07/05/08
MADRID.

ECLESALIA, 12/05/08.- Querido Papa Benedicto XVI, querido hermano en Cristo, nosotros, que formamos parte del Pueblo de Dios, mostramos nuestra gran preocupación ante la creciente escasez de sacerdotes ordenados en todo el mundo. A causa de esta situación la Eucaristía no puede celebrarse en un número de parroquias que va en aumento. Esto lleva inevitablemente a las normas de organización de la Iglesia en lo referente al celibato obligatorio en el ministerio ordenado. Por otra parte hay una contradicción con el canon 213 que otorga a los cristianos el derecho a recibir la Comunión cada domingo.

La Eucaristía es "fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia" (XI. Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos en Roma, Octubre de 2005). Pero el hecho de que la Eucaristía ya no se celebre en muchas parroquias, pone en cuestión la credibilidad de nuestra iglesia e impide que los fieles puedan participar en el sacramento más importante de la comunidad. Por el hecho de mantener el celibato obligatorio, los católicos no deben verse privados de esta celebración central. La posibilidad de celebrar la Eucaristía debería tener preferencia sobre la ley eclesiástica de la obligación del celibato para los presbíteros.

La carencia grave de sacerdotes, la cual conocemos por el "Annuario Pontificio", no sólo afecta a Europa y a los Estados Unidos de América, país que acabas de visitar, sino también y especialmente a las parroquias y misiones de América del Sur. Es un problema global que requiere urgentemente una solución global y una que a una gran mayoría de católicos practicantes nos gustaría ver hecha realidad. Los cristianos no deben verse privados de este sacramento por el hecho de mantener el celibato obligatorio para los presbíteros (una norma establecida en el siglo XI). "La celebración de la Misa, como la Acción de Cristo y de la Iglesia, es el centro de toda la vida cristiana" (Instrucción "Redemptionis sacramentum").

Para que sea posible que todos los cristianos puedan beneficiarse de esa celebración central, el Movimiento Internacional Somos Iglesia te pide respetuosamente que se reconsidere la organización actual de los ministerios en la Iglesia, para revocar urgentemente la actual norma de la Iglesia occidental sobre el celibato obligatorio y se vuelva a instaurar el celibato opcional para los sacerdotes ordenados como un primer paso hacia un presbiterado renovado que pueda servir mejor al Pueblo de Dios.

Sabemos y tú también conoces que hay miles de sacerdotes casados que les gustaría volver al ministerio activo, por no mencionar a tantos que elegirían el camino del sacerdocio si fuese compatible con el sacramento del matrimonio. Parece un extraordinario, inexplicable e inaceptable desaprovechamiento de un servicio potencial. Hemos sido enviados por Jesús para traer la Buena Noticia a todos los pueblos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Saludos cordiales.

- - -> Para más información: http://www.we-are-church.org

enfrente

enfrente

UNO ¿MITO O META?
Jn 17, 20-26
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 08/05/08.- Jesús recoge un ancestral anhelo humano: el profundo y escondido deseo de unidad y, desde el reconocimiento de su propia identidad (“para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti...”, transforma el mito en meta.

A un paso de celebrar nuevamente la llegada del Espíritu Santo, que había de consolar y animar a aquella pequeña comunidad escondida y atemorizada, el evangelio de Juan me lleva a reflexionar que la meta propuesta por Jesús no es un lugar idílico donde todos, iguales y perfectos, nos reconozcamos como uno con Dios y con los demás. Jesús aporta algo esencial recogiendo el mito de la unidad y convirtiéndolo en meta de la vida en comunidad: el Amor.

En el Amor, los contrarios se transforman en complementarios; y como el amor está reñido con el miedo, surgen nuevos frutos que hacen vivir con paz y alegría, aún en medio de los problemas y dificultades de cada día.

En el Amor, dejamos de agruparnos por afinidades, cerrándonos a otros que a su vez de agrupan por otras distintas. Digo afinidades como algo genérico, pero habría que hablar de vocaciones, religiones, culturas, sexos... mientras resuena una y otra vez el eco de las palabras de Jesús: “para que sean uno, como nosotros somos uno”.

En el Amor, la meta es el propio camino.

Después de más de dos mil años de esta Buena Noticia, seguimos enfrente unos de otros, cuando no enfrentados o arrojándonos piedras, silencios o ironías. Sufriendo, consciente o inconscientemente, por lograr esa mítica unidad que no alcanzamos por que nos anclamos en lo superficial, lo exterior, sin dejar que el Espíritu de Dios actúe desde lo profundo de cada uno. Y Jesús nos acompaña paso a paso, desde el arcén, viendo con tristeza nuestras luchas y repartiendo agua y bocadillos, esperando que dejemos de perder eternamente el tiempo en luchas y divisiones y nos abracemos de una vez por todas.

A todo esto hay que añadir un tema que me sobrecoge: la gran responsabilidad que tenemos, cada uno y todos como comunidad de creyentes: “Padre Santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos...”. No hablamos el lenguaje de Jesús, el lenguaje del Amor, y esa es la causa de que se generen idiomas que nos alejan de la comprensión y la cercanía de unos con otros. Esto tiene un precio muy alto: boicoteamos el Mensaje y no llega a quienes podrían creer en Él a través de nuestro testimonio. Se necesita mucha humildad para ser mensajeros del Amor de Dios.

¡Ven, Espíritu Santo, qué falta nos hace! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).