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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

prepararé la cena

prepararé la cena

Escenas tras la muerte de Jesús
SIMEÓN CON NICODEMO
Entre el pavor y la esperanza
PACO BARCO, pacolina@telefonica.net
SEVILLA.

ECLESALIA, 09/04/09.-CLEOFÁS.- Pero, entra Simeón, ¿de dónde tanta honra para la casa de mi maestro Nicodemo?

SIMEÓN.- Hola Cleofás ¿está Nicodemo? Me he acercado pero mis piernas ya no sostienen a este viejo y cansado cuerpo,

CLEOFÁS.- Pasa, pasa y siéntate. Enseguida aviso a Nicodemo, se alegrará mucho al verte. Él y yo te contaremos las nuevas de nuestro Señor Jesús. Pero anda, siéntate que enseguida traigo la aljofaina con el agua.

SIMEÓN.- Eso había oído. Decían las mujeres que os habíais encontrado con el Maestro y que él os abrió los oídos.

NICODEMO.- ¡Bendito seas, Simeón! Pensaba pasar por el Templo para verte.

SIMEÓN.- Hola Nicodemo, estoy ansioso por las noticias, ¿es verdad que encontrasteis a Jesús en el camino de Emaús?

Yo ya era viejo cuando nació. En su presentación al Templo di gracias a Dios porque me había permitido conocer al Mesías. Después le seguí junto a muchos, entre ellos, vosotros. El había dicho que destruiría el Templo, que este no es lugar de oración sino cueva de ladrones y que a Dios hay que santificarle en espíritu y en verdad. Ahora acaba de morir como un maldito, en la cruz, ¿dónde iré? Los que le seguían han huido y sólo algunas de las mujeres andan por las calles y pronuncian su nombre sin miedo.

Yo soy muy viejo ¿puedo seguir confiando en él o he de volver a esperar a otro? Ahora, ¿qué he de hacer?

Dicen algunos que Jesús vive, ya lo había dicho María Magdalena y nadie la creíamos. Ahora hablan que tú y tu discípulo Cleofás habéis vuelto de Emaús transformados; vuestro miedo ha desaparecido y proclamáis, a la luz del día, que ha resucitado. ¿Es ahora cuando manifestará su reinado?

NICODEMO.- Ayer noche, cuando llegamos, busqué a Simón, pero nadie supo darme norte de su paradero, incluso algunos decían que había vuelto a Galilea. Tampoco a Santiago pudimos encontrarlo. Hoy por la mañana, en casa de María, la madre de Juan, el conocido como Marco, aquella mujer que siguió al Maestro desde que le salvó la vida cuando querían lapidarla por adultera, hemos estado con Santiago, Juan, los de Zebedeo y Zaqueo que nos hablaron que Simón comió la noche anterior en casa de Zacarías y de Isabel, la prima de María, María, la madre de nuestro Maestro y su hijo Santiago. También estaban María la de Santiago, Juana y María Magdalena.

¿Te parece bien que esta noche comamos todos en tu casa? Todos te quieren y además no levantaremos sospecha ante el Sanedrín porque saben que son muchos los hombres piadosos que buscan tus sabios consejos.

SIMEÓN.- Prepararé la cena. Precisamente había acordado con las mujeres que nos veríamos en casa y allí pasaríamos el sábado. Necesito aclararme. Hay quien dice que Jesús, el que se aparece como resucitado, es el mismo, el Hijo de la María que todos conocemos, pero a la vez uno muy diferente, otro, y que nos dice que esperemos, en oración y compartiendo todo lo nuestro, la fuerza del Espíritu que nos mandarán su Padre y él

NICODEMO.- Simeón ¿te acuerdas cuando nos decía venid a mi los que estáis cansados, los aturdidos y confundidos porque yo soy el camino, yo soy la vida? No lo dudes, Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Pero confía, mañana hablaremos y rezaremos juntos, tenemos todo el sábado para nosotros. La Paz sea contigo

SIMEÓN.- La Paz sea contigo. Me voy a casa que se ha hecho tarde ¿Podría acompañarme Cleofás?, ya necesito apoyo para caminar. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

indica

indica

Domingo de Pascua (B) Marcos 16, 1-7
ID A GALILEA. ALLÍ LO VERÉIS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 08/04/09.- El relato evangélico que se lee en la noche pascual es de una importancia excepcional. No sólo se anuncia la gran noticia de que el crucificado ha sido resucitado por Dios. Se nos indica, además, el camino que hemos de recorrer para verlo y encontrarnos con él.

Marcos habla de tres mujeres admirables que no pueden olvidar a Jesús. Son María de Magdala, María la de Santiago y Salomé. En sus corazones se ha despertado un proyecto absurdo que sólo puede nacer de su amor apasionado: «comprar aromas para ir al sepulcro a embalsamar su cadáver».

Lo sorprendente es que, al llegar al sepulcro, observan que está abierto. Cuando se acercan más, ven a un «joven vestido de blanco» que las tranquiliza de su sobresalto y les anuncia algo que jamás hubieran sospechado.

«¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado?». Es un error buscarlo en el mundo de los muertos. «No está aquí». Jesús no es un difunto más. No es el momento de llorarlo y rendirle homenajes. «Ha resucitado». Está vivo para siempre. Nunca podrá ser encontrado en el mundo de lo muerto, lo extinguido, lo acabado.

Pero, si no está en el sepulcro, ¿dónde se le puede ver?, ¿dónde nos podemos encontrar con él? El joven les recuerda a las mujeres algo que ya les había dicho Jesús: «Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Para «ver» al resucitado hay que volver a Galilea. ¿Por qué? ¿Para qué?

Al resucitado no se le puede «ver» sin hacer su propio recorrido. Para experimentarlo lleno de vida en medio de nosotros, hay que volver al punto de partida y hacer la experiencia de lo que ha sido esa vida que ha llevado a Jesús a la crucifixión y resurrección. Si no es así, la «Resurrección» será para nosotros una doctrina sublime, un dogma sagrado, pero no experimentaremos a Jesús vivo en nosotros.

Galilea ha sido el escenario principal de su actuación. Allí le han visto sus discípulos curar, perdonar, liberar, acoger, despertar en todos una esperanza nueva. Ahora sus seguidores hemos de hacer lo mismo. No estamos solos. El resucitado va delante de nosotros. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos. Lo más decisivo para experimentar al «resucitado» no es el estudio de la teología ni la celebración litúrgica sino el seguimiento fiel a Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

regalado

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ASUMIR RIESGOS CON MUCHO AMOR
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es

ECLESALIA, 07/04/09.-“…A uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad (…)Al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene”. (Mt 25,14-30)

A cada uno le dio según su capacidad. Dios da y no pide a nadie nada que no esté capacitado para entregar. Lo que recibimos es para ponerlo a trabajar, para donarlo, hacerlo crecer, desprendernos de ello: darlo gratis, como gratis lo hemos recibido. Nada, de lo que realmente vale, se tiene en propiedad. Todos hemos recibido dones, no importa la cantidad… el don es para entregarlo; si se guarda, se pudre. Pero el hecho mismo de dar, entraña riesgos.

Hace unos meses, una persona me dijo: “Hay que asumir riesgos con mucho amor…”. Me quedé con esta frase que sonó en un contexto de conversación en el que comentábamos los grados de implicación en la vida, en el compromiso coherente que cada uno ha de hacer desde sí, ante Dios y hacía los demás.

Efectivamente darse entraña un riesgo, en cierto modo, desestabiliza, nos hace sentir la intemperie, por eso entiendo lo de asumir riesgos con mucho amor. El amor es como un colchón blandito donde caer y volver a levantarse; es como los estabilizadores que se ponen en las caravanas para que, el viento y los socavones, no las saquen de la carretera o vuelquen. Y, efectivamente, darse nos deja a la intemperie porque es salir de uno mismo. El amor actúa como manta en las bajas temperaturas, impermeable cuando caen chuzos de punta, agua fresca en los días más tórridos y betadine para las heridas del camino.

El reparto de dones es generoso. Dios hace una entrega total: se da a sí mismo y como es amor, ese es el primer don regalado y creo que de ese don parten todos los demás.

Da igual la cantidad recibida porque la capacidad de amar con el mismo amor que Dios ama es el talento que todos recibimos. Desde ahí cualquier riesgo puede ser asumido pues “una vida donada, entregada, ofrecida, jamás se pierde, siempre se la reencuentra en Aquel que es la Vida”. (Abad cisterciense Bernardo Olivera)

Será bueno no enterrar el amor que Dios nos da pues es la forma más real de enterrarnos en vida. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

convicción

convicción

Homilía del 24 de marzo en la capilla de la UCA
ÓSCAR ROMERO, OBISPO Y MÁRTIR
Monseñor en el hospitalito a solas con Dios. En catedral con su pueblo. En medio del pueblo y en su defensa hasta el final
JON SOBRINO, jsobrino@ cmr.uca.edu.sv
EL SALVADOR.

ECLESALIA, 02/04/09.- En muchos lugares se está celebrando el XXIX Aniversario del asesinato-martirio de Monseñor Romero. El sábado 21, en una vigilia popular. Hoy a las 12:00, en una misa en Catedral, presidida por el arzobispo José Luis Escobar, y a las 5:30 en otra misa en la Cripta, presidida por Monseñor Rosa. Ahora, en esta eucaristía le recordamos en la Capilla de la UCA. Le pedimos que nos bendiga. Le pedimos también que nos anime a ser una universidad como él la quería, y a convertirnos cuando, por acción o por omisión, no lo somos. Y le pedimos que profesores, administrativos, trabajadores y alumnos siempre recuerden su nombre, le recuerden y le honren.

Para hacerlo hoy presente entre nosotros, he elegido dos lecturas. El evangelio es el del buen pastor, pues la universidad, con todo lo que tiene, conocimientos y recursos, debe pastorear de manera universitaria al pueblo salvadoreño. Debe alimentar ante todo a las mayorías hambrientas de pan y de trabajo, de justicia y de verdad. Y debe defenderlas de los mercenarios, los poderosos de todo tipo, que no las apacientan sino que, muchas veces, las devoran, como denunciaba el profeta Oseas. Y en esa defensa la universidad debe correr riesgos como el buen pastor. Muy bien nos lo recuerdan nuestros compañeros aquí enterrados.

La segunda lectura nos dice quién es ese buen pastor: Jesús de Nazaret. En palabras bellas y bien pensadas se dice de él que “pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos”. Y se añade, a modo de confesión, lo que no solemos tener tan en cuenta: “que Dios estaba con él”.

Ahora queremos recordar al Monseñor Romero buen pastor, a partir de tres cosas muy suyas: el Hospitalito, la Catedral y su caminar con el pueblo, defendiéndolo, hasta el final.

1. En el Hospitalito a solas con Dios

Es sabido que, nombrado arzobispo, la oligarquía quiso ganárselo y le ofreció un palacio episcopal con las habituales comodidades mundanas. Pero Monseñor lo rechazó y se fue a vivir a una modesta habitación junto al hospital de La Divina Providencia. Allí recibió, muchas veces de noche, a personas de todo tipo. Allí preparaba los sábados sus homilías dominicales. Y allí sobre todo, como Jesús junto al lago o en el huerto, oraba al Dios que ve en lo escondido. Contaba la hermana Teresa que a altas horas de la madrugada a veces veía luz en las habitaciones de Monseñor, y le llevaba un zumo de naranja. Lo encontraba rezando.

En el hospitalito Monseñor Romero vivía solo y sin seguridad en tiempos de graves riesgos. Las personas más cercanas eran mujeres, enfermas de cáncer incurable, pobres todas ellas, con la angustia añadida de no saber qué sería de sus hijos una vez muertas ellas. Monseñor -tan indiferente a honores mundanos- confesó que le hubiese gustado ganar el premio Nobel de la paz de 1978 para, con el importe del premio, aliviar la suerte de las mujeres enfermas.

Sólo Dios que ve en lo escondido sabe bien quién era el Monseñor del Hospitalito y qué significaba Dios para él. Pero algo podemos barruntar. Poco antes de su muerte, en los momentos más difíciles del pueblo salvadoreño, Monseñor les habló de “Dios”:

“Ningún hombre se conoce mientras no se ha encontrado con Dios. Quien me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que fuésemos a encontrarnos con Dios” (Homilía del 10 de febrero de 1980).

Y a estas palabras más reflexivas, añadió otras más entrañables. Con humildad decía: “mi más íntimo deseo es que yo no sea un estorbo en el diálogo de ustedes con Dios”. Y con gozo añadió: “me alegra mucho cuando hay gente sencilla que encuentra en mis palabras un vehículo para acercarse a Dios” (Homilía del 27 de enero de 1980). Sin sectarismo alguno, sino con sincero respeto a todos, dijo que “sin Dios no puede haber liberación” (Homilía del 2 de marzo de 1980). Y con Dios, consolaba a la gente: “Dios va con nuestra historia. Dios no nos ha abandonado” (Homilía del 9 de diciembre de 1979).

A todos, también UCA e Iglesia, nos pregunta y nos invita Monseñor a “estar a solas con Dios”. Y a quienes no mencionen ese nombre les pregunta e invita a estar a solas, indefensamente y en entrega total, con aquello bueno que vean como último: la compasión, la justicia, la verdad. “A solas”. Sin poder ir más allá.

2. En Catedral con su pueblo

El Monseñor de Catedral es más conocido. Es el Monseñor de las homilías, de los pobres y de las víctimas, de los horrores de la represión y de la esperanza de justicia. Es el Dios de las organizaciones populares, de los sacerdotes perseguidos y asesinados, de los innumerables mártires, sin que Monseñor dejara a ninguno de ellos y de ellas sin nombre. Es el Dios del pueblo salvadoreño. Quienes tuvimos la suerte de escucharlo lo recordamos muy bien. Vamos a citar algunas palabras suyas, pero quizás lo más importante es saber cómo preparaba las homilías -honda lección para la Iglesia, la UCA, los medios, y todas las instituciones y organismos que quieren servir al pueblo. La víspera de su asesinato dijo Monseñor:

“Le pido al Señor, durante toda la semana mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento”(Homilía del 23 de marzo de 1980).

De ahí surgía la denuncia y la profecía, y por surgir del dolor y clamor del pueblo iban más allá de declaraciones éticas o de la doctrina social:

”Yo denuncio, sobre todo, la absolutización de la riqueza. Éste es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada como un absoluto intocable. ¡Y ay del que toque ese alambre de alta tensión! Se quema”. “Vivimos en un falso orden, basado en la represión y el miedo”. “El robar se va haciendo ambiente. Y al que no roba se le llama tonto”. “Se juega con los pueblos, se juega con las votaciones, se juega con la dignidad de los hombres”. “Estamos en un mundo de mentiras donde nadie cree ya en nada”. Y como un Amós o un Miqueas decía: “esto es el imperio del infierno”. La exigencia es como ser Iglesia y universidad de ciencia y de profecía.

En los últimos meses Monseñor Romero fue todavía más duro, si cabe, en decir la verdad. Y la razón era la compasión; la verdad estaba a favor del pueblo, que muchas veces sólo tenía la verdad en su favor. De ahí que la denuncia profética subió de tono. Pero es importante recordar también unas palabras, llenas de honradez y muy de Monseñor, que ojalá todos las tengamos presentes: “hay que comenzar por casa”.

“Todo el que denuncia debe estar dispuesto a ser denunciado y, si la Iglesia denuncia las injusticias, está dispuesta también a escuchar que se la denuncie y está obligada a convertirse… Los pobres son el grito constante que denuncia no sólo la injusticia social, sino también la poca generosidad de nuestra propia Iglesia” (Homilía del 17 de febrero de 1980).

3. En medio del pueblo y en su defensa hasta el final

Monseñor se mantuvo firme en la compasión y en la denuncia, sin componendas. Su compasión y su profecía no fueron flor de un día, ni fueron palabras política y eclesiásticamente correctas. En la sociedad no encontró facilidades, por decirlo muy suavemente, pero tampoco encontró facilidades en la Iglesia en cuanto institución jerárquica; a veces todo lo contrario. Se mantuvo firme, y hasta el último momento defendió a las víctimas, aun sabiendo que él podía ser la próxima. Y así fue.

Monseñor Romero tomó en serio las palabras de Puebla. A los pobres Dios “los ama y los defiende”. Lo primero le llevó a desgastarse en una pastoral a favor de la justicia, la esperanza y la vida de los pobres. Lo segundo a enfrentarse con quienes los oprimían y reprimían. Puso a su Iglesia en esa dirección de defensa y enfrentamiento, de modo que, sin intenciones idealistas, llegó a ser una “Iglesia de los pobres”. Eso significó riesgos y enfrentamientos. “Por defender al pobre la iglesia ha entrado en grave conflicto con los poderosos de las oligarquías económicas” (Discurso de Lovaina, 2 de febrero de 1980. Ya antes había constatado las consecuencias, y emitió un juicio que nunca se emite, desorbitadamente evangélico: “Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo” (Homilía del 24 de junio de 1979).

Hasta el día de hoy, en un mundo mal llamado de globalización y que en realidad vive en trance de cruz, que pretende quitar aristas al horror de la realidad y silencia a millones de crucificados -en Irak, en el Congo, en Gaza, en Haití-, hacer presente a Dios en la historia es seguir a Jesús cargando con la cruz. No con una cruz abstracta y sin historia, sino concreta, salvadoreña. “Cristo es Dios majestuoso que se hace hombre humilde hasta la muerte de los esclavos en una cruz y vive con los pobres… así debe ser nuestra fe cristiana” (Homilía del 17 de febrero de 1980). Monseñor lo intuyó desde el principio. En Aguilares el 19 de junio de 1977 comenzó la homilía con estas palabras: “a mí me toca ir recogiendo atropellos y cadáveres”. Palabras para la UCA, para la Iglesia y para todos.

Monseñor mantuvo la defensa de su pueblo hasta el final, y con ello la esperanza. Dos eran sus pilares, como lo intuyó Ignacio Ellacuría: Dios y el mismo pueblo. Sin ninguna rutina, en las horas más trágicas de El Salvador no se cansó de repetir el Emmanuel. “Dios va con nuestra historia. Dios no nos ha abandonado. Ningún cristiano debe sentirse sólo en su caminar, ninguna familia tiene que sentirse desamparada, ningún pueblo debe ser pesimista, aun en medio de las crisis que parecen más insolubles”. Es el “consolad, consolad a mi pueblo” de Isaías. Y a ese pueblo le dio dignidad. “Ustedes son el divino traspasado” dijo en Aguilares a unos campesinos aterrorizados, el día que fue a celebrar la eucaristía cuando los soldados, un mes después de haberlo tomado y ocupado, abandonaron el pueblo. El Monseñor que decía: “esto es el imperio del infierno” decía también: “sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor”.

Las amenazas iban en aumento. En su última homilía confesó: “Esta semana me llegó un aviso de que estoy en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana”. Y automáticamente, como si se hubiese convertido en segunda naturaleza, Monseñor puso su muerte en relación con la salvación del pueblo: “que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad”.

Y en relación con el pueblo, en un supremo esfuerzo para impedir mayores atrocidades, pronunció las palabras finales de su última homilía, hito insuperable en la historia del país, de la Iglesia y de cualquier lugar donde quede un rastro de humanidad.

“En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!” (23 de marzo de 1980).

Nunca antes se habían escuchado semejantes, ni nunca después se han vuelto a escuchar. Fueron recogidas con un estruendoso aplauso, nunca antes escuchado ni nunca después vuelto a escuchar:

Con la muerte de Monseñor no murió su palabra. Pocos días después de su asesinato, en una misa celebrada en la UCA, el Padre Ellacuría dijo: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. Las hemos repetido muchas veces, y hoy nos volemos a preguntar: ¿es verdad? Sí, y en muchos lugares. Baste recordar algunas cosas de estos días.

El 2 de marzo, Noam Chomsky, prominente pensador estadounidense, luchador de causas nobles, muchas de ellas “perdidas”, acosado de muchas formas por los poderes establecidos, acababa de cumplir 80 años. El diario El País le hizo una entrevista sobre temas conocidos profesionalmente por el autor: la situación de la política internacional, los medios, internet… Pero, rompiendo la lógica de la profesión, la entrevista termina con una pregunta personal: “A su edad, ¿qué le hace seguir luchando?”. Y esto es lo que dijo:

“Imágenes como ésa [Chomsky indica un cuadro que cuelga de su despacho en el que se ve al ángel exterminador junto al arzobispo Romero y seis intelectuales jesuitas asesinados en El Salvador en los ochenta por los escuadrones de la muerte]. Uno de mis fracasos es que ningún estadounidense sepa qué significa ese cuadro”.

El 15 de marzo algo muy nuevo ocurrió en El Salvador. El partido Arena, que nunca había pronunciado oficialmente el nombre de Monseñor Romero – pienso que por miedo y por una especie de insuperable parálisis fonética, perdió las elecciones. Por el contrario, el vencedor, Mauricio Funes sí lo pronunció. Analistas hay y habrá que juzguen sobre convicciones e intenciones. Pero remitirse a Monseñor Romero en ese momento y presentarlo como lo más entrañable que ha producido y tiene este país, indica que Monseñor Romero sigue vivo.

En la vigilia del 21 de marzo, durante la marcha y ante Catedral, muchos salvadoreños y salvadoreñas, sintieron una vez más la presencia de Monseñor. Con sentido humano y cristiano -y con exquisito sentido teológico- no expresaron esa presencia, al menos no en lo fundamental, porque tuvieran ahora en sus manos “más poder”, sino que la expresaron en un sentimiento de dignidad, esperanza y alegría. Con Monseñor podían seguir trabajando y caminando. Y celebrando la vida.

[El día 26 de marzo por primera vez en la historia del país se instauró un tribunal de justicia restaurativa para que, tras el desentenderse de tanto crimen, por vileza o por la ley de amnistía, el Estado reconozca su culpa y pida perdón; para que las víctimas recuperen dignidad; y para que después de muchos años se de pasos de reconciliación. En los esfuerzos denodados de muchos profesionales por instaurar el tribunal, y sobre todo en la palabra de los testigos, familiares de las víctimas y a veces víctimas ellos mismos, en la dignidad, el alivio, la mano tendida que expresaban esas palabras, Monseñor Romero pasaba por El Salvador].

Terminamos por donde comenzamos. Estamos en la Capilla de la UCA. Les invito a todos a hacer realidad aquello a lo que, ante Monseñor, se comprometió el Padre Ellacuría cuando, en 1985, la UCA le otorgó un Doctorado Honoris Causa.

1. Una auténtica inserción en la realidad nacional, lacerada, casi herida de muerte, sacudida hoy por diez asesinatos al día, sin ceder a la tentación de distanciarnos de ella, y menos, como si fuera beneficioso para la excelencia académica.

2. No caer en la neutralidad falaz y concretar el bien común desde el bien de las mayorías pobres y oprimidas, de las víctimas; es decir, hacer una opción libre por los pobres de este país y mantenernos firmes en ella.

3. Tras la guerra, propiciar y defender de todas las formas posibles una paz verdadera, los derechos humanos y la reconciliación real; frenar el desangramiento del país y trabajar para que no sean necesarias las migraciones inhumanas.

4. No cejar en la esperanza de construir un futuro mejor, más humano y humanizado. Especialmente, devolver palabra, consuelo, dignidad y reparación a las víctimas. Y dejarnos salvar por ellas.

5. Que no se tambalee sino que se robustezca la inspiración cristiana que movía todo el actuar de Monseñor Romero. El Monseñor que vivía de la fe en Jesús mueve a dar la vida por los que sufren como hemos leído en el evangelio.

Pidamos a Dios que esta universidad con humildad y con decisión, con convicción y con gozo sea fiel seguidora de Monseñor Romero. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Jon Sobrino
24 de marzo, 2009

llamada

llamada

Domingo de Ramos (B) Marcos 14,1-15,47
EL GESTO SUPREMO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 01/04/09.- Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabía a qué se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores», sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno.

Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.

Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.

Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas

Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Ésta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.

Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.

Es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Para los seguidores de Jesús celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

deseo

deseo

Reedición (ecleSALia, 26/03/07) ampliada y modificada
NI SALVADOS, NI REDIMIDOS
¡Tan sólo amados, llamados y esperados!
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@gmail.com

ECLESALIA, 27/03/09.- Durante siglos nos han enseñado que el pecado del hombre causó una ofensa infinita a Dios. Siendo el hombre un ser limitado, no podía reparar esa ofensa infinita. Era preciso alguien infinito para satisfacer el honor de Dios. Por otro lado, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tenía que ser reparada por un hombre. Eso explica que Jesús (Dios y hombre) se encarne, muera y merezca con su muerte (sacrificio con valor infinito por tratarse de un ser infinito) la reconciliación con Dios. Al quedar pagado el justiprecio por todas nuestras ofensas, quedamos redimidos y los cielos abiertos.

Se me ponen los pelos de punta al recordar esta nefasta doctrina que ha durado casi diez siglos, ha denigrado el rostro de Dios revelado por Cristo y ha causado tanto temor. Bajo ella laten los conceptos de "culpa" y "expiación" judaicos de los que estaba impregnado San Pablo y con los que, a veces, contamina sus cartas. La superada "interpretación literal" de la Escritura nos permite ahora distinguir el diamante (Palabra de Dios) de los defectos causados por su tallador (el escritor sagrado).

En el siglo XI San Anselmo, influido por la literalidad de la Escritura y el ambiente feudal de su época, escribió la teoría de la redención que he resumido. La recogió después Santo Tomás y se ha ido trasmitiendo por generaciones. Ahora los teólogos la rechazan pero no se hace lo necesario para borrar del subconsciente colectivo esa trágica teoría. Cuando se descubre un error, lo recto es corregirlo inmediatamente. Sin embargo, determinados textos oficiales, la liturgia y algunas predicaciones siguen reflejando esa historia.

Pareciera que nuestros dirigentes no comparten que “rectificar es de sabios”. Siguen teniendo un “temor insuperable” a la autocrítica y los pasos adelante. El conservadurismo, disfrazado de tradición, les atenaza. Temen que su autoridad quede mermada por los cambios de rumbo. Piensan y dicen que su sabiduría se identifica con la inmutable e infalible sabiduría de Dios y que son los únicos con tal privilegio. No leyeron la alabanza: "¡Yo te alabo Padre porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos!" (Mt 11,25). Tampoco leyeron a San Paulino de Nola: “Estemos pendientes de los labios de los fieles, porque en cada fiel sopla el Espíritu de Dios”. Tal vez tampoco oyeron a Juan Pablo II: “La fe no se impone, se propone” y se vive -añado yo- porque “hacer es la mejor forma de decir”. Me duele la falta de celo, el inmovilismo, la ausencia de conversión (rectificación). Me duele que al Pueblo de Dios no le lleguen las luces nuevas, la liberación del error y del temor. Aunque comprendo la pesada inercia de los siglos.

Los doctores de hoy, como los de ayer, son expertos en construir torres de Babel con el pensamiento, en hacer encaje de bolillos con la razón. El error surge al apartarse de la realidad, al barajar fantasmas. Esos cerebralismos, esos despegues de la realidad, inscrita en el corazón y recogida en el Evangelio, dibujaron un "dios sádico" (a ras de los dioses mitológicos), capaz de desangrar a su hijo para darse a sí mismo una reparación. ¡Qué barbaridad! ¡Rechazo pública y firmemente ese “dios falso” y esa “redención mercantil”! ¿Qué ceguera nos impidió ver esa terrible idolatría?

¡Me adhiero al Padre revelado por Jesús en la parábola del hijo pródigo! ¡Creo en el Dios Amor que no necesita para perdonar ni pagadores, ni justificadores, ni expiaciones, ni holocaustos, ni sacrificios! Mi Dios es fina lluvia templada que se derrama constantemente sobre sus sedientas criaturas. Es el calor que necesita mi piel, la luz que ansían mis ojos, la música que sosiega e inunda mi ser. Es el perfumado horizonte de flores que busca mi corazón. Es la Felicidad plena que creó al hombre para hacerle partícipe de su felicidad. Es pura Gratuidad que no espera respuesta, sólo anhela que su regalo haga feliz al otro. No hay precios que pagar, no hay expiaciones que colmar.

¿Entonces, la venida de Cristo para qué? Para que no perdamos el regalo. Para que no mendiguemos comida de cerdos teniendo un Padre millonario. Dios nos creó libres "a su imagen y semejanza" pero elegimos emplear ese don contra nosotros mismos. Huimos de nuestra humanidad y nos convertimos en alimañas ("homo homini lupus" decía ya el comediógrafo Tito Marcio Plauto allá por el 200 a.C.). Contagiamos nuestras erradas decisiones a las generaciones siguientes. Y nos fuimos hundiendo en la violencia, el temor, la oscuridad y la desesperación. El Amor gratuito de Dios no podía quedar indiferente y decidió "recrearnos", enseñarnos a ser humanos.

Para eso viene el Hijo del Hombre, el modelo, para devolvernos nuestra identidad y, con ella, el mapa de la felicidad. Lo dice Juan maravillosamente: "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para que quien crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). Creer significa confiar, seguir, adherirse a la persona y al mensaje. Tener vida significa crecer, realizarse, avanzar hacia la felicidad para la que fuimos creados. Por eso la salvación no está en la cruz, sino en el seguimiento del Salvador:"Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6). Él nos reveló un Rostro en quien confiar y un Camino para el encuentro.

¿Y la pasión y muerte? De ninguna manera son divinas, ni sagradas. Son hechura de nuestras manos homicidas, como lo son “las crucifixiones” a que hoy sometemos a tantos hermanos nuestros. Son nuestra terrible respuesta al que viene a ayudarnos. Lo cuenta el mismo Jesús en la "parábola de los viñadores homicidas" (Mt 21,33). No existe una cruz redentora querida por Dios. Él aborrece el sufrimiento de su Hijo y de sus hijos. Existe el horror de la cruz con la que aplastamos al Justo, al Bueno, al Pacífico, en contra de la voluntad de Dios, para proteger -terrible y vergonzante paradoja- la religión. (Los religiosos de hoy deberían meditar seriamente esa historia).

Ante nuestra libertad criminal, Dios pudo quitárnosla de un plumazo ("¿crees que no puedo pedir ayuda a mi Padre que me enviaría doce legiones de ángeles?" - Mt 26,53). Hubiese sido la destrucción del hombre porque sin libertad dejamos de ser humanos. Su obra creadora hubiese fracasado. La respuesta no fue fulminarnos sino enseñarnos, cogernos de la mano. Y ahí entra la pedagogía del Crucificado: "vencer el mal con abundancia de bien" (Rom 12,21). Ante la atrocidad de nuestra libertad deicida, Él certifica con su sangre el contenido de su predicación: paz, amor, verdad, confianza, perdón, fortaleza, oración, aceptación, etc.

Muchas veces nos quedamos en la sensiblería de la cruz sin darnos cuenta de las lecciones que en ella nos dejó el Crucificado. Tampoco acertamos a ver que la cruz es nuestra espeluznante obra, mientras que el ejemplo del Crucificado y su resurrección es la obra luminosa de Dios. La resurrección probará que esos valores, por los que Cristo se deja matar, son el Camino del triunfo definitivo. Le llamamos Redentor porque nos redime de nuestra ceguera, de nuestros temores y de nuestra desesperanza. Su dolor resucitado, además de certificar el Mensaje, es consuelo y esperanza para los que sufren, en cualquier tiempo, bajo las garras del mal: "No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma" (Mt 10,28).

El corazón maternal de Dios no puede renunciar a su deseo de hacernos felices. Ésa es la finalidad de la creación, de la encarnación y de la pasión. Ése es el regalo de su Gratuidad. Quien estúpidamente lo rechaza en esta vida tendrá que rehabilitarse en la otra, tendrá que hacer la dolorosa gimnasia de convertirse en humano y sufrir indeciblemente al darse cuenta de que rompió su décimo premiado. La posibilidad de ser feliz está indisolublemente ligada a la naturaleza humana. Un perro podrá estar satisfecho pero nunca feliz. Nadie que renuncie a la "imagen y semejanza", inmersa en su humanidad, podrá encontrar la felicidad. Por eso "la parábola del hijo pródigo" -síntesis de todo el Evangelio- es una historia de gratuidad, libertad errada y felicidad recuperada ("volveré junto a mi Padre").

Ni salvados, ni redimidos, pero sí iluminados, amados, llamados, atraídos, esperados y abrazados. De ti depende caminar el Camino de tu redención, tu salvación, tu humanización y tu felicidad. Él siempre te acompañará con abrazos florecidos y besos horneados. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

vibrante

vibrante

5 Cuaresma (B) Juan 12, 20 - 33
ATRAIDOS POR EL CRUCIFICADO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 25/03/09.- Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.

Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la semana santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.

Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor».

Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.

Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.

¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

hogar

hogar

CONSTRUYENDO HOGARES DE ESPERANZA
H. JUAN CARLOS SANZ MIGUEL, coordinador de la casa Pacii en “Centrul Sfâtul Marcellin Champagnat”
BUCAREST(RUMANÍA).

ECLESALIA, 24/03/09.- Los más pequeños de la casa estaban haciendo los deberes que les habían puesto en la escuela. No había pasado mucho tiempo cuando Alina, una niña de 10 años, empezó a lloriquear y a protestar en voz alta diciendo:

- ¡Jo son muy difíciles estas actividades!
- ¿Por qué ponen actividades tan horribles?
- ¡No las sé hacer y no las voy a hacer!

Me acerqué hasta ella para comprobar la causa que le provocaba este malestar. Tenía abierto un cuaderno y copiaba algo del libro Educación Cívica. Me fijé y pude ver que lo que escribía estaba relacionado con el tema: „Mi familia”. La miré a los ojos y pude ver en ellos: duda, ansiedad y perplejidad.

Pronto caí en la cuenta de su malestar: Alina no ha tenido una familia, en el mismo hospital en el que nació fue abandonada por su madre. Siendo bebé oyó muchos tipos y tonos de voces, sintió muchas manos distintas: unas le daban el biberón, otras le cambiaban los pañales, pocas le dejaban juguetes en la cuna y de algunas hasta sentía su calor cuando la cogían. Muchas personas pasaban a su lado, pero nadie le dio lo que más necesitaba: cariño, esperanza, ternura, comprensión, confianza, dignidad, incondicionalidad, perdón, futuro... En su primera infancia no disfruto de la calidez de un hogar.

En Rumanía hay muchos menores que como Alina viven su niñez sin ninguna vinculación con la familia. Son muchos los niños y las niñas que tienen que sobrevivir solos, sin otro apoyo que ellos mismos. Según datos de la UNICEF en el año 2004 se produjeron unos 9.000 casos de abandono, de ellos aproximadamente 4.000 se produjeron en las maternidades y 5.000 lo fueron en secciones pediátricas de hospitales.

A los hermanos maristas esta realidad concreta nos interpeló y nos puso en movimiento para actuar concretamente. “Centrul Sfâtul Marcellin Champagnat” en Bucarest es la respuesta que como comunidad estamos dando a estos chicos y chicas que les ha tocado “en suerte” vivir sin familia. Son cuatro casas para un grupo significativo de menores (abandonados, huérfanos o carentes de protección familiar) que no tienen las condiciones normales para llegar a ser personas autónomas.

Ocho chicos y chicas, de edades comprendidas entre siete y dieciséis años, viven en cada una de las casas. Tres educadores se convierten para los habitantes de cada casa en sus adultos de referencia. Se cubren sus necesidades básicas (alimentación, ropa, material escolar, salud, actividades recreativas...) e inclusive la del afecto del que no han gozado en su corta historia. El conseguir un ambiente familiar en las casas es la tarea prioritaria de cada equipo de educadores. En la actualidad son 31 chicos y chicas los que están en el centro de los cuales 11 son abandonados, 6 mantienen una relación esporádica con la familia y 14 tienen relaciones que se pueden considerar normalizadas con su familia.

Han pasado dos años del inicio de las actividades en “Centrul Sfâtul Marcellin Champagnat” de Bucarest y desde el vivir de cada día constatamos cómo cambia la vida de los niños con los que estamos. Las caras tristes de las primeras fotos han dado paso a rostros sonrientes. Las miradas huidizas iniciales se han convertido en miradas francas y directas. Comprobamos cómo expresan más y mejor sus sentimientos, aumentan las muestras de cariño que se dan, han ganado en autoestima, se les nota más seguros y más serenos, sus relaciones de amistad son mas duraderas y los adultos seguimos sorprendiéndonos y riéndonos con frecuencia por algunas de sus muchas ocurrencias. También, han comprobado que nos alegramos con sus logros y que seguimos expectantes todos y cada uno de sus cambios.

Es cierto que no todos son éxitos y que aún nos queda un camino largo por hacer. Saben lo nerviosos que nos ponemos los mayores cuando les oímos llorar, hablar y utilizar tonos de bebés; esas regresiones suyas nos inquietan. Su atención y rendimiento escolar son aspectos que tienen que aumentar. El buen trato entre ellos tiene que seguir progresando. Les tiene que costar menos ir asumiendo responsabilidades en casa. Estamos seguros que sus ganas permanentes de jugar, -que a veces nos incomodan a los adultos- irán modificándose y se transformarán en un verdadero potencial.

Hemos puesto muchos elementos en juego para asegurar que estos chicos y chicas consigan hacer realidad el ser personas autónomas: les ofrecemos un hogar, tienen muchas capacidades, cuentan con personas a su lado que se ocupan de ellos, a cada uno se le valora y se le considera como único y por último juntos, educadores y menores, hemos abierto las puertas de un futuro que merezca la pena ser vivido. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).