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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

en marcha III

En 'Ediciones Khaf'

NUEVE ESTACIONES III

Presentación de “El Camino de la Paz” de Xabier Pikaza

XABIER PIKAZA, pikazena@telefonica.net

SALAMANCA.

7. Justicia de la iglesia, una marcha de objetores de conciencia

ECLESALIA, 24/05/10.- .Al tren de la paz de Jesús, que es la Iglesia, han de subir ante todos los pobres y los objetores de conciencia. En esa línea, la Iglesia debe renunciar no solo a las armas, sino a toda forma de defensa armada y de pacto con los poderes militares (no con los soldados en cuando personas).

Jesús propuso un mesianismo des-armado, que le llevó a Jerusalén, donde le mataron. Pues bien, en contra de su proyecto, las sociedades cristianas de la Edad Media y Moderna han vuelto a sacralizar de algún modo el ejército, diciendo que se encuentra al servicio de la fe (cruzadas) o de la seguridad nacional (estados absolutos de los siglos XVI al XX), como una “iglesia en pequeño” (con obispos castrenses).

Pues bien, ha llegado el momento de que acabe ese pacto entre ejército e iglesia; ha llegado la hora de huelga militar completa, es decir, de la insumisión, para la Iglesia. Sin duda, la Iglesia no puede imponer su solución no-militar, pero puede y debe proclamarla y testimoniarla, no sólo con sus escritos, sino con el ejemplo de ministros y creyentes. En esa línea, ella debe empezar recomendando a los estados que renuncien no sólo a la agresión, sino a toda defensa militar, para vincularse de forma pacífica y dialogal (desmilitarizada), en estrategia de diálogo (y al servicio de la paz), conforme al evangelio. Para eso, la Iglesia que empezar creando una cultura de paz, donde el ejército no sea necesario, como seguiremos viendo.

Como partidarios de una no-violencia activa, en general, los cristianos deben declararse insumisos, desertores de las instituciones militares, no por miedo, ni para abandonar las tareas de la guerra en manos de soldados profesionales (¡que lucharían en su lugar!), sino porque quieren renunciar a la defensa armada (con sus tácticas y medios de violencia), recuperando el ideal de los grandes profetas de Israel que, desde el siglo VIII a. de C., exigieron la ruptura de los pactos militares con las grandes potencias y el abandono de la defensa armada de Jerusalén, poniéndose en manos de Dios, para elaborar así una creatividad más alta, en línea de paz.

No se trata de condenar a los soldados como personas, pues ellos son un signo y expresión del conjunto social y, en principio, no son más violentos que otros ciudadanos, sino de rechazar la política de conquista y defensa militar que hoy se practica en el mundo. No basta con hacer que el ejército se ponga servicio de la paz, como los Cascos Azules de la ONU (que realizan una buena tarea, en un momento, pero que, al final acaban siendo ineficaces), sino de abandonar la estrategia de las armas y de las instituciones militares, vinculadas al sacrificio, esclavitud y cautiverio de gran parte de la población actual.

Durante siglos y siglos, los cristianos hemos estado vinculados al ejército, dentro de una iglesia cuya política se ha inscrito en el contexto de unos pactos políticos y militares, de manera que ella misma (el Vaticano) ha tenido y sigue teniendo su ejército simbólico (la Guardia Suiza). Hemos aplicado el evangelio a “las almas”, es decir, a la vida interior, pero, en lo exterior, nos hemos adaptado a la sociedad establecida. Pues bien, en contra de eso, ahora debemos salir fuera el espacio militar de los estados y poderes políticos, no para luchar contra ellos (ni para condenarlos sin más), sino para ofrecer un testimonio y ejemplo más alto de humanidad, como ha dicho el Vaticano II que defiende, aunque con miedo, la objeción de conciencia (Gaudium et Spes 78-79).

8. Educar en la justicia. Un tren-escuela de la paz

En el momento actual (2010), la pedagogía para la paz se encuentra en fuerte crisis,, en una situación que para muchos resulta esquizofrénica: afirmamos que se debe educar en la paz a los que nacen, pero, al mismo tiempo, el conjunto de la sociedad les prepara más bien para la guerra, es decir, para un tipo de violencia. Pues bien, es hora de que recuperemos desde Jesús la mejor tradición israelita de la paz: “No se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 2-4).

Son muchos los que hablan de paz, pero lo hacen desde el Tren de Primera de la ONU o de las multinacionales, mientras los trencitos de los pobres no logran llegar a su meta. Ciertamente, debemos desear la buena marcha de ese tren (o transatlántico de lujo) donde van los dignatarios de la tierra discutiendo sobre aquello que sería mejor para el sistema y redactando hermosos discursos sobre La Paz Posible. Pero la verdadera paz no se consigue desde arriba, sino en eso que podemos llamar “el tren de segunda de los voluntarios de la paz”.

Éste es el tren de la “gente” que quiere iniciar una alternativa de paz, desde fuera de las redes del sistema, volviendo así a las bases de la humanidad. Sin duda, entre esa “gente de paz” hay personas de muy diverso tipo, incluso algunos que se suman por pura conveniencia, siendo de hecho enemigos de la paz. Pero hay también muchísimos buscadores sinceros, en la línea de aquellos que escuchaban y seguían a Jesús, con los insumisos a los que se dirige el autor del Apocalipsis.

En esta línea, siguiendo el ejemplo de Jesús, la Iglesia no debe educar para la paz desde arriba, formando buenos dirigentes de sistema (que son necesarios en un plano), sino que ha de ofrecer el testimonio de paz de su gente, de un modo gratuito, desde abajo (desde los niños) invitando a todos a que vengan al tren/escuela de la paz, con su proyecto y camino de alianza universal

En un momento dado, muchos israelitas habían pedido a Dios que les ayudara a ganar la Guerra Santa y así luchaban, confiando en la victoria. Pero los grandes profetas descubrieron que sólo Dios (gratuidad amorosa) puede salvar a los hombres, de manera que las guerras acaban siendo inútiles, contraproducentes y dañinas (pues siguen dejando a los hombres en manos de su violencia). Por eso, en vez de crear buenas escuelas de guerra (academias militares, campos de entrenamiento de marines, legionarios o soldados de élite), Isaías 2, 4-5 afirma que Dios creará en Jerusalén una escuela universal de paz, para instruirnos según sus caminos, de manera que los hombres y mujeres no se adiestrarán para la guerra, sino que cambiarán las academias militares en escuela de abundancia y paz: de las espadas forjarán arados...). Eso fue precisamente lo que quiso hacer Jesús cuando subió a Jerusalén.

Aquí no podemos ser “realistas” en el sentido normal de la palabra, buscando un pacto con los poderes fácticos (capital, ejército, medios de comunicación…), como se ha venido haciendo, con resultados siempre negativos (en eso que hemos llamado el Tren Primero, de la ONU/Mercado), sino que debemos pasar de la política de pactos de interés a una alianza total, al servicio de la comunión universal.

La propuesta es muy sencilla, pues deriva del Sermón de la Montaña (Mt 5-7; Lc 6, 21-48), con las bienaventuranzas, donde se incluye la exigencia del perdón y el amor a los enemigos, pero exige una ruptura intensa respecto del orden existente. Esta insumisión que proponemos no se puede tomar como un “insulto” a los estados (que, por ahora, seguirán utilizando las armas), sino como el mayor de los favores que los cristianos pueden hacer incluso a los estados: pedirles que no sean absolutos, abriendo ante ellos, ante todos los hombres, una experiencia distinta de paz, como signo y principio de la mutación cristiana que propone Ef 2, 15, cuando anuncia y prepara la llegada de un hombre nuevo que hace la paz.

Sólo así, desde el tren de la paz, comprenderemos la pequeñez de otros problemas de la Iglesia, como pueden ser ciertas disputas clericales, que sólo se superan subiendo de nivel, dando un salto hacia la paz. Lo que importa no es teorizar discutiendo si la paz es posible, en largas jornadas de estudio, sino seguir la marcha y subirse al tren de la paz, como hizo Jesús, cuando para entrar desarmado a la Ciudad donde le esperaban entonces (como ahora) todas las disputas políticas y religiosas. Jesús subió a Jerusalén sin armas, y sin armas deben subir los cristianos, empezando por los más pequeños, anunciando y preparando la llegada del Reino de Dios, en gesto fuerte de “insumisión militar”, sin privilegios ni honores especiales.

Ésta es la raíz de la fe cristiana, ésta la ortodoxia: Creer que llega el Reino de Dios y comprometerse a recibirlo, aquí, en el centro del mundo, iniciando de manera fuerte y amorosa unos caminos de paz. No se trata de una actitud puramente testimonial y ciega, un gesto voluntarista sin ningún apoyo en la realidad. Al contrario, éste ha de ser ya, en la actualidad, un gesto muy realista al servicio de la vida, avanzando en el camino de la Paz, ante los ojos de todos.

 Según eso, la Iglesia entera debe convertirse de verdad (de un modo social) al Dios de la paz de Jesús y al Jesús del Reino, subiendo sin armas a Jerusalén, en una marcha de paz que sigue definiendo la historia de los hombres y mujeres que le aman, llamándose cristianos. A Jesús le mataron en aquel intento, pero la Iglesia está comprometida a seguirle, retomando su marcha de evangelio, presentando su Tren de Paz (un camino de alianza) ante los lugares donde se decide la guerra del mundo. Lógicamente, la Iglesia debe renunciar a la protección especial que le han concedido ciertos estados, en plano económico, social y militar, renunciando incluso (y sobre todo) al paraguas protector que pueden ofrecerle los ejércitos.

9. Última estación, una marcha de justicia

Hemos llegado a la última estación y es buen momento para detenernos y mirar el recorrido de conjunto de la Iglesia. Ciertamente, ella puede y debe dirigir su palabra a los grandes del mundo como ha hecho últimamente los papas, hablando en la ONU o en los grandes foros del poder mundial. Pero su palabra propia se sitúa en la línea del testimonio de la vida, pues, como hemos dicho.

Jesús inició un movimiento mesiánico de pacificación (como alianza de paz), con un grupo de campesinos pobres, para preparar la venida del Reino de Dios. No se preocupó demasiado en precisar cómo vendría, pero anunció y anticipó apasionadamente su venida y por eso le mataron. Pues bien, para ratificar y seguir su movimiento algunos de sus seguidores fundaron la Iglesia, en la que (de un modo muy convencional, con una visión crítica) podemos distinguir cinco momentos.

Jesús no fundó la Iglesia, pero sus compañeros y amigos debieron hacerlo, para seguir anunciando y preparando la llegada del Reino, que ellos identificaron pronto con el mismo Jesús, a quien vieron como Hijo de Dios y Señor de la nueva humanidad. Nadie pensó en crear jerarquías estables, ni comunidades establecidas, como las que vinieron después, pues estaban convencidos de que el Reino iba a llegar muy pronto, pero crearon formas de comunión y comunicación, para que siguiera el mensaje y se mantuviera la esperanza, a fin de que Jesús volviera y culminara lo que había comenzado. La Iglesia quiso ser así alianza de paz mesiánica, expresada en la unión de judíos y gentiles y de todos los grupos enfrentados, en forma de comunión de amor, no de Estado, como puso de relieve el autor de Efesios (cf. Ef 2, 12-20).

Estamos en un buen momento para retomar el motivo de la autoridad de Jesús y para fijar su propuesta de paz en la Iglesia, en línea de alianza de Palabra y Vida (Eucaristía). En algunos contextos, la figura de Jesús se hallaba hipotecada por signos de poder, de manera que él mismo aparecía como gran Basileus, protector especial de los monarcas, avalando con su autoridad el poder (y violencia) de los reyes. Hoy, mientras superamos el constantinismo y platonismo antiguo, podemos y debemos volver a lo que fue su marcha de paz desde Galilea, tal como culminó “subiendo” a Jerusalén. En esa línea, para situar mejor esa etapa final del Tren de la Paz (de la Iglesia).

Lo que Jesús propuso y lo que así hemos definido como su “marcha de paz” no fue una sencilla adaptación, en el interior del sistema que había venido operando hasta ese momento, sino un mutación o cambio de nivel, de manera que, desde plano de la Vida, podrían y pueden (deben) cambiarse todas las instituciones del Sistema, de manera que al final viniera a manifestarse la verdad plena del hombre.

En contra de las estructuras de poder violento que han dominado sobre el mundo, Jesús y sus amigos establecerían (es decir: han de establecer hoy) unos grupos de amistad, esto es, de vida universal, que se extenderían (es decir, deben extenderse) desde Galilea, pasando por Jerusalén y Roma, al mundo entero (como resume en libro de los Hechos). Ellos, los discípulos mesiánicos de Jesús, desarrollarían (es decir, tenemos que desarrollar) unas formas de vida compartida que ya no se rigen por el talíón, ni por la ley de la venganza, sino por la amistad directa, en línea de comunión gratuita.

Frente al modelo actual, donde el sistema domina sobre el mundo de la vida y lo “coloniza” (esclavizando o cautivando a la mayoría de los hombres y mujeres, al servicio del mismo sistema), ha de elevarse un modelo distinto donde el mismo “amor” del mundo de la vida se expresa y expande a través de unas redes de comunicación social que están siempre al servicio de la vida. Eso significa que el verdadero cambio del sistema (de la ONU, del Mercado) no puede realizarse desde los principios del sistema (pues en ese caso siempre seguiría dominando el sistema y esclavizando a los hombres), sino que debemos hacerlo en clave de humanidad, desde el mundo de la vida, de manera que seamos nosotros, hombres y mujeres concretos, los que cambiemos en amor y pongamos al sistema a nuestro servicio, en una línea que hemos definido como insumisión creadora.

Así podemos invitar a todos diciendo: ¡Viajeros al tren! Esto se decía en otro tiempo, cuando los trenes eran aún lentos y los pasajeros se despedían sobre el andén, saludando por última vez a familiares y amigos, mientras sonaba la campana y el jefe de estación les invitaba: ¡Viajeros al tren!. Pues bien, ha llegado la hora en que todos subamos, sin que nadie quede en el andén, unidos a la marcha de paz de Jesús, tomando su tren, que es siempre el último, porque están llegando los tiempos finales, como estaban llegando cuando él subió a Jerusalén, hacia el año 30 de nuestra era. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

Para más información: http://www.edicioneskhaf.es

 

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