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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

en marcha II

En 'Ediciones Khaf'

NUEVE ESTACIONES II

Presentación de “El Camino de la Paz” de Xabier Pikaza

XABIER PIKAZA, pikazena@telefonica.net

SALAMANCA.

 

4. Paz y justicia ecológica. Hermano sol, hermana luna

ECLESALIA, 20/05/10.- Conforme al apartado anterior, la paz ha de entenderse como diálogo de vida entre hombres y pueblos. Pues bien, ampliando ese motivo, la Biblia habla de paz como gozo de ser en el mundo, como ha puesto de relieve, de forma simbólica, el relato del diluvio universal (Gen 6-8) y el canto de San Francisco (¡hermano sol, hermana luna).

Políticos y sabios (constructores de la Bomba) tienen en sus manos el destino de la humanidad; pero ellos no están solos (a no ser en casos de absoluta dictadura), sino que dependen del conjunto de la población. Por eso, los que creemos en la paz estamos llamados a crear una cultura de convivencia más honda, al servicio de la vida:

1. Resulta esencial el respeto por la naturaleza. Los conocimientos científicos, que podían servir para mejorar nuestra vida, han venido a convertirse a menudo en un arma terrible, que puede destruir a los mismos hombres. Hemos conocido mejor la naturaleza, de manera que podemos ayudarla y embellecerla, pero hemos empleado esos conocimientos para dominar la tierra de un modo egoísta, poniendo en riesgo su equilibrio y agotando sus recursos, al servicio de unos privilegiados. Sin respeto común y comunión ante la naturaleza podrá haber paz en el mundo.

2. Antes no existía el riesgo de un suicidio cósmico. Ahora existe. Hemos penetrado en algunos secretos del “pensamiento del cosmos”, pero no para decir “hágase” y aumentar su belleza, sino para imponer un criterio utilitario, instrumental, sobre el conjunto de la realidad. En otro tiempo había un mayor respeto por el mundo. Ahora lo hemos perdido y vivimos marcados por una gran lucha de poder, dirigida por los gestores de la política y del capital, empeñados en manipular el mundo al servicio de sus intereses.

3. En ese contexto se entiende la Guerra de la Bomba. Algunos grupos poderosos, que controlan políticamente los resultados de la ciencia, tienen la capacidad de apretar los botones nucleares, para poner una gran cantidad de energía a su servicio o para destruir en un instante la forma de vida actual de este planeta. Ésta sería la guerra final, pues desataría un tipo de violencia más destructora que todas las anteriores, aniquilando la forma de vida actual del mundo. No sabemos si habría un “día después”, si la vida en este planea podría empezar un nuevo ciclo, hasta llegar otra vez al pensamiento (es decir, a la conciencia). Pero nuestra historia concreta habría terminado.

5. Estación Salud. Los pobres curan a los ricos

Jesús se enfrentó con amor eficaz contra unas enfermedades que oprimían y enfrentaban a los hombres y mujeres, siendo así causantes de la guerra más profunda de la tierra. En ese contexto, Buda propuso un camino de liberación interior, expresado a través de la superación personal, individual, de los deseos. Sin oponerse a Buda, Jesús propuso y puso en marcha un camino de liberación integral, dedicando gran parte de su tarea mesiánica a enseñar a los enfermos a curar su enfermedad y a curarse unos a otros.

Jesús fue sólo un maestro interior, ni un pensador (como Platón), ni creador de una comunidad sagrada de sometidos a Dios (como Mahoma), sino un sanador que protestaba contra un orden social donde miles y miles de personas estaban esclavizadas, por su enfermedad personal o social. Esa protesta, a favor de la libertad y comunión de hombres y mujeres define su “anti-guerra”. Jesús no se habría opuesto, en principio, a la medicina científica moderna, pero buscaba algo más hondo: que los hombres y mujeres se aceptaran a sí mismos, en amor, superando la ruptura actual, la situación de lucha en que unos destruyen a los otros.

Jesús quiso que sus “seguidores pobres” curaran a los ricos de esta sociedad dividida y opresora: «Les dio autoridad sobre todos los demonios y les dijo: Curad los enfermos, expulsad demonios... y decid: se acerca el Reino…No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias... En la casa donde entréis, decid: Paz a esta casa... Quedad allí, comed y bebed lo que tengan...» (Lc 10, 1-8; cf. Mc 6, 7-11; Mt 10, 5-13).

Estos “pobres de Jesús” pueden curar a los ricos de la “enfermedad” de su riqueza y de otras enfermedades vinculadas con ella. No cobran por hacerlo, pero tampoco se esconden ni evaden, sino que se dejan invitar por los propietarios, compartiendo con ellos lo que tienen. No curan por mostrar su poder o dominio, sino porque el Reino es fuente de salud y principio de paz universal. Así continúan haciendo lo que hacía Jesús, que no se reservó el monopolio de las curaciones, sino que ofreció su experiencia terapéutica a quienes quisieran seguirle, haciéndoles mensajeros de paz.

Desde la perspectiva normal del sistema, suele suponerse que los grandes curan a los débiles y pobres. En contra de eso, el evangelio indica que son precisamente los más pobres los que curan a los ricos. Las riquezas no sanan (aunque pueden servir en un nivel de medicina externa). Sólo el amor sana de verdad al hombre entero, desde los más pobres.

Esta curación ha de ser integral y se realiza por la palabra y el contacto de la vida, partiendo de los pobres mesiánicos (ricos en humanidad), que actúan así como “médicos” de Reino, portadores de un proyecto de comunicación que ellos ofrece a los ricos que quieran acogerles (ser curados). Entendida así, la terapia de Jesús y de sus seguidores no es una señal externa, de la que podría prescindirse cuando llegue el Reino espiritual, sino que ella misma es la verdad del Reino. En esa línea, los “enemigos” contra los que lucha Jesús no son hombres o mujeres, sino las enfermedades que les oprimen.

No hay paz sin terapia personal y social. Los poderes del mundo utilizan otros medios (más policía y más dinero). Pero así no consiguen la paz, sino un tipo distinto de injusticia y guerra (a no ser que, al mismo tiempo, sobre todo, intenten curar en amor a las personas, en terapia de trasformación radical). Jesús, en cambio, ha propuesto y desarrollado una terapia de paz, a través de un intenso programa de sanación, curando a los hombres y mujeres, para que vivan y compartan la vida (se acojan unos a otros).

6. Hacer justicia, superando un tipo de justicia: Cárcel, una estación a suprimir

La violencia carcelaria forma parte de la última guerra de este mundo y de la abolición de las cárceles (zonas de infierno del mundo) es un momento clave de la pacificación cristiana, según dijo Jesús: “El Espíritu del Señor me ha ungido para liberar a los encarcelados…” (Lc 4, 18).

Vivimos en una sociedad que quiere extender sobre el mundo el ideal de la igualdad-libertad-fraternidad, pero seguimos sometidos a una guerra intensa entre el sistema social dominante y ciertos grupos que parecen peligrosos, a los que se expulsa y/o encarcela. Así logramos un tipo de paz social, pero a costa de “encerrar” (en general ya no matamos) a los que nos estorban.

El sistema ha puesto la propiedad, producción y consumo de bienes al servicio del capital, diciendo que quiere libertad para todos (liberalismo), pero imponiendo un fuerte cautiverio sobre muchos hombres y mujeres a quienes afirma servir. En esa línea, de un modo “consecuente”, para mantener su estructura y la forma de vida de los privilegiados, el Estado (representante del “buen” sistema) expulsa y encierra cada día a más personas en la cárcel, respondiendo con su “guerra” penitencial a la presunta guerra criminal de los encarcelados.

Estamos ante una guerra sin precedentes. Podríamos haber ordenado la cultura al servicio de la vida compartida, en línea de evangelio; pero la hemos puesto, en general, al servicio de un sistema que se defiende (defiende a sus privilegiados), valiéndose para ello de la cárcel. Ciertamente, muchos encarcelados pueden ser y son culpables en línea de sistema, pues son un peligro para el orden social. Pero, en general, ellos son hombres no-insertados, seres que están fuera del tejido social, a veces por su “culpa” (se han separado ellos), pero, casi siempre, a causa de la sociedad (que les expulsa o no logra integrarles).

Por eso, la guerra carcelaria no puede resolverse con una simple re-inserción (y re-educación) de los delincuentes (como pide la Constitución Española, num. 25, 2), sino que exige un cambio de la sociedad en su conjunto. El ideal de paz israelita (asumido por Jesús, según Lc 4, 18-19), la paz mesiánica exige la apertura y superación de este tipo de cárceles, con lo que ello implica de cambio social: no puede ser una vuelta a la situación anterior (a la injusticia del orden actual), sino una gran transformación, una nueva forma de diálogo y encuentro entre el conjunto social y los encarcelados (es decir, entre todos), de manera que puedan surgir vínculos y redes de amor/solidaridad que antes no existían. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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