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DIOS DE NUESTROS ADENTROS
ÁLVARO GINEL
MADRID.

ECLESALIA, 24/05/07.- En la reunión de ayer sacamos el tema del Espíritu: ¿Qué sabemos del Espíritu Santo? Recuerdas que hubo silencio, y por lo bajines se oyó: “De esto no sé nada”. Saqué el tema porque el 27 es Pentecostés, la fiesta final de la Pascua, día tan importante Pascua de resurrección. Vamos que es lo mismo que Pascua de Resurrección.

Es curioso lo poco que el pueblo cristiano sabe de Pascua, de Pentecostés… Bueno, de todo. Recordarás lo que N. nos comentó del grupo de sexto (de un colegio confesional). Había visitado el grupo un monumento de la ciudad y les enseñaron una joya de arte: una custodia. El guía les preguntó si sabían cómo se llamaba el objeto que tenían delante. La respuesta inmediata fue: “Un trofeo del Real Madrid”. Y no es que no lo hubieran estudiado… pero… En lo de las fiestas pasa igual. Las fiestas las asociamos a “días de vacaciones”, pero no a “acontecimientos religiosos”. Bueno, pues en estas estamos y desde aquí hay que partir, ¡la pura realidad…!

Ahora cuando tengo en la cabeza lo que hablamos, quiero sintetizar en una carta lo que es el Espíritu Santo y la fiesta de Pentecostés. No me resulta fácil, pero quede el intento.

El evangelio de san Juan une Resurrección y Envío del Espíritu en una misma acción y día (el domingo de resurrección), aunque nosotros, como es tan importante la “cosa”, celebramos el mismo hecho en dos días para entenderlo mejor… Dice san Juan: “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana (domingo; que en la visión cristiana el domingo no es el último día de la semana, sino el primero, lo que nos hace pensar en el principio, en la creación, en lo nuevo que va a pareciendo. Los paréntesis son explicación mía), estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice …/… Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo…”. (Ver texto completo: Juan 20,19-24). Como se puede ver, domingo de Resurrección y domingo de Pentecostés están íntimamente unidos en este relato de Juan.

Vamos a recordar cosas que a veces olvidamos. Los seguidores de Jesús, los creyentes en Jesús, confesamos que Dios es trinidad, es decir, una realidad tan compleja e inabarcable que tiene tres manifestaciones Padre, Hijo y Espíritu Santo de una única realidad que llamamos Dios.

La manifestación de Dios más cercana es el Hijo, Jesús, que se encarnó y fue uno de los nuestros y nos habló de cómo es Dios. Jesús nos dijo cosas muy sencillas: “Nadie va al Padre si no es por mí” (Jn 14,6). ¡Nada de tener hilo directo con Dios! ¡Nada de esas frases que dicen “yo me las entiendo a solas con Dios”. A Dios se llega, en cristiano, por un camino único: Cristo. Por ti mismo llegarás no sé a qué dios, pero no al de Jesús. También nos dijo: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Y al ver a los discípulos que ya no les cabía más en la cabeza añadió: “Me quedan muchas coas por deciros, pero no podéis con ellas por ahora. Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por su cuenta (no dirá cosas distintas de las que yo os digo) sino que dirá lo que oye (del Padre y de mí; tendrá la misma fuente de información que he tenido yo) y os anunciará el futuro” (Jn 16,13).

¿Para qué tanto rollo de citas? Para entender que Dios es pluralidad de manifestaciones y que como creyentes entramos en el dinamismo, en la riqueza inmensa que es Dios. El punto de partida de un creyente es Jesús, es el principio de todo; Jesús es el que nos pone en pista hacia el Padre, nos dice cosas de cómo es Dios e inaugura un estilo de vida de Hijo de Dios. ¿Cómo le gusta a Dios que seamos? Como lo fue Jesús. Un creyente, “hijo de Dios”, hace y sigue las cosas de Jesús. Pero te pones a seguirle, a escucharle y sientes que no tienes fuerzas, que lo de Jesús es imposible por oposiciones, por codos, por horas extras, por esfuerzo personal sólo. Y tienes que acudir y decirle a Jesús: “No puedo, no tengo fuerzas, no llego a meta”. Y Jesús te comprende y te dice: “Claro, si ya te lo decía yo. Sin mí no podéis nada. Por eso os dije que os enviaría al Defensor, al Espíritu que os daría fuerza y os ayudaría a entender mis palabras y mis hechos…”. Y así te pones en el dinamismo del Espíritu de Jesús, del Espíritu Santo que te echa una mano, que te da fuerzas, que te ayuda en lo que por ti solo no puedes… Y así caminas hacia el Padre: con ayuda del Espíritu de Jesús. No hay otro modo de ir al Padre.

Esas fuerzas, ese Espíritu, esa Ayuda se concreta en: eso que el Espíritu te dicta por dentro cuando te quedas a la escucha en oración, cuando rezas, cuando te quedas en silencio delante de Dios diciendo que le necesitas… Y desde dentro sientes que Alguien te “sopla”, te anima, de da fuerzas, te sorprende tanto que dices: “Alguien me da fuerzas porque yo esto no lo haría por mí misma”. O te ayuda a ver más claro la vida, los comportamientos que tienes que tener… en momentos “jorobados”… “Siento que Alguien dentro de mí está haciendo algo que yo misma no me lo explico”, me dijiste un día. Ahí está la Fuerza de Jesús, el Espíritu de Jesús (el Espíritu Santo) haciendo obra en ti sin darte cuenta… ¡Abre los ojos! ¡Que no está lejos…! Otras veces, el Espíritu se vale de acontecimientos que te lanzan a más, que te sorprenden; o en personas que te animan y hacen ver la vida; o en lecturas o en personas que ni conoces pero te empujan y alegran por dentro… Las huellas de Dios, decían los primeros cristianos, andan esparcidas por doquier y no sabes dónde te van a sorprender… Tú tienes experiencia de que “te enciende” el alma algo que ni te imaginabas: un día es tu hija; otro, tu marido; otro, amigos; otro, un recuerdo… Todo lo que te lanza a descubrir y a sacar lo mejor que hay en ti es “huella de Dios”, “Fuerza de Dios”, “Espíritu de Dios”. Reconócelo y vívelo así. Es bonito. Dios no nos abandona ni se cansa de sugerirnos cosas bonitas.

Preguntaste que por qué teníamos pocas oraciones al Padre. Te respondí que teníamos el Padre nuestro, la oración resumen de la vida de relación íntima entre el Hijo y el Padre. Por eso es “sublime”, aunque la recemos de “carretilla” y hagamos rutina de lo sublime. Y tenemos también en la Eucaristía las oraciones que en un porcentaje altísimo son dirigidas al Padre. De ahí que terminen con la fórmula: “Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor que vive y reina por los siglos de los siglos” (o cosas parecidas). Y el resto de oraciones al Padre nos las tenemos que “inventar” en esa relación personal que tenemos que establecer con Él a través de Jesús e iluminados, impulsados por el Espíritu. Toda la intimidad con Dios que podamos tener nace de lo que opera Dios en nosotros. Recordad lo que san Pablo decía: “Nadie puede decir ¡Señor Jesús! si no es movido por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3). Para lo de Dios, dependemos de Dios. Dios nos supera. Podemos intimar con Dios ayudamos por Dios, dejándonos conducir por Dios. Ante Dios no hay maestros, sólo discípulos, aprendices. Dios es el gran protagonista de nuestra fe. Nosotros dejamos que Dios haga en nosotros, como en María, obras grandes. Este es un misterio de libertad: Dar permiso a Dios para que intervenga en nuestra vida, para que haga de nuestra vida, vida de seguidores… Es sublime. Es libertad sin frenos. Es disponibilidad total.

Quizás no me sepa explicar más, ni mejor, ni nada. Lo siento. Tú misma puedes intentarlo. Dios te asombrará, te sorprenderá… Todo despacio, muy despacio que es muy profundo y no se entiende a la primera… Pero se puede entender.

Nada más. Te dejo en manos del Espíritu de Jesús. Que él te lleve donde te dejes llevar. Dios nos lleva no tanto donde queremos y hemos proyectado, sino donde nos quiere llevar, “a una tierra nueva de promisión”. Dios no funciona por proyectos para que nos los subvenciones una entidad. Dios es camino y subvención, todo a la vez. Nos descoloca este Dios de Pentecostés que se mete en los rincones más cerrados que tenemos en nuestros adentros… ¡Hala! Que Dios te descoloque… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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