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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

En los cielos

En los cielos

KAROL WOJTYLA QUE ESTÁS EN LOS CIELOS
‘Pasa esta carta en la comunión de los santos’
JOSÉ ENRIQUE MARTORELL
VALENCIA.

ECLESALIA, 16/06/06.- Ahora que Benito viene a Valencia y que tú, Karol, por fin estás ahí, en los cielos, y seguramente te importa muy poco que te hagan o no santo, dile, dile a Benito, si puedes…

Que lo de Valencia no debería ser esto que se está preparando.
Que no haga estas cosas más, por favor.
Que esto que se está planeando no tiene sentido.

Dile a Benito, si puedes…
Que no se constituya en escándalo.
Que no se deje utilizar con fines políticos.
Que no sirva de estandarte para las guías turísticas.

Que en esta tierra somos muy aficionados al travestismo, que igual vamos de falleros, de romeros, que de paperos… que de papistas; que es algo innato a este pueblo el vivir de carnaval permanente para escarnio de propios y ajenos.

Dile que no caiga en la trampa de las multitudes, de la aclamación, del oropel, del fasto; porque en cuanto se vaya quemaremos “su falla” y nos dedicaremos a otra cosa, sin pena ni gloria, sin más consecuencias; y lo que es peor, lo haremos sin sentido, o con el mismo que nos anima a ser travestidos de la vida; hoy contigo, mañana sin ti; sin malicia, pero irresolutos totales.

Dile, que ojalá sea este el último espectáculo, la última función.

Dile que la fe, nuestra fe, no es un artículo de compraventa.

Dile que a la larga, y casi siempre a la corta, todo se queda en unos bonitos fuegos artificiales, que alegran la vista, pero dejan indiferente los corazones; sin huellas perdurables, sin referencias tangibles. Ahora que tú ya sabes todo esto… díselo a él, por favor… Aunque a lo peor ya lo sabe.

Dile que la Buena Nueva se nos reveló para gloria y consuelo sobre todo de pobres y mujeres, de malditos y malditas, de excluidos y excluidas.

Dile que a las mujeres las perdimos por el camino muy pronto, con Pablo, a pesar de su pertinaz presencia en el Evangelio, dejándolas como meros adornos, cuando no como esclavas.

Dile, aunque lo sepa, que a los pobres también los perdimos, sobre todo cuando nos “salvamos” con Constantino, cuando nos aliamos definitivamente con el poder para no querer perderlo nunca más.

Dile, ahora que ya sabes de primera mano la verdad sobre la cadena apostólica y el magisterio, de cómo sólo quedaron cuatro evangelios y un puñado de cartas…

Dile, ahora que sabes la verdad sobre los concilios, lo que se coció y cómo se coció; la verdad sobre toda la sangre derramada en nombre de Dios…

Dile, ahora que ves con toda claridad a una Iglesia que ha perdido sus objetivos de misericordia y compasión, de amor y libertad; a una Iglesia que ha dejado en el camino a los que con fe y esperanza creyeron en ella y con ella en Dios… Dile que esa Iglesia se ha convertido en una fuerza arrolladora de arrogancia sólo digna del poder con que se ha rodeado. Aunque seguramente ya lo sepa…

Dile que tiene a todos los creyentes angustiados de tanta moral y de tantos reglamentos, de los miles de consideraciones de los catecismos; de saber tanta posibilidad de pecar. Dile que a la mayoría ni se nos ocurriría enumerarlas de forma tan precisa y ordenada. Si hasta no sabemos ni pecar como la Iglesia sabe que se puede pecar.

Dile que algunas de sus tropas de a pie tienen que auxiliar de continuo a las conciencias desconcertadas deshaciendo un camino que jamás se debiera haber recorrido.

Dile, aunque ya lo sabe, que queremos escuchar que Adán y Eva esos personajes distintos, son la misma persona, que son él mismo, tú mismo, yo mismo. Que todos tenemos el germen de los dos: el de la libertad, el de la elección, el de la caída, el del arrepentimiento, el del trabajo día a día para crecer.

Dile que Eva no es una mujer maldita, que somos tú y yo, y él, y todos y todas. Dile que Adán no es un hombre condenado, dile que somos tú y yo, y él y todos y todas. Dile que por no explicar esto claramente, todavía hoy, y durante mucho tiempo más seguirán pagando las consecuencias miles y miles de mujeres.

Dile que Caín y Abel esos personajes distintos, son la misma persona; que nadie es un Caín, que nadie es un Abel. Que todos somos los dos, con la posibilidad de ofrendar o con la posibilidad de matar. Que nadie se puede arrogar nada a título propio. Que todos tenemos la misma posibilidad de amar o de pecar. Porque el pecado es solo falta de amor. Díselo, aunque sabes que ya lo sabe. Díselo otra vez por favor. Dile a Benito que él es Abel y Caín, y tú también lo fuiste, y yo lo soy, y todos y todas.

Dile que a qué tiene miedo. Si Dios está con nosotros ¿a qué tiene miedo? ¿a qué teme la Iglesia? ¿no se fía de la asistencia del Espíritu Santo?

Dile que o se tiene fe o se tiene miedo y que a lo mejor lo que tenemos es una fe de miedo.

Dile que si Jesús, que nació y vivió como un hombre y fue constituido Señor como muestra del poder de Dios y su amor infinito, por qué se nos habla tanto de cruz y tan poco de resurrección. Si Cristo no resucitó vana es nuestra fe, si Cristo no resucitó nuestra fe se acaba en un madero, sin esperanza. Nos hemos quedado en la cruz. Y eso no es cristiano. Es lo más pagano de todos los paganismos.

¿Y hablamos de herejías, de ortodoxias? Nos hemos constituido en una secta, una secta poderosa y miedosa.

Dile que sí, que hay mucho miedo y demasiado poder. Dile que muchos hemos soñado con que el Vaticano, “ese poder”, desapareciese como centro y símbolo de la Iglesia, que se quedase en un bello centro artístico, en un museo de la ciudad; y el Poder de verdad, el Poder del Amor, la herencia de Jesús se dispersase por el mundo, repartida, sin refugios de mediocres, sin murallas donde encerrarse… de tanto miedo. Sin nada que ocultar, sin archivos secretos, con toda la Verdad en la calle… esparcida a borbotones, sin poder contenerla. Porque eso es lo que sucedió una vez… aunque ya no nos acordemos… ¿o sí? Pero esto creo que también lo sabe.

Dile que ya no le quedan Profetas, que por eso tiene sus iglesias vacías. Ya no quedan Profetas que remuevan los corazones de las gentes. Profetas del Amor, de la Vida. Sólo nos quedan funcionarios, anodinos y oscuros seres que buscan fundirse en la anodina y oscura vida que fabrican a su alrededor para perpetuarse indefinidamente y poder, con el poder, matar a todo mensajero, eliminar cualquier discrepancia, asesinar las conciencias, linchar al pensamiento, ejecutar las buenas voluntades, ajusticiar la verdad, sacrificar la diversidad, inmolar la Palabra, en suma, crucificar al hombre… ¡si que se aprendió bien el sistema!

Karol Wojtyla que estás en los cielos, resucitado, salvo, esplendoroso, sin tu carne maltrecha, con tu cuerpo glorioso, alegre, en dicha permanente, vivo por fin para no morir, alejado de tanta inquina y tanta manipulación que te plantó en el altar de Abraham, aferrado a tu cruz; expuesto sin piedad por los que se llamaban tus hermanos, inmolándote en medio de la multitud enfebrecida, adorándote en un sacrificio sin sentido, sacrificio pagano con el que curar nuestras almas maltrechas y desorientadas porque se nos murieron nuestros profetas, los del amor, los del discernimiento, los de la luz.

Karol Wojtyla, ahora que estas encarnado en la Gloria dile a Benito, si puedes, y aunque él lo sepa, que estos dos mil años de poder no son nada, que son una anécdota temporal en medio de la grandiosidad de la Creación, en medio de la desmesura de Dios, que lo mejor sería el colapso total de este universo de despropósito que ha creado la Iglesia en estos años. Que mejor sería partir de cero otra vez, con un puñado de gentes, las que Dios ilumine. Que no hay que tener miedo a que “esto” se vaya abajo. Porque “esto” es tan solo un montaje sin sentido. Una representación bufa con vestimentas “simbólicas” heredadas del poder de los emperadores, para regocijo del público en el circo del mundo. Dile, ahora que tú lo ves así, que desde fuera parece una tomadura de pelo.

Dile, que mientras esto se va hundiendo poco a poco, o mucho a mucho; le pida a Dios y nos haga pedir a todos para que surjan Profetas verdaderos que mientras tanto nos animen a mantener la fe, la esperanza, el amor, la misericordia, la compasión, la caridad; y que nos iluminen para poder trasmitirlo a nuestros hijos, con sinceridad, sin ropajes ajenos, sin vestimentas inútiles. Y mientras tanto que nuestros hijos no se escandalicen de la Iglesia, de su Iglesia. Que les sepamos hacer discernir entre el entramado del poder y el Pueblo de Dios. Que distingan la fe y su comunidad de fe; de la tiranía y de las servidumbres del poder, aunque suponga la más ardua de las tareas.

Dile que esperamos una generación de creyentes sin “templo”, de creyentes que transmitan la fe en su propio cuerpo, en su propia vida, testigos auténticos de la fe en Jesús, portadores del Espíritu Santo, “Ése” al que tanto invocamos y al que nunca dejamos que entre en nuestras vidas. Ese al que no le hace falta ninguna edificación, ningún templo, ningún receptáculo sobrecargado de oro y piedras preciosas, ningún aposento de deslumbrante magnificencia. Ese que sólo con que dos nos reunamos en su nombre aparece en nuestras vidas. Eso es lo que decimos… pero que nos creemos tan poco.

Dile a Benito, ahora que estás “arriba”, que ahí no importa prácticamente nada o casi nada por lo que nos afanamos aquí abajo. ¿Has amado? ¿te has entregado? ¿has sido justo? Seguro que nadie preguntó por el kilometraje de los viajes, ni por las multitudes congregadas, o el número de bautizados antes y después… ¿Has sido escándalo para propios y ajenos?, ¿has escuchado las gentes que te hablaban? ¿las has sentido en tu corazón? ¿te has compadecido?...

Dile a Benito ahora que sabes que hay tantas sensibilidades distintas en el Cielo, tantas concepciones distintas que se han “salvado” a pesar de su condena y exterminio aquí abajo que abra su oído, que deje de par en par la ventana de su corazón para que pueda sentir el aire que le viene de tantos sitios, de tantos lugares, de tantos corazones distintos al suyo, pero unidos en lo fundamental: el amor. El amor al propio y al extraño. Dile que su casa nunca debe tener la puerta cerrada, ni para entrar, ni para salir, díselo por favor… aunque a lo mejor él ya lo sabe. Dile que lo único que ha de retener a la gente en casa es el amor, que cuando esto falla, la gente se va; que cuando esto falla, nadie entra. Díselo por favor.

Dile que suscite Profetas que nos hablen al corazón, que enjuguen las lágrimas de nuestros ojos, que proyecten en nuestros labios palabras de sanación, que expelan su aliento sobre nosotros para que nuestra voz proclame las grandezas de nuestras vidas, que sintamos en la piel la presencia de Dios, que se nos ericen los cabellos al proclamar nuestra fe, que nos hagan estar alegres porque Dios está con nosotros, porque Dios lleva nuestra vida y sustenta nuestras esperanzas, porque sabemos que no estamos abandonados en medio del caos…

Dile a Benito, cuéntale, susúrrale en el alma, alcánzale el corazón, sóplale suavemente, cógele de la mano, lluévelo, mójalo, empápalo, enchárcalo, aliéntalo, deslízate a su lado, escóndete tras él, ábrele la vida, agítalo de emoción, que vibre de Dios, que cante de Dios, que baile con Dios, que ría con Dios para poder llorar con los hombres, que sueñe con Dios para poder hablar a los hombres, que ande con Dios para acompañar a los hombres, que coma de Dios para llenar a los hombres, que sienta a Dios para poder sentir a los hombres. Porque eso es lo que hizo Jesús, sentir a los hombres, a las mujeres, a los pobres, a los oprimidos, a los desechos, a los expulsados de la comunidad, con una compasión tan infinita tal que nunca jamás el hombre y la mujer fueron más hombre y más mujer, que nunca jamás el hombre y la mujer se sintieron tan comprendidos, tan entendidos, tan llenos, tan cumplidos, tan dignificados, tan divinos y tan humanos.

Dile a Benito que no tenga miedo, ahora que ya tú no lo tienes y dile que en Pentecostés (aunque él ya lo sabe, recuérdaselo) lo que hizo el Espíritu Santo, fue sencillamente eso, quitar el miedo, definitivamente, a aquellos que compartieron los años de plenitud; pero dile también que la única diferencia es que ellos tenían los corazones abiertos, la casa abierta, la puerta sin llave, las ventanas sin pestillos, las verjas sin cerrojos… ¿qué nos ha pasado desde entonces? ¿cuántos candados hemos puesto desde entonces para crear esta cárcel absurda e inútil? ¡a cuántos hemos encerrado! y a cuantos hemos cerrado sus bocas, sellado sus letras, sesgado sus gargantas desgañitadas de tanto gritar: “¡No comprendéis, es el hombre!, ¡luchamos por el hombre!, ¡luchamos por su liberación!, ¡liberado en Jesús, rescatado en Cristo, amado en el regazo de Dios!” Y los hemos condenado al ostracismo, a la oscuridad, y con ellos a muchos de los que por ellos creyeron, y quedaron desengañados, olvidados, apartados, enjuiciados y condenados sólo por querer ser hombres… hombres que miraban de otra forma, pero que amaban igual que los demás hombres. Condenados por miedo. ¡Qué infamia!

Dile que tenemos mucha religión, pero básicamente hemos perdido la fe, esa certeza razonable de la confianza en Dios. Esa fe que no es un salto en el abismo, que es un proceso muy humano, ¡y sólo humano!; un desarrollo extraordinario de la capacidad de confiar. Por qué hemos perdido esa capacidad para el abandono, para la entrega sin contraprestaciones… cuando es tan humano ¿Por qué no somos capaces de ser sencillamente hombres y mujeres? Díselo a Benito, nos estamos deshumanizando, y muchos a través de la Iglesia, o por la Iglesia, o en… la Iglesia… ¡qué pena!

¡Qué gran religión para tan poca fe!

Dile que hable a los hombres al corazón, pero ya sabes y él también lo sabe que corazón en sentido bíblico es la mente, es la razón, es el entendimiento; y no sabemos que pasa pero casi nunca entendemos nada, se nos habla en un lenguaje abstracto, distante, complicado, como salido de las profundidades del tiempo; mientras que a Jesús le entendía todo el mundo, a muchos de nuestros teólogos casi nadie los entiende, viven allá arriba, viven allá lejos, sin corazón, sin entendimiento; han perdido la palabra, el don de comunicarse, por eso no pueden ser Profetas; no pueden proclamar, ni anunciar, ni festejar, ni… nada. Necesitamos escuchar a los Profetas de nuevo. Díselo, Karol, por favor.

No hay nada que duela más que oír al mismo Benito preguntarse por el silencio de Dios ante el Holocausto. ¿Silencio? ¿Nadie oyó Sus gritos? Pues estaba en cada una de sus criaturas muertas, maltratadas, violadas, huérfanas, desnudas, quemadas, gaseadas; estaba en cada lágrima derramada, en cada sollozo convulso, en cada gemido desalentado, en cada suspiro desesperado, en cada grito de horror, de miedo, de espanto, en cada mirada sin sentido, en cada cuerpo golpeado, en cada uno de los jirones de vida destruida y estérilmente derramada en que aquello se convirtió. Es más, por qué no se pregunta cuántos se taparon los oídos, cuántos volvieron la cara, cuántos dieron la espalda, cuántos aprovecharon para saldar cuentas, cuántos, cuántos…. ¿Cuántos sacaron tajada?

Por qué en lugar del silencio nadie se pregunta por la paciencia de Dios, por el “padecer” de Dios ante el abuso propio de nuestra mal llevada libertad; por esa incapacidad de saber elegir en los momentos decisivos, por ese discernimiento tan mal usado, tan abusado.

¡Qué infinita la paciencia de Dios! Díselo, Karol, ahora que lo sabes, ahora que ya no te importa ser infalible o no; es más, seguro que te hace gracia eso de la infalibilidad ¡menuda ocurrencia! Y la que está cayendo y caerá por tan gran desmesura, y todo en nombre de Dios. Además la primera semilla del Holocausto la pusimos nosotros, lo demás ha sido dejarla crecer y regarla con mimo, con aquello de que “los judíos han matado a Dios”. Fue suficiente para todo lo que vino después.

¿quién puede tirar la primera piedra?

Díselo si puedes, Karol, que Dios no se calló en aquel Holocausto, como tampoco lo está haciendo en los de ahora, en los que sistemáticamente se deja morir de hambre a niños, mayores, mujeres y hombres; donde se les deja morir de sed, sistemáticamente; donde se viola constantemente el cuerpo y el espíritu, sistemáticamente; donde se explota con trabajos infantiles, prostitución y niños soldados, sistemáticamente. ¿Acaso no oímos esos Holocaustos, todos los días, sistemáticamente?

Luego preguntaremos donde estaba Dios cuando veamos las matanzas de todo el horror del mundo, los cadáveres de los muertos por inanición, los cadáveres de los exhaustos, los cadáveres de los emigrantes, los cadáveres del tráfico humano, los del nuevo esclavismo, los cadáveres de las enfermedades curables, los del hambre saciable, los de la guerra consentida. Qué gran Holocausto en cada esquina del mundo y Dios, no grita, chilla todos los días, en todas las esquinas del mundo. Dónde queda la verdad de estos inocentes, quién la proclamará, quién pedirá cuentas, quién hará su justicia, quién perseguirá al malvado. Ni fuerza tienen para mostrar al mundo toda la maldad que les estamos infligiendo, entre unos y otros, unos por acción, otros por omisión. Dios mío, eso sí que es pecado. Y nosotros… hablando del sexo de los ángeles, o de los condones que es peor. Con la que está cayendo con el sida, y nuestra única preocupación es una goma de más o de menos. Pero ¿qué mentes conforman la “dirección” de nuestra Iglesia? Qué gran religión, qué poca fe, que poco amor, qué poca esperanza que damos.

Es la Iglesia de la vanidad, de lo superfluo, del boato sin sentido, con su carrera eclesial, con sus cargos, con su escalafón… qué vergüenza. Díselo Karol, ya no tenemos carismas, ya no servimos, ya no estamos para servir, sólo estamos para intentar crecer en número, para ocupar un espacio en el mundo, aunque sea el espacio más solitario y vacío, el lugar con más falta de amor.

Dile Karol, dile a Benito que al final lo que importa no son los hechos en sí, sino la reacción ante los hechos, la respuesta al acontecimiento; por eso fallamos en aquel Holocausto, por eso fallamos ante los Holocaustos que siguen sucediendo: Nuestro abuso de libertad, esa carencia tan grande que tenemos de discernimiento. Sólo con que la Iglesia nos enseñara en la libertad, sería suficiente; nada más haría falta. Porque nuestros dones, nuestros talentos evangélicos, no son ni más ni menos que nuestra capacidad de reacción, nuestro levantarnos en la caída. Pero ni eso. Sólo nos enseñan el talento como rendimiento, como productividad, y la Iglesia la primera, siempre con sus cifras de mercadotecnia. Así nos va.

Karol Wojtyla que estas en los cielos, ahora que estas cara a cara con el Creador, en su presencia, disfrutando, ¿vale la pena todo este montaje que tenemos aquí abajo? Pues díselo a Benito, que sepamos ver la paciencia de Dios, no su supuesto silencio, que sepamos que si fuéramos nosotros, con poder de Dios, ya nos habríamos cansado de estos hombres y los habríamos eliminado de la faz de la tierra.

Pero dile que Dios es misericordioso y siempre encuentra algún justo que justifica a todos los demás, que nos salva, y Dios no hace acepción de personas, los justos y las justas son de cualquier clase, condición, religión, color o sexo. Y cualquiera le vale. Un espejo en el que mirarnos, un Profeta para salvarnos, y seguro que tenemos a alguien cerca, a su marcha, con la bondad como equipaje, con la compasión como documentación. Y eso nos salva, eso y Dios en su infinita misericordia, que tiene a bien consentirlo, porque esto no hay que olvidarlo, somos unos consentidos. Dios es así, sus hijos somos unos auténticos consentidos. Vivimos porque Él lo consiente. Qué gran esperanza, vivir por la Voluntad de Dios. Díselo Karol, aunque él ya lo sabe.

Díselo Karol, que debemos ser comunidades de amor, no centros de poder. Ya lo sabe, pero dile también que la relación de Jesús con el poder, religioso y político, lo llevó a la muerte, a la cruz, al escarnio, al insulto, al abandono. Y que precisamente la Iglesia es la gran maestra en aliarse con el poder con el fin de evitar la cruz: la consecuencia de la verdad. Y todo porque no cree en la vida eterna, en la resurrección, en la salvación. Qué gran contradicción: lo bien que la institución vaticana se lleva con el poder. Qué clarificador, a la luz de Jesús, a la luz del Evangelio. Y lo que hemos aprendido todos nosotros de eso, arrimándonos a la mejor sombra, aún sabiendo que escogemos mal el árbol. Buena maestra tenemos.

Dile Karol, ahora que puedes, que hemos dejado de ser lo único que daba sentido a nuestras vidas, testigos de la fe, testigos de lo que sucedió, testigos de la esperanza, apóstoles de la vivencia pascual, mensajeros del Espíritu Santo, proclamando a los cuatro vientos nuestra experiencia de salvación; y que por eso estamos en el Desierto, donde más se sufre a Dios, pero donde también se le vive más intensamente; donde más se pierde a Dios pero donde más se le busca, donde más se adoran a otros dioses pero donde únicamente se encuentra al verdadero.

Dile Karol a Benito, que en este desierto de idólatras donde nos hallamos, guiados con mano firme por nuestra curia, preocupada siempre por el asiento, pendiente sus pastores de resguardarse de cualquier tormenta, nunca junto a sus ovejas, nunca guiando, siempre mandando, nunca buscando a las perdidas, siempre apaleándolas; dile, ahora que lo sabes, que estamos aquí porque en algún lugar del camino no fuimos capaces de convencer, sino únicamente de vencer, porque al final no nos fiamos de Dios y recurrimos a nuestra propias fuerzas, porque dudamos de nuestra fe, de nuestra verdad, tanto que al final resultamos patéticos con tanta pataleta nuestra. ¡Qué vergüenza! ¡Qué pecado!

Dile que no sea amo, y menos que pretenda ser amo del mundo, del orbe, aunque tenga que romper con todo y con todos. Qué vergüenza y que escándalo la desunión de los propios cristianos, no tiene nombre. Bueno, sí, tiene uno: Poder. Díselo ahora que lo ves tan bien. Qué vergüenza no tender la mano al resto de los creyentes, de otras culturas, de otros prados, de otros páramos por los que también pacen los hombres y las mujeres de otras tierras, de otros lares. Si todos tenemos las mismas intenciones: la salvación y la felicidad del hombre, por qué es tan caro poder acercarnos, poder ayudarnos unos a otros, compartiendo, sirviendo, auxiliándonos como el samaritano, unos a otros, creciendo juntos todos, dignificándonos en el amor, en la entrega, enriqueciéndonos con la experiencia mutua. Qué arrogantes somos. ¿Acaso el espíritu de Dios no sopla donde quiere y cuando quiere? A qué tanta prepotencia por nuestra parte. Hemos perdido la humildad de los hijos de Dios, díselo Karol, por favor. Otro pecado más en nuestra cuenta… y cuántos. ¡Qué gran impedimento el poder!

Karol, que estas en los cielos, dile a Benito que cuando venga a Valencia, a esta ciudad de la desmesura y la incontinencia, que grite bien fuerte para que se oiga por todo el orbe, que grite a los cuatro vientos:

Que Dios está en medio de nosotros y no tenemos miedo.
Que su Espíritu nos acompaña día a día y nos sentimos consolados.
Que Jesús de Nazaret es nuestro modelo de vida.
Que nuestra ley es el Sermón de la montaña, y su interpretación, el amor.
Que cuando estamos angustiados gritamos: “¡abba!”, papá, papaíto, porque confiamos en Él.
Que oramos y hablamos con el Padrenuestro.
Que fortalecidos y sanados por esa oración:

Renunciamos a la financiación de la Iglesia a través del estado porque grande es nuestra fe. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Renunciamos a la asignatura de religión en los colegios porque no queremos ser una religión, queremos ser un estilo de vida, una nueva forma de vivir. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Confiamos en la ciencia y en su interpretación de los fenómenos del hombre y del mundo. Oramos por nuestros científicos para que orienten su saber en orden al bien común de todas las gentes. Y especialmente en el campo de la bioética, donde estamos con ellos en su horizonte de dignificar al hombre y su relación con los demás hombres. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Luchamos, desde la concepción de un Jesús universal y cósmico, por una explotación sostenible y duradera de todos los recursos del planeta y de la creación; puestos al alcance de los hombres desde el mismo instante de su concepción para su desarrollo y felicidad. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Declaramos que la última frontera del libre albedrío es la conciencia de cada persona, enfrentada al misterio de la vida y de su relación con Dios y los demás hombres, y ello en la confianza de la asistencia permanente del Espíritu Santo. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Proclamamos las palabras del mismo Jesús para el orden familiar: “estos son mi hermano y mi hermana, mi padre y mi madre” refiriéndose a los que le seguían. Y proclamamos igualmente que cualquier unión, cualquier relación familiar es lícita a los ojos de Dios si está basada en el amor. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Afirmamos que cualquier relación sexual, sea del tipo que sea, es lícita si se sustenta en el amor. Y es maravillosa porque está concebida para la felicidad, el entendimiento y el crecimiento de todas las personas, sean del sexo que sean, se relacionen del modo que se relacionen, porque es una creación del Señor para edificación de la propia humanidad. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Atestiguamos que las mujeres tienen la misma dignidad que los varones, los mismos derechos, el mismo orden de santidad y realización plena; y esto se pone especialmente de relieve en su relación con el servicio especialmente dedicado a Dios; donde refrendamos su pleno acceso al ministerio sacerdotal y determinamos su participación plena en todos los sacramentos. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Afirmamos que cualquier sacerdote o sacerdotisa tiene libertad plena para formar familia si lo desea, siendo especialmente modelo de vida por su apostolado particular, siendo fermento de profecía y fermento de fe en la comunidad. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Proclamamos que esas familias, junto con todas las demás, basadas en el amor, son las auténticas trasmisoras de la fe, junto a las comunidades donde compartan esa misma fe. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Declaramos que la Iglesia se constituye en foro de libertades permanentes y que en su seno se anima especialmente la libertad de expresión, sin cortapisas, como referente de la plenitud del amor y donde nunca, nunca, nadie será condenado por sus ideas. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Renunciamos al papado con todas sus consecuencias y reconocemos la colegialidad apostólica como forma más perfecta de ordenar la Iglesia. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Renunciamos al Vaticano como “Estado” con todas sus consecuencias, retiramos a todos nuestros diplomáticos, renunciamos a todas nuestras embajadas, para vivir de ahora en adelante en la fraternidad de la caridad. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Declaramos que todos los hombres y mujeres del mundo, de cualquier color, religión o condición que en su fuero interno buscan a Dios; o si no lo conocen, se orientan a la verdad y la justicia, al amor y a la entrega de sus semejantes están justificados ante Dios por su misericordia divina, y nosotros desde nuestra experiencia de fe participamos con alegría de esta comunión de los justos. Porque Dios está con nosotros y no tenemos miedo.

Promovemos y convocamos la celebración de un próximo Concilio Ecuménico en la tierra que nos quiera dar acogida, donde con la ayuda del Espíritu Santo se nos deje mostrar al mundo la fuerza, la belleza y la verdad del mensaje de Jesús de Nazaret.

Y confesamos que Jesús es el Señor, que es el único Señor de nuestras vidas. Que no se puede servir a Dios y al dinero. Que en virtud de nuestra fe exhortamos a que reunidos de dos o de más, en comunión y en su nombre lo hagamos presente cada instante de nuestras vidas.

Dile querido Karol que diga todo esto, si tiene a bien.

Y que mientras llega el próximo concilio, dile que le diga al mundo: ¡Basta ya! A todos los gobiernos que basta ya, ¡a todos sin excepción! ¡Que con los pobres basta ya! ¡Que con los niños, basta ya! ¡Que con las mujeres, basta ya! ¡Con el hambre, basta ya! ¡Con la violación de los derechos humanos, basta ya! ¡Con la explotación de los oprimidos, basta ya! ¡Basta ya de una vez por todas!

Dile a Benito, a tu sucesor, ahora que estás en los cielos, ahora que seguro lo tienes que ver todo tan claro, que deje de ser un “Estado” para poder hablar con autoridad a cualquier estado; que sólo así con autoridad y no con poder es como conseguirá el respeto de cualquier pueblo, de cualquier persona; que sólo cuando tenga la autoridad y la fuerza de la verdad del amor podrá plantar cara sin medias tintas, sin diplomacias, sin argucias, sólo desde la verdad y la fuerza de la humildad, sólo desde la verdad y la fuerza de la humanidad podrá hacer frente al desafío del hombre.

Díselo Karol, por favor, díselo, porque entonces se dará cuenta de que ya no será necesario tener una dirección única, monolítica, absolutista y absurda; entonces se dará cuenta de que cuando más comparta más se fortalecerá, cuando más comparta más servirá, cuando más comparta, más crecerá, y que cuando las pirámides del poder se vengan abajo y las decisiones se basen en el amor, fruto de la experiencia, y no en la imposición, fruto de la ambición; más pronto llegarán a todos los fieles, a todos los creyentes; y dile que no tema, porque llegarán con autoridad, con el auténtico poder que da la autoridad.

Pero para eso antes hay que limpiar la casa porque si no nadie nos creerá, para eso hay que abandonar esta casa que ya no nos sirve con tantas comodidades, con tanto lujo, con tanto boato; porque si no nadie nos creerá. Porque por eso, hoy, casi nadie nos cree ya.

Y si al final no le puedes decir nada a Benito, por aquello de la cláusula de confidencialidad celestial, por lo menos pásala, pasa esta carta en la comunión de los santos, pásala, porque entre todos somos muchos y sin miedo muchos más.

Y ya ves a donde va a venir Benito, a una tierra desmesurada para todo, para lo bueno y lo malo, para lo humano y lo divino. Díselo a Benito, Karol, dile que tenga cuidado en esta tierra, donde los cantos de sirena se confunden con la música celestial. Díselo, que nadie le engañe, que nadie le confunda.

Que podamos decir al fin en esta ciudad de lo efímero que aquí, en un nuevo Pentecostés, se inmoló el Vaticano para gloria de Dios y esperanza de los hombres.

Y parafraseando el evangelio de Juan: otras muchas cosas tendrías que decirle Karol, a Benito. Si se escribieran una por una, me parece que todos los libros ocuparían mucho en el mundo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Ya lo sabes, si puedes, pásala.


Un abrazo,
Enrique
Valencia, a 14 de Junio de 2006.

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