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Magdalena y Pedro

Magdalena y Pedro

LA MAGDALENA Y EL GNOSTICISMO
A propósito de “La Magdalena, el último tabú del cristianismo” de Juan Arias (Aguilar)
TOMÁS MAZA RUIZ
MADRID.

ECLESALIA, 17/02/06.- Desde hace unos años soy un seguidor de los libros de Juan Arias y, por eso, he leído con atención el último de ellos sobre la Magdalena. Hay muchas cosas de este libro que me han gustado y algunas hasta me han emocionado, como cuando María busca desesperadamente el cuerpo muerto de su amado Jesús.

Repaso, en primer lugar, lo que considero más positivo del libro

1.- Las mujeres formaban parte del grupo de Jesús, que se relacionaba con ellas, de una forma sorprendente, hasta para sus discípulos (ver el episodio de la samaritana). Eran verdaderas discípulas, ayudaban económicamente y sin duda servirían, como sólo las mujeres saben hacerlo, al grupo en todas sus necesidades (Lc. 8,1-3). Aunque los evangelios canónicos no las citan, seguramente estarían presentes en la última cena. Entre ellas se destaca la figura de María Magdalena citada en primer lugar entre mujeres que, según Lucas, acompañaban a Jesús en sus desplazamientos. También está al pie de la cruz junto con otras mujeres, según los cuatro evangelistas. Asimismo la citan los tres primeros evangelistas como una de las mujeres que fueron los primeros testigos de la resurrección y Juan la menciona en solitario como la primera persona a quien se apareció Jesús resucitado.

2.- La identificación que hizo la Iglesia de la Magdalena con la prostituta que lavó los pies de Jesús y los ungió con perfumes no tiene ninguna base. El hecho de que Lucas diga que Jesús había expulsado de ella siete demonios no tiene por qué significar que estos demonios estén relacionados con la lujuria. Cualquier enfermedad se consideraba en aquellos tiempos consecuencia de la posesión diabólica, especialmente la epilepsia y los desequilibrios mentales. Los evangelios al relatar la curación de los “endemoniados” varones no los describen como poseídos por los demonios de la lujuria. El suponer que Magdalena era víctima de la lujuria lo único que nos indica es el menosprecio hacia la mujer tanto por parte de los judíos como de los primeros cristianos.

3.- Que María Magdalena fuera una mujer culta y con recursos económicos es una suposición aceptable, que se basa en que procedía de una ciudad con un ambiente de cultura griega y que, posiblemente, colaborara con las otras mujeres al mantenimiento económico del grupo de Jesús.

4.- Que Jesús la distinguiera entre sus discípulos y le profesara un amor especial –erótico o no- lo dicen algunos evangelios apócrifos, pero no por ello resulta inverosímil. Es natural entre los humanos que haya unas amistades más íntimas que otras y Jesús era humano en todo (menos en el pecado, que es inhumano). Es posible, por tanto, que hubiera una relación amorosa erótica entre ellos y que incluso estuvieran casados. Todo ello haría a Jesús más cercano a nosotros.

5.- Es casi seguro que en las primeras comunidades el papel de las mujeres fuera más importante y que tuvieran puestos de responsabilidad, como algunas mujeres que cita Pablo en sus epístolas. Que los discípulos no creyeran a las mujeres que les anunciaron la resurrección de Jesús, como se dice en el episodio de los discípulos de Emaús, en un síntoma del poco valor que tenía el testimonio de la mujer, y aunque en las primitivas comunidades sentirían lo mismo, no podían negar el aprecio que Jesús les había dispensado y el prestigio de haber sido las primeras anunciadoras de la resurrección. Con el tiempo -no mucho- esta memoria se iría desdibujando y el machismo tanto judío, como greco-latino acabaría imponiéndose. De hecho en la lucha contra las herejías los “santos padres” (algunos no tan santos) una de las cosas que más criticaban de los grupos “heréticos” era la presencia de mujeres entre sus dirigentes.

El gnosticismo no lo acabo de encajar

Lo que no acabo de encajar es la visión de Juan Arias sobre los evangelios gnósticos. Seguramente él conoce mucho mejor este tema, que no soy más que un lector interesado en los orígenes del cristianismo y, por consiguiente, en las doctrinas gnósticas. También hay que tener en cuenta que, como él dice en el libro, los conocimientos que tenemos de los gnósticos se basan en sus detractores, porque hasta ahora, se desconocían los documentos de estos grupos. Esperamos que con los descubrimientos de Nag Hammadi se vaya aclarando la historia de estos grupos.

Por lo que yo he leído, que no es mucho, tengo la idea de que estos grupos, nacidos probablemente en Mesopotamia o Irán, se introdujeron primero en los grupos judíos (la Kabala judía parece que tiene indicios de sus doctrinas) y posteriormente y a través del judaísmo en el cristianismo primitivo. Más adelante, los misterios griegos, como los de Eleusis, proporcionaron al gnosticismo el prestigio de la sabiduría griega.

Al parecer para ellos el mundo material era malo, creado por espíritus inferiores malignos o incluso por Yahvé, el Dios del Antiguo Testamento, que no era el Padre bueno de Jesús. Eso es lo que creían, por ejemplo, los discípulos de Marción en el siglo II. Tampoco el Hijo de Dios se había encarnado en el hombre Jesús, ni siquiera Jesús había nacido de mujer, sino que se había presentado repentinamente en su vida adulta; que no era verdadero hombre, sino un mensajero divino (lo que recuerda al docetismo que veía a Jesús como un Dios “disfrazado de hombre”) y, por consiguiente que no murió ni resucitó realmente. Que el alma humana era una chispa divina encerrada en la cárcel de un cuerpo material, del que había que liberarse. (Esto nos recuerda a la filosofía griega y también, desgraciadamente, a una teología católica pasada en la que la oposición cuerpo-alma era la base de muchas de las predicaciones que hemos padecido los que somos mayores y hemos conocido la Iglesia anterior al Vaticano II).

Si la carne es esencialmente mala, como creían los gnósticos (y muchos de nuestros actuales jerarcas en su lucha contra la sexualidad), era necesario mortificar el cuerpo, para reducirlo a la obediencia al espíritu o, por el contrario, como pensaban algunos gnósticos cualquier conducta sexual era admisible, ya que la carne no contaba, sino sólo el espíritu.

Para librarse de la materia mala, el espíritu debía elevarse, bajo la dirección de un iniciado, un líder, lo que nos recuerda el papel que tantos “gurus” actuales desempeñan en las sectas. El objetivo era adquirir la sabiduría, reservado a unos pocos iniciados, que es lo proporcionaba la salvación. Por eso en el evangelio de Tomás se dice: “Cualquiera que encuentre la interpretación de estos dichos no experimentará la muerte”. En el Evangelio de María Magdalena, Jesús le explica a ella los secretos que no comunica al resto de los discípulos.

Yo creo en un Evangelio que es comprensible para todo el mundo. Todos, aun los más ignorantes, pueden comprender las bienaventuranzas, el Sermón de la Montaña y el amor de Dios hacia el hombre como un padre o una madre para con sus hijos. Incluso los más sencillos entienden su mensaje mejor que los sabios, como Jesús mismo dice en su oración al Padre después de la misión de los setenta y dos discípulos (Lc. 10,21 ). No creo en la salvación a través de la sabiduría y, por tanto, reservada a un pequeño grupo de “intelectuales”. Los gnósticos, al considerar la sabiduría, como el camino de la salvación no se preocupaban por el amor a los demás ni por las normas éticas.

En el libro de Juan Arias se plantea la oposición entre el grupo protagonizado por Magdalena y el de Pedro y Pablo y sugiere que el evangelio de Juan tiene muchas influencias gnósticas. Salvo el enfrentamiento de Pedro y Magdalena en el evangelio gnóstico de María no hay noticia, que yo sepa, de ningún conflicto de este tipo protagonizado por Pedro. Pablo cita a varias mujeres que le ayudaban en su misión e incluso a una de ellas, Junia, la llama apóstol. Aunque posteriormente cambiara de opinión sobre las mujeres, no parece que se produjera un enfrentamiento entre él y Magdalena. Más probable habría sido esta confrontación con Santiago, el hermano del Señor. En cuanto a Juan, es verdad que los gnósticos utilizaron su evangelio, tergiversando conceptos para adaptarlos a su doctrina, pero Juan en su Evangelio relata con todo detalle la pasión y la resurrección de Jesús que los gnósticos no aceptaban. Y además en su primera carta dice: “El que confiesa que Jesús ha venido en carne, es de Dios y el que no confiesa que Jesús no ha venido en carne no es de Dios”. No parece que éste texto y otros por el estilo tengan algo que ver con el gnosticismo.

Otro asunto relacionado con el gnosticismo (y también con otras doctrinas consideradas heréticas) es la de la fijación del Canon de los Evangelios y la consolidación de la Jerarquía que para entonces (siglo IV) ya era exclusivamente masculina, aunque las mujeres continuaron durante varios siglos desempeñando el cargo de diaconisas (ya sabemos que la palabra diácono significa servidor y eso es lo que siempre han hecho las mujeres en la Iglesia, servir, con cargo o sin él).

Sin ánimo de justificar la represión que este proceso significó para muchos grupos cristianos y para las mujeres en general, no hay que olvidar que la proliferación de doctrinas, maestros y escritos durante aquellos primeros siglos podía ser comparable con la situación de las sectas y la actuación de sus predicadores televisivos en América Latina actualmente. Aquellos siglos eran de una efervescencia religiosa, difícil de comprender para el mundo occidental racionalista en el que vivimos, y cualquier iluminado podía fundar su propio grupo, puesto que no había unos límites fijados ni a la doctrina ni a la praxis cristiana. Alguien ha dicho que había menos unidad en aquella época entre los cristianos, que la que hay hoy a pesar de las divisiones entre católicos, ortodoxos y protestantes.

Los evangelios apócrifos, aunque con alguna frase que pudo ser pronunciada por Jesús, contienen tal cantidad de fantasías y disparates, como la de que Jesús niño hacía pajaritos de barro y los echaba a volar, que con buen criterio por parte de la Iglesia fueron eliminados del canon de las Escrituras. Es posible que se cometieran errores y se suprimieran algunos que debían haberse admitido y, por supuesto, no debían haberse producido persecuciones de comunidades o grupos por haber usado esos textos suprimidos.

Los evangelios gnósticos, los que yo he leído, son un conjunto de supuestas revelaciones esotéricas, incomprensibles y que, por supuesto, se alejan de la sencillez y claridad de los evangelios canónicos (aunque estos también puedan tener puntos obscuros de difícil interpretación).

El suponer que una Iglesia gnóstica habría sido más fiel a Jesús me parece, y que me perdone Juan Arias, un solemne disparate. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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