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dolor y silencio

DOLOR Y SILENCIO
El caso de una comunidad parroquial que desaparece

CÉSAR ROLLÁN SÁNCHEZ
MADRID.

ECLESALIA, 25/05/05.- En el último número del semanario Vida Nueva (21 de mayo) se incluye un doloroso escrito de Vanesa Nieto, “portavoz de un amplio número de laicos preocupados por la situación que vive nuestra Parroquia en la actualidad”.

Resulta que a finales del 99 la Parroquia del Santo Cristo de San Fernando en Cádiz fue protagonista de las páginas de Vida Nueva en relación a su vivencia de “Parroquia Viva”. Durante quince años este grupo de laicas y laicos, ha “trabajado desde la fe en un intento constante de ser una comunidad abierta, joven, diversa, activa, preocupada por llevar a nuestros entornos una fe comprometida, abarcando las áreas de liturgia, formación y caridad con esmero y dedicación”, según describe el artículo mencionado. Pero el último párroco “ha hecho desaparecer estas características para comenzar una nueva etapa sombría y vacía en la que han desaparecido la mayor parte de los grupos de comisiones, con lo que es más importante: un gran número de niños, jóvenes y adultos a quienes ofrecíamos nuestro tiempo y trabajo”.

El editorial de la revista reflexiona respecto a estos acontecimientos cuando dice, a propósito de aquellas personas con cargo en la Iglesia, que “es de desear que sea siempre la más adecuada y que, en el desempeño de su misión, dé lo mejor de sí, pero la marcha de la Iglesia no depende sólo de sus pastores” y añade “cada uno de ellos deja su impronta, pero la Iglesia no se detiene por el hecho de que haya cambios al frente de cada comunidad”.

En la sección “cuatro líneas” del weblog de Eclesalia se recordaba el lunes 23 de mayo las palabras de Jesús: “lo que dijo fue que Él es como el buen pastor, que da la vida por sus ovejas”, para preguntar a continuación: "¿Nos habremos quedado en lo de las ovejas olvidando el dar la vida?”

No cabe duda de que lo sucedido en San Fernando es un hecho grave, con graves precedentes en otros lugares de nuestra querida Iglesia católica en los que se repiten las mismas circunstancias y respuestas oficiales “de los 96 agentes de pastoral, 84 hemos presentado nuestra renuncia sin que hasta la fecha nadie se haya preocupado por esta decisión”; envíos de cartas y comunicaciones al párroco, al obispo para entablar un diálogo y llegar a una solución pero “la respuesta ha sido negativa cuando no nula”.

La secretaría general de la conferencia episcopal española acaba de emitir recientemente una nota de prensa en la que denuncia la poca sensibilidad y respeto de los políticos Maragall y Carod en su reciente visita a Israel y Palestina al bromear de mala manera con una corona de espinas. En ella dicen que un buen grupo de obispos que se vieron en Zaragoza el domingo “han expresado su hondo malestar y su disgusto ante un comportamiento impropio de ciudadanos respetuosos y menos aún, si cabe, de quienes en virtud de sus responsabilidades políticas habrían de mostrar exquisito respeto a los derechos fundamentales de aquéllos a quienes representan”. No les falta razón.

En el caso de Cádiz se trata de personas y se puede denunciar el mismo comportamiento agresor hacia los expulsados del Santo Cristo: “un comportamiento impropio de ciudadanos respetuosos” con responsabilidades hacia la comunidad de creyentes que deberían de mostrar “exquisito respeto a los derechos fundamentales de aquéllos a quienes representan”.

Al final de la carta, Vanesa pide ayuda a la revista que años atrás les abrió sus páginas “en nuestra denuncia de situaciones injustas como la que estamos viviendo y sufriendo con inmenso dolor, y puedan atender la voz que muchos quieren silenciar”.

Personalmente siento profundamente lo sucedido como una falta tan grave o más que la que denuncia del grupo de obispos sobre la mofa al símbolo de Cristo. Símbolo vivo de Cristo somos cada uno y cada una de los que somos Iglesia, símbolo vivo cargado de significado, símbolo constructor de Reino y no se nos puede tratar de cualquier manera y menos aun por parte de hermanos con un cargo supuestamente representativo de la comunidad.

No conozco a la comunidad a la que pertenece Vanesa pero sí he sentido el dolor de otros grupos de laicos que no se pueden creer lo que les pasa y más aún, no se pueden permitir la desesperanza porque han descubierto la profundidad del proyecto de Jesús. Cuando les dicen que por qué siguen ahí si no les quieren, si les expulsan, si no les dejan hacer, sonríen defendiendo las bondades de la Iglesia en la que creen, la de la Tradición de Jesús, el buen pastor, el que da la vida por sus ovejas como intentamos hacer cada uno de nosotros “nuestro tiempo y trabajo”, con nuestra vida… nadie más que nadie si no es para servir. ¿Hasta cuándo así?
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