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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

razón joven

LAS RAZONES DE LOS JÓVENES

EVARISTO TORREGROSA RODRÍGUEZ, oforco@hotmail.com
ELCHE (ALICANTE).

ECLESALIA, 12/05/05.- Hoy he estado leyendo la encuesta del estudio nº 2.440 del CIS, sobre valores y creencias de los jóvenes de diciembre del 2001. Me ha servido para reafirmarme en algo que ya intuía, y es que los jóvenes pertenecientes a la iglesia se avergüenzan y tienen poca simpatía por su iglesia. Cuando en la encuesta se pregunta sobre la pertenencia a organizaciones o movimientos sociales, los jóvenes declaran que las organizaciones a las que más pertenecen actualmente son las de tipo religioso, solo superadas por las asociaciones de tipo deportivo. Es decir que ni las asociaciones ecologistas, ni las pacifistas, ni las de derechos humanos, ni las feministas, ni los sindicatos, ni muchas otras tienen tantos miembros como las organizaciones religiosas.

Pero por otro lado cuando se pregunta a los jóvenes, que grado de simpatía les merece las diferentes organizaciones, declaran que las asociaciones religiosas son las que menos simpatía les merecen, junto con los partidos políticos.

Este dualismos entre pertenecía y falta de simpatía a las asociaciones religiosas parece reflejar el profundo malestar que los jóvenes tienen hacia su iglesia, a la que pertenecen y aman por ser pueblo de Dios pero critican fuertemente por ser una estructura rígida y jerarquizada.

Cuando a los jóvenes se les pregunta que opinan de la Iglesia Católica, un 12,8% pasan de ella; un 9,7% opina que debería desaparecer; un 63,7% creen que debe adaptarse a los nuevos tiempos y un 10,5 creen que debe permanecer fiel a sus dogmas. Como vemos hay un porcentaje bajo de jóvenes que pasan de la iglesia, y un numero muy alto los que piden que la Iglesia Católica cambie (63,7%). Esto se reafirma cuando se les pregunta a los jóvenes sobre cuestiones morales referente al matrimonio, la igualdad entre hombres y mujeres, la sexualidad, el aborto, la pena de muerte, la eutanasia; en estos temas los jóvenes están mayoritariamente en contra de la postura oficial de la iglesia.

Según el informe “Jóvenes 2000 y religión” editado por la Fundación Santamaría. Los jóvenes le piden a la Iglesia Católica que cambie ya que solo para un 3% la juventud española la iglesia dice cosas importantes para su interpretación del mundo y solo para un 3,3% la iglesia da ideas y valores válidos para orientar la vida. Uno de los autores del estudio de la Fundación Santa María considera que la Iglesia española «va camino de convertirse en una secta». Para Carmona, según refleja el diario abc, una de las causas del alejamiento de la juventud de los patrones católicos se encuentra en «la posición de la Iglesia, cada vez más marginal y enfrentada a la sociedad». «Los jóvenes no se sienten identificados con la institución», subraya el sociólogo, para quien «la Iglesia católica en España va camino de convertirse, en sentido sociológico, en una secta, cualitativa y cuantitativamente, pues frente a la debacle sólo sabe encerrarse en sí misma». Carmona acusó a los jerarcas católicos de negar el diálogo en la Iglesia, y apuntó cómo «los jóvenes no pueden sintonizar con una institución portadora de una cultura tradicional y que no está capacitada para entenderse con la juventud». El informe añade a modo de conclusión que «los jóvenes tienden a construir su Iglesia al margen de la Iglesia oficial, la Iglesia-comunidad frente a la Iglesia-institución». La brecha se observa en algunos aspectos, como el de las relaciones sexuales o el uso de anticonceptivos. Así, el sociólogo Javier Elzo subrayó durante la presentación del informe que «sólo el cinco por ciento de los jóvenes españoles que practican la religión católica siguen la doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad».

Haríamos muy bien en escuchar a los jóvenes, que son en edad los más cercanos a los niños, de los que Jesús dijo: “De los que son como ellos es el Reino de Dios”. (Lucas 18,16.)

Por otra parte la jerarquía católica dice que el problema está fuera, en el laicismo dominante, en el individualismo...

En la última charla del Congreso de Apostolado Seglar en Madrid (noviembre 2004). Mons. Stanislaw Rylko presidente del Consejo Pontificio para los Laicos nos dijo que “La cultura dominante de nuestro tiempo ha infiltrado en las mismas instituciones europeas un fuerte prejuicio anticristiano”; y como única critica a la iglesia dijo que: “Por nuestra falta de coraje y por nuestra mediocridad, nosotros los cristianos llegamos a ser cada día más insignificantes e inútiles”; refiriéndose a los bautizados se nos dijo: “Desgraciadamente, hoy, aumenta el número de los cristianos que viven por así decir un cristianismo "anagráfico" o condicional y limitativo. Son aquellos cuyo nombre duerme en el registro de los bautizados y basta. Y son aquellos que a menudo escuchamos decir: "Soy católico, pero...", "Soy creyente, pero...". Frecuentemente nosotros los cristianos corremos tras los dictados de la cultura dominante, imitando los discursos de este mundo y olvidando quiénes somos”.

¿No será que el prejuicio hacia la iglesia ha sido ganado por su postura rígida y poco dialogante? ¿No será que en vez de coraje a los cristianos, lo que le falta a la Iglesia Católica es revisar sus posturas y contenidos incoherentes con los signos de los tiempos? Es muy significativo que se nos responsabilice a los laicos cristianos del rechazo a la iglesia cuando hace solo 40 años no contábamos casi para nada, y es muy curioso que se critique a los bautizados solo de nombre, cuando a casi ningún bautizado se le pidió opinión para ser miembro de la Iglesia Católica.

Yo me confieso pecador, pues soy uno de tantos cristianos a los que les da vergüenza confesarse miembro de una iglesia que prohíbe el uso de preservativos incluso para prevenir el sida, una iglesia que niega a los separados ser felices con otra relación, una iglesia que admite la posibilidad de la pena de muerte, una iglesia que da la comunión a un genocida como Pinochet y pide su indulto, una iglesia que ve en la masturbación pecado y un acto gravemente desordenado, una iglesia que niega a las mujeres el derecho a la vocación sacerdotal, una iglesia que prohíbe a los sacerdotes tener una familia, una iglesia que se considera infalible cuando se ha equivocado tanto a través de la historia.

Dentro de la Iglesia Católica hay mucho bueno, de hecho es la mayor ONG del mundo, hay muchas personas entregados a los demás en nombre de Jesucristo, y desde nuestra iglesia se da sentido a la vida y trascendencia a lo humano; pero lo mejor de la iglesia no está desafortunadamente dentro de la jerarquía católica.

Tampoco entiendo porque la jerarquía eclesiástica es tan alarmista con el tema de la familia, la familia ahora va mejor que nunca porque hay más libertad, más comunicación y se tiene más en cuenta a los hijos; o sea hay mas amor y menos autoritarismo, y los hijos temen menos y quieren más a sus padres y esto es bueno. Según la encuesta del CIS la familia para los jóvenes es muy importante en un 77,8%, bastante importante en un 21,3%, poco importante en un 0,6% y nada importante 0,1%. Esto sin duda asegura la estabilidad de la familia y de esta manera los obispos pueden dejar de luchar para pedir leyes que encorseten a la familia y se puede dedicar más a otras cuestiones, por ejemplo los hambrientos, los sedientos, los pobres, los inmigrantes, los encarcelados... No olvidemos que Jesús de Nazaret le dio más importancia al amor que a las leyes.

Pido a Dios que el Espíritu Santo ilumine al Papa y a los obispos a reconocer sus errores presentes, a ser más dialogantes, a ser más fieles al Espíritu Santo que se manifiesta por todas partes y a discernir los signos de los tiempos en nuestra sociedad de hoy. Eclesalia.

recuperar la alegría

“¡VAMOS A RECUPERAR LA ALEGRÍA!”
Mensaje final del encuentro convivencia-estudio con ocasión de la XV Asamblea de la ‘Red Europea de la Iglesia por la Libertad’

IGLESIA DE BASE DE MADRID, CORRIENTE SOMOS IGLESIA Y COL.LECTIU DE DONES EN l'ESGLESIA, miembros de "Red Europea de Iglesia por la Libertad"
MADRID.

ECLESALIA, 09/05/05.- Convocados por Iglesia de Base de Madrid, Corriente Somos Iglesia y Col.lectiu Dones en l’Esglesia con ocasión de la XV Asamblea de la Red Europea de la Iglesia por la Libertad, nos hemos reunido durante el día de hoy, 7 de mayo de 2005, 190 personas en una jornada de trabajo en la que hemos analizado la actual situación por la que está atravesando la sociedad española y europea, los posicionamientos que ante ella están tomando las iglesias y las posibilidades que se nos ofrecen en un futuro inmediato. La jornada ha supuesto la culminación de una primera fase de trabajo por parte de varios equipos que dará paso a una última etapa de matización en las comunidades y movimientos, y la posterior publicación de los documentos.

Durante este largo proceso hemos sido testigos de la muerte de Juan Pablo II (a quien deseamos un descanso feliz) y de la elección del Benedicto XVI, cuyo pontificado deseamos que sea un nuevo renacer de la esperanza en las iglesias y en el mundo. Aunque las conclusiones de este trabajo serán publicadas en breve, hoy queremos adelantar algunas constataciones y otras claves de actuación:

1ª. Hemos reconocido una sociedad española y europea plural y polivalente. Asentada sobre la lógica del mercado capitalista se advierten mayoritariamente en ella dos tendencias: de una parte, la que genera un sujeto individualista y competitivo, sumiso y desigual y que tiene como consecuencias más llamativas la desigualdad en la distribución de la riqueza, el corporativismo partidista e identitario, la devaluación de la democracia y la exclusión de los sectores más débiles como son los jóvenes y la mujer, los niños, los homosexuales y los inmigrantes. De otra parte y sin llegar a formar una firme alternativa a la lógica del sistema, hemos descubierto en todos los estamentos sociales una tendencia firme a transformar las aristas más dolorosas del sistema: desde la construcción de una conciencia y cultura ciudadana de participación y respeto a la diversidad, hasta el reconocimiento de la dignidad de los/as excluidos; desde el respeto al equilibrio ecológico, hasta la búsqueda de otras formas de economía social y cooperativa.

2ª. También hemos descubierto una iglesia en España y en Europa plural y diversa donde se advierten predominantemente dos tendencias marcadas por la forma de organizarse, la vivencia de la espiritualidad y el modo de presencia en el mundo. Ambas formas aparecen actualmente envueltas -aunque de diverso modo- en dos crisis profundas que afectan a su credibilidad y significación en el mundo. Aunque estas crisis no son exclusivas de la iglesia católica –de algún modo alcanzan a todas las confesiones religiosas en España y en Europa-, en nuestra propia casa tienen un eco más determinante porque nos están emplazando tanto a ajustar nuestras cuentas con la modernidad (lo que ya intentó el Vaticano II) como al compromiso con la justicia en el mundo.

3ª. Estamos siendo testigos de un cambio de época, marcado por las transformaciones que suponen las nuevas tecnologías y la globalización. Un cambio epocal que está generando exclusión y muerte para colectivos y continentes enteros, pero que también está dejando al desnudo de toda racionalidad y de toda justicia social este sistema capitalista-imperial. Todo esto supone un gran desafío para la significación de la fe cristiana y la credibilidad de las iglesias. No obstante, existen muchas grietas que están resquebrajando el sistema y sus amenazas están, por lo mismo, preñadas de esperanza. Por eso, como cristianos de la base eclesial, deberíamos recuperar algunas claves que, como las siguientes, hagan más creíble y significativo el mensaje cristiano:

Primera clave. Ante una Europa fortaleza y club de la abundancia y unas iglesias cómplices de la exclusión de terceros y cuartos mundos, necesitamos volver a Jesús de Nazaret y recuperar con radicalidad su seguimiento. Un seguimiento que incluye, como primer paso, la opción real y efectiva por los pobres y sus causas; la proximidad a las víctimas y el enfrentamiento contra todo aquello que es causa de exclusión social. Aquí, en nuestro contexto, esta vuelta a Jesús incluye una apuesta firme por una sociedad europea justa y abierta, democrática y secularizada.

Segunda clave. Ante una sociedad marcada por la ideología del individualismo, la limitación de la ciudadanía y la devaluación de la democracia y unas iglesias que se atrincheran en una jerarquización trasnochada que excluye la participación y la igualdad radical del pueblo creyente, necesitamos, de una parte, reforzar la capacidad profética para exigir a la iglesia de Roma algunos gestos significativos como los siguientes: la renuncia del Papa a seguir siendo jefe de un Estado como el Vaticano y la supresión de los nuncios, sus embajadores; la renuncia a continuar siendo un monarca absolutista y la disposición a aceptar, como “primus inter pares”, la representación colegiada en la dirección de la Iglesia con la necesaria inclusión de la mujer en este servicio; la renuncia a la teología del Primado de Pedro que es un resabio de imperialismo medieval; y la aceptación de la iglesia igualitaria y diversa, autóctona y fraterna del Nuevo Testamento. Y, por otra parte, necesitamos recuperar también el movimiento comunitario de base en orden a ofrecer referencias comunitarias a las iglesias, y paradigmas de socialización significativos para la sociedad actual.

Tercera clave. Ante la falta de ética y el uso abusivo de la ciencia en nuestra sociedad y el desprecio que a menudo hacen de ella nuestras iglesias, debemos recuperar el diálogo honesto y crítico con la realidad y los distintos saberes (filosóficos, antropológicos y técnicos). Un diálogo igualmente distante de enrocamientos doctrinales como de la fácil y acrítica adaptación a las novedades.

Cuarta clave. Finalmente, recogiendo el testigo de tantas personas anónimas que, contra viento y marea, siguen creyendo y esperando en Dios y en la Humanidad, necesitamos fomentar y fortalecer una mayor coordinación. Una coordinación en red tanto de los movimientos, grupos y personas de por libre, como de los medios con que contamos. Una coordinación capaz de ir proyectando en la sociedad y en las iglesias un estilo de vida alternativo al actual sistema, y unos valores más cercanos a aquello por lo que estamos luchando: la justicia, la igualdad radical (nunca reñida con la diversidad), la solidaridad real y la paz.

Nos hacemos estas propuestas con honestidad y sin perder el humor. Secundando la fina ironía de González Faus, nosotros, cristianos y cristianas de base, no vamos a negar la Eucaristía a María de Nazaret por haber convivido con José antes de casarse; ni vamos a denunciar anónimamente ante la Sagrada Congelación para la Doctrina de la Fe a José, su casto esposo, por haber dudado de la virginidad de María; ni, por más escandaloso que parezca, vamos a privar del sacerdocio al laico Jesús de Nazaret por haber celebrado su primera misa en medio de una cena de familia. ¡Vamos a recuperar la alegría! Gracias.

Madrid, 7 de mayo de 2005

---> Para más información: Evaristo Villar ( evaristo_villar@yahoo.es ) y Carlos Fernández Ordóñez ( cafoc@tiscali.es )

irreversible esperanza 2/2

CRISIS IRREVERSIBLE EN LA IGLESIA CATÓLICA
Pero otra manera de ser iglesia también es posible

PABLO RICHARD, doctor en Biblia y en Sociología de la Religión, director del Departamento Ecuménico de Investigaciones, DEI
SAN JOSÉ (COSTA RICA).

---> Segunda parte. (Primera parte publicada en Eclesalia el 05 de mayo de 2005)

¿Porque el pueblo quiere tanto a Juan Pablo II? ¿Porque Benedicto XVI necesita mejorar su imagen?

ECLESALIA, 06/05/05.- Se podría deslegitimar nuestro pensamiento crítico como el pensamiento típico de los pequeños grupos intelectuales, aislados del sentir y pensar del pueblo sencillo. Esta es una manera muy tradicional para descalificar todo análisis crítico y ocultar la utilización que se hace de la exaltación de hechos religiosos para intereses institucionales de la iglesia.

Es un hecho evidente que los medios de comunicación dieron una cobertura inusual a todos lo hechos relativos a la enfermedad, muerte y entierro de Juan Pablo II y a la exhibición majestuosa de los cardenales que en el conclave eligieron a Joseph Ratzinger como Papa. Fue una verdadera apoteosis mediática. Esto necesariamente tuvo un influjo directo y eficaz en la opinión popular.

Los medios de comunicación que exaltaron todos los hechos “pontificios” de este período fueron en su mayoría los medios más poderosos e influyentes en el poderoso sistema económico actual. ¿Porque esta exaltación de los hechos? Mi hipótesis es que era necesario responder a la carencia en el sistema actual de globalización de un líder espiritual fuerte y reconocido universalmente. Los grandes líderes políticos del mundo actual son profundamente corruptos, ambiciosos, violentos, sin valores éticos y sin ninguna preocupación por la mayoría pobre y excluida en el sistema actual de libre mercado. Nadie niega la santidad personal y el carisma de Juan Pablo II, sus valores éticos y sus intervenciones proféticas en momentos difíciles de la historia moderna. Un ejemplo fue su oposición a la guerra de Irak, su visita solidaria a Cuba y su preocupación por la paz en el medio oriente, donde ha buscado destruir muros y construir puentes. Pero otra cosa es la manipulación que hacen los medios globales de comunicación de la figura de Juan Pablo II como el líder que derrotó el comunismo y el defensor de los valores éticos que necesita la humanidad actual. Con esta manipulación buscan construir el líder espiritual que el sistema actual de globalización necesita para funcionar. Esta manipulación está en contra de las intenciones y el ser espiritual de Juan Pablo II. También es escandaloso como las Iglesias locales aprovechan esta apoteosis manipuladora de los medios de comunicación para sus propios intereses institucionales. Muchas Iglesias se sienten ahora importantes al ser incluidas en las necesidades “espirituales” de la globalizacion y de la construcción de un “Imperio cristiano”.

El impacto de los medios de comunicación en la Iglesia como Pueblo de Dios se debe también a la falta de conducción espiritual. La generación de obispos profetas, llamada la generación del Concilio Vaticano II y de las conferencias episcopales de Medellín y Puebla, que algunos también llaman “los Padres de la Iglesia laltino-americana”, es una generación que está desapareciendo simplemente por edad. Esos obispos han sido programáticamente sustituidos por obispos contrarios a la tradición profética y renovadora de la iglesia de Medellín y Puebla. Otro factor que ha influido en la carencia de conducción espiritual en la Iglesia ha sido el silenciamiento de mas de 140 teólogos y teólogas de la Liberación, realizado por la Congregación de la Doctrina de la Fe que condujo por 23 años el Papa actual Joseph Ratzinger. También ha sido negativo el regreso a la estructura tridentina de poder en la Iglesia: el Papa en Roma, el Obispo en su diócesis y el Cura en su parroquia. Los laicos marginalizados a tareas cada vez menos importantes y las laicas casi no existen. Benedicto XVI tendrá que hacer un esfuerzo importante para cambiar su imagen negativa de “guardian de la ortodoxia” para ganar la simpatía del Pueblo de Dios. Nunca un inquisidor ha sido popular.

Por último, el atractivo de Juan Pablo II, especialmente en las masas católicas, responde a la necesidad del pueblo de tener una referencia de poder espiritual y global que los represente y con la cual se sientan identificados. Juan Pablo II, por su carisma personal, por sus viajes y gestos muy significativos, se ganó un reconocimiento universal. Todo pueblo necesita tener un Papa, un Rey, un símbolo de poder. Es paradigmático el hecho bíblico en el primer libro de Samuel cap. 8, donde el pueblo pide a Samuel un rey. Después de 200 años que el pueblo ha vivido feliz sin rey, sin templo, sin ejercito permanente, ahora quiere tener un rey como los demás pueblos. Samuel les replica todo lo negativo que es tener un rey, pero el pueblo insiste en tener un rey. Nace así la monarquía en Israel, que durará mas de 400 años y que será, salvo algunas pocas excepciones, una experiencia negativa y fuertemente criticada por los profetas.

Presupuestos para la construcción de una nueva manera de ser Iglesia

Ya hemos dicho que la crisis irreversible de la Iglesia Católica y la contra-reforma en contra la reforma realizada por el Concilio Vaticano II y por los eventos de Medellín, Puebla y Santo Domingo, no niega la posibilidad de construir una nueva manera de ser Iglesia, un nuevo modelo de Iglesia o una nueva tendencia dentro de la Iglesia. Ahora veremos los presupuestos para esta reconstrucción y la fuerza que lo hace posible.

Primero: será muy importante la ruptura con el euro centrismo de la Iglesia y con el mito de una Europa cristiana evangelizadora. Esto no significa romper nuestra comunión con el obispo de Roma, como centro de unidad de toda la Iglesia católica.

Segundo: el nuevo modelo de Iglesia tendrá como espacio fundamental el Tercer Mundo, definido por la contradicción Norte – Sur. Para nosotros el sur existe y la relación sur-sur afirma nuestra identidad. El horizonte de la nueva manera de ser Iglesia será América latina, Caribe, Africa, Asia y Oceanía.

Tercero: el nuevo modelo será radicalmente ecuménico. Solo con una profunda solidaridad ecuménica podremos resistir la crisis del modelo conservador de Iglesia, generado por el proceso de contra-reforma en la Iglesia católica. Solidaridad con las Iglesias protestantes, evangélicas, pentecostales y otras iglesias cristianas del oriente y todas aquella que tienen una dimensión ecuménica. El ecumenismo es un espacio de libertad y diálogo, donde se respeta la pluralidad de tradiciones y confesiones. El ecumensimo recupera la pluralidad de las Iglesias que los Apóstoles nos dejaron.

Cuarto: el diálogo inter-religioso, especialmente con el Judaísmo y el Islam, las tres religiones así llamadas abrahámicas. Diálogo también con otras religiones importantes del Asia, Africa y religiones autóctonas de América latina. El diálogo inter-religioso mas que “diálogo”, será una profunda comunión espiritual y solidaria. Los temas del diálogo inter-religioso no serán temas dogmáticos, sino temas de vida o muerte como la paz, la guerra, el hambre y otros. El objetivo principal de la “misión” ya no será la ”conversión" del otro, sino el sumar fuerzas en la construcción de la paz. “Sincretismo” no significa relativismo o confusión, sino literalmente significa “sumar fuerzas” en función de la paz. Por eso el diálogo inter-religioso practica el sincretismo, la oración en común, la solidaridad y el respeto mutuo.

Quinto: fidelidad irrestricta al Concilio Ecuménico Vaticano II (1962 -1965). Recordemos aquí algunos temas teológicos mínimos, para no olvidarlos o para darlos a conocer a muchos alos que nunca se los dieron a conocer. Estos temas son:

a) La Iglesia es el Pueblo de Dios, no solo su estructura jerárquica. Su razón de ser no está en ella misma, sino en el Reino de Dios. La Iglesia subsiste en la Iglesia católica. Sacerdocio común de los fieles, dotados éstos de múltiples carismas. Colegialidad episcopal (Lumen Gentium).

b) La Sagrada Escritura es el fundamento de la Iglesia y el alma de la teología. El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino totalmente a su servicio. La Iglesia, más que poseer la verdad, camina hacia la plenitud de la verdad (Dei Verbum).

c) La Iglesia tiene su lugar propio en el mundo, abierta a la modernidad y al humanismo contemporáneo. Autonomía de lo temporal frente a la Iglesia (Gaudium et Spes).

d) Otros temas importantes en el Concilio son: la reforma litúrgica, el ecumenismo, la libertad religiosa, los medios de comunicación y los Derechos Humanos.

Sexto: fidelidad a la Segunda Conferencia del Episcopado latinoamericano en Medellín (1968). Recordemos algunos textos: “Los principales culpables de la dependencia de nuestros países son aquellas fuerzas que, inspiradas en el lucro sin freno, conducen a la dictadura económica y al ‘imperialismo internacional del dinero”; “situación de injusticia que puede llamarse de ‘violencia institucionalizada”; “educación liberadora: la que convierte al educando en sujeto de su propio desarrollo”; “un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” ; “En nuestra misión pastoral confiaremos ante todo en la fuerza de la Palabra de Dios”; “La comunidad cristiana de base es el primero y fundamental núcleo eclesial… célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo”.

Séptimo: fidelidad a la Tercera Conferencia del Episcopado latinoamericano en Puebla (1979) Pro memoria algunos textos: “La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela”; “está subiendo hasta el cielo un clamor cada vez más tumultuoso e impresionante. Es el grito de un pueblo que sufre y que demanda justicia…”; La Iglesia asume “una clara y profética opción por los pobres”; “afirmamos la necesidad de conversión de toda la Iglesia para una opción preferencial por los pobres, con miras a su liberación integral”; “El compromiso con los pobres y los oprimidos y el surgimiento de las Comunidades de Base han ayudado a la Iglesia a descubrir el potencial evangelizador de los pobres”; “Exigencia evangélica de la pobreza como solidaridad con el pobre y como rechazo de la situación en que vive la mayoría del continente”.

El Concilio Vaticano II y las Conferencias de Medellín, Puebla y Santo Domingo fue un momento de gracia y una oportunidad única que Dios nos dió (un “kairós”) para una auténtica reforma de la iglesia católica. Esta reforma la iniciaron los mismos obispos y ellos tienen la responsabilidad de mantener viva y de desarrollar esta tradición en la iglesia. Solo nuestra fidelidad a la Reforma de la Iglesia la hará posible.

Donde está nuestra fuerza para construir un nuevo modelo de Iglesia

Nuestra práctica fundamental para construir un nuevo modelo de Iglesia o una nueva manera de ser Iglesia, no será la confrontación con el modelo conservador, actualmente dominante y en crisis irreversible en la Iglesia, sino una practica positiva de crecimiento, al interior de la Iglesia, justamente ahí donde está realmente nuestra fuerza.

¿Dónde está nuestra fuerza? Sólo enumeramos:

Primero: en la opción por los pobres, por los excluidos y en la opción por la vida de la tierra y del agua. En la opción por una sociedad donde quepan todos y todas en armonía con la naturaleza. En la crítica radical al actual modelo de mercado global de inspiración neo-liberal. En la esperanza de que otro mundo es posible y que es posible construir el sujeto capaz de hacerlo posible.

Segundo: en una espiritualidad liberadora y en una ética de la vida (“la Gloria de Dios es el ser humano vivo; la gloria del ser humano es la Visión de Dios”: San Irineo).

Tercero: en la Lectura Popular de la Biblia, llamada también lectura pastoral o comunitaria de la Biblia Todo movimiento de reforma de la iglesia ha comenzado cuando se devuelve al Pueblo de Dios la Biblia, cuando ponemos la Biblia en las manos, el corazón y la mente del Pueblo.

Cuarto: en la Teología de la Liberación. La Teología es una fuerza, sobre todo cuando constatamos que el modelo conservador de Iglesia, justamente está en crisis por tener mucho poder y poca teología. La Teología de la Liberación construida por los nuevos sujetos: mujeres, afro-americanos, indígenas, campesinos, jóvenes, niños, indigentes, los de una opción sexual diferente, etc. Nuevos sujetos todos unidos en una crítica radical al sistema actual de dominación.

Quinto: en la construcción de Comunidades Eclesiales de Base y organizaciones similares. En la renovación de la vida religiosa. En los movimientos apostólicos con un claro sentido de participación y liberación en la Iglesia.

Sexto: En la formación de agentes de pastoral dentro de la iglesia y líderes cristianos militantes en los Movimientos Sociales y políticos. Participación prioritaria de la mujer en todos los espacios, niveles y liderazgos, en la Iglesia y en la sociedad.

Séptimo: en la Iglesia concebida fundamentalmente como Pueblo de Dios, con una fuerte participación de hombres y mujeres en todos los niveles eclesiales y pastorales. Multiplicación de los carismas y ministerios laicales dentro de la iglesia. Celibato como carisma voluntario y universal, no integrado necesariamente al ministerio presbiteral o episcopal.

Octavo: en los profetas, tanto dentro de la iglesia como fuera de ellos. Con el desaparecimiento progresivo de la generación de los obispos profetas de Medellín y Puebla, surgen ahora también profetas laicos fuera de la iglesia, en el ámbito de la economía, la política y la cultura.

Terminamos repitiendo lo que dijimos al comenzar: la elección de Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II nos ha revelado finalmente cuál es la crisis que realmente vive la Iglesia Católica, pero al mismo tiempo nos ha clarificado cual es nuestra propuesta positiva de construir una nueva manera de ser Iglesia. Con lo dicho queda claro que ese otro modelo de ser Iglesia es posible y que tenemos la fuerza para construirlo. La crisis del modelo conservador de Iglesia, que ahora ha llegado a ser una crisis irreversible, inserta en el contexto mayor de crisis de la civilización occidental y cristiana y de crisis de un Imperio que se define como Cristiano, es una crisis que nos llena de perplejidad, temor, angustia y desesperanz. Pero la posibilidad histórica y real de construir un nuevo modelo o manera de ser de la Iglesia nos llena de esperanza y alegría. fin

irreversible esperanza

CRISIS IRREVERSIBLE EN LA IGLESIA CATÓLICA
Pero otra manera de ser iglesia también es posible

PABLO RICHARD, doctor en Biblia y en Sociología de la Religión, director del Departamento Ecuménico de Investigaciones, DEI
SAN JOSÉ (COSTA RICA).

ECLESALIA, 05/05/05.- La elección de Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II nos ha revelado finalmente donde está y cual es la crisis que realmente vive la Iglesia Católica, pero al mismo tiempo nos ha clarificado cual es nuestra propuesta positiva de construir una nueva manera de ser Iglesia.

Existen en la actualidad dos modelos o dos maneras diferentes de ser Iglesia. “La Iglesia” es solo un concepto teológico que no existe en la realidad, lo que existe históricamente son modelos, tendencias o maneras diferentes de ser Iglesia. En forma sencilla y provisoria podríamos distinguir hoy una manera conservadora de ser Iglesia y otra manera diferente, alternativa, liberadora. No hablamos aquí de dos Iglesias, sino de dos tendencias o modelos existentes al interior de la misma Iglesia Católica.

La interpretación crítica que aquí propongo de la elección del Cardenal Ratzinger como Papa es que ésta fue diseñada especialmente para dar continuidad a los 26 años del pontificado del Papa Juan Pablo II. El teólogo Ratzinger, brazo derecho de Juan Pablo II para cuestiones doctrinarias y Prefecto durante 23 años de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es elegido para darle continuidad teológica y dogmática al modelo de Iglesia construido por Juan Pablo II. Lo más importante en mi interpretación es que esta continuidad entre Juan Pablo II y Benedicto XVI confirma y hace evidente una crisis irreversible y final del actual modelo conservador de Iglesia.

Crisis “irreversible” significa una crisis que ya no puede ser resuelta con reformas parciales o con cambios puramente teológicos o de lenguaje. Una crisis irreversible es una crisis final. No hay marcha atrás, su perfeccionamiento solo consigue acelerar su muerte. Toda tendencia conservadora o proceso de contra-reforma en la Iglesia genera a largo plazo una iglesia en estado permanente de crisis. No sabemos cuanto tiempo durará la crisis. No es importante, pues al interior de la misma Iglesia pueden darse las dos tendencias o maneras diferentes de ser Iglesia, una conservadora en proceso permanente de crisis y otro modelo alternativo y liberador de Iglesia que crece con su fuerza espiritual y profética que le es propia. Los dos modelos no son paralelos, sino que se entrecruzan. La crisis irreversible de un modelo determinado de Iglesia, no impide que surja otra manera de ser Iglesia. Habrá tensiones, pero no necesariamente divisiones. Cuando más conciencia tomamos de que la crisis de la Iglesia actual es ya irreversible, cuanto más evidente se hace la necesidad de construir una nueva manera de ser Iglesia y discernir cual es la fuerza que tenemos para construirla.

Creo que la elección (designación) de Ratzinger como Papa ha sido una decisión errada, motivada por la necesidad de dar continuidad al proyecto eclesial ya existente y motivada también por el miedo al “relativismo”. Como lo dice el mismo cardenal Ratzinger en su homilía al inicio del cónclave, existe el peligro que la iglesia vaya a la deriva, zarandeada por cualquier viento de doctrina. Es ya una señal de crisis que la elección de un Papa haya sido por una necesidad de continuidad y por miedo a la auténtica diversidad y pluralidad.

Mi propuesta positiva y constructiva, en este momento de crisis irreversible de la Iglesia católica, es la posibilidad real de construir otra manera de ser iglesia, otro modelo de Iglesia, alternativo y liberador, al interior de la Iglesia actualmente existente. Tenemos la fuerza teológica y espiritual suficiente para construir esa nueva manera de ser iglesia. No creo que la solución sea salirse de la Iglesia, sino crear una nueva manera de ser Iglesia al interior de ella misma. La motivación para seguir luchando dentro de la Iglesia, no es el miedo o la necesidad, sino la responsabilidad pastoral de caminar con el pueblo pobre y excluido, para quienes muchas veces la Iglesia es su única esperanza. Sería muy fácil abandonar ahora la Iglesia, cuando el Pueblo de Dios más que nunca necesita de Teólogos de la liberación y Pastores comprometidos. El mismo Pueblo de Dios tiene esta intuición: cuando estábamos celebrando el dos de abril el 25 aniversario de Mons. Romero, alguien dijo: “murió un Papa, pero resucitó un Profeta en el pueblo salvadoreño”.

Mi interpretación negativa de la elección de Ratzinger como Papa, puede ser tildada de radical. Mi propuesta positiva de construir una nueva manera de ser iglesia al interior de la Iglesia actual, puede ser tildada de utópica. No importa, pues muchas veces la radicalidad y la utopía van juntas.

Juan Pablo II y Benedicto XVI: crisis irreversible en la Iglesia Católica

Es una constante en la historia del Cristianismo la confrontación entre movimientos de reforma y contra-reforma al interior de la Iglesia. El Concilio Vaticano II (1962-1965), interpretado por nosotros desde las Conferencias Generales del Episcopado latinoamericano en Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992), constituye un auténtico movimiento de reforma en la Iglesia Católica. Con Juan Pablo II (1978-2005) y ahora con mayor razón con Joseph Ratzinger, llamado Benedicto XVI, se está consolidando una clara tendencia de contra-reforma en la Iglesia. En forma semejante, en el pasado, se dio una contradicción entre la reforma protestante (Lutero 1483-1546) y el Concilio de Trento (1545-1563), un concilio de contra-reforma, perfeccionado posteriormente por el Concilio Vaticano I (1869-1870). El Papa Juan XXIII, con la convocación al Concilio Vaticano II, rompió estos 400 años de contra-reforma y propuso un nuevo programa de reforma de la Iglesia.

Lo que decimos de la Iglesia, lo podemos también decir de la así llamada “civilización occidental y cristiana”, confrontada en la actualidad con el oriente no-cristiano. Esta situación se agudizó con la guerra preventiva del occidente “cristiano” contra el Irak islámico y su amenaza constante contra todos los pueblos orientales no cristianos. Esta crisis de civilización se enmarca a su vez en la realidad aun mayor de un Imperio, cuyo centro está en los Estados Unidos. El Imperio más poderosos del mundo se identifica explícitamente a sí mismo como un “Imperio Cristiano”. Su presidente fue elegido por una mayoría cristiana, tanto evangélica como católica. La historia, sin embargo, nos enseña que el triunfo de un Imperio Cristiano ha significado siempre el fracaso del Cristianismo.

Lo que provoca la crisis del modelo conservador de la Iglesia en la situación actual, es en primer lugar su euro centrismo. Para Juan Pablo II Europa “se convirtió en el gran centro de la evangelización del mundo y, a pesar de todas las crisis, no ha dejado de serlo hasta hoy” (“Memoria e Identidad”. Juan Pablo II, p.132). El Papa insiste en el carácter cristiano de Europa, contra el hecho evidente de su acelerada des-cristianización. Es desconcertante la noticia que el Cardenal Ratzinger se opone a la entrada de Turquía a la Unión Europea. La razón es sencilla: ni quiere que los musulmanes invadan la Europa “cristiana”. Es muy difícil para nosotros aceptar que Europa sea, según Juan Pablo II, el centro de la evangelización del mundo, no solo en el pasado, sino incluso hasta el tiempo presente. No podemos olvidar que el cristianismo llegó a América latina y El Caribe con la expansión del colonialismo europeo. No negamos los méritos de la Evangelización, sus misioneros y sus profetas, pero tampoco podemos olvidar que el colonialismo europeo saqueó nuestros recursos naturales, destruyó cruelmente nuestros pueblos indígenas y en la actualidad nos condena a muerte por el cobro injusto de la deuda externa y el neo-colonialismo de las compañías transnacionales.

Otro hecho evidente es que la Iglesia conservadora tiene todavía como horizonte el conflicto Este-Oeste y no el conflicto Norte-Sur. El sur no existe. Siempre se dice en forma triunfalista que la mayoría de los católicos están en América Latina, pero se ignora la situación trágica de pobreza y exclusión que se vive en nuestro continente “católico”. Es evidente que la Iglesia en Europa, especialmente en Polonia, quedó marcada por la experiencia cruel del nazismo y del comunismo. El Papa las califica como “las ideologías del mal”, como la “fuerza del mal”, como el “furor bestial” que amenazó de muerte a toda Europa. Esto es cierto, pero no se califican como “ideologías del mal” a la “Doctrina de la Seguridad Nacional”, que inspiró a todas las dictaduras militares “católicas” en América Latina, igualmente la ideología “neo-liberal” actual, que oculta y justifica la pobreza y la exclusión de un 60% de nuestra población. No se toma conciencia y no se denuncia proféticamente que el actual sistema de libre mercado también es una “fuerza brutal” que destruye nuestro continente “católico”.

Juan Pablo II y Joseph Ratzinger nunca entendieron la Teología de la Liberación. Para los dos, y para toda la curia vaticana, nuestra teología respondía a la expansión del marxismo en América Latina. Por eso se declaró pública y oficialmente la muerte del comunismo, del marxismo y de la Teología de la Liberación. Con esta actitud la jerarquía romana buscó liberarse de la Teología de la Liberación. La Iglesia le tenía miedo, porque sabía que la Teología de la Liberación decía la verdad y tenía razón. Nunca el Vaticano canonizó a los miles de mártires que murieron en la lucha por la vida y la justicia en América latina. El Papa nunca los canonizó por miedo a legitimar una concepción nueva de evangelización y de Iglesia y una nueva manera de hacer teología. Que no se haya canonizado a Mons. Romero es un escándalo para nosotros, pero también es un signo de debilidad de la curia romana.

Joseph Ratzinger ha denunciado reiteradamente lo que él llama “la dictadura del relativismo” y la necesidad de tener “una fe clara según el Credo de la Iglesia”. El problema central, sin embargo, es lo contrario: la dictadura del Dogma, de la Ley y del Poder central de la Iglesia, que impide todo dialogo ecuménico e inter-religioso. Un claro ejemplo de esto es el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe titulado “Dominus Jesus”, cuyo autor principal es Joseph Ratzinger. Se olvida también que la “fe clara según el Credo de la Iglesia” está en las Sagradas Escrituras, especialmente en los cuatro Evangelios, que son la Memoria, el Canon y el Credo de nuestra fe cristiana. El miedo al relativismo es en el fondo el miedo a la pluralidad religiosa y cultural, el miedo a la diversidad de opciones, el miedo a las teologías de género que critican el patriarcado, el miedo al resurgimiento de las religiones del Tercer Mundo.

En su homilía al iniciar el Cónclave el Cardenal Ratzinger habla del relativismo de los diversos modos de pensar: liberalismo, individualismo, vago misticismo religioso, agnosticismo, sincretismo y otros. Pero esta relativismo es más bien algo propio de la crisis de la modernidad, de la desintegración del occidente “cristiano“ y de la decadencia espiritual y ética del mundo desarrollado. Más importante es el “relativismo” de valores éticos que permite la mercantilización de la vida humana y cósmica. El nuevo Papa está más preocupado de las “corrientes ideológicas y modos de pensar”, que del genocidio de los pobres del mundo, donde la vida no vale nada.

Los viajes del Papa Juan Pablo II por América latina y El Caribe fueron una manifestación impresionante del poder religioso de la Iglesia. No niego muchos aspectos positivos de estos viajes, pero su efecto a mediano y a largo plazo no fue ni evangelizador ni liberador. La evangelización en América latina no pasa por el ejercicio del poder, sino por la defensa de la vida y por la construcción de una sociedad donde quepan todos y todas, en armonía con la naturaleza. Los verdaderos evangelizadores en América Latina son esos miles y miles de sacerdotes, religiosas y laicos anónimos que trabajan en el mundo de los pobres.

La Iglesia conservadora es autocrática y opresora, lo que provoca dentro de ella un espíritu de miedo generalizado: los laicos y laicas practicantes tienen miedo a los curas, los curas tienen miedo a los obispos, los obispos tiene miedo a la curia vaticana y ésta tiene miedo a la Teología de la Liberación. En lo moral, la Iglesia conservadora está mas preocupada por el aborto y el matrimonio de los homosexuales, que por los millones de seres humanos que mueren de hambre en el Tercer Mundo. A la Iglesia le preocupa la vida antes de nacer o la vida eterna después de la muerte, pero no la vida presente de la humanidad. La Iglesia no abre un espacio donde se discutan abiertamente los problemas éticos de la vida humana, como el aborto, las opciones sexuales, los métodos anticonceptivos y todos los problemas de la bioética. Muchos de estos temas no están resueltos, y no se resolverán nunca si la iglesia impone de modo autoritario una opinión única que no puede ser discutida.

Fin de la primera parte.

hablemos del papa

- HABLEMOS DEL PAPA
- CASUALIDADES Y CAUSALIDADES
- VERDAD OBJETIVA Y COHERENCIA DE VIDA
- RATZINGER TEÓLOGO Y PREECTO ANTES DE PAPA
- BENEDICTO XVI, NUEVO PAPA DE LA IGLESIA CATÓLICA
- PAPA
- LA ESPERANZA ESTA ABAJO
- BENITO 16 Y CULTO DEL SOBERANO
- ¿Y AHORA QUÉ ?

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HABLEMOS DEL PAPA
JOSÉ LUIS GALLO HIDALGO, cristiano de base
BURGOS.
ECLESALIA, 04/05/05.- Llevamos unos tiempos preocupados y ocupados con la muerte del anterior Papa y el nombramiento de uno nuevo. Nuestra sociedad está atenta y opina desde sectores muy distintos, lo que quiere decir que está viva y que genera en ella una gran esperanza. Quien sea designado el sucesor de Pedro no le es indiferente a nadie, con independencia de la creencia que cada uno tenga. Yo diría que no es tan importante quien sea el Papa sino que este sea un gran servidor del Evangelio, que esté abierto a la realidad de hoy.
Y resulta que ye tenemos Papa, Benedicto XVI, dicen que es el guardián de la ortodoxia católica. Y se comenta a viva voz que es muy conservador y dogmático y muchas más cosas. Creo que tenemos que madurar un poco y pensar que la relación con Dios es personal e intransferible.
En medio tenemos a unas personas, hombres y ¡por qué no! también mujeres, que dirigen o guían a las fieles. Pero bueno, hay que dejarse de zarandajas y pensar que los caminos de Dios son eso, que no siempre coinciden con los designios de los hombres. Seamos sensatos y conviene pensar que la Iglesia, que dicen que somos todos, la debemos hacer entre todos, no solo desde arriba hacia abajo, sino que los creyentes de a pie tenemos que seguir haciéndola cada día y a veces empujando para que vaya cambiando un poco más deprisa, por muy milenaria que sea.
Jesús fue un hombre de su tiempo, plenamente integrado en aquélla sociedad y supo dar respuesta a todos los problemas que aquélla tenía. Más aún, nos habló de presente y sobre todo de futuro. No eludió ningún problema.
Deseamos que esta sea su forma de actuar, que sea un papa evangélico y que encare los problemas que el mundo tiene planteados, sin anclarse en el pasado y en el inmovilismo. El papa tiene que ser un hombre de su tiempo y que junto con el resto de los cristianos sea capaz de que venga para todos el Reino de Dios.
Una Iglesia ajena a los problemas reales del mundo, como la pobreza de tantos hombres, la violencia y las guerras, las profundas desigualdades de todo tipo, la explotación y el tráfico de personas, la inmigración, el papel de la mujer fuera y dentro de la iglesia, la misión de los laicos y su participación activa en la Iglesia, el derecho de todos a la información y educación sexual , la relación responsable , la prevención de enfermedades de transmisión sexual, la planificación de la maternidad, el respeto a la diversidad sexual ,el celibato como opción personal voluntaria de las personas servidoras de la Iglesia, el acceso de la mujer a los ministerios, el dialogo permanente con otras confesiones religiosas, los problemas de la genética y su contacto permanente con la ciencia.
Es necesaria una Iglesia plural y abierta a la realidad social, que muy diversa en el mundo, con una presencia activa de todos a través de las Conferencias Episcopales como un órgano de participación de las Iglesias locales.
Es preciso que la Iglesia se renueve por dentro, que desarrolle el Concilio Vaticano II y que sea capaz de dar respuesta a los grandes interrogantes que cada día les surgen al hombre y a la mujer. Una Iglesia abierta a la vida, y a todos, sin exclusión de nadie.
Bueno, pues creo que hay tarea, y que esta esperanza que suscita este cambio histórico y el nuevo mileno que empieza, estén presentes y que esta etapa que se abre no la matemos antes casi de haber nacido.

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CASUALIDADES Y CAUSALIDADES
ALEJANDRO CASTILLO MORGA, ofm, Oficina de JPIC
ROMA (ITALIA).
ECLESALIA, 04/05/05.- La tarde era un poco fría. Son días en los que el invierno ha querido irse pero, por alguna razón, cualquier viento hace que las nubes vuelvan y se desate una lluvia repentina; es como si el invierno quisiera habitar por siempre entre nosotros. Justo cuando más nubes negras eran empujadas por el viento frío, que golpeaba sobre la Plaza de San Pedro, salió al balcón de la Basílica Mons. Medina Estévez –quien ha cultivado excelentes relaciones con Pinochet y camarilla- y con voz solemne proclamó: “Habemus Papam”. Era verdad que todos esperábamos esa noticia, por lo mismo un gran aplauso y gritos de alegría estallaron entre la multitud ahí reunida; luego de esto se hizo un silencio impresionante. El Cardenal Medina prosiguió: “Josephus Cardenal Ratzinger”. Sería mi estado de ánimo o mi prejuicio ante el nombre, pero además de los aplausos y gritos de alegría yo oí más pronunciado el tremendo ¡uh! que exclamó una parte de la gente que tenía cerca.
“¿Es el Cardenal alemán?”, preguntaba una familia española que llegó entera para conocer la noticia. Otros decían: “¿hablará igual de bonito que Juan Pablo?”. Pasaron unos minutos y salió la procesión del Pontífice recién anunciado, quien, en buen italiano, se dirigió a la multitud para dar un saludo y su primera bendición al pueblo allí reunido. El viento comenzó a soplar más fuerte y las nubes cubrían por entero la Basílica; sólo en algunos momentos los rayos del sol, que se ocultaba en el horizonte, dejaban ver unas luces tenues sobre la inmensa cúpula de San Pedro.
Hablemos de las causalidades. Ratzinger no llegó al ministerio petrino sólo por pura obra y gracia del Espíritu Santo; podríamos afirmar que su elección es, parafraseando a García Márquez, la crónica de una elección anunciada. Si ponemos cuidado en cómo se desarrollaron los hechos después de la muerte de Juan Pablo II, nos damos cuenta que, el entonces Cardenal decano del Cónclave, ocupó un lugar privilegiado dentro de las exequias. Esto fue una clara estrategia para mostrar al Cardenal en momentos clave no sólo a los medios de comunicación, sino también al resto de los Cardenales.
Pasadas las exequias de Juan Pablo II, Ratzinger más bien se mantuvo al margen, sin pronunciar alguna palabra significativa sobre las condiciones del nuevo Pontífice. Paciente, guardó silencio. De hecho, durante el consistorio -que en cierto modo fue un pre-cónclave-, Ratzinger no tuvo una participación significativa, no se mostró a los Cardenales. El diario “Il Tempo” afirma que al abrirse el consistorio, el 12 de abril, todos tenían el derecho a hacer uso de la palabra por siete minutos; así, se abrió la primera ronda y no se apuntó nadie más que el Cardenal Martini. Como buen crítico del conservadurismo y del centralismo de Juan Pablo II, sabiendo de la tentación en la que podían caer sus hermanos del cónclave, exigió que se retomara el aspecto de colegialidad episcopal en que tanto había insistido el Concilio Vaticano II. Terminó sus siete minutos y regresó a su lugar. Nadie se inscribió en la lista para participar. Entonces, nuevamente el Cardenal Martini se apuntó para hablar de los desafíos que tiene la Iglesia frente al mundo actual y de frente a la posmodernidad. Al terminar el tiempo establecido, nadie se había anotado en la lista, de modo que el ex Arzobispo de Milán volvió a hacer uso del micrófono y entonces expresó con franqueza que también el Papa debe jubilarse como lo hacen el resto de los obispos, y de manera especial debe hacerlo cuando una enfermedad le impide desempeñar su labor. Esto encendió la mecha entre los demás Cardenales, que inmediatamente fueron a enlistarse para responder a la intervención del Cardenal Martini. El cónclave se dividió entonces entre los que apoyaban la Colegialidad –aquí estaban Cardenales que simpatizan con la Comunidad de San Egidio- y los que más bien otorgan al Pontífice Romano todas las facultades para conducir la Iglesia, a pesar del riesgo del centralismo –aquí estaba la mayoría de los simpatizantes de Ratzinger.
Puede ser que la crónica del periódico “Il Tempo” no sea del todo precisa, pero sí deja ver que la mayoría de los Cardenales no está interesada en dialogar a profundidad con los problemas del mundo actual, en cambio a los señores Cardenales sí les preocupa seguir sosteniendo la buena imagen que el Romano Pontífice tiene en los medios de comunicación y su significado para el mundo moderno. Esta aparente división en el Cónclave, en realidad no fue tal, porque Ratzinger fue electo en la tercera ronda. Ello quiere decir que la Comunidad de San Egidio, como ya lo han señalado otros analistas, no representa una oposición real a quienes están a favor de la centralización del poder en manos del Pontífice, acaso manifiestan algunos matices. La oposición real, el sector progresista, está más bien anulado en el colegio Cardenalicio y de ello fue un artesano paciente Juan Pablo II, con la colaboración indiscutible de Ratzinger y de otras instancias, como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación y, por supuesto, la Comunidad de San Egidio.
No hubo, pues, sorpresas; nada de casualidades, sólo causalidades. Pero ¿por qué fue tan fácil el consenso? No se trató solamente de acordar la elección de un Papa de transición; más bien en todos existía la certeza de que era necesaria la continuidad en la obra iniciada por Juan Pablo II, y quién mejor que su más cercano asesor para continuar dicha obra. Ahora podemos apreciar que hubo cierto sentido pragmático en la elección, y que no tenemos un Papa de transición. Este apelativo se usó particularmente en otros momentos de elección del Romano Pontífice, para indicar que el Cónclave requería tiempo para condensar cambios. En este caso es evidente que no se pretenden grandes cambios; más bien se quiere la continuidad, sobre todo la consolidación del proyecto de Juan Pablo II. Nada de factor sorpresa. Es un plan que el sector conservador e influyente de la jerarquía católica tiene muy bien pensado, y cuenta con agenda para un buen rato.
Así pues, tenemos a Ratzinger como Papa Benedicto XVI.
No vale la pena remarcar más su trayectoria conservadora o su inexplicable conversión a la Teología contra el Vaticano II, en el cuál destacó su participación como un prominente teólogo. Acaso vale la pena mencionar que su análisis de la Teología de la Liberación se basa en un prejuicio a la filosofía marxista, que ni siquiera es usada por todos los teólogos de la Liberación. Fundado en la certeza de que todo lo divino es perdurable, se muestra enfadado con todo lo que parezca contingente o relativo en el discurso teológico, considerando que las categorías históricas disminuyen la importancia del contenido de trascendencia de la salvación y de los dogmas cristianos, de ahí que el sustento de la Teología de la Liberación sea reducido a un mero sentido ideológico de la fe. Mucho han escrito al respecto connotados teólogos. Lo que llama la atención es que esa valoración teórica de la Teología de la Liberación, olvida la práctica de muchos cristianos que han llevado hasta las últimas consecuencias el testimonio de su fe sellado con el martirio; no obstante, ese testimonio de vida está ya reconocido en la memoria del Dios de Jesús.
Propiamente Ratzinger no ha delineado un programa de su pontificado, pero a partir de lo que ha dicho en sus diferentes interlocuciones de los días pasados, podemos señalar los puntos neurálgicos hacia los que quiere dirigir su atención como Pontífice:
1.Invitación a los jóvenes para que sean agentes activos en su cruzada neoconservadora. Vale la pena recordar que el nombre Benedicto es un símbolo de la evangelización de Europa; así, la Cruzada emprendida por Juan Pablo II continuará con más fuerza en la recristianización de la sociedad europea secularizada.
2.Llamado a la unidad de los obispos, como condición de la eficacia en la obra evangelizadora de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Claro que este llamado a la unidad puede resultar ambiguo, porque no se habla de la inculturación del evangelio y sólo tiene la connotación de comunicar a Cristo a toda la humanidad; no podemos olvidar que la misma convocatoria, lanzada por Juan Pablo II, implicó en gran medida una creciente centralización y un mayor control del actuar de las Iglesias locales.
3.Exhortación a los sacerdotes, en torno al cuidado que deben tener con los sacramentos y de manera especial en la celebración de la Eucaristía, al mismo tiempo que invita a la devota celebración cotidiana de la misa como centro de la misión del sacerdote.
4.Llamado al diálogo ecuménico e interreligioso, enfatizando sobre todo el diálogo teológico como una manera de “purificar la memoria histórica”.
5.Invitación a todos los cristianos a que contribuyan en un auténtico desarrollo social, fundado en la dignidad humana y signo de un futuro nuevo. Hasta el momento, el respeto al ser humano ha atraído la atención de los medios de comunicación y de muchos de sus críticos, de modo que aquí encontramos una vía de entrada para poder discutir sus diferentes llamados.
6.Algo que llama la atención en su homilía del domingo 24, es la catequesis e interpretación de las insignias papales, con ello deja ver buena parte del proyecto de su Papado, del cual he señalado algunos aspectos en los puntos anteriores.
Ahora bien, aunque parezca irónico, el peligro no está en Ratzinger, teólogo guardián de la doctrina de la fe, el problema lo constituye la gran mayoría de aduladores del poder romano presente en los grupos conservadores, que está desarrollando no una teología sino un espiritualismo a ultranza, aparentemente fundado en los Dogmas de la fe, pero que en realidad no es otra cosa que un cristianismo sin más práctica que la piedad abstracta. Este cristianismo favorece el infantilismo de los fieles y su sujeción al clero, promoviendo una fe que no es adulta, sino que confía su conciencia a un superior mayor que le indica en todo momento lo que debe hacer.
Ante las críticas en el sentido de que Ratzinger es adusto, serio, sin la simpatía de Karol Wojtyla, sus asesores ya están tomando providencias, haciéndolo aparecer como un Pontífice bueno, un anciano sabio que gusta de acercarse a los niños y, sobre todo, que goza de los “baños de pueblo”; alguien que no sólo disfruta la soledad de las bibliotecas, sino que, a pesar de no haber vivido intensamente una labor pastoral, ahora está dispuesto a acercarse al pueblo y tocarlo. Al menos eso es lo que en estos primeros días nos han mostrado los medios.
Ahora bien, más que quedarnos en el pasmo ante las causalidades organizadas hasta ahora por los sectores conservadores, debemos pensar más bien cómo seguirá nuestra resistencia dentro de la Iglesia, en la cual hemos sabido vivir a pesar de la tendencia al neoconservadurismo que impulsó como nueva cruzada Juan Pablo II. Si tenemos un obispo conservador y centralista en el Ministerio Petrino, con una estructura mediática y grupos de católicos que están dispuestos a seguir la estrategia neoconservadora, ¿cuál podría ser nuestro marco de acción y nuestro mejor escenario para seguir la caminada al lado de los pobres? Me atrevo a delinear algunos aspectos que necesariamente tendrán que ser enriquecidos.
1.Actualizar y mantener nuestra fidelidad a la opción por los pobres y contra la pobreza. En muchas partes hay frutos y grupos activos inspirados en esta opción; hay que darnos ánimo y fortalecernos en el compromiso, además de manifestarnos el apoyo mutuo en los ámbitos de acción en los que acompañamos a los pobres en la reivindicación de sus derechos.
2.La solidaridad internacional ha crecido en diferentes direcciones y niveles. Hay que estar atentos a la creación de redes y al fortalecimiento de nuestros procesos.
3.Reactivar el profetismo desde el pueblo, no esperarlo desde las jerarquías. El sector del clero, la vida religiosa y la formación de los seminarios, en su mayoría han optado por alinearse a las condiciones impuestas desde Roma, de diferentes modos y con variadas estrategias. El objetivo de esa tendencia es la formación de servidores obedientes a las jerarquías, que carezcan de un punto de vista crítico a la estructura que sostiene a la Iglesia jerárquica. Probablemente no tendremos obispos, religiosas, religiosos y sacerdotes profetas; claro que si existen hay que apoyarlos y dar gracias a Dios por ello, pero en los ámbitos clericales se repite con frecuencia que la profecía en la Iglesia de los pobres se entendió de una manera equivocada y ello llevó a la polarización. De modo que tomando en cuenta una postura conciliadora, pero fiel a la causa de los pobres, más bien hay que fortalecer al sector de los laicos para que éstos ejerzan su profetismo. Como decía Mons. Romero: “el pueblo es mi profeta”; sin embargo no basta con reconocerlo, hay que vivirlo y promoverlo. No podemos esperar que el profetismo llegue desde la estructura o desde la jerarquía, hay que construirlo desde el pueblo, por supuesto ayudando a la conversión de nuestros pastores.
4.Continuar con la lucha por los derechos humanos. Es importante que se mantenga a nivel de la sociedad en general, pero ahora más que nunca tenemos que promover los derechos humanos en el interior de nuestras comunidades y dentro de nuestra Iglesia. Es urgente que, como testimonio vivo, nuestras comunidades de fe sean un lugar simbólico para la referencia concreta de la cultura de los derechos humanos.
Claro que con estos aspectos no pretendo agotar la agenda pendiente de la Iglesia de los Pobres. Sin embargo sí quiero resaltar que, ante la tendencia al neoconservadurismo y la centralización, hace falta impulsar más la formación y la acción de cristianos maduros en su fe, ya que en este momento toca a los laicos asumir un papel protagónico que no puede esperar. Si de esto damos testimonio ante nuestros pastores, les podremos ayudar y brindar la oportunidad de que se conviertan. No caigamos, pues, en la desesperanza; más bien caigamos en la cuenta que el camino nos espera para seguirlo andando.
El día del anuncio del nuevo pontífice, había nubes negras, un viento frío y muy pocos rayos de sol; todo ello reflejaba muy bien mis sentimientos al conocer la noticia. Sin embargo, quiero mencionar ahora lo que Benedicto dijo esa tarde: "Dios sabe actuar con instrumentos aunque sean débiles". Ojalá los rayos del sol sean suficientes para iluminar una nueva alborada.

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VERDAD OBJETIVA Y COHERENCIA DE VIDA
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGEZIRAS (CÁDIZ).
ECLESALIA, 04/05/05.- No me lo esperaba. Sabía que había dos cardenales, quicios fundamentales de la Iglesia actual, Ratzinger y Martini, pero que, por sus 78 años habían pasado el nivel de renuncia de una acción pastoral directa establecido a los 75 años. Por otra parte, las biografías del resto de los cardenales, a pesar de ser ricas en preparación y entrega, no impedían que los electores, guiados por el Espíritu Santo, miraran hacia la gran valía de otros posibles candidatos que, sin ser cardenales, existen en la Iglesia Universal, en Occidente y en Oriente. Cuando enfermó gravemente Juan Pablo II parece que algunos no aceptaban su muerte. Cariño y fanatismo se confundían y se le ponía alto el listón al próximo Papa. Sin embargo, “a Papa muerto, a los pocos días, Papa puesto”. La Iglesia continúa y un nuevo Papa, Ratzinger, ha tomado el timón. De él se espera lo que se necesita, que sea un Pastor Universal fiel al Mensaje de Cristo y abierto a la realidad de nuestros días. Desde ahora deja de ser “guardián de la fe” para convertirse en Pastor Universal. Su nuevo ministerio le exige contar y contrastar pareceres. Apacentar, según sus palabras, quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien, el alimento de la verdad, de la Palabra de Dios, el alimento de su presencia, que Él nos da en el Santísimo Sacramento..
Su lema “Colaborador de la verdad” toma ahora una nueva dimensión. Habrá de abrirse a comprender la “verdad” de culturas diversas y situaciones sangrantes, creadas por dictaduras de “verdades parciales impuestas”. En 1998, en la Sorbona, Ratzinger afirmó que la crisis del cristianismo es un aspecto de una crisis más profunda: la crisis de la verdad objetiva. Hasta entonces el hombre pensaba que pisaba firme en el pensamiento, en religión, en la ciencia: saber de sí mismo, saber de Dios, saber de la verdad. Quebrada esa convicción, surge el pragmatismo, la soberanía absoluta del poder y la oportunidad diaria como criterio de comportamiento. Pero el hombre sabe que se mide y dignifica no por su gusto o poder, sino por la verdad real. El cristianismo ha sabido establecer la conexión entre la verdad, nacida de la realidad analizada, y el bien, acreditado en la vida personal. Verdad y Bien se reclaman y apoyan mutuamente.
Frente a la superstición, la política, la riqueza o un pluralismo vago y falso, el cristianismo rechaza opiniones particulares y reclama las exigencias universales de la verdad, tal como los hombres las podemos descubrir y Dios nos la ha dado a conocer. La crisis del cristianismo en Europa es la crisis de la verdad y de la racionalidad. No se resuelven los problemas de las instituciones y de las personas, ni en la sociedad ni en la Iglesia, sin el retorno a la pregunta de la verdad. Para Ratzinger la verdad es la fuente de la convivencia, cuando los hombres no se enseñorean de ella y la buscan no como arma contra el prójimo, sino como sendero hacia la fuente y futuro común. Cuando esa verdad no es buscada, surgen un pluralismo salvaje y un consenso político, cortados a la medida de los que tienen el poder en sus múltiples formas.
Junto a Ratzinger, mente vigilante que no cesa de indagar la verdad, originalidad y coherencia del cristianismo, otra cabeza privilegiada, guía de la conciencia cristiana en Europa, es el Cardenal Martini. En sus pastorales como Arzobispo de Milán proponía a los cristianos reflexiones sobre política, aquejada de abulia, indolencia e indiferencia ante los verdaderos problemas de fondo, que nublan y vulneran la conciencia humana.
A los cristianos no les es suficiente lo democráticamente válido y políticamente correcto. Decía que la “indolencia política es todo lo contrario de lo que la tradición griega y el Nuevo Testamento llaman “ libertad de llamar las cosas por su nombre”. Las grandes apuestas del ser humano, la idea de la vida misma , la sexualidad, la familia, el trabajo, la precariedad social, no son objeto de una reflexión a fondo, sino que son engullidas por una neutralidad apática en la que todas las opiniones adquieren el mismo valor; por un sistema de pensamiento que no da prioridad al conocimiento y al intelecto, y que confunde la fortaleza con el consenso de masas.
El cardenal invita a la moderación, pero una moderación que supere el modelo radicalmente individualista y libertario, sólo atento a los derechos individuales, a la perduración en el poder, a la perduración en el poder, a la supervivencia en el bienestar propio, olvidadizo de los hombres últimos y de las últimas cuestiones. La verdad real y la solidaridad comunitaria son hoy las dos instancias normativas de las personas y los dos desafíos supremos de la sociedad. De la respuesta a ellos dependen el futuro de la Iglesia, el porvenir moral de Europa y la dignidad del hombre mismo. Rantzinger y Martini, tan lejanos en sensibilidad, pero coincidentes en que verdad y eficiencia, confesión de fe y práctica de la caridad son inseparables, han sido dos quicios en torno a los que han girado las preocupaciones de los católicos más lúcidos. En resumen podemos decir que son el anverso y reverso de la realidad católica. Ratzinger invita a “vivir la vida en la verdad” y Martini a “vivir la verdad en la vida”.

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RATZINGER TEÓLOGO Y PREECTO ANTES DE PAPA
BENJAMÍN FORCANO, sacerdote y teólogo
MADRID.
ECLESALIA, 04/05/05.- No sé si el cardenal Ratzinger podía sospechar la que se le avecinaba. Pero, ciertamente, se va a ver convulso en un clima distinto. Por mucho tiempo el cometido le era tranquilo y preciso: el estudio de la teología, antes del concilio y hasta unos años después. De hecho, llego al concilio como teólogo perito del cardenal Frings. Luego, se revolucionó por dentro y el horizonte era otro: volcado a vigilar y controlar la ortodoxia católica. Juan Pablo II lo nombró Prefecto de la Sagrada Congregación para la doctrina dela Fe (ex - Santo Oficio) en el 1981.
Pero una y otra cosa fueron internas, casi desapercibidas para el gran público. Juan Pablo II llenaba con su imagen el interés de la opinión pública y no daba tiempo para que la gente, a través de los medios, supiese de la involución intraeclesial que se estaba operando por la Curia y por el Prefecto Ratzinger. ¿Fue connatural o calculada esta estrategia? ¿Connatural con la misión carismáticamente viajera y misionera de Juan Pablo II y/o al mismo tiempo hábilmente propulsada para hacer pasar inadvertidos los estancamientos y retrocesos en la Iglesia?
Hoy, sobre Ratzinger ya Papa, se cierne implacable el escrutinio insaciable de los “medios” y van a sacarle lo que, por mucho tiempo, transcurría medio escondido. Su minoría activamente protectora, se verá desbordada y no podrá evitar que esa vida entornada se abra y aparezca en los escenarios públicos de la voraz demanda pública. Ya Ratzinger, antes de Papa, estaba en la calle, en los bares, en los colegios, en las plazas, en las academias, en las familias, en todas las bocas. Y, como siempre, aparecerán los panegiristas -verán cómo esa caricatura de duro y conservador se desvanece poco a poco- y los severos críticos, que no le concederán margen de espera y confianza –verán cómo se endurece y asfixia a la Iglesia-.
Hay un Ratzinger, teólogo progresista, que dura hasta pocos años después del concilio. El mismo no ha dudado en escribir en su libro “El Nuevo Pueblo de Dios”: “El concilio manifestó e impuso su voluntad de cultivar de nuevo la teología desde la totalidad de las fuentes, de no mirar estas fuentes únicamente en el espejo de la interpretación oficial de los últimos cien años, sino de leerlas y entenderlas en sí mismas; manifestó su voluntad no sólo de escuchar la tradición dentro de la Iglesia católica, sino de pensar y recoger críticamente el desarrollo teológico en las restantes iglesias y confesiones cristianas y dio finalmente el mandato de escuchar los interrogantes del hombre de hoy como tales , y , partiendo de ellos, repasar la teología y, por encima de todo esto, escuchar la realidad, la cosa misma y aceptar sus lecciones” .
Y en otra parte: “Un cierto reduccionismo amenaza con colocar al Papa en un puesto que en verdad sólo corresponde a Cristo. El Papa no es vicarius Christi en el sentido de que esté ahora en el lugar del Cristo histórico”. “La tensión del sucesor de Pedro entre piedra (roca de Dios) y escándalo (tropiezo) pertenece a la tensión fundamental de la fe”. “En modo alguno, el primado puede ser entendido, como acontece ahora, en el sentido del centralismo estatal moderno, esto no pertenece a su esencia”. “El concilio declaró herético pensar que los obispos son órganos meramente ejecutivos del Papa y que no representan ningún orden especial en la Iglesia”.
Para el año 85, la restauración estaba más que en marcha. Ratzinger ya es otro, y piensa que la Iglesia se halla en una nueva encrucijada de civilización, que exige un nuevo rumbo. Llegaba la tercera restauración, después de la del siglo XIX con Gregorio XVI y de la del siglo XX con Pio X. Y Joseph Ratzinger, Prefecto del ex - Santo Oficio, era la figura clave de ella.
Ratzinger hizo en 1953 su tesis doctoral sobre la figura de la Iglesia en San Agustín; en 1968, publicó una “Introducción al cristianismo”, en la que asume el “agustinismo”. San Agustín le acompañaba como sustrato de su pensar teológico y esto, escribía el teólogo español José Mª González Ruiz, “quiere decir conflicto radical con los valores mundanos, pesimismo teológico, exclusivismo religioso sobre la salvación humana y consideración desvaída sobre la naturaleza en el camino de la Gracia”.
En nuestro mundo el Ratzinger-Prefecto veía amenazada la consistencia y especificidad del Cristianismo y se proponía frenar la influencia negativa de algunas teologías modernistas que buscaban una acrítica adecuación con el mundo. Elaboraba así una plataforma rigurosa de antimodernismo católico sobre base agustiniana.
Es en ese año 1985 cuando, en su Informe sobre la fe, da a entender que se propone “retomar las riendas que a la Iglesia se le escaparon, no a pesar de, sino a causa de la libertad introducida en por el “espíritu del Concilio”.
Se encendieron las controversias entre conservadores y progresistas, pero la tercera restauración estaba en marcha. Había que establecer una tercera fuerza entre un capitalismo consumista y ateo y una socialismo ateo. Para ello, un tipo de Iglesia “Sociedad Perfecta” y no “Pueblo de Dios” (modelo del Vaticano II) era la que podía ofrecer respuestas específicas a todas las preguntas humanas; una Iglesia a tal fín compacta, bien jerarquizada, con todos los controles en manos de los que la dirigen.
Ahora, estamos en tiempos de un Ratziger ya Papa. Ciertamente los vientos de la exigencia de la renovación van a seguir soplando y acaso esté cercano el tiempo en que los intentos restauracionistas se conviertan en una bomba que haga estallar el conformismo y provoque un cambio radical en la Iglesia, porque “el conservadurismo , en general, intenta conservar a lo más cien años de historia: es la tradición la que es revolucionaria” (Charles Peguy).
¿El nuevo Papa, como obispo de Roma, podrá liberarse de la prisión del Vaticano, del peso del constantinismo,y podrá estar y moverse entre la gente sin guardaespaldas y sin el asedio de las cámaras de la televisión y sin el compromiso de la diplomacia? ¿Dejará de tener miedo a las consecuencias desestabilizadoras de una postura evangélica?

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BENEDICTO XVI, NUEVO PAPA DE LA IGLESIA CATÓLICA
La sombra de Ratzinger: ¿mirando al pasado?
CARLOS ESCUDERO FREIRE, licenciado en Ciencias Bíblicas
ECLESALIA, 04/05/05.- El cardenal Ratzinger acaba de ser elegido Papa por los cardenales de la Iglesia. No me lo esperaba. Me sentí profundamente desilusionado, porque creía en la posibilidad de un Papa pastoral y reformista. No obstante me uno a la alegría de otros muchos católicos, esperando que Dios escriba derecho con renglones torcidos, y sabiendo que “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,27).
Todos conocemos la trayectoria del cardenal Ratzinger, porque ha llevado veinticuatro años en la cúpula del poder de la Iglesia, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Los que lo han rechazado por integrista, no han hecho ninguna caricatura de él, como acaba de comentar el cardenal de Sevilla. Se conoce muy bien su trayectoria teológica: ha ido dando la espalda al Concilio Vaticano II, y durante el papado de Juan Pablo II se convirtió en el cancerbero de la ortodoxia a ultranza, condenando la teología de la liberación, que hunde sus raíces, no en el Derecho Canónico, sino en el Evangelio, y ha combatido la línea aperturista de muchos teólogos de nuestro tiempo. Es decir, ha hecho el papel de gran Inquisidor ¡Ojalá acierte Mons. Amigo al decir supongo que en sentido positivo- que Benedicto XVI nos va a dar muchas sorpresas! Pero esto está por ver, ya que pertenece al futuro. Por otra parte, Juan Pablo II fue ortodoxo porque lo llevaba en los genes, dada su manera de ser y su experiencia político-religiosa en Polonia que lo dejó profundamente marcado. Ratzinger, por el contrario, es un intelectual ortodoxo. Los intelectuales suelen leer sobre asuntos controvertidos, y desean discutir sobre los problemas más importantes e intrincados de la actualidad. Por eso cabe la posibilidad de que, al no tener coacciones por ser Papa, Benedicto XVI vaya percibiendo con mayor claridad los grandes retos que la Iglesia actual tiene planteados. Sin embargo, este cambio aperturista a una teología renovada y al mundo actual no es fácil, dada su edad, y porque leyendo con atención la homilía que Ratzinger pronunció en la misa que inauguraba el Cónclave, me dejó perplejo el siguiente párrafo: “La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos se ha encontrado con frecuencia vapuleada por la olas (…) del marxismo al liberalismo, hasta llegar al libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, y así sucesivamente”. Sin embargo el cardenal Ratzinger no nombró el modernismo, que fue condenado radical y globalmente por la Iglesia jerárquica en el siglo XIX, pero la misma Iglesia en el siglo XX tuvo que ir admitiendo y aceptando como bueno casi todo lo que había condenado en el siglo anterior. Me ha llamado también la atención que no haya mencionado el capitalismo neoliberal, causante de los más graves problemas que sufre la humanidad, como son el hambre, la mortalidad infantil, la extrema pobreza, el vivir en niveles infrahumanos, frente a la riqueza y ostentación de muy poca gente. Tampoco nombró el conservadurismo y el inmovilismo de la Iglesia actual, consecuencia de haber mirado más al Código de Derecho Canónico y a un mundo que ya no existe, en lugar de mirar al Evangelio, destinado a personas de toda raza y nación. Tampoco tiene la vista puesta en los problemas que agobian y en gran medida atenazan a la sociedad actual. Por lo demás, condenar globalmente todos estos “-ismos” sin matización alguna no es propio de una persona intelectual.
Jesús de Nazaret, no a través de las leyes, sino a través del Espíritu de Dios, nos ha invitado a ser cada vez más adultos y responsables, y a poner como referente esencial el Evangelio que debe dar respuestas a los grandes problemas del mundo actual. Por eso Jesús, su actividad y mensaje deben seguir constituyendo la buena noticia y una gran alegría que contagie el optimismo cristianismo a creyentes y no creyentes en nuestros días. Hoy hay muchos creyentes en los que se va apagando la fe, y una gentilidad enorme que espera la buena noticia de Jesús. Voy pues a recordar los puntos esenciales del Evangelio que nos atañen a todos los discípulos de Jesús, también a la Iglesia jerárquica.
1.- Jesús ungido por el Espíritu para dar la buena noticia a los pobres.
Jesús proclama en Nazaret el programa que va a llevar a cabo en su vida pública. Dice así:
El Espíritu del Señor descansa sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres,
a proclamar la libertad a los cautivos,
y la vista a los ciegos,
a poner en libertad a los oprimidos,
a proclamar el año favorable del Señor (Lc 4,18-19).
Este pasaje está tomado de Is 61,1-2. Lucas lo retoca para aplicarlo a Jesús, y queda claro que la tarea primordial de Jesús –que él se encargará de confirmar con su actividad y mensaje-, no se refiere ni al templo ni a actos de culto, sino a liberar a los marginados y oprimidos de su estado de postración, devolviéndoles la dignidad humana y aliviando sus sufrimientos. Hechos de los Apóstoles resume la actividad de Jesús diciendo que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). Éste es un punto esencial del reinado de Dios. Así cuando quieren retener a Jesús en Cafarnaún donde había obrado numerosas curaciones, él les dice: “También a otras ciudades tengo que llevar la buena noticia del reinado de Dios, pues para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Ten en cuenta que las escenas de Nazaret y Cafarnaún forman un todo, en ambas se encuentre la expresión la buena noticia, y esta expresión se refiere tanto al mensaje de Jesús en Nazaret, como a su actividad curativa y restauradora en Cafarnaún.
En esto consiste la verdadera religiosidad para Jesús, que no fue sacerdote ni obispo ni cardenal. Fue un simple laico. La verdadera religiosidad para él no pasaba por el templo, sino por las obras de misericordia hacia los necesitados. Ahí está la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37), en la que deja malparado al sacerdote y al levita, y enaltece al samaritano que tiene compasión del hombre malherido que se estaba desangrando al borde del camino. Esto tiene un releve especial si consideramos que los samaritanos para los judíos eran herejes y gente despreciable. De hecho el insulto más grave que hacen a Jesús los dirigentes judíos es este: “¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco? (Jn 8,48). Estaban discutiendo con Jesús sobre el mito del linaje de Abrahán. Sabemos por los evangelios que Jesús fustigó duramente a los sacerdotes de su tiempo porque se habían corrompido y habían convertido el templo de Jerusalén en una cueva de bandidos. El Templo era una autentica maquinaria de hacer dinero. El juicio de las Naciones (Mt 25,31-46) mantiene esta misma religiosidad de ayuda al necesitado, al que sufre, al oprimido: “Venid, benditos de mi Padre (…), porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme” (Mt 25,34-36). La respuesta de Jesús a la samaritana tiene la misma orientación en relación con el templo: “Créeme, mujer, se acerca la hora en que no daréis culto al Padre ni en este monte –el templo Garizim de Samaría-, ni en Jerusalén (…). Dios es Espíritu, y los que lo adoran han de dar culto con espíritu y lealtad” (Jn 4,21-24).
Este es el apoyo evangélico a la teología de la liberación, que se ha desarrollado en Centro y Sur América, porque allí están por millares esos pobres, oprimidos, humillados y masacrados por las clases dirigentes. Allí hay obispos, sacerdotes, monjas y seglares que viven intensamente esta religiosidad evangélica, dando incluso la vida por los hermanos. En el Salvador, por orden de las Altas Autoridades, acabaron con la vida del obispo Romero y más tarde también asesinaron a Ellacuría, a otros jesuitas y a tres mujeres. Estos creyentes son proclamados dichosos por Jesús, “Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan, y os calumnien de cualquier modo por causa mía” (Mt 5,11). Esta bienaventuranza se aplica con mayor motivo a los que han sido mártires a causa de Jesús. Son los mártires de nuestros días ¿Dónde estaba, pues, Juan Pablo II en el entierro de estos mártires, él tan viajero por esos mundos de Dios? Él y Ratzinger habían condenado repetidamente la teología de la liberación, por eso su ortodoxia les impidió reconocer a los mártires de nuestro tiempo. Además, el boato del templo, de las grandes ceremonias y los ritos religiosos los tenía entretenidos. ¿Será Benedicto XVI capaz de aceptar que la teología de la liberación hunde sus raíces en el corazón mismo del Evangelio? Esto sería un milagro, pero “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37).
2.- Jesús, signo de contradicción: piedra angular sobre la que construir, o piedra de tropiezo para los que lo rechazan conscientemente.
Jesús sigue siendo hoy como siempre signo de contradicción. Esto quiere decir que ante él no se puede ser neutral, hay que tomar partido. Los discípulos de Juan Bautista le preguntan: “¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro?” (Lc 7,20). La razón de la pregunta es que ellos perciben una gran diferencia entre la misión de Juan y la de Jesús. El Bautista increpa duramente a los pecadores y exige su conversión. Jesús, por el contrario, simpatiza con los pecadores, y su amistad y el cariño exquisito con que los trata es suficiente para que ellos dejen la vida de pecado, acepten a Jesús y se hagan sus discípulos. Ante los discípulos de Juan, Jesús hace lo mismo que anunció en Nazaret y realizó en Cafarnaún: “En aquel momento curó Jesús a muchos de enfermedades, tormentos y malos espíritus, y dio la vista a los ciegos” (Lc 7,21). Es decir, alivia el sufrimiento de la gente curándolos de las más variadas dolencias. Luego, interpreta con palabras y metáforas proféticas la liberación de aquellas personas que él está llevando a cabo, y que tenían diversas necesidades y carencias: “Id a informar a Juan de lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Lc 7,21-22). Llama de nuevo la atención que el mismo Jesús, a todos estos actos de liberación que él está realizando, los califica como anunciar la buena noticia a los pobres, lo mismo que hemos visto en Lc 4,18s.
Pero la cita no se queda aquí. Jesús añade: “¡Dichoso el que no se escandalice de mí!” (Lc 7,23). Esta exclamación de Jesús reviste la forma de una bienaventuranza, ¡Dichosos! Es decir, el que acepte que esta actividad liberadora, que él realiza, responde al designio de Dios es proclamado dichoso. Por el contrario, escandalizarse de Jesús es rechazarlo, como si él fuera un obstáculo en nuestro camino para llegar al Padre, cuando en realidad Jesús es el camino para llegar a Dios. En él se cumple la Escritura: “la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Todo el que cae sobre esa piedra se estrellará, y si ella cae sobre alguno, lo hará trizas” (Lc 20,17-18). La conclusión es clara, rechazar conscientemente a Jesús o su actividad liberadora, que en Lc 7,21-22 se identifica con su mensaje, es ir contra el proyecto de Dios que lo ha convertido en piedra angular para edificar con él la comunidad de discípulos. Así lo entendió el mismo Pedro que dirigiéndose a los jefes del pueblo y senadores proclama que la salvación-liberación del lisiado se ha realizado por obra de Jesús Mesías. Después de echarles en cara que ellos han sido los culpables de la crucifixión de Jesús, añade: “Ese Jesús es la piedra que desechasteis vosotros los constructores y que se ha convertido en piedra angular”, y añade: “la salvación no está en ningún otro” (Hch 4,11-12). Pablo se expresa de idéntica manera: “Ahora que atención cada cual a cómo construye, porque un cimiento diferente del ya puesto, que es Jesús Mesías, nadie puede ponerlo” (I Cor 3,11).
Si Jesús es la única piedra angular y camino de salvación para sus discípulos, ¿cómo se puede seguir afirmando hoy que Pedro es la roca, y que el Papa también lo es, por ser sucesor de Pedro? ¿Cómo se puede estar fomentando desde el Vaticano sin decoro ni recato alguno esa papolatría, que es una auténtica idolatría, como se estuvo haciendo durante el papado de Juan Pablo II? ¿Dónde queda Jesús en ese enorme “show”, promovido por Roma y por todos los medios de comunicación? ¿Dónde está Jesús en las cuatro Basílicas Mayores de Roma? Lo que prevalece en ellas, además del arte y magnificencia que encierran, son las grandes estatuas de Pedro, Pablo y los Apóstoles, y las palabras con letras enormes: “TU ES PETRUS”…, por las que se pone a Pedro como piedra angular de la Iglesia de Jesús?
Ha habido una teología tradicional, intencionada desde sus comienzos, para darle a Pedro una autoridad y un poder absoluto, que nunca tuvo ni en los evangelios ni en Hechos de los Apóstoles. Veámoslo brevemente por partes. Pedro, como los demás apóstoles, no acaba de entender que Jesús no sea el Mesías con poder para barrer a los romanos. Con el triunfo guerrero y político de Jesús, él tendría un puesto preeminente al lado de su Maestro. Jesús predice en tres ocasiones su pasión, muerte y resurrección, pero los apóstoles “no entendían y les daba miedo preguntarle” (Mc 9,32), porque temían que la respuesta de Jesús echara por tierra sus expectativas de poder. En uno de esos anuncios, Pedro protestó y fue reprendido por Jesús de manera contundente e impresionante: “¡Ponte detrás de mi, Satanás!”, es decir, ponte en tu lugar de discípulo, que yo soy el Maestro. Jesús llama a Pedro Satanás, porque lo quiere apartar de su misión, lo mismo que el demonio en el desierto. La desilusión de Pedro es enorme cuando comprende que la muerte de Jesús es irremediable, y por miedo reniega de él hasta tres veces. Luego no cree a las mujeres que le anuncian la resurrección del Maestro, y tarda bastante tiempo en abandonar las leyes y normas del judaísmo, porque no acababa de entender que con Jesús comenzaba algo radicalmente nuevo. Sólo la visión del lienzo que contenía animales puros e impuros, y la lección que le da el Señor, “lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano” (Hch 10,15), referido a los paganos, unido a la venida masiva del Espíritu Santo sobre Cornelio y su casa, le hace comprender a Pedro que Jesús ha venido a salvar a toda la humanidad sin pasar por la religión judía con sus leyes y normas. Fue entonces cuando intervino en la asamblea de Jerusalén: “Dios, que lee los corazones, se declaró a favor de ellos –los paganos- dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. (…) ¿Por qué, entonces, provocáis a Dios ahora, imponiendo a esos discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos tenido fuerzas para soportar? (Hch 15,8-10). Ésta es a grandes rasgos la breve biografía de Pedro. Es innegable que en el libro de Hechos se le reconoce una autoridad especial para ayudar y orientar a los hermanos, nunca un poder sobre ellos, ni un domino sobre sus conciencias. Pedro tampoco aparece nunca como piedra angular de la Iglesia. La única piedra angular, como hemos visto, es Jesús. ¿De dónde viene, pues, que Pedro sea la roca sobre la que construir la Iglesia?
Brevemente, como corresponde a un artículo, voy a tratar de desmitificar este tema, siguiendo el evangelio de Mateo. La teología tradicional recurre a Mt 16,18-19, aislándolo del contexto, para poner a Pedro en el puesto de privilegio que ha venido teniendo hasta nuestros días. Jesús, después de que Pedro lo ha reconocido como “Mesías, Hijo de Dios vivo” (v.16), le dice: “Tú eres Pedro, –“petros” en griego, que significa piedra de lanzar, no roca- y sobre esa roca voy a edificar mi comunidad”- ahora se usa en griego el término “petra”, que quiere decir roca.. ¿Qué significa, pues, este juego de palabras? El contexto de este pasaje viene desde v. 13. Jesús les pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos le responden: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías” (…). Jesús prosigue: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro espontáneamente toma la palabra y dice: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (vv.13-16). Pedro hace una profesión de fe en su Maestro, y con la fe, que en un don gratuito del Padre a la gente sencilla (cf. Lc 10,21), se construye la comunidad. La fe, que es adhesión a Jesús, confiere a todo creyente la solidez de la roca, ya que por la fe nos apoyamos en Jesús, que es la única piedra angular. Esto queda confirmado por las palabras de Jesús: “¡Dichoso tú Simón (…), porque eso –su profesión de fe- no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo! (v.17). Por lo demás el poder de atar y desatar que aquí se confiere a Pedro en singular, poco más adelante se confiere a la comunidad en plural, Mt 18,15-18. Cada uno saque las propias conclusiones. Quizás la consecuencia de lo dicho se podría resumir así: ya va siendo hora de desmitificar a Pedro y al Papa, y es el momento de poner a Jesús en el lugar que le corresponde, como piedra angular y único camino de salvación.
3.- Jesús, señal insignificante y desconcertante.
Con motivo del nacimiento de Jesús, y para reconocerlo, Dios les dio a los pastores esta señal: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Es una señal desconcertante y enigmática si la comparamos con los títulos con que viene adornado el recién nacido: “Salvador, Mesías, Señor” (2,11). Hay una relación innegable entre la condición trascendente del niño y este signo de pobreza y debilidad, a primera vista desproporcionado para llevar a buen puerto la misión que le aguarda. Es, pues, una señal de pobreza, debilidad e impotencia, pero encierra en sus entrañas la riqueza de Dios que se va a manifestar eficaz, como sabiduría, benevolencia y fuerza de Dios hacia el género humano. Por lo demás, en el plan de Dios no hay otra señal que encierre y manifieste como ésta la fuerza del Evangelio. Así lo afirma también Pablo:
“(…) Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos a un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura. En cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más potente que los hombres” (I Cor 1,20-25).
El signo es de nuevo no sólo de pobreza e impotencia, sino también de despojo radical. Además de ser ésta la señal con la que irrumpe Jesús en nuestra historia y con la que termina ajusticiado, sigue siendo también un signo fundamental para sus discípulos. Es decir, Jesús se ha presentado exhibiendo esa señal desconcertante desde el nacimiento hasta la cruz, y los que quieran ser discípulos suyos deben presentar esas mismas credenciales. Esta es una de las enseñanzas centrales del Evangelio, porque además está unida a la primera bienaventuranza: “Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por Rey” (Mt 5,3). Desde la opción por la pobreza se sintoniza con los pobres y marginados de este mundo, y se les puede echar una mano para ayudarlos a salir de ese estado de postración, y para que puedan recuperar su dignidad humana. Para que Dios ponga su sabiduría, benevolencia y poder, es decir, su eficacia en la tarea evangelizadora, la señal tiene que ser de debilidad y pobreza. Sólo así será posible una verdadera evangelización, y como en el caso de Jesús, existirá una gran sintonía entre sus discípulos y la gente excluida, oprimida y menospreciada.
Ahora bien, ¿cuáles son los signos de la Iglesia oficial hoy? Los hemos descubierto y percibido sin dificultad durante el pontificado de Juan Pablo II. De manera especial, se han puesto de manifiesto durante la celebración de su funeral: poder, opulencia, alarde de ostentación sin sonrojo alguno, poder de convocar a los grandes de la tierra, connivencia total, y sintonía absoluta con ellos, Son, en efecto, los personajes con quienes la Iglesia oficial habitualmente se relaciona y se codea. Con toda esta parafernalia, propiciada por el Vaticano a través de todos medios de comunicación, se puede congregar a millones de personas, pero el mensaje de Jesús se hace opaco e ineficaz.
Además, hay que partir de una constatación. Un puñado de naciones poseen un poder económico voraz e incontrolable, el así llamado capitalismo neoliberal de libre mercado, y un dominio militar absoluto que causa pavor. Estas pocas naciones están provocando en el mundo una violencia y una situación de tragedia, miseria y dolor como jamás se había producido. Los culpables de esta violencia y de todo el mal que lleva en su seno son los así llamados grandes y privilegiados de la tierra, movidos por una ambición de riqueza sin límites, y fascinados por el prestigio y la ostentación que causa la opulencia. Esta situación constituye el caldo de cultivo apropiado para ejercer dominio y poder sobre la mayoría de los seres humanos. Podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que el capitalismo neoliberal de libre mercado, es decir, las estructuras económico-políticas de las consideradas “grandes naciones del primer mundo” –en su gran mayoría de origen cristiano-, están causando todo tipo de violencia al resto del mundo: opresión, explotación, marginación, hambre, miseria, dolor y muerte. Ni que decir tiene que estas estructuras son de signo contrario a la dignidad de la persona humana, y al mensaje fundamental del Evangelio.
Esta constatación sobre el neocapitalismo y el libre mercado, tan agresivos y perniciosos para la mayoría de los pueblos, tiene que buscar una justificación teórica, es decir, su propia legitimación ante la opinión pública. Esta legitimación la han encontrado en las religiones, tal como se manifiestan en nuestro tiempo. Las grandes instituciones religiosas reciben del sistema establecido no sólo dinero, sino, sobre todo, el reconocimiento, el prestigio y el rango que corresponden a las clases dominantes.
Muchos creyentes estaríamos convencidos de que la elección de Benedicto XVI ha sido obra del Espíritu Santo, si éste se fuera despojando – y despojara al Vaticano- de los múltiples signos de opulencia, ostentación y poder que encierra. Si Benedicto XVI fuera capaz de clamar con voz profética, como lo habría hecho Jesús en nuestro tiempo, dejando los privilegios que comparte con las clases dominantes, y pusiera en pie de guerra a toda la cristiandad contra el capitalismo neoliberal y el libre mercado, que es la causa de que haya tanta pobreza, miseria y sufrimiento en el mundo, entonces creeríamos que su elección a Papa fue obra del Espíritu Santo, y no de las intrigas de una mayoría de cardenales conservadores, elegidos por Juan Pablo II, y bien organizados para que nada cambie.
Este futuro inmediato está por ver. ¡Confiemos en el Espíritu de Dios!

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PAPA
FERNANDO BERMÚDEZ, misionero y profesor de Teología
GUATEMALA.
ECLESALIA, 04/05/05.- Ha sido electo Papa el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. No era de extrañar, pues la mayoría de los cardenales fueron asignados por Juan Pablo II, casi todos ellos de línea conservadora. Para la Iglesia de América Latina, donde radica la mitad de los católicos del mundo, ha sido un duro golpe. Ratzinger desacreditó la teología de la liberación, que es la esencia del Evangelio. No entendió a América Latina, un continente cristiano y empobrecido a causa de la injusticia y la ingerencia económica, política y militar de los Estados Unidos. Asimismo, Ratzinger desacreditó la teología autóctona que busca inculturar la fe cristiana en los pueblos indígenas y afroamericanos. Ha censurado a insignes teólogos y teólogas latinoamericanos que han sido consecuentes con los lineamientos pastorales de Medellín, Puebla y Santo Domingo desde la rica experiencia de fe de las comunidades eclesiales de base y el testimonio de los mártires. No es fácil entender a América Latina desde una mentalidad centroeuropea o romana.
Ratzinger, hasta ahora, ha priorizado el dogma y la norma sobre la “práctica de la misericordia, la justicia y la buena fe”, tal y como señala Jesús en su Evangelio. Evidentemente, es necesaria la “sana doctrina”, pero más importante es el amor, y éste exige entrega, compromiso, diálogo y respeto.
Tenemos fe que el nuevo Papa escuche al pueblo latinoamericano y sepa descubrir los rostros de Cristo que claman justicia, como señala el documento de Puebla. Y sobre todo, valore la sangre de nuestros mártires, hombres y mujeres, laicos, religiosas, sacerdotes y obispos, como Oscar Romero, Juan Gerardi o Enrique Angelelli, que por amor a su pueblo y en fidelidad al Evangelio entregaron su vida.
Aceptamos y respetamos al nuevo Papa Benedicto XVI, pero por encima de él confesamos que está la fidelidad al Evangelio de Jesús, al pueblo al que nos debemos y a la tradición más genuina de la Iglesia, con un espíritu de comunión eclesial.
Confesamos que la opción por el Reino, que es la razón de ser de la Iglesia, exige la unidad en la diversidad y, sobre todo, la profecía. No hay Reino de Dios sin profecía.

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LA ESPERANZA ESTA ABAJO
JOSÉ MARÍA GARCÍA-MAURIÑO, Cristianos por el Socialismo
ECLESALIA, 04/05/05.- Antes de reunirse el cónclave de la Iglesia Católica para elegir nuevo Papa, algunos mantenían una cierta esperanza de cambio. Otros, ninguna. Después de salir elegido el cardenal Ratzinger, apenas quedaba algún vestigio de que vinieran aires de renovación. Yo no tengo ninguna esperanza de que este Papa vaya a cambiar algo en la Iglesia. Los cambios serios nunca provienen de las cúpulas, sino de los de abajo. Estaba claro que dada la composición de la curia cardenalicia, escogida cuidadosamente por el Papa anterior, no podía salir ningún pontífice que pudiera realizar algún giro en la manera de gobernar esta institución. La cúpula de la Iglesia tiene que mirar al mundo, dejar de mirarse a sí misma, ponerse en contacto con otros modos de creencias, culturas y civilizaciones. No creo en absoluto que este Papa quiera profundizar en una serie de temas, como la paz, la justicia social, la defensa de los Derechos Humanos, etc. El Papa, si quiere de verdad alentar la misericordia y la liberación de la pobreza y la explotación, tendría que denunciar las causas de un sistema que produce tales lacras en el mundo actual. Tendría que bajarse del poder. Que abandone de una vez por todas ser Jefe de Estado y esté convencido que desde el poder político, y en alianza con otros poderes de este mundo, no se puede comunicar la “Buena Noticia a los pobres”.
Cuando el arzobispo Romero fue a Roma después de mandarle una carta comunicándole su visita, se enteró a su vuelta que esa carta fue filtrada desde la curia vaticana hasta la embajada norteamericana de San Salvador, y esto le hizo preguntarse a Romero: “Pero, entonces, ¿Roma de qué lado está? ¿del lado del pueblo y de la Iglesia del Salvador, o del lado del Gobierno asesino y la embajada de los EEUU?”., Cuando Juan Pablo II visitó Centroamérica, pasó de largo por este país, masacrado por los escuadrones de la muerte, sin agacharse a ver las heridas sangrantes de este pueblo. La Iglesia de la liberación latinoamericana sufrió una represión sangrienta por obra de los intereses capitalistas estadounidenses y mundiales, vivida bajo los regímenes militares de seguridad nacional como terrorismo de Estado en la mayor parte de los países latinoamericanos. En este conflicto la institución católica central abandonó a la Iglesia latinoamericana defensora de su pueblo y se alineó del lado de EEUU, en connivencia con las fuerzas capitalistas y antisocialistas y antipopulares occidentales. Chile, Argentina, Perú serían los casos más sangrantemente clamorosos de la connivencia eclesiástica jerárquica con este terrorismo de Estado; Nicaragua y El Salvador lo serían de su alineación con EEUU en el aplastamiento de los movimientos revolucionarios populares.
Lo iniciado en el Vaticano II ya está perdido. El anterior pontífice enterró esa primavera eclesial de los años 1962-1965, que tantas esperanzas abrió al mundo entero. Ya han pasado 40 años, y no han pasado en balde. Y aunque en teoría los principios, orientaciones y fundamentos teológicos, permanecen, la vertiginosa velocidad con que avanzan la sociedad y el mundo, hace que se replanteen nuevos problemas, nuevos interrogantes. A nuevos escenarios, nuevos paradigmas. No se puede seguir con la actual estructura de la Curia vaticana y el Derecho Canónico, que consagra en sus cánones un Papa absolutista.
Este Papa no puede conocer las preocupaciones de la gente si no se pone en contacto directo con ellas. La Iglesia oficial es incapaz de percibir los sufrimientos de los pobres. Son ellos, las masas populares, las comunidades de base de Brasil, del Salvador, de México, de Latinoamérica en general, de los numerosos grupos cristianos de África y Sudeste asiático, los que pueden iniciar un auténtico cambio en las estructuras de la Iglesia. Esta es nuestra esperanza. Es el auténtico movimiento de fe lo que mantiene la verdadera liberación de los oprimidos. No las estructuras de “cristiandad”. Podría ser hoy la continuación de ese movimiento que se manifestó hace treinta años entre las Iglesias cristianas la espiritualidad y la teología de la liberación, un movimiento de renovación que postulaba de hecho la reconciliación del cristianismo con sus propias fuentes evangélicas, una posibilidad de volver a ser lo que fue al principio el «movimiento de Jesús»: un movimiento libre frente a los poderes político y económico de este mundo, y liberador de todos los pueblos oprimidos. ¿Podría este movimiento transformar y renovar efectivamente a las estructuras de la Iglesia? El movimiento surgía además dentro del continente donde habita la mayoría católica, y prendió en él con mucha fuerza y con prometedoras realizaciones. Siempre me acuerdo de lo que dijo Ché Guevara, a Fidel al salir de Cuba, “el día que los cristianos se decidan a seguir el Evangelio, la revolución en América Latina será imparable”. Creemos que estos movimientos, este empuje de los de abajo, son los que pueden alentar algo de esperanza en el futuro de la Iglesia.

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BENITO 16 Y CULTO DEL SOBERANO
FEJ DELVAHE, escritor, educador, teólogo y emigrante en América Latina
ECLESALIA, 04/05/05.- En las últimas semanas le ha dado por decir a muchos intelectuales cristianos, a parte de los ya aduladores, que Ratzinger (Papa Benito 16), es uno de los teólogos de la Iglesia Católica con más fundamento y peso teológico de la actualidad.
Por supuesto es comprensible oír eso en boca de cardenales, obispos, teólogos oficialistas y en otros muchos vividores del modelo eclesiológico actual, es decir personas que interpretan y comulgan con evangelización = clericalismo, o dicho de otro modo, gente del sistema no dada a honrar el talante del apóstol Pedro -aquél que cuando se le arrodilló un centurión romano de nombre Cornelio, lo alzó de inmediato diciéndole: «Levántate que yo también soy un hombre» (Hch 10, 25)-, pero sí gente muy dada a inclinar la columna vertebral ante el patriarca de Roma y trabajar duro en la propagación del CULTO DEL SOBERANO.
El culto del soberano, rey, emperador, jefe, es algo que puede consultarse en cualquier enciclopedia de historia o fenomenología de las religiones. Lo encontramos en todas las religiones de gran notoriedad, tanto en la religión de Egipto, donde el faraón formaba parte de la divinidad, como en la religión de Babilonia, Asiria o Roma, donde los emperadores eran exaltados como divinos. Igualmente en China, allí el emperador era sagrado, en Japón era considerado descendiente directo de la diosa Amaterasu, y en la religión o sociedad budista tibetana el gran lama se traduce de igual modo como alguien sagrado-divino.
¡Claro está!, la Iglesia de Jesucristo no iba a ser menos, máxime cuando el emperador romano Constantino, siglo IV d.C., la elevó a la pompa de religión del estado romano y a sus obispos a las alturas de solemnes magistrados. Desde entonces, en la Iglesia católica se implantó el CULTO DEL SOBERANO, primero hacia el propio emperador Constantino y poco a poco hacia el obispo de Roma o Papa.
Así hasta llegar a lo tan habitual ahora, aunque nada teológico: ver a los cristianos católicos, más aficionados a la ANTITEOLOGIA = CULTO DEL SOBERANO que a la TEOLOGÍA = LIBERACIÓN.
Y en esto resulta que Ratzinger o Benito 16, ha evidenciado y sigue luciendo una demostrada y deficiente teología; es decir, muy poco fundamento y menos esencia teológica, ya desde sus años de cardenal y hoy por hoy desde su subida al trono papal.
Los indicios son bastante notorios: se mantiene en el título de «santo», que sólo pertenece a lo divino; en el título de «infalible», que también es algo sobrenatural; en el título de «elegido por Dios», que es una especie de divinización o filiciación deífica; amén de las grandes parafernalias, galas, decorados, protocolos y gastos suntuosos cuyo objeto es a todas luces el fomento y mantenimiento del CULTO DEL SOBERANO. ¿Dónde está, a ver, esa magistralidad que todos indican que tiene Ratzinger en Teología?
Sin ir más lejos, se pudo ver retransmitido por las principales televisiones del mundo el reciente día de la entronización de Benito 16, como después del acto público, el «famoso teólogo subido a Papa», fue recibiendo dentro del Palacio Vaticano a todos los Jefes de Estado y máximos dignatarios de los más diversos países, que iban pasando a pie para darle sus felicitaciones, los fue recibiendo en la postura de permanecer SENTADO en su trono, sin ofrecerles el noble gesto y la cortesía de levantarse para saludarlos.
Todo en una marcada e intencional línea vaticana de hacer que las altas autoridades y todo hombre en general se incline o arrodille ante el Papa, lo cual es una muestra rimbombante y nada teológica del llamado CULTO DEL SOBERANO, en este caso concreto y viniendo de quien dicen es tan buen teólogo, de AUTOCULTO DEL SOBERANO.
Ya desde mis años de estudiante en la Facultad Pontificia de Teología, pese al empeño de algunos profesores por hacernos tragar sin digerir los libros de Ratzinger, me pareció que el teólogo alemán daba muestras notorias de ser mejor clerigólogo que teólogo en el sentido profundo del concepto Teología.
Urge pues, y lo antes posible, que todos esos especialistas besa-anillos y dobla-rodillas, tan dados al CULTO DEL SOBERANO, nos aclaren si la conducta expuesta por el actual Papa-Teólogo se debe más a la mala educación o a la pésima teología del experto en teología.
¿A cuál de estas dos protuberancias se debe el evidente sostenimiento y propagación del CULTO DEL SOBERANO que hizo desde el primer momento Ratzinger-Benito 16?
Agradecería mucho una respuesta. ¡Ah!, y por favor, tengan presente que por plantear lo planteado no soy infraterno. Preferiría no acabar diciendo como Pablo en su Carta a los Gálatas 4,16: «Y ahora resulta que por decirles la verdad me he vuelto su enemigo».

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¿Y AHORA QUÉ ?
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo
LOGROÑO (LA RIOJA).
ECLESALIA, 04/05/05.- Dos días antes de la elección de Benedicto XVI escribí a los amigos una nota que fue publicada por Eclesalia el mismo día de la ‘fumata bianca’. Afirmaba en ella mantener la misma intuición que en la elección de Juan Pablo II, casi 27 años atrás: “¡cuanto peor, mejor!”. El modelo de iglesia amagado por Pablo VI confirmaba la traición secular de ésta al Evangelio. Si Juan XXIII y el Vaticano II habían fracasado en el intento sincero de reforma, parecía obvio que ésta no era posible desde el poder -el poder de verdad secuestrado por su núcleo duro, la curia vaticana- sólo interesado en cambiar lo imprescindible para que todo siga igual. Según esta lógica, un Papa reformista no lograría más que prolongar la decadencia del modelo, sin cambiarlo. Por ello era bueno agudizar las contradicciones internas para que fermentase la rebelión. Ha cumplido con este cometido el papa Wojtyla y, por su historial, cumplirá el papa Ratzinger. El modelo de iglesia de Wojtyla que no se ha desmoronado con él, esperemos lo haga con su sucesor.
H. Küng, amigo primero y luego despiadadamente perseguido por Ratzinger, ha pedido 100 días de moratoria. El obispo Casaldáliga, víctima igualmente del mismo Cardenal, ha afirmado ya que no caben muchas esperanzas, conocida la pertinaz trayectoria del gran inquisidor. Análisis humano para un asunto humano, o ¿tal vez ha intervenido el Espíritu Santo para ‘convertir’ la mente de los cardenales estratégicamente seleccionados en virtud de su conservadurismo por el papa difunto? El Papa Ratzinger ha sido durante un cuarto de siglo el artífice de la involución eclesial. Es una persona fría y obstinada pero muy inteligente. Y no le pueden las emociones. Podemos estar seguros que controla, mide, calcula y dosifica sus gestos y palabras, especialmente al comienzo: ojos escrutadores en un rostro inmóvil de sonrisa en cliché fijo. Ni una modulación en la voz. Ni un gesto descompasado. Ni un instante de cercanía física a la multitud al atravesar en coche la plaza de San Pedro. Ni una palabra espontánea al margen del texto. Muchos esperábamos su primera homilía. Analícese con detalle y sin pasión. El Ratzinger de siempre... ¡clavado! Salvo milagro, nada nuevo que esperar en circunstancias ordinarias.
Para mí personalmente la conclusión es clara. Asistiremos a algún gesto, alguna maniobra de distracción, tal vez, incluso, de relumbrón, pero sin fondo, o con idéntico fondo del cardenal conocido. Y las estructuras eclesiales seguirán apergaminándose hasta su implosión. La salvación del movimiento cristiano, es decir, del Evangelio de Jesús sólo procederá de las bases.
¿Cómo han recibido las bases la elección? Muchos en la línea que ya marcaron con la grandilocuente, estridente vacuidad de las últimas semanas: encandilamiento supersticioso, papolatría mágica, ejemplo vivo en lo religioso de la posmodernidad más light. Sin embargo, están apareciendo como nunca antes reacciones de la minoría crítica que señalan desencanto, consternación, rechazo, grito de rebeldía. Es un síntoma de esperanza. Con tal, al menos, de evitar la dispersión después de la cruz que aquejó a los discípulos en los primeros momentos: el Maestro, al igual que ellos experimentaron, sigue vivo entre nosotros ‘a la derecha del Padre’. Pero el “dónde te escondiste, amado” de los místicos nos advierte de que nada se hará que nosotros no hagamos. Nada. Todo retorno al Evangelio depende de los seguidores de Jesús, no de la Ley, del Templo, del Sacerdocio, del Poder Sagrado (jerarquía), de la Iglesia institucional. Tan sólo de los creyentes ‘en espíritu y en verdad’.
Todo esto significa que no podemos andarnos con estúpidos espiritualismos, con clichés manidos, con músicas celestiales. Es el momento de la rebelión. Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque sean autoridades. Es impío cualquier automatismo mágico por el que una autoridad religiosa detenta el poder y la verdad de Dios. El monumental tinglado organizativo de la iglesia ni siquiera en sus líneas maestras viene del Maestro; pudo haber sido otro, debió haberlo sido...
Sin duda, la crisis es de envergadura. No es cuestión de celibato opcional, ni de sacerdocio femenino, ni de comunión eucarística de los divorciados. Pese a la buena intención, me temo que con ello se pretenden ‘reformitas’. A mi entender, el problema es más de raíz como he defendido en varios artículos. Algunos se asustan y asustan a otros blandiendo el espectro del cisma para lograr la sumisión. Son los ‘hombres de poca fe’ a los que Jesús reprochaba el miedo. Sin embargo y al mismo tiempo nos advertía de que seríamos ‘zarandeados’. En efecto, el cisma es posible. No sería la primera vez. No obstante, si hoy lo hubiere sería sólo manifestación del ya existente. La ruptura dentro del catolicismo es una realidad. Grave, honda, sangrante.
Tan grave como el abismo que separa al mundo pobre del mundo rico. Me atrevería, incluso, a preguntar si aquella no es, a la postre, resultado secreto de ésta. En cualquier caso, no es tan dramática. El drama del hambre y del dolor de los pobres sí que es el locus eclesial, único indiscutible de encuentro. No la ortodoxia vaticana, no la ‘vuelta al redil’ tal como la entiende la homilía papal, no la sustitución de la ‘dictadura del relativismo’ por la más mortífera del fundamentalismo...
¿No se tratará en estas líneas de la pataleta de un cristiano librepensador? No lo creo. Somos muchos los que hemos empeñado nuestra existencia en la tarea apasionada por y con los pobres que es la única traducción hoy del estilo de vida de Jesús, mal que pese a la inquina ratzingeriana contra la teología de la liberación. Aunque esto supone -hemos de ser sinceros y coherentes- nuestra propia conversión al Evangelio, cada día. Por eso, al hablar de una refundición (no refundación porque sería volver al siglo IV) de la Iglesia, entiendo que la ‘conversión’ radical al evangelio por el camino de la oración y del silencio es el primer paso imprescindible de cualquier comunidad cristiana. El paso siguiente sería la liberación interior para, sin mirar siquiera con el rabillo del ojo a la jerarquía, ahondar en el seguimiento de Jesús para, entrelazadas las manos de creyentes y agnósticos, empeñarnos todos en construir un mundo menos hipócrita y más tiernamente humano.
Ánimo, hermanos, este papa u otro tiene menos trascendencia que la pervivencia, por ejemplo, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o de la Organización Mundial del Comercio. Estos sí que son la Bestia del Apocalipsis, hambrienta de pobres.

paz y esperanza

ENTREVISTA A CASALDÁLIGA*
En la cadena ser, la tarde de la elección de Benedicto XVI

CARLOS LLAMAS, Hora 25 de la Cadena Ser
MADRID.

Saludo inicial. - Señor Casaldáliga, muy buenas noches.


CASALDÁLIDA. - Buenas noches a todos y a todas y un abrazo de paz y de esperanza.

P. – Yo no sé, monseñor, si usted había hecho vaticinios; y si los vaticinios que había hecho han fallado o no: estamos ávidos por conocer cuál es su opinión sobre la figura del nuevo papa.


CASALDÁLIGA. - Una cosa es lo que uno deseaba, y otra cosa es lo que se podía esperar. Porque debemos reconocer que la inmensa mayoría de los cardenales de hoy fueron elegidos por el papa Juan Pablo II; por lo mismo, eran de su línea: es lo que se podía esperar. Pero soñábamos un cambio que, objetivamente hablando, no se ha dado. Se puede esperar una continuidad. El papa Benedicto XVI ha sido realmente, en el pleno sentido de la de la palabra, el brazo derecho (teológicamente) de Juan Pablo II, su teólogo de curia; de modo que seguiremos. No tendrá el carisma personal de Juan Pablo II y, en ese sentido, es otro momento en la Iglesia también.

P. - ¿Y Cómo se explica que al final del cónclave haya provocado la que algunos han calificado como, decepción gigantesca para quienes esperaban un papa con mayor amplitud de miras; con una mirada más cálida hacia otras opciones, otras maneras de entender el mensaje de Cristo hoy en la tierra?


CASALDÁLIGA. - Para mí no ha sido una decepción gigantesca, por lo que ya he dicho antes. Si queríamos -no pensábamos: queríamos- otro tipo de papa... Pero bueno, lo que yo digo es lo siguiente: los católicos y las católicas debemos aprender a relativizar la figura del papa. El papa tiene un ministerio y es pensable en la Iglesia católica; pero el papa no es la Iglesia; el papa no es Dios. De modo que hay que relativizar y ser adultos en nuestra fe, y seguir caminando; insistir. Las grandes instituciones sólo cambian si hay presión fuerte de las bases. La Iglesia, que tiene mucho de divino -o bastante por lo menos, como todo- tiene mucho de humano también. Y, también en la Iglesia, sólo la fuerza coherente, consecuente, universal de las bases, obligará a cambios que son necesarios: de diálogo ecuménico, de diálogo interreligioso, de corresponsabilidad, de inculturación, de escucha de los clamores y necesidades del mundo.

P. - Pere Casaldáliga: ¿Conoce Ud. a Ratzinger? ¿Ha tenido encuentros o desencuentros con él?

CASALDÁLIGA. - Yo fui (risas) -lo digo entre comillas-, yo fui procesado por él. Pero fui aplaudido por él también. Cuando yo tuve el problema de la visita ad límina, y las visitas a Nicaragua y a Centroamérica; y nuestra teología de la liberación, y la misa de la causa negra (una misa de la causa indígena) -toda aquella mi orientación en que yo estaba más o menos metido- fui llamado a Roma y tuve un tipo de interrogatorio, concretamente con el cardenal Ratzinger, con el cardenal Gantín, y con el que ahora es el cardenal Ré (que no era cardenal todavía). Fue una conversación un poco tensa. Ratzinger se mostró muy inteligente, porque lo es (a veces irónico), pero pudimos hablar. Él cobraba, como decimos aquí en Brasil, esos varios aspectos de la teología de la liberación: que si nuestra liturgia es una liturgia demasiado comprometida con la realidad, con la política; que si esas misas de la causa negra -de la causa indígena- eran misas políticas... Yo respondía, a mi modo. Recuerdo que en un momento dado él me dijo: “Realmente todo se puede probar en este mundo”; como diciendo: cada uno tiene su opinión, ¿no? Pero tuvimos algunos momentos un poco chuscos. Yo había escrito en mi viaje a Nicaragua que todos nos habíamos de convertir: la Iglesia se había de convertir, y el mundo se había de convertir. Cuando terminamos el tiempo del proceso, yo dije a los cardenales y monseñores: “Podríamos rezar juntos un padre nuestro ¿no?, que somos hermanos”. Y Ratzinger, con una cierta ironía, dijo: “Para que se convierta la Iglesia”. Y yo dije: “Pues, sí, también. También para que se convierta la Iglesia, que Iglesia somos al fin y al cabo”.

P. – Dice usted que en aquel proceso Ratzinger le llegó a decir que, en última instancia, cada uno tenía su propia opción. Pero sin embargo ayer en la misa, a la espera de elegir al papa, este cardenal (el ahora Papa Ratzinger) hizo un alegato en contra de todo tipo de cualquier atisbo de disidencia y condenó lo que llama dictadura del relativismo.


CASALDÁLIGA. - Él se mostró sobre todo muy pesimista: me llamó la atención, y he visto que ha llamado la atención a muchos. Mientras que yo comparaba, con ganas de esperanzarme más, la palabra de Ratzinger (que aun no era papa), con la palabra de Jesús: la barca de la tempestad. El cardenal (que era cardenal todavía Ratzinger) hablaba de miedo. Jesús decía: “No tengan miedo, gente de poca fe”. Yo creo que no es propio de quien cree en el evangelio tener miedo. Debemos tener ante todo y sobre todo esperanza. Y dar cada uno nuestra contribución. Yo rezaré todos los días por el nuevo papa, como rezaba por Juan Pablo II. Yo creo en su ministerio; pero, desde mi pequeñez, quiero ayudarle a cambiar del modo del ministerio, del estilo, y con el tiempo eso se hará: si no es hoy será mañana.

P. - Pero ¿cree usted que sería posible, monseñor Casaldáliga, que conociéramos a un Ratzinger nuevo (como papa) respecto del que conocimos como cardenal?


CASALDÁLIGA. - Pues mire, ya fue diferente. Él escribió un libro sobre el pueblo de Dios que todos los teólogos de la liberación firmaríamos. Y después cambió, sobre todo antes de ir a la Curia; y en la Curia. Puede ser que el propio papado (experiencia, gracia de estado...). Ahora, en principio para ser realistas, de inmediato no se pueden esperar grandes cambios.


P. - Dicen que el papa anterior, Juan Pablo II, llenaba estadios; pero que no era capaz de llenar las Iglesias. ¿Esto es un signo de la salud de la Iglesia misma? En este sentido, ¿Ratzinger qué supone: convoca, o disgrega aún más el mundo de los católicos?


CASALDÁLIGA. - Los medios de comunicación hoy tienen un gran poder de convocación. La participación diario-semanal, ya es otra cosa. Una cosa es un entusiasmo en un gran congreso que es un poco rezo, canto, show, novedad, turismo..., y otra cosa es la vida cristiana diaria, de servicio de los pobres; la lucha por la justicia y por la paz. Todos somos fáciles a los shows, y todos huimos de la cruz diaria.

P. - Monseñor Casaldáliga: por todos lados se han oído loas a la figura de Juan Pablo II, lógicas por otra parte a la hora de la muerte: él había elegido a todos los cardenales con capacidad de voto. ¿Es el Vaticano, en este sentido, víctima de su propia dinámica, de su propia manera de entender el organigrama mismo de la Iglesia Católica?


CASALDÁLIGA. - Habría que cambiar la propia curia, el propio ser del papado. La estructura del papado debería ser otra. El papa no debería ser Jefe de Estado de ningún modo. Se debería reconocer, en la práctica y no sólo en la teoría, la colegialidad, la corresponsabilidad de todos y todas. Se exige un cambio muy fundamental que la sola persona del papa no podrá hacer. Ha de ser un cambio estructural, incluso primero para el bien de la propia Iglesia católica. Después, y muy importante, para el diálogo con las otras Iglesias cristianas, y con las otras religiones. Y para dar testimonio al mundo -el mundo quiere democracia- nosotros en la Iglesia queremos más que democracia: queremos una vida familiar fraterna. El papa, yo obispo, el cura, no somos más ni menos que cualquier mujercita del interior de esta región donde yo estoy viviendo. Sólo detenemos el ministerio, respetable y necesario, pero que se debe de ejercer con mucha más simplicidad y con la participación de todos. El papa no puede ser un monarca absoluto, la Iglesia no puede ser una comisión de aristócratas espirituales. Tenemos que ser más fraternos, más solidarios, más corresponsables.

Despedida. - Pere Casaldáliga, obispo emérito de Sao Félix de Aragüaia, en Brasil: ha sido un placer; muchísimas gracias y un abrazo.

CASALDÁLIGA. - Gracias, igualmente un abrazo para todos también. Adiós.

*ECLESALIA, 25/04/05.- Trascripción realizada por Braulio Hernández, Tres Cantos, Madrid.