Blogia
ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Reflexiones

credo

credo

CREDO
TOMÁS MAZA RUIZ
MADRID.

ECLESALIA, 28/11/06.- Creemos en un Dios, que por amor ha creado todo el Universo, sus leyes, su belleza y su misterio. De su amor infinito han brotado la grandeza de las estrellas y la humilde belleza de las flores. Que nos ha dado en regalo este bellísimo planeta azul que han contemplado los astronautas desde la luna como una hermosa joya flotando en los espacios infinitos, para que lo cuidemos y amemos. Creemos en un Dios que es infinitamente más que Padre y Madre, porque aunque una madre pudiera abandonar al hijo de sus entrañas, Él nunca nos abandonará.

Creemos en Jesucristo, que nos fue enviado por el Padre para que conociéramos que Dios es Amor. Que fue verdadero hombre y dio testimonio del Padre con su vida y con su muerte para que en el mundo pueda hacerse presente el verdadero Reino de Dios, reino de verdad y de justicia, reino de paz y de amor. Dios le glorificó resucitándole de entre los muertos y dándole un nombre que está sobre todo nombre, Señor del mundo y de la historia.

Creemos en el Espíritu de Jesús y del Padre que vela por toda la comunidad de los creyentes, haciéndole avanzar a través de la historia como los israelitas por el desierto.

Creemos en la Iglesia como la reunión en el tiempo y en el espacio de los que intentamos ser seguidores de Jesús de Nazaret. Creemos en ella como un pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal donde no hay ni superiores ni inferiores porque todos somos hermanos, hijos del mismo Padre. Una Iglesia que queremos que sea signo de unión, de hermandad, de servicio a los marginados, de defensa de la justicia y los derechos humanos ante el mundo entero. Lamentamos los pecados personales e institucionales de los hombres que componemos la Iglesia, tanto en el pasado como en el presente. Estos pecados velan el verdadero rostro de Dios ante el mundo.

Creemos que el odio, la injusticia y la violencia no podrán vencer la fuerza del amor, la razón y la paz. Creemos en un mundo donde definitivamente triunfarán las fuerzas del bien que como pequeñas semillas Dios ha sembrado en cada uno de los corazones de los hombres y las mujeres de todos los tiempos. Creemos que la vida y la muerte de Jesús no han sido un fracaso, ni tampoco lo serán las vidas de todos los hombres que han luchado, luchan y lucharán como Jesús por un mundo más justo, un mundo en el que todos podamos llamarnos hermanos y serlo en realidad, donde Dios sea todo en todos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

AMEN.

buenos días

buenos días

Y EL VERBO SE HIZO... ¡HOMBRE!
JAVIER LÓPEZ DÍAZ, sacerdote Terciario Capuchino; javierlopezdiaz@hotmail.com
LUBLIN (POLONIA).

ECLESALIA, 21/11/06.- No hace mucho un amigo mío me preguntaba: “¿Qué es más fácil, hacer una genuflexión ante el sagrario al entrar en la capilla o inclinar la cabeza ante un hermano y decirle “buenos días?”. -“Creo que hacer la genuflexión ante el sagrario. Al menos tenemos la seguridad de que no nos va a mirar mal”, le respondí con cierta ironía, y añadí: “Creo que nos resulta más fácil servir a Dios que a los hombres, y además es mucho menos comprometido”.

Yo he celebrado la misa con hermanos que no se hablaban entre ellos; he rezado salmos días en los que en el fondo -y mientras los recitábamos juntos a coro y casi de memoria- yo mismo estaba “rabiando” contra alguno de los que se sentaba conmigo, en la misma capilla. He visto sacerdotes celebrar la Eucaristía con la misma actitud con la que un director exigente ensaya una obra de teatro -con bronca por medio y todo- y donde lo más importante parece que era que todo se hiciese como está mandado. He salido de iglesias sin haber cruzado una sola palabra con el que se sentaba a mi lado. He realizado el gesto de paz sin siquiera mirar a los ojos de aquel a quien tendía la mano. Hasta he visto darse “codazos” por un puesto en la fila para “ir a comulgar”...

Y me he quedado pensando: ¿Tiene sentido? ¿Qué estamos haciendo? ¿En qué estamos convirtiendo nuestra fe y nuestra liturgia? ¿En un conjunto de ritos vacíos de contenido? ¿En una representación? Mientras tanto las iglesias se van quedando cada vez más vacías. Lo cual en sí no sería del todo preocupante si pensamos que la fe, vivida como opción desde la radicalidad y el convencimiento, va camino de volver a ser cosa “de unos pocos”. Lo malo no es que las iglesias se queden vacías: lo malo puede llegar a ser que las comunidades se quedan como muertas.

Leo los evangelios y en ocasiones me veo reflejado... en los fariseos, con su carga de dogmas y prohibiciones que esclavizaban. Mientras, Jesús “comía y bebía con pecadores”. A los que se empeñaban en llamar a Jesús el Hijo de Dios (“¿eres tú el hijo de Dios o tenemos que esperar a otro?”) él respondía autodenominándose el Hijo del Hombre, que “no tiene donde reclinar la cabeza”. Proclamamos a diario en el rezo del Angelus que el Verbo se hizo carne, pero seguimos sin descubrir a Dios en los hombres y mujeres que nos rodean. Seguimos oponiendo lo humano a lo divino, sin caer en la cuenta que con la encarnación de Jesús, el Hombre y Dios se abrazan, lo divino y lo humano se funden. Dios está en el Hombre y por tanto también allí podemos encontrarlo. Los paraísos lejanos, la otra vida, que sea lo que Dios quiera. Así que el Reino de Dios no está tan lejos. Estará donde nosotros lo construyamos, estará donde nosotros queramos que esté.

Mañana cuando entre en la capilla lo primero que haré será decir “buenos días”. Y luego, de camino a la sacristía haré la preceptiva genuflexión (en caso de duda ya se sabe) ante el sagrario. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


a dieta

a dieta

DIETA PARA EL ESPÍRITU
MARÍA JOSÉ SOTORRÍO, monja trinitaria en el monasterio de Suesa
SUESA (CANTABRIA).

ECLESALIA, 30/10/06.- Hace unos días deambulaba por un supermercado cuando de repente me encontré, o mejor, fui consciente, de que estaba en el pasillo de “Productos para el cuidado el cuerpo”, alimentos bajos en calorías, ricos en fibra, etc.

Entonces me vino está idea: nuestro Espíritu necesita alimentos bajos en calorías, ricos en fibra, con pocas grasas... El tiempo de tener el espíritu lleno de grasa, estático, poco ágil ya no está acorde con nuestra sociedad y cultura.

Me parece que es tiempo de espíritus fuertes, flexibles, dinámicos…, llenos de vida, que irradien energía, con músculo… Y claro, viene la pregunta: ¿cuáles son los alimentos del Espíritu bajos en calorías, ricos en fibra?

Alimentos bajos en calorías son todos aquellos que nos hacen crecer en nuestro interior hacía la plenitud y dilatan nuestras ansias de búsqueda de Infinitud. Son los que despiertan nuestros sentidos, nos enseñan a mirar, no a ver; a escuchar no a oír; a contactar con la naturaleza... Todo esto alimenta el espíritu, ayuda a ser consciente y a vivir el momento presente, no con rutina sino con sorpresa y novedad.

Alimentos ricos en fibra son todos aquellos que nos quitan miedo, que descongestionan nuestros pulmones y sangre de tedio, de apatía, de temores. Alimentos ricos en reconciliarnos con nosotros mismos, en autoestima, en descubrimiento y experiencia del Dios ternura -amor que envuelve en afecto y abrazos a sus hijos-. ¿Cómo? recuperando el silencio, la soledad, el conocimiento de uno mismo, compartiendo desde el ser y no desde el tener…

Alimentos con bífidos son aquellos que renuevan e inmunizan nuestro organismo, por ejemplo, el encuentro con el Amor Trinitario de Dios. ¿Cómo? A través de talleres de oración, de la danza contemplativa, del trabajo manual, de todo aquello que potencie una Experiencia de amor-comunión…

Ojalá el Espíritu pronto nos comunique su dieta para este nuevo curso.

Le pido que nos inspire recetas que derritan la grasa, esas corazas que nos ponemos, esas fórmulas tantas veces repetidas, con las que damos por hecho que todo tiene que ser así, como siempre.

Necesitamos derretir capas, máscaras y dejar al Espíritu entrar en el fondo de nuestro ser, que queme tanto cartón y papel que no irradia la Vida que llevamos dentro. Necesitamos sencillez, sinceridad, humanidad, naturalidad…

Cada época lleva unas formas nuevas. El ser humano necesita cambios, novedad, experiencias de creatividad, de ser artífice de su vida, de sentirse a gusto… ¿Dónde está la creatividad? Empecemos una experiencia viva, alimentada con ingredientes naturales, sanos, nada de comida basura.

Necesitamos alimentos que posibiliten un contacto directo, profundo con el Dios-Amor, y a partir de ahí da igual fórmulas viejas que nuevas, pero hasta que se produzca ese contacto intimo, profundo, lleno de riesgo con el Dios Amor, creemos dinámicas, potenciemos celebraciones vivas llenas de riesgo, de encuentro, de vértigo al perderte en el vacío, de no controlar y llenarte de Él.

Alimentos sanos, bajos en calorías, ricos en vitaminas, bífidos activos que ayuden a nuestros espíritus a limpiar la grasa acumulada que nos impide llevar la ropa nueva del espíritu.

Hoy necesitamos deportes de alto riesgo, puenting, rafting, kitesurf, es decir, soledad, silencio, oración... Ofertemos deporte de alto riesgo, irradiemos Vida a lo grande, a lo Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Estemos atentos y escuchemos porque el Espíritu ya está comunicándonos su dieta.

- - -> Para más información: http://www.montrinisuesa.net

mercado del libro

mercado del libro

CIERRE DE UNA LIBRERÍA
JUAN YZUEL SANZ, teólogo y educador
ZARAGOZA.

ECLESALIA, 27/10/06.- Cada librería que cierra –y hemos visto cerrarse unas cuantas en nuestra ciudad, Zaragoza, en estos últimos años- nos deja huérfanos a quienes encontramos entre sus paredes la luz y la compañía de los libros, de sus autores y, también, de los libreros que nos señalaron el camino hacia lo que íbamos buscando.

En esta próxima semana cerrará sus puertas la librería Manantial, sita durante décadas en el número 6 de la Plaza de la Seo y con sede actualmente en el 29 de la calle Espoz y Mina. Junto con ella cierran las otras librerías del grupo Manantial en Teruel, Valencia, Ciudad Real y Pamplona. Estos centros, especializados en pedagogía, temas religiosos, infantiles y juveniles, fueron impulsados por el Instituto Secular Vita et Pax. La actividad del grupo Manantial comenzó a pequeña escala, en un quiosco de prensa de la Estación de Autobuses de Pamplona, en 1952. La primera librería fue la de la calle Sancho el Mayor de Pamplona en 1955, año en que se abrió también la de Valencia. En 1961 comenzó su andadura la de Zaragoza.

La decisión del cierre, que comunicó el pasado 25 de agosto a sus clientes Rosa Arrizabalaga, directora de Manantial, se ha tomado como consecuencia de las "pérdidas generadas y a pesar de los esfuerzos de inversión y de renovación humana" de la empresa en estos últimos años. Estas mujeres, que han dedicado su vida a esta tarea, esperan que “nuevas formas de transmisión de la cultura del libro tomarán su relevo”. Por el momento, sin embargo, nuestra ciudad sufrirá una grave pérdida, paliada sólo en parte por el hecho de contar con otra librería de parecidas características (Ars). Pero en otras pequeñas ciudades, como Teruel, quedará un hueco imposible de llenar.

La Librería Manantial ha sido para muchos cristianos aragoneses un espacio de encuentro, amistad, cariño y agradecimiento. ¡Cuántos libros, postales, iconos, discos y regalos no habrían llegado a nuestras manos sin el esfuerzo de estas mujeres! Aunque, en teoría, vivimos en un libre mercado donde fluyen todas las mercancías, son necesarias las personas especialistas que acercan un determinado producto al consumidor. O, en clave de letras, un cierto libro al lector. Muchas pequeñas editoriales no pueden dar a conocer sus fondos por no contar con los distribuidores necesarios. Y allí entra la labor del librero profesional, esa persona cuyo prestigio, desgraciadamente, hemos visto minado por el debate sobre si las grandes superficies podían o no vender más barato. La gran superficie es el terreno abonado del best seller. Libreros “de siempre”, los vocacionales, son quienes se arriesgaron y abrieron las ventanas de nuestro país cuando nos ahogaba el aire viciado de la dictadura. Libreros auténticos, los que se leían los libros antes de recomendarlos, son los que nos han acompañado de la mano, en algún momento de nuestra vida, hasta un oculto anaquel para ser presentados a un maestro que, en algunos casos, ha transformado totalmente nuestra vida.

Manantial cerrará. Y ese día deberemos hacer examen de conciencia porque, de seguir así, esa parte de la cultura que suministran los pequeños libreros irá, paulatinamente desapareciendo. Es posible que una parte de esa luz siga cabalgando a lomos de las redes informáticas, pero no toda. Algo muere cuando una lengua se deja de hablar; algo se debilita en nuestra sociedad cuando la voz de las minorías deja de oírse en la plaza. De ello todos somos un poco culpables. El top manta mata la música de los “otros”, los que invierten lo poco que tienen para dejarnos oír su voz. Las grandes cadenas de distribución silencian a esos otros “pequeños” que nunca lograrán colgar su libro o su disco en los selectos estantes de “los más vendidos”. Pero, en el fondo, somos nosotros, los que compramos en uno u otro sitio, los que decidimos quien debe o no seguir viviendo. Somos nosotros los que debemos decidir, mientras suena un nuevo réquiem, si la dirección que está tomando el mercado del libro debe guiarse, única y exclusivamente, por motivos económicos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


en aparecida

en aparecida

APARECIDA: A LA ESPERA DE UNA ASAMBLEA Y UN DOCUMENTO “CON ESPÍRITU”
Carta a Ignacio Ellacuría
JON SOBRINO, 27/10/06
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 26/10/06.- Querido Ellacu: Pronto se reunirán los obispos en Aparecida, y Dios sabe qué ocurrirá. Lo que es claro es que hay que “revertir la historia”, como dijiste en tu último discurso en Barcelona diez días antes de tu muerte. Ciertamente hay que revertir la historia del continente, y también, en buena medida, la historia de la Iglesia.

En Medellín estuvo el dedo de Dios. Lo agradeciste y lo pusiste a producir entre nosotros los jesuitas y en la espiritualidad de san Ignacio, en la UCA y en el país. Pronto se generó una reacción, pues un Dios de los oprimidos molesta. Reaccionó la Casa Blanca con el informe Rockefeller. Y reaccionaron también algunos miembros del CELAM. Tristemente, comenzó una campaña de ataques a obispos, teólogos, religiosas y comunidades, y no siempre con buenas artes.

En ese contexto, Puebla debía poner freno a Medellín, de lo que pronto caíste en la cuenta. Analizaste en profundidad el documento preparatorio, y mostraste sus aciertos y sus fallos. Y por cierto, hiciste hincapié en que la ambigüedad no se superaría “si no se transforma radicalmente su cristología y eclesiología”. Lo recuerdo ahora porque esa advertencia sigue siendo necesaria. A veces da la sensación de que Jesús de Nazaret hubiera desaparecido de la cristología oficial. Y de “la Iglesia de los pobres” -nada digamos de “la Iglesia popular”- ya no hay mención. Pero no sólo criticaste, sino que aportaste un texto espléndido: “El pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica”, que, junto con las homilías de Monseñor, hizo época: los pueblos crucificados son la presencia de Dios y de su Cristo, y de ellos proviene salvación. Te mantuviste firme en la línea de Medellín, y lo enriqueciste. Hoy pocos hablan así.

Puebla no llegó a romper con Medellín, pero el deterioro eclesial se hizo notar, y en Santo Domingo fue inocultable, como ahora se reconoce sin tapujos. Estuvo organizado y controlado desde Roma. Por lo que toca al texto, increíblemente no se dio importancia a los mártires ni se agradeció el amor mayor que derrocharon, lo que es la piedra angular de toda Iglesia cristiana -y los pobres de la ciudad de Santo Domingo fueron ocultados tras altos muros. En lo personal, la Iglesia me daba la sensación de deambular con miedo a perder prestigio y con deseo de conseguir éxitos mediáticos y cuantitativos. Y todavía hoy, a pesar de numerosas celebraciones, música y procesiones, no dejo de percibir cierta desorientación e incluso tristeza eclesial.

Dicho en forma de tesis, en Santo Domingo no se reconoció a Medellín como nuestra “Asamblea de Jerusalén”. En Medellín se decidió no ya ir a los gentiles, sino ir a los pobres, acompañarlos y aprender de ellos. En Santo Domingo hubo déficit y descuido de la causa de los pobres, aunque no faltaron algunas palabras sobre inculturación, lo que agradecieron sinceramente indígenas y afroamericanos, como sólo saben hacerlo los pobres, incluso cuando nos acordamos de ellos a medias y tarde. Y en mi opinión, lo más grave era la sensación de que la Iglesia no tuviera nada importante de que alegrarse. Lejos quedaba la exultación de Pablo en medio de persecuciones como las nuestras. Y poco había de la alegría de Jesús: “Gracias, Padre, por haber revelado estas cosas a los pequeños”. No se notaba mucho de la alegría de las comunidades, de sus romerías y aniversarios de mártires, de la solidaridad, la “ternura de los pueblos”… Y sin gozo no puede prosperar una Iglesia basada en una buena noticia.

La Iglesia de Medellín se responsabilizó de y cargó con la historia. Ahora, aunque con algunas buenas palabras en sus mensajes, en su conjunto no da la sensación de escuchar el “sordo clamor que brota de millones de hombres” -oprimidos, mujeres, indígenas, afroamericanos, emigantes, jóvenes que no saben qué hacer ni a dónde ir-, conocidas palabras con las que comenzaba La pobreza de la Iglesia. Ni da la sensación de que su gran opción fundamental es “bajar de la cruz a los crucificados”, como tú decías, Ellacu.

Pareciera, pues, que hemos perdido el rumbo. Y no echamos mano de nuestra tradición para retormarlo: dom Helder Camara, don Leonidas Proaño, don Sergio Méndez Arceo, símbolos de una Iglesia comparable a la de Las Casas y Valdivieso. Y por ello tampoco se oye mucho, ciertamente no como antes, lo que sigue en la cita de Medellín: “pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte”. ¿Nos piden hoy los pobres que les liberemos? ¿Estamos cargando con su historia?

Si dilapidamos la honradez y el gozo que se originó con Medellín, la marcha atrás es inevitable, y cada día que pasa acumulamos retraso. La tarea no es, pues, fácil, pero es posible. En Aparecida Dios puede volver a irrumpir, como en Monseñor Romero ante el cadáver de Rutilio. Y también en todos nosotros, aunque no sea más que por pudor. Y veo algunos signos de esperanza.

Hay obispos que piensan que no podemos seguir con exagerado centralismo y sin hacer central la realidad de nuestras comunidades, sus gozos y tristezas. No es evangélico, no es humano y no resuelve los problemas. Hay que cambiar y mirar a las comunidades

Hay gente que piensa y profundiza en las corrientes subterráneas que mueven la historia. Hablan del Dios, que se mostró en Jesús, y también del que se siente como en casa entre otros hombres y mujeres, que lo han adorado y amado desde antes del cristianismo. Hablan del ser humano y de lo que humaniza: honradez con lo real, compasión sin componendas, justicia contra la opresión, comunidad y colegio antes que individuos aislados, el sentido común de la jerarquía de verdades…

Hay grupos de laicos, sacerdotes y religiosas, que siguen con esperanza y en resistencia permanente contra toda suerte de males. No se han dejado vencer por el desánimo y habita en ellos lo que suelo llamar santidad primordial. Emociona verlos reunidos para analizar el documento preparatorio y hacer propuestas. Lo más importante es que se reúnen en comunidad y que, con o sin el documento preparatorio, miran y analizan la realidad del pueblo, de sus familias, de sus parroquias, y de sí mismos. Miran a la Iglesia para ver cómo está y cómo debiera estar. Y nos lo dicen. Aunque en pequeño, cumplen tu gran deseo, Ellacu, que recordamos estos días: “que el pueblo salvadoreño -y todos los pobres y oprimidos- hagan sentir su voz” -también en la Iglesia.

¿Cómo será Aparecida? Sólo Dios lo sabe. Ojalá desencadene, en personas, grupos y obispos, dinamismos creativos, pero ahora sólo nos fijamos en el texto que escribirán los obispos. El documento preparatorio es decepcionante, pero es muy buena señal que ya se están haciendo propuestas importantes para cambiarlo. Las más novedosas son sobre Dios en las diversas religiones, la Iglesia en un mundo de grandes novedades, la mujer -de una vez por todas- como persona, cristiana, ministro y miembro de la Iglesia, nombramiento de obispos… Las más fundantes (increíblemente ausentes del documento preparatorio) son sobre Jesús de Nazaret, el reino de Dios que anunció y el antirreino que combatió, la Palabra de la Escritura… Las más urgentes son sobre la vida, la justicia y la verdad para las mayorías… Y hay también un esfuerzo, grande y cariñoso, para presentar a María de Aparecida cómo símbolo, a la vez, latinoamericano y cristiano: rostro de los pobres del continente y rostro de su Dios.

El texto de Aparecida deberá ser analítico, bien analizado -y ojalá se busque la presencia de personas competentes en Biblia, teología, pastoral, saberes humanos que ayuden a los obispos. Así procedían hace años muchas conferencias y obispos entre nosotros -y recordamos bien cómo insistías en la importancia de buenos análisis y conceptos. Pero el texto necesitará, además, espíritu, lo cual es otro de tus legados. “Pobres con espíritu”, escribiste, para hacer convergir las bienaventuranzas de Lucas, “materialidad”, y las de Mateo, “espíritu”. Y en otro contexto, aunque no te atraía la idea de una UCA doctrinalmente confesional, sí insistías en que fuese una UCA “con espíritu”. Por eso la definiste como una universidad, “razón”, de inspiración cristiana, “espíritu”.

Eso es lo que esperamos de Aparecida: “textos con espíritu”. Algunos preguntarán qué es eso, y sólo puedo responder con dos ejemplos. En la homilía del 10 de junio de 1977 Monseñor Romero dijo lapidariamente: “Jamás nuestra Iglesia dejará sólo a nuestro pueblo que sufre”. El pueblo captó el concepto, y el espíritu que lo empapaba. Y, por ambas razones, aplaudió. Y otro texto tuyo. “Lo que las agencias de turismo hacen para que el mundo se divierta debería hacer la Iglesia en dirección contraria para que el mundo se convierta”. Con ello quedaba claro el concepto que ya habías desarrollado sobre lo que hay que hacer con el “pueblo crucificado”. Y quedaba clara la exigencia a un hacer, decidido y dialéctico. El texto tenía espíritu. Era evocativo y provocativo. En Aparecida son necesarios ese tipo de textos, que posean verdad con lucidez y espíritu con ánimo. Y para ello quizás puedan ayudar las siguientes reflexiones.

1. Libertad en contra del miedo. Dicho con sencillez, hay miedo en la Iglesia, Ellacu. No es el miedo de tu tiempo a los que podían matar el cuerpo, sino a los que pueden dañar nuestra comodidad, a que seamos reconocidos o censurados. Miedo a perder privilegios, status, poder social. La impresión que damos muchos jerarcas y sacerdotes es que muchas veces estamos como paralizados. Es importante recuperar la libertad, lo que, además, es central en la fe: somos hijos, no siervos. Y en nuestras manos tenemos una palabra que, por ser de Dios, no está encadenada.

2. Humildad, examen de conciencia. En el texto citado de Medellín proseguían los obispos: “Llegan también hasta nosotros las quejas de que la Jerarquía, el clero, los religiosos, son ricos y aliados de los ricos”. Matizaron las quejas, a veces basadas en apariencias, e insistieron en la pobreza de parroquias y diócesis, pero concluyeron con una gran verdad. “En el contexto de pobreza y aun de miseria en que vive la gran mayoría del pueblo latinoamericano, los obispos, sacerdotes y religiosos tenemos lo necesario para la vida y una cierta seguridad, mientras los pobres carecen de lo indispensable y se debaten entre la angustia y la incertidumbre”. Ejemplo de honradez y de humildad, y hasta una forma de pedir perdón.

3. Palabra en contra del silencio. Nos podemos equivocar, pero no podemos callar ante lo que afecta gravemente al mundo de hoy, el de 2.000 millones que tienen que vivir con dos dólares al día. Hablamos sobre problemas graves de la familia, con razón, pero no contra la guerra preventiva -su concepto y su realidad- del presidente Bush, que produce miles de muertos. Denunciamos algunos pecados de los otros, pero callamos demasiado los propios -algunos de ellos aberrantes-, a no ser cuando ya son inocultables. La Iglesia menciona y condena ideologías, hasta el día de hoy, como el nazismo y el comunismo. Pero la ideología del capitalismo en sí -no sólo el salvaje- no es denunciada con vigor. Y tampoco se recuerda la ideología de la doctrina de la seguridad nacional, causante entre nosotros de decenas de miles de muertos, a manos, muchas veces, de bautizados.

4. Parresia en contra de la pusilanimidad. El entusiasmo abunda, y en exceso, en muchos movimientos. Pero nos quedamos cortos en el anuncio no de cualquier Dios sino del Dios de pobres y víctimas. Proclamar la realidad de ese Dios no es cosa de mera doctrina, sino de convicción y de parresía. Y tampoco lo es proclamar a Jesús, el de Nazaret, el que pasó haciendo el bien y murió crucificado, y así se nos manifestó como el Hijo de Dios. Hace falta audacia para proponer a ese Jesús como el hermano mayor, y no aguarlo de mil formas, infantiles o solemnes.

5. Respeto a lo propio en contra de la imposición universal. Que existan tensiones en una macro-comunidad como la Iglesia es comprensible, pero, hoy por hoy, el problema no reside tanto en algún turbio deseo de independizarse las iglesias locales del tercer mundo, las de pobres, indígenas y afroamericanos, que configuran “la gran Iglesia de los pobres”. Suele provenir, más bien, del centro: sospechas, advertencias y condenaciones, y poco agradecimiento. El espíritu de inculturación no abunda. Y aun cuando hacemos la opción por ellos, en el centro de la Iglesia no están los pobres -tampoco lo están en las democracias-, sino algo que más se parece a riqueza y poder.

6. Seriedad en contra del facilismo. Depende de lugares, pero da pena ver en muchas comunidades que, cuanto más light son las cosas, más religiosas parecen. Recuerdan la advertencia de Peguy: “porque no son de este mundo creen que son del cielo”. Que esto suceda entre los sencillos es hasta cierto punto comprensible, pero es irresponsable apoyar religiosidades de lo mágico y melifluo que no humanizan. Jesús dijo “háganse como niños”, pero no dijo: “háganse aniñados, no discurran, no pregunten, no protesten”. Cierto es que a Dios no se va por el camino del racionalismo, pero es triste que se toleren y aun se fomenten algunos tipos de religiosidad como si los sencillos no tuviesen capacidad de razonar. Y peor aún, si ello se tolera o se fomenta porque así al menos mantendrán la fe. En tu tiempo decías Ellacu que la concientización es más urgente que la alfabetización. En la actual coyuntura de la Iglesia diríamos que la maduración en el hecho de la fe es más urgente que expresarla religiosamente, cosa muchas veces pintoresca.

7. Mystagogia y credibilidad en contra de la mera doctrina. Y también hay que insistir en la otra dirección. Muchos van despertando a la razón, pues la credulidad no dura para siempre. Entonces hay que ofrecer verdad, pero sin imponer una mera doctrina. Por ello cada vez es más necesaria la mystagogía que conduce al misterio de Dios. Significa introducirnos en un misterio que es mayor, pero que no empequeñece, que es luz, pero que no ciega, que es acogida, pero que no impone. Y eso en definitiva, sólo es posible comunicarlo si tenemenos credibilidad. Sin ella, escucharemos las palabras de la Escritura: “por causa de ustedes se blasfema el nombre de Dios entre las naciones”. Con ella, “la gente alabará a Dios”.

8. La Iglesia de los pobres en contra de una Iglesia vaciamente universal. El sueño de Juan XXIII y del cardenal Lercaro, de don Helder Camara y de Monseñor Romero, sigue siendo la ”Iglesia de los pobres” -¿de quién, si no? Esto significa que los pobres son el principio inspirador de la Iglesia, no sólo los beneficiarios de su opción. No niegan nada ni excluyen a nadie, pero son indispensables para configurar cristianamente todo lo cristiano: lo que podemos saber, lo que nos es permitido esperar, lo que tenemos que hacer y lo que se nos ha dado celebrar. Y todos somos llamados a participar, aunque de diversa forma, análogamente, se decía antes, en la “pobreza real” de los pobres y en el espíritu de “los pobres con espíritu”.

Ellacu. Termino recordando tu último discurso: “Sólo con todos los pobres y oprimidos del mundo podemos creer y tener ánimos para intentar revertir la historia”. Nos dices, pues, que los pobres son fuente de una fe y de un ánimo que no nos vienen de ninguna otra parte. Como te escribí el año pasado, “fuera de los pobres no hay salvación”. Esperamos que Aparecida lo proclame.

Y junto a ellos, lo mejor que ha producido nuestra Iglesia y nuestro pueblo: los mártires. No veo cómo es posible reunirnos sin recordar y agradecer a los miles de mártires -así llamamos a los que entregaron su vida por amor. Y ya que es una conferencia de obispos, no veo posible no recordar y agradecer, con orgullo, a sus hermanos Enrique Angelelli, Oscar Romero, Joaquín Ramos, Juan Gerardi.

Ya sé que, ante estas cosas, el Vaticano impone paciencia, prudencia, silencio. Pero tú no actuaste así. Tres días después de su asesinato dijiste: “con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. Y don Pedro Casaldáliga escribió el “San Romero de América”. Lo mismo ha dicho el cardenal Carlo María Martini, el 15 de octubre, de 2005, desde Jerusalén:

“Me parece, pues, que su muerte es la de un mártir de la justicia, de la verdad y de la caridad. Y aunque yo sea del parecer que no necesitamos multiplicar demasiado los santos canonizados, vería con agrado que su heroicidad y ejemplaridad, sobre todo para los obispos, sea reconocida oficialmente por la Iglesia".

Ellacu, ojalá en Aparecida remontemos vuelo, sin reproches y con magnanimidad, sin rencores y con esperanza. Pero es importante retomar el rumbo y encaminarnos hacia un “nuevo Medellín”. En Aparecida deberá haber mucho de “nuevo”, pero también mucho de “Medellín”. Y eso es lo que, en medio de los fallos y limitaciones que hemos mencionado, sigue presente en América Latina: religiosas que defienden a indígenas oprimidos; laicos y laicas que trabajan por los derechos humanos de los pobres, y con enfermos de sida; campesinos que estudian la biblia y se adentran en la teología; grupos de solidaridad con los emigrantes; romerías populares y aniversarios de mártires; innumerables vidas escondidas admirables; obispos dedicados a su pueblo y que se mantienen “en rebelde fidelidad”… Y una larga letanía de cosas buenas que hacen los pobres y quienes con ellos se solidarizan.

Y hay fe. Siguen creyendo en un Dios que es Padre-Madre. En un Hijo que es Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado. En un Espíritu que es señor y dador de vida y que habla por los profetas. Y es que el evangelio es como una pequeña planta que crece en cuanto la cuidamos un poco. Cuidarlo con esmero es la herencia de Medellín. Por eso tenemos esperanza. Y por eso, año tras año, les recordamos a ustedes, a todos los mártires. Ustedes son los cuidadores, los guardianes del Evangelio. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Jon

mestizaje

mestizaje

Comunicado del XV Encuentro de Mujeres y Teología
ABRAZO Y MESTIZAJE
Caminos de la Interreligiosidad e Interculturalidad
ASOCIACIACIÓN DE MUJERES Y TEOLOGÍA DE ZARAGOZA
ZARAGOZA.

ECLESALIA, 24/10/06.- Los días 29, 30 de septiembre y 1 de octubre nos hemos reunido en Zaragoza más de 325 mujeres y algunos hombres para abrazarnos y mezclarnos en este despuntar del otoño. Durante estos tres días, las aragonesas de la Asociación Mujeres y Teología de Zaragoza nos hemos visto acompañadas por mujeres del resto de las Asociaciones de Mujeres y Teología del Estado, así como por una gran variedad de grupos y movimientos religiosos, fundamentalmente, aunque no exclusivamente, cristianos, y de personas no creyentes, procedentes de Guinea, Marruecos, India, Japón, Italia, Irlanda, Austria, Alemania, Portugal, Venezuela y Nicaragua.

La misma preparación fue ya un camino de búsqueda, complicidad y diálogo, facilitado por la red de redes de Internet. En el desarrollo del Encuentro, junto con la Asociación, quince mujeres de distinta procedencia, formación y creencias coordinaron y dinamizaron las Ponencias, los Talleres y el Debate cruzado. Recogemos algunos Ecos que nos resuenan con más intensidad:

Se abordó el tema de la Diversidad percibida y vivida. Desde el comienzo de los tiempos el mundo ha sido diverso. Son diversas las comidas, las músicas, las manifestaciones artísticas, los paisajes, las culturas, las etnias, los colores…Sólo al pensamiento humano se le ha quitado la diversidad. ¿Quién mató la diversidad?

El Diálogo es el primer camino de la interculturalidad e interreligiosidad. Las mujeres establecemos diálogos en la vida, en el trabajo por la igualdad y la justicia, en la experiencia espiritual y se nos excluye de los diálogos teológicos en los cuales es necesario y urgente que participemos.

En nuestra vida en diálogo se van dando vivencias y experiencias de conocimiento y de sabiduría en las que hay que ponerse en juego personalmente y exponerse una misma. Sabemos que dialogar es crear un espacio y una historia común; es una herramienta de empoderamiento que posibilita a las mujeres, como expresa la teóloga Ursula King, percibir y criticar las profundas injusticias a las que nos vemos sometidas y poder desarrollar juntas alternativas imaginativas. Desde el diálogo podemos llegar a una posición de frontera, siempre abierta, que nos permite acercar vivencias y convicciones, y que nos va cambiando lentamente. El diálogo es un camino de ida y vuelta y de autocrítica.

En los caminos interculturales e interreligiosos todas y todos necesitamos analizar y desprendernos de los estereotipos que tenemos sobre culturas y creencias diferentes a las nuestras y disponernos a aprender de ellas.

En todas las sociedades de nuestro mundo las mujeres, a pesar de las dificultades que encontramos, luchamos por nuestra emancipación, por hacernos visibles en paridad con los hombres, por tener cada una su propia voz, por experimentar su propia fuerza y poder, por identificarse y definirse a sí misma y por tomar sus propias decisiones, con una sensación de libertad completamente nueva. Estamos creando redes de emancipación y resistencia compartida. También dentro de la Iglesia católica hay algunos grupos de mujeres que mantenemos una resistencia activa que nos lleva a veces a la desobediencia. Una de esas experiencias personales fue compartida en el Encuentro por una mujer austriaca, ordenada.

El arte, la danza, la fiesta, la celebración… son expresiones que ponen en juego nuestro cuerpo y nuestro espíritu, nuestros afectos y sentimientos. Son caminos de comunicación e intercambio. Por eso este XV Encuentro de Mujeres y Teología en Zaragoza ha estado envuelto todo él de símbolos, oraciones, músicas, ofrendas y ritmos de las diversas culturas y religiones, que nos han permitido abrazarnos, mezclarnos y emocionarnos.

Necesitamos cada persona conocer nuestra propia tradición religiosa, compartir relatos de mezcolanza, vivir en relatividad, que no es relativismo, sino que es un estado de relación en igualdad, en projimidad. No tener miedo a analizar, debatir, a crear criterios de discernimiento en nuestra religión y en otras.

En la medida en que unas religiones se consideren mejores respuestas a las preguntas que llevamos por dentro, entonces se dificulta todo tipo de encuentro y de diálogo, porque toda religión es una construcción cultural. Los fundamentalismos de las religiones se producen cuando se pierde su parte mística y cuando esto ocurre la religión entra en rigidez, sin flexibilidad ni apertura. En la mística es donde desaparecen las diferencias entre las religiones. En la aventura personal de entrar en diálogo con una misma sobre lo interreligioso, experimentamos inseguridad, a la vez que estos cambios nos lanzan a superar prejuicios y a algo nuevo.

Desde nuestra tradición católica, la salvación llega a nosotras a través de la voz de Jesús de Nazaret aún vibrante para tantos y tantas y su parte de verdad, pero también a través de otras muchas voces y de otros muchos trozos de verdad y entre mucha gente y muchas voces distintas.

Hay espacios en los que podemos confluir personas que compartimos una tradición religiosa con otras que no la tienen, como son: la poesía, expresión de una espiritualidad, el dar sentido a vivir en un cuerpo de mujer, la defensa y cuidado de la vida y de la paz, los valores que se defienden en el compromiso social…

Existe un territorio interno que tiene que ver con el núcleo espiritual que hay en todos los seres humanos, por donde se aventuran las distintas religiones y también por donde se aventuran las pacifistas, ecologistas, feministas…En el principio era la diversidad/diferencias… y la Palabra se hizo diálogo inter/intra-humano. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Las mujeres no venimos a pedir sino a ofrecer.

eres

eres

JOSÉ LUIS CORTÉS, "21rs" (http://21rs.es), octubre 2006

época

DE UNA ÉPOCA DE CAMBIOS A UN CAMBIO DE ÉPOCA
JAVIER LÓPEZ DÍAZ, sacerdote Terciario Capuchino; javierlopezdiaz@hotmail.com
LUBLIN (POLONIA).

ECLESALIA, 02/10/06.- “De una época de cambios…. a un cambio de época”. Así es como califican algunos estudiosos el momento actual que estamos viviendo en nuestro mundo. La globalización, la mundialización y la revolución tecnológica, han traído consigo una revolución social y cultural que sorprende por la rapidez vertiginosa a la que avanza, y que está propiciando no sólo una serie de cambios adaptativos, sino posiblemente y en pocos años, un cambio de paradigma, de modelo económico, social, familiar, y cultural que marcará un cambio de época. Lo cual, en sí, no tiene por qué ser necesariamente malo. La Historia (con mayúsculas) avanza precisamente a golpes de timón, a pasitos durante el día y a saltos de vez en cuando. Y ahora, lo que se avecina es un salto, y puede que de notables proporciones además.

Hablemos de la Iglesia. La Iglesia dio un salto cualitativo en el Vaticano II para adaptarse a las situaciones cambiantes que ya entonces se experimentaban en la sociedad. Fue, lo repito, un cambio adaptativo: para unos un cambio que fue demasiado lejos y eso explicaría la crisis actual (son los que propugnan una vuelta al pasado) y para otros un cambio que hoy día ya se ha quedado insuficiente, y de ahí también la crisis que, decimos, vive la Iglesia. Hoy muchos creemos que la Iglesia, al igual que el mundo, deberá hacer frente, no a una época de cambios, sino a un cambio de época. Y por tanto se sitúa en la encrucijada de elegir entre seguir adaptándose a lo que el mundo ofrece, o convertirse ella misma en un referente por su forma de vivir y de pensar en clave evangélica (alternativa y profética) frente a una sociedad que, aunque sin duda tiene aspectos muy positivos, peca también de egoísta, injusta, individualista y materialista.

Por remontarnos en la Historia y que sirva de ejemplo en alguna medida, la revolución industrial también marcó un cambio de época histórico en el que se pasó de una sociedad medieval, feudal y agrícola, a una sociedad moderna, industrial y urbana. Cambiaron las estructuras económicas (nos guste o no la economía es el motor del mundo actual) y ello trajo consigo una serie de cambios sociales, familiares y culturales de los que somos herederos. La Iglesia reaccionó a ese cambio de época y acompañó a la sociedad precisamente haciéndose cargo de las víctimas que generó ese mismo desarrollo industrial, que si bien en líneas generales resultó positivo, lo hizo también a costa de dejar a muchos por el camino. Así nacen las congregaciones religiosas para hacerse cargo, por ejemplo, de los niños que quedaban abandonados en las calles (problema que no se daba en las sociedades medievales agrícolas donde la gran familia se hacía cargo de los huérfanos), de la educación de los niños pobres, de las madres solteras, de los enfermos, y de todas las víctimas que producían los propios avances. Es decir, el boom social e industrial generó a su vez una serie de problemas sociales que anteriormente no existían y la iglesia estuvo en ese momento presta a responder atendiendo de forma preferencial a aquellos que quedaban “descolgados” por estos mismos avances.

La revolución tecnológica actual también está propiciando -como señalaba anteriormente- un cambio de paradigma y de modelo social. Y ello a costa de dejar a muchos por el camino. Desgraciadamente estamos acostumbrándonos a ver como normal, como producto y como precio que tenemos que pagar por el desarrollo, a oleadas de “cayucos” y “pateras” llegar a nuestras costas, a cadáveres flotando en las playas, a hambrunas televisadas en directo, a guetos sociales y urbanos (chabolas, favelas, suburbios...), a violencia urbana (en las aulas, en los barrios...), a violencia fundamentalista... La inmigración, por ejemplo, es una de las consecuencias que se derivan de un injusto, desigual y desequilibrado desarrollo económico. La disparidad y la diferencia en el nivel de vida y bienestar entre las clases más ricas (que son paradójicamente las menos numerosas) y las más pobres (pero las más numerosas) ha alcanzado cotas absolutamente insultantes. La diferencia en el desarrollo entre países ricos y pobres, es abismal, o utilizando términos exagerados, sideral, y cuanto mayor sea la brecha, más difícil será que la situación revierta. Posiblemente esto es una consecuencia no calculada del desarrolo de un estado de bienestar que se hizo muchas veces expoliando los recursos de los países pobres colonizados, y para ello utilizando métodos absolutamente inmorales (como por ejemplo sosteniendo dictaduras y promoviendo guerras entre estos) y que ahora desborda nuestro mundo dada la facilidad de desplazamiento que existe hoy en día en comparación con otras épocas, y que gracias a la información, los habitantes de los países pobres saben cómo se vive en los países más ricos y se preguntan el porqué de esa diferencia y por qué ellos no pueden también aspirar a unas condiciones de vida similares. Y no es demagogia afirmar que todo ser humano tiene derecho a luchar por una vida digna para él y para los suyos. Por lo tanto me atrevo a decir que los emigrantes tienen el derecho a buscar las mejores condiciones de vida donde sea, porque negar esto sería como afirmar que los pobres no tienen derecho ni a intentar siquiera una mejor calidad de vida (y no olvidemos que hasta mediados del siglo XX hemos sido los españoles, portugueses, italianos e irlandeses principalmente, los emigrantes de entonces, y nadie dijo en su momento ni ha dicho ahora, que no tuviéramos derecho a ello).

¿Cómo revertir la situación? Sería necesario un gran pacto político a escala internacional en favor del desarrollo de los países del tercer mundo, algo que escapa sin duda alguna a nuestras magras posibilidades (ni me han entrado de repente delirios de megalomanía y, como dice un amigo mío, no somos nadie), pero donde sí podemos trabajar es en la labor de concienciación para que se den las condiciones y la sensibilidad social necesarias para esto. Y ahí es donde quiero yo meter por medio a la Iglesia.

Una de las palabras clave, a mi entender, en el lenguaje de la Iglesia de esta nueva época en la que entramos, es: compartir, y esto hacerlo en favor de los desfavorecidos y las víctimas del actual desarrollo social. Algo que están realizando ya, reconozcámoslo, bastantes (aunque aún podrían ser más) sectores y gente de Iglesia,. ¿Quiénes son esos desfavorecidos de hoy día? Víctimas las hay en los países desarrollados, pero la mayor parte está en los países en vías de desarrollo y en los países pobres del llamado tercer mundo. Estos son los pobres y ahí están. Y la primera bienaventuranza de Jesús está dirigida precisamente a los pobres “porque de ellos es el reino de los cielos”. En consecuencia: la Iglesia está llamada a ser la voz de los pobres y a liderar la causa de la justicia y del desarrollo de los pueblos más pobres de la tierra, y está llamada a ser signo (habría que buscar de qué nuevas formas además de las actuales) comprometiéndose aún más en la labor misionera en favor de estos países y de los sectores de población que se están quedando fuera del sistema y a los que no llega la ayuda del estado ni de las instituciones. Esto se puede hacer, por ejemplo, desde la cercanía con todos aquellos inmigrantes a los que tachamos de ilegales (como si fuera delito buscar unas condiciones de vida dignas), desde la labor en favor de los derechos de los “sin papeles”, desde la presencia de vida y misión en medio de los colectivos más desfavorecidos, desde una apuesta radical por los países más pobres de la tierra (la mayoría de los cuales aunque no todos, se encuentran en el África subsahariana).... entre otras posibilidades.

En el mundo sigue habiendo esclavos y libres, solo que las ataduras de hoy son el dinero y las riquezas, y sigue habiendo explotadores que se escudan a la sombra de compañías transnacionales que mercadean con el hombre como doscientos años atrás lo hacían con los esclavos. Produce escalofríos oír las cuentas de resultados y beneficios de algunas empresas si las comparamos con la dramática situación que atraviesan millones de hombres y mujeres en el mundo. La conclusión es clara: no podemos permanecer impasibles ante esta situación de injusticia. Que la Iglesia y todos aquellos que la formamos, desde nuestra oración, desde nuestra denuncia y desde nuestro compromiso social, nos convirtamos en altavoces del Pueblo de Dios que sufre. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).